lunes, 18 de julio de 2016

¿Quién?







Jueves 14 de enero


Esta mañana me he decidido por fin a llamar a la policía. No han tardado más que unos minutos en llegar pero a mí me han parecido años. Enseguida mi minúsculo apartamento se ha llenado de hombres y mujeres uniformados, equipados como si acabasen de salir de un capítulo de CSI. Han tomado muestras de huellas, se han llevado la colilla que encontré en el cenicero de la entrada y dos pelos cortos y negros que destacaban sobre la alfombra azul celeste de mi habitación. La que parecía estar al mando se ha identificado como oficial Doménech. Ha sido ella la que se ha ocupado de tranquilizarme. Me ha hecho sentar en la mesa de la cocina y me ha preparado una taza de té de jengibre con canela que me ha hecho entrar en calor. Después la oficial me ha hablado en un tono voz suave, como el de una madre que, tras una pesadilla, distrae a su hijo con tiernas historias; pero mi llanto no tenía fin. Hasta un buen rato más tarde, no me he calmado y he podido responder a sus preguntas, que han sido muchas; tantas que me he sentido incómoda: cualquiera hubiese dicho que me tomaba por una delincuente y no por la víctima de una intrusión.


Lunes 25 de enero


Hoy me he despertado sobresaltada después de una horrible pesadilla; atormentada por un fortísimo dolor de cabeza; como si un clavo ardiendo me atravesase la cabeza desde el ojo izquierdo hasta la nuca. Las sienes me palpitaban y una oleada de náuseas iba y venía mientras la habitación me daba vueltas. Me he levantado y, dando tumbos, he ido hasta el cuarto de baño para tomarme un analgésico. Me ha costado encontrar la caja del paracetamol. Alguien ha revuelto el cajón de los medicamentos y nada estaba en su sitio. He abierto el armarito que hay detrás del espejo buscando el vaso de cristal pero tampoco he encontrado en sus estantes ningún objeto donde tenía que estar. Ha vuelto a suceder: alguien ha entrado en el apartamento mientras dormía y ha cambiado las cosas de lugar. Lo sé muy bien porque soy una mujer que se precia del cuidado con el que ordena sus pertenencias. No le he dado a nadie nunca ninguna excusa para que me pueda llamar desorganizada. 


He mirado a mi alrededor y he visto la toalla de la tira bordada asomando del inodoro. La frente se me ha cubierto de un sudor frío. “¿Quién me está haciendo eso, Dios mío? ¡No puedo soportarlo más!” Y lo peor es esa extraña sensación de vacío, no saber qué ocurrió mientras estaba profundamente dormida en la habitación de al lado. 


He salido corriendo al dormitorio y he llamado de nuevo a la policía. Luego he telefoneado a la oficina. No me sentía con fuerzas para aguantar una vez más a César, mi jefe, que cada día tiene un genio más insoportable. Marieta me ha advertido que ya es la tercera vez en este mes que falto al trabajo, pero no he querido escuchar sus monsergas de siempre y he colgado dejándola con la palabra en la boca.


La policía ha llegado una hora más tarde. Como la otra vez, los agentes han tomado muestras de cada mota de polvo y no han dejado ningún rincón sin escudriñar. Han insistido en preguntarme si he echado de menos alguna cosa, si se han llevado algún objeto de valor. Pero quien quiera que sea el que me está haciendo esto no tiene intención de robarme.


Cuando se han ido, he sentido un mayor desasosiego. Me he acurrucado hecha un ovillo en el sofá y he puesto el televisor a todo volumen con la esperanza de ahuyentar así mi miedo. Pero no he podido acallar los ruidos procedentes del descansillo. Cada vez que se detiene el ascensor en mi piso, me parece que es mi acosador. El llanto del bebé del apartamento que está frente al mío semeja una risa burlona. Hasta las voces de los locutores de los programas matinales de la televisión parecen presagiar malos augurios.


Finalmente, incapaz de soportar la angustia, me he puesto el abrigo y la bufanda y he salido a la calle. He preferido enfrentarme al gélido viento que recorre la ciudad de norte a sur a encontrarme con mi acosador. 


Al bajar hasta el portal, no he querido coger el ascensor. Hasta eso me da miedo. “¿Y si está esperándome, se sube detrás de mí y me hace alguna cosa mala?, ¿acaso puede alguien decirme cuáles son sus intenciones?, ¿por qué entra en mi apartamento y mueve todo de lugar como si quisiera volverme loca?” Así que he bajado los siete pisos que me separan de la calle por las escaleras.


En la tercera planta, me ha asaltado un fuerte olor procedente del apartamento treinta y tres. Enseguida lo he reconocido: María. Un antiguo novio de la universidad intentó hace años aficionarme a la hierba pero nunca llegué a fumar más de tres o cuatro canutos. Aún así puedo distinguir ese olor que tanto se parece al orégano que quemaba la abuela para ahuyentar los bichos del verano. 


Al llegar al portal, Gaby, el hijo del conserje, me ha contado que, desde hace dos meses, una nueva inquilina ocupa ese apartamento. Se trata, me ha dicho, de una joven más o menos de mi edad pero “mucho más enrollada”. Viste como las hippies de los años setenta: faldas largas de colores, sandalias de franciscano, sombrero de paja, collares de cuentas de cristal quilométricos… Y casi arrastra hasta los pies su melena rubia de muñeca Nancy. Cuando está en casa, tortura a sus vecinos con los berridos de “Red Hot Chili Peppers”. Lo de torturar no lo ha dicho él. Pero me lo imagino. ¿A quién le puede gustar esa música más que a Gaby y a otros cuatro lelos como él?


Distraída con mi nueva vecina, he podido olvidar por un tiempo al intruso.




Viernes 12 de febrero


Ayer por la tarde, al llegar de la oficina, me estaba esperando la oficial Doménech. Venía, dijo, a comunicarme los resultados de las pruebas de laboratorio. Sus palabras me han dejado desconcertada; carecían de sentido. Me insistió mucho en que no habían encontrado en el apartamento otras huellas dactilares que las mías. Según ella, lo más probable era que algún gato hubiese entrado por la ventana, pues los pelos encontrados eran de felino. Incluso, llegó a insinuar que la colilla era mía; que habían encontrado en ella restos de mi saliva. ¿Se ha oído alguna vez cosa más absurda? Yo no fumo. Sé que la oficial no me cree. Cuando se despidió, puso en mi mano la tarjeta de un psiquiatra. Estuve a punto de saltar sobre ella. ¿Qué estaba insinuando?, ¿que estoy loca? ¡No me faltaba más que eso! Aunque sí voy a terminar enajenada perdida como esto continúe. 


Cuando se marchó, estaba tan indignada que me vino uno de mis más terribles dolores de cabeza. Después me debí de desmayar y no volví en mí hasta las ocho de la mañana de hoy. De nuevo estos vacíos de tiempo en los que no sé si duermo o si pierdo la consciencia.



Miércoles 17 de febrero


Al volver de la oficina, me he entretenido con la charla de Gaby. Está fascinado con la inquilina del tercero. No se le cae su nombre de la boca: “Que si Alba para arriba, que si Alba para abajo; que si patatín, que si patatán”. Por lo visto, la tal Alba trabaja sirviendo copas en un local nocturno desde las once de la noche hasta las tantas de la madrugada: Justo cuando estoy yo en lo más profundo del sueño. Así no es de extrañar que pase la mayor parte del día durmiendo; que a saber qué cosas se mete en el cuerpo para aguantar ese ritmo de vida.


Cuando he subido las escaleras hasta mi apartamento no he podido resistir la tentación y, al llegar al tercer piso, he puesto la oreja en la puerta del treinta y tres, pero no me ha llegado otro sonido que un leve tamborileo. De pronto, he oído un fuerte estruendo y he salido corriendo escaleras arriba no fuera la dichosa Alba a descubrir mi espionaje.



Miércoles 3 de marzo


Han vuelto a invadir mi casa. Esta vez han estado en la cocina. Cuando he entrado esta mañana a desayunar y he visto el caos en el que la han sumido, me ha sobrecogido el pánico. Han sacado las cacerolas y las sartenes de los armarios y las han tirado por el suelo. Junto a la nevera, un charco de aceite me ha hecho resbalar; si no me llego a sujetar en el fregadero, de seguro que la caída hubiera sido gorda. En ese momento mi miedo ha dado paso al enfado. He salido de la cocina con un portazo. Ya en la salita, me he precipitado contra el teléfono y he marcado la primera cifra del número de la policía, pero entonces he recordado la última conversación con la oficial Doménech en la que insinuó que todo tenía origen en mi mente enferma. 


Ya no puedo contar con la ayuda de los agentes. Ellos creen que estoy loca. Debo buscar la manera de arreglarlo yo sola. 


Martes 11 de abril


Como era de esperar, desde que mandé poner la alarma, no ha vuelto a entrar nadie en el apartamento. Estoy contentísima. ¿Cómo no se me ocurriría antes? ¡Me siento feliz, exultante, eufórica...! Hasta han desaparecido las migrañas. Ya nadie volverá a asustarme entrando a mi casa. 


Para celebrarlo, esta tarde, al salir de la oficina, he ido de compras al centro de la ciudad y me he gastado medio sueldo en un vestido de seda verde agua: un vestido que, como la superficie del mar, despide destellos cuando lo acaricia la luz del sol. Para hacer honor a tan preciosa joya, he comprado también unas sandalias plateadas y he encargado en la perfumería artesanal de la esquina esencia de peonía que le viene al pelo.

¡Qué feliz soy, Dios mío! 



Domingo 17 de abril


Hoy me he despertado ya cerca del mediodía. El sol de primavera jugaba a colarse por las rendijas de las persianas dejando a su paso un rastro de motas doradas de polvo. ¡Cómo me gustaban de niña esas minúsculas partículas! Estaba convencida de que se trataba del polvo mágico con el que me regalaba mi hada madrina.

Me he quedado un buen rato remoloneando en la cama disfrutando del calor de las sábanas hasta que mi estómago ha protestado porque no le hacía ningún caso. Entonces me he levantado. En la nevera no he encontrado más que dos huevos y un brik de leche: nada apetitoso capaz de tentar mi paladar. Así que me he vestido con rapidez y he bajado a la cafetería que hay al otro lado de la calle, ilusionada por la promesa de un chocolate y unas tortitas con nata. 

Ya de vuelta, con el alma contenta después de tan delicioso desayuno, he subido las escaleras que conducen a mi apartamento. En dos minutos he llegado al tercer piso. La puerta del apartamento treinta y tres estaba entreabierta. No he podido resistirme y me he asomado. No había nadie dentro y, medio de puntillas, me he colado dentro. Un gato de negro pelaje y ojos verdes y luminosos como los faros de un coche ha salido a darme la bienvenida. Como si me estuviera esperando, la pequeña pantera se ha paseado mimosa entre mis piernas antes de volver a acurrucarse en un cojín de color mostaza que yacía en el suelo. 

