viernes, 2 de septiembre de 2016

Tal vez no fue sino una ilusión











Cuando Gertrud abrió la puerta, el cielo se iluminó de naranja. Una silueta se recortó enmarcada en el dintel antes de que todo volviera a oscurecerse. El estruendo de una bomba apagó su grito de terror. Una mano le agarró la muñeca y la empujó al interior de la leñera. El olor a sudor que despedía el hombre casi la hizo desmayar. Retrocedió hacia una esquina y se cayó sobre la vieja estufa. El gato tiñoso protestó con un gruñido y salió por el ventanuco. Alargó la mano hacia el interruptor de la luz y, al encenderse la bombilla desnuda del techo, se encontró con unos ojos aterrorizados.



─¿Quién es usted?, ¿qué hace aquí?



Por toda respuesta, el hombre la soltó y se acurrucó junto a la leña. Gertrud quiso alcanzar la puerta pero un gemido la detuvo. El hombre debía de estar herido y se quejaba de dolor. Reprimiendo el miedo, se aproximó a él. Al tocarle el brazo, el desconocido dejó escapar otro quejido. Tenía la frente bañada en sudor por la fiebre. Gertrud se preguntó cómo, en aquel estado, había podido reunir las fuerzas para empujarla cuando ella entró en la leñera.



─Déjeme ver la herida. Soy enfermera y puedo ayudarle.



Gertrud le quitó la guerrera. No podía apartar sus ojos de las alas cosidas a la manga: el símbolo distintivo del ejército enemigo. De nuevo sintió miedo. ¿Y si la herida era leve y el hombre estaba fingiendo su debilidad? No sería la primera mujer a la que encontrasen muerta tras ser mancillada por algún soldado. Un nuevo quejido la sacó de sus reflexiones.



─No haga ruido. Mi marido está en la casa y, si lo descubre, podría matarlo.



No era cierto. En la casa sólo estaba su abuelo, que hacía mucho tiempo que no se enteraba de lo que sucedía a su alrededor.

Palpó la herida que laceraba el antebrazo del hombre y su mano se cubrió de sangre. La herida parecía muy profunda. El soldado se había desmayado. Gertrud lo dejó solo y fue a la casa a buscar el botiquín. Después de curarle, lo arrastró hasta un jergón que puso junto a la vieja estufa. Hacía mucho frío; fuera habían comenzado a caer unos copos de nieve. La estufa funcionaba mal y a Gertrud le daba miedo que la llama prendiera demasiado y alcanzase la leña o los travesaños de madera del techo, pero no tenía fuerzas para llevarlo hasta la casa. Preocupada, se sentó a su lado y le enjugó el sudor del rostro. 



Durante dos semanas, el soldado estuvo vagando en la inconsciencia. En su delirio, enhebraba palabras en su lengua, que Gertrud conocía bien porque era la lengua de su madre. Palabras que hablaban de montañas nevadas, de niños haciendo castillos de arena en la playa, de un padre severo, de una madre que recitaba versos de amor... Alguna vez, el desconocido parecía querer levantarse del lecho y, cuando ella le tendía de nuevo, la abrazaba y apoyaba la cabeza en su hombro mientras le susurraba un nombre en el oído: “Lizzie, Lizzie”. La joven no podía evitar estremecerse cuando el soldado, confundiéndola con otra, le cogía la mano y se la llevaba a los labios. A veces parecía que iba a despertar y la miraba entre las brumas de la inconsciencia. Fruncía el ceño y entrecerraba los ojos como si la buscase en su memoria. Hasta que, a punto de reconocerla, volvía a caer en el sueño del olvido. Entonces ella no podía evitar dejarse llevar por la emoción y posaba en sus labios un leve beso.



Gertrud, quién sabe si espoleada por su soledad, construía fantásticos sueños alrededor del soldado desconocido. Registró los bolsillos de su guerrera. Cada objeto que encontraba le evocaba mil imágenes tejidas por su fantasía: una pipa, el paquete del tabaco picado, la cadena del reloj, un lapicerito de plata… Su desconocido era un príncipe que, cuando despertase, la llevaría muy lejos de allí.



El despertar se produjo el día que el sol derritió la nieve. Un hombre de dura mirada abrió los ojos. La debilidad le impedía hablar pero sus gestos eran elocuentes.



─¿Quién eres?, ¿dónde estoy?



Volvió a caer en la inconsciencia, volvió a despertar. Y en cada despertar la hostilidad de su mirada atemorizaba a Gertrud, que veía cómo sus sueños se desvanecían. Se hicieron más frecuentes los momentos en los que el soldado estaba consciente, las miradas que la interpelaban. A medida que recobraba las fuerzas, ella le fue contando cómo había aparecido herido, cómo había caído en la inconsciencia. Pero aquellas conversaciones, en lugar de aproximarlos, los alejaban más y más.



Una mañana, lo encontró de pie listo para partir. Llevaba puestos los pantalones y la guerrera sin abrochar, que ella unas semanas antes había cepillado con cuidadoso esmero, las botas relucientes y la gorra bajo el brazo. No quedaba nada en su aspecto marcial del hombre que la hizo soñar. Sólo pronunció unas frases de agradecimiento y otras cuantas de despedida. Volvía al frente, le dijo, donde lo esperaba su regimiento. A Gertrud le hubiese gustado encontrar unas palabras que lo conmoviesen y se grabaran en su memoria para siempre, besarlo en los labios o acariciar su rostro pero no se atrevió más que a tenderle la mano. Él se abrochó la guerrera, se puso la gorra y cruzó la puerta sin volver la mirada. Lo vio alejarse por la vereda. Con él se iban los sueños de los últimos días de su juventud, las esperanzas de escapar de su vida solitaria. Una lágrima se deslizó por su mejilla. Susurró el nombre del soldado, pero tan bajo que ni siquiera ella lo oyó. Entonces, él, como si respondiera a su llamada, se volvió y la miró un instante que pareció una eternidad. Tal vez no fue sino una ilusión, tal vez no. ¿Quién sabe si una promesa de amor?








miércoles, 17 de agosto de 2016

Tres encuentros y un despertar
















   I.

