lunes, 30 de julio de 2018

Sonata para piano






  Ahora que nos hemos quedado solos en esta casa tan grande, permitidme que ejerza de abuelo y os cuente una historia que me sucedió cuando tenía más o menos vuestra edad. Tuvo lugar unos meses antes de que contrajese matrimonio con la abuela. Tras cuatro años de intenso trabajo, había logrado finalizar mi sonata para piano. Estaba exhausto. El vacío y un inmenso desasosiego me invadían a causa de tanta ociosidad después de un trabajo tan intenso. Mi entonces novia, vuestra abuela, que daba clases de violonchelo en una academia, me habló de un compañero suyo, profesor de armonía, que pensaba tomarse un año sabático para viajar por Europa. En este periplo, tenía previsto visitar durante unas semanas a un compositor amigo suyo que se había retirado a un pueblecito en plenos Alpes suizos. El profesor, de nombre Antón, estaba dispuesto a llevarme con él siempre y cuando lo dejara en libertad para hacer su vida. 

  Imposible describir la emoción que sentí cuando mi prometida me dijo quién era el compositor. Se trataba del autor de sonatas y conciertos para violín que gozaba del mayor reconocimiento en la Europa de aquellos años de mi juventud. Disculpad si no os doy a conocer su nombre; hace muchos años que murió y pronto comprenderéis que quiera ocultar su identidad con el fin de salvaguardar su honra. Conformémonos, pues, con llamarlo Mihail.

  Salimos de la Estación del Norte a mediados de mayo, pero no llegamos a nuestro destino hasta el cinco de agosto. En aquellos años los trenes no eran muy veloces y había que hacer noche en las poblaciones que salpicaban el camino si se quería recorrer grandes distancias. Antón tenía elegidas algunas ciudades en las que permanecimos varios días: Narbona, Montpellier, Niza, Génova y Milán, entre otras. Pronto supe que la elección de tales ciudades tenía poco que ver con sus bellezas arquitectónicas. Mi compañero de viaje formaba parte de una sociedad semiclandestina que organizaba partidas de póquer por el sur de Europa. No os voy a contar mucho más del bueno de Antón; esa sería otra historia no menos interesante, pero que me desviaría de la que os quiero contar. Sólo os diré que, en las ciudades en las que pernoctábamos, solía desaparecer después de cenar conmigo en algún restaurante y no regresaba al hotel hasta bien entrada la madrugada. A la mañana siguiente de sus andanzas, no daba señales de vida hasta el mediodía, dejándome solo en mis visitas a los lugares que él mismo me había recomendado. Después he regresado muchas veces esas mismas ciudades, pero nunca me han parecido tan bellas como en aquel viaje, cuando las vi por vez primera.

  Como os digo, llegamos a nuestro destino el cinco de agosto: lo recuerdo muy bien, porque era mi vigésimo noveno cumpleaños. Pero no fue hasta unos días más tarde cuando conocí a Mihail. No consigo recordar cómo se produjo nuestro primer encuentro: si nosotros le hicimos una visita de cortesía o fue él mismo el que se acercó a la pensión en la que nos habíamos alojado al saber que Antón se encontraba en el pueblo. Los días en aquellos parajes suizo se sucedían tan iguales, que se confunden en mi memoria. Desde el primer momento, me impresionó la calidez de su trato; que no guardara distancias conmigo, pese a ser un desconocido para él, que era un hombre afamado buscado por muchos más importantes que yo.

  Mihail llevaba una vida regular de la que enseguida formamos parte Antón y yo. Aunque, tal vez, deba excluir a mi compañero de viaje, que siempre fue por libre. Dedicaba, Mihail, las mañanas a su música. Cuando lo conocí, estaba componiendo su quinto concierto para violín y orquesta. Después de comer, le gustaba dar un largo paseo por los alrededores del pueblo y llegaba hasta nuestra pensión con una invitación para que nos uniéramos a él. Al principio, Antón venía con nosotros, pero, como os digo, después de algunas semanas, no era raro que se ausentara durante varios días y acudiera a la llamada de una partida de cartas. 

 En la época estival, era un placer recorrer el cantón del Valais. Los campos se habían teñido de verdes y constituían una deliciosa tentación para los rebaños de ovejas que pastaban en ellos. A los lados de las veredas, las flores asomaban entre la hierba como si fuera un tapiz bordado con manos primorosas. Nunca he sido un entendido en flora, pero sí recuerdo las blancas edelweis y las gancianas de color violeta, azul y amarillo con las que las niñas del pueblo componían ramilletes y guirnaldas. En los rincones a los que no llegaban los rayos de sol, Mihail me descubría montículos de nieve del invierno anterior y, en las rocas humedecidas, el musgo de suave tercipelo. Recuerdo con ternura un cervatillo que andaba perdido en busca de su madre. ¡Cómo habríais disfrutado de haber estado allí!  

  ¿Qué os puedo contar de Mihail? Cuando lo conocí, era un sexagenario de larga cabellera plateada que no perdía su porte elegante ni cuando iba vestido de manera informal dispuesto a emprender una caminata de varias horas. Durante aquellos paseos, era una delicia dejarse hechizar por su conversación. A lo largo de mi larga vida, pocas veces he tenido la oportunidad de departir con personas tan amenas y profundas a un tiempo. Lo mismo hablaba de arte, filosofía o literatura que contaba divertidas anécdotas de la gente que había conocido. Tenía un fino sentido del humor que le permitía retratar de forma certera a las personas haciendo uso de la ironía, mas sin llegar a la crueldad, tan frecuente en otros. Generoso, no se limitaba a hablar sino que era un oyente atento y considerado. Se interesaba por mi carrera; por los profesores que me habían formado y los planes para el futuro. Yo no me atrevía a hablarle de mi sonata para piano; a su lado, me sentía muy poca cosa y me avergonzaba de la pequeñez de mi obra: tal era mi admiración por el venerable compositor. 

  El tiempo avanzaba despacio animado por los paseos en los que recorríamos aquellos parajes tan bellos. Las mañanas transcurrían plácidamente gracias a los libros que me había prestado Mihail y que yo leía también con lentitud deteniéndome en los pasajes que llamaban la atención, admirado de la precisa elección de las palabras por parte del autor. Aquellas lecturas me abrieron las puertas a mundos para mí desconocidos.  Recuerdo la honda impresión que me causó La Montaña Mágica de Thomas Mann, que releí en más de una ocasión. Desde la ventana de mi habitación, disfrutaba de la vista de las cara norte del Monte Cervino, con sus afiladas aristas. Aquella impresionante pirámide de la naturaleza me imponía y atraía a un tiempo. Mi casero, viendo mi interés, arregló una excursión con un guía del pueblo que organizaba visitas en grupos pequeños. Hube de coger el tren de Gornegrat a las cinco de la mañana porque nuestra intención era disfrutar de la luz del día; mas una tormenta nos impidió llegar a nuestro destino y tuvimos que dar la vuelta a medio camino. Después, ya no tuve oportunidad de repetir el intento hasta que, años más tarde, quise enseñarle aquellos bellos parajes a vuestra abuela.

 Un día, Mihail me invitó a comer a su casa. Era propietario de un pequeño chalet a unos tres kilómetros del pueblo, donde vivía con una mujer que algunos decían que era su esposa, otros, su amante, mientras que para los aldeanos, se trataba de su ama de llaves. Antón no supo aclararme el misterio y cada día me daba una versión distinta. Cuando llegué a la casa del compositor, la mujer estaba en el jardín arreglando un parterre de rosas a la entrada al jardín y ya no volví a verla en todo aquel día, pues ni siquiera comió con nosotros.

 He de deciros, queridos nietos, que aquel fue uno de los días más felices de mi vida. La comida estuvo regada por un Burgeland exquisito y amenizada por la inteligente conversación a la que Mihail me tenía acostumbrado. Al terminar los postres, tomamos el café en la sala de música en la que solía trabajar. En ella, además de un piano y distintos instrumentos, había en un confortable rincón dos sillones tapizados de terciopelo del color de las ciruelas maduras y una mesa de cristal, donde pasé horas hablando con mi amigo. Las paredes estaban cubiertas de anaqueles con miles de libros. ¿Cómo expresaros, queridos nietos míos, la emoción que sentía por encontrarme en aquella sala a la que estaba vedada la entrada a tanta gente? 

  Mihail me estuvo hablando del concierto para violín que estaba componiendo, el quinto que pensaba estrenar. Tuve el privilegio de escuchar posiblemente antes que ninguna otra persona su primer y tercer movimiento. Me contó cuán difícil le estaba resultando la composición del segundo, que había tenido que reescribir varias veces sin haber encontrado aún el motivo central que hiciese de hilo de unión de la melodía.

  Conmovido por ser el destinatario de sus confidencias y quién sabe si también víctima de los efectos del vino austriaco, me armé de coraje y le hablé de mi sonata para piano. Después de haber escuchado los dos movimientos de su inconcluso concierto, no pude negarme a complacerlo y toqué para él algunos fragmentos de mi sonata. Me hizo sentar en su piano, el mejor que han acariciado las yemas de mis dedos, y me sumergí en el adagio. Me parece que lo estoy viendo, concentrado mientras escuchaba mi ejecución; con los ojos cerrados, las manos entrelazadas bajo el mentón. Cuando terminé, la emoción velaba sus ojos. También yo estaba conmovido; tanto que no fui capaz de pronunciar palabra alguna de agradecimiento tras recibir su efusiva felicitación. Mihail fue el primero en recobrar la serenidad. Tomó asiento de nuevo y me invitó a tocar desde el principio la sonata completa.

 Salí de su casa cuando se ponía el sol. Me sentía tan feliz y exultante que no me apetecía recluirme en la habitación de la pensión. Poco antes de llegar, tome la vereda que llevaba a la dehesa y estuve caminando hasta bien entrada la noche. Los pensamientos entraban y salían de mi mente a una velocidad que me impedía aprehenderlos. Se abría ante mí un futuro de amistad con el hombre que más admiraba; el que me guiaría en la larga senda hacia la Gloria. Mas no sabía que aquél sería el último día que lo vería en mi vida.

 Al día siguiente, el viejo Mihail mandó recado por medio de la mujer que vivía con él para comunicarme que estaba en pleno trabajo de composición y que no podría verme en unos días. Su ausencia llenó de hastío las horas. Ni siquiera la lectura de Thomas Mann se podía comparar con la brillante conversación del compositor. En más de una ocasión, dejé que mis pasos me guiaran hasta los aledaños de su propiedad con la esperanza de avistarlo aunque no fuera más que de lejos, pero nunca acerté a verlo y sólo una vez tuve la suerte de cruzarme con la mujer, que venía de hacer unas compras del pueblo y quien me advirtió de que Mihail seguía imbuido en su proceso de creación, sin querer que nadie lo molestase. 

 Semanas después de nuestro último encuentro, supe por mi casera que había partido a París sin dejar dicho si regresaría en breve.

 En octubre, cuando las nieves volvieron a hacer acto de presencia en el distrito de Visp, tomé el camino de regreso a casa. Nadie me acompañaba. Antón seguía con su periplo de juego y me había invitado a seguirlo, pero yo ya estaba cansado y quería retomar mi vida. En diciembre, me casé con Elsa, vuestra abuela, y empecé a buscar la manera de estrenar mi concierto:  sin éxito, debo decir.

 Cinco años después de mi gira europea, recibí dos entradas para asistir al estreno del Concierto para violín y orquesta número cinco de Mihail. Acudí lleno de emoción acompañado de Elsa y de unos amigos con los que habíamos ido a cenar en un restaurante próximo al Teatro Real. Elsa estaba bellísima, con un vestido de noche negro drapeado que dejaba sus hombros al descubierto. 

 Al oír los primeros acordes retrocedí a mi verano suizo. Las notas del violín me traían el balido de las ovejas y me hacían evocar el vuelo majestuoso del águila real. ¿Cómo describiros la emoción al oír los acordes de aquella música que había escuchado años antes en una pequeña sala antes que ninguna otra persona?

 Cuando comenzó el segundo movimiento, aquel adagio que tanto había costado componer, creí morir de la intensa emoción. El sudor perlaba mi frente y, en palabras de vuestra abuela, me quedé pálido como la muerte. Los amigos que disfrutaban con nosotros de la velada, creyéndome indispuesto porque me hubiera hecho daño la cena, trataron de convencerme de que abandonase el palco para que el aire de la noche se llevara mi malestar. Sólo Elsa conocía la causa de mi desazón. Aquellas notas, aquellos acordes que encantaban al público no eran otros que los que formaban la melodía principal de mi sonata para piano; unos acordes mucho mejor matizados al haber desaparecido las notas menos armoniosas. La orquesta le prestaba mayor grandiosidad y el violín la dotaba de una dulzura que yo nunca pude ni podré lograr; mas allí estaba mi música, aquella que había salido de mi alma y de mi corazón, aquella que nunca más volvería a ser mía.

