jueves, 1 de diciembre de 2016

Il Castrato. Segunda Parte












IV


     Tenía diecinueve años cuando tuve el honor de cantar por vez primera ante el Gran Fernando de Medici. Atrás quedaron los tiempos en los que compartía mis dichas y mis desdichas con el dulce Marco; en los que huía de la tiranía del gordo Pippo. El uno había muerto desangrado en el sillón del barbero; el otro había acabado siendo el criado de un rico mercader genovés después de perder su bella voz por un ataque de garrotillo, que, para asombro del galeno, se hizo presa de él a edad tardía.

     De manera que allí estaba yo. Solo con mi voz. Ante el Gran Príncipe de la Toscana y su desventurada esposa, Violante Beatriz de Baviera. Mientras cantaba Lascia ch'io pianga, una ola de tristeza rebasaba mi corazón. Las palabras de la composición de Haëndel parecían escritas ex profeso para mí. 




Lascia ch'io pianga 

mia cruda sorte…

e che sospiri

la libertà

e che sospiri...

e che sospiri...

la libertà




Il duolo infranga

queste ritorte

de'miel martiri

sol per pietà;

de'miel martiri

sol per pietà*















*“Deja que llore / mi cruel suerte / y que suspire / por la libertad / y que suspire / y que suspire / por la libertad.

Que el dolor quiebre / estas cadenas / de mis martirios / sólo por piedad; / de mis martirios / sólo por piedad.”






     Así me sentía yo: encadenado a un cruel destino encarnado en la persona de mi maestro.

     La muerte de Marco y la pérdida de la voz de Pippo habían sido golpes muy duros para Nicola Priamo. Su prestigio había descendido tanto que ya no llamaban a su puerta los padres de las voces angelicales. ¿Quién iba a confiar en un maestro al que se le morían sus discípulos o se le volvían de voz ronca para siempre? Sin pupilos a los que transmitir sus saberes, decidió dedicarse en cuerpo y alma a mí, el único que le quedaba y, me temo, no el mejor dotado. O más bien debería decir que se dedicaba a mi voz. 


    El miedo al fracaso se apoderó de él hasta el punto de metamorfosearse en un tirano sin piedad alguna hacia mis defectos, que eran muchos. Me hacía levantar en plena noche, ensayar una y otra vez ante el espejo, corrigiendo los altos y los bajos de mi voz, exasperándose con mis gestos: la caída de los párpados, el movimiento de una mano, la cabeza hacia atrás. Nada escapaba a su escrutinio. Cualquier error azuzaba su impaciencia. Su temperamento, de suyo manso y bondadoso, tornose arisco e irascible. Con los grandes se abajaba tanto que besaba los suelos; mas, con los insignificantes como yo era impaciente, imperioso y poco dado a la benevolencia. Se enfurecía por naderías y el que encendía su cólera con mayor celeridad era yo, que acabé cogiéndole miedo hasta hacerme temblar el solo sonido de sus pasos por los corredores de la casa.

     Sin intercesor alguno que mediara, se presentaba en las grandes casas ofreciendo sus servicios, los míos, a decir con mayor propiedad, como cantante de música sacra, mas también profana. En los primeros tiempos, sólo los burgueses de reciente fortuna le abrían, nos abrían, las puertas de sus casa con el afán de emular a la nobleza y despertar la envidia de sus iguales. Mas un día tuvo a bien escucharme el Deán de la Catedral de Florencia, amigo íntimo de Fernando de Medici, al que quiso homenajear en su onomástica con una velada musical en su villa a las afueras de la ciudad del Arno. Encantado con mi ejecución, me contrató para participar en tan extraordinario acontecimiento.

    Y allí estaba yo. Solo con mi voz. Ante el Gran Príncipe de la Toscana y su desventurada esposa, Violante Beatriz de Baviera. Solo yo con mi voz ante ilustres personalidades que hacían parecer un pordiosero al maestro Priamo. Me sentí cohibido sobre todo por la presencia de las damas, tan elegantes que parecían salidas de un sueño. Damas que resplandecían con los destellos que desprendían las sedas, los brocados, los rasos y los terciopelos de sus vestiduras. La blancura de sus pieles competían con las perlas que adornaban sus escotes. Sus cinturas, de tan finas, parecían a punto de quebrar en dos las esbeltas figuras. El revoloteo de los abanicos de encaje me producían vahídos. Y hasta la esposa del anfitrión, anciana ya y afamada en su juventud por su fealdad, me pareció un hada con sus fabulosos ropajes. No es pues de extrañar que, al verme ante semejante audiencia, un temor formidable se hiciese presa de mí.

     Mas, cuando empecé a cantar, todo desapareció como por un hechizo: damas, caballeros, el Gran Príncipe de Florencia, el Deán de la catedral, el maestro Priamo y hasta yo desaparecí ante la belleza de la música. Me sentí transportado por las notas que marcaban las palabras; desgarrado de dolor mientras cantaba. Lascia ch'io pianga / mia cruda sorte. Mi voz se impregnó del sentimiento de la melodía y mi corazón lloró ante la tristeza de la letra. E che sospiri / la libertà. La música no era de Häendel; la música era mía. Il duolo infranga / queste ritorte. La letra no era de Feustking; la letra era mía. De'miel martiri / sol per pietà. Las palabras brotaban de mi alma solas sin que interviniese la voluntad. Todo mi ser vibraba de emoción. De'miel martiri / sol per pietà.

    Cuando la canción llegó a su fin, el silencio que recorrió la sala hizome estremecer. Abrí los ojos y lo primero que vi fueron las lágrimas de una joven dama que se aferraba con la mano crispada al brazo del que supuse sería su esposo. Después, se oyó un suspiro. Luego, un sollozo. Y, finalmente, un aplauso tan estruendoso que la araña de cristal que pendía del techo empezó a balancearse y por un momento temí que se me cayera encima.

    Tras mi triunfal entrada en el gran mundo, empezaron a llamarme de las cuatro esquinas de la península italiana. Canté en Milán, Venecia, Génova. Traspasé fronteras. Visité Londres, Viena, Berlín, Madrid. Desperté la admiración de príncipes y reyes. No importaba el idioma que hablasen mis oyentes; a todos conseguía arrancar lágrimas de emoción. Las mujeres, hasta las más virtuosas, desafiaban las normas del decoro y la decencia cuando llamaban a mi puerta a altas horas de la noche anhelantes por compartir mi lecho. 

     Después de todo, unas horas de pasión no entrañaban los peligros a los que se ven abocadas las mujeres con otros amantes. ¿Acaso un castrato puede comprometer el honor de una mujer con un hijo inoportuno?


V



     La frente del señor Da Murotti se había perlado de gotas de sudor. Después de dos horas de interrogatorio al acusado, no había conseguido de él más que llantos y protestas proclamando su inocencia. Repasó las notas que había tomado el día anterior, cuando testificaron un hombre y una mujer en contra del reo.

     »─Era la una de la madrugada cuando salí a dar un paseo para que el aire frío del norte me aliviara de las fatigas del día ─había contado el hombre, mayordomo de una villa cercana a la mansión en la que residían Carlo Bernacci y su familia─. Poco antes de llegar a la verja de la casa del marqués, vi que algo se movía entre las sombras. Me asuste al pensar que pudiera ser el perro de los ingleses que viven allí cerca. Es un perro enorme y ya ha atacado a más de un incauto que, como yo, sale a pasear a altas horas de la noche. Me iba a dar la vuelta con mucho sigilo, ágil como un saltimbanqui, saltó la verja y se puso a correr por el jardín del marqués.

   »─¿Podría decir con seguridad si la persona que vio era el acusado? ─había preguntado el señor Da Murotti.

   »─Bueno, era menudillo y delgaducho como él. Y todo el mundo sabe que los comediantes son capaces de subirse a las alturas sin miedo a caerse. Ya sabe, vuesa merced, las acrobacias que hacen en la Feria de San Juan.

   »─Pero, ¿podría decir que se trataba del acusado?

   »─No le vi la cara, porque estaba oscuro, pero yo diría que era él.

   La declaración de la mujer, la cocinera de Carlo Bernacci, aún era más débil. Dijo haberla despertado un ruido en el jardín y al salir fuera, había visto a alguien vestido de carmesí entrar a la casa del marqués por una de las ventanas. Asustada, cogió un candelabro y recorrió la casa en busca del intruso. Pero, antes de encontrarlo, oyó el grito de la señora Bernacci, que había encontrado a su marido muerto en su despacho.


   Pese a la inconsistencia de los testimonios, el señor Da Murotti estaba seguro de la culpabilidad de Luigi Burlleschi. Era de dominio público que el acusado estaba enamorado de Lucrecia Bernacci desde hacía años. Se decía que, estando soltera ella, él la asediaba y que el caballero Pastrani, padre de la viuda, la había casado con el entonces heredero del Marqués de Travento para protegerla de las habladurías. Mas, el celoso cantante no se había resignado y, después de dejarla por un tiempo tranquila, había vuelto a incordiar a la bella dama. El señor Da Murotti porfiaba que, al ser rechazado por la marquesa, Luigi Burlleschi se había vengado matando a su esposo.

   El fiscal dirigió miró con pena al abogado defensor. Era éste un joven inexperto que dudaba de cada decisión que tomaba. Su rostro barbilampiño de facciones delicadas le hacía parecer una madonna de Perugino. El alegato de la defensa se basaba en la declaración de Peruso, el criado de Burlleschi, que afirmaba que su amo se había ido a dormir a las ocho y media y no lo había visto salir de su dormitorio en toda la noche.

   Y, pese a la falta de pruebas contundentes, el señor Da Murotti confiaba en el buen juicio del señor Gordini y esperaba la pena máxima para il castrato.







VI




    La primera vez que la vi fue en París, en una velada organizada por el príncipe de Soubise, biznieto de Ana de Rohan-Chabot, la que fuera más que amiga del Rey Sol. El anfitrión, buen súbdito del monarca reinante, quería ser el primero en celebrar el nacimiento de la princesa María Adelaida, ocurrido unos días antes en Versalles. Aunque la velada estaba pensada para unos pocos allegados de la familia del príncipe, entre los invitados figuraba el caballero Pastrani, su esposa y dos de sus hijas: Giovanna y Lucrecia.
    Lucrecia parecía una madonna entronizada. Estaba sentada junto a la ventana y las gruesas cortinas de terciopelo rojo festoneadas en dorado enmarcaban su figura como en un sagrario. Fue su casta apariencia la que llamó mi atención. La mayoría de las mujeres que había conocido en mis viajes hacía tiempo que habían perdido la inocencia y no les importaba retorcer los preceptos morales en los que fueron educadas con tal de satisfacer sus más insignificantes caprichos. Mas Lucrecia conservaba el aire virginal de una niña. Sus pupilas, de un azul transparente, parecían suplicar amor cuando se posaban en alguien. ¡Cuántas veces sus ojos, inundados de lágrimas, me hicieron creer en la ternura de su corazón que decía reservar sólo para mí! Su boca era pequeña, de labios finos y rosados, que cuando la vi por vez primera, aún no coloreaba con rojos artificios. Rosadas eran también sus uñas, botoncitos que embellecían las puntas de sus largos y blancos dedos. Y rosado era su vestido de seda, con una banda de terciopelo negro que resaltaba la galanura de su talle. Era como una miniatura de mujer y, no obstante, cuántas de las que allí estaban hubiesen querido tener su donaire al moverse, su serena y límpida mirada cuando permanecía en reposo.

