lunes, 25 de abril de 2016

Fascinación







>>En el despacho de mi padre había una vitrina de cristal con una colección de pistolas antiguas. Una vez al mes, las sacaba del mueblecito, las colocaba en fila sobre un paño de lino blanco, las desmontaba y, con otro paño más fino, iba limpiando el polvo de cada una de las piezas. Parecía un relojero de los de antes cuando, calzado con unos guantes de algodón y con la ayuda de unos lentes, emprendía la tarea de montarlas de nuevo. Mi padre no dejaba que nadie entrase en su despacho mientras limpiaba sus pistolas. Sólo a mí me permitía sentarme junto a él siempre que permaneciera quieta y en silencio.



Susana se despertó sobresaltada por un fuerte ruido. Encendió la luz y se levantó dudando si el estruendo había sido real o formaba parte de su sueño. Se puso una chaqueta vieja por encima de los hombros y, descalza, recorrió el apartamento en busca del origen del ruido. El silencio se había adueñado de nuevo de la noche. Un rayo de luna desdibujaba la silueta del paragüero de la entrada dándole un aire fantasmagórico pero todo parecía estar en su sitio. Entró en la cocina a beber un vaso de agua antes de regresar a su dormitorio. Le extrañó encontrarse la luz encendida, pero, cuando miró a su alrededor, no encontró nada fuera de su  lugar. Mas en el momento en que iba a volverse a la cama, la vio. Camila, la joven con la que compartía el apartamento, yacía en el suelo inconsciente.

Le golpeó suavemente las mejillas con la intención de hacerla volver en sí. Pero fue inútil. Camila no parecía tener vida. Se le escapó un gemido de impotencia y, por unos instantes, no supo qué hacer. Paseó la mirada por la cocina como si esperase encontrar ayuda en las cacerolas desperdigadas por la encimera. Junto a Camila, un charco de leche rodeado de una miríada de minúsculos cristales que se desparramaba por el suelo. Probablemente se había levantado para beber un vaso que la ayudase a conciliar el sueño y, al verterse la leche, se había resbalado. Más y más nerviosa, corrió hacia el teléfono para llamar una ambulancia y se sentó en el suelo a esperar que vinieran a buscarlas.

En el Hospital Central, Susana hubo de rellenar cientos de formularios y responder cientos de preguntas. Las caras de los enfermeros eran poco alentadoras, pero nadie le decía nada. En urgencias, las quejas de heridos y enfermos se mezclaban con el olor a miedo. El tiempo se tornó gelatinoso y las agujas de los relojes caminaban perezosas. En la calle, la ciudad hacía rato que se había despertado y los viandantes apresuraban el paso de camino al trabajo. Pero a Susana nadie le decía nada; le parecía que se habían olvidado de ella.

Pasaban de las once y media de la mañana cuando una médico la sacó de la espiral de pensamientos angustiosos en la que llevaba horas atrapada. El rostro crispado de la doctora no logró disipar su miedo. La volvió a abrumar con sus preguntas, como si quisiera asegurarse de que la información que tenía era cierta. Una vez más, Susana tuvo que contar la misma historia. 

Camila y ella se habían conocido en la universidad, donde ambas estudiaban Filología Clásica. Cuando finalizaron los estudios, Susana entró a trabajar en una tienda de artículos de regalos en tanto conseguía un empleo acorde con su preparación académica, mientras que Camila regresó a su ciudad natal donde vivían su madre y su padrastro. Pero no permaneció más que unos meses en la pequeña población. Las continuas discusiones con su madre y la fría repulsión que le provocaba su padrastro se le hacían intolerables. Si el tiempo era benigno, salía a correr por las calles de la ciudad, mientras escuchaba la música grabada en el móvil, sin prestar atención a la gente que se cruzaba en su camino. Pero si amenazaba lluvia, tenía que cesar en sus paseos. Entonces se le pasaban las horas encerrada en su dormitorio huyendo de la omnipresencia de su padrastro. A los pocos días de Navidad, incapaz de soportar aquella situación, se subió a un tren que la llevó de vuelta a la ciudad y se presentó en el apartamento de Susana. De eso hacía dos años. Desde entonces, la ayudaba con los gastos de la casa dando clases particulares de latín a jóvenes del colegio que había frente al apartamento.

Unos meses antes, Camila había estado preparando unas oposiciones para un instituto de enseñanza secundaria. Apenas comía ni dormía. Cada minuto que pasaba lejos de los libros, le creaba enormes cargos de conciencia. Solo algunos fines de semana se permitía un descanso, cuando dejaba la ciudad para esquiar o escalar alguna montaña. El resto del tiempo no vivía más que para estudiar. Susana la encontraba a menudo al volver del trabajo vagando por la casa descalza sin más ropa que una camiseta larga con los apuntes en la mano y recitando los temas que entraban en el examen. 

Quedó de las primeras en las oposiciones con una nota muy elevada. Tan grande había sido el esfuerzo, que cayó enferma del agotamiento. En una semana, apenas podía levantarse de la cama. Le pesaban los brazos, las piernas, la vida. Le costaba descansar a causa del insomnio, que no la abandonó cuando decidió darse por curada. En los meses siguientes, apenas dormía un par de horas cada noche; mientras que, durante el día, se mostraba irritada por la falta de descanso. Acudió a un médico para que le recetase algún remedio contra el insomnio. Al principio, el ansiolítico le permitía dormir toda la noche, pero se habituó a las pastillas prescritas de manera que fueron perdiendo su efecto. El miedo a las noches en vela le avivaba el insomnio y, para atacarlo, había ido aumentando la dosis del medicamento sin consultar a su médico.

Susana creía que aquella noche se había levantado a tomarse un vaso de leche que la ayudase a conciliar el sueño y, aturdida por las pastillas, se había caído golpeándose la cabeza. 

Cuando la joven terminó de hablar, la médico le dijo que habían encontrado una elevada cantidad de Orfidal en el estómago de Camila. Aunque era probable que, como creía Susana, la joven hubiera tomado tal cantidad movida por la ansiedad que le causaba la falta de sueño, iban a dejarla unos días en observación para descartar que no había querido hacerse daño a sí misma.



>>De todas las que se guardaban en la vitrina, mi favorita era una pistola de chispa italiana del siglo XVIII. Era de madera clara, de nogal supe después, con la culata de marfil e incrustaciones en plata: una pistola digna del más temible pirata. Cuando la limpiaba, me gustaba imaginar las manos que antes que mi padre habían llevado a cabo tal tarea. Recuerdo colarme en el despacho cuando la puerta estaba entornada y ponerme de puntillas frente a la vitrina para contemplarla.

>>Una vez, debería de tener ocho años, me sorprendió mi hermano Sergio intentando abrir la portezuela de la vitrina. De nada me sirvió decirle que andaba buscando la caja de rotuladores de colores que mi tío Bernardo me había regalado el día de mi cumpleaños. Mi hermano sabía que estaba mintiendo. Con una sonrisa cómplice, me guiñó un ojo y, abriendo el armario colgado en la pared, sacó la llavecilla de la vitrina. El miedo a que nos descubrieran mis padres cosquilleaba mi estómago mientras una descarga de euforia me recorría por dentro cuando puso en mis manos tan precioso objeto. Fue una sorpresa para mí comprobar cuánto pesaba y a punto estuve de dejarla caer. No sé cuánto tiempo estuve acariciando el marfil de la empuñadura y bordeando con el dedo la silueta de las figuras de plata que adornaban el cañón. Aquella noche creí ver en el cristal de la ventana de mi habitación a dos caballeros de otros tiempos batiéndose en duelo por mí. A partir de entonces, cada vez que mis padres se descuidaban, buscaba la mirada cómplice de Sergio con la esperanza de repetir nuestra secreta aventura. Pero él, que conocía mi ansiedad, hacía como que no me veía para hacerme rabiar.



Pese a que el equipo médico había dado el visto bueno después de dos días de observación, la doctora Altamira era reacia a dar de alta a Camila. Al principio había dado por válida la versión de la compañera de piso de la joven. Era muy probable que hubiese aumentado la dosis de Orfidal más y más huyendo de la ansiedad por la falta de sueño sin reparar en las consecuencias. Pero su intuición de tantos años viendo casos similares, le decía que había algo más. 

Introdujo el número de la Seguridad Social de Camila en el programa del ordenador que le permitía acceder a su historia clínica buscando en el pasado la confirmación de sus sospechas. No hizo más que una rápida lectura y en seguida le pareció haber encontrado varias anomalías, pero no tenía tiempo de comprobarlo. Imprimió las hojas que aparecían en la pantalla y las guardó en el bolso para poder leerlas con detenimiento al llegar a casa.

Hasta que no acabó su turno, la doctora Altamira no volvió a acordarse de Camila. Mientras conducía su coche de camino a casa, iba memorizando las palabras que había leído en la historia clínica. Una idea le rondaba la cabeza, aunque no se atrevía a darle forma. Después de todo, ella no era psiquiatra ni psicóloga. Decidió seguir su instinto. Al llegar a la rotonda, dio media vuelta y tomó la carretera que llevaba a la casa de su ex marido: seguro que él la ayudaba a resolver el enigma. 



>>Mi hermano sabía cómo jugar con mis sentimientos y sacar partido de ello. En cuanto descubrió mi fascinación por la pistola de chispa italiana, tuvo en su mano la clave para conseguir de mí todo lo que se le antojaba. Mucho más alto que yo, pues era tres años mayor, le bastaba extender el brazo para alcanzar la portezuela del armarito donde mi padre guardaba la llave de la vitrina de las pistolas. Así que me sobornaba: me decía que me abriría el pequeño mueble siempre que hiciera por él cualquier ocurrencia que se le pasara por la cabeza. Ahora que han transcurrido tantos años me pregunto qué tenía aquella dichosa pistola para que una niña de ocho años se sintiera tan fascinada. No me importaba someterme a las mayores humillaciones con tal de que mi hermano pusiera en mis manos aquella pistola de empuñadura de marfil con incrustaciones de plata ni me importaba cargar con la culpa de las cientos de travesuras con las que el muy pillo atormentaba a mis padres. 

