lunes, 9 de abril de 2018

Al otro lado del seto







   Sofía y yo nos conocíamos desde niñas. El chalé de sus padres y el de los míos estaban separados por un seto de arizónicas cuidadosamente recortado que pronto aprendimos a saltar subiéndonos a las ramas del cedro de su jardín. A mí, hija única acostumbrada al orden y el silencio, me encantaba el barullo de aquella casa de ocho niños en donde cada uno iba a su aire sin que nadie lo regañase porque se hubiera olvidado la merienda o luciese un enganchón en el jersey. Sofía era la cuarta o la quinta de los hermanos y nadie le prestaba demasiada atención, de manera que se me pegaba todo el día en busca de los delicados mimos que nos prodigaba mi madre y los cuencos de leche merengada que hacía la abuela Julia, que vivía con nosotros.

   En cambio yo prefería los juegos en su casa. Y eso a pesar de que era poco probable que no saliera de ellos malparada con un arañazo en la pierna, las coleta deshecha o la cara cubierta de manchurrones. Nada más desayunar, emprendía una carrera hacia aquella casa fascinante. Mi querida amiga me esperaba en su habitación para que le dejara mis ropas y mis zapatos mientras ponía a mi disposición su pequeño vestuario. Así ataviada con los trajes de Sofía, me creía una más de la familia, con derecho a mezclarme en sus peleas, bañarme en su piscina ovalada, jugar con la Nancy de Cristina o dejarme hacer rabiar por Manuel.






  Manuel tenía diez años más que nosotras y, desde muy niñas, lo teníamos como nuestro héroe. Recuerdo ese tiempo que precede a la adolescencia, cuando nos escondíamos en el jardín para verlo llegar en su Ford Fiesta rojo llevando de copiloto alguna de sus innumerables novias. ¿Cómo describir nuestra fascinación al ver aquellas chicas de altos tacones y minifaldas de colores ácidos? Amarillo limón, verde menta, naranja efervescente. A cada una la teníamos el nombre de una actriz: Demi Moore, Michelle Pfeiffer, Marisa Tomei, Kelly McGillis... Con trece o catorce años, nos escondíamos en el dormitorio de mamá y, ante el espejo de cuerpo entero, improvisábamos disfraces que nos hacían creer que éramos las bellas novias de Manuel.

   Cuando comencé Pedagogía, dejé de ir a la sierra. En la universidad gente distinta difuminó en mi memoria los contornos de la familia que vivía al otro lado del seto. Me integré en una pequeña compañía de teatro que organizaba representaciones para los niños hospitalizados en San Rafael. Durante cinco años me sentí embebida por aquellos jóvenes bohemios capaces de hacer olvidar la enfermedad a pequeñajos de ojos enmarcados de líneas violáceas; y medio me enamoré de un actor incapaz de pasar más allá de segundo de Políticas pero que con un solo guiño se ganaba la admiración eterna de pacientes, padres y doctores.

  No volví a la casa de la sierra hasta el último verano de la carrera. Me habían quedado dos asignaturas pendientes para septiembre y, en mi afán por comenzar cuanto antes a trabajar, no quería arriesgarme a volverlas a suspender. Le pedí a mis padres las llaves de la casa y me encerré en su jardín rodeada de libros y apuntes. Nada más llegar, me sobrecogió el silencio. Me asomé al otro lado del seto y me causó un extraño efecto verla cerrada, con el aire de una gran señora dormida. En los años en los que no había vuelto a la casa de la sierra, solo había visto a Sofía alguna noche bailando en Green y otra vez en Honki Tonk durante un concierto de Modestia Aparte. No habíamos hablado mucho entonces, lo justo para enterarme de que tampoco su familia había vuelto a la casa de la sierra.

  El abandono de aquella casa que siempre había visto llena de niños me causaba una extraña tristeza. Para no contagiarme de su melancolía, procuraba sentarme dejando a mi espalda el seto que la separaba de la mía y el cedro donde solíamos subirnos para saltar de un jardín a otro. 

  Una tarde, me quedé adormecida mientras trataba de memorizar una lección arrullada por la melodía de la fuentecilla que adornaba nuestro césped. Me despertó sobresaltada el rugido de un coche al otro lado del seto. Me asomé y solo tuve tiempo de ver el maletero de un Seat Toledo blanco que se escondía por la cuesta que bajaba hacia el garaje. En poco tiempo, se abrieron las ventanas y toda la manzana de llenó de las canciones de Deacon Blue.

  Me así a una de las ramas del cedro que sobresalía por nuestro jardín y, como hacía de niña, salté al otro lado del seto. Seguí el sendero que conducía a la terraza y rodeé la casa hasta la puerta de la cocina.

   —¡Hola! —grité—. ¡Hola, soy yo, Yolanda!

   Me adentré en la casa extrañada de no tropezarme con un puñado de niños con las manos pringosas de Nocilla.

  —¡Hermanita! —Oí al otro lado del pasillo—. ¡Hermanita!

  Manuel salió del baño de huéspedes con una llave inglesa en una mano y un destornillador en la otra. Me dio un abrazo osuno y me tiró de la coleta, como solía hacer cuando era niña. Hacía unos ocho años que no lo veía pero era como si se hubiera quedado prendido en el tiempo. Debía de tener treinta y cuatro años y estaba esplendoroso.

   —Se ha roto la tubería de la ducha y mi padre me ha enviado para que la arregle.

   En mi memoria guardaba el recuerdo de un Manuel que no podía pasar por debajo del dintel de las puertas sin inclinar la cabeza. Pero el hombre que tenía frente a mí no era mucho más alto que yo. 

   Volvió conmigo a la cocina y sacó de la nevera unas latas de cervezas. Durante media hora me puso al día de las andanzas de sus hermanos. Emilio se había ennoviado con una hippy de pelo azul, Cristina era una ejecutiva de una multinacional... En unos momentos, hechizada por sus palabras, me pareció que la casa se llenaba de nuevo con los gritos y risas de antaño. ¿Cómo era posible que hubiera estado alejada de la casa de la sierra sin percatarme de cuánto echaba de menos aquella familia?

   El encanto se rompió con el estridente sonido del claxon de un coche.

   —¡Ah! —exclamó—. Lo había olvidado. Le he pedido a mi amigo Alfonso que venga a echarme una mano. Creo que tú lo debes de conocer. Solía invitarlo a pasar unos días en verano.

   Estaba tratando de encontrarlo agazapado en algún rincón de mi memoria cuando una silueta se recortó en el umbral de la puerta que daba al jardín. Manuel hizo las presentaciones y en unos minutos, desapareció el encanto de la casa. Permanecí unos instantes para no parecer descortés antes de regresar a mi casa y dejarlos enfrascados en una discusión sobre un partido de baloncesto.

   Durante aquel día, me mecieron las canciones de los años ochenta que volaban desde el otro lado del seto. Al caer la noche, me invitaron a unirme a la cena que habían improvisado en el porche con unas cuantas latas que la madre de Sofía solía guardar en la despensa. No recuerdo de aquella velada sino que bebimos tanto vino que, al día siguiente, la resaca me impidió saber cuándo mis vecinos abandonaban de nuevo la casa. 

   Después de finalizar mis estudios, estuve enviando mi currículum a todos los centros de enseñanza de Madrid pero solo encontré trabajo en una boutique de ropa infantil cuya dueña era amiga de mi madre. Se trataba de un trabajo cómodo de nueve de la mañana a cinco de la tarde, con dos horas de descanso a mediodía que aprovechaba para tomarme un sándwich y perderme por las callejuelas del barrio. En uno de estos vagabundeos, me topé con una galería de arte que anunciaba una exposición. «¿Te gusta la pintura prerrafaelita? Pues entra y contempla», rezaba un cartel a la entrada. Me intrigó que la Hermandad hubiera recalado en aquel rincón de Madrid y me colé dispuesta a dejarme seducir por Waterhouse, Millais, Burne-Jones o Rossetti. 

   La galería no era muy grande: solo dos salas en las que se exponían unos cuadros desconocidos para mí. La pintura prerrafaelita me era muy querida porque mi padre guardaba en su despacho una colección de facsímiles y de niña me gustaba inventarme historias sobre ellos. 

   Cogí un catálogo de una mesa de metracrilato y lo abrí por la primera página. El pintor de aquellos cuadros no era ningún inglés de la época victoriana sino un español que imitaba el estilo de los prerrafaelitas. No pude reprimir una sonrisa al comprobar la trampa publicitaria del galerista. Aún estaba leyendo las reseñas de los cuadros, cuando oí que alguien pronunciaba mi nombre a mi espalda:

   —¡Yolanda!

  Me di media vuelta y vi a un hombre que me sonreía mientras abría los brazos en un gesto que quería ser de bienvenida.

 —No me conoces, ¿verdad? —me preguntó—. Soy Alfonso. No sé si te acuerdas. El amigo de Manuel Espino; en su casa de la sierra, hace tres años.


  Durante unos instantes no lo reconocí. Iba ataviado con una desaliñada elegancia que me distrajo de sus palabras: camisa blanca de algodón cuidadosamente arrugada, pantalones tejanos desgastados y una fragancia a limón que me envolvió antes de caer rendida en su sonrisa.

  Alfonso era el dueño de la galería y el que había convertido en prerrafaelita a un pintor novel que exponía por primera vez en Madrid. Me fue mostrando orgulloso unas pinturas que representaban a caballeros recorriendo escarpados caminos a lomos de monturas de negros y relucientes pelajes, doncellas de melenas rojizas y castillos de altas almenas. Y, a pesar de la temática medieval, qué alejado de la sensibilidad de los prerrafaelitas.