    ¿Puede alguien imaginar lo que sentí cuando Lucrecia, que aún no tenía nombre para mí, posó su mirada en mí? El aire se negó a entrar en mis pulmones y aun así me creí el hombre más dichoso de este valle de lágrimas. Canté como nunca lo había hecho sólo porque ella me escuchaba. Y, no obstante, mi memoria se negó a conservar las baladas de amor que para ella canté. Lo que sí recuerdo son sus pupilas navegando en lágrimas de emoción. 

  Cuando finalicé mi actuación, la busqué entre los invitados a la fiesta pero parecía haberse esfumado. A nadie pude preguntar sobre su persona. ¿Quién era yo, un simple cantante, poco más que un sirviente, para indagar sobre su persona? Mas, al final de la velada, el destino fue clemente conmigo y me permitió verla, aunque sólo fuera en el momento en que abandonaba la reunión acompañada de sus padres y su hermana.
   No volví a verla en mucho tiempo; no obstante lo cual tampoco la olvidé. Cada noche entraba en mis sueños y, por unas horas, me hacía creer que el amor entre nosotros no era una disparatada quimera.

   Y, cuando había ya perdido la esperanza de contemplar su bello rostro más allá de mi imaginación, apareció en otra velada ataviada con las negras vestiduras reveladoras de la tristeza de un luto. Por su abuela paterna, oí decir a alguien. Sus ojos habían perdido un tanto de la inocencia de la primera vez. Y, aún así, qué gozo llenó mi pecho cuando, al cruzarse con los míos, vi que me reconocía. Esa noche fue ella la que me buscó. Yo no osaba sino contemplarla y adorarla en la distancia. Mas ella, Lucrecia, mi Lucrecia, se las ingenió para burlar la vigilancia de sus mayores y, en un descuido, acercarse hasta el rincón donde me encontraba y, sin que pudiera advertir cómo, me estrechó la mano desde mi espalda.

   ¡Ángel mío!, ¿será posible que tú, la más adorable de las criaturas creadas por la providencia, sintieras una brizna de ternura por este ser despreciable? No. De sobra sé que no.

   Después de aquella noche, no hubo velada, concierto o función en los que yo cantase que no estuviera ella. Salía a escena y lo único en lo que reparaba era en sus ojos azules. Y, al acabar mi intervención, siempre conseguía escabullirse del cuidado de sus mayores para estar conmigo y hacerme miles de promesas de amor. Mas, si ello no le era posible, inventaba alguna argucia para hacerme llegar una esquela que rubricaba con un beso que dibujaba con el carmín que había empezado a darse en sus labios.

   Fue en su decimonoveno aniversario cuando Lucrecia me habló por primera vez de Carlo Bernacci. El caballero Pastrani había organizado una fiesta para homenajear a su hija y celebrar también el final de casi dos años de luto. Entre las atracciones organizadas para agasajar a la bella joven, no podía faltar yo, el cantante predilecto de la nobleza si se deja de lado al gran Farinelli. Lucrecia aquella noche resplandecía. Era la primera vez que se sentía el centro de atención de una congregación tan numerosa y se solazaba en ello. Podría haber sido esa la razón por la que no me dirigió una mirada de entendimiento sino en el momento en que me despedí de ella, cuando me dijo que su padre quería esposarla con el futuro Marqués de Travento.

   Debo decir que mi Lucrecia era la cuarta hija del caballero Pastrani, un ilustre señor emparentado lejanamente por parte de su esposa con la casa de Este, regente entonces del ducado de Módena. No obstante el predicamento del que gozaba esta familia, el caballero Pastrani no disfrutaba de una buena posición económica. El gusto por el buen vivir y la intervención en negocios poco afortunados le habían llevado a dilapidar una fortuna ya mermada cuando la heredó de su padre. Era conocido, entre otras cosas, por la rapidez con las que casaba a sus numerosas hijas con caballeros adinerados sin importarle mucho la procedencia de tales dineros. En ese sentido, Lucrecia iba a ser más afortunada que sus hermanas al prometerla con el sobrino nieto del viejo solterón Marqués de Travento. La codicia y no otra era la razón de que el caballero Pastrani eligiese como futuro esposo de su hija a un caballero que frisaba los cuarenta años, viudo y con dos hijos ya crecidos.

   Lucrecia me contó esto a su manera, sin poner en duda el juicio de su padre. Eso sí, con lágrimas de espanto en sus bellos ojos. Pretendía que yo encontrase algún modo de la pusiera a salvo del triste futuro sin contrariar los deseos de su padre: imposible paradoja. Durante días, estuve trazando un plan tras otro, buscando salidas a aquel callejón; mas Lucrecia los iba rechazando uno a uno por disparatados. Mas, pese a tales menosprecios, no me esperaba la contestación que me dio cuando tuve el atrevimiento de proponerle que fuese mi esposa. Una carcajada sacudió todo su cuerpo. Durante unos minutos no paró de reír. Luego posó sus bellas manos en mis hombros y me besó con pasión en los labios. 

   ─Mi dulce Luigi ─me dijo en medio de su risa jovial─. Nosotros no podemos casarnos. Si tú ni siquiera eres un hombre. Pero gracias, amor mío, me has hecho olvidar mis penas.

   No sé si me dolieron más sus crueles palabras o el tono alegre en el que fueron dichas. Hasta aquel día había creído que Lucrecia me amaba. Mas la ternura que reservaba para mí no era muy diferente que la que le suscitaba su perrita Lulú.

   El trece de mayo de mil setecientos treinta se celebró en la iglesia de San Vicenzo de Módena el enlace de Lucrecia Pastrani con Carlo Bernacci. Tras la ceremonia religiosa, el padre de la recién esposada ofreció a sus numerosos invitados una fiesta fabulosa de la que se habló en todas las cortes europeas. En la celebración no faltaron músicos que tocaron el clavecín, la viola a la gamba y el laúd, actores que recitaron pasajes de La Divina Comedia y yo, que canté por el amor perdido de mi dulce Lucrecia.























Nota: El video pertenece a la película Farinelli (1994), basada en la historia real de un castrato.



jueves, 24 de noviembre de 2016

Il Castrato. Primera Parte










I

  El dieciséis de marzo de mil setecientos treinta y seis moría Giovanni Battista Pergolesi. Los monjes capuchinos del monasterio de Pozzuoli que recogieron su último aliento encontraron entre sus pertenencias la partitura de su Salve Regina, en cuya primera página figuraba la siguiente dedicatoria: “A Luigi Burllecchi, que, con su voz, hace llorar a las musas”. A pocas leguas de allí, en Nápoles, unas horas más tarde, el destinatario de tal dedicatoria era apresado y conducido al calabozo. La noticia del apresamiento arrasó toda Europa como si de un huracán se tratase. 

Visto el escándalo que suscitaba tal acontecimiento, uno de los monjes copió la primera página de la luego célebre partitura, obviando la dedicatoria, y quemó el pliego original en un brasero que servía a los religiosos para entrar en calor en la capilla las gélidas madrugadas invernales. Esa y no otra fue la razón de que nadie tuviera constancia de los postreros deseos del músico.

Pero volvamos al dieciséis de marzo. Esa noche sólo el criado al servicio de Burllecchi supo del apresamiento de su amo. El alguacil, acompañado de tres hombres más, se presentó en la casa del cantante poco antes de que las campanadas de la catedral anunciaran las once y cuarto. Luigi Burllecchi, de costumbres casi monacales, llevaba horas durmiendo cuando su criado llamó a la puerta de su dormitorio infringiendo sus estrictas órdenes de no molestarlo. Peruso, que así se llamaba el sirviente, se había llevado más de un coscorrón de su señor cuando, siendo un muchacho, entró a su servicio hasta que comprendió que tan sagradas como la sangre de San Genaro eran las horas de sueño del castrati. Entre sus obligaciones estaba conocer los grandes perjuicios que la falta de sueño tenía en la voz de su amo, más delicada que las alas de una libélula. Perusio, de mala memoria para otros menesteres, era raro que olvidase hasta donde podía llevar a Luigi su temperamento, pese a ser de común un dechado de templanza, cuando se lo importunaba con visitas tardías que acababan por desvelarlo hasta la llegada de la mañana. Mas aquella noche, la visión de la autoridad en la puerta de la casa hizo que desapareciesen al punto todos los temores de tan diligente criado.

La irrupción de los cuatro servidores de la ley en su dormitorio despertó de golpe a Luigi, que en aquel momento soñaba que daba un paseo con Lucrecia a los pies del Vesubio. Por un instante pensó que aquel brusco despertar no era sino caer en otro sueño, pesadilla más bien, que le robaba la imagen de su amada trocándola por la de aquellos groseros rufianes. Mas cuando le hicieron salir de la cama a empujones sin tener consideración alguna sobre su persona, Luigi intuyó que de aquel sueño le costaría despertar, si es que lo hacía alguna vez.

Sin darle razón alguna, registraron la casa desde el altillo hasta el sótano. Entraban y salían de cada una de las estancias. Abrían y cerraban cajones, armarios, baúles. Subían y bajaban escaleras: la principal, la de servicio, la condenada. No hubo rincón de la casa en el que no husmearan aquellos sabuesos. Sus botas embarradas restregaban las mullidas alfombras traídas de Oriente. Sus correrías por los pasillos dejaban desconchones en las paredes. Sus voces llenaban de palabras malsonantes las habitaciones. Durante dos horas destrozaron la armonía que, con tanto mimo, había llevado Luigi a aquella casa sin que le valieran de mucho las protestas desgarradoras para detener aquel escarnio. Y, cuando su corazón estaba a punto de estallar ante la visión de las porcelanas de Sèvres hecha añicos y la colección de músicos autómatas mutilada en el suelo, una mano gigantesca lo cogió del brazo y lo empujó a la calle sin darle apenas tiempo a coger un viejo paletó y echárselo por encima de las magras ropas de dormir.

Lo condujeron hasta el calabozo por calles oscuras; apenas iluminadas por una o dos antorchas a la entrada y a la salida. Estaba helando y la escarcha lo hacía resbalar cuando alguno de sus guardianes lo conminaba para que se diese prisa. En vano preguntó la causa del arresto. Ni el alguacil ni sus acompañantes le dirigían la palabra si no era para ordenarle que apresurase la marcha. Sólo en el momento en que lo iban a encerrar en la pestilente celda le leyeron los cargos de los que se le acusaban.



II


Tenía nueve años cuando entré en casa de Nicola Priamo. Ignoro quién le había hablado a mi padre, un rudo campesino sin letras, del más afamado maestro de castrati de Nápoles en los primeros años de este decimoctavo siglo. La noche que me dejó al cuidado de la sirvienta de la gran casa fue la última que lo vi. Supongo que las muchas bocas que alimentar y el poco alimento que entraba en nuestra paupérrima morada influyó en la decisión de mi progenitor de abandonarme a mi suerte. En el momento en que me arrancaron de los brazos de la infancia yo era el quinto de un rebaño de once hermanos y mi puesto en la familia sólo se hacía notar a la hora de sentarse a la mesa. Así que no es de extrañar que mis padres me buscasen acomodo lejos de la casa familiar y me dejasen al cuidado del destino.

