viernes, 15 de junio de 2018

Con la mirada hacia atrás








La gota se deslizaba con lentitud por el cristal. Gertrudis seguía su recorrido medio distraída mientras sus pensamientos giraban como un molinillo al compás del traqueteo del tren. Fuera se sucedían campos de trigo que apenas se vislumbraban tras el velo de lluvia. Parecía mentira que sólo hubieran transcurrido unas horas desde que salieran de la estación de*** con un sol radiante. Estrujó en su puño el telegrama que la había puesto en camino y trató de concentrarse en la gota de agua. En su travesía, se había unido a otra gota y, juntas, descendían por la gélida y lisa superficie de cristal dejando tras de sí una estela sinuosa. A su lado, dormitaba Clarisa, su nieta, ajena a su desvelo. Por encima de los labios entreabiertos, sobrevolaba una tenue sonrisa: con diecinueve años, la vida es una promesa, un capullo a punto de abrirse. Mas, a veces, la rosa se marchita antes de florecer. Le acarició con el dorso del índice la mejilla fresca. Los párpados de la joven aletearon un instante antes de volver a la calma. ¡Cuánto sosiego, Dios mío! Pero la vida es implacable y no tardaría en robarle su inocente serenidad. 

Gertrudis sabía mucho de eso. Sin ir más lejos, la noche anterior un simple cuadrado de papel se había entrometido en su vida sencilla, llevándose consigo la paz que le había costado alcanzar años y años. Un simple cuadradito de papel había abierto la puerta al pasado cuando la creía cerrada para siempre. Habían bastado cuatro palabras para que se presentasen a una cita no concertada todos los fantasmas del ayer. Y, con la misma insistencia de entonces, torturasen su corazón anciano, cansado. Uno a uno le habían puesto a sus pies escenas que creía olvidadas: con dedos alargados, habían abierto la herida que tanto tardó en sanar.

Clarisa se revolvió en su asiento sin llegar a despertar. Todavía no entendía Gertrudis cómo se había avenido a seguirla en un viaje preparado con tanta precipitación; sin tiempo siquiera de dar aviso a Juan, que había partido unos días antes a la capital para resolver no sabía qué negocio.

—Se muere mi primo Rafael y me ha llamado a su lado —había sido lo único que le desveló a su nieta tratando de disimular la emoción que le causaba la noticia—. He enviado a Paca a comprar los billetes de tren y, en cuanto los tengamos, nos vamos.

Clarisa ni siquiera le había hecho ninguna pregunta, como si fuese algo de todas los días dejar la casa de la noche a la mañana. Se había limitado a ayudarla con el liviano equipaje. Cuando terminó de guardar las escasas pertenencias en una bolsa, la joven había pedido a Paca recado de escribir y había pasado un buen rato garabateando unas letras para Pedro, su prometido. Mientras tanto, Gertrudis hacía todo lo posible por apaciguar su corazón inquieto por la perspectiva de tan largo viaje. La anciana, al ver a su nieta mordisquear la punta de la pluma, había sentido como si le pellizcasen el alma: el primer amor te lleva al cielo pero, por lo mismo, su pérdida te precipita a lo más profundo del infierno. ¡Ojalá pudiera protegerla de las penas del desengaño!

Gertrudis apenas había dormido aquella noche. Los recuerdos ahuyentaban el sueño. Tres veces se levantó de la cama, tres veces se sentó ante el escritorio decidida a esquivar el mensaje de Rafael. Tres veces desplegó sobre el tablero el telegrama con la esperanza de haber equivocado su sentido y tres veces regresó al lecho y, envuelta en una confusión de mantas y sábanas, convencida de la imposibilidad de ignorar la llamada.

