lunes, 21 de marzo de 2022

Si no tardas mucho…. Primera parte





Si no tardas mucho, te espero toda la vida.

Oscar Wilde





Una mañana de abril Gabriel se levantó muy temprano. Quería ser de los primeros en llegar a las oficinas del Real Conservatorio de Madrid para inscribirse en las pruebas de admisión a los estudios superiores de música. Sabía de otros años que la fila de los que se animaban a aguardar hasta el final podía dar la vuelta a la manzana, de modo que salió de su casa a las seis y veinte.


—¡Espera! —le gritó su madre desde la ventana—. ¿Es que no te vas a tomar nada para soportar la mañana?


Pero Gabriel ya doblaba la esquina. 


A pesar de su carrera apresurada, cuando llegó a la puerta del Conservatorio, la cola de aspirantes se prolongaba más de un kilómetro. Se dispuso a armarse de paciencia y esperar respetando su turno detrás de la última: una chica alta y rubia, diferente, según le pareció, a todos los que aguardaban con paciencia la apertura de la puerta. Con un vestido demasiado veraniego para una mañana tan fresca, zapatos de alto tacón y el pelo con mechas cuidadosamente peinado, se diría que se hubiese equivocado de fila, entre tanto pantalón vaquero, botas estilo militar y sudaderas con capucha.


—Hace mucho frío, ¿verdad? —le preguntó para entablar una conversación—. Nadie diría que estamos en primavera.


La mirada glaciar que acompañó el silencio de la chica hizo que se sintiese ridículo con su comentario. Para reafirmar sus escasos deseos de hablar, la joven extrajo de un gran bolso un libro y fingió enfrascarse en la lectura.


A mí no me engañas, que el truco del libro está muy visto, que es imposible que distingas las letras entre tanta oscuridad; que la luz de esa farola ni es luz ni nada que se le parezca.


 Curioso, se asomó por encima del hombro y pudo atisbar o, más bien, adivinar el título: El amor en los tiempos del cólera de García Márquez. 


Aquella fue la primera vez que la vio.

 

La segunda vez fue el día de la prueba de acceso. Allí estaba ella, sentada en el aula que antecedía a la sala de audición; cerca de él, con un libro entre las manos, como el mes anterior. Esta vez, una novela de Charlotte Bronte: Shirley, como pudo leer en la portada. No le bastó más para hacerse una idea de cómo podía ser ella. 


Si le gusta la música y las grandes novelas de amor, tiene que ser una chica sensible y romántica. 


—Otra vez nos toca juntos —le dijo con tanto entusiasmo que temió espantarla.


La chica sólo esbozó una sonrisa y regresó a su libro; pero Gabriel no se desanimó.


—¿Tú qué instrumento tocas? —Llenó el silencio entre ambos con su propia verborrea—. Yo vengo a ver si me cogen y puedo perfeccionar mi dominio del violín. Ya lo he intentado dos veces y, hasta ahora, no he tenido suerte, pero, ya sabes, a la tercera, va la vencida. ¿Y tú?, ¿cuál es tu instrumento?, ¿por dónde tira tu talento?


De su empeño por entablar conversación y saber más de la chica, sólo sacó que tocaba el clarinete. Aquello también le gustó. 


—¡Vaya! —exclamó con admiración—. ¡Es increíble!


Además de romántica, es original. ¿Se puede pedir más? No estudia piano, como la mayoría de las chicas, ni siquiera violín, como yo. No. Lo suyo es el clarinete.


Pero antes de animarse a iniciar una conversación, la chica se levantó de su asiento.


—Disculpa —le dijo—. Ya me toca.


Lo cierto es que todavía se oía la machacona interpretación de violonchelo del aspirante que se examinaba en la sala de audición. 


¡Menuda disculpa para quitarme de en medio!


Cuando al cabo de dos horas lo llamaron para realizar la prueba, no pensó en la posibilidad de fallar, como las otras veces. Ni en el ultimátum que le había dado su padre: si no lo admitían en esta ocasión, tendría que buscarse otro modo de ganarse la vida. Borró de su mente los últimos años de sacrificios, las horas robadas a los juegos infantiles, a los amigos, a los primeros escarceos amorosos. Olvidó el dolor de los fracasos, la amargura de las frustraciones cuando una pieza no salía como debía salir. Olvidó los esfuerzos por convencer a sus padres de que la música era para él más que una diversión. Olvidó que se la estaba jugando, que aquella era la última oportunidad para hacer realidad su sueño. Lo olvidó todo, mientras en su mente oía la voz de una joven envuelta en una melodía de clarinete. Y este olvido le abrió la puerta del Conservatorio. El segundo movimiento de la Sonata número 1 de Bach le salió casi perfecto. Para sorpresa de su familia, y la suya también, una semana después supo que había sido admitido y supo, sin que le cupiese duda alguna, que se había enamorado. 


Ella es distinta, es atractiva, es romántica, es original; además, ha resultado ser mi musa.

 

Hasta mediados de curso, no logró hablar con ella, pese a haberlo intentado una y otra vez. La encontró sola en la cafetería a la hora de comer. Gabriel no se lo pensó ni un instante y se sentó frente a ella en su mesa. 


—¿Estás esperando a alguien? —le preguntó temeroso de recibir una respuesta afirmativa—. He dado mil vueltas por ahí y no he visto ningún sitio libre.


Se mordió la lengua hasta probar el sabor a óxido de la sangre. Al fondo del comedor se veía una fila entera de sitios libres, pero si la chica se percató de su mentirijilla, no dio muestras de ello.


—No te importa, ¿verdad? No te molestaré, en serio.


Si sigo hablando como un tonto, la acabaré ahuyentando para siempre. 


Los primeros minutos, ninguno dijo nada. Gabriel apenas probó una cucharada de un caldo que no le supo a nada. Toda su atención estaba centrada en la fascinante chica. Un ojo se le iba a la mano blanca que sostenía con elegancia el tenedor mientras que con el otro, la examinaba de arriba abajo. Todo en ella le resultaba un prodigio de belleza. La melena que cosquilleaba sus hombros, los labios rosados, que apenas abría al comer, los dientes, tan diminutos que se dirían de leche, el modo de inclinar la cabeza hacia un lado como si así pudiese oírlo mejor, los ojos, que chisporroteaban antes de permitir que una sonrisa se irradiara por todo el rostro... También en aquella ocasión la acompañaba un libro. Gabriel echó una ojeada a la portada.


—¡Derecho Penal! —exclamó entre sorprendido y algo desencantado—. ¿Qué tiene que ver una materia tan fría y cuadriculada con una artista? ¿No serían más apropiados los Veinte poemas de amor y una canción desesperada?


La joven mostró sus dientes de niña en una carcajada que a Gabriel le resultó deliciosa.


—Es que de artista, me temo, tengo poco. —Se retiró, con un soplo, un mechón que le cayó sobre la nariz—. Soy realista. Algún día me tendré que ganar la vida y el clarinete no me va a dar de comer.


—Yo creo que tienes mucho talento —replicó el violinista con convicción—. A propósito —añadió tras extender la mano hacia ella—, soy Gabriel.


—¡Cómo si no lo supiera! —volvió a reír la chica—. El chico más preguntón de la clase de Armonía: Gabriel Guzmán. El sabiondo que nos desespera a todos porque no permite que avance la clase. 


Gabriel rezongó como protesta por el retrato tan poco favorecedor que hacía de él, lo que provocó una nueva carcajada de la joven.


—¡Gabriel, que estoy de broma! Me encantan las ideas que se te ocurren. Me obligan a pensar, a ver las cosas desde otro punto de vista.


Un calor le subió por el rostro y a punto estuvo de estropearlo con un comentario tonto. 


Menos mal que me he callado a tiempo.


—Y tú eres Dolores.


La chica acababa de introducirse en la boca un trozo de pescado. Se llevó la mano a los labios y negó con la cabeza, como si tal afirmación la ofendiera.


—¿Cómo que no? —protestó Gabriel.


—Dolores es un nombre espantoso; nadie me llama así. Soy Raisa.


—¿Raisa?


—¡Oh! Una ocurrencia de mi abuela. Lo sacó de una novelita sentimental, de esas que se vendían en los quioscos durante los años cuarenta y cincuenta por apenas unos céntimos, ¿sabes a las que me refiero? Mi abuela era muy romántica. 


Como tú: romántica y encantadora.


—Pensaba que si llevaba el nombre de una de sus heroínas, me aseguraba un futuro lleno de grandes amores. Fíjate tú, qué ocurrencias. Desde entonces, todos me llaman Raisa y yo me quité de encima ese nombre tan trágico.


Su abuela, también, la había animado a tocar el clarinete. Le enseñó las primeras notas, a amar la música.


—¿Y tu novio?, ¿qué dice tu novio de que te dediques al clarinete?


Raisa volvió a regalarle con su risa sonajera y respondió entre coqueta y tímida que no tenía novio.


No pararé hasta que seas mía. Yo seré tu novio.

 

Se hicieron amigos inseparables. Él la ayudaba con las clases de Lenguaje Musical. Le prestaba los apuntes cuando Raisa no podía asistir a clase por tener exámenes en la facultad. Comían juntos, iban a conciertos en el Teatro Real cuando el padre de Raisa les conseguía entradas. Gabriel tenía un amigo que trabajaba en las oficinas del Auditorio. Javier, que así se llamaba, les conseguía entradas gratuitas o pases para los ensayos que tenían lugar los domingos de buena mañana siempre que no hubiera programada ninguna sesión matinal. Salían del Auditorio ebrios de música. Sentados ante una cerveza y un plato de tacos de jamón, dejaban pasar las horas en encendidas discusiones sobre la ejecución de los músicos. Mientras se acaloraba con los comentarios de Raisa sobre un staccato que a él le resultaba demasiado largo, una parte de su alma salía del cuerpo y se contemplaba junto a la joven en tanto imaginaba un futuro de amor eterno. Mas, si se aventuraba a insinuar por dónde discurrían sus sentimientos, Raisa se lo tomaba a broma sin darse por aludida. A veces, la casualidad se aliaba con él. Un roce de la punta de los dedos de la chica, de sus uñas pintadas de rosa transparente, un mechón que se enredaba en un soplo de viento y le alcanzaba la mejilla. Gestos involuntarios de Raisa que lo hacían estremecer. Todo su ser temblaba de deseo: el deseo de tomarla en sus brazos y cubrirla con sus besos. Lo veía con toda nitidez en la imaginación mientras le ardía el rostro. Apenas se prolongaba un segundo la visión, más ese breve período de tiempo era suficiente para sentirse arrollado por la pasión. Por fortuna, el momento pasaba rápido. El deseo se desvanecía, antes de caer en el ridículo, frente la mirada fresca e inocente de Raisa.


Por más que te escapes, yo te buscaré. Tengo toda una vida para esperarte.

 

Cuando cursaban tercero, tuvo la suerte de ser elegido para formar parte de un conjunto de cuerda del Conservatorio. El profesor que los dirigía era un apasionado de Boccherini y no cejó hasta lograr organizar un concierto de cámara en la Basílica Pontificia de San Miguel, donde estuvo enterrado el compositor italiano. Eligieron entre todos el repertorio con sumo cuidado: piezas y fragmentos de composiciones del dieciocho. Algunas, como el Cuarteto de cuerdas número 1 en Sol Mayor de Mozart, eran muy conocidas entre los que estaban bajo la batuta del viejo profesor, pero otras, como unas pequeñas piezas de la compositora Anna Bon di Venezia, constituían un reto para los jóvenes principiantes.

