martes, 18 de abril de 2017

Podrían haber sido tuyas







   Cuando la hermana Rosario le dijo que había un señor esperándola en la sala de visitas, pensó que se trataba del familiar de un paciente. No era raro que el padre de algún niño enfermo buscase en ella palabras de consuelo angustiado por el diagnóstico que, sin paliativos, le había dado el Dr. Ramírez. En su larga experiencia junto al pediatra, había aprendido a endulzar con ternura la amarga píldora que el médico hacía tragar a las atribuladas familias y, sin quitar una coma al duro veredicto, sabía devolverles un poco de esperanza.

   Con paso resuelto, se encaminó a la sala de visitas.

   No lo reconoció cuando lo vio de espaldas asomado a la ventana que daba al patio de la clínica.

   —¿Me buscaba? —preguntó después de un tímido carraspeo.

  Ni supo quién era cuando se volvió hacia ella, tanto lo había cambiado la vida.

  —Soy la madre Soledad.

  Sólo en el momento en el que pronunció su nombre de niña, lo reconoció oculto tras aquel aspecto envejecido.

   —¡Carmela! —la llamó casi en un grito.

   —Madre Soledad, Alfonso —corrigió con afecto, como hacía con los niños.

  La madre Soledad sonrió. Después de tantos años, sabía esconder las emociones que le suscitaban su presencia. Los fuertes latidos de su corazón la sorprendieron más que enfadarla. No fue más que una fracción de segundo; luego, se recompuso y volvió a su serenidad habitual.

   —¿Qué puedo hacer por ti?

   —Cristina se muere, Carmela. Tienes que venir conmigo, a mi casa, a curarla, te lo ruego. Sólo tú puedes hacerlo.

   A la madre Soledad no se le escapó detrás del tono suplicante del hombre el miedo con el que tantas veces se había enfrentado en los largos años que llevaba atendiendo enfermos. Era la angustia de quien siente el acoso de la muerte sobre un ser querido. Trató de tranquilizarlo como solía hacer siempre que la tocaba el dolor de otro, pero el hombre no la escuchaba.

  —¡Tienes que venir conmigo, Carmela! —repetía una y otra vez— ¡Sálvamela! Solo tú me la puedes devolver.
  
  —La vida de todos nosotros está en las manos de Dios. Confía en Él y verás cómo te ayuda.

  —¡No me falles ahora! No ahora, Carmela. Tengo el coche aquí cerca. No tendrás que andar mucho. Ven conmigo, te lo ruego.

   El hombre le cogió las manos y, si no lo hubiese evitado, se hubiera arrodillado allí mismo ante ella. La madre Soledad le pasó el brazo por los hombros y lo condujo hasta el sofá tratando de acallar el llanto de desconsuelo. Quiso hacerle ver que no podía dejar la clínica así como así, que tenía que pedir permiso a la madre superiora. Pero el hombre no atendía a razones. Miró la hora en el reloj de pared: las cuatro y veinte. Si se daba prisa, podía estar de vuelta en el convento a tiempo, antes de las ocho, hora en la que la hermana Maximina cerraba la puerta hasta el día siguiente.

   —Espérame junto a la verja —dijo al fin—. Voy a buscar mis cosas.

   No era la primera vez que salía de la clínica para visitar a algún enfermo, pero en las anteriores ocasiones lo había hecho contando con el permiso de la madre Jerónima, la superiora. Su vida transcurría apaciblemente entre el convento y la clínica. Apenas salía de aquel barrio donde vivían arracimadas familias de inmigrantes procedentes de países sin futuro. Sofocó el brote de remordimiento por su salida rebelde que le cosquilleaba la conciencia: Cristo no se hubiera detenido a considerar la conveniencia o no de ayudar a los que sufren, se dijo para tranquilizarse.

  Cuando la madre Soledad subió al Megán de Alfonso, se sintió empequeñecida. Por un momento, se asustó. Se estaba adentrando en calles para ella desconocidas con un hombre que hacía mucho tiempo que no era sino un extraño. Alfonso conducía en silencio, como si su única preocupación fuera sortear el tráfico que, por otra parte, a aquella hora no era muy denso. Sólo cuando tomó la carretera de la playa se decidió a hablarle de la enfermedad de su esposa.

  El verano anterior, coincidiendo con su aniversario de bodas, Alfonso y Cristina habían hecho un viaje a Ciudad de México, donde ella vivió de niña. Tenían previsto permanecer tres semanas recorriendo las calles que conoció antes de que, a los nueve años, se instalara en España con su abuela materna. Pero a los pocos días de su llegada, Cristina empezó a sentirse muy cansada. Apenas podía dar unos pasos sin que tuviera que sentarse unos minutos para recobrar el aliento. Creyeron que se trataba del mal de altura pero a medida que transcurrían los días, en lugar de disminuir, la fatiga iba en aumento llegando a un punto en que casi no podía salir de la habitación sin hacer un enorme esfuerzo. La visitó un médico que se alojaba en el mismo hotel pero no supo darles razón alguna de aquel estado. Cada vez más asustados, adelantaron el regreso a casa.

  Ya en España, Cristina pasó por la consulta de un médico tras otro. Aquellos hombres de bata blanca la sometieron a múltiples pruebas sin que ninguno acertara con el nombre del mal que la aquejaba. Unos le diagnosticaron fatiga crónica, otros fibromialgia y los más los llenaron la cabeza de términos impronunciables que, buscados en Google, causaban espanto. Mientras tanto, los meses pasaban y sus órganos se iban contagiando de cansancio hasta quedarse dormidos. Tuvo que ingresar en el hospital para evitar que la vida se le escapase volando y, unos días antes de cumplirse un año del fallido viaje, pidió que la dejaran volver a su casa para poder marcharse rodeada de su familia y de sus cosas. Desde hacía una semana, su vida se apagaba en la habitación más alegre de la casa y, el día anterior, había caído en un profundo sueño del que no parecía querer despertar.

   Alfonso vivía en un chalet a veinte minutos de la ciudad. Cuando llegaron, el sol de mediados de julio caía implacable reverberando su luz sobre el derroche de color de las rosas del jardín. A la monja le dio un vuelco el corazón al encontrarse de frente con la joven que le abrió la puerta: por un momento, creyó haber retrocedido veintitantos años y estar ante su amiga Cristina.

   —Mi hija Silvia —le dijo Alfonso sonriendo por primera vez—. Es igualita que su madre, ¿verdad?

   La joven parecía cohibida ante la llegada de aquella desconocida, pero su tímido rubor desapareció cuando la madre Soledad le dedicó una sonrisa y la besó en la mejilla.

   Al entrar en el dormitorio de la primera planta donde dormía Cristina, la asaltó el olor a medicina y a enfermedad que la seguía como su sombra cada día en la clínica. Se trataba de una habitación que era todo cristal, todo luz. Desde cada ventanal se divisaba el jardín como si se estuviese en medio del césped. En él reinaba el silencio matizado por las voces de unos niños que se oían a lo lejos. 

   La madre Soledad creyó que no podría contener la emoción al ver a su querida amiga de la infancia y juventud tendida en la cama rodeada de cables y máquinas que la mantenían artificialmente con vida. Le bastó una mirada para reconocer a la muerte sentada en un rincón de la habitación: al acecho para disputarle la vida a los que se empeñaban en mantener a Cristina a su lado. No había en la habitación nadie más que una niña chiquita que parecía querer buscar consuelo a sus miedos en un chupete de color fucsia. La pequeña la miró asustada y salió corriendo hacia el pasillo. Silvia también dejó la habitación, aprisa para dar alcance a la niña.

   —Inés, la pequeñita —le dijo Alfonso—. En cuanto la perdemos de vista un momento, viene a esconderse junto a su madre.

  Cristina dormía ajena al ajetreo que, en un momento, se había formado en la habitación. Alfonso acercó una silla a la cama y abandonó el dormitorio dejando solas a las antiguas amigas. La madre Soledad buscó entre aquel amasijo de cables a la joven que, muchos años antes, la llevaba a casa de su abuela a la salida del colegio para hacer juntas unas tareas escolares que se eternizaban hasta bien entrada la noche: las confidencias que compartían les impedían concentrarse en nada que no fueran sus sueños de adolescentes. La enfermedad había difuminado sus facciones y Cristina ya no era Cristina. Cogió entre las suyas una mano que parecía un guante sin dueño y se la llevó a sus labios. En el dedo meñique brillaba un rubí diminuto: la sortija que le dio su amiga Carmela unos días antes de entrar en el convento.

   —Cristina, soy yo. Carmela. He venido para hacerte un ratito compañía.

   Las lágrimas pugnaban por salir. Ella, que había afrontado con serenidad tanto sufrimiento a lo largo de su vida religiosa, sentía que no podía contener la emoción que se había apoderado de su corazón. Dejó descansar la vista sobre una fotografía en la que se veía una Cristina feliz en la playa con sus hijas.

  —Lo lograste, Cristina. Una familia como tú siempre quisiste. Ya ves. Tú que decías que, por haber perdido a tus padres tan niña, no ibas a saber ser madre, aquí estás con tus dos hijas. ¿Qué hubiera dicho tu querida abuelita? Dos estrellas que iluminan tu cielo.

   Le acarició la frente apartándole los ralos cabellos que cubrían sus ojos. ¿Adónde había ido la melena rubia que era la envidia del colegio? Cristina tenía cuarenta y tres años, apenas unos meses más que la madre Soledad, y parecía una anciana. La puerta de la habitación se abrió despacio. Era Alfonso, que traía una bandeja con el servicio de café.

   —¿Cómo la ves?, ¿crees que se va a morir?

  Detrás de la ansiedad del marido de Cristina asomaba la fe en el poder de la madre Soledad para devolverle la salud a la enferma.

   —No lo sé, Alfonso. Tenemos que confiar en Dios.

 —¡Venga! No me salgas con esas ahora, Carmela. Eres enfermera y estás acostumbrada a ver moribundos.

  —¿Cómo puedes ser tan duro?

  Permanecieron en silencio unos instantes. La madre Soledad cerró los ojos e intentó rezar. El miedo le atenazaba la garganta. Tomó un sorbo del café que le había preparado Alfonso: un café negro, amargo, espeso, sin azúcar ni leche, como le gustaba de joven. La línea de humo que desprendía el oscuro brebaje se rizaba en el aire y se deshilachaba en mil recuerdos hasta que la voz de Alfonso la devolvió al presente.

  —Ella nunca te olvidó, ¿sabes? Fui yo el que no pude perdonarte lo que nos hiciste. Me negué a nombrarte, como si, así, pudiera borrarte de nuestro pasado y la obligué a jurarme que no haría nada por verte. Me sentía traicionado. Abandonado por un capricho de niña consentida: hoy te quiero, hoy no te quiero.

   —No fue eso y tú lo sabes. Fue algo más complejo; algo que no tenía nada que ver con nosotros, ni con Cristina, ni contigo, ni siquiera conmigo. Y, desde luego, no fue una traición.