>>Un día me encerró en el cuarto de baño con la luz apagada ordenándome que permaneciera en silencio, a sabiendas del miedo que me producía la oscuridad, y no me abrió la puerta hasta horas después, cuando, aterrorizada, empecé a llamar a gritos a mi madre. Sergio no la temía más que a ella. Mi padre la había conocido al poco tiempo de enviudar y al casarse con ella había llevado al matrimonio a su hijo de dos años, mi hermano. Nunca habían logrado ni Sergio ni mi madre superar la antipatía que se tenían. El día que se conocieron surgió entre ellos una desconfianza que los años no lograban sino aumentar. La pobre mujer andaba siempre al acecho para evitar que el hijo de su marido se aprovechara de mis pocos años y me envolviera en sus travesuras. Lo que no sabía era que yo lo aguantaba todo con tal de que me concediera unos instantes junto al objeto de mis sueños.




Sofía, la madre de Camila, cogió el primer tren de la mañana. Susana la había llamado desde el hospital para contarle lo ocurrido. A pesar de decirle que estaba fuera de peligro, la ansiedad que se colaba entre las palabras de la joven delataba la gravedad del estado de Camila. Durante el viaje, sus pensamientos corrían tan deprisa como el paisaje que no veía por la ventanilla del tren. La inquietud por lo que pudiese suceder en las horas siguientes se ahogaba en la culpa por no haber estado cerca de su hija para evitar la desgracia. Siempre le parecía que llegaba tarde. Siempre andaba con miedo a no poder de protegerla. De nada la consolaba decirse a sí misma que sólo ella sabía borrar las heridas que habían magullado el corazón de Camila. Siempre le parecía que llegaba tarde. Siempre.

Susana la estaba esperando en la estación y la llevó en su coche al hospital. Por el camino, le contó de nuevo cómo había encontrado a Camila en el suelo de la cocina, las horas de espera en urgencias, las miles de preguntas que tuvo que responder... Pero ella apenas atendía a las palabras de la joven mientras la devoraba la angustia. Fuera del coche le parecía que la vida de la ciudad discurría a cámara lenta y nunca llegaban a su destino. Cuando al fin Susana aparcó el coche, su alma parecía haberse aletargado.

En la habitación, Camila estaba incorporada en la cama con la espalda apoyada en varias almohadas, mientras una enfermera le tomaba la tensión arterial. Sofía la miró con aprensión: no la había visto antes tan delgada. Con el pelo castaño recogido en una trenza, parecía haber vuelto a la niñez. Cuando la joven vio a su madre, asomó a sus labios una sonrisa que apenas brilló un segundo en sus ojos. Sofía, con el llanto atenazándole la garganta, la abrazó y depositó en su cabello un levísimo beso. 

La médico que estaba tratando a Camila entró en la habitación poco después de que saliera la enfermera. Era la misma que aquella mañana había estado hablando con Susana, según le dijo ésta más tarde. Sus primeras palabras consiguieron tranquilizar a Sofía. En un día o dos, Camila podría volver a casa. No había más daño físico que unas magulladuras, le recalcó varias veces. Pero lo que le preocupaba a la doctora era su estado psicológico. Sospechaba que venía arrastrando desde hacía años una depresión soterrada y que este “accidente” era sólo un grito de petición de socorro. Mas todavía era pronto para hablar con Camila de ello: había que esperar a que estuviera físicamente más fuerte.

Sofía había tenido que hacer un gran esfuerzo para no dejar traslucir su enfado. ¿Qué estaba diciendo aquella mujer?, ¿cómo se atrevía a insinuar que su hija había querido hacerse daño a propósito?, ¿que Camila llevaba años deprimida?, ¿acaso no era una chica alegre que disfrutaba de la vida?, ¿de qué la conocía aquella médico?

La doctora Altamira le habló de otros ingresos en urgencias en el último año. Como si no supiera ella que todos ellos habían sido accidentes. A Camila le encantaba hacer deporte por lo que no era de extrañar que sufriera algún percance. ¿Acaso era la primera muchacha que se lesionaba esquiando?, ¿la primera que subía de dos en dos los peldaños de una escalera y tropezaba con su propia alegría de vivir?, ¿no era joven e impetuosa?

Pero, cuando al fin se quedó a solas con su hija, Sofía se dio cuenta del esfuerzo que hacía por mostrarse alegre. Hablaron de cosas sin importancia. O, más bien, habló ella porque tenía miedo de que Camila se cansara y no la dejaba decir nada. Por el rabillo del ojo la veía distraerse de su charla insustancial y, agobiada por el miedo, acallaba la sospecha que se insinuaba en su mente: ¿Y si la doctora estaba en lo cierto?

Cuando le dieron el alta hospitalaria, Sofía se llevó a su hija a la pequeña ciudad en la que vivía. Estaba convencida de que si la alejaba del ajetreo de la capital, recuperaría el color de sus mejillas y sus ojos brillarían como antes. ¿Qué no lograría un buen guiso cocinado por ella o una larga conversación en la terraza sin preocuparse del correr de las horas? El único inconveniente era la presencia de su marido, que no se llevaba bien con Camila, pero ya se las ingeniaría ella para mantenerlo apartado.

Hasta que no llegaron a casa, Sofía no se dio cuenta de que no le había dicho nada a su primer marido y padre de Camila. Tuvo que aguantar por teléfono sus reproches, los mismos que había aguantado durante su matrimonio, y tragarse su contrariedad cuando le dijo que quería ver a su hija. Camila no quiso decirle de qué había estado hablando con su padre. Las tardes siguientes salió con él a pasear por la Alameda. Tenía que reconocer, aunque ello le doliera, que llegaba a casa más animada. 

Su ex marido apenas intercambiaba con Sofía un saludo negándose a comentar nada de su hija. Aquella situación la inquietaba más y más. ¿Y si la indisponía contra ella? Pero Camila dejaba correr el tiempo sin contarle nada ni de ella ni de su padre.

Cuando llevaba dos semanas con ella, Camila le dijo que quería volver a la capital. Su padre le había sugerido que visitara a un psicólogo, como le había dicho la médico del hospital. Ella no creía que fuera una buena idea. ¿Qué podía hacer un psicólogo que no hubiese hecho ella? Pero de nada le valieron las protestas: la decisión estaba tomada. 



>>Una noche, Sergio entró en mi habitación y me despertó tapándome la boca con la mano. En voz baja, me pidió que guardase silencio para no despertar a nuestros padres. Después me susurró al oído que lo siguiese. No quiso decirme adónde íbamos, pero no hizo falta: yo lo sabía. Fui detrás de él por el corredor: de puntillas para evitar que el ruido de mis pasos nos delatase. La penumbra de la noche llenaba la casa de fantasmas y mi corazón de aprensiones. Apenas pude ahogar un grito de terror cuando Griselda, la gata, pasó insinuadora entre mis piernas acariciándome con su largo pelaje los tobillos. Seguro que nos había oído y quería unirse a nuestra aventura. En el despacho de mi padre, Sergio había encendido una lamparilla que apenas iluminaba. Apuntó con un dedo un rincón del despacho y me hizo sentar en un escabel que había junto a la librería. 

>>Todavía no me había dicho qué hacíamos allí a tan altas horas de la noche. Quise preguntárselo pero me mandó callar llevándose el dedo índice a los labios. Vi como abría el cajón superior del escritorio y sacaba de él una caja taraceada con trocitos de madera de colores. Nunca hasta entonces había visto nada tan bello. La puso con cuidado sobre mi regazo y la abrió despacio, como si quisiera mantener el misterio. Dentro, ordenados con el esmero que siempre ponía mi padre, había un montón de pequeños paquetes envueltos en papel de estraza. Cada uno llevaba escrito con su pulcra caligrafía el nombre de una de las pistolas de la colección. No me pude resistir a abrir uno de los paquetes. Con un ruido que me pareció que retumbaba por toda la casa, se cayeron al suelo cuatro balas de plata de una pistola de los años treinta. Busqué en la caja el paquete correspondiente a mi pistola pero no lo encontré. Al ver mi decepción, Sergio soltó una estruendosa carcajada y me enseñó un paquete de mayor tamaño en el que se podía leer la palabra “pólvora”, la munición de la pistola de chispa italiana, me dijo mi hermano. 

>>Le pedí que me la enseñase pero no quiso y me mandó de vuelta a la cama. Sólo después de que le suplicase que me dejara quedarme un rato más se acercó a la vitrina y sacó de ella, no la mía, sino la pistola de los años treinta. Puso una bala en el cañón y me la dio. Me invadió una fuerte emoción: en mi interior luchaban por imponerse la fascinación por el peligro y el miedo a que se disparara el arma. Nos sobresaltó un extraño ruido. Tal vez sólo se tratara de la gata. No lo supe entonces no puedo saberlo ahora. Dejé la pistola en el suelo y salí del despacho corriendo hacia mi habitación.




Roberto Bienvenida descruzó las piernas para aliviar el hormigueo que le subía por los tobillos hasta las rodillas. Miró el cuco de la pared y comprobó que marcaba la misma hora que su reloj de pulsera: las cinco y veinte. Aún quedaban veinticinco minutos para finalizar la consulta. La paciente estaba desgranando su historia. Hacía dos meses que la veía y no apreciaba en ella progreso alguno. Había llegado a su gabinete recomendada por la doctora Altamira, la ex mujer de un colega, que sospechaba que, detrás de una serie de accidentes, se escondía algún trauma de la infancia que permanecía inconsciente y se manifestaba en una fuerte depresión. Pero, hasta aquel día, lo único que había logrado de la joven es que le expusiera su preocupación por sus problemas para conciliar el sueño.