Mas mi historia nada tiene de extraordinario. En aquellos años, no eran raras las familias que, acuciadas por la miseria, procurasen para sus hijos un futuro mejor convirtiéndolos en castrati, esto es, ni hombres ni mujeres.

Pero, como digo, la noche que llegué a casa de Nicola Priamo no vi al que sería mi maestro, mi padre, mi tormento en los años siguientes.

La criada a la que fui confiado por mi padre, sin darme tiempo a despedirme, me condujo hasta un maloliente cuchitril donde dormían dos bultos o personas, de las que no se distinguía más que la coronilla, arropados por una especie de saco de tela basta. Esto no lo supe por mi gran entendimiento sino porque la dicha criada me tendió uno de tales sacos y me ordenó que me tumbase en el suelo para reparar las fuerzas del viaje.

No recuerdo cómo transcurrió el tiempo hasta la llegada del nuevo día; si caí rendido de la fatiga o si, como sucedió en las noches venideras, pasé las horas en vela añorando a mis hermanos mientras a mi lado se oían el dulce respirar de los durmientes y, de tanto en tanto, sus suspiros cuando eran atemorizados por alguna pesadilla.

Con las primeras luces del día, la criada nos despertó con caricias que poco o nada tenían de maternales. Pude ver, entonces, las caras, aún somnolientas de mis compañeros de habitación. Eran dos muchachos muy dispares entre sí. Uno de ellos, el que se hacía llamar Pippo, debía de ser tres o cuatro años mayor que yo. Era gordo, con esa gordura blanda y blanquecina del que no tiene otra preocupación que llenar la panza. Su rostro pudiera haber sido el de un estúpido sin entendederas de no ser por la expresión que asomaba a sus ojos, llena de malignidad. Mi otro compañero, Marco era su nombre, parecía ser de mi edad y hubiese pasado por mi hermano gemelo si no hubiera sido porque su pelo era negro como el plumaje de los estorninos que imitaban el canto de los pastores en mi pueblo; mientras que mi cabello siempre ha sido bermellón como las amapolas que crecían en el campo. Como digo, era de traza pareja a la mía: el mismo tipo enclenque, la misma nariz roma, el mismo modo de sorber los mocos, que aparecían con los primeros vientos de octubre y que no nos abandonaban hasta bien entrado el verano, como supe después. 

Aquel día no hablé con ellos más que lo justo para que me indicasen dónde hacer mis necesidades en el patio trasero de la casa y poco más. La criada me llevó por un largo pasillo a los aposentos del maestro Priamo y no los volví a ver hasta la noche. 

Como quien ve a un ser celestial así me quedé yo cuando vi al maestro. En mi corta vida no había contemplado a nadie tan bello y brillante. Todo él parecía resplandecer: sus vestiduras, su rostro, blanco y luminoso como la luna, sus manos, que semejaban pajarillos a punto de emprender el vuelo. Y la habitación en la que me recibió, un trocito del Paraíso me pareció. Me sentí cohibido entre tanto terciopelo carmesí y objetos de cristal, que entonces ignoraba qué eran y para qué servían. Jarrones, candelabros, tapices y cortinas: todo era nuevo para mí.

─¡Anda, malandrín!, cierra esa boca de bobo y acércate para que te vea ─me dijo con una sonrisa bondadosa que se apoderó de mi corazón hasta el resto de mis días.

Me aproximé muy despacio con ese temor que nos suscitan los seres venerables. Me hechizaba su voz. Con el tiempo descubriría que no era el único al que encandilaba el tono cristalino de su hablar, la nitidez con la que separaba unas y otras palabras, el énfasis que ponía en algunas, no por su relevancia en la conversación sino por su musicalidad. Como si quisiera disipar mi miedo, me tendió la mano y me hizo sentar en un escabel a sus pies. A su lado me tuvo toda la mañana escuchándolo, primero, con verdadero arrobo cantar pasajes de Wachet auf, ruft uns die Stimme y, después, tratando de imitarlo en tan difícil composición de Bach.

Lo que para mí era un juego, un divertimento, para el maestro Priamo era el camino que le llevaba a la fortuna. Para él, formar a un niño cantor y convertirlo en un castrato era la base de un negocio muy lucrativo. Es cierto que, como un orfebre, cincelaba sus voces con sumo cuidado, que no admitía bajo su pupilaje más que a tres muchachos a un tiempo. Pero precisamente por ello, conseguía grandes sumas y era llamado por la aristocracia y hasta por cabezas coronadas para que sus muchachos, como él nos llamaba, cantasen en veladas privadas. Solía decir, no obstante, que su oficio era una obra de arte. Como Micheangelo, que de un tosco trozo de mármol, extrajo la bella figura de David, él tomaba nuestras voces y las moldeaba hasta extraer de ellas el canto de un serafín.

Pero me estoy adelantando mucho. Estaba en los aposentos del maestro Priamo el día que lo conocí.

Pasé la prueba a la que me sometió sin saber que estaba siendo probado; sin conocer el privilegio que era ser elegido en tan selecto círculo. Vinieron después meses de duro trabajo en los que practicar con la voz ya no era un juego sino una dura disciplina. En meses y meses, nos hacía levantar con el alba y, sin tiempo siquiera para mojarnos la cara en el pilón del patio trasero, ya estábamos cantando piezas de difícil ejecución, practicando trinos. Solos ante el espejo, acompañados los tres para corregirnos unos a otros los errores o en presencia del maestro que, con sus dulces maneras, imponía su autoridad con mayor provecho que el más duro ejecutor del látigo. Desde el amanecer al crepúsculo apenas se nos concedía un poco de descanso para el almuerzo y, luego, vuelta a empezar. Gorgoritos, trinos y falsetes, sin descuidar las clases de escritura, literatura, composición y qué sé yo más. Mas todo lo hacíamos con gusto sólo por complacer al maestro Priamo, al que adorábamos por su bondad.

Enseguida congenié con Marco, que era de temperamento dulce y sosegado. No así con Pippo, que era taimado y dado a la mezquindad. Por ser mayor que nosotros, nos tiranizaba abusando de su corpulencia. Nos tenía a su servicio como si sus criados fuéramos, obligándonos a hacerle cualquier menester que a él pudiese suponerle el menor esfuerzo. No engañaba a nadie ni tan siquiera lo pretendía. Pero su voz era tan prodigiosa que se hacía perdonar todas sus faltas. Incluso el maestro, que tan escrupuloso se mostraba con el cumplimiento del deber, era indulgente con él. 

Cuando llegaba la noche y la criada cerraba la puerta de nuestro triste dormitorio, Pippo nos atemorizaba con historias terribles acerca de la operación que nos convertiría en eunucos para siempre con el fin de preservar la pureza de nuestras voces. Nos hablaba de carnes putrefactas, de gritos que atemorizaban al mismo cielo, de dolores tan difíciles de soportar que provocaban el desmayo de los niños sometidos a la dudosa pericia del barbero. Marco y yo escuchábamos tales tormentos abrazados, temblorosos por el terror que nos suscitaban aquellas historias, hasta que una carcajada de Pippo nos traía de nuevo al presente. Él bien podía reír. Hacía dos años que había pasado por tan temible trance. Mas nosotros, según nos decía el maestro Priamo, teníamos cita con la cuchilla sajadora unos meses después.

No obstante el miedo que nos provocaba la espera de la visita del barbero, nunca nuestra infantil imaginación concibió tan espantoso acontecido.

Fue la criada, trasmutada en Caronte, la que nos condujo a través de malolientes callejuelas hasta la casa del barbero. O carnicero, sería más apropiado decir. Era una agobiante tarde de un mes de agosto, si no me falla la memoria. La mujer nos llevaba con paso apresurado mientras la fina suela de mis zapatos se quedaba pegada al suelo enlodado sin pavimentar. De tanto en tanto, habíamos de apartarnos para evitar las aguas menores, y las mayores también, que tiraban por las ventanas vecinos con poco celo. Viramos por un callejón medio oculto por una cuadra y una taberna con no muy buena pinta y a unos cuantos pasos de la entrada de un pasadizo, encontramos la barbería.

El barbero, aún más gordo que Pippo mas de baja estatura, nos hizo pasar a un cuchitril sin ventanas ni más mobiliario que un banco corrido de madera apoyado a la pared. Con el acento de los florentinos, nos conminó que aguardásemos unos instantes, que a mí me parecieron eternos. La espera atormentaba nuestra paciencia y colmaba de negros augurios nuestros corazones.

Tuve el honor de ser el primero en ser llamado a la presencia del que haría posible que mi voz se mantuviera cristalina como la de un muchacho hasta el fin de mis días. Aún recuerdo, a mi entrada a la sala de los milagros, la impresión que me causó la peluda verruga que adornaba el mentón del ayudante del cirujano. Mi potro de tortura no era otro que el sillón donde el barbero rasuraba barbas y rapaba cabezas. Nunca podré olvidar el tufo agrio a sudores humanos que desprendía el respaldo en el que descansaba mi cabeza. Me hicieron beber un extraño brebaje que desagradó a mi paladar y que luego supe que se trataba del fruto de la vid ya avinagrado al que le habían añadido algo más que unas gotas de láudano. Mas era tal mi agitación que el sueño se negaba a acudir. Así pues, el diligente ayudante del barbero apretó mi garganta con sus enormes manos y me dejó sin sentido hasta muchas horas después.

Me despertó un fuerte dolor en mis partes pudendas. Todo a mi alrededor lo veía borroso, como en medio de una nube. En torno a mi lecho, caras de seres grotescos hablaban entre sí. El sufrimiento de mi cuerpo paralizaba mi miedo. Después, volví a sumergirme en la inconsciencia. Sé, porque me lo contaron más tarde, que estuve muchos días ardiendo en calentura mientras mi alma vacilaba entre la vida y la muerte.

Cuando al fin regresé al mundo de los vivos, supe que mi querido amigo, mi amado hermano Marco, ya dormía para siempre el sueño de los justos.






III


     En la sala no quedaba hueco ni para un jilguero. Una multitud empujaba desde la puerta que daba acceso a la Sala de las Audiencias sin hacer caso de los guardias que trataban de mantener el orden. Los que permanecían de pie estiraban el cuello con la vana esperanza de atisbar, aunque sólo fuera de lejos, al reo, al juez o al fiscal. Pero era tan numeroso el gentío que el más afortunado sólo podía ver el artesonado del techo. Entre los que aguardaban el inicio del juicio, los había que se sentían intimidados por la magnificencia del Castel Capuano y contemplaban con fervor religioso los frescos de Biagio Molinari di Trani; embelesados con la belleza de las figuras femeninas que representan las doce provincias del reino; sin osar ni tan siquiera a hablar en susurros. Mas otros, asiduos a las celebraciones de la justicia, dejaban oír sus voces estridentes mientras relataban al público lo que iba aconteciendo. El más lenguaraz de estos últimos era un sastre que solía acudir al menos dos veces por semana tras dejar su negocio en manos de dos aprendices. Este cuarentón de fácil carcajada se ufanaba de conocer todos los secretos del Palacio de Justicia.

