lunes, 30 de julio de 2018

Sonata para piano






  Ahora que nos hemos quedado solos en esta casa tan grande, permitidme que ejerza de abuelo y os cuente una historia que me sucedió cuando tenía más o menos vuestra edad. Tuvo lugar unos meses antes de que contrajese matrimonio con la abuela. Tras cuatro años de intenso trabajo, había logrado finalizar mi sonata para piano. Estaba exhausto. El vacío y un inmenso desasosiego me invadían a causa de tanta ociosidad después de un trabajo tan intenso. Mi entonces novia, vuestra abuela, que daba clases de violonchelo en una academia, me habló de un compañero suyo, profesor de armonía, que pensaba tomarse un año sabático para viajar por Europa. En este periplo, tenía previsto visitar durante unas semanas a un compositor amigo suyo que se había retirado a un pueblecito en plenos Alpes suizos. El profesor, de nombre Antón, estaba dispuesto a llevarme con él siempre y cuando lo dejara en libertad para hacer su vida. 

  Imposible describir la emoción que sentí cuando mi prometida me dijo quién era el compositor. Se trataba del autor de sonatas y conciertos para violín que gozaba del mayor reconocimiento en la Europa de aquellos años de mi juventud. Disculpad si no os doy a conocer su nombre; hace muchos años que murió y pronto comprenderéis que quiera ocultar su identidad con el fin de salvaguardar su honra. Conformémonos, pues, con llamarlo Mihail.

  Salimos de la Estación del Norte a mediados de mayo, pero no llegamos a nuestro destino hasta el cinco de agosto. En aquellos años los trenes no eran muy veloces y había que hacer noche en las poblaciones que salpicaban el camino si se quería recorrer grandes distancias. Antón tenía elegidas algunas ciudades en las que permanecimos varios días: Narbona, Montpellier, Niza, Génova y Milán, entre otras. Pronto supe que la elección de tales ciudades tenía poco que ver con sus bellezas arquitectónicas. Mi compañero de viaje formaba parte de una sociedad semiclandestina que organizaba partidas de póquer por el sur de Europa. No os voy a contar mucho más del bueno de Antón; esa sería otra historia no menos interesante, pero que me desviaría de la que os quiero contar. Sólo os diré que, en las ciudades en las que pernoctábamos, solía desaparecer después de cenar conmigo en algún restaurante y no regresaba al hotel hasta bien entrada la madrugada. A la mañana siguiente de sus andanzas, no daba señales de vida hasta el mediodía, dejándome solo en mis visitas a los lugares que él mismo me había recomendado. Después he regresado muchas veces esas mismas ciudades, pero nunca me han parecido tan bellas como en aquel viaje, cuando las vi por vez primera.

  Como os digo, llegamos a nuestro destino el cinco de agosto: lo recuerdo muy bien, porque era mi vigésimo noveno cumpleaños. Pero no fue hasta unos días más tarde cuando conocí a Mihail. No consigo recordar cómo se produjo nuestro primer encuentro: si nosotros le hicimos una visita de cortesía o fue él mismo el que se acercó a la pensión en la que nos habíamos alojado al saber que Antón se encontraba en el pueblo. Los días en aquellos parajes suizo se sucedían tan iguales, que se confunden en mi memoria. Desde el primer momento, me impresionó la calidez de su trato; que no guardara distancias conmigo, pese a ser un desconocido para él, que era un hombre afamado buscado por muchos más importantes que yo.

  Mihail llevaba una vida regular de la que enseguida formamos parte Antón y yo. Aunque, tal vez, deba excluir a mi compañero de viaje, que siempre fue por libre. Dedicaba, Mihail, las mañanas a su música. Cuando lo conocí, estaba componiendo su quinto concierto para violín y orquesta. Después de comer, le gustaba dar un largo paseo por los alrededores del pueblo y llegaba hasta nuestra pensión con una invitación para que nos uniéramos a él. Al principio, Antón venía con nosotros, pero, como os digo, después de algunas semanas, no era raro que se ausentara durante varios días y acudiera a la llamada de una partida de cartas. 

