viernes, 27 de mayo de 2016

Arte









Javier leyó una vez más el tarjetón que tenía en la mano: «La Galería Las Gaviotas tiene el placer de invitarle a la inauguración el próximo ocho de marzo de la exposición “Hacia la esperanza”, en la que se presentarán los últimos trabajos de Eduardo Caso». Alzó la mirada hacia la pintura que tenía delante ladeando la cabeza en busca de un ángulo que explicase el significado de lo que estaba viendo.

Se trataba de un cuadro de pequeñas dimensiones que representaba el paisaje de algún lugar del sur de Europa. En la parte izquierda del lienzo, el pintor se había recreado con el pincel para mostrar con minucioso detalle unos campos de trigo. A Javier le parecía sentir la brisa que mecía las espigas inclinándolas hasta casi besar la tierra. Al otro lado, un huerto en el que se podían contar los frutos que maduraban en las ramas de los árboles. El esmero que el autor había puesto al pintar el paisaje contrastaba con la apenas esbozada figura central del cuadro: una niña arrodillada sobre una alfombrilla con las palmas de las manos unidas sobre el pecho en actitud de recogida oración. La niña iba ataviada con un vestido gris plomo que le colgaba de todas partes como si no fuese suyo sino de alguien mucho mayor que ella. Pese a apenas distinguirse los rasgos, su rostro transmitía una extraña emoción en la que se confundía la tristeza con la esperanza. Javier no podía apartar la mirada de los labios, que parecían implorar socorro. Hacía mucho tiempo que no había visto nada que lo emocionase tanto. Y, sin embargo, no podía decir si aquel rostro le hacía sentir dolor y angustia o dejaba entrever una promesa. En cada mirada, descubría un matiz nuevo; no podía sino reconocer la maestría del pintor.

Volvió a leer, incrédulo, el nombre del autor en el caballete que había junto a la puerta que daba acceso a la sala: Eduardo Caso. Le parecía imposible que el amigo de su primera juventud hubiera pintado aquel cuadro. Pasó al siguiente, que mostraba un pueblo devastado por la guerra. Aunque carecía de la fuerza del primero, le hizo sentir la desolación de las batallas perdidas. Otro más allá representaba un paisaje sin vegetación por el que vagaba una fila de caminantes. De nuevo siluetas apenas delineadas pero capaces de transmitir la fatiga y la incertidumbre del viaje. Cuanto más veía, más asombrado estaba. ¿Cómo era posible que Eduardo hubiera pintado aquello?, ¿tanto había cambiado? Debía de tratarse de otro pintor del mismo nombre: su amigo no era capaz de expresar una sensibilidad que no tenía. Miró a su alrededor buscando al autor y, al no verlo entre los corrillos de invitados, salió a la calle sin detenerse a saludar a nadie.





Javier supo de la fama de Eduardo mucho antes de conocerlo. Estudiaban los dos en la Facultad de Bellas Artes de la Complutense, aunque pertenecían a clases diferentes. Al poco de iniciarse el segundo curso, empezó a correrse la voz: Había un chico que pintaba mejor que los profesores. Cada dos o tres semanas, sorprendía a sus compañeros con una copia exacta de algún cuadro del Museo del Prado. Se atrevía con todo y alardeaba de su dominio de la técnica. Antes de que empezase su disertación el profesor de turno, sacaba de una especie de enorme cartapacio su versión de “Hipómenes y Atlanta”, “El vado” o “Baco”: Reni, Claude de Lorena y Annibale Carraci eran sus favoritos. Otras veces mostraba el retrato de algún alumno o profesor provocando el asombro y la admiración por su parecido con el original. No ocultaba su enorme satisfacción ante los elogios de sus compañeros, mientras parecía que le dejaban indiferente las críticas de los profesores de la Facultad.

Se conocieron en una cervecería que frecuentaban los alumnos de Bellas Artes. A diferencia de la mayoría de sus condiscípulos, a Javier no le impresionaron ni su carismática personalidad ni su destreza con el pincel. No veía por ninguna parte el supuesto talento de Eduardo del que todos hablaban. Para él no era sino un copista conocedor de unas cuantas técnicas; un fanfarrón frívolo y presuntuoso, sin nada dentro, incapaz de una idea original. No entendía cómo, siendo así, despertaba la admiración de toda la clase.

Tal vez por ser el único que no halagaba su vanidad, Eduardo empezó a buscar su aprobación y no descansó hasta ganarse una amistad que se extendería durante años. Cuando salían de clase, recorrían la Gran Vía en acaloradas discusiones que continuaban durante horas en una mesa del Café Comercial.

—El arte —empezaba diciendo Javier— es saber sacar a la superficie el mundo interior del artista.

—¡Tonterías! —replicaba Eduardo—. Eso de los sentimientos que expresa una pintura, su mensaje, no son más que chorradas que se inventan los inútiles sin talento. Una obra tiene mayor valor artístico cuanto más se parece a la realidad.

Cada uno sostenía su opinión en discusiones más y más apasionadas e intentaba ponerla en práctica cuando cogía los pinceles. Mientras Javier se afanaba por crear la obra que expresara el vaivén de emociones que asediaban su juventud, Eduardo se saltaba las clases para ir al Parque del Retiro a retratar a los que iba encontrando a su paso. Después, lleno de vanidad, le enseñaba pinturas que parecían fotografías: niñas saltando a la comba, un violinista junto al lago, una joven deleitándose con unas nubes de algodón de azúcar... Javier miraba aquellas figuras que parecían iban a saltar del lienzo y le causaban una extraña inquietud. Como si fueran retratos de seres sin alma, en sus ojos no había vida, sus sonrisas carecían de alegría y sus lágrimas de tristeza.

—Le faltan sentimiento —le decía—. Tienes que sentir lo que pintas, no limitarte a copiar lo que ves.

Antes de terminar el curso, Eduardo ya había vendido su primera obra. Una señora le encargó un retrato de su hijo para su Primera Comunión. Con una fanfarronería casi insultante, invitó a Javier a una opípara cena con las diez mil pesetas que le dieron por su trabajo. Pasaron la noche comiendo y bebiendo ginebra mientras disertaban de arte y mujeres. Acabaron en un garito de Malasaña hasta que, a las tres de la mañana, Javier lo dejó con un par de chicas sobre sus rodillas y un gin tónic en la mano.

Ambos abandonaron sus estudios al finalizar el tercer curso. Javier, decepcionado por su falta de talento, desistió en su empeño de convertirse en artista y se matriculó en la facultad de historia. Eduardo abrió un estudio de pintura y, en menos de cinco años, se hizo célebre con sus retratos.

Con el tiempo, la amistad se fue enfriando hasta que sus vidas se separaron. Él cogió gusto a la historia y conoció a una chica que le robó los pocos momentos libres que le dejaban los estudios. Eduardo, mientras tanto, fue aumentando su fama de retratista. En alguna ocasión, Javier oía hablar de orgías que se prolongaban días en las que derrochaba el mucho dinero que ganaba con sus pinturas.

Durante años, apenas supo nada de Eduardo, hasta que un día recibió una invitación a la exposición: “Hacia la esperanza”.

Unas semanas después de clausurarse la exposición, Javier encontró un mensaje en su móvil: “Te espero este sábado a las cinco en el Café Comercial”. Por un momento pensó que se trataba de la broma de algún amigo que conocía las tertulias de antaño: Si hubiese sido Eduardo no le hubiera citado en un café que llevaba meses cerrado. Borró el mensaje decidido a ignorarlo pero, cuando llegó el momento, pudo más la curiosidad y a las cuatro y media ya estaba esperando en un banco de la Glorieta de Bilbao.

Le costó reconocerlo cuando lo vio llegar por la calle Fuencarral. Los años habían sido severos con él. Se le había caído casi todo el pelo y su delgadez le hacía parecer mayor. Le extrañó su atuendo desaliñado. Eduardo, que de joven solía gastarse buena parte de lo que ganaba en ropa de marcas exclusivas, llevaba unos tejanos y un niki verde botella que vivieron tiempos mejores. Sin embargo, sus ojos parecían más jóvenes. Desprendían una serenidad que Javier no recordaba de sus años estudiantiles.

Fue Eduardo quien rompió el hielo que doce años de distancia había fraguado. Le tendió la mano y después miró extrañado la puerta clausurada del Café Comercial.

—Hace tres meses que regresé a Madrid —dijo como disculpándose—. He estado un año fuera y no he seguido mucho lo que ha pasado por aquí.

Fueron caminando hasta la cervecería San Julián, donde pasaron la primera hora recordando sus tiempos de estudiantes de Bellas Artes. Escuchándolo, a Javier le parecía estar ante un desconocido. Eduardo había dejado por el camino sus maneras arrogantes y su conversación superficial.

—¿Qué te ha pasado en estos años? —no pudo evitar preguntarle Javier— Te encuentro muy cambiado. Lo cierto es que ni siquiera te reconocí en los cuadros que vi en la exposición.

—¿Lo notaste? Ha sido la primera vez que me he dejado llevar, la primera vez que he pintado para mí, sin pensar en el dinero que voy a ganar. Tuve mucho miedo antes de exponer los cuadros. Me sentía inseguro. Eran cuadros tan personales que dudaba que fuesen buenos.

Hizo una pausa.

—¿Te gustaron? —preguntó con ansiedad.

—Muchísimo. Ya sabes que nunca me llegó a convencer tu pintura. ¿Cómo te diría? Me parecía que no tenía vida. Era fría. No decía nada. Sin embargo, los cuadros del otro día… ¡Madre mía! No tengo palabras.

—Me temo que era yo el que no tenía vida; el que era frío y no tenía nada que decir porque estaba vacío. Tú siempre me lo decías pero no lo entendía. Hasta hace un año, cuando me fui a un campo de refugiados y mi vida dio un vuelco.

—¿Te fuiste a un campo de refugiados? —su asombro iba en aumento— Eres increíble.

—No. No me mires con esa cara de admiración, que no hay nada admirable en mí. Al contrario. En los últimos años, he vivido sin freno alguno gracias al dinero fácil que he ganado con mis pinturas. Hacía retratos como churros. A mis clientes sólo les importaba que les sacara favorecidos. Y lo conseguía. Me hice un nombre y me llovían los clientes. Aproveché esta fama flacucha para conseguir mujeres que dejaba por otras con la misma facilidad con que cambiaba el agua con la que limpiaba los pinceles. Era más fiel a mi coche que a esas pobres incautas que se arrimaban a mí sin saber que no era sino un saco de serrín.

»Hace dos veranos conocí a Paula, una mujer en la que nunca me hubiese fijado de no ser porque no me hacía ningún caso. Me la presentó su hermana, la chica con la que estaba saliendo entonces. No puedes imaginarte dos mujeres más diferentes. La mía era todo lo que un hombre puede desear. Como una modelo de pasarela, pasaba del metro setenta y su cuerpo perfecto hubiese enamorado al mismo Policleto. Pero su hermana era la Jeanne Hebuterne de Modigliani. La misma sosería y antipatía, los mismos ojos diminutos y nariz larga. Ni siquiera una agradable conversación compensaba su fealdad. Y, pese a ello, no me prestaba ninguna atención.

