lunes, 4 de julio de 2016

La hora postrera








Eran las cuatro menos cuarto cuando aparcó en la plaza del pueblo. La luz del sol caía implacable sobre las casas encaladas rebotando en sus paredes mientras el canto de una chicharra rompía el silencio de la tarde. Al bajar del coche, recibió una bofetada de calor que casi lo hizo retroceder. Recorrió los labios resecos con la punta de la lengua buscando un ilusorio alivio y ajustó las gafas de sol en lo alto de la nariz. La plaza estaba desierta; sólo bajo un soportal un gato enroscado sobre sí mismo andaba medio vigilante con un ojo abierto y otro cerrado. Las persianas bajadas de las casas aumentaban el aire de abandono del lugar. En una esquina un letrero inclinado llamó su atención: “Taberna el gallo que no cantó”. Con paso rápido enfiló hacia ella con la esperanza de encontrarla abierta, como así fue. En el interior, no se veía más que un viejo que dormitaba en una mesa. De la comisura de los labios colgaba un cigarrillo ya consumido. Sobre el mantel, un plato con restos de comida, festín de tres moscones que revoloteaban a su alrededor, y un vaso que hacía mucho que no conocía la caricia de un estropajo y en el que se veía un dedo de vino tinto.

—Buenos tardes. ¿Le pongo alguna cosa? —le preguntó una mujer que apareció de pronto desde una puerta interior.

Permaneció unos instantes dudando antes de pedir una cerveza. El primer sorbo helado tras sufrir el sofocante calor del viaje le erizó la piel. Miró con curiosidad a la mujer quien le pareció que cambiaba su apariencia según se la mirase de perfil o de frente. Vista de lejos, era casi una anciana, una mujer en esa edad en fronteriza entre la madurez y la vejez. Pero, al tenerla de frente, cuando le cobró el servicio, no le pareció que tuviera más de treinta años. 

—¿Queda muy lejos La Arcadia? —preguntó a la mujer.

—¿La qué?

—La Arcadia, la finca de don Gaspar Guerrero.

—No sé dónde cae eso —dijo la mujer encogiéndose de hombros.

Detrás de él, el viejo despertó de su letargo.

—Es que cada día eres más boba, Felisa —le gritó con evidente enfado—. El señor está hablando del Secarral, las tierras que don Joaquín vendió a esos señoritingos de la ciudad.

—¡Ay, Señor! ¡Es verdad, abuelo! Perdóneme, caballero. Ya va para tres años desde que vinieron a vivir al pueblo esos señores y todavía no me hago con ese nombre tan raro que le han puesto a las tierras de don Joaquín. Aquí se lo conoce como siempre se lo conoció, ¿sabe usted? El Secarral lo llamamos. Y como los señores no vienen casi nunca al pueblo... Yo a ella la he visto alguna vez en el comercio comprando alguna cosilla con la criada esa extranjera que se trajeron de la capital, pero a él no lo he visto nunca. Dice la Petra, una mujer que a veces va a ayudarlos con la plancha, que es un viejo chocho. Que digo yo qué hará una muchacha tan joven y tan guapa con un vejestorio como ese por mucho dinero que tenga. Ya lo dice el cura: no se puede echar vino nuevo en odres viejos. Y esta mujer me da a mí que... 

—¡Felisa! Calla ya, que aburres al señor con tanta cháchara —le gritó el viejo—. No le haga caso, que está un poco faltuca.

Y se llevó el índice a la sien para hacerle ver que la mujer no andaba en sus cabales. Luego, levantándose de su asiento, salió con él hasta la calle y le indicó el camino que lo había de llevar a la finca de La Arcadia. En la plaza, dos mozalbetes entre doce y trece años merodeaban alrededor del coche y se asomaban a las ventanillas como si quisieran descubrir lo que se escondía en el interior. El viejo, que hasta ese momento caminaba con el paso vacilante de la artrosis, corrió tras ellos y, entre maldiciones, los echó a bastonazos. Él se subió al vehículo y ya iba a arrancar cuando el viejo introdujo la cabeza por la ventanilla del conductor y le preguntó:

—¿Es usted familia de los señores?

—No, no. Soy periodista. He venido a hacerle una entrevista a don Gaspar.

—¿Y lo esperan?

—No. 

—Pues entonces, caballero, me parece a mí que se va a ir usted igual que ha venido.

Y, sin disimular su desdén, dio media vuelta y regresó a la taberna.

La Arcadia, o El Secarral como se conocía a la finca entre los lugareños, estaba a no más de cuatro kilómetros del pueblo. Se accedía a ella por un camino de tierra que se desviaba de la carretera principal y que, si no se conocía bien, era difícil encontrarlo. Pese a las precisas indicaciones que le había dado el viejo, pasó tres veces por delante del desvío antes de ver un pequeño letrero con el nombre de la finca. Una verja recientemente pintada de verde y un portero automático con una pequeña cámara eran las únicas señales de que hacía poco tiempo habían remozado el lugar. Pulsó el botón de tan anacrónico aparato y, tras unos minutos de espera, contestaron a su llamada. 

—¿Quién es? —preguntó una voz femenina con el acento de algún país del este.

—Soy Enrique Pinilla, de la Revista Literaria Llegando al Parnaso. Quisiera ver a don Gaspar Guerrero.

—El señor Guerrero no puede recibir a nadie en este momento.

—¿A qué hora podía volver? Voy a alojarme en la posada del pueblo y no me costará nada acercarme cuando usted me diga.

—No puedo decirle. Don Gaspar anda muy ocupado últimamente y no quiere que se le moleste.

—Lo comprendo, lo comprendo, y no quiero molestarlo, que estará escribiendo, supongo. Pero, ¿no podría hablar con su esposa?

La mujer pareció dudar un momento.

—Mire —le dijo el periodista—, le dejo en el buzón mi tarjeta con el número de mi móvil y que ellos me llamen cuando puedan. Voy a estar unos días por aquí. Dígaselo, por favor.

En los días siguientes, nadie de La Arcadia se puso en contacto con él para concertar una cita. Enrique mataba las horas con largos paseos por los alrededores del pueblo o repasando las anotaciones que guardaba en el portátil mientras tomaba una cerveza en la “Taberna el gallo que no cantó”. Viendo que el tiempo pasaba sin que sonase el teléfono, estuvo a punto de volverse a Madrid. Pero se negaba a renunciar a la idea de ser el primero en conseguir una entrevista con Gaspar Guerrero. Desde que se publicó su última novela, La hora postrera, nadie había tenido noticias de él. A diferencia de otros escritores que se embarcaban en tediosas campañas de promoción, el novelista parecía haberse desvanecido, indiferente al éxito que alcanzaba su obra. Pero él sería el primero en lograr una entrevista.

Aunque la editorial se negaba a proporcionar a nadie su dirección, él la había conseguido, tras mucha insistencia, de una chica que trabajaba en la firma y le debía unos cuantos favores. La invitó a salir una noche y, después de cenar, la sedujo con palabras que ninguno creía y le hizo prometer que le conseguiría las señas de Gaspar Guerrero. Dos semanas más tarde, su coche tomaba la autopista camino del pueblo donde vivía el escritor.

Una tarde a los pocos días de su llegada, se sentó a leer por enésima vez el último libro de Gaspar Guerrero bajo un roble a las afueras del pueblo en donde corría algo de brisa. Cuanto más repasaba sus páginas, más extraño le parecía que fuese obra del novelista. A diferencia de otras novelas del autor, rezumaba una visión pesimista de la vida. 


El potente ruido de un coche que pasó a su lado a gran velocidad lo sacó de sus reflexiones y le hizo levantar la cabeza. Se trataba de un todoterreno de color oscuro, un vehículo fuera de lugar en aquel pequeño pueblo. Intrigado, siguió su rastro hasta la tienda de ultramarinos. Una mujer bajó del mismo. No había que fijarse mucho para darse cuenta de que no era de allí. Sobrepasaba el metro setenta de estatura; llevaba el pelo negro recogido en una cola de caballo, un vestido estampado de tirantes que se cruzaban en la espalda, unas sandalias planas de color rojo y un capazo de paja que se colgó al hombro.

—Señora Guerrero, ¿verdad? —la abordó Enrique— Perdone que la aborde así en la calle. No sé si sabe quién soy. Mi nombre es Enrique Pinilla, de la Revista Literaria Llegando al Parnaso. Llevo varios días en el pueblo intentando concertar una entrevista con su marido. He llamado varias veces a su casa y…

—Mi marido no concede entrevistas —le contestó con un tono cortante—. Está en pleno proceso de creación y no se le puede molestar, lo siento mucho.

—Lo sé, lo sé. Pero no sería una entrevista al uso. Estoy escribiendo un artículo sobre su última novela y necesito que me aclare algunas cosas. No es más que eso. Dígaselo a su marido, se lo ruego. No le robaré más que unos minutos.

—Se lo diré, pero no le prometo nada.

Enrique la dejó marchar con la convicción de que la esposa del escritor no iba a facilitarle su tarea. Permaneció unos minutos contemplándola caminar por la calle empedrada admirado de su belleza. Como había dicho la tabernera, uno se preguntaba qué hacía una mujer joven con un hombre ya casi anciano. Hasta donde él sabía, no debía de ser por dinero, pues ella era una economista que había desempeñado un cargo importante en una empresa dedicada a la importación de productos de delicatessen. Tampoco debía de ser por la fama que llevaba casarse con un hombre célebre pues nunca se la vio en las fiestas ni en los actos celebrados en honor de su marido; por el contrario, parecía no haberle importado encerrarse con él tres años atrás en aquel pueblo perdido en la nada. 

