jueves, 20 de agosto de 2015

Cartas del ayer






I
Hacía casi un año que no veía a mi abuela. Con la excusa del trabajo, los niños y el cambio de casa, iba postergando una visita que, a medida que transcurrían los meses, me daba más y más pereza. Cada vez me acordaba menos de quien, en mi infancia, fue la persona más importante de mi vida, la que más quise, como me reprochaba mi madre. Cuando su rostro aparecía en mi memoria acallaba mi conciencia con el pretexto de su avanzada edad. Con más de noventa años, mi abuela no estaba para recibir muchas visitas, me decía a mí misma. Hablar la fatigaba y le enojaba no poder atender a los que se acercaban a verla con el refinamiento de la perfecta anfitriona que había sido siempre. Así que iba posponiendo mi visita semana tras semana, mes tras mes. Hasta que me llamó un domingo invitándome a pasar la tarde con ella.

Acudí sola. Mis hijos hacía tiempo que habían dejado atrás la niñez y se pasaban la vida fuera de casa con sabe Dios qué compañías. Mi abuela me esperaba en la salita donde en otro tiempo intentó enseñarme a hacer los delicados bordados en hilo con los que ella engañaba al tiempo durante sus primeros años de viudedad. Pese a que sus manos deformadas por la artrosis no habían podido coger una aguja desde hacía décadas, junto a la ventana permanecía el bastidor con una labor nunca finalizada y el costurero que le regalé con mi primer sueldo como arquitecta. Me recibió con su espléndida sonrisa: aquella que reservaba para las personas de su agrado, que no éramos muchas, y que hacía desaparecer en un instante la mitad de los años que llevaba a sus espaldas. Una blusa blanca de seda, una falda gris y su collar de coral para darle un toque de color delataban el esmero que había puesto en su arreglo y la ilusión con la que esperaba mi visita. 

Balbina, la mujer que se ocupaba de mi abuela, nos trajo el té. Me hizo sonreír ver cómo le había enseñado a seguir las costumbres que siempre rigieron aquella casa: el juego de porcelana, el plato grande de cristal para la tarta de arándanos, las servilletas bordadas por mi abuela... Oculté mi emoción con un comentario irónico:

—¡Vaya! Ni que fueras a recibir a una emperatriz.

—Es que tengo que pedirte un gran favor y, para convencerte, tengo que engatusarte antes.

Me hizo gracia volverle a oír después de tanto tiempo la palabra “engatusar”, ese verbo que, por extrañas asociaciones de mi mente, de niña me hacía evocar imágenes de gatos ronroneando al sol. Simulé que me intrigaba la petición que quería hacerme y le pregunté con insistencia, pero ella, juguetona, no quiso adelantarme nada hasta que terminásemos de tomarnos el té. Pasó la tarde haciéndome hablar de mis hijos y recordando viejas historias de mi infancia. Ya  estaba a punto de despedirme, cuando quiso que la acompañase a su dormitorio. Posó su mano en mi brazo y con paso vacilante, se dirigió a su habitación. 

De niña me fascinaba aquel dormitorio. Me podía pasar horas y horas entre sus cosas, acariciando los delicados tejidos de los vestidos que desde joven guardaba entre bolas de alcanfor, probándome chales y mantones de Manila, mientras, por un momento, me creía la heroína de una película romántica. Sobre la coqueta se podían encontrar objetos que parecían salidos de siglos remotos: un cepillo para el cabello con el mango de marfil, un perfumero de cristal tallado con una pera cuyos largos flecos eran de color lila, la bandeja de estaño para las horquillas y el joyero de piel con tres cajoncitos que siempre me cautivó. 

Mi abuela tomó asiento en el sillón frente al espejo; acerqué el taburete que había a los pies de la cama y me senté junto a ella. Me pidió que abriese el cajón del medio del joyero. Debajo de sus alhajas encontré, junto a unas fotografías, dos pliegos de papel que el paso del tiempo había teñido de amarillo. 

—Léemelos, por favor —me ordenó, más que me pidió.

Se trataba de dos cartas escritas hacía más de setenta años. La primera era muy breve y llevaba la firma de Eduardo, el hermano de mi abuela. La había escrito el día que partió a la guerra. La segunda era una misiva sin firmar, fechada unos meses después.

7 de octubre de 1936

"Queridísima Elena:
"En no menos de una hora parto hacia el frente sin haber tenido un instante para despedirme de ti. Todo ha sucedido tan deprisa que ni siquiera soy aún consciente de adónde voy. Mi padre ha llegado del cuartel a la hora de comer con una orden de alistamiento. Aunque pueda parecer mentira, nos ha dicho, no ha podido hacer nada por evitarlo. Por suerte para mí, ni siquiera él, como amigo íntimo del comandante, ha conseguido que me dieran un destino menos peligroso. Ya sabes, en intendencia u otro lugar similar. Mi madre no ha probado bocado durante la comida, llorando amargamente, pese a los intentos de mi dulce hermana por consolarla. Mas yo no cabía en mí de gozo. No te lo he dicho antes para no preocuparte, pero hace tiempo que quiero partir a la guerra y luchar junto a tantos hombres valerosos por esta causa justa. Sólo el temor a disgustar a mi madre, que todavía anda delicada de salud, me ha impedido unirme al ejército antes. Pero la semana pasada, me armé de valor y fui a solicitar el ingreso, sin que lo supiera nadie más que mi hermana Pilar. 

"Lo que no me esperaba es que me diesen tan poco tiempo para prepararme y no pudiese despedirme de quien más quiero.

"Amadísima Elena, sé que este no es el momento mejor para ello, pero imagina por un instante que estoy a tu lado, que tomo tu mano entre las mías y te pido, amor mío, que seas mi esposa a mi regreso. No sé el tiempo que estaré fuera. Mi padre no cree que esta guerra dure más allá de unos meses, pero yo no puedo asegurarte nada. Sólo te pido que me esperes; que olvides todos los sinsabores por los que has tenido que pasar por mi causa y, cuando vuelva, te unas a mí.

"Le confío esta carta a Pilar para que te la entregue sin peligro de que nadie la intercepte y le dejo el encargo de que, en cuanto sepa mi destino, te lo haga saber para que me puedas escribir.

"Nunca dudes de mi amor, querida Elena. Te amaré hasta que exhale el último aliento.

"Tuyo,

"Eduardo"

La segunda carta estaba dirigida a la misma Elena que amó mi tío abuelo. Aunque no llevaba firma, reconocí su letra. La leí con la emoción de quien sabe que está espiando los más íntimos sentimientos de otras personas.

11 de marzo de 1937

"Querídisima Elena:
"Desde estas frías tierras de Guadalajara te escribo con el corazón dolorido por no saber nada de ti. ¿Qué te ocurre, amor mío?, ¿acaso has olvidado ya las promesas que nos hicimos? Aquí la oscuridad de la lluvia y la nieve que ha caído hoy ha llenado de tinieblas mi espíritu y solo el pensamiento de que me estás esperando me impide desear que la muerte venga a buscarme. Cierro los ojos y te veo debajo del manzano de la casa de tu tío, con tu pelo rubio jugando con el viento y el vestido blanco dejando asomar tus rodillas. Me basta esa imagen para olvidarme de la guerra. Por las noches, miro hacia el futuro y te veo caminando a mi lado, amor mío, con los hijos que tendremos.

"En el frente, solo veo desolación a mi alrededor. Todo el heroísmo del que nos hablaron de niños se desvanece cuando nos enfrentamos al dolor y la desaparición de quienes durante meses fueron nuestra única familia, como mi amigo José, alférez  igual que yo, que murió ayer en medio de terribles dolores".

La carta había sido interrumpida en este segundo párrafo. Recordé que mi tío abuelo había muerto en Guadalajara a los pocos meses de comenzar la Guerra Civil. Apenas sabía mucho más de él. Era varios años mayor que mi abuela y, al comenzar la contienda, estaba dando sus primeros pasos como abogado en el bufete de su padre. 

—¿Quién era Elena? —le pregunté a mi abuela.

—Elena era mi mejor amiga del colegio. 

II
Elena era mi mejor amiga del colegio. La conocí el primer día, en la fila que nos hicieron formar las madres ursulinas antes de entrar en clase. Nuestros apellidos iban consecutivos y, por ello, nos sentaron juntas, en el mismo pupitre. Pese a los más de ochenta años que han transcurrido desde que traspasé por primera vez la verja del colegio, me parece que la estoy viendo. Una niña tan distinta a todas nosotras: Rubia, con una espesa melena que aquel día le caía en cascada sobre la espalda, unos ojos de color añil casi redondos, como si fueran los de una muñeca, y en la punta de nariz, un pícaro lunar. Elena era una niña tímida que solo quería permanecer en un segundo plano, pero que llamaba la atención de todas nosotras, a quienes nos parecía recién salida de una película americana.

Las primeras semanas fueron muy difíciles para las dos. Solo teníamos diez años y nunca nos habíamos separado de nuestras familias más allá de unos días; pues has de saber que estábamos internas en el colegio. Todo nos parecía extraño: los sonidos, los aromas, los sabores... Nos parecía una tarea imposible atender tantas y tantas reglas: las horas de silencio, los madrugones, las lecciones que teníamos que recitar de memoria... ¿Qué sé yo? ¡Era tan fácil olvidarlas! Había momentos en los que la añoranza se apoderaba de nosotras. Nos acordábamos de los besos de nuestras madres, de nuestras muñecas, de las comidas de casa. Hubiéramos enfermado de tristeza de no ser por el consuelo que nos dimos la una a la otra. Íbamos juntas por el patio del colegio y hablábamos de la vida que habíamos dejado atrás. Elena me contaba que su padre tenía una perfumería que era como una tienda encantada. Estaba repleta de frascos de esencias cuyos aromas te podían transportar a mundos lejanos. Cuando evocaba las tardes que pasaba entre delicados recipientes de cristal, yo me la imaginaba introduciendo en ellos varillas de madera, semejantes a palitos de helados, y luego absorbiendo su perfume con su graciosa naricilla respingona. Ese perfumero de mi coqueta que tanto te gustaba de niña me lo regaló ella cuando cumplí doce años. Éramos tan pequeñas, tan ingenuas, que no sabíamos nada de clases sociales. El que mi padre fuese un célebre abogado y el suyo el dueño de una tienda de perfumes no significaba nada para nosotras. Pero, pasados unos años, aprenderíamos su sentido.

A Elena no le costó ganarse el afecto de las madres ursulinas. Era una niña dócil y aplicada que, aunque no fuese como otras alumnas que, con solo oír una vez a la profesora recitar la lección, ya eran capaces de responder con brillantez en clase, se esforzaba para obtener buenos resultados. Entonces yo era demasiado pequeña para comprender los sacrificios que hacían sus padres para darle una buena educación y cómo ella luchaba para no defraudarlos. En cambio yo era más descuidada en mis tareas escolares. Mis labores de costura siempre estaban sucias y llenas de horribles fruncidos, mi letra era horrible y, cuando practicaba en el piano, solo lograba arrancarle desafinados ruidos. Elena, siempre deseosa de ayudarme, se sentaba a mi lado a la hora del estudio e intentaba transmitirme, no siempre con éxito, he de decir, su pulcritud. Aun así, con el tiempo, me volví más cuidadosa en mis tareas escolares. Ahora pienso que no por esforzarme en ser mejor sino para complacer a Elena.

La llegada de la Segunda República trajo consigo un encendido debate sobre la cuestión religiosa, como entonces se decía. Muchos padres, siguiendo la corriente de los nuevos tiempos, sacaron a sus hijos de los colegios regidos por la iglesia, entre ellos los nuestros, los de Elena y los míos. Recuerdo que, cuando me lo dijo mi madre, lloré desconsoladamente ante el pensamiento de no volver a ver a Elena. Pero, por fortuna, me equivoqué. Habían abierto una escuela para señoritas en la ciudad y en ella terminamos la mayoría de las alumnas de las ursulinas. Aunque los primeros meses nos acordábamos con nostalgia de nuestro colegio, en poco tiempo dejamos atrás los años que pasamos en él y nos acostumbramos a la nueva rutina. Al poco de llegar ya nos percatamos de que entrábamos en un mundo diferente. La disciplina no era tan férrea y, lo que más nos entusiasmó, íbamos a dormir a nuestras casas. Por entonces, teníamos dieciséis años y nos creíamos ya casi adultas, pero seguíamos siendo casi tan ingenuas como el día que nos conocimos. Algunas jóvenes de nuestra clase, cuando no las veían sus padres, se atrevían a lucir un poco de tacón en sus zapatos y otras coloreaban sus labios y mejillas con una suave capa de carmín. Pero los tiempos no habían cambiado tanto como para que nuestros padres nos dejasen andar solas por las calles cuando caía el sol. Así que mi hermano me recogía cada tarde a la salida de clase y me acompañaba hasta casa. Fue de esa manera como se conocieron Eduardo y Elena. Los padres de mi querida amiga, sabiendo que mi hermano iba a buscarme al colegio, accedieron a que la acompañásemos hasta su casa.