 Después de aquella noche, traté de ver a Mihail con el fin de que me diese alguna explicación. Me presenté en su casa en numerosas ocasiones y siempre se negó a recibirme. Un conocido de ambos me persuadió de que abandonase mis tentativas de concertar una entrevista con él: el célebre compositor decía no acordarse de mí, mucho menos conocerme. Nuestro amigo Antón tampoco pudo hacer nada. Dejó entrever que Mihail lo había amenazado con sacar a la luz su devaneos los naipes. Tampoco me fue posible acudir a los tribunales. Ningún abogado quiso representarme en una querella contra quién entonces gozaba de toda la credibilidad: ¿quién iba a creer a un músico desconocido como yo?, ¿qué pruebas podía aportar más que mi palabra, la palabra de un don nadie?

 Nunca pude estrenar mi sonata ni quise componer nada más después de aquella decepción. Durante años, ni siquiera pude abrir la tapa del piano. Pero la música es para mí tan necesaria como la luz del sol y acabé siendo el profesor de solfeo que todos conocéis.  

sábado, 30 de junio de 2018

Cuando todo era posible







"Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y también de la locura, la época de las creencias y de la incredulidad, la era de la luz y de las tinieblas, la primavera de la esperanza y el invierno de la desolación."
Historia de dos ciudades, Charles Dickens, 1859 



  Hubo un tiempo en que podía recitar capítulos enteros de Historia de dos ciudades. Siempre llevaba conmigo una edición antigua, de piel granate y papel de biblia con el filo de las hojas en dorado; el mismo dorado de las letras góticas de la portada. Me encantaba abrirlo por una página al azar, aspirar su olor a viejo y leer en voz alta la primera frase de cada párrafo. La mayoría de las veces el resultado no tenía mucho sentido pero en ocasiones, los personajes parecían cobrar vida; escapar de la historia contada por el novelista victoriano y tomar un camino de insospechado destino. O quizá fuera yo la que dejara volar la imaginación y enredase a Lucía Manette y a Charles Darnay en aventuras que me hubiese gustado vivir. La fantasía puede llegar a ser la mejor amiga de una joven perdida en sí misma.





I

  Acababa de finalizar los estudios del colegio y tenía ante mí un camino sembrado de promesas. Nunca he sido especialmente bella aunque tampoco llamaba la atención por mi fealdad. Pero, con dieciocho años y toda la alegría de la inexperiencia, estaba en ese momento en el que sentía tras de mí miradas de admiración; ese momento en el que se abrían cientos de ventanas a un mar azul bajo un cielo sin nubes; ese momento, como dice una amiga mía, cuando todo era posible; cuando nuestras mochilas estaban repletas de planes e ilusiones y cada amanecer anunciaba un día aún mejor que el anterior.

  Llevaba dos años saliendo con Fernando, un joven al que conocía desde niña por pertenecer a la pandilla de la casa de la sierra. Era el novio perfecto y así se lo parecía a todo el mundo. Un chico responsable, decían los adultos, que sacaba con éxito sus estudios de Económicas mientras ayudaba a su padre a llevar una tienda de bicicletas. Un chico divertido, decían sus amigos, capaz de improvisar en pleno mes de enero una carrera en moto sin más traje que un bañador o una barbacoa en la casa de sus padres a las tres de la madrugada. Bailaba como nadie sobre una tabla de surf y las mejores olas se lo disputaban como pareja.

  Aquel año fue el primero que pude viajar con él a Tarifa. Los tres anteriores los había pasado con mis padres como castigo por haberme quedado dos o tres asignaturas para septiembre. Pero ese verano superé con éxito el Bachillerato y hasta aprobé la Selectividad. Salimos hacia Tarifa un ardiente dos de julio en un Clío que cada diez kilómetros nos amenazaba con dejarnos tirados en la carretera. Íbamos cargados con las tablas de surf, las guitarras y una pamela de paja que compré por el camino pese a darme el aspecto de champiñón andante. Aún no entiendo cómo pudimos llegar a nuestro destino. Fernando había alquilado una casa con cuatro amigos que cantaban canciones de Midnight Oil en un tugurio de Barbate. No podía ocultar su emoción por poderles presentar a su chica. Según me contó, no eran pocas las bromas que había tenido que sufrir a cuenta de una novia que cada verano se quedaba en Madrid en el último momento por culpa de sus desastrosos resultados en el colegio.

  Tengo un recuerdo borroso de aquellos muchachos de pelo desgreñado, camisas de largos faldones y bañadores idénticos por debajo de la rodilla y tirantes con los que querían aparentar una actitud transgresora pero que les daba un aire cómico. Cuando llegamos, salieron a recibirnos al portón. Parecían algo cohibidos por mi presencia.

  —¡Venga! —les gritó Fernando entre risas—. ¡Que no come! A ver quién es el primero en darle un beso como Dios manda.

  Uno a uno se fueron aproximando con tanta timidez que apenas me rozaron la mejilla con los labios. Llevaban muchos años veraneando solos, sin chicas, y verme allí les hacía sentirse extraños.

  Nos dieron el mejor dormitorio de la casa: una habitación enorme con un cuarto de baño para nosotros. Nada más entrar, me cegó la luz que entraba por el gran ventanal y se reflejaba en las paredes color añil. Me asomé a la calle y quedé maravillada ante la visión de un mar revoltoso que dejaba morir las olas a pocos metros de la casa. Abrí los cristales y la habitación se llenó del aroma a sal. Me entretuve contemplando una gaviota que planeaba entre las nubes y la carrera por la playa de unos niños que volaban una cometa. Bastó un instante para sentirme contagiada por sus risas. Una caricia en el brazo con la punta de los dedos me hizo estremecer. Al volverme, el beso que Fernando depositó en mis labios hizo que olvidase en un instante la playa, los niños y la gaviota.

  Antes de caer la noche, nuestros anfitriones nos invitaron a cenar en algún sitio del paseo marítimo. Fuimos caminando hasta el pueblo por la carretera. Apenas podíamos dar un paso entre los surferos que, cargados con sus tablas, se cruzaban con nosotros. Fernando y yo debíamos de parecer unos extraños entre aquellos cuerpos bronceados cubiertos de sal y arena, con los cabellos decolorados por el sol. Yo todavía no había tenido tiempo de acomodarme al ambiente y estrenaba un vestido turquesa más propio para un cóctel en Madrid que para la playa, pero me sentía tan feliz que no me importaba desentonar con el lugar.

  Buscamos sitio en la terraza de un bar próximo al puerto. Pedí una caña y pescaíto frito, o más bien debería decir que fueron ellos los que pidieron por mí porque estaba tan emocionada que mi atención saltaba de un sitio a otro sin detenerse en nada en particular, ávida por atrapar cada detalle. Poco a poco se fueron uniendo a nosotros surferos que acercaban unas sillas y se saludaban con choques de manos. Hablaban todos a la vez, a gritos y sin escucharse, como si tuvieran urgencia por soltar lo que tenían dentro. Yo me esforzaba por seguirlos, pero sólo me llegaban palabras sueltas sin sentido para mí: kite surf, paddle surf, stand up, wipe out, off the lip… Aun así, pocas veces me he sentido tan dichosa.

  A eso de la medianoche, alguien propuso que nos moviéramos hasta El Balneario, donde se celebraba una fiesta. Yo creí que se trataba de algún pub o discoteca pero me llevaron a una playa. No recuerdo mucho de aquella noche, tan similar a las que siguieron: mucha cerveza y alcohol, barbacoa en la playa y las canciones de los Beach Boys y The Trashmen hasta el amanecer. Noche tras noche repitiendo el mismo ritual hasta el momento en el que un hang ten acabó en un wipe off.

  Tampoco había mucha variación durante el día. Nos levantábamos a eso de las doce para ir a alguna de las playas donde se congregaban los surferos: El Búnker, El lugar secreto... Pasaba el día observándolos mientras se subían a lo alto de las olas encaramados en sus tablas e improvisaban lo que a mí me parecían piruetas y que ellos nombraban con su extraña jerga. Debo decir que mi entusiasmo se fue desvaneciendo a medida que Fernando parecía perder su interés por mí. El primer día de playa trató de enseñarme los rudimentos del surf pero, al ponerme de pie sobre la tabla, una ola me golpeó por delante y me tiró de espaldas. Yo, que nunca he sido muy buena nadadora, hice por salir a la superficie pero me dejé llevar por el pánico y, si no me llega a salvar mi novio, ahora no lo estaría contando. Después de tan triste experiencia, no me atreví a acercarme a una tabla y prefería permanecer sentada bajo una sombrilla mientras contemplaba los vaivenes de unos y otros. 

  No era raro que me sorprendiera de repente una especie de melancolía. Solía ocurrir a media tarde, cuando empezaba a vencerme el cansancio después de tantas horas de sol. Miraba a mi alrededor y era como si no reconociera el lugar ni a la gente que me rodeaba. Y eso que era siempre la misma, los amigos de Fernando: tan amables conmigo pese a ser cada vez más evidente que no era uno de ellos. Se apoderaba de mí un ansia por huir y solo encontraba alivio si dejaba vagar la vista en la lejanía y perderse en las costas africanas.

  No me atrevía apenas a confesármelo a mí misma pero hubiera preferido quedarme en la playa que se extendía detrás de nuestra casa; una playa alejada del bullicio surfero a la que apenas acudían unas cuantas familias con sus niños pequeños. Pero me tenía que conformar con un paseo al atardecer, descalza sobre la arena y arrullada por el sonido de las olas, que me procuraba descanso. 

  Pronto descubrí que no era la única rara de la playa del Bunker. Alejado de la orilla, se sentaba un joven que no parecía tener mucho que ver con los surferos. Solía estar ya allí cuando llegábamos al mediodía y marcharse un poco antes de que la playa se llenase de gente. Pero a veces se quedaba más tiempo, absorto en la lectura de un libro. Yo lo observaba siempre que tenía ocasión, intrigada de que alguien tan ajeno al surf no buscase otra playa más tranquila. Era, como digo, joven aunque unos años mayor que Fernando y sus amigos; más cerca de los treinta que de los veinte. De andares torpes y con más de un kilo de sobra, su cuerpo proclamaba desde lejos que estaba poco hecho para la práctica del deporte. La primera vez que lo vi me molestó su insolencia por querer invadir un terreno pensado para los adonis del surf pero, con el paso de los días, su incongruencia se convirtió en la justificación de la mía y en el alivio de mi soledad. Él también debía de ser consciente de mi desubicación entre aquellos locos por las olas porque era a la única en toda la playa a la que saludaba a mi llegada y de la que se despedía, apenas musitando un hasta la vista, cuando se marchaba.

  Pero mis vacaciones surferas no estaban llamadas a durar.

  Ya he contado algo de la afición Fernando por los retos estrambóticos.

  Una noche estábamos aburridos tirados en el sofá de la casa con la tele encendida sin que nadie le prestara atención. No puedo recordar por qué no estábamos disfrutando de una de las muchas fiestas surferas en alguna playa o escuchando a los chicos tocar en Barbate las canciones de Midnight Oil. El malhumor planeaba por la casa mientras yo me pintaba de escarlata las uñas de los pies. Alguien preparó unas cocacolas con J&B que los chicos bebían como si fuesen vasos de leche. Era cerca de la medianoche y estaba cansada. Soplé para que se secara el esmalte con mayor rapidez y me levanté de la alfombra de esparto donde estaba sentada.

  —¿Te vas a acostar ya? —me preguntó Fernando con la voz llena de alcohol—. ¡Si ahora es cuando empieza lo más divertido de la noche!

  —Estoy muy cansada —respondí en medio de un bostezo.

  Le di un beso en los labios y, con las sandalias en la mano, me fui a nuestro dormitorio. Estaba tan cansada que era incapaz de dormirme. El sonido de las olas que entraba por el ventanal se entrelazaba con las voces cada vez más acaloradas que llegaban del salón. Miles de imágenes cruzaban mi cerebro: Fernando sobre la tabla de surf, la sombra de un niño sobre la arena, el desconocido de los libros caminando a trompicones hacia la carretera... Entre el sueño y la vigilia, sentí una caricia en la frente. Nunca supe si había sido un beso de Fernando o fruto de mi imaginación. Lo siguiente que recuerdo es que me desperté de repente sobrecogida por el silencio que retumbaba en las paredes. Faltaba poco para las seis de la madrugada. Recorrí la casa pero no había nadie. Al salir a la calle, vi que se habían llevado los coches. Caminé hasta la playa para sacudirme del miedo que se había apoderado de mí. No sé de dónde me venía; nunca había sido asustadiza. Me senté en la arena abrazada a mis rodillas a esperarlos. En el cielo se insinuaba una luz anaranjada, preludio de la aurora. Una luz que se fue llevando mis temores. 