     ─Me ha dicho el ujier que el tribunal lo va a presidir el juez Gordini ─le estaba diciendo a una mujer que llevaba un niño en sus brazos y otros dos prendidos a sus faldas─. No le arriendo la ganancia al señorito cantante. Usía tiene fama de severo y ha mandado a más gente al patíbulo que puntadas tiene une robe á la française.

     Un murmullo corrió entre la multitud. Como si Moisés y el pueblo hebreo fuesen a atravesar el Mar Rojo, el gentío se dividió en dos para dejar paso a una dama vestida de negro que llevaba el rostro oculto tras un velo.

    ─Es la Signora Bernacci ─se oía entre susurros a lo largo del corredor que conducía a la Sala de las Audiencias.

    ─Dicen que es muy bella y que Burllecchi enloqueció de amor por ella.

    ─A saber si no fue ella quien lo indujo a matar al marido. ¿Acaso no ha oído vuestra merced lo que se dice de ellos? Que cuando se descuidaba el marido...

   ─¿Qué dice vuesa merced?, ¡si es casi una niña!

   ─Ya, ya. De todas formas, el que lo tiene mal es el pájaro éste.

   ─Dicen que ayer se puso a gritar como un energúmeno que era inocente y que el juez tuvo que echarlo de la sala porque no había quien lo hiciese callar.

   ─¿Quién le ha dicho semejante disparate?

   ─Mi cuñado, que viene mucho por aquí. Es carnicero, ¿sabe?, y entiende de estas cosas.

   ─Será carnicero o el sursum corda pero no le contó a vuecencia bien lo sucedido ayer. No gritó. No. Lloró como una mujerzuela. Claro, que no me extraña. Esta gente... Ya se sabe.

    Un caballero ataviado con vestiduras negras se abrió paso a codazos entre la multitud. Su ostensible cojera no le impedía caminar con rapidez. Llevaba bajo el brazo derecho unos legajos atados con un cordel.

    ─¡Abran paso!, ¡abran paso! No entorpezcan la acción de la justicia.

   ─¡Jesús, qué modos! ─exclamó una mujer de buen ver pese a su avanzada edad. Con sus más de cinco pies de altura y casi doscientas libras de peso, imponía como si de la propia Juno se tratase.

   ─¡Schuss!, que te oye ─la reconvino encolerizado su marido, un hombre que no llegaba a los cinco pies─. ¿No sabes que es el señor fiscal?

    ─Sí señora ─dijo el sastre, atento a todo lo que sucedía a su alrededor─. El señor Da Murotti es como un mago. Dicen que guarda para el último día una prueba que condenará al reo sin remedio. Como buen parmesano, no da puntadas sin hilo. Hay que echarse a temblar si pone el ojo sobre uno.

   ─Pues a mí me da mucha pena el muchacho ─dijo la mujer de los tres niños─. Tiene cara de ángel.

  ─¡Ay, qué bobas son las mujeres! ─exclamó el sastre con una sonrisa de condescendencia─ Enseguida se dejan embaucar por una boquita linda. Pero a mí no me la da. Ése lo mató para quedarse con la mujer. Si no conoceré yo a estos tipos.

   ─Y aquel viejecillo ridículo vestido con ropa de mozo ¿quién es? ─preguntó un jovenzuelo pelirrojo y pecoso que vendía verdura en el puesto que tenía su padre en el mercado.

   ─¿Ése? Es el maestro Priamo, el que enseñó a cantar al pipiolo. Dicen que es el único que cree en su inocencia. Ya ven vuesas mercedes para lo que le ha servido la fama al canario.

   ─¡Un poco de respeto, hombre, que estamos ante la justicia que es ciega, pero no sorda!

   ─Ya me callo, señor guardia.









miércoles, 2 de noviembre de 2016

Las tres y media y aún no ha regresado


   Las tres y media y aún no ha regresado. Se marchó poco después de las nueve de la noche y, al despedirse, me prometió que no tardaría mucho, que sólo iba a dar una vuelta con Alicia, su amiga de esta temporada, que antes de la medianoche estaría durmiendo en su cama; y yo, como una tonta, la creí. Pero el reloj ya ha dado las tres y media y aún no ha regresado. La llevo esperando desde que oí las campanadas de las doce. Antes de esa hora me prohibí a mí misma pensar en ella, preocuparme anticipando tragedias que no tienen por qué suceder. Anduve trajinando por la cocina, por la salita, cogiendo y dejando el libro que compré el otro día y que, pese a haber leído hasta la página cuarenta, todavía no sé de qué trata: tal es mi angustia. Pero, desde que el reloj anunció la llegada de la medianoche, toda la agonía de entonces se ha desbordado.

   Aunque no me atreva a decirlo en voz alta, sé que ha vuelto a las andadas. A mí no me engaña. He visto cómo en los últimos meses su mirada se tornaba más y más huidiza. Ha perdido el apetito. No. El apetito, no. El disfrute por la comida. Por exquisitos que sean los platos que le ponga en la mesa, ella los come con indiferencia, como si le diese igual una cosa que otra. Y está mucho más delgada. Se comporta del mismo modo que la otra vez. Ya apenas la oigo reír, ni viene a mi cama por las noches a contarme las tonterías que para ella eran tan importantes: una falda vista en un escaparate, la sonrisa que le dedicaba un muchacho, una canción oída en la radio… Me desespera cuando la veo vagar por la casa, con el camisón de manga larga, pese al calor agobiante de agosto, y los pies a medio meter en las zapatillas. Dejando pasar los días sin ducharse sin desenredarse su preciosa melena negra, con las greñas cayéndole por la espalda; que me dan ganas de cogerla de la mano, y meterla en la bañera, y restregarla bien con la esponja enjabonada, como cuando era una niña pequeña y dependía para todo de mí, su madre.


   A veces me siento tentada a preguntarle. “¿Has vuelto a las andadas?” Pero temo la respuesta. No porque me vaya a contestar que sí: de sobra sé que no me lo va a decir. Me gritará desaforada. Ya me lo conozco. ¿Acaso no lo he vivido antes? Me contestará de malas maneras, con insultos, con patadas a los muebles, sin escuchar ni ñlatender a razones. Tengo miedo de que se borren estos tres años de calma asustadiza, volver a ver cómo se va matando poco a poco; o no tan poco a poco. Volver a la vigilancia, a acerchar sus entradas y salidas, a dejar de dormir por las noches esperando angustiada que llegue de Dios sabe dónde; como esta noche, que me dijo que sólo iba a dar una vuelta con Alicia y ya pasan de las cuatro menos cuarto y aún no ha regresado.

   ¿Es posible que haya caído otra vez, Dios mío? Me vienen una y otra vez a la memoria aquellos horribles dos años. Al principio no me di cuenta. Ni mi marido tampoco. Nadie se dio cuenta. Es cierto que se volvió contestona, desobediente. Discutía por cualquier cosa, se peleaba con Julieta, su hermana, que de repente, pareció haberse convertido en su enemiga. Ella, siempre tan buena estudiante, empezó a suspender las asignaturas más fáciles, a faltar a clase, a mentir a sus profesores, a su padre, a Julieta, a mí, que soy su madre. Pero, ¿quién iba a pensar que una niña de catorce años iba a coquetear con “eso”? Que si era cosa de la rebeldía de las adolescentes, que si quería afirmar su identidad, que si se dejaba influir por la pandilla de amigos, que si ya se le pasaría... Cualquier explicación nos valía para esconder la verdad.

   Fue Julieta la que lo descubrió, aunque se demorara en decírnoslo, asustada de lo que había visto. Ocurrió un sábado por la tarde. Iban a salir, cada una con sus amigos. Julieta estaba nerviosa porque un chico de su clase la había invitado a una heladería o a una de esas discotecas para adolescentes, que no recuerdo bien. ¡Qué ilusionada estaba! Desde las cuatro de la tarde, quería arreglarse y no paraba de dar vueltas por la casa. Sin reparar en que su hermana estaba allí encerrada, entró en el cuarto de baño y ni siquiera se detuvo a llamar a la puerta. Entonces la vio. Sentada en el inodoro, con el brazo izquierdo extendido sobre el lavabo, una goma oprimiéndole el antebrazo, la melena suelta ocultándole la mitad de la cara en tanto la otra mitad mostraba una expresión de intensa concentración. 

   En un primer vistazo, Julieta no se percató de lo que estaba sucediendo. No vio la aguja penetrando en la carne de su hermana. Creyó que se había mareado y corrió hacia ella para auxiliarla. Y sólo cuando a gritos la mandó salir sin demora del cuarto de baño se dio cuenta de lo que ocurría. 

   Pero Julieta no nos dijo nada. Después de echarla con cajas destempladas, ella corrió tras Julieta hasta su habitación y le hizo prometer con palabras zalameras que no le contaría nada a nadie. Le aseguró que sólo estaba probando la maldita heroína para ver lo que se sentía, que no iba a pincharse más veces, que era la primera y la última que lo hacía. Y Julieta la creyó. En aquel entonces le parecía tan horrible, tan inverosímil, pensar que su hermana pudiera drogarse, que Julieta la creyó. Julieta la creyó y no nos dijo nada. Y nosotros, su padre y yo, no supimos verlo. O nos negamos a verlo, a pesar de sufrir cada día sus cambios de humor, sus accesos de cólera; a pesar de verla enflaquecer de día en día; a pesar de sus ojeras más y más pronunciadas. A pesar de que mi corazón parecía intuirlo y una fuerte opresión en el pecho me impedía respirar.

   Ni siquiera lo vimos cuando empezó a ir con aquella gente extraña, aquella gente tan distinta de sus antiguos amigos de la escuela y del instituto. Tan distinta de los chicos y chicas con los que iba Julieta. Nada de los muchachos sanos y educados del barrio, los que conocíamos de siempre. Era gente mucho mayor que mi niña querida. Gente que no estudiaba, como mis hijas, como los hijos de nuestros amigos; gente a la que no se le conocía ocupación alguna. Y empezó a salir hasta altas horas de la noche sin decirnos adónde iba ni cuándo volvería; a pasar uno, dos, tres días fuera de casa; angustiándonos a todos por no saber si le había sucedido alguna desgracia, por no saber dónde buscarla, a quién preguntar; robándonos el sueño, el sosiego, mientras su padre y yo la esperábamos despiertos. Como esta noche, en la que hace rato dieron las cuatro y media y la espero mientras me hago cientos de preguntas y, en vano, intento acallar mi angustia.

   Ni siquiera lo vimos cuando empezó a faltar dinero, cuando se escapaba de casa, cuando se saltaba las clases, cuando me empujaba porque no le daba lo que quería. Ella, que siempre había sido una niña buena, una niña obediente, una niña dulce. Ni siquiera entonces lo vimos. Ni hicimos nada para ayudarla. Tuve que encontrarla desmayada en el suelo de su habitación, a punto de escapársele la vida, para que lo viéramos. 

   No quiero volver a pasar por ello. No quiero. No quiero a volver a pasar una noche más sentada en una silla dura de la sala de urgencias de un hospital. No quiero ver otra vez a médicos, enfermeras, auxiliares, yendo y viniendo, pasando a nuestro lado, sin decirnos nada. Unos mirándonos con indiferencia, otros, con cara de preocupación, los más, mirándonos sin vernos. Y, entre tanto, nosotros, Julieta, mi marido y yo, sin atrevernos a mirarnos, viendo detenerse las horas, como esta noche, en la que la espero mientras vuelve a mí el pasado. 