Y ahí estaba ella, en el compartimento de un tren, siguiendo el rastro de una gota de lluvia en el cristal de la ventanilla mientras trataba en vano de apartar el pasado de su pensamiento. Volvía a verse con diecisiete años, luciendo un vestido color lila que dejaba al descubierto los hombros y el escote; el collar de perlas negras que había pertenecido a su abuela; y el cabello, peinado con artificio por la doncella, que caía en cientos de bucles y tirabuzones según la moda de entonces. Se recordaba apeándose de un tíburi y pasear por el Jardín de las Delicias del brazo de su padre. ¡Qué orgulloso iba a su lado! Acaso hiciera como si no se diese cuenta de ello, pero no podía evitar envanecerse cuando caían sobre su hija miradas de admiración de los jóvenes con los que se cruzaban en su caminar. Gertrudis adivinaba la emoción de su padre por el modo en que erguía la espalda y apretaba el paso, de habitual calmo. ¡Era tan hermosa! Más de cuarenta años después, no quedaba ni un ápice de vanidad en ella. Las penas y las arrugas que estragaban su rostro se habían llevado la poca que le quedó cuando su marido la repudió. Aun así, podía verse como la veían entonces: bella y rodeada de un halo de exótico misterio que agrandaba su atractivo a los ojos de los demás. ¿No la hacía apetecible a las familias bien de la ciudad saberla hija de don José, un próspero indiano que había hecho fortuna en Cuba? Se decía que era propietario de un ingenio azucarero cuya extensión superaba la de la provincia de Salamanca. ¿Y no la hacía deseable a los jóvenes pretendientes saberla hija de una criolla que se decía que había sido la más hermosa de la isla? Todo el mundo ponderaba su belleza pese a que en España nadie la había conocido por haber fallecido al dar a luz a Gertrudis. ¿No la hacía envidiable a los ojos de las jóvenes románticas saber que había pasado dos años conociendo Europa de la mano de su padre y un apuesto preceptor? 

Espantó una polilla que revoloteaba alrededor del rostro de Clarisa, pero el gracioso insecto se escabulló y se posó en la mejilla de la joven.

—¿Hemos llegado ya, abuelita? Me he quedado dormida.

Clarisa se frotó los ojos con los puños cerrados como hacía cuando era una niña. Gertrudis le rodeó los hombros con el brazo y la besó en la frente. Su nieta era la única familia que le quedaba, si no contaba a Juan. No se habían separado desde que su nuera y su hijo fallecieran con muy poco tiempo de diferencia cuando Clarisa sólo tenía tres años. 

—¿Cómo es tu primo, abuelita?

—¡Oh!, hace tanto que no lo veo...

A su padre nunca le gustó Rafael. Le parecía arrogante y pagado de sí mismo; un petimetre al que le gustaban los espejos más que a una damisela vanidosa. Pero el joven era su sobrino y no podía evitar encontrárselo en las comidas de los domingos que daba su prima. En cambio a Gertrudis le encantaba. Era el chico más chisposo, más guapo y apuesto que conocía. Contaba como nadie historias divertidas sobre sus años de estudiante de Derecho en Santiago y, cuando se retorcía las guías del bigote, la muchacha que era entonces no podía reprimir una carcajada que le recorría el cuerpo entero. Y, sobre todas las cosas, a Gertrudis le encantaban las cartas de amor que, a resguardo de la vigilancia de su padre, le dejaba en los escondites más insospechados: debajo de un tiesto en el patio, entre las páginas de un libro del que hablaba como de pasada durante la sobremesa, en el manguito de piel, regalo su padre por su decimosexto cumpleaños... De lunes a sábado, a la hija del indiano se le iban los minutos tratando de adivinar con qué nueva ocurrencia la sorprendería.

La tía Pilar alentaba los amores entre los primos sin hacer caso de las reticencias del padre de Gertrudis. Con la excusa de una mantelería de encaje que quería terminar antes de la boda de su hija, la hacía llamar muchas tardes para que la ayudase con la aguja. A eso de las seis, solía aparecer Rafael después de su jornada en el bufete donde trabajaba y su aparición siempre avivaba la memoria de la tía Pilar, que dejaba sola a la pareja de enamorados para atender algún quehacer urgente hasta entonces olvidado.