Una vez más, intentó que hablara de su infancia, pero la joven no pareció hacer caso de sus palabras y continuó con su retahíla de quejas por el malestar que le producía la falta de descanso. El doctor Bienvenida empezaba a dudar de su capacidad para ayudar a la joven. Las ganas de encender un cigarrillo distraían su atención. Sin apenas disimularlo, desvió la mirada hacia una revista que debía de haberse olvidado algún paciente. En la portada una mujer en traje de cazador se llevaba una escopeta al hombro y se disponía a disparar a un jabalí. La joven debió de darse cuenta de la distracción del viejo psicólogo porque hizo una pausa en su discurso y dirigió sus ojos hacia la publicación. Algo de la fotografía tuvo que tocarle algún resorte interior porque, se puso pálida y dejó escapar un gemido. Él la animó a continuar hablando pero la joven pareció titubear. Se frotaba las manos delatando la emoción que la embargaba. Después, en una voz casi inaudible, empezó a contar una historia muy diferente a las que acostumbraba oír el psicólogo.

—En el despacho de mi padre había una vitrina de cristal con una colección de pistolas antiguas...

El doctor Bienvenida escuchaba como si estuviera hechizado la historia de una niña fascinada por una pistola antigua que se dejaba esclavizar por su hermano. La joven se adentraba en su infancia como si le costase levantar el velo que ocultaba el pasado. Su respiración se aceleraba en unos tramos del camino y se hacía entrecortada en otros. Unas gotas de sudor apenas perceptibles coronaban su frente mientras se pasaba la lengua por el labio superior. El doctor Bienvenida acercó su silla a la de la joven y tomó una mano entre las suyas para ayudarla en la dura travesía.

Mientras la joven caminaba por un espinoso camino de tristeza, las agujas del reloj de cuco parecían haber recobrado la alegría y aceleraban el paso hasta la hora de finalización de la consulta. Pasaban diez minutos del tiempo estipulado cuando se asomó discretamente a la puerta la recepcionista del doctor Bienvenida para avisarlo de que el siguiente paciente estaba esperando, pero el psicólogo le hizo una seña para que saliera. Temía que, si interrumpía a la joven, en la sesión siguiente no encontrara el hilo del relato.

Aquella tarde la sesión se prolongó durante más de dos horas y media. La emoción de la joven había ido en aumento y en algunos momentos se había derramado en llanto. El reloj de cuco se acercaba a las siete y media cuando la joven terminó de hablar. El doctor Bienvenida estaba tan conmovido como su paciente. Ambos lloraron por el dolor de una niña de ocho años a la que le faltaban las fuerzas para sostener el peso de la culpa. Cuando recuperaron la serenidad, la acompañó hasta el vestíbulo. En la sala de espera ya se habían marchado los pacientes y la noche se colaba por la ventana. El doctor Bienvenida la vio subir a un coche y perderse entre las luces de la ciudad.   




>>Mis padres no solían dejarnos solos en casa, pero aquel día les debió de surgir alguna emergencia y no tuvieron más remedio que confiar en nosotros. Yo estaba en el cuarto de jugar intentando montar un puzzle. No oí a Sergio cuando entró en la habitación y se acercó por detrás para darme un susto. No pude evitar romper a llorar. Mi hermano me tenía a su merced. Pareció compadecerse de mí pues me acarició la mejilla. Me guiñó el ojo y me pidió que lo siguiera al despacho de mi padre. De camino, me iba diciendo que iba a probar la pistola. Llevaba dos almohadas viejas que había encontrado en el desván para practicar el tiro. Yo me asusté mucho e intenté persuadirlo para que cambiara de idea. Lloré, grité, pero no tenía ningún poder de persuasión sobre él. Quise volverme al cuarto de jugar, mas él no me lo permitió. Me agarró por el ruedo del vestido y me empujó por el pasillo. 

>>En el despacho, las persianas estaban bajadas a la mitad y apenas se distinguían los objetos. Sergio las cerró del todo para que nadie nos pudiera ver desde fuera y encendió la luz de la lámpara que había sobre el escritorio. Dejó una de las almohadas en el suelo y sacó la pistola de los años treinta de la vitrina. Yo lo veía fascinada por la serenidad con la que llevaba a cabo cada movimiento, como si fuese una tarea emprendida cada día. Cargó el cañón de la pistola y apuntó al blanco. Un estruendo. Plumas lloviendo por la habitación. Griselda escondiéndose bajo el mueble-bar. Las carcajadas de Sergio. Mi corazón latiendo desbocado como si, con sus golpes, quisiera romperme el pecho. Y una sensación de euforia que fue apoderándose más y más de mí.

>>Le supliqué que me dejara probar a mí también. Pero el muy egoísta quería para él solo la pistola. El siguiente disparo fue aún más atronador. Estalló en mi cabeza provocándome unas locas ganas de gritar. Sergio me mandó callar y volvió a disparar. El despacho se había llenado de un fuerte olor a pólvora. Corrí alrededor de la mesa para sacudirme de la excitación que, a cada detonación, aumentaba más y más. Era el miedo y el deseo de intentarlo yo también lo que me impedía mantenerme quieta.  

>>Sólo después de un cuarto disparo, Sergio me tendió la pistola. Pesaba mucho, pero menos que mi pistola de chispa italiana. La sujeté con las dos manos, cerré los ojos y apunté al revoltijo de plumas en que se habían convertido las almohadas que mi hermano había utilizado. Un instante antes de apretar el gatillo, oí un grito: ¡Camila! Lo siguiente fue un fuerte estallido. Y sangre. Sangre. Mucha sangre. Oscuridad. Oscuridad. Oscuridad. Mi madre gritando. Mi padre cogiendo en brazos el cuerpo ensangrentado de Sergio. Y oscuridad, oscuridad, oscuridad... 




Camila condujo toda la noche hasta que, al despuntar el alba, divisó las primeras casas de la pequeña ciudad donde había vivido con sus padres de niña. No recordaba cómo había transcurrido el viaje, los pueblos por los que había pasado, si había hecho o no un alto en el camino para repostar gasolina. Sus pensamientos se habían quedado suspendidos, dando vueltas una y otra vez al momento en el que se le había revelado todo. Durante años, su madre y ella habían hablado de aquel día en el que Sergio, su hermano, había perdido la vida después de recibir un disparo en el pecho. Camila y Sofía habían sido las únicas personas presentes en el despacho de la casa grande cuando sucedió; su padre entró unos minutos después de la detonación. Entonces el niño ya había muerto. De aquella tarde, le quedó a Camila una sucesión de imágenes que, con los años, se había ido enriqueciendo durante las prolongadas conversaciones que mantenía con su madre hasta el punto de no saber muy bien cuáles procedían de su memoria, cuáles de aquellas charlas. Sofía, le decía, no pretendía con aquellas conversaciones sino aliviar su corazón para evitar que la ahogara la pena. 

Sin embargo, Camila no siempre encontraba consuelo en los brazos de su madre. Por las noches venía Sergio a los pies de su cama para atormentarla con sus acusaciones. Le recordaba el primer beso que no había disfrutado, la carrera que no había estudiado, el coche que no había conducido, los lugares del mundo que no había conocido… La vida truncada antes de florecer por culpa de la fascinación de su hermana por una pistola de chispa italiana. 

De niña, Camila acudía a su madre cada vez que la ahogaban los remordimientos. Pero pronto aprendió a guardarse para sí su desazón. Sofía sufría tanto cuando no podía protegerla del dolor, que ella buscó consuelo en otros lugares. Empezó a practicar deportes de riesgo: esquí, escalada, paracaidismo… Durante años, acalló su conciencia con la sensación de estar bordeando las orillas de la muerte. 

Hasta aquella tarde, en la que se le había revelado un pasado distinto al ver la portada de una revista a una mujer vestida con un traje de cazador con una escopeta al hombro en el momento de disparar a un jabalí.

Cuando Camila llegó a su casa, Sofía acababa de levantarse y estaba preparando el desayuno a su marido. No mostró sorpresa alguna cuando la vio entrar por la puerta trasera de la cocina, como si la estuviera esperando. Pero a Camila no le extrañó: su madre siempre aguardaba su llegada. Vio como le abría los brazos para acogerla en una cálida bienvenida, pero ella no pudo reprimir un gesto de rechazo retrocediendo hacia atrás y protegiéndose con las manos. Sofía se sentó en un taburete. Su rostro mostraba el desconcierto, el dolor, que le había causado el gesto de su hija.

—¿Qué te pasa, hija mía? —le preguntó asustada.

Camila no tuvo compasión de su madre cuando le contó cómo se le había iluminado la memoria al ver la fotografía en aquella revista. Durante años, la había consumido la culpa al creer que su hermano había muerto por haber disparado. Así creía ella recordarlo, así se lo había contado su madre una y otra vez. Mas, así no había sucedido. Camila no pudo disparar la pistola porque, cuando se la tendió Sergio, ya no quedaba ninguna bala en la recámara. Había realizado cuatro disparos con las únicas cuatro balas que su padre guardaba en un pequeño paquete de papel de estraza. Sólo cuando se había asegurado que no quedaba ninguna le había entregado el arma. Pero aquel detalle quedó oculto en alguna esquina de la memoria. Como también quedó escondido en el olvido otro detalle de aquella tarde: unos instantes antes de cerrar los ojos para disparar, había visto reflejada en el cristal de la vitrina la imagen de su madre con una pistola apuntando a su hermano. 

Sofía se levantó y se sentó de nuevo en el taburete con la mirada espantada, como si no pudiera creer lo que estaba oyendo. Una ristra de sollozos sacudieron su cuerpo mientras negaba las acusaciones de su hija querida. Ya sabía ella, le dijo, que el dichoso psicólogo iba a meterle en la cabeza ideas extrañas, que la iba a indisponer contra ella. Pero la joven no la escuchaba. Con una serenidad que a ella misma le sorprendía, fue desgranando sus recuerdos que, en aquel momento, se le presentaban tan nítidos. Fue entonces cuando Sofía se desmoronó y lo confesó todo. Sus ojos se secaron de lágrimas cuando le habló de la maldad que albergaba Sergio en su corazón.

—¿Te crees que no lo veía, hija mía?—le dijo sin apenas elevar la voz—. ¡Cuántas veces me habré escondido de vosotros mientras veía cómo te manipulaba para que hicieras su santa voluntad! ¿Te crees que no me daba cuenta? ¿No te acuerdas cómo te advertía de sus malas intenciones?, ¿cómo intentaba apartarte de él? Pero tú eras testaruda y te escapabas de entre mis manos para correr tras él. Preferías su compañía a la mía sin darte cuenta de que te estaba haciendo daño. Y yo no sabía cómo alejarte de él.