El apartamento parece salido de un cuento de las Mil y una noches. Todo alfombrado con esteras de colores; las paredes cubiertas de tapices que representan escenas de la vida de la que supuse sería una diosa hindú; mesas bajas repletas de incensarios que esparcen dulces fragancias que ocultan apenas el olor a María que flota en el ambiente. 


El apartamento es aún más diminuto que el mío. En el dormitorio reina un caos de zapatos, faldas y vestidos. Me he sentado ante el tocador abigarrado de miles de frascos. A un lado de la encimera, descansa una sedosa peluca rubia: “De manera que esa es su maravillosa cabellera”. Acallando el miedo a ser descubierta, me la he probado. Me ha gustado muchísimo la imagen que me devolvía el espejo. He mirado a mi alrededor y he visto un vestido en tonos fucsias que me llamaba desde su percha. Me he quitado mis viejos vaqueros y me lo he puesto mientras sentía cosquillas dentro de mí. He echado por encima de los hombros un chal de cachemir rosado en el que bailaban paramecios de tonos turquesas. Feliz con mi nueva imagen, he improvisado una danza descalza por la habitación como no había vuelto a hacer desde hacía muchos años. Cuando más emocionada estaba, he oído la voz de Gaby que decía: “Que tenga un buen día, señorita Alba”. Asustada de mi osadía, me he desvestido aprisa y he subido corriendo a mi apartamento. 



Lunes 9 de mayo



¡Estoy aterrorizada, Dios mío! Cuando ya creía que había dejado atrás esta pesadilla que me estaba matando, ha vuelto a suceder pero esta vez ha sido mucho peor que en las anteriores ocasiones. Me he despertado con una de mis peores migrañas. No comprendo cómo ha ocurrido pero en lugar de encontrarme en mi cama, estaba en la butaca que hay en el dormitorio de invitados. Mi viejo amigo el miedo se ha hecho dueño de mí: y es que a estas horas de la noche en las que me desahogo en este cuaderno, aún no me explico cómo llegué hasta allí.

Con el dolor martilleándome las sienes, he ido en busca de un vaso de agua. Al pasar por la salita, no he podido reprimir un grito de terror: Han vuelto. Quienes quiera que sean han aprovechado mi sueño para cambiar de lugar las cosas de la salita: el sillón tapaba la puerta del balcón, habían descolgado la cortinas de la ventana para cubrir con ellas la mesa camilla y el cuadro de los tulipanes parecía cumplir algún castigo vuelto hacia la pared. Por el suelo unos pelos negros: “De gato”, he recordado que dijo la oficial Doménech. Un pensamiento ha cruzado mi mente. “Y si el intruso fuese una intrusa. ¿No empezó esta pesadilla cuando se mudó la inquilina del apartamento treinta y tres?” Incluso estoy segura que he percibido el olor a orégano quemado de la María.



Me he esforzado por calmarme antes de marcar el número de la oficial Doménech. He pensado que es mejor dirigirme a ella directamente que tener que contestar absurdas preguntas de agentes de mente obtusa que ya conocen mi voz. Pero no he estado muy acertada con la llamada: La oficial se ha negado siquiera a escucharme y ha repetido mil veces de forma machacona que lo que tengo que hacer es acudir a un psiquiatra.


¿Tendré que ocuparme yo misma de solucionar este despropósito?



Domingo 24 de julio



Llevo semanas espiando el apartamento treinta y tres pero todavía sólo he visto a la pantera negra. La inquilina parece que intuye mi presencia y sabe evaporarse en el aire. En todo este tiempo nunca la he visto entrar ni salir del apartamento. Tampoco la he oído cuando, a las horas que dice Gaby que está en casa, he pegado la oreja en su puerta. Es como si no existiera más que en su imaginación. Pero yo sé que está ahí, al acecho, y acabaré desenmascarándola.



***


INFORME POLICIAL NÚM. 367. AÑO 2011

Asunto: 


Muerte por Ahorcamiento de María Eugenia Peralta Rodríguez, Alias Alba Jiménez Muñoz.

Antecedentes:

El miércoles 13 de junio de 2011 a las 17,07 horas, se recibe llamada telefónica en la Comisaría de Policía de Fuencarral-El Pardo. Un hombre que se identifica como Miguel Herránz González, con Documento Nacional de Identidad núm.*** y domicilio en la calle Ginzo de Limia, ***, apartamento treinta y dos, informa que ha encontrado el cuerpo sin vida de Doña Alba Jiménez Muñoz, inquilina del apartamento treinta y tres del mismo inmueble.

Se persona al lugar de los hechos una patrulla compuesta por tres efectivos:

*Oficial de policía María Concepción Doménech García.

*Policía Rodrigo Canal Menéndez.

*Policía Margarita Sanz Pérez.



En el vestíbulo del apartamento treinta y tres, donde ha ocurrido el hecho luctuoso, se encuentra a una mujer de entre treinta y treinta y cinco años que pende de una lámpara del techo con evidentes signos de ahorcamiento. 


Los policías proceden a tomar declaración a los vecinos y el portero de la finca, comenzando por el hombre que realizó la llamada a la comisaría. La oficial hace una llamada al juez de primera instancia, don Aquilino Revilla Sánchez, y a la médico forense, Dra. Eulalia Camacho Linares, para que se personen en el lugar de los hechos.

A las 18,23 horas, la médico forense certifica el fallecimiento de la mujer.

A las 21,56 horas, el juez de instrucción dictamina el levantamiento del cadáver y se procede a su traslado al Instituto Anatómico Forense.



Hechos:


Se produce una confusión en la identificación del cadáver. Los vecinos de la tercera planta del inmueble aseguran que la fallecida es Doña Alba Jiménez Muñoz, en tanto que el resto de vecinos afirman que se trata de Doña María Eugenia Peralta Rodríguez, vecina del apartamento setenta y seis, sito en la séptima planta del mismo inmueble.

Se procede a la toma de las huellas dactilares del cadáver para su cotejo con las de Doña María Eugenia Peralta Rodríguez que obran en poder de la policía por haber denunciado en cuatro ocasiones la intrusión en su apartamento de extraños. Hechas las averiguaciones oportunas, se comprueba la coincidencia de las huellas de ambas mujeres.

En el registro del apartamento de Doña Alba Jiménez Muñoz no se encuentran otras huellas que las de Doña María Eugenia Peralta Rodríguez. En el apartamento de esta última, se incautan de varios objetos, entre los que figura un diario personal de la fallecida.

Tras una segunda toma de declaraciones a los testigos, se concluye que ambas mujeres son una misma persona. 

El informe médico forense, emitido el viernes 15 de junio de 2011, declara que el fallecimiento se produjo por muerte autolítica el miércoles 13 de junio de 2011, entre las 14,00 horas y las 16,00 horas.





***


El psicólogo se tomó su tiempo en leer ambos documentos. La oficial Doménech lo veía ir y volver en su lectura como si quisiera comprobar algún detalle que se le hubiese escapado. La frente del doctor Jaén se pobló de profundas arrugas que delataban su concentración. De cuando en cuando, levantaba la vista y la dirigía hacia ella como si quisiera que le confirmase las palabras escritas.

—¿Y el resto del informe, oficial? 



—El resto no añade nada nuevo. Todo se contiene en el diario de María Eugenia y en el extracto del informe que le he dado.

El doctor Jaén movió la cabeza de un lado a otro en un gesto de disgusto. Garabateó unas palabras ilegibles en una libreta y volvió a leer algunos párrafos del informe. La oficial se miró la sortija de plata que tenía en el dedo corazón de la mano derecha.

—¿Quiere que sólo con esto emita un diagnóstico? —preguntó el doctor con un tono que dejaba traslucir incredulidad, aunque también enojo.



—Quiero que me dé su opinión. El caso ya se ha cerrado. Suicidio. Es lo que dice la forense: que ella misma se causó la muerte. No se va a investigar más. Pero yo quiero saber qué pasó, qué la llevó a suicidarse y a montar el circo que montó. A hacernos creer que había dos mujeres cuando sólo había una. Lo tenía todo pensado y muy pensado. ¡Si hasta dejó un diario para hacernos dudar! Pero, ¿por qué lo hizo?


La oficial no pudo contener su indignación. Una mujer práctica poco dada a las fantasías no podía entender esos jueguecitos.

—¿Qué les ha dicho el chico? —preguntó el psicólogo.



—¿El chico? ¿Qué chico?



—María Eugenia se refiere en varias ocasiones a Gaby, el hijo del conserje, y da a entender que conoce a las dos mujeres. Él las ha visto a las dos. O mejor debería de decir que ha visto a la mujer actuando como María Eugenia y como Alba. ¿Qué les ha dicho? ¿Cómo no se dio cuenta de que eran la misma persona?



—Eso es lo mejor, doctor. El chico no existe. Ni el chico ni ningún conserje. Otra de sus mentiras para volvernos tan locos como ella. Por eso necesito saber por qué hizo lo que hizo para acabar suicidándose.



—Ya, comprendo.

El psicólogo se levantó de la mesa y se acercó a la librería abarrotada de volúmenes. Cogió uno de ellos y lo abrió por el centro. Después lo cerró de golpe y lo devolvió a su estante.


—¿Y vd, qué piensa, oficial? Usted habló con María Eugenia vio cómo se expresaba, cómo se movía.


La oficial Doménech lo miró incrédula. ¿No era ella la que había acudido a la consulta del psicólogo buscando una explicación a lo sucedido? Se removió nerviosa en su asiento. No le gustaba nada aquel hombre de cabello cuidadosamente cortado, un cabello liso y negro con mechones grises. ¿Y qué decir de su camisa de seda azulada y los zapatos de ante que parecían no haber pisado nunca el asfalto? Le hacía sentirse incómoda con sus formas exquisitas pero frías, como si la mirase desde una altura para ella inalcanzable. Y ella no solía sentirse así. Desde su metro setenta y ocho, estaba acostumbrada a imponer respeto a la gente, incluso a la que se consideraba peligrosa.