   No quisimos creer a la doctora que nos lo dijo. Nuestra hija no era ninguna heroinómana. Nuestra hija era una niña buena que no hacía esas cosas. ¿Qué era eso de que había consumido una dosis adulterada?, ¿qué clase de médicos eran esos que no sabían encontrar la causa de una pérdida de consciencia y se dejaban llevar por prejuicios sobre los adolescentes? Mi marido amenazó al hospital. Gritamos, lloramos, callamos; callamos, lloramos, gritamos. Sólo cuando la doctora se fue y nos calmamos un poco, Julieta nos contó lo que sabía. Y el mundo se nos cayó encima, se me cayó encima.

   No estuvo sino dos días en el hospital pero nos parecieron dos lustros. Lo que no sabíamos era que el alta no iba ser el despertar de una pesadilla; sería el inicio de la más angustiosa que nos tocaría vivir. La salida del hospital fue el umbral que se abrió al peor año de nuestras vidas. 

   Me parece que la estoy viendo cuando llegamos a casa y lo confesó todo. Estaba tan asustada que nos prometió todo lo que le pedimos sin detenerse siquiera a pensar en lo que hacía. A partir de ese día, iba a volver al instituto, a sus estudios, a sus amigos de siempre. A partir de ese día, abandonaría la pandilla que la había llevado por el mal camino, las salidas nocturnas hasta la madrugada, la droga maldita. A partir de ese día sería nuestra hija de siempre. A partir de ese día se acabarían los cambios repentinos de humor, los enfados sin razón, las contestaciones airadas. Volvería a su dulzura de niña.

    Pero no. Sus promesas se irían una y otra vez por el sumidero del lavabo.

   No esperó mucho para volver a juntarse con aquellos jóvenes malditos; a salir por las noches sin decir adónde iba, cuando volvería; a saltarse las clases hasta convertirse en una extraña para sus profesores, para sus compañeros, para ella misma; a mentirnos, a gritarnos; a llevar mangas largas que ocultasen los pinchazos de sus brazos. A obligarnos a esperarla hasta altas horas de la noche, como hago esta angustiosa noche en la que son casi las cinco y aún no ha regresado. Hubo un tiempo que vivimos subidos en una montaña rusa. Podían pasar meses en los que parecía haber tomado el camino recto hacia la normalidad y un día, de pronto, coger una bifurcación que la conducía de nuevo al punto de partida. Y otra vez vuelta a empezar, sin importarle las fuertes disputas en las que nos enzarzábamos su padre y yo, culpándonos el uno al otro.

   Mas todo lo que tiene un inicio tiene su fin. O al menos eso creí.

   Una vez nos sorprendió llegando muy temprano de sus correrías nocturnas. Aún no había dado el reloj las diez de la noche cuando cruzó el vestíbulo con gran alboroto. No pude contenerme y la seguí hasta su habitación. Había cerrado la puerta pero, aun así, no esperé a que me invitara a entrar. Era como si un sexto sentido me avisase de que algo grave le había sucedido. Y así era. Mi intuición no me engañaba. Nunca me engaña, aunque siempre espere sin apenas esperanza que se equivoque, como esta larga noche en la que la aguardo consumida por aciagos presentimientos. 

  Parece que la estoy viendo como la vi entonces. Tumbada de bruces encima de la colcha de flores, llorando sin consuelo, hipando en cada sollozo como hacía de muy niña. Me senté al borde de la cama y le acaricié el cabello hasta que su llanto se hizo más sosegado. No sé cuánto tiempo permanecimos así, sin decirnos nada, en silencio, hasta que mi niña querida se volvió y rodeó mi cuello con sus brazos. Aún puedo sentir el peso de su cabeza en mi hombro y oír su voz susurrante mientras me contaba la muerte del chico que amaba por una sobredosis.

    Nunca la vi tan frágil, tan vulnerable, tan asustada.

   En tres semanas no quiso salir de casa. Regresó a su primera infancia buscando de continuo la compañía de su padre, de Julieta, la mía; pidiéndonos una palabra de consuelo, una caricia, un abrazo. Poco a poco la persuadimos para que aceptara nuestros consejos y la convencimos para que ingresara en un centro de desintoxicación. Nos valimos de su dolor para alejarla de aquel mundo sucio que la había apartado de nuestro lado y la envolvimos con la capa de la ternura para protegerla de ella misma. 

   Fueron meses muy duros para todos y no sería justo para ninguno que ahora lo echase todo a perder. No quiero dejar de verla mientras la tienen encerrada en aquel centro ni quiero volver a ver sus lágrimas cuando vayamos a visitarla y nos suplique que la saquemos de allí. No quiero pasar las semanas contando las horas que nos separan del domingo, día en el que nos dejen irla a ver. 




   ¡¡Dios mío!!, si me parece que te estoy viendo, hija mía, cuando te trajimos a casa; si parecías una muñeca de trapo que ha perdido el serrín. En tus ojos brillaba la tristeza y en tus labios, una disculpa. Y, poco a poco, día a día, volviste a ser tú. Volviste a tus estudios, que habías dejado atrás, a sentarte a la mesa con nosotros a la hora de comer, a la hora de cenar, a reír, a cantar. ¡Niña tonta!, ¿es posible que lo eches todo a perder?, ¿es posible que no tengas compasión de tu padre, de Julieta, de ti?, ¿es posible, hija mía?...






***



   ─... ¡Niña tonta!, ¿es posible que lo eches todo a perder?, ¿es posible que no tengas compasión de tu padre, de Julieta, de ti?, ¿es posible, hija mía?...

   Las lágrimas le corrían por las mejillas sin que hiciera nada por detenerlas al tiempo que su voz se elevaba más y más. Una mujer de mediana edad entró presurosa en la salita y se arrodilló a los pies de la butaca en la que estaba sentada la anciana. Le acarició con ternura la frente retitándole un mechón le caía sobre el ojo derecho.

   ─¡Shsusss! ─le susurró al oído─Estoy aquí contigo, mamá. Soy Julieta. ¿Qué haces levantada tan tarde? Vamos a la cama.

   ─No puedo, hija. Tengo que esperar a Adriana. Mira qué hora es y todavía no ha vuelto.

   ─Mamá, mamá. Venga, que te llevo a la cama. No llores. Adriana no va a volver. Hace treinta años que se fue para siempre.









domingo, 23 de octubre de 2016

Reencuentro








   En una calle populosa, se encontraba Le paradis sur la terre, la cafetería más elegante de la ciudad. A la caída de la tarde se daban cita en ella hombres y mujeres que querían ver y ser vistos aunque los precios elevados de su carta no les permitiese tomar más que una infusión: lo más barato entre una suculenta oferta de tartas, pastelillos o brioches, especialidad de la casa. No era raro ver a algún cliente tomar una o dos fotos a su familia para dejar constancia del momento y presumir ante los amigos, que miraban con envidia los manteles de hilo de color vainilla y los cojines rojos de terciopelo de las sillas lacadas en crema.

   ─¡Natalia, estás igual! ─exclamó Sofía ─ Nadie diría que han pasado más de quince años.

   Natalia dejó la taza de café hirviendo sobre el platillo y levantó la mirada hacia el espejo que cubría la pared. Lo primero en lo que reparó fue en los pliegues que, como un paréntesis, custodiaban sus labios. La luz que caía sobre su rostro parecía pensada a propósito para acentuar la fea hendidura. Una mueca de disgusto puso de relieve las arrugas de su frente, que semejaban los dibujos del mar de su hijo Miguel: un mar furioso, en el que las olas saltaban unas sobre otras. Con aquella iluminación, su cutis se veía verdoso, sin brillo. Arrugó aún más la frente como si así quisiera ahuyentar su reflejo en el espejo, pero la imagen burlona no apartaba los ojos de ella. Pensó con tristeza en los veinte minutos que había pasado retocándose el maquillaje antes de salir de casa, el cuidado que había puesto en perfilar la línea de los labios, encendiendo sus pupilas con la sombra azulada que dio color a sus párpados. 

   ─Natalia, déjame que te mire. Estás monísima.

   Se había probado el vestido de color chocolate con los puños y el cuello beige y lo había desechado al momento. Parecía una hermana Clarisa, le decía su yo más crítico, que no tenía piedad en colmarla de inseguridades. Había extraído del armario varias faldas, que fue arrojando una a una sobre la cama: con la de tubo verde se veía bajita y rechoncheta, la vaquera con cristalitos era demasiado campestre, la larga de flores que tanto le gustaba a su hija le hacía parecer una zíngara... Se había enfadado consigo misma por agobiarse tanto. Sólo había quedado con Sofía para tomarse un café, se había dicho. Sí, pero Sofía ya no era la Sofía de entonces; era una mujer que tenía el mundo a sus pies. 

   Había cogido una falda cualquiera del montón, casi sin mirar, y se la había puesto con la blusa rosa apagado que tanto le favorecía, pero que aquella tarde la hacía parecer demacrada. Finalmente, había elegido un pantalón de hilo de color verde manzana y una blusa blanca con chorreras, el mismo atuendo que llevaba al colegio cuando tenía que hablar con el tutor de alguno de sus hijos, y por encima, se había puesto un fular en tonos crema. Del joyero, había extraído la pulsera de perlas y turquesas. Un poco ostentosa, había pensado, pero seguro que Sofía iba sorprenderla con joyas aún más valiosas y llamativas. Antes de salir, se había rociado con el perfume Airs du printemps que le regaló Eduardo por su decimoséptimo aniversario de bodas. Una última mirada en el espejo del ascensor la había dejado satisfecha. 


   Sin embargo ahora se veía ajada y envejecida. Sentada en la cafetería en la que la había citado Sofía, se sentía fuera de lugar. ¿Qué hacía ella, una simple madre de familia, en aquel local de moda, donde iban a parar lo más sofisticado de la ciudad?



   No pudo evitar mirar de arriba abajo a Sofía, sentada en la silla frente a la suya. Llevaba un vestido corto, sin mangas, de color blanco, dividido en dos: a la derecha, el vestido era liso y a la izquierda, una guirnalda de rosas malvas pintadas en la tela subía hasta el hombro. No llevaba más. Ni joyas, ni chales, ni los fulares que ella no se quitaba de encima, fuera de día o de noche, hiciese frío o calor. No llevaba nada más que unas sandalias negras, con unos tacones tan altos y tan finos que Natalia no entendía cómo su amiga podía sostenerse en ellas.

   ─Es que te miro y no me lo puedo creer. A ti no te ha estropeado el tiempo como a mí. Sigues siendo tú, tan natural, sin necesidad de fingir que eres otra. Mi querida Natalia, ¡cuánto te he echado de menos!




    Natalia no sabía si su amiga hablaba en serio o se burlaba de ella. No había más que ver la imagen que les devolvía el espejo de la cafetería. A la legua se veía que Sofía era una mujer de mundo, que había triunfado en su trabajo, que despertaba la admiración de hombres y mujeres; en tanto ella sólo era la madre de Miguel y Cecilia, la esposa de Eduardo.