Camila intentó replicar, pero ella seguía con el hilo de sus palabras sin atender más que a la llamada del pasado.

—No puedo olvidar cómo te llevaba al borde de las lágrimas para doblegarte y conseguir de ti cualquier bobada que se le antojase. ¡Se aprovechaba de que eras mucho más pequeña que él! De nada servía que yo lo reprendiera, que le impusiera un castigo. Él acudía a su padre y, con halagos melosos, se salía con la suya. Era malo. Malo, de verdad.

—¿Pero matarlo, mamá?, ¿matarlo? Todavía no me lo puedo creer.

—Sabe Dios que nunca quise matarlo. ¿Cómo puedes pensar una cosa así? Pero cuando te vi con aquella pistola en la mano sólo pensé en protegerte y no tuve otra alternativa. ¡Ojalá hubiese podido hacer otra cosa! Pero no pude. No tuve tiempo de pensar. Fue mi instinto de protección el que actuó. Yo sólo sentí que tenía que apartarte del peligro. Y, aunque me arrepienta cada día de ello, no te puedo asegurar que, si me volviera a ver en esa situación, no haría lo mismo, pues fue mi afán por protegerte el que puso aquella pistola en mi mano.

Camila lloraba sin consuelo mientras escuchaba las palabras de su madre. Intentó hablar. Reprocharle todo el sufrimiento que había causado. A ella. A su padre. Pero sus labios habían enmudecido.

—Y no fue sólo aquel día —siguió diciendo Sofia—. Llevaba tiempo viendo cómo te llevaba al borde del precipicio; y yo no me fiaba de lo que te pudiera hacer por eso os vigilaba sin que os dieseis cuenta de ello. Se me ponen los pelos de punta cuando me acuerdo de la noche en la que os vi por primera vez jugando con las pistolas, jugando con la muerte. Como si lo presintiera, estaba despierta cuando me pareció oíros correr por el pasillo. Me levanté procurando no hacer ruido para no despertar a vuestro padre y para que no me descubrierais. Al salir al pasillo, vi la luz que salía del despacho. La puerta estaba entreabierta. Me asomé sigilosa, resguardada entre las sombras y quedé horrorizada con lo que vi. Tu hermano te estaba dando unas pistolas. Me quedé paralizada sin saber qué hacer. Cuando volví en mí, fui a buscar a tu padre, pero al volver, ya no estabais. Tu padre fue al dormitorio. No sé qué le dijo a Sergio, si lo castigó o no. Lo cierto es que a partir de ese momento perdí el sosiego. A partir de aquel día, no dormí hasta que no le aparté de ti.

—¿Apartarlo? No, mamá. ¡Lo mataste y me cargaste a mí con la culpa!—exclamó Camila una y otra vez ahogada en llanto.

—Nunca quise matarlo ni mucho menos cargarte a ti con ello. Tienes que creerme. ¿Te crees que lo busqué? No, mi niña. No sabes cómo he vivido estos años torturada por los remordimientos. Yo no soy una asesina, debes creerme, te digo. Pero aquel día, cuando llegué a casa con tu padre y vi la luz del despacho encendida, creí enloquecer. Entré corriendo y os vi jugueteando con el peligro y no lo dudé. Tenía que salvarte, hija mía. No tuve alternativa. Ni siquiera lo pensé. Sin que os dierais cuenta, cogí una pistola de la vitrina, te grité para que te fueras y disparé. No, Camila, no lo pensé. Si lo hubiese pensado, probablemente no lo hubiera hecho. Pero no lo pensé. Sólo te vi a ti y el peligro que te rondaba.

Sofía se se levantó y fue hacia la nevera para seguir con la tarea que había interrumpido media hora antes, como si quisiera recobrar el aliento antes de seguir hablando.  

—Cuando llegó tu padre, me asusté. ¿Cómo podía contarle la verdad? Si se hubiese enterado de lo ocurrido, se habría destrozado nuestra familia. Él no me hubiera perdonado nunca.

—¿Cómo iba a hacerlo? ¿Tú eres consciente de lo que hiciste?

Camila estaba más y más horrorizada. Sofía no pareció oírla.

—Le dije lo que creí que haría menos daño, que se te había disparado la pistola sin tú quererlo, que fue un accidente, que no fue culpa de nadie. Luego, cuando vino la policía, mantuve mi versión. ¿Cómo podía dar ya marcha atrás? Y bien sabe Dios que no fue mi intención hacerte daño. Sólo que ya no podía dar marcha atrás. Y me creyeron. Nadie puso en duda mi versión. Nadie se fijó tampoco que, con el jaleo, había cambiado las pistolas. Tú estabas tan conmocionada que cogiste la mía, por eso estaban tus huellas en ellas. Nadie, ni siquiera tu padre, dudó de mi versión. Ni siquiera tú, mi niña.

—Hiciste que viviera atormentada por la culpa.

—¿Te crees que no lo sé?, ¿te crees que no te he visto sufrir en estos años?, ¿que no me he torturado buscando la manera de aliviarte de tanto dolor? Hubiera dado mi vida entera porque recobrases la paz en tu corazón. Mi mayor dolor era no saber cómo borrar el sentimiento de culpa que te embargaba, hacerte ver que, en un accidente, nadie es responsable. ¿No te acuerdas de cómo me sentaba a los pies de tu cama y te llenaba de historias llenas de esperanza para que supieras que la belleza de la vida estaba a tu alcance?, ¿no te acuerdas de las veces que lloré contigo?, ¿no te acuerdas...? ¡Oh, hija mía! Perdóname todo el daño que te he hecho.

Sofía no pudo seguir hablando. Rompió en un llanto sin esperanza, como si de repente hubiese entendido que de nada le servía todo el amor que tenía a su hija: la había perdido para siempre. Camila, por primera vez desde que había llegado, sintió pena por su madre. En su corazón luchaba por imponerse el sentimiento de compasión y el horror por lo que le había hecho a ella y a su hermano. El rostro de su madre reflejaba todo el sufrimiento que ella había sentido desde niña. Entonces se dio cuenta de que, si no la perdonaba en aquel momento, no encontraría la paz. Sabía que nunca podría olvidar lo sucedido, pero tenía que perdonar. Cerró los ojos y elevó una oración a su hermano para pedirle perdón a él también: por ella, por su madre. Cuando abrió los ojos, vio el rostro doliente de Sofía. Lo tomó entre sus manos y dejó un tenue beso en su frente.




>>Debía de tener diez años cuando me eligieron entre las niñas de mi clase para leer una poesía de José Martí con motivo del bicentenario del colegio. Todavía recuerdo lo orgullosa que me sentí. Aunque siempre fui una niña aplicada, no era ni mucho menos ni de las más listas ni ocupaba los primeros primeros puestos: no era más que una niña del montón. Por eso, me sorprendió ser elegida entre las treinta que éramos. Era tal mi emoción que se me hizo eterno el camino a casa, deseosa como estaba de contárselo a mi madre. Mi alegría apenas tenía ese nombre si no la compartía con ella.    

>>Hasta que llegó el día del recital, pasé las tardes en la salita ensayando mi actuación mientras mi madre me hacía con sus manos prodigiosas el vestido más bonito que he tenido nunca. Uno de piqué, color vainilla, como mi helado favorito, con florecillas burdeos a juego con los zapatos y el lazo del pelo. Me parece que la estoy viendo, atenta a mis palabras para alentarme en mis aciertos y corregirme en mis errores. No me equivocaré si digo que se sabía el poema mejor que yo.

>>El día del recital, me hizo levantar media hora antes de lo que acostumbraba. Me lavó el pelo con champú de frambuesa y me lo peinó dejándolo caer sobre los hombros; me ayudó a ponerme el vestido con cuidado de que no se arrugase la tela recién planchada; y, cuando estuve lista, me condujo ante el espejo de cuerpo entero de su dormitorio para que me admirase del resultado.

>>En el momento en que subí al escenario, fue a la única persona que vi. Sentada en una de las primeras filas del patio de butacas, su belleza eclipsaba a las demás. Me mandó un beso en el aire, como si supiera que me estaba muriendo de inquietud. Y fue su dulce sonrisa la que logró disipar mi ansiedad cuando empecé a recitar el poema del poeta cubano.


“Cultivo una rosa blanca
en junio como en enero
para el amigo sincero 
que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo;
cultivo la rosa blanca”.














lunes, 4 de abril de 2016

Nuestro silencio








Ayer te vi, Clelia. Estaba comprando unas revistas en el quiosco cuando pasaste a mi lado. Ibas alegrando la acera de la calle del Pensamiento con el taconeo de tus esbeltos stilettos. Llevabas un abrigo del color de la arena del desierto que apenas dejaba ver un trozo de tu pierna y del encaje del vestido que llevabas debajo. Supuse que tendrías una cita con alguien a quien querías impresionar: a menos que hayas cambiado desde que estábamos juntos, no te hubieses arreglado tanto para una simple tarde de merienda con tu amiga Isabel.



Al verte, se removió todo mi interior. Pagué mis revistas sin siquiera fijarme en las monedas que entregaba al quiosquero y fui tras de ti ignorando cuál era mi intención al hacerlo. Enseguida mis pies recobraron la memoria y te siguieron al ritmo rápido de tus pasos. Iba unos cuantos metros detrás como hipnotizado por el juego de tus cabellos cobrizos con el viento. Quería llamarte pero el miedo atenazaba mi garganta. Al pasar por el portón del cementerio, volviste la cabeza y todo tu cuerpo se estremeció como las cuerdas de un arpa acariciadas por tus manos. Entonces recordé la última vez que visitamos un cementerio muy parecido a aquél y tuve miedo de que me descubrieras. Tragué la bola de amargura que se había aposentado en mi garganta y me di la vuelta camino de la soledad de mi casa.