»Probé con ella todas las técnicas de seducción que conocía, pero fue inútil. Su rechazo hería mi orgullo tanto más porque no me gustaba. No era digna de las mujeres que habían estado conmigo. Quería que se me rindiera sólo para dejarla tirada después. Conseguirla se convirtió para mí en un reto, casi en una obsesión. Pero Paula sólo tenía una cosa en la cabeza: marcharse a Grecia a ayudar a los refugiados que llegaban a sus islas.

»Fui detrás de ella para demostrarle que, si ella podía, yo también. Llegar allí fue... ¡Puff! ¡Menudo impacto! No creas que por las horribles condiciones en las que llegaban los que venían de Siria e Irak o porque me conmoviesen las historias que oía a los cooperantes. No. Lo que me impresionaba, me irritaba, era tener que dormir en sucias tiendas de campaña, aguantar el inclemente sol de julio, malcomer en medio de tanta porquería y el olor a muchedumbre, del que no me desprendía ni cuando me escapaba a la ciudad. Ni siquiera me compensaba el ligoteo con Paula. Podían transcurrir días sin verla, tan ocupada estaba en acoger a los recién llegados. Así que pasaba las horas haciendo bocetos de un cuadro que me rondaba la cabeza, algo grandioso, muy distinto de mis retratos: “Encuentro de León I y Atila”. Me había propuesto hacer algo bueno de verdad.

»Cada mañana, me alejaba del campamento y, sentado en el suelo, me dejaba llevar por mi escasa imaginación mientras con el lápiz llenaba las hojas de un cuaderno. Era la primera vez en muchos años que intentaba una cosa así, por lo que mis dedos se mostraban torpes y, aunque no desistía en mi empeño, me desesperaba al comprobar que dominaba la técnica pero no era capaz de crear nada original.

»Un día vi a una niña de unos diez años a pocos metros de donde me encontraba. No me quitaba los ojos de encima y distraía mi débil concentración. Agité la mano para que se marchara pero no me hizo ningún caso. Le grité en inglés mas no pareció entenderme. Visto mi poco éxito, recogí mis cosas y volví al campamento enfurecido.

»Los días siguientes, sucedió lo mismo. Mis gritos más y más amenazantes no hacían mella en ella. Permanecía de pie, a pocos metros de mí, observándome mientras dibujaba. Opté por ignorar su fastidiosa presencia, como si de una mosca se tratase, y conseguí garabatear algunas figuras. Poco a poco me acostumbré a tenerla cerca. Con las hojas de papel que yo desechaba y un lapicero corroído que no sé de dónde sacó, hacía sus propios dibujos. Mientras llegaban cada día al campamento decenas de hombres, mujeres y niños de Irak, Siria y del corazón de África, mientras Paula escuchaba historias terribles y se afanaba por avivar la esperanza de almas desesperanzadas, yo pretendía emular a Madrazo y la niña me seguía en mi camino. No nos hablábamos, ni siquiera por medio de gestos, pero nos acostumbramos el uno al otro. Sin ella, me faltaba la inspiración.

»Una noche en la que el calor estival me impedía dormir, salí de la tienda que compartía con tres cooperantes franceses para dar un paseo y refrescarme un poco. Encontré a Paula que venía de los servicios de señoras. Por primera vez desde que la conocía me dedicó una sonrisa. Quizás el lugar le hizo bajar la guardia, quizás fuese su gesto amistoso el que me desarmó. Lo cierto es que olvidamos nuestra absurda contienda y estuvimos hablando hasta que vino el día. Me estuvo contando cómo la invadía el desaliento por su incapacidad para ayudar a los que llegaban diariamente al campamento. Yo, para animarla, fui a mi tienda en busca de mi cuaderno. Mientras los ojeaba, veía esbozarse en sus labios una sonrisa. En un momento, su rostro se ensombreció y sus ojos me devolvieron una mirada angustiosa que no comprendí. Me tendió un dibujo que mostraba con ingenuo realismo el bombardeo de una ciudad. Miré la hoja de papel sin comprender: aquel dibujo no era mío. Entonces, recordé. Debía de haber cogido sin darme cuenta uno de la niña.

»Miré de nuevo el dibujo y vi en él las emociones de las que siempre hablabas cuando discutíamos sobre arte. En él se podía tocar la barbarie de la guerra y sentir el miedo de una niña que no entendía lo que estaba sucediendo. Revolví entre los demás papeles que guardaba en el cartapacio y encontré otro dibujo: una familia huyendo de un pueblo en llamas que dejaba atrás a su hijital. Seguramente, dijo Paula, mi pequeña dibujante formaba parte de los niños que viajaban solos porque sus familias los habían perdido. Más y más fascinado, no podía apartar la mirada de los dibujos. Fueron aquellos trazos infantiles, aún vacilantes, y no el contacto con los refugiados los que me abrieron los ojos a la tragedia de los que huían de la guerra.

»Al día siguiente, esperé a mi niña refugiada durante horas en el sitio donde solíamos ir a dibujar, pero no acudió a nuestra cita no concertada. La busqué por el campamento, sin encontrar rastro de ella. Cuando ya iba a darme por vencido, le pregunté a una anciana con la que la había visto alguna vez. Me dijo que había partido con un grupo de refugiados sirios que habían dejado el campamento aquella mañana.

»Los días siguientes, me sentí perdido. La echaba de menos y me reprochaba no haberme molestado en conocerla mejor. Pensé regresar a España y olvidarme de mi loca aventura pero lo fui posponiendo y acabé quedándome, implicado más y más en la vida del campamento. Allí encontré lo mejor y lo peor del ser humano. Gente que compartía lo que no tenía; gente capaz de matar por un mendrugo de pan. Gente que andaba siempre mirando para atrás con miedo... Recuerdo cómo me impresionó un padre con dos hijos que buscaba desesperado a su mujer y al que no pude ayudar. Todavía oigo sus gritos de angustia en mis sueños. Cuando volví a Madrid, supe que nunca volvería a ser el mismo. No podía quitarme de la cabeza las historias que había oído y, acompañado del recuerdo de mi pequeña artista, no descansé hasta que las plasmé en el lienzo.

***

Pasadas las diez de la noche, los dos amigos se despidieron después de agotar mil conversaciones. Durante horas Javier vagó entre el sueño y la vigilia mecido por las palabras de Eduardo. Lo despertó el timbre de la puerta; pero en el descansillo, sólo encontró un paquete sobre el felpudo. Al desenvolverlo, sus ojos tropezaron con una niña en actitud de recogida oración.









Nota: Con este relato participé en la semifinal del Torneo de Escritores de la web Tus Relatos. Según las normas del torneo, el título del relato debía ser "Arte" y éste no debía sobrepasar las 3.000 palabras.

Tuve el honor de tener como contrincante a Paco Castelao. Aprovecho estas líneas para felicitarlo por su merecido pase a la final. Mi reconocimiento también a los otros semifinalistas: Jorge Valín y José Purple. Cualquiera de ellos merece un lugar de honor en el mundo del arte de escribir. 





lunes, 2 de mayo de 2016

Alas rotas







La primera vez que la vi fue el día que murió Eugenio, mi hermano. No sé si alguien le abrió la puerta de la casa o consiguió colarse aprovechando la entrada de algún amigo o pariente de la familia. La casa estaba abarrotada de gente y una más no iba a notarse, debió de pensar olvidando sus rasgos orientales. Se sentó en una silla cerca del féretro. Iba vestida sencillamente con una blusa blanca, unos pantalones vaqueros y unas zapatillas de jugar al tenis, blancas también. El pelo liso y negro recogido en una coleta baja con un lazo azul celeste le bailaba en la espalda. Desde el sofá donde me encontraba, no podía verle sus ojos almendrados, escondidos bajo sus párpados como si le diese vergüenza estar allí. Le pregunté quién era a María, la mujer que ayudaba a mi cuñada en las tareas domésticas, pero me dijo que no la había visto antes de aquella tarde. Pregunté a unos cuantos amigos, mas ninguno sabía decirme quién era. En varias ocasiones quise acercarme a ella, azuzada más y más por la curiosidad. Pero mis esfuerzos fueron en vano pues en cada intento me salía alguien al paso para darme el pésame.

Era muy joven. No parecía tener más allá de veinticinco años, pero, ¿quién puede saber la edad de una chica oriental? Ignoro si se daba cuenta de mi escrutinio. No levantaba la vista de sus manos, que descansaban sobre su regazo, y parecía ajena a lo que ocurría a su alrededor. Cada vez que miraba hacia el rincón donde estaba, la veía sola, en silencio, sin hablar con nadie. Debía de haberse confundido y estar llorando la muerte de otra persona. ¿De qué iba a conocer mi hermano a aquella jovencita oriental? Pero ella no parecía percatarse de su error, pues no se movió de su silla en toda la tarde.

A las siete de la tarde, empezaron a marcharse las visitas que habían querido dar su último homenaje a Eugenio. María había encendido las luces y cerrado las cortinas del salón para preservar nuestro duelo de la curiosidad ajena. Acompañé a mi cuñada a su dormitorio para que descansara después de la fatiga de un día tan doloroso. Los hombres de la funeraria iban a llevarse el féretro al tanatorio y yo pensaba quedarme a pasar la noche para no dejarla sola. Al pasar por el salón vi a la joven desconocida. Parecía que no se hubiese movido durante horas. Me prometí hablar con ella cuando se acostase Pilar; pero al volver al salón, ya se había marchado.

Al día siguiente la vi de nuevo en el cementerio, medio oculta tras un ciprés aunque lo suficiente cerca de la sepultura para oír la oración del sacerdote. No se separó del enhiesto árbol durante la breve ceremonia. Sólo cuando los sepultureros iban a cerrar el sepulcro, se acercó al féretro, depositó una rosa blanca y se marchó antes de que nadie se diera cuenta. Salí corriendo tras ella pero no llegué más que a ver cómo se subía a un coche azul.

Le pregunté a Pilar de qué conocían a la joven oriental Eugenio y ella. Me miró casi divertida antes de decirme, como burlándose de mí, que con la conmoción de la muerte repentina de mi hermano debía de haber sufrido un espejismo y haberme confundido con alguna de sus primas más jóvenes. Yo sabía que la joven no era nadie que conociera pero no quise insistir: ¡Bastante tenía ella con la pena por haber perdido a su marido para preocuparse también con una extraña que se colaba en los duelos ajenos!