 

El concierto se celebró un doce de abril. Estuvo toda la tarde lloviendo. Gabriel miraba al cielo con temor de que la apariencia de las nubes fuera un mal presagio de lo que le deparaba en el templo barroco. Y eso que siempre se reía de los supersticiosos que veían señales de infortunios y ventura en las cosas. Aunque el inicio del concierto no estaba previsto hasta las ocho de la tarde, una hora antes comenzó a llegar la gente: personas, casi todas ellas, familiares y conocidas de los intérpretes. Entre ellas, se encontraba Raisa. Cuando cruzó el umbral de la iglesia, la lluvia se retiraba para dejar lugar al perezoso sol de la atardecer. Gabriel creyó ver en las primeras las estrellas el vaticinio de una noche de éxito y, confiado en sus propios pensamientos, tocó como si el espíritu de Boccherini lo estuviese inspirando. Dejó que sus dedos volasen, retiró la mente a lo más profundo de su ser y permitió que su corazón se adueñara del arco del violín. Entre el público se hizo un silencio reverencial. En las primeras filas se contenía el aliento y hasta una mosca se posó, sin hacer ruido, junto al atril para no perderse ni una nota.


Pero yo sólo toco para ti. Me son indiferentes los aplausos, los bravos que aturden mis oídos. Me basta tu sonrisa para rozar el cielo.

 

Cuando finalizó el concierto, no pudo reunirse con Raisa hasta casi una hora después. La gente se arremolinaba alrededor de él para felicitarlo. No lo sabía, pero aquella iba a ser la primera de una larga lista de veladas en las que, a lo largo de su vida, disfrutaría del triunfo. Pero Gabriel sólo buscaba el aplauso de una persona y fue recompensado con él cuando logró zafarse de quienes lo rodeaban. Raisa lo esperaba a los pies de la escalera del templo. A Gabriel le bastó una sola mirada para darse cuenta que había triunfado. Raisa lo recibió con una sonrisa que eclipsaba la luz de las farolas que iluminaban la calle.

 

Dejaron la basílica atrás y se adentraron en la noche abrileña. Todos los alumnos del Conservatorio se habían citado después del concierto en un bar cercano para tomarse unas copas y celebrar la noche. Allí dirigieron sus pasos, borrachos de sonatas, cuartetos y serenatas dieciochescos.

 

Se sentaron en la mesa de sus ruidosos compañeros y participaron de la algarabía general. El profesor que los acompañaba no se quedó mucho tiempo, tal vez por sentirse viejo entre tanto veinteañero. Las copas de JB con Coca-Cola volaban sobre las cabezas de los músicos, mientras tarareaban o, más bien, gritaban fragmentos de las piezas que acababan de interpretar. Por encima de las copas y las botellas que se vaciaban con inusitada celeridad, se cruzaban sus miradas. Los ojos de Raisa fulguraban como fuegos de artificio y sus destellos daban de lleno en el corazón de Gabriel. La voz de la joven trataba en vano de abrirse paso entre tanto ruido.


—¡Has estado genial! —repetía con entusiasmo.


Gabriel no podía oírla, pero le bastaba observar su expresión risueña para sentirse el hombre más dichoso del mundo.


Después de acabar con las existencias del bar, uno del grupo propuso seguir la celebración en otro chiringuito, donde se repitió el jolgorio y acabaron expulsados por el escándalo montado. Hasta muy entrada la madrugada, vagaron de un local a otro y repitieron el numerito. Desde el bochornoso final del segundo local, Gabriel quiso escabullirse. Detestaba el ambiente bullanguero en el que había degenerado la velada, pero no pudo deshacerse de la compañía hasta que empezaron a desfilar los músicos a sus casas porque Raisa parecía disfrutar de la juerga. Cuando, al fin, se vieron solos, Gabriel se ofreció a acompañarla hasta su casa. La tardía hora nocturna les hizo ver la conveniencia de coger un taxi. Después de una velada con tanta excitación, el silencio del camino de regreso dejó en evidencia el cansancio. 


Este es mi momento. Ahora voy y me declaro. Sus dulces ojos me dicen que siente lo mismo que yo.


La mano de Gabriel, como un ratoncillo, recorrió la distancia que los separaba por encima del asiento trasero del taxi y se acurrucó sobre la de Raisa. La quietud de la joven lo animó a seguir.


—Raisa, yo… —Las palabras se le escurrían entre la lengua rasposa—. Raisa, eres…


—¡Ay, Gabrielillo! —rio Raisa—. Estás borracho. 


Gabriel oprimió la mano de la chica con la esperanza de que el gesto afectuoso fuera más elocuente que su discurso entrecortado.


—Yo te qui… eres la mujer más import… te am…


Raisa retiró la mano con brusquedad y se replegó sobre el rincón del asiento.


—¡Cuidado, Gabriel, no sea que digas algo de lo que luego te puedas arrepentir!


—Pero yo te qui… —protestó Gabriel como un niño al que le arrebatan su juguete.


—No lo estropees, Gabriel —replicó con voz gélida Raisa—. Eres mi mejor amigo y me dolería mucho perder lo que tenemos.


El violinista no se atrevió a decir más. El resto del trayecto hasta la casa de la joven lo hicieron en silencio: un silencio afilado, como la hoja de un puñal, que se le clavó en el interior del músico y que tardaría años en dejar de doler.

 

Cuando finalizaron la carrera, Gabriel consiguió una beca para ampliar sus estudios de violín en Berlín. El día anterior a su partida, la llamó para despedirse. Estuvieron merendando y contándose sus planes para el futuro en El Café Comercial. Él se cuidó mucho de hablarle de nuevo de sus sentimientos y pronto recuperaron la camaradería que habían disfrutado en otros momentos. Rieron como si nunca hubiera habido desavenencias entre ellos. Pareció volver la complicidad de siempre. 





Y, no obstante, cuando me despedí de ti, creí que te había perdido para siempre.



Si te ha gustado, puedes seguir las andanzas de Gabriel y Raisa aquí


miércoles, 2 de febrero de 2022

Unos zapatos rosados

 







Hacia rato que la medianoche había quedado atrás, pero el reflejo de la luz de la luna llena sobre los campos nevados iluminaba la carretera como en una tarde de abril. Aquel quince de enero pocos viajeros se atrevían a adentrarse en el frío invierno. Bartolomé había recorrido incontables kilómetros desde que adelantó al último coche. La cinta grisácea de la carretera se extendía hacia el infinito para él solo. A los lados de la calzada, el panorama exhibía la misma apariencia de abandono. Extensos campos desiertos donde no levantaban la cabeza más que unas malas hierbas de vez en cuando. El silencio de la noche invitaba al sueño. Para evitar quedarse dormido, Bartolomé prendió la radio. Hurgó en el dial en busca de una emisora que no ofreciera mucha música alentadora de su modorra, hasta que sintonizó una de esas en las que llamaban oyentes insomnes para contar historias inverosímiles; una de esas emisoras que acompañaban los largos trayectos de camioneros o de viajeros ocasionales que, como él, vagaban alejados de sus casas mientras se preguntaban en qué momento se les ocurrió emprender aquel absurdo viaje. 

—Mi marido me dejó cuando nació mi quinta hija —estaba contando en la radio una señora con voz fatigada.

Echó la vista un instante hacia atrás. La niña dormía profundamente en el asiento trasero. Bartolomé bajó el volumen para no despertarla. Movió la cabeza de un lado a otro con fastidio. «Tengo que encontrar un lugar donde detenerme y dormir un poco», pensó preocupado. Pero a lo largo del camino que se extendía ante él no se atisbaba señal alguna de vida humana. Ni un pueblo. Ni una aldea. Ni siquiera una de esas casas de labranza, tan frecuentes en aquella parte del país. La niña se removió en su asiento y gimió entre sueños. «Tengo que encontrar un lugar para que pueda descansar».

Dos kilómetros más allá, unas luces anaranjadas que señalaban un corte de la carretera lo obligaron a tomar un desvío. La angosta carretera que tomó difícilmente podía adoptar tal nombre. Apenas asfaltada, por ella no podía transitar sino un vehículo pequeño como el suyo. Los baches que salpicaban la calzada hacían brincar el coche como si danzara. Giró de nuevo la cabeza: la niña seguía dormida, comprobó con alivio. Se concentró en la conducción para que fuera lo menos brusca posible. El esfuerzo por evitar los hoyos se llevó la tentación del sueño. Detrás de un montículo de tierra, salió de repente, un hermoso ciervo que cruzó raudo la carretera. Bartolomé apenas tuvo tiempo de girar el volante para esquivarlo y abandonar la carretera. Se le aceleró el corazón, mientras el coche cobraba vida y continuaba su marcha por el descampado. Algo golpeó con fuerza los bajos del coche: una enorme piedra, supuso. El motor carraspeó como si se hubiera atragantado. Recorrió unos metros más sin poder hacerse con el control del vehículo. Cuando consiguió recuperar la senda, el paisaje había cambiado. En lugar de la amplia extensión de campos desiertos, se encontraba en medio de un bosque donde crecían robustas hayas que ocultaban el firmamento. La nieve también había desaparecido pero no el frío. Una brisa gélida se filtraba por la rendija de la ventanilla entreabierta. El coche renqueó, amagó dos veces con detenerse y volvió a renquear. Una gota helada de sudor descendió por la nuca. Por un momento el pánico se adueñó de su ánimo.

«Sólo faltaba que se averiase. Tengo que encontrar un sitio para pasar la noche. ¿Dónde estamos?».

Rebuscó en la guantera, pero no encontró el mapa de carreteras. El coche seguía con su marcha insegura amenazando con detenerse. Dirigió la mirada al frente. A lo lejos creyó atisbar una luz. El corazón brincó en su pecho. Pero antes de que los temores se apagasen con la euforia de la esperanza, el coche se detuvo en seco. Accionó con la llave de contacto, pero el motor no arrancó. Lo intentó sin éxito una vez más. Y otra. Y otra vez. Y otras más. El coche parecía haber muerto. Golpeó el volante frustrado: el claxon rompió el silencio de la noche. Asustado por el enérgico grito de la bocina, giró la cabeza. La niña seguía sumida en un profundo sueño. Durante unos minutos, permaneció inmóvil, con el rostro hundido entre los hombros, incapaz de tomar una decisión, sin saber qué hacer. Cuando levantó la mirada, la luz de la lejanía lo cegó como si se hubiera aproximado. Los dedos habían adquirido una tonalidad blanquecina. Se frotó las manos y trató de templarlas con su aliento, mas no logró que entraran en calor. Por fin se decidió. Salió del coche y extrajo del maletero una manta con la que envolvió a la niña. La pequeña no se despertó siquiera cuando la cogió en brazos y comenzó a caminar a paso vacilante hacia la luz. 

No tardó mucho en llegar a su destino: una casa solariega con un enorme ventanal del que se escapaba una acogedora luz. Buscó el timbre, mas no halló sino una aldaba con la que llamó y anunció su presencia. La puerta se abrió al momento, como si la mujer que salió a recibirlos los estuviera esperando. 

—Bienvenidos a mi hogar.