Pasé la noche envuelto en tu recuerdo acompañado de una botella de whisky y las fotografías que no quisiste llevarte. Ya ves, amada Clelia: tú te empeñaste en romper con todo mientras yo no conseguí nunca desprenderme del aroma a violetas que me anunciaba tu presencia. Ahora me recreo en tu imagen como buscando resucitar mi alma muerta en tu sonrisa de papel. Contemplo la fotografía que me diste cuando empezamos a salir juntos, en esa que estás con Pizca, tu gato, y me parece verte la primera vez que te llevó Elena a casa de mis padres, con tu cola de caballo y tu minifalda negra con potos de colores. Veníais del Conservatorio, donde mi hermana estudiaba canto y tú, arpa. No te hubiera hecho caso de no ser porque Milord, nuestro dogo, quién sabe si impulsado por el rastro de olor a Pizca que traías contigo, se abalanzó sobre ti. Tú, que no esperabas tal recibimiento, perdiste el equilibrio y acabaste tendida en la alfombra del vestíbulo con todos tus libros, partituras y cuadernos desperdigados por el suelo. Elena y yo nos precipitamos a ayudarte a levantarte del suelo temiendo que te hubieras lastimado, pero te pusiste de pie tan rápido que apenas tuve tiempo de tenderte la mano. Después te perdiste en la habitación de Elena y no volví a verte hasta semanas después.



Estabas sentada en la terraza de una heladería leyendo un libro mientras saboreabas un granizado de limón. Los rayos del sol besaban tus hombros desnudos. Así, tan concentrada en la lectura, nadie diría que ya tenías veinte años. Te silbé pues no recordaba tu nombre y me miraste como si no me reconocieses. No esperé a que me dieras permiso para sentarme frente a ti. Durante unos instantes, permanecimos en silencio. No nos conocíamos y no teníamos de qué hablar. Sin saber cómo comportarme, cogí el libro que estabas leyendo: “La Cartuja de Parma”. Entonces, como inspirado, te empecé a llamar Clelia. Tuve suerte. En aquella época no era yo un gran aficionado a la lectura pero sí que había leído la novela de Stendhal y te impresioné hablándote de las desventuras de Fabrizio del Dongo. Después fuiste tú la que me embelesaste con tu charla. No puedo recordar lo que me estabas contando. Confieso que estaba más atento al sonido de tu voz, al aleteo de tus manos blancas y al baile de tu sonrisa sobre tus labios de mandarina que a tus palabras. Mientras el mundo seguía girando, el tiempo se detuvo para nosotros. Cuando la noche cayó, te tomé de la mano para llevarte a la casa donde vivió mi abuelo hasta que le llevamos a la residencia y, como si tuviéramos un acuerdo tácito, olvidamos el pudor y nos amamos hasta que el nuevo amanecer dio paso al mediodía.



No le dijimos a nadie que nos amábamos, ni siquiera a Elena. Temíamos que, si lo sabían los demás, se rompería la burbuja de dicha que nos aislaba del mundo. Te esperaba a la salida del Conservatorio, al otro lado de la calle, oculto tras un quiosco muy parecido al que ayer me descubrió tu presencia. Llegabas a paso lento, como si quisieras hacerme rabiar con tu demora. Luego, de pronto, echabas a correr y me rodeabas el cuello con tus brazos. De camino a la casa del abuelo, cogidos de la mano, nos quitábamos la palabra mientras relatábamos los pequeños acontecimientos del día: tus clases, las mías, las discusiones que tenías con tu madre por pequeñas cosas que a ti te parecían una enormidad...



Llevábamos seis meses robándole tiempo al día para encontrar un momento para nosotros cuando te propuse que nos fuéramos a vivir juntos. Había encontrado un trabajo de administrativo en una empresa de exportación de corbatas de fantasía y con mi sueldo, aunque precario, podíamos alquilar un apartamento pequeño. Fue una sorpresa para nuestras familias, sobre todo para Elena, que nos reprochó que no le hubiésemos contado lo nuestro. Tus padres y los míos intentaron disuadirnos del plan temiendo que, si vivíamos juntos, abandonásemos los estudios. Pero no hicimos caso de nadie y una semana después de proponértelo, dormimos en nuestra cama.



Nuestro hogar tenía dos habitaciones: una para nosotros y otra para el arpa. Me parece que estoy oyéndote ensayar tu parte del Concierto de Häendel al llegar a casa de mi trabajo. Permanecía en la puerta de la habitación sin moverme para no molestarte hasta que me descubrías. Entonces lo dejabas todo para venir a mis brazos y abandonarte a la pasión tantas horas contenida.



Para ayudarme con los gastos de la casa, te buscaste un empleo de camarera en un bar de copas. El día se encogió tanto que, entre los estudios y el trabajo, apenas teníamos tiempo para nosotros. Vivíamos arañando minutos a las horas hasta encontrar un momento en que disfrutar el uno del otro. Cuando terminaba mi jornada laboral, iba al bar y me tomaba un vaso de whisky mientras esperaba que terminases tu turno. Después, recorríamos los locales de moda en la noche madrileña en busca de una gota de alcohol que nos limpiase de la fatiga del día y acabábamos rendidos de pasión en nuestra cama cuando el alba despuntaba.



No fue sino este frenesí el culpable de nuestra desgracia. Un sábado, ya de mañana, de regreso de una de nuestras noches locas. Conducía el Renault Megane mientras tú, adormilada, descansabas la cabeza en mi hombro. El cansancio de tantas horas en vela volvió torpes mis reflejos. Los ojos se me cerraban llamando al sueño mientras un CD dejaba escapar los acordes del Concierto para flauta y arpa de Mozart interpretado por ti. Debí de quedarme dormido. No sé. No recuerdo más que el grito de un animal herido, que luego resultó haber salido de tu garganta, y un golpe en los bajos del coche. Detuve el Megane en seco y bajé aprisa. La confusión de mi mente no me dejaba entender lo que veían mis ojos: un amasijo de hierro, carne y sangre. Detrás de mí, te agarrabas a mi jersey. No te permití mirar, querida Clelia. Te tomé las manos y te forcé a regresar al coche. Pero antes de que pudiera dar la vuelta a la llave de arranque, abriste la portezuela y corriste hacia el lugar del accidente.



Cuando regresaste, traías el rostro demudado, la misma máscara de dolor que ya no te abandonaría hasta el día en que te fuiste, Clelia. Querías que llamásemos a la policía, no hacías más que gritarme y golpearme el pecho con los puños, pero yo sólo oía una voz dentro de mí que me decía que huyéramos. Te zarandeé y te obligué a meterte en el coche. Luego, guardamos silencio hasta llegar a casa: un silencio preludio del que acabaría destruyéndonos.



Al mediodía, los informativos de todos los canales de televisión abrieron con la noticia del atropello de una madre con su cochecito de bebé. Se desconocía quién era el conductor responsable, que se había dado a la fuga sin prestarles auxilio. La palidez de tu rostro delataba la impresión que te causaba la noticia. Entonces fui yo el que quiso llamar a la policía. Pero no me dejaste. ¿De qué servía ya si no les podíamos devolver la vida a la joven madre y a su bebé? Tenías miedo de lo que me pudiese ocurrir. Y, ahogada por el pánico, me hiciste prometer que no se lo contaría nunca a nadie.



Como si de un acuerdo tácito se tratase, no volvimos a hablar de ello, pero el recuerdo de la madre con el niño nos perseguía día y noche. Seguíamos saliendo en busca de diversión pero nuestras risas sonaban forzadas; seguíamos hablando de las mismas cosas pero nunca de lo que nos angustiaba; seguíamos amándonos pero en nuestras caricias no había ternura sino rabia y miedo. La culpa roía mis entrañas y me obligaba a rehuir tu mirada. Nuestra vida se tiñó de rojo y negro: el rojo de la sangre en la que se ahogaron nuestras víctimas, el negro de nuestro silencio. Sí, amor mío, porque, callándonos, ocultamos el dolor y la culpa que albergábamos en el corazón: preferimos hundirnos en la farsa de felicidad que nos iba matando poco a poco.



A veces, en mitad de la noche, me despertabas con un grito de angustia muy parecido al que precedió a la tragedia. Tu dolor, querida Clelia, me angustiaba, pero no podía hacer nada por aliviarlo. Cuando intentaba estrecharte en mis brazos, corrías hacia el baño y cerrabas la puerta por dentro. Me quedaba escuchando junto a la puerta cerrada sin atreverme a pronunciar tu nombre, Clelia, no fueras a rechazarme. Y me preguntaba si la llave que me impedía entrar, no me estaría cortando también el paso a tu corazón. Hoy me duele mi cobardía, nuestro silencio, que nos fue alejando más y más.



Al cumplirse el primer aniversario del accidente, te atreviste, por una vez, a hablar de ello. Me pediste que te llevara al cementerio: querías llevar unas flores, dijiste. Al principio, me negué. Te grité que se trataba de una idea morbosa que nos haría daño, que no era bueno hurgar en la herida. No podría decir ahora si temía agrandar tu sufrimiento o era el miedo a verme desbordado por la culpa lo que me impulsaba a negarme. Pero tú me suplicabas entre lágrimas y acabé accediendo para no ser testigo de tu dolor.



Compraste unos lirios blancos que depositaste a los pies de los dos sepulcros. Después permaneciste unos minutos en silencio, con la cabeza gacha, como musitando una oración a un Dios en el que no creías. Tu mano se asió a la mía y me apretaste con fuerza. No recuerdo, amada Clelia, cuánto tiempo permanecimos allí unidos en el silencio; lo que sí recuerdo es que en esos momentos creí que volvíamos a ser uno.



De regreso a casa, mi corazón se iba colmando de dicha. Estaba convencido de que, con la visita al cementerio, habíamos dejado atrás tu dolor y mi culpa. ¡Qué confundido estaba, amor mío! Al llegar del trabajo tres días después, te encontré con el abrigo puesto y rodeada de maletas. Me estabas esperando, dijiste, para despedirte. No aguantabas más; no podías vivir como si no pasase nada, como si no hubiéramos enterrado el amor en nuestro silencio. Mi corazón se detuvo al oírte y, con él, mi vida entera. No supe qué contestarte para retenerte y te dejé marchar.