   A mediados de enero el invierno parecía haberse animado a aparecer después de unos meses inusitadamente cálidos. Unos copos de nieve flotaban en el aire como pelusas blancas. El día tenía prisa por esconderse y, a eso de las cinco de la tarde, las calles ya se teñían de oscuro matizado sólo de vez en cuando por las pocas farolas encendidas que derramaban su luz sobre las aceras. Desde la ventana de su librería, Guillermo contemplaba la avenida desierta. No se veía otro movimiento que el de las ramas desnudas de un viejo castaño que gesticulaban animadas por alguna ráfaga de viento. Era poco probable que entrase algún cliente. ¿Quién iba a aventurarse con aquel tiempo tan poco apacible? Detrás del mostrador, Amparo, la estudiante de literatura que había contratado para que lo ayudase a llevar la librería, no quitaba ojo de la puerta como si no quisiera disimular las ganas de dar término a una jornada larga y aburrida.

   ─Puedes marcharte ya a casa, Amparo, que es viernes y hace mucho frío. Ya me encargo yo de cerrar.

   Él se quedó hasta pasadas las siete remoloneando en tareas sin importancia para retrasar el momento de tomar el camino de regreso a casa. No vivía muy lejos de la librería mas, aun así, la caminata prometía ser dura.

   Salir a la calle fue como entrar en una cueva sin fondo. La oscuridad se hacía más y más densa a medida que dejaba atrás la avenida. El viento lo empujaba hacia un lado impidiéndole caminar con soltura. Por un momento, creyó haberse perdido. Sin darse cuenta cómo, se había adentrado en una zona de la ciudad para él desconocida. A su alrededor no había nadie a quién preguntar cómo salir de aquel laberinto. Quiso retroceder pero se introdujo en un pasadizo que lo condujo hasta un conjunto de casas bajas y roñosas a las que la miseria y el paso del tiempo habían robado la dignidad. Buscó la luz de alguna ventana donde pedir auxilio pero a su alrededor no encontró más que su propia soledad. El frío y el cansancio obstaculizaban su marcha. Casi a tientas, volvió sobre sus pasos que lo llevaron a una calle más ancha e iluminada. Aunque tampoco le resultara familiar, respiró más tranquilo. Seguro que allí encontraría algún indicio que lo pusiese en camino de vuelta a casa.

   Al final de la calle, se recortaba la silueta de una pequeña iglesia: nada más que un cubo de piedra con un puntiagudo tejado a dos aguas en cuyo vértice una esbelta cruz de hierro desafiaba al viento. La puerta estaba entreabierta y desde el interior salía un chorro de luz. Al entrar en el templo, Guillermo fue recibido por los acordes del Ária de las Variaciones Goldberg de Bach que alguien interpretaba en el órgano. La delicadeza de la ejecución le hizo olvidar el motivo de su presencia en la iglesia. Se sentó en un banco a pocos metros del coro. Medio oculto por una columna que ayudaba a sostener un arco de medio punto, no solo podía disfrutar de la melodía sino que veía a la intérprete sin temor a ser descubierto. Se recreó en el perfil de la joven: un rostro níveo, como mármol pulimentado, que se teñía de rubor rosáceo cuando la música alcanzaba los pasajes más complicados. La intérprete tenía los párpados cerrados, como si no quisiese que la visión del mundo real le impidiese percibir lo inefable de la composición del músico alemán, y un leve aleteo de la nariz delataba la emoción que le suscitaba aquella agrupación de notas. Mientras, los dedos, más que tocar, sobrevolaban las teclas del órgano.





   Guillermo se contagió de la emoción de la joven. Una corriente eléctrica le recorrió la espina dorsal haciéndole estremecer en tanto una lágrima rebelde atravesó la mejilla derecha. Sorprendido de aquel rasgo de sentimentalismo tan ajeno a su manera de ser, salió de la iglesia con la esperanza de que el frío de la noche le devolviese el sosiego. Cuando recobró la tranquilidad, volvió a entrar en el templo, pero la joven organista había desaparecido. ¿Por dónde había salido? No vio más que la puerta del atrio, por la que había entrado, y la de la sacristía, que estaba cerrada con llave. Esperó largo rato en el mismo banco en el que había estado escuchándola hasta que un sacerdote le pidió que saliera pues ya era muy tarde y había que cerrar la iglesia. Cruzó la calle y, en un bar que aún estaba abierto, pudo al fin pedir las indicaciones precisas para volver a casa.



   II.

   La primavera llegó pintada de alegres colores una mañana de principios de abril. La larga avenida se llenó del fucsia, el morado, el blanco, el amarillo, el carmesí y el celeste de los pensamientos que crecían a ambos lados de la calzada. Animada por el buen tiempo, la gente abandonó el cobijo de las casas y salió a impregnarse de la alegría de las calles. La brisa jugueteaba con el vuelo de los vestidos de las adolescentes que se reían de la picardía del viento. Al final de la calle en un carromato pintado de añil se vendía algodón de azúcar que los niños codiciaban con ojos engolosinados mientras un organillero tocaba La vie en rose.

   Guillermo salió a pasear muy de mañana. Empezó a andar sin rumbo siguiendo la senda que le marcaba su intuición. Mirase por donde mirase, veía los rostros alegres de quienes han sufrido con impaciencia los rigores de un invierno nada compasivo y dan la bienvenida a la nueva estación. Sus pasos lo llevaron hasta una plaza espaciosa en la que se celebraba un mercadillo medieval. Aquí y allá se veían juglares ataviados con negros jubones de terciopelo que atraían la atención de los niños con historias de otros tiempos; bellas princesas que, escapadas de un cuento de las Mil y una Noches, bailaban la danza del vientre al ritmo de las ajorcas de plata y filigrana que adornaban sus muñecas y sus tobillos; puestos con plantas curativas, especias aromáticas y filtros de amor; guerreros que parecían venir de países lejanos tras librar cruentas cruzadas contra el mal.

   Guillermo se paraba en los puestos y, por unas pocas monedas, compraba cosas que sabía no iba a necesitar nunca sólo por el placer de ver la sonrisa de una joven vendedora. De un tenderete se llevó un pañuelo de batista con la letra E bordada con hilo celeste, de otro, un cestillo de mimbre que, de tan pequeño, no servía para guardar nada; aquí, se dejó tentar por unos ojos negros que le ofrecieron un dulce de miel y almendra que acababa de salir de la sartén y, de tan caliente, le abrasó el paladar, allí, fueron unas manos tostadas por el sol las que le tendieron una botella de licor de cerezas...






