miércoles, 21 de noviembre de 2018

El capricho inglés





Mi querida Alicia. En los jardines de la memoria, en el palacio de los sueños.
Allí es donde tú y yo nos volveremos a ver.
Alicia en el País de las  Maravillas (Lewis Carroll, 1865) 





Todo comenzó una mañana de principios de noviembre. Una de esas mañanas en las que me encontraba sola en casa porque mi marido había salido a alguno de sus viajes de negocios. En los últimos tiempos se habían hecho tan habituales que ni siquiera me daba cuenta de dónde iba ni de cuánto tiempo iba a estar ausente. O tal vez era yo la que no prestaba atención y me sonase del mismo modo Atenas que París. Aquella mañana me encontraba más fatigada que de costumbre. Había pasado mala noche en liza con el insomnio y las pocas horas de sueño no me habían dejado sino una mayor sensación de cansancio. De nada me sirvió permanecer media hora bajo la ducha ni el suculento desayuno que encargué a la cafetería que hay al otro lado de la calle. El solo pensamiento de tener que sacar el coche del aparcamiento para ir a trabajar me suponía un esfuerzo muy por encima de mis capacidades. Acallé, pues, mi conciencia y, por primera vez en mi vida, llamé a Mariló, mi socia en la sombrerería de la calle del Olvido, y me inventé una enfermedad que me sirviera de pretexto para permanecer en casa un par de días.

—Tómate todo el tiempo que necesites, querida —me repetía una y otra vez con esa risa falsa tan suya que se le escapa siempre que trama alguna fechoría—. Yo me las arreglo bien con los Charlys —añadió haciendo referencia a Carlos Núñez y Carlos Grande, unos proveedores a los que debíamos una cantidad nada desdeñable de dinero.

Por un momento se me encendió una lucecita roja en el cerebro. Aunque no podía probarlo, estaba segura de que Mariló quería pegármela y andaba con tratos con tan siniestra pareja para quedarse con la tienda a cambio de perdonarle parte de la deuda. A punto estuve de salir corriendo a su encuentro y olvidarme de mis locos deseos de libertad, pero la perspectiva de disfrutar de aunque no fuesen más que de unas horas del placer de la gandulería me tentaba demasiado. Opté, pues, por moderme la lengua y colgué el teléfono después de simular que la escuchaba mientras me regalaba el oído con un discurso sobre la conveniencia de cuidarme que me sonaba demasiado meloso para creerlo sincero.

Así me encontré con mi primer día de ociosidad sin saber muy bien en qué emplear las largas horas que tenía por delante.

Salí a la azotea y me dejé caer en una tumbona que aún no había estrenado. Cuando me casé, convencí a mi marido de que comprásemos la casa precísamente por la amplitud de la terraza y por las vistas a la sierra que podían contemplarse desde ella; pero lo cierto es que el único uso que le habíamos dado desde entonces era como medio para impresionar a las visitas. Aquella mañana la tenía para mí sola y nada ni nadie me impedirían disfrutar de sus encantos. Era uno de esos días de noviembre en los que el otoño se viste de primavera y apetece tomarse un zumo mientras el sol juguetea con unas nubes blanquísimas. Me preparé un combinado de frutas y puse un viejo disco de Barbra Streisand, la que fuera cantante favorita de mi madre. Mientras tatareaba All in love is fair, me iba invadiendo una alegría pueril. Eché un vistazo a los libros cuidadosamente encuadernados de la librería y cogí uno al azar. Se trataba de una novelita romántica de Rosamunde Pilcher o alguien similar; ya se sabe, una de esas tan intranscendentes que te limpian el cerebro de pensamientos tristones. De modo que pertrechada con mi zumo, la novela y una manta de suave moaré me dispuse a pasar la mañana en la azotea. Pero poco pude disfrutar de mi ratito de asueto pues antes de terminar de leer el primer párrafo me quedé profundamente dormida.



He de decir que no soy de esas personas que cansan a sus allegados con sus sueños. No suelo recordar de ellos sino imágenes desperdigadas o sensaciones sin conexión alguna que olvido tan pronto como bebo el primer sorbo de café. Pero el sueño que tuve aquella mañana se ha quedado grabado en mi memoria con tanta nitidez que más me parece que lo viví que lo soñé. Iba conduciendo un coche negro por una carretera sinuosa. No puedo decir si era muy de mañana o al caer la tarde: el sol estaba fijo sobre la línea del horizonte y despedía una luz tenue anaranjada. A ambos lado de la carretera crecían unos cipreses de tres en tres. Aunque no lo podía divisar desde donde me encontraba, sabía que a pocos kilómetros había un gran lago al que tenía prisa por llegar aunque no puedo decir por qué era tan importante para mí tal cosa. El cielo se estaba oscureciendo y una suave brisa se colaba por la ventanilla. A medida que me iba adentrando en una extraña noche sin luna ni estrellas, se iba apoderando de mí la angustia. El coche perdía velocidad; en lugar de aproximarme a mi destino, la distancia que me separaba del lago se iba acrecentando cada vez más y el miedo a extraviarme me hacía cambiar las marchas con brusquedad. De pronto se cruzó en mi camino un ciervo y, al tratar de esquivarlo, me empotré en uno de los cipreses. Salí como pude del coche. El paisaje había cambiado de repente merced a uno de esos caprichos que con tanta frecuencia nos regalan los sueños. A mi alrededor había una llanura cubierta de dalias color púrpura. Me arrodillé para contemplarlas mejor y, al ir a arrancar una de ellas, se convirtió en una niña diminuta que echó a correr por un sendero de pequeños guijarros. No había adelantado unos metros cuando se volvió hacia mí y me hizo una seña con el dedo índice para que la siguiera. Mas, en cuanto comencé a andar hacia ella, soltó una carcajada y volvió a coger carrerilla a tal velocidad que me era imposible alcanzarla. Durante un rato me entretuvo con su juego. Corría un trecho del camino y, cuando se percataba de que me había dejado atrás, se detenía a esperarme. Así me condujo hasta una verja de hierro forjado cubierta de rosas trepadoras. La niña me pidió por señas que entrara en la propiedad y, tras lanzarme un beso por el aire, volvió a convertirse en una dalia color púrpura. Maravillada por tal fenómeno, tardé unos minutos en obedecer su mandato. La herrumbre de la puerta me impidió abrirla al primer intento y hube de empujarla con el hombro para que cediera el pestillo. De nuevo el sueño tomó un giro asombroso. Me vi en medio de un jardín de estilo inglés. Aquí y allá se veían parterres de tulipanes, amapolas, nomeolvides, pensamientos y margaritas cercados por setos de arbustos que formaban figuras geométricas. Un camino de grava me condujo a un pabellón chino cercado por diversas plantas aromáticas que crecían como si nunca hubiesen conocido la mano del hombre: tomillo, lavanda, romero, salvia, albahaca… La fragancia que expelían era tan intensa que hube de sentarme en los escalones del pabellón para no caer desmayada. Detrás de mí, alguien agitó las ramas de un rododendro. Me volví asustada y me tropecé con una mirada intensa que me hizo estremecer.


—¿Por qué has tardado tanto? —me preguntó el dueño de la mirada.

Era un hombre de unos cuarenta años del que no recuerdo sino la sonrisa más acogedora que he visto jamás, su pelo rebelde cortado de manera desigual y las pecas que salpicaban su nariz. Llevaba en la mano derecha unas tijeras de podar y en la izquierda un cesto rebosante de plantas que no reconocí.

—Llevo esperándote toda la vida —me dijo tras dejarlos en el suelo.

Permaneció un instante contemplándome con embeleso y me tendió las manos.

—Ven —me pidió—. Aún tenemos unas horas hasta que llegue la noche.

Quise decirle algo mas sólo conseguí mover los labios. Había enmudecido y la voluntad me había abandonado. Me dejé conducir por un sendero de tierra arcillosa hasta una cabaña de troncos con un tejado de brezo puntiagudo. En el interior no había más que una cama enorme con un dosel dorado del que colgaban unas cortinas de tul. No esperó a que saliera de mi asombro. Me despojó del vestido y me cubrió la piel con sus besos y sus caricias mientras me susurraba al oído palabras de amor que apenas entendía. Por un momento el recuerdo de mi marido azuzó la culpa pero el apremio del abrazo del desconocido me hizo olvidar hasta de quién era. Pronto fui yo la que, arrebatada por la pasión, iba detrás de sus labios. Mi mente estaba vacía y no respondía sino a aquel placer hasta entonces ignorado. No obstante, cuanto mayor era mi delirio, más frío se mostraba mi amante. 