 En la época estival, era un placer recorrer el cantón del Valais. Los campos se habían teñido de verdes y constituían una deliciosa tentación para los rebaños de ovejas que pastaban en ellos. A los lados de las veredas, las flores asomaban entre la hierba como si fuera un tapiz bordado con manos primorosas. Nunca he sido un entendido en flora, pero sí recuerdo las blancas edelweis y las gancianas de color violeta, azul y amarillo con las que las niñas del pueblo componían ramilletes y guirnaldas. En los rincones a los que no llegaban los rayos de sol, Mihail me descubría montículos de nieve del invierno anterior y, en las rocas humedecidas, el musgo de suave tercipelo. Recuerdo con ternura un cervatillo que andaba perdido en busca de su madre. ¡Cómo habríais disfrutado de haber estado allí!  

  ¿Qué os puedo contar de Mihail? Cuando lo conocí, era un sexagenario de larga cabellera plateada que no perdía su porte elegante ni cuando iba vestido de manera informal dispuesto a emprender una caminata de varias horas. Durante aquellos paseos, era una delicia dejarse hechizar por su conversación. A lo largo de mi larga vida, pocas veces he tenido la oportunidad de departir con personas tan amenas y profundas a un tiempo. Lo mismo hablaba de arte, filosofía o literatura que contaba divertidas anécdotas de la gente que había conocido. Tenía un fino sentido del humor que le permitía retratar de forma certera a las personas haciendo uso de la ironía, mas sin llegar a la crueldad, tan frecuente en otros. Generoso, no se limitaba a hablar sino que era un oyente atento y considerado. Se interesaba por mi carrera; por los profesores que me habían formado y los planes para el futuro. Yo no me atrevía a hablarle de mi sonata para piano; a su lado, me sentía muy poca cosa y me avergonzaba de la pequeñez de mi obra: tal era mi admiración por el venerable compositor. 

  El tiempo avanzaba despacio animado por los paseos en los que recorríamos aquellos parajes tan bellos. Las mañanas transcurrían plácidamente gracias a los libros que me había prestado Mihail y que yo leía también con lentitud deteniéndome en los pasajes que llamaban la atención, admirado de la precisa elección de las palabras por parte del autor. Aquellas lecturas me abrieron las puertas a mundos para mí desconocidos.  Recuerdo la honda impresión que me causó La Montaña Mágica de Thomas Mann, que releí en más de una ocasión. Desde la ventana de mi habitación, disfrutaba de la vista de las cara norte del Monte Cervino, con sus afiladas aristas. Aquella impresionante pirámide de la naturaleza me imponía y atraía a un tiempo. Mi casero, viendo mi interés, arregló una excursión con un guía del pueblo que organizaba visitas en grupos pequeños. Hube de coger el tren de Gornegrat a las cinco de la mañana porque nuestra intención era disfrutar de la luz del día; mas una tormenta nos impidió llegar a nuestro destino y tuvimos que dar la vuelta a medio camino. Después, ya no tuve oportunidad de repetir el intento hasta que, años más tarde, quise enseñarle aquellos bellos parajes a vuestra abuela.

 Un día, Mihail me invitó a comer a su casa. Era propietario de un pequeño chalet a unos tres kilómetros del pueblo, donde vivía con una mujer que algunos decían que era su esposa, otros, su amante, mientras que para los aldeanos, se trataba de su ama de llaves. Antón no supo aclararme el misterio y cada día me daba una versión distinta. Cuando llegué a la casa del compositor, la mujer estaba en el jardín arreglando un parterre de rosas a la entrada al jardín y ya no volví a verla en todo aquel día, pues ni siquiera comió con nosotros.