   ─Y cuéntame. ¿Cómo es tu vida?, ¿tu familia?, ¿tus niños, tu marido? Cuéntamelo todo. No sabes cómo he lamentado estos años perdérmelo. Cómo te he envidiado. Acuérdate cuánto deseaba de niña tener una familia como la tuya. Y, ya ves. Aquí me tienes sola, mientras que tú...

   Después de tanto tiempo, ya no conocía su sonrisa. ¿Era de alegría por el reencuentro o su gesto no era sino la mueca de quien se mofa del perdedor?

   ─Vamos, Sofía. Si tú tienes todo lo una mujer puede desear: un puestazo en una empresa de comunicaciones, un apartamento en el mejor barrio de París y no me cabe la menor duda de que te basta con chasquear los dedos para que todos los hombres se rindan ante ti ─le dijo Natalia mientras con los brazos abiertos hacía como si quisiera abarcar toda la cafetería.

   ─Sí. Todos los hombres. Menos los que se quedan con una, como el tuyo, como tu Eduardo.

   Un incómodo silencio se impuso entre ellas que Natalia no supo cómo interpretar. Pensó en Eduardo, que hacía dos días que no la hablaba. Sí. Su marido era de los que se quedaban con una pero a veces a qué precio. Todo iba bien entre ellos siempre que Natalia no contrariara su voluntad mas, bastaba con que ella pusiese alguna objeción a sus deseos, por pequeña que fuese, para que se desatara una tormenta de hielo. Como dos días antes, cuando se opuso a que Cecilia abandonase el colegio para hacer un módulo de peluquería. Tanto el padre como la hija llevaban semanas asediándola con argumentos tramposos: que si la niña no podía con los estudios, que si estaba obstaculizando su vocación, que si esto, que si lo otro. Pero ella no se dejaba convencer. Si la vocación de Cecilia estaba tan arraigada, bien podía esperar dos años a terminar el bachillerato.

   La voz de Sofía la sobresaltó. Con el entusiasmo que venía mostrando desde que se encontraron aquella tarde, estaba recordando una anécdota tras otras de cuando eran niñas y compartían pupitre en el colegio de las teresianas. ¡Cuánto tiempo había pasado y qué distintas eran las mujeres en las que se habían convertido! Entonces Natalia soñaba con ser una corresponsal de prensa que trajera con su pluma la voz de las mujeres silenciadas. Influida por los libros de Simone de Beauvoir que cogía de la biblioteca municipal, organizó en el colegio un club con las alumnas de tercero de BUP y COU con la consigna “Las mujeres al poder”. ¡Qué ingenua! Cada lunes, después de la clase de latín, se reunían a escondidas de las monjas e improvisaban discursos incendiarios por la liberación de la mujer. Ella nunca vendería su libertad por un marido y unos hijos, decía entonces. Sus esfuerzos por ser la primera de la clase no serían en vano. En tanto Sofía, a pesar de ser su íntima amiga, no se mostraba muy entusiasmada con las ambiciones de Natalia y parecía andar renqueando al ritmo que le marcaba la vida. Casi treinta años después, los papeles se habían intercambiado. La imagen de sí misma que le devolvía el espejo era la de una mujer que se ha rendido a la vida en tanto la de su amiga era la cara del triunfo.





   Sofía se retiró un mechón inconformista de la frente. Estaba cansada después de una semana sin dormir más que unas horas. Pese haber sido ella la que había dejado a Lucian, no podía deshacerse de la sensación de frustración que la embargaba. No era la soledad lo que más le pesaba. Se sentía sola desde hacía muchos años. Los hombres que habían pasado por su cama no la habían querido lo suficiente como para llenar el vacío de su alma. O tal vez había sido ella la que había sido incapaz de amarlos. No sabía. Lo único cierto era la insatisfacción cada vez mayor que le dejaban las sucesivas relaciones con sus amantes y el sentimiento de fracaso que se apoderaba de ella cuando terminaban.

   Frente a ella, Natalia se deleitaba con una tarta a los tres chocolates. Partía un trozo minúsculo con la cucharilla dentada y se lo introducía en la boca mientras entornaba los párpados como si alcanzase el más elevado estado de éxtasis, como si nada fuera más importante que aquel pedazo de bizcocho. ¿Cuánto hacía que ella no se abandonaba al placer de ese modo?, ¿cuánto que tenía que fingir una felicidad que no sentía para escapar de la compasión de los demás? Y, sin embargo, sabía que muchas mujeres darían media vida por calzarse sus sandalias. No era tonta ni le habían pasado inadvertidas las miradas envidiosas de las otras ejecutivas de la empresa de comunicación en la que trabajaba desde hacía quince años y a las que había ido dejando atrás en su camino de ascenso hasta lo más alto. Y todo, ¿para qué? ¿Para comprarse unos Manolos?, ¿para escuchar en la Scala de Milán a la Bartoli?, ¿para volar a Nueva York y cenar con el Lucien de turno en Brooklyn Fare? Mucho mejor le iba a Natalia, con sus zapatos de tacón torcido, su blusa barroca que parecía sacada del baúl de su abuela y su fular desentonado. Cuánto daría ella por una vida sencilla como la de su amiga.

    Sofía sonrió cuando Natalia sacó del bolso un pequeño álbum de fotografías. En una época en la que todo el mundo guardaba sus fotos en dispositivos electrónicos, su amiga seguía siendo fiel a aquellos libros de cartón forrados en piel.

   ─Éste es mi hijo Miguel ─le estaba diciendo Natalia ─. Míralo. No es porque lo diga su madre pero ¿a que es guapo? Tiene doce años y lo han seleccionado entre doscientos más de su edad para participar en un torneo europeo de tenis. No es que quiera presumir ni nada por el estilo pero no me digas que no es para estar orgullosa.

   La sonrisa de Natalia llenó de luz su rostro. ¿Quién pudiera sentir un amor así? 






   Sofía siempre había querido ser madre. Hasta donde alcanzaba su memoria, se recordaba deseando tener un bebé en sus brazos que pudiese llamar suyo. ¿Cuántas veces siendo niña la habría regañado su madre cuando iban por la calle por soltarse de la mano y echar a correr sólo por ver a un bebé que llevaba alguien en su cochecito?, ¿cuántas noches no llamaba el sueño a su puerta hasta las tantas porque ella se perdía en fantasías imaginando al hijo que nunca nació? Lo veía cuando lo bañaba entre espuma y pompas de jabón, mostrando con su risa un dientecillo de arriba. Luego lo cubría con una toalla y el niño dejaba escapar ruiditos de satisfacción. A su lado su marido tomaba en brazos a su hijo que enredaba dos dedos en un mechón de pelo de Sofía.

   ─… Esta foto se la hizo mi hija Cecilia este verano en la casa que tenemos en el Puerto de Santa María ─estaba diciendo Natalia ─. No quería venir. Acuérdate cómo éramos nosotras a su edad. Todo lo que fuera ir con nuestros padres, nos olía fatal. Preferíamos aburrirnos con el bueno de Juanfran a pasar una tarde con nuestras madres.

   ─¿Juanfran?, es cierto, ¿qué será de él? Me acuerdo cómo nos aprovechábamos del pobre empollón para que nos hiciera los trabajos que mandaba la madre Segundina. ¿Qué hubiese dicho la pobre mujer de haber sabido que martirizábamos al primo de Lourdes de aquella manera?

   ─¡No lo martirizábamos! Al contrario. Él estaba encantado. Además, tú le gustabas.

   ─¿Yooo?

   ─Sí, tú. No te hagas la tonta ahora, Sofía. Todo el mundo lo sabía.

   Sofía rió con ganas antes de que un haz de tristeza cruzase su mente. Ojalá pudiese dar marcha atrás y volver a los dieciséis años cuando todo era posible. Treinta años después hasta lo más sencillo le parecía imposible. 

   Y sin embargo sabía que no podía quejarse. Millones de personas tenían muchas más razones que ella para sentirse desgraciadas. ¿Qué le faltaba a ella?, ¿acaso no disfrutaba con su trabajo, con sus viajes por Europa? ¿De verdad quería ser como Natalia? Una mujer sin otra aspiración que su hijo destacase en el fútbol. ¿No le gustaba más la Natalia de dieciséis, diecisiete, dieciocho años, la que iba a poner el mundo patas arriba para que se reconociesen los derechos de la mujer? ¿De dónde le venía a ella aquel sentimiento de fracaso?

   Sus ojos se posaron en los de Natalia. Por un momento vio en ellos su misma frustración. Quizás su amiga tampoco se sintiera feliz con la vida que le había tocado vivir; quizás también añorase aquello que nunca tuvo. ¿Acaso no había tenido que renunciar a su sueño de convertirse en una gran periodista cuando se quedó embarazada a pocos meses de terminar la carrera y tuvo que casarse con un chico que apenas conocía? Era como si la vida, en su reparto, hubiese equivocado las cartas. Cuán feliz hubiese sido ella con la familia de su amiga, sin tener que arrastrar ella sola aquella vida vacía. Pero, ¿se la cambiaría Natalia? Ocultó una sonrisa burlona. ¡Por qué vericuetos la llevaban sus pensamientos!







   ─Yo siempre quise ser como tú ─dijo Natalia en un rapto de sinceridad y después de unos minutos de silencio─. Llevo más de veinte años casada y hasta esta tarde no me he dado cuenta de cómo he desperdiciado mi vida. ¿De qué me sirvió estudiar tanto?, ¿para qué sirvieron aquellas lecturas a escondidas de las monjas? Me creía a la vanguardia del mundo. Mis ideas estaban muy por encima de la manera de pensar de esta ciudad mezquina y opresiva. Y todo, ¿para qué? ¿Para acabar limpiando las narices sucias de mis hijos?, ¿para estropearme las manos con el estropajo?, ¿para que la gente no vea en mí más que a una ama de casa gris sin nada que decir? Mírate tú y luego mírame a mí. ¡Si parezco tu madre! Tú sí que lo has conseguido, Sofía. Eres una mujer valorada y respetada. No como yo, que cada día que pasa, soy más invisible. Eres...

   ─Una mujer sola. Eso es lo que soy. Cuando llega la noche, tú estás rodeada de tu marido y de tus hijos que te quieren; en cambio yo, en el mejor de los casos, estoy rodeada de desconocidos para los que también soy una extraña. ¿De verdad quieres eso? Yo sí que quería lo que tú tienes y lo sigo queriendo aunque ya no me queden esperanzas de encontrarlo.

   Natalia sintió que la ira se le escapaba por la boca. Se levantó de la silla y, al volver a sentarse, golpeó la taza de café que se derramó sobre el mantel de hilo. 

   ─Dices que estás sola. ¿Te crees que yo no lo estoy? ¿Quién te crees que me ha acompañado cuando mis hijos han estado enfermos? Nadie. Mi marido está más tiempo fuera de casa que con nosotros, siempre viajando, recorriendo el país de norte a sur, para ganarse unos euros. ¿Por qué te crees que dejé de trabajar, yo, que siempre he despreciado a las mujeres que abandonan su carrera cuando se casan? Para que mis hijos no encontraran la casa vacía al volver del colegio. Yo sí que he estado sola y sin ninguna recompensa. ¿Sabes cuánto tiempo hace que no leo un libro decente? Yo tampoco lo sé. Por las noches acabo tan rendida de ir de aquí para allá sin rumbo que me enchufo a la televisión y me trago los programas del corazón para no pensar en mi vida vacía. Mientras tú estás transformando la opinión de la sociedad en tu agencia de comunicación, yo estoy doblando calcetines.