Desperté en mitad de un grito de sufrimiento. Por unos momentos, no reconocí mi azotea. En el reproductor de CD seguía cantando Barbra Streisand All in love is fair, lo que significaba que el sueño no había durado sino unos minutos. Y, no obstante, a mí me parecía que había estado ausente durante años. Al pie de la tumbona se había caído el libro, que quedó abierto por una página que comenzaba con una pregunta: «¿Por qué has tardado tanto?». A mi memoria volvieron los últimos minutos del sueño. Me estremecí. A pesar de la vergüenza que me suscitaba el recuerdo del desconocido, su imagen era tan vívida que volví a sentir en mi piel la ternura de sus caricias. Abochornada, fui corriendo a darme una ducha que se llevara el sueño por el sumidero, mas las imágenes regresaban a mi mente una y otra vez. No podía quitarme de la cabeza la mirada intensa de mi amante soñado y me consumía el anhelo por sus caricias. Ni el agua helada ni el café negro y amargo que me preparé después lograban serenarme. Mi marido me contemplaba desde una fotografía en la estantería del salón. Sus ojos confiados acabaron con la poca serenidad que me quedaba. Pese a no tener responsabilidad en aquel sueño, me sentía como si le hubiese sido desleal. Incapaz de resistir su mirada, cogí el llavero y salí de casa con la esperanza de dejar atrás aquel sueño que se había convertido en pesadilla.



A pesar de ser un día laborable, las calles de la ciudad estaban abarrotadas de gente. Mi casa estaba en el barrio comercial donde se encuentran las mejores tiendas, cafeterías y restaurantes del país. Me dejé llevar por la corriente de transeúntes. Hasta mí llegaban cientos de voces en distintos idiomas, retazos de frases, fragmentos de canciones que salían de las boutiques. Conmigo se cruzaron un joven ataviado a la perfección con traje y corbata que llevaba un turbante hindú color carmesí, una pareja en patines que recorría la acera de la mano, tres ancianas que se relamían mientras saboreaban un helado de cucurucho de fresa... Mas la mayoría de los viandantes eran elegantes mujeres cargadas de bolsas con los logotipos de tiendas de lujo. Me metí por una callejuela en la que apenas se podía dar un paso sin tropezarse con los que salían de las tiendas. Alguien me empujó por detrás y, al volverme, me topé con una mirada intensa que me hizo estremecer. Poco más pude ver porque enseguida me vi envuelta por la muchedumbre. Retrocedí sobre mis pasos con la esperanza de verlo de nuevo pero había tanta gente que era imposible encontrar a nadie. Desolada tomé el camino de regreso a casa. Antes de doblar la esquina, noté que me tocaban la mamo. Fue una caricia tan leve que bien hubiera podido tratarse del roce de una pluma llevada por el viento. Pero yo conocía aquella caricia. Me detuve en medio de la acera y lo busqué entre los cientos de viandantes que subían y bajaban por la avenida Central mas apenas podía distinguir sus facciones. Me enfadé conmigo misma por aquella locura. Lo mejor era irme a mi tienda de sombreros y olvidarme del desconocido del sueño. Saqué el móvil del bolsillo del chaquetón para llamar a Mariló pero, de tan nerviosa, no acertaba a dar con su número. 

Me dirigí apresurada al Parque de la Alameda, que estaba situado a pocos metros de donde me encontraba, y me senté junto a la estatua de Dante con la esperanza de hallar un poco de sosiego. A los pies del monumento, una pareja de gorriones bebía de un charco. Me entretuve contemplando cómo sorbían el agua con la punta del pico, cómo se acicalaban las plumas. Poco a poco fui recuperando la cordura y pude reírme de mis absurdos pensamientos. Dejé vagar la vista entre las copas de los álamos mecidas por el viento y mi respiración volvió a su ritmo regular. Al otro lado del parque, un hombre daba de comer a las palomas. Iba cubierto con un abrigo de cachemir color camel que le hacía parecer un gigante, a pesar de no ser muy alto. Llevaba un periódico bajo el brazo y un sombrero de ala ancha le ocultaba el rostro. Algo en él que no podía precisar me resultaba familiar. Tal vez la forma de apoyar su peso sobre una pierna, cómo ladeaba la cabeza hacia la izquierda o su cabello rebelde cortado de forma desigual que apenas se insinuaba por debajo del sombrero. Mi mirada se quedó prendida en la mano con la que echaba de comer a las palomas las migas de pan. Debió de darse cuenta de mi escrutinio porque se volvió de repente y fijó su vista en mí. Durante un tiempo que me es imposible determinar si fue breve o largo, nos sostuvimos la mirada. Un escalofrío recorrió mi columna al sentir sus ojos sobre mí. Dejó el periódico y el mendrugo de pan sobre el pretil de la fuente y se acercó con paso indolente hacia mí.

—¿Nos conocemos? —me preguntó.

Su voz, tan extraña y familiar a un tiempo, acabó de turbarme. 

—Sí. No —respondí confundida—. Perdone, creí que era otra persona.

Me levanté del banco y, sin mirarle, me dirigí al portón de la entrada del parque. Detrás de mí resonaban sus pasos sobre el empedrado.

—¡Espere! —exclamó a mi espalda con la voz alterada—. ¡Espere se lo ruego!

Su premura me asustó. Apreté el paso pero antes de llegar a la garita del vigilante, ya me había dado alcance y caminaba a mi lado. Sus ojos expresaban una honda preocupación.

—Debe usted perdonarme —me pidió más sosegado—. No tengo costumbre de abordar a desconocidas, se lo aseguro, pero me gustaría hablar con usted.

No supe que responder. Por un momento me sentí tentada a seguirle donde quisiera llevarme pero enseguida recobré la cordura y le puse dos o tres excusas que se contradecían entre sí.

—Comprendo —replicó con seriedad—. No era mi intención molestarla.

Se llevó el dedo índice al ala de su sombrero y enfiló hacia la puerta sur del parque.

Me volví a casa con los nervios destrozados. No podía ser cierto lo que me estaba sucediendo. Había estado a punto de irme con un desconocido solo porque me recordaba al que aparecía en mi sueño. Pero, ¿de verdad existía tal semejanza?, ¿no había sido aquella aventura sino un divertimento de mi imaginación? Me preparé una comida rápida y salí de nuevo dispuesta a retomar mi vida de siempre. Entre mis sombreros de fantasía y la conversación banal de Mariló me sentiría segura. Pero no llegué a mi tienda. Cogí el coche del aparcamiento y, al doblar la esquina de la calle Cordelería, subí por la carretera que llevaba a la playa.

Durante más de una hora, me dejé llevar por mi instinto y tomé una carretera secundaria que no conocía, más allá del cruce que conduce al Castillo de los Infantes. A pesar de que el cielo amenazaba lluvia y se había levantado el viento, abrí la ventanilla para que el aire fresco despejase mi mente. Pronto me vi en una carretera sinuosa a cuyos lados crecían cipreses de tres en tres. Las manos me resbalaban por el volante a causa del sudor. Un cartel anunciaba un lago a cinco kilómetros. Asustada por la semejanza con mi sueño, busqué un claro donde dar la vuelta para regresar a la ciudad pero la carretera era demasiado estrecha. Tal vez si llegaba al lago podía maniobrar mejor. Unos nubarrones grises dieron paso a una noche prematura. Encendí los faros para iluminar el camino. ¿Por qué no confesarlo? Temía que saliera de repente un ciervo y no pudiera esquivarlo. En el asiento del copiloto, el móvil emitía un pitido a intervalos regulares para indicarme que se estaba agotando la batería. ¿Qué sería de mí si me perdía?, ¿dónde me buscaría mi marido? Me maldije por aquel día de despropósitos. ¿Quién me mandaba a mí cogerme un día libre?, ¿a quién se le ocurría obsesionarse con un sueño? Me aparté a un lado de la carretera con la intención de serenarme antes de emprender el camino de regreso. En ese momento se abrió el cielo y los rayos del sol se llevaron mis aprensiones. Me bajé del coche para estirar las piernas. El olor a tierra mojada me trajo el recuerdo de mi infancia, cuando iba con mi padre a recoger setas en un bosque muy parecido a aquel. Me dejé envolver por la nostalgia mientras tomaba un camino de grava. El viento se había serenado y sólo una leve brisa jugaba con un mechón de mi cabello. Hacía rato que había olvidado la locura de mi sueño cuando alguien me adelantó en una vieja bicicleta. No lo presté atención no obstante a pasar tan cerca de mí que hube de hacerme a un lado del camino. Tan pronto como lo perdí de vista, lo olvidé, absorta en el recuerdo de mi padre, y no me hubiese acordado más de él de no ser porque, unos metros más allá, se bajó de la bicicleta y vino hacia mí.

—Sé que le parecerá una locura pero esta noche he soñado con usted —declaró sin ningún preámbulo.

Levanté los ojos hacia él. Para mi asombro, me tranquilizó reconocerlo: su intensa mirada me llenó de contento.

—Sí que es una locura —repuse—, pero le creo. A mí me ha sucedido lo mismo. Le reconocí esta mañana en la calle y luego en el parque.

Él asintió. Pareció sentir alivio tras haberle confirmado su historia. Caminamos un trecho en silencio. Él me tomó de la mano y yo no retiré la mía. Era como si se hubiesen disuelto todas mis incertidumbres. La angustia que me había acompañado desde la mañana había desaparecido. Iba andando con un extraño por un paraje desconocido pero nunca me había sentido tan confiada. A lo lejos se divisaba una cabaña de madera con el techo de brezo puntiagudo. Antes de llegar a la verja de hierro forjado supe lo que iba a suceder. Me dejé guiar por el jardín inglés. ¿Cómo describir mi emoción al reconocer los parterres de flores, los setos de arbustos, el pabellón chino rodeado de plantas aromáticas, el rododendro? Mi corazón saltaba de alborozo al anticipar lo que me esperaba en la cabaña. El hombre también debía de estar conmovido porque me oprimía la mano con fuerzas. Cuando llegamos al pie de la escalera de la cabaña, se detuvo.