  —Pero con veintiocho años, ¿qué querías que pensase? Me costó mucho tiempo entenderte. Bueno, entenderte no, que nunca lo conseguí del todo. Conformarme, aceptar que tus motivaciones no eran cosa de un encandilamiento pasajero, el idealismo de una niña caprichosa y fantasiosa que quiere ser alguien extraordinario; que tus deseos respondían a algo mucho más profundo que escapaba a mi comprensión. Pero me costó años perdonarte y, cuando lo hice, tampoco quise sacarte del olvido por miedo a hacer daño a Cristina. Temía que, si hablaba de ti, creyera que la relegaba a un segundo plano; que tuviera celos.

   —¿Celos, Cristina?, ¿de mí, quieres decir? ¿Tan poco la conocías?

   Alfonso sacó un cigarrillo del bolsillo de la camisa y se lo puso entre los labios. Debió de acordarse de que no podía fumar, porque lo dejó sin encender en la mesilla.

  —En el fondo, siempre me culpé de tu marcha. Le daba vueltas y más vueltas a la cabeza buscando qué había hecho mal. Lo que te apartó de mí, de Cristina, del mundo.

  —Tú no tuviste la culpa de nada, Alfonso. Deberías saberlo.

  Pero él seguía hablando sin escucharla.

  —No podía comprender cómo una chica alegre, que lo tenía todo para ser feliz, familia, amigos, la carrera recién terminada, a punto de casarse —enumeró con los dedos—… Una chica tan vital como eras entonces, de repente, un día, sin previo aviso, se levanta, hace las maletas y nos dice que lo deja todo para entrar en un convento. No te pegaba nada, Carmela. Si unos días antes habías estado bailando como loca en Charly’s hasta las tantas de la madrugada... ¿O es que no te acuerdas?

  La madre Soledad dejó asomar una sonrisa. Por un instante se vio a sí misma con veintitrés años, vestida con una minifalda verde ácido de Don Algodón bailando al ritmo de cualquier canción de Kool and the gang mientras en una mesa la esperaba Alfonso con un vaso de J&B con Coca Cola en la mano.

  —No fue así, tan repentino como dices, el capricho de un momento. Llevaba mucho tiempo luchando contra mis dudas, sufriendo.

   Él le dirigió una sonrisa cargada de escepticismo.

  —Sufriendo, sí, y Cristina lo sabía. A ella era a la única persona que le contaba todo: los días en los que lo veía todo claro y los que todo era oscuridad. Y ella me comprendía, no me juzgaba.

   ¿Cómo explicárselo sin mostrarle ese trocito de su alma que sólo reservaba a Dios? ¿Cómo llevarle la paz sin traicionarse a sí misma?

  —Creí que me estaba volviendo loca. Una parte de mí quería seguir con esa vida tan maravillosa que dices. Te quería tanto, Alfonso... ¿Cómo iba a dejarte? Ni yo misma me lo creía. Me sentía desgarrada y quería desentenderme de aquella llamada tan insistente. Traté de rebelarme, huir y seguir con mi vida. Pero nadie puede escapar de Dios; no se le puede engañar ni hay atajos posibles.

   —Me dejaste a sólo tres semanas de nuestra boda. No te importó destrozar mi vida. Si querías servir a Dios, ¿por qué no lo hiciste como mujer casada? ¿No decía Santa Teresa que el Señor anda hasta entre los pucheros? ¿Has visto a mis hijas? —le dijo alzando la voz mientras señalaba la fotografía que descansaba en la mesilla— Podrían haber sido tuyas.

   Los gritos de Alfonso la asustaron. Miró a su amiga y le pareció ver un leve aleteo que animaba sus párpados. Bebió otro sorbo de café para aclararse la garganta. Luego, dijo en voz muy bajita:

   —Tú no lo entiendes, Alfonso. Quería que me despojase de todo y me entregase entera a Él. Es como cuando te enamoras y no quieres compartir a la persona amada con nadie. 

  —¿Enamorada? ¿No se supone que ya estabas enamorada de mí? ¿Que me querías a mí? —gritó Alfonso.

   Cristina se revolvió en el lecho con un leve gemido. A la madre Soledad le pareció que su amiga protestaba por aquellas explicaciones tardías. Alfonso se acercó para comprobar que estaba bien.

   —Debería darnos vergüenza andar hurgando en el pasado de esa manera delante de Cristina cuando ella no puede decir nada —susurró enfadada la madre Soledad.

   —No te equivoques, Carmela. Cristina ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida, la persona que más quiero y la que más he querido. Me sacó del pozo en el que me dejaste, me devolvió la alegría, me dio una familia, una vida —tras una pausa, añadió sarcástico—. Dudo mucho que contigo, a pesar de lo que te quise, hubiera podido ser tan feliz como lo he sido con ella. Por eso no es justo que Dios, que me quitó una vez a la mujer con la que me iba a casar, me quite ahora a Cristina.

  —¿Para qué me has llamado, Alfonso? ¿Qué quieres de mí?

  —Que me la devuelvas. ¡Me lo debes! —exclamó furioso —. Así podrás reparar el mal que me hiciste.

  —¡No está en mi mano devolvértela! Lo único que podemos hacer es rezar y esperar.

  —¡Pues reza! Estoy seguro de que, si lo haces, Dios te hará caso.

   La madre Soledad no contestó. Sabía que era inútil rebatir aquella fe supersticiosa que había puesto en ella Alfonso. Cayeron en un denso silencio sólo roto por el rítmico sonido del respirador de Cristina. Cada uno se refugió en sus pensamientos. La madre Soledad sacó de su bolsillo un pequeño devocionario e intentó concentrarse en la oración hasta que poco antes de las siete le pidió que la llevase de vuelta al convento.

   Cristina vivió tres días más. En ese tiempo la madre Soledad acudió cada mediodía a la casa de su antigua amiga. Aprovechaba la hora que las demás monjas se retiraban a rezar a la capilla de la clínica. Mientras sus hermanas se recogían en oración, ella se escapaba por una puerta lateral del oratorio y corría hasta la parada del autobús que la llevaba junto a Cristina. Disponía de tres horas si se saltaba la comida antes de reanudar su labor como enfermera del doctor Ramírez.

  No era raro que, mientras permanecía a los pies de la cama de Cristina, la pequeña Inés entrara sigilosa en la habitación y se acercara despacito a su madre. Con una dulzura impropia de una niña tan pequeña, le acariciaba la cara y luego, se acurrucaba en el regazo de la madre Soledad, que la acogía con el corazón reblandecido de la emoción. Cerraba los ojos y dejaba que todo su ser se llenase de ternura. Otras veces, era Silvia la que velaba a su madre junto a la monja. Podía permanecer durante horas en silencio reconfortada por la compañía de la monja.

   Con Alfonso no volvió a hablar más que para ofrecerle palabras de consuelo, las mismas que solía dirigirle a los maridos afligidos que acudían a ella en la clínica. Mas, cuando su mirada se cruzaba con la de él, veía en los ojos del otro una súplica, una brizna de esperanza en su poder sanador que ella no se atrevía a acallar pese a romperle el corazón.

   Cristina falleció en mitad de la noche. Cuando la madre Soledad llegó a la casa, la encontró llena de gente extraña. Se habían llevado a la pequeña Inés a casa de una hermana de Alfonso y Silvia lloraba en los brazos de una joven. La monja anduvo como un fantasma dando vueltas de una habitación a otra en busca de algún quehacer. Pero nadie hacía caso de ella. Cuando al fin encontró a Alfonso, éste la miró como si no la reconociera. La madre Soledad ahogó su dolor y trató de sobreponerse al sentimiento de aislamiento que la rodeaba. Ya no la necesitaban en aquella casa. Su presencia estaba de más. Sin despedirse de nadie, salió a la calle y, con paso rápido, se dirigió a la parada del autobús que la llevó de vuelta al convento.

  Pasó la noche inquieta intentando huir de las imágenes que acudían a su mente; imágenes del pasado que se mezclaban con las voces del presente: ¿Has visto a mis hijas? Podrían haber sido tuyas. La pena se confundía con mil preguntas que no tenían respuesta. Su mente la tentaba con imágenes que le mostraban cómo hubiera podido haber sido su vida de haber tomado otro camino, de haberse casado con Alfonso. Aquella podía haber sido su familia. ¿Has visto a mis hijas? Podrían haber sido tuyas. Las hijas de Cristina podían haber sido sus hijas; ella podía haber sido la mujer que aparecía en la fotografía que descansaba sobre la mesita de noche de su antigua amiga; la que recibía las caricias de la pequeña Inés. ¿Has visto a mis hijas? Podrían haber sido tuyas. Se imaginó madre y esposa, dueña de la casa, llevando una vida tan parecida a la que había soñado cuando, siendo una joven enfermera, preparaba su boda con el chico que amaba. Una extraña euforia se apoderó de ella al pensar que aún estaba a tiempo, que aún era posible. ¿Has visto a mis hijas? Podrían haber sido tuyas.

   Asustada de sus fabulaciones, se levantó de la cama. La celda estaba a oscuras y no se veía más que un hilo de luz que entraba por debajo de la puerta. Se arrodilló donde supuso que estaba la mesa que utilizaba como escritorio. A tientas buscó el Cristo que estaba junto a ella. ¿Y si Dios la había puesto en el camino de Alfonso otra vez para darle una nueva oportunidad? Se aferró con las dos manos al larguero vertical de la cruz, pero la rugosidad de la madera parecía querer rechazarla. Muerta Cristina, ¿no estaba ella llamada a ocupar su lugar como veinte años atrás su amiga había ocupado el suyo? Apoyó la frente en los pies del crucificado pero la frialdad del marfil parecía querer negarle todo consuelo. ¿No podía servir a Dios siendo la esposa de Alfonso? Sus labios entonaron una plegaria, pero su corazón parecía haberse endurecido y su mente viajaba por parajes prohibidos. ¿Acaso no había ido Alfonso a buscarla para que se hiciera cargo de las niñas cuando se quedasen sin madre? ¿No podía servir a Dios como madre y esposa?

  Nunca supo cómo llegó a su cama. Se despertó media hora antes de la llamada a la oración con el cuerpo dolorido, como si sobre él se hubiera librado la batalla que entabló su alma contra sí misma. Enseguida la reclamaron las faenas cotidianas. Mas su mente anduvo todo el día distraída. Mientras prodigaba sus cuidados a los niños del servicio de pediatría, su oído estaba atento a los sonidos del pasillo. Le bastaba con oír unos pasos, el ruido de una puerta al cerrarse o la voz de la hermana Rosario para que su corazón se acelerase.

  Durante días y días esperó una llamada que nunca llegó. En más de una ocasión, al pasar por delante del despacho del doctor Ramírez, estuvo tentada a entrar y utilizar su teléfono pero el temor a ser descubierta refrenaba sus deseos. Su ansiedad se iba incrementando con la falta de noticias. ¿Cómo estarían las niñas? ¿Sufrirían? ¿Se estarían acordando de ella? Se enfrentaba a los quehaceres diarios con la imaginación llena de turbadoras fantasías. El paso del tiempo se ralentizaba más y más hasta casi detenerse. Mientras su corazón volaba hacia la casa de Alfonso, sus manos acometían sus deberes de forma mecánica. Nada de lo que hacía parecía tener sentido y por primera vez desde que entrase en el convento se preguntó si su vocación no había sido fruto de un encantamiento juvenil, un tremendo error que la había apartado de su destino. ¿Has visto a mis hijas? Podrían haber sido tuyas.

