lunes, 18 de julio de 2016

¿Quién?







Jueves 14 de enero


Esta mañana me he decidido por fin a llamar a la policía. No han tardado más que unos minutos en llegar pero a mí me han parecido años. Enseguida mi minúsculo apartamento se ha llenado de hombres y mujeres uniformados, equipados como si acabasen de salir de un capítulo de CSI. Han tomado muestras de huellas, se han llevado la colilla que encontré en el cenicero de la entrada y dos pelos cortos y negros que destacaban sobre la alfombra azul celeste de mi habitación. La que parecía estar al mando se ha identificado como oficial Doménech. Ha sido ella la que se ha ocupado de tranquilizarme. Me ha hecho sentar en la mesa de la cocina y me ha preparado una taza de té de jengibre con canela que me ha hecho entrar en calor. Después la oficial me ha hablado en un tono voz suave, como el de una madre que, tras una pesadilla, distrae a su hijo con tiernas historias; pero mi llanto no tenía fin. Hasta un buen rato más tarde, no me he calmado y he podido responder a sus preguntas, que han sido muchas; tantas que me he sentido incómoda: cualquiera hubiese dicho que me tomaba por una delincuente y no por la víctima de una intrusión.


Lunes 25 de enero


Hoy me he despertado sobresaltada después de una horrible pesadilla; atormentada por un fortísimo dolor de cabeza; como si un clavo ardiendo me atravesase la cabeza desde el ojo izquierdo hasta la nuca. Las sienes me palpitaban y una oleada de náuseas iba y venía mientras la habitación me daba vueltas. Me he levantado y, dando tumbos, he ido hasta el cuarto de baño para tomarme un analgésico. Me ha costado encontrar la caja del paracetamol. Alguien ha revuelto el cajón de los medicamentos y nada estaba en su sitio. He abierto el armarito que hay detrás del espejo buscando el vaso de cristal pero tampoco he encontrado en sus estantes ningún objeto donde tenía que estar. Ha vuelto a suceder: alguien ha entrado en el apartamento mientras dormía y ha cambiado las cosas de lugar. Lo sé muy bien porque soy una mujer que se precia del cuidado con el que ordena sus pertenencias. No le he dado a nadie nunca ninguna excusa para que me pueda llamar desorganizada. 


He mirado a mi alrededor y he visto la toalla de la tira bordada asomando del inodoro. La frente se me ha cubierto de un sudor frío. “¿Quién me está haciendo eso, Dios mío? ¡No puedo soportarlo más!” Y lo peor es esa extraña sensación de vacío, no saber qué ocurrió mientras estaba profundamente dormida en la habitación de al lado. 


He salido corriendo al dormitorio y he llamado de nuevo a la policía. Luego he telefoneado a la oficina. No me sentía con fuerzas para aguantar una vez más a César, mi jefe, que cada día tiene un genio más insoportable. Marieta me ha advertido que ya es la tercera vez en este mes que falto al trabajo, pero no he querido escuchar sus monsergas de siempre y he colgado dejándola con la palabra en la boca.


La policía ha llegado una hora más tarde. Como la otra vez, los agentes han tomado muestras de cada mota de polvo y no han dejado ningún rincón sin escudriñar. Han insistido en preguntarme si he echado de menos alguna cosa, si se han llevado algún objeto de valor. Pero quien quiera que sea el que me está haciendo esto no tiene intención de robarme.


Cuando se han ido, he sentido un mayor desasosiego. Me he acurrucado hecha un ovillo en el sofá y he puesto el televisor a todo volumen con la esperanza de ahuyentar así mi miedo. Pero no he podido acallar los ruidos procedentes del descansillo. Cada vez que se detiene el ascensor en mi piso, me parece que es mi acosador. El llanto del bebé del apartamento que está frente al mío semeja una risa burlona. Hasta las voces de los locutores de los programas matinales de la televisión parecen presagiar malos augurios.