  —Pero, ¿a quién se le ocurrió anunciarlo como un prerrafaelita? —pregunté con una carcajada.

   Alfonso fingió enfadarse con mi comentario tan poco compasivo y, como penitencia, me hizo pasar a la terraza-restaurante de la galería. Arrullada por la leve brisa que se columpiaba entre las ramas de un castaño y por su conversación, me olvidé que tenía que regresar a la tienda. Alfonso encadenaba un tema tras otro sin darme tiempo a asimilar sus palabras. Lo mismo hablaba de arte o literatura, que me contaba anécdotas de una familia griega que tenía un negocio de sedas en la misma calle donde estaba la galería.

  —Un día te llevo a la tienda para que te emborraches con sus miles de colores y su aroma a sándalo.

   Pero no fueron las sedas sino sus palabras las que me embriagaron. Salí de la galería aturdida y con la promesa de volver al día siguiente. 

  Durante un mes, cada vez que tenía un minuto libre, corría hasta la galería y me enredaba en las historias hilvanadas con el hilo de su ingenio. Historias sobre pintores fracasados que, como luego descubrí, eran variaciones de una novela que tenía a medio empezar. Envuelta por la fragancia a limón de su cuerpo y por su voz de barítono, me dejaba seducir por quien me parecía el hombre más fascinante que había conocido. A la caída de la noche, después de cenar en la galería, me arrastraba hasta un tugurio donde un cantante de voz rasposa y zapatos bicolor interpretaba temas de Cole Porter acompañado de un piano en el que sonaban desafinadas las notas graves. A veces me daba la impresión de que era Alfonso el que preparaba el ambiente para hacerme creer que estábamos inmersos en una comedia musical del Broadway de los años treinta. Hoy es difícil concebir un lugar como aquél: medio a oscuras por el humo de los cigarrillos, que daba al local un aire de irrealidad. Recuerdo una noche en la que me hizo poner un vestido azul eléctrico que se ceñía a mi piel y me hacía sentir desnuda. Calzada con unos zapatos de tacón de aguja que amenazaban mi equilibrio, bailé hasta las tres de la mañana al ritmo de Night and Day creyéndome Ginger en brazos de Fred. Aquella noche acabé en la cama de mi bailarín, de la que no salí hasta seis años más tarde.

  Al poco tiempo de conocer a Alfonso, me despidieron de la tienda. No querían alguien que desaparecía en mitad de la mañana y no regresaba hasta dos o tres días después. Recuerdo que llegué gimoteando a la galería, más por el miedo al enfado de mi madre que por la pérdida de un empleo. Pero Alfonso se encargó de arreglarlo todo y me evitó una riña segura. Me arrulló en sus brazos mientras me susurraba palabras cariñosas al oído. Después me acompañó hasta la casa de mis padres y me ayudó a recoger mis escasas pertenencias, que metió sin orden en el maletero de su coche. 

  —A partir de ahora, ya no tendrás que preocuparte de nada —me dijo después de rozar mi mejilla con un leve beso—. Yo cuidaré de ti, mi niña.

  Se inició entonces para mí una vida que, al volver la vista atrás, a veces dudo si la viví o la soñé.

  Como bien dijo, él cuidó de mí. De la mañana a la noche, todos sus desvelos eran por que probara el bocado más exquisito, resguardarme del frío o protegerme del calor. De la mañana a la noche, permanecía a mi lado, atento a unos deseos de los que yo misma no era consciente. De la mañana a la noche, recogía mis sonrisas antes de esbozarlas, las hacía brotar de mi corazón y las convertía en carcajadas. 

  Me dio trabajo como recepcionista en su galería. Atendía a los pocos visitantes que teníamos; la mayoría de ellos, ingenuos como lo había sido yo, entraban atraídos por el reclamo de los engañosos anuncios ideados por Alfonso. Mi misión se limitaba a entregarles folletos o catálogos e indicarles la sala en la que se exponían las pinturas. A Alfonso no le gustaba que entretuviera a nuestros visitantes con charlas inútiles. Si veía que me demoraba más de la cuenta con explicaciones tontas, aparecía presuroso y envolvía al incauto cliente con sus historias fascinantes mientras lo convencía de que la tela que representaba entre claroscuros a unos niños comiendo gachas era un auténtico La Tour. Alguna vez me permitía estar presente en su despacho cuando se entrevistaba con los artistas pero tampoco le gustaba que hablase con ellos más que lo justo para no parecer un objeto del mobiliario.

  —En asuntos de negocios me tienes que dejar a mí, mi niña —me decía—, que soy el que entiendo de esto. No intentes ayudarme que, aunque tengas buenas intenciones, te falta experiencia.

  A mí aquellos comentarios me molestaban un poco. Por unos instantes, me hacían sentir como si fuese una inútil. Pero, si le mostraba mi disgusto, Alfonso lo arreglaba invitándome a comer en un restaurante francés o me regalaba una pulsera, un libro de poemas, un viaje a Florencia. Así acababa convenciéndome a mí misma de que él tenía razón, que no debía meterme en sus cosas, que mucho antes de conocerme, ya llevaba la galería de arte sin que nadie tuviese que decirle cómo había de hacerlo.

  Salíamos a menudo al cine o al teatro. Alfonso tenía un talento especial para descubrir obras ignoradas por el público que, con el paso del tiempo, se convertían en objeto de culto entre los más exquisitos. Me enseñó a diferenciar lo bueno de lo excelso, a no conformarme con platos que eran objeto de alabanza del vulgo. Con él aprendí a vestirme, a moverme, a hablar entre entendidos pese a no saber muy bien de qué estábamos tratando. Me llevaba a cócteles donde se congregaban artistas y coleccionistas, haciéndome danzar de corrillo en corrillo sin permanecer en ninguno más allá de cinco minutos, como si fuéramos aleteantes mariposas incapaces de detenernos un instante en una flor.

  Lo cierto era que, a pesar de estar buena parte del día rodeados de gente, no intimábamos con nadie. Alfonso concitaba la atención de todos con sus palabras envolventes pero no permitía que nadie tuviese con nosotros sino relaciones superficiales. Como bien dijo, él cuidó de mí, me convirtió en su niña y no dejaba que nada me tocase ni nadie se me acercara sin darle antes su visto bueno.       

  Al principio de nuestro romance, me halagaba tanta solicitud. Como hija única, estaba acostumbrada a que mis padres estuvieran pendientes de mí y me encantaban los cuidados que me prodigaba Alfonso. ¿Qué se podía esperar de un hombre enamorado? Pero a veces, un sordo malestar se hacía presa de mí.

   Con el transcurso de los meses, su amor por mí se iba haciendo más y más intenso. Si me alejaba de él se ponía nervioso. No recuerdo hacer nada en solitario sin que tuviera que darle miles de explicaciones. Daba igual lo que fuera. Bastaba con que le dijera que iba a comprarme unos zapatos para que se sumiera en un tenso silencio del que solo lo sacaba si le pedía que me acompañara. Tampoco le gustaba que hablase con otras personas si no estaba él presente. Era como si temiese alguna traición o pensase que, si me apartaba de su lado, podían persuadirme para que lo abandonase. Su desconfianza iba más allá de los clientes o artistas que pasaban por la galería hasta alcanzar a mis amigos de la universidad e incluso a mis padres. 

  Él, que se mostraba encantador con todo el mundo, estaba al quite de las palabras de mi madre para contrariarla. Yo miraba estupefacta cómo contestaban desairado a los intentos de mi padre por conciliarse con él o se mofaba de mis antiguos compañeros de la universidad a los que tachaba de iletrados.

  —¿Cómo puedes hablar con un analfabeto que no sabe distinguir una novela de una obra de teatro? —me decía entre socarrón e indignado.

  Otras veces era mi madre la que insinuaba que Alfonso no era bueno para mí. En más de una ocasión la sorprendí lazándole miradas de soslayo a mi padre ante las salidas fuera de tono de mi novio.

   Me es imposible explicar el dolor que me causaba aquella guerra no declarada de Alfonso contra mis familiares y amigos.

  Huyendo de tales conflictos fui espaciando más y más las visitas a mis padres. Y cuando me llamaban mis antiguos amigos, urdía excusas inverosímiles con las que zafarme de su insistencia para que asistiera a una fiesta de cumpleaños o a una acampada en los Pirineos. Poco a poco me fui alejando de todos hasta no ser más que la sombra de Alfonso.

  Llegó un tiempo en que dejé de vivir para mí, que mi único deseo era complacerlo. Pero cada vez me era más difícil hacerlo feliz. Sus enfados eran más y más frecuentes. No podía soportar verme con otra persona. En su pecho anidaron unos celos infundados que se fueron extendiendo hasta los desconocidos que se cruzaban conmigo en la calle de forma casual. 

  Pero yo me dejaba engañar y atribuía el afán de acapararme a la inmensidad de su amor. ¿Acaso no se desvivía cuando me veía sumida en melancolías e inventaba miles de trucos para devolverme la sonrisa?, ¿no me invitaba a cenar en románticos restaurantes donde, cobijados en la penumbra de candelabros de plata, delicados violinistas susurraban a nuestros oídos dulces acordes?, ¿no organizaba por sorpresa viajes a lugares recónditos donde fluían ríos de doradas aguas? ¿Qué tenía de malo que, en correspondencia, exigiera de mí una atención similar?, ¿qué tenía de extraño que, en su inmenso amor, no quisiera compartirme con nadie? Hoy me parecen absurdos y perversos tales argumentos pero entonces, sentía tan cerca la presencia de Alfonso en mi vida que me contagié de su abyecta forma de pensar. Por ello, no tuvo nada de extraño que acabara alejándome de todos aquellos que, en otro tiempo, lo eran todo para mí: mis padres, mis amigas, los compañeros de la universidad...