Al principio, Elena apenas se atrevía a pronunciar una palabra delante de Eduardo. Ya te he dicho que siempre fue muy tímida y le costaba comportarse con naturalidad ante desconocidos. Pero mi hermano supo ganarse su confianza con su simpatía. Le arrancaba algo más que una sonrisa con las historias que nos contaba acerca de su vida universitaria, con las imitaciones que de profesores y compañeros de clase hacía. Poco a poco, sus conversaciones iban tornándose más y más íntimas; se sonreían como si guardasen un valioso secreto del que solo ellos sabían de su existencia. En más de una ocasión los sorprendí dirigiéndose miradas furtivas que cubrían de rubor las mejillas de Elena. Cuando me di cuenta de que se gustaban, mi corazón se llenó de alborozo: las dos personas que más quería se amaban.

Pero mis padres no lo vieron de la misma manera que yo. Ellos tardaron un año en enterarse de lo que estaba ocurriendo. En aquellos tiempos, los hijos no contábamos nuestras cosas a nuestros padres, como ocurre ahora. Mi hermano tenía que finalizar sus estudios antes de plantearse un noviazgo formal y no quería decirles nada en tanto no tuviera asegurado el porvenir. Pero fui yo la que, sin quererlo, hice un comentario a mi madre que los alertó.

Mis padres siempre habían sentido una especial predilección por mi hermano, tal vez por ser el mayor, tal vez porque siempre estaba de acuerdo con ellos y nunca cuestionaba sus deseos; mientras que yo era más caprichosa y costaba más convencerme de lo que me decían. Desde que era muy pequeño, se tuvo claro el camino que había de seguir en la vida: Cuando finalizara el colegio, estudiaría Derecho para poder suceder a mi padre en el bufete y, después, contraería matrimonio con una señorita de buena familia de la ciudad. En estos planes, no entraba Elena, por descontado.

Mientras fuimos niñas, a nadie le importó que Elena y yo fuéramos amigas. Después de todo estábamos protegidas por el colegio, primero, por la escuela de señoritas, más tarde. Pero que la hija del perfumero fuera la novia de su único hijo ya era otra cuestión. Cuando mi padre lo supo, llamó a Eduardo a su despacho con la esperanza de que le desmintiera el noviazgo y, si no fuera posible, lograr que rompiese el compromiso. Pero el hijo modélico esta vez no transigió. En una discusión acalorada, dijo no estar dispuesto a dejar a Elena ni a que nadie interfiera en su vida. Mi madre y yo podíamos oír los gritos desde el gabinete pese a estar en el otro extremo de la casa. Nos mirábamos en silencio, sin apenas atrevernos a respirar, mientras llegaban hasta nosotras frases desperdigadas. Mi madre se levantó súbitamente, dejando que el ovillo de lana de su labor rodase a sus pies, y salió hacia el despacho de mi padre. Cesaron, entonces, las voces acaloradas: sólo llegaba a mis oídos el crepitar de la leña que se consumía en la chimenea.

Días más tarde supe por Elena que mis padres habían hablado con los suyos. Aunque no llegamos a enterarnos de lo que les dijeron, no debió de tratarse de nada halagador para el matrimonio dueño de la perfumería, pues después de aquella conversación, los padres de mi querida amiga se sintieron ofendidos y humillados por las palabras de mi padre y le prohibieron  que tuviese trato alguno con nosotros.

Durante muchos meses, Elena desapareció de mi vida y, creí, de la de Eduardo. Conociéndola como la conocía, estoy casi segura que no se atrevía a desobedecer a sus padres aunque renunciar a nosotros la hiciese derramar mares de lágrimas. No la veía más que en misa, los domingos; en la iglesia del Carmen, arrodillada en el banco con el rostro cubierto por un velo negro. Intenté varias veces ponerme en contacto con ella. Me acercaba a la puerta de su casa o la llamaba por teléfono, pero su madre siempre me decía lo mismo: que no estaba, que había salido. Ya sé que en estos tiempos que corren es muy difícil entender que no se diera a valer rebelándose contra tan arbitraria prohibición, pero en aquellos años nos educaban para ser buenas y obedientes; pocas jóvenes de nuestra edad se hubieran opuesto abiertamente a la voluntad de sus padres sin que ello les causase un gran desgarro.

Ignoro cómo se las ingenió Eduardo para verse a escondidas con ella. Tampoco sé cómo la convenció para que violase las órdenes de sus padres. Lo cierto es que los años siguientes se consolidó su amor sin que nadie, ni siquiera yo, se percatase de ello. A veces pienso que fue la oposición de nuestros padres la que fortaleció un sentimiento que había nacido para ser efímero. Ajena a las idas y venidas de Eduardo, guardaba en mi corazón la pena por la pérdida de mi amiga de la infancia. Pero, aunque no la olvidé, con el tiempo encontré alivio a mi dolor cuando conocí a Estanislao, tu abuelo.

Desde que estalló la guerra, Eduardo expresó sus deseos de unirse a los combatientes. Mi padre intentaba persuadirlo de que no lo hiciera apelando a la mala salud de nuestra madre, que, desde que tuvo tuberculosis, siempre estuvo delicada. Además, mi hermano ya había finalizado sus estudios de Derecho y estaba aprendiendo a ser abogado. Por ello, no parecía ser el momento más conveniente para dejarlo todo y marcharse. Mi padre debía de saber que aquellos argumentos no lograrían convencerle de que esperase antes de solicitar el alistamiento, pero quizás, después de lo ocurrido con Elena, no se atrevía a volver a interferir en la vida de mi hermano. Así, a los pocos meses de iniciada la guerra, le vimos partir hacia su destino para no regresar más. 

Como acabas de leer, el día que nos dejó me confió su carta de despedida para que se la entregase a Elena; pero nunca pude hacer realidad su penúltimo deseo. Al día siguiente, mi madre, sobrepasada por la emoción, cayó gravemente enferma. Nunca supimos si el origen de su mal se encontraba en sus debilitados pulmones o en su maltrecho espíritu. Lo cierto es que apenas comía ni dormía. Su alma vagaba en un estado de sopor, vacilando entre emprender el vuelo o quedarse ente nosotros. No te puedes hacer una idea del sufrimiento de mi corazón aquellos días. El temor a perder a mi madre me hizo olvidar todo lo demás. Durante varias semanas, no te puedo decir cuántas porque perdí la noción del tiempo; durante días y días sin noches, no me moví de su lado. Sentada a los pies de la cama espiaba los vaivenes de su entrecortada respiración buscando un atisbo de mejoría. Ni siquiera encontraba un instante para acercarme a la iglesia a rogar por su vida. Así que Elena debía de estar esperando a Eduardo sin saber la razón de su silencio.

La he imaginado muchas veces sentada en su habitación, con la ventana entreabierta, aguardando angustiada la señal convenida. No sé si un silbido, una china lanzada al cristal o una canción. Nunca llegué a saber cómo hacían para verse. Eduardo murió en marzo y a Elena tampoco la volví a ver más.

Mi madre se repuso lo suficiente para poder levantarse de la cama unos días antes de Navidad. Fue entonces cuando me acordé de mi amiga y de la carta que me había confiado mi hermano. En Nochebuena acudí con mi padre a la Misa del Gallo. Con la esperanza de ver a Elena, guardé el mensaje de Eduardo en el bolsillo del abrigo. Sabía que la noche del Nacimiento del Niño Jesús ni mis padres ni los suyos se negarían a que nos diésemos un beso. Me senté junto al pasillo central para poder verla entrar. La iglesia estaba abarrotada pero, desde mi banco, se veía a los que entraban por la Puerta de la Anunciación, la más próxima a la casa de la familia de perfumeros. Impaciente por verla llegar, apenas atendía a la ceremonia. Los minutos pasaban y Elena no hacía acto de presencia. Durante la lectura del evangelio, mi padre me dio con el codo para que prestase atención al celebrante. Más y más intranquila, no podía permanecer quieta y me removía en mi asiento llena de desasosiego. Hasta que las palabras del sacerdote me sobresaltaron: “Ite missa est”. La misa había finalizado y Elena no había acudido.

Al día siguiente, pude escabullirme a la hora de la siesta. Hacía mucho frío y debía caminar con sumo cuidado pues había helado y las calles estaban cubiertas de escarcha. Cuando llegué a la casa de Elena, me extrañó ver los postigos de las ventanas cerrados. Mi corazón se sobrecogió por el aspecto de abandono de la fachada. Mas no quise hacer caso de los presagios que traía el viento gélido. Subí las escaleras de dos en dos y pulsé el timbre de la puerta con energía. Un timbrazo; y otro, y otro. Nadie acudió a abrirme. Al otro lado de la puerta, no se oían ni pasos ni voces. Tras aguardar unos instantes, bajé hasta la portería y le pregunté a un vecino. Hacía varias semanas que la familia del cuarto derecha había partido de viaje. Nadie sabía adónde se había dirigido ni cuánto tiempo iba a estar fuera. 

Cuando murió Eduardo, encontraron entre sus pertenencias la última carta que le escribió a Elena. No tuve que rogar mucho para que mi madre me la entregase. Ya todo daba igual después de saber que su hijo no regresaría. Me prometí que, tardase lo que tardase, terminaría cumpliendo la voluntad de mi hermano.

Mas no he vuelto a ver a Elena desde entonces. La guerra terminó llevándose por delante muchas vidas, muchas ilusiones. Los que quedamos intentamos retomarlas donde las habíamos dejado. Yo me casé con tu abuelo y tuvimos a tu madre. Durante estos años, no he dejado de buscar a Elena. ¡Le debía tanto...! Nunca hallé rastro de ella. Ya había perdido la esperanza de encontrarla. ¡Tenemos tantos años ya!

Pero hace unos días recibí una carta suya.

III

—Pero hace unos días recibí una carta suya. Apenas me decía sino que vivía en un pueblo a las afueras de Valladolid y que quería verme. Estaba ya muy delicada de salud y no quería irse de este mundo sin despedirse de mí.

Mi abuela hizo una pausa antes de continuar hablando. Se la veía muy cansada después de su larga narración. Cerró los ojos antes de continuar, como para recobrar el aliento. Tomé sus manos entre las mías: estaban heladas a pesar del calor que hacía aquella tarde.

—Quiero que me lleves a verla —dijo al fin.

Intenté persuadirla para que cambiara de parecer apelando a su avanzada edad. Su fragilidad se vería resentida si emprendía un viaje hasta una ciudad tan lejana. Pero mi abuela era testaruda y una vez tomada una decisión, ya no daba marcha atrás.

Partimos unos días más tarde. Tuve que pedir una semana de mis vacaciones pues quería hacer el viaje en varias etapas. Durante el trayecto, mi abuela no nombró ni a Elena ni a Eduardo, pero yo sabía que no dejaba de pensar en ellos. A veces, permanecía contemplando abstraída los paisajes que se sucedían por la ventanilla del coche y dejaba escapar un suspiro.

Cuando llegamos a la casa de Elena, nos recibió el hijo con el que vivía: un señor de edad madura algo mayor que mis padres. Nos acompañó al dormitorio donde pasaba sus últimos días la antigua amiga de mi abuela: Una coqueta habitación en tonos blancos y rosas con un gran ventanal por el que entraba la luz del sol. Desde el butacón en el que estaba sentada, Elena parecía una niña, tan menuda era. Tenía una apariencia tan vulnerable, que mi abuela a su lado parecía robusta y plena de salud. Se sentaron juntas y, tras unos momentos de conversación cortés, las dejamos solas para que pudieran cruzar el puente de los años sin que nadie las importunase.

Dos horas después, el hijo de Elena y yo volvimos a entrar en la habitación. Los rostros de las dos ancianas mostraban la fatiga de la emoción pero estaban radiantes de dicha. Mi abuela no pronunció una palabra hasta que nos pusimos en camino. Entonces me miró con lágrimas en los ojos, con una sonrisa en los labios, y me dijo:

—Ya cumplí mi misión, hija mía.