Finalmente, incapaz de soportar la angustia, me he puesto el abrigo y la bufanda y he salido a la calle. He preferido enfrentarme al gélido viento que recorre la ciudad de norte a sur a encontrarme con mi acosador. 


Al bajar hasta el portal, no he querido coger el ascensor. Hasta eso me da miedo. “¿Y si está esperándome, se sube detrás de mí y me hace alguna cosa mala?, ¿acaso puede alguien decirme cuáles son sus intenciones?, ¿por qué entra en mi apartamento y mueve todo de lugar como si quisiera volverme loca?” Así que he bajado los siete pisos que me separan de la calle por las escaleras.


En la tercera planta, me ha asaltado un fuerte olor procedente del apartamento treinta y tres. Enseguida lo he reconocido: María. Un antiguo novio de la universidad intentó hace años aficionarme a la hierba pero nunca llegué a fumar más de tres o cuatro canutos. Aún así puedo distinguir ese olor que tanto se parece al orégano que quemaba la abuela para ahuyentar los bichos del verano. 


Al llegar al portal, Gaby, el hijo del conserje, me ha contado que, desde hace dos meses, una nueva inquilina ocupa ese apartamento. Se trata, me ha dicho, de una joven más o menos de mi edad pero “mucho más enrollada”. Viste como las hippies de los años setenta: faldas largas de colores, sandalias de franciscano, sombrero de paja, collares de cuentas de cristal quilométricos… Y casi arrastra hasta los pies su melena rubia de muñeca Nancy. Cuando está en casa, tortura a sus vecinos con los berridos de “Red Hot Chili Peppers”. Lo de torturar no lo ha dicho él. Pero me lo imagino. ¿A quién le puede gustar esa música más que a Gaby y a otros cuatro lelos como él?


Distraída con mi nueva vecina, he podido olvidar por un tiempo al intruso.




Viernes 12 de febrero


Ayer por la tarde, al llegar de la oficina, me estaba esperando la oficial Doménech. Venía, dijo, a comunicarme los resultados de las pruebas de laboratorio. Sus palabras me han dejado desconcertada; carecían de sentido. Me insistió mucho en que no habían encontrado en el apartamento otras huellas dactilares que las mías. Según ella, lo más probable era que algún gato hubiese entrado por la ventana, pues los pelos encontrados eran de felino. Incluso, llegó a insinuar que la colilla era mía; que habían encontrado en ella restos de mi saliva. ¿Se ha oído alguna vez cosa más absurda? Yo no fumo. Sé que la oficial no me cree. Cuando se despidió, puso en mi mano la tarjeta de un psiquiatra. Estuve a punto de saltar sobre ella. ¿Qué estaba insinuando?, ¿que estoy loca? ¡No me faltaba más que eso! Aunque sí voy a terminar enajenada perdida como esto continúe. 


Cuando se marchó, estaba tan indignada que me vino uno de mis más terribles dolores de cabeza. Después me debí de desmayar y no volví en mí hasta las ocho de la mañana de hoy. De nuevo estos vacíos de tiempo en los que no sé si duermo o si pierdo la consciencia.



Miércoles 17 de febrero


Al volver de la oficina, me he entretenido con la charla de Gaby. Está fascinado con la inquilina del tercero. No se le cae su nombre de la boca: “Que si Alba para arriba, que si Alba para abajo; que si patatín, que si patatán”. Por lo visto, la tal Alba trabaja sirviendo copas en un local nocturno desde las once de la noche hasta las tantas de la madrugada: Justo cuando estoy yo en lo más profundo del sueño. Así no es de extrañar que pase la mayor parte del día durmiendo; que a saber qué cosas se mete en el cuerpo para aguantar ese ritmo de vida.