  Pero la mañana llegó y yo seguía sola. En mi móvil no había ningún mensaje. A las diez volvió la angustia para atormentarme. No recuerdo las llamadas que hice al teléfono de Fernando; los mensajes que le dejé. Había visto una bicicleta en el garaje. La cogí y recorrí las playas donde se celebraban fiestas nocturnas: la de Bolonia, Valdevaqueros, Río Jara, Playa Chica... Pero no había rastro de Fernando y sus amigos. Fui hasta el Búnker, donde les gustaba surfear pese a ser todavía temprano para ellos. 

  Al principio no vi nada extraño: los surferos de todas las mañanas. Pero los jóvenes que se cruzaban conmigo me miraban cariacontecidos. Cerca de la orilla, se arremolinaba un grupo. Había dos hombres de la Cruz Roja y una camilla en la arena. Pero no me asusté hasta que no vi salir del corrillo y correr hacia mí al joven de los libros. Me pasó el brazo por encima de los hombros y trató de alejarme. Pero mi corazón ya sabía lo ocurrido y eché a correr hacia ellos.

  A partir de ese momento, se me confunden los recuerdos con lo que me contaron después. La primera imagen que me viene a la memoria es la cara de Fernando, tendido sobre una camilla, con la boca torcida y una expresión de perplejidad en los ojos abiertos. Luego, el llanto de sus amigos, el horror de los curiosos, un policía dispersando a la gente y el grito tan extraño que salió de mi garganta. Hasta dos días después, no pude volver a Madrid con mis padres. Me hubiera quedado sola en la casa hecha un ovillo en un rincón mientras los chicos respondían las preguntas de la policía en la comisaría. Pero el joven desconocido de los libros no se separaba de mi lado. Me obligaba a comer, a dormir, a pasear por la playa y a hablar. A mí me parecía que Fernando iba a aparecer en cualquier momento para decirme que todo era una broma. ¿Acaso no decían los periódicos locales que el accidente había sido consecuencia de una apuesta? Aquello era muy propio de él: retar a sus amigos a surfear en medio de la noche. ¿Por qué esta vez había acabado todo en tragedia?, ¿acaso Fernando no ganaba siempre sus apuestas? 

  Pero no regresaba a buscarme. Mi única compañía era la de un extraño que se empeñaba en hacerme volver a una vida en la que ya no estaba Fernando. Se me quedó una imagen borrosa de su cara. En mi memoria siempre lleva un libro encuadernado en piel, del que me leía algún fragmento para distraer mi dolor:

  Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y también de la locura, la época de las creencias y de la incredulidad, la era de la luz y de las tinieblas, la primavera de la esperanza y el invierno de la desolación.

  Yo dejaba volar la imaginación y me imaginaba que Fernando era Charles Darnay y yo, Lucía Manette. ¿Acaso mi nombre no es Lucía?


  Mis padres llegaron un domingo por la tarde. El joven de los libros, que se había acomodado en la terraza con un saco de dormir, recogió sus escasas pertenencias y se fue despidiendo de los amigos de Fernando, todavía conmocionados por lo ocurrido. Lo acompañé hasta su coche. No sabía cómo agradecerle el apoyo de aquellos días. Él debió de darse cuenta porque sacó de su mochila su libro y me lo entregó con una sonrisa torpe. Antes de subirse al coche, me acarició la mejilla y dejó un suave beso en mis labios.





II.

  Tardé años en llevar una vida normal. Me negaba a salir de casa; a ver a mis amigos de siempre. No era capaz de estudiar y pasé por tres universidades como un fantasma. Sin conocer a nadie. Sin enterarme de lo que decían los profesores. Era un autómata sin vida. Hubiera querido acallar las voces de mi interior que me recordaban que ya no había esperanza para mí. De nada me sirvieron las sesiones con psicólogos y psiquiatras a las que se empeñaban en llevarme mis padres. Me parecían charlatanes; ignorantes de lo que albergaba un corazón sufriente. Y, ni qué decir tiene, no volví a acercarme a ninguna playa.

  Sólo encontraba consuelo entre las páginas de Dickens. Por una extraña asociación de mi mente, creía que las vidas de los personajes de Historia de dos ciudades se relacionaban con Fernando; que lo hacía revivir cada vez que leía algún párrafo. Poco importaba la distancia entre mi antiguo novio y los protagonistas de la novela victoriana. Yo sentía que había un vínculo entre ellos y no me separaba del libro que me entregó el joven de la playa.

  Me matriculé en una academia de dibujo y pintura cerca de casa. Nunca había mostrado especial inclinación hacia las artes plásticas pero me permitía tener durante unas horas la mente vacía. Mi espíritu encontraba la paz entre aquellas salas en las que siempre hacía un frío húmedo como el de las bodegas. Mi profesora parecía tan irreal como los personajes de Dickens. Debía de rondar los sesenta años y lucía una larga cabellera blanca recogida en una coleta que llevaba recogida con un pasador de cristales en forma de mariposa. Me fascinaban sus manos, de dedos largos y finos, cuya piel blanca salpicaban miles de pecas y unas manchas color arena semejantes a las que hacía en el lienzo cuando comenzaba una pintura. Su voz, seca y grave, no era dada a prodigar halagos y ternuras. Sus exabruptos cuando criticaba mis intentos por trazar una línea recta me confundían pero, al mismo tiempo, espoleaban mi orgullo y me apremiaban a esforzarme por mejorar. Las dos horas que pasaba en la academia cada mañana constituían una bendición para mí. Era como si Fernando, que siempre me acompañaba en mi soledad, no se atreviera a traspasar el umbral y me liberara, así, del dolor.

  Los miércoles María, la bella profesora, ponía sobre nuestros caballetes un lienzo en blanco, depositaba en el suelo un cestillo de mimbre lleno hasta el borde de tubos de pintura al óleo y se plantaba en medio de la sala para zaherirnos con su tono de voz desabrido.

  —¡Olvidad todo lo que os he enseñado y dejad hablar a vuestro corazón! —exclamaba con las manos en la cintura y en actitud desafiante.

  Al principio me sentía perdida en esa clase. Manchaba la tela con el pincel chorreando rojo o azul y permanecía mirando por encima del caballete hacia la lejanía. Pero un día la mancha de azul se extendió por la superficie. Festoneé el contorno con blanco y amarillo, y apareció un mar embravecido. Mi corazón empezó a latir aprisa; me costaba respirar. Dejé todo en el suelo y salí huyendo de la sala. Corrí por el pasillo sin saber adónde iba. Al llegar al final me topé con la pared. Me apoyé en ella y dejé caer la cabeza sobre el pecho con los ojos cerrados. No puedo decir cuánto tiempo estuve tratando de apaciguar mis latidos. Me parecía que me ahogaba y llegué a creer que iba a morirme. Alguien me cogió por los hombros y me levantó la barbilla. Intenté serenarme pero no podía detener los temblores que sacudían mi cuerpo.

  —Respira despacio —me ordenó María.

  Su voz seca calmó mis temblores. Pasó su brazo por encima de mis hombres y me condujo hasta su despacho. Cuando cerró la puerta rompí a llorar. María permaneció a mi lado en un sofá bajo la ventana hasta que cesaron los sollozos. Me apartó un mechón que caía sobre la frente y me animó a contarle lo sucedido. Pero no pude hablar. ¿Cómo exponer mi corazón herido ante una extraña? Negué con la cabeza y quise salir del despacho, alejarme de aquella mujer que, como los psicólogos y psiquiatras, se empeñaban en hacerme recordar lo que con tanto esfuerzo intentaba olvidar.

  —No hables si no puedes —me pidió cuando me disponía a abrir la puerta—. Pero no dejes de pintar. Pinta lo que te pida el corazón, Lucía. Pinta.

  Durante dos semanas, me negué a volver a la academia. La pintura había perdido su poder de adormecer mi dolor y la mujer de la larga cabellera blanca ya no me parecía ajena a mi desdicha. Volví a encerrarme en mi habitación con el libro de Dickens. Pero una mañana me sorprendí con un lápiz en la mano dibujando a una chica que paseaba descalza sobre la arena de la playa. No era más que un esbozo. Pero aquel dibujo me dejó una sensación de paz que llevaba mucho tiempo sin experimentar. Pasé horas retocándolo, añadiendo un detalle aquí, otro allá. Y, al día siguiente, retomé las clases de la academia.

  Mentiría si dijera que la pintura se llevó mis desdichas pero también sería una falsedad afirmar que todo siguió igual. María me acogió en su clase como si no hubiera pasado nada, aunque a menudo notaba su mirada sobre mi espalda. No me costó reintegrarme a las clases de dibujo, donde se incidía en los aspectos de la técnica. Las reglas tan precisas mantenían a raya mis emociones, siempre listas para saltar. 

  Más difícil me resultaba mantenerme serena en la clase de pintura libre. Comenzaba con la intención de llenar el lienzo de flores y niños pero, con la primera pincelada, aparecían playas bañadas por un mar encrespado en el que se peleaban olas altísimas coronadas de espuma. Me recuerdo rasgando la tela para escapar de la terrible visión; por allí por donde se rompía el lienzo me parecía que iba a surgir el fantasma de Fernando para atormentarme. No puedo decir las veces que estuve tentada a huir. Me detenía la vigilancia que María ejercía sobre mí. De vez en cuando, se colocaba detrás de mí. Permanecía unos minutos en silencio, mirando la tela hecha jirones y asentía con la cabeza antes de dirigirse a otro alumno. Al término de la clase colgaba mi cuadro junto a los de los demás sin hacer nada por disimular la grieta que lo atravesaba. Allí, en medio de la pared, me parecía que era mi alma menoscabada la que se exponía a la vista de todos. Acababa la clase llena de vergüenza, no tanto por mi falta de ejecución como por creer que mis compañeros estaban al corriente de mis secretos que con tan poco pudor mostraban aquellas manchas. Sólo por dejar de verlas, empecé a obligarme a terminar las pinturas reprimiendo mis ganas de acabar con ellas. Así fueron surgiendo mares más calmados bajo cielos azules por donde planeaban elegantes gaviotas y cometas de alegres colores. 

  No me daba cuenta pero, a medida que surgían mares sosegados y paisajes más risueños, mi ánimo también iba recobrando la paz.




III.

  Hacía once años que una ola furiosa se había llevado mi juventud. Había dejado la casa de mis padres para mudarme a los bajos de un edificio en un barrio no muy alejado, donde además tenía mi estudio de pintora. Por medio de María, conocí a un galerista que, de vez en cuando, exponía mis cuadros. No ganaba mucho pero, con la ayuda de unas cuantas clases particulares, lograba ir tirando.

  Desde hacía tiempo me consideraba curada. De mi pasión por Historia de dos ciudades no me quedaba más que una serie de cinco pinturas que dos años antes había dedicado a la novela inglesa y que colgaban de las paredes de la academia de María. He dicho que me consideraba curada pero todavía no me había atrevido a ir a ninguna playa, pese a ser el motivo más frecuente que aparecía en mis cuadros. Tampoco había superado mi soledad. Había tenido varias relaciones con jóvenes que conocí también a través de María pero de los que no recuerdo ni sus nombres ni sus caras pues el más duradero de los romances no pasó de tres meses. Y, pese a todo, como digo, hacía tiempo que me consideraba curada.

  Pero, a principios de la primavera se tambaleó el frágil equilibrio. Acababa de inaugurar mi última exposición. Llegué a casa pasadas las doce, agotada después de una noche en la que hablé con decenas de desconocidos. Me acosté sobre la cama sin deshacer. No me detuve siquiera a quitarme el maquillaje y la ropa. Caí en un sopor profundo vacío de imágenes y emociones hasta que me despertó el sonido de una canción surfera y la fragancia a sal y a arena que se colaron en mi sueño. Sin todavía estar espabilada del todo, me sacudieron unos sollozos: primero, leves, más fuertes, después. Casi media hora estuve desdoblada en dos Lucías: la que se deshacía en llanto y la que contemplaba a la otra con estupor. El llanto se llevó el sueño y me dejó desvelada hasta que apuntó la luz del amanecer, cuando, cansada de esperar y, tras tomarme un café solo, abandoné Madrid en mi Mini.

  Era principios de marzo y Tarifa dormía envuelta en la niebla. Las playas se dirían desiertas de no ser por algún que otro surfero que se peleaba con las olas. Por un instante creí que se me iba a parar el corazón y, al momento, tomó tanta velocidad que me llevé la mano al pecho para que no se escapara. 