Como imaginó, nadie lo llamó para concertar una entrevista. Todavía esperó una semana más hasta que una noche Enrique guardó en la mochila los pocos enseres que había traído decidido a regresar a Madrid al día siguiente. ¿Qué sentido tenía permanecer más tiempo en aquel lugar si Gaspar Guerrero no lo iba a recibir? Pero, al despertar por la mañana, decidió darse una última oportunidad y permanecer en el pueblo un día más. Se levantó temprano y fue hasta “El Gallo que no cantó” engolosinado con la expectativa de un desayuno suculento. Aunque había pensado visitar los alrededores del pueblo, se dejó arrullar por la pereza animado por el frescor de la taberna y la lectura de los periódicos del día. 

Pasaba el mediodía cuando la vio entrar. La esposa de Gaspar Guerrero se sentó sola en un rincón oscuro como si no quisiera llamar la atención de nadie; ni siquiera la de Felisa para que le sirviera alguna consumición. Enrique pensó en acercarse a ella pero algo en su gesto lo hizo retroceder. Desde la mesa en la que se encontraba, podía observarla con detenimiento. Llevaba el cabello suelto y la melena le ocultaba medio rostro. Parecía absorta en profundas meditaciones en tanto trazaba en la superficie de la mesa dibujos con el dedo. La tabernera, sin que le hubiera hecho ningún pedido, le llevó una infusión y un trozo de bizcocho. Quiso entablar conversación pero la señora Guerrero parecía muy lejos de allí y no hacía caso alguno de sus palabras. La tabernera, airada, se alejó con el mentón levantado.

Tras un rato, la mujer pareció despertar. Paseó la mirada en derredor y la detuvo sobre Enrique.

—¿No se ha marchado todavía? —le preguntó— Creía que hacía días que había vuelto a Madrid.

—Pensaba irme hoy, pero todavía tengo la esperanza de que me llame su marido.

—Váyase. No lo va a llamar. Vuélvase a Madrid si no quiere pudrirse en este pueblo muerto.

A Enrique le sobresaltó el tono iracundo de la mujer. Ella pareció darse cuenta porque le sonrió. Después, como si un fugaz pensamiento cruzase su mente, exclamó:

—¡Lléveme a Madrid!

—¿Cómo dice?

—Lléveme a Madrid. Ahora mismo. Vayámonos de aquí y dejemos atrás nuestra vida.

Enrique no salía de su asombro. La mujer parecía al borde de la histeria. Lo miró sin verlo. Abrió la boca como si fuera a decir algo pero debió de arrepentirse porque se levantó y, sin volver la vista atrás, abandonó la taberna.

Cuando Enrique recuperó el dominio de su voluntad, salió corriendo a su encuentro. La esposa del escritor se había sentado en el asiento del conductor de su todoterreno. Tenía la cabeza baja y el rostro oculto tras su melena. Sus hombros se estremecían mientras sollozos apenas sofocados le sacudían todo el cuerpo.

—Dígame qué puedo hacer para ayudarla.

—No es nada, de verdad. Déjeme sola, por favor. Estoy bien, de verdad. Ya me vuelvo a casa.

Pero los sollozos desmentían sus palabras. Enrique no sabía qué hacer. No se atrevía a dejarla sola pero temía ser indiscreto si se quedaba. Sin ser consciente de ello, le acarició la cabeza. Ella no se movió como si no se diese cuenta de ello.

—Hagamos una cosa —le dijo Enrique, siguiendo una súbita inspiración—. Vayamos a Madrid, como usted dijo. No me cuente nada si no quiere; sólo déjese llevar.

—¿Está usted loco? Déjeme sola, por favor.

—No. ¡No le estoy pidiendo que abandone su vida por mí, por Dios! —exclamó con una risa forzada— ¿Qué se ha creído? Sólo que pase un rato alejada de lo que sea que le preocupe.

—¿Qué sabrá usted de lo que me preocupa o no? —la esposa del escritor había pasado del llanto a la cólera.

—Yo no sé nada, es cierto. No se preocupe, que no le diré nada de ello ni le haré ninguna pregunta. Iremos donde usted quiera y regresaremos cuando usted diga.

Enrique se asombró de su propia osadía. Después de todo, ¿qué le importaba aquella mujer?

—¿Qué me dice?

La mujer no dijo nada. Se cambió al asiento del copiloto y le tendió las llaves del coche.

Ninguno habló hasta que no salieron a la autopista. La esposa de Gaspar Guerrero contemplaba desde la ventana abierta el paisaje que viajaba en dirección contraria a la que llevaba el todoterreno mientras dejaba que el viento jugase con su cabello. Enrique simulaba que no le importaba otra cosa que lo que sucedía en la carretera pero de cuando en cuando la miraba de soslayo. La mujer del escritor se había tranquilizado pero se había encerrado en un silencio del que no parecía estar dispuesta a salir.

—¿Adónde le gustaría ir? —le preguntó.

—Hace tanto tiempo que no salgo que no sabría decirle.

A Enrique le conmovió la tristeza que desprendía su voz. Estuvo a punto de preguntarle qué era lo que la torturaba de aquella manera pero se contuvo. Vino a su memoria los rumores que corrían por la capital acerca del carácter irascible de Gaspar Guerrero, pero sabía que si le preguntaba ella se encerraría en sí misma. 

—¿Ha montado alguna vez a caballo? —le preguntó tras una pausa— Mi hermana tiene una cuadra a cinco quilómetros de Aranjuez. Si nos damos prisa, podemos estar allí antes del mediodía. ¿Le parece bien?

—¿A caballo?, ¿quiere llevarme a montar a caballo? 


—Sólo si usted quiere. Es una idea como otra cualquiera. Pero, si usted lo desea, hacemos otra cosa.


—No no. Está bien, muy bien. Me gusta mucho la idea, pero no he montado a caballo más que un par de veces y de eso hace ya mucho tiempo. No sé si sabría hacerlo.


—No se preocupe. Ahora cuando paremos a echar gasolina, llamo a mi hermana para que nos reserve unos caballos mansos. Ni siquiera necesitamos un guía. Yo la llevo. No tiene que preocuparse por nada; sólo de disfrutar.

—¿Siempre lleva a la gente allí? —preguntó con una leve sonrisa; la primera sonrisa de la mañana. 

—No. Es la primera vez que llevo a alguien conmigo. Suelo escaparme a montar cuando quiero estar solo, pero creo que hoy estaría bien que pasáramos un rato juntos paseando por el Palacio de Aranjuez y sus alrededores. 

A medida que dejaban atrás quilómetros, la esposa de Gaspar Guerrero iba cobrando animación y una tímida sonrisa iba asomando a sus labios. Enrique procuraba entretenerla con una charla insustancial sobre caballos, el negocio de su hermana y las rutas que ofrecían a los turistas, mientras se preguntaba qué escondía aquella mujer. 

Cuando llegaron, Enrique se encargó personalmente de elegir los caballos. Para la mujer de Gaspar Guerrero, escogió una yegua que respondía al nombre de “Sosita”, tal era su fama de mansa. La ayudó a montar y le colocó los estribos antes de darle unas nociones muy sencillas sobre la monta.

—Coja las riendas con la mano izquierda... Así. Lo que sobra, cójalo con la derecha... Muy bien. No tire tanto, pero no lo deje suelto… Eso es, muy bien.

Tomaron un camino de tierra al paso. El aire arrebolaba las mejillas de la mujer tiñéndolas de rosado, que parecía haber rejuvenecido. Poco a poco la fue abandonando la tristeza y una luz más y más brillante iluminó sus pupilas. Enrique cabalgaba la mayor parte de las veces delante mostrándole los campos cuajados de margaritas, lavandas y amapolas que, tras un lluvioso mes de mayo, vestían de color la pradera. Su caballo, acostumbrado a galopar cuando salía con él, de vez en cuando apresuraba el paso y se adelantaba unos metros dejando atrás a la esposa del escritor. Entonces Enrique se veía obligado a tirar de las riendas para frenarlo y se detenía a esperar a que lo alcanzase.


—¿Va bien? —le preguntaba Enrique de vez en cuando.


—Estupendamente. 


Recorrieron las calles de Los Sotos Históricos resguardados por la sombra de los plátanos y los tilos centenarios. La alegría que expresaban los ojos de la mujer se transformó en verdadero gozo cuando, tras pasar el Puente de la Reina, cruzaron las aguas del Tajo entre el alegre chapoteo de los caballos. Y antes de llegar a los Jardines Reales que conducían al Palacio, el trotecillo que animaba el paseo se convirtió en un animado galope.


A eso de las tres de la tarde, salieron del Real Sitio en busca de un lugar fresco donde detenerse a tomar el refrigerio que les había preparado la hermana de Enrique.


—No sabe cómo le agradezco lo que ha hecho por mí. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto. 


—No tiene nada que agradecerme. Yo también me lo he pasado muy bien. No hay nada como una cabalgada para ahuyentar las preocupaciones.


El rostro de la esposa del escritor se ensombreció de nuevo, como si de golpe hubiese recordado lo que la movía al desaliento. Encendió un cigarrillo y permaneció unos instantes con la mirada en algún punto de la lejanía.


—Lo siento mucho —le dijo Enrique apesadumbrado—. No era mi intención entristecerla.


—No, no. Usted no tiene la culpa. En realidad le debo una explicación después de haberme dedicado toda la mañana sin conocerme ni saber nada de mí.


Enrique contuvo las ganas de cogerle la mano y llevársela a los labios. Después de más de dos horas de alegre cabalgada, volvían a ser dos extraños y ella parecía alejarse más y más en medio de sus pensamientos. En aquel paraje, donde no estaban más que ellos, no sabía qué hacer ni qué decir para que la mujer recobrase algo de la alegría del camino.


—No tiene que decirme nada si no quiere. No me debe nada. Ya le he dicho que yo también he disfrutado mucho.


—Mi marido no lo va a llamar nunca, ¿sabe?


—Eso ya no importa. Mañana me vuelvo a Madrid.


—No es lo que usted piensa. No es que sea un hombre envanecido por la fama ni nada parecido. Es que no está en condiciones de hablar ni con usted ni con nadie. Hace tiempo que un ave de rapiña le robó su vida y se llevó al hombre del que me enamoré hace diez años. 