Aquella misma tarde, llamé a la empresa que tenía Eugenio a medias con un socio. Les dije que quería recoger los objetos personales que aún tenía en su despacho. Estaba convencida de que, entre sus cosas encontraría alguna pista sobre la joven desconocida. Es cierto que su socio me había dicho que no figuraba entre sus clientes ni la había visto antes del entierro, pero no se me ocurría otro lugar donde buscarla. Permanecí toda la tarde rebuscando en los cajones, entre los libros de la biblioteca y hasta en el cesto de los papeles; mas todo fue en vano. No había rastro de la enigmática oriental.

Ya iba a darme por vencida, cuando llamó la atención un velador medio oculto por las cortinas del ventanal. Ni el pequeño mueble, una antigüedad de estilo inglés, ni los adornos que descansaban sobre el velador parecían tener nada que hacer en aquel despacho de estilo funcional donde se deshacían hasta convertirse en polvo miles de viejos documentos: ¿qué hacían allí un cenicero de cristal tallado y una esbelta lámpara de Art Decó? Olvidándome de mis pesquisas, me acerqué al velador. Debajo del cenicero había un libro encuadernado en piel: “Alas rotas”, era su título. Lo abrí por una página al azar y me dejé llevar por el aroma a tabaco de pipa que me evocó las tardes de invierno que pasábamos de jóvenes Eugenio y yo en la casa de mis padres. Me extrañó encontrar en aquel despacho un libro de poemas y más aún que muchos de los versos estuvieran subrayados. Mi hermano, hasta donde yo sabía, no era aficionado a la poesía. Busqué en la cubierta el nombre del poeta y mi sobresalto fue inmenso cuando lo encontré: Toshiko Oshima.

—La chica del cementerio —pensé.

¿Por qué tenía mi hermano un libro de poemas de una jovencísima oriental? Pasé de prisa las hojas y leí el primer poema, nada más que dos versos octosílabos:

“Las alas se me quebraron
cuando volaba más alto”.

Quise leer más, pero el socio de mi hermano llamó a la puerta para recordarme que ya era la hora de cerrar. No cogí del despacho más que el libro y el cenicero de cristal tallado: el uno porque pensaba que guardaba la clave del misterio de la joven oriental, probablemente la autora de los poemas, y el otro, por parecerme tan ajeno a los gustos de Eugenio.

Al llegar a casa, anduve distraída, sin atender a la acalorada discusión entre mi marido y mis hijos que, como era habitual, amenizaba las cenas de mi familia. No sé cómo ninguno se daba cuenta de mi falta de interés. Debo decir que en aquellos debates sobre los temas más diversos, era yo la que más solía gritar, mientras que aquella noche permanecía en silencio. Estaba impaciente por quedarme a solas para poder sumergirme de nuevo en el poemario. En cuanto levantara el mantel, todos emprenderían el vuelo y me dejarían disfrutar de unas miajas de tranquilidad hasta el momento de irme a dormir. Mi marido acostumbraba a leer sus periódicos cuando terminaba de cenar y mis hijos se encerraban en sus habitaciones con la Playstation.

Pero de la lectura de los poemas no conseguí más que avivar la tristeza por la pérdida de mi hermano. En ellos se hablaba de amores frustrados, de abandono y de añoranza. Para sacudirme la pena, encendí mi iPad: quería buscar por Internet información sobre la autora. En el libro, sólo figuraba la fecha de impresión que me había dejado aún más intrigada: Año 2000. Quince años antes. La autora no podía ser la desconocida que se había colado en la casa de mi hermano y en el cementerio, pues aquéllos no eran versos escritos por una niña. La infiltrada no debía de tener más de veinticinco años, por lo que quince años antes sería apenas una niña.

Me sentía decepcionada. Lo más probable era que la joven no tuviera nada que ver con la autora del libro. Después de todo, ahora que Eugenio había muerto, ¿qué importaba quién fuera la joven desconocida de rasgos orientales? Estaba tejiendo en mi imaginación una fantasía para no enfrentarme a lo único que era real: el dolor por la repentina muerte de mi hermano después de un ictus. Pero no me sentí capaz de abandonar mis pesquisas y estuve navegando por Internet hasta entrada la madrugada.

Había miles de entradas en Google que respondían a la búsqueda de “Toshiko Oshima”. En cualquier parte del mundo había una. O uno, pues el nombre era femenino y también masculino. Las horas corrían unas tras otras y parecía que lo único que sacaba en claro era las miles de personas que poblaban el mundo con ese nombre.

Los días siguientes, seguí intentándolo. Una parte de mí me decía que era importante encontrar a la joven oriental; mientras que mi lado racional me azuzaba para que dejara aquella absurda investigación que no me estaba llevando a ninguna parte. Pero no me aparté de mi empeño hasta que encontré una página en la que se informaba sobre el fallecimiento en 2005 debido a una grave enfermedad de Toshiko Oshima, poeta japonesa afincada en Granada. No podía ser, pues, mi joven desconocida. Tal vez ésta no fuese más que una loca que se colaba en los duelos ajenos para dejar una rosa blanca y sólo una broma del azar había querido que Eugenio guardase en su despacho el libro de poemas de una japonesa. Decidí, pues, hacer caso a mi lado racional y regresar a la vida que, con mi obsesión, había descuidado.

Pero mi empeño en olvidar a la joven oriental se vio frustrado el día en el que nos llamó el notario para abrir el testamento de Eugenio. Allí estaba ella, con un discreto vestido azul marino, unas bailarinas del mismo color y la coleta baja impecablemente peinada. Quien fuera no se trataba de ninguna extraña, pues si la habían convocado a aquella reunión era porque mi hermano la nombraba en su testamento.

Vi a mi cuñada Pilar observarla de soslayo en más de una ocasión, como si viera en ella a alguien peligroso. Debía de haberla puesto nerviosa pues se removía en su asiento como si no encontrase la postura. No había ninguna duda de que la joven no era ninguna de sus primas. ¿Quién sería? Mi curiosidad no tenía límites, pero la de Pilar tampoco parecía tenerlos.

La voz del notario interrumpió mis pensamientos. El testamento no iba a sorprender a nadie. Al menos no al principio. Le dejaba toda su fortuna a su esposa. A mis hijos les dejaba una cantidad de dinero para ayudarlos en sus estudios y a mí su colección de veleros en miniatura. Nada que no esperásemos. Nada. Al menos, eso creíamos. Cuando ya nos disponíamos a marcharnos, el notario carrapeó y prosiguió leyendo:

—A mi hija Natsuki Martínez Oshima, le dejo la casa que tengo en Granada.

Un estruendoso silencio recorrió la sala. ¿Su hija?, ¿la casa de Granada? Nadie se atrevía a moverse hasta que un grito ahogado nos hizo estremecer. Pilar se había puesto en pie y, si no la hubiera sostenido mi hijo Javier, se hubiese precipitado sobre la joven. Durante un tiempo que me es imposible determinar, reinó la confusión en la notaría. Mi cuñada había roto en llanto y todos los que estábamos en la sala hacíamos lo imposible por consolarla. Y en medio del revuelo, Natsuki, la hija de Eugenio, mi sobrina, volvió a escabullirse sin que me hubiese dado tiempo a hablar con ella.

Creí que la había perdido una vez más y hasta que no llegué a casa no me percaté de que nos habían entregado una copia del testamento en la que figuraba la dirección de Natsuki, de manera que, al día siguiente me presenté en su casa.

Vista de cerca, Natsuki era de más baja estatura de lo que me había parecido en las tres ocasiones anteriores en las que la había visto. Como el primer día, llevaba unos pantalones vaqueros y una sencilla blusa blanca. Fue ella misma la que me abrió la puerta y no tuve ninguna duda de que me reconoció nada más verme pues retrocedió como si le asustase encontrarme allí. Ninguna de las dos supo qué decir. Permanecimos en silencio unos instantes que a mí me parecieron una eternidad.

—Soy tu tía Susana, Natsuki —le dije intentando sonreír—. Te he traído un libro que tu padre guardaba en tu despacho.

Natsuki miraba de un lado a otro como si le pusiese nerviosa mi inesperada visita.

—Pensé que te gustaría tenerlo.

Le tendí el libro de poemas con una sonrisa miedosa. Natsuki lo cogió distraída y sólo cuando leyó el título de la portada me devolvió una sonrisa y me hizo pasar. Dejé vagar la vista por el apartamento. Me parecía encontrarme con mi hermano en cada esquina. Una fotografía con Natsuki de niña, un cuadro que años atrás había desaparecido de la casa de mis padres, su gorra azul… Por un momento me sentí incómoda al imaginar la vida que Eugenio nos había mantenido oculta. Todo me parecía extraño y familiar a la vez.

Mientras tanto, Natsuki no me lo estaba poniendo fácil. En ningún momento despegó los labios. De vez en cuando, sorprendía en ella una mirada furtiva, como si quisiera asegurarse de que estaba allí. Intenté ponerme en su lugar, comprender sus sentimientos. Yo no era para ella sino una desconocida que me había presentado de improviso en su casa. Recordé que había perdido a su padre y pensé que tal vez quería llorar su pérdida en soledad. Me compadecí de su pena, que era también la mía, y me dispuse a decirle adiós. Pero, cuando quise despedirme, Natsuki se aferró a mi brazo y me pidió que me quedara.

—Sólo quería conocerte —le dije—. Hasta ayer, no supe que tenía una sobrina.

—Nosotras nos enteramos de que mi padre tenía otra familia cuando yo tenía nueve años.

—¿Nosotras?

—Mi madre y yo.

—Tu madre escribió el libro de poemas, ¿verdad?

Asintió.

—Cuéntamelo todo, por favor —le pedí casi susurrando—. Quiero conocerte.

—Hasta los nueve años, creí que mi familia era igual que la de cualquier niña. Es cierto que mi madre era japonesa y yo había heredado de ella sus rasgos orientales, pero eso en el colegio constituía más bien una ventaja que un inconveniente. Vivíamos a las afueras de Granada. Mi padre viajaba mucho por razones de trabajo por lo que pasaban muchos días fuera de casa. Cuando llegaba el verano, mi madre le insistía en que nos dejase acompañarle, pero él siempre decía que los negocios no le dejaban tiempo para ocuparse de nosotras. Lo peor era en Navidad. Algunos viajes lo llevaban a Perú o Guatemala y no llegaba a tiempo para celebrarla con nosotras. O, al menos, eso nos decía.

Me acordé de que mi cuñada Pilar se quejaba a menudo de que apenas se veían por culpa de los viajes de trabajo, que cada vez se tomaba menos días de vacaciones. Ahora entendía los ejercicios de equilibrio que tendría que hacer para engañar a ambas mujeres.

—Recuerdo echarle de menos cada vez que emprendía un largo viaje. Me lo imaginaba surcando los mares en un barco velero como esas miniaturas que coleccionaba y guardaba en su despacho.

Su dulce voz se había vuelto pausada, como, si al volver a la infancia, se hubiera desvanecido su desdicha. Parecía hablar para sí misma, como si hubiese olvidado que estaba allí. Yo la escuchaba sin atreverme siquiera a respirar no fuera a arrepentirse de sus confidencias.

