viernes, 15 de junio de 2018

Con la mirada hacia atrás








La gota se deslizaba con lentitud por el cristal. Gertrudis seguía su recorrido medio distraída mientras sus pensamientos giraban como un molinillo al compás del traqueteo del tren. Fuera se sucedían campos de trigo que apenas se vislumbraban tras el velo de lluvia. Parecía mentira que sólo hubieran transcurrido unas horas desde que salieran de la estación de*** con un sol radiante. Estrujó en su puño el telegrama que la había puesto en camino y trató de concentrarse en la gota de agua. En su travesía, se había unido a otra gota y, juntas, descendían por la gélida y lisa superficie de cristal dejando tras de sí una estela sinuosa. A su lado, dormitaba Clarisa, su nieta, ajena a su desvelo. Por encima de los labios entreabiertos, sobrevolaba una tenue sonrisa: con diecinueve años, la vida es una promesa, un capullo a punto de abrirse. Mas, a veces, la rosa se marchita antes de florecer. Le acarició con el dorso del índice la mejilla fresca y sonrosada. Los párpados de la joven aletearon un instante antes de volver a la calma. ¡Cuánto sosiego, Dios mío! Pero la vida es implacable y no tardaría en robarle su inocente serenidad. 

Gertrudis sabía mucho de eso. Sin ir más lejos, la noche anterior un simple cuadrado de papel se había entrometido en su vida sencilla, llevándose consigo la paz que le había costado alcanzar años y años. Un simple cuadradito de papel había abierto la puerta al pasado cuando la creía cerrada para siempre. Habían bastado cuatro palabras para que se presentasen a una cita no concertada todos los fantasmas del ayer. Y, con la misma insistencia de entonces, torturasen su corazón anciano, cansado. Uno a uno le habían puesto a sus pies escenas que creía olvidadas: con dedos alargados, habían abierto la herida que tanto tardó en sanar.

Clarisa se revolvió en su asiento sin llegar a despertar. Todavía no entendía Gertrudis cómo se había avenido a seguirla en un viaje preparado con tanta precipitación; sin tiempo siquiera de dar aviso a Juan, que había partido unos días antes a la capital para resolver no sabía qué negocio.

—Se muere mi primo Rafael y me ha llamado a su lado —había sido lo único que le desveló a su nieta tratando de disimular la emoción que le causaba la noticia—. He enviado a Paca a comprar los billetes de tren y, en cuanto los tengamos, nos vamos.

Clarisa ni siquiera le había hecho ninguna pregunta, como si fuese algo de todas los días dejar la casa de la noche a la mañana. Se había limitado a ayudarla con el liviano equipaje. Cuando terminó de guardar las escasas pertenencias en una bolsa, la joven había pedido a Paca recado de escribir y había pasado un buen rato garabateando unas letras para Pedro, su prometido. Mientras tanto, Gertrudis hacía todo lo posible por apaciguar su corazón inquieto por la perspectiva de tan largo viaje. La anciana, al ver a su nieta mordisquear la punta de la pluma, había sentido como si le pellizcasen el alma: el primer amor te lleva al cielo pero, por lo mismo, su pérdida te precipita a lo más profundo del infierno. ¡Ojalá pudiera protegerla de las penas del desengaño!

Gertrudis apenas había dormido aquella noche. Los recuerdos ahuyentaban el sueño. Tres veces se levantó de la cama, tres veces se sentó ante el escritorio decidida a esquivar el mensaje de Rafael. Tres veces desplegó sobre el tablero el telegrama con la esperanza de haber equivocado su sentido y tres veces regresó al lecho y, envuelta en una confusión de mantas y sábanas, convencida de la imposibilidad de ignorar la llamada.

Y ahí estaba ella, en el compartimento de un tren, siguiendo el rastro de una gota de lluvia en el cristal de la ventanilla mientras trataba en vano de apartar el pasado de su pensamiento. Volvía a verse con diecisiete años, luciendo un vestido color lila que dejaba al descubierto los hombros y el escote; el collar de perlas negras que había pertenecido a su abuela; y el cabello, peinado con artificio por la doncella, que caía en cientos de bucles y tirabuzones según la moda de entonces. Se recordaba apeándose de un tíburi y pasear por el Jardín de las Delicias del brazo de su padre. ¡Qué orgulloso iba a su lado! Acaso hiciera como si no se diese cuenta de ello, pero no podía evitar envanecerse cuando caían sobre su hija miradas de admiración de los jóvenes con los que se cruzaban en su caminar. Gertrudis adivinaba la emoción de su padre por el modo en que erguía la espalda y apretaba el paso, de habitual calmo. ¡Era tan hermosa! Más de cuarenta años después, no quedaba ni un ápice de vanidad en ella. Las penas y las arrugas que estragaban su rostro se habían llevado la poca que le quedó cuando su marido la repudió. Aun así, podía verse como la veían entonces: bella y rodeada de un halo de exótico misterio que agrandaba su atractivo a los ojos de los demás. ¿No la hacía apetecible a las familias bien de la ciudad saberla hija de don José, un próspero indiano que había hecho fortuna en Cuba? Se decía que era propietario de un ingenio azucarero cuya extensión superaba la de la provincia de Salamanca. ¿Y no la hacía deseable a los jóvenes pretendientes saberla hija de una criolla que se decía que había sido la más hermosa de la isla? Todo el mundo ponderaba su belleza pese a que en España nadie la había conocido por haber fallecido al dar a luz a Gertrudis. ¿No la hacía envidiable a los ojos de las jóvenes románticas saber que había pasado dos años conociendo Europa de la mano de su padre y un apuesto preceptor? 

Espantó una polilla que revoloteaba alrededor del rostro de Clarisa, pero el gracioso insecto se escabulló y se posó en la mejilla de la joven.

—¿Hemos llegado ya, abuelita? Me he quedado dormida.

Clarisa se frotó los ojos con los puños cerrados como hacía cuando era una niña. Gertrudis le rodeó los hombros con el brazo y la besó en la frente. Su nieta era la única familia que le quedaba, si no contaba a Juan. No se habían separado desde que su nuera y su hijo fallecieran con muy poco tiempo de diferencia cuando Clarisa sólo tenía tres años. 

—¿Cómo es tu primo, abuelita?

—¡Oh!, hace tanto que no lo veo...

A su padre nunca le gustó Rafael. Le parecía arrogante y pagado de sí mismo; un petimetre al que le gustaban los espejos más que a una damisela vanidosa. Pero el joven era su sobrino y no podía evitar encontrárselo en las comidas de los domingos que daba su prima. En cambio a Gertrudis le encantaba. Era el chico más chisposo, más guapo y apuesto que conocía. Contaba como nadie historias divertidas sobre sus años de estudiante de Derecho en Santiago y, cuando se retorcía las guías del bigote, la muchacha que era entonces no podía reprimir una carcajada que le recorría el cuerpo entero. Y, sobre todas las cosas, a Gertrudis le encantaban las cartas de amor que, a resguardo de la vigilancia de su padre, le dejaba en los escondites más insospechados: debajo de un tiesto en el patio, entre las páginas de un libro del que hablaba como de pasada durante la sobremesa, en el manguito de piel, regalo su padre por su decimosexto cumpleaños... De lunes a sábado, a la hija del indiano se le iban los minutos tratando de adivinar con qué nueva ocurrencia la sorprendería.

La tía Pilar alentaba los amores entre los primos sin hacer caso de las reticencias del padre de Gertrudis. Con la excusa de una mantelería de encaje que quería terminar antes de la boda de su hija, la hacía llamar muchas tardes para que la ayudase con la aguja. A eso de las seis, solía aparecer Rafael después de su jornada en el bufete donde trabajaba y su aparición siempre avivaba la memoria de la tía Pilar, que dejaba sola a la pareja de enamorados para atender algún quehacer urgente hasta entonces olvidado.

Así se fue fraguando un noviazgo entre los dos jóvenes. Durante el banquete de bodas de Begoña, Pilar le anunció a su primo que Rafael quería pedir la mano de Gertrudis. La mujer, que tenía fama de obstinada, no se dejó amilanar cuando el indiano trató de persuadirla de que su hija aún era muy joven; cuando insistió en lo poco que le gustaba la cercanía del parentesco. La buena señora, que ya había hablado con el obispo y tenía medio concedida la dispensa, acalló las protestas de don José con un vaso de jerez aderezado con palabras mimosas, y, antes de que partieran los novios de viaje, ya había concertado otra boda.

El tren cruzó Despeñaperros a las doce y media. Gertrudis guio a Clarisa hasta el vagón restaurante y la dejó elegir en la carta sin sermonearla, como hacía a menudo, con las virtudes de una vida austera. Y eso que sólo llevaba lo justo para el viaje y poco más. Sabía que su nieta la tenía por tacaña. La anciana exhaló un suspiro. ¿Qué sabría la joven de lo que era pasar necesidades? A pesar del tiempo transcurrido, todavía se estremecía al recordar las penurias de su juventud. Cuando el dinero que le enviaba Rafael no le bastaba sino para malvivir con su hijo y hubo de colocarse de maestra en una pequeña escuela.

—¿Tomamos arroz con leche de postre, abuelita? —de nuevo la voz mimosa de Clarisa la trajo de su viaje al pasado—. Podemos pedir un platito para las dos.

Gertrudis llamó al camarero, que no se demoró en traerles un cuenco de barro con el dulce manjar. No probó más que dos cucharadas para dejar que su nieta se deleitara con aquel capricho tan poco habitual entre ellas. El sabor a canela la llevó de nuevo a su juventud y una vez más se rindió a los recuerdos. 

Rafael y Gertrudis contrajeron matrimonio en la Basílica del Patrocinio un veinticuatro de mayo. La novia llevaba el mismo velo con que se casó doña Matilde, su abuela paterna: un velo de blondas tan fino que no servía para ocultar las lágrimas que bañaban su rostro. Llegó al altar del brazo de su padre, quien hubo de sostenerla para evitar que cayera desvanecida en sus brazos: la luz temblorosa de las velas difuminaba el contorno de la Virgen niña y el perfume del incienso la mareaba. Mas, bastó con que Rafael posase levemente su mano en su brazo, para que su espíritu resucitase. Apenas tenía un vago recuerdo del banquete: los besos que le daba su esposo en la punta de los dedos, el ridículo sombrerito tirolés de su prima Begoña, las mejillas enrojecidas de su padre, poco acostumbrado a comidas tan copiosas y a licores tan fuertes, las palabras que le dijo poco antes de partir de viaje de novios a Granada.

—Hija mía, ya sé que el matrimonio es sacramento santo pero si te falta alguna vez el cariño y la felicidad de tu casa, no te dé reparo en venir a mí.

Gertrudis estuvo a punto de romper a llorar ante tales palabras, dictadas por la emoción. La joven desposada abrazó a su padre y lo besó hasta casi ahogarlo con la esperanza de disipar, así, la congoja del pobre señor y la suya también.

Pero, ¿cómo podía faltarle el cariño y la felicidad si tenía un marido que no vivía sino la veía sonreír? Un marido que la despertaba con besos cuando el primer rayo del sol se colaba entre los pliegues de la cortina. Un marido que dejó de acudir a la tertulia de san Ginés sólo por pasear con ella por el Jardín de las Delicias. Un marido que la echaba a perder con sus mimos. Pocas veces regresaba del bufete sin alguna chuchería con la que ilusionarla: un monito autómata que, cuando se le daba cuerda, tocaba los platillos, un juego de cepillos de plata para bruñir sus negros y rebeldes cabellos, un espejo de nácar para hacerla aún más presumida...