Hasta una semana después, mi abuela no encontró las fuerzas suficientes para hablarme de su encuentro con Elena y tampoco entonces me contó mucho. Se sentía dichosa por saber que Eduardo no había tenido nada que ver en la partida de la familia de su amiga durante la guerra. Su padre andaba enredado en asuntos políticos y la inminente llegada del ejército contrario hacía temer por la seguridad de la familia. Salieron de su casa casi solo con lo puesto unos días antes de Navidad y asumiendo un gran peligro, tuvieron que cruzar el frente hasta llegar a una ciudad tomada por el bando contrario. Hubieron de pasar muchas noches al raso y sortear la siempre amenazante posibilidad de encontrarse con el ejército enemigo o caer en medio del fuego cruzado. Mas Elena no era consciente del todo del peligro que corrían pues su pensamiento y su corazón estaban puestos en el recuerdo de Eduardo. Se sentía culpable por abandonarlo sin poder darle una explicación de su marcha y sufría por no saber si volvería a verlo. Cuando llegaron a su destino, se alojaron en la casa de un pariente lejano hasta que finalizó la guerra y, después de la contienda, pasaron la frontera y se establecieron en Francia. Allí Elena conoció al que sería su esposo. Durante muchos años, no se permitió a sí misma ni siquiera un minuto para recordar. Nunca pensó regresar a España: había dejado demasiado dolor en este país. Mas hacía quince años había enviudado y fue entonces cuando quiso volver. Cuando su salud empezó a declinar, nació en su pecho un anhelo que le robó el sosiego: Antes de morir, tenía que ponerse en paz con su pasado. Fue entonces cuando escribió a mi abuela. No se atrevió dirigírsela a Eduardo pues no quería perturbar la paz con su familia. Pensaba que estaba vivo, disfrutando de sus hijos y sus nietos. Apenas escribió unas líneas y las envió a la casa donde recordaba residían su amiga y su prometido en su juventud: la misma casa en la que siempre vivió mi abuela.

Con la llegada del otoño, mi abuela cogió un enfriamiento que degeneró en una neumonía. Su salud era tan frágil, que en menos de un mes tuvimos que decirle adiós. Y el mismo día que la enterramos, encontré medio oculta en la esquina de una página del periódico la esquela que anunciaba el fallecimiento de Elena. Las dos amigas habían emprendido el ultimo viaje de la mano.



domingo, 16 de agosto de 2015

Misa de Difuntos








Entró en el templo por una puerta lateral y permaneció unos instantes, sin atreverse a moverse, junto a las velas que prendían los fieles bajo la imagen de Santa Rita. Era alta y muy delgada, como también lo había sido su hijo. Llevaba el rostro oculto bajo un sombrero oscuro del que caía un pequeño velo del mismo color. Sus hombros ligeramente inclinados hacia delante revelaban su deseo de pasar desapercibida. No conocía a nadie de los allí presentes ni nadie la conocía a ella y, sin embargo, su mayor temor era que alguien advirtiera su presencia.

Sus ojos recorrieron la iglesia como si buscase un rostro amigo, aunque solo deseaba encontrar un lugar desde donde asistir a la ceremonia sin ser vista, ocultándose de los entrometidos hambrientos de su ración diaria de curiosidad malsana. Su mirada voló por encima de las cabezas de los asistentes. El templo ya estaba lleno pese a faltar aún veinte minutos para que diese comienzo el funeral. Planeando por encima de la gente, sus ojos se posaron en el altar. Abiertos, dos féretros mostraban a los fieles la quietud de la muerte: uno de color caoba y otro blanco, pequeño, casi una miniatura. Dos cajas que parecían interpelarla de manera acusadora. Carmen apartó la mirada y dirigió sus pasos hacia el final de los bancos, donde encontró un sitio vacío que permanecía oculto por la penumbra. Se arrodilló y, tras santiguarse, escondió su rostro entre las manos, como si rezase, a pesar de que su alma llevaba muda desde que ocurriera la tragedia. O tal vez fuese Dios el que se negaba a escuchar sus plegarias. Un señor elegantemente vestido y sentado al final del banco posó sus ojos en ella, como si quisiera buscarla entre las brumas de su memoria, mas, al no encontrarla, desistió en sus pesquisas y desvió la vista hacia el altar.

—Queridos hermanos, nos hemos congregados para honrar la memoria de Marisa y Raquel.

La potente voz del sacerdote la sobresaltó. Carmen se sentó en el banco y dirigió su mirada hacia delante hacia donde intuía que estaban el viudo y el hijo mayor: el adolescente que había sobrevivido a la tragedia, testigo impotente de la muerte de su madre y de su hermana de cinco años. El dolor de Carmen no era menor que el de aquellos dos sufrientes. ¿Cómo no iba a sentir su dolor cual si fuese suyo?, ¿no era ella también una madre que había sido golpeada por la brutal muerte de su hijo? Y en ella se unía la culpa al dolor de la pérdida. Si no lo hubiese animado a dar aquel paseo, tal vez hubiera evitado el océano de sufrimiento que se había llevado por delante tantas vidas: la suya, la de su hijo, la de la mujer que descansaba en su féretro, la de la niña, la del viudo...

Como tantas veces en los últimos días, los pensamientos de Carmen volvieron a Dani; de nuevo la memoria se llenó de mil y una imágenes que no hacían más que asediarla una y otra vez. No pudo evitar acordarse de los momentos en los que su hijo derramaba sobre los demás su bondad. Desde que fue capaz de hablar, demostró una sensibilidad exquisita muy alejada de los trágicos acontecimientos que los habían arrasado a todos una semana antes. A diferencia de otros niños, él estaba pendiente de los sentimientos de los demás y sabía qué pequeños detalles disipaban la tristeza de las personas a las que amaba. Recordaba como, con seis, siete, ocho años, al llegar de la escuela enseguida se daba cuenta cuando Juan, su padre, después de haber bebido, derramaba toda su frustración sobre ella con gritos y golpes que la dejaban más dolorida por la humillación que por los moratones que tatuaban su piel. Su hijo entonces no decía nada, pero la hacía sentar y se ocupaba de ayudarla con la cena, mientras le arrancaba una sonrisa con las historias que le contaba sobre la escuela. Y luego ella, le daba todo lo que le pedía. ¿Cómo no había de colmarle de mimos?, ¿cómo no iba a satisfacer sus deseos? Con su encantadora sonrisa conseguía que le prometiera la luna. ¿Cuántas veces se dejó convencer con besos, abrazos y hasta con cosquillas y lo llevó a ver los delfines del zoo en vez de ir a la escuela? Y es que, con sus ricitos castaños y el hoyuelo en la barbilla, Dani era irresistiblemente encantador. Hasta las vecinas lo decían.

—Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor más que el centinela a la aurora.

Una mujer joven leía el salmo ciento veintinueve mientras intentaba contener la emoción. Probablemente se trataba de una amiga de la madre que descansaba en el féretro. Todos los asistentes a la ceremonia podían ver el esfuerzo que hacía para no quebrarse en llanto. De vez en cuando la joven miraba a la niña que yacía junto a su madre: a Raquel, que no llegaría nunca a deleitarse con las mieles de la juventud ni probaría las alegrías y los sinsabores de la madurez ni descansaría en las cumbres nevadas de la vejez. Carmen suspiró e intentó atender a la joven que estaba leyendo pero los recuerdos la asediaban sin piedad.

En el colegio, Dani fue un niño solitario. No le gustaba formar parte de los juegos en los que tenía que depender de un equipo, prefiriendo mantenerse apartado mientras dibujaba coches y aviones que, durante su adolescencia, se convirtieron en maquetas de madera que causaban la admiración de sus profesores. A lo largo de los años del instituto, tuvo dos o tres amigos, no más: uno detrás de otro. Su concepción de la amistad era tan exclusiva y absorbente que vivía como una traición que el amigo de turno buscase compañía en otros compañeros de clase. A cambio, él tampoco derrochaba su afecto en otros jóvenes que le distrajeran de su amistad. Mas con todos los amigos que tuvo le ocurrió lo mismo: Cuando conocía a uno, se entregaba por entero. Lo ayudaba con las tareas escolares, lo invitaba a pasar unos días en la casa de la playa y estaba siempre dispuesto a prestarle cualquier servicio que precisase. Como contrapartida, exigía una lealtad férrea en la que no cabían otras lealtades. Si creía advertir un indicio de traición, por ínfimo que fuese, abandonaba al amigo y le retiraba la palabra para siempre sin darle ninguna razón de ello. Carmen sabía que aquel comportamiento de su hijo que a todos extrañaba no era sino la consecuencia de su corazón sensible y entregado. Aun así no podía evitar sufrir al ver a Dani, que, con el paso de los años, se iba quedando cada vez más solo.

La joven proseguía su lectura encogida tras el atril, aclarándose la voz que sonaba más y más ronca según se iba acercando al final del salmo. Carmen la escuchaba con el corazón afligido, conteniendo su propio dolor, reprimiendo sus lágrimas, sin comprender muy bien las palabras que salían de los labios de la lectora.

Con el paso de los años, su hijo se convirtió en un joven, alegre y divertido, igual que la madre que ya descansaba en su féretro: un joven que disfrutaba de la música tecno y de los deportes de riesgo.  Al terminar el instituto, no quiso seguir estudiando. Como se le daba bien trabajar con las manos, consiguió entrar en un taller de coches en calidad de mecánico. Pronto se hizo amigo de Rubén, el hijo del dueño, que también se manchaba las manos con la grasa de los automóviles que reparaba. Compartían el gusto por los coches y por las cervezas heladas que tomaban en un bar cercano a la salida del trabajo. Allí sus ojos se perdían entre las alegres muchachas que acudían con el buen tiempo a tomarse un refresco y, tal vez, alguna bebida algo más fuerte. De vez en cuando, cruzaba con alguna una pícara mirada, un guiño, o les lanzaba por los aires un beso. Al principio, sólo lograba ruborizarlas de vergüenza, pero su insistencia tuvo su recompensa y más de una dejó su teléfono anotado en las servilletas de papel.

Los fines de semana Carmen lo veía salir de casa lleno de contento al caer la noche en busca de su amigo para después recorrer una tras otra las discotecas de la ciudad hasta más allá del amanecer. Rubén había conseguido por un precio ínfimo un Mustang de mil novecientos cincuenta y tres, no de segunda, sino de cuarta o tal vez quinta mano. Entre los dos, lo compraron, pusieron a punto el motor y lo pintaron de color negro como homenaje a las antiguas películas americanas de gangters. Para ponerse a tono, le instalaron un equipo de música de gran potencia y sorprendieron a unos y a otros con canciones de Elvis y de Johnny Hallidays, que, pese a su aire retro, hechizaban a toda la ciudad. Pronto se hicieron conocidos entre los jóvenes que encontraban a su paso. Ellas se volvían locas por dar una vuelta en tan flamante automóvil; ellos disfrazaban la envidia con gestos despectivos hasta que eran invitados a conducirlo. En poco tiempo llenaron sus agendas con cientos de conquistas y se bebieron su juventud a largos tragos. Aquella vida se hubiera prolongado durante años y años de no ser porque Rubén se enamoró de una chica y, en menos de siete meses, se casó con ella.

La música del órgano llenaba el templo. Una vez más, Carmen hizo un esfuerzo por concentrarse en la ceremonia y dejar de lado sus recuerdos, su culpa y su dolor. Miró a su derecha y vio a una anciana que se había quedado dormida. Apenas se podía oír su respiración tranquila que, cual un susurro, se confundía con las notas de la Tocata y Fuga en re menor de Bach. En los bancos delanteros, se podía percibir cómo iba creciendo la emoción de los asistentes a la ceremonia. De cuando en cuando, el eco de un sollozo a duras penas ahogado resonaba en la bóveda de la nave principal y una cabeza se inclinaba avergonzada por su falta de pudor. En cambio Carmen hubiese querido poder llorar. Las lágrimas le ardían en su pecho pero se negaban a asomarse a sus ojos. Un joven volvió la cabeza desde la primera fila. Pese a la distancia, reconoció en él al hijo mayor de la mujer difunta. Por un momento Carmen creyó que el adolescente también la había reconocido, pese al velo que ocultaba su rostro, y el corazón le empezó a palpitar a gran velocidad. Desvió la mirada para esconderse aún más. Cuando el diácono comenzó la lectura del capítulo once de Juan, intentó poner toda su atención en las palabras evangélicas, pero los recuerdos no dejaban de acecharla.

Apenas mediaba la quinta década de vida, cuando el padre de Rubén sufrió una angina de pecho. Salió del hospital con el corazón maltrecho y el alma encogida, por lo que, en cuanto pudo arreglar los papeles, le traspasó el taller a su hijo. Dani creyó entonces que su amigo le iba a ofrecer participar en el negocio y así se lo decía a sus padres. Durante años, los dos amigos habían estado trazando miles de planes en los que se asociaban para abrir juntos un taller de reparación de coches. En aquel tiempo Rubén había formado unas familia y comprado una casa en el centro de la ciudad, en tanto que Dani había podido reunir un pequeño capital con el que esperaba poder comprarle la mitad del taller. Pero, cuando se produjo el traspaso de titularidad, Rubén no sólo no contó con él, sino que se negó a escuchar su oferta.