—Cuando mi padre volvía a casa, parecía un día de fiesta. Y no sólo para mí: mi madre parecía florecer cada vez que veía a mi padre. A mí me iba a recoger al colegio y me llevaba a tomar leche merengada a la heladería más elegante de Granada sin oír las protestas de mi madre, que no quería que rompiera el orden que presidía mi vida. No hay muchas niñas que no quieran a su padre pero para mí lo era todo. Sabía hacerme reír imitando a los personajes que salían en la tele, llorar cuando me contaba cuentos o ilusionarme cuando me hablaba de los lugares que visitaba en sus viajes. Ahora pienso en lo que tenía que inventar para que nos creyéramos sus historias.

»Mi madre por entonces había escrito su primer libro de poemas. Me dejó con una amiga y vino a Madrid para hablar con un editor. Cuando regresó, parecía haber envejecido. No me dijo sino que mi padre ya no viviría con nosotras. Pasaría algún tiempo hasta que me contó que había descubierto la doble vida que llevaba mi padre. Durante años se negó a nombrarlo. Sólo desahogó su corazón y habló de su felicidad truncada en su libro “Alas rotas”.

»No volví a ver a mi padre hasta que fue a buscarme cuando ella murió. Para entonces yo tenía quince años. Me dijo que había alquilado una casa en Madrid para que me fuera a vivir con una señora que había contratado para que cuidara de mí, que quería tenerme cerca pero que no podía vivir conmigo. Si no hubiese estado tan aturdida por el dolor, me hubiese resistido a sus deseos. Le hubiese reprochado el daño que le hizo a mi madre, que quisiera mantenerme escondida de su familia, de la mía. Pero cuando se presentó en casa, sólo vi a la persona que más había querido. Después, me habló muchas veces de vosotros, de su infancia, de su otra vida, pero cuando le pedía que me presentara a mis primos, siempre lo aplazaba al año siguiente. Hasta que me resigné y dejé de pedírselo.

Cuando Natsuki terminó su relato, guardó silencio. Su rostro reflejaba la tristeza por la infancia perdida. Yo tampoco me atrevía a hablar y así permanecimos con las manos entrelazadas hasta que cayó la noche y regresé a mi casa.


Después de aquella tarde, la vi en unas cuantas ocasiones más. Con motivo de alguna celebración familiar, la invitaba a pasar la tarde en nuestra casa de la sierra, procurando que no se encontrara con Pilar, mi cuñada, para no abrir heridas que aún tardarían en cicatrizar. Pero tales encuentros no eran fáciles ni para ella ni para nosotros. Una familia no se improvisa en un día ni el cariño nace súbitamente porque un papel decrete que es tu sobrina. Aunque todos nos esforzamos para que se sintiera una más entre nosotros, no podía ocultar cuánto la cohibíamos con nuestras ruidosas charlas y nuestras risas estruendosas. Al principio, aceptaba todas mis invitaciones, pero con el tiempo se hicieron más frecuentes las excusas hasta que un día dejó de asistir.




*Nota: Este relato se basa en el que escribí para la tercera ronda del Torneo de Escritores que se está desarrollando en la Web “Tus Relatos”. Una de las condiciones era el título, “Alas rotas”. La otra, no sobrepasar 2.099 palabras, pero mi tendencia a enrollarme me llevó a las 3.000 por lo que tuve que meter las tijeras. Ésta es la primera versión mejorada. O eso creo.








lunes, 25 de abril de 2016

Fascinación







>>En el despacho de mi padre había una vitrina de cristal con una colección de pistolas antiguas. Una vez al mes, las sacaba del mueblecito, las colocaba en fila sobre un paño de lino blanco, las desmontaba y, con otro paño más fino, iba limpiando el polvo de cada una de las piezas. Parecía un relojero de los de antes cuando, calzado con unos guantes de algodón y con la ayuda de unos lentes, emprendía la tarea de montarlas de nuevo. Mi padre no dejaba que nadie entrase en su despacho mientras limpiaba sus pistolas. Sólo a mí me permitía sentarme junto a él siempre que permaneciera quieta y en silencio.



Susana se despertó sobresaltada por un fuerte ruido. Encendió la luz y se levantó dudando si el estruendo había sido real o formaba parte de su sueño. Se puso una chaqueta vieja por encima de los hombros y, descalza, recorrió el apartamento en busca del origen del ruido. El silencio se había adueñado de nuevo de la noche. Un rayo de luna desdibujaba la silueta del paragüero de la entrada dándole un aire fantasmagórico pero todo parecía estar en su sitio. Entró en la cocina a beber un vaso de agua antes de regresar a su dormitorio. Le extrañó encontrarse la luz encendida, pero, cuando miró a su alrededor, no encontró nada fuera de su  lugar. Mas en el momento en que iba a volverse a la cama, la vio. Camila, la joven con la que compartía el apartamento, yacía en el suelo inconsciente.

Le golpeó suavemente las mejillas con la intención de hacerla volver en sí. Pero fue inútil. Camila no parecía tener vida. Se le escapó un gemido de impotencia y, por unos instantes, no supo qué hacer. Paseó la mirada por la cocina como si esperase encontrar ayuda en las cacerolas desperdigadas por la encimera. Junto a Camila, un charco de leche rodeado de una miríada de minúsculos cristales que se desparramaba por el suelo. Probablemente se había levantado para beber un vaso que la ayudase a conciliar el sueño y, al verterse la leche, se había resbalado. Más y más nerviosa, corrió hacia el teléfono para llamar una ambulancia y se sentó en el suelo a esperar que vinieran a buscarlas.

En el Hospital Central, Susana hubo de rellenar cientos de formularios y responder cientos de preguntas. Las caras de los enfermeros eran poco alentadoras, pero nadie le decía nada. En urgencias, las quejas de heridos y enfermos se mezclaban con el olor a miedo. El tiempo se tornó gelatinoso y las agujas de los relojes caminaban perezosas. En la calle, la ciudad hacía rato que se había despertado y los viandantes apresuraban el paso de camino al trabajo. Pero a Susana nadie le decía nada; le parecía que se habían olvidado de ella.

Pasaban de las once y media de la mañana cuando una médico la sacó de la espiral de pensamientos angustiosos en la que llevaba horas atrapada. El rostro crispado de la doctora no logró disipar su miedo. La volvió a abrumar con sus preguntas, como si quisiera asegurarse de que la información que tenía era cierta. Una vez más, Susana tuvo que contar la misma historia. 

Camila y ella se habían conocido en la universidad, donde ambas estudiaban Filología Clásica. Cuando finalizaron los estudios, Susana entró a trabajar en una tienda de artículos de regalos en tanto conseguía un empleo acorde con su preparación académica, mientras que Camila regresó a su ciudad natal donde vivían su madre y su padrastro. Pero no permaneció más que unos meses en la pequeña población. Las continuas discusiones con su madre y la fría repulsión que le provocaba su padrastro se le hacían intolerables. Si el tiempo era benigno, salía a correr por las calles de la ciudad, mientras escuchaba la música grabada en el móvil, sin prestar atención a la gente que se cruzaba en su camino. Pero si amenazaba lluvia, tenía que cesar en sus paseos. Entonces se le pasaban las horas encerrada en su dormitorio huyendo de la omnipresencia de su padrastro. A los pocos días de Navidad, incapaz de soportar aquella situación, se subió a un tren que la llevó de vuelta a la ciudad y se presentó en el apartamento de Susana. De eso hacía dos años. Desde entonces, la ayudaba con los gastos de la casa dando clases particulares de latín a jóvenes del colegio que había frente al apartamento.

Unos meses antes, Camila había estado preparando unas oposiciones para un instituto de enseñanza secundaria. Apenas comía ni dormía. Cada minuto que pasaba lejos de los libros, le creaba enormes cargos de conciencia. Solo algunos fines de semana se permitía un descanso, cuando dejaba la ciudad para esquiar o escalar alguna montaña. El resto del tiempo no vivía más que para estudiar. Susana la encontraba a menudo al volver del trabajo vagando por la casa descalza sin más ropa que una camiseta larga con los apuntes en la mano y recitando los temas que entraban en el examen. 

Quedó de las primeras en las oposiciones con una nota muy elevada. Tan grande había sido el esfuerzo, que cayó enferma del agotamiento. En una semana, apenas podía levantarse de la cama. Le pesaban los brazos, las piernas, la vida. Le costaba descansar a causa del insomnio, que no la abandonó cuando decidió darse por curada. En los meses siguientes, apenas dormía un par de horas cada noche; mientras que, durante el día, se mostraba irritada por la falta de descanso. Acudió a un médico para que le recetase algún remedio contra el insomnio. Al principio, el ansiolítico le permitía dormir toda la noche, pero se habituó a las pastillas prescritas de manera que fueron perdiendo su efecto. El miedo a las noches en vela le avivaba el insomnio y, para atacarlo, había ido aumentando la dosis del medicamento sin consultar a su médico.

Susana creía que aquella noche se había levantado a tomarse un vaso de leche que la ayudase a conciliar el sueño y, aturdida por las pastillas, se había caído golpeándose la cabeza. 

Cuando la joven terminó de hablar, la médico le dijo que habían encontrado una elevada cantidad de Orfidal en el estómago de Camila. Aunque era probable que, como creía Susana, la joven hubiera tomado tal cantidad movida por la ansiedad que le causaba la falta de sueño, iban a dejarla unos días en observación para descartar que no había querido hacerse daño a sí misma.



>>De todas las que se guardaban en la vitrina, mi favorita era una pistola de chispa italiana del siglo XVIII. Era de madera clara, de nogal supe después, con la culata de marfil e incrustaciones en plata: una pistola digna del más temible pirata. Cuando la limpiaba, me gustaba imaginar las manos que antes que mi padre habían llevado a cabo tal tarea. Recuerdo colarme en el despacho cuando la puerta estaba entornada y ponerme de puntillas frente a la vitrina para contemplarla.

>>Una vez, debería de tener ocho años, me sorprendió mi hermano Sergio intentando abrir la portezuela de la vitrina. De nada me sirvió decirle que andaba buscando la caja de rotuladores de colores que mi tío Bernardo me había regalado el día de mi cumpleaños. Mi hermano sabía que estaba mintiendo. Con una sonrisa cómplice, me guiñó un ojo y, abriendo el armario colgado en la pared, sacó la llavecilla de la vitrina. El miedo a que nos descubrieran mis padres cosquilleaba mi estómago mientras una descarga de euforia me recorría por dentro cuando puso en mis manos tan precioso objeto. Fue una sorpresa para mí comprobar cuánto pesaba y a punto estuve de dejarla caer. No sé cuánto tiempo estuve acariciando el marfil de la empuñadura y bordeando con el dedo la silueta de las figuras de plata que adornaban el cañón. Aquella noche creí ver en el cristal de la ventana de mi habitación a dos caballeros de otros tiempos batiéndose en duelo por mí. A partir de entonces, cada vez que mis padres se descuidaban, buscaba la mirada cómplice de Sergio con la esperanza de repetir nuestra secreta aventura. Pero él, que conocía mi ansiedad, hacía como que no me veía para hacerme rabiar.