Los primeros meses de su matrimonio se le fueron a Gertrudis entre visitas a parientes y amigas. Todo el mundo la agasajaba y atendía a sus deseos con una deferencia muy alejada de la que le dispensaban antes de casarse. Ser la esposa de un prometedor abogado la situaba por encima de otras jóvenes, amigas suyas de soltería y casadas con meros comerciantes. En la sociedad de aquella ciudad de provincias, cada uno tenía su lugar y ser la mujer de quien había estudiado en la universidad otorgaba unos privilegios que ni siquiera estaban al alcance de la hija de un indiano que había hecho una gran fortuna en ultramar. De la noche a la mañana, señoras que antes ni la miraban le cedían el paso a la entrada de misa. Cuando iba de compras con su tía Pilar, los dueños de las boutiques se apresuraban a abrirle la puerta, le buscaban un coche de punto si llovía y ponían un muchacho a su disposición para que les llevase los paquetes a casa. Tanta consideración causaba a Gertrudis una mezcla de orgullo y vergüenza. Orgullo por pensar que distinguiéndola a ella, honraban el buen nombre Rafael. Vergüenza porque, cuando se oía llamar señora del Valle, le parecía que estaba muy lejos de merecer tal título.

El tren se detuvo media hora a cincuenta quilómetros de su destino. Clarisa y Gertrudis se apearon a refrescarse y pasear por el andén. La anciana se dirigió a la ventanilla de Correos a poner un telegrama a Juan. Cerró los ojos mientras esperaba que la atendiese el empleado, tratando de evocar su mirada tranquila. ¿Qué hubiese sido de ella de no haberlo encontrado? Lo conoció a los cinco años de su exilio. Era el padre viudo de una de sus alumnas. Lo veía a la salida de la escuela cuando iba a recoger a su hija. Tomó la costumbre de esperarla y acompañarla en su camino a casa. Al principio, Gertrudis se mostraba reservada. ¿Cómo contarle nada? Todavía conmocionada por lo ocurrido, huía de la gente para evitar que hiciesen daño a su hijo. Pero Juan fue paciente y ella acabó rindiéndose a su ternura. Escuchó sus desdichas, la convenció de que en ella no había culpa alguna y aceptó al hijo de Gertrudis como si no viese en él nada diferente a los demás. Solo la imposibilidad de hacerla su esposa había empañado la alegría de saberla suya.

—Ponle al abuelito un beso muy muy grande de mi parte.

Gertrudis se volvió sobresaltada. La voz de Clarisa se llevó al instante los recuerdos. Le tomó la mano y se la llevó a los labios. Su nieta le regaló una sonrisa y, por un momento, le pareció ver detrás de sus facciones juveniles el rostro sereno de Juan. La anciana sonrió. En la joven se daba cita lo mejor de la familia: de su padre, el hijo de Gertrudis, había heredado la comprensión de las debilidades ajenas; de su madre, la hija de Juan, esa bondad que la desarmaba. 

Aún quedaba un rato para que el tren reaunudara su viaje. Gertrudis tomó del brazo a su nieta y la condujo por la carretera hasta una callecita animada por una tienda de la que entraban y salían muchos de los pasajeros que se detenían en el pueblo. Llevadas por la curiosidad, entraron y se perdieron entre las chucherías que, con tanto éxito, se vendían. Les llamó la atención una estantería en la que se exponían abanicos a bajo precio. Clarisa los contemplaba encandilada por el despliegue de color, hasta que se decidió por uno amarillo que iba con su vestido. De pronto, un hombre corpulento se abalanzó sobre ella.

—Aparta tus zarpas de mis abanicos —le gritó con los ojos desorbitados mientras la empujaba hasta la puerta de salida—. Y, usted, haga el favor de sacar de mi tienda a este animal —añadió volviendo la cabeza a Gertrudis—. ¿Es que no sabe que en esta tienda sólo puede entrar gente como Dios manda?

La anciana empezó a dar voces en defensa de su nieta, pero ésta salió de la tienda con la mirada baja y sin pronunciar una palabra. El corazón de Gertrudis palpitaba acelerado. Cogió su sombrilla que se le había caído y alcanzó a la muchacha, que la esperaba junto a la carretera.  

—Lo siento mucho, hijita —se disculpó Gertrudis afligida y sintiéndose culpable por lo sucedido.

Clarisa la abrazó y apoyó la cabeza en su hombro.

Gertrudis no supo que estaba en encinta hasta avanzado el embarazo. Fue la tía Pilar la que la asedió a preguntas después de ver cómo había aumentado el volumen de su vientre. Cuarenta años después no podía evitar una sonrisa al recordar su rubor ante la crudeza de su suegra. Sin ningún miramiento hacia su recato, escarbaba en su vida íntima adivinando aquellos actos que la joven ni siquiera sabía nombrar. ¿Sería posible que Rafael, con la delicadeza con la que la introducía en sus deberes como esposa, le hubiese contado aquello a su madre?

Pasada la alegría inicial, su padre se dejó arrebatar por el pánico. Un miedo irracional a que le pudiese suceder a Gertrudis alguna desgracia se hizo presa del indiano. Muy de mañana, antes incluso de que Rafael partiera para el bufete, don José hacía su aparición con una bandeja de dulces de hojaldre que había comprado de camino. Con un desparpajo exagerado que no ocultaba sus temores, entraba en la casa dando órdenes a los criados pidiéndoles que le preparasen a su niña una taza de chocolate que, a su parecer, era lo más conveniente para su estado. De poco, por no decir de nada, le servía a Gertrudis protestar por el afán de su padre en hacerla engordar. Rafael acababa dándole la razón y ella había de soportar que la tildasen de remilgada cuando hacía ascos a las tres tazas del empalagoso brebaje. Después de tan copioso desayuno, el buen hombre la obligaba a reposar en el diván del gabinete y la entretenía con historias de su juventud hasta la hora del almuerzo.

Gertrudis disculpaba la exagerada solicitud de su padre por sospechar que su origen estaba en el recuerdo del fallecimiento de su esposa. Por no causarle disgusto, se avenía a sus caprichos, aunque la mayoría de las veces le pareciesen ridículos. Cuántas veces, aprovechando un descuido del solícito indiano, regaba el ficus de la salita con la taza de infusión de hojas de rosa que se empeñaba en que bebiera a media tarde porque una hechicera que conoció en Cuba allá por sus años jóvenes se la daba a las mujeres encinta para asegurar un buen parto. A medida que se acercaba el nacimiento de su nieto, iba creciendo la inquietud del indiano. Gertrudis dejó de preguntarle por su madre porque el pobre hombre se asustaba tanto que sus ojos se quedaban en blanco y se le cortaba la respiración.  

El tren llegó a la ciudad a la caída de la tarde. Gertrudis permaneció unos instantes contemplando por la ventanilla la pequeña estación antes de decidirse a apearse.

—¿Vamos, abuelita? 

Clarisa le ofreció la mano para ayudarla a levantarse del asiento. La anciana le dedicó una sonrisa.

—Vamos, querida.

Cuando pisó el andén, fue como adentrarse en una casita de muñecas largo tiempo olvidada. Todo estaba igual pero parecía haber empequeñecido. Le emocionó el reloj de la estación, cuyas agujas se habían detenido en las tres y diez, quién sabe si la misma hora en la que ella partió cuarenta años antes. Un mozo al que le apuntaba un bozo incipiente sobre el labio se ofreció a llevarles los escasos bultos y parar un landó. Gertrudis se escandalizó al calcular el precio del carruaje.

—Te daré unas monedas más si nos acompañas —trató de persuadirlo Gertrudis—. Apenas traemos unas bolsas y no tendrás que andar mucho. Nos esperan en casa de don Rafael del Valle.

Atravesaron la avenida del Paraíso y subieron por la calle del Comercio. Gertrudis y Clarisa caminaban a paso ligero sin hacer caso de las miradas de asombro que encontraban a su paso ni de los murmullos que sobrevolaban por encima de ellas. El muchacho, que ya las debía de considerar poco menos que de su familia, se creyó en la obligación de justificar a sus paisanos y declaró con firmeza:

—En esta ciudad no estamos acostumbrados a ver señoras tan hermosas y elegantes.

Y sí que debían parecer personalidades extraordinarias. Tan altas y esbeltas, con sus andares ligeros, la tez morena y lustrosa y sus vestidos modestos pero llevados con la gracia natural de las tierras del Caribe. Era Clarisa la que más expectación despertaba. Antes de llegar a la casa del ilustre abogado ya se había corrido la voz: «En el tren de la tarde ha llegado la nieta del rey Baltasar». 

Julio vino al mundo un veinticuatro de mayo. Los primeros dolores del parto la despertaron a las dos de la madrugada. Apenas unas molestias, que Gertrudis tomó por una indigestión. Pero el padre de la criatura no se lo tomó tan a la ligera. Rafael parecía un espectro recorriendo la casa con un candelabro de cuatro brazos en la mano con el que a punto estuvo de incendiar las cortinas del vestíbulo. Gertrudis, en medio de los dolores, lo oía llamar a gritos a los criados y pedir un coche para ir en busca de la comadrona, que no se presentó hasta las nueve de la mañana. Antes hizo su aparición el futuro abuelo, que se negó a apartarse del lado de su hija hasta que lo echaron del dormitorio. Tampoco lo tuvo fácil la comadrona con Rafael, al que expulsó de la casa con palabras groseras y sin ningún miramiento con su condición de persona ilustre de la ciudad.

Padre y esposo aguardaron en el jardín durante horas mientras trataban de ocultarse el miedo el uno al otro. Fumaron no menos de quince cigarrillos cada uno y hablaron de asuntos que, con  la mente en Gertrudis y su hijo, ninguno escuchaba.

A las dos de la tarde, fue en su búsqueda la comadrona: su rostro parecía la personificación de la consternación.

—No sé cómo ha entrado el diablo en esta casa y se ha llevado al niño para tomar su lugar.

La cara de don José se tornó azul. Rompió a sollozar sin consuelo mientras balbucía palabras apenas ininteligibles.

—¡Ay, Virgen de los Dolores!... ¡Hijo de mi vida! Me temo que yo sé lo que ocurre. ¡Ay, hijo mío!, toda la culpa es mía. ¡Ay, mi pobre Gertrudis! Dios quiera que me perdone.

La comadrona no paraba de gritar.

—Yo soy una hija temerosa de Dios y nunca había visto nada igual: negro, negro, como el carbón.

Rafael, entre la ira y el miedo, los miraba atónito a uno y a otra. Un grito procedente del final del pasillo lo hizo volver en sí. Se precipitó hasta el dormitorio donde encontró a su esposa deshecha en lágrimas. La estrechó entre sus brazos con la intención de consolarla y aliviado al asegurarse que estaba viva. 

Gertrudis lo agarró con fuerza por la pechera y escondió el rostro en su pecho. El olor a tabaco, tan familiar para ella desde la infancia, amainó un poco los sollozos que sacudían su cuerpo. Se dejó arrullar y el calor del abrazo la hizo sentirse segura. Por un momento quiso creer que todo había sido una pesadilla de la que él la había rescatado pero el dolor de su cuerpo la sumergió de nuevo en la realidad.

—¿Lo has visto?

Rafael no tuvo tiempo de responder. El indiano entró en la habitación dando alaridos. Detrás, la tía Pilar, abuela del recién nacido, tan pálida que se hubiese dicho que había visto un fantasma.

Durante tres días, ni su madre ni su abuela, ni su padre ni su abuelo se ocuparon del niño, que hubiera muerto de hambre y abandono de no haber sido por la piedad que inspiró a una de las sirvientas. La familia del recién nacido estaba demasiado conmocionada después de verlo y mucho más tras oír las explicaciones del abuelo. A Gertrudis le llenaba de turbación pensar que había llevado en su seno un bebé tan negro como el miedo. Su marido, creyéndola culpable del engaño, la había abandonado al día siguiente del nacimiento para irse a la casa de su madre. Le prohibió todo intento de hablar con él o la tía Pilar en tanto decidía qué determinaciones tomar. La acusaba de haberse valido de astucias para seducirlo y se negaba a escuchar a su suegro quien juraba haberle ocultado la verdad a su hija. 