Así se fue fraguando un noviazgo entre los dos jóvenes. Durante el banquete de bodas de Begoña, Pilar le anunció a su primo que Rafael quería pedir la mano de Gertrudis. La mujer, que tenía fama de obstinada, no se dejó amilanar cuando el indiano trató de persuadirla de que su hija aún era muy joven; cuando insistió en lo poco que le gustaba la cercanía del parentesco. La buena señora, que ya había hablado con el obispo y tenía medio concedida la dispensa, acalló las protestas de don José con un vaso de jerez aderezado con palabras mimosas, y, antes de que partieran los novios de viaje, ya había concertado otra boda.

El tren cruzó Despeñaperros a las doce y media. Gertrudis guio a Clarisa hasta el vagón restaurante y la dejó elegir en la carta sin sermonearla, como hacía a menudo, con las virtudes de una vida austera. Y eso que sólo llevaba lo justo para el viaje y poco más. Sabía que su nieta la tenía por tacaña. La anciana exhaló un suspiro. ¿Qué sabría la joven de lo que era pasar necesidades? A pesar del tiempo transcurrido, todavía se estremecía al recordar las penurias de su juventud. Cuando el dinero que le enviaba Rafael no le bastaba sino para malvivir con su hijo y hubo de colocarse de maestra en una pequeña escuela.

—¿Tomamos arroz con leche de postre, abuelita? —de nuevo la voz mimosa de Clarisa la trajo de su viaje al pasado—. Podemos pedir un platito para las dos.

Gertrudis llamó al camarero, que no se demoró en traerles un cuenco de barro con el dulce manjar. No probó más que dos cucharadas para dejar que su nieta se deleitara con aquel capricho tan poco habitual entre ellas. El sabor a canela la llevó de nuevo a su juventud y una vez más se rindió a los recuerdos. 

Rafael y Gertrudis contrajeron matrimonio en la Basílica del Patrocinio un veinticuatro de mayo. La novia llevaba el mismo velo con que se casó doña Matilde, su abuela paterna: un velo de blondas tan fino que no servía para ocultar las lágrimas que bañaban su rostro. Llegó al altar del brazo de su padre, quien hubo de sostenerla para evitar que cayera desvanecida en sus brazos: la luz temblorosa de las velas difuminaba el contorno de la Virgen niña y el perfume del incienso la mareaba. Mas, bastó con que Rafael posase levemente su mano en su brazo, para que su espíritu resucitase. Apenas tenía un vago recuerdo del banquete: los besos que le daba su esposo en la punta de los dedos, el ridículo sombrerito tirolés de su prima Begoña, las mejillas enrojecidas de su padre, poco acostumbrado a comidas tan copiosas y a licores tan fuertes, las palabras que le dijo poco antes de partir de viaje de novios a Granada.

—Hija mía, ya sé que el matrimonio es sacramento santo pero si te falta alguna vez el cariño y la felicidad de tu casa, no te dé reparo en venir a mí.

Gertrudis estuvo a punto de romper a llorar ante tales palabras, dictadas por la emoción. La joven desposada abrazó a su padre y lo besó hasta casi ahogarlo con la esperanza de disipar, así, la congoja del pobre señor y la suya también.

Pero, ¿cómo podía faltarle el cariño y la felicidad si tenía un marido que no vivía sino la veía sonreír? Un marido que la despertaba con besos cuando el primer rayo del sol se colaba entre los pliegues de la cortina. Un marido que dejó de acudir a la tertulia de san Ginés sólo por pasear con ella por el Jardín de las Delicias. Un marido que la echaba a perder con sus mimos. Pocas veces regresaba del bufete sin alguna chuchería con la que ilusionarla: un monito autómata que, cuando se le daba cuerda, tocaba los platillos, un juego de cepillos de plata para bruñir sus negros y rebeldes cabellos, un espejo de nácar para hacerla aún más presumida...