—Lo único que sé es que esa joven, María Eugenia, llamó un montón de veces a la comisaría porque decía que habían entrado extraños en su casa que le habían movido las cosas de sitio. Pero, cuando acudíamos a la casa, ni habían forzado las cerraduras ni se habían llevado nada; y las únicas huellas encontradas en el apartamento eran las suyas, incluidas las de la famosa colilla —hizo una pausa buscando las palabras que mejor expresaran su pensamiento—. Mire, doctor, yo la creí y todavía me cuesta pensar que nos engañase, que me engañase. Era una mujer aterrorizada. Estaba sola y no tenía a nadie que la protegiese: ni familia, ni novio, ni amigos… Ni siquiera se llevaba bien con sus compañeros de trabajo —miró al psicólogo de reojo para comprobar el efecto de sus palabras en él —. Yo creo que la soledad le hacía sentirse insignificante, invisible para la gente, y eso le hacía sufrir. Por eso se inventó toda esa historia de los intrusos y la vecina hippy que fumaba Maruhuana; para sentirse importante, el centro de atención de la poli. Pero llegar tan lejos… No sé qué pensar, doctor.


—Y de su vida anterior, ¿qué averiguaron? ¿Saben cómo fue su infancia?, ¿cómo era su familia? Ya sabe: si le ocurrió algo de niña que explicase su extraño comportamiento.


—¿Usted cree que en nuestras investigaciones elaboramos la historia clínica de la gente? 


La policía sentía que se encendía su cólera por momentos: ¿Cómo voy a saber lo que le ocurrió o no en la infancia? ¿Qué pretende ese hombre?, ¿que le haga yo su trabajo? No le he pagado cien euros para responder sus preguntas absurdas.


—Lo único que puedo decirle es que estaba sola, que no tenía a nadie y que quería, creo yo, llamar la atención —dijo la oficial sin apenas contener su enfado.


—Muy interesante su hipótesis.


Desvió la mirada hacia la ventana como si el vuelo de un gorrión que se entreveía entre los cristales le resultase de mayor interés que la hipótesis de la policia. Luego le preguntó:


—¿Qué averiguaron de Alba?


—¿De Alba?


—¿Qué hacía la joven cuando actuaba como Alba?, ¿con quién hablaba?, ¿cómo vivía? En definitiva, ¿qué saben de Alba?


A la oficial Doménech le sobresaltó el tono imperioso del psicólogo. Retiró de la frente un mechón de pelo y descruzó las piernas para volverlas a cruzar antes de responder.


—Poca cosa le puedo decir. No se relacionaba mucho con los vecinos. Alguna vez la veían salir por la noche u oían la música que se escapaba de su apartamento. Si se cruzaba con alguno, lo saludaba cortésmente pero no hablaba mucho con nadie. Ni cuando hacía de Alba ni cuando hacía de María Eugenia. El apartamento era tal y como se describe en el diario, como un santuario hindú. Hemos buscado en nuestros archivos, en internet… Y no hemos encontrado nada de nadie que respondiese a ese nombre. Sabemos que acudía tres veces por semana a un local de streptease donde servía copas y algo más hasta las tres de la mañana y que salió un par de meses con un cliente que la plantó cuando se aburrió de ella. Nada más. Nada anterior a diciembre. ¡Ah! Es verdad que fumaba marihuana. La autopsia lo ha confirmado.


El doctor permaneció en silencio antes de seguir hablando:


—Su hipótesis es verosímil, oficial. Quiero decir que podría ser como usted dice, que la joven sólo buscase llamar la atención, ser la protagonista de una historia policiaca. Pero, sin más información de la que me ha dado y la que figura en el diario y el informe policial, podría aventurar una, dos, tres, cinco hipótesis igual de verosímiles e igual de incomprobables, salvo que averiguásemos que estuvo en algún momento de su vida sometida a algún tratamiento y nos hiciéramos con el diagnóstico.


La oficial no pudo ocultar su decepción. Para eso no había perdido la tarde con aquel hombre arrogante. El doctor Jaén pareció percatarse de su desazón. Volvió a la librería y, luego, le tendió unos cuantos volúmenes. 


—¿Ha oído hablar del trastorno de identidad disociativo, oficial?


La oficial Doménech negó con la cabeza.


—Yo sí la creo —dijo el doctor—. A María Eugenia, quiero decir. Lo que escribió en el diario, lo que les dijo a ustedes: todo era verdad. Es cierto que Alba entraba a escondida en su casa, es cierto que le revolvía las cosas, es cierto que hablaba con Gaby y se sentía fascinada por su nueva vecina, tan distinta a ella... 


—¿Pero qué está diciendo? Alba y María Eugenia eran la misma persona. Y Gaby no existió nunca; nadie lo ha visto ni sabe nada de él.


Concepción Doménech se levantó de su asiento y cogió su bolso para marcharse.


—Espérese un momento, se lo ruego. No se enfade. Ya verá como cuando termine le parece que mi hipótesis tiene sentido.


La oficial se dejó caer con desgana sobre el sofá que había junto a la pared dispuesta a no aguantar más de cinco minutos.


—Yo creo—prosiguió el psicólogo— que dentro de María Eugenia convivían varias personalidades, distintos aspectos de sí misma que se manifestaban como si fueran distintas personas. Con unas se comunicaba, como con Gaby o el conserje. Seguramente modificaba la voz y los gestos cada vez que hablaba uno u otro. Pero con Alba no se relacionaba porque cuando aparecía en escena, la eclipsaba. Aparecía cuando dormía o se desmayaba a causa de las migrañas. Hasta el último momento, nunca se encontraron, si hacemos caso a lo que dice el diario. De ahí esos vacíos de la memoria.


—¿Quiere decir que María Eugenia y Alba eran una especie de Norman Bates y su madre en Psicosis?


—O el Dr. Jekyll y Mr. Hyde —dijo con una sonrisa el psicólogo—. María Eugenia era apocada y asustadiza, probablemente perfeccionista, si tenemos en cuenta lo que dice de sí misma sobre el orden; pero se sentía atraída hacia una vecina que era todo lo contrario: su otro yo. De la misma manera que Alba se sentía atraída hacia ella. Puede que Alba fuese esa parte de su personalidad que María Eugenia rechazaba de sí misma y, para torturarla por su rechazo, le cambiara las cosas de sitio. Como si dos fragmentos de su personalidad lucharan por imponerse hasta llegar a destruirse.


—Vamos, doctor. Eso me suena demasiado novelesco.


—No lo es. Llévese estos libros. Lea el caso de Sybil Mason y ya verá como no es ninguna fantasía.


—¿Entonces usted dice que María Eugenia sufría ese trastorno?


—Yo creo que es muy probable que así fuera. Llévese los libros y reflexione sobre ello. Mire dentro de usted misma y verá cómo mi hipótesis le parece posible. Luego vuelva a verme.


La oficial Doménech no estaba muy convencida pero no olvidó guardar los libros en el bolso antes de salir del despacho.


***



Eran las once de la noche cuando Ignacio Jaén apagó la luz de su despacho. Se sentía muy cansado. Le pesaban los párpados y le dolía la nuca. Recorrió a tientas el pasillo y se asomó a la habitación de las niñas. Como de costumbre, Miriam dormía atravesada en la cama con la cabeza escondida entre las sábanas. A sus cuatro años tenía miedo de que alguien se la llevase por estar su cama cerca de la puerta. Susi, su hermana dos años mayor que ella, había superado sus temores con un conejo de trapo al que le faltaba un ojo y una oreja, y dormía a pierna suelta en la cama de al lado. Las besó en la frente y las colocó en una postura más cómoda antes de dirigirse a su dormitorio.

Su esposa se había quedado dormida con un libro entre las manos. La luz de la lámpara iluminaba sus facciones. Nunca como cuando dormía, pensó Ignacio, su rostro mostraba tanta belleza, tanta paz. Se sentó junto a ella y, con cuidado de no despertarla, le quitó el libro y la tendió con suavidad sobre la almohada.

—¿Qué hora es? —le preguntó ella al despertar.

—Tarde, Sofía. Sigue durmiendo.

Ella le acarició la mejilla y le sonrió con dulzura.

—Pareces cansado. ¿Has tenido un día difícil?

Ignacio la besó en el pelo aspirando el olor a rosas de su melena castaña pero no le contestó.

—Nunca podré perdonarme todo lo que te hago sufrir —casi gimió ella. 


—Tú nunca me haces sufrir.


Pero un rictus de dolor que no le pasó inadvertido a su esposa desmintió sus palabras.


—¿Qué dirán las niñas cuando crezcan y descubran cómo es su madre? —preguntó ella ansiosa. La misma pregunta de cada noche; la misma respuesta de siempre:

—Te querrán tanto como ahora, tanto como yo.

Una lágrima extraviada recorrió el rostro de Sofía sin que hiciera nada por impedirlo.

—¿Quién he sido hoy?

—La oficial de policía Doménech. La he puesto furiosa con mi actitud arrogante y mis hipótesis tan absurdas. La he acosado a preguntas impertinentes —le dijo con una sonrisa— y, aunque se ha resistido, vamos progresando.


—¿Cómo puedes soportarlo?


Él le acarició la frente. 


— No te preocupes, Sofía. Algún día te curaré y serás tú para siempre.

—¿Y quién soy yo, Ignacio? ¿Sofía?, ¿María Eugenia?, ¿Alba?, ¿la oficial Doménech o Gaby? ¿Quién soy yo?, dime. ¿Quién?


























lunes, 4 de julio de 2016

La hora postrera








Eran las cuatro menos cuarto cuando aparcó en la plaza del pueblo. La luz del sol caía implacable sobre las casas encaladas rebotando en sus paredes mientras el canto de una chicharra rompía el silencio de la tarde. Al bajar del coche, recibió una bofetada de calor que casi lo hizo retroceder. Recorrió los labios resecos con la punta de la lengua buscando un ilusorio alivio y ajustó las gafas de sol en lo alto de la nariz. La plaza estaba desierta; sólo bajo un soportal un gato enroscado sobre sí mismo andaba medio vigilante con un ojo abierto y otro cerrado. Las persianas bajadas de las casas aumentaban el aire de abandono del lugar. En una esquina un letrero inclinado llamó su atención: “Taberna el gallo que no cantó”. Con paso rápido enfiló hacia ella con la esperanza de encontrarla abierta, como así fue. En el interior, no se veía más que un viejo que dormitaba en una mesa. De la comisura de los labios colgaba un cigarrillo ya consumido. Sobre el mantel, un plato con restos de comida, festín de tres moscones que revoloteaban a su alrededor, y un vaso que hacía mucho que no conocía la caricia de un estropajo y en el que se veía un dedo de vino tinto.

—Buenos tardes. ¿Le pongo alguna cosa? —le preguntó una mujer que apareció de pronto desde una puerta interior.

Permaneció unos instantes dudando antes de pedir una cerveza. El primer sorbo helado tras sufrir el sofocante calor del viaje le erizó la piel. Miró con curiosidad a la mujer quien le pareció que cambiaba su apariencia según se la mirase de perfil o de frente. Vista de lejos, era casi una anciana, una mujer en esa edad en fronteriza entre la madurez y la vejez. Pero, al tenerla de frente, cuando le cobró el servicio, no le pareció que tuviera más de treinta años. 