Pese a que el equipo médico había dado el visto bueno después de dos días de observación, la doctora Altamira era reacia a dar de alta a Camila. Al principio había dado por válida la versión de la compañera de piso de la joven. Era muy probable que hubiese aumentado la dosis de Orfidal más y más huyendo de la ansiedad por la falta de sueño sin reparar en las consecuencias. Pero su intuición de tantos años viendo casos similares, le decía que había algo más. 

Introdujo el número de la Seguridad Social de Camila en el programa del ordenador que le permitía acceder a su historia clínica buscando en el pasado la confirmación de sus sospechas. No hizo más que una rápida lectura y en seguida le pareció haber encontrado varias anomalías, pero no tenía tiempo de comprobarlo. Imprimió las hojas que aparecían en la pantalla y las guardó en el bolso para poder leerlas con detenimiento al llegar a casa.

Hasta que no acabó su turno, la doctora Altamira no volvió a acordarse de Camila. Mientras conducía su coche de camino a casa, iba memorizando las palabras que había leído en la historia clínica. Una idea le rondaba la cabeza, aunque no se atrevía a darle forma. Después de todo, ella no era psiquiatra ni psicóloga. Decidió seguir su instinto. Al llegar a la rotonda, dio media vuelta y tomó la carretera que llevaba a la casa de su ex marido: seguro que él la ayudaba a resolver el enigma. 



>>Mi hermano sabía cómo jugar con mis sentimientos y sacar partido de ello. En cuanto descubrió mi fascinación por la pistola de chispa italiana, tuvo en su mano la clave para conseguir de mí todo lo que se le antojaba. Mucho más alto que yo, pues era tres años mayor, le bastaba extender el brazo para alcanzar la portezuela del armarito donde mi padre guardaba la llave de la vitrina de las pistolas. Así que me sobornaba: me decía que me abriría el pequeño mueble siempre que hiciera por él cualquier ocurrencia que se le pasara por la cabeza. Ahora que han transcurrido tantos años me pregunto qué tenía aquella dichosa pistola para que una niña de ocho años se sintiera tan fascinada. No me importaba someterme a las mayores humillaciones con tal de que mi hermano pusiera en mis manos aquella pistola de empuñadura de marfil con incrustaciones de plata ni me importaba cargar con la culpa de las cientos de travesuras con las que el muy pillo atormentaba a mis padres. 

>>Un día me encerró en el cuarto de baño con la luz apagada ordenándome que permaneciera en silencio, a sabiendas del miedo que me producía la oscuridad, y no me abrió la puerta hasta horas después, cuando, aterrorizada, empecé a llamar a gritos a mi madre. Sergio no la temía más que a ella. Mi padre la había conocido al poco tiempo de enviudar y al casarse con ella había llevado al matrimonio a su hijo de dos años, mi hermano. Nunca habían logrado ni Sergio ni mi madre superar la antipatía que se tenían. El día que se conocieron surgió entre ellos una desconfianza que los años no lograban sino aumentar. La pobre mujer andaba siempre al acecho para evitar que el hijo de su marido se aprovechara de mis pocos años y me envolviera en sus travesuras. Lo que no sabía era que yo lo aguantaba todo con tal de que me concediera unos instantes junto al objeto de mis sueños.




Sofía, la madre de Camila, cogió el primer tren de la mañana. Susana la había llamado desde el hospital para contarle lo ocurrido. A pesar de decirle que estaba fuera de peligro, la ansiedad que se colaba entre las palabras de la joven delataba la gravedad del estado de Camila. Durante el viaje, sus pensamientos corrían tan deprisa como el paisaje que no veía por la ventanilla del tren. La inquietud por lo que pudiese suceder en las horas siguientes se ahogaba en la culpa por no haber estado cerca de su hija para evitar la desgracia. Siempre le parecía que llegaba tarde. Siempre andaba con miedo a no poder de protegerla. De nada la consolaba decirse a sí misma que sólo ella sabía borrar las heridas que habían magullado el corazón de Camila. Siempre le parecía que llegaba tarde. Siempre.

Susana la estaba esperando en la estación y la llevó en su coche al hospital. Por el camino, le contó de nuevo cómo había encontrado a Camila en el suelo de la cocina, las horas de espera en urgencias, las miles de preguntas que tuvo que responder... Pero ella apenas atendía a las palabras de la joven mientras la devoraba la angustia. Fuera del coche le parecía que la vida de la ciudad discurría a cámara lenta y nunca llegaban a su destino. Cuando al fin Susana aparcó el coche, su alma parecía haberse aletargado.

En la habitación, Camila estaba incorporada en la cama con la espalda apoyada en varias almohadas, mientras una enfermera le tomaba la tensión arterial. Sofía la miró con aprensión: no la había visto antes tan delgada. Con el pelo castaño recogido en una trenza, parecía haber vuelto a la niñez. Cuando la joven vio a su madre, asomó a sus labios una sonrisa que apenas brilló un segundo en sus ojos. Sofía, con el llanto atenazándole la garganta, la abrazó y depositó en su cabello un levísimo beso. 

La médico que estaba tratando a Camila entró en la habitación poco después de que saliera la enfermera. Era la misma que aquella mañana había estado hablando con Susana, según le dijo ésta más tarde. Sus primeras palabras consiguieron tranquilizar a Sofía. En un día o dos, Camila podría volver a casa. No había más daño físico que unas magulladuras, le recalcó varias veces. Pero lo que le preocupaba a la doctora era su estado psicológico. Sospechaba que venía arrastrando desde hacía años una depresión soterrada y que este “accidente” era sólo un grito de petición de socorro. Mas todavía era pronto para hablar con Camila de ello: había que esperar a que estuviera físicamente más fuerte.

Sofía había tenido que hacer un gran esfuerzo para no dejar traslucir su enfado. ¿Qué estaba diciendo aquella mujer?, ¿cómo se atrevía a insinuar que su hija había querido hacerse daño a propósito?, ¿que Camila llevaba años deprimida?, ¿acaso no era una chica alegre que disfrutaba de la vida?, ¿de qué la conocía aquella médico?

La doctora Altamira le habló de otros ingresos en urgencias en el último año. Como si no supiera ella que todos ellos habían sido accidentes. A Camila le encantaba hacer deporte por lo que no era de extrañar que sufriera algún percance. ¿Acaso era la primera muchacha que se lesionaba esquiando?, ¿la primera que subía de dos en dos los peldaños de una escalera y tropezaba con su propia alegría de vivir?, ¿no era joven e impetuosa?

Pero, cuando al fin se quedó a solas con su hija, Sofía se dio cuenta del esfuerzo que hacía por mostrarse alegre. Hablaron de cosas sin importancia. O, más bien, habló ella porque tenía miedo de que Camila se cansara y no la dejaba decir nada. Por el rabillo del ojo la veía distraerse de su charla insustancial y, agobiada por el miedo, acallaba la sospecha que se insinuaba en su mente: ¿Y si la doctora estaba en lo cierto?

Cuando le dieron el alta hospitalaria, Sofía se llevó a su hija a la pequeña ciudad en la que vivía. Estaba convencida de que si la alejaba del ajetreo de la capital, recuperaría el color de sus mejillas y sus ojos brillarían como antes. ¿Qué no lograría un buen guiso cocinado por ella o una larga conversación en la terraza sin preocuparse del correr de las horas? El único inconveniente era la presencia de su marido, que no se llevaba bien con Camila, pero ya se las ingeniaría ella para mantenerlo apartado.

Hasta que no llegaron a casa, Sofía no se dio cuenta de que no le había dicho nada a su primer marido y padre de Camila. Tuvo que aguantar por teléfono sus reproches, los mismos que había aguantado durante su matrimonio, y tragarse su contrariedad cuando le dijo que quería ver a su hija. Camila no quiso decirle de qué había estado hablando con su padre. Las tardes siguientes salió con él a pasear por la Alameda. Tenía que reconocer, aunque ello le doliera, que llegaba a casa más animada. 

Su ex marido apenas intercambiaba con Sofía un saludo negándose a comentar nada de su hija. Aquella situación la inquietaba más y más. ¿Y si la indisponía contra ella? Pero Camila dejaba correr el tiempo sin contarle nada ni de ella ni de su padre.

Cuando llevaba dos semanas con ella, Camila le dijo que quería volver a la capital. Su padre le había sugerido que visitara a un psicólogo, como le había dicho la médico del hospital. Ella no creía que fuera una buena idea. ¿Qué podía hacer un psicólogo que no hubiese hecho ella? Pero de nada le valieron las protestas: la decisión estaba tomada. 



>>Una noche, Sergio entró en mi habitación y me despertó tapándome la boca con la mano. En voz baja, me pidió que guardase silencio para no despertar a nuestros padres. Después me susurró al oído que lo siguiese. No quiso decirme adónde íbamos, pero no hizo falta: yo lo sabía. Fui detrás de él por el corredor: de puntillas para evitar que el ruido de mis pasos nos delatase. La penumbra de la noche llenaba la casa de fantasmas y mi corazón de aprensiones. Apenas pude ahogar un grito de terror cuando Griselda, la gata, pasó insinuadora entre mis piernas acariciándome con su largo pelaje los tobillos. Seguro que nos había oído y quería unirse a nuestra aventura. En el despacho de mi padre, Sergio había encendido una lamparilla que apenas iluminaba. Apuntó con un dedo un rincón del despacho y me hizo sentar en un escabel que había junto a la librería. 

>>Todavía no me había dicho qué hacíamos allí a tan altas horas de la noche. Quise preguntárselo pero me mandó callar llevándose el dedo índice a los labios. Vi como abría el cajón superior del escritorio y sacaba de él una caja taraceada con trocitos de madera de colores. Nunca hasta entonces había visto nada tan bello. La puso con cuidado sobre mi regazo y la abrió despacio, como si quisiera mantener el misterio. Dentro, ordenados con el esmero que siempre ponía mi padre, había un montón de pequeños paquetes envueltos en papel de estraza. Cada uno llevaba escrito con su pulcra caligrafía el nombre de una de las pistolas de la colección. No me pude resistir a abrir uno de los paquetes. Con un ruido que me pareció que retumbaba por toda la casa, se cayeron al suelo cuatro balas de plata de una pistola de los años treinta. Busqué en la caja el paquete correspondiente a mi pistola pero no lo encontré. Al ver mi decepción, Sergio soltó una estruendosa carcajada y me enseñó un paquete de mayor tamaño en el que se podía leer la palabra “pólvora”, la munición de la pistola de chispa italiana, me dijo mi hermano. 