 He de deciros, queridos nietos, que aquel fue uno de los días más felices de mi vida. La comida estuvo regada por un Burgeland exquisito y amenizada por la inteligente conversación a la que Mihail me tenía acostumbrado. Al terminar los postres, tomamos el café en la sala de música en la que solía trabajar. En ella, además de un piano y distintos instrumentos, había en un confortable rincón dos sillones tapizados de terciopelo del color de las ciruelas maduras y una mesa de cristal, donde pasé horas hablando con mi amigo. Las paredes estaban cubiertas de anaqueles con miles de libros. ¿Cómo expresaros, queridos nietos míos, la emoción que sentía por encontrarme en aquella sala a la que estaba vedada la entrada a tanta gente? 

  Mihail me estuvo hablando del concierto para violín que estaba componiendo, el quinto que pensaba estrenar. Tuve el privilegio de escuchar posiblemente antes que ninguna otra persona su primer y tercer movimiento. Me contó cuán difícil le estaba resultando la composición del segundo, que había tenido que reescribir varias veces sin haber encontrado aún el motivo central que hiciese de hilo de unión de la melodía.

  Conmovido por ser el destinatario de sus confidencias y quién sabe si también víctima de los efectos del vino austriaco, me armé de coraje y le hablé de mi sonata para piano. Después de haber escuchado los dos movimientos de su inconcluso concierto, no pude negarme a complacerlo y toqué para él algunos fragmentos de mi sonata. Me hizo sentar en su piano, el mejor que han acariciado las yemas de mis dedos, y me sumergí en el adagio. Me parece que lo estoy viendo, concentrado mientras escuchaba mi ejecución; con los ojos cerrados, las manos entrelazadas bajo el mentón. Cuando terminé, la emoción velaba sus ojos. También yo estaba conmovido; tanto que no fui capaz de pronunciar palabra alguna de agradecimiento tras recibir su efusiva felicitación. Mihail fue el primero en recobrar la serenidad. Tomó asiento de nuevo y me invitó a tocar desde el principio la sonata completa.

 Salí de su casa cuando se ponía el sol. Me sentía tan feliz y exultante que no me apetecía recluirme en la habitación de la pensión. Poco antes de llegar, tome la vereda que llevaba a la dehesa y estuve caminando hasta bien entrada la noche. Los pensamientos entraban y salían de mi mente a una velocidad que me impedía aprehenderlos. Se abría ante mí un futuro de amistad con el hombre que más admiraba; el que me guiaría en la larga senda hacia la Gloria. Mas no sabía que aquél sería el último día que lo vería en mi vida.

 Al día siguiente, el viejo Mihail mandó recado por medio de la mujer que vivía con él para comunicarme que estaba en pleno trabajo de composición y que no podría verme en unos días. Su ausencia llenó de hastío las horas. Ni siquiera la lectura de Thomas Mann se podía comparar con la brillante conversación del compositor. En más de una ocasión, dejé que mis pasos me guiaran hasta los aledaños de su propiedad con la esperanza de avistarlo aunque no fuera más que de lejos, pero nunca acerté a verlo y sólo una vez tuve la suerte de cruzarme con la mujer, que venía de hacer unas compras del pueblo y quien me advirtió de que Mihail seguía imbuido en su proceso de creación, sin querer que nadie lo molestase. 

 Semanas después de nuestro último encuentro, supe por mi casera que había partido a París sin dejar dicho si regresaría en breve.

 En octubre, cuando las nieves volvieron a hacer acto de presencia en el distrito de Visp, tomé el camino de regreso a casa. Nadie me acompañaba. Antón seguía con su periplo de juego y me había invitado a seguirlo, pero yo ya estaba cansado y quería retomar mi vida. En diciembre, me casé con Elsa, vuestra abuela, y empecé a buscar la manera de estrenar mi concierto:  sin éxito, debo decir.

 Cinco años después de mi gira europea, recibí dos entradas para asistir al estreno del Concierto para violín y orquesta número cinco de Mihail. Acudí lleno de emoción acompañado de Elsa y de unos amigos con los que habíamos ido a cenar en un restaurante próximo al Teatro Real. Elsa estaba bellísima, con un vestido de noche negro drapeado que dejaba sus hombros al descubierto. 