Después de aquello las cosas no volvieron a ser como antes. Carmen tenía la sospecha de que fue entonces cuando se fraguó la tragedia. La decepción colmó de amargura el corazón de Dani, que a punto estuvo de dejar el empleo al que había dedicado doce años de su vida, pero el miedo a tener que empezar de nuevo desde cero hizo que fuese demorando mes tras mes su decisión, hasta que llegó a olvidar que un día quiso irse.

El cambio de dueño trajo muchas novedades al taller: se ampliaron y modernizaron las instalaciones, se contrataron a tres mecánicos nuevos y, lo más doloroso para Dani, se enfrió la amistad entre los dos amigos.  Es cierto que Rubén le consultaba cada una de las innovaciones que iba introduciendo, también es cierto que le dio la misma autoridad que él, el dueño del taller, tenía con los demás empleados, pero las ocasiones en las que se veía fuera del trabajo eran más y más extrañas. Ni siquiera asistió a la primera comunión del hijo de su amigo pese a haber sido invitado y se excusó con un pretexto absurdo que sabía que no iba a creer Rubén.

—Entonces Jesús les dijo claramente: Lázaro ha muerto...

Al término de las lecturas, el sacerdote comenzó la homilía. Con voz cautivadora, fue desgranando las bellas cualidades que habían adornado la esencia de Marisa. Habló de su carácter cariñoso; de su dedicación al trabajo, a su hijo, a su hija, a su esposo; de su alegría, de cómo repartía dicha a todo el que se acercaba a ella. Pese a la sobriedad de sus palabras, los asistentes, y con ellos Carmen, no pudieron evitar que se les derramara la emoción. Apenas dijo nada de la horrible muerte que le había sorprendido dos semanas antes al volver del colegio con la pequeña Raquel. Mas todos los asistentes al funeral pudieron entender las palabras que el sacerdote silenciaba. Un grito ahogado de alguien de los bancos centrales cortó la respiración del sacerdote, al que le costó por unos instantes seguir predicando. Después continuó hablando, aunque Carmen volvió a perderse entre los recovecos del pasado para ahuyentar el recuerdo de la trágica muerte de su hijo.

A Dani nunca le gustó la mujer de Rubén. Y sabía que ella tampoco le miraba con buenos ojos. Nunca la vio sonreír más que cuando se sabía el centro de atención. El joven estaba convencido de que contemplaba a todos, incluido a su marido, por encima del hombro, creyéndose alguien por haber estudiado magisterio mientras los demás no habían ido más allá del instituto. Dani la culpaba del distanciamiento de su amigo y de su traición cuando se quedó con el negocio de su padre sin ofrecerle siquiera la posibilidad de participar en él. Sabía que temía la influencia que siempre había tenido sobre su marido, su habilidad para convencerlo para emprender mil y un proyectos. Sólo Dani sabía envolver con palabras un plan que, por absurdo que fuera, se tornaba maravilloso en la imaginación de Rubén. Así habían recorrido media Europa un verano haciendo autoestop con apenas un puñado de pesetas en la mochila dos años antes de que Rubén conociese a su temerosa esposa. O habían participado en la bajada en piragua del río Sella. O... Siempre había sido Dani el que, con pícara astucia, había sabido vencer las reticencias de su amigo a las aventuras más fabulosas. Y era este don de convicción lo que más temía la mujer de Rubén, como si creyera que él, Dani, tenía el poder de colarse por las rendijas de su casa e interponerse en su vida familiar.

En aquel momento, mientras los fieles entonaban el Santus, Carmen se reprochaba una vez más por haber animado a su hijo a dar aquel paseo que precipitó la tragedia que le había arrasado el alma. Y la angustia que atenazaba su espíritu maltrecho estuvo a punto de ahogarla.

En los últimos meses, Dani se mostró inquieto y ansioso. Andaba por el mundo taciturno y cabizbajo sin dirigir apenas la palabra a quienes se cruzaban con él. En poco tiempo, perdió casi quince kilos de peso y sus hombros se encorvaron como si los de un anciano se tratasen. De la misma manera que cuando era un niño solitario sin más amigos que las maquetas de aviación que él mismo construía, se encerró en su mundo sin percatarse de lo que ocurría a su alrededor. Al llegar del taller, apenas daba las buenas tardes. Se dirigía a su habitación, donde permanecía sabe Dios haciendo qué hasta la hora de la cena. Carmen no se atrevía a decirle nada, temiendo despertar su ira, que no hacía su aparición sino en contadas ocasiones, pero que cuando estallaba, dejaba pequeña la furia de Ares en tiempos de guerra.

Un domingo Carmen le pidió que la ayudase a ordenar los armarios de la cocina. Sabía que, por muy mal que se encontrase, nunca se negaba a emprender una tarea que ahorrase un esfuerzo a su madre. Estuvieron toda la mañana faenando entre cazuelas, peroles y sartenes mientras ella le iba contando insignificantes historias de la vecindad. Cuando se le terminó el repertorio, un denso silencio se posó entre ellos que llenó de inquietud a la afligida mujer. Tras unos minutos, Dani empezó a quejarse del trabajo. Decía que Rubén nunca estaba contento de su desempeño, que siempre encontraba alguna pega a lo que él decía o hacía; que, desde que se había casado, no era el mismo y que la culpable de aquel cambio no era otra que su esposa. Ella intentó apaciguarlo, quitando importancia a lo que le estaba contando, mas aquello sólo sirvió para enfurecerlo. Salió de la cocina con un fuerte portazo y la dejó sola con su pena y sintiéndose culpable no sabía de qué.

A partir de aquel día, Rubén y su mujer se convirtieron en una obsesión para Dani. Aparecían en todas las conversaciones en las que intervenía sin importarle si venía o no a cuento para responsabilizarlos de haber destrozado su vida. Él, decía una y otra vez, les había ayudado a llevar adelante el taller de reparaciones de coches sin ganar con ello más que unos míseros euros. Y aquella idea que rumiaba su mente fue creciendo cual un alud en lo alto de las montañas y se precipitó con violencia y estrépito por las laderas del alma.

Dani no llegó a contar a su madre que Rubén había decidido poner en venta el taller. En los últimos años las pérdidas superaban con mucho a las ganancias y el joven dueño no podía hacer frente a las deudas que había ido contrayendo. El destino quiso que, poco antes de la venta, Dani hubiese comprado un piso gastando en ello todos los ahorros que había ido atesorando en los casi veinte años de trabajo. Que Rubén vendiese el taller cuando él ya no tenía medios para comprarlo, fue para Dani una nueva traición y le hizo caer en un estado de abatimiento del que apenas empezó a salir después de someterse a un tratamiento contra la depresión.

La mañana en la que ocurrió la desgracia, amaneció luminosa. El viento había soplado durante toda la noche barriendo el cielo de nubes. Atrás quedaron las lluvias de marzo, que dejaron el aroma a tierra mojada y a azahar. El sol llenó de luz el corazón de Dani, que aquel día se levantó radiante de alegría. Viéndolo contento por vez primera en muchos meses, Carmen le regaló con un suculento desayuno y, cuando terminó de degustarlo, casi con obstinación, lo animó a salir a dar un paseo: nunca llegaría a perdonarse haber insistido tanto para que saliera de casa aprovechando el tiempo templado; nunca se desprendería de la carga de la culpa que ahogaba su alma.

Durante la eucaristía, el coro entonó el “Lacrimosa” del Réquiem de Mozart. Los fieles se fueron levantando de sus asientos para acercarse al sacerdote a recibir la comunión. Carmen no se atrevió a ponerse en la fila. Le horrorizaba la posibilidad de ser reconocida y señalada con el dedo. Sabía que no tendría las fuerzas suficientes para enfrentarse a los murmullos que se oirían a su paso, a las miradas acusadoras de quienes no veían en ella sino al cómplice, involuntario, sí, pero cómplice al fin de lo ocurrido; las miradas de odio por haber engendrado a su hijo. Aprovechando que los fieles estaban distraídos mientras recibían la eucaristía, salió sigilosa del templo por la misma puerta lateral por la que había entrado. La luz del sol la deslumbró después de la penumbra que la había cobijado en la iglesia, por lo que dio un traspiés que casi la lleva al suelo. Una mano la sostuvo por detrás para evitar la caída. Carmen levantó la mirada para agradecérselo. Nada más verlo lo reconoció, a pesar de ir vestido de paisano. Se trataba del mismo agente de policía que una tarde, quince días antes, llamó a la puerta de su casa para decirle que su hijo se había suicidado tras matar a una mujer y a su niña de cinco años: la mujer y la hija de Rubén.








viernes, 14 de agosto de 2015

Luz de noviembre III







Viene del Capítulo II


III. Salvador
Abandoné la población de*** con el corazón hecho añicos. Atrás quedaron mis esperanzas de compartir los días y las noches con Camila. Pero también dejé roto en mil pedazos el espejo en el que me había estado contemplando casi desde la niñez. El traqueteo del tren era como una voz que me dictaba al oído palabras insidiosas para robarme la esperanza. Cada vez que nos deteníamos en alguna estación, tenía que recordarme a mí mismo la promesa que le había hecho a mi amada para no saltar al andén y coger un tren de regreso. Mas, antes de que el deseo se impusiese a la voluntad, venía a mi memoria el dulce rostro de Camila suplicándome que confiase en ella y esperase su llamada.

Vagué en los meses siguientes sin darme cuenta de lo que sucedía a mi alrededor, aguardando una carta que nunca llegaba. En “El Búho Avizor” me esperaba la silla, la mesa y el fabuloso artículo sobre Don Agapito de la Vera que no me atreví a escribir por no ser desleal a Camila. A las pocas semanas de mi regreso, mi gris existencia se confundía con la gris monotonía de lo que allí nos ocupaba a unos y otros. Ahogaba mi tristeza en aguardiente cuando acudía con los pocos amigos que tenía al café donde en otro tiempo floreciera la excelsa tertulia de los mejores hombres que había dado la ciudad y donde en vano había intentado hacerla revivir cuando mi espíritu aún rebosaba de ilusiones.  En el escritorio de mi casa se secaba la tinta con los versos que no llegaba a escribír.

Llegó noviembre y Camila no había dado razón de su existencia. Apenas sin una brizna de paciencia, a punto estuve de romper mi promesa y enviarle unas letras para recordarle lo vivido justo un año atrás. Mas, en el último momento, me arrepentí y en vez de sorprenderla con mi inesperada visita, le compré un libro de versos, que le envié en un paquete sin remitente.

El año murió sin noticia alguna y el invierno dio paso a la primavera. Un verano excesivamente cálido agostó las cosechas y de nuevo el otoño tiñó de carmesí las hojas de los árboles. Y al llegar noviembre sin traer otra cosa que su silencio, le envié otro libro de versos. Veía pasar las hojas del calendario con el corazón dividido: una voz me decía “ve en su búsqueda si no quieres perderla”;  mientras otra me susurraba “confía y espera”. Y, según pasaban los meses, la tristeza se tornaba en melancolía y ésta en añoranza, esperando y esperando una carta que no llegaba, atado a un juramento que me desgarraba por dentro. Sólo al llegar otro noviembre le enviaba un libro de versos, confiado en que ella recorrería con sus ojos las palabras que en él se guardaban, esperando que los versos le hiciesen recodar su promesa y me llamase a su lado.

Cubría la nieve mis cabellos cuando por fin llegó una carta. Pese a no haber recibido nunca una misiva de Camila, nada más ver la letra picuda y elegante del sobre, supe que era de ella. Me demoré unos instantes antes de decidirme a abrirlo, como si temiese el poder de sus palabras para matar la esperanza. Al fin me decidí a rasgarlo esperando encontrar su llamada. Mas la carta no era una llamada sino una queja expresada en mil palabras. En apenas dos pliegos me hablaba del cansancio que le causaban los constantes cuidados que requería la grave enfermedad de su padre. En una línea tras otra desgranaba con ácidas palabras cada una de las tareas que había de atender pues Don Agapito no quería que nadie más que ella se ocupase de él. En el momento en que escribió la carta que tenía en mis manos, el médico le había asegurado que le quedaban días, semanas tal vez, para abandonar este valle de lágrimas y ella no se sentía con fuerzas para enfrentarse sola a la muerte de su padre. Esa era toda la carta: la carta más esperada. Ni una palabra de afecto, ni una alusión al pasado. Sólo la orden prerentoria de que acudiese a ayudarla a sobrellevar el tránsito de esta vida a la otra de su padre. Y, aún así, sus palabras supiéronme a ambrosía y al día siguiente, tomé el tren que me llevó a su lado.