Y la verdad dolía: Gertrudis tardó en entender la historia que le contó su padre. 

Don José emigró a Cuba siendo muy joven. A su hija no le contó cómo en sólo cinco años logró convertirse en el propietario de uno de los ingenios azucareros más importantes de la isla. Con más de cien esclavos en su plantación, era casi el rey de la comunidad. Su poder alcanzaba a las autoridades españolas, que no tomaban ninguna decisión sin antes consultarle. Las familias más poderosas hacían planes para atraerlo a sus negocios. Más de una jovencita soñaba convertirse en su esposa e incluso alguna que otra madre con fama de respetable se presentó a la puerta de su casa en medio de la noche para abrumarlo con las gracias de su hija casadera. Pero él no mostraba ningún deseo de contraer matrimonio. Tenía a su disposición a las mujeres de la plantación que no le exigían nada porque él era el amo. Entre los campos de su propiedad, correteaban niños con la piel más clara que la de sus madres que don José no consideraba de otro modo que a los cachorrillos de la vieja podenca que vivía en su cocina.

Así fue hasta que se encaprichó de Perla. Era ésta la hija de la cocinera y no tenía más que quince años. Debía de ser fruto de los amores de su madre con algún pobre obrero blanco de los que construyeron la carretera a La Habana pues su piel era clara y suave: una piel de color canela que se le metió con obstinación en la cabeza sin que la preparación de las elecciones municipales le librase de los ardores que le causaba el recuerdo de la muchacha. De nada le sirvió a la cocinera agobiar noche y día a su hija con cientos de quehaceres sólo por mantenerla apartada del fogoso amo. Don José, que entonces contaba treinta y dos años, siempre se las ingeniaba para encontrarla.

Llevaba un año de amores cuando  Perla dio a luz una niña que parecía estar llamada a desaparecer entre los chiquillos que correteaban por los campos. Mas el dueño del ingenio cometió el error de cogerla en brazos y, al verla tan sonrosada, se prendó la pequeña. Ya no quiso separarse de ella. Preparó para la niña las mejores habitaciones de la casa y, cuando cumplió un año, la apartó de su madre. No contaba don José con el rechazo de la gente. Cuando quiso presentar a la niña como su hija, los mismos que lo adulaban años atrás le dieron la espalda. De manera que, para proteger a la niña, dejó sus propiedades en manos de su capataz y regresó con ella a España.

Gertrudis se detuvo ante el portón de la casa donde había vivido de recién casada. Movió la cabeza de un lado a otro para ahuyentar los recuerdos pero éstos eran pertinaces.  Por un momento le pareció ver salir por el portón el carruaje con el féretro de su padre seguido de otros dos con dos ataúdes vacíos: uno blanco y diminuto, otro de caoba y herrajes dorados. 

Desde la ventana del dormitorio de invitados, oculta por las cortinas adamascadas, la joven esposa contemplaba el cortejo de caballeros que consolaban a Rafael de la muerte de su esposa, su hijo y su suegro. Toda la ciudad estaba conmocionada ante sucesos tan trágicos. La comadrona había hablado de un parto difícil. El niño venía de nalgas y con el cordón umbilical enrollado al cuello. La madre había perdido mucha sangre. Estaba muy débil y apenas podía empujar. De nada sirvió el afán que pusieron la comadrona y el médico por salvar sus vidas: a las seis de la tarde murió el niño y, dos horas más tarde, la madre. El indiano, traspasado de dolor, había sufrido una apoplejía y tres días después que su hija y su nieto dejó este mundo. Ésa era la historia que corría por la ciudad. Desde la ventana, con su hijo en brazos, la joven Gertrudis contemplaba el cortejo fúnebre impasible, con la mirada vacía y el corazón aletargado. Después de las lágrimas del día del parto, se le habían secado los ojos. Todo había sucedido muy deprisa y la invadía una sensación de irrealidad. 

Su padre no había sobrevivido a su relato. El temor a ser juzgado por su hija y el dolor por el rechazo de su yerno, que se negaba a ver a su esposa y a su hijo, acabaron con él. Y su muerte fue tan inesperada, que Gertrudis aún no era consciente de ella. A veces, la sobresaltaba el ruido de una puerta que se abría en el pasillo y le parecía ver su silueta recortada en el umbral del dormitorio de invitados donde la había confinado su marido. 

Cuando Rafael descubrió que la fortuna de su suegro no bastaba para cubrir las deudas que había contraído desde su llegada a España, sufrió un arrebato de furia que hizo temer a Gertrudis por su vida. Los gritos e insultos llegaron hasta los cuartos de los criados, que creyeron que el señor del Valle había enloquecido. Gertrudis aún temblaba al recordarlo. La acusó de intrigante, de manipuladora; de esconder bajo sus dulces facciones la mayor de las vilezas. Entre su padre y ella, afirmaba, lo habían atraído con mentiras haciéndole creer que era un buen partido y no la hija de una esclava. Gertrudis se quedó paralizada, sin fuerzas para defenderse de las injustas acusaciones. Ni siquiera protestó cuando le comunicó que había dispuesto para ella y el niño una casa a doscientos quilómetros de la ciudad con una criada y una nodriza para que los atendieran.

Clarisa y el mozo de la estación la miraban entre incómodos y temerosos. Gertrudis permanecía como una escultura de mármol ante el portón de la casa. Con los ojos en blanco y muy abiertos, las manos que, como garras, se crispaban en la falda. Solo un leve temblor en el labio superior indicaba que había vida en ella.

—Abuelita, ¿estás bien?

Gertrudis volvió en sí. Se adelantó presurosa y llamó a la aldaba. En su cabeza resonaban las palabras del telegrama: «Me muero. Quisiera verte». Cuatro palabras tan sólo la habían puesto en camino hacia el pasado. Se llenó de aire los pulmones y lo soltó poco a poco. Sentía que le fallaba valor para enfrentarse a Rafael. No lo había visto desde que abandonase la casa. 

Se volvió a su nieta y le dijo con dulzura:

—En esta casa nació tu padre.

Le cogió la mano entre las suyas y se las llevó a los labios. El portón se abrió y un anciano asomó la cabeza por detrás.

—¡Señorita Gertrudis! —exclamó en medio de un sollozo.

—Matías, ¿pero todavía vives?

El viejo criado de su padre suspiró. 

—¡Ay, señorita! Dios me ha guardado para poderla ver antes de morir.

—¿Y mi marido? —preguntó en un susurro, como si no quisiera que la oyera Clarisa.

—Don Rafael está muy malito. Día y noche pregunta por la señorita.

Gertrudis sacó unas monedas del bolsito y pagó al mozo adolescente antes de entrar a la casa. Le cegó la oscuridad del vestíbulo. Cuando se habituó a la penumbra, sus ojos se posaron sobre las paredes desnudas. Donde antaño colgaban valiosas pinturas, no se veían más que manchas claras. Ordenó a Matías que las llevara al dormitorio de invitados para refrescarse de la fatiga del viaje. Como si se arreglase para una cita, se cambió el vestido por uno de seda que sólo se ponía en las grandes ocasiones. Luego se empolvó la nariz y se dio un poco de carmín en los labios. 

Con un paso más decidido que su ánimo, enfiló el pasillo hasta su antigua habitación. Al cruzar el umbral, la acogió un fuerte olor a medicinas y a cerrado. No había más luz que la que proyectaba la vela de una palmatoria que, desde la mesita de noche, apenas iluminaba la cama en la que yacía Rafael. Por un instante, le pareció un muñeco, tan consumido lo encontró. Permanecía con los ojos cerrados, medio destapado y respirando con dificultad. Gertrudis quiso decir algo para llamar la atención pero de sus labios no salieron sino sonidos ininteligibles. Se acercó despacio y se arrodilló junto a la cama. Rafael abrió los ojos y le dirigió una mirada vidriosa como si no la hubiese reconocido. Movió los labios resecos y agrietados por la fiebre. Gertrudis acercó la cabeza hacia él y sintió el ardiente hálito en su oreja. Rafael se esforzaba en hablar pero apenas se le oía. La anciana le tocó los labios con suavidad para calmar la agitación del enfermo. Sus miradas se encontraron y, como movidos por la misma emoción, una lágrima se deslizó por un ojo de cada uno.



lunes, 7 de mayo de 2018

La plus que lente





IUn cóctel margarita.

   El Folies es un local pequeño, con no más de siete mesas, una barra y un exuberante ficus que entorpece el paso a los pocos clientes que se detienen a tomar una copa. El dueño, un francés cincuentón que llegó a España hace veinte años, se empeña en dar al local un toque de distinción y adorna sus paredes con antiguos carteles del Folies Bergére que cambia cada semana. Dice que los bellos rostros de las divas retratadas le ayudan a combatir los momentos de añoranza que a veces le acomenten. A este enamorado de la elegancia, le hubiera gustado poder contar con música en directo, pero no tiene espacio ni ingresos suficientes y ha de contentarse con un equipo de alta fidelidad de los años setenta que durante horas obsequia a sus pocos clientes con melodías tan dispares como las canciones de Johny Hallyday o las Gymnopédies de Satie. El Folies abre por las noches, de ocho a doce, pero pocos se animan a traspasar el umbral a pesar de los precios de sus combinados, por debajo de otros locales menos distinguidos. No obstante, tiene unos clientes fijos que buscan un rato de conversación con Gerald, el francés: un matrimonio de maestros jubilados, un oficinista del ministerio, tres amigas que se conocieron en un club de divorciados y poco más.

   Los fines de semana el Folies disfruta de mayor concurrencia. Entre las nueve y las once se reúnen en su barra los que salen de la sesión de las siete del cine Guerrero y los que esperan que dé comienzo la película de las diez. Los viernes, pasadas las nueve, llega ella, distante y ajena a la expectación que suscita en el francés. Es alta, muy alta, tanto que su cabeza sobresale por encima de la de la mayoría de los hombres. Lleva siempre vestidos blancos o negros de seda, sin mangas y con cuello barco, haga frío o calor; vestidos que se ajustan a su cuerpo sin formar ni una sola arruga; el talle alto y un pequeño volante en el bajo a juego con el sombrero que cubre sus cabellos de color caoba. En verano protege sus hombros del aire acondicionado con un mantón de Manila adornado con pavos reales bordados en miles de colores y en invierno cubre su vestido con una capa de terciopelo color guinda. 

   Gerald sospecha que ronda la treintena aunque el cabello recogido bajo la nuca la hacen parecer mayor. Suele aparecer cuando el Folies ya está lleno, como si quisiera esconderse entre la multitud, y elige una mesa. Siempre la misma; apartada en un rincón desde donde contempla a los clientes que entran y salen. A veces, encuentra ocupado su sitio. Cuando esto sucede, asoma a su rostro un gesto de estupor. Mira en derredor y se dirige a la mesa que hay junto al ficus: un lugar poco atractivo por encontrarse en la esquina más oscura del Folies pero que le permite observar a la concurrencia. Pese a encontrarse en territorio casi francés, la mujer pide un margarita. A Gerald no le importa esta pequeña herejía a su espíritu galo y él mismo se encarga de mezclar el tequila con el licor de lima, el zumo de limón, el azúcar y el hielo picado con la misma devoción que si fuera descendiente directo de Danny Herrera. 