  Estuve recorriendo las calles solitarias. Una lluvia fina, más propia del norte que de las costas gaditanas, me empañaba la vista y humedecía mi vestido pero no me dejé amedrentar. Estuve merodeando por los alrededores del pueblo sin atreverme a llegarme hasta sus playas. Costaba reconocer la carretera que conducía a la casa donde nos habíamos alojado Fernando y yo con sus amigos. Habían construido unos bungalows a lo largo del camino. Tuve que hacerme a un lado en la carretera para dejar paso a una carrera de bicicletas. No había apenas público animando a los corredores, lo que me permitió alejarme sin mucha dificultad. Cuando llegué, creí que me había confundido porque en lugar de nuestra antigua casa, se elevaba el edificio de un club deportivo. La playa en la que once años antes apenas unos niños volaban sus cometas había sido colonizada por un grupo de surferos. Hasta mí llegaba su jerga: kite surf, padle surf, stand up, wipe out, off the lip; de la que comprendía tan poco como entonces. Me sorprendía no sentir ninguna emoción. Regresé al pueblo y seguí hasta la playa del Búnker. Delante de mí iban cuatro jóvenes de edades parecidas a las que tenían Fernando y sus amigos aquel verano. Alargué el brazo y a punto estuve de rozar a uno de ellos con la punta de los dedos. Era como si estuviese viendo una película de la que conocía el argumento. No sentía ninguna tristeza. Ni alegría tampoco. Una extraña indiferencia me empujaba por la carretera. Uno de los jóvenes volvió la cabeza, como si presintiera que los estaba siguiendo. Me agaché fingiendo atarme los cordones de las zapatillas y esperé que se alejaran con sus tablas. Cuando llegué a la playa, me senté en la arena, como solía hacer once años atrás, y saqué mi cuaderno de dibujo. La mano me temblaba. No había tanta gente como entonces pero a mí me parecía que eran los mismos chicos con los que Fernando y sus amigos solían bromear. Había dejado de llover y, a lo lejos, se divisaban las costas africanas.

  De pronto, me invadió la añoranza por la joven que había sido; aquella que creía que todo era posible. Hacía mucho tiempo que no se abría ninguna ventana a un cielo azul; que Fernando me había arrebatado mi mochila repleta de planes e ilusiones. Oculté la cara entre las manos y lloré. Lloré por haberle permitido llevarse mi juventud, mis ganas de vivir. Lloré por haberme negado a mí misma la felicidad; como si, al ser dichosa, lo estuviese traicionando. Apreté los dientes y los puños. Dejé que la pena diese paso a la rabia y ésta a la determinación: nunca más me dejaría abatir por la desesperanza. Sólo entonces abrí los ojos y, al alzar la vista, me tropecé con una tierna sonrisa: la del desconocido que, como once años antes, me miraba desde un rincón de la playa con un libro entre las manos.


lunes, 7 de mayo de 2018

La plus que lente





IUn cóctel margarita.

   El Folies es un local pequeño, con no más de siete mesas, una barra y un exuberante ficus que entorpece el paso a los pocos clientes que se detienen a tomar una copa. El dueño, un francés cincuentón que llegó a España hace veinte años, se empeña en dar al local un toque de distinción y adorna sus paredes con antiguos carteles del Folies Bergére que cambia cada semana. Dice que los bellos rostros de las divas retratadas le ayudan a combatir los momentos de añoranza que a veces le acomenten. A este enamorado de la elegancia, le hubiera gustado poder contar con música en directo, pero no tiene espacio ni ingresos suficientes y ha de contentarse con un equipo de alta fidelidad de los años setenta que durante horas obsequia a sus pocos clientes con melodías tan dispares como las canciones de Johny Hallyday o las Gymnopédies de Satie. El Folies abre por las noches, de ocho a doce, pero pocos se animan a traspasar el umbral a pesar de los precios de sus combinados, por debajo de otros locales menos distinguidos. No obstante, tiene unos clientes fijos que buscan un rato de conversación con Gerald, el francés: un matrimonio de maestros jubilados, un oficinista del ministerio, tres amigas que se conocieron en un club de divorciados y poco más.

   Los fines de semana el Folies disfruta de mayor concurrencia. Entre las nueve y las once se reúnen en su barra los que salen de la sesión de las siete del cine Guerrero y los que esperan que dé comienzo la película de las diez. Los viernes, pasadas las nueve, llega ella, distante y ajena a la expectación que suscita en el francés. Es alta, muy alta, tanto que su cabeza sobresale por encima de la de la mayoría de los hombres. Lleva siempre vestidos blancos o negros de seda, sin mangas y con cuello barco, haga frío o calor; vestidos que se ajustan a su cuerpo sin formar ni una sola arruga; el talle alto y un pequeño volante en el bajo a juego con el sombrero que cubre sus cabellos de color caoba. En verano protege sus hombros del aire acondicionado con un mantón de Manila adornado con pavos reales bordados en miles de colores y en invierno cubre su vestido con una capa de terciopelo color guinda. 

   Gerald sospecha que ronda la treintena aunque el cabello recogido bajo la nuca la hacen parecer mayor. Suele aparecer cuando el Folies ya está lleno, como si quisiera esconderse entre la multitud, y elige una mesa. Siempre la misma; apartada en un rincón desde donde contempla a los clientes que entran y salen. A veces, encuentra ocupado su sitio. Cuando esto sucede, asoma a su rostro un gesto de estupor. Mira en derredor y se dirige a la mesa que hay junto al ficus: un lugar poco atractivo por encontrarse en la esquina más oscura del Folies pero que le permite observar a la concurrencia. Pese a encontrarse en territorio casi francés, la mujer pide un margarita. A Gerald no le importa esta pequeña herejía a su espíritu galo y él mismo se encarga de mezclar el tequila con el licor de lima, el zumo de limón, el azúcar y el hielo picado con la misma devoción que si fuera descendiente directo de Danny Herrera. 

   Y es que el francés siente predilección por la joven. En más de una ocasión ha sentido la tentación de dejar por una hora o dos su escrupulosa vigilancia del negocio y sentarse a su lado para entablar conversación. Pero en el último momento desiste intimidado por el aspecto distante y algo altanero de la joven. Hace nueve meses que se limita a contemplarla desde la barra, tras la caja registradora. Le fascina verla beber a sorbitos el cóctel. Sus manos son tan blancas y delicadas que parece como si apenas tocasen el cristal. Cuando más le gusta es en los momentos en que la sorprende mirando ensoñadora por encima de la copa y poco a poco, como si fuese el sol naciente, va asomando a sus labios una sonrisa. Entonces cambia el disco que esté sonando y pone para ella La plus que lente, de Debussy, que, piensa, le puede gustar. Y a las once, ni un minuto antes ni un minuto después, la ve partir con su andar candecioso. Sin despedirse de nadie, como si el Folies fuese un lugar encontrado al azar y no donde pasa dos horas las noches de los viernes.

   La joven no sólo despierta fascinación en Gerald. A menudo se acerca algún cliente solitario a su mesa. Ella se deja invitar mientras lo seduce con su mirada atenta. No hay nada que halague tanto a un solitario que ser escuchado por una bella mujer sabiéndose envidiado por otros solitarios y por más de un descontento con su pareja. Ella no suele hablar mucho y, como bien puede decir Gerald, todavía no ha llegado quien le haya podido arrancar una palabra de su vida. Nadie conoce dónde vive, ni qué hace. Si está sola o las noches de los viernes le sirven de excusa para escapar de una existencia anodina. 

   El francés, que presume de romántico, está convencido de que la joven sufre mal de amores; que por esos mundos vive un desaprensivo que le arrancó el corazón para luego abandonarla. Cuántas noches permanece en vela imaginando que se convierte en el galán que le hace olvidar sus desdichas. Gerald no se tiene por un seductor. Le molesta su nariz larga, gruesa y colorada. Le molesta su barriga que, en los últimos años, ha crecido tanto que a veces duda que sea suya. Le molesta sus manos grandes y gordezuelas, tan poco propicias para acariciar la fina piel de la joven. Y, sin embargo, ¿quién mejor que él para hacerla feliz? Se le van las horas imaginando largas conversaciones en el Folies mientras los clientes se van marchando al compás de las notas de Debussy. Pero no puede evitar tener miedo; miedo a que llegue otro más atractivo que él y se la lleve.

  Y una noche ocurre lo que más teme.

  A las ocho, antes de que haga su aparición la joven, entra en el Folies un hombre ataviado con un traje color crema. Va directo a la barra, escala un taburete y pide una copa de vino blanco que, tras un sorbo, deja sin tocar sobre una mesa. Parece absorto en sus pensamientos, alejado de la concurrencia que cada viernes llena el local. Inclina la cabeza a un lado y permanece escuchando la voz interior que parece martirizarlo. 

  A las nueve y cuarto la silueta de la joven se recorta en el umbral de la puerta. Camina con lentitud hacia su rincón favorito. A medio camino se detiene. Una pareja departe alegremente en la mesa donde suele pasar la noche de los viernes. Mira hacia la otra esquina pero también allí le han arrebatado el sitio. Gerald, que no le quita ojo, sale a su encuentro y le ofrece otra mesa junto a la del desconocido del traje color crema. Para compensarla de las molestias, la invita a un cóctel, que le deja con una rosa roja. Ella lo obsequia con una sonrisa que el francés, con la emoción, olvida devolver. Luego regresa a su puesto, detrás de la caja registradora, a contemplar cómo la joven degusta con deleite su margarita.

  A las diez menos cuarto, entra en el Folies un grupo de siete japoneses. Gerald los mira con extrañeza. ¿Qué hacen esos turistas tan lejos del centro de la ciudad? Les busca acomodo como puede junto al ventanal del pequeño local. Ha de unir dos mesas para que puedan sentarse todos juntos. Durante unos minutos se arma un revuelo. Le ruega a una pareja que se levante un momentito y mueve hacia la puerta las sillas y el velador. El escritor frustrado lo ayuda en su tarea y un señor maduro coge un vaso de otra mesa vacía un instante antes de que se pueda caer al suelo. Cuando al fin termina de colocar a los japoneses y de servirles una cocacola, se acuerda de Debussy. Se aproxima al viejo tocadiscos y hace sonar La plus que lente. Sólo entonces se vuelve y la ve conversando animadamente con el desconocido del traje color crema.

  No puede evitar sentir un pellizco en el corazón. No sabe por qué. El hombre del traje color crema no es el primero que la entretiene con su charla. Pero éste le parece distinto. Le habla en susurros sin que parezca que haya jactancia en sus palabras. El francés está demasiado alejado para oírlo pero intuye que lo que dice el hombre del traje color crema no resbala sobre la joven, como ocurre otras veces. Ella inclina la cabeza hacia delante para escuchar mejor y, de tanto en tanto, le dice algo al oído. 

  El reloj anuncia las once y la joven no se levanta. Ni se despide con displicencia de su admirador ocasional. El hombre del traje color crema pide la tercera copa de vino; la tercera margarita. Se acomoda en su asiento dispuesto a escuchar a la joven. Ella, por primera vez desde que la conoce Gerald, lanza a rodar su lengua; comienza a hablar con avidez como queriendo recuperar todos los meses que ha permanecido callada. Gerald la ve reír con ganas; la ve gesticular; la ve colocarse con coquetería un mechón rebelde por detrás de la oreja. La ve a pocos metros y nunca tan alejada. El reloj anuncia las once y media, las doce, las doce y media. Y ella no se marcha. El reloj anuncia la una, las una y media, las dos. Y ella no se mueve, absorta en las palabras del hombre del traje de color crema. El reloj anuncia las dos y media, las tres. Y ella no se va y los clientes se despiden del francés con la voz dormida. Y Gerald no se atreve a cerrar el Folies.

  A las cuatro de la mañana, ya no quedan más que ellos y el francés en el Folies. La joven mira su reloj de pulsera, se ruboriza y se levanta de su asiento visiblemente alarmada. Da una vuelta alrededor de la mesa hasta que encuentra su bolso y el mantón de Manila adornado con pavos reales bordados en miles de colores. Le dice algo en voz baja al hombre del traje de color crema y enfila hacia la puerta. Él la coge del brazo y sale con ella a la calle. Gerald siente una opresión en el pecho que no sabe si es debida al cansancio o al presentimiento de que aquélla es la última noche que verá a la mujer.


II. Artemisa.

  Ángela llevaba tres años trabajando para Artemisa. Había aceptado el trabajo por desesperación, después de meses sin encontrar un empleo. Iba a ser una situación provisional. Ella era peluquera y cuidar a una nonagenaria no era lo que más le apetecía. Pero en aquel momento la salvó de la indigencia o quién sabe si de algo peor. Era un trabajo que le ahorraba gastar sus míseros dineros en alojamientos aún más míseros que, en la mayoría de los casos, debía compartir con otras chicas, no muy amistosas, por cierto. Allí tenía una habitación con su cuarto de baño para ella sola, por no decir la casa entera, que nadie más que ella disfrutaba.