—¿Queda muy lejos La Arcadia? —preguntó a la mujer.

—¿La qué?

—La Arcadia, la finca de don Gaspar Guerrero.

—No sé dónde cae eso —dijo la mujer encogiéndose de hombros.

Detrás de él, el viejo despertó de su letargo.

—Es que cada día eres más boba, Felisa —le gritó con evidente enfado—. El señor está hablando del Secarral, las tierras que don Joaquín vendió a esos señoritingos de la ciudad.

—¡Ay, Señor! ¡Es verdad, abuelo! Perdóneme, caballero. Ya va para tres años desde que vinieron a vivir al pueblo esos señores y todavía no me hago con ese nombre tan raro que le han puesto a las tierras de don Joaquín. Aquí se lo conoce como siempre se lo conoció, ¿sabe usted? El Secarral lo llamamos. Y como los señores no vienen casi nunca al pueblo... Yo a ella la he visto alguna vez en el comercio comprando alguna cosilla con la criada esa extranjera que se trajeron de la capital, pero a él no lo he visto nunca. Dice la Petra, una mujer que a veces va a ayudarlos con la plancha, que es un viejo chocho. Que digo yo qué hará una muchacha tan joven y tan guapa con un vejestorio como ese por mucho dinero que tenga. Ya lo dice el cura: no se puede echar vino nuevo en odres viejos. Y esta mujer me da a mí que... 

—¡Felisa! Calla ya, que aburres al señor con tanta cháchara —le gritó el viejo—. No le haga caso, que está un poco faltuca.

Y se llevó el índice a la sien para hacerle ver que la mujer no andaba en sus cabales. Luego, levantándose de su asiento, salió con él hasta la calle y le indicó el camino que lo había de llevar a la finca de La Arcadia. En la plaza, dos mozalbetes entre doce y trece años merodeaban alrededor del coche y se asomaban a las ventanillas como si quisieran descubrir lo que se escondía en el interior. El viejo, que hasta ese momento caminaba con el paso vacilante de la artrosis, corrió tras ellos y, entre maldiciones, los echó a bastonazos. Él se subió al vehículo y ya iba a arrancar cuando el viejo introdujo la cabeza por la ventanilla del conductor y le preguntó:

—¿Es usted familia de los señores?

—No, no. Soy periodista. He venido a hacerle una entrevista a don Gaspar.

—¿Y lo esperan?

—No. 

—Pues entonces, caballero, me parece a mí que se va a ir usted igual que ha venido.

Y, sin disimular su desdén, dio media vuelta y regresó a la taberna.

La Arcadia, o El Secarral como se conocía a la finca entre los lugareños, estaba a no más de cuatro kilómetros del pueblo. Se accedía a ella por un camino de tierra que se desviaba de la carretera principal y que, si no se conocía bien, era difícil encontrarlo. Pese a las precisas indicaciones que le había dado el viejo, pasó tres veces por delante del desvío antes de ver un pequeño letrero con el nombre de la finca. Una verja recientemente pintada de verde y un portero automático con una pequeña cámara eran las únicas señales de que hacía poco tiempo habían remozado el lugar. Pulsó el botón de tan anacrónico aparato y, tras unos minutos de espera, contestaron a su llamada. 

—¿Quién es? —preguntó una voz femenina con el acento de algún país del este.

—Soy Enrique Pinilla, de la Revista Literaria Llegando al Parnaso. Quisiera ver a don Gaspar Guerrero.

—El señor Guerrero no puede recibir a nadie en este momento.

—¿A qué hora podía volver? Voy a alojarme en la posada del pueblo y no me costará nada acercarme cuando usted me diga.

—No puedo decirle. Don Gaspar anda muy ocupado últimamente y no quiere que se le moleste.

—Lo comprendo, lo comprendo, y no quiero molestarlo, que estará escribiendo, supongo. Pero, ¿no podría hablar con su esposa?

La mujer pareció dudar un momento.

—Mire —le dijo el periodista—, le dejo en el buzón mi tarjeta con el número de mi móvil y que ellos me llamen cuando puedan. Voy a estar unos días por aquí. Dígaselo, por favor.

En los días siguientes, nadie de La Arcadia se puso en contacto con él para concertar una cita. Enrique mataba las horas con largos paseos por los alrededores del pueblo o repasando las anotaciones que guardaba en el portátil mientras tomaba una cerveza en la “Taberna el gallo que no cantó”. Viendo que el tiempo pasaba sin que sonase el teléfono, estuvo a punto de volverse a Madrid. Pero se negaba a renunciar a la idea de ser el primero en conseguir una entrevista con Gaspar Guerrero. Desde que se publicó su última novela, La hora postrera, nadie había tenido noticias de él. A diferencia de otros escritores que se embarcaban en tediosas campañas de promoción, el novelista parecía haberse desvanecido, indiferente al éxito que alcanzaba su obra. Pero él sería el primero en lograr una entrevista.

Aunque la editorial se negaba a proporcionar a nadie su dirección, él la había conseguido, tras mucha insistencia, de una chica que trabajaba en la firma y le debía unos cuantos favores. La invitó a salir una noche y, después de cenar, la sedujo con palabras que ninguno creía y le hizo prometer que le conseguiría las señas de Gaspar Guerrero. Dos semanas más tarde, su coche tomaba la autopista camino del pueblo donde vivía el escritor.

Una tarde a los pocos días de su llegada, se sentó a leer por enésima vez el último libro de Gaspar Guerrero bajo un roble a las afueras del pueblo en donde corría algo de brisa. Cuanto más repasaba sus páginas, más extraño le parecía que fuese obra del novelista. A diferencia de otras novelas del autor, rezumaba una visión pesimista de la vida. 


El potente ruido de un coche que pasó a su lado a gran velocidad lo sacó de sus reflexiones y le hizo levantar la cabeza. Se trataba de un todoterreno de color oscuro, un vehículo fuera de lugar en aquel pequeño pueblo. Intrigado, siguió su rastro hasta la tienda de ultramarinos. Una mujer bajó del mismo. No había que fijarse mucho para darse cuenta de que no era de allí. Sobrepasaba el metro setenta de estatura; llevaba el pelo negro recogido en una cola de caballo, un vestido estampado de tirantes que se cruzaban en la espalda, unas sandalias planas de color rojo y un capazo de paja que se colgó al hombro.

—Señora Guerrero, ¿verdad? —la abordó Enrique— Perdone que la aborde así en la calle. No sé si sabe quién soy. Mi nombre es Enrique Pinilla, de la Revista Literaria Llegando al Parnaso. Llevo varios días en el pueblo intentando concertar una entrevista con su marido. He llamado varias veces a su casa y…

—Mi marido no concede entrevistas —le contestó con un tono cortante—. Está en pleno proceso de creación y no se le puede molestar, lo siento mucho.

—Lo sé, lo sé. Pero no sería una entrevista al uso. Estoy escribiendo un artículo sobre su última novela y necesito que me aclare algunas cosas. No es más que eso. Dígaselo a su marido, se lo ruego. No le robaré más que unos minutos.

—Se lo diré, pero no le prometo nada.

Enrique la dejó marchar con la convicción de que la esposa del escritor no iba a facilitarle su tarea. Permaneció unos minutos contemplándola caminar por la calle empedrada admirado de su belleza. Como había dicho la tabernera, uno se preguntaba qué hacía una mujer joven con un hombre ya casi anciano. Hasta donde él sabía, no debía de ser por dinero, pues ella era una economista que había desempeñado un cargo importante en una empresa dedicada a la importación de productos de delicatessen. Tampoco debía de ser por la fama que llevaba casarse con un hombre célebre pues nunca se la vio en las fiestas ni en los actos celebrados en honor de su marido; por el contrario, parecía no haberle importado encerrarse con él tres años atrás en aquel pueblo perdido en la nada. 

Como imaginó, nadie lo llamó para concertar una entrevista. Todavía esperó una semana más hasta que una noche Enrique guardó en la mochila los pocos enseres que había traído decidido a regresar a Madrid al día siguiente. ¿Qué sentido tenía permanecer más tiempo en aquel lugar si Gaspar Guerrero no lo iba a recibir? Pero, al despertar por la mañana, decidió darse una última oportunidad y permanecer en el pueblo un día más. Se levantó temprano y fue hasta “El Gallo que no cantó” engolosinado con la expectativa de un desayuno suculento. Aunque había pensado visitar los alrededores del pueblo, se dejó arrullar por la pereza animado por el frescor de la taberna y la lectura de los periódicos del día. 

Pasaba el mediodía cuando la vio entrar. La esposa de Gaspar Guerrero se sentó sola en un rincón oscuro como si no quisiera llamar la atención de nadie; ni siquiera la de Felisa para que le sirviera alguna consumición. Enrique pensó en acercarse a ella pero algo en su gesto lo hizo retroceder. Desde la mesa en la que se encontraba, podía observarla con detenimiento. Llevaba el cabello suelto y la melena le ocultaba medio rostro. Parecía absorta en profundas meditaciones en tanto trazaba en la superficie de la mesa dibujos con el dedo. La tabernera, sin que le hubiera hecho ningún pedido, le llevó una infusión y un trozo de bizcocho. Quiso entablar conversación pero la señora Guerrero parecía muy lejos de allí y no hacía caso alguno de sus palabras. La tabernera, airada, se alejó con el mentón levantado.

Tras un rato, la mujer pareció despertar. Paseó la mirada en derredor y la detuvo sobre Enrique.

—¿No se ha marchado todavía? —le preguntó— Creía que hacía días que había vuelto a Madrid.

—Pensaba irme hoy, pero todavía tengo la esperanza de que me llame su marido.

—Váyase. No lo va a llamar. Vuélvase a Madrid si no quiere pudrirse en este pueblo muerto.

A Enrique le sobresaltó el tono iracundo de la mujer. Ella pareció darse cuenta porque le sonrió. Después, como si un fugaz pensamiento cruzase su mente, exclamó:

—¡Lléveme a Madrid!

—¿Cómo dice?

—Lléveme a Madrid. Ahora mismo. Vayámonos de aquí y dejemos atrás nuestra vida.

Enrique no salía de su asombro. La mujer parecía al borde de la histeria. Lo miró sin verlo. Abrió la boca como si fuera a decir algo pero debió de arrepentirse porque se levantó y, sin volver la vista atrás, abandonó la taberna.

Cuando Enrique recuperó el dominio de su voluntad, salió corriendo a su encuentro. La esposa del escritor se había sentado en el asiento del conductor de su todoterreno. Tenía la cabeza baja y el rostro oculto tras su melena. Sus hombros se estremecían mientras sollozos apenas sofocados le sacudían todo el cuerpo.