Los invitó a pasar. El vestíbulo estaba apenas iluminado por un candil que se diría salido de otros tiempos. En la penumbra, Bartolomé a duras penas podía distinguir las facciones de la anfitriona. Le pareció una mujer de edad indefinida, en ese tramo de edad en el que ya se ha dejado atrás la lozanía de la juventud pero aún no se puede decir que se haya alcanzado la plenitud de la madurez.

—Se nos ha averiado el coche a unos metros de aquí —la informó. 

La dureza de la mirada de la mujer lo disuadió de pedirle alojamiento.

—¿Podría hacer una llamada para que nos vengan a recoger? Como ve, voy con una niña pequeña y no me atrevo a pasar lo que queda de noche en el coche no sea que se me enfríe.

—No tengo teléfono —le replicó la mujer con brusquedad. Como si se arrepintiera añadió con un tono más suave, casi dulce—: Mañana viene un operario del pueblo que suele ayudarme en la casa y traerme alimentos. Si se lo pide, no tendrá inconveniente en prestarle la ayuda que precise. Mientras tanto, les puedo ofrecer una cama y algo caliente para que no se vaya a dormir de vacío.

Bartolomé le agradeció el ofrecimiento. La mujer lo acompañó a una habitación pequeña y permaneció a su lado mientras él la tendía en la cama

—Nunca debimos emprender este viaje —musitó Bartolomé para sí—. No debí dejar que Catalina me convenciera.

La mujer lo miró fijamente al oír el nombre de su esposa, pero no dijo nada. Bartolomé se creyó obligado a dar una explicación sobre su comentario y añadió:

—Somos de Torrealta y nos dirigíamos a Madrid cuando nos sorprendió la nevada. La carretera está cortada y he tenido que tomar el desvío. Luego… luego, ya sabe, se ha averiado el coche. —Exhaló un suspiro—. Mi mujer es aficionada a la música y hace un mes conseguí unas entradas para asistir a la representación de una obra extranjera de esas, ya sabe. —Movió la cabeza de un lado a otro—. No debí dejarme convencer por ella.

La mujer le puso una mano en el hombro como si quisiera ofrecerle su consuelo, mas, al instante, la retiró.

—¡Venga conmigo, que le prepare alguna cosa de cena! —exclamó con inusitado ímpetu—. No puede irse a dormir sin comer algo antes.

Bartolomé trató de rehusar el ofrecimiento de la cena, pero la mujer no se dejó convencer.

Lo hizo pasar a la sala de estar y lo dejó solo en tanto ella desaparecía por una puerta. Bartolomé paseo la vista por la estancia. Un enorme sofá de cretona desteñida por el tiempo, una mesita baja de madera devastada, un mueble con el televisor, que mostraba las imágenes de una película en blanco y negro con el volumen muy bajo, casi inaudible; en un rincón, un viejo tocadiscos y, junto a él, apilados, cientos de LP. Cuando la mujer regresó, Bartolomé estaba absorto ojeando los títulos de los discos.

—Veo que usted también es aficionado a la música.

—¡Oh, no! Es mi mujer la que disfruta en casa con esas cosas, la que se empeña en que nos guste a todos.

Iba a añadir algo más, pero lo disuadió la expresión poco acogedora de la mujer. Esta dejó una bandeja sobre la mesa y lo invitó a sentarse en el sofá. Se disculpó por la humildad de la cena: una tortilla francesa y un vaso de leche.

—Es curioso —le dijo cuando se sentó frente a él en una silla que trajo de alguna habitación interior—. Es curioso, sí. —repitió—. Yo también, cuando era una niña no mayor que la suya, emprendí un viaje con mi padre para ver una representación musical. ¡El mejor viaje de mi vida! —exclamó emocionada.

—Y, por los discos que he visto, veo que luego se dedicó a ello.

—Para bien y para mal, aquel viaje determinó mi destino. Si mi madre lo hubiera hecho en mi lugar, si me hubiera quedado en casa, con una vecina, como estaba previsto, no estaría aquí con usted.

Bartolomé la miró con curiosidad.

—Mi padre tenía una ebanistería en una ciudad pequeña que bien pudiera haber sido la Torrealta donde viven ustedes. También mi madre estaba enamorada de la música. La recuerdo cantando alegres tonadillas sobre amores en países lejanos mientras barría la puerta de nuestra casa o planchaba los vestidos que ella misma confeccionaba para mí. —Bajó la mirada y la dejó abandonada en sus uñas cuidadas con esmero—. Un día, un cliente quedó tan contento con el trabajo de mi padre que le regaló dos entradas para Madama Butterfly en la capital. ¡Dios mío! Mi madre parecía una niña con la muñeca de sus sueños cuando mi padre le entregó las entradas para que las pusiera a recaudo antes de viajar a la capital.

Bartolomé orilló el tenedor en el borde del plato y se recostó en el respaldo del sofá con el fin de escucharla con mayor atención.

—Durante una semana, la voz de mi madre llenó sin descanso la casa con su alegría. Me tomaba de las manos y me hacía bailar con ella. ¡Nunca la había visto tan feliz! Pero unos días antes de emprender el viaje a la capital, enfermó. Una fiebre obstinada la obligó a guardar cama. Hasta el último día, mi padre se resistió a cancelar el viaje, pero mi madre supo desde el principio que tendría que dejar pasar la ocasión.

Permaneció en silencio unos segundos con la vista perdida en algún punto más allá del infinito. Una lágrima asomó por la comisura del ojo, pero la sofocó a tiempo antes de que se derramase.

—Mi madre no quiso oír hablar de cancelar el viaje. «Tienes que asistir para que luego me puedas contar cada detalle», le insistía una y otra vez. «Llévate a Vera en mi lugar». —Bartolomé se sobresaltó. Abrió los labios para decir algo, pero optó por guardar silencio—. Si le costó poco o mucho convencer a mi padre, es algo que no recuerdo. Mi memoria está repleta de imágenes de los preparativos para nuestra partida; de la emoción que me embargó cuando sacó del armario unos zapatos rosados de cuando ella era niña. Me veo bailando y saltando por la sala mientras mi madre daba palmas desde la mecedora en la que trataba de recuperarse de su cada vez más débil estado. De modo que mi padre me llevó en el lugar de mi querida madre. Lo siguiente que me viene a la cabeza somos mi padre y yo en el patio de butacas. Yo, con el corazón encogido de la emoción mientras se levantaba el telón; con un ojo en el escenario y el otro en mis zapatos rosados. —Hizo una pausa apenas perceptible—. ¿Cómo poner con palabras lo que sentí cuando oí a la soprano que interpretaba a Madama Butterfly? Nunca había imaginado que una voz pudiese tocar de ese modo mi corazón hasta el punto de arrancarme copiosas lágrimas. Poco, por no decir nada, entendía de lo que sucedía en el escenario y mucho menos de las palabras que brotaban de la garganta de la protagonista. Yo era muy pequeña y no sabía lo que era la pasión, el desgarro que provocan las traiciones, pero de alguna manera intuía que lo que se estaba representando iba más allá de una simple historia de amor. Me embargó un enorme deseo por convertirme en una Madama Butterfly, por participar de aquello, crear con mi voz aquella música que desataba sentimientos que no podía nombrar con mis palabras infantiles. En aquel momento me prometí que algún día sería yo la que estuviera en el escenario suscitando en otra niña emociones semejantes.

Un gemido se oyó al otro lado de la casa. Bartolomé soltó el tenedor y corrió hacia la habitación donde dormía su hija. Pero la pequeña seguía sumida en su plácido sueño. Su padre le retiró un mechón rubio de la frente y posó con suavidad los labios en su mejilla arrebolada. La niña se removió sin llegar a despertar. Una ligera sonrisa se insinuó antes de darse la vuelta y acurrucarse entre los encajes de las sábanas y los almohadones.

Cuando Bartolomé regresó, la mujer había encendido el fuego en la chimenea, que le había pasado inadvertida hasta aquel momento. Lo invitó a tomar asiento en una mecedora frente al hogar en tanto ella adoptó la posición del loto sobre la alfombra. No esperó a que él le diese pie para continuar con su narración: la retomó como si no hubiera mediado una pausa, como si Bartolomé nunca hubiese salido de la sala.

—Poco me duró la alegría. Cuando llegamos a casa, la salud de mi madre se había resentido aún más. Hubo de confinarse en su habitación y a los pocos días, se acurrucó en la cama para no levantarse apenas hasta el día de su muerte. —Las lágrimas asomaron de nuevo a sus ojos, pero las contuvo una vez más antes de que se deslizasen por su rostro—. Mis padres me ocultaron la gravedad de su estado. Nunca me dijeron nada sobre ello. Mientras mi madre se iba consumiendo, yo bailaba y cantaba alrededor ella, con los zapatos rosados, levantando castillos en el aire, revolviendo en su armario en busca de fulares, pañuelos y collares que me transformasen en una nueva Madama Butterfly. Tal vez para alejarme de la tristeza de la casa, mi padre accedió a los deseos de mi madre, que se empeñó en enviarme a una escuela de canto. Y eso que apenas contaban con recursos que les permitieran costearme unos estudios que no estaban al alcance de cualquiera y afrontar también los gastos que ocasionaba la enfermedad de mi madre.
 
Bartolomé se aproximó a la mujer e hizo un amago de acariciarle la mejilla, pero retrocedió antes de rozarla siquiera. Asustado de su propio atrevimiento, extrajo del bolsillo del pantalón un paquete de cigarrillos y le pidió permiso para encender uno. Ella no respondió sino ofreciéndole un cuenco de cristal para que lo utilizase a modo de cenicero.