  Al principio, sus funciones se limitaban a hacer compañía a Artemisa, escuchar las miles de historias de sus años como actriz figurante en el teatro Apolo. A la anciana se le iban las horas ante tres álbumes de fotos en los que posaba con los galanes de los años cincuenta y sesenta: Alberto Closas,  Paco Rabal, Arturo Fernández…

  —Ésta me la hice en el estreno de Historia de una escalera  —decía—. Aquí estoy con Gabriel Llopart y don Antonio. Mira, mira, ¿no te parece guapísimo Gabrielillo?

   Antes de que Ángela tuviese tiempo de responder, Artermisa se incorporaba ligeramente de su sillón y señalaba con el dedo el armario.

  —Anda, rebusca por ahí, que tengo un vestido de seda blanco que termina en un volantito color melocotón. Busca, busca.

  En medio de un caos de boas de plumas, zapatos de tacón fino, sandalias plateadas y lentejuelas, aparecía el vestido envuelto en una funda de la tintorería. Artemisa lo sacaba con cuidado del plástico y se acariciaba con él la mejilla.

  —¡Ayúdame a ponérmelo! —ordenaba como una niña caprichosa—. Seguro que todavía me vale. No he engordado ni un gramo desde los veinte años.

  Ángela la miraba no sin cierta piedad. La bella actriz de las fotografías se había convertido en una anciana pequeñita y consumida. Pero, para no decepcionarla, ponía todo el empeño en su arreglo. Como había visto ver a su madre, que era modista, le ajustaba el vestido con imperdibles, con cuidado para que no perdiese el equilibrio.

   —Ahora hazme un moño italiano con esas manos prodigiosas que tienes, hija.

   Ante el espejo del tocador, Ángela moldeaba los cabellos que ella misma había teñido de blanco azulado. Después, le maquillaba los ojos y le daba carmín en los labios con un pincel fino.

  —Ha quedado bellísima —le decía con verdadera admiración—. Lista para acudir al último estreno de Almodóvar.

  —¡Puff! —bufaba la anciana con desprecio—. Ése tan vulgar no merece un vestido tan especial.

  Acababan las dos riéndose como traviesas adolescentes. Y daban un paseo alrededor de la manzana.

  Con el transcurso de los meses, Artemisas se fue volviendo más frágil. Por las mañanas le costaba levantarse y había que cogerla del brazo en sus paseos vespertinos. Llegó un día en el que no se sintió con fuerzas para jugar a ser una diva pero el miedo a perder la ilusión le hizo inventar un nuevo divertimento:

  —Busca el vestido negro con pedrería, hija, y póntelo para que vea cómo te queda.

  Ángela lo tomó en sus manos como si fuese un paño sagrado. No se atrevía a desdoblarlo. Una cosa era vestir a Artemisa y otra llevar ella semejantes joyas.

  —¡Venga, venga! ¿A qué esperas? Quiero verte con él.

  Un acceso de tos le cortó la palabra. Ángela, asustada, se arrodilló junto a ella con el vestido todavía sobre el brazo. Artemisa negó con la cabeza y le pidió un vaso de agua, que bebió a pequeños sorbos. Cuando se repuso, volvió a insistir en que se pusiera el vestido. La joven accedió temiendo que, si la contradecía, la anciana sufriera algún ataque más grave.

  —Recógete el pelo en un moño bajo, que a ti no te pueden quedar bien los italianos.

  La joven se dejó guiar. La suavidad de la seda al deslizarse por su piel la hizo estremecer. Descalza sobre la alfombra dio tres vueltas sobre sí misma. Se contempló en el espejo y se sobrecogió al verse vestida para un cóctel que nunca iba a asistir.

  —Estás bellísimas, lista para que un apuesto caballero te invite a un margarita.

  Las palabras de Artemisa la devolvieron del mundo de los sueños. Se quitó con apresuramiento el vestido y se arrodilló junto a la anciana escondiendo el rostro en su regazo.

  Aquel nuevo juego, que se repitió las tardes siguientes, siempre acababa con unas horas en las que Artemisa se dejaba llevar por la melancolía. Por su memoria pasaban los amores perdidos, las amigas que murieron, la madre que sólo conoció en fotografías... Ángela la escuchaba embelesada añorando unos tiempos que nunca había vivido ni viviría jamás. La escuchaba hasta que el cansancio vencía a la anciana y había de llevarla a la cama en brazos.

  La fragilidad de Artemisa se iba acentuando con los días. Ángela dejó de consultar los anuncios por palabras en busca de otro empleo. El miedo a que pudiese sucederle alguna desgracia a la anciana era más fuerte que sus deseos de retomar su vida de peluquera, de sus sueños de encontrar un amor como los que le contaba la anciana.

 —Una vez conocí al Marahá de Kapurthala que quería convertirme en su esposa —le contaba a Ángela, que no sospechaba que aquélla era la historia de otra—. Pero yo preferí a un trompetista que conocí en una verbena y que hacía el amor como nadie.

  Las historias de la anciana eran una miscelánea de realidad y fantasía con las que Ángela construía luego sus sueños. Se asomaba al balcón y escrutaba los rostros de los viandantes en busca del príncipe que la convirtiese en una nueva Artemisa.

 Un viernes la anciana se fue a dormir a las siete de la tarde. Su respiración más y más débil la obligaban a hacer uso de un aparato que entorpecía su descanso. La noche cayó temprano y la casa se llenó de ruidos extraños. Ángela se contagió de la soledad que aquejaba a su señora y, para sacudirse de ella, se coló en la habitación de los recuerdos. Fue sacando uno a uno los vestidos hasta que dio con el que más le gustaba. Cuando se lo probó ante el espejo, no pensaba sino en matar el hastío; mas, al verse transformada en otra, cogió el mantón de Manila bordado con pavos reales de miles de colores y, presa de una renovada euforia, salió de la casa.

III. Ángela

   La noche, con sus luces artificiales, parece haber vestido de gala las calles. Ángela deja que sus pies la lleven sin decirle adónde. Será sólo un momentito, piensa. Artemisa no tendrá tiempo de echarla de menos. A medida que se aleja de la casa, crece su euforia. Se cruza con una pareja de enamorados. Van tan absortos en su abrazo que están a punto de tropezar con ella. Apenas susurran una disculpa que más parece un reproche. Pero Ángela no se siente ofendida. La alegría se va haciendo dueña de la joven.

  Su caminar azaroso la lleva a una puerta verde. Damas elegantes acompañadas de caballeros apuestos cruzan el umbral. Ángela eleva los ojos hasta el cartel: Folies. Suena como los sitios que aparecen en las historias de Artemisa y ello la decide a entrar. Avanza entre la gente hasta un rincón donde parece esperarla una mesa solitaria. El hombre que está detrás de la barra se acerca a ella y le da la bienvenida. Ángela se acuerda de los cócteles margaritas de los que tanto habla Artemisa y pide uno convencida de que le ha de gustar. Cuando se lo trae, lo degusta poco a poco mientras recorre con su mirada las mesas imaginando las historias de quienes pasan la noche en el Folies.

  De pronto, se acuerda de Artemisa y el miedo a que le haya pasado algo en su ausencia atenaza su garganta. Llama al camarero y pide la cuenta. Mira el ticket con extrañeza. Creía que le iba a costar más caro su cóctel margarita. Paga y deja una propina casi tan elevada como el precio de su consumición. Sale con apresuramiento y se promete no volver. Cuando llega a casa, Artemisa duerme como un bebé. Ángela comprueba el funcionamiento del respirador y la besa en la mejilla.

  Pero no es capaz de cumplir su promesa. A partir de entonces, la semana se le pasa contando los minutos que la separan del Folies. Le gustaría poder hablar de ello con Artemisa, describirle la música que vuela entre las mesas hasta acariciarle el corazón; los caballeros elegantes que se acercan a ella con halagos e historias seductoras. Le gustaría poder hablar de ello con Artemisa pero no se atreve. ¿Cómo decirle que le coge los trajes que guarda con tanto mimo?, ¿su mantón de Manila bordado con pavos reales de colores?, ¿sus zapatos de charol? Le gustaría hablar de ello con Artemisa pero no se atreve. Teme que la anciana se enfade, que se sienta decepcionada con ella y la expulse de su casa. Por eso permanece en silencio a pesar de que le gustaría contárselo todo.

  A veces, azuzada por la culpa, se promete no volver. Pero siempre rompe su promesa. Cuando llega el viernes, su corazón salta de dicha. Las horas se enlentecen y alargan la impaciencia. A las siete deja a Artemisa en su cama y se despide de ella con un beso en la frente. Se arregla con esmero como le ha enseñado la anciana y sale con el paso contento hasta el Folies. Es cierto, que en ocasiones, mientras la agasaja algún caballero, la asalta la angustia. ¿Estará bien Artemisa? Por eso nunca se permite permanecer en el Folies más allá de las once.

  Pero una noche conoce al hombre del traje color crema, su marahá de Kapurthala, que la envuelve con seductoras palabras. Ángela hace suyos los recuerdos de Artemisa y le cuenta que es una actriz figurante del Apolo; que estuvo enamorada de un tompetista que conoció en una verbena y murió llevándose con él su dicha. La noche camina  rauda y ella olvida mirar el reloj. Se bebe un margarita tras otro embriagada con sus propias historias: las historias de Artemisa. Por un instante la sensación de irrealidad le hace creer que está soñando.

  De pronto, se acuerda. Mira el reloj. Son las cuatro de la mañana. El corazón le da un vuelco. Deja caer la mirada por el local. Ya no queda en el Folies sino el dueño, un francés gordo y pelirrojo que siempre se muestra atento con ella. Una gota de sudor se desliza por la espalda. Mira a su alrededor en busca del bolso, el mantón de Manila bordado con pavos reales de colores. Se acerca al hombre del traje color crema, le susurra al oído una apresurada despedida. Y enfila hacia la puerta. Alguien la toma del codo y ella se sobresalta. Se vuelve. El hombre del traje color crema se ofrece a llevarla en su coche y Ángela, tras un instante de duda, acepta.

  No son aún las cuatro y media cuando Ángela abre la puerta de la casa de Artemisa. Los latidos del corazón le golpean el pecho con saña tras subir las escaleras en una acelerada carrera. El vestíbulo está a oscuras y un silencio nada acogedor le da la bienvenida. Todavía resuena en sus oídos la melodía al piano del Folies. Ángela se descalza para que los tacones sobre la tarima no delaten su salida clandestina y se dirige de puntillas a la habitación de la vieja actriz. 

  Artemisa parece dormir. Ángela se acerca a la cama para colocarle sobre la almohada la cabeza, que le cae a un lado; pero, antes de llegar, la luz de la luna que entra por la ventana le señala con un dedo la extraña mueca de la anciana. Un escalofrío le recorre la columna cuando ve la boca torcida y los ojos abiertos con espanto.

  Unos meses más tarde, se abre el testamento de la antigua actriz de reparto del Apolo. A falta de familia, amantes y amigos vivos, le deja sus bienes a Ángela, que le devolvió la alegría en los últimos años. No es una gran fortuna pero acaba con los problemas de la joven. Ya no le urge encontrar un empleo que dejó de buscar por cuidar a Artemisa. Tiene para ella la casa, los trajes, las joyas y los álbumes de fotos. Pero es incapaz de verlos. Ante sus ojos solo se le presenta el gesto de espanto de Artemisa y la culpa. Si aquella noche no hubiera salido, la vieja actriz no hubiese muerto en soledad. Nadie la persuade de que abandone su encierro. Nadie la persuade porque a nadie conoce. Y deja pasar los días, los meses, los años. Solo en sueños le parece oír una melodía al piano. Ella no lo sabe. Es La plus que lente de Debussy.



jueves, 3 de mayo de 2018

Old Tjikko








  Aquel verano no fuimos a la playa. La salud siempre delicada de mi abuela había empeorado y mi madre no quería alejarse de su lado. Yo acababa de cumplir trece años y tenía por delante más de dos meses de aburrimiento en una pequeña ciudad de provincias que se vaciaba de jóvenes en cuanto comenzaba la temporada estival. Recuerdo los primeros días de julio como una sucesión de horas que se alargaban mientras trataba de matar el tiempo jugando al futbolín con el dueño del bar o recorriendo las calles en bicicleta.

  Precisamente en uno de estos vagabundeos me encontré con el Old Tjikko: un descapotable negro, con la silueta de un árbol dibujado en el capó. No pude resistir sus faros redondos que me miraban desafiantes, coquetos. Me aproximé atraído por sus líneas sinuosas y, como no vi a nadie cerca, salté por encima de la portezuela para apoderarme del asiento del conductor. ¡Oh, qué gozada! Desde allí cualquiera se hubiese sentido el dueño del mundo. Acaricié el volante, del color y la suavidad del marfil, el salpicadero de madera de nogal, y las letras doradas junto al cuentakilómetros que conformaban dos palabras: Old Tjikko.

  —¡Eh!, ¿qué haces ahí, chico?

  Me volví avergonzado. Una mujer corría hacia el coche desde la casa mientras me increpaba.