  A veces se asustaba de sus osados pensamientos; sus sentimientos se le hacían intolerables. Entonces dejaba lo que estaba haciendo en ese momento y bajaba casi volando a la capilla que había en la clínica. Arrodillada, con los brazos en cruz y las manos extendidas, mendigaba consuelo a la imagen de la Virgen Dolorosa, buscando en ella una puerta que le permitiese escapar de sus tormentos. La comprensión de sus anhelos, unas veces. Fortaleza para seguir su vocación, otras.

  Y cada día, la larga espera de una llamada que nunca llegaba. Y, con el paso de las semanas, en lugar de apaciguarse, su zozobra crecía y crecía.

  Una mañana, cinco meses más tarde, no pudo soportar el tormento de las esperanzas frustradas. Como un preso que escapa de su prisión, salió de la clínica por una puerta trasera y tomó el autobús que la llevaba a la urbanización donde se encontraba la casa de Alfonso. Sin prestar atención a lo que hacía se bajó en una parada equivocada. Llena de angustia, anduvo por calles desconocidas. Todas las casas le parecían idénticas, chalets gemelos del que buscaba. Quiso preguntar por Alfonso y su familia pero las aceras estaban desiertas y no se atrevía a llamar a la puerta de un desconocido: como si escondiera un perverso secreto que pudiera ser descubierto. Llevaba más de hora y media vagando por aquellas calles, cuando vio a un hombre que aparcaba su coche frente a una de los casas. Se acercó para que le indicase el camino y el desconocido la condujo hasta la de Cristina.

  La asustó la soledad que encontró. Las persianas bajadas, los muebles del porche cubiertos con una lona, ningún coche en el garaje. Llamó varias veces al timbre, mas nadie salió a recibirla. Intentó abrir la verja pero estaba cerrada con una cadena y un candado. Cuando se convenció de que no había nadie en la casa, sintió una sacudida en su alma, como quien despierta de pronto de un profundo sueño. ¿Qué hacía allí? ¿Qué buscaba? ¿Qué pretendía? La soledad que la rodeaba la hizo tomar conciencia de la insensatez de sus anhelos, lo absurdo de sus quimeras. Volvió sobre sus pasos hacia la parada del autobús sin atreverse a mirar atrás mientras se despedía de la última ilusión de su juventud.


***


  Habían transcurrido siete años de la muerte de Cristina. La madre Soledad continuaba ejerciendo de enfermera del Dr. Ramírez. Aquel invierno una epidemia de varicela muy virulenta la mantuvo ocupada. El servicio de pediatría estaba a rebosar y la falta de camas para atender a los niños que llegaban a la clínica abrasados por la fiebre hizo que se organizase un servicio a domicilio del que la madre Soledad era la encargada. Dividió la ciudad en nueve zonas y encomendó cada una de ellas a nueve enfermeras que se contrataron para llevar a cabo aquella misión. Ella, por ser la más experimentada, visitaba a los niños que estaban más graves y requerían mayores cuidados. Había días que partía a las ocho de la mañana y no regresaba hasta pasadas las diez de la noche. Contaba con un permiso especial de la madre Jerónima que le permitía llegar cuando las puertas del convento ya estaban cerradas y ser flexible con las horas de oración.

  Un día, de camino de la casa de un niño a otro, se detuvo a descansar en un banco de un parque. Era una tarde soleada de mediados de febrero en la que el invierno se había vestido de primavera. El aire traía la fragancia de los cerezos en flor y teñía de rojo las mejillas de los niños. La madre Soledad sacó del bolsillo de su hábito un pequeño devocionario con las cubiertas de piel añil gastadas. Al abrir por la página que marcaba la cinta roja del librito, se le cayeron al suelo unas estampas. Se agachó a recogerlas y, al levantar la cabeza, su mirada quedó prendida en una familia que le estaba dando de comer a los patos del estanque.

  Una niña de unos nueve o diez años desmenuzaba un mendrugo de pan. Las migas las iba dejando en un cestillo y de él las cogía un niño pelirrojo que no tendría más de tres años. Era éste de aspecto regordete, casi redondo como el balón que rodaba a su lado. Su gordura le impedía caminar con soltura por lo que tiraba de la mano de una joven, de cabellos rojizos como él, que debía de ser su madre, para que lo llevase a la orilla del estanque. Como no le hacía caso, el niño empezó a llorar y a dar patadas en el suelo. El hombre que estaba con ellos lo cogió en brazos y calmó su rabieta con unas cuantas carantoñas.

  Esta vez no le costó reconocerlo pese a que su cabeza se había cubierto del blanco de los años. Su rostro reflejaba la misma alegría que la madre Soledad recordaba de sus años jóvenes. La misma sonrisa a medio lado que parecía ocultar un secreto. Ni rastro de la tristeza y la angustia de siete años antes.

  La madre Soledad se levantó del banco en el que estaba sentada con la intención de ir a saludarlos. Pero un gesto de Alfonso hizo que se detuviera en seco. El hombre se aproximó a la joven pelirroja y, con el brazo que tenía libre, le rodeó la cintura, la atrajo hacía sí y la besó en los labios. A la madre Soledad se le encogió el corazón. Por un momento pensó que ella podía haber sido aquella joven. Una lágrima se deslizó por la mejilla y un suspiro que era casi un sollozo escapó de sus labios. Elevó la vista al cielo, recogió sus cosas y emprendió el camino de regreso a sus deberes cotidianos.

  Aquella noche, se vio asediada por sueños angustiosos. El bramido del viento se colaba por la ventana y le susurraba al oído: ¿Has visto a mis hijas? Podrían haber sido tuyas.







viernes, 7 de abril de 2017

Habitación de hotel







   ¿Qué hago tan lejos de casa? Estaba tan aturdida que no sabía lo que hacía. Ahora contemplo las maletas que hice en mi huida y me parecen las de una extraña. No tengo escapatoria. El destino me ha seguido hasta aquí y se ha sentado junto a mí para que no olvide lo que me tiene reservado.

   De nada sirve buscar distracción en el libro que alguien dejó olvidado en la mesilla. Las palabras bailan una danza macabra ante mis ojos y no logro atraparlas, comprenderlas. Una y otra vez regresan a mi memoria las frases de la mujer que esta mañana dictó mi sentencia. Duras, implacables, con toda su crudeza. ¿Cómo pudo pronunciarlas con tanta frialdad? ¿Será que la costumbre la ha convertido en un ser sin alma?

   Fuera el cielo está vertiendo las lágrimas que mis ojos se niegan a derramar. Debo volver a casa. Mas temo derrumbarme con los abrazos y los besos de mi marido. He de hablar con él, contárselo todo. Pero sé que no soportaré su mirada llena de compasión. Intentará quitarle importancia. Bajará la voz para colmarme el oído de dulces palabras y querrá hacerme creer que lo superaremos si permanecemos juntos. Y yo me aferraré a la ternura de sus caricias. Creeré todo lo que me diga aunque sepa que miente.

   Pero no. No puede ser verdad. Hace unas horas era una mujer con un brillante futuro. Una mujer feliz. Una mujer que creía que bastaba el amor de su marido para ser dichosa. Ahora sé que no es suficiente.

    Esta mañana salí de casa sin miedo. El sol de abril anunciaba miles de bendiciones. Me esperaba una revisión ginecológica, pero no tenía miedo. Solo era una más, una de tantas. O eso creía.

   Estoy en la habitación de un hotel cualquiera demorando el momento de regresar a casa y contárselo. A mi alrededor revolotean aciagos presagios. Mientras tanto busco en vano las palabras con las que le diré a mi marido que nos queda muy poco para estar juntos.





*Ejercicio elaborado en el grupo “Nosotras que escribimos”.

Imagen: Habitación de hotel, de Edward Hopper.













domingo, 26 de marzo de 2017

El regreso del unicornio






I. 1970

Me bastó una mirada de soslayo para reconocerla a pesar de que en la fotografía lucía una larga melena y aquel día llevaba el cabello muy corto. La vi salir de la tienda de ultramarinos y enfilar la calle hacia el barrio judío. No me fue fácil seguirla. Caminaba de prisa, como si no le pesaran las dos bolsas que llevaba en cada mano. Asomaban de una de ellas unas hojas de lechuga y una barra de pan, mientras que la otra dejaba traslucir algún tipo de fruta. Manzanas tal vez. Al cruzar la plaza, la perdí de vista. Era día de mercado y las calles estaban abarrotadas de gente. Pero sabía adónde iba y le di alcance cuando iba a tomar la calle Klammer. A pesar de estar desierta y separarnos no más de tres metros, la joven no se daba cuenta de que la estaba siguiendo. Sus pasos y los míos repiqueteaban en el suelo empedrado llenando el aire de una rítmica polifonía. Poco antes de llegar a su casa, apresuró aún más la marcha. Se detuvo un instante antes de entrar al portal y desaparecer de mi vista por aquel día.

Durante tres semanas repetí la misma operación. A las cinco de la tarde me apostaba en la acera opuesta a la escuela donde daba clases de matemáticas y esperaba su salida. Luego la seguía hasta su casa. La mayoría de las veces iba sola pero en alguna ocasión la acompañaban dos maestras de mayor edad. En aquellas tres semanas nunca pareció darse cuenta de mi presencia a pesar de ser la primera vez que seguía a alguien y de no abandonarme nunca el miedo a ser descubierto.

Se llamaba Rebeca, decía el informe que me entregó el detective privado que contraté para que la encontrase. Rebeca Lehrer. Tenía veintisiete años y desde los nueve había vivido en aquella ciudad acogida por un médico y su familia. La suya había muerto en 1942 en Chelmno. Sólo ella sobrevivió porque Rudolf Otto, uno de los miembros de la SS que vigilaban el campo de concentración, se la había arrebatado a sus padres al poco de nacer y la había adoptado ocultando su origen judío. Pero en Nuremberg Otto fue condenado a muerte y la niña volvió a la comunidad hebrea donde la acogió el doctor Hunger.

En el informe del detective, no se reseñaba ningún hecho relevante en la vida de Rebeca después de los nueve años. No destacó en el colegio ni por brillantes calificaciones ni por una conducta rebelde. La mención de su nombre suscitaba una leve sonrisa en sus antiguos profesores pero ninguno podía recordar de ella sino que había sido una niña buena. No se le conocía novio ni amante ni tenía marido, aunque salía a menudo a cenar y al cine acompañada de un grupo de amigas. Desde hacía dos años, daba clases de matemáticas en la escuela judía. Y eso era todo, poco más se podía leer en el informe.

Llevaba veinte días siguiéndola sin ser visto cuando una tarde Rebeca volvió la cabeza y fijó su mirada en la mía durante unos instantes. Podía haber sido mi oportunidad para hablar con ella pero de pronto tuve miedo. Temí que me reconociera aunque sabía que era imposible. Apreté en mi puño el pequeño unicornio de ónice hasta que se me clavó en la palma de la mano. Luego entré en un estanco como si fuera a comprar tabaco y la dejé marchar.