Me apeé en una vieja estación de una ciudad lejana y no tuve que hacer ningún esfuerzo para reconocer en la mujer que esperaba junto al andén a Camila. El tiempo había sido más generoso con ella que conmigo y sólo unas hebras plateadas en su pelo delataban el transcurso de los años. Y sin embargo, no era la misma que dejé. Un rictus de amargura sobrevolaba sus labios y en sus ojos se asomaba una mirada de hielo. Pensé que aquellas señales no eran sino consecuencia del cansancio por las muchas noches velando a su padre y me dejé llevar por la alegría del reencuentro. Tomé sus manos en las mías y quise besar sus labios, mas ella volvió la cara y mi boca apenas rozó su cabello.

En el camino a la casa en la que vivía con su padre quise recordarle los dulces momentos que habían deleitado nuestro primer encuentro, pero ella no parecía oírme y volvía una y otra vez sobre la dureza del cuidado de un anciano que había olvidado el significado de la palabra amabilidad. Aún así no permití que me invadiese el desaliento y me dispuse a esperar que el momento me fuera propicio.

Encontré un Don Agapito consumido por los años al que el velo de la edad le había nublado el entendimiento. Yacía en una pequeña alcoba en la que apenas entraba la luz. Como un anticipo de la muerte, las pesadas cortinas de terciopelo estaban cerradas y sólo una vela junto al lecho permitía distinguir vagamente su rostro. Allí pasaba las horas Camila, sentada en una silla a los pies de la cama devanando madejas de lana y, sin atreverse a confesárselo, esperando la llegada de la Parca. Y allí también permanecí yo sin atreverme a moverme siquiera durante tres largos días y tres largas noches hasta que se produjo el triste desenlace.

En esos días, el alma del antiguo genio de las letras vagó por lejanos lugares sin dar muestras de conocer ni siquiera a su hija. Ésta, cual si no creyese en la posibilidad de una recuperación del sentido de su padre, vertía sobre mí toda la hiel que albergaba su corazón. Estaba llena de resentimiento contra su padre, al que acusaba de haberle truncado la vida. Sus palabras volvían una y otra vez a su primera juventud, cuando hubo de romper su compromiso matrimonial con un hombre que no era yo. Oyéndola, añoraba la dulzura de otro tiempo, la ternura con la que nos regalaba a Don Agapito y a mí.

Las comidas eran aún más tristes. En la mesa acostumbraba a permanecer en silencio y sólo de vez en cuando dirigía alguna reprimenda a la criada por no estar el guiso a su gusto. Yo la contemplaba sin atreverme a pronunciar una palabra intentando vislumbrar en la mujer resentida a la Camila que en otro tiempo amé.

Cuando murió el que antaño fuese un genio admirado de todos, no le acompañó a su última morada más que su hija y yo. El sacerdote leyó un frío responso a los pies de su sepultura y nos dejó solos para que le dijésemos el postrero adiós. De regreso a casa, nos sentamos en la sala mientras un denso silencio gritaba a nuestro lado. Quise preguntarle cuándo lo tendría todo dispuesto para partir conmigo. Mas no me dejó terminar. Para mi asombro, me reprochó el abandono al que la había condenado durante aquellos años en los que había consumido su juventud esperando. Intenté recordarle la promesa que nos hicimos años antes al despedirnos, hablarle de los libros de poemas que cada noviembre le enviaba y que nunca llegó a recibir. Mas ella no atendía a razones y toda la amargura que antes mostrase hacia su padre, era aquella tarde resentimiento contra mí. Sólo cuando recuperó la calma pudo contarme lo que escondía su corazón.

Después de nuestra despedida siete años antes, dejaron la casa donde parecía que habían encontrado su hogar definitivo. Su padre temía que una palabra mía indiscreta se deslizara en alguna conversación que llegase a oídos de periodistas y curiosos ansiosos por hacerse con su historia, como era mi intención cuando los visité por primera vez. Así que la arrastró de nuevo a través de una huida sin sentido. Recorrieron pueblos, ciudades y villas sin que Camila supiese si era de día o de noche, sumida como estaba en la melancolía. Desde la ventana del tren, veía pasar campos arrasados por una pertinaz sequía que parecían ser reflejo de su corazón asolado. Cuando al fin se establecieron en la ciudad, ya había enfermado de tristeza y nada de lo que la rodeaba conseguía despertar su curiosidad.  Don Agapito se asustó al verla y, temeroso al imaginar una nueva pérdida, claudicó en su obstinación. La animó a escribirme y dio su consentimiento a nuestro matrimonio, sin poner más condición que no lo abandonase y le permitiese seguir viviendo con ella. Mas, por razones que escapan a nuestro entendimiento, la carta tanto tiempo esperada por mí nunca llegó a mis manos. Tal vez se perdiera por los caminos de hierro que unían su ciudad y la mía; tal vez el destino se disfrazó de ráfaga de viento y confundió la senda que había de tomar la misiva. Nunca sabremos lo sucedido. Lo cierto es que Camila, mi amada Camila, no se apartó durante meses del balcón de su casa acechando mi llegada. A medida que pasaban las semanas sin que diese señales de vida, la esperanza se le iba muriendo. Perdido el miedo a malograr la salud de su hija, Don Agapito la azuzaba con insidiosas palabras hasta hacer anidar en su corazón la sospecha de que había sido engañada por mí. El desencanto la tornó rencorosa y su corazón se colmó más y más de amargura hasta que desaparecieron sus ilusiones y esperanzas. Se juró a sí misma borrarme de su recuerdo y lo cumplió: no volvió a pensar en mí hasta que, al enfermar su padre, se sintió sin fuerzas para ayudarle ella sola a emprender el último tramo del camino y su hermano se negó a hacer un viaje tan largo.

Cuando terminó de hablar, un inmenso dolor me atravesó el alma impidiéndome decirle nada. La imaginé sentada en el balcón aguardando mientras pasaban los días, las semanas, los meses... Con el llanto atravesado en la garganta, le conté mis años de espera y evoqué los libros de versos que cada noviembre le enviaba. Se deshizo en lágrimas por el tiempo malogrado, que intenté enjugar renovando mis antiguas promesas. Mas Camila no quiso escucharme y, levantándose, salió de la sala dejándome solo con mis ilusiones rotas.

Al día siguiente dejé para siempre aquella casa. Partí poco antes de que el sol asomase su cabeza por el horizonte sin esperar a que Camila se despertase. El día anterior nos lo habíamos dicho todo y una despedida sólo hubiese servido para poner ante nosotros el abismo que nos separaba. Aunque me produjera un dolor reconocerlo, una noche en vela me había mostrado que la mujer que un día amé ya no existía, que el uno para el otro no era sino un extraño. Aún así, al abandonar aquel lugar, llevaba sobre mis espaldas el peso de la tristeza y la decepción.

Los años han cubierto ya toda mi cabeza de nieve y mi paso se ha vuelto vacilante. Cual un infante, necesito ayuda para vestirme y sostener la pluma con la que trazo estas líneas. También mi memoria se ha vuelto frágil y de un día para otro olvido cosas que, por otra parte, ya no tienen importancia para mí. Mas cada noviembre acuden a mi memoria las palabras de Camila: "espera y confía" y no olvido de enviarle un libro de poemas recordando la promesa que un día nos hicimos.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Luz de noviembre II




Viene del Capítulo I


II. Camila
Mi padre no volvió a ser el mismo después de la muerte de mi madre. Perdió la ilusión por sus novelas y sus dramas, que arrumbó al rincón más escondido de nuestra casa. Era como si se culpase de la triste enfermedad que se la llevó; como si Dios le hubiese dado justo castigo por haber ido en pos de la fama postergando a su esposa querida. Por más que yo le dijera que ella fue feliz compartiendo sus anhelos, por más que le contase sus momentos de dicha al vernos a mi hermano y a mí crecer con alegría, él se reprochaba el abandono al que creía haberla sometido.

El golpe sufrido afectó a su benévolo temperamento. Su talante siempre bondadoso y paciente tornose pronto a la cólera y poco dado a la misericordia: Nada le contentaba y cualquier cosa le enfadaba. Mi hermano se marchó de casa a los pocos meses del fallecimiento de nuestra madre incapaz de aguantar las constantes discusiones que tenía con él y me dejó sola con el autor de mis días, cada vez con menos fuerzas para sobrellevar los vaivenes de su humor.

Por aquel entonces, tenía un medio novio, Julián, que venía a verme los domingos a la hora de la merienda. Al principio, las visitas eran del agrado de mi padre y, entre trozos de bizcocho y sorbos de chocolate, departía con él sobre los sencillos acontecimientos de la ciudad; pero, cuando Julián empezó a hablar de matrimonio, montó una trifulca sensacional acusándonos de querer apartarlo como si de un trasto viejo se tratase. Consiguió hacerme sentir culpable y, al no encontrar solución satisfactoria para todos, rompí un compromiso que no había hecho más que empezar a caldear mi corazón. Muchas veces pienso que mi renuncia al matrimonio le hizo más mal que bien, pues, a partir de ese momento, se convirtió en mi tirano y yo pasé a ser su esclava. El miedo al abandono le hacía ser implacable y si le contrariaba de palabra u obra, me acusaba de ser una mala hija.

Fue el temor a ser acosado por la prensa y los editores de su obra lo que le llevó a cerrar las puertas de casa a todo el que no fuese mi hermano, negándose incluso a recibir a sus amigos de siempre, Don Federico y Don Mario, en los que veía a los cómplices de la villanía que decía haber cometido con mi madre. Y fue ese mismo temor el que nos empujó a una huída sin destino fijado.

Durante meses y meses, años y años, me llevó a lugares escondidos donde nadie le conocía ni le hacía recordar el tiempo en el que fue un escritor amado por la Fama: esa diosa que, decía, le había arrebatado a su esposa. En algunos sitios no permanecíamos sino unos días, unas semanas; mas, en otros, se diría que íbamos a echar raíces, hasta que la mirada de un desconocido precipitaba de nuevo la huída.

Cuando llegamos al pueblo de***, parecía que, al fin, habíamos encontrado el sitio ideal donde establecer nuestro hogar. Nadie nos conocía y los lugareños no mostraban hacia nosotros esa curiosidad turbadora que remueve las entrañas. Es cierto que a pocos kilómetros de nuestra casa había un balneario que los veranos se llenaba de gente en busca de remedio a sus males, mas estaba lo suficientemente apartado para que no temiésemos a los intrusos. La tranquilidad del lugar y su tiempo cálido gustaron a mi padre, que disfrutaba paseando por el jardín de la casa que alquilamos. Yo conseguí unas cuantas niñas del pueblo a las que enseñar a bordar por las mañanas: más para engañar al tiempo que por los reales que me podían dar; mientras las tardes se me pasaban sin sentirlas mimando mi parterre de rosas blancas.

Y en ese remanso de paz vivimos hasta que Salvador irrumpió en nuestras vidas.

La llegada de Salvador fue una bendición del cielo para mi padre. Por fortuna pude advertirle a tiempo de que no mentase la literatura delante de él si no quería despertar las furias que habitaban en su interior. Mostró ante él una respetuosa sensibilidad que le hacía adivinar los deseos de mi anciano padre antes de que éste pronunciase una palabra. Ignoro de que podían hablar. Cuando los contemplaba desde la ventana o desde mi florido rincón paseando entre las hayas, siempre los veía conversar olvidados del mundo. En más de una ocasión sorprendí en mi padre una sonrisa llena de socarronería, supongo que por haber descubierto en su joven acompañante algún hueco de ignorancia que pensaba llenar con su vasta sabiduría. Y yo también me permitía sonreír pues hacía mucho que no le veía tan dichoso y daba gracias a Dios por habernos enviado a semejante ángel del cielo.

Después del almuerzo, cuando la pesadez de la sabrosa comida con la que nos deleitaba la criada  invitaba al descanso, mi padre daba unas cuantas cabezadas en su sillón jugando a despistar al sueño, que acababa siempre venciéndolo. Entonces me sentaba junto a la ventana con mi labor, dispuesta a ver pasar las horas. Esas horas, que antes de la llegada de Salvador se me hacían tan tediosas, tornáronse las más preciadas para mí. El joven acercaba su silla a la mía y, valiéndose de su delicadeza y su buen decir, hacía que le mostrase hasta el más recóndito rincón de mi corazón. Yo, que soy poco dada a hablar de mis cuitas, le contaba los secretos que me ocultaba a mí misma. Mas no le abrumaba sólo con las pequeñas penas que aguijoneaban mi alma; también me recreaba mostrándole los anhelos e ilusiones que habitaban mis sueños. Era la primera vez desde que me dejase mi madre que alguien atendía a mis palabras como si lo que tuviese que decir fuese de alguna importancia y aquella atención halagaba mi maltrecha vanidad.