Los primeros meses de su matrimonio se le fueron a Gertrudis entre visitas a parientes y amigas. Todo el mundo la agasajaba y atendía a sus deseos con una deferencia muy alejada de la que le dispensaban antes de casarse. Ser la esposa de un prometedor abogado la situaba por encima de otras jóvenes, amigas suyas de soltería y casadas con meros comerciantes. En la sociedad de aquella ciudad de provincias, cada uno tenía su lugar y ser la mujer de quien había estudiado en la universidad otorgaba unos privilegios que ni siquiera estaban al alcance de la hija de un indiano que había hecho una gran fortuna en ultramar. De la noche a la mañana, señoras que antes ni la miraban le cedían el paso a la entrada de misa. Cuando iba de compras con su tía Pilar, los dueños de las boutiques se apresuraban a abrirle la puerta, le buscaban un coche de punto si llovía y ponían un muchacho a su disposición para que les llevase los paquetes a casa. Tanta consideración causaba a Gertrudis una mezcla de orgullo y vergüenza. Orgullo por pensar que distinguiéndola a ella, honraban el buen nombre Rafael. Vergüenza porque, cuando se oía llamar señora del Valle, le parecía que estaba muy lejos de merecer tal título.

El tren se detuvo media hora a cincuenta quilómetros de su destino. Clarisa y Gertrudis se apearon a refrescarse y pasear por el andén. La anciana se dirigió a la ventanilla de Correos a poner un telegrama a Juan. Cerró los ojos mientras esperaba que la atendiese el empleado, tratando de evocar su mirada tranquila. ¿Qué hubiese sido de ella de no haberlo encontrado? Lo conoció a los cinco años de su exilio. Era el padre viudo de una de sus alumnas. Lo veía a la salida de la escuela cuando iba a recoger a su hija. Tomó la costumbre de esperarla y acompañarla en su camino a casa. Al principio, Gertrudis se mostraba reservada. ¿Cómo contarle nada? Todavía conmocionada por lo ocurrido, huía de la gente para evitar que hiciesen daño a su hijo. Pero Juan fue paciente y ella acabó rindiéndose a su ternura. Escuchó sus desdichas, la convenció de que en ella no había culpa alguna y aceptó al hijo de Gertrudis como si no viese en él nada diferente a los demás. Solo la imposibilidad de hacerla su esposa había empañado la alegría de saberla suya.

—Ponle al abuelito un beso muy muy grande de mi parte.

Gertrudis se volvió sobresaltada. La voz de Clarisa se llevó al instante los recuerdos. Le tomó la mano y se la llevó a los labios. Su nieta le regaló una sonrisa y, por un momento, le pareció ver detrás de sus facciones juveniles el rostro sereno de Juan. La anciana sonrió. En la joven se daba cita lo mejor de la familia: de su padre, el hijo de Gertrudis, había heredado la comprensión de las debilidades ajenas; de su madre, la hija de Juan, esa bondad que la desarmaba. 

Aún quedaba un rato para que el tren reaunudara su viaje. Gertrudis tomó del brazo a su nieta y la condujo por la carretera hasta una callecita animada por una tienda de la que entraban y salían muchos de los pasajeros que se detenían en el pueblo. Llevadas por la curiosidad, entraron y se perdieron entre las chucherías que, con tanto éxito, se vendían. Les llamó la atención una estantería en la que se exponían abanicos a bajo precio. Clarisa los contemplaba encandilada por el despliegue de color, hasta que se decidió por uno amarillo que iba con su vestido. De pronto, un hombre corpulento se abalanzó sobre ella.

—Aparta tus zarpas de mis abanicos —le gritó con los ojos desorbitados mientras la empujaba hasta la puerta de salida—. Y, usted, haga el favor de sacar de mi tienda a este animal —añadió volviendo la cabeza a Gertrudis—. ¿Es que no sabe que en esta tienda sólo puede entrar gente como Dios manda?

La anciana empezó a dar voces en defensa de su nieta, pero ésta salió de la tienda con la mirada baja y sin pronunciar una palabra. El corazón de Gertrudis palpitaba acelerado. Cogió su sombrilla que se le había caído y alcanzó a la muchacha, que la esperaba junto a la carretera.  

—Lo siento mucho, hijita —se disculpó Gertrudis afligida y sintiéndose culpable por lo sucedido.

Clarisa la abrazó y apoyó la cabeza en su hombro.