   A eso del mediodía, cargado con sus compras, ya iba a regresar a casa cuando el rostro de una mujer de unos cuarenta años le hizo detenerse. Estaba ante un puesto de flores y parecía no poder decidirse por ninguna. Tomó entre sus manos un ramo de rosas amarillas y hundió su rostro en él. Lo apartó a un lado para deleitarse con la fragancia de unos jacintos y, después, adornó sus cabellos con la sencillez de unas margaritas. Guillermo contemplaba su rostro que tan mal escondía la dicha que le producían aquellas flores, la desazón por no saber cuál elegir. Seguía con la mirada el contorno del óvalo blanco con tintes rosáceos, aterciopelado como los pétalos de las flores que tanto parecían gustarle, la línea sin fin del cuello, el escote en pico que terminaba en una promesa, el colgante, una clave de Sol de plata, los cabellos color chocolate que escapaban del lazo turquesa que los sujetaba, los ojos castaños y rasgados que sonreían antes que sus labios.

   Guillermo quiso acercarse para comprarle un ramo de rosas amarillas. Revolvió en el bolsillo del pantalón pero no le quedaban más que unas monedas. Preguntó qué flores podía comprar con tan poco dinero y el encargado del puesto le tendió un ramillete de violetas blancas. Se volvió para ofrecérselo a la mujer. El rostro de ella se iluminó con una sonrisa. Guillermo creyó advertir en sus ojos una chispa de agradecimiento. Pero la mujer ni siquiera lo miraba. Dio dos pasos adelante y se dejó abrazar por un hombre que Guillermo no había visto llegar.

   A Guillermo le sorprendió la tristeza que sintió cuando pasaron por su lado antes de perderse entre el gentío que llenaba la plaza. Miró a su alrededor, como si de pronto todo hubiese perdido su encanto. Las bellas princesas de las Mil y una Noche se habían transformado en vulgares bailarinas sin gracia, los juglares ahuyentaban a la gente con groseras risotadas y los guerreros habían cambiado sus cotas de mallas por camisetas de Pokemon. Guillermo recogió las cosas que había comprado, que ya no le parecieron tan especiales. Las guardó en una bolsa de plástico y le dio el ramillete de lilas a una niña que encontró de camino a casa jugando sola a la comba.     


   III.

   El verano tenía prisa por cambiar de hemisferio. Las hojas de los castaños se vistieron de amarillo, ocre y rojizo. Algunas no aguantaron el entusiasmo del viento que recorría la ciudad de norte a sur y acabaron alfombrando el suelo del parque cubriendo sin piedad las flores que luchaban por seguir viviendo.

   A Guillermo no le gustaba el otoño. Le recordaba la soledad en la que vivía. Cuando llegaba esta estación, se refugiaba en la librería o en su casa y no salía de las páginas de un poemario de Rilke. Se negaba a ver la decadencia de la naturaleza que tan semejante era a la suya. Aquel día le había dado el día libre a Amparo y estaba solo para atender a los clientes. Pero no tenía que preocuparse mucho por lo fatigoso de la tarea: desde hacía un tiempo, apenas entraban unas pocas personas a llevarse algún libro.

   Fue a media tarde cuando una mujer entró en la librería. La mirada al frente, como si se dirigiera más allá del infinito, parecía querer ahuyentar a la gente con su aire altivo. La melena le caía en ondas sobre los hombros: una melena blanca, como el resplandor de la luna, con unas hebras oscuras. A su paso dejaba el reguero del aroma a ropa limpia tendida al sol entrelazado con una sutil fragancia a violetas. Su rostro anacarado mostraba un ramillete de diminutos pliegues que acentuaba la belleza de sus ojos y un paréntesis hacía guardia a los lados de su sonrisa.

   No preguntó a nadie por el camino que había de tomar. Como si conociese bien la librería, fue directa a los anaqueles donde se exponían los títulos de la literatura del siglo XIX. Se mordió el labio inferior mientras recorría con la mirada los estantes. Pasó la punta del dedo índice por los lomos de los libros antes de decidirse por uno de ellos. Luego, con él bajo el brazo, fue hasta una silla que la esperaba apoyada en la pared.

   Guillermo observaba la curva de su largo cuello cuando inclinaba la cabeza sobre el libro. Pasaba las hojas lentamente deteniéndose aquí y allá. Aspiraba el aroma que desprendían sus páginas. De vez en cuando le caía un mechón de su cabello sobre la mejilla y, con gracia, sus largos dedos lo volvían a colocar detrás de la oreja. Guillermo se deleitó con la concentración de su mirada, el sosegado vaivén de su escote al respirar y, cuando ella dejó escapar un suspiro, del pecho de él voló una exhalación.

   La mujer levantó la cabeza, como si de repente hubiese advertido la insistente mirada de Guillermo sobre ella. Frunció el ceño en un gesto de fastidio y, antes de que él pudiese hacer nada, dejó el libro en el suelo y abandonó la librería casi corriendo.

   Guillermo salió a su encuentro pero se había perdido entre la multitud que llenaba las aceras. Recorrió la avenida hasta la plaza del Ayuntamiento, pero en ella no encontró rastro de la mujer. Bajó hasta el río y cruzó el Puente del Olvido pero en la dehesa los rostros que le salían al paso eran de desconocidos. Regresó por las callejuelas del casco antiguo de la ciudad y tampoco la encontró.

   Ya de vuelta en la librería, se sentó en la silla donde había estado la mujer. Recogió el libro abandonado en el suelo y pasó su dedo índice por las letras en relieve del título: La copa dorada. Abrió sus páginas al azar y se dejó conmover por las palabras de Henry James.


***

   El claxon de un camión se coló por la ventana abierta despertándolo con gran sobresalto. Una lágrima se deslizó hasta la almohada. Miró a su alrededor sorprendido, como si no supiese bien dónde estaba. Un rayo de sol pintaba de oro la estela de partículas de polvo apuntando con su largo dedo la fotografía que descansaba en la mesilla. Guillermo la tomó entre sus manos y, como cada mañana, la contempló igual que si fuera la primera vez. Allí estaba Elena, su mujer, cuando, con poco más de veinte años, tocaba el órgano en la iglesia de Santa Margarita. Hacía poco tiempo que se habían conocido en una fiesta. Los había presentado un primo de ella que también era amigo de él y, a los pocos días, ya sabían que estarían juntos siempre. O eso creían.