—Dígame qué puedo hacer para ayudarla.

—No es nada, de verdad. Déjeme sola, por favor. Estoy bien, de verdad. Ya me vuelvo a casa.

Pero los sollozos desmentían sus palabras. Enrique no sabía qué hacer. No se atrevía a dejarla sola pero temía ser indiscreto si se quedaba. Sin ser consciente de ello, le acarició la cabeza. Ella no se movió como si no se diese cuenta de ello.

—Hagamos una cosa —le dijo Enrique, siguiendo una súbita inspiración—. Vayamos a Madrid, como usted dijo. No me cuente nada si no quiere; sólo déjese llevar.

—¿Está usted loco? Déjeme sola, por favor.

—No. ¡No le estoy pidiendo que abandone su vida por mí, por Dios! —exclamó con una risa forzada— ¿Qué se ha creído? Sólo que pase un rato alejada de lo que sea que le preocupe.

—¿Qué sabrá usted de lo que me preocupa o no? —la esposa del escritor había pasado del llanto a la cólera.

—Yo no sé nada, es cierto. No se preocupe, que no le diré nada de ello ni le haré ninguna pregunta. Iremos donde usted quiera y regresaremos cuando usted diga.

Enrique se asombró de su propia osadía. Después de todo, ¿qué le importaba aquella mujer?

—¿Qué me dice?

La mujer no dijo nada. Se cambió al asiento del copiloto y le tendió las llaves del coche.

Ninguno habló hasta que no salieron a la autopista. La esposa de Gaspar Guerrero contemplaba desde la ventana abierta el paisaje que viajaba en dirección contraria a la que llevaba el todoterreno mientras dejaba que el viento jugase con su cabello. Enrique simulaba que no le importaba otra cosa que lo que sucedía en la carretera pero de cuando en cuando la miraba de soslayo. La mujer del escritor se había tranquilizado pero se había encerrado en un silencio del que no parecía estar dispuesta a salir.

—¿Adónde le gustaría ir? —le preguntó.

—Hace tanto tiempo que no salgo que no sabría decirle.

A Enrique le conmovió la tristeza que desprendía su voz. Estuvo a punto de preguntarle qué era lo que la torturaba de aquella manera pero se contuvo. Vino a su memoria los rumores que corrían por la capital acerca del carácter irascible de Gaspar Guerrero, pero sabía que si le preguntaba ella se encerraría en sí misma. 

—¿Ha montado alguna vez a caballo? —le preguntó tras una pausa— Mi hermana tiene una cuadra a cinco quilómetros de Aranjuez. Si nos damos prisa, podemos estar allí antes del mediodía. ¿Le parece bien?

—¿A caballo?, ¿quiere llevarme a montar a caballo? 


—Sólo si usted quiere. Es una idea como otra cualquiera. Pero, si usted lo desea, hacemos otra cosa.


—No no. Está bien, muy bien. Me gusta mucho la idea, pero no he montado a caballo más que un par de veces y de eso hace ya mucho tiempo. No sé si sabría hacerlo.


—No se preocupe. Ahora cuando paremos a echar gasolina, llamo a mi hermana para que nos reserve unos caballos mansos. Ni siquiera necesitamos un guía. Yo la llevo. No tiene que preocuparse por nada; sólo de disfrutar.

—¿Siempre lleva a la gente allí? —preguntó con una leve sonrisa; la primera sonrisa de la mañana. 

—No. Es la primera vez que llevo a alguien conmigo. Suelo escaparme a montar cuando quiero estar solo, pero creo que hoy estaría bien que pasáramos un rato juntos paseando por el Palacio de Aranjuez y sus alrededores. 

A medida que dejaban atrás quilómetros, la esposa de Gaspar Guerrero iba cobrando animación y una tímida sonrisa iba asomando a sus labios. Enrique procuraba entretenerla con una charla insustancial sobre caballos, el negocio de su hermana y las rutas que ofrecían a los turistas, mientras se preguntaba qué escondía aquella mujer. 

Cuando llegaron, Enrique se encargó personalmente de elegir los caballos. Para la mujer de Gaspar Guerrero, escogió una yegua que respondía al nombre de “Sosita”, tal era su fama de mansa. La ayudó a montar y le colocó los estribos antes de darle unas nociones muy sencillas sobre la monta.

—Coja las riendas con la mano izquierda... Así. Lo que sobra, cójalo con la derecha... Muy bien. No tire tanto, pero no lo deje suelto… Eso es, muy bien.

Tomaron un camino de tierra al paso. El aire arrebolaba las mejillas de la mujer tiñéndolas de rosado, que parecía haber rejuvenecido. Poco a poco la fue abandonando la tristeza y una luz más y más brillante iluminó sus pupilas. Enrique cabalgaba la mayor parte de las veces delante mostrándole los campos cuajados de margaritas, lavandas y amapolas que, tras un lluvioso mes de mayo, vestían de color la pradera. Su caballo, acostumbrado a galopar cuando salía con él, de vez en cuando apresuraba el paso y se adelantaba unos metros dejando atrás a la esposa del escritor. Entonces Enrique se veía obligado a tirar de las riendas para frenarlo y se detenía a esperar a que lo alcanzase.


—¿Va bien? —le preguntaba Enrique de vez en cuando.


—Estupendamente. 


Recorrieron las calles de Los Sotos Históricos resguardados por la sombra de los plátanos y los tilos centenarios. La alegría que expresaban los ojos de la mujer se transformó en verdadero gozo cuando, tras pasar el Puente de la Reina, cruzaron las aguas del Tajo entre el alegre chapoteo de los caballos. Y antes de llegar a los Jardines Reales que conducían al Palacio, el trotecillo que animaba el paseo se convirtió en un animado galope.


A eso de las tres de la tarde, salieron del Real Sitio en busca de un lugar fresco donde detenerse a tomar el refrigerio que les había preparado la hermana de Enrique.


—No sabe cómo le agradezco lo que ha hecho por mí. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto. 


—No tiene nada que agradecerme. Yo también me lo he pasado muy bien. No hay nada como una cabalgada para ahuyentar las preocupaciones.


El rostro de la esposa del escritor se ensombreció de nuevo, como si de golpe hubiese recordado lo que la movía al desaliento. Encendió un cigarrillo y permaneció unos instantes con la mirada en algún punto de la lejanía.


—Lo siento mucho —le dijo Enrique apesadumbrado—. No era mi intención entristecerla.


—No, no. Usted no tiene la culpa. En realidad le debo una explicación después de haberme dedicado toda la mañana sin conocerme ni saber nada de mí.


Enrique contuvo las ganas de cogerle la mano y llevársela a los labios. Después de más de dos horas de alegre cabalgada, volvían a ser dos extraños y ella parecía alejarse más y más en medio de sus pensamientos. En aquel paraje, donde no estaban más que ellos, no sabía qué hacer ni qué decir para que la mujer recobrase algo de la alegría del camino.


—No tiene que decirme nada si no quiere. No me debe nada. Ya le he dicho que yo también he disfrutado mucho.


—Mi marido no lo va a llamar nunca, ¿sabe?


—Eso ya no importa. Mañana me vuelvo a Madrid.


—No es lo que usted piensa. No es que sea un hombre envanecido por la fama ni nada parecido. Es que no está en condiciones de hablar ni con usted ni con nadie. Hace tiempo que un ave de rapiña le robó su vida y se llevó al hombre del que me enamoré hace diez años. 


Hizo una pausa, como si dudase si continuar o no. 



—¿Sabe? Cuando me casé, mucha gente creyó que lo hacía por su dinero y por su fama, pero no es cierto. 


Se detuvo como si no supiese cómo seguir. Enrique hubiese querido ayudarla pero permaneció en silencio.


—Lo quería como no he querido a nadie más. Lo conocí en una cena en casa de unos amigos de mis padres. Mi madre se encontraba indispuesta aquella noche y fui en su lugar para que mi padre, que estaba muy interesado en asistir, no se sintiera solo. Nada más llegar, como si creyera que con ello me hacían un honor, la dueña de la casa me dijo que me había reservado el puesto de la mesa a la derecha de Gaspar Guerrero, el escritor más famoso de entonces. Pero con ello, no consiguió más que ponerme nerviosa y no disfruté de los entremeses que sirvieron antes de la cena pensando en lo que podía decirle si él me dirigía la palabra en la mesa. ¿De qué podía hablar yo, que entonces tenía veinticuatro años, con un célebre escritor de cincuenta y seis admirado por todo el mundo? Pero si dije algún despropósito en la cena, él no dio muestras de darse cuenta de ello. Por el contrario, estuvo toda la noche atento a mis palabras como si éstas fueran lo más importante que tuviera que oír. No quería hablar con nadie más que conmigo y, si otra persona entablaba conversación con él, se las ingeniaba para no dejarme al margen. Y no piense que su charla era pedante, dada su enorme cultura. No. Era sencillo y de trato cercano.


»Si le digo que aquella noche me enamoré de él, no crea que exagero. Antes de conocer a mi marido, había salido con un chico durante dos años que me gustaba mucho pero por el que nunca sentí lo que sentía por Gaspar. Nadie hasta entonces me había hecho creer que era alguien importante. ¿Cómo le diría? Como si yo fuera una mujer con algún atractivo para él, como si fuese un honor el que yo le hacía a él sólo por permitirle estar conmigo. Yo, ¡Dios mío!, una chica insustancial, como era en aquel momento. Más tarde, ya en mi cama, no lograba conciliar el sueño y me estremecía de emoción recordando los matices de su voz cuando pronunciaba mi nombre: ¡Ángela!


»Nunca creí que volvería a verlo y mucho menos que pudiera estar interesado en mí. Pero, para mi fortuna, me equivoqué.


»Una semana más tarde, cuando empezaba a bajar de la nube en la que flotaba desde que lo conocí, me llamó. Acababan de estrenar Casa de Muñecas en el Teatro Lara y me invitaba a acompañarle a verla. No me lo pensé dos veces. Anulé la cita que tenía con un compañero del trabajo y me fui con él sin decirle a nadie con quién iba a salir no fueran a estropearme la noche con comentarios inoportunos. Es curioso, ahora que lo pienso, como hoy he hecho lo mismo. También me he ido con un hombre que no conozco sin decir nada en casa. Aunque, claro, las razones que me mueven a ello sean ahora totalmente distintas.

Enrique reprimió una sonrisa. A medida que transcurría el día se iba sintiendo más y más atraído por el aire entre frágil y arisco de Ángela pese a saber desde el principio que sólo representaba para ella una vía de escape en un momento de debilidad.