Cuando he subido las escaleras hasta mi apartamento no he podido resistir la tentación y, al llegar al tercer piso, he puesto la oreja en la puerta del treinta y tres, pero no me ha llegado otro sonido que un leve tamborileo. De pronto, he oído un fuerte estruendo y he salido corriendo escaleras arriba no fuera la dichosa Alba a descubrir mi espionaje.



Miércoles 3 de marzo


Han vuelto a invadir mi casa. Esta vez han estado en la cocina. Cuando he entrado esta mañana a desayunar y he visto el caos en el que la han sumido, me ha sobrecogido el pánico. Han sacado las cacerolas y las sartenes de los armarios y las han tirado por el suelo. Junto a la nevera, un charco de aceite me ha hecho resbalar; si no me llego a sujetar en el fregadero, de seguro que la caída hubiera sido gorda. En ese momento mi miedo ha dado paso al enfado. He salido de la cocina con un portazo. Ya en la salita, me he precipitado contra el teléfono y he marcado la primera cifra del número de la policía, pero entonces he recordado la última conversación con la oficial Doménech en la que insinuó que todo tenía origen en mi mente enferma. 


Ya no puedo contar con la ayuda de los agentes. Ellos creen que estoy loca. Debo buscar la manera de arreglarlo yo sola. 


Martes 11 de abril


Como era de esperar, desde que mandé poner la alarma, no ha vuelto a entrar nadie en el apartamento. Estoy contentísima. ¿Cómo no se me ocurriría antes? ¡Me siento feliz, exultante, eufórica...! Hasta han desaparecido las migrañas. Ya nadie volverá a asustarme entrando a mi casa. 


Para celebrarlo, esta tarde, al salir de la oficina, he ido de compras al centro de la ciudad y me he gastado medio sueldo en un vestido de seda verde agua: un vestido que, como la superficie del mar, despide destellos cuando lo acaricia la luz del sol. Para hacer honor a tan preciosa joya, he comprado también unas sandalias plateadas y he encargado en la perfumería artesanal de la esquina esencia de peonía que le viene al pelo.

¡Qué feliz soy, Dios mío! 



Domingo 17 de abril


Hoy me he despertado ya cerca del mediodía. El sol de primavera jugaba a colarse por las rendijas de las persianas dejando a su paso un rastro de motas doradas de polvo. ¡Cómo me gustaban de niña esas minúsculas partículas! Estaba convencida de que se trataba del polvo mágico con el que me regalaba mi hada madrina.

Me he quedado un buen rato remoloneando en la cama disfrutando del calor de las sábanas hasta que mi estómago ha protestado porque no le hacía ningún caso. Entonces me he levantado. En la nevera no he encontrado más que dos huevos y un brik de leche: nada apetitoso capaz de tentar mi paladar. Así que me he vestido con rapidez y he bajado a la cafetería que hay al otro lado de la calle, ilusionada por la promesa de un chocolate y unas tortitas con nata. 

Ya de vuelta, con el alma contenta después de tan delicioso desayuno, he subido las escaleras que conducen a mi apartamento. En dos minutos he llegado al tercer piso. La puerta del apartamento treinta y tres estaba entreabierta. No he podido resistirme y me he asomado. No había nadie dentro y, medio de puntillas, me he colado dentro. Un gato de negro pelaje y ojos verdes y luminosos como los faros de un coche ha salido a darme la bienvenida. Como si me estuviera esperando, la pequeña pantera se ha paseado mimosa entre mis piernas antes de volver a acurrucarse en un cojín de color mostaza que yacía en el suelo. 

El apartamento parece salido de un cuento de las Mil y una noches. Todo alfombrado con esteras de colores; las paredes cubiertas de tapices que representan escenas de la vida de la que supuse sería una diosa hindú; mesas bajas repletas de incensarios que esparcen dulces fragancias que ocultan apenas el olor a María que flota en el ambiente. 