—Mi formación se prolongó durante años —continuó—. En ese tiempo, no volví a casa sino en tres o cuatro ocasiones. Mis padres querían ahorrarme el sufrimiento de ver cómo se iba apagando la vida de mi madre. Las escasas veces que estuve con ellos, no fui la mejor de las compañías. Me había acostumbrado a las clases de música, a la compañía de otras niñas con las que compartía las mismas ilusiones. Me sentía fascinada por el poder de mi voz, por el futuro que se me prometía y que tanto profesores como alumnos daban por hecho. Hay un recuerdo que todavía me duele evocarlo. Sucedió en una visita que les hice por Navidad, si no me falla la memoria. Mi madre había hecho un esfuerzo por mí y se había levantado de la cama para prepararme un pastel de frambuesas: el favorito de mi infancia. «¿Dónde vas?», le preguntó mi padre alarmado cuando la vio arrastrar los pies por la casa. «Todavía estás muy débil y el médico te ha pedido que descanses. Te lo ruego, por favor, vuelve a la cama. O te llevo a la mecedora para que puedas estar con nosotros. Ya me ocupo yo de hacer el pastel». Pero mi madre no lo escuchaba. Me pidió, melosa, que la ayudase. Hubo de insistir varias veces antes de que respondiese a su llamada. Andaba en plena adolescencia y lo que menos me apetecía era trajinar entre los cacharros de la cocina. Debía de estar remoloneando con alguna revista tonta, leyendo las no menos tontas entrevistas de algún actor guaperas de entonces o rizándome y desrizándome el pelo ante el espejo. Hubo de ser mi padre el que, contrariando su temperamento apacible, me obligase a acudir a la llamada de mi madre. «¡Haz el favor de ayudar a tu madre si quieres volver a la escuela de canto!». Mi madre se estremeció. Nunca hasta entonces mi padre me había gritado. Ni volvería a hacerlo después de aquel día. Si lo obedecí fue más por la sorpresa que me causó su severidad que por el miedo a un castigo que creía poco probable. Aun así, lo obedecí de mala gana y sin disimular mi fastidio. Tomé asiento en un taburete y me puse a mordisquear una manzana. Mi padre también debía de estar asustado por su brusquedad, porque se acercó a mí con disimulo y, con su dulzura de siempre, me susurró al oído: «Dale ese gusto a tu madre, que no se encuentra bien». Pero a mí no me parecía que mi madre estuviera tan mal. Veía el brillo de sus ojos y lo atribuía a la emoción que le causaba tenerme allí con ella. Tal vez, para sofocar mis miedos, me negaba a ver el verdadero motivo de su excitación, que no era otro que la fiebre. La veía afanarse en la cocina, de aquí para allá, parloteando sin cesar sobre cosas que para mí carecían de interés. «Rosario, la hija de la costurera, la que está de dependienta en la floristería, se va a casar con Paquito, el que estuvo de aprendiz con papá». Yo la escuchaba a medias. «Vera, préstame atención, cielo ». O no la escuchaba en absoluto. «Atiéndeme, Vera, querida». Estaba a mis cosas y lo hacía todo al revés. Me pidió una cazuela y le llevé una sartén. Me pidió el azucarero y le entregué el salero. «¡Ay, qué atolondrada eres!», me reprendía con su risa indulgente. Pero yo no fui tan compasiva con ella. Estaba acostumbrada al ambiente pulcro de la escuela de música y no me reprimí al desvelarle la repugnancia que me suscitaba aquella cocina. «¿Cómo puede salir nada decente de esta pocilga? ¿Tan difícil es mantener un mínimo de limpieza?». No me compadecí de la triste mirada que me dirigió. Quizás tuvieron mucho que ver en mi ceguera ellos, mis padres, que se empeñaron en ocultarme la gravedad de la enfermedad de mi madre. Tampoco me dijeron nada de los sacrificios a los que se sometían para costearme unos estudios; no quisieron que fuera consciente de sus sacrificios, que, de haber renunciado a esos estudios, su vida hubiera sido más fácil. Nada me dijeron de sus penas, pese a que, de algún modo, podía intuirlas. Pero mi deseo de convertirme en cantante me impulsaba a cerrar los ojos. —La mujer tragó saliva antes de continuar—. No. No fui compasiva con ella. Sólo pensaba en volver a la escuela, en retomar mis estudios, volver a cantar. Cuando se le cayó de las manos el molde con el pastel, le grité sin una brizna de piedad. «¿Es que no tienes cuidado?». Le grité, grosera de mí, sin detenerme a pensar que pudiera herirla. «¿Cómo puedes ser tan torpe?». Le grité y no paré de gritarle hasta que una lágrima se deslizó por su mejilla. —La mujer alzó la mirada hacia Bartolomé—. Ese es el último recuerdo que conservo de mi madre, el que me persigue noche y día.

La voz de la mujer se fue haciendo más triste a medida que avanzaba en su historia. Bartolomé la escuchaba con la misma expectación de un niño al que se ofrece un cuento prodigioso. No podía apartar la mirada de sus labios. Alguna vez estuvo a punto de dar su parecer, hacer un comentario, pero el miedo a que interrumpiese su narración lo mantuvo en silencio. El fuego crepitaba mortecino pero no advertía la bajada de temperatura, azuzado por el deseo de saber más.

—Aún restaban unos meses para finalizar los estudios, cuando mi profesor de canto me animó a presentarme a las pruebas de una prestigiosa compañía de ópera. Algo insólito: nadie podía presentarse a tales pruebas si no había obtenido el título de canto. Pero mis profesores movieron cielo y tierra para conseguir una audición con el director de la compañía. ¡Dios mío! ¡No he estado más nerviosa en toda mi vida! —exclamó arrebatada por la emoción—. Se habla mucho de las envidias de los artistas, de la competencia que se interpone entre ellos. ¡Cuántas veces no habré oído hablar de la imposibilidad de una amistad sincera entre cantantes! Yo misma lo he comprobado a lo largo de mi carrera cientos de veces. Pero, en aquella escuela de música, aquella escuela tan pequeña que debíamos examinarnos en el Conservatorio si queríamos que nos reconocieran los estudios, en aquella escuela, el éxito de uno era el éxito de todos. Una niña con la que compartía el dormitorio ensayaba conmigo, otra probaba en mi cabello cientos de peinados, otra me prestó su mejor vestido… Nunca podré olvidar a Sofía: como yo, procedía de una familia humilde que hacía enormes sacrificios para costearle los estudios. Sofía se levantaba a medianoche conmigo, me acompañaba a una de las salas y permanecía a mi lado animándome a cantar para que no me venciera el sueño o me desalentara; estaba allí, conmigo, para que pudiera ensayar. —Cerró los ojos durante unos segundos—. La mañana en la que tenía la audición, amaneció soleada: un anticipo de la primavera entre dos gélidos días de finales de febrero. ¿Qué mejor augurio para mi estreno ante un público profesional que el trino de un jilguero en el alféizar de mi ventana? Puedo verme como me vi entonces. Giraba sobre mí misma mientras contemplaba mi imagen en el espejo. Me parecía que me había transformado en una princesa, con el vestido azul celeste, del que asomaban los zapatos rosados de mi madre. Por un extraño prodigio, mis pies no habían crecido desde que, años antes, me los regalase. En el momento en que me disponía a salir, irrumpió en el dormitorio la mujer del conserje. «Ha llegado un telegrama para ti». No había terminado la frase cuando se me representó en la mente el rostro ojeroso de mi madre. Con el telegrama en la mano, sin atreverme a rasgar el sobre y enfrentarme a su mensaje, era la imagen de la indecisión. El director de la escuela me apremiaba desde el pasillo. El tiempo corría y no estaba dispuesto a llegar tarde. «¡Venga, Vera, date prisa!». ¿Qué hacer? Era el primer telegrama que recibía y seguro que no traería buenas noticias. «¡Venga, venga!», insistía el director. «¡Venga, venga!», gritaban los profesores invitados a asistir a mi actuación. Abandoné el telegrama sobre la cama sin abrir. Si se había demorado unas horas en llegar a mis manos, bien podía esperar unas horas más hasta que finalizase la audición. —La mujer alzó la cabeza y fijó la mirada en Bartolomé—. Disculpe, me parece que lo estoy aburriendo con mis viejas historias.

—No, en absoluto. —Al ver que la mujer vacilaba, la animó a continuar—: ¿Qué pasó después?, ¿consiguió entrar en la compañía?, ¿qué decía el telegrama? —concluyó con ansiedad.

En lugar de responderle, la mujer se levantó a atizar el fuego. Sus ojos se habían endurecido y los labios prietos semejaban una línea recta. El aire se apelmazó como si una densa niebla los cubriese. Bartolomé se sintió incómodo ante aquel silencio repentino que su anfitriona no parecía dispuesta a abandonar. 

—Por los discos que guarda, veo que consiguió triunfar. Yo no entiendo mucho de música. Ya le dije que en casa es mi mujer a la que le gustan la música y esas cosas. No obstante, he visto su nombre en la portada de todos esos discos y sé que no es una simple cantante aficionada, que es alguien importante.

—Lo era —lo corrigió con sequedad—. Hace años que me retiré.

—Entonces, ¿consiguió entrar en la compañía aquel día? —preguntó expectante.

—Nunca he cantado mejor. No sólo me admitieron sino que, en pocos meses, me dieron un papel pequeño pero con la suficiente entidad para que pudiese lucir mi talento. A partir de entonces, mi vida dio un vuelco. En dos años, me convertí en primera soprano. Recorrí España entera con todo el repertorio: Violeta, Angelina, Adina, Lucrezia… 

Las últimas palabras habían terminado en un sollozo.

—¿Y el telegrama? —volvió a preguntar impaciente—. ¿Qué decía el telegrama que recibió el día de la audición? —El rostro de la mujer volvió a endurecerse—. ¿Su mamá…?

—Mamá estaba muy grave cuando mi padre me mandó llamar por medio del telegrama. No llegué a tiempo de despedirme de ella. 

Se detuvo en seco. Bartolomé se removió en su asiento: se vio invadido por una enorme tristeza. Levantó la vista y la dejó descansar sobre la mujer. La desolación de esta no era menor que la suya. Se arrepintió de haberse dejado llevar por la curiosidad, de haberla permitido llegar tan lejos con su historia; de haberla entristecido con sus preguntas. Se había interpuesto entre ellos un incómodo silencio, que no sabía cómo romper. De pronto la mujer exclamó con inusitada pasión:

—¡Ojalá nunca hubiera acudido a aquella maldita audición! ¡Ojalá mi padre no me hubiera llevado de consigo de niña a aquella representación! Disculpe. No suelo dejarme llevar de ese modo por mis sentimientos. Pero no puedo evitar pensar que, si me hubiera quedado con mi madre, hoy estaría viva. Si hubiera podido cuidarla, si no hubieran malgastado sus ahorros en mandarme a aquella escuela… Porque cada vez que los veía, me sentía más alejada de ellos. ¡Ojalá no se hubieran sacrificado tanto por mí! ¿De qué sirvió darme una educación superior a la de ellos sino para separarnos, para convertirnos en extraños? —concluyó en un grito.

—A lo mejor sus padres no lo veían como un sacrificio. ¿No es mayor sacrificio negarle un futuro a un hijo?

—¡Pero yo los perdí! —exclamó la mujer—. ¡Los perdí a los dos! Durante años, no vi a mi padre sino de lejos. Me pasaba meses enteros de gira en gira, muy lejos de España, de la ciudad en la que nací. Roma, Paris, Nueva York, Berlín… Ni siquiera tenía un momento para él cuando volvía a España. Siempre había que atender a algún periodista, cantar en una gala benéfica. No podía detenerme un instante porque detrás de mí venían otras dispuestas a ocupar el lugar que yo dejase. No tenía un momento para mi padre, que, sin embargo, no se perdía ni una sola de mis representaciones. En cuanto se enteraba de que iba a regresar a España, compraba una entrada para verme cantar. Y eso que las entradas difícilmente estaban a su alcance. ¡A saber a qué privaciones se sometería para asistir a aquellas funciones! —Tragó saliva antes de continuar—. Murió de soledad mientras yo interpretaba en la Scala de Milán, ante miles de personas, Un bel dí, vedremo. —Una lágrima iluminó su pupila, pero no hizo nada para evitar que se deslizase por su mejilla—. ¡Ojalá pudiera volver atrás, volver a empezar! ¡Ojalá pudiera volver a aquel viaje que emprendí con mi padre! —Su grito se transformó en llanto—. ¡Ojalá pudiera detenerlo, disuadirlo de continuar a la capital, obligarlo a dar la vuelta, a regresar con mi madre!




*     *     *


Bartolomé se despertó con el cuerpo dolorido; tendido en el sofá en una postura extraña. Hacía mucho frío. El cristal de la única ventana de la sala estaba roto y un viento helado movía la tela raída que hacía las veces de cortina. Con los ojos cegados de lágrimas resecas, paseó la mirada por la estancia. Le pareció un almacén o una casa abandonada. El relleno del sofá quedaba a la vista por distintos agujeros. La alfombra mostraba un dibujo descolorido de un surtidor árabe. Olía a polvo y a humedad. Se hubiera dicho que se encontraba en un lugar abandonado. Se incorporó renqueante. Le dolían las costillas. Recorrió la casa, que le pareció más grande que la noche anterior. Fue incapaz de encontrar el dormitorio donde descansaba su hija. Abrió una puerta del pasillo. Ni un mueble siquiera, sólo un saco de arpillera en mitad de la habitación. Abrió otra. Sólo polvo y humedad. Ni rastro de la niña. Ni rastro de la mujer. A pesar del frío, empezó a sudar. Abrió otra puerta. Otra habitación vacía.