Tenía que hacer algo pero no sabía qué. Quería darme a conocer, reparar de alguna forma el pasado. Mas no podía llamar a la puerta de su casa y presentarme sin más. ¿Qué le podía decir? ¿“Buenas tardes, mi nombre es Fritz Fiedler y tengo algo que contarte”? Me tomaría por loco. No conocía a nadie que me la pudiera presentar ni se me ocurría el modo de acercarme a ella sin asustarla. Había comenzado cientos de cartas dirigidas a la joven que habían terminado en la papelera.

“Estimada Srta Lehrer:
”Usted no sabe quién soy pero hubo un tiempo que su familia y la mía estuvieron muy unidas. Nuestros padres fueron amigos desde la infancia a pesar de proceder de mundos distintos. Ambos tocaban en una orquesta de aficionados antes de contraer matrimonio: el suyo, el violonchelo y el mío, el violín. Juntos recorrieron los pueblos de Baviera hasta que mi padre se estableció en Múnich. Enseguida se vio inmerso en el negocio de telas que abrió cerca de la Marienplatz, conoció a mi madre y se casó con ella. Estuvo muchos años sin ver a su amigo de juventud aunque se escribían a menudo”.

A partir de este punto, no sabía cómo seguir la carta.

Había dejado la casa de mi infancia a los pocos días de que mi madre me contara aquello. No podía seguir viviendo con ella después de enterarme de lo que sucedió siendo yo muy pequeño. Estuve meses sin saber qué hacer hasta que me decidí buscar a la familia Lehrer, lo que quedase de ella. Creía que eso me ayudaría a expiar el pecado que mancillaba nuestra familia. Por encontrarla, abandoné el negocio de mi padre y a Eleonora, mi esposa. Ni siquiera me despedí de ella no se me fueran a escapar promesas que no sabía si iba a poder cumplir. ¿Qué tenía que ofrecerle si la culpa eclipsaba mi amor?

Al detective que contraté no le costó encontrar a Rebeca. En dos semanas me trajo el informe que daba cuenta del destino que había corrido la familia Lehler durante la guerra. La joven era su única superviviente. El lenguaje frío e impersonal de aquellos cinco folios mecanografiados que detallaba la muerte del músico, su esposa y sus dos hijos mayores en Chelmno me impactaron mucho menos que la confesión de mi madre. Y, sin embargo, allí estaba la evidencia de que todo era cierto, la consecuencia de unos actos que me causaban horror.

Tras casi un mes lejos de Eleonora sin haberme atrevido más que a seguir de lejos a Rebeca Lehrer, estuve a punto de volverme a casa y continuar mi vida donde la había dejado. Después de todo, no se pueden volver las hojas del calendario del revés, retroceder veintiocho años y cambiar el pasado. Pero mi conciencia me decía que no podía zafarme tan fácilmente de la obligación de reparar el mal en la única persona que quedaba de la familia del mejor amigo de mi padre.

No tenía ninguna idea en qué podía consistir dicha reparación pero creía que, si hablaba con Rebeca, ella me mostraría el camino a seguir.

Mientras tanto, la culpa iba minando mi ánimo. No dormía más que unas horas repasando cada palabra que me había dicho mi madre. Intentaba comprenderla, hacer mías sus justificaciones, pero lo único que conseguía era ensanchar más y más el abismo que nos separaba. Cuando sonaba el teléfono temía oír su voz y dejarme arrastrar por la piedad que me suscitaban sus lamentos. Me parecía mentira que solo unos días antes aquella mujer que me causaba tanta aversión fuera la persona que más quería, como me reprochaba mi querida Eleonora.

En mis vagabundeos por la ciudad, mientras esperaba la salida de Rebeca del colegio, me fijaba en los rostros de los viandantes que se cruzaban en mi camino. Me preguntaba a cuántos de ellos doblaría sus espaldas la culpa. Todos parecían satisfechos con sus vidas: la joven que paseaba su perro, el anciano que compraba dulces a su nieta, el señor que entraba en el banco. Mas mi apariencia era también la de un hombre dichoso y sin embargo...


II. 1925

Tenían diecisiete años cuando Moisés y Guillermo fueron testigos de la violación de Sara, la hija del relojero. Eran las nueve de la noche de un quince de junio y aún se distinguía un poco la claridad de la tarde. Iban discutiendo sobre el combate de boxeo que había emitido la radio el día anterior y no prestaron atención al grupo de jóvenes que llegaron corriendo desde el otro lado de la calle.

Sara estaba medio oculta detrás de un poste de la luz fumando un cigarrillo. Moisés la vio sin verla. Todas las noches se la encontraban en el mismo sitio escondida de la rigurosa mirada de su padre. De repente, los camisas pardas rodearon a la joven. Los dos amigos no vieron nada pero oyeron los gritos de la muchacha. Quisieron meterse en medio del grupo, auxiliarla, pero unas manos fuertes los empujaron hacia atrás antes de atacarlos con puñetazos y patadas. Lo siguiente que recordaba Moisés era a Sara inconsciente y desnuda en un charco de sangre.

Aquella fue la primera vez que veían a una mujer desnuda.

Guillermo y Moisés se prometieron olvidarlo y no volvieron a hablar de ello. Pero la memoria seguía sus propias leyes y el recuerdo de esa noche los asaltaba en los momentos más inesperado.

Nadie sabía que habían sido testigos de lo ocurrido. La razón de Sara se perdió para siempre y nada tenían que temer de la indiscreción de los camisas pardas quienes, ni siquiera eran del pueblo. Aun así, no podían pasar por la puerta de la casa del relojero sin volver la cabeza hacia el lado contrario, como si temiesen una repetición de la escena. Y cuando alguien les preguntaban por sus heridas, ellos decían que habían intentado emular a Max Schemeling y a Dempsey en el combate de exhibición celebrado el día anterior.

De los dos amigos, fue Moisés al que más afectó lo sucedido. La prensa, aunque pocas, traía de vez en cuando noticias de los ataques de grupos armados contra judíos y comunistas que el joven leía con avidez como si en ellas se describiera su destino. El miedo se hizo presa de él. No era raro verlo en clase con la mirada perdida más allá del horizonte, aferrarse al unicornio de ónice que perteneció a su madre o romper a llorar sin razón alguna en medio de una conversación. Guillermo, temiendo que su amigo se derrumbase, le propuso presentarse con él a las pruebas de la orquesta comarcal. Tal vez, le dijo, si se ilusionaban con la música podían olvidar a Sara.


III. 1941

No. No lo iba a consentir. Frida no podía consentir que su marido pusiera en peligro a su familia. ¿Acaso no le importaba lo que pudiera sucederle a su hijo? Pero no. Guillermo no quería escucharla. No había argumento que le hiciese comprender que, en los tiempos que corrían, no se podía hacer valer la amistad con judíos sin correr un gran riesgo. Y él venga a decir que habían pasado mucho juntos, que le unía a él un vínculo más fuerte que con cualquier otra persona. ¿No sabía que con esas palabras la hería?

No. No lo iba a consentir. Que tomara una decisión tan importante sin escuchar lo que ella tenía que decir. Que no tuviera en cuenta sus argumentos. Que se presentara en casa con cuatro personas y dispusiera de sus vidas, la del niño y la suya, sin admitir réplica. Buena era Frida para que la contradijeran. Si Guillermo quería imponer su voluntad tendría que vérselas antes con la suya.

No. No lo iba a consentir. Frida no iba a consentir que, estando como estaban las cosas en Alemania, su marido escondiese en su casa a una familia judía por muy amigo de la infancia que hubiese sido de Moisés. Por mucho que hubieran pasado juntos, Guillermo se debía ante todo a su familia. A ella, su esposa. A Fritz, su hijo de cinco años. A sí mismo, padre y esposo, que tenía la obligación de velar por todos ellos, de protegerlos.

No. No lo iba a consentir. Pero, finalmente, consintió. Tuvo que tragarse su orgullo y consentir. Tragarse su miedo, su ira, su rabia y consentir. Consentir que utilizaran su casa para esconder a unos fugitivos. Consentir que convirtieran su casa, el lugar donde debían sentirse seguros, en un infierno.

No. No lo iba a consentir. Pero consintió.

Contra su costumbre, Guillermo llegó a casa antes del mediodía. No venía solo. Lo acompañaba un hombre de unos treinta y tantos años, una mujer embarazada y dos niños algo mayores que Fritz. Venían cargados de unos bultos que abandonaron sin consideración alguna en la alfombra del vestíbulo. La alfombra que les regaló la madre de Frida con motivo de su boda y que había hecho traer de Estambul. Que, desde que llegaron aquellos intrusos, parecían querer enojarla.

─Es Moisés ─fue lo único que le dijo Guillermo, como si eso lo explicase todo.

Después, mientras se cambiaba de ropa en el dormitorio que compartían, le contó lo demás.

Y Frida, gritó, lloró, suplicó. Y volvió a gritar, a llorar, a suplicar. Pero Guillermo fue implacable. La decisión estaba tomada y ella no tenía nada que decir. Por primera vez desde que se conocieron él se negaba a escucharla e imponía su autoritaria voluntad de hombre de la casa sin concederle el derecho de réplica. Con una sola frase zanjó la cuestión:

─¡Lo digo yo y no se hable más!

Cuando salieron del dormitorio, encontraron a la familia Lehrer apiñada junto a la escalera del vestíbulo. No se habían movido desde que llegaron media hora antes. A Frida le vino a la mente la imagen de unos pollos mojados. Eso parecían mientras esperaban que se decidiera su destino. El miedo se pintaba en los rostros de los niños en tanto entre los padres se traslucía una enorme fatiga.

Guillermo los condujo al desván. Hasta la llegada de la medianoche, el marido de Frida estuvo subiendo y bajando las escaleras. Del sótano al desván. Del desván al sótano. Vaciando armarios, cajones... Sacando sábanas, mantas, toallas... Y Frida corriendo sin aliento detrás de él. Viendo como saqueaban su casa. Mientras los niños, aquellos niños extraños, lloraban en una esquina del desván. Y Fritz, contagiado del llanto. Y, cuanto más lloraban, mayor era la irritación de Frida. Y a las doce sobrevino de pronto la calma, el silencio. Y una barrera de hielo se interpuso entre ella y Guillermo.

Con la familia Lehrer, se instaló el miedo en la casa. Cada vez que Frida oía el timbre de la puerta, temblaba temiendo la visita de la Gestapo. En la calle, le parecía que la estaban vigilando. Le parecía que los vecinos la miraban de soslayo y murmuraban a su paso. Y Guillermo no veía nada. No quería verlo, preocupado únicamente por el bienestar de esa pandilla de fugitivos; que por algo el Fürher los quería apartar de los buenos alemanes.

Y el siete de noviembre movilizaron a Guillermo; lo enviaron al frente; lo enviaron a Polonia. Y el siete de noviembre la dejó sola. Sola con el niño, con Fritz. Sola con su miedo. Sola en aquella casa tan grande. Sola con los fugitivos. Los fugitivos, que no se compadecían de ella. Sola. Sola. Sola. Esperando la llegada de la Gestapo. Esperando que se la llevaran a ella y a su hijo. “Guillermo, ¿cómo pudiste dejarme sola y en peligro?”