El apartamento es aún más diminuto que el mío. En el dormitorio reina un caos de zapatos, faldas y vestidos. Me he sentado ante el tocador abigarrado de miles de frascos. A un lado de la encimera, descansa una sedosa peluca rubia: “De manera que esa es su maravillosa cabellera”. Acallando el miedo a ser descubierta, me la he probado. Me ha gustado muchísimo la imagen que me devolvía el espejo. He mirado a mi alrededor y he visto un vestido en tonos fucsias que me llamaba desde su percha. Me he quitado mis viejos vaqueros y me lo he puesto mientras sentía cosquillas dentro de mí. He echado por encima de los hombros un chal de cachemir rosado en el que bailaban paramecios de tonos turquesas. Feliz con mi nueva imagen, he improvisado una danza descalza por la habitación como no había vuelto a hacer desde hacía muchos años. Cuando más emocionada estaba, he oído la voz de Gaby que decía: “Que tenga un buen día, señorita Alba”. Asustada de mi osadía, me he desvestido aprisa y he subido corriendo a mi apartamento. 



Lunes 9 de mayo



¡Estoy aterrorizada, Dios mío! Cuando ya creía que había dejado atrás esta pesadilla que me estaba matando, ha vuelto a suceder pero esta vez ha sido mucho peor que en las anteriores ocasiones. Me he despertado con una de mis peores migrañas. No comprendo cómo ha ocurrido pero en lugar de encontrarme en mi cama, estaba en la butaca que hay en el dormitorio de invitados. Mi viejo amigo el miedo se ha hecho dueño de mí: y es que a estas horas de la noche en las que me desahogo en este cuaderno, aún no me explico cómo llegué hasta allí.

Con el dolor martilleándome las sienes, he ido en busca de un vaso de agua. Al pasar por la salita, no he podido reprimir un grito de terror: Han vuelto. Quienes quiera que sean han aprovechado mi sueño para cambiar de lugar las cosas de la salita: el sillón tapaba la puerta del balcón, habían descolgado la cortinas de la ventana para cubrir con ellas la mesa camilla y el cuadro de los tulipanes parecía cumplir algún castigo vuelto hacia la pared. Por el suelo unos pelos negros: “De gato”, he recordado que dijo la oficial Doménech. Un pensamiento ha cruzado mi mente. “Y si el intruso fuese una intrusa. ¿No empezó esta pesadilla cuando se mudó la inquilina del apartamento treinta y tres?” Incluso estoy segura que he percibido el olor a orégano quemado de la María.



Me he esforzado por calmarme antes de marcar el número de la oficial Doménech. He pensado que es mejor dirigirme a ella directamente que tener que contestar absurdas preguntas de agentes de mente obtusa que ya conocen mi voz. Pero no he estado muy acertada con la llamada: La oficial se ha negado siquiera a escucharme y ha repetido mil veces de forma machacona que lo que tengo que hacer es acudir a un psiquiatra.


¿Tendré que ocuparme yo misma de solucionar este despropósito?



Domingo 24 de julio



Llevo semanas espiando el apartamento treinta y tres pero todavía sólo he visto a la pantera negra. La inquilina parece que intuye mi presencia y sabe evaporarse en el aire. En todo este tiempo nunca la he visto entrar ni salir del apartamento. Tampoco la he oído cuando, a las horas que dice Gaby que está en casa, he pegado la oreja en su puerta. Es como si no existiera más que en su imaginación. Pero yo sé que está ahí, al acecho, y acabaré desenmascarándola.



***


INFORME POLICIAL NÚM. 367. AÑO 2011

Asunto: 


Muerte por Ahorcamiento de María Eugenia Peralta Rodríguez, Alias Alba Jiménez Muñoz.

Antecedentes:

El miércoles 13 de junio de 2011 a las 17,07 horas, se recibe llamada telefónica en la Comisaría de Policía de Fuencarral-El Pardo. Un hombre que se identifica como Miguel Herránz González, con Documento Nacional de Identidad núm.*** y domicilio en la calle Ginzo de Limia, ***, apartamento treinta y dos, informa que ha encontrado el cuerpo sin vida de Doña Alba Jiménez Muñoz, inquilina del apartamento treinta y tres del mismo inmueble.