>>Le pedí que me la enseñase pero no quiso y me mandó de vuelta a la cama. Sólo después de que le suplicase que me dejara quedarme un rato más se acercó a la vitrina y sacó de ella, no la mía, sino la pistola de los años treinta. Puso una bala en el cañón y me la dio. Me invadió una fuerte emoción: en mi interior luchaban por imponerse la fascinación por el peligro y el miedo a que se disparara el arma. Nos sobresaltó un extraño ruido. Tal vez sólo se tratara de la gata. No lo supe entonces no puedo saberlo ahora. Dejé la pistola en el suelo y salí del despacho corriendo hacia mi habitación.




Roberto Bienvenida descruzó las piernas para aliviar el hormigueo que le subía por los tobillos hasta las rodillas. Miró el cuco de la pared y comprobó que marcaba la misma hora que su reloj de pulsera: las cinco y veinte. Aún quedaban veinticinco minutos para finalizar la consulta. La paciente estaba desgranando su historia. Hacía dos meses que la veía y no apreciaba en ella progreso alguno. Había llegado a su gabinete recomendada por la doctora Altamira, la ex mujer de un colega, que sospechaba que, detrás de una serie de accidentes, se escondía algún trauma de la infancia que permanecía inconsciente y se manifestaba en una fuerte depresión. Pero, hasta aquel día, lo único que había logrado de la joven es que le expusiera su preocupación por sus problemas para conciliar el sueño.

Una vez más, intentó que hablara de su infancia, pero la joven no pareció hacer caso de sus palabras y continuó con su retahíla de quejas por el malestar que le producía la falta de descanso. El doctor Bienvenida empezaba a dudar de su capacidad para ayudar a la joven. Las ganas de encender un cigarrillo distraían su atención. Sin apenas disimularlo, desvió la mirada hacia una revista que debía de haberse olvidado algún paciente. En la portada una mujer en traje de cazador se llevaba una escopeta al hombro y se disponía a disparar a un jabalí. La joven debió de darse cuenta de la distracción del viejo psicólogo porque hizo una pausa en su discurso y dirigió sus ojos hacia la publicación. Algo de la fotografía tuvo que tocarle algún resorte interior porque, se puso pálida y dejó escapar un gemido. Él la animó a continuar hablando pero la joven pareció titubear. Se frotaba las manos delatando la emoción que la embargaba. Después, en una voz casi inaudible, empezó a contar una historia muy diferente a las que acostumbraba oír el psicólogo.

—En el despacho de mi padre había una vitrina de cristal con una colección de pistolas antiguas...

El doctor Bienvenida escuchaba como si estuviera hechizado la historia de una niña fascinada por una pistola antigua que se dejaba esclavizar por su hermano. La joven se adentraba en su infancia como si le costase levantar el velo que ocultaba el pasado. Su respiración se aceleraba en unos tramos del camino y se hacía entrecortada en otros. Unas gotas de sudor apenas perceptibles coronaban su frente mientras se pasaba la lengua por el labio superior. El doctor Bienvenida acercó su silla a la de la joven y tomó una mano entre las suyas para ayudarla en la dura travesía.

Mientras la joven caminaba por un espinoso camino de tristeza, las agujas del reloj de cuco parecían haber recobrado la alegría y aceleraban el paso hasta la hora de finalización de la consulta. Pasaban diez minutos del tiempo estipulado cuando se asomó discretamente a la puerta la recepcionista del doctor Bienvenida para avisarlo de que el siguiente paciente estaba esperando, pero el psicólogo le hizo una seña para que saliera. Temía que, si interrumpía a la joven, en la sesión siguiente no encontrara el hilo del relato.

Aquella tarde la sesión se prolongó durante más de dos horas y media. La emoción de la joven había ido en aumento y en algunos momentos se había derramado en llanto. El reloj de cuco se acercaba a las siete y media cuando la joven terminó de hablar. El doctor Bienvenida estaba tan conmovido como su paciente. Ambos lloraron por el dolor de una niña de ocho años a la que le faltaban las fuerzas para sostener el peso de la culpa. Cuando recuperaron la serenidad, la acompañó hasta el vestíbulo. En la sala de espera ya se habían marchado los pacientes y la noche se colaba por la ventana. El doctor Bienvenida la vio subir a un coche y perderse entre las luces de la ciudad.   




>>Mis padres no solían dejarnos solos en casa, pero aquel día les debió de surgir alguna emergencia y no tuvieron más remedio que confiar en nosotros. Yo estaba en el cuarto de jugar intentando montar un puzzle. No oí a Sergio cuando entró en la habitación y se acercó por detrás para darme un susto. No pude evitar romper a llorar. Mi hermano me tenía a su merced. Pareció compadecerse de mí pues me acarició la mejilla. Me guiñó el ojo y me pidió que lo siguiera al despacho de mi padre. De camino, me iba diciendo que iba a probar la pistola. Llevaba dos almohadas viejas que había encontrado en el desván para practicar el tiro. Yo me asusté mucho e intenté persuadirlo para que cambiara de idea. Lloré, grité, pero no tenía ningún poder de persuasión sobre él. Quise volverme al cuarto de jugar, mas él no me lo permitió. Me agarró por el ruedo del vestido y me empujó por el pasillo. 

>>En el despacho, las persianas estaban bajadas a la mitad y apenas se distinguían los objetos. Sergio las cerró del todo para que nadie nos pudiera ver desde fuera y encendió la luz de la lámpara que había sobre el escritorio. Dejó una de las almohadas en el suelo y sacó la pistola de los años treinta de la vitrina. Yo lo veía fascinada por la serenidad con la que llevaba a cabo cada movimiento, como si fuese una tarea emprendida cada día. Cargó el cañón de la pistola y apuntó al blanco. Un estruendo. Plumas lloviendo por la habitación. Griselda escondiéndose bajo el mueble-bar. Las carcajadas de Sergio. Mi corazón latiendo desbocado como si, con sus golpes, quisiera romperme el pecho. Y una sensación de euforia que fue apoderándose más y más de mí.

>>Le supliqué que me dejara probar a mí también. Pero el muy egoísta quería para él solo la pistola. El siguiente disparo fue aún más atronador. Estalló en mi cabeza provocándome unas locas ganas de gritar. Sergio me mandó callar y volvió a disparar. El despacho se había llenado de un fuerte olor a pólvora. Corrí alrededor de la mesa para sacudirme de la excitación que, a cada detonación, aumentaba más y más. Era el miedo y el deseo de intentarlo yo también lo que me impedía mantenerme quieta.  

>>Sólo después de un cuarto disparo, Sergio me tendió la pistola. Pesaba mucho, pero menos que mi pistola de chispa italiana. La sujeté con las dos manos, cerré los ojos y apunté al revoltijo de plumas en que se habían convertido las almohadas que mi hermano había utilizado. Un instante antes de apretar el gatillo, oí un grito: ¡Camila! Lo siguiente fue un fuerte estallido. Y sangre. Sangre. Mucha sangre. Oscuridad. Oscuridad. Oscuridad. Mi madre gritando. Mi padre cogiendo en brazos el cuerpo ensangrentado de Sergio. Y oscuridad, oscuridad, oscuridad... 




Camila condujo toda la noche hasta que, al despuntar el alba, divisó las primeras casas de la pequeña ciudad donde había vivido con sus padres de niña. No recordaba cómo había transcurrido el viaje, los pueblos por los que había pasado, si había hecho o no un alto en el camino para repostar gasolina. Sus pensamientos se habían quedado suspendidos, dando vueltas una y otra vez al momento en el que se le había revelado todo. Durante años, su madre y ella habían hablado de aquel día en el que Sergio, su hermano, había perdido la vida después de recibir un disparo en el pecho. Camila y Sofía habían sido las únicas personas presentes en el despacho de la casa grande cuando sucedió; su padre entró unos minutos después de la detonación. Entonces el niño ya había muerto. De aquella tarde, le quedó a Camila una sucesión de imágenes que, con los años, se había ido enriqueciendo durante las prolongadas conversaciones que mantenía con su madre hasta el punto de no saber muy bien cuáles procedían de su memoria, cuáles de aquellas charlas. Sofía, le decía, no pretendía con aquellas conversaciones sino aliviar su corazón para evitar que la ahogara la pena. 

Sin embargo, Camila no siempre encontraba consuelo en los brazos de su madre. Por las noches venía Sergio a los pies de su cama para atormentarla con sus acusaciones. Le recordaba el primer beso que no había disfrutado, la carrera que no había estudiado, el coche que no había conducido, los lugares del mundo que no había conocido… La vida truncada antes de florecer por culpa de la fascinación de su hermana por una pistola de chispa italiana. 

De niña, Camila acudía a su madre cada vez que la ahogaban los remordimientos. Pero pronto aprendió a guardarse para sí su desazón. Sofía sufría tanto cuando no podía protegerla del dolor, que ella buscó consuelo en otros lugares. Empezó a practicar deportes de riesgo: esquí, escalada, paracaidismo… Durante años, acalló su conciencia con la sensación de estar bordeando las orillas de la muerte. 

Hasta aquella tarde, en la que se le había revelado un pasado distinto al ver la portada de una revista a una mujer vestida con un traje de cazador con una escopeta al hombro en el momento de disparar a un jabalí.

Cuando Camila llegó a su casa, Sofía acababa de levantarse y estaba preparando el desayuno a su marido. No mostró sorpresa alguna cuando la vio entrar por la puerta trasera de la cocina, como si la estuviera esperando. Pero a Camila no le extrañó: su madre siempre aguardaba su llegada. Vio como le abría los brazos para acogerla en una cálida bienvenida, pero ella no pudo reprimir un gesto de rechazo retrocediendo hacia atrás y protegiéndose con las manos. Sofía se sentó en un taburete. Su rostro mostraba el desconcierto, el dolor, que le había causado el gesto de su hija.

—¿Qué te pasa, hija mía? —le preguntó asustada.

Camila no tuvo compasión de su madre cuando le contó cómo se le había iluminado la memoria al ver la fotografía en aquella revista. Durante años, la había consumido la culpa al creer que su hermano había muerto por haber disparado. Así creía ella recordarlo, así se lo había contado su madre una y otra vez. Mas, así no había sucedido. Camila no pudo disparar la pistola porque, cuando se la tendió Sergio, ya no quedaba ninguna bala en la recámara. Había realizado cuatro disparos con las únicas cuatro balas que su padre guardaba en un pequeño paquete de papel de estraza. Sólo cuando se había asegurado que no quedaba ninguna le había entregado el arma. Pero aquel detalle quedó oculto en alguna esquina de la memoria. Como también quedó escondido en el olvido otro detalle de aquella tarde: unos instantes antes de cerrar los ojos para disparar, había visto reflejada en el cristal de la vitrina la imagen de su madre con una pistola apuntando a su hermano. 