   Y es que el francés siente predilección por la joven. En más de una ocasión ha sentido la tentación de dejar por una hora o dos su escrupulosa vigilancia del negocio y sentarse a su lado para entablar conversación. Pero en el último momento desiste intimidado por el aspecto distante y algo altanero de la joven. Hace nueve meses que se limita a contemplarla desde la barra, tras la caja registradora. Le fascina verla beber a sorbitos el cóctel. Sus manos son tan blancas y delicadas que parece como si apenas tocasen el cristal. Cuando más le gusta es en los momentos en que la sorprende mirando ensoñadora por encima de la copa y poco a poco, como si fuese el sol naciente, va asomando a sus labios una sonrisa. Entonces cambia el disco que esté sonando y pone para ella La plus que lente, de Debussy, que, piensa, le puede gustar. Y a las once, ni un minuto antes ni un minuto después, la ve partir con su andar candecioso. Sin despedirse de nadie, como si el Folies fuese un lugar encontrado al azar y no donde pasa dos horas las noches de los viernes.

   La joven no sólo despierta fascinación en Gerald. A menudo se acerca algún cliente solitario a su mesa. Ella se deja invitar mientras lo seduce con su mirada atenta. No hay nada que halague tanto a un solitario que ser escuchado por una bella mujer sabiéndose envidiado por otros solitarios y por más de un descontento con su pareja. Ella no suele hablar mucho y, como bien puede decir Gerald, todavía no ha llegado quien le haya podido arrancar una palabra de su vida. Nadie conoce dónde vive, ni qué hace. Si está sola o las noches de los viernes le sirven de excusa para escapar de una existencia anodina. 

   El francés, que presume de romántico, está convencido de que la joven sufre mal de amores; que por esos mundos vive un desaprensivo que le arrancó el corazón para luego abandonarla. Cuántas noches permanece en vela imaginando que se convierte en el galán que le hace olvidar sus desdichas. Gerald no se tiene por un seductor. Le molesta su nariz larga, gruesa y colorada. Le molesta su barriga que, en los últimos años, ha crecido tanto que a veces duda que sea suya. Le molesta sus manos grandes y gordezuelas, tan poco propicias para acariciar la fina piel de la joven. Y, sin embargo, ¿quién mejor que él para hacerla feliz? Se le van las horas imaginando largas conversaciones en el Folies mientras los clientes se van marchando al compás de las notas de Debussy. Pero no puede evitar tener miedo; miedo a que llegue otro más atractivo que él y se la lleve.

  Y una noche ocurre lo que más teme.

  A las ocho, antes de que haga su aparición la joven, entra en el Folies un hombre ataviado con un traje color crema. Va directo a la barra, escala un taburete y pide una copa de vino blanco que, tras un sorbo, deja sin tocar sobre una mesa. Parece absorto en sus pensamientos, alejado de la concurrencia que cada viernes llena el local. Inclina la cabeza a un lado y permanece escuchando la voz interior que parece martirizarlo. 

  A las nueve y cuarto la silueta de la joven se recorta en el umbral de la puerta. Camina con lentitud hacia su rincón favorito. A medio camino se detiene. Una pareja departe alegremente en la mesa donde suele pasar la noche de los viernes. Mira hacia la otra esquina pero también allí le han arrebatado el sitio. Gerald, que no le quita ojo, sale a su encuentro y le ofrece otra mesa junto a la del desconocido del traje color crema. Para compensarla de las molestias, la invita a un cóctel, que le deja con una rosa roja. Ella lo obsequia con una sonrisa que el francés, con la emoción, olvida devolver. Luego regresa a su puesto, detrás de la caja registradora, a contemplar cómo la joven degusta con deleite su margarita.

  A las diez menos cuarto, entra en el Folies un grupo de siete japoneses. Gerald los mira con extrañeza. ¿Qué hacen esos turistas tan lejos del centro de la ciudad? Les busca acomodo como puede junto al ventanal del pequeño local. Ha de unir dos mesas para que puedan sentarse todos juntos. Durante unos minutos se arma un revuelo. Le ruega a una pareja que se levante un momentito y mueve hacia la puerta las sillas y el velador. El escritor frustrado lo ayuda en su tarea y un señor maduro coge un vaso de otra mesa vacía un instante antes de que se pueda caer al suelo. Cuando al fin termina de colocar a los japoneses y de servirles una cocacola, se acuerda de Debussy. Se aproxima al viejo tocadiscos y hace sonar La plus que lente. Sólo entonces se vuelve y la ve conversando animadamente con el desconocido del traje color crema.

  No puede evitar sentir un pellizco en el corazón. No sabe por qué. El hombre del traje color crema no es el primero que la entretiene con su charla. Pero éste le parece distinto. Le habla en susurros sin que parezca que haya jactancia en sus palabras. El francés está demasiado alejado para oírlo pero intuye que lo que dice el hombre del traje color crema no resbala sobre la joven, como ocurre otras veces. Ella inclina la cabeza hacia delante para escuchar mejor y, de tanto en tanto, le dice algo al oído. 

  El reloj anuncia las once y la joven no se levanta. Ni se despide con displicencia de su admirador ocasional. El hombre del traje color crema pide la tercera copa de vino; la tercera margarita. Se acomoda en su asiento dispuesto a escuchar a la joven. Ella, por primera vez desde que la conoce Gerald, lanza a rodar su lengua; comienza a hablar con avidez como queriendo recuperar todos los meses que ha permanecido callada. Gerald la ve reír con ganas; la ve gesticular; la ve colocarse con coquetería un mechón rebelde por detrás de la oreja. La ve a pocos metros y nunca tan alejada. El reloj anuncia las once y media, las doce, las doce y media. Y ella no se marcha. El reloj anuncia la una, las una y media, las dos. Y ella no se mueve, absorta en las palabras del hombre del traje de color crema. El reloj anuncia las dos y media, las tres. Y ella no se va y los clientes se despiden del francés con la voz dormida. Y Gerald no se atreve a cerrar el Folies.

  A las cuatro de la mañana, ya no quedan más que ellos y el francés en el Folies. La joven mira su reloj de pulsera, se ruboriza y se levanta de su asiento visiblemente alarmada. Da una vuelta alrededor de la mesa hasta que encuentra su bolso y el mantón de Manila adornado con pavos reales bordados en miles de colores. Le dice algo en voz baja al hombre del traje de color crema y enfila hacia la puerta. Él la coge del brazo y sale con ella a la calle. Gerald siente una opresión en el pecho que no sabe si es debida al cansancio o al presentimiento de que aquélla es la última noche que verá a la mujer.


II. Artemisa.

  Ángela llevaba tres años trabajando para Artemisa. Había aceptado el trabajo por desesperación, después de meses sin encontrar un empleo. Iba a ser una situación provisional. Ella era peluquera y cuidar a una nonagenaria no era lo que más le apetecía. Pero en aquel momento la salvó de la indigencia o quién sabe si de algo peor. Era un trabajo que le ahorraba gastar sus míseros dineros en alojamientos aún más míseros que, en la mayoría de los casos, debía compartir con otras chicas, no muy amistosas, por cierto. Allí tenía una habitación con su cuarto de baño para ella sola, por no decir la casa entera, que nadie más que ella disfrutaba.

  Al principio, sus funciones se limitaban a hacer compañía a Artemisa, escuchar las miles de historias de sus años como actriz figurante en el teatro Apolo. A la anciana se le iban las horas ante tres álbumes de fotos en los que posaba con los galanes de los años cincuenta y sesenta: Alberto Closas,  Paco Rabal, Arturo Fernández…

  —Ésta me la hice en el estreno de Historia de una escalera  —decía—. Aquí estoy con Gabriel Llopart y don Antonio. Mira, mira, ¿no te parece guapísimo Gabrielillo?

   Antes de que Ángela tuviese tiempo de responder, Artermisa se incorporaba ligeramente de su sillón y señalaba con el dedo el armario.

  —Anda, rebusca por ahí, que tengo un vestido de seda blanco que termina en un volantito color melocotón. Busca, busca.

  En medio de un caos de boas de plumas, zapatos de tacón fino, sandalias plateadas y lentejuelas, aparecía el vestido envuelto en una funda de la tintorería. Artemisa lo sacaba con cuidado del plástico y se acariciaba con él la mejilla.

  —¡Ayúdame a ponérmelo! —ordenaba como una niña caprichosa—. Seguro que todavía me vale. No he engordado ni un gramo desde los veinte años.

  Ángela la miraba no sin cierta piedad. La bella actriz de las fotografías se había convertido en una anciana pequeñita y consumida. Pero, para no decepcionarla, ponía todo el empeño en su arreglo. Como había visto ver a su madre, que era modista, le ajustaba el vestido con imperdibles, con cuidado para que no perdiese el equilibrio.

   —Ahora hazme un moño italiano con esas manos prodigiosas que tienes, hija.

   Ante el espejo del tocador, Ángela moldeaba los cabellos que ella misma había teñido de blanco azulado. Después, le maquillaba los ojos y le daba carmín en los labios con un pincel fino.

  —Ha quedado bellísima —le decía con verdadera admiración—. Lista para acudir al último estreno de Almodóvar.

  —¡Puff! —bufaba la anciana con desprecio—. Ése tan vulgar no merece un vestido tan especial.

  Acababan las dos riéndose como traviesas adolescentes. Y daban un paseo alrededor de la manzana.

  Con el transcurso de los meses, Artemisas se fue volviendo más frágil. Por las mañanas le costaba levantarse y había que cogerla del brazo en sus paseos vespertinos. Llegó un día en el que no se sintió con fuerzas para jugar a ser una diva pero el miedo a perder la ilusión le hizo inventar un nuevo divertimento:

  —Busca el vestido negro con pedrería, hija, y póntelo para que vea cómo te queda.

  Ángela lo tomó en sus manos como si fuese un paño sagrado. No se atrevía a desdoblarlo. Una cosa era vestir a Artemisa y otra llevar ella semejantes joyas.

  —¡Venga, venga! ¿A qué esperas? Quiero verte con él.

  Un acceso de tos le cortó la palabra. Ángela, asustada, se arrodilló junto a ella con el vestido todavía sobre el brazo. Artemisa negó con la cabeza y le pidió un vaso de agua, que bebió a pequeños sorbos. Cuando se repuso, volvió a insistir en que se pusiera el vestido. La joven accedió temiendo que, si la contradecía, la anciana sufriera algún ataque más grave.

  —Recógete el pelo en un moño bajo, que a ti no te pueden quedar bien los italianos.

  La joven se dejó guiar. La suavidad de la seda al deslizarse por su piel la hizo estremecer. Descalza sobre la alfombra dio tres vueltas sobre sí misma. Se contempló en el espejo y se sobrecogió al verse vestida para un cóctel que nunca iba a asistir.

  —Estás bellísimas, lista para que un apuesto caballero te invite a un margarita.

  Las palabras de Artemisa la devolvieron del mundo de los sueños. Se quitó con apresuramiento el vestido y se arrodilló junto a la anciana escondiendo el rostro en su regazo.

  Aquel nuevo juego, que se repitió las tardes siguientes, siempre acababa con unas horas en las que Artemisa se dejaba llevar por la melancolía. Por su memoria pasaban los amores perdidos, las amigas que murieron, la madre que sólo conoció en fotografías... Ángela la escuchaba embelesada añorando unos tiempos que nunca había vivido ni viviría jamás. La escuchaba hasta que el cansancio vencía a la anciana y había de llevarla a la cama en brazos.

  La fragilidad de Artemisa se iba acentuando con los días. Ángela dejó de consultar los anuncios por palabras en busca de otro empleo. El miedo a que pudiese sucederle alguna desgracia a la anciana era más fuerte que sus deseos de retomar su vida de peluquera, de sus sueños de encontrar un amor como los que le contaba la anciana.