Se persona al lugar de los hechos una patrulla compuesta por tres efectivos:

*Oficial de policía María Concepción Doménech García.

*Policía Rodrigo Canal Menéndez.

*Policía Margarita Sanz Pérez.



En el vestíbulo del apartamento treinta y tres, donde ha ocurrido el hecho luctuoso, se encuentra a una mujer de entre treinta y treinta y cinco años que pende de una lámpara del techo con evidentes signos de ahorcamiento. 


Los policías proceden a tomar declaración a los vecinos y el portero de la finca, comenzando por el hombre que realizó la llamada a la comisaría. La oficial hace una llamada al juez de primera instancia, don Aquilino Revilla Sánchez, y a la médico forense, Dra. Eulalia Camacho Linares, para que se personen en el lugar de los hechos.

A las 18,23 horas, la médico forense certifica el fallecimiento de la mujer.

A las 21,56 horas, el juez de instrucción dictamina el levantamiento del cadáver y se procede a su traslado al Instituto Anatómico Forense.



Hechos:


Se produce una confusión en la identificación del cadáver. Los vecinos de la tercera planta del inmueble aseguran que la fallecida es Doña Alba Jiménez Muñoz, en tanto que el resto de vecinos afirman que se trata de Doña María Eugenia Peralta Rodríguez, vecina del apartamento setenta y seis, sito en la séptima planta del mismo inmueble.

Se procede a la toma de las huellas dactilares del cadáver para su cotejo con las de Doña María Eugenia Peralta Rodríguez que obran en poder de la policía por haber denunciado en cuatro ocasiones la intrusión en su apartamento de extraños. Hechas las averiguaciones oportunas, se comprueba la coincidencia de las huellas de ambas mujeres.

En el registro del apartamento de Doña Alba Jiménez Muñoz no se encuentran otras huellas que las de Doña María Eugenia Peralta Rodríguez. En el apartamento de esta última, se incautan de varios objetos, entre los que figura un diario personal de la fallecida.

Tras una segunda toma de declaraciones a los testigos, se concluye que ambas mujeres son una misma persona. 

El informe médico forense, emitido el viernes 15 de junio de 2011, declara que el fallecimiento se produjo por muerte autolítica el miércoles 13 de junio de 2011, entre las 14,00 horas y las 16,00 horas.





***


El psicólogo se tomó su tiempo en leer ambos documentos. La oficial Doménech lo veía ir y volver en su lectura como si quisiera comprobar algún detalle que se le hubiese escapado. La frente del doctor Jaén se pobló de profundas arrugas que delataban su concentración. De cuando en cuando, levantaba la vista y la dirigía hacia ella como si quisiera que le confirmase las palabras escritas.

—¿Y el resto del informe, oficial? 



—El resto no añade nada nuevo. Todo se contiene en el diario de María Eugenia y en el extracto del informe que le he dado.

El doctor Jaén movió la cabeza de un lado a otro en un gesto de disgusto. Garabateó unas palabras ilegibles en una libreta y volvió a leer algunos párrafos del informe. La oficial se miró la sortija de plata que tenía en el dedo corazón de la mano derecha.

—¿Quiere que sólo con esto emita un diagnóstico? —preguntó el doctor con un tono que dejaba traslucir incredulidad, aunque también enojo.



—Quiero que me dé su opinión. El caso ya se ha cerrado. Suicidio. Es lo que dice la forense: que ella misma se causó la muerte. No se va a investigar más. Pero yo quiero saber qué pasó, qué la llevó a suicidarse y a montar el circo que montó. A hacernos creer que había dos mujeres cuando sólo había una. Lo tenía todo pensado y muy pensado. ¡Si hasta dejó un diario para hacernos dudar! Pero, ¿por qué lo hizo?