—No me pregunté por la obra porque no la entendí —prosiguió con un tono de voz más sosegado—. Por entonces, lo único que había leído eran unas cuantas novelas de Rosamunde Pilcher y los problemas de Nora Helmer no me decían nada. Poco me importaba lo que sucedía en escena; me bastaba para sentirme dichosa mirar a Gaspar a mi lado y ser la única destinataria de su sonrisa. Cuando salimos del teatro, fuimos a cenar a un pequeño restaurante situado en una callejuela de nombre desconocido no muy lejos de la Cava Alta. A Gaspar le gustaban esos sitios olvidados de la gente donde podía paladear un plato exquisito con una copa de vino sin ser objeto de las miradas curiosas de los demás. Ni que decir tiene que me deslumbró con sus modales desenvueltos, su conversación sobre los más variados temas y la atención que, en ningún momento, dejó de prestarme. Lo miraba incrédula de que un hombre de porte tan elegante que parecía haber salido de las novelas que entonces leía estuviera pendiente de mis deseos aun antes siquiera de ser consciente de ellos.

»Ya imaginará las noches que siguieron a aquélla. Hasta que nos casamos, viví pendiente del teléfono. Una llamada me hacía temblar y la ilusión con la que me hacía vibrar el sonido de su campanilla sólo era comparable con la decepción que sentía si no era él el que llamaba. Cuando no lo veía, estaba como muerta. Iba y venía de casa al trabajo, hablaba con unos y con otros, comía y bebía no obstante no ser consciente de ello. Pero con sólo notar su mirada en la mía o el roce de sus labios en mi piel, renacía. O mejor debo decir surgía una Ángela nueva: la mujer que amaba Gaspar Guerrero.

»A los cinco meses de nuestro primer encuentro, desoyendo las palabras de mi padre, que se oponía a una unión tan desigual, nos casamos en la ermita de este pueblo. Ninguno de los dos tenía otro vínculo con él que la fascinación que nos causó al pasar de camino a Asturias en nuestro primer viaje juntos. Durante diez años, nuestra luna de miel parecía no tener fin. Y no lo digo por las escapadas que hicimos a París, Londres o Praga, que fueron muchas: nuestra vida cotidiana era una fiesta constante—a sus labios asomó una sonrisa—. Recuerdo llegar a casa de la oficina cada tarde y quitarme los tacones en el ascensor para salir corriendo a su encuentro. Pero, ¿para qué aburrirle con historias vulgares de mi matrimonio por mucho que significasen para nosotros? ¿Acaso toda pareja de enamorados no se cree única, la más especial del mundo?


»Pero nuestra felicidad se vino abajo hace algo más de cuatro años. Coincidió con el inicio de una novela. Tal vez por ello no me di cuenta de que algo iba mal. Siempre que se ponía a escribir, se volvía irascible y, hasta que no entregaba la manuscrito al editor, vivía encerrado en su despacho sin que se le pudiera molestar. Me vienen a la memoria los primeros tiempos de nuestro matrimonio. En aquellos años aprovechaba las horas de madrugada para sentarse ante el ordenador y descansaba mientras yo estaba trabajando. A mí me reservaba las tardes y las noches. Pero, en los últimos años, cuando se enfrascaba en alguna novela o en algún relato, lo absorbía hasta el punto de olvidarse incluso de que yo estaba allí. Así que, cuando comenzaron los ataques de cólera, pensé que no era más que otro período de concentración literaria, como él lo llamaba.

»Cualquier cosa podía provocar su ira: el retraso de la hora de la cena, una frase de su novela que no le llegaba a convencer o la llegada de una visita inesperada. Y, aunque me cueste reconocerlo, era conmigo con quien más se ensañaba en sus ataques de furia, sabe Dios si por ser la persona a la que se sentía más cercana, sin que pareciera importarle lo profundamente que me hería. Nada le enfadaba tanto como sus despistes. Siempre había presumido de su memoria tanto para las cosas importantes como para las más insignificantes y, de la noche a la mañana me llenó de dolor al ver cómo olvidaba una cita con su agente o, si salíamos a cenar a algún restaurante de Madrid, cómo le costaba recordar dónde había aparcado el coche. A veces, se quedaba ensimismado durante uno o dos minutos y, cuando salía de este estado, parecía volver de muy lejos. Con enormes esfuerzos, intentaba ocultar su desconcierto y el pánico que le causaban aquellos apagones de su cerebro. Entonces, lo abrazaba con fuerza para apagar su miedo y el mío. Pero él, que se negaba a admitir que le pasase nada que no fuera el cansancio por su implicación en su novela, me rechazaba con enconada violencia. Cada mañana, me iba angustiada a la oficina y, aunque no hablásemos de ello, los dos éramos conscientes de que algo grave le estaba sucediendo. 

»Pero no me asusté de veras hasta que un día se perdió. Llevaba casi un mes que sólo salía del despacho a las horas de las comidas, enrocado en un capítulo de su novela que no acababa de salirle como él quería. Ni siquiera se afeitaba y no se hubiera cambiado de ropa si no me hubiese ocupado de ello. Una tarde camino de regreso de la oficina, me llamó al móvil. A duras penas podía entender lo que quería decirme. En su voz se entremezclaban el pánico y la angustia. Dejaba las frases sin terminar y horribles sollozos entrecortaban la comunicación. Con mucho esfuerzo conseguí calmarlo. Entonces me dijo que había salido a dar un paseo para descansar de la fatiga causada por la escritura y no sabía cómo volver a casa. Tardé casi dos horas en encontrarlo pues, él, que dominaba como nadie los secretos del lenguaje, no encontraba palabras para describirme el lugar donde se encontraba. Finalmente, pudo decirme el nombre de una tienda de bicicletas, que resultó encontrarse a no más de trescientos metros de nuestra casa, donde me esperó sentado en el escalón de un portal y encogido sobre sí mismo.

»No esperamos al día siguiente para pedir cita al médico y una semana más tarde estábamos en la consulta de un neurólogo. No le voy a abrumar con la descripción de la enfermedad neurodegenerativa de mi marido. Al principio, evolucionaba con lentitud. Durante meses, parecía no haber cambios. Nos acostumbramos a vivir con sus lagunas de la memoria; y hasta hacíamos bromas a cuenta de sus despistes para ocultarnos la angustia. Pedí una reducción de jornada para poder estar más tiempo con él. Pero al año siguiente, el ritmo del deterioro fue acelerándose más y más. Un día olvidaba su nombre, otro, quién era yo, otro, vagaba por la casa sin rumbo... Hasta que dejó de ser el hombre de quien me había enamorado, al que más he admirado, para convertirse en un niño que dependía de mí para todo.



»Hace tres años, el miedo a que se conociera el estado en el que se encontraba Gaspar me decidió a abandonar Madrid. Vendí nuestra casa con todo lo que tenía dentro y compré ésta en la que vivimos ahora. No se me ocurrió otra cosa para protegerlo de las miradas maliciosas, de la dañina compasión.


»Desde entonces, vivo con un extraño que se parece vagamente a mi marido. Un ser que carece de toda noción de sí mismo, que no se comunica sino con balbuceos y al que hay que cuidar como si se tratase de un bebé de pocos meses.


Cuando terminó de hablar, un pesado silencio se apostó entre ellos. En los ojos de Ángela asomaba la fatiga después de vaciar su alma. No había probado apenas los sándwiches que habían preparado en la cuadra. De pronto, levantó la vista.

—No irá a escribir lo que le he contado, ¿verdad?

En ese momento, era a Enrique al que la emoción le impedía hablar. Negó con la cabeza y le besó las manos después de llevársela a los labios. 

—Ángela, ¿ha pensado alguna vez...? 

—¿Dejarlo?

—Rehacer su vida, comenzar de nuevo. Es usted joven y tan bella…


—¿Acaso se deja de querer a alguien porque esté enfermo? Mi vida es ésta. Y, aunque mi corazón se haya ido destrozando hasta no quedar más que añicos, es la vida que yo he elegido.

Enrique no contestó. Un extraño pensamiento cruzó por su mente. No pudo reprimirse y preguntó:

—El último libro de su marido lo escribió usted, ¿verdad?


Por toda respuesta, se levantó para recoger los restos de la comida y fue caminando hasta donde estaban los caballos. Enrique la siguió. Ángela estaba de espaldas a él acariciando el lomo de la yegua. La esposa del escritor permaneció inmóvil mientras la acogía entre sus brazos. Cuando se volvió, se fundieron en un beso hasta que ella se desasió bruscamente.


En el camino de regreso al pueblo, Enrique iba dibujando planes de un futuro juntos. Buscaría una casa lo suficientemente lejos de Madrid para que Ángela pudiera seguir disfrutando de una vida tranquila con su marido pero tan cerca que se pudiesen ver todos los días. Él la ayudaría a cuidarlo y los protegería de la malsana curiosidad ajena. Ángela parecía emocionada con la vida que se le ofrecía: Ya no iba a sentirse sola nunca más; por mucho que se deteriorase la salud de su marido, contaría con alguien para compartir su dolor. Pero, a medida que se aproximaban a su destino, su alegría iba desvaneciéndose.


Cuando llegaron a La Arcadia, Enrique quiso despedirse con otro beso en los labios, pero Ángela no se lo permitió. Para apaciguarlo, le acarició suavemente la mejilla y, luego, le susurró al oído:


—Gracias por haberme hecho creer que la felicidad podía haber sido posible.


—Te llamaré, Ángela.


Ella se estremeció.


—No. Prométeme que esperarás a que lo haga yo; que no me llamarás ni vendrás a buscarme. 


—Pero, ¿por qué?


—Confía en mí, te lo ruego. Vuelve a Madrid y espera, por favor.


En los días siguientes, Enrique estuvo esperando impaciente la llamada de Ángela. Pero la espera fue en vano. Cada noche se sentía tentado a ir en su búsqueda, pero se contenía intuyendo que, si lo hacía, ella huiría de él. Su desazón iba en aumento a medida que pasaba el tiempo sin noticia alguna, hasta que un viernes, cuando finalizó su jornada en la revista, subió al coche y tomó la autopista que lo llevaba a la Arcadia.