   Llevaba seis años con Alfonso y apenas me reconocía cuando me encontraba con mi imagen en el espejo o en la mirada que me dirigía la gente que se cruzaba conmigo. 

   Un día me llamó mi padre.

   —Yolanda, tu madre se muere —Oí por el auricular del teléfono.

   Mi padre se enredó en incomprensibles explicaciones, de las que solo comprendí que mi madre iba a ser ingresada en La Paz para ser intervenida de algo que no llegué a entender. Por primera vez en mucho tiempo, salí de casa sin acordarme de decirle a Alfonso adónde iba. Y cuando llegué, estuve a punto de perderme entre los cientos de corredores del hospital. Tal era mi miedo que no retenía en mi memoria las indicaciones que me iban dando para encontrar la habitación donde la habían llevado.

  Durante tres semanas, no quise apartarme de mi madre. Me volví sorda a quienes trataban de convencerme de que descansara. Veía cómo entraban y salían parientes y amigos, pero a todos despedía para quedarme sola con ella. Permanecíamos en silencio con sus manos entre las mías; mas no precisábamos palabras para recuperar los años en los que habíamos estado separadas. Apagué el móvil y, así, no ver las insistentes llamadas que cada día me hacía Alfonso. Me negué a seguirlo cuando se presentó en el hospital y me obligó a elegir entre mi familia y él. Volvió tres veces más hasta que mi padre pidió en el hospital que le prohibieran la entrada. Aquella noche estuve inquieta, incapaz de centrar la atención en mi madre. Un dolor en el pecho me impedía respirar. Ahora dicen que el corazón es un órgano ajeno a los vaivenes del amor pero yo, en aquellas largas horas hasta que rompió el día, me parecía como si lo hubiesen desgarrarado.

   Los días que siguieron me obligué a mí misma apartarlo de mi pensamiento. Mi madre estaba muy débil y todavía existía el peligro de que no resistiera la operación. Pero, contra todo pronóstico, se restableció. 

 Cuando le dieron el alta, mi madre estaba muy débil. La ropa le colgaba en un cuerpo empequeñecido y vuelto a la infancia. Caminaba con lentitud deteniéndose entre un paso y otro como si tuviera que reflexionar sobre un asunto de importancia. Preocupado por su bienestar, mi padre nos llevó a la casa de la sierra. 

  Mediaba el mes de mayo y los jacintos habían florecido. Un gato dormía la siesta en el columpio del porche que papá había sacado de la caseta de las herramientas el día anterior cuando, sin decirnos adónde iba, se acercó a la sierra para abrir las ventanas, colocar los muebles del jardín y sacudirla de ese aire de abandono que tienen todas las casas que llevan muchos meses cerradas. Fue bajarse del coche mamá, aspirar la fragancia de los jazmines que le dieron la bienvenida y parecer que revivía su maltrecha salud.

  A mí se me cortó la respiración cuando vislumbré al otro lado del seto la silueta del tejado de la casa de mi amiga de la infancia. Por un momento quise ser de nuevo la niña despreocupada que intercambiaba los vestidos y los zapatos con Sofía con la ilusión de convertirse en una más de su ruidosa familia. Corrí hasta el porche para alcanzar a mi madre, que subía con lentitud sus escalones del brazo de mi padre, deseosa por dejar atrás los recuerdos que me reprochaban mi presente.

  Los días siguientes intenté que mi atención y mis pensamientos no se detuvieran sino en los cuidados de mi madre convaleciente. Apagué el móvil para que no me torturaran las quince llamadas diarias de Alfonso y, con el canto de una cigarra de fondo, acallaba mi dolor con charlas insulsas mantenidas con mis padres. No sabía qué iba a hacer cuando mi madre dejase de necesitarme. Había días que me decía que no podía volver con él, que lo que había llamado amor solo era una relación dañina que acabaría destruyéndome. Pero, en otras ocasiones, me creía incapaz de seguir adelante si lo perdía. Tampoco me atrevía a hablar de ello con mis padres. Conocía la animadversión que les inspiraba Alfonso y temía que me hicieran daño con sus reproches. Además, hubiese sido despiadado por mi parte abrumar a mi madre con mis problemas sin tener en cuenta su fragilidad. Por tanto, dejaba pasar el tiempo sin resolver mis incertidumbres.



   Una tarde que mi padre se llevó a mi madre a dar una vuelta en el coche, me senté en el jardín a leer una novela. La brisa tocaba con sus finos dedos las ramas de los árboles, que se susurraban secretos unos a otros. Las voces de unos niños al otro lado del seto me hicieron creer que volvía al pasado. Me asomé por encima de las arizónicas y vi dos niñas de unos cuatro años que jugaban entre las margaritas que crecían salvajes en el césped. Me quedé contemplando cómo ensartaban las florecillas formando guirnaldas y se adornaban con ellas el pelo. Sus risas me hicieron recordar lo fugaz que es la felicidad. Una lágrima rodó por mi mejilla que fue seguida por otra para que no se sintiera sola. Se me empañó la vista y desaparecieron las niñas. En su lugar volví a ver a Sofía rodeada de sus siete hermanos, peleándose con éste, riéndose con aquélla. Cerré los ojos esperando que, al abrirlos, desaparecieran los años que me separaban de la infancia y me dejé mecer por el sonido limpio de las voces de las niñas. 

   —¡Yolanda! —Oí que me llamaban.

   Abrí los ojos y me encontré con los de Sofía.

   —¿Has visto a mis gemelitas? 

   Una amplia sonrisa se dibujó en sus labios. Las tomó de la mano y las acercó al seto.

   —Ésta es Sofía —dijo besando a una de las niñas—. Y ésta es Yolanda—añadió guiñándome un ojo.

   Como años antes, salté el seto sujetándome a la rama del cedro que, con el paso del tiempo, estaba aún más frondoso. Nos sentamos en los escalones que conducían a la terraza y, mientras las niñas volvían a sus juegos, permanecimos sin hablar contemplándolas.

   Fue Sofía la primera en romper el silencio. 

 —Míralas, mira cómo juegan. A mí me encanta contemplarlas y ver cómo aún no las ha decepcionado la vida. Todavía son capaces de imaginar que un puñado de margaritas tocado por sus manos se puede convertir en piedras preciosas o que, si se intercambian el vestido y los zapatos, se transforma la una en la otra. ¡Ójala pudiera protegerlas de sí mismas! 

  Mientras hablaba, le daba vueltas sobre su tallo a un geranio que había cortado de una maceta colocada en un extremo del escalón. Se la llevó a los labios y, después de una pausa apenas perceptible, continuó hablando:


  —Mi marido no quería hijos. Durante tres años trató de convencerme de que los niños no eran para nosotros; que éramos diferentes a los demás, especiales. Solo nosotros sabíamos disfrutar de la vida. Yo quería creerlo. Él era más sabio que yo. Admiraba su inteligencia, su saber estar, y acallaba la pena que me iba invadiendo por dentro. Pero me quedé embarazada y fue tal mi alegría que me olvidé de él 

   Hizo otra pausa y se retiró un mechón que le caía sobre la frente. Puse mi mano sobre el hombro, como solía hacer mi madre cuando, siendo yo niña, me alentaba a desahogar el corazón.

   —Se lo tomó como una traición. No me perdonó y se negó a reconocerlas como suyas. Al mes de comunicarle la noticia, dictaminó que lo nuestro había terminado y se fue. Cuando nacieron las niñas, lo llamé pero ni siquiera fue a vernos. Mandó un ramo de veinticuatro rosas rojas y un cheque con una cifra descomunal. Quise devolverlos pero mi hermano Luis me obligó a aceptarlos. Por las niñas, dijo, para ayudarlas a tener un futuro. Cada cumpleaños, llega el mismo ramo y el mismo cheque, como si así cumpliera con sus deberes de padre.

   Pensé que ya había terminado de hablar y apoyé mi cabeza en su hombro, mientras pasaba por mi mente el recuerdo de mi vida con Alfonso. Su voz borró la imagen de mi amante:

  —Creí que lo había olvidado. Creí que lo había olvidado, Yolanda. Pero no. Hace unos días lo vi de nuevo. Él no me vio a mí. Estaba en una cafetería con una mujer joven y tenía en sus rodillas un niño pequeño, casi un bebé, al que prodigaba de besos y caricias. Se me partió el corazón. ¿Cómo explicártelo? Él no hacía más que decir que no quería hijos pero era conmigo con quien no quería tenerlos.

  Le acaricié la mejilla y le señalé a sus hijas, como ella había hecho unos minutos antes.

 —Mira a tus hijas, míralas. Son como fuimos nosotras; con los mismos sueños y las mismas ilusiones. Tienen ante sí un largo camino para hacerlos realidad. Juntas velaremos para que nadie las aparte del mismo como hicieron con las niñas que fuimos. Y ellas nos salvarán de nuestros errores.



jueves, 22 de marzo de 2018

La despedida









  —María, ¿cómo estás? Me gustaría verte. 