Ella no quería hacerles daño. De verdad que no quería. Lo podía jurar. Ella solo tenía miedo. Ella solo quería proteger a su hijo. Ella no era mala. Ella era buena. Ella solo tenía miedo.

Y la mañana después de Navidad la Gestapo vino a llevárselos. Las botas mancharon de barro la alfombra. Los niños lloraban. La mujer lloraba. Moisés se sometía con aire derrotado, con resignación. Luego, el silencio. Y, en el suelo olvidado, un unicornio de ónice.

Ella no quería hacerles daño. Ella solo tenía miedo.



IV.  1970

Hacía un mes que había llegado a la ciudad cuando me di cuenta de que no iba a atreverme a abordar a Rebeca. Guardé las escasas pertenencias que había traído y reservé un billete de tren que me llevase de regreso a casa. Me embargaba el desánimo pero me estaba acostumbrando a la idea de vivir siempre con la culpa.

Antes de partir, quise dar una última vuelta por la ciudad para despedirme de ella a pesar del mal tiempo, que no invitaba a ello. Dejé que el azar guiara mis pasos y anduve sin rumbo por sus calles. Estaba empezando a nevar y el cielo se había teñido de oscuro. El viento soplaba del norte y pequeños copos se clavaban en mi rostro como puntas de finos alfileres. Apenas podía caminar; el frío agarrotaba mis piernas. Miré a mi alrededor buscando un lugar donde refugiarme. Había ido a parar al barrio judío me di cuenta no sin cierta sorpresa. Entré en una pastelería que ofrecía chocolate caliente, donde Rebeca solía tomar un té cada tarde, y me dispuse a esperarla en una mesa junto a la ventana. Dejé pasar el tiempo con una taza del oscuro brebaje y un croissant mientras leía perezosamente los titulares de Der Spiegel.

Venía sola con el frío pintado en el rostro. Desde el rincón donde me encontraba, la vi buscar una mesa, quitarse los guantes y soplar en las palmas de las manos para entrar en calor. Un camarero le trajo una taza de té. Como estaba a escasos metros de ella, pude contemplarla con detenimiento sin ser visto.

Un pensamiento cruzó veloz mi mente. Metí la mano en el bolsillo del abrigo y saqué el pequeño unicornio que me dio mi madre el día que me lo contó todo. Luego me aproximé a ella.


─Señorita Lehrer ─le dije tras dejar sobre su mesa el unicornio─, he venido a traerle esta figurita que perteneció a su padre.

Retrocedió hacia atrás con brusquedad y, al hacer ademán de levantarse, derramó un poco de té.

─No se asuste, por favor. Mi nombre es Fritz Fiedler. Su padre y el mío fueron muy amigos de jóvenes.

Rebeca no parecía entender lo que le decía. Miró a su alrededor buscando una respuesta a una pregunta no pronunciada. Luego desvió la vista hacia la figurita de ónice y pareció tranquilizarse.

─¿De qué conoce usted a mi padre? ¿Es paciente suyo?

Me costó que entendiera que me estaba refiriendo a Moisés, su verdadero padre, no al médico que la había adoptado de niña.

─He venido de muy lejos solo para traerle este unicornio que perteneció a su padre ─le dije sin darme cuenta de que me estaba repitiendo.

No sabía por dónde empezar. ¿Qué podía decirle? Hasta que no lo hizo mi madre, ni tan siquiera había oído hablar de Moisés Lehrer y su familia. Había sido durante una agria disputa en la que me reprochó el enorme sacrificio que había hecho por mí durante la guerra.

─Cuando mi padre tenía doce años ─empecé a contar casi en susurros después de tomar asiento frente a ella─, llegó al pueblo un profesor de música. Se instaló en un viejo caserón cerca de la escuela y, en la verja, clavó un enorme cartel ofreciéndose para enseñar a tocar los más variados instrumentos.

La joven se inclinó hacia mí y ladeó la cabeza como si, así, pudiera oírme mejor. Me recreé describiendo la naciente amistad entre un niño judío y otro protestante. Mi narración se basaba en lo que me había contado mi madre pero la imaginación emprendió el vuelo y pintó de vivos colores los huecos vacíos.

─Se volvieron inseparables. Iban juntos a pescar y a cazar ranas, compartían la merienda y se intercambiaban el puesto de portero en el equipo de fútbol local.

Para alargar la tarde y retrasar el momento de contarle lo sucedido durante la guerra, pedí para ella otra taza y un trozo de tarta de manzana, pero Rebeca estaba tan atenta a mis palabras que sólo se humedeció los labios tras un sorbito de té. No me atreví a hablarle de la violación que presenciaron nuestros padres pese a ser lo que acabó de unirlos definitivamente. No hablaron de ello con nadie, lo que hacía sentirse separados del resto de la gente. Solo años después mi padre se lo contó a mi  madre porque ella se negaba a acoger a Moisés y su familia en  nuestra casa.

─A los veinticinco años, después de recorrer Baviera durante dos años con una pequeña orquesta, tuvieron que separarse. Moisés continuó sus estudios de música en el conservatorio de Friburgo. Mi padre se estableció en Múnich, donde abrió el negocio de telas del que me encargo ahora yo. Le costó mucho abrirse camino en una ciudad desconocida para él y, cuando empezaban a irle bien las cosas, conoció a mi madre. Mientras tanto Moisés había terminado sus estudios y estaba lleno planes para el futuro. Aspiraba a convertirse en un concertista de violín pero acabó dando clases y casándose con una joven judía como él, Marta, la madre de usted. Durante muchos años, mi padre y el suyo no se vieron. Las vidas tan distintas que llevaban y la distancia los separó definitivamente aunque de vez en cuando se escribían.

Se me quebró la voz cuando llegué a los años de la guerra.

─Cuando se recrudeció la persecución de los judíos por parte del régimen nazi, mi padre, sin decirle nada a mi madre, viajó hasta Friburgo y se trajo a nuestra casa a Moisés y su familia.

Con mucho esfuerzo reprimí mi emoción. Hablarle de los meses en que los Lehrer estuvieron ocultos en el desván de casa fue una tarea casi imposible para mí. Las palabras se agolpaban en la garganta negándose a salir de mis labios. A duras penas le describí el estado de pánico en el que se sumió mi madre después de que mi padre se marchase al frente. Casi no salía de casa por miedo a que su mirada la delatase. Tenía tanto miedo de que los vecinos descubriesen que estaba ocultando a una familia judía que cuando se cruzaba con alguno de ellos bajaba la vista y cambiaba de acera.

─No la ayudaba mucho a mantener la calma la tirantez que existía entre ella y Marta. Era una aversión que, por esconderse tras los modales exquisitos de ambas, las dejaba frustradas y agotadas. Mi madre subía cada vez menos al desván y, cuando lo hacía, tenía que esforzarse mucho para no dar respuestas airadas a las quejas de Marta o a las rabietas de unos niños, que no comprendían por qué debían permanecer encerrados. Mientras tanto en la calle no se oía otra cosa que alabanzas al Fürher...

A medida que me acercaba al final de la historia, me parecía más difícil conseguir de Rebeca la absolución a nuestro pecado. Su rostro dejaba traslucir el horror y la pena que le estaba causando mi historia. En medio de los dos, el pequeño unicornio era testigo de nuestra conmoción.

Desvié la mirada a una mesa en la que dos mujeres mantenían una acalorada discusión como si buscase en ellas la fuerza que a mí me faltaba para seguir hablando. Mas, ¿cómo decirle que mi madre, vencida por el miedo a ser detenida, salió la mañana después de Navidad a visitar a una amiga y de camino delató a la familia Lehrer ante la Gestapo?, ¿cómo decirle que se valió de su amistad con Hilda, la secretaria de Eichmann, para que no la interrogaran?, ¿cómo decirle que cogió a su hijo, a mí, y viajó hasta el pueblo en el que vivía su madre, mi abuela, al día siguiente de la detención de la familia Lehrer y no regresó a Múnich hasta el fin de la contienda?, ¿cómo decirle que, después de la guerra, apeló a su condición de viuda del amigo de Moisés Lehrer para evitar que la relacionasen con el régimen nazi?, ¿cómo decirle que, desde que mi madre me contó la historia, la culpa se había adueñado de mí hasta hacerme perder las ganas de vivir?

Mas tales preguntas quedaron sin responder. Rebeca debió de intuir el desenlace de la historia y no quiso esperar a que finalizase mi narración. Se levantó de su asiento, cogió el abrigo, los guantes, sin dirigirme una sola mirada, se encaminó hacia la salida y me dejó con la certeza de haber hecho el viaje en vano.

Ignoro cuánto tiempo permanecí sin moverme, con la vista hundida en el fondo de la taza de té. A mi alrededor, entraban y salían familias, parejas y personas solitarias que buscaban guarecerse del frío en la pastelería. Faltaban unas horas para que partiera mi tren y no me encontraba con fuerzas para reanudar mi vida como si nada hubiera sucedido. En la mesa me miraba el trozo de tarta que Rebeca había dejado intacto. Fuera había dejado de nevar y unos tímidos rayos de sol asomaban entre las nubes. Llevado por la resignación me encaminé a la barra y pedí la cuenta de nuestra consumición. Al volver a mi mesa, allí estaba ella.

─Olvidé mi unicornio ─me dijo como si se disculpase.

Luego, me tendió la mano y, al ir a estrechársela, exclamó:

─¡Gracias por contarme quién soy!































viernes, 17 de marzo de 2017

Noche encantada



    Asomó la cabeza y sonrió. El portero se había quedado dormido. Primero sacó el brazo derecho, luego el izquierdo. Un salto y ya estaba en el suelo. Al girar, se llevó por delante la papelera. Por un momento, se detuvo a escuchar. Los ronquidos retumbaban por toda la sala. Se descalzó y, con paso sigiloso, se dirigió a la salida.

   Ya en la calle, la deslumbraron las luces de la ciudad. Con los ojos muy abiertos, contempló los coches que pasaban a toda velocidad. Retrocedió, avanzó unos pasos, se detuvo. Se envolvió bien con el manto, apretó los dientes y empezó a caminar por la avenida. Al llegar junto a la fuente, su mirada quedó prendida en un muchacho que hacía malabares con siete pelotas de colores. El joven le hizo una descarada reverencia. Ella, azorada, corrió hacia el otro lado de la calle y en su huida a punto estuvo de ser atropellada. 

   Permaneció dudosa ante el cartel luminoso de una discoteca. Los jóvenes pasaban ante ella riendo y hablando en voz alta. Se mordió el labio inferior como si no se decidiera a entrar. Un grupo de muchachas la empujaron hacia dentro. El terror se pintó en su cara al ver a la gente que bailaba en la pista. Las luces de colores y la música estridente parecían aturdirla. Hizo ademán de volverse sobre sus pasos pero la detuvieron los primeros acordes de una dulce melodía. Cerró los párpados, extendió las manos y se dejó mecer por ella. La música tocaba sus dedos y recorría su figura hasta llegar al corazón. De pronto, se hizo el silencio. Abrió los ojos. Cientos de rostros la contemplaban admirados. Asustada, salió corriendo a la calle.

   Amanecía cuando llegó al museo.

   —¡Espera! —exclamó alguien a sus espaldas y, al volverse, la cegó el flash de una cámara. 