Hizo una pausa, como si dudase si continuar o no. 



—¿Sabe? Cuando me casé, mucha gente creyó que lo hacía por su dinero y por su fama, pero no es cierto. 


Se detuvo como si no supiese cómo seguir. Enrique hubiese querido ayudarla pero permaneció en silencio.


—Lo quería como no he querido a nadie más. Lo conocí en una cena en casa de unos amigos de mis padres. Mi madre se encontraba indispuesta aquella noche y fui en su lugar para que mi padre, que estaba muy interesado en asistir, no se sintiera solo. Nada más llegar, como si creyera que con ello me hacían un honor, la dueña de la casa me dijo que me había reservado el puesto de la mesa a la derecha de Gaspar Guerrero, el escritor más famoso de entonces. Pero con ello, no consiguió más que ponerme nerviosa y no disfruté de los entremeses que sirvieron antes de la cena pensando en lo que podía decirle si él me dirigía la palabra en la mesa. ¿De qué podía hablar yo, que entonces tenía veinticuatro años, con un célebre escritor de cincuenta y seis admirado por todo el mundo? Pero si dije algún despropósito en la cena, él no dio muestras de darse cuenta de ello. Por el contrario, estuvo toda la noche atento a mis palabras como si éstas fueran lo más importante que tuviera que oír. No quería hablar con nadie más que conmigo y, si otra persona entablaba conversación con él, se las ingeniaba para no dejarme al margen. Y no piense que su charla era pedante, dada su enorme cultura. No. Era sencillo y de trato cercano.


»Si le digo que aquella noche me enamoré de él, no crea que exagero. Antes de conocer a mi marido, había salido con un chico durante dos años que me gustaba mucho pero por el que nunca sentí lo que sentía por Gaspar. Nadie hasta entonces me había hecho creer que era alguien importante. ¿Cómo le diría? Como si yo fuera una mujer con algún atractivo para él, como si fuese un honor el que yo le hacía a él sólo por permitirle estar conmigo. Yo, ¡Dios mío!, una chica insustancial, como era en aquel momento. Más tarde, ya en mi cama, no lograba conciliar el sueño y me estremecía de emoción recordando los matices de su voz cuando pronunciaba mi nombre: ¡Ángela!


»Nunca creí que volvería a verlo y mucho menos que pudiera estar interesado en mí. Pero, para mi fortuna, me equivoqué.


»Una semana más tarde, cuando empezaba a bajar de la nube en la que flotaba desde que lo conocí, me llamó. Acababan de estrenar Casa de Muñecas en el Teatro Lara y me invitaba a acompañarle a verla. No me lo pensé dos veces. Anulé la cita que tenía con un compañero del trabajo y me fui con él sin decirle a nadie con quién iba a salir no fueran a estropearme la noche con comentarios inoportunos. Es curioso, ahora que lo pienso, como hoy he hecho lo mismo. También me he ido con un hombre que no conozco sin decir nada en casa. Aunque, claro, las razones que me mueven a ello sean ahora totalmente distintas.

Enrique reprimió una sonrisa. A medida que transcurría el día se iba sintiendo más y más atraído por el aire entre frágil y arisco de Ángela pese a saber desde el principio que sólo representaba para ella una vía de escape en un momento de debilidad.

—No me pregunté por la obra porque no la entendí —prosiguió con un tono de voz más sosegado—. Por entonces, lo único que había leído eran unas cuantas novelas de Rosamunde Pilcher y los problemas de Nora Helmer no me decían nada. Poco me importaba lo que sucedía en escena; me bastaba para sentirme dichosa mirar a Gaspar a mi lado y ser la única destinataria de su sonrisa. Cuando salimos del teatro, fuimos a cenar a un pequeño restaurante situado en una callejuela de nombre desconocido no muy lejos de la Cava Alta. A Gaspar le gustaban esos sitios olvidados de la gente donde podía paladear un plato exquisito con una copa de vino sin ser objeto de las miradas curiosas de los demás. Ni que decir tiene que me deslumbró con sus modales desenvueltos, su conversación sobre los más variados temas y la atención que, en ningún momento, dejó de prestarme. Lo miraba incrédula de que un hombre de porte tan elegante que parecía haber salido de las novelas que entonces leía estuviera pendiente de mis deseos aun antes siquiera de ser consciente de ellos.

»Ya imaginará las noches que siguieron a aquélla. Hasta que nos casamos, viví pendiente del teléfono. Una llamada me hacía temblar y la ilusión con la que me hacía vibrar el sonido de su campanilla sólo era comparable con la decepción que sentía si no era él el que llamaba. Cuando no lo veía, estaba como muerta. Iba y venía de casa al trabajo, hablaba con unos y con otros, comía y bebía no obstante no ser consciente de ello. Pero con sólo notar su mirada en la mía o el roce de sus labios en mi piel, renacía. O mejor debo decir surgía una Ángela nueva: la mujer que amaba Gaspar Guerrero.

»A los cinco meses de nuestro primer encuentro, desoyendo las palabras de mi padre, que se oponía a una unión tan desigual, nos casamos en la ermita de este pueblo. Ninguno de los dos tenía otro vínculo con él que la fascinación que nos causó al pasar de camino a Asturias en nuestro primer viaje juntos. Durante diez años, nuestra luna de miel parecía no tener fin. Y no lo digo por las escapadas que hicimos a París, Londres o Praga, que fueron muchas: nuestra vida cotidiana era una fiesta constante—a sus labios asomó una sonrisa—. Recuerdo llegar a casa de la oficina cada tarde y quitarme los tacones en el ascensor para salir corriendo a su encuentro. Pero, ¿para qué aburrirle con historias vulgares de mi matrimonio por mucho que significasen para nosotros? ¿Acaso toda pareja de enamorados no se cree única, la más especial del mundo?


»Pero nuestra felicidad se vino abajo hace algo más de cuatro años. Coincidió con el inicio de una novela. Tal vez por ello no me di cuenta de que algo iba mal. Siempre que se ponía a escribir, se volvía irascible y, hasta que no entregaba la manuscrito al editor, vivía encerrado en su despacho sin que se le pudiera molestar. Me vienen a la memoria los primeros tiempos de nuestro matrimonio. En aquellos años aprovechaba las horas de madrugada para sentarse ante el ordenador y descansaba mientras yo estaba trabajando. A mí me reservaba las tardes y las noches. Pero, en los últimos años, cuando se enfrascaba en alguna novela o en algún relato, lo absorbía hasta el punto de olvidarse incluso de que yo estaba allí. Así que, cuando comenzaron los ataques de cólera, pensé que no era más que otro período de concentración literaria, como él lo llamaba.

»Cualquier cosa podía provocar su ira: el retraso de la hora de la cena, una frase de su novela que no le llegaba a convencer o la llegada de una visita inesperada. Y, aunque me cueste reconocerlo, era conmigo con quien más se ensañaba en sus ataques de furia, sabe Dios si por ser la persona a la que se sentía más cercana, sin que pareciera importarle lo profundamente que me hería. Nada le enfadaba tanto como sus despistes. Siempre había presumido de su memoria tanto para las cosas importantes como para las más insignificantes y, de la noche a la mañana me llenó de dolor al ver cómo olvidaba una cita con su agente o, si salíamos a cenar a algún restaurante de Madrid, cómo le costaba recordar dónde había aparcado el coche. A veces, se quedaba ensimismado durante uno o dos minutos y, cuando salía de este estado, parecía volver de muy lejos. Con enormes esfuerzos, intentaba ocultar su desconcierto y el pánico que le causaban aquellos apagones de su cerebro. Entonces, lo abrazaba con fuerza para apagar su miedo y el mío. Pero él, que se negaba a admitir que le pasase nada que no fuera el cansancio por su implicación en su novela, me rechazaba con enconada violencia. Cada mañana, me iba angustiada a la oficina y, aunque no hablásemos de ello, los dos éramos conscientes de que algo grave le estaba sucediendo. 

»Pero no me asusté de veras hasta que un día se perdió. Llevaba casi un mes que sólo salía del despacho a las horas de las comidas, enrocado en un capítulo de su novela que no acababa de salirle como él quería. Ni siquiera se afeitaba y no se hubiera cambiado de ropa si no me hubiese ocupado de ello. Una tarde camino de regreso de la oficina, me llamó al móvil. A duras penas podía entender lo que quería decirme. En su voz se entremezclaban el pánico y la angustia. Dejaba las frases sin terminar y horribles sollozos entrecortaban la comunicación. Con mucho esfuerzo conseguí calmarlo. Entonces me dijo que había salido a dar un paseo para descansar de la fatiga causada por la escritura y no sabía cómo volver a casa. Tardé casi dos horas en encontrarlo pues, él, que dominaba como nadie los secretos del lenguaje, no encontraba palabras para describirme el lugar donde se encontraba. Finalmente, pudo decirme el nombre de una tienda de bicicletas, que resultó encontrarse a no más de trescientos metros de nuestra casa, donde me esperó sentado en el escalón de un portal y encogido sobre sí mismo.

»No esperamos al día siguiente para pedir cita al médico y una semana más tarde estábamos en la consulta de un neurólogo. No le voy a abrumar con la descripción de la enfermedad neurodegenerativa de mi marido. Al principio, evolucionaba con lentitud. Durante meses, parecía no haber cambios. Nos acostumbramos a vivir con sus lagunas de la memoria; y hasta hacíamos bromas a cuenta de sus despistes para ocultarnos la angustia. Pedí una reducción de jornada para poder estar más tiempo con él. Pero al año siguiente, el ritmo del deterioro fue acelerándose más y más. Un día olvidaba su nombre, otro, quién era yo, otro, vagaba por la casa sin rumbo... Hasta que dejó de ser el hombre de quien me había enamorado, al que más he admirado, para convertirse en un niño que dependía de mí para todo.



»Hace tres años, el miedo a que se conociera el estado en el que se encontraba Gaspar me decidió a abandonar Madrid. Vendí nuestra casa con todo lo que tenía dentro y compré ésta en la que vivimos ahora. No se me ocurrió otra cosa para protegerlo de las miradas maliciosas, de la dañina compasión.