  Fue lo único que dijo cuando ella respondió al teléfono. María, ¿cómo estás? Me gustaría verte. Diecisiete años de ausencia se resumían en esas seis palabras pronunciadas en un tono de voz neutro; como si en ese tiempo no hubiese transcurrido toda una vida; como si en ese tiempo María no lo hubiese enterrado en el recoveco más profundo de su memoria hasta convencerse de que lo había olvidado. María, ¿cómo estás? Me gustaría verte. Sólo seis palabras para reclamarla de nuevo, como entonces. Y, como entonces, bastaron seis palabras para que ella acudiese a su encuentro.

  Lo presintió antes de verlo. El movimiento de las ramas del roble de la esquina de la calle Camino Viejo con la del Carmen le anunció su presencia en la terraza de la cafetería donde se habían citado. Miró con impaciencia a un lado y a otro de la acera. La estaba esperando sentado en una mesa de la terraza ante una cerveza pero María no lo vio hasta que él no agitó una mano.

— ¿Nacho? Porque puedo llamarte Nacho, ¿verdad? —le preguntó con miedo.

  —Por favor. Para ti ya sabes que siempre seré Nacho —respondió él después de tomarla de las manos y besarla en las mejillas—. Estás aún más guapa que la última vez que te vi.

  María no pudo reprimir una sonrisa. Estaba acostumbrada a recibir con indiferencia las muestras de admiración de hombres y mujeres. Sin embargo, las palabras de Nacho la hicieron estremecer.

  —Tú estás igual.

  No era verdad. Los años habían sido severos con él. Miles de arrugas surcaban su rostro y los ojos mostraban una mirada opaca que no recordaba: como si fuera ciego o su mente estuviera muy lejos de allí. De su cabello negro no quedaban más que unas hebras extraviadas entre el pelo gris cortado a cepillo que endurecía los rasgos faciales: su rostro esculpido a cincel. Sólo la boca conservaba la ternura del pasado.

  Se sentaron el uno frente al otro y se escrutaron con la mirada como si buscasen a aquél que en otro tiempo fue. Un denso silencio se interpuso entre ellos. Ninguno sabía cómo salvar el abismo que los separaba. Hubo un tiempo en el que las horas se les quedaban cortas para contarse todo lo que tenían dentro. María acogió con alivio la llegada del camarero. Nacho, en un gesto del pasado, enarcó la ceja derecha cuando ella pidió un vermut. 

  —Costumbres que coge una después de casada —le dijo ella con una sonrisa pícara.

  —Es verdad. Me dijeron que te habías casado. 

  —Pronto va a hacer ocho años

  Tres años hasta convencerse de que él no volvería, otros tres en los que perdió la fe en sí misma y otros tres hasta que se decidió a aceptar a Gabriel, un compañero de trabajo que llevaba tiempo pidiéndole una oportunidad.

  —¿Tienes hijos?

  —Tengo dos niñas. 

  Extrajo su móvil del bolso y dejó pasar los minutos mientras le mostraba las fotografías de sus hijas.

  —¿Verdad que son preciosas?

 María sintió una punzada en el pecho. ¿Qué hacía hablando con él de su familia?, ¿no era aquella cita una especie de traición? Abrió el bolso de nuevo y revolvió en su interior como si lo más importante del mundo fuese encontrar un objeto que ni ella sabía qué era. Él pareció darse cuenta de su desasosiego porque cubrió su mano con la suya. Durante unos instantes ninguno se atrevió a moverse. Ni a decir nada, tampoco. Después, María se asustó de su consentimiento tácito y se puso en pie precipitadamente.

  —Esto no es buena idea —dijo nerviosa—. No comprendo por qué he venido. Será mejor que me vaya. Mi marido se estará preguntando dónde estoy. 

  Nacho le tomó de nuevo la mano y exclamó en un grito susurrado:

 —¡Quédate conmigo, por favor, María! Mañana regreso a mi aldea y puede que no nos volvamos a ver ya más. 

  María se sentó otra vez, asustada del tono suplicante de Nacho. ¿Qué le había sucedido? En otro tiempo la habría dejado marchar, herido en un orgullo al que el solo roce de la seda podía dañar.

  —Solo serán unas horas; luego podrás volver con tus niñas.

  —¿Qué quieres de mí, Nacho?, ¿para qué me has llamado?

  —Ya te lo he dicho. Sólo te pido que me concedas unas horas. Nada más.

 María jugueteó con el móvil antes de decidirse a llamar a Gabriel. 

 Se arrepintió nada más colgar. Se arrepintió de decirle que no la esperase, que se quedaba a comer en el centro con una amiga. ¿Por qué no le había dicho la verdad? ¿Por qué? Por la misma razón por la que nunca le había hablado de Nacho. 

  No se atrevió a mirarlo. No sólo había mentido a su marido, sino que lo había hecho delante de él, como si pensara que aquella cita, además de clandestina, contaba con su complicidad. Pero Nacho no debió de darse cuenta de su mentira o, al menos, eso le pareció. Mientras ella hablaba con su marido, él estaba pidiendo la cuenta. 

 Subieron al coche que él había alquilado. Ella se dejó conducir sin preguntar adónde la llevaba. Cerró los ojos para borrar de su mente el pasado y el futuro. Nada importaba sino el presente. Nacho tomó la autopista del Norte y dejó atrás la ciudad antes de coger un desvío. Cuando María abrió de nuevo los ojos, el coche discurría por una carretera estrecha que dibujaba curvas zigzagueantes en el paisaje. No precisó mucho tiempo para reconocer los campos de trigo a la derecha del camino. Al otro lado, crecía el acebo entre hayas y abedules. María, como en otro tiempo, sacó la mano por la ventanilla del coche. La brisa de octubre despeinaba sus cabellos. Sus ojos buscaron los de Nacho, que le dedicó una sonrisa cómplice.

  Mientras el automóvil sumaba kilómetros, se reducía la distancia entre ellos. Nacho le habló de los niños que atendía más allá del mar, de las duras condiciones del páramo, de los cestos de mimbre que hacían las mujeres, de los jóvenes que abandonaban la aldea en busca de un futuro desconocido... Ella le habló de los veranos en un pueblecito costero, de los inviernos en la casa de la sierra, de sus dos niñas, aún demasiado pequeñas para saber de los sinsabores de la vida... De cuando en cuando, se quedaban atrapados en algún recuerdo: Te acuerdas....

  Llegaron pasadas las tres de la tarde. María se bajó del coche y miró a su alrededor sorprendida de que todo siguiese igual. La misma tienda de suvenires, el mismo bar, el mismo gato que dormitaba a la sombra de un soportal.

  Como si representaran un papel sobradamente sabido, se tomaron de la mano y se dirigieron a paso lento a la casa de la infancia de Nacho. Al cruzar el umbral, una bocanada de humedad y olor a cerrado la hizo retroceder. La oscuridad ocultaba el lento trabajo que el tiempo se había tomado sobre las cosas. Cuando él descorrió las pesadas cortinas, un rayo de luz iluminó la escalera que ascendía a los dormitorios. Por un momento creyó ver a la madre de Nacho bajando con un cesto de ropa blanca, pero doña Sagrario hacía muchos años que había muerto.

 Comieron casi sin hablar un guiso que se hicieron traer del mesón. El fuego de la chimenea les hizo entrar en calor y el Concierto para violín y orquesta de Tchaikovski que sonaba en un viejo tocadiscos se llevó los últimos resquicios del presente. Una caricia robada y un beso respondido encendieron la pasión. 

  —¿Por qué has tardado tanto en volver? Te esperé día tras día. Me desesperaba pensar que me habías olvidado.

  —Nunca te olvidé, María; deberías saberlo —dijo Nacho antes de dejar un beso en los labios de María.

  —Me abandonaste apenas unas semanas antes de nuestra boda. Me dejaste por una fantasía de juventud. Creías que podías cambiar el mundo con unas cuantas palabras. Pero el mundo nunca cambia, Nacho. Es él el que cambia a las personas.

  —No fue ninguna fantasía caprichosa y tú lo sabes. Todo fue más complejo. ¿Te crees que fue fácil para mí?, No te imaginas cuánto me costó dejarte. ¡Yo te quería! Aún te quiero.

  —¡No me digas eso! Si me dejaste unas semanas de buenas a primeras, por las buenas, sin previo aviso, sin prepararme. De repente una noche, me dices que no le encuentras sentido a la vida que íbamos a construir juntos; que te vas. No me das tiempo para comprender lo que sucedía. Y te vas. Y me dejas sola. Y yo me quedo aquí preguntándome qué había hecho mal para que te alejases de mí.

  —No fue culpa tuya y lo sabes. Ni mía tampoco.

—¿Entonces de quién? ¿Qué quieres que piense?

 María tuvo que hacer un esfuerzo para que no se le derramara el llanto que llevaba tanto tiempo escondido. Él le alzó la barbilla con el dedo.

  —De nadie. Las cosas salieron así.

  María lo abrumó a preguntas. Sin que interviniese su voluntad, salió de su boca un torrente de palabras, un torrente de reproches que Nacho puso fin con un beso en los labios.

  —Olvídate del pasado. Lo importante es que ahora estamos juntos.

  —¿Y mañana?

  —Mañana aún no ha llegado.

  Pasaron la tarde amándose. Las horas se transformaron en una eternidad en la que no tenían cabida ni Gabriel ni sus tres hijas, ni la aldea donde corrían descalzos unos niños.