   Al día siguiente todo el mundo hablaba de lo mismo: La joven de la Perla de Veermer mostraba una expresión pícara que nadie había apreciado hasta entonces.






*Ejercicio elaborado en el grupo “Nosotras que escribimos”.

Imagen: Re-interpretación del fotógrafo Francisco Arteaga de la obra de Johannes Vermeer "La joven de la perla" (Modelo: Emma Fernández Manrique)

jueves, 9 de marzo de 2017

Amanece en Venecia









   ¿Cuánto tiempo hacía que no veía amanecer?, ¿cuánto que no me dejaba sorprender por el sol en el momento en que sus rayos desvelan la belleza de la ciudad? No me creo que esté aquí, tan lejos de casa, en este balcón veneciano, mecida por la melodía del silencio, el aroma de las rosas y el sabor a miel añeja que me dejaron sus besos antes de decirme adiós.

   Un pétalo animado por la brisa acaricia mi espalda y me trae el recuerdo de esa noche única en la que un desconocido me invitó a seguirlo por las calles de Venecia. Lo veo saltar de la góndola, tomarme de la mano y volverse hacia mí con esa sonrisa misteriosa que hace estallar un carrusel de emociones. Rodea con sus manos mi cintura, me eleva para que el fango del suelo no estropee mis zapatos de satén y me deja a salvo en la acera. Cogidos de la mano, corremos por un pasadizo estrecho solo iluminado por la luz de la luna hasta esta casa habitada por la sombra de Casanova. Todo a mi alrededor me trae la fragancia de amores prohibidos mientras él derrama en mi oído palabras que hacen que crea en la eternidad de la noche. Me hace el amor despacio. Después, me arrulla hasta dormirme.

   Al despertar, no está a mi lado. No puedo evitar sentir miedo al verme sola. Entonces se abre la puerta y me sorprende con una cesta de rosas. De nuevo su sonrisa hace que olvide que es un desconocido. Deja en mis labios un beso apresurado. ¿Qué hay en sus ojos?, ¿la promesa de otra noche?, ¿un adiós definitivo? No lo sé. Lo veo alejarse en tanto tras los tejados asoma tímidamente el sol.










*Ejercicio elaborado en el grupo “Nosotras que escribimos” a partir de la obra Morning in Venice de Richard S. Johnson

miércoles, 1 de marzo de 2017

El fin de nuestra infancia











   De los momentos felices de mi infancia, recuerdo con especial cariño el verano que pasamos en San Sebastián quizás porque fueron las últimas vacaciones que estuvimos todos juntos antes de que papá nos dejara para formar otra familia. Yo tenía entonces doce años, mi hermana Clotilde once y empezábamos a tejer sueños sobre un futuro que aún se nos presentaba lejano. Debido a la delicada salud de nuestra madre, nos dejaban campar a nuestras anchas. Gustábanos pasear por la playa e inventar historias de la gente que se cruzaba en nuestro camino.

  Llamaba nuestra atención dos jóvenes francesas que nos parecían seres angelicales venidos de un país maravilloso. Llegaban cada tarde precedidas de la brisa marina, ataviadas con elegantes trajes que causaban nuestra admiración. Aún me parece verlas: vestidas de blanco resplandeciente, con aquellas sombrillas de seda y encaje, el velo de las pamelas jugando con el viento.

  Clotilde y yo imaginábamos que estábamos ante nosotras mismas con unos años más. Íbamos a ser como ellas: bellas, elegantes, dichosas e indiferentes a la expectación que despertaban a su paso. Las seguíamos por el malecón encandiladas por sus sofisticados ademanes. Ya en casa, entrábamos a escondidas en el dormitorio grande y jugábamos a ser ellas ante el espejo de la coqueta. ¡Qué ingenuas éramos! Creíamos que mamá no se enteraba cuando le cogíamos sus tacones y collares.

  Cincuenta años después, aún recuerdo con cariño aquel verano. Luego, nada volvió a ser lo mismo. Se acabaron para nosotros las vacaciones estivales. Papá nos dejó llevándose consigo nuestra infancia. Ya no regresamos a San Sebastián ni vimos más a las jóvenes francesas ni nunca fuimos como ellas: bellas, elegantes, dichosas e indiferentes a la expectación que despertaban a su paso.





*Ejercicio elaborado en el grupo “Nosotras que escribimos” a partir de la obra Paseos a la orilla del mar de Joaquín Sorolla.










miércoles, 22 de febrero de 2017

La marca de Caín





   Conocí a Abel en el Club de alterne “El Edén”. Hacía tres meses que me había contratado Miss Lilith para servir copas y algo más, tras varios años de andar dando tumbos de trabajo en trabajo mientras añoraba mi Rumanía natal. 

   Llegó montado en una Harley. Nada más cruzar el umbral, se vio rodeado de un enjambre de polillas que se disputaban sus favores. Pero él me eligió a mí, Rebeca, la chica de la barra que no se había dignado a mirarlo. 

   Nadie me ha causado tanta impresión. Era alto. Muy alto. Debía inclinar la cabeza cuando entraba en una habitación para no darse con el dintel de la puerta. Su cuerpo anunciaba a gritos las muchas horas que pasaba en el gimnasio modelando sus músculos. Llevaba una cazadora negra de cuero con una enorme serpiente roja en la espalda. Pero, a pesar de su aspecto imponente, su espeso cabello negro, sus ojos rasgados, negros e incisivos, sus labios sensuales, lo que acabó enamorándome fue su ingenio para contar unas historias que no me creía del todo pero que me fascinaban.

   —Yo me llamo Abel y mi hermano gemelo Caín. Mi padre nos bautizó así para burlarse de mi madre que se llamaba Eva. Pero le salió mal la jugada —decía riéndose a carcajadas—. Caín siempre fue el bueno de la casa y yo el malo. Mi hermano traía sus brillantes calificaciones del colegio que mi padre, “miraba con agrado”, como si fuese Yahvé recibiendo una ofrenda. En cambio yo no traía más que notas airadas de mis profesores quejándose por mi mal comportamiento que mi padre acogía con el ceño fruncido. Me expulsaron de no sé cuántos colegios hasta que, mi querido padre, cansado de tantas peleas, me puso a trabajar en una fábrica harinera mientras el bueno de Caín triunfaba en la universidad. 

   Abel venía todas las noches a verme. Pagaba tres horas y me descargaba del cansancio de la barra con caricias que parecían zarpazos y zarpazos que parecían caricias. Llegaba pasadas las once, se tomaba unos whiskys sin mirarme siquiera mientras derrochaba imaginación ante el primero, la primera más bien, que se sentaba a su lado. A la una de la madrugada, levantaba la cabeza como si hubiera recordado algo importante, me guiñaba el ojo y dejaba plantado a su estupefacto interlocutor mientras enfilaba hacia la habitación donde nos esperaban unas sábanas de raso moradas que él mismo había traído.

   Corrían sobre él tantos rumores como días tiene un año bisiesto. Se decía que había pertenecido a una banda dedicada a traficar con hachís. Que el cabecilla de la banda se la tenía jurada por haberse quedado con parte del botín de un importante golpe. Que había formado su propia banda. Que no, que sólo era un pistolero a sueldo... Nadie sabía cuánto había de verdad en tales rumores. Lo único cierto era que había veces que derrochaba grandes sumas de dinero en invitar a beber a todo el club mientras otras sólo tenía para pagar a duras penas nuestras horas de amor.

   A mí no me contaba nada de sí mismo. Sólo me hablaba de Caín, su gemelo. Me mostraba fotografías en las que aparecía un hombre que podía ser el propio Abel si no fuera por su cabello bien cortado, su traje de Armani y sus relucientes zapatos Givenchy.

   —¡Sois iguales! —le decía yo llena de asombro— ¿No serás tú disfrazado?

   Él me respondía con una de sus carcajadas que hacían temblar las paredes de la habitación de tan ruidosas.

  —En realidad, no somos iguales. ¿Has oído hablar de la marca de Caín? 

  Yo negaba con la cabeza sin atreverme a hablar por no interrumpir la historia que Abel estaba a punto de contar.

  —Cuando Caín asesinó a Abel, Yavhé lo maldijo: “Errante y extranjero serás en la tierra” —decía modulando la voz como si fuera el mismo Yavhé—. El bueno de Caín le contestó: “Grande es mi castigo. Cualquiera que me hallare querrá matarme”. Pero el Señor le respondió: “Si alguien osa matarte será vengado siete veces”. Y marcó a Caín, para que sirviera de advertencia a los osados.

  —¿Y qué tiene que ver esa marca contigo?

  —Mi hermano Caín también está marcado. Pero no por Yavhé sino por mí. De niño le dejé mi señal arañándole detrás de la oreja izquierda. Así que no somos iguales. Él lleva la marca de Caín, una señal como una media luna, roja como tus deliciosos labios. 

  Y volvía a reírse con esas carcajadas contagiosas que me embrujaban.

  —Y tanto hablarme de tu hermano, ¿no será porque en el fondo le tienes envidia?

  —¿Envidia?, ¿yo?, ¿de Caín? ¿No conoces la historia? Era Caín el que envidiaba a Abel. Por eso lo mató. Mi hermano Caín quisiera ser yo porque soy más guapo, más simpático y siempre me llevo a la chica. Mataría por ello, te lo aseguro.

  —Ya, ya.

  Y volvíamos a nuestros juegos amatorios entre risas.

  Los lunes Miss Lilith me daba la noche libre. Esos días, despojada de mis escasos trajes de lentejuelas, me gustaba pasear por la ciudad y confundirme entre la gente corriente que no tenía que venderse por unos cuantos euros. Apagaba mi móvil unas horas y dejaba que mis pies vagasen sin rumbo por las calles más concurridas. En uno de estos paseos estuve a punto de ser atropellada. Fue al cruzar una calle. Un Mercedes Cabrio venía a gran velocidad. Pero yo no lo vi, distraída en contemplar una familia que iban delante de mí. Sólo oí el chirrido seco cuando el descapotable plateado frenó en seco a dos metros escasos de mí. 

  Sin tiempo para recuperarme del susto, mis ojos se clavaron en unos ojos en los que se desbordaba el deseo. Sólo fueron unos segundos, lo justo para hacer que todo mi cuerpo se derritiera. Luego arrancó el coche forzando el motor y se marchó por una calle lateral a la misma velocidad que había venido. 

  Esa fue la primera vez que vi a Caín.

  No sé por qué callé mi encuentro con Caín. No le conté nada a Abel, pero me obsesioné tanto con aquellos ojos llenos de deseo que empecé a darle la tabarra para que me presentara a su hermano.

  Debió de pagarle un buen puñado de euros a Miss Lilith para que me dejara pasar toda la noche de un sábado con él. Me llevó a cenar a un pequeño restaurante a las afueras de la ciudad donde se había citado con Caín. Cuando llegamos nos estaba esperando en la barra del bar. Desplegó toda la cortesía de un anfitrión y me ayudó a quitarme la estola de visón falso que me había regalado Abel. Una mirada bastó para darme cuenta de que me había reconocido. Sus ojos de acero recorrieron mi cuerpo como sabios dedos haciéndome estremecer. Pero la presencia de Abel cortó de golpe el nacimiento del deseo.