 Al oír los primeros acordes retrocedí a mi verano suizo. Las notas del violín me traían el balido de las ovejas y me hacían evocar el vuelo majestuoso del águila real. ¿Cómo describiros la emoción al oír los acordes de aquella música que había escuchado años antes en una pequeña sala antes que ninguna otra persona?

 Cuando comenzó el segundo movimiento, aquel adagio que tanto había costado componer, creí morir de la intensa emoción. El sudor perlaba mi frente y, en palabras de vuestra abuela, me quedé pálido como la muerte. Los amigos que disfrutaban con nosotros de la velada, creyéndome indispuesto porque me hubiera hecho daño la cena, trataron de convencerme de que abandonase el palco para que el aire de la noche se llevara mi malestar. Sólo Elsa conocía la causa de mi desazón. Aquellas notas, aquellos acordes que encantaban al público no eran otros que los que formaban la melodía principal de mi sonata para piano; unos acordes mucho mejor matizados al haber desaparecido las notas menos armoniosas. La orquesta le prestaba mayor grandiosidad y el violín la dotaba de una dulzura que yo nunca pude ni podré lograr; mas allí estaba mi música, aquella que había salido de mi alma y de mi corazón, aquella que nunca más volvería a ser mía.

 Después de aquella noche, traté de ver a Mihail con el fin de que me diese alguna explicación. Me presenté en su casa en numerosas ocasiones y siempre se negó a recibirme. Un conocido de ambos me persuadió de que abandonase mis tentativas de concertar una entrevista con él: el célebre compositor decía no acordarse de mí, mucho menos conocerme. Nuestro amigo Antón tampoco pudo hacer nada. Dejó entrever que Mihail lo había amenazado con sacar a la luz su devaneos los naipes. Tampoco me fue posible acudir a los tribunales. Ningún abogado quiso representarme en una querella contra quién entonces gozaba de toda la credibilidad: ¿quién iba a creer a un músico desconocido como yo?, ¿qué pruebas podía aportar más que mi palabra, la palabra de un don nadie?

 Nunca pude estrenar mi sonata ni quise componer nada más después de aquella decepción. Durante años, ni siquiera pude abrir la tapa del piano. Pero la música es para mí tan necesaria como la luz del sol y acabé siendo el profesor de solfeo que todos conocéis.  

sábado, 30 de junio de 2018

Cuando todo era posible







"Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y también de la locura, la época de las creencias y de la incredulidad, la era de la luz y de las tinieblas, la primavera de la esperanza y el invierno de la desolación."
Historia de dos ciudades, Charles Dickens, 1859 



  Hubo un tiempo en que podía recitar capítulos enteros de Historia de dos ciudades. Siempre llevaba conmigo una edición antigua, de piel granate y papel de biblia con el filo de las hojas en dorado; el mismo dorado de las letras góticas de la portada. Me encantaba abrirlo por una página al azar, aspirar su olor a viejo y leer en voz alta la primera frase de cada párrafo. La mayoría de las veces el resultado no tenía mucho sentido pero en ocasiones, los personajes parecían cobrar vida; escapar de la historia contada por el novelista victoriano y tomar un camino de insospechado destino. O quizá fuera yo la que dejara volar la imaginación y enredase a Lucía Manette y a Charles Darnay en aventuras que me hubiese gustado vivir. La fantasía puede llegar a ser la mejor amiga de una joven perdida en sí misma.





I

  Acababa de finalizar los estudios del colegio y tenía ante mí un camino sembrado de promesas. Nunca he sido especialmente bella aunque tampoco llamaba la atención por mi fealdad. Pero, con dieciocho años y toda la alegría de la inexperiencia, estaba en ese momento en el que sentía tras de mí miradas de admiración; ese momento en el que se abrían cientos de ventanas a un mar azul bajo un cielo sin nubes; ese momento, como dice una amiga mía, cuando todo era posible; cuando nuestras mochilas estaban repletas de planes e ilusiones y cada amanecer anunciaba un día aún mejor que el anterior.