—¿Estás segura de que quieres entrar?

Asentí con la cabeza y lo besé con ternura en los labios.

Me guardo para mí las tres horas que pasé en la cabaña. Aunque quisiera, no podría contar cómo transcurrieron. La pasión que se desbordó fue mucho más intensa que la que experimenté en el sueño y sobrepasó cualquier momento de amor vivido antes y después. Nunca me he sentido tan amada ni he querido a nadie tanto como quise a mi amante desconocido. Ahora me parece mentira que fuese yo aquella mujer, tan alejada de la sensata y, ¿por qué no confesarlo?, más bien fría en sus relaciones. La misma que le susurró al oído a un extraño:

—¿Por qué has tardado tanto? 

La misma que oyó cómo le musitaba su amante sin que le sonase extraño ni falso:

—Llevo esperándote toda la vida.

Cuando salí de la cabaña, ya había anochecido. Él quiso acompañarme hasta el coche pero le pedí que me dejase ir sola. Temía que si permanecía un minuto más con él, no pudiese abandonarle nunca más. 

Ignoro cómo llegué a mi casa ni lo que hice hasta el día siguiente, cuando volví muy de mañana a la cabaña y me dejé envolver por la ternura de sus caricias. Durante tres días viví en un estado muy parecido al sueño. No tenía más voluntad que para buscar su compañía. Si hablaba por teléfono con mi marido o con Mariló, respondía a sus preguntas como un autómata y apenas entendía lo que me decían pues mi mente estaba llena de otras palabras. Mi socia me creía muy enferma y dudo mucho que estuviese equivocada. Sólo cuando mi marido anunció su regreso supe que tenía que poner fin a mi aventura.

Mi último día llegué más temprano que de costumbre. Él ya me estaba esperando junto a la verja con una rosa en la mano. Le bastó una de sus intensas miradas para saber que aquél era el final. No me dijo nada ni dejó entrever su disgusto como si desde el principio hubiese aceptado que lo nuestro no iba a durar. Y como si quisiera regalarme con lo mejor de sí mismo, puso toda su pasión en amarme. Sólo en el momento de la despedida me dijo su nombre.

Los meses que siguieron fueron un tormento para mí. Me había hecho la promesa de no volver a ver a mi amante pero cada mañana me despertaba con un doloroso anhelo en el alma y había de violentarme a mí misma para no correr a sus brazos. Mi marido, que creía que mi abatimiento era fruto de la supuesta enfermedad que había sufrido en su ausencia, se mostraba más tierno y considerado que nunca. Por estar conmigo, abandonó sus viajes a pesar de que eso le suponía soportar mis repentinos cambios de humor. Permanecía a mi lado todo el tiempo que le permitían sus negocios y, si no podía sustraerse de una cita con un cliente, me llamaba cientos de veces para averiguar cómo me encontraba. A mí tanta solicitud me suscitaba sentimientos opuestos. Saberme querida por él aumentaba mi culpa mas, en lugar de compensarle con mi cariño, espoleaba mi mal humor y me volvía arisca. Su presencia avivaba el recuerdo del otro y, pese a mis esfuerzos, no podía evitar compararlos. Finalmente le surgió un viaje que no pudo eludir. Después de abrumarme con sus promesas de llamarme cada vez que se lo permitieran los negocios y hacerme prometer que me pondría en contacto con él si me atrapaba la tristeza, partió con el tiempo justo para coger el avión. 

En cuanto me vi sola, desapareció mi depresión. Una alegría salvaje acompañada de una actividad febril se apoderó de mí. Ni siquiera me detuve a telefonear a Mariló, que, para entonces, era ya la dueña de facto de la sombrerería de fantasía.

Perdí un tiempo precioso en arreglarme para mi amante. Nada en mi armario parecía demasiado bueno para él. El espejo parecía quererse burlar de mí mientras me probaba un vestido tras otro. Las manos me temblaban sólo de anticipar el reencuentro impidiéndome abrocharme los botones, un fino sudor abrillantaba mi frente. El reloj se había vuelto loco y corría más aprisa que de costumbre mientras me desesperaba porque no encontraba nada en mi abultado vestuario que me satisficiera. Finalmente, y después de desechar decenas de conjuntos, me decidí por un vestido negro muy veraniego para el día otoñal que se insinuaba por la ventana pero con el que siempre me había visto favorecida. Cogí el coche y tomé a toda velocidad la carretera secundaria que se había convertido en tan querida para mí. Un extraño presentimiento me oprimía el pecho. Me parecía que, si no me apresuraba, alguna desgracia me impediría reunirme con mi amado. Casi me salgo de la carretera al tomar una curva muy cerrada a más de ciento treinta kilómetros por hora y, poco antes de llegar a mi destino, hube de frenar en seco porque se me cruzó un ciervo, el ciervo de mi sueño, tal vez, que al fin hacía su aparición. Aparqué a un lado del camino y, sin esperar a la niña que me guiase, eché a correr hacia la verja.

¿Cómo explicar lo que encontré?, ¿cómo describirlo? Todavía hoy me cuesta creerlo y, pese al dolor que me causa, a menudo vuelvo allí para convencerme de que no lo soñé.

La verja estaba cerrada con una gruesa cadena y un candado oxidados como por el paso de los años. Intenté forzarlos pero sólo conseguí mancharme las manos de herrumbre y musgo. Me asomé por encima de la verja buscando algún indicio de mi amante. No puedo describir mi asombro ante lo que se presentó a mis ojos. Nada del jardín inglés ni los parterres de flores ni el pabellón chino ni el hermoso rododendro. La maleza había invadido todo el terreno borrando los senderos de tierra arcillosa y las figuras geométricas que formaban los setos de arbustos. ¿Y qué decir de la cabaña? No quedaba sino el armazón de madera que sustentaba el tejado de brezo y tres de las paredes de troncos. Incapaz de comprender lo que estaba viendo, intenté saltar la verja. Me raspé las rodillas con la alambrada pero no me importó. Ya estaba a punto de llegar al otro lado, cuando alguien gritó a mis espaldas:

—¡Eh!, ¿qué hace? No puede entrar en la finca: es una propiedad privada.

Al volverme, me encontré con un hombre con un sombrero de paja y un pantalón de peto cubierto de manchas que parecían de tierra. Era de edad indefinida: lo mismo podía tener cincuenta que ochenta años.

—¿Conoce al dueño? —le pregunté cuando me acerqué a él—. ¿Qué le ha pasado a la casa?

—Esa casa lleva más de cincuenta años cerrada, señora.

Lo miré con miedo. Detrás de él asomaba la cabeza de una niña de cuatro o cinco años que me contemplaba sin disimulo.

—No puede ser, debe de haber un error. Hace unos días estuve en esta casa con su dueño: Gonzalo Ortigosa. Había un precioso jardín inglés con parterres de flores, senderos de grava... Gonzalo me trajo aquí, a la cabaña, y estuve varios días con él.

El hombre se quitó el sombrero y se rascó la cabeza. Luego me miró de arriba abajo como si creyese que había perdido el juicio.

—Sí, el dueño de El Capricho Inglés era Don Gonzalo Ortigosa —aseguró con la condescendencia que se emplea cuando se quiere explicar alguna verdad incontestable a un niño—. Pero usted no pudo estar con él hace unos días, señora. Alguien se la ha querido dar a usted con queso. Don Gonzalo hace muchos años que murió. Se volvió loco, ¿sabe? Decía que lo visitaba una mujer del bosque, que había soñado con ella una noche y se le había aparecido de carne y hueso en la carretera. Ya le digo que se volvió loco. Nadie vio a la mujer aunque él juraba que lo visitaba todas las mañanas. Dicen que tenía visiones y yo me lo creo. Mi padre era entonces guarda forestal. Un día don Gonzalo apareció en nuestra casa gritando disparates. Yo era muy niño entonces pero me acuerdo como si fuese ayer. Andaba buscando a la mujer y quería que mi padre lo ayudase a encontrarla. Estaba fuera de sí. Tenía miedo de que se hubiese caído al lago. Para apaciguarlo, fingimos ayudarlo en la búsqueda de la mujer. Pero, aunque recorriamos todo el bosque, ya puede imaginar que nunca apareció. ¿Cómo íba a aparecer si no existía? A partir de entonces, su locura fue a más. Vagaba por los bosques gritando un nombre de mujer: ¡Alicia, Alicia! Los de la aldea anduvieron con tratos con los del manicomio pero, antes de llegar a nada concreto, don Gonzalo se colgó de una lámpara. 

No pude controlar el temblor que sacudía mi cuerpo. El hombre seguía dándome detalles de una historia que para él sólo debía de ser una curiosidad de la zona. La niña no me quitaba ojo. Por un momento creí que se iba a transformar en una dalia color púrpura.

—Abuelo, la señora se está poniendo malucha.

Balbucí una excusa enrevesada y corrí hacia mi coche. El móvil estaba sonando en el asiento del copiloto. Lo cogí para escapar de la angustia que oprimía mi pecho. La voz de Mariló logró calmarme.