   Se levantó despacio de la cama. Los años eran implacables y le costaba un esfuerzo cada movimiento. Al poner los pies en el suelo, tropezó con un objeto duro. Se arrodilló a cogerlo. Era el libro que había estado leyendo la noche anterior: La copa dorada. Lo abrió por la primera página. Allí estaba la caligrafía inclinada que el tiempo había vuelto morada. Conocía bien los rasgos de sus letras. El rizo de la A mayúscula, la elegancia de los montes de la M, el punto de la I, que más que punto era el ala de una gaviota que se elevaba hasta el cielo, y la rúbrica, un ir y venir de líneas arabescas. Una a una, las letras le enviaba su mensaje y, todas unidas, formaban la dedicatoria: “A Guillermo, mi esposo, que con su amor, sabe cómo hacerme feliz. Elena. Trece de marzo de mil novecientos noventa y tres”.

   Guillermo musitó la fecha una y otra vez: Trece de marzo de mil novecientos noventa y tres. Otro trece de marzo, el de dos mil siete, Elena había fallecido en un accidente de tráfico.

   Miró de nuevo la fotografía. A sus labios asomó una sonrisa cargada de tristeza.  

   ─Gracias, Elena. Mi querida Elena. Esta noche has vuelto a visitar mis sueños.






lunes, 18 de julio de 2016

¿Quién?







Jueves 14 de enero


Esta mañana me he decidido por fin a llamar a la policía. No han tardado más que unos minutos en llegar pero a mí me han parecido años. Enseguida mi minúsculo apartamento se ha llenado de hombres y mujeres uniformados, equipados como si acabasen de salir de un capítulo de CSI. Han tomado muestras de huellas, se han llevado la colilla que encontré en el cenicero de la entrada y dos pelos cortos y negros que destacaban sobre la alfombra azul celeste de mi habitación. La que parecía estar al mando se ha identificado como oficial Doménech. Ha sido ella la que se ha ocupado de tranquilizarme. Me ha hecho sentar en la mesa de la cocina y me ha preparado una taza de té de jengibre con canela que me ha hecho entrar en calor. Después la oficial me ha hablado en un tono voz suave, como el de una madre que, tras una pesadilla, distrae a su hijo con tiernas historias; pero mi llanto no tenía fin. Hasta un buen rato más tarde, no me he calmado y he podido responder a sus preguntas, que han sido muchas; tantas que me he sentido incómoda: cualquiera hubiese dicho que me tomaba por una delincuente y no por la víctima de una intrusión.


Lunes 25 de enero


Hoy me he despertado sobresaltada después de una horrible pesadilla; atormentada por un fortísimo dolor de cabeza; como si un clavo ardiendo me atravesase la cabeza desde el ojo izquierdo hasta la nuca. Las sienes me palpitaban y una oleada de náuseas iba y venía mientras la habitación me daba vueltas. Me he levantado y, dando tumbos, he ido hasta el cuarto de baño para tomarme un analgésico. Me ha costado encontrar la caja del paracetamol. Alguien ha revuelto el cajón de los medicamentos y nada estaba en su sitio. He abierto el armarito que hay detrás del espejo buscando el vaso de cristal pero tampoco he encontrado en sus estantes ningún objeto donde tenía que estar. Ha vuelto a suceder: alguien ha entrado en el apartamento mientras dormía y ha cambiado las cosas de lugar. Lo sé muy bien porque soy una mujer que se precia del cuidado con el que ordena sus pertenencias. No le he dado a nadie nunca ninguna excusa para que me pueda llamar desorganizada. 


He mirado a mi alrededor y he visto la toalla de la tira bordada asomando del inodoro. La frente se me ha cubierto de un sudor frío. “¿Quién me está haciendo eso, Dios mío? ¡No puedo soportarlo más!” Y lo peor es esa extraña sensación de vacío, no saber qué ocurrió mientras estaba profundamente dormida en la habitación de al lado. 


He salido corriendo al dormitorio y he llamado de nuevo a la policía. Luego he telefoneado a la oficina. No me sentía con fuerzas para aguantar una vez más a César, mi jefe, que cada día tiene un genio más insoportable. Marieta me ha advertido que ya es la tercera vez en este mes que falto al trabajo, pero no he querido escuchar sus monsergas de siempre y he colgado dejándola con la palabra en la boca.


La policía ha llegado una hora más tarde. Como la otra vez, los agentes han tomado muestras de cada mota de polvo y no han dejado ningún rincón sin escudriñar. Han insistido en preguntarme si he echado de menos alguna cosa, si se han llevado algún objeto de valor. Pero quien quiera que sea el que me está haciendo esto no tiene intención de robarme.


Cuando se han ido, he sentido un mayor desasosiego. Me he acurrucado hecha un ovillo en el sofá y he puesto el televisor a todo volumen con la esperanza de ahuyentar así mi miedo. Pero no he podido acallar los ruidos procedentes del descansillo. Cada vez que se detiene el ascensor en mi piso, me parece que es mi acosador. El llanto del bebé del apartamento que está frente al mío semeja una risa burlona. Hasta las voces de los locutores de los programas matinales de la televisión parecen presagiar malos augurios.


Finalmente, incapaz de soportar la angustia, me he puesto el abrigo y la bufanda y he salido a la calle. He preferido enfrentarme al gélido viento que recorre la ciudad de norte a sur a encontrarme con mi acosador. 


Al bajar hasta el portal, no he querido coger el ascensor. Hasta eso me da miedo. “¿Y si está esperándome, se sube detrás de mí y me hace alguna cosa mala?, ¿acaso puede alguien decirme cuáles son sus intenciones?, ¿por qué entra en mi apartamento y mueve todo de lugar como si quisiera volverme loca?” Así que he bajado los siete pisos que me separan de la calle por las escaleras.


En la tercera planta, me ha asaltado un fuerte olor procedente del apartamento treinta y tres. Enseguida lo he reconocido: María. Un antiguo novio de la universidad intentó hace años aficionarme a la hierba pero nunca llegué a fumar más de tres o cuatro canutos. Aún así puedo distinguir ese olor que tanto se parece al orégano que quemaba la abuela para ahuyentar los bichos del verano. 