 El frío del atardecer la despertó. El salón se había llenado de sombras. Debía de haber alguna ventana abierta porque una hoja de un viejo periódico revoloteaba en el suelo. María no oía más que su respiración acompasada, a su alrededor sólo la acompañaba el silencio. Se sintió sobrecogida por un miedo infantil. ¿Y si Nacho la había vuelto a abandonar? Luego se rio burlándose de sus absurdos temores. Se avergonzó cuando encendió la luz y su mirada tropezó con la imagen en el espejo de su cuerpo desnudo: el recuerdo de su marido la devolvió al presente.

  —¡Nacho! —lo llamó después de vestirse apresuradamente.

  Lo oyó bajar las escaleras. Una sonrisa asomó a sus labios mientras peinaba sus cabellos.


***


  Un año más tarde, María recibió una carta de un país lejano. Examinó durante unos minutos la extraña caligrafia antes de decidirse a rasgar el sobre. 

  Estimada señora Blanco:

  Mi nombre es Julio y soy el sacristán de la parroquia de Ntra. Señora de la Salud en R***. Me dirijo a usted siguiendo los últimos deseos del padre Ignacio Zavalta (q.e.p.d.), que dejó escritos en una carta para mí antes de fallecer. Él quería que usted supiera que murió en paz con Dios y consigo mismo, recordándola con afecto. Debo decirle que nunca lo oí quejarse a pesar de que hacía dos años que sabía que su final estaba cerca. 

  Quedo a su disposición y le envío mis respetos,

  Julio Cifuentes

  Sintió como si le desgarrasen el pecho. Pero no pudo abandonarse a su dolor. En la cunita, su hijo Nacho, recién nacido, la reclamaba con su llanto.



*NOTA: Relato participante en el III TORNEO DE ESCRITORES de TusRelatos.es

jueves, 28 de diciembre de 2017

Carpe diem






   La primera vez que la vi me pareció la mujer más bella de todas cuantas había contemplado jamás. Me impresionó su dulzura, la bondad que rebosaba de sus ojos oscuros.

   Estaba sentada en un banco del Parque de las Alondras dando de comer a las palomas sin percatarse de mi observación desde la estatua de Garcilaso. Hacía ya unos meses que había cogido la costumbre de ir todas las tardes a tomar nota de los transeúntes para mi siguiente novela y ella fue la única que consiguió atraer mi atención. Ahora que han transcurrido siete años desde entonces y conozco cada rincón de su cuerpo, podría recrearme evocando sus ojos color chocolate fundido que se tornan negros cuando sufre una fuerte emoción, su nariz respingona a menudo roja por algún catarro o su contoneo elegante al caminar. Pero aquella tarde lo único que percibí fue la bondad de su mirada. Siete años han pasado y aún me parece sentir la brisa erizándome el vello de los brazos. La brisa que, después de juguetear con el remolino de mis cabellos, levantó levemente el ruedo de su falda dejando ver su rodilla de piel pulida. Siguiendo un repentino impulso, arranqué de su mata una camelia y se la ofrecí después de besar sus pétalos del color de la grana. Ella me acarició la mejilla y, sin pronunciar una palabra, echó a andar hacia la Puerta del Este. Aturdido aún, salí a su encuentro mas, cuando llegué a la avenida, había desaparecido entre la multitud.

   Transcurrió más de un mes antes de verla de nuevo. Estaba contemplándose en las aguas cristalinas de un estanque. Inclinaba la cabeza hacia un lado y luego hacia el otro. Aproximaba la cara y la alejaba después. Guiñaba el ojo derecho, el izquierdo. En otra mujer sus gestos hubiesen estado cargados de coquetería y vanidad pero en ella tenían el encanto de quien descubre un nuevo mundo. Vencí mi timidez y me coloqué a su lado. Asomado en el improvisado espejo, la superficie de las aguas me devolvió la imagen de una pareja destinada a amarse eternamente.

   ─¿Te conozco? ─me preguntó tras regalarme con una dulce sonrisa.

  Apenas pude superar la decepción por no haber sido reconocido.

  ─Te conozco desde el principio de mi vida ─le dije hipnotizado por el sonido de su voz y asombrado de mis propias palabras─. Desde el principio de mi vida habitas mis sueños. Me visitas como el viento del norte que acaricia mi mejilla. Arrastras las nubes por el cielo. Con una mano apartas la cortina que impide el paso de los rayos del sol antes de retirarte y dejarme de nuevo en tinieblas. Así noche tras noche.

   En lugar de ofenderse por mi pomposo discurso, extendió las manos hacia mí y cogió las mías. Estuvo unos minutos contemplando mi rostro como si buscase en él algún vestigio del pasado.

   ─No puedo recordarte ─me dijo con tristeza.

   Sentí cómo me subía la pena por la garganta. Empecé a contarle cómo me había hechizado una tarde en el Parque de las Alondras, pero ella me impuso silencio con un beso. Entrelazó sus dedos en los míos y caminamos despacio por las callejuelas de la ciudad vieja.

   Cuando llegamos a la Plaza del Ángel, las campanas de la Iglesia del Salvador llamaban a la misa del mediodía. Ella se detuvo en mitad de la acera y permaneció callada, escuchando recogida.

   ─Tengo que irme ─me dijo cuando finalizó el repiqueteo.

   Creí que me ahogaba la pena. Le así el brazo para retenerla.

   ─Tengo que irme ─repitió─. Me esperan en casa.

   ─¿Volveremos a vernos?

   ─Puede que sí.

   ─¿Aquí? ¿Mañana? ¿A esta misma hora?

   ─Puede que sí.

   Sus palabras me impacientaron.

   ─¡Prométemelo!

    Me besó en los labios.

   ─Te prometo que, si me acuerdo, aquí estaré.

   Sin hacer caso de mis protestas, enfiló la calle Mayor hacia el arrabal. Fui tras ella pero apresuró el paso y pronto la perdí de vista. Desapareció por la calle Ancha dejándome un vacío en el alma.

   Me presenté en la Plaza del Ángel a las diez de la mañana del día siguiente a esperarla bajo el reloj de la iglesia. Los soportales se llenaron de pescadores que se dirigían a la lonja a vender su mercancía, de mujeres camino del mercado que se detenían a conversar unas con otras. A las diez y media un equipo de ciclistas atravesó la plaza. Una bandada de golondrinas emprendió el vuelo levantando el polvo del pavimento. A las once un negro nubarrón cubrió el cielo y dos goterones golpearon mi mano. A las once y media ya empezaba a consumirme la impaciencia. Todas las mujeres vistas de espaldas me parecían ella. El movimiento de una melena bastaba para que se acelerasen los latidos de mi corazón. Un taconeo, para que se me cortase la respiración. A las doce, se desencadenó un chaparrón pero yo seguí esperándola. La Plaza del Ángel quedó desierta pero yo seguí esperándola. Seguí esperándola bajo un soportal mientras las campanas de la Iglesia del Salvador llamaban a la misa del mediodía. A la una y media seguía esperándola. Miles de tristes pensamientos torturaban mi alma. Los niños salían de la escuela llenando la plaza con sus risas y sus juegos. A las dos y media seguía esperandóla. Y a las tres. Y a las cuatro. Y a las cinco. A las seis se oscureció el cielo y llegó la noche. Con ella se apagó mi esperanza y regresé a casa.

   Al día siguiente volví a la Plaza del Ángel pero ella tampoco apareció. Ni tampoco lo hizo al otro día. Ni al otro. Ni al otro. Meses de espera. Meses en los que me perseguía la duda si no había sido todo un sueño. La primavera dio paso al verano, que transcurrió veloz y dejó en su lugar un otoño cálido.

   El atardecer se hacía de rogar. Una luz azafranada cubría los trigales que se divisaban desde la carretera. Erguido en mi bicicleta me llegaba la fragancia de las espigas mecidas por la brisa. Tomé el camino que lleva a la ermita de la Virgen de la Alegría dejando atrás los chalets de los veraneantes. Antes de alcanzar la cima de la colina, vi una pareja que bajaba por el mismo sendero. Él iba asido al brazo de ella, caminando con paso titubeante y ligeramente encorvado. La joven acompasaba su paso al del anciano y, pese a ello, desde la distancia reconocí sus andares elegantes.

   Aceleré el pedaleo y, cuando estuve a su altura, me quité el casco y la regalé con mi más radiante sonrisa.

   ─¡Qué alegría tan grande encontrarte! ─se me escapó nada más bajarme de la bicicleta.

  Entornó los párpados y ladeó la cabeza como si no supiera quien era.

  ─Llevo mucho tiempo buscándote y ya había empezado a perder la esperanza de dar contigo ─le dije.

  Abrió mucho los ojos y, después, dirigió una mirada cuajada de angustia al anciano.

  ─¿Lo conozco, abuelo?

  El viejo, en lugar de contestarla, me miró con tristeza. Luego me preguntó:

  ─¿Es usted el joven romántico del Parque de las Alondras o el poeta de la Plaza del Ángel?

  Me sobresaltó la pregunta. Si el anciano sabía quién pudiera ser yo, ¿por qué ella fingía no reconocerme?

  ─Mi nombre es Pedro y Elena es mi nieta ─me dijo tendiéndome la mano─. No debe ofenderse si ella no recuerda quién es usted.

  Elena, viendo que su abuelo hablaba conmigo, me tendió la mano.

  ─¿Es un amigo? ─le preguntó en voz baja.

  Yo no entendía nada y estaba cada vez más confuso. Una parte de mí quería huir, escapar de aquella bella joven que parecía querer burlarse de mí. Pero otra parte dentro de mí me impelía a quedarme, a descubrir su misterio.