Encontró todo cerrado: el portón de la verja, las persianas de las ventanas. La Arcadia parecía un paraíso abandonado, sin más rastro de vida que un milano que, en su vuelo, dibujaba círculos en el cielo. Pulsó con insistencia el botón del portero automático pero nadie acudió a su llamada. Pronunció a gritos su nombre: ¡Ángela! Pero no obtuvo más respuesta que el canto de un jilguero. A la media hora de espera, subió al coche y enfiló hacia el pueblo. En la taberna “El gallo que no cantó”, Felisa estaba de conversación con dos parroquianos. Enrique pidió una cerveza antes de decidirse a preguntar por Ángela. Fue el viejo el que se adelantó a responderle:


—¿Los señores del Secarral? Hace dos meses que cerraron la casa y se fueron sin despedirse de nadie.










lunes, 20 de junio de 2016

Calle Camino Viejo 128







Diego.
Cuando sonó la alarma del móvil a las siete y media, ya llevaba despierto casi dos horas. El silencio se había apoderado de la casa el día que lo dejó Nuria impidiéndole desde entonces conciliar el sueño. La soledad le aprisionaba el pecho causándole un dolor sordo: ya, su compañero habitual. Sólo por su tozuda determinación permanecía en la cama con la pequeña esperanza de conseguir dormir aunque no fuera más que unos minutos antes de levantarse para comenzar el trabajo que se traía entre manos desde hacía semanas. Pero era inútil. A su mente acudían miles de imágenes de otra época para recordarle que una vez fue feliz. 


Ya en la cocina, un sucio desorden le trajo a la memoria las mañanas de domingo en las que dejaban pasar el tiempo en largas conversaciones ante una taza de café y unas tostadas untadas con la mantequilla y la mermelada de madroños que les traía la madre de Nuria del pueblo. Buscó un vaso entre los cacharros sucios que se amontonaban en el fregadero, lo enjuagó bajo el grifo y lo llenó de café recalentado.

En su despacho, lo esperaban apilados sobre la mesa los libros que el día anterior había sacado de la biblioteca. No le quedaba más que escribir el último capítulo y las conclusiones para finalizar la tesis doctoral. Recordó cómo había cogido tres semanas de sus vacaciones para terminarla unos días antes de que se fuera Nuria. En su cabeza tenía perfiladas las palabras que pondrían fin a una tarea que había iniciado doce años atrás abandonándola y retomándola una y otra vez a lo largo de ese tiempo. Pero cuando al fin pudo vislumbrar la meta de aquel largo recorrido y con entusiasmo dejó de lado todo lo demás para dedicarse sólo a redactar su tesis, Nuria lo abandonó. 

Y, sin embargo, no lo vio venir. Diego se reprochaba no haberse dado cuenta de que Nuria no era feliz. Y eso que llevaba meses quejándose de que no le prestaba atención. Se enfurecía si, al llegar a casa al final de la tarde, no lo encontraba en casa o lo veía enterrado entre libros y papeles absorto en una tesis doctoral que nunca tenía fin. Se volvió irritable, de lágrima fácil. Hasta que, un día, le dijo que no podía seguir viviendo en aquel abandono y se marchó.

Diego intentó leer un artículo de una revista científica que había encontrado por Internet, pero las letras danzaban en su retina impidiéndole comprender el significado de las palabras. La vista se le desviaba continuamente hacia el teléfono móvil. Tal vez aún podía convencerla. Dejó que sus dedos recorrieran el teclado y escribió: “Tengo que hablar contigo. ¿Qué te parece si nos vemos a las siete en la nueva cafetería de la calle Camino Viejo? en el número 128, ya sabes. Donde antiguamente estaba el cine Imperial”.


Diana.
No pudo evitar lanzar a Artemisa una mirada airada. Era cierto que, si querían atraer a las mujeres más elegantes de la ciudad, debían vestirse y perfumarse a tono con su boutique, pero estaba cansada decirle a su socia una y mil veces que, en su estado, no soportaba fragancias tan densas. Claro que a su joven amiga le importaba poco lo que le pasaba o dejaba de pasarle a ella y mucho menos si el aroma a Chanel número 5 le provocaba náuseas. 

El reloj de pared anunció las doce menos cuarto. ¡Dios mío!, pensó, ya mediodía y no había entrado en la boutique más que la señora de todos los días. Allí estaba con un andrajoso abrigo de piel de zorro que a Artemisa le parecía de corte vintage y a ella una antigualla de los años ochenta. Cada mañana, ocurría lo mismo. Llegaba corriendo, como si tuviera mucha prisa, revolvía entre las prendas de cachemir, se probaba los vestidos de fiesta o se colgaba al cuello uno a uno los collares de fantasía. ¿Y para qué?, si nunca compraba nada. Lo dejaba todo manga por hombro, como diría su abuela, y se marchaba una hora después de marear con sus picantes cotilleos a quien se prestara a escucharla. 

Diana suspiró. Se llevó la mano al vientre cuando sintió al niño que esperaba. Un vuelco del corazón le recordó la decisión que había tomado la noche anterior tras luchar durante horas contra el insomnio y sus propios temores. De pronto, la invadió el deseo de contárselo a todo el mundo, anunciar la noticia a los cuatro vientos. Artemisa estaba junto a uno de los anaqueles doblando las blusas de seda. Pensó que tal vez se alegraría por ella si le hablaba de los planes que había estado tejiendo aquella larga noche. Pero, antes de acercarse a su socia, se arrepintió de su impulso. Artemisa la escucharía con la mente perdida en sus cosas, ni siquiera se molestaría en disimular su falta de interés. Sacó el móvil del bolso y se entretuvo repasando los contactos. Cuando vio el de su amiga Luisa se le escapó una sonrisa. Permaneció unos instantes pensativa y después escribió un mensaje: “Te vienes esta tarde a las siete en la nueva cafetería de la calle Camino Viejo?”

Roberto.
Miró el reloj que le regaló Clara, su novia, el día que hizo tres años que se habían conocido. Eran las dos de la tarde. Si se daba prisa en comer, aún podía llegar a tiempo a la sesión de las cuatro para ver la última película de “Star Wars”. Eso si su madre no lo retrasaba con su charla: ¡tenía tantas ganas de hablar después de pasar toda la mañana cuidando al abuelo…! No debía de ser fácil para ella escuchar durante horas y horas la cháchara plomiza del viejo. Siempre las mismas historias, siempre hablando de su vida en Alemania, cuando siendo joven, tuvo que partir en busca de un futuro que en España se le había negado; siempre las mismas quejas acerca de la desidia de los jóvenes actuales, tan distintos de los de su época. Cada día, rompía el corazón de su hija acusándola de malcriar al haragán de Roberto, sin dejarle decir una palabra en su descargo. Así que no era de extrañar que la buena mujer esperase con tanto anhelo a su hijo para pasar un rato de conversación. Pero aquella tarde no podía ser. No tenía tiempo de entretenerse en charlas. De aquel día no pasaba: lo esperaba “El despertar de la fuerza”. Luego, a las siete, un par de cervezas con Clara en la cafetería que habían abierto recientemente en la calle Camino Viejo número 128.

Juan Manuel.
El reloj del ayuntamiento daba las cuatro de la tarde cuando salió del edificio. Apenas podía reprimir las ganas de saltar. ¡Lo había conseguido y sin la ayuda de su padre! En un principio incluso él dudó que pudiera lograrlo. Pero ahí estaba él, saliendo del edificio más elevado de la ciudad donde tenía su sede la empresa de publicidad más prestigiosa del país. No había sido precisa la recomendación de su padre, aunque sabía que con sólo pronunciar su nombre se le hubieran abierto todas las puertas. Pero no. Lo había conseguido él solo, sin ninguna ayuda.

Hacía tres años que había finalizado sus estudios de publicidad y, desde entonces, había perdido la cuenta de las ofertas de empleo que había respondido, los currículos que había enviado, las veces que había esperado en la cola de la oficina del desempleo, las veces que había encendido las luces de la ilusión, las veces que las había apagado. Cada decepción era un acicate más para que su padre le insistiera en que aceptara su ayuda, convencido de que sin ella permanecería hasta el fin de los tiempos en el paro. Juan Manuel había hecho oídos sordos a los funestos augurios de su padre y no había querido rendirse. Pero eso ya se había terminado. Podía alardear de que lo había conseguido sin miedo a que se desvanecieran sus sueños.

Miró su reloj de pulsera: las cuatro y cuarto. Sacó de su bolsillo el teléfono móvil y buscó el número de su padre. “Papá, tengo que darte una noticia. Te invito a las siete a una copa en la cafetería que acaban de abrir en la calle Camino Viejo”.

Paula.
Se retocó el carmín de los labios ante el espejo. Eran las seis de la tarde y ya tenía que haber salido. Otra vez se iba a retrasar. Era su cita más importante con Jaime y de nuevo le iba a dar plantón. ¡Con lo que le molestaba que llegara tarde…! Y eso que había empezado a arreglarse a las cinco. Pero, claro, se había tenido que entretener alisándose la melena con la plancha nueva. Abrió el armario y permaneció unos minutos sin decidirse por el vestido beige, demasiado serio, o por la minifalda azul turquesa y el top negro, ¿tal vez demasiado atrevido? Le gustaba tanto Jaime que tenía miedo de estropearlo. Finalmente se decidió por los vaqueros y la blusa de color rosa que él le había regalado. 

Sus pensamientos volvían una y otra vez a las palabras que había preparado. Lo tenía muy ensayado. Si él no le decía nada, lo haría ella. Para eso lo había llamado y había quedado con él a esa hora tan extraña para ellos. Y es que ya no podía soportar la incertidumbre. Él no se decidía a dar un paso adelante. Siempre sucedía lo mismo. Cuando parecía que al fin le iba a decir proponérselo, acababa dando marcha atrás. Así que ella se lo daría todo hecho. Se lo presentaría como algo ya consumado, irremediable, y a ver si, entonces, se atrevía a negarse. 

Paula suspiró. No podía evitar estar asustada. ¿Y si Jaime la dejaba? Su plan se parecía al juego de la ruleta rusa. Estaba casi segura de que aceptaría, pero no podía quitarse de la cabeza el miedo al fracaso, a que se sintiera acorralado y se marchase. Si eso sucedía... Mejor no pensarlo. Tras dos años juntos, le horrorizaba la idea de que Jaime se fuera. No entendía de dónde le venía ese miedo. Él nunca le había dicho nada que pudiera hacerle sospechar que quisiera marcharse. Pero era tan poco afectuoso, tan poco comunicativo... Nunca sabía a ciencia cierta lo que pensaba.

Consultó una vez más el reloj: las seis y veinte. No podía entretenerse un minuto más si no quería llegar tarde. Había quedado a las siete con Jaime en la nueva cafetería de Camino Viejo 128. 


Calle Camino Viejo 128.
El reloj de las Carmelitas anunciaba las siete menos veinticinco. En la calle Camino Viejo se había dado cita casi toda la ciudad, animada por el sol de febrero, que, tras dos meses escondido, asomaba tímidamente la cabeza. Una pareja de adolescentes esquivaba a los viandantes mientras dibujaba arabescos en la acera con sus patines. De las tiendas entraban y salían turistas cargados de bolsas y, en el parque, unas niños se perseguían jugando al escondite. 