»Desde entonces, vivo con un extraño que se parece vagamente a mi marido. Un ser que carece de toda noción de sí mismo, que no se comunica sino con balbuceos y al que hay que cuidar como si se tratase de un bebé de pocos meses.


Cuando terminó de hablar, un pesado silencio se apostó entre ellos. En los ojos de Ángela asomaba la fatiga después de vaciar su alma. No había probado apenas los sándwiches que habían preparado en la cuadra. De pronto, levantó la vista.

—No irá a escribir lo que le he contado, ¿verdad?

En ese momento, era a Enrique al que la emoción le impedía hablar. Negó con la cabeza y le besó las manos después de llevársela a los labios. 

—Ángela, ¿ha pensado alguna vez...? 

—¿Dejarlo?

—Rehacer su vida, comenzar de nuevo. Es usted joven y tan bella…


—¿Acaso se deja de querer a alguien porque esté enfermo? Mi vida es ésta. Y, aunque mi corazón se haya ido destrozando hasta no quedar más que añicos, es la vida que yo he elegido.

Enrique no contestó. Un extraño pensamiento cruzó por su mente. No pudo reprimirse y preguntó:

—El último libro de su marido lo escribió usted, ¿verdad?


Por toda respuesta, se levantó para recoger los restos de la comida y fue caminando hasta donde estaban los caballos. Enrique la siguió. Ángela estaba de espaldas a él acariciando el lomo de la yegua. La esposa del escritor permaneció inmóvil mientras la acogía entre sus brazos. Cuando se volvió, se fundieron en un beso hasta que ella se desasió bruscamente.


En el camino de regreso al pueblo, Enrique iba dibujando planes de un futuro juntos. Buscaría una casa lo suficientemente lejos de Madrid para que Ángela pudiera seguir disfrutando de una vida tranquila con su marido pero tan cerca que se pudiesen ver todos los días. Él la ayudaría a cuidarlo y los protegería de la malsana curiosidad ajena. Ángela parecía emocionada con la vida que se le ofrecía: Ya no iba a sentirse sola nunca más; por mucho que se deteriorase la salud de su marido, contaría con alguien para compartir su dolor. Pero, a medida que se aproximaban a su destino, su alegría iba desvaneciéndose.


Cuando llegaron a La Arcadia, Enrique quiso despedirse con otro beso en los labios, pero Ángela no se lo permitió. Para apaciguarlo, le acarició suavemente la mejilla y, luego, le susurró al oído:


—Gracias por haberme hecho creer que la felicidad podía haber sido posible.


—Te llamaré, Ángela.


Ella se estremeció.


—No. Prométeme que esperarás a que lo haga yo; que no me llamarás ni vendrás a buscarme. 


—Pero, ¿por qué?


—Confía en mí, te lo ruego. Vuelve a Madrid y espera, por favor.


En los días siguientes, Enrique estuvo esperando impaciente la llamada de Ángela. Pero la espera fue en vano. Cada noche se sentía tentado a ir en su búsqueda, pero se contenía intuyendo que, si lo hacía, ella huiría de él. Su desazón iba en aumento a medida que pasaba el tiempo sin noticia alguna, hasta que un viernes, cuando finalizó su jornada en la revista, subió al coche y tomó la autopista que lo llevaba a la Arcadia.


Encontró todo cerrado: el portón de la verja, las persianas de las ventanas. La Arcadia parecía un paraíso abandonado, sin más rastro de vida que un milano que, en su vuelo, dibujaba círculos en el cielo. Pulsó con insistencia el botón del portero automático pero nadie acudió a su llamada. Pronunció a gritos su nombre: ¡Ángela! Pero no obtuvo más respuesta que el canto de un jilguero. A la media hora de espera, subió al coche y enfiló hacia el pueblo. En la taberna “El gallo que no cantó”, Felisa estaba de conversación con dos parroquianos. Enrique pidió una cerveza antes de decidirse a preguntar por Ángela. Fue el viejo el que se adelantó a responderle:


—¿Los señores del Secarral? Hace dos meses que cerraron la casa y se fueron sin despedirse de nadie.










lunes, 20 de junio de 2016

Calle Camino Viejo 128







Diego.
Cuando sonó la alarma del móvil a las siete y media, ya llevaba despierto casi dos horas. El silencio se había apoderado de la casa el día que lo dejó Nuria impidiéndole desde entonces conciliar el sueño. La soledad le aprisionaba el pecho causándole un dolor sordo: ya, su compañero habitual. Sólo por su tozuda determinación permanecía en la cama con la pequeña esperanza de conseguir dormir aunque no fuera más que unos minutos antes de levantarse para comenzar el trabajo que se traía entre manos desde hacía semanas. Pero era inútil. A su mente acudían miles de imágenes de otra época para recordarle que una vez fue feliz. 


Ya en la cocina, un sucio desorden le trajo a la memoria las mañanas de domingo en las que dejaban pasar el tiempo en largas conversaciones ante una taza de café y unas tostadas untadas con la mantequilla y la mermelada de madroños que les traía la madre de Nuria del pueblo. Buscó un vaso entre los cacharros sucios que se amontonaban en el fregadero, lo enjuagó bajo el grifo y lo llenó de café recalentado.

En su despacho, lo esperaban apilados sobre la mesa los libros que el día anterior había sacado de la biblioteca. No le quedaba más que escribir el último capítulo y las conclusiones para finalizar la tesis doctoral. Recordó cómo había cogido tres semanas de sus vacaciones para terminarla unos días antes de que se fuera Nuria. En su cabeza tenía perfiladas las palabras que pondrían fin a una tarea que había iniciado doce años atrás abandonándola y retomándola una y otra vez a lo largo de ese tiempo. Pero cuando al fin pudo vislumbrar la meta de aquel largo recorrido y con entusiasmo dejó de lado todo lo demás para dedicarse sólo a redactar su tesis, Nuria lo abandonó. 

Y, sin embargo, no lo vio venir. Diego se reprochaba no haberse dado cuenta de que Nuria no era feliz. Y eso que llevaba meses quejándose de que no le prestaba atención. Se enfurecía si, al llegar a casa al final de la tarde, no lo encontraba en casa o lo veía enterrado entre libros y papeles absorto en una tesis doctoral que nunca tenía fin. Se volvió irritable, de lágrima fácil. Hasta que, un día, le dijo que no podía seguir viviendo en aquel abandono y se marchó.

Diego intentó leer un artículo de una revista científica que había encontrado por Internet, pero las letras danzaban en su retina impidiéndole comprender el significado de las palabras. La vista se le desviaba continuamente hacia el teléfono móvil. Tal vez aún podía convencerla. Dejó que sus dedos recorrieran el teclado y escribió: “Tengo que hablar contigo. ¿Qué te parece si nos vemos a las siete en la nueva cafetería de la calle Camino Viejo? en el número 128, ya sabes. Donde antiguamente estaba el cine Imperial”.


Diana.
No pudo evitar lanzar a Artemisa una mirada airada. Era cierto que, si querían atraer a las mujeres más elegantes de la ciudad, debían vestirse y perfumarse a tono con su boutique, pero estaba cansada decirle a su socia una y mil veces que, en su estado, no soportaba fragancias tan densas. Claro que a su joven amiga le importaba poco lo que le pasaba o dejaba de pasarle a ella y mucho menos si el aroma a Chanel número 5 le provocaba náuseas. 

El reloj de pared anunció las doce menos cuarto. ¡Dios mío!, pensó, ya mediodía y no había entrado en la boutique más que la señora de todos los días. Allí estaba con un andrajoso abrigo de piel de zorro que a Artemisa le parecía de corte vintage y a ella una antigualla de los años ochenta. Cada mañana, ocurría lo mismo. Llegaba corriendo, como si tuviera mucha prisa, revolvía entre las prendas de cachemir, se probaba los vestidos de fiesta o se colgaba al cuello uno a uno los collares de fantasía. ¿Y para qué?, si nunca compraba nada. Lo dejaba todo manga por hombro, como diría su abuela, y se marchaba una hora después de marear con sus picantes cotilleos a quien se prestara a escucharla. 

Diana suspiró. Se llevó la mano al vientre cuando sintió al niño que esperaba. Un vuelco del corazón le recordó la decisión que había tomado la noche anterior tras luchar durante horas contra el insomnio y sus propios temores. De pronto, la invadió el deseo de contárselo a todo el mundo, anunciar la noticia a los cuatro vientos. Artemisa estaba junto a uno de los anaqueles doblando las blusas de seda. Pensó que tal vez se alegraría por ella si le hablaba de los planes que había estado tejiendo aquella larga noche. Pero, antes de acercarse a su socia, se arrepintió de su impulso. Artemisa la escucharía con la mente perdida en sus cosas, ni siquiera se molestaría en disimular su falta de interés. Sacó el móvil del bolso y se entretuvo repasando los contactos. Cuando vio el de su amiga Luisa se le escapó una sonrisa. Permaneció unos instantes pensativa y después escribió un mensaje: “Te vienes esta tarde a las siete en la nueva cafetería de la calle Camino Viejo?”

Roberto.
Miró el reloj que le regaló Clara, su novia, el día que hizo tres años que se habían conocido. Eran las dos de la tarde. Si se daba prisa en comer, aún podía llegar a tiempo a la sesión de las cuatro para ver la última película de “Star Wars”. Eso si su madre no lo retrasaba con su charla: ¡tenía tantas ganas de hablar después de pasar toda la mañana cuidando al abuelo…! No debía de ser fácil para ella escuchar durante horas y horas la cháchara plomiza del viejo. Siempre las mismas historias, siempre hablando de su vida en Alemania, cuando siendo joven, tuvo que partir en busca de un futuro que en España se le había negado; siempre las mismas quejas acerca de la desidia de los jóvenes actuales, tan distintos de los de su época. Cada día, rompía el corazón de su hija acusándola de malcriar al haragán de Roberto, sin dejarle decir una palabra en su descargo. Así que no era de extrañar que la buena mujer esperase con tanto anhelo a su hijo para pasar un rato de conversación. Pero aquella tarde no podía ser. No tenía tiempo de entretenerse en charlas. De aquel día no pasaba: lo esperaba “El despertar de la fuerza”. Luego, a las siete, un par de cervezas con Clara en la cafetería que habían abierto recientemente en la calle Camino Viejo número 128.