Sofía se levantó y se sentó de nuevo en el taburete con la mirada espantada, como si no pudiera creer lo que estaba oyendo. Una ristra de sollozos sacudieron su cuerpo mientras negaba las acusaciones de su hija querida. Ya sabía ella, le dijo, que el dichoso psicólogo iba a meterle en la cabeza ideas extrañas, que la iba a indisponer contra ella. Pero la joven no la escuchaba. Con una serenidad que a ella misma le sorprendía, fue desgranando sus recuerdos que, en aquel momento, se le presentaban tan nítidos. Fue entonces cuando Sofía se desmoronó y lo confesó todo. Sus ojos se secaron de lágrimas cuando le habló de la maldad que albergaba Sergio en su corazón.

—¿Te crees que no lo veía, hija mía?—le dijo sin apenas elevar la voz—. ¡Cuántas veces me habré escondido de vosotros mientras veía cómo te manipulaba para que hicieras su santa voluntad! ¿Te crees que no me daba cuenta? ¿No te acuerdas cómo te advertía de sus malas intenciones?, ¿cómo intentaba apartarte de él? Pero tú eras testaruda y te escapabas de entre mis manos para correr tras él. Preferías su compañía a la mía sin darte cuenta de que te estaba haciendo daño. Y yo no sabía cómo alejarte de él.

Camila intentó replicar, pero ella seguía con el hilo de sus palabras sin atender más que a la llamada del pasado.

—No puedo olvidar cómo te llevaba al borde de las lágrimas para doblegarte y conseguir de ti cualquier bobada que se le antojase. ¡Se aprovechaba de que eras mucho más pequeña que él! De nada servía que yo lo reprendiera, que le impusiera un castigo. Él acudía a su padre y, con halagos melosos, se salía con la suya. Era malo. Malo, de verdad.

—¿Pero matarlo, mamá?, ¿matarlo? Todavía no me lo puedo creer.

—Sabe Dios que nunca quise matarlo. ¿Cómo puedes pensar una cosa así? Pero cuando te vi con aquella pistola en la mano sólo pensé en protegerte y no tuve otra alternativa. ¡Ojalá hubiese podido hacer otra cosa! Pero no pude. No tuve tiempo de pensar. Fue mi instinto de protección el que actuó. Yo sólo sentí que tenía que apartarte del peligro. Y, aunque me arrepienta cada día de ello, no te puedo asegurar que, si me volviera a ver en esa situación, no haría lo mismo, pues fue mi afán por protegerte el que puso aquella pistola en mi mano.

Camila lloraba sin consuelo mientras escuchaba las palabras de su madre. Intentó hablar. Reprocharle todo el sufrimiento que había causado. A ella. A su padre. Pero sus labios habían enmudecido.

—Y no fue sólo aquel día —siguió diciendo Sofia—. Llevaba tiempo viendo cómo te llevaba al borde del precipicio; y yo no me fiaba de lo que te pudiera hacer por eso os vigilaba sin que os dieseis cuenta de ello. Se me ponen los pelos de punta cuando me acuerdo de la noche en la que os vi por primera vez jugando con las pistolas, jugando con la muerte. Como si lo presintiera, estaba despierta cuando me pareció oíros correr por el pasillo. Me levanté procurando no hacer ruido para no despertar a vuestro padre y para que no me descubrierais. Al salir al pasillo, vi la luz que salía del despacho. La puerta estaba entreabierta. Me asomé sigilosa, resguardada entre las sombras y quedé horrorizada con lo que vi. Tu hermano te estaba dando unas pistolas. Me quedé paralizada sin saber qué hacer. Cuando volví en mí, fui a buscar a tu padre, pero al volver, ya no estabais. Tu padre fue al dormitorio. No sé qué le dijo a Sergio, si lo castigó o no. Lo cierto es que a partir de ese momento perdí el sosiego. A partir de aquel día, no dormí hasta que no le aparté de ti.

—¿Apartarlo? No, mamá. ¡Lo mataste y me cargaste a mí con la culpa!—exclamó Camila una y otra vez ahogada en llanto.

—Nunca quise matarlo ni mucho menos cargarte a ti con ello. Tienes que creerme. ¿Te crees que lo busqué? No, mi niña. No sabes cómo he vivido estos años torturada por los remordimientos. Yo no soy una asesina, debes creerme, te digo. Pero aquel día, cuando llegué a casa con tu padre y vi la luz del despacho encendida, creí enloquecer. Entré corriendo y os vi jugueteando con el peligro y no lo dudé. Tenía que salvarte, hija mía. No tuve alternativa. Ni siquiera lo pensé. Sin que os dierais cuenta, cogí una pistola de la vitrina, te grité para que te fueras y disparé. No, Camila, no lo pensé. Si lo hubiese pensado, probablemente no lo hubiera hecho. Pero no lo pensé. Sólo te vi a ti y el peligro que te rondaba.

Sofía se se levantó y fue hacia la nevera para seguir con la tarea que había interrumpido media hora antes, como si quisiera recobrar el aliento antes de seguir hablando.  

—Cuando llegó tu padre, me asusté. ¿Cómo podía contarle la verdad? Si se hubiese enterado de lo ocurrido, se habría destrozado nuestra familia. Él no me hubiera perdonado nunca.

—¿Cómo iba a hacerlo? ¿Tú eres consciente de lo que hiciste?

Camila estaba más y más horrorizada. Sofía no pareció oírla.

—Le dije lo que creí que haría menos daño, que se te había disparado la pistola sin tú quererlo, que fue un accidente, que no fue culpa de nadie. Luego, cuando vino la policía, mantuve mi versión. ¿Cómo podía dar ya marcha atrás? Y bien sabe Dios que no fue mi intención hacerte daño. Sólo que ya no podía dar marcha atrás. Y me creyeron. Nadie puso en duda mi versión. Nadie se fijó tampoco que, con el jaleo, había cambiado las pistolas. Tú estabas tan conmocionada que cogiste la mía, por eso estaban tus huellas en ellas. Nadie, ni siquiera tu padre, dudó de mi versión. Ni siquiera tú, mi niña.

—Hiciste que viviera atormentada por la culpa.

—¿Te crees que no lo sé?, ¿te crees que no te he visto sufrir en estos años?, ¿que no me he torturado buscando la manera de aliviarte de tanto dolor? Hubiera dado mi vida entera porque recobrases la paz en tu corazón. Mi mayor dolor era no saber cómo borrar el sentimiento de culpa que te embargaba, hacerte ver que, en un accidente, nadie es responsable. ¿No te acuerdas de cómo me sentaba a los pies de tu cama y te llenaba de historias llenas de esperanza para que supieras que la belleza de la vida estaba a tu alcance?, ¿no te acuerdas de las veces que lloré contigo?, ¿no te acuerdas...? ¡Oh, hija mía! Perdóname todo el daño que te he hecho.

Sofía no pudo seguir hablando. Rompió en un llanto sin esperanza, como si de repente hubiese entendido que de nada le servía todo el amor que tenía a su hija: la había perdido para siempre. Camila, por primera vez desde que había llegado, sintió pena por su madre. En su corazón luchaba por imponerse el sentimiento de compasión y el horror por lo que le había hecho a ella y a su hermano. El rostro de su madre reflejaba todo el sufrimiento que ella había sentido desde niña. Entonces se dio cuenta de que, si no la perdonaba en aquel momento, no encontraría la paz. Sabía que nunca podría olvidar lo sucedido, pero tenía que perdonar. Cerró los ojos y elevó una oración a su hermano para pedirle perdón a él también: por ella, por su madre. Cuando abrió los ojos, vio el rostro doliente de Sofía. Lo tomó entre sus manos y dejó un tenue beso en su frente.




>>Debía de tener diez años cuando me eligieron entre las niñas de mi clase para leer una poesía de José Martí con motivo del bicentenario del colegio. Todavía recuerdo lo orgullosa que me sentí. Aunque siempre fui una niña aplicada, no era ni mucho menos ni de las más listas ni ocupaba los primeros primeros puestos: no era más que una niña del montón. Por eso, me sorprendió ser elegida entre las treinta que éramos. Era tal mi emoción que se me hizo eterno el camino a casa, deseosa como estaba de contárselo a mi madre. Mi alegría apenas tenía ese nombre si no la compartía con ella.    

>>Hasta que llegó el día del recital, pasé las tardes en la salita ensayando mi actuación mientras mi madre me hacía con sus manos prodigiosas el vestido más bonito que he tenido nunca. Uno de piqué, color vainilla, como mi helado favorito, con florecillas burdeos a juego con los zapatos y el lazo del pelo. Me parece que la estoy viendo, atenta a mis palabras para alentarme en mis aciertos y corregirme en mis errores. No me equivocaré si digo que se sabía el poema mejor que yo.

>>El día del recital, me hizo levantar media hora antes de lo que acostumbraba. Me lavó el pelo con champú de frambuesa y me lo peinó dejándolo caer sobre los hombros; me ayudó a ponerme el vestido con cuidado de que no se arrugase la tela recién planchada; y, cuando estuve lista, me condujo ante el espejo de cuerpo entero de su dormitorio para que me admirase del resultado.

>>En el momento en que subí al escenario, fue a la única persona que vi. Sentada en una de las primeras filas del patio de butacas, su belleza eclipsaba a las demás. Me mandó un beso en el aire, como si supiera que me estaba muriendo de inquietud. Y fue su dulce sonrisa la que logró disipar mi ansiedad cuando empecé a recitar el poema del poeta cubano.


“Cultivo una rosa blanca
en junio como en enero
para el amigo sincero 
que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo;
cultivo la rosa blanca”.














lunes, 4 de abril de 2016

Nuestro silencio








Ayer te vi, Clelia. Estaba comprando unas revistas en el quiosco cuando pasaste a mi lado. Ibas alegrando la acera de la calle del Pensamiento con el taconeo de tus esbeltos stilettos. Llevabas un abrigo del color de la arena del desierto que apenas dejaba ver un trozo de tu pierna y del encaje del vestido que llevabas debajo. Supuse que tendrías una cita con alguien a quien querías impresionar: a menos que hayas cambiado desde que estábamos juntos, no te hubieses arreglado tanto para una simple tarde de merienda con tu amiga Isabel.



Al verte, se removió todo mi interior. Pagué mis revistas sin siquiera fijarme en las monedas que entregaba al quiosquero y fui tras de ti ignorando cuál era mi intención al hacerlo. Enseguida mis pies recobraron la memoria y te siguieron al ritmo rápido de tus pasos. Iba unos cuantos metros detrás como hipnotizado por el juego de tus cabellos cobrizos con el viento. Quería llamarte pero el miedo atenazaba mi garganta. Al pasar por el portón del cementerio, volviste la cabeza y todo tu cuerpo se estremeció como las cuerdas de un arpa acariciadas por tus manos. Entonces recordé la última vez que visitamos un cementerio muy parecido a aquél y tuve miedo de que me descubrieras. Tragué la bola de amargura que se había aposentado en mi garganta y me di la vuelta camino de la soledad de mi casa.



