viernes, 17 de marzo de 2017

Noche encantada



    Asomó la cabeza y sonrió. El portero se había quedado dormido. Primero sacó el brazo derecho, luego el izquierdo. Un salto y ya estaba en el suelo. Al girar, se llevó por delante la papelera. Por un momento, se detuvo a escuchar. Los ronquidos retumbaban por toda la sala. Se descalzó y, con paso sigiloso, se dirigió a la salida.

   Ya en la calle, la deslumbraron las luces de la ciudad. Con los ojos muy abiertos, contempló los coches que pasaban a toda velocidad. Retrocedió, avanzó unos pasos, se detuvo. Se envolvió bien con el manto, apretó los dientes y empezó a caminar por la avenida. Al llegar junto a la fuente, su mirada quedó prendida en un muchacho que hacía malabares con siete pelotas de colores. El joven le hizo una descarada reverencia. Ella, azorada, corrió hacia el otro lado de la calle y en su huida a punto estuvo de ser atropellada. 

   Permaneció dudosa ante el cartel luminoso de una discoteca. Los jóvenes pasaban ante ella riendo y hablando en voz alta. Se mordió el labio inferior como si no se decidiera a entrar. Un grupo de muchachas la empujaron hacia dentro. El terror se pintó en su cara al ver a la gente que bailaba en la pista. Las luces de colores y la música estridente parecían aturdirla. Hizo ademán de volverse sobre sus pasos pero la detuvieron los primeros acordes de una dulce melodía. Cerró los párpados, extendió las manos y se dejó mecer por ella. La música tocaba sus dedos y recorría su figura hasta llegar al corazón. De pronto, se hizo el silencio. Abrió los ojos. Cientos de rostros la contemplaban admirados. Asustada, salió corriendo a la calle.

   Amanecía cuando llegó al museo.

   —¡Espera! —exclamó alguien a sus espaldas y, al volverse, la cegó el flash de una cámara. 

   Al día siguiente todo el mundo hablaba de lo mismo: La joven de la Perla de Veermer mostraba una expresión pícara que nadie había apreciado hasta entonces.






*Ejercicio elaborado en el grupo “Nosotras que escribimos”.

Imagen: Re-interpretación del fotógrafo Francisco Arteaga de la obra de Johannes Vermeer "La joven de la perla" (Modelo: Emma Fernández Manrique)

jueves, 9 de marzo de 2017

Amanece en Venecia









   ¿Cuánto tiempo hacía que no veía amanecer?, ¿cuánto que no me dejaba sorprender por el sol en el momento en que sus rayos desvelan la belleza de la ciudad? No me creo que esté aquí, tan lejos de casa, en este balcón veneciano, mecida por la melodía del silencio, el aroma de las rosas y el sabor a miel añeja que me dejaron sus besos antes de decirme adiós.

   Un pétalo animado por la brisa acaricia mi espalda y me trae el recuerdo de esa noche única en la que un desconocido me invitó a seguirlo por las calles de Venecia. Lo veo saltar de la góndola, tomarme de la mano y volverse hacia mí con esa sonrisa misteriosa que hace estallar un carrusel de emociones. Rodea con sus manos mi cintura, me eleva para que el fango del suelo no estropee mis zapatos de satén y me deja a salvo en la acera. Cogidos de la mano, corremos por un pasadizo estrecho solo iluminado por la luz de la luna hasta esta casa habitada por la sombra de Casanova. Todo a mi alrededor me trae la fragancia de amores prohibidos mientras él derrama en mi oído palabras que hacen que crea en la eternidad de la noche. Me hace el amor despacio. Después, me arrulla hasta dormirme.

   Al despertar, no está a mi lado. No puedo evitar sentir miedo al verme sola. Entonces se abre la puerta y me sorprende con una cesta de rosas. De nuevo su sonrisa hace que olvide que es un desconocido. Deja en mis labios un beso apresurado. ¿Qué hay en sus ojos?, ¿la promesa de otra noche?, ¿un adiós definitivo? No lo sé. Lo veo alejarse en tanto tras los tejados asoma tímidamente el sol.










*Ejercicio elaborado en el grupo “Nosotras que escribimos” a partir de la obra Morning in Venice de Richard S. Johnson

miércoles, 1 de marzo de 2017

El fin de nuestra infancia











   De los momentos felices de mi infancia, recuerdo con especial cariño el verano que pasamos en San Sebastián quizás porque fueron las últimas vacaciones que estuvimos todos juntos antes de que papá nos dejara para formar otra familia. Yo tenía entonces doce años, mi hermana Clotilde once y empezábamos a tejer sueños sobre un futuro que aún se nos presentaba lejano. Debido a la delicada salud de nuestra madre, nos dejaban campar a nuestras anchas. Gustábanos pasear por la playa e inventar historias de la gente que se cruzaba en nuestro camino.

  Llamaba nuestra atención dos jóvenes francesas que nos parecían seres angelicales venidos de un país maravilloso. Llegaban cada tarde precedidas de la brisa marina, ataviadas con elegantes trajes que causaban nuestra admiración. Aún me parece verlas: vestidas de blanco resplandeciente, con aquellas sombrillas de seda y encaje, el velo de las pamelas jugando con el viento.

  Clotilde y yo imaginábamos que estábamos ante nosotras mismas con unos años más. Íbamos a ser como ellas: bellas, elegantes, dichosas e indiferentes a la expectación que despertaban a su paso. Las seguíamos por el malecón encandiladas por sus sofisticados ademanes. Ya en casa, entrábamos a escondidas en el dormitorio grande y jugábamos a ser ellas ante el espejo de la coqueta. ¡Qué ingenuas éramos! Creíamos que mamá no se enteraba cuando le cogíamos sus tacones y collares.

  Cincuenta años después, aún recuerdo con cariño aquel verano. Luego, nada volvió a ser lo mismo. Se acabaron para nosotros las vacaciones estivales. Papá nos dejó llevándose consigo nuestra infancia. Ya no regresamos a San Sebastián ni vimos más a las jóvenes francesas ni nunca fuimos como ellas: bellas, elegantes, dichosas e indiferentes a la expectación que despertaban a su paso.





*Ejercicio elaborado en el grupo “Nosotras que escribimos” a partir de la obra Paseos a la orilla del mar de Joaquín Sorolla.