Al llegar al portal, Gaby, el hijo del conserje, me ha contado que, desde hace dos meses, una nueva inquilina ocupa ese apartamento. Se trata, me ha dicho, de una joven más o menos de mi edad pero “mucho más enrollada”. Viste como las hippies de los años setenta: faldas largas de colores, sandalias de franciscano, sombrero de paja, collares de cuentas de cristal quilométricos… Y casi arrastra hasta los pies su melena rubia de muñeca Nancy. Cuando está en casa, tortura a sus vecinos con los berridos de “Red Hot Chili Peppers”. Lo de torturar no lo ha dicho él. Pero me lo imagino. ¿A quién le puede gustar esa música más que a Gaby y a otros cuatro lelos como él?


Distraída con mi nueva vecina, he podido olvidar por un tiempo al intruso.




Viernes 12 de febrero


Ayer por la tarde, al llegar de la oficina, me estaba esperando la oficial Doménech. Venía, dijo, a comunicarme los resultados de las pruebas de laboratorio. Sus palabras me han dejado desconcertada; carecían de sentido. Me insistió mucho en que no habían encontrado en el apartamento otras huellas dactilares que las mías. Según ella, lo más probable era que algún gato hubiese entrado por la ventana, pues los pelos encontrados eran de felino. Incluso, llegó a insinuar que la colilla era mía; que habían encontrado en ella restos de mi saliva. ¿Se ha oído alguna vez cosa más absurda? Yo no fumo. Sé que la oficial no me cree. Cuando se despidió, puso en mi mano la tarjeta de un psiquiatra. Estuve a punto de saltar sobre ella. ¿Qué estaba insinuando?, ¿que estoy loca? ¡No me faltaba más que eso! Aunque sí voy a terminar enajenada perdida como esto continúe. 


Cuando se marchó, estaba tan indignada que me vino uno de mis más terribles dolores de cabeza. Después me debí de desmayar y no volví en mí hasta las ocho de la mañana de hoy. De nuevo estos vacíos de tiempo en los que no sé si duermo o si pierdo la consciencia.



Miércoles 17 de febrero


Al volver de la oficina, me he entretenido con la charla de Gaby. Está fascinado con la inquilina del tercero. No se le cae su nombre de la boca: “Que si Alba para arriba, que si Alba para abajo; que si patatín, que si patatán”. Por lo visto, la tal Alba trabaja sirviendo copas en un local nocturno desde las once de la noche hasta las tantas de la madrugada: Justo cuando estoy yo en lo más profundo del sueño. Así no es de extrañar que pase la mayor parte del día durmiendo; que a saber qué cosas se mete en el cuerpo para aguantar ese ritmo de vida.


Cuando he subido las escaleras hasta mi apartamento no he podido resistir la tentación y, al llegar al tercer piso, he puesto la oreja en la puerta del treinta y tres, pero no me ha llegado otro sonido que un leve tamborileo. De pronto, he oído un fuerte estruendo y he salido corriendo escaleras arriba no fuera la dichosa Alba a descubrir mi espionaje.



Miércoles 3 de marzo


Han vuelto a invadir mi casa. Esta vez han estado en la cocina. Cuando he entrado esta mañana a desayunar y he visto el caos en el que la han sumido, me ha sobrecogido el pánico. Han sacado las cacerolas y las sartenes de los armarios y las han tirado por el suelo. Junto a la nevera, un charco de aceite me ha hecho resbalar; si no me llego a sujetar en el fregadero, de seguro que la caída hubiera sido gorda. En ese momento mi miedo ha dado paso al enfado. He salido de la cocina con un portazo. Ya en la salita, me he precipitado contra el teléfono y he marcado la primera cifra del número de la policía, pero entonces he recordado la última conversación con la oficial Doménech en la que insinuó que todo tenía origen en mi mente enferma. 


Ya no puedo contar con la ayuda de los agentes. Ellos creen que estoy loca. Debo buscar la manera de arreglarlo yo sola. 


Martes 11 de abril


Como era de esperar, desde que mandé poner la alarma, no ha vuelto a entrar nadie en el apartamento. Estoy contentísima. ¿Cómo no se me ocurriría antes? ¡Me siento feliz, exultante, eufórica...! Hasta han desaparecido las migrañas. Ya nadie volverá a asustarme entrando a mi casa. 


Para celebrarlo, esta tarde, al salir de la oficina, he ido de compras al centro de la ciudad y me he gastado medio sueldo en un vestido de seda verde agua: un vestido que, como la superficie del mar, despide destellos cuando lo acaricia la luz del sol. Para hacer honor a tan preciosa joya, he comprado también unas sandalias plateadas y he encargado en la perfumería artesanal de la esquina esencia de peonía que le viene al pelo.

¡Qué feliz soy, Dios mío! 



Domingo 17 de abril


Hoy me he despertado ya cerca del mediodía. El sol de primavera jugaba a colarse por las rendijas de las persianas dejando a su paso un rastro de motas doradas de polvo. ¡Cómo me gustaban de niña esas minúsculas partículas! Estaba convencida de que se trataba del polvo mágico con el que me regalaba mi hada madrina.

Me he quedado un buen rato remoloneando en la cama disfrutando del calor de las sábanas hasta que mi estómago ha protestado porque no le hacía ningún caso. Entonces me he levantado. En la nevera no he encontrado más que dos huevos y un brik de leche: nada apetitoso capaz de tentar mi paladar. Así que me he vestido con rapidez y he bajado a la cafetería que hay al otro lado de la calle, ilusionada por la promesa de un chocolate y unas tortitas con nata. 

Ya de vuelta, con el alma contenta después de tan delicioso desayuno, he subido las escaleras que conducen a mi apartamento. En dos minutos he llegado al tercer piso. La puerta del apartamento treinta y tres estaba entreabierta. No he podido resistirme y me he asomado. No había nadie dentro y, medio de puntillas, me he colado dentro. Un gato de negro pelaje y ojos verdes y luminosos como los faros de un coche ha salido a darme la bienvenida. Como si me estuviera esperando, la pequeña pantera se ha paseado mimosa entre mis piernas antes de volver a acurrucarse en un cojín de color mostaza que yacía en el suelo. 

El apartamento parece salido de un cuento de las Mil y una noches. Todo alfombrado con esteras de colores; las paredes cubiertas de tapices que representan escenas de la vida de la que supuse sería una diosa hindú; mesas bajas repletas de incensarios que esparcen dulces fragancias que ocultan apenas el olor a María que flota en el ambiente. 