 —Una vez conocí al Marahá de Kapurthala que quería convertirme en su esposa —le contaba a Ángela, que no sospechaba que aquélla era la historia de otra—. Pero yo preferí a un trompetista que conocí en una verbena y que hacía el amor como nadie.

  Las historias de la anciana eran una miscelánea de realidad y fantasía con las que Ángela construía luego sus sueños. Se asomaba al balcón y escrutaba los rostros de los viandantes en busca del príncipe que la convirtiese en una nueva Artemisa.

 Un viernes la anciana se fue a dormir a las siete de la tarde. Su respiración más y más débil la obligaban a hacer uso de un aparato que entorpecía su descanso. La noche cayó temprano y la casa se llenó de ruidos extraños. Ángela se contagió de la soledad que aquejaba a su señora y, para sacudirse de ella, se coló en la habitación de los recuerdos. Fue sacando uno a uno los vestidos hasta que dio con el que más le gustaba. Cuando se lo probó ante el espejo, no pensaba sino en matar el hastío; mas, al verse transformada en otra, cogió el mantón de Manila bordado con pavos reales de miles de colores y, presa de una renovada euforia, salió de la casa.

III. Ángela

   La noche, con sus luces artificiales, parece haber vestido de gala las calles. Ángela deja que sus pies la lleven sin decirle adónde. Será sólo un momentito, piensa. Artemisa no tendrá tiempo de echarla de menos. A medida que se aleja de la casa, crece su euforia. Se cruza con una pareja de enamorados. Van tan absortos en su abrazo que están a punto de tropezar con ella. Apenas susurran una disculpa que más parece un reproche. Pero Ángela no se siente ofendida. La alegría se va haciendo dueña de la joven.

  Su caminar azaroso la lleva a una puerta verde. Damas elegantes acompañadas de caballeros apuestos cruzan el umbral. Ángela eleva los ojos hasta el cartel: Folies. Suena como los sitios que aparecen en las historias de Artemisa y ello la decide a entrar. Avanza entre la gente hasta un rincón donde parece esperarla una mesa solitaria. El hombre que está detrás de la barra se acerca a ella y le da la bienvenida. Ángela se acuerda de los cócteles margaritas de los que tanto habla Artemisa y pide uno convencida de que le ha de gustar. Cuando se lo trae, lo degusta poco a poco mientras recorre con su mirada las mesas imaginando las historias de quienes pasan la noche en el Folies.

  De pronto, se acuerda de Artemisa y el miedo a que le haya pasado algo en su ausencia atenaza su garganta. Llama al camarero y pide la cuenta. Mira el ticket con extrañeza. Creía que le iba a costar más caro su cóctel margarita. Paga y deja una propina casi tan elevada como el precio de su consumición. Sale con apresuramiento y se promete no volver. Cuando llega a casa, Artemisa duerme como un bebé. Ángela comprueba el funcionamiento del respirador y la besa en la mejilla.

  Pero no es capaz de cumplir su promesa. A partir de entonces, la semana se le pasa contando los minutos que la separan del Folies. Le gustaría poder hablar de ello con Artemisa, describirle la música que vuela entre las mesas hasta acariciarle el corazón; los caballeros elegantes que se acercan a ella con halagos e historias seductoras. Le gustaría poder hablar de ello con Artemisa pero no se atreve. ¿Cómo decirle que le coge los trajes que guarda con tanto mimo?, ¿su mantón de Manila bordado con pavos reales de colores?, ¿sus zapatos de charol? Le gustaría hablar de ello con Artemisa pero no se atreve. Teme que la anciana se enfade, que se sienta decepcionada con ella y la expulse de su casa. Por eso permanece en silencio a pesar de que le gustaría contárselo todo.

  A veces, azuzada por la culpa, se promete no volver. Pero siempre rompe su promesa. Cuando llega el viernes, su corazón salta de dicha. Las horas se enlentecen y alargan la impaciencia. A las siete deja a Artemisa en su cama y se despide de ella con un beso en la frente. Se arregla con esmero como le ha enseñado la anciana y sale con el paso contento hasta el Folies. Es cierto, que en ocasiones, mientras la agasaja algún caballero, la asalta la angustia. ¿Estará bien Artemisa? Por eso nunca se permite permanecer en el Folies más allá de las once.

  Pero una noche conoce al hombre del traje color crema, su marahá de Kapurthala, que la envuelve con seductoras palabras. Ángela hace suyos los recuerdos de Artemisa y le cuenta que es una actriz figurante del Apolo; que estuvo enamorada de un tompetista que conoció en una verbena y murió llevándose con él su dicha. La noche camina  rauda y ella olvida mirar el reloj. Se bebe un margarita tras otro embriagada con sus propias historias: las historias de Artemisa. Por un instante la sensación de irrealidad le hace creer que está soñando.

  De pronto, se acuerda. Mira el reloj. Son las cuatro de la mañana. El corazón le da un vuelco. Deja caer la mirada por el local. Ya no queda en el Folies sino el dueño, un francés gordo y pelirrojo que siempre se muestra atento con ella. Una gota de sudor se desliza por la espalda. Mira a su alrededor en busca del bolso, el mantón de Manila bordado con pavos reales de colores. Se acerca al hombre del traje color crema, le susurra al oído una apresurada despedida. Y enfila hacia la puerta. Alguien la toma del codo y ella se sobresalta. Se vuelve. El hombre del traje color crema se ofrece a llevarla en su coche y Ángela, tras un instante de duda, acepta.

  No son aún las cuatro y media cuando Ángela abre la puerta de la casa de Artemisa. Los latidos del corazón le golpean el pecho con saña tras subir las escaleras en una acelerada carrera. El vestíbulo está a oscuras y un silencio nada acogedor le da la bienvenida. Todavía resuena en sus oídos la melodía al piano del Folies. Ángela se descalza para que los tacones sobre la tarima no delaten su salida clandestina y se dirige de puntillas a la habitación de la vieja actriz. 

  Artemisa parece dormir. Ángela se acerca a la cama para colocarle sobre la almohada la cabeza, que le cae a un lado; pero, antes de llegar, la luz de la luna que entra por la ventana le señala con un dedo la extraña mueca de la anciana. Un escalofrío le recorre la columna cuando ve la boca torcida y los ojos abiertos con espanto.

  Unos meses más tarde, se abre el testamento de la antigua actriz de reparto del Apolo. A falta de familia, amantes y amigos vivos, le deja sus bienes a Ángela, que le devolvió la alegría en los últimos años. No es una gran fortuna pero acaba con los problemas de la joven. Ya no le urge encontrar un empleo que dejó de buscar por cuidar a Artemisa. Tiene para ella la casa, los trajes, las joyas y los álbumes de fotos. Pero es incapaz de verlos. Ante sus ojos solo se le presenta el gesto de espanto de Artemisa y la culpa. Si aquella noche no hubiera salido, la vieja actriz no hubiese muerto en soledad. Nadie la persuade de que abandone su encierro. Nadie la persuade porque a nadie conoce. Y deja pasar los días, los meses, los años. Solo en sueños le parece oír una melodía al piano. Ella no lo sabe. Es La plus que lente de Debussy.



jueves, 3 de mayo de 2018

Old Tjikko








  Aquel verano no fuimos a la playa. La salud siempre delicada de mi abuela había empeorado y mi madre no quería alejarse de su lado. Yo acababa de cumplir trece años y tenía por delante más de dos meses de aburrimiento en una pequeña ciudad de provincias que se vaciaba de jóvenes en cuanto comenzaba la temporada estival. Recuerdo los primeros días de julio como una sucesión de horas que se alargaban mientras trataba de matar el tiempo jugando al futbolín con el dueño del bar o recorriendo las calles en bicicleta.

  Precisamente en uno de estos vagabundeos me encontré con el Old Tjikko: un descapotable negro, con la silueta de un árbol dibujado en el capó. No pude resistir sus faros redondos que me miraban desafiantes, coquetos. Me aproximé atraído por sus líneas sinuosas y, como no vi a nadie cerca, salté por encima de la portezuela para apoderarme del asiento del conductor. ¡Oh, qué gozada! Desde allí cualquiera se hubiese sentido el dueño del mundo. Acaricié el volante, del color y la suavidad del marfil, el salpicadero de madera de nogal, y las letras doradas junto al cuentakilómetros que conformaban dos palabras: Old Tjikko.

  —¡Eh!, ¿qué haces ahí, chico?

  Me volví avergonzado. Una mujer corría hacia el coche desde la casa mientras me increpaba.

  —¡Baja del coche si no quieres que llame a la policía!

  Cuando llegó junto al descapotable, abrió la portezuela invitándome a bajar, pero yo no me moví. Me sentía paralizado. La mujer semejaba la protagonista de una de esas películas que ponían los sábados por la noche en el Rialto. Debía de rondar la cuarentena pero no se parecía en nada a mi madre ni a sus amigas. Ni siquiera tenía nada que ver con las jóvenes que solían pasear por la plaza los días de fiesta. Llamaban la atención sus pantalones minúsculos, que dejaban al descubierto unas piernas largas y esbeltas: unos pantalones naranjas a juego con los zuecos de charol y la diadema de seda que mantenía en orden la melena exuberante de bronce. La mujer, al hablar, esbozaba círculos en el aire con un cigarrillo extralargo que llevaba encendido en la mano izquierda. Todo un escándalo en aquellos años en los que solo fumaban los hombres y hasta las chicas más jóvenes lucían recatadas faldas que les llegaban por debajo de la rodilla.

  —¿No me oyes o eres tonto?

  El elevado tono de voz revelaba su enfado. Farfullé unas palabras a modo de disculpa, antes de salir del coche, y enfilé la avenida en la bicicleta sin atreverme a mirar hacia atrás.

  Durante tres días viví la ansiedad de los deseos insatisfechos. No podía quitarme de la cabeza el descapotable y a su dueña. Me imaginaba conduciendo el Old Tjikko y llevando a mi lado a la hermosa mujer de los zuecos naranjas: fumando yo también cigarrillos extra largos mientras la seducía con mi conversación subyugadora. No fueron menos de diez las veces que dejé que el azar o mis anhelos me condujeran hasta su casa. Medio oculto por la sombra de un kiosco, pasaba el tiempo admirando el flamante vehículo y, ¿por qué no decirlo?, esperando que apareciera la bella desconocida. Pero desde mi escondite solo podía ver cómo entraban y salían del portal unos caballeros que, al igual que ella, tampoco parecían de la ciudad. Muchas veces, en mis paseos, creía atisbar, doblando la esquina de alguna calle, el morro del flamante descapotable del árbol dibujado en el capó. Entonces el corazón emprendía el vuelo en un vano intento por salirse del pecho.

  Una tarde la bella desconocida pasó a mi lado en el Old Tjikko mientras tomaba la calle que llevaba a la autopista. Si me vio o no detrás de los cristales oscuros de sus gafas de sol todavía es un misterio para mí. La seguí pedaleando a toda velocidad hasta que un perro se cruzó en mi camino y hube de frenar mientras el descapotable se perdía a lo lejos. Estuve esperando su regreso sin moverme de mi puesto junto al kiosco hasta que, entrada la noche, me marché decepcionado. 

  Al día siguiente, mientras acechaba de nuevo la puerta de su casa, la bella desconocida vino a mi encuentro.

  —¿Cómo te llamas? —me preguntó después de tenderme un cigarrillo.

  —Daniel —contesté en voz tan baja que ni yo me oí.

  Arrojó su cigarrillo al suelo y lo pisó con unos zuecos amarillos de charol. Luego me dirigió una mirada cargada de impaciencia.

  —¿Cómo? Es igual. ¿Te gustaría ganarte unos duros? Quiero cambiar de sitio los muebles del salón y yo sola no puedo moverlos.

  No esperó mi respuesta sino que enfiló hacia la casa y, antes de entrar, se volvió hacia mí.