Juan Manuel.
El reloj del ayuntamiento daba las cuatro de la tarde cuando salió del edificio. Apenas podía reprimir las ganas de saltar. ¡Lo había conseguido y sin la ayuda de su padre! En un principio incluso él dudó que pudiera lograrlo. Pero ahí estaba él, saliendo del edificio más elevado de la ciudad donde tenía su sede la empresa de publicidad más prestigiosa del país. No había sido precisa la recomendación de su padre, aunque sabía que con sólo pronunciar su nombre se le hubieran abierto todas las puertas. Pero no. Lo había conseguido él solo, sin ninguna ayuda.

Hacía tres años que había finalizado sus estudios de publicidad y, desde entonces, había perdido la cuenta de las ofertas de empleo que había respondido, los currículos que había enviado, las veces que había esperado en la cola de la oficina del desempleo, las veces que había encendido las luces de la ilusión, las veces que las había apagado. Cada decepción era un acicate más para que su padre le insistiera en que aceptara su ayuda, convencido de que sin ella permanecería hasta el fin de los tiempos en el paro. Juan Manuel había hecho oídos sordos a los funestos augurios de su padre y no había querido rendirse. Pero eso ya se había terminado. Podía alardear de que lo había conseguido sin miedo a que se desvanecieran sus sueños.

Miró su reloj de pulsera: las cuatro y cuarto. Sacó de su bolsillo el teléfono móvil y buscó el número de su padre. “Papá, tengo que darte una noticia. Te invito a las siete a una copa en la cafetería que acaban de abrir en la calle Camino Viejo”.

Paula.
Se retocó el carmín de los labios ante el espejo. Eran las seis de la tarde y ya tenía que haber salido. Otra vez se iba a retrasar. Era su cita más importante con Jaime y de nuevo le iba a dar plantón. ¡Con lo que le molestaba que llegara tarde…! Y eso que había empezado a arreglarse a las cinco. Pero, claro, se había tenido que entretener alisándose la melena con la plancha nueva. Abrió el armario y permaneció unos minutos sin decidirse por el vestido beige, demasiado serio, o por la minifalda azul turquesa y el top negro, ¿tal vez demasiado atrevido? Le gustaba tanto Jaime que tenía miedo de estropearlo. Finalmente se decidió por los vaqueros y la blusa de color rosa que él le había regalado. 

Sus pensamientos volvían una y otra vez a las palabras que había preparado. Lo tenía muy ensayado. Si él no le decía nada, lo haría ella. Para eso lo había llamado y había quedado con él a esa hora tan extraña para ellos. Y es que ya no podía soportar la incertidumbre. Él no se decidía a dar un paso adelante. Siempre sucedía lo mismo. Cuando parecía que al fin le iba a decir proponérselo, acababa dando marcha atrás. Así que ella se lo daría todo hecho. Se lo presentaría como algo ya consumado, irremediable, y a ver si, entonces, se atrevía a negarse. 

Paula suspiró. No podía evitar estar asustada. ¿Y si Jaime la dejaba? Su plan se parecía al juego de la ruleta rusa. Estaba casi segura de que aceptaría, pero no podía quitarse de la cabeza el miedo al fracaso, a que se sintiera acorralado y se marchase. Si eso sucedía... Mejor no pensarlo. Tras dos años juntos, le horrorizaba la idea de que Jaime se fuera. No entendía de dónde le venía ese miedo. Él nunca le había dicho nada que pudiera hacerle sospechar que quisiera marcharse. Pero era tan poco afectuoso, tan poco comunicativo... Nunca sabía a ciencia cierta lo que pensaba.

Consultó una vez más el reloj: las seis y veinte. No podía entretenerse un minuto más si no quería llegar tarde. Había quedado a las siete con Jaime en la nueva cafetería de Camino Viejo 128. 


Calle Camino Viejo 128.
El reloj de las Carmelitas anunciaba las siete menos veinticinco. En la calle Camino Viejo se había dado cita casi toda la ciudad, animada por el sol de febrero, que, tras dos meses escondido, asomaba tímidamente la cabeza. Una pareja de adolescentes esquivaba a los viandantes mientras dibujaba arabescos en la acera con sus patines. De las tiendas entraban y salían turistas cargados de bolsas y, en el parque, unas niños se perseguían jugando al escondite. 

Diego.
Cruzó la puerta de la cafetería veinte minutos antes de lo acordado temeroso de que algún imprevisto le impidiese llegar a tiempo. Apenas había una mesa libre. Desde que abrieron unos meses antes, el local se había puesto de moda y toda la ciudad parecía congregarse allí a la caída de la tarde. Sin apenas poder dominar su impaciencia, recorrió el salón principal con ojos ávidos, pero le fue imposible distinguir a Nuria en medio de tanta gente. Una joven vestida con una sofisticada blusa de de color malva pasó por su lado dejando un rastro a violetas. Por un momento creyó que era ella. Los latidos de su corazón emprendieron una loca carrera antes de comprobar que sólo era una desconocida. Por su pensamiento cruzó veloz la duda: ¿Y si no acudía a la cita? Una mano se posó en su hombro. No le fue necesario volverse para saber que era ella. Cerró los ojos un instante para darse valor y, al abrirlos, como le ocurriera la primera vez que la vio, quedó deslumbrado con su belleza.

Diana
Al entrar en la cafetería, la asaltó el aroma a café y a croissants recién horneados. Paseó la mirada por el salón buscando a Luisa, pero aún no había llegado. Sus ojos se posaron en una pareja que, en un rincón, se hablaba en susurros. Una joven de algún país del este de Europa la guió hasta una mesa libre junto a la ventana. Los ojos de Diana cayeron sobre un muchacho con una camiseta negra de “Star Wars” que no prestaba atención a lo que sucedía a su alrededor, absorto pantalla del móvil. Cuando pasó a su lado, el joven levantó la cabeza como si creyese que era la persona que estaba esperando. Por un instante, se pintó la decepción en su rostro y, luego, volvió a su teléfono. 

Roberto.
Miró de nuevo el reloj: las siete y cuarto. Como de costumbre, Clara llegaba tarde. Levantó la mano para llamar la atención de un camarero que pasaba cerca de su mesa con una bandeja con los restos de una merienda y le pidió otra cerveza. Mientras paladeaba su espuma, saboreaba en el recuerdo escenas de la película que acababa de ver: El ataque aéreo de la Primera Orden con los cazas estelares, el abordaje de Han Solo y Chewbacca, la búsqueda del Halcón... Una llamada del móvil interrumpió sus recuerdos. Clara lo llamaba para decirle que aún se retrasaría un rato. Había salido de compras con su hermana Macarena y se encontraba al otro lado de la ciudad. A Roberto le costó reprimir su enfado: ¿cuántas veces le había hecho una cosa igual? Estuvo a punto de decirle que no se molestara en ir, que él se volvía a su casa. Pero sabía que, si se dejaba llevar por un momento de cólera, se enredarían en una discusión que no tendría fin. Así que prefirió callar y esperarla. Ya la cogería otro día tranquilo y le diría cuatro cosas. Notó su garganta seca, por lo que alzó la mano para pedir otra cerveza. Un joven con pelo rasta pasó por su lado. Por un momento, creyó que era su amigo Guille, pero, cuando iba a llamar su atención, se dio cuenta de que se trataba de un extraño.



Juan Manuel
Cuando entró en la cafetería, vio a su padre en una mesa al fondo haciéndole señas con una mano. Juan Manuel no pudo evitar una sonrisa. Su padre, un caballero a la antigua como le llamaban sus hijos, nunca llegaba tarde a una cita. Allí estaba él, intentando entablar conversación con la joven de la mesa de al lado. Con su príncipe de Gales y un pañuelo blanco impoluto asomando coqueto del bolsillo izquierdo de la chaqueta. Nada que ver con el desaliño de su hijo y su pelo rastas. Y, sin embargo, era a su padre a la persona que más admiraba y, desde su estilo tan opuesto, anhelaba ser como él. Por eso era la primera persona a quien quería contarle que había conseguido un empleo en la mejor empresa de publicidad de la ciudad.

Paula. 
Después de tanto correr y sortear el tráfico, entró en la cafetería con sólo cinco minutos de retraso. Jaime aún no había llegado. Mejor, pensó. Así tendría unos momentos para relajarse antes de verle. Pidió que le trajeran un té de jazmín y un trozo de tarta de Santiago. El nerviosismo le daba hambre. ¿Qué importaba que la tarta, con tanta almendra, tuviera un montón de calorías?, se dijo intentando acallar su conciencia. Ya se pondría a dieta al día siguiente. Un señor de edad avanzada elegantemente vestido parecía querer hablar con ellos pero Paula no le prestó atención. Vio a Jaime entrar por una de las puertas que daban a la ancha avenida. Su mirada miope recorrió el salón como buscando a Paula pero, con su despiste habitual, sus ojos pasaron por encima de ella sin verla. La joven agitó la mano y se levantó de la silla con la intención de ir a su encuentro pero entonces él le devolvió el saludo y se dirigió con una sonrisa a su mesa.

Una cafetería abarrotada de gente.
Un hombre de edad indefinida cruzó el umbral de la cafetería a las siete y veinticinco. Iba vestido todo de negro: sudadera, pantalón y hasta las zapatillas de deporte, cuyos cordones escarlatas ponían la única nota de color a su atuendo. Se aproximó a la barra y pidió un refresco de limón que no llegó a probar. Con un movimiento brusco, retrocedió sobre sus pasos y, llevándose las manos a la hebilla, accionó los explosivos de su cinturón. Tras un ruido atronador, la cafetería se llenó de silencio sólo roto por el tono de un teléfono móvil que parecía querer interpelarnos con su insistencia. Después, gritos, confusión, estupor: una tristeza tan inmensa que no había adjetivo alguno para calificarla.