Gertrudis no supo que estaba en encinta hasta avanzado el embarazo. Fue la tía Pilar la que la asedió a preguntas después de ver cómo había aumentado el volumen de su vientre. Cuarenta años después no podía evitar una sonrisa al recordar su rubor ante la crudeza de su suegra. Sin ningún miramiento hacia su recato, escarbaba en su vida íntima adivinando aquellos actos que la joven ni siquiera sabía nombrar. ¿Sería posible que Rafael, con la delicadeza con la que la introducía en sus deberes como esposa, le hubiese contado aquello a su madre?

Pasada la alegría inicial, su padre se dejó arrebatar por el pánico. Un miedo irracional a que le pudiese suceder a Gertrudis alguna desgracia se hizo presa del indiano. Muy de mañana, antes incluso de que Rafael partiera para el bufete, don José hacía su aparición con una bandeja de dulces de hojaldre que había comprado de camino. Con un desparpajo exagerado que no ocultaba sus temores, entraba en la casa dando órdenes a los criados pidiéndoles que le preparasen a su niña una taza de chocolate que, a su parecer, era lo más conveniente para su estado. De poco, por no decir de nada, le servía a Gertrudis protestar por el afán de su padre en hacerla engordar. Rafael acababa dándole la razón y ella había de soportar que la tildasen de remilgada cuando hacía ascos a las tres tazas del empalagoso brebaje. Después de tan copioso desayuno, el buen hombre la obligaba a reposar en el diván del gabinete y la entretenía con historias de su juventud hasta la hora del almuerzo.

Gertrudis disculpaba la exagerada solicitud de su padre por sospechar que su origen estaba en el recuerdo del fallecimiento de su esposa. Por no causarle disgusto, se avenía a sus caprichos, aunque la mayoría de las veces le pareciesen ridículos. Cuántas veces, aprovechando un descuido del solícito indiano, regaba el ficus de la salita con la taza de infusión de hojas de rosa que se empeñaba en que bebiera a media tarde porque una hechicera que conoció en Cuba allá por sus años jóvenes se la daba a las mujeres encinta para asegurar un buen parto. A medida que se acercaba el nacimiento de su nieto, iba creciendo la inquietud del indiano. Gertrudis dejó de preguntarle por su madre porque el pobre hombre se asustaba tanto que sus ojos se quedaban en blanco y se le cortaba la respiración.  

El tren llegó a la ciudad a la caída de la tarde. Gertrudis permaneció unos instantes contemplando por la ventanilla la pequeña estación antes de decidirse a apearse.

—¿Vamos, abuelita? 

Clarisa le ofreció la mano para ayudarla a levantarse del asiento. La anciana le dedicó una sonrisa.

—Vamos, querida.

Cuando pisó el andén, fue como adentrarse en una casita de muñecas largo tiempo olvidada. Todo estaba igual pero parecía haber empequeñecido. Le emocionó el reloj de la estación, cuyas agujas se habían detenido en las tres y diez, quién sabe si la misma hora en la que ella partió cuarenta años antes. Un mozo al que le apuntaba un bozo incipiente sobre el labio se ofreció a llevarles los escasos bultos y parar un landó. Gertrudis se escandalizó al calcular el precio del carruaje.

—Te daré unas monedas más si nos acompañas —trató de persuadirlo Gertrudis—. Apenas traemos unas bolsas y no tendrás que andar mucho. Nos esperan en casa de don Rafael del Valle.

Atravesaron la avenida del Paraíso y subieron por la calle del Comercio. Gertrudis y Clarisa caminaban a paso ligero sin hacer caso de las miradas de asombro que encontraban a su paso ni de los murmullos que sobrevolaban por encima de ellas. El muchacho, que ya las debía de considerar poco menos que de su familia, se creyó en la obligación de justificar a sus paisanos y declaró con firmeza:

—En esta ciudad no estamos acostumbrados a ver señoras tan hermosas y elegantes.

Y sí que debían parecer personalidades extraordinarias. Tan altas y esbeltas, con sus andares ligeros, la tez morena y lustrosa y sus vestidos modestos pero llevados con la gracia natural de las tierras del Caribe. Era Clarisa la que más expectación despertaba. Antes de llegar a la casa del ilustre abogado ya se había corrido la voz: «En el tren de la tarde ha llegado la nieta del rey Baltasar». 