  —¡Venga! ¿A qué esperas? —Hizo una pausa teatral, quién sabe si para impresionarme—. ¡Ah! Me puedes llamar Ginebra.

  Así encontré mi primer empleo. A espaldas de mis padres pues la intuición me decía que no les iba a gustar la atractiva Ginebra.

  Durante una semana estuve trasladando a su capricho unos muebles que hablaban de un mundo de lujo alejado de lo que estaba acostumbrado a ver en mi pequeña ciudad. Antes del tercer día, ya me había convertido en su chico de los recados. Lo mismo la ayudaba a poner orden en la correspondencia que le traía del kiosco el último número de Sábado Gráfico. Es cierto que tenía una criada, Felisa, y un hombre que le servía a media tarde una copa de jerez; pero era a mí a quien le gustaba tener cerca para mandarme los más insólitos quehaceres. Cada mañana montaba en mi bicicleta después de decirle a mi madre que me esperaba un amigo imaginario y no regresaba hasta la hora de la cena. Supongo que los dioses estaban de mi parte; que la preocupación de mi madre por la abuela le impedía descubrir las mentiras que le contaba cuando llegaba entrada la noche.

 Mientras tanto, me desvivía por cumplir los deseos de Ginebra. Me es imposible describir la emoción que me embargaba si me pedía que la acompañase en el Old Tjikko a hacer alguna compra. Sentado a su lado en el descapotable, me dejaba arrebatar por la euforia cuando una ráfaga de viento traía el aroma a mandarina de su perfume o mis ojos caían sobre sus zuecos de charol.

  Todo en Ginebra me parecía un enigma. Cuando no me quería a su lado, buscaba cualquier excusa para estar cerca de ella al acecho de sus movimientos. Pero eran los hombres que solían visitarla los que despertaban en mayor medida mi curiosidad: unos caballeros distinguidos que olían casi tan bien como ella. Solían llegar a principio de la tarde y encerrarse con Ginebra durante horas en sus habitaciones privadas. No eran raras las veces en que aún permanecían dentro pasadas las diez de la noche cuando, cansado de esperar, finalizaba la jornada y regresaba a mi casa. Hubiese querido tener valor preguntarle a Felisa por los misteriosos invitados, pero su ceño fruncido detenía cualquier atrevimiento, de modo que espiaba la puerta cerrada con el mismo celo con que semanas antes vigilaba el Old Tikki.

  Un día permanecí en la casa más allá de medianoche olvidando a mis padres y empeñado en averiguar más de los huéspedes de Ginebra. Apagué las luces del salón menos la de una lámpara de mesa cuya luz tenue apenas iluminaba un rincón. Sentado sobre la alfombra y oculto por las sombras, seguía la línea de claridad que se colaba por debajo de la puerta mientras me venía el sonido de carcajadas. No era tan ingénuo para no intuir lo que sucedía en el dormitorio de Ginebra, pero tal conocimiento no me impedía sentirme intrigado. 

  Debí quedarme dormido y, a eso de las una, me despertó el chirrido de la puerta. El hombre y Ginebra pasaron muy cerca de mí pero no me vieron, absortos en la conversación. No moví un músculo ni respiré siquiera temiendo ser descubierto. Sabe Dios lo que hubiese hecho Ginebra de haberme encontrado allí. Atravesaron el salón y se perdieron en el vestíbulo. Yo me escondí detrás del sofá. Los minutos hasta su regreso se me hicieron horas; la espera acrecentaba mi inquietud por no poder escaparme. Hacía mucho tiempo que debía estar en casa y empezaba a temer el enfado de mi padre. 

  Por fin se recortó la silueta de Ginebra bajo el dintel de la puerta. Atravesó el salón y, cuando entró en su dormitorio, salí de mi escondite.

  —¿Te apetece jugar conmigo? —Oí a mi espalda.

  No me atreví a volverme. Tampoco la oí llegar. Me estremecí cuando su mano acarició mi nuca y bajó por la espalda hasta rozarme la pierna: una extraña sensación entre dolorosa y placentera. Luego me tomó por el brazo y me condujo hasta su habitación. Me ahorro los detalles de mi primera experiencia amorosa. Estaba tan asustado que las ganas de huir se llevaba cualquier atisbo de deseo. Un pensamiento me venía a importunar: mis padres no sabían nada de Ginebra y hacía horas que me esperaban. En varias ocasiones traté de decirle que debía irme pero mi amante no me escuchaba. Jugó a su antojo con mi cuerpo, con mi miedo, hasta las tres de la madrugada, cuando me dejó libre.

  Al llegar a casa, no encontré el coche de mi madre en el garaje. Por un instante, pensé que habían salido en mi busca, pero recordé que mis padres tenían pensado cenar fuera aquella noche. Aliviado me colé por la ventana de la sala, que nunca se cerraba en verano, y llegué a mi habitación convencido de que nadie se había percatado de mi tardanza.

  A la mañana siguiente, permanecí en la cama despierto hasta el mediodía. Mis pensamientos daban vueltas en la cabeza y me llenaban de desasosiego. Tan pronto me espoleaba el anhelo por reencontrarme con Ginebra como me acuciaba el miedo a verla de nuevo. Era tanta la ansiedad que no me hubiese movido nunca de mi habitación de no haberme sorprendido el sonido del claxon del Old Tjikko aparcado bajo mi ventana.

  Bajé las escaleras hasta el portal de dos en dos sin prestar oídos a mi madre, que me rogaba que no me fuera. Salté por encima de la portezuela del descapotable y me senté junto a Ginebra, que, volando, me condujo hasta su casa. 

  Durante dos días no salimos de su dormitorio. Cada caricia suya extraía una melodía de zonas de mi piel que hasta entonces desconocía y sus besos enardecían mis sentidos hasta embotarlos. En ese tiempo, olvidé que tenía unos padres que no sabían dónde estaba. Olvidé que la vida seguía más allá de aquellas cuatro paredes.

  El tercer día la policía se presentó en la casa. Rodearon el jardín y entraron en la habitación cuatro agentes. Uno de ellos le puso unas esposas a Ginebra; otro me ayudó a vestirme y me empujó hasta la calle, donde me esperaba mi padre. 

  Aquella fue la última vez que vi a Ginebra. 

  En septiembre mis padres me internaron en un colegio. A mi encierro no llegaban más que alguna noticia desperdigada del exterior y, hasta años después, no supe del juicio que condenó a Ginebra, una prostituta de lujo, por perversión de menores. Ni supe del escándalo que armó la prensa cuando se descubrió que no había sido el primero al que inició en las artes amatorias.

  Han transcurrido casi cincuenta años desde entonces. Mis padres hace tiempo que fallecieron. Yo vivo lejos de la ciudad con Jimena, mi esposa. Debo decir que nunca he sido tan feliz como ahora que mis hijos ya son mayores y tenemos todo el tiempo para nosotros. Sin embargo algunas veces creo vislumbrar la silueta de un descapotable. Entonces el corazón palpita a toda prisa y a mí se me escapa un susurro: Old Tjikko, Old Tjikko.


Relato participante en la semifinal del Toeneo de Escritores de Tus Relatos


lunes, 9 de abril de 2018

Al otro lado del seto







   Sofía y yo nos conocíamos desde niñas. El chalé de sus padres y el de los míos estaban separados por un seto de arizónicas cuidadosamente recortado que pronto aprendimos a saltar subiéndonos a las ramas del cedro de su jardín. A mí, hija única acostumbrada al orden y el silencio, me encantaba el barullo de aquella casa de ocho niños en donde cada uno iba a su aire sin que nadie lo regañase porque se hubiera olvidado la merienda o luciese un enganchón en el jersey. Sofía era la cuarta o la quinta de los hermanos y nadie le prestaba demasiada atención, de manera que se me pegaba todo el día en busca de los delicados mimos que nos prodigaba mi madre y los cuencos de leche merengada que hacía la abuela Julia, que vivía con nosotros.

   En cambio yo prefería los juegos en su casa. Y eso a pesar de que era poco probable que no saliera de ellos malparada con un arañazo en la pierna, las coleta deshecha o la cara cubierta de manchurrones. Nada más desayunar, emprendía una carrera hacia aquella casa fascinante. Mi querida amiga me esperaba en su habitación para que le dejara mis ropas y mis zapatos mientras ponía a mi disposición su pequeño vestuario. Así ataviada con los trajes de Sofía, me creía una más de la familia, con derecho a mezclarme en sus peleas, bañarme en su piscina ovalada, jugar con la Nancy de Cristina o dejarme hacer rabiar por Manuel.






  Manuel tenía diez años más que nosotras y, desde muy niñas, lo teníamos como nuestro héroe. Recuerdo ese tiempo que precede a la adolescencia, cuando nos escondíamos en el jardín para verlo llegar en su Ford Fiesta rojo llevando de copiloto alguna de sus innumerables novias. ¿Cómo describir nuestra fascinación al ver aquellas chicas de altos tacones y minifaldas de colores ácidos? Amarillo limón, verde menta, naranja efervescente. A cada una la teníamos el nombre de una actriz: Demi Moore, Michelle Pfeiffer, Marisa Tomei, Kelly McGillis... Con trece o catorce años, nos escondíamos en el dormitorio de mamá y, ante el espejo de cuerpo entero, improvisábamos disfraces que nos hacían creer que éramos las bellas novias de Manuel.

   Cuando comencé Pedagogía, dejé de ir a la sierra. En la universidad gente distinta difuminó en mi memoria los contornos de la familia que vivía al otro lado del seto. Me integré en una pequeña compañía de teatro que organizaba representaciones para los niños hospitalizados en San Rafael. Durante cinco años me sentí embebida por aquellos jóvenes bohemios capaces de hacer olvidar la enfermedad a pequeñajos de ojos enmarcados de líneas violáceas; y medio me enamoré de un actor incapaz de pasar más allá de segundo de Políticas pero que con un solo guiño se ganaba la admiración eterna de pacientes, padres y doctores.

  No volví a la casa de la sierra hasta el último verano de la carrera. Me habían quedado dos asignaturas pendientes para septiembre y, en mi afán por comenzar cuanto antes a trabajar, no quería arriesgarme a volverlas a suspender. Le pedí a mis padres las llaves de la casa y me encerré en su jardín rodeada de libros y apuntes. Nada más llegar, me sobrecogió el silencio. Me asomé al otro lado del seto y me causó un extraño efecto verla cerrada, con el aire de una gran señora dormida. En los años en los que no había vuelto a la casa de la sierra, solo había visto a Sofía alguna noche bailando en Green y otra vez en Honki Tonk durante un concierto de Modestia Aparte. No habíamos hablado mucho entonces, lo justo para enterarme de que tampoco su familia había vuelto a la casa de la sierra.

  El abandono de aquella casa que siempre había visto llena de niños me causaba una extraña tristeza. Para no contagiarme de su melancolía, procuraba sentarme dejando a mi espalda el seto que la separaba de la mía y el cedro donde solíamos subirnos para saltar de un jardín a otro. 

  Una tarde, me quedé adormecida mientras trataba de memorizar una lección arrullada por la melodía de la fuentecilla que adornaba nuestro césped. Me despertó sobresaltada el rugido de un coche al otro lado del seto. Me asomé y solo tuve tiempo de ver el maletero de un Seat Toledo blanco que se escondía por la cuesta que bajaba hacia el garaje. En poco tiempo, se abrieron las ventanas y toda la manzana de llenó de las canciones de Deacon Blue.

  Me así a una de las ramas del cedro que sobresalía por nuestro jardín y, como hacía de niña, salté al otro lado del seto. Seguí el sendero que conducía a la terraza y rodeé la casa hasta la puerta de la cocina.

   —¡Hola! —grité—. ¡Hola, soy yo, Yolanda!