El apartamento es aún más diminuto que el mío. En el dormitorio reina un caos de zapatos, faldas y vestidos. Me he sentado ante el tocador abigarrado de miles de frascos. A un lado de la encimera, descansa una sedosa peluca rubia: “De manera que esa es su maravillosa cabellera”. Acallando el miedo a ser descubierta, me la he probado. Me ha gustado muchísimo la imagen que me devolvía el espejo. He mirado a mi alrededor y he visto un vestido en tonos fucsias que me llamaba desde su percha. Me he quitado mis viejos vaqueros y me lo he puesto mientras sentía cosquillas dentro de mí. He echado por encima de los hombros un chal de cachemir rosado en el que bailaban paramecios de tonos turquesas. Feliz con mi nueva imagen, he improvisado una danza descalza por la habitación como no había vuelto a hacer desde hacía muchos años. Cuando más emocionada estaba, he oído la voz de Gaby que decía: “Que tenga un buen día, señorita Alba”. Asustada de mi osadía, me he desvestido aprisa y he subido corriendo a mi apartamento. 



Lunes 9 de mayo



¡Estoy aterrorizada, Dios mío! Cuando ya creía que había dejado atrás esta pesadilla que me estaba matando, ha vuelto a suceder pero esta vez ha sido mucho peor que en las anteriores ocasiones. Me he despertado con una de mis peores migrañas. No comprendo cómo ha ocurrido pero en lugar de encontrarme en mi cama, estaba en la butaca que hay en el dormitorio de invitados. Mi viejo amigo el miedo se ha hecho dueño de mí: y es que a estas horas de la noche en las que me desahogo en este cuaderno, aún no me explico cómo llegué hasta allí.

Con el dolor martilleándome las sienes, he ido en busca de un vaso de agua. Al pasar por la salita, no he podido reprimir un grito de terror: Han vuelto. Quienes quiera que sean han aprovechado mi sueño para cambiar de lugar las cosas de la salita: el sillón tapaba la puerta del balcón, habían descolgado la cortinas de la ventana para cubrir con ellas la mesa camilla y el cuadro de los tulipanes parecía cumplir algún castigo vuelto hacia la pared. Por el suelo unos pelos negros: “De gato”, he recordado que dijo la oficial Doménech. Un pensamiento ha cruzado mi mente. “Y si el intruso fuese una intrusa. ¿No empezó esta pesadilla cuando se mudó la inquilina del apartamento treinta y tres?” Incluso estoy segura que he percibido el olor a orégano quemado de la María.



Me he esforzado por calmarme antes de marcar el número de la oficial Doménech. He pensado que es mejor dirigirme a ella directamente que tener que contestar absurdas preguntas de agentes de mente obtusa que ya conocen mi voz. Pero no he estado muy acertada con la llamada: La oficial se ha negado siquiera a escucharme y ha repetido mil veces de forma machacona que lo que tengo que hacer es acudir a un psiquiatra.


¿Tendré que ocuparme yo misma de solucionar este despropósito?



Domingo 24 de julio



Llevo semanas espiando el apartamento treinta y tres pero todavía sólo he visto a la pantera negra. La inquilina parece que intuye mi presencia y sabe evaporarse en el aire. En todo este tiempo nunca la he visto entrar ni salir del apartamento. Tampoco la he oído cuando, a las horas que dice Gaby que está en casa, he pegado la oreja en su puerta. Es como si no existiera más que en su imaginación. Pero yo sé que está ahí, al acecho, y acabaré desenmascarándola.



***


INFORME POLICIAL NÚM. 367. AÑO 2011

Asunto: 


Muerte por Ahorcamiento de María Eugenia Peralta Rodríguez, Alias Alba Jiménez Muñoz.

Antecedentes:

El miércoles 13 de junio de 2011 a las 17,07 horas, se recibe llamada telefónica en la Comisaría de Policía de Fuencarral-El Pardo. Un hombre que se identifica como Miguel Herránz González, con Documento Nacional de Identidad núm.*** y domicilio en la calle Ginzo de Limia, ***, apartamento treinta y dos, informa que ha encontrado el cuerpo sin vida de Doña Alba Jiménez Muñoz, inquilina del apartamento treinta y tres del mismo inmueble.

Se persona al lugar de los hechos una patrulla compuesta por tres efectivos:

*Oficial de policía María Concepción Doménech García.

*Policía Rodrigo Canal Menéndez.

*Policía Margarita Sanz Pérez.



En el vestíbulo del apartamento treinta y tres, donde ha ocurrido el hecho luctuoso, se encuentra a una mujer de entre treinta y treinta y cinco años que pende de una lámpara del techo con evidentes signos de ahorcamiento. 


Los policías proceden a tomar declaración a los vecinos y el portero de la finca, comenzando por el hombre que realizó la llamada a la comisaría. La oficial hace una llamada al juez de primera instancia, don Aquilino Revilla Sánchez, y a la médico forense, Dra. Eulalia Camacho Linares, para que se personen en el lugar de los hechos.

A las 18,23 horas, la médico forense certifica el fallecimiento de la mujer.

A las 21,56 horas, el juez de instrucción dictamina el levantamiento del cadáver y se procede a su traslado al Instituto Anatómico Forense.



Hechos:


Se produce una confusión en la identificación del cadáver. Los vecinos de la tercera planta del inmueble aseguran que la fallecida es Doña Alba Jiménez Muñoz, en tanto que el resto de vecinos afirman que se trata de Doña María Eugenia Peralta Rodríguez, vecina del apartamento setenta y seis, sito en la séptima planta del mismo inmueble.

Se procede a la toma de las huellas dactilares del cadáver para su cotejo con las de Doña María Eugenia Peralta Rodríguez que obran en poder de la policía por haber denunciado en cuatro ocasiones la intrusión en su apartamento de extraños. Hechas las averiguaciones oportunas, se comprueba la coincidencia de las huellas de ambas mujeres.

En el registro del apartamento de Doña Alba Jiménez Muñoz no se encuentran otras huellas que las de Doña María Eugenia Peralta Rodríguez. En el apartamento de esta última, se incautan de varios objetos, entre los que figura un diario personal de la fallecida.

Tras una segunda toma de declaraciones a los testigos, se concluye que ambas mujeres son una misma persona. 

El informe médico forense, emitido el viernes 15 de junio de 2011, declara que el fallecimiento se produjo por muerte autolítica el miércoles 13 de junio de 2011, entre las 14,00 horas y las 16,00 horas.