Julio vino al mundo un veinticuatro de mayo. Los primeros dolores del parto la despertaron a las dos de la madrugada. Apenas unas molestias, que Gertrudis tomó por una indigestión. Pero el padre de la criatura no se lo tomó tan a la ligera. Rafael parecía un espectro recorriendo la casa con un candelabro de cuatro brazos en la mano con el que a punto estuvo de incendiar las cortinas del vestíbulo. Gertrudis, en medio de los dolores, lo oía llamar a gritos a los criados y pedir un coche para ir en busca de la comadrona, que no se presentó hasta las nueve de la mañana. Antes hizo su aparición el futuro abuelo, que se negó a apartarse del lado de su hija hasta que lo echaron del dormitorio. Tampoco lo tuvo fácil la comadrona con Rafael, al que expulsó de la casa con palabras groseras y sin ningún miramiento con su condición de persona ilustre de la ciudad.

Padre y esposo aguardaron en el jardín durante horas mientras trataban de ocultarse el miedo el uno al otro. Fumaron no menos de quince cigarrillos cada uno y hablaron de asuntos que, con  la mente en Gertrudis y su hijo, ninguno escuchaba.

A las dos de la tarde, fue en su búsqueda la comadrona: su rostro parecía la personificación de la consternación.

—No sé cómo ha entrado el diablo en esta casa y se ha llevado al niño para tomar su lugar.

La cara de don José se tornó azul. Rompió a sollozar sin consuelo mientras balbucía palabras apenas ininteligibles.

—¡Ay, Virgen de los Dolores!... ¡Hijo de mi vida! Me temo que yo sé lo que ocurre. ¡Ay, hijo mío!, toda la culpa es mía. ¡Ay, mi pobre Gertrudis! Dios quiera que me perdone.

La comadrona no paraba de gritar.

—Yo soy una hija temerosa de Dios y nunca había visto nada igual: negro, negro, como el carbón.

Rafael, entre la ira y el miedo, los miraba atónito a uno y a otra. Un grito procedente del final del pasillo lo hizo volver en sí. Se precipitó hasta el dormitorio donde encontró a su esposa deshecha en lágrimas. La estrechó entre sus brazos con la intención de consolarla y aliviado al asegurarse que estaba viva. 

Gertrudis lo agarró con fuerza por la pechera y escondió el rostro en su pecho. El olor a tabaco, tan familiar para ella desde la infancia, amainó un poco los sollozos que sacudían su cuerpo. Se dejó arrullar y el calor del abrazo la hizo sentirse segura. Por un momento quiso creer que todo había sido una pesadilla de la que él la había rescatado pero el dolor de su cuerpo la sumergió de nuevo en la realidad.

—¿Lo has visto?

Rafael no tuvo tiempo de responder. El indiano entró en la habitación dando alaridos. Detrás, la tía Pilar, abuela del recién nacido, tan pálida que se hubiese dicho que había visto un fantasma.

Durante tres días, ni su madre ni su abuela, ni su padre ni su abuelo se ocuparon del niño, que hubiera muerto de hambre y abandono de no haber sido por la piedad que inspiró a una de las sirvientas. La familia del recién nacido estaba demasiado conmocionada después de verlo y mucho más tras oír las explicaciones del abuelo. A Gertrudis le llenaba de turbación pensar que había llevado en su seno un bebé tan negro como el miedo. Su marido, creyéndola culpable del engaño, la había abandonado al día siguiente del nacimiento para irse a la casa de su madre. Le prohibió todo intento de hablar con él o la tía Pilar en tanto decidía qué determinaciones tomar. La acusaba de haberse valido de astucias para seducirlo y se negaba a escuchar a su suegro quien juraba haberle ocultado la verdad a su hija. 

Y la verdad dolía: Gertrudis tardó en entender la historia que le contó su padre. 