—¡Vera! —gritó—. ¡Vera!

Nadie le respondió. Salió a la calle. Al final del sendero flanqueado de hayas, se divisaba el coche.

—¡Vera, hija mía! ¿Dónde estás?

Detrás de él apareció la niña, descalza, frotándose los ojos soñolientos. Bartolomé se arrodilló y la envolvió con sus brazos.

—¿Nos vamos, Vera? —le preguntó.

La niña se desasió de su abrazo y echó a correr en el interior de la casa. Bartolomé corrió tras ella sin darle alcance.

—¡Soy Vera, Vera, primavera! —canturreaba la niña mientras entraba y salía de las habitaciones—. ¡Soy Vera!

—No corras tanto —le pidió jadeando—. ¿Dónde vas tan deprisa? 

La niña entró en una pequeña habitación y salió al instante con los zapatos en la mano. Saltó alrededor de su padre mientras canturreaba:

—¡Los zapatos rosados de mamá!, ¡los zapatos rosados de mamá! No podemos dejarlos aquí.

Bartolomé la cogió en brazos y le cubrió la cara de besos.

—¿Quieres que nos vayamos con mamá?

Por toda respuesta, la niña le devolvió un beso. Creyó oír un sollozo a su espalda, pero al volver la cabeza, no vio a nadie. ¿Dónde había ido a parar la narradora?

Con la pequeña Vera sobre los hombros, tomó el camino de regreso al coche. El trayecto le resultó más breve que la víspera. Dejó a la niña en el asiento trasero y él se acomodó en el del conductor. Exhaló un suspiro antes de arrancar el motor, que esta vez funcionó al primer intento. Pronto se vio entre los campos extensos. Apenas quedaba rastro de la nieve y la poca que se veía iba derritiéndose por el toque de los primeros rayos del sol. En unos minutos llegó a un cruce de carreteras. Bartolomé detuvo el coche vacilante. «A Madrid», rezaba un cartel; «A Torrealta», indicaba otro. Volvió la cabeza hacia su hija. Vera estaba jugando con una muñeca ataviada como una bailarina. El recuerdo de la mujer lo hizo temblar. «¡Ojalá pudiera volver atrás, volver a empezar! ¡Ojalá pudiera volver a aquel viaje que hice con mi padre!, ¡ojalá pudiera detenerlo, disuadirlo de continuar a la capital, obligarlo a dar la vuelta, a regresar con mi madre!». Se acomodó las gafas sobre el caballete de la nariz, arrancó de nuevo y tomó la carretera que conducía a Torrealta.


lunes, 17 de enero de 2022

Villa Herbania o el disfrute de la lectura

 




 


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¿Cuánto tiempo hacía que no me daba un atracón de lectura?, ¿cuánto tiempo desde la última vez que me sumergí en una historia y todo a mi alrededor se desvaneció, hasta desvanecerme yo misma?, ¿cuánto desde aquel instante en que las horas se suspendieron en el aire y todos mis sentidos se focalizaron en un solo objetivo: seguir las vicisitudes de unos personajes más reales para mí que lo que sucedía al otro lado de la puerta del cuarto de estar?

 

Me gustaría decir que lo que vais a leer a continuación es una reseña de la novela Villa Herbania, que tan magníficamente ha escrito Isabel Caballero. Pero yo no sé hacer una reseña, no me siento capaz de ello. No se me ocurre nada que decir sobre el estilo de Isabel, la estructura de la obra o el acierto de la autora a la hora de elegir la voz del narrador o la disposición de los acontecimientos. Si lo que queréis es una reseña en condiciones, os recomiendo la que ofrece Javier Autor en su blog (Pinchad aquí). Suscribo todo, de principio a fin. Lo que voy a intentar ofreceros en estas líneas son mis impresiones, las emociones y sentimientos que me han inspirado la novela de Isabel.

 

Villa Herbania llegó a mis manos un jueves. En un primer momento, me contuve las ganas de leer las líneas que abren el capítulo 1: «La apañada». De sobra me conozco y sé que, como me enganche un libro, ya no hay forma de separarme de él. Y eso que mis últimas lecturas han comenzado con expectativas muy altas que enseguida se han visto defraudadas. Sobre la mesa, descansaba La madre de Frankenstein, con el marcapáginas por un tercio del volumen. «Bueno, me dije, cuando termine con Almudena Grandes, empiezo con Isabel». Soy muy maniática y hasta que no termino un libro, no suelo empezar otro. Pero, de pronto, me pareció demasiada abrupta la pendiente de las más de trescientas páginas que me quedaban para terminarlo. Así que no me pude resistir. Primero el prólogo, que no consiguió más que aumentarme las ganas de introducirme en Villa Herbania, luego el nacimiento de Lucía, la apañada, la muerte del padre… De pronto, Lucía cobró vida, Dolores me cautivó y todo lo demás desapareció: deje de oír los golpes que daba el obrero en la cocina de mi casa para reponer los azulejos que se habían despegado de la pared, la voz de mi madre, la televisión a todo volumen, el teléfono, que siempre suena por la tarde, cuando la sobremesa invita a abandonarse a la siesta. No me detuve hasta horas después, al llegar al final y mirar aturdida a mi alrededor sin saber muy bien dónde estaba, con el duelo de quien pierde a un amigo, muchos amigos: los habitantes de Villa Herbania. Los habitantes de Villa Herbania, sí, porque llamarlos personajes es no hacerles justicia. Los personajes de Villa Herbania están vivos. En cuanto abres el libro, invaden la habitación y reclaman toda tu atención. 

 

Conocemos a Lucía desde el momento de su nacimiento. Su madre la tiene sola, mientras su padre está lejos con el rebaño de cabras. Esta escena con la que se abre la novela nos advierte de que la vida de la protagonista no va a ser fácil. Desde el principio, se va a tener que enfrentar a experiencias duras, marcadas por la pobreza, los prejuicios y un contexto histórico y social poco propicio para una niña huérfana de padre que no tiene nada más que su amor por las palabras. Hay muchas formas de contar una historia tan dura. Hay novelas escritas con rabia, con odio, que te raspan por dentro, que te hieren. Las hay escritas desde la sensiblería, que presentan un personaje lacrimógeno que acaba en brazos de un amor que la redime. Isabel no esconde los claroscuros de la vida de Lucía, pero sin caer ni en un extremo ni en otro. Es posible que sólo se trate de una impresión muy personal, pero lo que me cautivó de la novela es el cariño que parece mostrar el narrador por Lucía. Sin aspavientos, con sobriedad, pero sin ocultar cierta ternura por un personaje que no tiene ningún reparo en mostrarse como es, sin disimulos, sin hacer cálculos sobre lo que mejor le puede convenir. Y es esta franqueza de Lucía la que me cautivó. Y no sólo a mí. También al coronel, un hombre que ha visto y vivido mucho y que pronto se siente seducido por la inteligencia y sensibilidad de Lucía. Me encanta la relación que se entabla entre ellos, sus conversaciones, primero sobre libros, más y más íntimas a medida que transcurre la historia. Una relación de amistad, admiración mutua, cariño y, finalmente, de carácter paterno filial.

 

El personaje de Lucía es tan carismático que en la pluma de un escritor con menos talento que Isabel Caballero se hubiera comido al resto de los muchos que habitan esta Villa Herbania. Por el contrario, cada uno tiene su espacio. Aparecen en la novela sin darse codazos entre ellos. Nos muestran sus motivaciones, sus anhelos, sus contradicciones. Todos me han tocado en mayor o menor medida. Incluso doña Berta y su hijo Álvaro, antagonistas de Lucía y su madre Dolores, los malos de esta historia, pero tan vivos y bien construidos que están muy lejos de ser caricaturas. Una muestra más del buen oficio de Isabel Caballero. Como lectora, muchas veces me he sentido defraudada por novelas «buenas» precisamente por la manera de construir a los malos de la historia. Muñecos de cartón sin aristas ni contrastes. Me gusta mucho doña Berta, aunque a veces me saque de quicio; me gusta casi tanto como Dolores y su pragmatismo. Una mujer con una inteligencia natural que sabe conciliar la salvaguarda de sus intereses con los requerimientos de unos tiempos pacatos.

 

Y me gusta Victoria, un personaje que está y no está. No digo más porque descubrirlo como lectora es uno de los mayores placeres que me ha procurado la novela y no quiero privar de ello a los futuros invitados de Villa Herbania. Sólo puedo decir que, al igual que le sucede a Lucía, a mí también me ha hecho soñar con lugares lejanos y aventuras exóticas.

 

Lucía tiene una vida dura, ya lo he dicho; pero no se me ocurre  mejor manera de desentrañar el significado de la palabra esperanza que acompañándola por las estancias de Villa Herbania. Si llegáis al final, os encontraréis con otro personaje que, les aseguro, también os cautivará.

domingo, 6 de octubre de 2019

¿Quién es tu madre, Carolina?, ¿quién?





I.

Me es imposible precisar cuándo se produjo nuestro primer encuentro. Tengo la impresión de que siempre formó parte de mi vida. Si vuelvo la vista hacia atrás, la veo sentada a la mesa de la cocina de Maite sorbiendo el colacao con una pajita mientras me mira de reojo, como si no se acabara de fiar de mí. Lleva un vestido rosa con un dibujo de Hello Kitty en el canesú y balancea su piececito enfundado en una zapatilla con la cara de Minie estampada. 

—No se lo pediría si no estuviera desesperada, señorita —se disculpa Maite desde el otro lado de la mesa—. No tengo con quien dejarla y usted ha sido tan amable al ofrecerse a quedarse con ella.

—Para mí es un placer —la respondo—. Así me hace compañía.

Los ojos de Carolina van de su madre a los míos como si no quisiera perderse una palabra. No sé qué le habrá contado Maite ni si se habrá fijado en mí alguna de las veces en las que nos hemos cruzado en la escalera. Lo que si tengo claro es que no parezco gustarle.

—En el aparador del comedor he dejado el teléfono de la frutería, por si me necesita, pero no creo. Carolina es una niña muy buena y no suele dar mucha guerra. Enseguida se entretiene con sus muñecas.

Trato de tranquilizarla, recordarle que estoy acostumbrada a tratar con niños. Pero ella sigue disculpándose por haberse atrevido a pedirme que me quede con Carolina.

—No tengo otra cosa mejor que hacer —le aseguro alargando la mano hacia ella—. Si alguna ventaja tiene estar en el paro, es que se dispone de todo el tiempo del mundo.

—¡Ay, señorita Sofía, qué buena es usted! 

Una vez más, le pido que me tutee, que me apeé de ese tratamiento anticuado; pero, a lo largo de los años en los que he tenido relación con ella, nunca lo he conseguido. Ni tampoco que me quite ese señorita que suena tan relamido. A veces he llegado a pensar que no lo hace para humillarse ante mí, sino que es su manera de guardar las distancias, de recordarme que no somos amigas. Pero eso lo he deducido después, ese día todavía carecemos de motivos para mostrarnos hostiles la una con la otra.