Mas él no permanecía en silencio ni se limitaba a prestarme su paciente escucha. Gustaba hablarme de los poemas que tejía su corazón y que algún día sorprenderían al público más versado. Salpicaba sus palabras con versos que hacían rebosar las lágrimas de mis ojos. Pero era la devoción con la que se refería a mi padre lo que acababa conquistándome. Y, sin que siquiera me percatase de ello, empecé a espiar sus movimientos, a buscar su mirada cada vez que se alejaba de mi lado. Hasta que un día mi corazón saltó de gozo cuando sorprendí en Salvador el mismo anhelo que a mí me consumía.

Algo debió de barruntar mi padre porque su trato conmigo se fue haciendo más y más áspero. Su paciencia, que no era mucha, se desvaneció y, cuando me demoraba un poco en satisfacer sus caprichosos deseos, me increpaba con palabras que me rompían el corazón. Al principio logré contener las ganas de Salvador de salir en mi defensa: yo sabía que con cualquier réplica sólo conseguiría avivar el genio de mi padre e indisponerlo aún más en mi contra. Mas, con el paso del tiempo, me fue casi imposible reprimir las iras de uno y otro. Mi padre, viendo en Salvador un adalid de mi causa, me acusó de atraerlo para alejarlo de él. Salvador, por su parte, me azuzaba para que me enfrentase al que me dio la vida. Y uno y otro tiraban de mí hasta romperme por dentro.

Un amanecer en el que el astro rey se levantó en un cielo azul limpio de nubes, Salvador llamó a la puerta de mi dormitorio y me hizo levantar de entre las tibias sábanas. Dijo querer hablar conmigo y, al salir de la habitación, me condujo de la mano hasta el jardín. A aquella hora de la mañana la luz  de noviembre teñía de oro los pétalos de mis rosas blancas y aquella acogedora claridad sería la única que, luego, en mi recuerdo, iluminaría mi corazón. Sin soltarme de las manos, me pidió en matrimonio, que dejase aquella vida que me esclavizaba y me fuera con él. Tan inesperada petición me dejó sin palabras y sólo tuve fuerzas para rogarle que me dejase tiempo para pensarlo. Pasó el dorso de su índice por mi mejilla y con un leve beso en mis labios logró que se me escapara una lágrima de gozo.

En ese momento se abrió la ventana de la sala y los gritos enfurecidos de mi padre rompieron el hechizo. Solté las manos que aún estaban entrelazadas con las de Salvador y salí corriendo hacia la casa. Allí me esperaba la más terrible discusión en la que jamás me vi envuelta. Mi padre me acusó de ingrata, de actuar a sus espaldas y de otras infamias que he intentado olvidar. Al oír las voces, Salvador acudió veloz a rescatarme, mas lo único que consiguió fue avivar el fuego que consumía al autor de mis días. Se enzarzaron en una discusión en la que ninguno escuchaba las razones del otro. Intenté, sin lograrlo, apaciguarlos y, después de una eternidad de reproches, me encontré con un ultimátum que nunca supe de la boca de quién había salido: debía elegir entre uno u otro.

La angustia oprimió mi corazón. Pasó por mi corazón el dolor de ver a mi padre indefenso muriendo de tristeza y la añoranza de la ausencia de Salvador. Y, sin poder decidirme por ninguno de los dos, caí desmayada sobre la alfombra. Me despertaron las caricias de Salvador que, asustado, intentaba hacerme volver en mí. Mi padre, según me dijo, había salido hacia el pueblo en busca de un médico antes de que a mi amado le diese tiempo a darse cuenta de lo ocurrido, tal era su espanto. Con mi mirada prendida en la suya, logré recuperar totalmente el sentido y, con él, el recuerdo de mi triste sino. Salvador tomó mis manos entre las suyas y, sin apenas contener la emoción, me mostró su arrepentimiento por haber pensado antes en su dicha que en la mía. La tardanza de mi padre se alió con nosotros para que pudiéramos darnos toda clase de razones, prometiéndonos amor eterno. Cuando el trote de los caballos anunciaron la llegada del coche del doctor, ya había yo persuadido a Salvador de que había de partir, después de darle todo tipo de seguridades de que, cuando consiguiera convencer a mi padre de la sinceridad de su amor, lo llamaría.

lunes, 10 de agosto de 2015

Luz de Noviembre I





I. Salvador
El nueve de marzo de mil ochocientos sesenta y tres la Sociedad de Escritores y Poetas de la ciudad decidió fundar la Revista Literaria “El Búho Avizor”. La decisión se tomó en la tertulia del café del mismo nombre, que era también la sede de la sociedad. Allí acudían cada tarde sus miembros: Don Mario Nigromante, hacedor de poemas luctuosos que no se leían sino entre aquellas paredes; Don Agapito de la Vera, novelista, y Don Federico Sagardía, que veinte años antes había escrito un drama en cinco actos ambientado en los tiempos de Martín I de Aragón, llamado también Martín el Humano y Martín el Viejo, y que tiempo incontable atrás se había representado en un teatro de la capital. Presidía la Sociedad de Escritores y Poetas Don Agapito de la Vera, que, desde su juventud, amenazaba a medio mundo con una novela sobre las peripecias de un miembro de la logia “Doce hombres de corazón”: logia a la que, según insinuaba, había pertenecido él mismo y donde, dejaba entrever, había confraternizado con Don Ángel Fernández de los Ríos.

El último miembro de la sociedad era yo, Salvador Reina. O más bien he de decir aspirante a miembro de la susodicha sociedad y a poeta lírico. Tenía entonces catorce años, muy lejos de los treinta y ocho de Don Agapito, el más bisoño de los socios. Cuando se fundó la Revista Literaria, tenía yo por costumbre aparecer cada tarde en el café y agazaparme detrás de una taza del oscuro brebaje en la mesa que había junto a la de la ellos mientras los oía platicar sobre literatura y, cuando los vasos de aguardiente hacían efecto, discutir hasta llegar casi a las manos sobre los discursos de O´Donell que aparecían en “El Diario Español”. Don Federico, apasionado defensor del político canario, no soportaba las chanzas socarronas de Don Mario, quien ponía todas sus esperanzas en el genio de Narváez. Y los deseos de paz del bueno de Don Agapito no bastaban para declarar una tregua entre los dos contendientes.

Yo admiraba entonces el verbo de los tres próceres de las letras y anhelaba convertirme algún día en uno de ellos. He de decir que ninguno de los tres insignes maestros advertía mi presencia, a no ser que cuente los mandados que me encomendaba Don Agapito para que me acercase a su casa y diese aviso a su esposa de su tardanza. Aun así, no me dejaba vencer por el abatimiento y cada noche dejaba correr la pluma sobre el papel componiendo sonetos, coplillas y romances con las que esperaba impresionar algún día a mis apreciados tertulianos, especialmente a Don Agapito, al que yo más admiraba. Pero nunca me armé del valor suficiente para mostrarles mis escritos a ninguno de los tres.  

La Sociedad de Escritores y Poetas duró lo que duraron las ganas de disputar de Don Federico y Don Mario, apenas un lustro, feneciendo unos días antes del estallido de nuestra Gloriosa Revolución. La revista continuó su andadura tras ser adquirida por un aprendiz de magnate que regentaba una imprenta conocida por la impresión de folletos de pócimas de botica. Por mediación de un hermano de mi madre que compartía aficiones cinegéticas con el nuevo dueño y gustaba correr con él tras perdices y faisanes, conseguí entrar en la revista después de cansar a amigos, vecinos y familiares para que me consiguiesen un empleo en su redacción. Mis primeros años, como imaginarán, fueron poco brillantes, limitándome a barrer entre las mesas de sus periodistas la ceniza de sus cigarros, si es que podían llamarse así la bazofia que fumaban. Mas antes de celebrar mi vigésimo cuarto cumpleaños, ya me permitían escribir algún que otro suelto sobre obras sin importancia.

Coincidieron aquellos primeros años de mi carrera de plumilla con el inesperado éxito de Don Agapito. Una novela en la que se narraban las andanzas de un soldado carlista puso su nombre en boca de todos cuando el faro de mi primera juventud estaba a punto de conquistar la quinta década de su vida. En nueve años, nos regaló con tres novelas más y cuatro dramas que yo devoraba una y otra vez hasta poder recitar párrafos enteros que guardaba con celo en mi memoria. Su rostro aparecía en la primera plana de la prensa especializada y en la otra también, junto a nombres tan ilustres como el de Don Juan Varela, siendo el protagonista de casi todos los números de "El Búho Avizor". Durante aquellos nueve años, raro era el día en el que algún periódico no se hiciese eco de sus palabras o publicase un comentario de su último libro. Y nuestra revista no dejaba escapar la ocasión de recordar a sus lectores que Don Agapito de la Vera había sido uno de los fundadores de “El Búho Avizor” y su primer director.

Mas nueve años después de la publicación de la novela que le condujo a la cima de la fama, Don Agapito desapareció del mundo de las letras. Se le dejó de ver en los grandes acontecimientos culturales y sociales que se organizaban en la capital y no volvió mostrarse ninguna obra suya en los escaparates de las librerías ni a estrenarse en los teatros. Cuando la prensa de Madrid se percató de su desaparición, mandó a nuestra ciudad una caterva de periodistas seguida de otra de curiosos, que asaltó las calles aledañas a la placita en la que se encontraba la morada de Don Agapito. Mas no pudieron dar con él sencillamente porque la casa en la que vivía llevaba meses cerrada. Durante semanas, se quebró el sosiego de la ciudad con este enjambre de moscas en busca del panal de rica miel de Don Agapito. Hasta que, cansados de su infructuosa búsqueda, se fueron por donde vinieron y el nombre de mi admirado escritor se desvaneció en el olvido de todos durante meses y meses.

Bueno, de todos no; que yo no lo olvidé.

Casi la misma edad tenía yo que la que tenía Don Agapito al fundar “El Búho Avizor” cuando di con él. Bueno, a fuer de ser sincero he de decir que no le encontré yo, sino mi hermana y su marido, que tenían la mala costumbre todos los veranos de dejar con mi madre y conmigo a sus cinco mocosos mientras iban a darse los baños en un balneario lo más alejado posible de su familia. A la vuelta de uno de estos viajes, me contaron, como si se tratase de una anécdota más de su insípido periplo, que Don Agapito vivía retirado con su hija en una casa apartada, muy próxima a un acantilado al que iban a romper las olas furiosas.

Ya se pueden imaginar cómo aquella noticia removió mis entrañas. Imaginaba a mi admirado maestro en una gran mansión concitando a las Musas mientras jugaba con las palabras. E imaginaba también lo que supondría para mi mediocre carrera ser yo el afortunado que hablase con él después de su misteriosa desaparición. Así que, sin dar explicaciones a nadie de las razones que me movían a ello, pedí al director de la revista que me concediese unas semanas de permiso para disfrutar de unas vacaciones que hacía años que no me tomaba.

Llegué a la población de*** casi anochecido. Me dio la bienvenida la luz ambarina en el momento en el que el sol agonizante busca refugio en el horizonte para bien morir. Me alojé en la única posada, oculta entre dos frondosos robles en una de las calles adyacentes a la plaza. A pesar de la hora tardía y de estar mediado el mes de noviembre, aproveché la temperatura benigna de aquel atardecer para dar un paseo antes de recogerme a descansar del largo viaje que me había llevado hasta allí. No hubiera sido la población de*** más que un villorrio de no ser por el balneario que se alzaba majestuoso a los pies de una colina y llenaba de visitantes sus alrededores. El pueblo lo componían unas cuantas casas sin ninguna belleza y una iglesia que no tenía nada de valor sino su campanario, que, a semejanza de los campaniles románicos que había visto en mi viaje por tierras italianas, se elevaba hacia el cielo como un dedo acusador. ¡Sólo Dios sabrá cómo habían construido semejante campanario en un lugar tan apartado del mundo!

Cuando las sombras de la noche se apoderaron del pueblo y sólo la luz plateada de una luna en cuarto creciente se atrevía a rasgar las tinieblas que van en pos del ocaso, me volví a la posada dejando mi visita a Don Agapito para el día siguiente. De buena mañana, después de dar cuenta de un suculento desayuno, me acerqué a la morada de mi admirado escritor siguiendo las indicaciones del hijo de la patrona. Pensé encontrar una suntuosa mansión y no hallé sino una casa de pequeño tamaño con un jardín cuajado de rosas blancas. Asomado a la herrumbrosa verja, pude ver cómo la yedra trepadora abrigaba la piedra oscura que revestía la casa y una vereda de grava se abría camino hasta una puerta de madera carcomida por el tiempo. Por la parte trasera del jardín, me costó reconocer en el anciano que arrastraba sus muchos años caminando a la sombra de unas hayas a Don Agapito, del que no quedaba de su juventud más que su cabello, increíblemente negro y espeso para su provecta edad. Pensé hacerle una seña para que advirtiera mi presencia; mas antes de que tuviese tiempo de pensarlo, él aceleró el paso y, empuñando el bastón, corrió hacia mí profiriendo auténticos alaridos.    