Don José emigró a Cuba siendo muy joven. A su hija no le contó cómo en sólo cinco años logró convertirse en el propietario de uno de los ingenios azucareros más importantes de la isla. Con más de cien esclavos en su plantación, era casi el rey de la comunidad. Su poder alcanzaba a las autoridades españolas, que no tomaban ninguna decisión sin antes consultarle. Las familias más poderosas hacían planes para atraerlo a sus negocios. Más de una jovencita soñaba convertirse en su esposa e incluso alguna que otra madre con fama de respetable se presentó a la puerta de su casa en medio de la noche para abrumarlo con las gracias de su hija casadera. Pero él no mostraba ningún deseo de contraer matrimonio. Tenía a su disposición a las mujeres de la plantación que no le exigían nada porque él era el amo. Entre los campos de su propiedad, correteaban niños con la piel más clara que la de sus madres que don José no consideraba de otro modo que a los cachorrillos de la vieja podenca que vivía en su cocina.

Así fue hasta que se encaprichó de Perla. Era ésta la hija de la cocinera y no tenía más que quince años. Debía de ser fruto de los amores de su madre con algún pobre obrero blanco de los que construyeron la carretera a La Habana pues su piel era clara y suave: una piel de color canela que se le metió con obstinación en la cabeza sin que la preparación de las elecciones municipales le librase de los ardores que le causaba el recuerdo de la muchacha. De nada le sirvió a la cocinera agobiar noche y día a su hija con cientos de quehaceres sólo por mantenerla apartada del fogoso amo. Don José, que entonces contaba treinta y dos años, siempre se las ingeniaba para encontrarla.

Llevaba un año de amores cuando  Perla dio a luz una niña que parecía estar llamada a desaparecer entre los chiquillos que correteaban por los campos. Mas el dueño del ingenio cometió el error de cogerla en brazos y, al verla tan sonrosada, se prendó la pequeña. Ya no quiso separarse de ella. Preparó para la niña las mejores habitaciones de la casa y, cuando cumplió un año, la apartó de su madre. No contaba don José con el rechazo de la gente. Cuando quiso presentar a la niña como su hija, los mismos que lo adulaban años atrás le dieron la espalda. De manera que, para proteger a la niña, dejó sus propiedades en manos de su capataz y regresó con ella a España.

Gertrudis se detuvo ante el portón de la casa donde había vivido de recién casada. Movió la cabeza de un lado a otro para ahuyentar los recuerdos pero éstos eran pertinaces.  Por un momento le pareció ver salir por el portón el carruaje con el féretro de su padre seguido de otros dos con dos ataúdes vacíos: uno blanco y diminuto, otro de caoba y herrajes dorados. 

Desde la ventana del dormitorio de invitados, oculta por las cortinas adamascadas, la joven esposa contemplaba el cortejo de caballeros que consolaban a Rafael de la muerte de su esposa, su hijo y su suegro. Toda la ciudad estaba conmocionada ante sucesos tan trágicos. La comadrona había hablado de un parto difícil. El niño venía de nalgas y con el cordón umbilical enrollado al cuello. La madre había perdido mucha sangre. Estaba muy débil y apenas podía empujar. De nada sirvió el afán que pusieron la comadrona y el médico por salvar sus vidas: a las seis de la tarde murió el niño y, dos horas más tarde, la madre. El indiano, traspasado de dolor, había sufrido una apoplejía y tres días después que su hija y su nieto dejó este mundo. Ésa era la historia que corría por la ciudad. Desde la ventana, con su hijo en brazos, la joven Gertrudis contemplaba el cortejo fúnebre impasible, con la mirada vacía y el corazón aletargado. Después de las lágrimas del día del parto, se le habían secado los ojos. Todo había sucedido muy deprisa y la invadía una sensación de irrealidad. 

Su padre no había sobrevivido a su relato. El temor a ser juzgado por su hija y el dolor por el rechazo de su yerno, que se negaba a ver a su esposa y a su hijo, acabaron con él. Y su muerte fue tan inesperada, que Gertrudis aún no era consciente de ella. A veces, la sobresaltaba el ruido de una puerta que se abría en el pasillo y le parecía ver su silueta recortada en el umbral del dormitorio de invitados donde la había confinado su marido. 