Cuando se produjo la explosión, Diego llevaba casi media hora intentando convencer a Nuria de que volviese con él. Le habló del estruendoso silencio que se había hecho dueño de la casa, del frío que atenazaba su alma desde que lo dejó, de lo que dolía su ausencia. A pesar de leer el escepticismo en el rostro de su esposa, le prometió cambiar. Aflojar en su ritmo de trabajo y dedicarle toda su atención. Él, que desde que terminó el colegio, no había vuelto a abrir un libro de poemas, abrumó a Nuria con frases que, en otro momento, lo hubiesen avergonzado. Alargó la mano por encima de la mesa y la dejó descansar sobre la de ella, pero Nuria, no sabía Diego si asustada o enfadada, retiró aprisa la suya. En ese momento, se creyó perdido. En un nuevo intento, le habló de amor con palabras que no sabía que conocía. Lo último que vio antes de morir fue una sonrisa entre dulce e irónica asomando a los labios de Nuria.



Diana no tuvo tiempo de contarle a Luisa que iba a tener un hijo. Para su sorpresa, se había quedado embarazada después de tres noches de pasión con un antiguo compañero del instituto con el que no había tenido más que un divertido rollo en un largo fin de semana. Durante semanas, se negó a aceptar lo que era más que evidente: que la falta de menstruación no era un simple retraso debido al estrés por la gestión de la boutique que tenía con Artemisa. Después, cuando ya no había lugar para el engaño, creyó que el mundo terminaba para ella. No se sentía capaz de criar ella sola a un niño y sabía que tampoco Julián se iba a comprometer a ayudarla. Acorralada por el pánico, se había dejado cortejar por la tentación de interrumpir el embarazo. Había llegado a concertar una cita en una clínica a pesar de las dudas que la roían por dentro. Unos días antes, mientras esperaba el autobús, había estado engañando al aburrimiento observando los juegos de una joven con su bebé. Desde entonces se había dejado llevar por la fantasía, especulando con la posibilidad de tener a su hijo. Hasta la noche anterior, en la que, al fin, se había decidido a asumir su maternidad.


Roberto se contó entre los pocos supervivientes del atentado. No llegó a reunirse con Clara hasta tres horas más tarde. Anduvo desorientado por las calles de la ciudad sin saber quién era ni adónde iba; y perdido hubiera continuado sabe Dios cuánto tiempo de no haberlo encontrado vagando por un parque una patrulla de policía que lo llevó al hospital. Los médicos comprobaron que no tenía más que la conmoción por lo sucedido y unas cuantas magulladuras en el rostro y en las manos. Le aconsejaron que pasara la noche en observación. Pero Roberto, que tenía miedo de morir si permanecía en aquel lugar donde la reina del inframundo cortejaba a los hombres, llamó a Clara para que fuese a recogerlo. Cuando la vio cruzar la puerta de la habitación a la que lo habían llevado, creyó despertar de un sueño. Se abrazó a ella y dejó que se derramara el llanto como no había vuelto a hacer desde que era niño. Fue en ese momento cuando se acordó de su madre. Faltaban unos minutos para las doce de la noche. Si le contaba lo ocurrido por teléfono, la mataría del susto. Sacó el móvil del bolsillo de la cazadora y le puso un mensaje: “Paso la noche en casa de Nuria. Te quiero mucho, mamá”. Sólo cuando lo envió, se dio cuenta de que la última frase podía alarmar a su madre: él nunca le dedicaba palabras tan cariñosas. Luego, escabulléndose de la vigilancia de las enfermeras, Clara y Roberto salieron del hospital y se perdieron en la noche.



Juan Manuel estaba entusiasmado contándole a su padre sus planes para el futuro cuando una sombra pasó por su lado. No fue más que una milésima de segundo. Suficiente para que un extraño presentimiento le helase el corazón. Casi al instante, una intensa luz cruzó su cerebro y sin darle tiempo a tomar conciencia de lo que estaba sucediendo, se sumió en la oscuridad más absoluta para siempre. 


Unos minutos antes de la explosión, Paula superó su miedo al rechazo y le pidió a Jaime que se fuera a vivir con ella al apartamento que acababa de alquilar. En los dos años que llevaban juntos, ella siempre había dudado del tipo de relación que tenían. Jaime no era muy expresivo a la hora de mostrar sus sentimientos, nunca le había dicho claramente que la quería y a Paula solía asaltarle una dolorosa sospecha: que únicamente la moviese a seguir con ella el miedo a quedarse solo. Durante meses, había estado tentada a preguntarle si la quería pero el temor a lo que le pudiese responder la había hecho callar. Mas aquel día, había tomado una decisión: le pediría que se fuera a vivir con ella. Paula nunca llegaría a saber si Jaime la quería o no. En el momento en el que él iba a responder, una explosión cerró sus labios para siempre. 



Aquella tarde de febrero, reinó la sinrazón del odio. Roberto no volvió a ser el mismo. Diana murió. Y Paula. Y Jaime. Y Diego. Y Nuria. Y José Manuel. Y su padre. Y muchos más. A los que sobrevivieron, el fanatismo truncó sus vidas e ilusiones. Yo lo vi, por eso lo cuento. 


lunes, 6 de junio de 2016

A la espera del alba








«Hairesis maxima est opera maleficarum non credere»¹
Malleus maleficarum, 1487







Sábado, séptimo día de abril, San Pedro de Poitiers, de 1567


Después de mucha insistencia, ayer trajeronme recado de escribir para distraer las largas horas del día y ahuyentar los malos pensamientos que tanto se afanan en atormentarme. Fuera debe de hacer buen tiempo. El canto de un jilguero viene cada mañana a poner un poco de alegría a mi triste existencia.


Mi nombre es Mencía, en honor de doña Mencía de Álcantara, señora de las tierras en las que nací, mi madrina de cristianar y en cuya casa servía mi madre como fregona. Nunca supe quién fue mi padre. A pesar de mi insistencia, la dueña de mis días no quiso decírmelo las veces en las que se lo pregunté, mas no llegué a notar la falta en los años en los que otros se acurrucan en el regazo de su progenitor. Ni en mi niñez ni en mi mocedad di muestras de rareza alguna que me distinguiera de los muchachos y muchachas que habitaban la casa. Lo juro ahora y por siempre por lo más sagrado. De chica, jugaba a los mismos juegos que ellos; y ya siendo mocita, reíame y lloraba con las mismas historias y gustábame también la danza en los días de fiesta. 


Cuando mi cuerpo empezó a cambiar, la señora púsome al cuidado de las gallinas y las otras aves del corral. Sólo una manía mía traía desespero a mi madre. A los diez años, el sacristán de la iglesia de san Mateo enseñome las letras del abecedario y, desde entonces, quedome la afición por el papel escrito, sin importarme desafiar la férrea vigilancia de doña Mencía para coger prestados los libros que guardaba en la biblioteca. Así fueron mis años de niña: nada hubo en ellos que censurar pudiesen las buenas gentes temerosas de Dios. Mi don o maldición, que aún no sé qué fue, no apareció hasta que no entré en edad de buscar marido.




Miércoles, vigésimo quinto día de abril, San Marcos, de 1567


No obstante la ilusión con la que acogí el permiso para escribir estas mis confesiones, llevo muchos días sin ánimo para empuñar la pluma. Mi cuerpo quebrantado volvió a reclamar cuidado con terribles dolores en las piernas y en los brazos. Mas hoy siento alguna mejoría y puedo proseguir con esta historia mía.


Había en lo alto de la casa de doña Mencía, un desván en el que los días de lluvia se tendía la colada para resguardarla de la humedad. Al fondo de la habitación en la que dejábamos la ropa recién lavada medio se ocultaba una puerta que siempre permanecía cerrada y nadie osaba abrir. Los mozos que querían asustar a las muchachas contaban que esta estancia era habitada por el alma de un viejo pastor que habíase quedado a las puertas del Purgatorio. Se nos ponían los pelos de punta y la piel de gallina cuando oíamos las terribles historias e imaginábamos los horrores que causaba el maligno espíritu a las doncellas casaderas, a las que pretendía atraer inspirándoles pensamientos pecaminosos. De nada servían las protestas de mi madre para que no diera crédito a tales fábulas. Me sentía atrapada por estos cuentos que me fascinaban y atemorizaban a un tiempo. A veces permanecía al pie de la escalera mirando hacia lo alto mientras los pies se me escapaban hacia los escalones aguijoneada por la curiosidad hasta que mi madre me llamaba a gritos desde la cocina ordenándome que le hiciese algún recado o que volviese a mis gallinas. Mas yo me hacía la sorda y remoloneaba un rato por ver si me armaba de valor, me decidía a subir sola al desván y sorprendía al desgraciado espíritu. 

Un atardecer de finales de octubre, volvía de dejar en la biblioteca un libro para coger otro cuando, al pasar por delante de la escalera, sentí como si alguien me llamase desde la habitación encantada. Tal vez no fuese sino sugestión por las historias que había oído o el susurro del viento que se colaba por las rendijas. No lo sé. Batallaron en mí el miedo a toparme con el alma en pena y las ganas por conocer el misterio que se escondía en la habitación del desván. Me dejé vencer por estas últimas animada por mi encendida imaginación, que pintaba inusitadas aventuras. Tras presignarme, subí presurosa los peldaños de la escalera mirando de cuando en cuando hacia atrás temerosa de ser descubieta. Aún hoy me asombra la osadía que me dominaba en aquellos momentos, a mí, que, de naturaleza, soy miedosa. Cuando entré en el desván las sombras de la noche entraban sigilosas por el ventanuco. Fui de puntillas hasta la puerta que tanto me atraía y la empujé en el momento en el que un relámpago iluminaba el cielo. Para mi asombro, no estaba cerrada con llave ni candado alguno y se abrió al momento. No quise hacer caso del miedo que empezaba a cosquillearme las entrañas y entré en la habitación que tanto me atraía.