Diego.
Cruzó la puerta de la cafetería veinte minutos antes de lo acordado temeroso de que algún imprevisto le impidiese llegar a tiempo. Apenas había una mesa libre. Desde que abrieron unos meses antes, el local se había puesto de moda y toda la ciudad parecía congregarse allí a la caída de la tarde. Sin apenas poder dominar su impaciencia, recorrió el salón principal con ojos ávidos, pero le fue imposible distinguir a Nuria en medio de tanta gente. Una joven vestida con una sofisticada blusa de de color malva pasó por su lado dejando un rastro a violetas. Por un momento creyó que era ella. Los latidos de su corazón emprendieron una loca carrera antes de comprobar que sólo era una desconocida. Por su pensamiento cruzó veloz la duda: ¿Y si no acudía a la cita? Una mano se posó en su hombro. No le fue necesario volverse para saber que era ella. Cerró los ojos un instante para darse valor y, al abrirlos, como le ocurriera la primera vez que la vio, quedó deslumbrado con su belleza.

Diana
Al entrar en la cafetería, la asaltó el aroma a café y a croissants recién horneados. Paseó la mirada por el salón buscando a Luisa, pero aún no había llegado. Sus ojos se posaron en una pareja que, en un rincón, se hablaba en susurros. Una joven de algún país del este de Europa la guió hasta una mesa libre junto a la ventana. Los ojos de Diana cayeron sobre un muchacho con una camiseta negra de “Star Wars” que no prestaba atención a lo que sucedía a su alrededor, absorto pantalla del móvil. Cuando pasó a su lado, el joven levantó la cabeza como si creyese que era la persona que estaba esperando. Por un instante, se pintó la decepción en su rostro y, luego, volvió a su teléfono. 

Roberto.
Miró de nuevo el reloj: las siete y cuarto. Como de costumbre, Clara llegaba tarde. Levantó la mano para llamar la atención de un camarero que pasaba cerca de su mesa con una bandeja con los restos de una merienda y le pidió otra cerveza. Mientras paladeaba su espuma, saboreaba en el recuerdo escenas de la película que acababa de ver: El ataque aéreo de la Primera Orden con los cazas estelares, el abordaje de Han Solo y Chewbacca, la búsqueda del Halcón... Una llamada del móvil interrumpió sus recuerdos. Clara lo llamaba para decirle que aún se retrasaría un rato. Había salido de compras con su hermana Macarena y se encontraba al otro lado de la ciudad. A Roberto le costó reprimir su enfado: ¿cuántas veces le había hecho una cosa igual? Estuvo a punto de decirle que no se molestara en ir, que él se volvía a su casa. Pero sabía que, si se dejaba llevar por un momento de cólera, se enredarían en una discusión que no tendría fin. Así que prefirió callar y esperarla. Ya la cogería otro día tranquilo y le diría cuatro cosas. Notó su garganta seca, por lo que alzó la mano para pedir otra cerveza. Un joven con pelo rasta pasó por su lado. Por un momento, creyó que era su amigo Guille, pero, cuando iba a llamar su atención, se dio cuenta de que se trataba de un extraño.



Juan Manuel
Cuando entró en la cafetería, vio a su padre en una mesa al fondo haciéndole señas con una mano. Juan Manuel no pudo evitar una sonrisa. Su padre, un caballero a la antigua como le llamaban sus hijos, nunca llegaba tarde a una cita. Allí estaba él, intentando entablar conversación con la joven de la mesa de al lado. Con su príncipe de Gales y un pañuelo blanco impoluto asomando coqueto del bolsillo izquierdo de la chaqueta. Nada que ver con el desaliño de su hijo y su pelo rastas. Y, sin embargo, era a su padre a la persona que más admiraba y, desde su estilo tan opuesto, anhelaba ser como él. Por eso era la primera persona a quien quería contarle que había conseguido un empleo en la mejor empresa de publicidad de la ciudad.

Paula. 
Después de tanto correr y sortear el tráfico, entró en la cafetería con sólo cinco minutos de retraso. Jaime aún no había llegado. Mejor, pensó. Así tendría unos momentos para relajarse antes de verle. Pidió que le trajeran un té de jazmín y un trozo de tarta de Santiago. El nerviosismo le daba hambre. ¿Qué importaba que la tarta, con tanta almendra, tuviera un montón de calorías?, se dijo intentando acallar su conciencia. Ya se pondría a dieta al día siguiente. Un señor de edad avanzada elegantemente vestido parecía querer hablar con ellos pero Paula no le prestó atención. Vio a Jaime entrar por una de las puertas que daban a la ancha avenida. Su mirada miope recorrió el salón como buscando a Paula pero, con su despiste habitual, sus ojos pasaron por encima de ella sin verla. La joven agitó la mano y se levantó de la silla con la intención de ir a su encuentro pero entonces él le devolvió el saludo y se dirigió con una sonrisa a su mesa.

Una cafetería abarrotada de gente.
Un hombre de edad indefinida cruzó el umbral de la cafetería a las siete y veinticinco. Iba vestido todo de negro: sudadera, pantalón y hasta las zapatillas de deporte, cuyos cordones escarlatas ponían la única nota de color a su atuendo. Se aproximó a la barra y pidió un refresco de limón que no llegó a probar. Con un movimiento brusco, retrocedió sobre sus pasos y, llevándose las manos a la hebilla, accionó los explosivos de su cinturón. Tras un ruido atronador, la cafetería se llenó de silencio sólo roto por el tono de un teléfono móvil que parecía querer interpelarnos con su insistencia. Después, gritos, confusión, estupor: una tristeza tan inmensa que no había adjetivo alguno para calificarla.


Cuando se produjo la explosión, Diego llevaba casi media hora intentando convencer a Nuria de que volviese con él. Le habló del estruendoso silencio que se había hecho dueño de la casa, del frío que atenazaba su alma desde que lo dejó, de lo que dolía su ausencia. A pesar de leer el escepticismo en el rostro de su esposa, le prometió cambiar. Aflojar en su ritmo de trabajo y dedicarle toda su atención. Él, que desde que terminó el colegio, no había vuelto a abrir un libro de poemas, abrumó a Nuria con frases que, en otro momento, lo hubiesen avergonzado. Alargó la mano por encima de la mesa y la dejó descansar sobre la de ella, pero Nuria, no sabía Diego si asustada o enfadada, retiró aprisa la suya. En ese momento, se creyó perdido. En un nuevo intento, le habló de amor con palabras que no sabía que conocía. Lo último que vio antes de morir fue una sonrisa entre dulce e irónica asomando a los labios de Nuria.



Diana no tuvo tiempo de contarle a Luisa que iba a tener un hijo. Para su sorpresa, se había quedado embarazada después de tres noches de pasión con un antiguo compañero del instituto con el que no había tenido más que un divertido rollo en un largo fin de semana. Durante semanas, se negó a aceptar lo que era más que evidente: que la falta de menstruación no era un simple retraso debido al estrés por la gestión de la boutique que tenía con Artemisa. Después, cuando ya no había lugar para el engaño, creyó que el mundo terminaba para ella. No se sentía capaz de criar ella sola a un niño y sabía que tampoco Julián se iba a comprometer a ayudarla. Acorralada por el pánico, se había dejado cortejar por la tentación de interrumpir el embarazo. Había llegado a concertar una cita en una clínica a pesar de las dudas que la roían por dentro. Unos días antes, mientras esperaba el autobús, había estado engañando al aburrimiento observando los juegos de una joven con su bebé. Desde entonces se había dejado llevar por la fantasía, especulando con la posibilidad de tener a su hijo. Hasta la noche anterior, en la que, al fin, se había decidido a asumir su maternidad.


Roberto se contó entre los pocos supervivientes del atentado. No llegó a reunirse con Clara hasta tres horas más tarde. Anduvo desorientado por las calles de la ciudad sin saber quién era ni adónde iba; y perdido hubiera continuado sabe Dios cuánto tiempo de no haberlo encontrado vagando por un parque una patrulla de policía que lo llevó al hospital. Los médicos comprobaron que no tenía más que la conmoción por lo sucedido y unas cuantas magulladuras en el rostro y en las manos. Le aconsejaron que pasara la noche en observación. Pero Roberto, que tenía miedo de morir si permanecía en aquel lugar donde la reina del inframundo cortejaba a los hombres, llamó a Clara para que fuese a recogerlo. Cuando la vio cruzar la puerta de la habitación a la que lo habían llevado, creyó despertar de un sueño. Se abrazó a ella y dejó que se derramara el llanto como no había vuelto a hacer desde que era niño. Fue en ese momento cuando se acordó de su madre. Faltaban unos minutos para las doce de la noche. Si le contaba lo ocurrido por teléfono, la mataría del susto. Sacó el móvil del bolsillo de la cazadora y le puso un mensaje: “Paso la noche en casa de Nuria. Te quiero mucho, mamá”. Sólo cuando lo envió, se dio cuenta de que la última frase podía alarmar a su madre: él nunca le dedicaba palabras tan cariñosas. Luego, escabulléndose de la vigilancia de las enfermeras, Clara y Roberto salieron del hospital y se perdieron en la noche.



Juan Manuel estaba entusiasmado contándole a su padre sus planes para el futuro cuando una sombra pasó por su lado. No fue más que una milésima de segundo. Suficiente para que un extraño presentimiento le helase el corazón. Casi al instante, una intensa luz cruzó su cerebro y sin darle tiempo a tomar conciencia de lo que estaba sucediendo, se sumió en la oscuridad más absoluta para siempre. 


Unos minutos antes de la explosión, Paula superó su miedo al rechazo y le pidió a Jaime que se fuera a vivir con ella al apartamento que acababa de alquilar. En los dos años que llevaban juntos, ella siempre había dudado del tipo de relación que tenían. Jaime no era muy expresivo a la hora de mostrar sus sentimientos, nunca le había dicho claramente que la quería y a Paula solía asaltarle una dolorosa sospecha: que únicamente la moviese a seguir con ella el miedo a quedarse solo. Durante meses, había estado tentada a preguntarle si la quería pero el temor a lo que le pudiese responder la había hecho callar. Mas aquel día, había tomado una decisión: le pediría que se fuera a vivir con ella. Paula nunca llegaría a saber si Jaime la quería o no. En el momento en el que él iba a responder, una explosión cerró sus labios para siempre. 



Aquella tarde de febrero, reinó la sinrazón del odio. Roberto no volvió a ser el mismo. Diana murió. Y Paula. Y Jaime. Y Diego. Y Nuria. Y José Manuel. Y su padre. Y muchos más. A los que sobrevivieron, el fanatismo truncó sus vidas e ilusiones. Yo lo vi, por eso lo cuento.