Carolina sigue sorbiendo el colacao y vigilándome de soslayo. A su lado, tiene a Gertrudis. Cuando sorprende mi mirada, la toma en sus brazos y la estrecha contra el pecho, como si quisiera protegerla de mí. Le guiño un ojo y la sonrío, pero la niña no responde a mis ofrecimientos de simpatía sino con un gesto hosco, arrugando la nariz y abrazándose aún más a la jirafa de trapo.

Maite consulta el reloj de pared. Se masajea las piernas cubiertas de varices. No parece muy decidida a dejarme sola con la niña; no sé si por desconfiar de mis dotes como niñera o por temer una rabieta de su hija. Por fin la convenzo para que se vaya a trabajar y nos deje solas.




II.


Me resultó muy difícil ganarme la confianza de Carolina. Los primeros días ni siquiera me hablaba. Cogía su jirafa de trapo y se encerraba en su habitación ignorando mi presencia. Al principio, trataba de salvar la barrera que nos separaba irrumpiendo en el dormitorio y obligándola a ir conmigo al parque; pero con ello sólo conseguía que me rehuyese más y más. Se agarraba a los barrotes de la cama con fuerza y cerraba los ojos como si, al dejar de verme, pudiera hacerme desaparecer para siempre.

—Anda, Carolina, sé buena y vente conmigo.

Mas si hubiese sido sorda, hubiera atendido mejor a mis palabras.

De manera que la dejaba tranquila  y, de tanto en tanto, entreabría la puerta para comprobar que se encontraba bien. Nunca la oí llorar. Ni siquiera cuando se iba su madre a trabajar. Pero tampoco conseguía arrancarle una sonrisa; y eso que el año anterior, que estuve como maestra interina, enseguida lograba hacerme querer por los niños valiéndome de bromas y cuchufletas. 

Cuando llegaba la hora de darle la comida, ponía la mesa de la cocina y tocaba una campanilla para que supiera que podía salir de la habitación sin que la molestase. Me sentaba en el salón y la veía reflejada en el espejo del vestíbulo con la jirafa en la silla de al lado. Carolina comía despacio, como si siguiera un ritual. A pesar de no tener más de cuatro años y no haber comenzado todavía el colegio, hacía uso de los cubiertos como una persona mayor, con la finura y la limpieza de quien está acostumbrado a moverse en sociedad. Había de dejarle todos los platos servidos sobre la mesa, incluido el postre, porque si me acercaba, aunque no fuera más que a la puerta, salía corriendo hacia su dormitorio.

No sé cuánto tiempo tardó en ablandarse. A mí se me hizo eterno. Sufría por verla tan sola, con su jirafa de trapo, esperando la llegada de su madre y culpándome de su ausencia. La veía correr hasta el vestíbulo cada vez que se oía el ascensor. ¡Y qué alegría cuando Maite abría la puerta de la entrada! Parecía un torbellino saltando y bailando en torno a su madre, quien, por fortuna, cuando quiso enterarse de mi mala relación con Carolina, hacía tiempo que ya era mía.

Sucedió un lunes. Cuando llegué, Carolina estaba sentada en el vestíbulo con la cabeza baja y lloriqueando. Me arrodillé junto a ella.

—¿Qué te pasa, mi niña?

Carolina me dio la espalda y permaneció de cara a la pared.

—Lleva así desde el sábado —me informó Maite—. Metí la dichosa jirafa en la lavadora y se le ha roto una pata. Es una caprichosa. Con los problemas que tengo yo, ahora me viene con que la jirafa sufre. Pues que juegue con otro muñeco, que anda que no tiene. Yo, a su edad, no tenía más que una cuerda para saltar a la comba. —Cogió el bolso y besó a la niña en la frente. Luego se volvió hacia mí—. No se preocupe, señorita Sofía. Ya se le pasará.

En cuanto nos quedamos solas, saqué la cesta de costura de Maite y me apresuré a coser la pata del muñeco. De vez en cuando, echaba un vistazo al vestíbulo, donde Carolina seguía sumida en la mayor de las tristezas. No tardé más que unos minutos en reparar el estropicio de la lavadora. Dejé la jirafa a los pies de la niña y me volví al salón. Al cabo de unos minutos, Carolina se sentó a mi lado y puso en mi regazo un libro. 

—¿Nos lees El mago de Hoz?

A partir de ese día, me ofreció su cariño de manera incondicional. Cuando llegaba a su casa, era ella la que me abría la puerta. Se colgaba a mi cuello y me cubría el rostro de besos. Dejó de encerrarse en su dormitorio y revoleteaba a mi alrededor como una polilla que juguetea con una candela. Cualquier plan que le propusiera le parecía un sueño, ya fuese balancearse en los columpios del parque, visitar las focas del zoológico o asistir a una sesión de títeres.

¡Dios mío! ¿Qué podía hacerme más feliz que su risa? Sus carcajadas semejaban campanillas de cristal. ¿Qué podía conmoverme más que su dicha cuando la arreglaba ante el espejo de cuerpo entero de la habitación de su madre y le probaba los vestidos reservados para las ocasiones especiales? A veces la llevaba de compras por el centro de la ciudad y, aunque no me atrevía a regalarle nada importante para no ofender a Maite, siempre acababa con algún pequeño detalle: una cinta azul, una pulsera de cuentas de colores, un prendedor para el pelo.





III.


Estoy en mi habitación. Julio me da la espalda para mostrar su enfado. Teníamos que haber estado en el restaurante a las nueve, pero son más de las diez y la situación no tiene visos de cambiar.

—Esto no puede seguir así —repite por enésima vez Julio—. Cada vez que te propongo salir de viaje a algún sitio, aparece la niña esa y nos desbarata los planes.

Quiero replicar, asegurarle que Carolina no tiene ninguna culpa, que Maite no tiene con quien dejarla, que sólo serán dos días... Pero mi marido no me escucha.

—¿Cuánto tiempo llevamos así? Primero se trataba de un entretenimiento temporal que te permitía ganarte un dinerito.  

Nunca me he atrevido a confesarle que Maite no me da nada por quedarme con la niña. ¿Qué me va a dar si no tiene para ella?

—Un trabajillo nada importante —continua Julio, elevando la voz—, sólo hasta que encontrases un empleo de verdad. Luego la empezaste a traer a casa a la salida del colegio. Para ayudarla con los deberes, decías, que Maite no sabe, insistías. Y la niña prácticamente vivía con nosotros, vive con nosotros. Sí, porque Maite la deja aquí con cualquier pretexto. Y tú le compras la ropa, la llevas al médico, la sacas a pasear... Todo el día andáis jugando a la madre y a la hija. ¿O no te hace un regalo todos los años por el día de la madre? Esto va acabar confundiéndola: tú no eres su madre ni ella es tu hija.

Intento interrumpirlo, hacer que entre en razón; pero no me escucha. Sigue con su sermón, recreándose en las palabras, sin prestar atención a mis explicaciones.

—Mira, Sofía. Nunca me he quejado, a pesar de las veces en las que Carolina nos ha robado un tiempo que debía de haber sido para nosotros. Pero me preocupa, de verdad. Me preocupas tú. A veces pienso que la culpa es mía, por no haber podido darte hijos propios...

Me abrazo a él para hacerle saber lo equivocado que está. Lo cubro de besos y le aseguro que mi amor por Carolina no tiene nada que ver con nosotros. Hace cinco años que la niña es mía y a Julio lo conocí después.

—No serán más que dos días. Maite me lo ha prometido —le aseguro casi mendigando—. Es para un trabajillo que le ha salido en la costa, una fiesta en una casa. La han contratado para que sirva la cena y, al día siguiente, un cóctel. La pagan muy bien y ya sabes que Maite no anda sobrada de dinero. 

Pero no han sido sólo dos días. A las pocas semanas, le sale otro trabajo y, después, otro. A veces, no es más que una noche, otras se prolonga todo el fin de semana. No me da muchas explicaciones, únicamente dice que tiene que decir que sí a todo lo que le sale porque, con lo que gana en la frutería, no puede mantener a su hija.

Cada vez que Maite se marcha, Carolina se despide de ella con un beso rápido y a mí me rodea con sus brazos.

—¡Mamá! —exclama en cuanto nos quedamos a solas—, ¿qué vamos a hacer hoy?

Carolina tiene su propia habitación en mi casa: una habitación que hemos decorado juntas. Empapelamos las paredes de un color vainilla con mariposas de vivos colores, y hemos dispuesto un escritorio para que pueda estudiar cuando venga a visitarme, que son casi todos los días. Poco a poco el cuarto se va llenando con los juguetes que no caben en el pequeño dormitorio de la casa de Maite; de peluches y cuentos. Del armario cuelgan los vestidos que yo le compro, con los zapatos a juego. Y un minúsculo tocador ante el que le gusta sentarse en tanto yo le pruebo cientos de peinados.

Lo cierto es que Julio no exagera. Carolina pasa más tiempo en nuestra casa que en la de su madre; pero, si con ello, además de ayudar a Maite, la niña es feliz, yo soy feliz, ¿qué se puede objetar?

No puedo negar que a veces Julio sale perdiendo, que parece que lo abandono cuando aparece mi niña; pero ¿puedo hacer otra cosa? Carolina es todavía muy pequeña y me necesita más que él. 

El verano pasado Julio me sorprendió con un viaje por la costa cantábrica. Íbamos a emprender una aventura, con los sacos de dormir y nuestras botas de senderismo para recorrer los campos sin destino prefijado. Una aventura que sabía me iba a enamorar; como me enamoró aquella en la que lo conocí. Sólo que, en esta ocasión, estaríamos él y yo, sin nadie más que perturbase nuestros deseos de intimidad. Guardó el secreto durante meses. Lo imagino ante la pantalla del ordenador anticipando nuestra dicha mientras planifica las rutas que podemos tomar. Julio presume de ser el más pragmático de los dos, de tener los pies sobre la tierra y no dejarse llevar por fantasías; pero en el fondo es un romántico. De manera que compró a escondidas mochilas, linterna último modelo, crema de protección solar para un regimiento, un kit de supervivencia, la tienda de campaña y hasta un tablero de ajedrez para entretenernos por las noches ante el fuego. No me dijo nada hasta tres días antes de nuestra partida. Me tapó los ojos por detrás y me condujo al garaje, donde tenía guardado todo el equipamiento para nuestra aventura. ¡Qué entusiasmo, Dios mío! Cuando abría los paquetes, parecía un niño chico.

—Mira esta lamparilla. Cuando la colguemos en la tienda, te creerás en un palacio de las Mil y una noches —reía mi Alí Babá en su cueva.

Pero Maite nos frustró el viaje romántico. La tarde anterior a nuestra partida, me llamó al móvil. 

—Ay, señorita Sofía, no se puede creer lo que me ha sucedido. Me ha salido una casa en Barcelona. ¡Todo el verano! —Hablaba con la voz entrecortada por la emoción—. Y no se crea que para hacer nada costoso. No, no. Sólo tengo que hacer compañía a una señora mayor. Verá, señorita, resulta que vive con su hija y ésta se va no sé dónde, al extranjero o cerca de allí. Y me va a pagar... bueno, me va a pagar para pasar todo el invierno sin preocupaciones. Y Carolina está tan contenta de pasar el verano con ustedes... Ya sabe que no se lo pediría si tuviera con quien dejarla —añadió a modo de disculpa.

—Pero no me va a ser posible cuidar de Carolina —repliqué con la culpa obstruyendo mi garganta al imaginar la carita desamparada de mi niña—. Mañana nos vamos de acampada.