—Alicia, ¿dónde te has metido? Llevo toda la mañana buscándote.




























sábado, 27 de octubre de 2018

The Bloggers Recognition Awards












Mi querida amiga Manoli Vicente me ha nominado para el premio Blogger Recognition Award 2018. Manoli es una escritora a la que admiro mucho. La conocí en Falsaria y me conquistó con la sensibilidad de sus poemas, sus micros y relatos. Y no lo digo a la ligera. Ha sido reconocida en distintos certámenes y me consta que son muchos los que aprecian su valía. Si no la conoces, te recomiendo que te pases por su blog Lascosasqueescribo.
Desde aquí quiero agradecerle todo lo que he aprendido de ella y que se haya acordado de mí para esta nominación. Espero estar algún día a su altura.



Miles de besos, querida Manoli.

Como podréis imaginar, la nominación de este premio implica cumplir una serie de reglas. Por suerte sus condiciones no son muy complicadas. Mirad:


REGLAS PARA LA RECOGIDA DEL PREMIO:


I. Publicar un agradecimiento al blog que te ha nominado e insertar un enlace a su blog.
II: Escribir un post para dar a conocer el reconocimiento recibido.
III: Contar el nacimiento del blog propio.
III. Dar consejos a los nuevos blogueros.
IV. Nominar a 15 blogueros.
V. Comentar en cada blog y hazles saber que los has nombrado y proporcionar el enlace a la publicación que creaste.

Como las dos primeras ya están, paso a la tercera.

Contar el nacimiento del Blog propio.

El crujir de la escarcha nació en 2014. Debo decir que a mí no se me hubiera ocurrido escribir un blog debido a mi desconocimiento de este mundo. Por entonces publicaba mis cuentos en Falsaria y Tus Relatos, a quienes me siento muy agradecida por la oportunidad que me dieron de aprender de escritores y escritoras estupendos. Fue precisamente uno de ellos, Carlos Caro, el que me animó a abrir el blog y me prestó su ayuda para dar los primeros pasos. Aprovecho para darle las gracias también. El blog lleva el nombre de uno de mis relatos. 
Así nació El crujir de las escarcha.

Los consejos a los nuevos Blogueros.

No soy muy dada a dar consejos porque no me veo ejemplo para nadie y creo que cada uno debe encontrar su camino. Pero como las reglas son las reglas, allá voy.

Lo primero es obvio. Hay que escribir. Escribir mucho y lo más a menudo posible. No importa que el resultado no se pueda publicar. Escribir y escribir para que, al menos, de cada cien frases, una merezca la pena. Cada uno tiene su propio nivel de exigencia y pondrá el listón más arriba o más abajo. A mí me ocurre que cuanto más escribo, más exigente me vuelvo. O tal vez sea que con los años lo hago peor. No sé. Lo que sí que he aprendido es que no pasa nada si no tengo nada que publicar. Mejor poco y más o menos bueno que mucho y mal.

El segundo consejo ayuda a seguir el primero. Leer. Leer mucho y a ser posible buena literatura. ¿Qué mejor maestro que uno de los grandes? Casi todos los que escriben suelen disfrutar de la lectura y cada uno tiene en mente algún libro o escritor que le ha inspirado en algún momento, alguien a quien le gustaría parecerse. Yo tengo muchos y algunos los he conocido en la red.

La lectura es uno de los mejores placeres que ha inventado el hombre. No lo despreciéis.

Os diría que acudierais a cursos y talleres de escritura pero yo no lo he hecho. Lo que sí hago es tener muy en cuenta los comentarios que me dejan en el blog. Los buenos y los malos. Sobre todo éstos, que, aunque escuezan un poco, son de los que más aprendo.

Nominar a 15 blog.

Esta es la regla que más me cuesta porque no quiero poner en compromiso a nadie. Por favor, queridos quince, tomaros esta nominación como una muestra de admiración, que eso es. Para mí sois ganadores aceptéis o no seguir esta cadena. Muchas gracias y enhorabuena a todos.

Mis nominados son:
  1. Raúl Ariel: Hasta que el esplendor se marchite
  2. Conxita Casamitjana:Enredando con las letras
  3. Jorge Valín: Entre las brumas de Galicia
  4. Ricardo Zamorano: Palabras Narradas
  5. José R. Capel PURPLE:  Relatos en Re Menor
  6. Isidoro Varcálcer: Cuentos Nawed
  7. Tara: Locabajo
  8. Gerardo Vázquez: Varado en la llanura
  9. Patxi Hinojosa Luján: Mis cosas
  10. Bruno Aguilar: Mensaje de Arecibo
  11. Rafa Ricote: Mis relato
  12. Paco Castelao:Castro Argui
  13. Marina Córdoba:  Mis lecturas
  14. David Rubio:  Relatos en su tinta
  15. Mª Jesús Fernández:  Reinvenciones 




¡Enhorabuena a todos!



lunes, 30 de julio de 2018

Sonata para piano






  Ahora que nos hemos quedado solos en esta casa tan grande, permitidme que ejerza de abuelo y os cuente una historia que me sucedió cuando tenía más o menos vuestra edad. Tuvo lugar unos meses antes de que contrajese matrimonio con la abuela. Tras cuatro años de intenso trabajo, había logrado finalizar mi sonata para piano. Estaba exhausto. El vacío y un inmenso desasosiego me invadían a causa de tanta ociosidad después de un trabajo tan intenso. Mi entonces novia, vuestra abuela, que daba clases de violonchelo en una academia, me habló de un compañero suyo, profesor de armonía, que pensaba tomarse un año sabático para viajar por Europa. En este periplo, tenía previsto visitar durante unas semanas a un compositor amigo suyo que se había retirado a un pueblecito en plenos Alpes suizos. El profesor, de nombre Antón, estaba dispuesto a llevarme con él siempre y cuando lo dejara en libertad para hacer su vida. 

  Imposible describir la emoción que sentí cuando mi prometida me dijo quién era el compositor. Se trataba del autor de sonatas y conciertos para violín que gozaba del mayor reconocimiento en la Europa de aquellos años de mi juventud. Disculpad si no os doy a conocer su nombre; hace muchos años que murió y pronto comprenderéis que quiera ocultar su identidad con el fin de salvaguardar su honra. Conformémonos, pues, con llamarlo Mihail.

  Salimos de la Estación del Norte a mediados de mayo, pero no llegamos a nuestro destino hasta el cinco de agosto. En aquellos años los trenes no eran muy veloces y había que hacer noche en las poblaciones que salpicaban el camino si se quería recorrer grandes distancias. Antón tenía elegidas algunas ciudades en las que permanecimos varios días: Narbona, Montpellier, Niza, Génova y Milán, entre otras. Pronto supe que la elección de tales ciudades tenía poco que ver con sus bellezas arquitectónicas. Mi compañero de viaje formaba parte de una sociedad semiclandestina que organizaba partidas de póquer por el sur de Europa. No os voy a contar mucho más del bueno de Antón; esa sería otra historia no menos interesante, pero que me desviaría de la que os quiero contar. Sólo os diré que, en las ciudades en las que pernoctábamos, solía desaparecer después de cenar conmigo en algún restaurante y no regresaba al hotel hasta bien entrada la madrugada. A la mañana siguiente de sus andanzas, no daba señales de vida hasta el mediodía, dejándome solo en mis visitas a los lugares que él mismo me había recomendado. Después he regresado muchas veces esas mismas ciudades, pero nunca me han parecido tan bellas como en aquel viaje, cuando las vi por vez primera.

  Como os digo, llegamos a nuestro destino el cinco de agosto: lo recuerdo muy bien, porque era mi vigésimo noveno cumpleaños. Pero no fue hasta unos días más tarde cuando conocí a Mihail. No consigo recordar cómo se produjo nuestro primer encuentro: si nosotros le hicimos una visita de cortesía o fue él mismo el que se acercó a la pensión en la que nos habíamos alojado al saber que Antón se encontraba en el pueblo. Los días en aquellos parajes suizo se sucedían tan iguales, que se confunden en mi memoria. Desde el primer momento, me impresionó la calidez de su trato; que no guardara distancias conmigo, pese a ser un desconocido para él, que era un hombre afamado buscado por muchos más importantes que yo.

  Mihail llevaba una vida regular de la que enseguida formamos parte Antón y yo. Aunque, tal vez, deba excluir a mi compañero de viaje, que siempre fue por libre. Dedicaba, Mihail, las mañanas a su música. Cuando lo conocí, estaba componiendo su quinto concierto para violín y orquesta. Después de comer, le gustaba dar un largo paseo por los alrededores del pueblo y llegaba hasta nuestra pensión con una invitación para que nos uniéramos a él. Al principio, Antón venía con nosotros, pero, como os digo, después de algunas semanas, no era raro que se ausentara durante varios días y acudiera a la llamada de una partida de cartas. 