***


El psicólogo se tomó su tiempo en leer ambos documentos. La oficial Doménech lo veía ir y volver en su lectura como si quisiera comprobar algún detalle que se le hubiese escapado. La frente del doctor Jaén se pobló de profundas arrugas que delataban su concentración. De cuando en cuando, levantaba la vista y la dirigía hacia ella como si quisiera que le confirmase las palabras escritas.

—¿Y el resto del informe, oficial? 



—El resto no añade nada nuevo. Todo se contiene en el diario de María Eugenia y en el extracto del informe que le he dado.

El doctor Jaén movió la cabeza de un lado a otro en un gesto de disgusto. Garabateó unas palabras ilegibles en una libreta y volvió a leer algunos párrafos del informe. La oficial se miró la sortija de plata que tenía en el dedo corazón de la mano derecha.

—¿Quiere que sólo con esto emita un diagnóstico? —preguntó el doctor con un tono que dejaba traslucir incredulidad, aunque también enojo.



—Quiero que me dé su opinión. El caso ya se ha cerrado. Suicidio. Es lo que dice la forense: que ella misma se causó la muerte. No se va a investigar más. Pero yo quiero saber qué pasó, qué la llevó a suicidarse y a montar el circo que montó. A hacernos creer que había dos mujeres cuando sólo había una. Lo tenía todo pensado y muy pensado. ¡Si hasta dejó un diario para hacernos dudar! Pero, ¿por qué lo hizo?


La oficial no pudo contener su indignación. Una mujer práctica poco dada a las fantasías no podía entender esos jueguecitos.

—¿Qué les ha dicho el chico? —preguntó el psicólogo.



—¿El chico? ¿Qué chico?



—María Eugenia se refiere en varias ocasiones a Gaby, el hijo del conserje, y da a entender que conoce a las dos mujeres. Él las ha visto a las dos. O mejor debería de decir que ha visto a la mujer actuando como María Eugenia y como Alba. ¿Qué les ha dicho? ¿Cómo no se dio cuenta de que eran la misma persona?



—Eso es lo mejor, doctor. El chico no existe. Ni el chico ni ningún conserje. Otra de sus mentiras para volvernos tan locos como ella. Por eso necesito saber por qué hizo lo que hizo para acabar suicidándose.



—Ya, comprendo.

El psicólogo se levantó de la mesa y se acercó a la librería abarrotada de volúmenes. Cogió uno de ellos y lo abrió por el centro. Después lo cerró de golpe y lo devolvió a su estante.


—¿Y vd, qué piensa, oficial? Usted habló con María Eugenia vio cómo se expresaba, cómo se movía.


La oficial Doménech lo miró incrédula. ¿No era ella la que había acudido a la consulta del psicólogo buscando una explicación a lo sucedido? Se removió nerviosa en su asiento. No le gustaba nada aquel hombre de cabello cuidadosamente cortado, un cabello liso y negro con mechones grises. ¿Y qué decir de su camisa de seda azulada y los zapatos de ante que parecían no haber pisado nunca el asfalto? Le hacía sentirse incómoda con sus formas exquisitas pero frías, como si la mirase desde una altura para ella inalcanzable. Y ella no solía sentirse así. Desde su metro setenta y ocho, estaba acostumbrada a imponer respeto a la gente, incluso a la que se consideraba peligrosa.


—Lo único que sé es que esa joven, María Eugenia, llamó un montón de veces a la comisaría porque decía que habían entrado extraños en su casa que le habían movido las cosas de sitio. Pero, cuando acudíamos a la casa, ni habían forzado las cerraduras ni se habían llevado nada; y las únicas huellas encontradas en el apartamento eran las suyas, incluidas las de la famosa colilla —hizo una pausa buscando las palabras que mejor expresaran su pensamiento—. Mire, doctor, yo la creí y todavía me cuesta pensar que nos engañase, que me engañase. Era una mujer aterrorizada. Estaba sola y no tenía a nadie que la protegiese: ni familia, ni novio, ni amigos… Ni siquiera se llevaba bien con sus compañeros de trabajo —miró al psicólogo de reojo para comprobar el efecto de sus palabras en él —. Yo creo que la soledad le hacía sentirse insignificante, invisible para la gente, y eso le hacía sufrir. Por eso se inventó toda esa historia de los intrusos y la vecina hippy que fumaba Maruhuana; para sentirse importante, el centro de atención de la poli. Pero llegar tan lejos… No sé qué pensar, doctor.


—Y de su vida anterior, ¿qué averiguaron? ¿Saben cómo fue su infancia?, ¿cómo era su familia? Ya sabe: si le ocurrió algo de niña que explicase su extraño comportamiento.


—¿Usted cree que en nuestras investigaciones elaboramos la historia clínica de la gente? 


La policía sentía que se encendía su cólera por momentos: ¿Cómo voy a saber lo que le ocurrió o no en la infancia? ¿Qué pretende ese hombre?, ¿que le haga yo su trabajo? No le he pagado cien euros para responder sus preguntas absurdas.


—Lo único que puedo decirle es que estaba sola, que no tenía a nadie y que quería, creo yo, llamar la atención —dijo la oficial sin apenas contener su enfado.


—Muy interesante su hipótesis.


Desvió la mirada hacia la ventana como si el vuelo de un gorrión que se entreveía entre los cristales le resultase de mayor interés que la hipótesis de la policia. Luego le preguntó:


—¿Qué averiguaron de Alba?


—¿De Alba?


—¿Qué hacía la joven cuando actuaba como Alba?, ¿con quién hablaba?, ¿cómo vivía? En definitiva, ¿qué saben de Alba?


A la oficial Doménech le sobresaltó el tono imperioso del psicólogo. Retiró de la frente un mechón de pelo y descruzó las piernas para volverlas a cruzar antes de responder.


—Poca cosa le puedo decir. No se relacionaba mucho con los vecinos. Alguna vez la veían salir por la noche u oían la música que se escapaba de su apartamento. Si se cruzaba con alguno, lo saludaba cortésmente pero no hablaba mucho con nadie. Ni cuando hacía de Alba ni cuando hacía de María Eugenia. El apartamento era tal y como se describe en el diario, como un santuario hindú. Hemos buscado en nuestros archivos, en internet… Y no hemos encontrado nada de nadie que respondiese a ese nombre. Sabemos que acudía tres veces por semana a un local de streptease donde servía copas y algo más hasta las tres de la mañana y que salió un par de meses con un cliente que la plantó cuando se aburrió de ella. Nada más. Nada anterior a diciembre. ¡Ah! Es verdad que fumaba marihuana. La autopsia lo ha confirmado.