  —¡Baja del coche si no quieres que llame a la policía!

  Cuando llegó junto al descapotable, abrió la portezuela invitándome a bajar, pero yo no me moví. Me sentía paralizado. La mujer semejaba la protagonista de una de esas películas que ponían los sábados por la noche en el Rialto. Debía de rondar la cuarentena pero no se parecía en nada a mi madre ni a sus amigas. Ni siquiera tenía nada que ver con las jóvenes que solían pasear por la plaza los días de fiesta. Llamaban la atención sus pantalones minúsculos, que dejaban al descubierto unas piernas largas y esbeltas: unos pantalones naranjas a juego con los zuecos de charol y la diadema de seda que mantenía en orden la melena exuberante de bronce. La mujer, al hablar, esbozaba círculos en el aire con un cigarrillo extralargo que llevaba encendido en la mano izquierda. Todo un escándalo en aquellos años en los que solo fumaban los hombres y hasta las chicas más jóvenes lucían recatadas faldas que les llegaban por debajo de la rodilla.

  —¿No me oyes o eres tonto?

  El elevado tono de voz revelaba su enfado. Farfullé unas palabras a modo de disculpa, antes de salir del coche, y enfilé la avenida en la bicicleta sin atreverme a mirar hacia atrás.

  Durante tres días viví la ansiedad de los deseos insatisfechos. No podía quitarme de la cabeza el descapotable y a su dueña. Me imaginaba conduciendo el Old Tjikko y llevando a mi lado a la hermosa mujer de los zuecos naranjas: fumando yo también cigarrillos extra largos mientras la seducía con mi conversación subyugadora. No fueron menos de diez las veces que dejé que el azar o mis anhelos me condujeran hasta su casa. Medio oculto por la sombra de un kiosco, pasaba el tiempo admirando el flamante vehículo y, ¿por qué no decirlo?, esperando que apareciera la bella desconocida. Pero desde mi escondite solo podía ver cómo entraban y salían del portal unos caballeros que, al igual que ella, tampoco parecían de la ciudad. Muchas veces, en mis paseos, creía atisbar, doblando la esquina de alguna calle, el morro del flamante descapotable del árbol dibujado en el capó. Entonces el corazón emprendía el vuelo en un vano intento por salirse del pecho.

  Una tarde la bella desconocida pasó a mi lado en el Old Tjikko mientras tomaba la calle que llevaba a la autopista. Si me vio o no detrás de los cristales oscuros de sus gafas de sol todavía es un misterio para mí. La seguí pedaleando a toda velocidad hasta que un perro se cruzó en mi camino y hube de frenar mientras el descapotable se perdía a lo lejos. Estuve esperando su regreso sin moverme de mi puesto junto al kiosco hasta que, entrada la noche, me marché decepcionado. 

  Al día siguiente, mientras acechaba de nuevo la puerta de su casa, la bella desconocida vino a mi encuentro.

  —¿Cómo te llamas? —me preguntó después de tenderme un cigarrillo.

  —Daniel —contesté en voz tan baja que ni yo me oí.

  Arrojó su cigarrillo al suelo y lo pisó con unos zuecos amarillos de charol. Luego me dirigió una mirada cargada de impaciencia.

  —¿Cómo? Es igual. ¿Te gustaría ganarte unos duros? Quiero cambiar de sitio los muebles del salón y yo sola no puedo moverlos.

  No esperó mi respuesta sino que enfiló hacia la casa y, antes de entrar, se volvió hacia mí.

  —¡Venga! ¿A qué esperas? —Hizo una pausa teatral, quién sabe si para impresionarme—. ¡Ah! Me puedes llamar Ginebra.

  Así encontré mi primer empleo. A espaldas de mis padres pues la intuición me decía que no les iba a gustar la atractiva Ginebra.

  Durante una semana estuve trasladando a su capricho unos muebles que hablaban de un mundo de lujo alejado de lo que estaba acostumbrado a ver en mi pequeña ciudad. Antes del tercer día, ya me había convertido en su chico de los recados. Lo mismo la ayudaba a poner orden en la correspondencia que le traía del kiosco el último número de Sábado Gráfico. Es cierto que tenía una criada, Felisa, y un hombre que le servía a media tarde una copa de jerez; pero era a mí a quien le gustaba tener cerca para mandarme los más insólitos quehaceres. Cada mañana montaba en mi bicicleta después de decirle a mi madre que me esperaba un amigo imaginario y no regresaba hasta la hora de la cena. Supongo que los dioses estaban de mi parte; que la preocupación de mi madre por la abuela le impedía descubrir las mentiras que le contaba cuando llegaba entrada la noche.

 Mientras tanto, me desvivía por cumplir los deseos de Ginebra. Me es imposible describir la emoción que me embargaba si me pedía que la acompañase en el Old Tjikko a hacer alguna compra. Sentado a su lado en el descapotable, me dejaba arrebatar por la euforia cuando una ráfaga de viento traía el aroma a mandarina de su perfume o mis ojos caían sobre sus zuecos de charol.

  Todo en Ginebra me parecía un enigma. Cuando no me quería a su lado, buscaba cualquier excusa para estar cerca de ella al acecho de sus movimientos. Pero eran los hombres que solían visitarla los que despertaban en mayor medida mi curiosidad: unos caballeros distinguidos que olían casi tan bien como ella. Solían llegar a principio de la tarde y encerrarse con Ginebra durante horas en sus habitaciones privadas. No eran raras las veces en que aún permanecían dentro pasadas las diez de la noche cuando, cansado de esperar, finalizaba la jornada y regresaba a mi casa. Hubiese querido tener valor preguntarle a Felisa por los misteriosos invitados, pero su ceño fruncido detenía cualquier atrevimiento, de modo que espiaba la puerta cerrada con el mismo celo con que semanas antes vigilaba el Old Tikki.

  Un día permanecí en la casa más allá de medianoche olvidando a mis padres y empeñado en averiguar más de los huéspedes de Ginebra. Apagué las luces del salón menos la de una lámpara de mesa cuya luz tenue apenas iluminaba un rincón. Sentado sobre la alfombra y oculto por las sombras, seguía la línea de claridad que se colaba por debajo de la puerta mientras me venía el sonido de carcajadas. No era tan ingénuo para no intuir lo que sucedía en el dormitorio de Ginebra, pero tal conocimiento no me impedía sentirme intrigado. 

  Debí quedarme dormido y, a eso de las una, me despertó el chirrido de la puerta. El hombre y Ginebra pasaron muy cerca de mí pero no me vieron, absortos en la conversación. No moví un músculo ni respiré siquiera temiendo ser descubierto. Sabe Dios lo que hubiese hecho Ginebra de haberme encontrado allí. Atravesaron el salón y se perdieron en el vestíbulo. Yo me escondí detrás del sofá. Los minutos hasta su regreso se me hicieron horas; la espera acrecentaba mi inquietud por no poder escaparme. Hacía mucho tiempo que debía estar en casa y empezaba a temer el enfado de mi padre. 

  Por fin se recortó la silueta de Ginebra bajo el dintel de la puerta. Atravesó el salón y, cuando entró en su dormitorio, salí de mi escondite.

  —¿Te apetece jugar conmigo? —Oí a mi espalda.

  No me atreví a volverme. Tampoco la oí llegar. Me estremecí cuando su mano acarició mi nuca y bajó por la espalda hasta rozarme la pierna: una extraña sensación entre dolorosa y placentera. Luego me tomó por el brazo y me condujo hasta su habitación. Me ahorro los detalles de mi primera experiencia amorosa. Estaba tan asustado que las ganas de huir se llevaba cualquier atisbo de deseo. Un pensamiento me venía a importunar: mis padres no sabían nada de Ginebra y hacía horas que me esperaban. En varias ocasiones traté de decirle que debía irme pero mi amante no me escuchaba. Jugó a su antojo con mi cuerpo, con mi miedo, hasta las tres de la madrugada, cuando me dejó libre.

  Al llegar a casa, no encontré el coche de mi madre en el garaje. Por un instante, pensé que habían salido en mi busca, pero recordé que mis padres tenían pensado cenar fuera aquella noche. Aliviado me colé por la ventana de la sala, que nunca se cerraba en verano, y llegué a mi habitación convencido de que nadie se había percatado de mi tardanza.

  A la mañana siguiente, permanecí en la cama despierto hasta el mediodía. Mis pensamientos daban vueltas en la cabeza y me llenaban de desasosiego. Tan pronto me espoleaba el anhelo por reencontrarme con Ginebra como me acuciaba el miedo a verla de nuevo. Era tanta la ansiedad que no me hubiese movido nunca de mi habitación de no haberme sorprendido el sonido del claxon del Old Tjikko aparcado bajo mi ventana.

  Bajé las escaleras hasta el portal de dos en dos sin prestar oídos a mi madre, que me rogaba que no me fuera. Salté por encima de la portezuela del descapotable y me senté junto a Ginebra, que, volando, me condujo hasta su casa. 

  Durante dos días no salimos de su dormitorio. Cada caricia suya extraía una melodía de zonas de mi piel que hasta entonces desconocía y sus besos enardecían mis sentidos hasta embotarlos. En ese tiempo, olvidé que tenía unos padres que no sabían dónde estaba. Olvidé que la vida seguía más allá de aquellas cuatro paredes.

  El tercer día la policía se presentó en la casa. Rodearon el jardín y entraron en la habitación cuatro agentes. Uno de ellos le puso unas esposas a Ginebra; otro me ayudó a vestirme y me empujó hasta la calle, donde me esperaba mi padre. 

  Aquella fue la última vez que vi a Ginebra. 

  En septiembre mis padres me internaron en un colegio. A mi encierro no llegaban más que alguna noticia desperdigada del exterior y, hasta años después, no supe del juicio que condenó a Ginebra, una prostituta de lujo, por perversión de menores. Ni supe del escándalo que armó la prensa cuando se descubrió que no había sido el primero al que inició en las artes amatorias.

  Han transcurrido casi cincuenta años desde entonces. Mis padres hace tiempo que fallecieron. Yo vivo lejos de la ciudad con Jimena, mi esposa. Debo decir que nunca he sido tan feliz como ahora que mis hijos ya son mayores y tenemos todo el tiempo para nosotros. Sin embargo algunas veces creo vislumbrar la silueta de un descapotable. Entonces el corazón palpita a toda prisa y a mí se me escapa un susurro: Old Tjikko, Old Tjikko.


Relato participante en la semifinal del Toeneo de Escritores de Tus Relatos


lunes, 9 de abril de 2018

Al otro lado del seto







   Sofía y yo nos conocíamos desde niñas. El chalé de sus padres y el de los míos estaban separados por un seto de arizónicas cuidadosamente recortado que pronto aprendimos a saltar subiéndonos a las ramas del cedro de su jardín. A mí, hija única acostumbrada al orden y el silencio, me encantaba el barullo de aquella casa de ocho niños en donde cada uno iba a su aire sin que nadie lo regañase porque se hubiera olvidado la merienda o luciese un enganchón en el jersey. Sofía era la cuarta o la quinta de los hermanos y nadie le prestaba demasiada atención, de manera que se me pegaba todo el día en busca de los delicados mimos que nos prodigaba mi madre y los cuencos de leche merengada que hacía la abuela Julia, que vivía con nosotros.

   En cambio yo prefería los juegos en su casa. Y eso a pesar de que era poco probable que no saliera de ellos malparada con un arañazo en la pierna, las coleta deshecha o la cara cubierta de manchurrones. Nada más desayunar, emprendía una carrera hacia aquella casa fascinante. Mi querida amiga me esperaba en su habitación para que le dejara mis ropas y mis zapatos mientras ponía a mi disposición su pequeño vestuario. Así ataviada con los trajes de Sofía, me creía una más de la familia, con derecho a mezclarme en sus peleas, bañarme en su piscina ovalada, jugar con la Nancy de Cristina o dejarme hacer rabiar por Manuel.






  Manuel tenía diez años más que nosotras y, desde muy niñas, lo teníamos como nuestro héroe. Recuerdo ese tiempo que precede a la adolescencia, cuando nos escondíamos en el jardín para verlo llegar en su Ford Fiesta rojo llevando de copiloto alguna de sus innumerables novias. ¿Cómo describir nuestra fascinación al ver aquellas chicas de altos tacones y minifaldas de colores ácidos? Amarillo limón, verde menta, naranja efervescente. A cada una la teníamos el nombre de una actriz: Demi Moore, Michelle Pfeiffer, Marisa Tomei, Kelly McGillis... Con trece o catorce años, nos escondíamos en el dormitorio de mamá y, ante el espejo de cuerpo entero, improvisábamos disfraces que nos hacían creer que éramos las bellas novias de Manuel.