En estos cinco años desde que te despediste de mí, amada Clelia, no ha pasado un instante sin que me haya prometido llamarte, enviarte un WhatsApp, un correo electrónico para rogarte que volvieras. Te he escrito miles de cartas que, luego, han terminado en la papelera y he ido a la puerta de la casa de tus padres sin atreverme a llamar no fueras a rechazar a quien destrozó tu vida.



Ayer te vi, Clelia. Estaba junto al quiosco cuando pasaste a mi lado. Lo dejé todo para seguirte pero el miedo me volvió a sumir en el silencio: nuestro maldito silencio.










viernes, 25 de marzo de 2016

Premio Liebster Awards







Mi querida amiga Manoli Vicente Fernández me ha nominado para el premio “Liebster Awards”.  Manoli es una gran escritora que llena de poesía todo lo que toca. La conocí en la Red Social Falsaria y me enamoraron sus poemas. Tiene un blog que, al que le gusta lo bueno, no debe dejar de visitar: Lascosasqueescribo


 Las normas de este premio son las siguientes:


  • Mostrar el logo del premio.
  • Agradecer a la persona que te ha nominado.
  • Responder unas preguntas.
  • Nominar a diez blog que te gusten.


Desde aquí quiero agradecerle a Manoli de corazón que de haya acordado de mí.



Las siete preguntas son:

1. ¿Cómo te definirías en tres adjetivos?

Disciplinada, alegre y precipitada.

2. ¿Cuál es tu palabra favorita?

Alegría. Me gusta su significado y cómo suena.


3. ¿Qué objetivos persigues con tu blog?

Simplemente que alguien me lea y que mis historias le lleguen al corazón de una persona.


4. ¿Hay algo que te haya influenciado o inspirado a la hora de su creación o que aún lo haga?

La idea me la dio mi amigo Carlos Caro y le estoy muy agradecida por ello. He descubierto una forma de compartir mis relatos en un espacio que forma parte de mí y me permite personalizarlo a mi gusto.


5. Cuenta algo que te identificase en tu niñez y aún lo haga.

La fantasía. Desde muy pequeña, he sido muy fantasiosa. Antes me guardaba para mí las historias que inventaba, pero desde hace tres años las recojo en el papel, bueno, en la pantalla del ordenador.

6. ¿Hay algún sueño por cumplir que determine tus pasos? ¿Cuál es?

Muchos, porque cada vez que se cumple un sueño, busco otro para tener una ilusión por la que luchar. Me gustaría ver algún día un libro mío publicado en papel, pero que anduviera solo por el mundo sin que tener que preocuparme de promociones y esas cosas.


7. Recomienda algún libro cuya lectura sea para ti imprescindible.

¡Qué difícil! Me gustan mucho los que se escribieron en el periodo de Entreguerras, como “Carta de una desconocida”, de Stefan Zweig, “Adiós a las armas” de Hemigway o “Al este del Edén”, de John Steinbeck. Pero mis favoritos son los novelistas del siglo XIX. Cualquiera son para mí un premio.

Y mis nominados:



  1. Conxita Casamitjana:Enredando con las letras
  2. Jorge Valín: Entre las brumas de Galicia
  3. Ricardo Zamorano: Palabras Narradas
  4. José R. Capel PURPLE Relatos en Re Menor
  5. Isidoro Varcálcer: Cuentos Nawed
  6. Pilar Serrano: Entre dos líneas
  7. Nieves Lacasta: Nieves Lacasta
  8. Patxi Hinojosa Luján: Mis cosas
  9. Bruno Aguilar: Mensaje de Arecibo
  10. Rafa Ricote: Mis relatos

¡Enhorabuena a todos!

lunes, 14 de marzo de 2016

El canto del cisne



En los años veinte la ciudad de Los Ángeles se pobló de jóvenes aspirantes a estrellas de cine venidos de las cuatro esquinas de los Estados Unidos. Ellas querían ser Louise Brooks, Mary Pickford, Lilian Gish; ellos, Rodolfo Valentino, John Gilbert, Douglas Fairbanks. Los estudios de la cine rechazaban cada día a chicas soñadoras convencidas de que bastaba con un aleteo de los párpados para que Griffith se inspirase y repitiera la epopeya del “Nacimiento de una Nación”. Pero solo unos pocos elegidos estaban llamados a convertirse en los privilegiados que cada día conseguían con su interpretación que la gente dejase atrás los horrores de la Gran Guerra.

Sophie formaba parte de aquel ejército de jóvenes que buscaban dar un giro a su destino en la Ciudad de los Sueños. Había llegado a Los Ángeles desde su pueblo natal en Texas pocos días después de cumplir diecinueve años alentada por su prima Beth, quien llevaba tres años alternando su trabajo de aprendiz de peluquera con apariciones esporádicas como figurante en películas en los estudios de la Warner Bros recientemente inaugurados en Sunset Boulevard. Iban a compartir habitación con otras dos jóvenes en una pensión de segunda o tercera categoría donde recalaban un número mayor de futuras starlet del que hubiera sido sensato albergar si se consideraba el diminuto tamaño de las cuatro habitaciones de la casa. La pensión era regentada desde hacía siete años por Miss Blake, una antigua bailarina de variedades que había salido huyendo de Broadway para evitar el escándalo al quedarse embarazada del dueño del teatro, un hombre casado.


Mary Pickford



A los pocos días de pisar por primera vez el suelo de Los Ángeles, Sophie consiguió un empleo de camarera en un establecimiento que ofrecía platos caseros a bajo precio a los camioneros que cruzaban la ciudad de paso en su viaje de Norte a Sur, de Sur a Norte, por la Costa Oeste. Desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde, Sophie caminaba entre las mesas del local anotando los pedidos en una libreta, llevando y trayendo bandejas y aguantando las bromas algo subidas de tono que los clientes hacían a su costa. A la salida del trabajo, con los pies doloridos tras las prolongadas horas sin haber podido sentarse un instante y la cabeza repleta de voces, no la animaba sino un deseo: acostarse cuanto antes en su cama. De lunes a viernes su alma permanecía aletargada. Mas el fin de semana recobraba la vida y volvía a ser la joven que anhelaba convertirse en una nueva Lilian Gish.

Sophie creyó que, a su llegada a la ciudad, su prima le abriría las puertas del Paraíso, que iba a guiarla por los intrincados caminos que conducen a la Fama. Pero Beth estaba demasiado ocupada para dedicarle su tiempo y ni siquiera la llamaba cuando salía con sus amigos tal vez avergonzada de su acento pueblerino y su vestuario provinciano. Pero Sophie parecía entender los prejuicios de su prima y no se sentía ofendida de los desplantes de los que era objeto. Después de todo, ¿quién era ella comparada con Beth que salía en las películas que luego veía en el cine?




Douglas Fairbanks




Así que los sábados recorría la ciudad maravillándose a cada instante de los tesoros que en ella se escondían. De vez en cuando, veía un coche atravesar la calzada a toda velocidad y creía vislumbrar entre los cristales el rostro sonriente de alguno de sus ídolos de la pantalla. Entonces el corazón se le detenía un instante impresionada al pensar que respiraba el mismo aire que ellos.

A las cinco de la tarde, entraba en el “Cine Intercontinental” y se gastaba lo que había ganado con las propinas que le daban los clientes por su buen servicio. Allí la veía yo desde el rincón donde tocaba al piano las melodías que acompañaban aquellas películas del cine mudo. Enseguida me fijé en su cabello cobrizo peinado con ondas que le caían sobre los hombros y en sus ojos del color de las violetas. Desde mi rincón la vi reír con Charles Chaplin en “Vida de perro” y con Harold Lloyd en “La niña y la niñera”; llorar con “Lirios rotos” y con “Intolerancia”; suspirar con Rodolfo Valentino y estremecerse ante Nosferatu.




Louise Brooks


Al término de cada película, permanecía en su asiento como si su espíritu se hubiera quedado prendido a la pantalla. Yo no me atrevía a moverme por miedo a asustarla y, de ese modo, podía transcurrir un cuarto de hora largo hasta que, al fin, parecía despertar de un sueño y salía del cine casi corriendo como si temiera ser reprendida por su mal comportamiento.  Yo la seguía a distancia para asegurarme de que llegaba sana y salva a la casa donde creía vivía con su familia. Aquel amor a distancia duró semanas. Una tarde me armé de valor y, a la salida del cine, me ofrecí a acompañarla. Fue entonces cuando me contó sus esperanzas de llegar a ser un día una estrella de Hollywood. Con la ingenua convicción que otorga la juventud, me mostró el futuro que contemplaba ante sí, tan brillante como el presente de sus admiradas Mary Pickford y Louise Brooks. Y con la misma ingenuidad de la que la joven daba muestra, yo la creía, contagiado de su entusiasmo.



John Gilbert


A partir de aquella tarde, las veladas de los sábados dejaron de recordarme mi mediocridad de pianista frustrado y se convirtieron en el centro de mi existencia. Ya no tocaba para un público indiferente que, atento a las historias que se sucedían en la pantalla, no reparaba en las notas falsas que de cuando en cuando se me escapaban. Tocaba para ella y me recreaba en la melodía con la esperanza de llegar a su corazón. Pero para Sophie sólo fui su compañero de soledades, la persona que la aliviaba de sus pesares y le hacía creer que sus fantasías eran el preludio de una vida mejor.

Una de estas tardes la invité a cenar en un restaurante barato no muy lejos de la pensión. Enseguida me percaté de que algo le había sucedido. Sus ojos semejaban luciérnagas y reía por todo y por nada. Nunca la había visto tan contenta, pero hasta acabada la cena no me quiso decir qué la hacía tan feliz.

─Voy a salir en una peli de verdad.

Apenas entendía lo que me decía pues, entre frase y frase, dejaba escapar una risa nerviosa. Nunca me había resultado tan encantadora, nunca había sido menos para ella. Con su acento texano, se enredaba con las sílabas y la emoción le hacía atragantarse con las palabras.

─Te va a parecer increíble: yo todavía no me lo creo. ¡Una película!, ¡una película de verdad! ¡Como las que vemos en el Intercontinental!

─Cálmate, anda, y cuéntamelo desde el principio.