   Pedro posó su mano en mi hombro y le hizo un gesto a su nieta para que nos dejara solos.

  ─A Elena le hizo muy feliz la camelia y el paseo por la ciudad vieja. Los dos días llegó muy contenta a casa y me lo contó emocionada.

  ─Entonces, ¿por qué finge no conocerme?

  El anciano detuvo su vacilante caminar y dejó vagar su mirada en la lejanía.

  ─Mi Elena no está fingiendo; realmente no se acuerda de usted. Ni de nada que haya sucedido más allá de esta mañana. Cada día al despertar tengo que vencer su miedo y persuadirla de que no soy ningún desconocido; convencerla de que soy su abuelo; contarle quién es ella. El sueño, que en nosotros, repara las fuerzas del día, para mi niña es fatal. Borra todos los recuerdos y la deja indefensa ante el mundo.

  ─Pero eso ¿por qué le ocurre? ¿Qué extraña enfermedad padece? ¿Nació así? ¿Se va a curar? ─pregunté sin entender nada─. ¿Qué es eso que me está contando?

  ─Cuando tenía doce años, sus padres y su hermana más pequeña murieron en un accidente de tráfico. Se dirigían a la playa ─el viejo Pedro hizo una pausa─. Elena no iba con ellos porque estaba resfriada y su madre, mi hija, quiso que permaneciera en cama a mi cuidado y el de mi esposa. Después de aquella tragedia... Los médicos creen que fue la culpa por no ir en el coche con ellos lo que le provocó su extraña enfermedad: la culpa por seguir viviendo. Pero ni psicólogos ni psiquiatras han sabido ponerle remedio. Unos dicen que, con el tiempo, irá recuperando poco a poco la memoria, otros que, si sufre una fuerte emoción, se curará de golpe, otros, que vivirá así de por vida. La han visto tantos... Yo no pierdo la esperanza y, cada día, le leo el diario que voy escribiendo sobre su vida. Le hablo de sus padres, de su hermanita Sofía, de sus sueños de niña, de nosotros. A veces, llora su olvido, se desespera por no encontrar más que oscuridad en su memoria, pero otras consigo ilusionarla con un futuro brillante, a pesar de saber que solo tiene presente.

  Sus palabras me causaron tal impresión que no supe qué decirle. Elena iba unos metros por delante de nosotros. De vez en cuando, volvía la cabeza y nos dirigía una mirada suplicante como si supiera que estábamos hablando de ella y esperase de nosotros un veredicto sobre su vida.

  ─No puede imaginar la congoja que me produce pensar que me pueda suceder alguna desgracia y se quede sola, desamparada ─dijo en un hilo de voz el anciano.

  Un suspiro salió de su pecho compitiendo con el viento que jugaba con la veleta de la ermita. Lo dejé con sus tristes pensamientos y corrí hacia Elena. Tomé sus manos entre las mías y la besé en los labios. Ella pareció sorprenderse pero después me sonrió y me acarició el pómulo.

  Pedro me invitó a cenar con ellos en un pequeño restaurante no muy alejado de la casa en la que vivían. La noche había caído sobre nosotros hacía rato pero la luna llena nos prestaba su luz para guiarnos por el tortuoso sendero. Desde la colina, la ciudad parecía un enjambre de luciérnagas. Nos sentamos en la terraza del restaurante deleitándonos del cálido ambiente. Me es imposible recordar lo que cenamos ni de lo que hablamos. Lo único que ha quedado en mi memoria son los ojos de Elena que, se iban volviendo más y más risueños. Cuando llegó la medianoche, esos mismos ojos se le fueron cerrando por el sueño y el cansancio. Un velo de tristeza cubrió la mirada de Pedro.

  ─Tenemos que irnos ─dijo.

  Pero no se movió, como si le costase enfrentarse a la noche. Llamé al camarero y, sin hacer caso de sus protestas, pagué la cuenta. Luego, los acompañé hasta su casa.

  Durante el otoño y el invierno, todas las tardes al finalizar mi jornada de trabajo, me dirigía en el autobús de las cinco a la casa de Elena. Cada día tenía que vencer la tristeza que me embargaba al ver que sus ojos no me reconocían. Podía percibir en su mirada la chispita de miedo que suscita siempre un extraño: miedo a lo desconocido a pesar de la alegría con la que era recibido, después de que Pedro le hubiese estado hablando toda la mañana de mí. Los primeros minutos traían cierto embarazo entre nosotros. Yo, para romper el hielo, le llevaba lo que había escrito para ella durante la mañana y se lo leía en voz alta. Poco a poco Elena se iba aproximando. Sus ojos se llenaban de ternura y me iba ganando su confianza. Entonces Pedro nos dejaba a solas y yo empleaba las pocas horas que restaban hasta la medianoche en conquistar su corazón. Pero, cuando el reloj anunciaba las doce, a Elena la vencía el sueño y nos teníamos que despedir sabiendo que una parte de ella iba a morir. 

  Cada día era idéntico al anterior: un renacer matutino, una vida en unas horas para de nuevo morir en la noche.

  En más de una ocasión sorprendí en ella el miedo, la tristeza, y temí que la desesperación la llevase a acabar con esa vida tan efímera. Con mucho esfuerzo lograba hacer brotar de sus labios una leve sonrisa. La cubría con mis besos y, mientras su memoria en vano trataba de encontrarme detrás de tanta oscuridad, su cuerpo me reconocía con gozo y respondía con urgencia a mis caricias.

  Una tarde en la que había estado pintándole un futuro lleno de luz, me dijo:

 ─No me hables de futuro si para mí no existe más que el presente. Mañana puedes contarme una historia diferente sobre mí, inventar una identidad distinta, convertirme en tu enemiga, una extranjera, alguien fascinante o una mujer mediocre. Bastará con que tu imaginación lo mande para que la Elena de hoy, tu Elena, deje de existir. No importa lo que me digas ahora porque mañana no quedará nada de tus palabras. Ni de tus besos, ni de mi amor hacia ti. Lo único que perdura en mi memoria es un miedo que cada día es más grande, eso sí que lo recuerdo. El miedo a no ser nada. No puedes imaginar lo que es despertar y no saber quién eres; el terror por no reconocer a la persona que te tiende la mano; vivir entre extraños. ¡Tengo tanto miedo irme a dormir...!

  La abracé con fuerza y le prometí no abandonarla nunca.

  Aquella noche no regresé a mi casa. Cuando la venció el sueño, la seguí hasta su dormitorio. Me tendí a su lado y le cogí la mano hasta que su respiración regular me anunció que se había quedado dormida. Un rayo de luz se colaba por una rendija de la ventana iluminando su bello rostro. El sueño no había logrado borrar la expresión de bondad que tanto me atraía. La estuve contemplando durante horas, memorizando cada uno de sus rasgos que ya conocía mejor que los míos. A eso de las tres de la madrugada, una pesadilla sacudió su espíritu. Lloraba entre sueños con tanto desconsuelo, que la sacudí suavemente en el hombro. Mas, cuando me vio a su lado, comenzó a gritar aterrorizada.

  En vano intenté tranquilizarla.

  ─¡Soy yo, Elena! ¡No tengas miedo! No voy a hacerte ningún daño.

  Sus gritos debieron de despertar a su abuelo, que entró en la habitación con el rostro descompuesto. Le habló en un tono suave, como si se dirigiera a una niña de pocos años. Le acarició la frente y le retiró los cabellos humedecidos de sudor. Poco a poco Elena se fue calmando. Pedro sacó de un cajón de la cómoda un álbum de fotos y se lo fue mostrando mientras le hablaba de nosotros. Yo, que entretanto me había retirado hasta el otro extremo del dormitorio, me fui aproximando poco a poco todavía con la congoja en el alma. Me senté en el sillón que había junto a su cama y le cogí la mano no sin cierto miedo a que me pudiese rechazar. Pero, Elena atrajo la mía y la dejó sobre su corazón. Así permanecimos hasta que volvió a vencerla el sueño. Cuando se durmió, me levanté e hice ademán de irme pero el abuelo, que seguía en la habitación, me rogó que me quedase.

  ─No te vayas, hijo mío. Quédate con ella siempre. No la abandones. No nos abandones, te lo ruego.

  Y me quedé con ella aquella noche y las que siguieron.

  Mi vida con Elena no fue nada fácil. No era nada fácil despertarse cada mañana y sentirse un extraño para la persona amada. Ayudarla a reconstruir cada día su identidad, ayudarla a confiar en mí, en su abuelo. Conquistar su corazón, enamorarla de nuevo me resultaba menos doloroso que ser testigo de su desamparo al despertar. Con cada amanecer, me costaba más y más seguir el consejo del abuelo:

  ─Disfruta solo de cada momento presente y olvídate del pasado y del futuro. El pasado y el futuro no existen. No deben existir para ti, si no quieres sufrir.

  ¡Pero era tan duro su consejo...! ¡Aquel carpe diem tan poco placentero!

  He de confesar que, pese a mi amor por Elena, en más de una ocasión pensé en huir y no fueron pocas las veces en las que preparé el equipaje. Pero bastaba con que me encontrase con sus bondadosos ojos, con su desamparo, para que me arrepintiese de mi cobardía.