   Cuando comencé Pedagogía, dejé de ir a la sierra. En la universidad gente distinta difuminó en mi memoria los contornos de la familia que vivía al otro lado del seto. Me integré en una pequeña compañía de teatro que organizaba representaciones para los niños hospitalizados en San Rafael. Durante cinco años me sentí embebida por aquellos jóvenes bohemios capaces de hacer olvidar la enfermedad a pequeñajos de ojos enmarcados de líneas violáceas; y medio me enamoré de un actor incapaz de pasar más allá de segundo de Políticas pero que con un solo guiño se ganaba la admiración eterna de pacientes, padres y doctores.

  No volví a la casa de la sierra hasta el último verano de la carrera. Me habían quedado dos asignaturas pendientes para septiembre y, en mi afán por comenzar cuanto antes a trabajar, no quería arriesgarme a volverlas a suspender. Le pedí a mis padres las llaves de la casa y me encerré en su jardín rodeada de libros y apuntes. Nada más llegar, me sobrecogió el silencio. Me asomé al otro lado del seto y me causó un extraño efecto verla cerrada, con el aire de una gran señora dormida. En los años en los que no había vuelto a la casa de la sierra, solo había visto a Sofía alguna noche bailando en Green y otra vez en Honki Tonk durante un concierto de Modestia Aparte. No habíamos hablado mucho entonces, lo justo para enterarme de que tampoco su familia había vuelto a la casa de la sierra.

  El abandono de aquella casa que siempre había visto llena de niños me causaba una extraña tristeza. Para no contagiarme de su melancolía, procuraba sentarme dejando a mi espalda el seto que la separaba de la mía y el cedro donde solíamos subirnos para saltar de un jardín a otro. 

  Una tarde, me quedé adormecida mientras trataba de memorizar una lección arrullada por la melodía de la fuentecilla que adornaba nuestro césped. Me despertó sobresaltada el rugido de un coche al otro lado del seto. Me asomé y solo tuve tiempo de ver el maletero de un Seat Toledo blanco que se escondía por la cuesta que bajaba hacia el garaje. En poco tiempo, se abrieron las ventanas y toda la manzana de llenó de las canciones de Deacon Blue.

  Me así a una de las ramas del cedro que sobresalía por nuestro jardín y, como hacía de niña, salté al otro lado del seto. Seguí el sendero que conducía a la terraza y rodeé la casa hasta la puerta de la cocina.

   —¡Hola! —grité—. ¡Hola, soy yo, Yolanda!

   Me adentré en la casa extrañada de no tropezarme con un puñado de niños con las manos pringosas de Nocilla.

  —¡Hermanita! —Oí al otro lado del pasillo—. ¡Hermanita!

  Manuel salió del baño de huéspedes con una llave inglesa en una mano y un destornillador en la otra. Me dio un abrazo osuno y me tiró de la coleta, como solía hacer cuando era niña. Hacía unos ocho años que no lo veía pero era como si se hubiera quedado prendido en el tiempo. Debía de tener treinta y cuatro años y estaba esplendoroso.

   —Se ha roto la tubería de la ducha y mi padre me ha enviado para que la arregle.

   En mi memoria guardaba el recuerdo de un Manuel que no podía pasar por debajo del dintel de las puertas sin inclinar la cabeza. Pero el hombre que tenía frente a mí no era mucho más alto que yo. 

   Volvió conmigo a la cocina y sacó de la nevera unas latas de cervezas. Durante media hora me puso al día de las andanzas de sus hermanos. Emilio se había ennoviado con una hippy de pelo azul, Cristina era una ejecutiva de una multinacional... En unos momentos, hechizada por sus palabras, me pareció que la casa se llenaba de nuevo con los gritos y risas de antaño. ¿Cómo era posible que hubiera estado alejada de la casa de la sierra sin percatarme de cuánto echaba de menos aquella familia?

   El encanto se rompió con el estridente sonido del claxon de un coche.

   —¡Ah! —exclamó—. Lo había olvidado. Le he pedido a mi amigo Alfonso que venga a echarme una mano. Creo que tú lo debes de conocer. Solía invitarlo a pasar unos días en verano.

   Estaba tratando de encontrarlo agazapado en algún rincón de mi memoria cuando una silueta se recortó en el umbral de la puerta que daba al jardín. Manuel hizo las presentaciones y en unos minutos, desapareció el encanto de la casa. Permanecí unos instantes para no parecer descortés antes de regresar a mi casa y dejarlos enfrascados en una discusión sobre un partido de baloncesto.

   Durante aquel día, me mecieron las canciones de los años ochenta que volaban desde el otro lado del seto. Al caer la noche, me invitaron a unirme a la cena que habían improvisado en el porche con unas cuantas latas que la madre de Sofía solía guardar en la despensa. No recuerdo de aquella velada sino que bebimos tanto vino que, al día siguiente, la resaca me impidió saber cuándo mis vecinos abandonaban de nuevo la casa. 

   Después de finalizar mis estudios, estuve enviando mi currículum a todos los centros de enseñanza de Madrid pero solo encontré trabajo en una boutique de ropa infantil cuya dueña era amiga de mi madre. Se trataba de un trabajo cómodo de nueve de la mañana a cinco de la tarde, con dos horas de descanso a mediodía que aprovechaba para tomarme un sándwich y perderme por las callejuelas del barrio. En uno de estos vagabundeos, me topé con una galería de arte que anunciaba una exposición. «¿Te gusta la pintura prerrafaelita? Pues entra y contempla», rezaba un cartel a la entrada. Me intrigó que la Hermandad hubiera recalado en aquel rincón de Madrid y me colé dispuesta a dejarme seducir por Waterhouse, Millais, Burne-Jones o Rossetti. 

   La galería no era muy grande: solo dos salas en las que se exponían unos cuadros desconocidos para mí. La pintura prerrafaelita me era muy querida porque mi padre guardaba en su despacho una colección de facsímiles y de niña me gustaba inventarme historias sobre ellos. 

   Cogí un catálogo de una mesa de metracrilato y lo abrí por la primera página. El pintor de aquellos cuadros no era ningún inglés de la época victoriana sino un español que imitaba el estilo de los prerrafaelitas. No pude reprimir una sonrisa al comprobar la trampa publicitaria del galerista. Aún estaba leyendo las reseñas de los cuadros, cuando oí que alguien pronunciaba mi nombre a mi espalda:

   —¡Yolanda!

  Me di media vuelta y vi a un hombre que me sonreía mientras abría los brazos en un gesto que quería ser de bienvenida.

 —No me conoces, ¿verdad? —me preguntó—. Soy Alfonso. No sé si te acuerdas. El amigo de Manuel Espino; en su casa de la sierra, hace tres años.


  Durante unos instantes no lo reconocí. Iba ataviado con una desaliñada elegancia que me distrajo de sus palabras: camisa blanca de algodón cuidadosamente arrugada, pantalones tejanos desgastados y una fragancia a limón que me envolvió antes de caer rendida en su sonrisa.

  Alfonso era el dueño de la galería y el que había convertido en prerrafaelita a un pintor novel que exponía por primera vez en Madrid. Me fue mostrando orgulloso unas pinturas que representaban a caballeros recorriendo escarpados caminos a lomos de monturas de negros y relucientes pelajes, doncellas de melenas rojizas y castillos de altas almenas. Y, a pesar de la temática medieval, qué alejado de la sensibilidad de los prerrafaelitas.

  —Pero, ¿a quién se le ocurrió anunciarlo como un prerrafaelita? —pregunté con una carcajada.

   Alfonso fingió enfadarse con mi comentario tan poco compasivo y, como penitencia, me hizo pasar a la terraza-restaurante de la galería. Arrullada por la leve brisa que se columpiaba entre las ramas de un castaño y por su conversación, me olvidé que tenía que regresar a la tienda. Alfonso encadenaba un tema tras otro sin darme tiempo a asimilar sus palabras. Lo mismo hablaba de arte o literatura, que me contaba anécdotas de una familia griega que tenía un negocio de sedas en la misma calle donde estaba la galería.

  —Un día te llevo a la tienda para que te emborraches con sus miles de colores y su aroma a sándalo.

   Pero no fueron las sedas sino sus palabras las que me embriagaron. Salí de la galería aturdida y con la promesa de volver al día siguiente. 

  Durante un mes, cada vez que tenía un minuto libre, corría hasta la galería y me enredaba en las historias hilvanadas con el hilo de su ingenio. Historias sobre pintores fracasados que, como luego descubrí, eran variaciones de una novela que tenía a medio empezar. Envuelta por la fragancia a limón de su cuerpo y por su voz de barítono, me dejaba seducir por quien me parecía el hombre más fascinante que había conocido. A la caída de la noche, después de cenar en la galería, me arrastraba hasta un tugurio donde un cantante de voz rasposa y zapatos bicolor interpretaba temas de Cole Porter acompañado de un piano en el que sonaban desafinadas las notas graves. A veces me daba la impresión de que era Alfonso el que preparaba el ambiente para hacerme creer que estábamos inmersos en una comedia musical del Broadway de los años treinta. Hoy es difícil concebir un lugar como aquél: medio a oscuras por el humo de los cigarrillos, que daba al local un aire de irrealidad. Recuerdo una noche en la que me hizo poner un vestido azul eléctrico que se ceñía a mi piel y me hacía sentir desnuda. Calzada con unos zapatos de tacón de aguja que amenazaban mi equilibrio, bailé hasta las tres de la mañana al ritmo de Night and Day creyéndome Ginger en brazos de Fred. Aquella noche acabé en la cama de mi bailarín, de la que no salí hasta seis años más tarde.

  Al poco tiempo de conocer a Alfonso, me despidieron de la tienda. No querían alguien que desaparecía en mitad de la mañana y no regresaba hasta dos o tres días después. Recuerdo que llegué gimoteando a la galería, más por el miedo al enfado de mi madre que por la pérdida de un empleo. Pero Alfonso se encargó de arreglarlo todo y me evitó una riña segura. Me arrulló en sus brazos mientras me susurraba palabras cariñosas al oído. Después me acompañó hasta la casa de mis padres y me ayudó a recoger mis escasas pertenencias, que metió sin orden en el maletero de su coche. 

  —A partir de ahora, ya no tendrás que preocuparte de nada —me dijo después de rozar mi mejilla con un leve beso—. Yo cuidaré de ti, mi niña.

  Se inició entonces para mí una vida que, al volver la vista atrás, a veces dudo si la viví o la soñé.

  Como bien dijo, él cuidó de mí. De la mañana a la noche, todos sus desvelos eran por que probara el bocado más exquisito, resguardarme del frío o protegerme del calor. De la mañana a la noche, permanecía a mi lado, atento a unos deseos de los que yo misma no era consciente. De la mañana a la noche, recogía mis sonrisas antes de esbozarlas, las hacía brotar de mi corazón y las convertía en carcajadas. 

  Me dio trabajo como recepcionista en su galería. Atendía a los pocos visitantes que teníamos; la mayoría de ellos, ingenuos como lo había sido yo, entraban atraídos por el reclamo de los engañosos anuncios ideados por Alfonso. Mi misión se limitaba a entregarles folletos o catálogos e indicarles la sala en la que se exponían las pinturas. A Alfonso no le gustaba que entretuviera a nuestros visitantes con charlas inútiles. Si veía que me demoraba más de la cuenta con explicaciones tontas, aparecía presuroso y envolvía al incauto cliente con sus historias fascinantes mientras lo convencía de que la tela que representaba entre claroscuros a unos niños comiendo gachas era un auténtico La Tour. Alguna vez me permitía estar presente en su despacho cuando se entrevistaba con los artistas pero tampoco le gustaba que hablase con ellos más que lo justo para no parecer un objeto del mobiliario.

  —En asuntos de negocios me tienes que dejar a mí, mi niña —me decía—, que soy el que entiendo de esto. No intentes ayudarme que, aunque tengas buenas intenciones, te falta experiencia.

  A mí aquellos comentarios me molestaban un poco. Por unos instantes, me hacían sentir como si fuese una inútil. Pero, si le mostraba mi disgusto, Alfonso lo arreglaba invitándome a comer en un restaurante francés o me regalaba una pulsera, un libro de poemas, un viaje a Florencia. Así acababa convenciéndome a mí misma de que él tenía razón, que no debía meterme en sus cosas, que mucho antes de conocerme, ya llevaba la galería de arte sin que nadie tuviese que decirle cómo había de hacerlo.

  Salíamos a menudo al cine o al teatro. Alfonso tenía un talento especial para descubrir obras ignoradas por el público que, con el paso del tiempo, se convertían en objeto de culto entre los más exquisitos. Me enseñó a diferenciar lo bueno de lo excelso, a no conformarme con platos que eran objeto de alabanza del vulgo. Con él aprendí a vestirme, a moverme, a hablar entre entendidos pese a no saber muy bien de qué estábamos tratando. Me llevaba a cócteles donde se congregaban artistas y coleccionistas, haciéndome danzar de corrillo en corrillo sin permanecer en ninguno más allá de cinco minutos, como si fuéramos aleteantes mariposas incapaces de detenernos un instante en una flor.