  Durante la cena, asistí a un duelo soterrado por ver quién era el mejor, quién se llevaba a la chica. Me deleitaban con las típicas anécdotas de gemelos, pero, tras la desenfadada conversación, discurría una feroz rivalidad y viejas rencillas no resueltas. Se lanzaban pullas cada vez más ofensivas y yo, confieso, me sentía halagada por creerme, ingenua de mí, el objeto del deseo. Alentaba la disputa y encendía los celos de uno y otro repartiendo por doquier guiños y palabras maliciosas sin percatarme que yo no importaba en la pugna: lo importante era vencer hasta destruir al contrario. 

  A los postres, cuando estábamos ya borrachos, yo de champán, ellos de sus lances, Caín propuso echar a suertes quién pasaría la noche conmigo. Lanzó una moneda al aire y, cuando salió vencedor, supe que su victoria era ver derrotado a Abel: yo no era más que un simple medio para lograrlo.

  Tras esa noche, mi vida se convirtió en un infierno. En mis encuentros con Abel ya no había dicha para ninguno. Nuestras noches estaban contaminadas con la presencia invisible de Caín. Abel ya no veía en mí a la chica que le gustaba sino alguien que podía medir y establecer la medida de cada uno. No eran celos. O, al menos, no sólo. Era la rivalidad entre ellos que se convertía en ataques de agresividad contra mí, preguntas sobre aquella noche y gritos de orgullo herido. Pero no podía negarme a verle, pese a temer más que nada esos encuentros, porque pagaba con generosidad esas tres horas en mi cama. 

  Y, de pronto, desapareció. Durante días, viví entre el alivio y la decepción. Temiendo su regreso, anhelando sus caricias. Pendiente de la puerta de “El Edén”. Un hilo de sudor me recorría la columna si entraba un cliente, que se convertía en temblor cuando veía que no era él. Así permanecí consumida en la ansiedad hasta que una madrugada lo encontré esperándome en la puerta de mi apartamento. 

  —He matado a mi hermano.

  Fue lo único que me dijo. 

  Sin darme tiempo a recuperarme, me empujó al interior del apartamento. Tenía espuma en los labios y los ojos se le salían de las órbitas. Me aterrorizó su semblante enajenado. Quise huir pero me cogió en sus brazos. Aferrado a mí, me cubrió de besos. Lloró y gritó.

  —¡Caín! ¡Caín!

  Con frases incoherentes me repetía una y otra vez que había matado a su hermano. Poco antes de que apuntase el alba, me pidió que huyera con él. Yo más enajenada que él, metí cuatro cosas en una bolsa y subí en la Harley hacia un futuro incierto. 

  No sé cuánto tiempo estuvimos huyendo de nuestro destino. Dormíamos durante el día en los campos templados por el sol de octubre y cuando oscurecía, emprendíamos una carrera loca por carreteras solitarias. Malcomíamos en sucios tugurios entre gente que sabíamos que podíamos fiarnos porque también tenía mucho que ocultar. 

 Alguna vez me hacía el amor con la misma furia con la que pisaba el acelerador de la Harley. Cada vez más taciturno, más colérico. Pronto me di cuenta de que me había convertido en una carga para él. No sólo sabía que había matado a su hermano sino que había perdido el atractivo que antaño encontraba en mí. No se atrevía a abandonarme no fuera a denunciarlo. Tampoco se molestaba a disimular su odio más y más implacable. 

 Un día me hizo el amor en un descampado. El amanecer asomaba tímidamente por el horizonte mientras yo rogaba al cielo para que terminase pronto. El sol paseaba sus dedos por la explanada haciendo renacer con su suave toque la desolación de ortigas y florecillas silvestres que nos rodeaba. Un rayo se columpió en su rostro malhumorado. Y entonces la vi. Detrás de la oreja izquierda: La marca de Caín.

  Mis miembros se paralizaron mientras los labios de Caín recorrían mi cuerpo. Un solo pensamiento me taladraba la mente: ¡Tengo que huir! Sabía que acabaría matándome. 

  Esperé que se durmiera y luego permanecí horas sin atreverme a moverme mientras urdía un plan. Pensé en matarlo antes de que me matase él a mí, pero tenía miedo de fallar y despertar su cólera. El día iba creciendo en tanto el sol ascendía a lo alto del cielo. Al mediodía, cuando Caín estaba en lo más profundo del sueño, me deslicé entre sus brazos. Sólo cogí mis zapatos de suela desgastada. Sin atreverme a volver la vista atrás, tomé la carretera que llevaba a una ciudad.

  Llevo tres año huyendo. Escondiéndome en lugares cada vez más oscuros y, hasta el momento, no me ha encontrado. A veces me engaño y creo que me he librado de Caín, que se ha cansado de buscarme. Pero sé que no es cierto. Vivo de vender mi cuerpo en locales más y más sórdidos. Estoy unos días, unas semanas, unos meses, y luego me voy.

 A veces, me despierto en brazos de un extraño y, al alzar la vista, aterrorizada mientras, creo ver detrás de una oreja una media luna, roja como mis labios: “La marca de Caín”.





*Este relato quedó entre los 25 finalista del I Concurso de relatos Yarning


**Imagen: Caín mata a Abel. Anónimo del siglo XII. Catedral de Monreale. Sicilia




miércoles, 15 de febrero de 2017

La fiesta de las candelas







   El fin de la guerra trajo la desgracia a Gretel. El día que se firmó el armisticio, llegó un mensajero portando la noticia de la muerte de su hijo en el campo de batalla; su nuera falleció semanas después al dar a luz a Rupert; años de pertinaz sequía agostaron las tierras que su esposo le dejó al morir y hubo de vender lo poco que le quedaba para saciar el hambre voraz de acreedores sin escrúpulos.

  Estrenó, pues, ancianidad pidiendo limosna. Ella, que había sido siempre orgullosa, apelaba a la compasión de sus vecinos para que a su nieto no le faltase un mendrugo de pan. Por las noches, algún alma caritativa les daba cobijo: Un pajar era para ellos tan fabuloso como el palacio de un príncipe.

  Pero un edicto del rey prohibiendo la mendicidad les arrebató la pizca de dicha que aún les quedaba y hubieron de abandonar la aldea pues nadie se atrevía a socorrerlos y despertar la ira del monarca.

  Una noche que cargaban su desesperanza tras recorrer muchos caminos, avistaron una luz a lo lejos. Gretel se dejó arrastrar por Rupert y quedó deslumbrada con la algarabía de un campamento de zíngaros que celebraban su fiesta. El niño perdió el habla al ver la danza alrededor de la lumbre. Insumisa a toda autoridad, una gitana les tendió una vela y los invitó a unirse a sus cánticos. 

  Nunca más se supo de ellos pero, desde entonces, cada dos de febrero se iluminan unas estrellas gemelas en el firmamento que alumbran el camino de los que no tienen hogar. 






*Ejercicio elaborado en el grupo “Nosotras que escribimos” a partir de la obra Escena de noche de Pedro Pablo Rubens.

jueves, 9 de febrero de 2017

Inma la loca











  El verano que finalicé mis estudios en el colegio, sufrí el castigo de un tedioso mes de julio en casa de mis abuelos por comprarme una Vespa de segunda mano con el dinero del viaje de fin de curso. Mi padre me desterró a un pueblo que no merecía tal nombre privándome de disfrutar, como mis hermanos, de unas estupendas vacaciones en la casa que mis tíos tenían en Sevilla. Imáginense el panorama: apenas cuatro o cinco casas desperdigadas a lo largo de la costa, una iglesia, un bar, el cuartel de la guardia civil, la escuela y un colmado, como llamaban al chozo donde lo mismo se podía comprar una hogaza de pan que unas gafas para bucear. Es cierto que a unos kilómetros de allí habían construido una urbanización que en los meses de julio y agosto se llenaba de veraneantes. Pero, por alguna razón que desconozco sus habitantes no se mezclaban con la gente del pueblo salvo alguna vez en el colmado o los domingos en la iglesia. O en la playa, claro.

  Ya pueden figurarse, queridos lectores, las pocas diversiones que podía encontrar un chico de dieciocho años como yo en aquel pueblucho de mala muerte en el que solo conocía a mis abuelos y a unos cuantos vecinos tan viejos como ellos. Mi único entretenimiento era coger la bicicleta y pedalear hasta la playa, donde mataba las horas rumiando mi rabia entre chapuzón y chapuzón por estar tan lejos de Sevilla con mis hermanos y mis primos. 

   Encontré entre las cosas viejas de mi padre unas cuantas novelas de Verne y Salgari que llevaba conmigo para hacer más amenas las largas horas estivales. Pero ni las aventuras del capitán Nemo ni las del Príncipe de Malasia conseguían sacudirme del tedio que me envolvía. De vez en cuando dejaba pasear la vista por la playa. Aquí y allá veía familias que hacían del lugar que ocupaban sus toallas un territorio privado. Al principio todas me parecían idénticas: matrimonios con cuatro o cinco mocosos de corta edad que correteaban por la arena salpicando de agua salada a la gente pacífica que descansaba en su hamaca. Pero, con el paso de los días, los veraneantes fueron adquiriendo personalidad propia: los tres hermanos que recogían caracolas a la orilla del mar, la niña a la que le daban miedo las olas y se paseaba con un cubo, la madre que leía revistas de cotilleo sin hacer caso de su hijos, el señor con bigote y pelo engominado que se mojaba los pies en el mar y luego pasaba la mañana entera escuchando un transistor chillón... Y la loca.

   En un rincón apartado de la playa, extendía su toalla y la llenaba de viejos cachivaches. No podría decir si era vieja o joven. Sus ojos se plegaban en mil arrugas pero, cuando reía, su risa era la de una niña. Tenía tres vestidos iguales: uno amarillo limón, otro rosa pastel y otro color lila. Vestidos de muñeca que recogían su pecho en un canesú y luego caían sueltos hasta la rodilla donde terminaban en un volante bordeado con una puntilla. Tocaba su cabeza con un sombrero de paja del que colgaba un lazo que hacía juego con el vestido de turno. Permanecía la mañana entera contemplando a los niños que jugaban en la playa. Soltaba sonoras carcajadas cuando los oía reír y se deshacía en sollozos si los oía llorar. Todo el mundo decía que estaba loca pero hoy tengo la sospecha de que se trataba de una pobre retrasada.

   Mi abuela contaba que vivía sola en una casa a las afueras del pueblo desde que muriera su madre dos años antes. No tenía otros recursos que lo que le daban las vecinas, que, compadecidas de ella, se turnaban para llevarle comida. Con frecuencia se la veía andando sola por el pueblo pero no parecía sentirse desgraciada ni aislada. Al contrario. Su rostro solía mostrar a menudo una amplia sonrisa y en sus paseos no era raro oírla cantar las canciones que se oían entonces por la radio.

   Se llamaba Inmaculada pero para todos era Inma la loca. 