La oficial no pudo contener su indignación. Una mujer práctica poco dada a las fantasías no podía entender esos jueguecitos.

—¿Qué les ha dicho el chico? —preguntó el psicólogo.



—¿El chico? ¿Qué chico?



—María Eugenia se refiere en varias ocasiones a Gaby, el hijo del conserje, y da a entender que conoce a las dos mujeres. Él las ha visto a las dos. O mejor debería de decir que ha visto a la mujer actuando como María Eugenia y como Alba. ¿Qué les ha dicho? ¿Cómo no se dio cuenta de que eran la misma persona?



—Eso es lo mejor, doctor. El chico no existe. Ni el chico ni ningún conserje. Otra de sus mentiras para volvernos tan locos como ella. Por eso necesito saber por qué hizo lo que hizo para acabar suicidándose.



—Ya, comprendo.

El psicólogo se levantó de la mesa y se acercó a la librería abarrotada de volúmenes. Cogió uno de ellos y lo abrió por el centro. Después lo cerró de golpe y lo devolvió a su estante.


—¿Y vd, qué piensa, oficial? Usted habló con María Eugenia vio cómo se expresaba, cómo se movía.


La oficial Doménech lo miró incrédula. ¿No era ella la que había acudido a la consulta del psicólogo buscando una explicación a lo sucedido? Se removió nerviosa en su asiento. No le gustaba nada aquel hombre de cabello cuidadosamente cortado, un cabello liso y negro con mechones grises. ¿Y qué decir de su camisa de seda azulada y los zapatos de ante que parecían no haber pisado nunca el asfalto? Le hacía sentirse incómoda con sus formas exquisitas pero frías, como si la mirase desde una altura para ella inalcanzable. Y ella no solía sentirse así. Desde su metro setenta y ocho, estaba acostumbrada a imponer respeto a la gente, incluso a la que se consideraba peligrosa.


—Lo único que sé es que esa joven, María Eugenia, llamó un montón de veces a la comisaría porque decía que habían entrado extraños en su casa que le habían movido las cosas de sitio. Pero, cuando acudíamos a la casa, ni habían forzado las cerraduras ni se habían llevado nada; y las únicas huellas encontradas en el apartamento eran las suyas, incluidas las de la famosa colilla —hizo una pausa buscando las palabras que mejor expresaran su pensamiento—. Mire, doctor, yo la creí y todavía me cuesta pensar que nos engañase, que me engañase. Era una mujer aterrorizada. Estaba sola y no tenía a nadie que la protegiese: ni familia, ni novio, ni amigos… Ni siquiera se llevaba bien con sus compañeros de trabajo —miró al psicólogo de reojo para comprobar el efecto de sus palabras en él —. Yo creo que la soledad le hacía sentirse insignificante, invisible para la gente, y eso le hacía sufrir. Por eso se inventó toda esa historia de los intrusos y la vecina hippy que fumaba Maruhuana; para sentirse importante, el centro de atención de la poli. Pero llegar tan lejos… No sé qué pensar, doctor.


—Y de su vida anterior, ¿qué averiguaron? ¿Saben cómo fue su infancia?, ¿cómo era su familia? Ya sabe: si le ocurrió algo de niña que explicase su extraño comportamiento.


—¿Usted cree que en nuestras investigaciones elaboramos la historia clínica de la gente? 


La policía sentía que se encendía su cólera por momentos: ¿Cómo voy a saber lo que le ocurrió o no en la infancia? ¿Qué pretende ese hombre?, ¿que le haga yo su trabajo? No le he pagado cien euros para responder sus preguntas absurdas.


—Lo único que puedo decirle es que estaba sola, que no tenía a nadie y que quería, creo yo, llamar la atención —dijo la oficial sin apenas contener su enfado.