  Lo cierto era que, a pesar de estar buena parte del día rodeados de gente, no intimábamos con nadie. Alfonso concitaba la atención de todos con sus palabras envolventes pero no permitía que nadie tuviese con nosotros sino relaciones superficiales. Como bien dijo, él cuidó de mí, me convirtió en su niña y no dejaba que nada me tocase ni nadie se me acercara sin darle antes su visto bueno.       

  Al principio de nuestro romance, me halagaba tanta solicitud. Como hija única, estaba acostumbrada a que mis padres estuvieran pendientes de mí y me encantaban los cuidados que me prodigaba Alfonso. ¿Qué se podía esperar de un hombre enamorado? Pero a veces, un sordo malestar se hacía presa de mí.

   Con el transcurso de los meses, su amor por mí se iba haciendo más y más intenso. Si me alejaba de él se ponía nervioso. No recuerdo hacer nada en solitario sin que tuviera que darle miles de explicaciones. Daba igual lo que fuera. Bastaba con que le dijera que iba a comprarme unos zapatos para que se sumiera en un tenso silencio del que solo lo sacaba si le pedía que me acompañara. Tampoco le gustaba que hablase con otras personas si no estaba él presente. Era como si temiese alguna traición o pensase que, si me apartaba de su lado, podían persuadirme para que lo abandonase. Su desconfianza iba más allá de los clientes o artistas que pasaban por la galería hasta alcanzar a mis amigos de la universidad e incluso a mis padres. 

  Él, que se mostraba encantador con todo el mundo, estaba al quite de las palabras de mi madre para contrariarla. Yo miraba estupefacta cómo contestaban desairado a los intentos de mi padre por conciliarse con él o se mofaba de mis antiguos compañeros de la universidad a los que tachaba de iletrados.

  —¿Cómo puedes hablar con un analfabeto que no sabe distinguir una novela de una obra de teatro? —me decía entre socarrón e indignado.

  Otras veces era mi madre la que insinuaba que Alfonso no era bueno para mí. En más de una ocasión la sorprendí lazándole miradas de soslayo a mi padre ante las salidas fuera de tono de mi novio.

   Me es imposible explicar el dolor que me causaba aquella guerra no declarada de Alfonso contra mis familiares y amigos.

  Huyendo de tales conflictos fui espaciando más y más las visitas a mis padres. Y cuando me llamaban mis antiguos amigos, urdía excusas inverosímiles con las que zafarme de su insistencia para que asistiera a una fiesta de cumpleaños o a una acampada en los Pirineos. Poco a poco me fui alejando de todos hasta no ser más que la sombra de Alfonso.

  Llegó un tiempo en que dejé de vivir para mí, que mi único deseo era complacerlo. Pero cada vez me era más difícil hacerlo feliz. Sus enfados eran más y más frecuentes. No podía soportar verme con otra persona. En su pecho anidaron unos celos infundados que se fueron extendiendo hasta los desconocidos que se cruzaban conmigo en la calle de forma casual. 

  Pero yo me dejaba engañar y atribuía el afán de acapararme a la inmensidad de su amor. ¿Acaso no se desvivía cuando me veía sumida en melancolías e inventaba miles de trucos para devolverme la sonrisa?, ¿no me invitaba a cenar en románticos restaurantes donde, cobijados en la penumbra de candelabros de plata, delicados violinistas susurraban a nuestros oídos dulces acordes?, ¿no organizaba por sorpresa viajes a lugares recónditos donde fluían ríos de doradas aguas? ¿Qué tenía de malo que, en correspondencia, exigiera de mí una atención similar?, ¿qué tenía de extraño que, en su inmenso amor, no quisiera compartirme con nadie? Hoy me parecen absurdos y perversos tales argumentos pero entonces, sentía tan cerca la presencia de Alfonso en mi vida que me contagié de su abyecta forma de pensar. Por ello, no tuvo nada de extraño que acabara alejándome de todos aquellos que, en otro tiempo, lo eran todo para mí: mis padres, mis amigas, los compañeros de la universidad...

   Llevaba seis años con Alfonso y apenas me reconocía cuando me encontraba con mi imagen en el espejo o en la mirada que me dirigía la gente que se cruzaba conmigo. 

   Un día me llamó mi padre.

   —Yolanda, tu madre se muere —Oí por el auricular del teléfono.

   Mi padre se enredó en incomprensibles explicaciones, de las que solo comprendí que mi madre iba a ser ingresada en La Paz para ser intervenida de algo que no llegué a entender. Por primera vez en mucho tiempo, salí de casa sin acordarme de decirle a Alfonso adónde iba. Y cuando llegué, estuve a punto de perderme entre los cientos de corredores del hospital. Tal era mi miedo que no retenía en mi memoria las indicaciones que me iban dando para encontrar la habitación donde la habían llevado.

  Durante tres semanas, no quise apartarme de mi madre. Me volví sorda a quienes trataban de convencerme de que descansara. Veía cómo entraban y salían parientes y amigos, pero a todos despedía para quedarme sola con ella. Permanecíamos en silencio con sus manos entre las mías; mas no precisábamos palabras para recuperar los años en los que habíamos estado separadas. Apagué el móvil y, así, no ver las insistentes llamadas que cada día me hacía Alfonso. Me negué a seguirlo cuando se presentó en el hospital y me obligó a elegir entre mi familia y él. Volvió tres veces más hasta que mi padre pidió en el hospital que le prohibieran la entrada. Aquella noche estuve inquieta, incapaz de centrar la atención en mi madre. Un dolor en el pecho me impedía respirar. Ahora dicen que el corazón es un órgano ajeno a los vaivenes del amor pero yo, en aquellas largas horas hasta que rompió el día, me parecía como si lo hubiesen desgarrarado.

   Los días que siguieron me obligué a mí misma apartarlo de mi pensamiento. Mi madre estaba muy débil y todavía existía el peligro de que no resistiera la operación. Pero, contra todo pronóstico, se restableció. 

 Cuando le dieron el alta, mi madre estaba muy débil. La ropa le colgaba en un cuerpo empequeñecido y vuelto a la infancia. Caminaba con lentitud deteniéndose entre un paso y otro como si tuviera que reflexionar sobre un asunto de importancia. Preocupado por su bienestar, mi padre nos llevó a la casa de la sierra. 

  Mediaba el mes de mayo y los jacintos habían florecido. Un gato dormía la siesta en el columpio del porche que papá había sacado de la caseta de las herramientas el día anterior cuando, sin decirnos adónde iba, se acercó a la sierra para abrir las ventanas, colocar los muebles del jardín y sacudirla de ese aire de abandono que tienen todas las casas que llevan muchos meses cerradas. Fue bajarse del coche mamá, aspirar la fragancia de los jazmines que le dieron la bienvenida y parecer que revivía su maltrecha salud.

  A mí se me cortó la respiración cuando vislumbré al otro lado del seto la silueta del tejado de la casa de mi amiga de la infancia. Por un momento quise ser de nuevo la niña despreocupada que intercambiaba los vestidos y los zapatos con Sofía con la ilusión de convertirse en una más de su ruidosa familia. Corrí hasta el porche para alcanzar a mi madre, que subía con lentitud sus escalones del brazo de mi padre, deseosa por dejar atrás los recuerdos que me reprochaban mi presente.

  Los días siguientes intenté que mi atención y mis pensamientos no se detuvieran sino en los cuidados de mi madre convaleciente. Apagué el móvil para que no me torturaran las quince llamadas diarias de Alfonso y, con el canto de una cigarra de fondo, acallaba mi dolor con charlas insulsas mantenidas con mis padres. No sabía qué iba a hacer cuando mi madre dejase de necesitarme. Había días que me decía que no podía volver con él, que lo que había llamado amor solo era una relación dañina que acabaría destruyéndome. Pero, en otras ocasiones, me creía incapaz de seguir adelante si lo perdía. Tampoco me atrevía a hablar de ello con mis padres. Conocía la animadversión que les inspiraba Alfonso y temía que me hicieran daño con sus reproches. Además, hubiese sido despiadado por mi parte abrumar a mi madre con mis problemas sin tener en cuenta su fragilidad. Por tanto, dejaba pasar el tiempo sin resolver mis incertidumbres.



   Una tarde que mi padre se llevó a mi madre a dar una vuelta en el coche, me senté en el jardín a leer una novela. La brisa tocaba con sus finos dedos las ramas de los árboles, que se susurraban secretos unos a otros. Las voces de unos niños al otro lado del seto me hicieron creer que volvía al pasado. Me asomé por encima de las arizónicas y vi dos niñas de unos cuatro años que jugaban entre las margaritas que crecían salvajes en el césped. Me quedé contemplando cómo ensartaban las florecillas formando guirnaldas y se adornaban con ellas el pelo. Sus risas me hicieron recordar lo fugaz que es la felicidad. Una lágrima rodó por mi mejilla que fue seguida por otra para que no se sintiera sola. Se me empañó la vista y desaparecieron las niñas. En su lugar volví a ver a Sofía rodeada de sus siete hermanos, peleándose con éste, riéndose con aquélla. Cerré los ojos esperando que, al abrirlos, desaparecieran los años que me separaban de la infancia y me dejé mecer por el sonido limpio de las voces de las niñas. 

   —¡Yolanda! —Oí que me llamaban.

   Abrí los ojos y me encontré con los de Sofía.

   —¿Has visto a mis gemelitas? 

   Una amplia sonrisa se dibujó en sus labios. Las tomó de la mano y las acercó al seto.

   —Ésta es Sofía —dijo besando a una de las niñas—. Y ésta es Yolanda—añadió guiñándome un ojo.

   Como años antes, salté el seto sujetándome a la rama del cedro que, con el paso del tiempo, estaba aún más frondoso. Nos sentamos en los escalones que conducían a la terraza y, mientras las niñas volvían a sus juegos, permanecimos sin hablar contemplándolas.

   Fue Sofía la primera en romper el silencio. 

 —Míralas, mira cómo juegan. A mí me encanta contemplarlas y ver cómo aún no las ha decepcionado la vida. Todavía son capaces de imaginar que un puñado de margaritas tocado por sus manos se puede convertir en piedras preciosas o que, si se intercambian el vestido y los zapatos, se transforma la una en la otra. ¡Ójala pudiera protegerlas de sí mismas! 

  Mientras hablaba, le daba vueltas sobre su tallo a un geranio que había cortado de una maceta colocada en un extremo del escalón. Se la llevó a los labios y, después de una pausa apenas perceptible, continuó hablando:


  —Mi marido no quería hijos. Durante tres años trató de convencerme de que los niños no eran para nosotros; que éramos diferentes a los demás, especiales. Solo nosotros sabíamos disfrutar de la vida. Yo quería creerlo. Él era más sabio que yo. Admiraba su inteligencia, su saber estar, y acallaba la pena que me iba invadiendo por dentro. Pero me quedé embarazada y fue tal mi alegría que me olvidé de él 

   Hizo otra pausa y se retiró un mechón que le caía sobre la frente. Puse mi mano sobre el hombro, como solía hacer mi madre cuando, siendo yo niña, me alentaba a desahogar el corazón.

   —Se lo tomó como una traición. No me perdonó y se negó a reconocerlas como suyas. Al mes de comunicarle la noticia, dictaminó que lo nuestro había terminado y se fue. Cuando nacieron las niñas, lo llamé pero ni siquiera fue a vernos. Mandó un ramo de veinticuatro rosas rojas y un cheque con una cifra descomunal. Quise devolverlos pero mi hermano Luis me obligó a aceptarlos. Por las niñas, dijo, para ayudarlas a tener un futuro. Cada cumpleaños, llega el mismo ramo y el mismo cheque, como si así cumpliera con sus deberes de padre.

   Pensé que ya había terminado de hablar y apoyé mi cabeza en su hombro, mientras pasaba por mi mente el recuerdo de mi vida con Alfonso. Su voz borró la imagen de mi amante:

  —Creí que lo había olvidado. Creí que lo había olvidado, Yolanda. Pero no. Hace unos días lo vi de nuevo. Él no me vio a mí. Estaba en una cafetería con una mujer joven y tenía en sus rodillas un niño pequeño, casi un bebé, al que prodigaba de besos y caricias. Se me partió el corazón. ¿Cómo explicártelo? Él no hacía más que decir que no quería hijos pero era conmigo con quien no quería tenerlos.

  Le acaricié la mejilla y le señalé a sus hijas, como ella había hecho unos minutos antes.

 —Mira a tus hijas, míralas. Son como fuimos nosotras; con los mismos sueños y las mismas ilusiones. Tienen ante sí un largo camino para hacerlos realidad. Juntas velaremos para que nadie las aparte del mismo como hicieron con las niñas que fuimos. Y ellas nos salvarán de nuestros errores.