   Me adentré en la casa extrañada de no tropezarme con un puñado de niños con las manos pringosas de Nocilla.

  —¡Hermanita! —Oí al otro lado del pasillo—. ¡Hermanita!

  Manuel salió del baño de huéspedes con una llave inglesa en una mano y un destornillador en la otra. Me dio un abrazo osuno y me tiró de la coleta, como solía hacer cuando era niña. Hacía unos ocho años que no lo veía pero era como si se hubiera quedado prendido en el tiempo. Debía de tener treinta y cuatro años y estaba esplendoroso.

   —Se ha roto la tubería de la ducha y mi padre me ha enviado para que la arregle.

   En mi memoria guardaba el recuerdo de un Manuel que no podía pasar por debajo del dintel de las puertas sin inclinar la cabeza. Pero el hombre que tenía frente a mí no era mucho más alto que yo. 

   Volvió conmigo a la cocina y sacó de la nevera unas latas de cervezas. Durante media hora me puso al día de las andanzas de sus hermanos. Emilio se había ennoviado con una hippy de pelo azul, Cristina era una ejecutiva de una multinacional... En unos momentos, hechizada por sus palabras, me pareció que la casa se llenaba de nuevo con los gritos y risas de antaño. ¿Cómo era posible que hubiera estado alejada de la casa de la sierra sin percatarme de cuánto echaba de menos aquella familia?

   El encanto se rompió con el estridente sonido del claxon de un coche.

   —¡Ah! —exclamó—. Lo había olvidado. Le he pedido a mi amigo Alfonso que venga a echarme una mano. Creo que tú lo debes de conocer. Solía invitarlo a pasar unos días en verano.

   Estaba tratando de encontrarlo agazapado en algún rincón de mi memoria cuando una silueta se recortó en el umbral de la puerta que daba al jardín. Manuel hizo las presentaciones y en unos minutos, desapareció el encanto de la casa. Permanecí unos instantes para no parecer descortés antes de regresar a mi casa y dejarlos enfrascados en una discusión sobre un partido de baloncesto.

   Durante aquel día, me mecieron las canciones de los años ochenta que volaban desde el otro lado del seto. Al caer la noche, me invitaron a unirme a la cena que habían improvisado en el porche con unas cuantas latas que la madre de Sofía solía guardar en la despensa. No recuerdo de aquella velada sino que bebimos tanto vino que, al día siguiente, la resaca me impidió saber cuándo mis vecinos abandonaban de nuevo la casa. 

   Después de finalizar mis estudios, estuve enviando mi currículum a todos los centros de enseñanza de Madrid pero solo encontré trabajo en una boutique de ropa infantil cuya dueña era amiga de mi madre. Se trataba de un trabajo cómodo de nueve de la mañana a cinco de la tarde, con dos horas de descanso a mediodía que aprovechaba para tomarme un sándwich y perderme por las callejuelas del barrio. En uno de estos vagabundeos, me topé con una galería de arte que anunciaba una exposición. «¿Te gusta la pintura prerrafaelita? Pues entra y contempla», rezaba un cartel a la entrada. Me intrigó que la Hermandad hubiera recalado en aquel rincón de Madrid y me colé dispuesta a dejarme seducir por Waterhouse, Millais, Burne-Jones o Rossetti. 

   La galería no era muy grande: solo dos salas en las que se exponían unos cuadros desconocidos para mí. La pintura prerrafaelita me era muy querida porque mi padre guardaba en su despacho una colección de facsímiles y de niña me gustaba inventarme historias sobre ellos. 

   Cogí un catálogo de una mesa de metracrilato y lo abrí por la primera página. El pintor de aquellos cuadros no era ningún inglés de la época victoriana sino un español que imitaba el estilo de los prerrafaelitas. No pude reprimir una sonrisa al comprobar la trampa publicitaria del galerista. Aún estaba leyendo las reseñas de los cuadros, cuando oí que alguien pronunciaba mi nombre a mi espalda:

   —¡Yolanda!

  Me di media vuelta y vi a un hombre que me sonreía mientras abría los brazos en un gesto que quería ser de bienvenida.

 —No me conoces, ¿verdad? —me preguntó—. Soy Alfonso. No sé si te acuerdas. El amigo de Manuel Espino; en su casa de la sierra, hace tres años.


  Durante unos instantes no lo reconocí. Iba ataviado con una desaliñada elegancia que me distrajo de sus palabras: camisa blanca de algodón cuidadosamente arrugada, pantalones tejanos desgastados y una fragancia a limón que me envolvió antes de caer rendida en su sonrisa.

  Alfonso era el dueño de la galería y el que había convertido en prerrafaelita a un pintor novel que exponía por primera vez en Madrid. Me fue mostrando orgulloso unas pinturas que representaban a caballeros recorriendo escarpados caminos a lomos de monturas de negros y relucientes pelajes, doncellas de melenas rojizas y castillos de altas almenas. Y, a pesar de la temática medieval, qué alejado de la sensibilidad de los prerrafaelitas.

  —Pero, ¿a quién se le ocurrió anunciarlo como un prerrafaelita? —pregunté con una carcajada.

   Alfonso fingió enfadarse con mi comentario tan poco compasivo y, como penitencia, me hizo pasar a la terraza-restaurante de la galería. Arrullada por la leve brisa que se columpiaba entre las ramas de un castaño y por su conversación, me olvidé que tenía que regresar a la tienda. Alfonso encadenaba un tema tras otro sin darme tiempo a asimilar sus palabras. Lo mismo hablaba de arte o literatura, que me contaba anécdotas de una familia griega que tenía un negocio de sedas en la misma calle donde estaba la galería.

  —Un día te llevo a la tienda para que te emborraches con sus miles de colores y su aroma a sándalo.

   Pero no fueron las sedas sino sus palabras las que me embriagaron. Salí de la galería aturdida y con la promesa de volver al día siguiente. 

  Durante un mes, cada vez que tenía un minuto libre, corría hasta la galería y me enredaba en las historias hilvanadas con el hilo de su ingenio. Historias sobre pintores fracasados que, como luego descubrí, eran variaciones de una novela que tenía a medio empezar. Envuelta por la fragancia a limón de su cuerpo y por su voz de barítono, me dejaba seducir por quien me parecía el hombre más fascinante que había conocido. A la caída de la noche, después de cenar en la galería, me arrastraba hasta un tugurio donde un cantante de voz rasposa y zapatos bicolor interpretaba temas de Cole Porter acompañado de un piano en el que sonaban desafinadas las notas graves. A veces me daba la impresión de que era Alfonso el que preparaba el ambiente para hacerme creer que estábamos inmersos en una comedia musical del Broadway de los años treinta. Hoy es difícil concebir un lugar como aquél: medio a oscuras por el humo de los cigarrillos, que daba al local un aire de irrealidad. Recuerdo una noche en la que me hizo poner un vestido azul eléctrico que se ceñía a mi piel y me hacía sentir desnuda. Calzada con unos zapatos de tacón de aguja que amenazaban mi equilibrio, bailé hasta las tres de la mañana al ritmo de Night and Day creyéndome Ginger en brazos de Fred. Aquella noche acabé en la cama de mi bailarín, de la que no salí hasta seis años más tarde.

  Al poco tiempo de conocer a Alfonso, me despidieron de la tienda. No querían alguien que desaparecía en mitad de la mañana y no regresaba hasta dos o tres días después. Recuerdo que llegué gimoteando a la galería, más por el miedo al enfado de mi madre que por la pérdida de un empleo. Pero Alfonso se encargó de arreglarlo todo y me evitó una riña segura. Me arrulló en sus brazos mientras me susurraba palabras cariñosas al oído. Después me acompañó hasta la casa de mis padres y me ayudó a recoger mis escasas pertenencias, que metió sin orden en el maletero de su coche. 

  —A partir de ahora, ya no tendrás que preocuparte de nada —me dijo después de rozar mi mejilla con un leve beso—. Yo cuidaré de ti, mi niña.

  Se inició entonces para mí una vida que, al volver la vista atrás, a veces dudo si la viví o la soñé.

  Como bien dijo, él cuidó de mí. De la mañana a la noche, todos sus desvelos eran por que probara el bocado más exquisito, resguardarme del frío o protegerme del calor. De la mañana a la noche, permanecía a mi lado, atento a unos deseos de los que yo misma no era consciente. De la mañana a la noche, recogía mis sonrisas antes de esbozarlas, las hacía brotar de mi corazón y las convertía en carcajadas. 

  Me dio trabajo como recepcionista en su galería. Atendía a los pocos visitantes que teníamos; la mayoría de ellos, ingenuos como lo había sido yo, entraban atraídos por el reclamo de los engañosos anuncios ideados por Alfonso. Mi misión se limitaba a entregarles folletos o catálogos e indicarles la sala en la que se exponían las pinturas. A Alfonso no le gustaba que entretuviera a nuestros visitantes con charlas inútiles. Si veía que me demoraba más de la cuenta con explicaciones tontas, aparecía presuroso y envolvía al incauto cliente con sus historias fascinantes mientras lo convencía de que la tela que representaba entre claroscuros a unos niños comiendo gachas era un auténtico La Tour. Alguna vez me permitía estar presente en su despacho cuando se entrevistaba con los artistas pero tampoco le gustaba que hablase con ellos más que lo justo para no parecer un objeto del mobiliario.

  —En asuntos de negocios me tienes que dejar a mí, mi niña —me decía—, que soy el que entiendo de esto. No intentes ayudarme que, aunque tengas buenas intenciones, te falta experiencia.

  A mí aquellos comentarios me molestaban un poco. Por unos instantes, me hacían sentir como si fuese una inútil. Pero, si le mostraba mi disgusto, Alfonso lo arreglaba invitándome a comer en un restaurante francés o me regalaba una pulsera, un libro de poemas, un viaje a Florencia. Así acababa convenciéndome a mí misma de que él tenía razón, que no debía meterme en sus cosas, que mucho antes de conocerme, ya llevaba la galería de arte sin que nadie tuviese que decirle cómo había de hacerlo.

  Salíamos a menudo al cine o al teatro. Alfonso tenía un talento especial para descubrir obras ignoradas por el público que, con el paso del tiempo, se convertían en objeto de culto entre los más exquisitos. Me enseñó a diferenciar lo bueno de lo excelso, a no conformarme con platos que eran objeto de alabanza del vulgo. Con él aprendí a vestirme, a moverme, a hablar entre entendidos pese a no saber muy bien de qué estábamos tratando. Me llevaba a cócteles donde se congregaban artistas y coleccionistas, haciéndome danzar de corrillo en corrillo sin permanecer en ninguno más allá de cinco minutos, como si fuéramos aleteantes mariposas incapaces de detenernos un instante en una flor.

  Lo cierto era que, a pesar de estar buena parte del día rodeados de gente, no intimábamos con nadie. Alfonso concitaba la atención de todos con sus palabras envolventes pero no permitía que nadie tuviese con nosotros sino relaciones superficiales. Como bien dijo, él cuidó de mí, me convirtió en su niña y no dejaba que nada me tocase ni nadie se me acercara sin darle antes su visto bueno.       

  Al principio de nuestro romance, me halagaba tanta solicitud. Como hija única, estaba acostumbrada a que mis padres estuvieran pendientes de mí y me encantaban los cuidados que me prodigaba Alfonso. ¿Qué se podía esperar de un hombre enamorado? Pero a veces, un sordo malestar se hacía presa de mí.