   Un día, entrada ya la primavera, Elena se desmayó en mis brazos mientras dábamos un paseo por el Parque de las Alondras, el mismo parque donde la vi por primera vez. No perdió la consciencia más que unos minutos pero, yo, que, desde que vivíamos juntos, me había convertido en el mayor de los aprensivos, creí que tal desvanecimiento era el preludio de su muerte. La llevé al momento al centro de salud. Había perdido el color sonrosado de su piel contagiada de mi ansiedad. La médico que la atendió me hizo salir de la consulta temiendo que mi agitación entorpeciera su trabajo. La espera se me hizo eterna a pesar de que Elena no tardó en volver a mi lado más que un cuarto de hora. Cuando asomó la cabeza por la puerta, traía una sonrisa radiante. Se arrojó a mis brazos, dejó descansar su cabeza en mi hombro; después, me susurró al oído:

  ─Vamos a tener un bebé.

  Alegría. Alborozo. Esperanza. Dicha. Miedo. Mi pecho estuvo a punto de estallar. No cabía en él ni una emoción más.

  Íbamos a tener un hijo. Elena iba a darme un hijo. ¿Podría haber mayor felicidad?

  Íbamos a tener un hijo. Elena iba a darme un hijo. ¿Qué sería de la vida de nuestro niño condenado a un eterno presente?

  Íbamos a tener un hijo. Elena iba a darme un hijo. ¿Cómo iba a afrontar su maternidad una mujer que no tenía ni pasado ni futuro?

 Durante el tiempo que duró el embarazo me asaltaron cientos de dudas. Viví entre la mayor exultación y la más profunda depresión. Y contagiaba a Elena todos mis temores. Cada día, cuando descubría su futura maternidad, le robaba la felicidad de la esperanza con mi miedo.

  ─¿Qué vida le espera a nuestro hijo? ─le preguntaba─. ¿Qué le podemos ofrecer sino desdicha?

  Cuando aparecieron los dolores del parto, había caído una copiosa nevada. La calle en la que vivíamos tenía una capa tan ancha de nieve que apenas se podía circular por ella. Las inclemencias del tiempo aumentaron mis temores. El abuelo, que en aquellos meses había sido el único que había mantenido la calma, pidió una ambulancia por teléfono y pidió un taxi por teléfono que nos llevó al hospital. Tres semáforos en rojo seguidos hicieron que perdiéramos su rastro y cuando llegamos Elena ya estaba dentro del paritorio. A toda prisa me vistieron con una bata y un gorro verde, aun así, cuando entré en la sala de partos, ya había terminado todo. Elena me dio la bienvenida con nuestro hijo en sus brazos.

  Una radiante sonrisa iluminaba su rostro. Alargó la mano hacia mí y me dijo:

  ─Ricardo, no te lo vas a creer. Nuestro hijo ha obrado el milagro. Cuando la enfermera me lo entregó y lo puso en mi regazo, lo recordé todo. Fue como si, de pronto, hubiese salido el sol y la noche se hubiese ido para siempre. Lo recuerdo todo, Ricardo. En serio. Lo recuerdo todo.

  Estuvo hablando sin parar del pasado al tiempo que acariciaba la cabecita de nuestro hijo. Era verdad que parecía que había vuelto su memoria pero podía tratarse simplemente de una ilusión; la emoción por el nacimiento de nuestro hijo; un revoltijo de todo lo que le habíamos estado contando su abuelo y yo aquella mañana; un espejismo que se desvanecería tan pronto como cayera en el sueño. En cuanto se quedase dormida su mente se vaciaría de nuevo de recuerdos y volveríamos a vernos inmersos en un eterno presente en el que no existía ni pasado ni futuro. Un nubarrón oscureció la alegría del momento mientras Elena insistía cada vez más agitada:

  ─Lo recuerdo todo, Ricardo. Los dulces de castañas que hacía mi madre en Navidad, el ceño fruncido de mi padre cuando se concentraba en algún pensamiento que le preocupaba, a mi hermana Sofía jugando a la comba… Lo recuerdo todo, Ricardo.

  Durante lo que restaba de la mañana y parte de la tarde, no dejó de hablar del milagro que había obrado en ella el nacimiento de nuestro hijo. Pedro y yo, sin hacer caso de sus palabras, tratábamos de calmar su extraña verborrea que parecía no tener fin. 

  ─Lo recuerdo todo, Ricardo. La camelia que me ofreciste en el Parque de las Alondras, el paseo por la ciudad...

  No dejaba de evocar momentos de su infancia que intercalaba con planes para un futuro en familia.  Su mirada se volvió febril y profundas ojeras oscurecían su piel más y más pálida.

  ─Lo recuerdo todo, Ricardo. Lo recuerdo todo. Mi colegio, la señorita Julia, mi amiga Silvia…

  A las cinco de la tarde, consumido por la inquietud, fui en busca de un enfermero que, tras llevarse a nuestro hijo, le puso una inyección.

  ─¿Qué es eso? ─le pregunté asustado.

  ─Es solo un sedante. Está muy excitada y le vendrá bien descansar.

  Por un instante, quise evitarlo. Si se dormía, caería de nuevo en el olvido. Hasta su hijo se borraría de su memoria. Pero el abuelo puso su mano en mi hombro y me pidió que dejase actuar al enfermero.

  ─Tiene razón. Está agotada.

  Durante dos horas velamos su sueño, como tantas veces habíamos hecho. No me aparté de su lado más que unas cuantas veces en las que fui a ver la carita de mi hijo, que también dormía plácidamente en su cuna.

 Anochecía cuando mi niño empezó a llorar con un desconsuelo que me partía el corazón. Al oír el llanto, Elena se despertó. Se incorporó sobre las almohadas y extendiendo los brazos hacia nuestro hijo, me pidió:

  ─Ricardo, por favor, tráeme al niño, que se me está muriendo de hambre.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Pequeñas cosas









  Dicen que la felicidad está hecha de pequeñas cosas, detalles aparentemente insignificantes que nos recuerdan que en la más absoluta oscuridad se puede encender de repente una candela que nos ilumine el camino. 

  Sí. Ya sé que este párrafo no contiene más que un puñado de tópicos que dice la gente cuando alguien sufre una desgracia. «Disfruta de la belleza de una puesta de sol, deléitate con el aroma del café recién hecho, saborea el dulzor de una ciruela recién cogida del árbol, estremécete con la suave caricia de un amante, déjate envolver por la melodía de una suite de Bach…». ¿Cuántas veces habré repetido frases como ésta creyendo que así llevaba consuelo a amigas que sufrían la ruptura de su matrimonio, el alejamiento de un hijo o para quienes simplemente la vida había perdido para ellas el sabor a miel? «Cierra los ojos, extiende los brazos y llena tus pulmones de la brisa de la tarde, les decía, como si la felicidad fuera cosa de recetas». «La felicidad está hecha de pequeños detalles», era la divisa que llevaba cincelada en el alma.

 Dicen que la felicidad está hecha de pequeñas cosas. Pero, ¿y el dolor? ¿Acaso no puede desencadenarse por un modesto detalle?

 Hace tres años murió Carlota, mi hija. No hacía mucho que había dejado de ser un bebé para convertirse en la niña más maravillosa que hubo jamás bajo el cielo. Me parece verla corretear por el jardín de la casa de mis suegros detrás de las pompas de jabón que le hacía su abuelo soplando por una pajita. Me parece oír su risa traviesa cuando escondía en los bolsillos del vestido azul las campanillas del parterre que mi cuñada cultivaba con tanto mimo. Me parece que acaricio sus piernecitas, tan regordetas que se le formaba una arruga debajo de la rodilla. Me parece sentir sus deditos sobre mis mejillas. Me parece, me parece. Me parece que está conmigo pero ya nunca mis labios besarán su frente.

  Fue a la vuelta del verano cuando empezaron los dolores. Apuntaba con el dedo el codo y me decía:

  −Mami, duele, aquí.

  Creí que eran mimos y la besé en el punto que me decía; pero solo conseguí unos lloriqueos.

  No le di importancia y me olvidé al momento de sus quejas. Pero los días siguientes llegaron acompañadas de más dolores y más lloros. 

  La oía sollozar entre sueños en mitad de la noche. Su padre la acunaba en sus brazos mientras entonaba una cancioncilla buscando sin lograrlo aliviar así su dolor. La llevamos a su pediatra que la sometió a pruebas y más pruebas. El semblante del médico iba tornándose sombrío. Sus palabras se volvieron oscuras y su voz se llenó de una preocupación contagiosa.

  No quiero ponerle nombre a la enfermedad que se llevó a mi niña. Me niego a revivir las semanas en las que estuve sin moverme de su lado, viendo como en cada suspiro volaba un trocito de su breve vida. No tengo fuerzas para evocar el momento en que cerró sus ojos y acerqué mis labios a los suyos para susurrar su nombre: Carlota. Su recuerdo es un tormento para mí. Y sin embargo, al principio no fue así.

  Dicen que no hay dolor más desgarrador que el que siente una madre cuando pierde un hijo. Que el corazón se hace añicos; que cada esquirla se clava en el alma desgarrándola. Pero nada de eso sentí cuando murió mi hija. Era como si se me hubiesen adormecido los sentimientos; como si la tristeza se hubiera agazapado en algún pliego de mi alma y no se atreviese a salir de su escondite.

  Me recuerdo en el tanatorio yendo y viniendo de aquí para allá, atendiendo a amigos y familiares, consolando a éste, enjugando las lágrimas de aquél; como si fuese yo la que debiera ofrecer mis condolencias y no la madre que había perdido a quien más quería. Mientras mi marido enloquecía de dolor, yo abrazaba a mi padre y le apretaba la mano a mi suegra. Me parecía estar muy lejos de allí, como si nada de aquello fuera real o no fuese conmigo. De vez en cuando, me llegaban voces:

  ─¡Qué entereza la de la madre! ¡Cómo soporta su dolor y esconde sus lágrimas!