Apenas iluminaba la habitación la poca luz que entraba desde la otra estancia, mas no quise volver abajo a buscar un candil no fuera alguien a entretenerme. Dejé la puerta abierta para no quedarme a oscuras y me adentré entre los muchos bultos que, cubiertos con trapos, salíanme al paso. De vez en cuando, el fulgor de un relámpago me descubría por un instante el contorno de una cama desvencijada o me avisaba de la presencia de un balde olvidado en el suelo. En el cielo se habían convocado las más terribles furias; el rugido del trueno agarrábase a mi pecho. No me dejé amedrentar y me paseé por la habitación en busca de algún tesoro en ella escondido. De pronto, una figura, que bien podría ser de hombre o de mujer, se encaró ante mí al tiempo que la puerta de la habitación se cerraba con un espantoso golpe. Y, antes de que pudiérame percatar de nada más, caí sin sentido al suelo.

No me encontraron hasta horas más tarde, cuando después de ir en mi búsqueda dentro y fuera de la casa, alguien entró en el desván y tuvo la ocurrencia de abrir la puerta de la estancia en la que me encontraba desmayada. Apenas volví en mí y conté lo sucedido, empezaron a correr por la casa los más disparatados cuentos acerca de aparecidos, mas la señora los cortó de cuajo diciendo que no había sido sino una ráfaga de viento, mi propia imagen en el espejo y una loca imaginación los que me habían causado tanto espanto. Nos conminó a todos para que no volviéramos a hablar de ello so pena de gran castigo. A mí, la impresión por lo sucedido me dejó una inmensa debilidad de cuerpo y alma que me produjo unas fiebres. Durante días incontables grité palabras cargadas de sinrazón en medio de un terrible delirio; mas luego, desperté fresca y lozana y regresé a mis gallinas como si tal cosa.

Hasta que empezaron a sucederme extraños fenómenos de los que, ni aun hoy, encuentro explicación alguna.



Sábado, vigésimo séptimo día de abril, Santa Zita, de 1567


Un día en el que mi madre andaba indispuesta, mandome que fuese al río a lavar unas prendas que le hacían falta a doña Mencía. Aunque no era aquélla la faena que más gusto me daba, me preste contenta por tener la oportunidad de perderme en el campo y holgazanear un rato fuera de la fastidiosa vigilancia de mi madre. De camino al río, topeme con Tomé, el hijo del molinero, quien me rondaba siempre que yo no hacía caso de él. Bastaban unas cuantas palabras suyas para que me subiesen los colores al rostro y oía con gozo sus lisonjas mentirosas. En esas estábamos, cuando por mi mente cruzose una visión cual si estuviese sucediendo frente a mí. Vi tan claro como el día a Tomé debajo de un carro de heno quejándose de dolores en una pierna. No fue sino un instante, suficiente para que encogiéraseme el alma.

Me hubiese olvidado de mis visiones de no ser porque, pasados unos días, llegó la noticia del percance ocurrido a Tomé cuando iba de camino a la aldea a visitar a su hermana recientemente esposada con el herrero. Al parecer, debía de andar distraído silbando una tonada cuando topose de bruces con un carro de heno. Nadie imaginar puede la impresión que me causó saber que ni el incauto muchacho ni el campesino diéronse cuenta del inminente encuentro y, en menos que canta un gallo, acabó mi galán debajo de las ruedas del carro. De resultas de aquello, se le quebró una pierna y quedó cojo hasta el fin de sus días. 

No hubo tiempo para que me recuperase del susto que me produjo este acontecido cuando una nueva visión premonitoria vino a perturbar mi ánimo. Vivía en el bosque una anciana que se ganaba el pan haciendo alpargatas, sogas y cestos con las plantas de esparto que crecían junto a su choza. Gustaba yo de visitarla siempre que mis quehaceres me dejaban por el placer de escuchar las muchas historias que la señora Engracia, que tal era su nombre, sabía. Le llevaba unos huevos frescos que cogía por mi cuenta del corral y, a cambio, la hacía hablar de secretos que sólo ella conocía de la gente que en la comarca habitaba. Estando escuchando con deleite tales historias, me vino una nueva visión. En mis mientes vi a la señora Engracia yaciendo en su lecho de muerte con la boca torcida y un ojo abierto que parecióme me estaba regañando. Quise apartar de mí la terrible visión tras traer a la memoria lo sucedido al hijo del molinero; mas de nada sirvió mi intento. Al siguiente día grande fue mi horror cuando me enteré que habían encontrado a la anciana muerta en su lecho con un ojo abierto que daba pavor. 

Muchos sucedidos como éste y aquél acontecieron a partir de entonces llenándome de espanto, robándome el sueño. Tenía miedo mirar a la cara a quienes conmigo hablaban no fuera a vaticinarles alguna desgracia. Encerreme en el corral buscando la consoladora compañía de mis gallinas y me negué a cruzar palabra con cristiano pese a los insistentes ruegos de mis antiguos amigos.

Diome entonces por cavilar si no podía utilizar mi... don. Vamos, que empecé a darle vueltas a un pensamiento: tal vez podía yo utilizar esta facultad mía en bien de los demás para advertir a las buenas gentes de lo que podía sucederles y apartarlas del camino burlando de ese modo su sino. Salí de mi cobarde escondite y me apliqué en esta tarea que yo misma me impuse. Muchos tratábanme de lunática y tomaban por desvarío mis advertencias; mas los de mente prudente y temerosa las tomaban por juiciosas y obedecían lo que yo sugeríales.

Corriose entonces la voz por la comarca de mis poderes y empezó a rondar el corral de mis gallinas todo aquel que quería conocer su porvenir o encontrar remedio a sus desdichas. De nada servíame protestar y decirles que mi don era limitado, pues no me permitía ver más que un trocito del futuro de algunas personas, que no de todas, y no siempre tenían efecto mis consejos para trocar el mal en bien. Me perseguían buscando consejo sobre los más variados asuntos: amores contrariados, la cosecha o los días de mercado propicios a sus negocios.



Jueves, tercer día de mayo, San Felipe, de 1567. Onomástica de Nuestro amado Rey Felipe el Segundo, que Dios guarde por muchos años 


Mi madre, temiendo provocar el enfado de Doña Mencía con aquel ir y venir de conocidos y extraños que llegaban de lugares más y más lejanos, exhortome para que abandonase la casa y buscase acomodo en otros parajes. Con el corazón contrito por tan cruel proceder, hice un hatillo con mi saya nueva y un mantón para el invierno que, compadecida de mi desgracia, me dio la cocinera y abandoné la casa donde nací. 

Busqué el abrigo que mi madre me negaba entre las bestias del bosque y llevé mis escasas posesiones a la choza donde antaño viviera la señora Engracia. Hasta allí siguieronme quienes querían que les adivinase el porvenir. Algunos íbanse contentos con una palabra de consuelo, una caricia, mas otros requerían de mayor inteligencia. Ayudaban a mi sustento los presentes que, en agradecimiento, me hacían llegar: un tarro de miel, un corderillo, una alcuza de aceite o un poco de manteca. Y no obstante buscar unos y otros mi consejo, nadie quería trato alguno con mi persona. Los muchachos que antaño me cortejaban rehuíananme cual si de un bicho repugnante se tratase y las muchachas que tiempo atrás compartían conmigo sus pesares y alegrías me temían cual si fuese un súcubo u otra criatura salida del Averno. Aquellos que enfrentábanse a su destino por no querer escuchar mis consejos y, de resultas, topabanse con la desgracia me tachaban de hechicera acusándome de perjudicarlos con el mal de ojo. Mas yo juro por mi madre que jamás causé dolor alguno con mi voluntad.

La vida solitaria tornome mujer dada a la tristeza y de hurañas maneras. Añoraba las palabras severas de mi madre y las bromas de los muchachos y muchachas de mi edad. Cuando hízose insoportable mi propia compañía, cogí uno de los cestos que aún tenía de la señora Engracia y, en el momento en el que la noche prestome abrigo con su manto, atravesé los campos que me llevaban a mi antigua casa y, confiando en que no hubiesen reparado la ventana rota de la despensa, me dispuse a entrar en la morada de doña Mencía para, sin que nadie lo advirtiera, tomar prestados unos cuantos libros. No sé si fue la Luna la que me protegió en ésta y en las otras muchas visitas que después hice con el mismo propósito. Sí puedo asegurar que logré así aliviar con la lectura la soledad a la que me había condenado mi maldito don.

Entre los muchos libros que cogí en todos aquellos años, figuraba uno titulado “Libro recopilatorio de medicinas y productos alimenticios simples” de un sabio moro llamado ʿAbdllāh Ibn Aḥmad al-Mālaqī. Me extrañó que mi señora guardase obra contraria a la fe verdadera y me llené de pavor por tenerla en mis manos. Empero pudo más mi curiosidad y pasé muchas noches a la luz de un candil aprendiendo el arte de sanar con hierbas olorosas. Así pude ayudar mejor a las almas atribuladas que buscaban alivio a sus cuitas. Después vinieron libros de Plinio, Horacio, Virgilio y otros muchos más que dieronme a conocer cómo preparar filtros de amor, remedios contra el mal de ojo y pócimas para ayudar al buen nacer de cualquier criatura animal o humana.

De este modo, mi nombre se hizo conocido más allá de los confines de la comarca. Muchas almas atribuladas me buscaban para alivio de sus pesares más también hubo gente mezquina y envidiosa que llevarme quiso ante la justicia acusándome de malas artes, de donde salí airosa merced a miles de tretas y palabras con las que convencía a la autoridad. No obstante lo cual, encogíaseme el corazón siempre que oía de la muerte de alguna mujer por algún aborto o decíase que la algún cristiano había fenecido merced al concurso de hierbas venenosas, no fuesen a sospechar de mí.