El doctor permaneció en silencio antes de seguir hablando:


—Su hipótesis es verosímil, oficial. Quiero decir que podría ser como usted dice, que la joven sólo buscase llamar la atención, ser la protagonista de una historia policiaca. Pero, sin más información de la que me ha dado y la que figura en el diario y el informe policial, podría aventurar una, dos, tres, cinco hipótesis igual de verosímiles e igual de incomprobables, salvo que averiguásemos que estuvo en algún momento de su vida sometida a algún tratamiento y nos hiciéramos con el diagnóstico.


La oficial no pudo ocultar su decepción. Para eso no había perdido la tarde con aquel hombre arrogante. El doctor Jaén pareció percatarse de su desazón. Volvió a la librería y, luego, le tendió unos cuantos volúmenes. 


—¿Ha oído hablar del trastorno de identidad disociativo, oficial?


La oficial Doménech negó con la cabeza.


—Yo sí la creo —dijo el doctor—. A María Eugenia, quiero decir. Lo que escribió en el diario, lo que les dijo a ustedes: todo era verdad. Es cierto que Alba entraba a escondida en su casa, es cierto que le revolvía las cosas, es cierto que hablaba con Gaby y se sentía fascinada por su nueva vecina, tan distinta a ella... 


—¿Pero qué está diciendo? Alba y María Eugenia eran la misma persona. Y Gaby no existió nunca; nadie lo ha visto ni sabe nada de él.


Concepción Doménech se levantó de su asiento y cogió su bolso para marcharse.


—Espérese un momento, se lo ruego. No se enfade. Ya verá como cuando termine le parece que mi hipótesis tiene sentido.


La oficial se dejó caer con desgana sobre el sofá que había junto a la pared dispuesta a no aguantar más de cinco minutos.


—Yo creo—prosiguió el psicólogo— que dentro de María Eugenia convivían varias personalidades, distintos aspectos de sí misma que se manifestaban como si fueran distintas personas. Con unas se comunicaba, como con Gaby o el conserje. Seguramente modificaba la voz y los gestos cada vez que hablaba uno u otro. Pero con Alba no se relacionaba porque cuando aparecía en escena, la eclipsaba. Aparecía cuando dormía o se desmayaba a causa de las migrañas. Hasta el último momento, nunca se encontraron, si hacemos caso a lo que dice el diario. De ahí esos vacíos de la memoria.


—¿Quiere decir que María Eugenia y Alba eran una especie de Norman Bates y su madre en Psicosis?


—O el Dr. Jekyll y Mr. Hyde —dijo con una sonrisa el psicólogo—. María Eugenia era apocada y asustadiza, probablemente perfeccionista, si tenemos en cuenta lo que dice de sí misma sobre el orden; pero se sentía atraída hacia una vecina que era todo lo contrario: su otro yo. De la misma manera que Alba se sentía atraída hacia ella. Puede que Alba fuese esa parte de su personalidad que María Eugenia rechazaba de sí misma y, para torturarla por su rechazo, le cambiara las cosas de sitio. Como si dos fragmentos de su personalidad lucharan por imponerse hasta llegar a destruirse.


—Vamos, doctor. Eso me suena demasiado novelesco.


—No lo es. Llévese estos libros. Lea el caso de Sybil Mason y ya verá como no es ninguna fantasía.


—¿Entonces usted dice que María Eugenia sufría ese trastorno?


—Yo creo que es muy probable que así fuera. Llévese los libros y reflexione sobre ello. Mire dentro de usted misma y verá cómo mi hipótesis le parece posible. Luego vuelva a verme.


La oficial Doménech no estaba muy convencida pero no olvidó guardar los libros en el bolso antes de salir del despacho.


***



Eran las once de la noche cuando Ignacio Jaén apagó la luz de su despacho. Se sentía muy cansado. Le pesaban los párpados y le dolía la nuca. Recorrió a tientas el pasillo y se asomó a la habitación de las niñas. Como de costumbre, Miriam dormía atravesada en la cama con la cabeza escondida entre las sábanas. A sus cuatro años tenía miedo de que alguien se la llevase por estar su cama cerca de la puerta. Susi, su hermana dos años mayor que ella, había superado sus temores con un conejo de trapo al que le faltaba un ojo y una oreja, y dormía a pierna suelta en la cama de al lado. Las besó en la frente y las colocó en una postura más cómoda antes de dirigirse a su dormitorio.

Su esposa se había quedado dormida con un libro entre las manos. La luz de la lámpara iluminaba sus facciones. Nunca como cuando dormía, pensó Ignacio, su rostro mostraba tanta belleza, tanta paz. Se sentó junto a ella y, con cuidado de no despertarla, le quitó el libro y la tendió con suavidad sobre la almohada.

—¿Qué hora es? —le preguntó ella al despertar.

—Tarde, Sofía. Sigue durmiendo.

Ella le acarició la mejilla y le sonrió con dulzura.

—Pareces cansado. ¿Has tenido un día difícil?

Ignacio la besó en el pelo aspirando el olor a rosas de su melena castaña pero no le contestó.

—Nunca podré perdonarme todo lo que te hago sufrir —casi gimió ella. 


—Tú nunca me haces sufrir.


Pero un rictus de dolor que no le pasó inadvertido a su esposa desmintió sus palabras.


—¿Qué dirán las niñas cuando crezcan y descubran cómo es su madre? —preguntó ella ansiosa. La misma pregunta de cada noche; la misma respuesta de siempre:

—Te querrán tanto como ahora, tanto como yo.

Una lágrima extraviada recorrió el rostro de Sofía sin que hiciera nada por impedirlo.

—¿Quién he sido hoy?

—La oficial de policía Doménech. La he puesto furiosa con mi actitud arrogante y mis hipótesis tan absurdas. La he acosado a preguntas impertinentes —le dijo con una sonrisa— y, aunque se ha resistido, vamos progresando.


—¿Cómo puedes soportarlo?


Él le acarició la frente. 


— No te preocupes, Sofía. Algún día te curaré y serás tú para siempre.

—¿Y quién soy yo, Ignacio? ¿Sofía?, ¿María Eugenia?, ¿Alba?, ¿la oficial Doménech o Gaby? ¿Quién soy yo?, dime. ¿Quién?