—Muy interesante su hipótesis.


Desvió la mirada hacia la ventana como si el vuelo de un gorrión que se entreveía entre los cristales le resultase de mayor interés que la hipótesis de la policia. Luego le preguntó:


—¿Qué averiguaron de Alba?


—¿De Alba?


—¿Qué hacía la joven cuando actuaba como Alba?, ¿con quién hablaba?, ¿cómo vivía? En definitiva, ¿qué saben de Alba?


A la oficial Doménech le sobresaltó el tono imperioso del psicólogo. Retiró de la frente un mechón de pelo y descruzó las piernas para volverlas a cruzar antes de responder.


—Poca cosa le puedo decir. No se relacionaba mucho con los vecinos. Alguna vez la veían salir por la noche u oían la música que se escapaba de su apartamento. Si se cruzaba con alguno, lo saludaba cortésmente pero no hablaba mucho con nadie. Ni cuando hacía de Alba ni cuando hacía de María Eugenia. El apartamento era tal y como se describe en el diario, como un santuario hindú. Hemos buscado en nuestros archivos, en internet… Y no hemos encontrado nada de nadie que respondiese a ese nombre. Sabemos que acudía tres veces por semana a un local de streptease donde servía copas y algo más hasta las tres de la mañana y que salió un par de meses con un cliente que la plantó cuando se aburrió de ella. Nada más. Nada anterior a diciembre. ¡Ah! Es verdad que fumaba marihuana. La autopsia lo ha confirmado.


El doctor permaneció en silencio antes de seguir hablando:


—Su hipótesis es verosímil, oficial. Quiero decir que podría ser como usted dice, que la joven sólo buscase llamar la atención, ser la protagonista de una historia policiaca. Pero, sin más información de la que me ha dado y la que figura en el diario y el informe policial, podría aventurar una, dos, tres, cinco hipótesis igual de verosímiles e igual de incomprobables, salvo que averiguásemos que estuvo en algún momento de su vida sometida a algún tratamiento y nos hiciéramos con el diagnóstico.


La oficial no pudo ocultar su decepción. Para eso no había perdido la tarde con aquel hombre arrogante. El doctor Jaén pareció percatarse de su desazón. Volvió a la librería y, luego, le tendió unos cuantos volúmenes. 


—¿Ha oído hablar del trastorno de identidad disociativo, oficial?


La oficial Doménech negó con la cabeza.


—Yo sí la creo —dijo el doctor—. A María Eugenia, quiero decir. Lo que escribió en el diario, lo que les dijo a ustedes: todo era verdad. Es cierto que Alba entraba a escondida en su casa, es cierto que le revolvía las cosas, es cierto que hablaba con Gaby y se sentía fascinada por su nueva vecina, tan distinta a ella... 


—¿Pero qué está diciendo? Alba y María Eugenia eran la misma persona. Y Gaby no existió nunca; nadie lo ha visto ni sabe nada de él.


Concepción Doménech se levantó de su asiento y cogió su bolso para marcharse.


—Espérese un momento, se lo ruego. No se enfade. Ya verá como cuando termine le parece que mi hipótesis tiene sentido.


La oficial se dejó caer con desgana sobre el sofá que había junto a la pared dispuesta a no aguantar más de cinco minutos.


—Yo creo—prosiguió el psicólogo— que dentro de María Eugenia convivían varias personalidades, distintos aspectos de sí misma que se manifestaban como si fueran distintas personas. Con unas se comunicaba, como con Gaby o el conserje. Seguramente modificaba la voz y los gestos cada vez que hablaba uno u otro. Pero con Alba no se relacionaba porque cuando aparecía en escena, la eclipsaba. Aparecía cuando dormía o se desmayaba a causa de las migrañas. Hasta el último momento, nunca se encontraron, si hacemos caso a lo que dice el diario. De ahí esos vacíos de la memoria.