 En la época estival, era un placer recorrer el cantón del Valais. Los campos se habían teñido de verdes y constituían una deliciosa tentación para los rebaños de ovejas que pastaban en ellos. A los lados de las veredas, las flores asomaban entre la hierba como si fuera un tapiz bordado con manos primorosas. Nunca he sido un entendido en flora, pero sí recuerdo las blancas edelweis y las gancianas de color violeta, azul y amarillo con las que las niñas del pueblo componían ramilletes y guirnaldas. En los rincones a los que no llegaban los rayos de sol, Mihail me descubría montículos de nieve del invierno anterior y, en las rocas humedecidas, el musgo de suave tercipelo. Recuerdo con ternura un cervatillo que andaba perdido en busca de su madre. ¡Cómo habríais disfrutado de haber estado allí!  

  ¿Qué os puedo contar de Mihail? Cuando lo conocí, era un sexagenario de larga cabellera plateada que no perdía su porte elegante ni cuando iba vestido de manera informal dispuesto a emprender una caminata de varias horas. Durante aquellos paseos, era una delicia dejarse hechizar por su conversación. A lo largo de mi larga vida, pocas veces he tenido la oportunidad de departir con personas tan amenas y profundas a un tiempo. Lo mismo hablaba de arte, filosofía o literatura que contaba divertidas anécdotas de la gente que había conocido. Tenía un fino sentido del humor que le permitía retratar de forma certera a las personas haciendo uso de la ironía, mas sin llegar a la crueldad, tan frecuente en otros. Generoso, no se limitaba a hablar sino que era un oyente atento y considerado. Se interesaba por mi carrera; por los profesores que me habían formado y los planes para el futuro. Yo no me atrevía a hablarle de mi sonata para piano; a su lado, me sentía muy poca cosa y me avergonzaba de la pequeñez de mi obra: tal era mi admiración por el venerable compositor. 

  El tiempo avanzaba despacio animado por los paseos en los que recorríamos aquellos parajes tan bellos. Las mañanas transcurrían plácidamente gracias a los libros que me había prestado Mihail y que yo leía también con lentitud deteniéndome en los pasajes que llamaban la atención, admirado de la precisa elección de las palabras por parte del autor. Aquellas lecturas me abrieron las puertas a mundos para mí desconocidos.  Recuerdo la honda impresión que me causó La Montaña Mágica de Thomas Mann, que releí en más de una ocasión. Desde la ventana de mi habitación, disfrutaba de la vista de las cara norte del Monte Cervino, con sus afiladas aristas. Aquella impresionante pirámide de la naturaleza me imponía y atraía a un tiempo. Mi casero, viendo mi interés, arregló una excursión con un guía del pueblo que organizaba visitas en grupos pequeños. Hube de coger el tren de Gornegrat a las cinco de la mañana porque nuestra intención era disfrutar de la luz del día; mas una tormenta nos impidió llegar a nuestro destino y tuvimos que dar la vuelta a medio camino. Después, ya no tuve oportunidad de repetir el intento hasta que, años más tarde, quise enseñarle aquellos bellos parajes a vuestra abuela.

 Un día, Mihail me invitó a comer a su casa. Era propietario de un pequeño chalet a unos tres kilómetros del pueblo, donde vivía con una mujer que algunos decían que era su esposa, otros, su amante, mientras que para los aldeanos, se trataba de su ama de llaves. Antón no supo aclararme el misterio y cada día me daba una versión distinta. Cuando llegué a la casa del compositor, la mujer estaba en el jardín arreglando un parterre de rosas a la entrada al jardín y ya no volví a verla en todo aquel día, pues ni siquiera comió con nosotros.

 He de deciros, queridos nietos, que aquel fue uno de los días más felices de mi vida. La comida estuvo regada por un Burgeland exquisito y amenizada por la inteligente conversación a la que Mihail me tenía acostumbrado. Al terminar los postres, tomamos el café en la sala de música en la que solía trabajar. En ella, además de un piano y distintos instrumentos, había en un confortable rincón dos sillones tapizados de terciopelo del color de las ciruelas maduras y una mesa de cristal, donde pasé horas hablando con mi amigo. Las paredes estaban cubiertas de anaqueles con miles de libros. ¿Cómo expresaros, queridos nietos míos, la emoción que sentía por encontrarme en aquella sala a la que estaba vedada la entrada a tanta gente? 

  Mihail me estuvo hablando del concierto para violín que estaba componiendo, el quinto que pensaba estrenar. Tuve el privilegio de escuchar posiblemente antes que ninguna otra persona su primer y tercer movimiento. Me contó cuán difícil le estaba resultando la composición del segundo, que había tenido que reescribir varias veces sin haber encontrado aún el motivo central que hiciese de hilo de unión de la melodía.

  Conmovido por ser el destinatario de sus confidencias y quién sabe si también víctima de los efectos del vino austriaco, me armé de coraje y le hablé de mi sonata para piano. Después de haber escuchado los dos movimientos de su inconcluso concierto, no pude negarme a complacerlo y toqué para él algunos fragmentos de mi sonata. Me hizo sentar en su piano, el mejor que han acariciado las yemas de mis dedos, y me sumergí en el adagio. Me parece que lo estoy viendo, concentrado mientras escuchaba mi ejecución; con los ojos cerrados, las manos entrelazadas bajo el mentón. Cuando terminé, la emoción velaba sus ojos. También yo estaba conmovido; tanto que no fui capaz de pronunciar palabra alguna de agradecimiento tras recibir su efusiva felicitación. Mihail fue el primero en recobrar la serenidad. Tomó asiento de nuevo y me invitó a tocar desde el principio la sonata completa.

 Salí de su casa cuando se ponía el sol. Me sentía tan feliz y exultante que no me apetecía recluirme en la habitación de la pensión. Poco antes de llegar, tome la vereda que llevaba a la dehesa y estuve caminando hasta bien entrada la noche. Los pensamientos entraban y salían de mi mente a una velocidad que me impedía aprehenderlos. Se abría ante mí un futuro de amistad con el hombre que más admiraba; el que me guiaría en la larga senda hacia la Gloria. Mas no sabía que aquél sería el último día que lo vería en mi vida.

 Al día siguiente, el viejo Mihail mandó recado por medio de la mujer que vivía con él para comunicarme que estaba en pleno trabajo de composición y que no podría verme en unos días. Su ausencia llenó de hastío las horas. Ni siquiera la lectura de Thomas Mann se podía comparar con la brillante conversación del compositor. En más de una ocasión, dejé que mis pasos me guiaran hasta los aledaños de su propiedad con la esperanza de avistarlo aunque no fuera más que de lejos, pero nunca acerté a verlo y sólo una vez tuve la suerte de cruzarme con la mujer, que venía de hacer unas compras del pueblo y quien me advirtió de que Mihail seguía imbuido en su proceso de creación, sin querer que nadie lo molestase. 

 Semanas después de nuestro último encuentro, supe por mi casera que había partido a París sin dejar dicho si regresaría en breve.

 En octubre, cuando las nieves volvieron a hacer acto de presencia en el distrito de Visp, tomé el camino de regreso a casa. Nadie me acompañaba. Antón seguía con su periplo de juego y me había invitado a seguirlo, pero yo ya estaba cansado y quería retomar mi vida. En diciembre, me casé con Elsa, vuestra abuela, y empecé a buscar la manera de estrenar mi concierto:  sin éxito, debo decir.

 Cinco años después de mi gira europea, recibí dos entradas para asistir al estreno del Concierto para violín y orquesta número cinco de Mihail. Acudí lleno de emoción acompañado de Elsa y de unos amigos con los que habíamos ido a cenar en un restaurante próximo al Teatro Real. Elsa estaba bellísima, con un vestido de noche negro drapeado que dejaba sus hombros al descubierto. 

 Al oír los primeros acordes retrocedí a mi verano suizo. Las notas del violín me traían el balido de las ovejas y me hacían evocar el vuelo majestuoso del águila real. ¿Cómo describiros la emoción al oír los acordes de aquella música que había escuchado años antes en una pequeña sala antes que ninguna otra persona?

 Cuando comenzó el segundo movimiento, aquel adagio que tanto había costado componer, creí morir de la intensa emoción. El sudor perlaba mi frente y, en palabras de vuestra abuela, me quedé pálido como la muerte. Los amigos que disfrutaban con nosotros de la velada, creyéndome indispuesto porque me hubiera hecho daño la cena, trataron de convencerme de que abandonase el palco para que el aire de la noche se llevara mi malestar. Sólo Elsa conocía la causa de mi desazón. Aquellas notas, aquellos acordes que encantaban al público no eran otros que los que formaban la melodía principal de mi sonata para piano; unos acordes mucho mejor matizados al haber desaparecido las notas menos armoniosas. La orquesta le prestaba mayor grandiosidad y el violín la dotaba de una dulzura que yo nunca pude ni podré lograr; mas allí estaba mi música, aquella que había salido de mi alma y de mi corazón, aquella que nunca más volvería a ser mía.

 Después de aquella noche, traté de ver a Mihail con el fin de que me diese alguna explicación. Me presenté en su casa en numerosas ocasiones y siempre se negó a recibirme. Un conocido de ambos me persuadió de que abandonase mis tentativas de concertar una entrevista con él: el célebre compositor decía no acordarse de mí, mucho menos conocerme. Nuestro amigo Antón tampoco pudo hacer nada. Dejó entrever que Mihail lo había amenazado con sacar a la luz su devaneos los naipes. Tampoco me fue posible acudir a los tribunales. Ningún abogado quiso representarme en una querella contra quién entonces gozaba de toda la credibilidad: ¿quién iba a creer a un músico desconocido como yo?, ¿qué pruebas podía aportar más que mi palabra, la palabra de un don nadie?