—¡Fuera!, ¡fuera de aquí, sanguijuela!

Abrió la puerta de la verja y la emprendió a bastonazos conmigo sin atender a mis desaforadas quejas. Yo procuraba no defenderme sino con leves manotazos y llamadas a la cordura recordándome a mí mismo la avanzada edad de mi adversario. Sólo Dios sabe cómo hubiera terminado aquella embestida de no haber acudido en mi ayuda, atraída sin duda por nuestras voces Camila, la hija de Don Agapito. La joven debió hacerse cargo de lo sucedido pues, con una fuerza que desmentía su frágil apariencia, logró hacer retroceder a su padre y evitar que un golpe certero me causara una desgracia.

Cuando recuperé la presencia de ánimo, me di a conocer como hombre de paz. Fue entonces cuando Don Agapito debió de ver en mí al muchacho que casi veinte años antes le llevaba y traía recados de su casa al café “El Búho Avizor” porque, tras una estridente carcajada, hizo el amago de darme un abrazo, que yo rechacé temiendo un nuevo asalto. Deshechos los malentendidos que provocaron el lance, me hicieron entrar en la casa, donde Camila, su hija, restañó las heridas que me habían causado los acertados golpes de Don Agapito. Tras la cura, fui invitado con ruegos del padre y la hija a pasar el día con ellos y, para mi fortuna, antes de que muriese la tarde, la invitación se había extendido a la quincena que pensaba disfrutar en aquellos parajes. Imposible describir mi gozo al anticipar los días que tenía por delante junto a la persona que casi desde mi tierna infancia más admiraba.





lunes, 3 de agosto de 2015

Bifurcación del camino








Hace dos semanas que llegué a esta ciudad y todavía tengo el apartamento lleno de cajas sin abrir. Nunca creí que cambiar de casa, cambiar de vida, fuese tan trabajoso. Y no me refiero a los seres queridos que he dejado atrás, que es algo en lo que intento no pensar. Es la acumulación de tareas lo que me tiene abrumada: deshacer el equipaje, que no ha resultado tan ligero como esperaba; buscar una guardería para mi hijo; comprar los alimentos que he de tomar pese a haber perdido el apetito; elegir los muebles para guardar todas las cosas que he traído conmigo... No sé por dónde empezar y, sin darme cuenta, voy postergando los muchos quehaceres que tengo ante mí. 

Y, pese a a que el abatimiento se apodera de mí en muchas ocasiones, sé que he tomado el camino correcto.

Esta mañana he dejado a Carlitos en la guardería por primera vez. Me dijo la directora que, los primeros días, era conveniente que acudiera sólo un par de horas para que se fuese acostumbrando al nuevo ambiente en el que tendrá que pasar tanto tiempo los próximos meses. Se me partió el corazón cuando lo vi todo sonriente entre aquella gente extraña; tan confiado que ni siquiera tuvo tiempo de darse cuenta de mi partida; mandándome besos con su manita regordeta. ¡Y es que aún es tan pequeño...! Pensé aprovechar el tiempo libre en deshacer parte del equipaje. Creía que aquellas dos horas me darían para más: después de todo, mi nueva casa está a unos pasos apenas de la guardería y no tenía que perder el tiempo en el viaje. Mas, al llegar y ver tanta caja, me sentí invadida por el desaliento: no sabía por dónde empezar. Y, no obstante ser tantas, no pude evitar pensar que en apenas aquel montón de cartones se guardaba toda mi existencia. Cuarenta y tres años se reducían al espacio de un pequeño salón atiborrado de cajas a medio abrir.

Una llamada al móvil me sacó de mis reflexiones. No hizo falta ver el número en la pantalla para saber que era él. Y, pese a haber sido yo la que le había dicho que no llamase, mi corazón brincó de alegría cuando oí la sintonía del teléfono. Aún así, pude contener la emoción y casi con voz neutra le reproché su inoportuna llamada. No llegó el conato de conversación más que a unos minutos; tiempo más que suficiente para que me preguntara por el niño y poco más. Luego nos quedamos sin palabras los dos. Temerosa de abrir viejas heridas, inventé un pretexto para colgar y, al hacerlo, todos los recuerdos de los últimos tres años se concitaron para atormentarme.

Tres años antes, a punto de cumplir cuarenta años, mi vida transcurría por una carretera sin curvas sinuosas, en la que nada hacía vaticinar la bifurcación que me esperaba mediado el camino. Por aquel entonces, tenía un trabajo estable, mantenía desde hacía tiempo una cómoda relación sentimental, o casi sentimental, con un antiguo condiscípulo del colegio de mi hermano y disfrutaba de un amplio apartamento en el centro de mi ciudad natal. No es que pudiese decir que fuera feliz, pero al menos me sentía satisfecha con lo que tenía. En el trabajo era reconocida por mi competencia. Llevaba quince años en una consultora de estudios sociodemográficos en la que, como socióloga, me dedicaba a planificar y coordinar investigaciones cualitativas. Aunque había perdido la entusiasta ilusión de los primeros tiempos, todavía disfrutaba cuando lograba diseñar un buen proyecto. Mi jefa de los últimos cinco años dejó aquella primavera la empresa y se decía que el nuevo encargado del departamento venía de un campo laboral distinto al nuestro. En mi larga carrera no era la primera vez que me enfrentaba a un jefe desconocedor de lo que nos traíamos entre manos. Ante mí había pasado una ristra de ellos de toda condición. Los más temibles, aquellos que no sabían nada y creían saberlo todo; los mejores, aquellos que sabían escuchar a los que llevábamos más tiempo. En más de una ocasión, me había enfrentado a aquellos que se negaban a reconocer mi experiencia y discutían cualquier sugerencia que tenía a bien hacerles. Por ello recelaba tanto de la llegada de mi nuevo superior.

Carlos Galeón resultó ser una persona con ganas de aprender y con talento para reconocer los méritos de quienes trabajaban con él. Pese a ser demógrafo, no consideraba inferiores los estudios cualitativos a los cuantitativos y tampoco le avergonzaba reconocer su ignorancia sobre aquéllos. A los pocos días de su llegada ya me consultaba cada vez que le asaltaba alguna duda y, en breve tiempo, las tardes en las que me llamaba a su despacho para que le explicase algún aspecto de mi trabajo se convirtieron en una costumbre. Al principio, bastaban unos minutos, un cuarto de hora, media, como mucho, para resolver sus dudas; pero más adelante se fueron prolongando estas reuniones más y más hasta rebasar el horario de salida de la empresa. No crean que las conversaciones que teníamos se extendían más allá de otros temas que no estuviesen relacionados con la empresa. Al menos en los primeros meses, no hablamos sino de trabajo y, desde luego, nunca pisamos terreno de nuestra vida personal.  

Todo empezó a cambiar en diciembre coincidiendo con el cierre del año. En la oficina andábamos unos y otros saturados de trabajo, con los nervios tan a flor de piel que cualquier nimiedad nos hacía saltar. Las tardes en el despacho de Carlos se alargaban hasta entrada la noche y en más de una ocasión perdíamos la carrera contra el tiempo. Entonces, encargábamos unos bocadillos y unos cafés en el bar de la esquina que degustábamos mientras nos permitíamos hacer un descanso en las miles de tareas que teníamos por delante. No me fue fácil pasar de una situación más o menos jerarquizada a otra en la que se suponía que se suavizaban los límites que separan al jefe de su subordinada y, al principio, la situación se me hacía un poco embarazosa: ¿De qué podía hablar con alguien que, fuera del trabajo, no era para mí sino un desconocido? Mas él sabía salvar con habilidad aquel escollo, embarcándome en amenas charlas sobre los temas más diversos. Había viajado por medio mundo y conocía lugares remotos inaccesibles para la mayoría de los que, como yo, eran simples turistas. Bastaba que empezase a hablar para que me sintiese atrapada por sus palabras. Poseía el don de saber llevarme a los parajes más exóticos con su sola voz melodiosa. En lo que duraba una canción de su equipo de música, recorría las miles de millas que separan Shangai y Puerto Príncipe, pasando por Estambul y Nairobi. Yo, que apenas me había separado más de doscientos kilómetros de mi ciudad natal, lo escuchaba embelesada esperando codiciosa el siguiente episodio de aventuras tan bien narradas. Cuando acababa el ligero refrigerio, tenía que hacer un esfuerzo para retomar la vulgaridad de nuestra rutina laboral: era como si, al despertar, las imágenes de la ensoñación me impidiesen darme cuenta de la realidad que me circundaba.

Fue una de esas noches, en esos momentos en los que la fatiga de una jornada sin tregua empezaba a jugarnos malas pasadas, cuando se coló en medio de nosotros, sin que la aguardásemos, la pasión. Aunque he evocado una y mil veces el instante en el que nos vimos sorprendidos por un impetuoso beso, no consigo recordar quién dio el primer paso. Tal vez fue una fugaz mirada de Carlos o el roce involuntario de una de nuestras manos; tal vez el influjo de la luna llena el que se alió con el silencio de la noche lo que nos acercó. No lo sé. Sólo recuerdo encontrarme en sus brazos mientras todo mi ser se estremecía de dicha. 

Y, sin embargo, apenas fueron unos segundos.

Un brusco empellón quebró súbitamente el momento. Desorientada miré a mi alrededor intentando encontrar una explicación a lo ocurrido. No hubo tiempo sino para verlo salir presto del despacho. Un sentimiento de abandono me invadió mientras los latidos del corazón martilleaban mi pecho. Hube de hacer un esfuerzo para recobrar la calma. Me senté en la silla que ocupaba cuando trabajaba con él y esperé que regresara, preguntándome, confusa, qué había sucedido. No podría decir el tiempo que estuvo ausente. Cuando Carlos volvió, ocupó su asiento y, sin dirigirme una palabra, se enfrascó en la lectura de un documento. Yo no entendía nada; no sabía qué hacer. Intenté hablar, más una mirada de acero me lo impidió. A duras penas retomé mi trabajo y menos de media hora más tarde inventé una excusa para despedirme hasta el día siguiente. No había alcanzado la puerta del despacho cuando su voz me detuvo.

—¡Espera! —casi me gritó —Quiero que olvides lo ocurrido. Debes saber que soy un hombre casado y no me van las aventuras de oficina.

Sus palabras me hirieron profundamente. El tono despectivo con el que se refirió a "las aventuras de oficina" hicieron que sintiera vergüenza de mí misma. Hasta que no pronunció aquella frase, no se me había ocurrido verme de aquella manera. Hice un último esfuerzo y me marché con un nudo en la garganta que cerraba el paso a las palabras.

Los días que siguieron no fueron fáciles para ninguno de los dos. Nos rehuíamos como criminales que temen ver la acusación en los ojos del otro y, si nos cruzábamos en el camino, murmurábamos un saludo sin levantar siquiera la cabeza. Pusimos fin a las reuniones en su despacho, a las jornadas laborales hasta altas horas de la noche. Cuando no tenía más remedio que entrar en él, dejaba entreabierta la puerta, asegurándome que nada quedase oculto para los que permanecían fuera. Mi orgullo herido me hizo adoptar ante Carlos una actitud fría y distante que estaba muy lejos de mi verdadero sentir. Permanecían muy presente en mi memoria las palabras que me dijo el día del fatídico beso y quería dejarle muy claro que yo no había tenido la intención de tenderle ninguna trampa. Y no obstante, las noches se me hacían eternas evocando cada instante en el que había sorprendido su mirada en la mía, torturándome al recordar que era un hombre casado.

La situación se mantuvo con toda su tensión durante varios meses. Él dejó de pedir mi opinión y, cuando lo precisaba, buscaba consejo entre los sociólogos masculinos. Y no es que tuviera fama autoritario, pero sus manera de relacionarse con los demás, poco dada a afables confianzas, le granjearon más de una animadversión entre superiores y subordinados. En cuanto a mí, ya no volví a quedarme en la oficina más allá de la hora en la que finalizaba mi jornada laboral. Para evitar un encuentro a solas con Carlos, me llevaba el trabajo a casa si la tarea apremiaba. Y con disciplina, mantuve ocultos mis sentimientos y logré que nadie se percatase de lo ocurrido.