Pasé la noche envuelto en tu recuerdo acompañado de una botella de whisky y las fotografías que no quisiste llevarte. Ya ves, amada Clelia: tú te empeñaste en romper con todo mientras yo no conseguí nunca desprenderme del aroma a violetas que me anunciaba tu presencia. Ahora me recreo en tu imagen como buscando resucitar mi alma muerta en tu sonrisa de papel. Contemplo la fotografía que me diste cuando empezamos a salir juntos, en esa que estás con Pizca, tu gato, y me parece verte la primera vez que te llevó Elena a casa de mis padres, con tu cola de caballo y tu minifalda negra con potos de colores. Veníais del Conservatorio, donde mi hermana estudiaba canto y tú, arpa. No te hubiera hecho caso de no ser porque Milord, nuestro dogo, quién sabe si impulsado por el rastro de olor a Pizca que traías contigo, se abalanzó sobre ti. Tú, que no esperabas tal recibimiento, perdiste el equilibrio y acabaste tendida en la alfombra del vestíbulo con todos tus libros, partituras y cuadernos desperdigados por el suelo. Elena y yo nos precipitamos a ayudarte a levantarte del suelo temiendo que te hubieras lastimado, pero te pusiste de pie tan rápido que apenas tuve tiempo de tenderte la mano. Después te perdiste en la habitación de Elena y no volví a verte hasta semanas después.



Estabas sentada en la terraza de una heladería leyendo un libro mientras saboreabas un granizado de limón. Los rayos del sol besaban tus hombros desnudos. Así, tan concentrada en la lectura, nadie diría que ya tenías veinte años. Te silbé pues no recordaba tu nombre y me miraste como si no me reconocieses. No esperé a que me dieras permiso para sentarme frente a ti. Durante unos instantes, permanecimos en silencio. No nos conocíamos y no teníamos de qué hablar. Sin saber cómo comportarme, cogí el libro que estabas leyendo: “La Cartuja de Parma”. Entonces, como inspirado, te empecé a llamar Clelia. Tuve suerte. En aquella época no era yo un gran aficionado a la lectura pero sí que había leído la novela de Stendhal y te impresioné hablándote de las desventuras de Fabrizio del Dongo. Después fuiste tú la que me embelesaste con tu charla. No puedo recordar lo que me estabas contando. Confieso que estaba más atento al sonido de tu voz, al aleteo de tus manos blancas y al baile de tu sonrisa sobre tus labios de mandarina que a tus palabras. Mientras el mundo seguía girando, el tiempo se detuvo para nosotros. Cuando la noche cayó, te tomé de la mano para llevarte a la casa donde vivió mi abuelo hasta que le llevamos a la residencia y, como si tuviéramos un acuerdo tácito, olvidamos el pudor y nos amamos hasta que el nuevo amanecer dio paso al mediodía.



No le dijimos a nadie que nos amábamos, ni siquiera a Elena. Temíamos que, si lo sabían los demás, se rompería la burbuja de dicha que nos aislaba del mundo. Te esperaba a la salida del Conservatorio, al otro lado de la calle, oculto tras un quiosco muy parecido al que ayer me descubrió tu presencia. Llegabas a paso lento, como si quisieras hacerme rabiar con tu demora. Luego, de pronto, echabas a correr y me rodeabas el cuello con tus brazos. De camino a la casa del abuelo, cogidos de la mano, nos quitábamos la palabra mientras relatábamos los pequeños acontecimientos del día: tus clases, las mías, las discusiones que tenías con tu madre por pequeñas cosas que a ti te parecían una enormidad...



Llevábamos seis meses robándole tiempo al día para encontrar un momento para nosotros cuando te propuse que nos fuéramos a vivir juntos. Había encontrado un trabajo de administrativo en una empresa de exportación de corbatas de fantasía y con mi sueldo, aunque precario, podíamos alquilar un apartamento pequeño. Fue una sorpresa para nuestras familias, sobre todo para Elena, que nos reprochó que no le hubiésemos contado lo nuestro. Tus padres y los míos intentaron disuadirnos del plan temiendo que, si vivíamos juntos, abandonásemos los estudios. Pero no hicimos caso de nadie y una semana después de proponértelo, dormimos en nuestra cama.



Nuestro hogar tenía dos habitaciones: una para nosotros y otra para el arpa. Me parece que estoy oyéndote ensayar tu parte del Concierto de Häendel al llegar a casa de mi trabajo. Permanecía en la puerta de la habitación sin moverme para no molestarte hasta que me descubrías. Entonces lo dejabas todo para venir a mis brazos y abandonarte a la pasión tantas horas contenida.



Para ayudarme con los gastos de la casa, te buscaste un empleo de camarera en un bar de copas. El día se encogió tanto que, entre los estudios y el trabajo, apenas teníamos tiempo para nosotros. Vivíamos arañando minutos a las horas hasta encontrar un momento en que disfrutar el uno del otro. Cuando terminaba mi jornada laboral, iba al bar y me tomaba un vaso de whisky mientras esperaba que terminases tu turno. Después, recorríamos los locales de moda en la noche madrileña en busca de una gota de alcohol que nos limpiase de la fatiga del día y acabábamos rendidos de pasión en nuestra cama cuando el alba despuntaba.



No fue sino este frenesí el culpable de nuestra desgracia. Un sábado, ya de mañana, de regreso de una de nuestras noches locas. Conducía el Renault Megane mientras tú, adormilada, descansabas la cabeza en mi hombro. El cansancio de tantas horas en vela volvió torpes mis reflejos. Los ojos se me cerraban llamando al sueño mientras un CD dejaba escapar los acordes del Concierto para flauta y arpa de Mozart interpretado por ti. Debí de quedarme dormido. No sé. No recuerdo más que el grito de un animal herido, que luego resultó haber salido de tu garganta, y un golpe en los bajos del coche. Detuve el Megane en seco y bajé aprisa. La confusión de mi mente no me dejaba entender lo que veían mis ojos: un amasijo de hierro, carne y sangre. Detrás de mí, te agarrabas a mi jersey. No te permití mirar, querida Clelia. Te tomé las manos y te forcé a regresar al coche. Pero antes de que pudiera dar la vuelta a la llave de arranque, abriste la portezuela y corriste hacia el lugar del accidente.



Cuando regresaste, traías el rostro demudado, la misma máscara de dolor que ya no te abandonaría hasta el día en que te fuiste, Clelia. Querías que llamásemos a la policía, no hacías más que gritarme y golpearme el pecho con los puños, pero yo sólo oía una voz dentro de mí que me decía que huyéramos. Te zarandeé y te obligué a meterte en el coche. Luego, guardamos silencio hasta llegar a casa: un silencio preludio del que acabaría destruyéndonos.



Al mediodía, los informativos de todos los canales de televisión abrieron con la noticia del atropello de una madre con su cochecito de bebé. Se desconocía quién era el conductor responsable, que se había dado a la fuga sin prestarles auxilio. La palidez de tu rostro delataba la impresión que te causaba la noticia. Entonces fui yo el que quiso llamar a la policía. Pero no me dejaste. ¿De qué servía ya si no les podíamos devolver la vida a la joven madre y a su bebé? Tenías miedo de lo que me pudiese ocurrir. Y, ahogada por el pánico, me hiciste prometer que no se lo contaría nunca a nadie.



Como si de un acuerdo tácito se tratase, no volvimos a hablar de ello, pero el recuerdo de la madre con el niño nos perseguía día y noche. Seguíamos saliendo en busca de diversión pero nuestras risas sonaban forzadas; seguíamos hablando de las mismas cosas pero nunca de lo que nos angustiaba; seguíamos amándonos pero en nuestras caricias no había ternura sino rabia y miedo. La culpa roía mis entrañas y me obligaba a rehuir tu mirada. Nuestra vida se tiñó de rojo y negro: el rojo de la sangre en la que se ahogaron nuestras víctimas, el negro de nuestro silencio. Sí, amor mío, porque, callándonos, ocultamos el dolor y la culpa que albergábamos en el corazón: preferimos hundirnos en la farsa de felicidad que nos iba matando poco a poco.



A veces, en mitad de la noche, me despertabas con un grito de angustia muy parecido al que precedió a la tragedia. Tu dolor, querida Clelia, me angustiaba, pero no podía hacer nada por aliviarlo. Cuando intentaba estrecharte en mis brazos, corrías hacia el baño y cerrabas la puerta por dentro. Me quedaba escuchando junto a la puerta cerrada sin atreverme a pronunciar tu nombre, Clelia, no fueras a rechazarme. Y me preguntaba si la llave que me impedía entrar, no me estaría cortando también el paso a tu corazón. Hoy me duele mi cobardía, nuestro silencio, que nos fue alejando más y más.



Al cumplirse el primer aniversario del accidente, te atreviste, por una vez, a hablar de ello. Me pediste que te llevara al cementerio: querías llevar unas flores, dijiste. Al principio, me negué. Te grité que se trataba de una idea morbosa que nos haría daño, que no era bueno hurgar en la herida. No podría decir ahora si temía agrandar tu sufrimiento o era el miedo a verme desbordado por la culpa lo que me impulsaba a negarme. Pero tú me suplicabas entre lágrimas y acabé accediendo para no ser testigo de tu dolor.



Compraste unos lirios blancos que depositaste a los pies de los dos sepulcros. Después permaneciste unos minutos en silencio, con la cabeza gacha, como musitando una oración a un Dios en el que no creías. Tu mano se asió a la mía y me apretaste con fuerza. No recuerdo, amada Clelia, cuánto tiempo permanecimos allí unidos en el silencio; lo que sí recuerdo es que en esos momentos creí que volvíamos a ser uno.



De regreso a casa, mi corazón se iba colmando de dicha. Estaba convencido de que, con la visita al cementerio, habíamos dejado atrás tu dolor y mi culpa. ¡Qué confundido estaba, amor mío! Al llegar del trabajo tres días después, te encontré con el abrigo puesto y rodeada de maletas. Me estabas esperando, dijiste, para despedirte. No aguantabas más; no podías vivir como si no pasase nada, como si no hubiéramos enterrado el amor en nuestro silencio. Mi corazón se detuvo al oírte y, con él, mi vida entera. No supe qué contestarte para retenerte y te dejé marchar.



En estos cinco años desde que te despediste de mí, amada Clelia, no ha pasado un instante sin que me haya prometido llamarte, enviarte un WhatsApp, un correo electrónico para rogarte que volvieras. Te he escrito miles de cartas que, luego, han terminado en la papelera y he ido a la puerta de la casa de tus padres sin atreverme a llamar no fueras a rechazar a quien destrozó tu vida.



Ayer te vi, Clelia. Estaba junto al quiosco cuando pasaste a mi lado. Lo dejé todo para seguirte pero el miedo me volvió a sumir en el silencio: nuestro maldito silencio.