A Maite no le pareció que aquel fuera un inconveniente para que yo me hiciera cargo de su hija.

—¡Oh! —exlamó—, eso no es problema. Carolina se adapta a todo. A ella, si va usted, lo demás le da igual. Si no, tendré que dejarla sola en casa y son muchos días; aunque tal vez me sea posible venir cada poco, los fines de semana, tal vez. No es que tema que pueda ocurrirle nada, pero...

Acepté agobiada al pensar que su madre la pudiera dejar sola en casa los dos meses de verano con tal de no perder un empleo. En ese momento, Julio desapareció de mi memoria: Carolina me necesitaba porque su madre no podía ocuparse de ella. Maite lleva años encadenando un trabajo tras otro, angustiada por la posibilidad de quedarse en la calle con una niña que cuidar. Quiere a Carolina, sí, pero su amor se manifiesta rodeándola de bienestar, aunque ello suponga renunciar a su compañía. Nunca he llegado a saber quién fue el padre de la niña, si las abandonó o murió. A Maite no le gusta hablar de ello ni yo le inspiro suficiente confianza para contármelo. Lo único cierto es que no tiene a nadie que le ayude a afrontar su maternidad. Y, aun así, a veces me cuesta entender ese afán exagerado por darle una vida mejor a su hija. No sé lo que hubiese hecho yo en su lugar, pero lo que tengo claro es que no me hubiese separado con tanta alegría de ella por mucho que necesitase el dinero. Si Carolina fuese mi hija, no habría nada ni nadie capaces de separarme de ella. Si Carolina fuese mi hija... Si Carolina fuese mi hija. Pero, ¿acaso, en cierto sentido, no es ya hija mía?, ¿hija no de mi sangre, sino de mi corazón? 

De manera que le dije que no se preocupara, que Carolina se podía venir con nosotros de vacaciones. Y se lo dije anticipando la dicha de compartir con ella un verano entero. Y se lo dije sin tener en cuenta que Julio también debía dar su parecer sobre un viaje que había organizado para nosotros dos.

Sí, debí preguntárselo a Julio primero. Sí, es cierto. Pero, por ceder en favor de una niña indefensa que sólo me tenía a mí, no se iba a morir. Con motivo de mi insistencia por llevarme a Carolina con nosotros, tuvimos nuestra primera gran bronca. No le importó herirme proponiéndome que adoptásemos a un niño, que sería nuestro hijo y de nadie más, aseguró. Como si mi amor por Carolina no fuera sino una manera de superar la frustración por su incapacidad para darme hijos propios. Como si no la quisiera por sí misma; como si se la pudiera sustituir como se sustituye un abrigo viejo por otro nuevo.

Finalmente, nos fuimos de acampada y Carolina se fue con nosotros.

Desde entonces, Julio tiene mucho cuidado cuando habla de la niña, como si temiese hacerme daño. Cuando está con nosotras, se muestra cariñoso con ella y la ha enseñado a jugar al ajedrez. Se pueden pasar horas ante el tablero sin acordarse de mí. Y yo soy muy feliz al verlos. Sin embargo, a veces, cuando el timbre de la puerta anuncia la llegada de Carolina, creo atisbar una pincelada de tristeza en el fondo de la pupila de mi marido.




IV.



Es la función de fin de curso y mi Carolina tiene un papel importante en una de las obras que se representan. Hace de princesa hindú. Llevamos un mes entero confeccionando el traje. Lo hemos copiado de un libro ilustrado que había en casa de mi padre. Es un sari azul turquesa, de una tela tan suave que se confunde con la seda. El borde es una cenefa dorada, a juego con el chal con el que se cubrirá sus bucles cobrizos. Tardamos una semana en dar con el calzado adecuado: unas babuchas color aguamarina bordadas con hilo de plata. Carolina está tan nerviosa que se ha venido a dormir a mi casa para que esta mañana la ayude a vestirse. ¡Qué guapa está! No creo que el marajá más poderoso tenga una princesa tan bella. Al mes que viene cumple doce años y ya se vislumbra la hermosa mujer en la que va a convertirse.

A primera hora de la mañana, la he dejado en la puerta del colegio antes de ir a la peluquería. Mientras espero con el tinte en el pelo, pongo un mensaje a Maite para recordarle que a las tres me paso por su trabajo a recogerla. No me fío de ella. El año pasado también prometió acudir a la fiesta de Carolina y en el último momento dijo que no podía, que su jefe le había pedido que hiciese no sé qué tontería. Parece mentira la poca importancia que le da a las cosas de Carolina. 

—Sólo es una función escolar —refunfuñó cuando ayer le insistí que no podía faltar—. Si fuera una obra de teatro de verdad...

¡Una obra de teatro de verdad! ¡Puaf! ¿Qué se cree que va a hacer Carolina?, ¿el ganso?

Después de la peluquería, llego a casa con el tiempo justo para vestirme. ¡Menos mal que ayer dejé preparado el vestido que me voy a poner! Aun así, me demoro un poco con el maquillaje. Quiero estar perfecta para mi niña y no acabo de verme favorecida con la barra de labios color sandía. Consulto el reloj de pulsera, el despertador que parpadea desde la mesilla de noche. Si no me apresuro, no llegaré a tiempo para ver a mi niña. Un instante antes de salir de casa, me entra la duda sobre los zapatos que me quedarán mejor: ¿los beis con la puntera calabaza?, ¿los negros de charol? Elijo estos últimos porque los compré con Carolina y sé que le gustan. Doy dos vueltas antes el espejo y, al fin, voy en busca de Maite.

—¿No va demasiado arreglada, señorita? —me pregunta en cuanto me ve sin hacer ningún esfuerzo por ocultar su desaprobación.

Llegamos al colegio media hora antes de que empiece la fiesta, pero no consigo ver a mi niña entre los alumnos que pululan por el escenario. Hubiera querido darle un beso antes de su actuación, para insuflarle mi aliento. Aunque sé que no le va a hacer falta: es la mejor de la clase, la que tiene más talento.

Ante nosotras desfilan un número tras otro. Los pequeñines, vestidos de duendes, los del primer curso, que portan los estandartes, el narrador, el granjero... Estoy disfrutando mucho con la función, pero Maite se aburre.

—Si llego a saber que iba a retrasarse tanto en salir, venimos más tarde. —Se removió en su asiento como si estuviera incómoda—. A mi jefe no le gusta que salga de la frutería en horas de trabajo.

—Pero, Maite, si es tu tiempo de descanso...

—Pero siempre hay algo que hacer y para perder el tiempo en estas niñerías...

Guardo silencio para evitar una discusión. ¿Acaso Carolina no se merece unas horas dedicadas a ella sola?

Últimamente Maite se muestra muy combativa conmigo. Me lleva la contraria por todo y, cuando ve que no tiene razón, busca la complicidad de Carolina, como si quisiera decirme que a pesar de todo, la niña es suya. Mi pobre Carolina no sabe qué hacer, porque si se atreve a darme la razón, Maite rompe a llorar. Yo le digo que no se preocupe, que tiene que hacer todo lo que esté en su mano para que Maite sea feliz; pero se me parte el corazón porque veo cuánto sufre, mi niña. A veces, cuando está en mi casa haciendo los deberes, la llama para que acuda con urgencia a su lado. Y no le causa ningún rubor descubrirnos que tal emergencia no es sino una nimiedad, un capricho del que se vale para separarnos. Estos celos que siente por mí nos están haciendo daño a las tres. Ya me lo advirtió mi padre:

—Algún día Maite se cansará de jugar a la madre necesitada y te la quitará. La reclamará porque es suya y te romperá el corazón.

Por fin sale a escena Carolina, la niña de mi corazón. Todo el salón de actos del colegio se llena con su presencia. Es la mejor recitando su papel, que yo murmuro al mismo tiempo que ella. Sus movimientos son suaves, deliciosos. Su mirada se cruza con la mía un instante y soy la mujer más feliz del mundo. Ninguna de las madres que asisten a la función se puede comparar conmigo; ninguna está tan orgullosa de su hija como lo estoy yo de la mía. Su pecho también se ensancha de alegría cuando me ve. Por un instante, parece que va a perder la concentración, pero no. Desvía la mirada y vuelve a su recitación.  Por el rabillo del ojo, veo a Maite. Parece muy concentrada. Un destello en la pupila la delata. Se siente tan orgullosa de la niña como yo.

Cuando finaliza la función, Carolina corre hasta nosotras y nos cubre de besos. Me rodea con sus brazos y me susurra al oído:

—Eres la madre más joven y más guapa del mundo.

A continuación, dirige su mirada a su madre. Apenas unas milésimas de segundos, pero suficiente para dejar traslucir su disgusto. Siento pena por Maite, por su falda gastada de tweet; su blusa blanca de algodón, en la que se ven unas manchas oscuras, sus piernas desnudas, sus varices. Siento lástima al pensar que tal vez sea lo mejor que tiene o que no ha encontrado tiempo para cambiarse. Carolina trata de recomponer su expresión, pero Maite ya ha reparado en ella. Me da la espalda para demostrarme su despreció y, al volverse, da una patada a un charco y me salpica los zapatos negros de charol. Sólo entonces asoma una sonrisa en su rostro: la primera de la tarde.




V.



Hacía seis meses que Julio me había abandonado por una compañera del trabajo. No lo vi venir. Es cierto que, en los últimos tiempos se mostraba ausente, como si le rondase por la cabeza alguna preocupación; pero, desde que nos conocimos, siempre había mostrado cierta tendencia a la melancolía. No quiso darme explicaciones sobre los motivos que le habían llevado a buscar en otros brazos el amor que yo le daba. Sólo, antes de cerrar la puerta y marcharse, me dijo con inusitada tristeza:

—Yo no te abandono, Sofía. Has sido tú la que me has abandonado hace mucho tiempo. Ojalá Carolina no te rompa el corazón como me lo has roto tú a mí.

Durante días permanecí como muerta, sin querer salir de mi habitación. No tenía fuerzas para acudir al trabajo y había de hacer un esfuerzo para comer. Ignoro qué habría sido de mí si no me hubiese prestado su auxilio Carolina. Con quince años, era una jovencita sensible y comprensiva. Sin hacer caso de las protestas de Maite, se instaló en mi casa y se ocupó de que olvidase el dolor que me había causado Julio. Qué delicada cuando se sentaba a mi lado y me leía mis fragmentos favoritos de Jane Eyre; o cuando me obligaba a salir con ella a dar un paseo por la alameda que se divisa desde mi balcón. Otras veces se limitaba a permanecer en silencio respetando mis deseos de sosiego. Realizaba las tareas escolares en la mesa del comedor para no privarme de su compañía; o me animaba con cientos de historias sobre los pequeños acontecimientos del día.

¡Ah!, pero Maite no nos iba a conceder ni una semana de paz. Al tercer día la llamó para que acudiera a su casa a ayudarla a hacer limpieza en el desván. Como si tirar unos cuantos trastos viejos que llevan años cogiendo polvo fuera más importante que aliviar mi pena. Carolina puso todo su empeño en tratar de convencerla de que esperase un poco. Le prometió ocuparse ella sola en arreglar el trastero si le permitía quedarse unos días más conmigo, hasta que me encontrase mejor de ánimo; no obstante, Maite fue implacable: debía acudir a su llamada inmediatamente.