 ─Tenía que ir Beth, pero está con un gripazo que no se puede levantar de la cama. Verás, verás. La llamaron el lunes de los estudios de la Warner.

─Pero, ¿cómo es que la llamaron?, ¿acaso es la nueva chica de John Gilbert? ─le pregunté mofándome un poco; divertido al verla tan ilusionada como un niño al que regalan un trenecillo.

─No te burles de mí, Joey. Ya te he contado millones de veces que Beth hace películas. De figurante, pero sale en las películas. ¡Anda, no me interrumpas!

La hubiera besado en aquel momento si no hubiese sido por mi miedo a perder lo poco que tenía de ella.

─Pues, como te estaba diciendo antes de que me cortaras, la llamaron el lunes para que fuera al día siguiente a las diez de la mañana a hacer una prueba pero ella no podía ir porque tenía una fiebre espantosa, así que me dijo que fuera yo en su lugar, que habría tanta gente que nadie se iba a dar cuenta del cambiazo.

─¿Te hiciste pasar por tu prima? ─pregunté asombrado.

─No, no. No me atreví. Cuando llegué a las oficinas, había un señor calvo y bajito apuntando los nombres de los que íbamos entrando. Éramos miles, no te exagero, y me asusté tanto al ver tanta gente que casi me doy la vuelta y me voy. Pero entonces vi una foto gigante de Charlot y me subieron las cosquillas por la espalda al pensar en las estrellas que pasaban por allí y me quedé. ¿Por qué no podía intentarlo? Entonces, entonces, cuando me preguntó el hombre cómo me llamaba, le conté la verdad, que Beth no podía ir porque estaba en la cama con gripe. Y, ¿sabes?, no me dijo nada. Apuntó mi nombre y mi dirección en su libreta y me mandó pasar a una sala donde había mucha más gente esperando para hacer la prueba.

No conseguí saber en qué consistió la prueba: supongo que sería una prueba de fotogenia. Estaba tan nerviosa que iba de una cosa a otra sin acabar de contar ninguna. Quien la viera hubiera pensado que le habían dado el papel protagonista de una gran producción cuando no se trataba más que de una simple aparición de unos segundos en una película de un director desconocido: apenas unos cuantos fotogramas en los que se la vería un instante mientras contemplaba el escaparate de una tienda en el momento en que pasaba por la acera la pareja protagonista. Nada más. Y nada menos. Porque transformaron a Sophie en una gran dama de la alta sociedad neoyorquina. Cubrieron sus cabellos cobrizos con una peluca negra peinada la melena corta según el estilo que imperaba en aquellos años del Charlestón y la engalanaron con un collar de perlas de imitación que le daba dos vueltas y le llegaba por debajo de la cintura.

Después de aquel no me atrevo a decir papel, la llamaron con frecuencia. Ignoro cómo se las arreglaba para faltar a su trabajo. Me figuro que los días en los que tenía que acudir a los estudios a rodar sus dos segundos de gloria, engatusaría a alguna de las chicas para cambiarles el turno. No lo sé. A mí no me hablaba más que de sus apariciones en la pantalla, de los trajes que le hacían poner, de las veces que se cruzaba con alguno de sus ídolos... Ensayaba conmigo cada movimiento con la seriedad con la que una gran actriz se prepara el papel de Ofelia, aunque sus intervenciones se limitasen a cruzar una calle, sentarse en el banco de un parque con un libro entre las manos, pasear un perro o simular que se tomaba una copa en la barra del bar de un hotel. Era tal nuestro entusiasmo, que cuando se estrenaba la película, la veíamos una y otra vez sólo por deleitarnos con esos dos segundos en los que apenas se la distinguía.

Mientras yo me iba enamorando más y más de Sophie, ella se iba alejando de mí. De nada me servía confesarle mi amor: ella me acariciaba la mejilla con el dorso de su dedo índice y, como si siguiera una broma muy repetida que a mí me partía el corazón, decía entre risas que no se casaría con nadie más que conmigo.

Un año después de asomarse a la pantalla de los cines por primera vez, un director se fijó en ella y le ofreció un pequeño papel. Ya no se trataba de dos segundos que pasaban inadvertidos a la mayoría del público, sino de quince minutos en los que interpretaba a la doncella de la protagonista y mantenía una conversación que recogían los intertítulos. Su estreno como actriz hubiese pasado inadvertido de no ser por un primer plano de su bello rostro que llenó la pantalla. Todo el mundo se rindió deslumbrado ante la luz cegadora de sus ojos y se enamoró del hoyuelo de su barbilla. “Vanity Fair” sacó su fotografía en portada y los kioskos se llenaron de su sonrisa. A la puerta de la pensión se arremolinaban cada día periodistas, fotógrafos y curiosos a la caza de una palabra, una sonrisa, una mirada. El teléfono de Miss Blake repiqueteaba a todas horas con ofertas de papeles para miles de títulos de películas. Sophie no sabía si estaba en el cielo o en el infierno. Se sentía desbordada del cambio radical que estaba tomando su vida. Fue entonces cuando perdió el control de su vida y yo la perdí a ella.

Sophie nunca fue una primera figura ni una actriz deslumbrante de aquellos años de esplendor del cine mudo; sin embargo, alcanzó suficiente popularidad para ganarse el cariño de un público fiel. Los estudios de la Warner le hicieron un contrato por un año que, al finalizar, prorrogaron por otros cinco. En pocos meses convirtieron a la muchacha provinciana en una joven sofisticada con aire cosmopolita. Cortaron su larga melena por encima de los hombros, oscurecieron sus cabellos, la maquillaron resaltando sus pómulos salientes y la vistieron con trajes de alta costura. Los mismos estudios alquilaron para ella un apartamento en Beverly Hills, lejos de la pensión de Miss Blake. Y le buscaron un acompañante, un actor de segunda, con el que aparecía en todas las fiestas que daban los grandes del mundo del cine. Me bastaba abrir las páginas de “Harper Bazaar” para verla sonriendo a la cámara junto a Douglas Fairbanks y su esposa, Mary Pickford: sus ídolos apenas unos meses antes.



Lilian Gish



Podían pasar semanas sin que la viera más que en esas imágenes de la prensa o compartiéndola con el público que acudía al Intercontinental mientras mis dedos recorrían las teclas de marfil. Hasta que recibía una llamada suya y, durante unas horas, nos ocultábamos de las miradas indiscretas en el rincón más oscuro de una cafetería o paseábamos por “El jardín de las Rosas” saboreando un helado de fresa. Sophie, entonces, volvía a ser la joven ingenua que se entusiasmaba contándome sus sueños. Escuchaba embelesado sus historias sobre los chismes que corrían por los estudios, las manías y caprichos de actrices y actores. Me divertía cuando se escandalizaba con los rumores de adulterios y amores prohibidos que le susurraban en el oído los chismosos y chismosas del estudio. Seguía siendo la chica inocente llegada de un pueblo de Texas que se maravillaba por todo. Pero, con el paso de los meses, nuestros encuentros fueron haciéndose más y más distantes hasta que desapareció de mi vida.

No volví a ver a Sophie en mucho tiempo. Me costaba reconocer en la dama elegante que se paseaba por la prensa de oropel a la joven espontánea que se entusiasmaba contándome sus sueños. Las fotografías me la mostraban acudiendo a las fiestas y recepciones de la alta sociedad de Los Ángeles y Nueva York, bailando en los brazos de los actores más atractivos, navegando en los yates que atracaban en la Bahía de San Francisco o veraneando en La Costa Azul. En el otoño de mil novecientos veintitrés rompió mi corazón cuando la prensa anunció su matrimonio con el director de la primera película en la que fue protagonista y, apenas siete meses después, acabó de herirme cuando se divorció para casarse con un cámara que vivía de ella. Cada noticia que recibía de Sophie era una puñalada para mí y a pesar de ello, devoraba todo lo que sobre ella se publicaba.

Mientras tanto, salí con otras mujeres, a las que no podía evitar compararlas con su recuerdo, o más bien debería decir con la imagen que fui construyendo semana tras semana, mes tras mes. Una vez estuve a punto de casarme con una buena chica que me ofrecía su amor sin ninguna reserva y su familia también me tenía afecto. Llegamos incluso a mirar apartamentos y a fijar la fecha para la boda. Pero un mes antes del enlace, rompí el compromiso: Aceptar su amor deseando a Sophie hubiera sido cometer una vileza. Así que se lo conté todo y la abandoné tras romperle el corazón. Después ese fracaso, me sumergí en mi vida gris de pianista frustrado que tocaba en el “Cine Intercontinental” mientras se dejaba llevar por sueños imposibles.

Dos años después de que triunfase en los teatros de Broadway, se estrenó en los cines “El cantor de jazz”. La premier no causó sensación por su guión ni por la magnífica interpretación de Al Jolson sino por tratarse la primera película sonora. Muchos creímos que el entusiasmo que despertó en el público aquel avance de la técnica iba a ser pasajero, un capricho de excéntricos que desaparecería tan pronto como dejase de ser una novedad. Pero nos confundimos. La gente hacía cola para conseguir una entrada de las nuevas películas y se olvidó del esplendor del cine mudo. El cine sonoro no sólo trajo consuelo a los que, tras la crisis del veintinueve, habían perdido sus esperanzas, también llevó a la ruina a buena parte de los que, como yo, habíamos vivido de las antiguas películas. ¿Para qué servía ya un pianista en un cine? Fueron legión los actores y las actrices que no lograron sobrevivir a la revolución que se produjo en los últimos años veinte, entre ellos estaba Sophie.

En mil novecientos veintiocho, seis años antes que Greta Garbo, Sophie interpretó a Marguerite Gautier en una nueva versión de “La dama de las camelias”. El estreno en Nueva York causó una gran expectación entre el público y la prensa: era la primera vez en la que se podía oír su voz. Yo tampoco quise perderme la premier, de manera que me tomé una semana libre y, con unos cuantos dólares que había podido ahorrar, me presenté en Nueva York dispuesto a saborear aunque sólo fuera unas gotas de las mieles del éxito de Sophie.