   ─¿Transformando la opinión de la sociedad? ¡Ja! Vendiendo humo, querrás decir. O mentiras en las que nadie cree, para ser más exactos. Mentiras que son más gordas cuanto mayor es la cuenta del que paga.

   ─Vamos, Sofía. ¿No querrás decirme que no te gusta tu trabajo? Si es igual que lo que imaginábamos cuando íbamos a la facultad de periodismo.

   ─No voy a negarte que disfruto con lo que hago. Hablando con nuestros clientes, preparando la mejor estrategia para darlos a conocer, explorando las noticias casi antes de que nazcan; sentarme ante la pantalla del ordenador y tener ante mí el mapa del mundo con los puntos calientes en política, economía, cultura... Prever lo que sucederá después, con una autonomía que ni siquiera soñaba cuando entré en la empresa. Pero, ¿a costa de qué? A costa de estar sola, de dejar por el camino personas y, lo que es peor, mis principios. Me he perdido a mí misma y ya no me reconozco. ¿Sabes cuánta gente me odia por haberle quitado un puesto, un novio, un ascenso? Natalia, yo no era así.

   Las dos amigas se sostuvieron la mirada. Desafiantes. Durante unos segundos que a ambas les parecieron una eternidad, ninguna dijo una palabra, como si esperase la iniciativa de la otra para disparar sus municiones. Se hubiera dicho que se culpasen de la decepción que les había traído la vida y hubiera llegado el momento de ajustar cuentas.

   De repente, como movidas por una misma mano, estallaron en una carcajada.

   ─¿Tan horrible es tu vida? ─preguntó Natalia.

   ─¿Tan horrible es la tuya?

   Rieron hasta que las lágrimas rodaron por sus mejillas llevándose por delante el maquillaje. Dejaron de lado sus rencores y celebraron el reencuentro con una botella de cava. La risa había roto las barreras levantadas por el tiempo y pudieron hablar ya sin tapujos ni recelos del pasado, del presente y del futuro, y se prometieron amistad eterna, que no permitirían que transcurriese tantos años antes de volver a verse.







   Pasadas las diez se despidieron las dos amigas a la puerta de Le paradis sur la terre. Sofía paró un taxi, que la llevó hasta el hotel donde se alojaba. La noche le trajo de nuevo la fatiga y la tristeza. Se descalzó. Las tiras de las sandalias se habían clavado en la piel. Desde la ventanilla le asaltó la visión de una ciudad alegre. Las luces de las farolas iluminaban a intervalos el interior del vehículo. En el exterior grupos de jóvenes se dirigían a los locales de moda llenando las aceras con sus risas y sus voces cantarinas. Pero aquella algarabía no servía sino para aumentar la sensación de desdicha de Sofía. Después de pasar la tarde reconciliándose con Natalia, con ella misma, volvía a colmarse de vacío. 

  La campanilla del móvil le avisó de la entrada de un mensaje borrando en un instante sus sombríos pensamientos. Lo leyó una, dos, tres veces. Una subida de la adrenalina aceleró el pulso de su muñeca. Se adelantó en el asiento para meterle prisa al taxista. Al llegar al hotel, no se detuvo a esperar al ascensor sino que subió de dos en dos las escaleras que le conducían a su habitación. Ya en ella, se conectó al portátil. Allí estaba: el correo de su cliente más importante. Una ráfaga de euforia recorrió su médula espinal. No cambiaría aquella emoción por nada del mundo, el convencimiento de ser la mejor en su trabajo, y mucho menos la cambiaría por la vida insulsa de Natalia.







    Natalia llegó a su casa pasadas las diez y media de la noche. Tras la loca alegría que había mostrado con Sofía, se sentía enfadada consigo misma, descontenta con su proceder. ¿Cómo era posible que se hubiese mostrado tan débil dejando al descubierto sus flaquezas, su decepción ante la vida? Seguro que su antigua amiga la había tomado por una fracasada. Era tal su indignación que no acertaba a introducir la llave en la cerradura. En el momento en que lo logró, le abrió la puerta su hijo Miguel, que la abrumó con su charla atropellada. No la dejaba hablar mientras enlazaba una frase con otra para ponerla al día de su jornada escolar. Antes de que su mente pudiera atrapar las palabras de su hijo, Cecilia bajó las escaleras que llevaban a los dormitorios. Dio tres vueltas en torno a ella y la hizo reír, ruborizarse, cuando la colmó de alabanzas sobre su atuendo. Desde la cocina, le llegaba el aroma a lenguado al horno que Eduardo preparaba para ella cuando quería hacer las paces después de alguna disputa. Una sensación de bienestar se llevó toda la fatiga y la cólera que le había dejado el encuentro con su amiga. ¿De verdad había querido cambiar el sentimiento de sentirse querida por Eduardo y sus hijos por la vida solitaria de Sofía?

lunes, 10 de octubre de 2016

Salomé









“Amo a aquel que ama lo imposible”.
Fausto. Johann Wolfgang von Goethe


    Para Federico no fue fácil asimilar la pérdida de sus padres y el despido de su trabajo, ocurridos ambos sucesos con unos pocos meses de diferencia. Aunque desde muy joven dijo que quería tener casa propia, había dejado pasar los años sin hacer nada por independizarse y a los treinta y cinco años abandonó sus planes para un futuro mejor. Con la ayuda de su madre, vació la buhardilla de trastos viejos, pintó las paredes del color del cielo en primavera, compró una cama tan grande que en ella podían dormir cuatro personas holgadamente y llenó la habitación de estanterías para sus libros. En aquella estancia pasaba casi todo el tiempo que no le robaba su trabajo como contable en un negocio de compraventa de coches de segunda mano. La juventud y buena parte de la madurez se le fueron lamentándose ante sí mismo de su vida gris y solitaria pero nunca hizo nada por ponerle remedio. Vio cómo sus amigos del colegio se enamoraban y casaban con mujeres que habían conocido desde niñas mientras que a él lo dejaban atrás hasta convertirlo en un extraño. 

    Con el tiempo se tornó huraño. No se relacionaba más que con tres o cuatro parroquianos de una taberna cercana a la casa de sus padres con quienes jugaba una partida de mus las tardes de los domingos. Llegada la noche, permanecía en la salita de su casa, aburrido ante el televisor, oyendo sin escuchar las conversaciones de sus padres; siempre las mismas, año tras años. Hasta que su madre empezaba a cabecear. Entonces tenía que ayudarla a subir los cuatro escalones que la separaban de su dormitorio y se quedaba junto a ella esperando a que su padre se acostara.

    Ya solo en su cama gigantesca dejaba volar la imaginación y fantaseaba con una vida lejos de allí. Soñaba que conquistaba países exóticos a lomos de un caballo negro como el firmamento sin estrellas; que se dejaba amar por mujeres de largos cabellos cobrizos, cinturas cimbreantes y labios jugosos; que borraba su pasado y se transformaba en un nuevo Rodolfo Valentino. Luego, de repente, despertaba de su sueño. Miraba a su alrededor y se sumergía en el presente. A su mente acudía la imagen de sus padres indefensos por su avanzada edad y lo corroía la culpa, que lo acusaba de hijo egoísta y desagradecido. 

    La muerte de sus padres lo sorprendió en una época en que creía haberse conformado con su destino. No la esperaba, a pesar del delicado estado de salud de ambos. Primero se apagó la vida de su madre, que se durmió una noche para no despertar más. El padre quiso velarla a los pies del lecho conyugal y, pese a las protestas de Federico, no se movió de su lado hasta dos días más tarde, cuando la muerte vino a buscarlo compadecida de su soledad por la partida de su esposa. 

    Federico, de pronto, se sintió golpeado por el vacío de su vida. La aguja de su brújula interior giraba enloquecida sin acabar de detenerse en ningún punto. Entraba en una habitación y se quedaba parado en medio sin saber qué buscaba, salía y volvía a entrar desorientado para volver a salir al momento. Las horas pasaban a su lado sin percatarse si era de día o de noche. Por las mañanas, permanecía con la mirada perdida en el infinito en tanto en su mesa de trabajo se amontonaban facturas sin revisar. Por las tardes se dejaba caer en cualquier sitio. 

   Al principio, su jefe se mostró comprensivo e, incluso, le dio unos días libres para que resolviera los asuntos de sus padres. Pero, con el paso de las semanas, se volvió más y más exigente, hasta que un error en dos facturas precipitó el despido de Federico.

    A partir de entonces, se confundieron los días, el reloj cesó de dar las horas y él se sumergió en un estado de estupor que le hizo olvidar que tenía que seguir viviendo. No era raro verlo caminar por el espigón hasta bien entrada la madrugada. A paso rápido, la mirada al frente, los brazos balanceándose hacia delante y hacia atrás. Mientras la vida seguía su curso en la pequeña ciudad, Federico caminaba sin descanso por las calles hasta que, vencido por el agotamiento, tomaba el camino que lo llevaba de regreso a casa. Allí lo esperaba la densa presencia de la ausencia que le aplastaba los hombros hasta hacerle casi tocar el suelo. Medio aturdido, subía las escaleras que le conducían a la buhardilla y, cuando alcanzaba la cima, se dejaba caer en la cama sin desvestirse ni quitarse tan siquiera los zapatos. 

    Muchas veces, en las largas noches, lograba dejar la mente en blanco mientras, con la vista fija en el techo, acababa hechizado con las figuras que se formaban sobre la superficie rugosa cuando la habitación se iluminaba por el paso de los coches que transitaban por la carretera: una pipa humeante, un molino de viento, una noria... Luego de nuevo la oscuridad hasta que los faros de otro automóvil traían con su luz la silueta de más figuras. Aquel juego de luces y sombras fue convirtiéndose en su razón de ser. Esperaba con ansiedad la llegada de la noche sólo por encontrarse con esas imágenes fabulosas que forjaba su mente con la ayuda de un haz de luz y la superficie informe del techo abuhardillado. Pronto descubrió que, si dejaba ascender el humo rizado de su cigarrillo, las imágenes cobraban volumen y se llenaban de color: se hacían más vívidas. Entrecerraba los ojos y exhalaba un aro de humo que se elevaba hasta casi tocar la línea donde se juntaban las paredes inclinadas del techo. Entonces le parecía ver la figura de un tren que entraba en un túnel dejando a su paso una estela de vapor.

    Llevaba tres semanas recreándose con aquel juego de luces y sombras cuando apareció ella. Vino precedida de la mayor calada al cigarrillo que había dado jamás. Primero entrevió la línea ondulante de unas caderas que ascendía sinuosa hasta perderse en unos brazos que se movían gráciles al ritmo de una melodía silenciosa. Se incorporó de la cama con la intención de percibir mejor la insinuante figura pero, antes de vislumbrar siquiera fugazmente el contorno de su rostro, la imagen se desvaneció entre el humo del cigarrillo. Al día siguiente, se le presentaron unos ojos rasgados, al otro, una mano de largos dedos y al otro, la figura al completo. Cintura estrecha, piernas kilométricas, pies descalzos y cabello ondulado que caía rebelde sobrepasando los hombros. Noche tras noche, la imagen se formaba lentamente desde la primera calada y el corazón de Federico se detenía hasta que vislumbraba el rostro de la mujer. A veces le parecía descubrir en sus ojos la dulzura de la Venus de Botticelli; mas, un segundo después, clavaba su mirada en él con la perversidad de Jezabel.