Más de diez veces el invierno precedió a la primavera antes de que la desgracia se cerniera sobre mi cabeza ya encanecida.



Lunes, décimo cuarto día de mayo, Santa Enedina de Cerdeña, de 1567


Hoy he amanecido con el ánimo decaído por la melancolía. Imagino las margaritas que cubren los campos y las fiestas que, en honor a María, alegran la aldea cuando llega mayo. Mas heme prometido no dejarme vencer por la tristeza, así que retomo la pluma y el papel, mis fieles compañeros en estos aciagos días.


Mis cuitas llamaron a la ventana de la choza donde vivía el invierno más frío que nadie, ni tan siquiera aquellos a los que los muchos años vividos doblaban sus espaldas, recordaba. La heladora ventisca que recorrió la comarca no fue sino el heraldo del jinete que cabalgaba sobre el corcel negro². Las cosechas marchitáronse antes de nacer trayendo consigo la hambruna. Las calles de los pueblos y ciudades llenáronse de almas mendicantes que llamaban a las puertas de familias principales a las que el oro atesorado no les servía para comprar ni un mendrugo de pan porque los molinos quedáronse vacíos. En los corrales moríanse las aves por falta de grano y el pasto helado enflaquecía el ganado. Los cuerpos debilitados por falta de alimento caían enfermos sin remedio. A mi puerta llamaban madres con niños consumidos de calentura cuyas almas abandonaban este mundo sin que mis labios tuvieran tiempo de decir amén. 

Aún antes de que el jinete del corcel amarillo³ se hiciese con las vidas de buena parte de la comarca, empezaron a extenderse por los cuatro confines, como si de pólvora se tratase, rumores sobre la razón de tanto mal. Al principio apenas era el susurro del viento. “Esto es cosa del Maligno”, decían unos, “es cosa de brujería”, decían otros. Primero de forma timorata, de forma más y más insolente, después, señalábanme con el dedo acusador, menudeando con el tiempo quienes osaban salir en mi defensa. A mi puerta dejaron de llamar las buenas gentes que en otro tiempo buscábanme gustosas, no fuera a causarles algún mal. Yo misma dejé de ir a la aldea temerosa de las aviesas miradas que unos y otros me dirigían. Ayudó a mi mala fortuna la buena salud de mi cuerpo. En tanto dejaban este valle de lagrimas niños, jóvenes y viejos, la enfermedad y la muerte pasaban por delante de mi choza sin detenerse siquiera a saludarme. Tal cosa, no parecíale a la gente nada bueno y causábale gran espanto. No obstante lo cual, no tuve miedo alguno. Mi don de clarividencia se cegó ante mi propio sino y la desgracia precipitose sobre mí el día antes del Corpus Cristi sin que presintiera su llegada. 





Viernes, primer día de junio, San Justino mártir, de 1567


El sol no había llegado a lo más alto del cielo cuando el alguacil y sus hombres entraron en tropel en mi paupérrima morada. Me agarraron entre tres que semejaban gigantes y amordazaron mi boca para que mis gritos de protesta no los perturbase. El pavor me causó gran desmayo. ¿Quién sino un insensato no teme el largo brazo del Santo Oficio? Hiciéronme subir a un carro y tras recorrer muchas leguas, acabé encerrada en una mazmorra donde permanecí incontables semanas sin saber si era de día o de noche y donde hoy espero que se cumpla mi destino. Mis carceleros no dieron muestras de compasión para decirme el crimen del que se me acusaba; ni tan siquiera dignábanse a conversación darme cuando me traían el mendrugo de pan y el cubo con agua que constituían mi solo alimento. 

Todavía causame pavor el recuerdo de las penalidades que sufrí en prisión durante meses y meses. Se me negó incluso el consuelo de atisbar la luz del sol, que apenas entraba por el agujero que en lo alto de la pared simulaba una ventana. Y a pesar de mi sufrimiento, todo ello lo pude soportar con entereza; no así los tormentos que vinieron después, cuando los inquisidores me conminaron a confesar los tratos que nunca tuve con el Diablo y las prácticas de brujería que nunca usé mientras sometíanme a la tortura de la garrucha. Colgada de las muñecas con el horrible peso que me tiraba de los pies, perdía el sentido mientras descoyuntábanse los huesos. Alguna vez creí ver un destello de compasión en los ojos del escribano que tomaba cuenta de mi testimonio, mas los inquisidores eran implacables y hacían oídos sordos a mis palabras. Día tras día intenté en vano convencerlos de mi inocencia. Yo no era ninguna bruja ni nunca había tenido tratos con el Señor de los Infierno. Había sido agraciada con el don de la adivinación mas nunca me aparté de la recta senda del bien. No busqué tratos con las tinieblas sino lo mejor para la dicha de mis semejantes.

Visto que, no obstante tan crueles tormentos, negábame confesar tratos con el Maligno, deliberaron mis jueces someterme a la prueba de la aguja. Hicieron llamar a dos mujerucas vecinas de una aldea cercana y ordenáronles que me despojaran de todas mis ropas para, después, buscar la marca de Satanás en mi cuerpo. No tuvieron que afanarse mucho pues, al poco de empezar la faena encomendada, dieron con una mancha que, desde mi nacimiento, afea mi espalda. De nada sirvieron mis protestas cuando, a voz en grito, proclamaron que claramente se distinguía la forma de un lagarto y, sin necesidad de probar con la aguja si tal mancha era cosa inocente o del Diablo, los señores inquisidores declararon mi culpa y me condenaron a morir en la hoguera por bruja cuando llegase el alba.


Viernes, primer día de febrero, Santa Brígida, de 1568


No faltan sino unas horas para que se cumpla la sentencia y vuelvo a tomar la pluma para llevar a término estas confesiones que me propuse hace tantos meses. Fuera debe de hacer mucho frío. Carámbanos de hielo cuelgan del techo semejantes a cristales de colores. Su belleza me distrae de los horrendos pensamientos que acuden a mi mente en estos momentos, cuando ya no hay vuelta atrás posible. Mi cuerpo ha dejado de dolerme, tanto sufrimiento siento en el alma. Pero no quiero distraerme en vanos asuntos. Sigo, pues, con mi relato, que no me resta mucho tiempo.


Pronunciada la sentencia el día después de la Anunciación, encerráronme de nuevo en esta mazmorra fría y oscura. Se dispuso que llevarase a efecto de manera inmediata, mas un día dio paso a otro, hasta que el fin del verano anunció el otoño, éste fue seguido del invierno, la primavera me alegró con sus trinos y vuelta a empezar de nuevo otras dos veces. Al principio, mi alma no encontraba sosiego alguno. El ruido del viento causábame espanto y, cuando oía pasos, encogíame creyendo que ya venían en mi búsqueda. Muchas semanas tardé en levantarme del jergón en el que yacía, tal era mi quebranto. Muy lentamente fueron sanando las heridas del cuerpo, no así las del alma, que dolían más y más. Hube de suplicar con insistencia a mi carcelero para que me trajera algún libro que me permitiese engañar las largas horas de hastío. Después de mucho llorar, prestome pluma y papel con los que escribo estas confidencias. Diome, entonces, por recordar los años de mi niñez y mocedad, antes de que mi insensatez me llevase a aquella habitación del desván de doña Mencía y se truncase mi sino para siempre. La melancolía arrancábame lágrimas de arrepentimiento. ¡Ójala no hubiese hecho caso alguno de este don mío que tanta soledad me ha traído, que ni siquiera me previno de mi propia desgracia! Yo, que vaticiné el porvenir de tanta persona joven o vieja, rica o pobre, no supe ver el camino que tenía ante mí ni pude, como hicieron los que siguieron mi consejo, apartarme de esta senda que nadie osó a recorrer conmigo. 


Anoche, visitome un fraile dominico que a menudo viene a elevarme el alma con su sabio consejo. Traíame funestas nuevas. Al despuntar el día, se cumpliría la cruel sentencia que durante meses aguardo. Creí caer en desespero y mis oídos ensordecieron ante sus palabras de consuelo. La noche ha sido larga y oscura. Ahora, mi mente se ha vaciado de pensamientos y aguardo con sosiego la llegada del alba mientras escribo estas líneas y mi fraile amigo desgrana las cuentas de un rosario.


Mi tiempo se acaba. Las primeras luces del día asoman por la pequeña ventana de esta celda que mi morada ha sido tanto tiempo. Oigo voces de gente, rápidos pasos por los corredores que anuncianme que ya vienen a buscarme. El miedo agarrota mi garganta y seca mi lengua. Las manos temblorosas apenas sostener pueden la pluma. Los oigo acercarse más y más a mi celda. El tintineo de las llaves recuérdame el suplicio que me espera. Ya abren el herrumbroso candado. Una intensa luz inunda la celda. ¡Dios mío!, ¡apiádate de mi alma! 











1.«Hairesis maxima est opera maleficarum non credere»: La mayor herejía es no creer en la obra de las brujas. El “Malleus maleficorum” (Martillo de brujería, lat.) es el tratado de brujería que, desde 1487, fecha de su publicación, utilizaban los jueces e inquisidores en los procesos contra brujas y hechiceras. Fue escrito por los dominicos Heinrich Kramer y Jacob Sprenger.

2. Corcel negro. El hambre: “Cuando abrió el tercer sello, oí al tercer ser viviente, que decía: Ven y mira. Y miré, y he aquí un caballo negro; y el que lo montaba tenía una balanza en la mano. Y oí una voz de en medio de los cuatro seres vivientes, que decía: Dos libras de trigo por un denario, y seis libras de cebada por un denario; pero no dañes el aceite ni el vino” (Apocalipsis, 6:5-6)

3. Caballo amarillo. La muerte: “Miré, y he aquí un caballo amarillo, y el que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades le seguía; y le fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad, y con las fieras de la tierra” (Apocalipsis, 6:8)