   Cada mañana me la encontraba de camino a la playa con su andar patoso o parsimonioso que a mí, joven impaciente, me desesperaba. Cruzaba de un lado a otro del sendero y, justo cuando iba a adelantarla con la bicicleta, se detenía de repente en medio del camino para cortar una flor, coger una piedra, un trozo de cristal o cualquier otra porquería del suelo que llamase su atención. Me llevé más de un rapapolvo de la gente del pueblo por recompensarla con mis gritos e improperios después de que me obligase a frenar bruscamente o a torcer el manillar para evitar atropellarla. Nadie de aquellos parajes consentía que se tratase a Inma la loca con rudeza. La pobre mujer era mimada por todos como si fuese una mascota. No la consideraban una persona igual que ellos, pero era su Inma, su loca, y ningún forastero como yo tenía derecho a hacerla daño.

   Otra cosa eran los veraneantes de la urbanización. No había que ser muy avispado para darse cuenta del miedo que les suscitaba; para ver cómo la rehuían. Ella de alguna manera también debía de intuir aquel miedo a pesar de sus escasas luces pues, cuando iba a la playa, buscaba lugares alejados de la gente que no era del pueblo.

   Inma parecía estar en todas partes. Me la encontraba allí dondequiera que fuera: en el colmado, en la iglesia, sentada en un rincón del bar mientras los viejos jugaban al dominó, con las mujeres que se sentaban al caer la tarde al fresco para coser y ver pasar las parejas de novios… Al principio, su presencia constante me fastidiaba: era verla y darme media vuelta. Doblaba una esquina tras otra para esquivarla. Pero, con el tiempo, me acostumbré a toparme con ella en mi camino como me acostumbré a ver el molino de harina, la encina partida en dos por un rayo o los chamizos donde se guardaba el heno.

  Cuando la acusaron de aquello, el pueblo entero salió en su defensa contra los veraneantes de la urbanización. Entre quienes la conocían desde niña, nadie creyó las acusaciones que vertieron contra ella. Pero yo tenía mis dudas. Cuando mi abuela decía que la loca era inofensiva, que era incapaz de hacer daño a nadie, me venía a la mente su mirada ansiosa siempre que veía algún animalillo. 

  Y es que a Inma la loca le encantaba todo lo pequeño. Tenía un talento especial para encontrar cachorrillos y animales recién nacidos que mecía en sus brazos como si fueran bebés. A menudo se colaba en los gallineros y corría tras los polluelos para luego recogerlos en el vuelo de su vestido. Su casa era el refugio de gorriones, gatitos o perros callejeros, a los que expulsaba de su paraíso tan pronto como crecían y abandonaban su apariencia de personaje de Disney.

   Ya he contado que pasaba las mañanas en la playa atenta a los juegos de los niños. Desde mi punto de observación la veía reírse mostrando sus dientes mellados y batir las palmas cuando alguno de ellos coronaba un castillo de arena o chapoteaba en el agua. Alguna vez hacía ademán de aproximarse a ellos pero siempre la recibía el gesto hostil de algún padre o de una madre que tomaba a su hijo de la mano y lo llevaba lo más lejos posible de la loca.

  El domingo que desapareció aquella niña, la playa estaba abarrotada de gente. Era un día de finales de julio, si no recuerdo mal, en el que el termómetro se había disparado hasta alcanzar temperaturas que sobrepasaban los cuarenta grados. Inma pareció asustarse cuando llegó y vio aquella multitud. Anduvo dando vueltas en busca de un claro donde arrojar sus bártulos. Después de ir y venir arriba y abajo por la playa, dejó sus cosas en un lugar apartado ya cerca de la carretera desde donde no debía de poder divisar nada de lo que ocurría más allá de unos cuantos metros. Tras un rato de estirar el cuello y girar varias veces la cabeza intentando contemplar el panorama, abandonó su toalla y se encaminó a la orilla.

   A pocos metros de donde rompían las olas, cuatro niños de entre tres y seis años construían caminos en la arena con unos cubos y unas palas de plástico. Inma la loca se sentó cerca de ellos para poder ver cómo iban surgiendo pequeñas obras de ingeniería. Su rostro reflejaba una enorme felicidad. A medida que avanzaba la mañana y aparecían nuevas construcciones de arena, la mujer se aproximaba más y más a los niños. Nadie más que yo parecía darse cuenta de aquel acercamiento y, poco antes de que el sol llegara al punto más alto del cielo, ya estaba jugando con ellos, uniéndose a sus risas, a sus charlas infantiles.

   El calor de la mañana se hacía más y más agobiante. Me era imposible concentrarme en la lectura así que, de tanto en tanto, corría hacia el mar, me zambullía en el agua y permanecía en remojo cada vez más tiempo. A la vuelta de uno de mis baños, encontré un grupo de gente arremolinada en torno a una joven que estaba llorando. Le pregunté a una señora entrada en años por lo sucedido. Había desaparecido una niña de cuatro años, dijo, una niña que había estado jugando en la arena con los otros pequeños. Aturdido por la noticia, no sabía si quedarme a consolar a la madre o salir en su búsqueda. Todavía andaba indeciso cuando vi un grupo de hombres que volvía de recorrer la playa sin haber dado con la chiquilla. La madre estaba al borde de la histeria. Miré a mi alrededor buscando a Inma la loca pero también había desaparecido.

   Juro que cuando le dije a aquel hombre que había visto a Inma la loca con los niños que jugaban en la orilla no era mi intención acusarla de nada. Juro que tan solo quería que la pobre mujer nos diera alguna pista sobre la pequeña. Pero el hombre dio la voz de alarma y, antes de que pudiera percatarme de lo sucedido, ya se había formado un enjambre de buscadores furiosos que corrían hacia la casa de la loca. 

   Vivía Inma en una casa a las afueras del pueblo con un patio repleto de trastos viejos y animales de todo pelaje y pluma. No esperaron a que les abriera la puerta después de aporrearla hasta casi echarla abajo. Unos rodearon la casa mientras que otros entraron por las ventanas bajas, que siempre permanecían abiertas.

   Los encontraron en el patio trasero sentados en el suelo. La pequeñuela tenía los morros embadurnados de una sustancia rojiza que parecía sangre. Resultó ser mermelada de fresa aunque, en un primer momento, contribuyó a aumentar el clima de terror y ansiedad que se había apoderado de aquellos hombres. Y, no obstante, la niña no parecía asustada: sus risas se oían desde la calle. Cuando llegamos estaba jugando con gatito blanco y negro que ronroneaba en su regazo. Su padre, al verla, la cogió en brazos dejando caer al animalucho mientras la madre, que venía detrás, se deshacía en llanto y abrumaba a Inma con gritos e insultos. La niña, al ver a su madre en aquel estado, rompió a llorar desconsoladamente y, contagiada por él, Inma empezó a dar tales alaridos, que creí que me iban a estallar los tímpanos. Unos hombres la rodearon y se la quisieron llevar con ellos sin que sirvieran de nada las protestas de los vecinos del pueblo, que habían llegado al oír los gritos, y tiraban del brazo de la mujer para evitar que fuera arrastrada por las calles

   Ese fue el comienzo del juicio sin juez al que se sometió a Inma la loca y en el que fue condenada sin ser oída.

  La encerraron en su casa bajo la custodia de dos mujeres de la urbanización por no fiarse de la gente del pueblo. Durante una semana, se oyeron desde la calle los gritos de la loca que no comprendía por qué no la dejaban salir. Por el pueblo corrían intensas discusiones entre quienes defendían su inocencia y los que se aferraban a su culpabilidad. ¿Quién podía asegurar que no volvería a secuestrar a un niño, que no le causaría algún daño? Hoy, casi cincuenta años después, todavía me avergüenzo cuando recuerdo las disputas que mantuve con mi abuelo a cuenta de Inma la loca. Disputas motivadas más por el gusto de discutir que por estar convencido de que la mujer constituyera un peligro para los niños, como decían los veraneantes de la urbanización. Mi abuela no participaba nunca en nuestras riñas pero cuando, nos quedábamos solos, me miraba con pena. Ella creía a Inma la loca incapaz de hacer mal alguno a un niño y protestaba enérgicamente cuando le insistía en el peligro que había corrido la pequeña en su compañía.

  Mientras unos y otros se enfrentaban en enconadas discusiones, los padres de la niña amenazaban al alcalde con denunciar al pueblo ante el gobernador si no ponía a buen recaudo a la loca. Ignoro hasta qué punto fueron ciertos los rumores que corrieron después. Se dijo que el buen hombre andaba esperando un nombramiento político en la capital y, para evitar el escándalo, había accedido a encerrar a Inma en un asilo o manicomio, que venía a ser lo mismo en aquellos años.

  El día que se la llevaron se congregaron uno y otro bando ante la puerta de su casa. Me parece que aún puedo oír los gritos y abucheos de unos y otros cuando un Seat mil quinientos negro con los asientos rojos aparcó junto a la cerca. Dos hombres con una bata blanca y una mujer de paisano se bajaron del vehículo y entraron en la casa. No sé cuánto tiempo estuvieron dentro ni lo que sucedió entretanto. Cuando se volvió a abrir la puerta, la multitud se adelantó para ver mejor la salida de la loca. Los primeros en aparecer fueron los hombres de la bata blanca. Detrás venía la mujer con Inma del brazo, que se dejaba conducir y mantenía los ojos bajos. De repente, la niña causante involuntario de su desgracia se soltó de la mano de su madre y, antes de que nadie pudiera reaccionar, salió corriendo hacia Inma. La loca, al verla, desplegó una radiante sonrisa. Se arrodilló junto a ella y dejó que la pequeña le rodease su cuello en un abrazo. Lo último que recuerdo es a la madre llevándose la niña de la mano, el coche desapareciendo por la carretera que llevaba a la ciudad, las lágrimas deslizándose por las mejillas de mi abuela y la culpa.


  Y la culpa. La culpa que, como un afilado cuchillo, atravesó mis entrañas y allí se quedó clavada para siempre.










*Imágenes: Obra de Sally Swatland.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Luz de mi vida












   Estoy a oscuras, vivo a oscuras. Prendo una vela y te vas materializando poco a poco tras la llama temblorosa. 

   Los primeros en presentarse son tus ojos almendrados. Curiosos, expectantes. Deseosos de oírme contar esas historias que inventaba para ti y ahora duermen enmudecidas en algún lugar por mí ignorado. 

  La llama danza en tus pupilas, que se mueven siguiéndome por la habitación. Mimosas, enojadas, traviesas. Me hacen reír. Bajito, para no despertar de nuevo los celos del destino por nuestra dicha.

  Es tu boca la que me tienta después con su sonrisa. Una sonrisa serena que apenas asoma a tus labios, como si escondiera un secreto que nadie más que tú conoce. 

  El contorno ovalado de tu rostro de pómulos salientes atrae mis manos, que anhelan acariciarlo. Pero, juguetona, te escabulles entre mis dedos y tus alas te elevan por encima de mí.

   De pronto, el viento golpea las contraventanas y entra furioso por las rendijas. Embiste la llama, que resiste con coraje hasta morir en la contienda. Y vuelvo a quedarme a oscuras. Entonces lo recuerdo. Tú ya no estás. Hace dos años el fulgor de tus ojos se apagó para siempre dejándome esta negrura en el alma. Hace dos años la luz de mi vida se apagó para siempre dejándome este desconsuelo en el corazón.





*Ejercicio elaborado en el grupo “Nosotras escribimos” a partir de la obra de Liu Yaming Cuaderno de retazos.