   La vida de Federico dejó de ser vida sino era en los momentos en que se hacía presente la dama misteriosa. Durante días, apenas salió de la buhardilla sólo por sorprender la silueta que lo hechizaba. Si la luz del sol iluminaba la estancia, cubría la ventana con una gruesa cortina y dejaba colarse la brisa entre sus pliegues, que, en su vuelo, sugerían el perfil de la evocadora imagen. Sólo en ocasiones salía a dar un largos paseo por la ciudad y entonces se sorprendía a sí mismo buscándola entre la gente. En estos paseos, no era raro el día en que creía adivinarla doblando una esquina. Una rama agitada por el viento le hacía pensar en la gracia de su cuerpo al moverse y el roce de una mano al pasar por la concurrida avenida que conducía a la Plaza del Mercado lo colmaba de una loca esperanza.

   En su largo deambular por la ciudad, una mañana se detuvo ante el escaparate de una tienda de antigüedades. Un cuadro de enormes dimensiones destacaba entre un baúl de madera policromada, un mantón de cachemir de vistosos colores y una colección de caracolas marinas. Federico no podía creer lo que veían sus ojos. Sobre un fondo oscuro, sobresalía el retrato de una mujer de edad indefinida entre los veinte y treinta años. Una mujer inquietante. En un primer vistazo sorprendía que, en la misma persona, se conjugase la dulzura de su rostro con la exuberancia de sus caderas, pero una mirada más atenta le descubrió la armonía del conjunto. Federico quedó prendado de sus ojos rasgados color cobalto con un destello de luz blanca en el mismo centro de la pupila. Desvió la mirada por los brazos en los que ajorcas de oro repujado apenas dejaban ver unos centímetros de piel: unos brazos que se elevaban sobre su cabeza y terminaban en unas manos que parecían querer acariciar el cielo. Iba vestida con una túnica blanca casi transparente con un cordón dorado que le ceñía una cintura desmesuradamente estrecha. Se perdió entre las piernas esbeltas y terminó en sus pies que, descalzos, iniciaban una danza. Federico ascendió hasta enredar la mirada entre la larga cabellera negra y volverse a perder en los ojos de mirada seductora. Dio unos pasos hacia atrás para contemplarla mejor. Por un momento le pareció que la bailarina, la misma mujer que cada noche lo visitaba en su buhardilla, tendía sus brazos hacia él y ladeaba la cabeza en un gesto de súplica. No fue más que un instante: suficiente para que se detuviese su corazón. Mas una nueva mirada restableció la quietud. 

    Sin aliento, no supo qué hacer. Sentía que aquel cuadro le pertenecía pero no se atrevió a entrar en la tienda para preguntar por él. Intuía el carácter exclusivo de la tienda y temía que el precio de la pintura no estuviera a su alcance. Con la decepción pintada en sus facciones, se dejó caer en el banco que había frente a la tienda y estuvo contemplando el rostro de la mujer hasta que, ya anochecido, bajaron la persiana del escaparate.

    Aquella noche olvidó los juegos de luces y sombras, aunque no durmió mucho pensando en la turbadora pintura. En cuanto llegó la mañana, salió hacia la callejuela en la que se encontraba la tienda. En su ansiedad por llegar cuanto antes, equivocó el camino. Por un momento, lo invadió el pánico al no reconocer las casas que lo rodeaban. Miró en torno a sí asustado. Buscó alguna persona para preguntarle por dónde tenía que ir, pero, antes de dar con ella, vio la farmacia a la que solía acudir su madre y pudo ya orientarse.

     Ese día y los que siguieron los pasó sentado en el banco frente a la tienda de antigüedades extasiado ante la belleza de la bailarina de las ajorcas. Como, para entonces, no hablaba con nadie, a nadie pudo contar que la bailarina del cuadro le dedicaba miradas amorosas, que ladeaba la cabeza, fruncía los labios y le enviaba un beso antes de regresar a la inmovilidad del cuadro y a su mirada fría e indiferente. Federico, encandilado, no abandonaba su puesto hasta llegada de la noche, cuando el dueño cerraba la tienda de antigüedades.

    Una de esas noches, Federico se armó de valor y se presentó ante el anticuario con el fin de preguntarle el precio del cuadro. Tres mil setecientos cuarenta euros, le dijo. Una fortuna para alguien como él que apenas vivía con el subsidio por desempleo. Durante semanas estuvo dándole vueltas a la manera de hacerse con la pintura. Recontó los billetes que guardaba en una caja de madera bajo la cama para alguna emergencia. ¿Qué mayor emergencia que llevar a casa a la dueña de su vida?, pensó. Pero, como ya sabía, sus esmirriados ahorros no llegaban a los ochocientos euros. Sacó del joyero de su madre las cuatro alhajas que conservaba de ella y las mandó tasar en una casa de empeños pero ni el collar que con tanto orgullo lucía en las ocasiones especiales era de perlas auténticas ni la sortija que le trajo su padre de un viaje a las islas era de oro. De tan pequeño tesoro sólo merecían la pena una medalla de la Virgen del Rosario y la pulsera que le regaló una prima con motivo de su boda. Pero no obtuvo por ellas más que unas decenas de euros. 

    Al borde de la desesperación, acudió a su banco en busca de un préstamo. La cabeza le dolía hasta no poder resistir el ardiente clavo que le atravesaba las sienes y la culpa le cosquilleaba el pecho. Nunca había pedido dinero prestado siguiendo las enseñanzas de su padre, que se enorgullecía de no deber nada a nadie. Lo que no sabía era que, por estar desempleado, le iban a poner tantas trabas antes de concederle el préstamo. Tuvo que suplicar, escuchar condiciones incomprensibles y firmar cientos de documentos con el fin de que le dieran el visto bueno si ponía como garantía la casa de sus padres.

   Con el dinero en el bolsillo, salió del banco en el momento en el que caían las primeras gotas de lo que sería un fuerte chaparrón de verano. Un temor supersticioso se adueñó de Federico. ¿Y si aquella lluvia incipiente no fuera sino las lágrimas de su padre que, desde el cielo, lloraba su comportamiento imprudente? Aligeró el paso por la acera para ahuyentar tan lúgubres pensamientos y la evocación de la imagen de su amada hizo que olvidase sus temores. 

   En pocos minutos se presentó ante la tienda de antigüedades. Casi se detuvo su corazón cuando dejó descansar la mirada en el escaparate. ¿Dónde habían llevado a su amada? En lugar del retrato de la bailarina, un horroroso reloj se burlaba de él. Sobre un pie de mármol verde, ofendía la vista de los viandantes con sus azules y dorados estridentes. Era tan feo que hubiese sido repudiado por el mismo Luis XV, tan devoto de tales excesos. ¿Sería posible que hubiesen vendido su cuadro? Entró en la tienda presa del pánico y allí estaba, arrumbado en un rincón medio oculto por el mantón de cachemir. Sin detenerse siquiera a saludar, puso sobre el mostrador el fajo de billetes que le habían dado en el banco. El anticuario pareció asustarse ante aquel cliente de rostro alucinado. Mas, tras respirar hondo, Federico logró convencerlo de que le vendiese el cuadro de sus desvelos: “Salomé”, así dijo el dueño de la tienda que se llamaba la danzarina.

    Se lo llevaron a casa esa misma tarde. Estuvo dos días buscándole un lugar digno de ella. Su buhardilla le parecía poco elegante, la habitación de sus padres, nada adecuada y el dormitorio de invitados, muy frío. Finalmente, lo colgó en el salón y puso frente a él el sillón orejero donde solía cabecear a la hora de la siesta su padre. Aquel lugar se convirtió en su dormitorio, su salón, su comedor. No se apartaba de Salomé más que para hacerse un bocadillo con lo primero que encontraba en la cocina. Su vida se consumía en el deseo no siempre satisfecho de ver a la bailarina danzar para él desde su marco en la pared. Con los ojos bañados en lágrimas, seguía el vaivén de sus caderas voluptuosas, el vuelo de sus manos juguetonas y la caricia de su melena en sus hombros. Federico hubiese entregado su vida con placer si la mujer de pérfida mirada hechicera hubiera pedido su cabeza a un Herodes cualquiera. Con gusto hubiera ofrecido su cuello al verdugo sólo por saberse objeto de los pensamientos de su amada. Pero a ella no parecía importarle su hondo amor. Mientras lo seducía con su sugerente baile, le dirigía despreciativas miradas. 

   En tanto Salomé bailaba su danza, Federico no se atrevía apenas a moverse. Bastaba con que alargase la mano para que la mujer regresase a su hierática quietud, que era como una muerte; perderla sin haberla tenido. Salomé se le escapaba cada noche mientras él se consumía de deseo. Su cuerpo ardía como una antorcha encendida anhelante de un abrazo y sus labios no deseaban otra agua que apagase su sed que la de los besos de su amada. En alguna ocasión, logró armarse de valor y, mientras Salomé bailaba su danza sensual, Federico quiso llamar su atención. Mas ni el llanto ni los gritos le arrancaron una sola caricia. No consiguió con ello sino que Salomé se refugiase en la inmovilidad del cuadro. Federico, entonces, se alzó ante ella y la cubrió de besos ardientes que le dejaron frustrado ante la frialdad del lienzo.

  Una noche, su amada escuchó sus súplicas. Con paso insinuante, bajó del marco y se arrodilló ante Federico, que la miraba lleno de deseo desde el sillón orejero. Salomé le acarició la mejilla con el dorso de su mano derecha. La sortija con el lapislázuli le rasgó la piel y un hilo de sangre humedeció sus labios. Como si de un delicioso néctar se tratara, ella acercó la boca a la suya y libó el líquido rojo. Los labios de Federico se abrieron como una rosa roja y respondieron al apasionado beso antes de que su mente fuera consciente de la dicha que lo embargaba. Sus manos recorrieron la línea de su talle y, sin pedir permiso, desciñeron su cintura. La túnica de seda cayó a los pies de la bailarina y, cuando Federico, contempló su alba desnudez, la oscuridad cubrió su abrazo de amor.


***

   La noticia corrió con celeridad por toda la ciudad. Tras un mes sin que los vecinos supieran nada, la policía entró en la casa de don Federico Bautista. Un pestilente olor a podredumbre les dio la bienvenida. Nadie respondió a los gritos de los agentes. En la cocina, los restos de comida habían atraído a un batallón de hormigas que, de manera ordenada, formaban cientos de hileras de disciplinados soldados. Toda la casa estaba a oscuras. Los dormitorios cerrados, con las persianas bajadas para que la luz del sol no alterase la paz de los muertos que una vez descansaron en sus camas. Al final de un largo pasillo, una puerta estaba abierta. Entraron los dos policías seguidos del vecino que se había ofrecido a acompañarlos. 

   Allí estaba don Federico Bautista. En el suelo. Abrazado a un cuadro. Y muerto desde hacía una semana. No había signo alguno de violencia sino un leve rasguño en su mejilla derecha.