—¿Quiere decir que María Eugenia y Alba eran una especie de Norman Bates y su madre en Psicosis?


—O el Dr. Jekyll y Mr. Hyde —dijo con una sonrisa el psicólogo—. María Eugenia era apocada y asustadiza, probablemente perfeccionista, si tenemos en cuenta lo que dice de sí misma sobre el orden; pero se sentía atraída hacia una vecina que era todo lo contrario: su otro yo. De la misma manera que Alba se sentía atraída hacia ella. Puede que Alba fuese esa parte de su personalidad que María Eugenia rechazaba de sí misma y, para torturarla por su rechazo, le cambiara las cosas de sitio. Como si dos fragmentos de su personalidad lucharan por imponerse hasta llegar a destruirse.


—Vamos, doctor. Eso me suena demasiado novelesco.


—No lo es. Llévese estos libros. Lea el caso de Sybil Mason y ya verá como no es ninguna fantasía.


—¿Entonces usted dice que María Eugenia sufría ese trastorno?


—Yo creo que es muy probable que así fuera. Llévese los libros y reflexione sobre ello. Mire dentro de usted misma y verá cómo mi hipótesis le parece posible. Luego vuelva a verme.


La oficial Doménech no estaba muy convencida pero no olvidó guardar los libros en el bolso antes de salir del despacho.


***



Eran las once de la noche cuando Ignacio Jaén apagó la luz de su despacho. Se sentía muy cansado. Le pesaban los párpados y le dolía la nuca. Recorrió a tientas el pasillo y se asomó a la habitación de las niñas. Como de costumbre, Miriam dormía atravesada en la cama con la cabeza escondida entre las sábanas. A sus cuatro años tenía miedo de que alguien se la llevase por estar su cama cerca de la puerta. Susi, su hermana dos años mayor que ella, había superado sus temores con un conejo de trapo al que le faltaba un ojo y una oreja, y dormía a pierna suelta en la cama de al lado. Las besó en la frente y las colocó en una postura más cómoda antes de dirigirse a su dormitorio.

Su esposa se había quedado dormida con un libro entre las manos. La luz de la lámpara iluminaba sus facciones. Nunca como cuando dormía, pensó Ignacio, su rostro mostraba tanta belleza, tanta paz. Se sentó junto a ella y, con cuidado de no despertarla, le quitó el libro y la tendió con suavidad sobre la almohada.

—¿Qué hora es? —le preguntó ella al despertar.

—Tarde, Sofía. Sigue durmiendo.

Ella le acarició la mejilla y le sonrió con dulzura.

—Pareces cansado. ¿Has tenido un día difícil?

Ignacio la besó en el pelo aspirando el olor a rosas de su melena castaña pero no le contestó.

—Nunca podré perdonarme todo lo que te hago sufrir —casi gimió ella. 


—Tú nunca me haces sufrir.


Pero un rictus de dolor que no le pasó inadvertido a su esposa desmintió sus palabras.


—¿Qué dirán las niñas cuando crezcan y descubran cómo es su madre? —preguntó ella ansiosa. La misma pregunta de cada noche; la misma respuesta de siempre:

—Te querrán tanto como ahora, tanto como yo.

Una lágrima extraviada recorrió el rostro de Sofía sin que hiciera nada por impedirlo.

—¿Quién he sido hoy?

—La oficial de policía Doménech. La he puesto furiosa con mi actitud arrogante y mis hipótesis tan absurdas. La he acosado a preguntas impertinentes —le dijo con una sonrisa— y, aunque se ha resistido, vamos progresando.


—¿Cómo puedes soportarlo?


Él le acarició la frente. 


— No te preocupes, Sofía. Algún día te curaré y serás tú para siempre.

—¿Y quién soy yo, Ignacio? ¿Sofía?, ¿María Eugenia?, ¿Alba?, ¿la oficial Doménech o Gaby? ¿Quién soy yo?, dime. ¿Quién?