   Con el transcurso de los meses, su amor por mí se iba haciendo más y más intenso. Si me alejaba de él se ponía nervioso. No recuerdo hacer nada en solitario sin que tuviera que darle miles de explicaciones. Daba igual lo que fuera. Bastaba con que le dijera que iba a comprarme unos zapatos para que se sumiera en un tenso silencio del que solo lo sacaba si le pedía que me acompañara. Tampoco le gustaba que hablase con otras personas si no estaba él presente. Era como si temiese alguna traición o pensase que, si me apartaba de su lado, podían persuadirme para que lo abandonase. Su desconfianza iba más allá de los clientes o artistas que pasaban por la galería hasta alcanzar a mis amigos de la universidad e incluso a mis padres. 

  Él, que se mostraba encantador con todo el mundo, estaba al quite de las palabras de mi madre para contrariarla. Yo miraba estupefacta cómo contestaban desairado a los intentos de mi padre por conciliarse con él o se mofaba de mis antiguos compañeros de la universidad a los que tachaba de iletrados.

  —¿Cómo puedes hablar con un analfabeto que no sabe distinguir una novela de una obra de teatro? —me decía entre socarrón e indignado.

  Otras veces era mi madre la que insinuaba que Alfonso no era bueno para mí. En más de una ocasión la sorprendí lazándole miradas de soslayo a mi padre ante las salidas fuera de tono de mi novio.

   Me es imposible explicar el dolor que me causaba aquella guerra no declarada de Alfonso contra mis familiares y amigos.

  Huyendo de tales conflictos fui espaciando más y más las visitas a mis padres. Y cuando me llamaban mis antiguos amigos, urdía excusas inverosímiles con las que zafarme de su insistencia para que asistiera a una fiesta de cumpleaños o a una acampada en los Pirineos. Poco a poco me fui alejando de todos hasta no ser más que la sombra de Alfonso.

  Llegó un tiempo en que dejé de vivir para mí, que mi único deseo era complacerlo. Pero cada vez me era más difícil hacerlo feliz. Sus enfados eran más y más frecuentes. No podía soportar verme con otra persona. En su pecho anidaron unos celos infundados que se fueron extendiendo hasta los desconocidos que se cruzaban conmigo en la calle de forma casual. 

  Pero yo me dejaba engañar y atribuía el afán de acapararme a la inmensidad de su amor. ¿Acaso no se desvivía cuando me veía sumida en melancolías e inventaba miles de trucos para devolverme la sonrisa?, ¿no me invitaba a cenar en románticos restaurantes donde, cobijados en la penumbra de candelabros de plata, delicados violinistas susurraban a nuestros oídos dulces acordes?, ¿no organizaba por sorpresa viajes a lugares recónditos donde fluían ríos de doradas aguas? ¿Qué tenía de malo que, en correspondencia, exigiera de mí una atención similar?, ¿qué tenía de extraño que, en su inmenso amor, no quisiera compartirme con nadie? Hoy me parecen absurdos y perversos tales argumentos pero entonces, sentía tan cerca la presencia de Alfonso en mi vida que me contagié de su abyecta forma de pensar. Por ello, no tuvo nada de extraño que acabara alejándome de todos aquellos que, en otro tiempo, lo eran todo para mí: mis padres, mis amigas, los compañeros de la universidad...

   Llevaba seis años con Alfonso y apenas me reconocía cuando me encontraba con mi imagen en el espejo o en la mirada que me dirigía la gente que se cruzaba conmigo. 

   Un día me llamó mi padre.

   —Yolanda, tu madre se muere —Oí por el auricular del teléfono.

   Mi padre se enredó en incomprensibles explicaciones, de las que solo comprendí que mi madre iba a ser ingresada en La Paz para ser intervenida de algo que no llegué a entender. Por primera vez en mucho tiempo, salí de casa sin acordarme de decirle a Alfonso adónde iba. Y cuando llegué, estuve a punto de perderme entre los cientos de corredores del hospital. Tal era mi miedo que no retenía en mi memoria las indicaciones que me iban dando para encontrar la habitación donde la habían llevado.

  Durante tres semanas, no quise apartarme de mi madre. Me volví sorda a quienes trataban de convencerme de que descansara. Veía cómo entraban y salían parientes y amigos, pero a todos despedía para quedarme sola con ella. Permanecíamos en silencio con sus manos entre las mías; mas no precisábamos palabras para recuperar los años en los que habíamos estado separadas. Apagué el móvil y, así, no ver las insistentes llamadas que cada día me hacía Alfonso. Me negué a seguirlo cuando se presentó en el hospital y me obligó a elegir entre mi familia y él. Volvió tres veces más hasta que mi padre pidió en el hospital que le prohibieran la entrada. Aquella noche estuve inquieta, incapaz de centrar la atención en mi madre. Un dolor en el pecho me impedía respirar. Ahora dicen que el corazón es un órgano ajeno a los vaivenes del amor pero yo, en aquellas largas horas hasta que rompió el día, me parecía como si lo hubiesen desgarrarado.

   Los días que siguieron me obligué a mí misma apartarlo de mi pensamiento. Mi madre estaba muy débil y todavía existía el peligro de que no resistiera la operación. Pero, contra todo pronóstico, se restableció. 

 Cuando le dieron el alta, mi madre estaba muy débil. La ropa le colgaba en un cuerpo empequeñecido y vuelto a la infancia. Caminaba con lentitud deteniéndose entre un paso y otro como si tuviera que reflexionar sobre un asunto de importancia. Preocupado por su bienestar, mi padre nos llevó a la casa de la sierra. 

  Mediaba el mes de mayo y los jacintos habían florecido. Un gato dormía la siesta en el columpio del porche que papá había sacado de la caseta de las herramientas el día anterior cuando, sin decirnos adónde iba, se acercó a la sierra para abrir las ventanas, colocar los muebles del jardín y sacudirla de ese aire de abandono que tienen todas las casas que llevan muchos meses cerradas. Fue bajarse del coche mamá, aspirar la fragancia de los jazmines que le dieron la bienvenida y parecer que revivía su maltrecha salud.

  A mí se me cortó la respiración cuando vislumbré al otro lado del seto la silueta del tejado de la casa de mi amiga de la infancia. Por un momento quise ser de nuevo la niña despreocupada que intercambiaba los vestidos y los zapatos con Sofía con la ilusión de convertirse en una más de su ruidosa familia. Corrí hasta el porche para alcanzar a mi madre, que subía con lentitud sus escalones del brazo de mi padre, deseosa por dejar atrás los recuerdos que me reprochaban mi presente.

  Los días siguientes intenté que mi atención y mis pensamientos no se detuvieran sino en los cuidados de mi madre convaleciente. Apagué el móvil para que no me torturaran las quince llamadas diarias de Alfonso y, con el canto de una cigarra de fondo, acallaba mi dolor con charlas insulsas mantenidas con mis padres. No sabía qué iba a hacer cuando mi madre dejase de necesitarme. Había días que me decía que no podía volver con él, que lo que había llamado amor solo era una relación dañina que acabaría destruyéndome. Pero, en otras ocasiones, me creía incapaz de seguir adelante si lo perdía. Tampoco me atrevía a hablar de ello con mis padres. Conocía la animadversión que les inspiraba Alfonso y temía que me hicieran daño con sus reproches. Además, hubiese sido despiadado por mi parte abrumar a mi madre con mis problemas sin tener en cuenta su fragilidad. Por tanto, dejaba pasar el tiempo sin resolver mis incertidumbres.



   Una tarde que mi padre se llevó a mi madre a dar una vuelta en el coche, me senté en el jardín a leer una novela. La brisa tocaba con sus finos dedos las ramas de los árboles, que se susurraban secretos unos a otros. Las voces de unos niños al otro lado del seto me hicieron creer que volvía al pasado. Me asomé por encima de las arizónicas y vi dos niñas de unos cuatro años que jugaban entre las margaritas que crecían salvajes en el césped. Me quedé contemplando cómo ensartaban las florecillas formando guirnaldas y se adornaban con ellas el pelo. Sus risas me hicieron recordar lo fugaz que es la felicidad. Una lágrima rodó por mi mejilla que fue seguida por otra para que no se sintiera sola. Se me empañó la vista y desaparecieron las niñas. En su lugar volví a ver a Sofía rodeada de sus siete hermanos, peleándose con éste, riéndose con aquélla. Cerré los ojos esperando que, al abrirlos, desaparecieran los años que me separaban de la infancia y me dejé mecer por el sonido limpio de las voces de las niñas. 

   —¡Yolanda! —Oí que me llamaban.

   Abrí los ojos y me encontré con los de Sofía.

   —¿Has visto a mis gemelitas? 

   Una amplia sonrisa se dibujó en sus labios. Las tomó de la mano y las acercó al seto.

   —Ésta es Sofía —dijo besando a una de las niñas—. Y ésta es Yolanda—añadió guiñándome un ojo.

   Como años antes, salté el seto sujetándome a la rama del cedro que, con el paso del tiempo, estaba aún más frondoso. Nos sentamos en los escalones que conducían a la terraza y, mientras las niñas volvían a sus juegos, permanecimos sin hablar contemplándolas.

   Fue Sofía la primera en romper el silencio. 

 —Míralas, mira cómo juegan. A mí me encanta contemplarlas y ver cómo aún no las ha decepcionado la vida. Todavía son capaces de imaginar que un puñado de margaritas tocado por sus manos se puede convertir en piedras preciosas o que, si se intercambian el vestido y los zapatos, se transforma la una en la otra. ¡Ójala pudiera protegerlas de sí mismas! 

  Mientras hablaba, le daba vueltas sobre su tallo a un geranio que había cortado de una maceta colocada en un extremo del escalón. Se la llevó a los labios y, después de una pausa apenas perceptible, continuó hablando:


  —Mi marido no quería hijos. Durante tres años trató de convencerme de que los niños no eran para nosotros; que éramos diferentes a los demás, especiales. Solo nosotros sabíamos disfrutar de la vida. Yo quería creerlo. Él era más sabio que yo. Admiraba su inteligencia, su saber estar, y acallaba la pena que me iba invadiendo por dentro. Pero me quedé embarazada y fue tal mi alegría que me olvidé de él 

   Hizo otra pausa y se retiró un mechón que le caía sobre la frente. Puse mi mano sobre el hombro, como solía hacer mi madre cuando, siendo yo niña, me alentaba a desahogar el corazón.

   —Se lo tomó como una traición. No me perdonó y se negó a reconocerlas como suyas. Al mes de comunicarle la noticia, dictaminó que lo nuestro había terminado y se fue. Cuando nacieron las niñas, lo llamé pero ni siquiera fue a vernos. Mandó un ramo de veinticuatro rosas rojas y un cheque con una cifra descomunal. Quise devolverlos pero mi hermano Luis me obligó a aceptarlos. Por las niñas, dijo, para ayudarlas a tener un futuro. Cada cumpleaños, llega el mismo ramo y el mismo cheque, como si así cumpliera con sus deberes de padre.

   Pensé que ya había terminado de hablar y apoyé mi cabeza en su hombro, mientras pasaba por mi mente el recuerdo de mi vida con Alfonso. Su voz borró la imagen de mi amante:

  —Creí que lo había olvidado. Creí que lo había olvidado, Yolanda. Pero no. Hace unos días lo vi de nuevo. Él no me vio a mí. Estaba en una cafetería con una mujer joven y tenía en sus rodillas un niño pequeño, casi un bebé, al que prodigaba de besos y caricias. Se me partió el corazón. ¿Cómo explicártelo? Él no hacía más que decir que no quería hijos pero era conmigo con quien no quería tenerlos.

  Le acaricié la mejilla y le señalé a sus hijas, como ella había hecho unos minutos antes.

 —Mira a tus hijas, míralas. Son como fuimos nosotras; con los mismos sueños y las mismas ilusiones. Tienen ante sí un largo camino para hacerlos realidad. Juntas velaremos para que nadie las aparte del mismo como hicieron con las niñas que fuimos. Y ellas nos salvarán de nuestros errores.