 Y yo me preguntaba en medio de qué hechizo había caído que me impedía llorar: por qué no era capaz de sentir mi pena. Contemplaba con envidia a mi marido, roto de desconsuelo. Veía aquí y allá rostros afligidos y me preguntaba por qué yo no podía sentir mi pena; por qué, si miraba dentro de mí, no encontraba sino un agujero que se iba agrandado más y más. ¿Qué clase de madre insensible era yo con aquel corazón vacío? Si hasta tenía una sonrisa para los demás. ¿Qué clase de madre era yo, Dios mío?

  Esperaba que, con el paso del tiempo, saliese a la luz todo mi dolor y poder así llorar a mi niña. Pero una semana daba paso a otra y mi alma seguía igual de anestesiada. Al principio me vino bien aquel estado de nirvana en el que no cabía ni la dicha ni el sufrimiento. Podía dedicarme a consolar a mi marido y enjugar sus lágrimas cuando me decía:

  ─¿Qué va a ser de nosotros ahora?

  Me recuerdo aquellos días desplegando una actividad frenética. Resolviendo cientos de problemas sin importancia en casa, en el trabajo. Guardando los juguetes de Carlota. Sacando a mi marido a pasear. En un no parar constante. Sin que la pena me viniese a perturbar.

  Algunas veces, me perdía entre las calles buscando a mi niña, que no me parecía sino que, juguetona, se escondía de mí para hacerme rabiar. Me torturaban las lágrimas que se negaban a brotar. Me fustigaba el dolor que no sentía. ¿Qué clase de madre era yo, Dios mío?

  Aquellos que en los primeros días alababan mi fortaleza me miraban como si fuera una madre sin sentimientos. «¿Es que no querías a tu hija?», me parecía leer en sus ojos. Me convertí en una extraña para mi marido, que dejó de verme como la roca en la que apoyarse. Era, para él, una mujer desnaturalizada que seguía con su vida como si nada hubiese sucedido; como si nunca hubiese llevado en su seno a Carlota.

  ─¿Cómo puedes seguir viviendo como si tal cosa? ─me preguntaba con la voz arrasada de lágrimas y de rabia─. ¿Cómo puedes reír? ¿Cómo puedes pintarte los labios? ¿Cómo puedes, dime, si a mí me duele hasta respirar?

  ─No lo sé, amor mío ─le contestaba mientras callaba mi pena por no poder llorar con él.

  Un día, después de meses sin rozarnos, me hizo el amor. Me hizo el amor con las mismas lágrimas y la misma rabia con la que me interpelaba cada día. Era tal su desesperación que me hacía daño con sus caricias. Yo agradecía aquel dolor de la carne esperando que por fin se abrieran las compuertas del corazón y se desbordase la aflicción que escondía mi alma.

  Pero nada era capaz de liberar mi pena.

  Desperté al día siguiente acurrucada en su pecho. Él estaba velando mi sueño. Dejó un leve beso en mis labios y me dijo que se iba lejos, que me abandonaba.

  ─Ya no tengo fuerzas para vivir a tu lado y recordar que nuestra hija no está con nosotros ─me dijo mientras acariciaba mis cabellos.

  Le supliqué que se quedase conmigo, que intentáramos recomponer nuestro amor. Pero él movió la cabeza y me miró con tristeza.

  ─Déjame marchar antes de que el poco amor que siento por ti se convierta en odio.

  Con esa frase tan dura me dejó sola. Sola con mi vacío. 

  Pero tampoco entonces se me concedió el consuelo de las lágrimas. 

  Durante meses arrastré un alma muerta mientras mi cuerpo se movía y actuaba como si realmente existiese. Iba a trabajar, participaba en las fiestas familiares, salía con amigos. Hasta tuve un amante: un hombre bueno que conocí en una fiesta y que no sabía nada de mí. Espejismos de una vida que no tenía ni sentía como mía.

  Solo cuando dormía parecía sentir. Me despertaba cada mañana ahogada en lágrimas y el corazón encogido, pero no lograba recordar de mis sueños sino una imagen difusa, un sonido apenas audible. Creía que Carlota me visitaba en las noches aunque no me quedaba de ella sino un sentimiento de tristeza que se desvanecía tan pronto como la luz tocaba mis párpados. Entonces, me daba la vuelta en la cama solitaria y llamaba al sueño con la esperanza siempre frustrada de reencontrarme con mi niña. ¡Ah!, pero el sueño se negaba volver. En un último intento, cerraba los ojos y evocaba su olor cuando salía del baño, buscando envolverme por la sensación de paz que me traía mi niña cuando vivía. Pero, al abrirlos de nuevo no encontraba en torno a mí sino más soledad, más vacío.

 Hacía dos años que mi hija había muerto cuando decidí irme a vivir a otra ciudad. No quería permanecer en una casa de la que solo quedaba el esqueleto de todo el amor que había crecido entre sus cuatro paredes. Pasé semanas guardando en cajas de cartón los objetos que había atesorado cuando tenía una familia. Creí que aquella tarea sería penosa para mí pero la acometí como si fueran las pertenencias de una extraña. Ya no me decía nada el reloj de cuco que compré en un anticuario de París durante mi luna de miel. Ni me parecía oír la voz de Carlota cuando me llevaba al oído la caracola que cogimos juntas en la playa. Sobre la chimenea del salón me vigilaba el retrato al óleo que me hizo mi marido y que me parecía el rostro de una mujer muerta. Los libros guardaban entre sus páginas palabras para mí incomprensibles. Ni siquiera me sentí unida a la camita de mi niña, su corderito de trapo, la esponja con la que frotaba su piel rosada. 

  Así, como una autómata, fui empaquetando cinco años de mi vida. Cinco años que me parecían un sueño. El sueño de otra.

  El día que llegó el camión de la mudanza, di una última vuelta por la que fue mi casa. La casa de Carlota. La casa de mi marido. La casa de mi familia. Abrí y cerré ventanas. Escudriñé armarios y cajones por ver si me había dejado algo sin recoger. Subí y bajé al sótano, a la buhardilla. Y cuando ya creí que no quedaba ningún rincón del que tuviese que despedirme, me senté en la escalera del vestíbulo. Miré a mi alrededor de aquel espacio ya tan vacío como mi alma. La puerta del armario del pasillo estaba entreabierta y por ella asomaba un bulto que no reconocí al principio: una simple caja de zapatos. Me acerqué despacio y la estreché contra mi pecho. La abrí con la misma expectación con la que mi niña abría un regalo sorpresa. Levanté la tapa abollada y ante mí aparecieron un sonajero de plata, un babero con una margarita bordada y unos patucos blancos de punto que hice mientras estaba embarazada.

  Un raudal de lágrimas brotó de mis ojos mientras mi corazón gritaba:

  ─¡Carlota! ¡Carlota!

  Y todo el dolor que escondía en mi alma salió para salvarme.

 Dicen que la felicidad está hecha de pequeñas cosas. Pero, ¿y el dolor? ¿Acaso no puede desencadenarse por un modesto detalle?



sábado, 2 de diciembre de 2017

¿A qué sabe el amor?






  María tenía trece años cuando se dejó embrujar por primera vez con la magia de un soneto. Dejó escapar un largo suspiro y preguntó:

   −¿A qué sabe el amor, abuela? 

   Sofía permaneció unos segundos pensativa y dejó rodar por la camilla la madeja de lana turquesa que estaba desenredando.

   −El amor no tiene un sabor sino muchos, ratoncita.

   −¿Muchos? ¿Cómo es eso posible?

   Una carcajada de Sofía llenó de campanillas el silencio de la noche.

   −Es un enorme pastel de varios pisos. Si hundes la cucharilla en una de sus capas, te deleitarás con el sabor a limón y en otra, el azúcar te cosquilleará la punta de la lengua.

   María se relamió traviesa.

   −¿A qué sabía tu amor por el abuelo?

  −¡Mmmm! ¡Delicioso! Lo vi por primera vez paseando en bicicleta por la playa. Su mirada se tropezó con la mía y se llevó para siempre mi corazón. Después de aquella tarde, cada vez que lo veía, sentía escalofríos como si me hubiese tentado con una guindilla. El primer beso me lo robó a la salida del colegio: un beso chispeante como las burbujas del champán. Después de meses de noviazgo efervescente, degusté la dulzura de los años juntos. Pero, ¡ay, ratoncita!, se puede aborrecer el chocolate más delicioso. Los sinsabores de la vida, los desencuentros, los malentendidos, los orgullos heridos… ¡Ay! −suspiró mientras María arrugaba la nariz−. La acidez de esos momentos abre grietas en el alma que escuecen y te anegan en llanto. Pero los besos de nata de un bebé te vuelven golosa de nuevo y las caricias de la reconciliación te abren el apetito. En la vejez, el paladar se sosiega, se huye de los sabores intensos, te deleitas con un caldo caliente compartido en las frías tardes de invierno. Hasta que una helada, se lleva los últimos frutos de la pasión y te deja en su lugar el aroma de la amargura. 

  Una lágrima encontró un camino entre las arrugas. María la rodeo con sus brazos y dejó un leve beso en su mejilla. Sofía sonrió.

   −Ahora me he vuelto glotona de los bomboncitos de tus besos.






Ejercicio "ESCRIBIENDO CON LOS CINCO SENTIDOS. EL SABOR DEL AMOR" para Nosotras que escribimos