 Nunca pude estrenar mi sonata ni quise componer nada más después de aquella decepción. Durante años, ni siquiera pude abrir la tapa del piano. Pero la música es para mí tan necesaria como la luz del sol y acabé siendo el profesor de solfeo que todos conocéis.  

sábado, 30 de junio de 2018

Cuando todo era posible







"Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y también de la locura, la época de las creencias y de la incredulidad, la era de la luz y de las tinieblas, la primavera de la esperanza y el invierno de la desolación."
Historia de dos ciudades, Charles Dickens, 1859 



  Hubo un tiempo en que podía recitar capítulos enteros de Historia de dos ciudades. Siempre llevaba conmigo una edición antigua, de piel granate y papel de biblia con el filo de las hojas en dorado; el mismo dorado de las letras góticas de la portada. Me encantaba abrirlo por una página al azar, aspirar su olor a viejo y leer en voz alta la primera frase de cada párrafo. La mayoría de las veces el resultado no tenía mucho sentido pero en ocasiones, los personajes parecían cobrar vida; escapar de la historia contada por el novelista victoriano y tomar un camino de insospechado destino. O quizá fuera yo la que dejara volar la imaginación y enredase a Lucía Manette y a Charles Darnay en aventuras que me hubiese gustado vivir. La fantasía puede llegar a ser la mejor amiga de una joven perdida en sí misma.





I

  Acababa de finalizar los estudios del colegio y tenía ante mí un camino sembrado de promesas. Nunca he sido especialmente bella aunque tampoco llamaba la atención por mi fealdad. Pero, con dieciocho años y toda la alegría de la inexperiencia, estaba en ese momento en el que sentía tras de mí miradas de admiración; ese momento en el que se abrían cientos de ventanas a un mar azul bajo un cielo sin nubes; ese momento, como dice una amiga mía, cuando todo era posible; cuando nuestras mochilas estaban repletas de planes e ilusiones y cada amanecer anunciaba un día aún mejor que el anterior.

  Llevaba dos años saliendo con Fernando, un joven al que conocía desde niña por pertenecer a la pandilla de la casa de la sierra. Era el novio perfecto y así se lo parecía a todo el mundo. Un chico responsable, decían los adultos, que sacaba con éxito sus estudios de Económicas mientras ayudaba a su padre a llevar una tienda de bicicletas. Un chico divertido, decían sus amigos, capaz de improvisar en pleno mes de enero una carrera en moto sin más traje que un bañador o una barbacoa en la casa de sus padres a las tres de la madrugada. Bailaba como nadie sobre una tabla de surf y las mejores olas se lo disputaban como pareja.

  Aquel año fue el primero que pude viajar con él a Tarifa. Los tres anteriores los había pasado con mis padres como castigo por haberme quedado dos o tres asignaturas para septiembre. Pero ese verano superé con éxito el Bachillerato y hasta aprobé la Selectividad. Salimos hacia Tarifa un ardiente dos de julio en un Clío que cada diez kilómetros nos amenazaba con dejarnos tirados en la carretera. Íbamos cargados con las tablas de surf, las guitarras y una pamela de paja que compré por el camino pese a darme el aspecto de champiñón andante. Aún no entiendo cómo pudimos llegar a nuestro destino. Fernando había alquilado una casa con cuatro amigos que cantaban canciones de Midnight Oil en un tugurio de Barbate. No podía ocultar su emoción por poderles presentar a su chica. Según me contó, no eran pocas las bromas que había tenido que sufrir a cuenta de una novia que cada verano se quedaba en Madrid en el último momento por culpa de sus desastrosos resultados en el colegio.

  Tengo un recuerdo borroso de aquellos muchachos de pelo desgreñado, camisas de largos faldones y bañadores idénticos por debajo de la rodilla y tirantes con los que querían aparentar una actitud transgresora pero que les daba un aire cómico. Cuando llegamos, salieron a recibirnos al portón. Parecían algo cohibidos por mi presencia.

  —¡Venga! —les gritó Fernando entre risas—. ¡Que no come! A ver quién es el primero en darle un beso como Dios manda.

  Uno a uno se fueron aproximando con tanta timidez que apenas me rozaron la mejilla con los labios. Llevaban muchos años veraneando solos, sin chicas, y verme allí les hacía sentirse extraños.

  Nos dieron el mejor dormitorio de la casa: una habitación enorme con un cuarto de baño para nosotros. Nada más entrar, me cegó la luz que entraba por el gran ventanal y se reflejaba en las paredes color añil. Me asomé a la calle y quedé maravillada ante la visión de un mar revoltoso que dejaba morir las olas a pocos metros de la casa. Abrí los cristales y la habitación se llenó del aroma a sal. Me entretuve contemplando una gaviota que planeaba entre las nubes y la carrera por la playa de unos niños que volaban una cometa. Bastó un instante para sentirme contagiada por sus risas. Una caricia en el brazo con la punta de los dedos me hizo estremecer. Al volverme, el beso que Fernando depositó en mis labios hizo que olvidase en un instante la playa, los niños y la gaviota.

  Antes de caer la noche, nuestros anfitriones nos invitaron a cenar en algún sitio del paseo marítimo. Fuimos caminando hasta el pueblo por la carretera. Apenas podíamos dar un paso entre los surferos que, cargados con sus tablas, se cruzaban con nosotros. Fernando y yo debíamos de parecer unos extraños entre aquellos cuerpos bronceados cubiertos de sal y arena, con los cabellos decolorados por el sol. Yo todavía no había tenido tiempo de acomodarme al ambiente y estrenaba un vestido turquesa más propio para un cóctel en Madrid que para la playa, pero me sentía tan feliz que no me importaba desentonar con el lugar.

  Buscamos sitio en la terraza de un bar próximo al puerto. Pedí una caña y pescaíto frito, o más bien debería decir que fueron ellos los que pidieron por mí porque estaba tan emocionada que mi atención saltaba de un sitio a otro sin detenerse en nada en particular, ávida por atrapar cada detalle. Poco a poco se fueron uniendo a nosotros surferos que acercaban unas sillas y se saludaban con choques de manos. Hablaban todos a la vez, a gritos y sin escucharse, como si tuvieran urgencia por soltar lo que tenían dentro. Yo me esforzaba por seguirlos, pero sólo me llegaban palabras sueltas sin sentido para mí: kite surf, paddle surf, stand up, wipe out, off the lip… Aun así, pocas veces me he sentido tan dichosa.

  A eso de la medianoche, alguien propuso que nos moviéramos hasta El Balneario, donde se celebraba una fiesta. Yo creí que se trataba de algún pub o discoteca pero me llevaron a una playa. No recuerdo mucho de aquella noche, tan similar a las que siguieron: mucha cerveza y alcohol, barbacoa en la playa y las canciones de los Beach Boys y The Trashmen hasta el amanecer. Noche tras noche repitiendo el mismo ritual hasta el momento en el que un hang ten acabó en un wipe off.

  Tampoco había mucha variación durante el día. Nos levantábamos a eso de las doce para ir a alguna de las playas donde se congregaban los surferos: El Búnker, El lugar secreto... Pasaba el día observándolos mientras se subían a lo alto de las olas encaramados en sus tablas e improvisaban lo que a mí me parecían piruetas y que ellos nombraban con su extraña jerga. Debo decir que mi entusiasmo se fue desvaneciendo a medida que Fernando parecía perder su interés por mí. El primer día de playa trató de enseñarme los rudimentos del surf pero, al ponerme de pie sobre la tabla, una ola me golpeó por delante y me tiró de espaldas. Yo, que nunca he sido muy buena nadadora, hice por salir a la superficie pero me dejé llevar por el pánico y, si no me llega a salvar mi novio, ahora no lo estaría contando. Después de tan triste experiencia, no me atreví a acercarme a una tabla y prefería permanecer sentada bajo una sombrilla mientras contemplaba los vaivenes de unos y otros. 

  No era raro que me sorprendiera de repente una especie de melancolía. Solía ocurrir a media tarde, cuando empezaba a vencerme el cansancio después de tantas horas de sol. Miraba a mi alrededor y era como si no reconociera el lugar ni a la gente que me rodeaba. Y eso que era siempre la misma, los amigos de Fernando: tan amables conmigo pese a ser cada vez más evidente que no era uno de ellos. Se apoderaba de mí un ansia por huir y solo encontraba alivio si dejaba vagar la vista en la lejanía y perderse en las costas africanas.

  No me atrevía apenas a confesármelo a mí misma pero hubiera preferido quedarme en la playa que se extendía detrás de nuestra casa; una playa alejada del bullicio surfero a la que apenas acudían unas cuantas familias con sus niños pequeños. Pero me tenía que conformar con un paseo al atardecer, descalza sobre la arena y arrullada por el sonido de las olas, que me procuraba descanso. 