Cuando Rafael descubrió que la fortuna de su suegro no bastaba para cubrir las deudas que había contraído desde su llegada a España, sufrió un arrebato de furia que hizo temer a Gertrudis por su vida. Los gritos e insultos llegaron hasta los cuartos de los criados, que creyeron que el señor del Valle había enloquecido. Gertrudis aún temblaba al recordarlo. La acusó de intrigante, de manipuladora; de esconder bajo sus dulces facciones la mayor de las vilezas. Entre su padre y ella, afirmaba, lo habían atraído con mentiras haciéndole creer que era un buen partido y no la hija de una esclava. Gertrudis se quedó paralizada, sin fuerzas para defenderse de las injustas acusaciones. Ni siquiera protestó cuando le comunicó que había dispuesto para ella y el niño una casa a doscientos quilómetros de la ciudad con una criada y una nodriza para que los atendieran.

Clarisa y el mozo de la estación la miraban entre incómodos y temerosos. Gertrudis permanecía como una escultura de mármol ante el portón de la casa. Con los ojos en blanco y muy abiertos, las manos que, como garras, se crispaban en la falda. Solo un leve temblor en el labio superior indicaba que había vida en ella.

—Abuelita, ¿estás bien?

Gertrudis volvió en sí. Se adelantó presurosa y llamó a la aldaba. En su cabeza resonaban las palabras del telegrama: «Me muero. Quisiera verte». Cuatro palabras tan sólo la habían puesto en camino hacia el pasado. Se llenó de aire los pulmones y lo soltó poco a poco. Sentía que le fallaba valor para enfrentarse a Rafael. No lo había visto desde que abandonase la casa. 

Se volvió a su nieta y le dijo con dulzura:

—En esta casa nació tu padre.

Le cogió la mano entre las suyas y se las llevó a los labios. El portón se abrió y un anciano asomó la cabeza por detrás.

—¡Señorita Gertrudis! —exclamó en medio de un sollozo.

—Matías, ¿pero todavía vives?

El viejo criado de su padre suspiró. 

—¡Ay, señorita! Dios me ha guardado para poderla ver antes de morir.

—¿Y mi marido? —preguntó en un susurro, como si no quisiera que la oyera Clarisa.

—Don Rafael está muy malito. Día y noche pregunta por la señorita.

Gertrudis sacó unas monedas del bolsito y pagó al mozo adolescente antes de entrar a la casa. Le cegó la oscuridad del vestíbulo. Cuando se habituó a la penumbra, sus ojos se posaron sobre las paredes desnudas. Donde antaño colgaban valiosas pinturas, no se veían más que manchas claras. Ordenó a Matías que las llevara al dormitorio de invitados para refrescarse de la fatiga del viaje. Como si se arreglase para una cita, se cambió el vestido por uno de seda que sólo se ponía en las grandes ocasiones. Luego se empolvó la nariz y se dio un poco de carmín en los labios. 

Con un paso más decidido que su ánimo, enfiló el pasillo hasta su antigua habitación. Al cruzar el umbral, la acogió un fuerte olor a medicinas y a cerrado. No había más luz que la que proyectaba la vela de una palmatoria que, desde la mesita de noche, apenas iluminaba la cama en la que yacía Rafael. Por un instante, le pareció un muñeco, tan consumido lo encontró. Permanecía con los ojos cerrados, medio destapado y respirando con dificultad. Gertrudis quiso decir algo para llamar la atención pero de sus labios no salieron sino sonidos ininteligibles. Se acercó despacio y se arrodilló junto a la cama. Rafael abrió los ojos y le dirigió una mirada vidriosa como si no la hubiese reconocido. Movió los labios resecos y agrietados por la fiebre. Gertrudis acercó la cabeza hacia él y sintió el ardiente hálito en su oreja. Rafael se esforzaba en hablar pero apenas se le oía. La anciana le tocó los labios con suavidad para calmar la agitación del enfermo. Sus miradas se encontraron y, como movidos por la misma emoción, una lágrima se deslizó por un ojo de cada uno.