Maite se mostró insaciable. Después del desván, fue una jaqueca, que fuera a hacer la cena, que no tenían pescado... La llamaba con cualquier excusa, por la mañana, por la tarde, por la noche... Siempre que le constaba que ya había salido del colegio. La llamaba, lo sé, para dejarme claro que ella, y no yo, era, es y será su madre. La llamaba sin importarle si Carolina estaba haciendo o no los deberes. En el momento más inesperado, sonaba su móvil. Nada tenía prioridad si andaba ella por medio.

—¿No podrías esperar un poquito? —le pedía Carolina con voz zalamera.

Pero Maite no se dejaba conmover con la dulzura de la niña.

—No, no puedo esperar. Cuando tu madre te llama, es porque te necesita. Y eso no tiene réplica.

Carolina contemplaba desolada los libros y cuadernos esparcidos por la mesa.

—Pero, mamá, Sofía me está ayudando con la química...

—Ya te he dicho muchas veces que no nos podemos permitir una profesora particular.

Carolina salía de la habitación para que yo no pudiese oír más despropósitos: Maite siempre se las arreglaba para deslizar alguna frase con la que herirme y no perdía ocasión para dejar claro que su madre era ella.

A veces, me asaltaba una horrible sospecha. Me parecía que, desde mi separación de Julio, la hostilidad de Maite hacia mí se había recrudecido; como si, al quedarme sola, hubiese descendido en el nivel de su estimación y ella hubiera perdido el reparo que le producía atacarme. Abandonó el tono pomposo con el que se dirigía a mí y, aunque no había llegado a llamarme por mi nombre, dejó de hacer uso del «señorita».

A mí todas aquellas niñerías me traían al pairo; pero sufría por Carolina. Todo el empeño que ponía Maite en afirmar que ella, y sólo ella, era su madre sólo servía para alejarla más y más. Porque ¿a quién se le puede llamar madre?, ¿a quien te une sólo un vínculo de sangre o a quien te da su vida, su alma y su corazón? ¿A quién le cuenta Carolina sus alegrías y sus pesares?, ¿quién ha estado a los pies de su cama cuando tenía fiebre?, ¿quién le ha dado consuelo cuando se ha despertado llorando asustada por una pesadilla? ¿Quién?, ¿quién? Si alguien ha sido la madre de Carolina, he sido yo. ¿O no fui yo la que me di cuenta de que, con esta guerra absurdamente declarada por Maite, la que más iba a sufrir era Carolina, mi niña?

Con el fin de concertar un alto el fuego, se me ocurrió invitarlas a cenar un sábado. 

Me levanté temprano para comprar lo más exquisito de una tienda de delicatessen. Me dejé envolver por el aroma de las especias, el olor a caramelo fundido. En los anaqueles se exponían cestas con legumbres, judías de colores jamás concebidos, pastelillos de sabores inverosímiles: dulces, salados, picantes... Detrás del mostrador, una joven de unos treinta años, removía el contenido de un perol que hervía sobre un hornillo y despedía un olor a mantequilla. Vagué por la tienda hechizada por la variedad de artículos y sin decidirme por ninguno. Nada me parecía suficiente para agasajar a mi niña. Le pedí consejo a la encargada de la tienda, quien, después de contarle el motivo de la cena, se ofreció a confeccionarme un menú y a ayudarme a arreglar el comedor.

A las cinco de la tarde, se presentó en mi casa cargada de bolsas y paquetes. Desplegó sobre la mesa un mantel de hilo blanco luminoso y repartió aquí y allá candelas que llenaron el salón de aroma a sándalo. De uno de los paquetes, extrajo la vajilla, blanca con el filo plateado, y los vasos de cristal tallado, redondos y rechonchos, casi esféricos. Toda la casa resplandecía como en un sueño. Sobre la encimera de la cocina, se exponía el exquisito menú que había elegido para mí: caviar de erizo, coca hojaldrada de foie, tartar de salmón, risotto de verdura y queso, y, para el postre, un pastel de panna cotta y frambuesa.

Aplaudí entusiasmada al contemplar aquellas maravillas que parecían haber salido de un cuento de Las mil y una noches. Quise abrazar a mi genio de la lámpara, pero me apartó de su lado.

—Mi recompensa será que mañana me cuentes que la cena ha sido maravillosa.

Me tendió una botella de licor de cerezas y me dejó esperando a mis invitadas.

La cena no empezó con buen augurio. Llegaron con dos horas de retraso, cuando ya creía que les había sucedido alguna desgracia. Carolina inició lo que parecía ser una disculpa, pero Maite la cortó al instante.

—Deja, deja eso. Lo importante es que ya estamos aquí.

Creí ver en los ojos de mi niña vestigios de lágrimas, pero cuando le iba a rozar el párpado con el dorso del dedo, Carolina desvió la cara. Sospeché que la causa del retraso había sido una discusión entre madre e hija, mas no le pude preguntar por estar Maite delante. 

Como me había indicado la dueña de la tienda de delicatessen, unos minutos antes de la cena, me dispuse a prender las velas. En unos minutos, se extendió por la estancia una deliciosa fragancia a sándalo. Carolina lo aspiró extasiada pero Maite se quejó de su intensidad. 

—Estos olores tan fuertes me marean —aseguró.

De manera que las apagué de nuevo y las guardé en mi habitación para que no la molestasen. Pero Maite no se quedó satisfecha. Había venido con la intención de estropearnos la cena y no se contentó hasta que no lo consiguió. Apenas probó ninguno de los platos exquisitos: el caviar, por ser de erizo, le daba repelús, el tartar era un plato muy pesado para su digestión, la coca estaba demasiado salada y el pastel, demasiado dulce.

—Es que nosotras no estamos acostumbradas a comidas tan sofisticadas —repetía una y otra vez, ignorando o haciendo que ignoraba a Carolina, quien se esforzaba por alabar cada plato para que no me sintiera mal.

—Está delicioso —me aseguraba mi niña relamiéndose—. ¿Puedo repetir?

Me dirigí a la cocina e improvisé para Maite una tortilla francesa y una ensalada.

Pero no fue hasta el final de la cena cuando todo se vino abajo. Después de trasegar tres vasos de licor, Maite me agradeció la velada. Me la agradeció a su manera, claro.

—No sé cómo darle las gracias por las molestias que se ha tomado por Carolina y por mí —comenzó—. Todo tan bonito y tan elegante... Se ve que le ha llevado mucho trabajo.

Moví la cabeza para quitarle importancia. 

—Cuando se quiere a la gente como yo os quiero a vosotras, ninguna tarea supone un esfuerzo —le aseguré—, y he disfrutado mucho con los preparativos. 

Pero Maite siguió con su perorata sin dar muestras de haberme oído.

—Nosotras somos gente sencilla y con cualquier cosa nos conformamos; es más —continuó con un deje de irritación—, ni siquiera sabemos apreciar tales delicadezas. Nosotras con un trozo de pan y un poco de queso, nos contentamos.

—Mamá...

Carolina quiso replicarla, pero le hice un gesto para que lo dejase pasar. Maite no reparaba en nuestro malestar y continuaba con sus alabanzas a la cena sin dejar claro si su intención era congraciarse conmigo o reprenderme por el dispendio.

—Es todo tan precioso, que cualquiera que se empeñase en pensar mal podría decir que quiere impresionarnos.

Maite se sirvió otro vaso y lo bebió de una vez. Carolina me dirigió una mirada de disculpa y retiró a una esquina de la mesa la botella de licor. Esta vez, Maite se percató del diálogo mudo que nos traíamos entre manos.

—¡Lo sabía! —exclamó. Se levantó de su silla y me increpó—. ¡Lo sabía! Lo he sabido desde el principio. Sólo quieres indisponer a mi hija contra mí.

Un mechón de su moño le cayó sobre el ojo y le dio una extraña expresión.

—Mamá, por favor —musitó Carolina.

Pero Maite no la escuchaba.

—Como no tenías hijos propios, quisiste quitarme la mía. Y te valiste de lo único que yo no podía darle: del dinero. Creíste que la podías comprar con dinero, con los juguetes más caros, los vestidos más exclusivos...

No hice ningún intento por defenderme, consciente de que aquella discusión a quien más daño podría hacerle era a Carolina.

—Pero no te bastó con tus alardes de dinero —manifestó indignada y tuteándome por primera vez—, quisiste envilecerme ante mi hija, mostrarle mi ignorancia con tus clases de química, de matemáticas; evidenciar que yo no sabía nada y tú lo sabías todo, hacerte imprescindible, en suma. Pero ¿sabes una cosa? La madre de Carolina soy yo. Tú ni siquiera eres de nuestra familia.

Una lágrima se deslizó por la mejilla de Carolina, que no hizo nada por enjugársela. Alargué la mano por debajo de la mesa y acaricié la de mi niña. ¡Cuánto sufría! ¿De verdad se creía Maite su madre? Una madre no pone tanto empeño en romper el corazón de una hija. Una madre vela sus sueños, como he hecho yo desde que la conocí; una madre no abandona a su hija por un puñado de monedas.

—Pero esto se va a acabar —prosiguió Maite más y más colérica—. Esto se va a acabar porque yo le voy a poner fin. Vas a recoger todas las cosas que tengas en esta casa y te vas a despedir de Sofía, Carolina, que ya eres muy mayor para tener niñera. Y cuando digo tus cosas, me refiero a las que te he comprado yo, el resto, se lo devuelves a Sofía. Mañana le traigo yo lo que quede en casa.

A partir de entonces, se me confunde en la memoria el llanto de mi hija, mis intentos por calmarla, los empujones de Maite para impedirme acercarme a Carolina, mis gritos, mis reproches. Se me nubló el entendimiento. Se me nubló el entendimiento, sí. Se me nubló el entendimiento y me temo que dije cosas que sólo sirvieron para herir en lo más hondo a mi hija. Le recordé las veces que Maite la había dejado a mi cuidado, cómo aprovechaba los fines de semana y las vacaciones, los únicos momentos en los que podía disfrutar de Carolina, para salir corriendo detrás de empleos en los que no le daban más que unas migajas; en tanto yo estaba siempre ahí, para acompañar su infancia, gozarme de sus alegrías y dolerme de sus pesares.

—¿Quién es tu madre, entonces? —le pregunté en un grito desesperado—. ¿Quién es tu madre?, ¿quién?, ¿la que te trajo al mundo para luego dejarte abandonada o quien te lo ha dado todo: su vida, su alma, su corazón? ¿Quién es tu madre, Carolina?, ¿quién?, ¿Maite o yo? Dínoslo para que finalice esta guerra. ¿Quién es tu madre, hija mía? Sólo tú puedes resolver este dilema. ¿Ella o yo? Decide tú, hija mía, decide tú.

Carolina me miró como si no me conociera. Se le secaron las lágrimas, pero una inmensa tristeza asomó a sus ojos. Se levantó de la silla y se acercó despacio. Me acarició con ternura la mejilla y depositó un leve beso en mi frente. Luego, se volvió en silencio y le tendió la mano a Maite. En silencio, recogieron sus bolsos y sus chaquetas. Nunca me han parecido tan semejantes, tan lejanas a mí. La mayor desprendía una extraña calma; no como quien exhibe el signo de la victoria, sino la apacibilidad de quien sabe que la desgracia ya ha pasado, que ha sobrevivido indemne a un terrible cataclismo. De pronto, oí cerrarse la puerta de casa. No hubo más reproches pero tampoco una despedida. En ese momento lo supe: había perdido a mi hija.