  Pronto descubrí que no era la única rara de la playa del Bunker. Alejado de la orilla, se sentaba un joven que no parecía tener mucho que ver con los surferos. Solía estar ya allí cuando llegábamos al mediodía y marcharse un poco antes de que la playa se llenase de gente. Pero a veces se quedaba más tiempo, absorto en la lectura de un libro. Yo lo observaba siempre que tenía ocasión, intrigada de que alguien tan ajeno al surf no buscase otra playa más tranquila. Era, como digo, joven aunque unos años mayor que Fernando y sus amigos; más cerca de los treinta que de los veinte. De andares torpes y con más de un kilo de sobra, su cuerpo proclamaba desde lejos que estaba poco hecho para la práctica del deporte. La primera vez que lo vi me molestó su insolencia por querer invadir un terreno pensado para los adonis del surf pero, con el paso de los días, su incongruencia se convirtió en la justificación de la mía y en el alivio de mi soledad. Él también debía de ser consciente de mi desubicación entre aquellos locos por las olas porque era a la única en toda la playa a la que saludaba a mi llegada y de la que se despedía, apenas musitando un hasta la vista, cuando se marchaba.

  Pero mis vacaciones surferas no estaban llamadas a durar.

  Ya he contado algo de la afición Fernando por los retos estrambóticos.

  Una noche estábamos aburridos tirados en el sofá de la casa con la tele encendida sin que nadie le prestara atención. No puedo recordar por qué no estábamos disfrutando de una de las muchas fiestas surferas en alguna playa o escuchando a los chicos tocar en Barbate las canciones de Midnight Oil. El malhumor planeaba por la casa mientras yo me pintaba de escarlata las uñas de los pies. Alguien preparó unas cocacolas con J&B que los chicos bebían como si fuesen vasos de leche. Era cerca de la medianoche y estaba cansada. Soplé para que se secara el esmalte con mayor rapidez y me levanté de la alfombra de esparto donde estaba sentada.

  —¿Te vas a acostar ya? —me preguntó Fernando con la voz llena de alcohol—. ¡Si ahora es cuando empieza lo más divertido de la noche!

  —Estoy muy cansada —respondí en medio de un bostezo.

  Le di un beso en los labios y, con las sandalias en la mano, me fui a nuestro dormitorio. Estaba tan cansada que era incapaz de dormirme. El sonido de las olas que entraba por el ventanal se entrelazaba con las voces cada vez más acaloradas que llegaban del salón. Miles de imágenes cruzaban mi cerebro: Fernando sobre la tabla de surf, la sombra de un niño sobre la arena, el desconocido de los libros caminando a trompicones hacia la carretera... Entre el sueño y la vigilia, sentí una caricia en la frente. Nunca supe si había sido un beso de Fernando o fruto de mi imaginación. Lo siguiente que recuerdo es que me desperté de repente sobrecogida por el silencio que retumbaba en las paredes. Faltaba poco para las seis de la madrugada. Recorrí la casa pero no había nadie. Al salir a la calle, vi que se habían llevado los coches. Caminé hasta la playa para sacudirme del miedo que se había apoderado de mí. No sé de dónde me venía; nunca había sido asustadiza. Me senté en la arena abrazada a mis rodillas a esperarlos. En el cielo se insinuaba una luz anaranjada, preludio de la aurora. Una luz que se fue llevando mis temores. 

  Pero la mañana llegó y yo seguía sola. En mi móvil no había ningún mensaje. A las diez volvió la angustia para atormentarme. No recuerdo las llamadas que hice al teléfono de Fernando; los mensajes que le dejé. Había visto una bicicleta en el garaje. La cogí y recorrí las playas donde se celebraban fiestas nocturnas: la de Bolonia, Valdevaqueros, Río Jara, Playa Chica... Pero no había rastro de Fernando y sus amigos. Fui hasta el Búnker, donde les gustaba surfear pese a ser todavía temprano para ellos. 

  Al principio no vi nada extraño: los surferos de todas las mañanas. Pero los jóvenes que se cruzaban conmigo me miraban cariacontecidos. Cerca de la orilla, se arremolinaba un grupo. Había dos hombres de la Cruz Roja y una camilla en la arena. Pero no me asusté hasta que no vi salir del corrillo y correr hacia mí al joven de los libros. Me pasó el brazo por encima de los hombros y trató de alejarme. Pero mi corazón ya sabía lo ocurrido y eché a correr hacia ellos.

  A partir de ese momento, se me confunden los recuerdos con lo que me contaron después. La primera imagen que me viene a la memoria es la cara de Fernando, tendido sobre una camilla, con la boca torcida y una expresión de perplejidad en los ojos abiertos. Luego, el llanto de sus amigos, el horror de los curiosos, un policía dispersando a la gente y el grito tan extraño que salió de mi garganta. Hasta dos días después, no pude volver a Madrid con mis padres. Me hubiera quedado sola en la casa hecha un ovillo en un rincón mientras los chicos respondían las preguntas de la policía en la comisaría. Pero el joven desconocido de los libros no se separaba de mi lado. Me obligaba a comer, a dormir, a pasear por la playa y a hablar. A mí me parecía que Fernando iba a aparecer en cualquier momento para decirme que todo era una broma. ¿Acaso no decían los periódicos locales que el accidente había sido consecuencia de una apuesta? Aquello era muy propio de él: retar a sus amigos a surfear en medio de la noche. ¿Por qué esta vez había acabado todo en tragedia?, ¿acaso Fernando no ganaba siempre sus apuestas? 

  Pero no regresaba a buscarme. Mi única compañía era la de un extraño que se empeñaba en hacerme volver a una vida en la que ya no estaba Fernando. Se me quedó una imagen borrosa de su cara. En mi memoria siempre lleva un libro encuadernado en piel, del que me leía algún fragmento para distraer mi dolor:

  Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y también de la locura, la época de las creencias y de la incredulidad, la era de la luz y de las tinieblas, la primavera de la esperanza y el invierno de la desolación.

  Yo dejaba volar la imaginación y me imaginaba que Fernando era Charles Darnay y yo, Lucía Manette. ¿Acaso mi nombre no es Lucía?


  Mis padres llegaron un domingo por la tarde. El joven de los libros, que se había acomodado en la terraza con un saco de dormir, recogió sus escasas pertenencias y se fue despidiendo de los amigos de Fernando, todavía conmocionados por lo ocurrido. Lo acompañé hasta su coche. No sabía cómo agradecerle el apoyo de aquellos días. Él debió de darse cuenta porque sacó de su mochila su libro y me lo entregó con una sonrisa torpe. Antes de subirse al coche, me acarició la mejilla y dejó un suave beso en mis labios.





II.

  Tardé años en llevar una vida normal. Me negaba a salir de casa; a ver a mis amigos de siempre. No era capaz de estudiar y pasé por tres universidades como un fantasma. Sin conocer a nadie. Sin enterarme de lo que decían los profesores. Era un autómata sin vida. Hubiera querido acallar las voces de mi interior que me recordaban que ya no había esperanza para mí. De nada me sirvieron las sesiones con psicólogos y psiquiatras a las que se empeñaban en llevarme mis padres. Me parecían charlatanes; ignorantes de lo que albergaba un corazón sufriente. Y, ni qué decir tiene, no volví a acercarme a ninguna playa.

  Sólo encontraba consuelo entre las páginas de Dickens. Por una extraña asociación de mi mente, creía que las vidas de los personajes de Historia de dos ciudades se relacionaban con Fernando; que lo hacía revivir cada vez que leía algún párrafo. Poco importaba la distancia entre mi antiguo novio y los protagonistas de la novela victoriana. Yo sentía que había un vínculo entre ellos y no me separaba del libro que me entregó el joven de la playa.

  Me matriculé en una academia de dibujo y pintura cerca de casa. Nunca había mostrado especial inclinación hacia las artes plásticas pero me permitía tener durante unas horas la mente vacía. Mi espíritu encontraba la paz entre aquellas salas en las que siempre hacía un frío húmedo como el de las bodegas. Mi profesora parecía tan irreal como los personajes de Dickens. Debía de rondar los sesenta años y lucía una larga cabellera blanca recogida en una coleta que llevaba recogida con un pasador de cristales en forma de mariposa. Me fascinaban sus manos, de dedos largos y finos, cuya piel blanca salpicaban miles de pecas y unas manchas color arena semejantes a las que hacía en el lienzo cuando comenzaba una pintura. Su voz, seca y grave, no era dada a prodigar halagos y ternuras. Sus exabruptos cuando criticaba mis intentos por trazar una línea recta me confundían pero, al mismo tiempo, espoleaban mi orgullo y me apremiaban a esforzarme por mejorar. Las dos horas que pasaba en la academia cada mañana constituían una bendición para mí. Era como si Fernando, que siempre me acompañaba en mi soledad, no se atreviera a traspasar el umbral y me liberara, así, del dolor.

  Los miércoles María, la bella profesora, ponía sobre nuestros caballetes un lienzo en blanco, depositaba en el suelo un cestillo de mimbre lleno hasta el borde de tubos de pintura al óleo y se plantaba en medio de la sala para zaherirnos con su tono de voz desabrido.

  —¡Olvidad todo lo que os he enseñado y dejad hablar a vuestro corazón! —exclamaba con las manos en la cintura y en actitud desafiante.