En primavera, la empresa consiguió que el Ministerio de Trabajo le adjudicase un estudio sobre las necesidades de las familias que llegaban exiliadas de la guerra de Siria. Todos andábamos de cabeza por ser el trabajo de mayor envergadura que íbamos a acometer en muchos años. A mí me tocó en suerte el diseño de las entrevistas en profundidad y los grupos de discusión, que, más tarde, hube de coordinar también. Sin que ninguno de los dos lo buscásemos, nos vimos envueltos, mano a mano, en el trabajo de campo. Cada mañana, me recogía con su coche en mi casa y recorríamos kilómetros y kilómetros hasta llegar al domicilio de quien habíamos de entrevistar. Compartir tanto tiempo en el reducido espacio del automóvil de Carlos era un martirio para mí y supongo que para él tampoco fue fácil. Él simulaba ir concentrado en los hitos de la carretera mientras el humo de un cigarrillo tras otro dibujaba volutas en el aire. Yo llenaba los minutos de silencio repasando el plan del día en el iPad, en tanto intentaba olvidar quién conducía a mi lado.

Un día tuvimos que trasladarnos a una población a doscientos kilómetros de nuestra ciudad para entrevistar a un antiguo funcionario sirio. Tenía previsto ir con nosotros en el mismo coche una traductora que nos habían recomendado en la ONG que nos prestaba apoyo pero que, en el último momento, le surgió un asunto urgente y no pudo acompañarnos. Hubimos, entonces, de contratar otro intérprete que vivía en la misma ciudad a la que nos dirigíamos. De nuevo no tuvimos más remedio que enfrentarnos a la soledad de la carretera sin posibilidad de huir el uno del otro. El viaje de ida lo hicimos sin más complicaciones que las del lento transitar de un tráfico atiborrado de pesados camiones; pero a la vuelta, cuando el silencio instalado entre nosotros se había convertido en una presencia densa y agobiante, Carlos detuvo el automóvil bruscamente en medio de la nada.   

Lo miré pensando que habíamos sufrido alguna avería, mas, al verlo con los brazos sobre el volante y la cabeza hundida entre ellos, me asusté. Lo rocé suavemente con la mano en el hombro buscando que me dijese si se encontraba indispuesto. Pero él no pronunció ninguna palabra. Volvió su rostro lentamente hacia mí y posó un leve beso en mi mano. Luego, giró la llave de contacto y prosiguió el viaje. Con un nudo en la garganta, quise hablar, mas no me lo permitió. Me pidió que esperásemos a que llegásemos al pueblo más cercano para que pudiese darme las explicaciones precisas. El trayecto hasta nuestro destino no era sino unos pocos kilómetros que a mí se me hicieron una eternidad. El silencio volvió a ser testigo de nuestra turbación; ninguno supo cómo llenar aquellos escasos minutos hasta que Carlos aparcó el coche en la plaza de un pueblo de apenas cuatro casas, una iglesia y un café. Entramos en este establecimiento y con una cerveza de la que no llegué a probar más que el primer sorbo, bebí sus palabras.

Empezó contándome sus nueve años de matrimonio. Se había casado con una mujer a la que creía conocer desde muy joven pero que, tan pronto empezaron a vivir juntos, se convirtió en una extraña. Carlos la había querido desde el principio, pero ella se alejaba más y más de él. Hacía una vida fuera de casa de la que no le daba cuenta, desapareciendo durante días sin decirle más que necesitaba disfrutar de momentos de soledad. Si Carlos le preguntaba lo que había hecho durante su ausencia, se encerraba en el silencio y sólo le decía que aquellos días le pertenecían a ella sola. Durante años, intentó atraerla con su ternura mientras su corazón se llenaba de dudas sobre los sentimientos que le inspiraba a su esposa. A veces se dejaba llevar por la cólera provocada por la frialdad con la que ella recibía sus besos y caricias, pero ni su ira ni su amor conseguían hacerla reaccionar. Intentó convencerla para que tuviesen un hijo, mas la sola idea de perder su libertad la asustaba tanto que iba retrasando el momento año tras año. En ocasiones parecía que se iba a producir la ruptura del matrimonio: ¿qué quedaba entre ellos más que el amor de él y la indiferencia de ella? Pero Carlos no se daba por vencido y acababa persuadiéndola para que lo intentasen una vez más. 

Cuando Carlos me conoció, estaba pasando por uno de esas crisis en las que tanto le costaba hacerle creer a su esposa que valía la pena darse una nueva oportunidad. Las conversaciones que mantenía conmigo en su despacho le ayudaban a mitigar el dolor que estaba sufriendo. Poco a poco se fue dejando envolver por la atmósfera de camaradería que se había creado a nuestro alrededor y su orgullo lastimado se curó al ver que me inspiraba tanta admiración. Logré que superara la soledad en la que vivía y le hice recuperar la esperanza de la felicidad. Pero aquella dicha convivía dentro de él con el amor que aún sentía por su esposa, sometiéndole a un conflicto constante de sentimientos opuestos. El beso que nos dimos le hizo reaccionar y, a la hora de tomar una decisión, la eligió a ella. Pero aquella elección no le había traído mas que amargura y soledad. Decía sentir una gran añoranza de las tardes que habíamos pasado juntos, de nuestras conversaciones, y no quería perder la amistad que había entre nosotros.

Pese a su petición de una simple amistad, aquella misma noche, cuando llegamos a mi apartamento, nos hicimos amantes. Empezó entonces una relación entre nosotros que me colmó con la mayor de las dichas y me inundó con la mayor de las desdichas. Creí todas las promesas de amor que me hizo y cerré los ojos a la evidencia de que no estaba conmigo sino en los momentos en los que ella, su esposa, lo dejaba libre. Aunque nunca me lo dijese claramente, quise creer que la acabaría dejando por mí. Después de todo, si él me quería y yo también, qué más podía desear. Pero él no parecía encontrar nunca el momento de romper con un pasado que decía hacerlo desgraciado para unirse a mí. Yo no comprendía aquellas demoras. ¿Por qué alargar la convivencia con una mujer que no sentía nada por él, si yo se lo daba todo sin siquiera pedírmelo? Mas Carlos era muy hábil para hacerme creer que el amor que sentía por mí era mucho más intenso que el que le inspiraba su esposa; o tal vez sólo era yo la que así lo creía.

Al principio, conseguí que nadie en la oficina se diera cuenta de nuestra relación, pero mis indiscretos sobresaltos sólo con oír su voz o sentir sus pasos me delataron. En más de una ocasión sorprendí el murmullo de algún corrillo acompañado de miradas de soslayo hacia mi mesa. Yo, que siempre he sido tan celosa de mi intimidad, tuve que soportar preguntas indirectas y, a veces, no tanto de gente con la que no había cruzado sino dos o tres palabras. Aquella situación, tan incómoda para mí como para Carlos, quebraron nuestra calma. El humor de él se oscureció y el mío se volvió más vivo. Se hicieron frecuentes las discusiones que cada vez aplacaba menos la pasión. Yo le apremiaba para que rompiese con una esposa, que, según sus palabras, no sentía nada por su marido, y él me pedía una discreción en el trabajo hacía tiempo innecesaria.

Sabiendo lo que deseaba un hijo, dejé de tomar precauciones para evitar un embarazo. Ningún ultimátum sería más efectivo que aquel. Nada de lo que le dijese o hiciese podía convencerlo de que dejase a su esposa por mí; nada sino la llegada de un hijo que la otra no estaba dispuesta a darle. 

La noticia de mi embarazo le cogió desprevenido. Durante días anduvo taciturno por la oficina con el pensamiento muy lejos de allí. Por un tiempo temí haber cometido un error que lo alejaría de mí aún más que su resistencia a romper un vínculo inexistente. No obstante, cuando logró hacerse a la idea de la buena nueva, se mostró feliz y volvió a ser el hombre tierno y considerado del que me había enamorado. Después del nacimiento de Carlitos, se podría decir que vivía más tiempo en mi casa que en la de su esposa. Nunca lo vi tan feliz como cuando tenía a nuestro hijo en sus brazos. Y nunca fui yo tan dichosa como aquellos meses en los que permanecí en casa de baja por mi maternidad disfrutando para mí sola de mi niño por las mañanas y del que consideraba mi marido desde el atardecer hasta bien entrada la noche. Me dejé engañar por la apariencia de felicidad que nos rodeaba y quise creer que, al fin, éramos una familia.

Pero, con el paso de los meses, la situación se fue deteriorando más y más. Se hicieron frecuentes las llamadas de Carlos para decirme que no podía acudir a vernos. Las excusas solían ser tan absurdas que parecía como si no le importase si las creía o no. Se podían contar con los dedos de la mano las noches que a lo largo de aquel invierno y aquella primavera compartió con nosotros, las tardes que estuvo con Carlitos. Y, cuando finalmente acudía a mi apartamento, su mente volaba a lejanos lugares dejándome un sentimiento de soledad más profundo que cuando únicamente me permitía escuchar su voz a través del teléfono.

A pesar del contento que en cada momento me traía mi niño, no podía evitar que la tristeza me asaltara cuando más desprevenida estaba. Muchas noches el sueño me abandonaba y mis pensamientos buscaban con avidez a la otra, a su esposa. Intentaba imaginar su aspecto, su manera de moverse, su estilo en el vestir. Todo aquello que Carlos no me había contado y que la mantenía unido a él; aquello que me faltaba a mí, aquello que yo no le podía dar. A veces renegaba del día en el que me había dejado llevar por mis sentimientos arruinando mi futuro e interponiéndome en un matrimonio. Mi conciencia se rebelaba, entonces, contra el papel que me había tocado interpretar en esta historia. Mas, en otras ocasiones, mi amor por Carlos y mi hijo se alzaban con una espada en alto. ¿Por qué tenía que ser yo la que cediera si la otra no mostraba hacia su esposo sino indiferencia y frialdad?

Fue una tarde de domingo cuando la tormenta estalló y se llevó por delante todas mis esperanzas. Carlos había aprovechado que su esposa había quedado con unas amigas para pasar el día con nosotros. Ya durante la comida, pude observar su aire ausente. Mis esfuerzos por arrancarle una sonrisa contándole las mil gracias de nuestro hijo fueron todos en vano. Su mente vagaba muy lejos de allí y mi corazón se iba colmando más y más de ansiedad. Un mal presentimiento se sentó a mi lado para susurrarme al oído. Esperé a que finalizásemos el café para plantearle la pregunta que me rondaba la cabeza desde hacia tiempo y de la que tanto miedo me daba oír la respuesta:

—¿La vas a dejar o no?

Empezó a balbucir una excusa tras otra, a darme largas, a no responder sino con vaguedades. Entonces no pude contener la cólera tanto tiempo escondida en mi interior. Iniciamos una discusión en el que cada uno dijo lo que más daño le podía hacer al otro, perdimos el respeto que nos debíamos a nosotros mismos y dejamos que la ira eclipsara el amor que nos teníamos. Y, aunque al día siguiente lloramos suplicándonos perdón por lo que habíamos dicho y lo que habíamos callado, ya nada volvió a ser lo mismo.  

Hará unos meses acabé de despertar del sueño en el que creía estar viviendo. Un día, al contemplar unas viejas fotografías, no me reconocí en la joven sonriente de mirada limpia que le guiñaba un ojo a la cámara. Recordé sus grandes ilusiones, su alegría de vivir, su forma orgullosa de encarar el mundo, caminando con la cabeza bien alta. Y sentí que la había decepcionado. Por un momento, creí irremediable mi hundimiento en el pozo de tristeza en el que había empezado a deslizarme. Mas, al contemplar a Carlitos durmiendo apaciblemente en su cuna, supe que, por él, podía remontar y encaminar de nuevo mi vida. Tardaría aún semanas en decidir lo que tenía que hacer y unas semanas más en ponerme en marcha; pero lo hice.

En estos tiempos en los que tan difícil es encontrar un empleo, no me permití caer en el desaliento y rastreé cada página de Internet hasta dar con un puesto de secretaria de dirección en un banco situado en una ciudad muy lejos de la que me vio nacer: un trabajo muy distinto al que venía desempeñando, mas que me haría olvidar todo lo que dejaba atrás. Me despedí de la empresa que me lo había enseñado todo y de los pocos amigos que aún me quedaban. Y me armé de valor para decir adiós a Carlos, al que rogué que me olvidase; que no se pusiese en contacto conmigo sino era para ver al niño los fines de semana, cuando le prometí dejarlo en sus manos.  

Hace dos semanas que llegué a esta ciudad y todavía tengo el apartamento lleno de cajas sin abrir. Nunca creí que cambiar de casa, cambiar de vida, fuese tan trabajoso. Y no me refiero a los seres queridos que he dejado atrás, que es algo en lo que intento no pensar. Es la acumulación de tareas lo que me tiene abrumada: deshacer el equipaje, que no ha resultado tan ligero como esperaba; buscar una guardería para mi hijo; comprar los alimentos que he de tomar pese a haber perdido el apetito; elegir los muebles para guardar todas las cosas que he traído conmigo... No sé por dónde empezar y, sin darme cuenta, voy postergando los muchos quehaceres que tengo ante mí. 

Y, pese a que el abatimiento se apodera de mí en muchas ocasiones, sé que he tomado el camino correcto.