Dos horas antes de tan importante acontecimiento, la avenida en la que iba a tener lugar el estreno y las calles adyacentes estaban colapsadas de gente que esperaba con impaciencia la llegada de Sophie. Muchos se conformaban con ver un trozo de su vestido, mas también eran muchos los que tenían la esperanza de ser los destinatarios de su sonrisa.

Por mediación de un amigo que trabajaba en la Warner, había conseguido una localidad en el patio de butacas lo suficiente cerca de la puerta como para ser testigo de su entrada en el cine. Llegó del brazo de Lou Tellegen, con quien se la relacionaba desde que éste obtuviera el divorcio de Nina Romano. La vi mucho antes que el público se diera cuenta de su entrada. Parecía una sirena con un vestido de lamé plateado que se ceñía a su figura hasta los pies. Cubría sus hombros desnudos una estola de visón blanco sobre la que caía su melena cobriza peinada en ondas. Un murmullo recorrió la sala cuando la pareja atravesó el pasillo central. Al pasar por mi lado, Sophie volvió la cabeza y, por una décima de segundo, me pareció que me había visto pero su mirada permaneció impasible mientras hacía su recorrido hasta las localidades de honor seguida de la admiración de su público.



Lou Tellengen



Al apagarse las luces y oírse los primeros acordes del “Concierto para piano número 2” de Rachmaninov se hizo el silencio en la sala. Sin darme cuenta de lo que hacía, cuando apareció en escena Sophie, adelanté todo mi cuerpo y me aferré a la butaca que tenía delante. Todo el mundo contuvo el aliento expectante por escucharla al fin. Y entonces ocurrió lo que nadie había previsto. En cuanto empezó a hablar con su voz chillona y su acento texano, una ola de carcajadas recorrió la sala. ¿Era aquélla la Sophie Maxwell que todos admiraban? Si no sabía pronunciar las palabras, si su voz producía risa. Mientras en la pantalla Marguerite Gautier se moría de tuberculosis, en una de las butacas Sophie se moría de humillación y yo me moría en la mía al pensar en su vergüenza. Y de pronto la vi salir corriendo hacia la puerta. Quise seguirla pero dos gigantones, guardaespaldas, supongo, me lo impidieron.

Después de aquel fiasco, Sophie desapareció. Durante meses, los sabuesos de la prensa husmearon en busca de su rastro sin lograr dar con ella. Inventaron sobre ella las historias más inverosímiles: que si había dejado a su marido por un magnate del acero, que si estaba en una clínica de desintoxicación, que si había entrado en un convento para expiar la culpa por la vida un tanto desordenada que había llevado hasta entonces... Pero no pudo comprobarse ninguna de tales historias. El misterio que la rodeaba hizo olvidar el fracaso de “Las damas de las camelias”. Se construyó en torno a ella una leyenda que la hicieron aún más deseable. Hasta que poco a poco cayó en el olvido: la Fama es ingrata y cuando asciende una nueva estrella abandona, cual madrastra, a sus hijos mayores.

Yo también la busqué. Egoísta, estaba convencido de que, si el éxito me la había arrebatado, el fracaso me la devolvería. Pero me equivoqué. Llamé a las puertas de la pensión de Miss Blake, que no supo decirme su paradero pero me dio el teléfono de su prima Beth. Me encontré a una mujer vanidosa precozmente envejecida que durante un par de semanas me entretuvo con el cuento de que iba a hablar con Sophie y arreglar un reencuentro. Pero resultó que no sabía de su prima más que yo y sólo obtuve de ella una noche de pasión que ni siquiera disfruté pensando en Sophie. Después de aquel fracaso, me presenté en las oficinas de los estudios de la Warner dispuesto a no moverme de sus sillones de cuero negro hasta que me dieran noticia de Sophie, pero sólo logré que llamasen a los de seguridad y me echasen de allí a patadas, literalmente. Finalmente, me resigné a su pérdida y me hundí en una existencia mediocre simulando ante mí mismo que la había olvidado.

Cuando los japoneses atacaron Pearl Harbor, arrastraba mi vida en un colegio de señoritas en San Francisco enseñando a aporrear el piano a adolescentes sin ninguna vocación musical. Vivía en una casa medio en ruinas sin más compañía que la de un perro que recogí en la calle cuando alguien lo abandonó a los pocos día de nacer. Hacía mucho que había dejado atrás mis sueños de juventud y mi única esperanza cada despertar era llegar sano a la noche. No estaba al tanto de las noticias pues sólo oía la radio para escuchar el concierto de las siete de la tarde y, desde que desapareció Sophie, me negaba a gastarme unos centavos en quien había contribuido a su destrucción. Así no es de extrañar que no me enterase del bombardeo de nuestra base naval en Hawai hasta dos días después cuando llegué al colegio.

Aquella noche de diciembre, salí a pasear con mi perro antes de cenar. No me extrañó encontrar desiertas las aceras: el frío no invitaba a adentrarse por las calles. Recorrimos de arriba abajo el Embarcadero: siempre he encontrado paz contemplando el ir y venir de los barcos, imaginando los lugares que han visitado y las historias de los viajeros que se aventuran a surcar los mares. Durante un rato largo, descansé la vista en el horizonte antes de emprender el camino de regreso. A la altura de la iglesia presbiteriana a unos veinte metros de mi casa, el perro se puso a ladrar nervioso y tiró de mí, que lo llevaba sujeto por una correa, hasta casi hacerme caer. Una desconocida que parecía estar esperándome sentada en los escalones del portal. Al vernos llegar, empezó a temblar como si tuviera miedo no sé si de mi fiel compañero o de mí. Se levantó con mucha lentitud, como si le costara moverse. Pensé que se trataba de una vieja indigente maltratada por muchos años de vida a la intemperie, tal era su aspecto desgreñado.

─Joey ─gritó una voz del pasado─. Soy yo, Sophie.

Entonces reconocí sus ojos color violeta y el hoyuelo de su barbilla. Por un momento no supimos qué decir. ¿Cómo podía ser Sophie aquella mujer envejecida que despedía un fuerte olor a ginebra barata y a miseria? No debía de tener sino cuarenta y dos años y parecía una anciana. Sus ojos estaban vacíos y su boca no lograba esbozar una sonrisa, sólo mostraba una mueca a medio camino entre la amargura y el escepticismo. Una carcajada burlona muy diferente de su risa ingenua de otros tiempos me sacó de mi estupor.

 ─¿No me reconoces o qué?

Su acento texano había desaparecido para dar paso al modo de hablar de los barrios bajos de Los Ángeles.

 ─Te doy miedo, ¿eh? No creas que me extraña. No eres el único. ¿Pero me vas a dejar pasar a tu casa para hablar un rato o no? No quiero más que eso, no creas que vengo a pedirte dinero. No. A ti no, Joey.

Avergonzado de mí mismo, me recompuse como pude y la invité a entrar. Miró a su alrededor como para hacerse una idea de la persona en la que me había convertido en su ausencia.

─Veo que tú tampoco te has hecho rico. Pero me gusta tu casa. Es como te recordaba: ordenada y cálida.

Se acercó a la librería y leyó en voz baja los títulos de los cientos de volúmenes que me habían hecho compañía mientras ella estaba escondida. Quise decírselo, hablarle de mi espera sin esperanza, pero no me salían las palabras. Sentía unas ganas inmensas de llorar por lo que fuimos, por lo que nos habíamos convertidos. Pero aquella mujer ajada no era sino una extraña para mí ante la que no sabía cómo comportarme. Ella tampoco parecía sentirse muy segura conmigo, a pesar del tono descarado con el que me hablaba.

Improvisé una cena con los restos del almuerzo y abrí una botella de vino blanco, regalo una alumna cuya familia era propietaria de unos viñedos. Tal vez un plato caliente podía ayudarnos a romper el hielo. Durante la cena, Sophie apenas probaba bocado aunque llenó su vaso de vino en varias ocasiones. No paró de hablarme de los años gloriosos del cine, cuando el cielo la adoptó como una estrella más. Intenté que me contara dónde había estado en los últimos doce años pero esquivaba mis preguntas sin interrumpir su verborrea repetitiva. Eran las mismas historias con las que me entretenía cuando éramos jóvenes pero sin la inocencia de entonces: en ellas sólo había sarcasmo y amargura. Al acabar la cena, estábamos algo más que bebidos. Pasamos del plato a los besos sin que supiera cómo había sucedido: los primeros y últimos besos de nuestras vida, aquellos tantas veces deseados por mí: besos con sabor a hiel. A pesar de mi afán por disimularlo, la pasión había desaparecido de mi corazón dejando en su lugar un extraño sentimiento en el que se confundían la compasión y la repugnancia.

Como si me impusiera una penitencia, la conduje a mi habitación y la fui despojando lentamente de su ropa. En sus ojos leí la súplica como si quisiera volver a sentirse bella y deseable. Fingí un amor que estaba muerto y acaricié los restos de mi adorada Sophie. Le susurré las palabras que en otro tiempo deseé decirle. La colmé de ternura y, por unos momentos, me pareció tener en mis brazos a la mujer que nunca había dejado de amar. Sus ojos se desprendieron del resquemor y se vistieron de  dulzura. No fueron sino unos minutos en los que alcanzamos la dicha. Después apoyó la mejilla en mi hombro y se quedó dormida. La noche, con su placidez, me devolvió a mi Sophie. La estuve contemplando hasta que también me dejé mecer por el sueño.

El sol estaba ya en lo alto cuando me desperté. Alargué el brazo buscándola pero no encontré a nadie a mi lado. Recorrí la casa sin hallar rastro de ella, como si la noche anterior no hubiese sido sino un sueño. Entonces lo vi. En la esquina de la mesa de la cocina un pedazo de papel con una sola palabra: “Gracias”.

Salí a la calle en su busca pero no me encontré más que el frío de la mañana. Recorrí la larga avenida que conducía al Embarcadero y creí reconocerla en una mujer que caminaba delante de mí pero al aproximarme me percaté de mi error. Entonces lo comprendí. Aquella noche no había sido sino su forma de de decirme adiós, su canto del cisne antes de enterrar para siempre a la joven Sophie que un día secuestró mi corazón.