  Al principio me sentía perdida en esa clase. Manchaba la tela con el pincel chorreando rojo o azul y permanecía mirando por encima del caballete hacia la lejanía. Pero un día la mancha de azul se extendió por la superficie. Festoneé el contorno con blanco y amarillo, y apareció un mar embravecido. Mi corazón empezó a latir aprisa; me costaba respirar. Dejé todo en el suelo y salí huyendo de la sala. Corrí por el pasillo sin saber adónde iba. Al llegar al final me topé con la pared. Me apoyé en ella y dejé caer la cabeza sobre el pecho con los ojos cerrados. No puedo decir cuánto tiempo estuve tratando de apaciguar mis latidos. Me parecía que me ahogaba y llegué a creer que iba a morirme. Alguien me cogió por los hombros y me levantó la barbilla. Intenté serenarme pero no podía detener los temblores que sacudían mi cuerpo.

  —Respira despacio —me ordenó María.

  Su voz seca calmó mis temblores. Pasó su brazo por encima de mis hombres y me condujo hasta su despacho. Cuando cerró la puerta rompí a llorar. María permaneció a mi lado en un sofá bajo la ventana hasta que cesaron los sollozos. Me apartó un mechón que caía sobre la frente y me animó a contarle lo sucedido. Pero no pude hablar. ¿Cómo exponer mi corazón herido ante una extraña? Negué con la cabeza y quise salir del despacho, alejarme de aquella mujer que, como los psicólogos y psiquiatras, se empeñaban en hacerme recordar lo que con tanto esfuerzo intentaba olvidar.

  —No hables si no puedes —me pidió cuando me disponía a abrir la puerta—. Pero no dejes de pintar. Pinta lo que te pida el corazón, Lucía. Pinta.

  Durante dos semanas, me negué a volver a la academia. La pintura había perdido su poder de adormecer mi dolor y la mujer de la larga cabellera blanca ya no me parecía ajena a mi desdicha. Volví a encerrarme en mi habitación con el libro de Dickens. Pero una mañana me sorprendí con un lápiz en la mano dibujando a una chica que paseaba descalza sobre la arena de la playa. No era más que un esbozo. Pero aquel dibujo me dejó una sensación de paz que llevaba mucho tiempo sin experimentar. Pasé horas retocándolo, añadiendo un detalle aquí, otro allá. Y, al día siguiente, retomé las clases de la academia.

  Mentiría si dijera que la pintura se llevó mis desdichas pero también sería una falsedad afirmar que todo siguió igual. María me acogió en su clase como si no hubiera pasado nada, aunque a menudo notaba su mirada sobre mi espalda. No me costó reintegrarme a las clases de dibujo, donde se incidía en los aspectos de la técnica. Las reglas tan precisas mantenían a raya mis emociones, siempre listas para saltar. 

  Más difícil me resultaba mantenerme serena en la clase de pintura libre. Comenzaba con la intención de llenar el lienzo de flores y niños pero, con la primera pincelada, aparecían playas bañadas por un mar encrespado en el que se peleaban olas altísimas coronadas de espuma. Me recuerdo rasgando la tela para escapar de la terrible visión; por allí por donde se rompía el lienzo me parecía que iba a surgir el fantasma de Fernando para atormentarme. No puedo decir las veces que estuve tentada a huir. Me detenía la vigilancia que María ejercía sobre mí. De vez en cuando, se colocaba detrás de mí. Permanecía unos minutos en silencio, mirando la tela hecha jirones y asentía con la cabeza antes de dirigirse a otro alumno. Al término de la clase colgaba mi cuadro junto a los de los demás sin hacer nada por disimular la grieta que lo atravesaba. Allí, en medio de la pared, me parecía que era mi alma menoscabada la que se exponía a la vista de todos. Acababa la clase llena de vergüenza, no tanto por mi falta de ejecución como por creer que mis compañeros estaban al corriente de mis secretos que con tan poco pudor mostraban aquellas manchas. Sólo por dejar de verlas, empecé a obligarme a terminar las pinturas reprimiendo mis ganas de acabar con ellas. Así fueron surgiendo mares más calmados bajo cielos azules por donde planeaban elegantes gaviotas y cometas de alegres colores. 

  No me daba cuenta pero, a medida que surgían mares sosegados y paisajes más risueños, mi ánimo también iba recobrando la paz.




III.

  Hacía once años que una ola furiosa se había llevado mi juventud. Había dejado la casa de mis padres para mudarme a los bajos de un edificio en un barrio no muy alejado, donde además tenía mi estudio de pintora. Por medio de María, conocí a un galerista que, de vez en cuando, exponía mis cuadros. No ganaba mucho pero, con la ayuda de unas cuantas clases particulares, lograba ir tirando.

  Desde hacía tiempo me consideraba curada. De mi pasión por Historia de dos ciudades no me quedaba más que una serie de cinco pinturas que dos años antes había dedicado a la novela inglesa y que colgaban de las paredes de la academia de María. He dicho que me consideraba curada pero todavía no me había atrevido a ir a ninguna playa, pese a ser el motivo más frecuente que aparecía en mis cuadros. Tampoco había superado mi soledad. Había tenido varias relaciones con jóvenes que conocí también a través de María pero de los que no recuerdo ni sus nombres ni sus caras pues el más duradero de los romances no pasó de tres meses. Y, pese a todo, como digo, hacía tiempo que me consideraba curada.

  Pero, a principios de la primavera se tambaleó el frágil equilibrio. Acababa de inaugurar mi última exposición. Llegué a casa pasadas las doce, agotada después de una noche en la que hablé con decenas de desconocidos. Me acosté sobre la cama sin deshacer. No me detuve siquiera a quitarme el maquillaje y la ropa. Caí en un sopor profundo vacío de imágenes y emociones hasta que me despertó el sonido de una canción surfera y la fragancia a sal y a arena que se colaron en mi sueño. Sin todavía estar espabilada del todo, me sacudieron unos sollozos: primero, leves, más fuertes, después. Casi media hora estuve desdoblada en dos Lucías: la que se deshacía en llanto y la que contemplaba a la otra con estupor. El llanto se llevó el sueño y me dejó desvelada hasta que apuntó la luz del amanecer, cuando, cansada de esperar y, tras tomarme un café solo, abandoné Madrid en mi Mini.

  Era principios de marzo y Tarifa dormía envuelta en la niebla. Las playas se dirían desiertas de no ser por algún que otro surfero que se peleaba con las olas. Por un instante creí que se me iba a parar el corazón y, al momento, tomó tanta velocidad que me llevé la mano al pecho para que no se escapara. 

  Estuve recorriendo las calles solitarias. Una lluvia fina, más propia del norte que de las costas gaditanas, me empañaba la vista y humedecía mi vestido pero no me dejé amedrentar. Estuve merodeando por los alrededores del pueblo sin atreverme a llegarme hasta sus playas. Costaba reconocer la carretera que conducía a la casa donde nos habíamos alojado Fernando y yo con sus amigos. Habían construido unos bungalows a lo largo del camino. Tuve que hacerme a un lado en la carretera para dejar paso a una carrera de bicicletas. No había apenas público animando a los corredores, lo que me permitió alejarme sin mucha dificultad. Cuando llegué, creí que me había confundido porque en lugar de nuestra antigua casa, se elevaba el edificio de un club deportivo. La playa en la que once años antes apenas unos niños volaban sus cometas había sido colonizada por un grupo de surferos. Hasta mí llegaba su jerga: kite surf, padle surf, stand up, wipe out, off the lip; de la que comprendía tan poco como entonces. Me sorprendía no sentir ninguna emoción. Regresé al pueblo y seguí hasta la playa del Búnker. Delante de mí iban cuatro jóvenes de edades parecidas a las que tenían Fernando y sus amigos aquel verano. Alargué el brazo y a punto estuve de rozar a uno de ellos con la punta de los dedos. Era como si estuviese viendo una película de la que conocía el argumento. No sentía ninguna tristeza. Ni alegría tampoco. Una extraña indiferencia me empujaba por la carretera. Uno de los jóvenes volvió la cabeza, como si presintiera que los estaba siguiendo. Me agaché fingiendo atarme los cordones de las zapatillas y esperé que se alejaran con sus tablas. Cuando llegué a la playa, me senté en la arena, como solía hacer once años atrás, y saqué mi cuaderno de dibujo. La mano me temblaba. No había tanta gente como entonces pero a mí me parecía que eran los mismos chicos con los que Fernando y sus amigos solían bromear. Había dejado de llover y, a lo lejos, se divisaban las costas africanas.

  De pronto, me invadió la añoranza por la joven que había sido; aquella que creía que todo era posible. Hacía mucho tiempo que no se abría ninguna ventana a un cielo azul; que Fernando me había arrebatado mi mochila repleta de planes e ilusiones. Oculté la cara entre las manos y lloré. Lloré por haberle permitido llevarse mi juventud, mis ganas de vivir. Lloré por haberme negado a mí misma la felicidad; como si, al ser dichosa, lo estuviese traicionando. Apreté los dientes y los puños. Dejé que la pena diese paso a la rabia y ésta a la determinación: nunca más me dejaría abatir por la desesperanza. Sólo entonces abrí los ojos y, al alzar la vista, me tropecé con una tierna sonrisa: la del desconocido que, como once años antes, me miraba desde un rincón de la playa con un libro entre las manos.