  Llevaba dos años saliendo con Fernando, un joven al que conocía desde niña por pertenecer a la pandilla de la casa de la sierra. Era el novio perfecto y así se lo parecía a todo el mundo. Un chico responsable, decían los adultos, que sacaba con éxito sus estudios de Económicas mientras ayudaba a su padre a llevar una tienda de bicicletas. Un chico divertido, decían sus amigos, capaz de improvisar en pleno mes de enero una carrera en moto sin más traje que un bañador o una barbacoa en la casa de sus padres a las tres de la madrugada. Bailaba como nadie sobre una tabla de surf y las mejores olas se lo disputaban como pareja.

  Aquel año fue el primero que pude viajar con él a Tarifa. Los tres anteriores los había pasado con mis padres como castigo por haberme quedado dos o tres asignaturas para septiembre. Pero ese verano superé con éxito el Bachillerato y hasta aprobé la Selectividad. Salimos hacia Tarifa un ardiente dos de julio en un Clío que cada diez kilómetros nos amenazaba con dejarnos tirados en la carretera. Íbamos cargados con las tablas de surf, las guitarras y una pamela de paja que compré por el camino pese a darme el aspecto de champiñón andante. Aún no entiendo cómo pudimos llegar a nuestro destino. Fernando había alquilado una casa con cuatro amigos que cantaban canciones de Midnight Oil en un tugurio de Barbate. No podía ocultar su emoción por poderles presentar a su chica. Según me contó, no eran pocas las bromas que había tenido que sufrir a cuenta de una novia que cada verano se quedaba en Madrid en el último momento por culpa de sus desastrosos resultados en el colegio.

  Tengo un recuerdo borroso de aquellos muchachos de pelo desgreñado, camisas de largos faldones y bañadores idénticos por debajo de la rodilla y tirantes con los que querían aparentar una actitud transgresora pero que les daba un aire cómico. Cuando llegamos, salieron a recibirnos al portón. Parecían algo cohibidos por mi presencia.

  —¡Venga! —les gritó Fernando entre risas—. ¡Que no come! A ver quién es el primero en darle un beso como Dios manda.

  Uno a uno se fueron aproximando con tanta timidez que apenas me rozaron la mejilla con los labios. Llevaban muchos años veraneando solos, sin chicas, y verme allí les hacía sentirse extraños.

  Nos dieron el mejor dormitorio de la casa: una habitación enorme con un cuarto de baño para nosotros. Nada más entrar, me cegó la luz que entraba por el gran ventanal y se reflejaba en las paredes color añil. Me asomé a la calle y quedé maravillada ante la visión de un mar revoltoso que dejaba morir las olas a pocos metros de la casa. Abrí los cristales y la habitación se llenó del aroma a sal. Me entretuve contemplando una gaviota que planeaba entre las nubes y la carrera por la playa de unos niños que volaban una cometa. Bastó un instante para sentirme contagiada por sus risas. Una caricia en el brazo con la punta de los dedos me hizo estremecer. Al volverme, el beso que Fernando depositó en mis labios hizo que olvidase en un instante la playa, los niños y la gaviota.

  Antes de caer la noche, nuestros anfitriones nos invitaron a cenar en algún sitio del paseo marítimo. Fuimos caminando hasta el pueblo por la carretera. Apenas podíamos dar un paso entre los surferos que, cargados con sus tablas, se cruzaban con nosotros. Fernando y yo debíamos de parecer unos extraños entre aquellos cuerpos bronceados cubiertos de sal y arena, con los cabellos decolorados por el sol. Yo todavía no había tenido tiempo de acomodarme al ambiente y estrenaba un vestido turquesa más propio para un cóctel en Madrid que para la playa, pero me sentía tan feliz que no me importaba desentonar con el lugar.

  Buscamos sitio en la terraza de un bar próximo al puerto. Pedí una caña y pescaíto frito, o más bien debería decir que fueron ellos los que pidieron por mí porque estaba tan emocionada que mi atención saltaba de un sitio a otro sin detenerse en nada en particular, ávida por atrapar cada detalle. Poco a poco se fueron uniendo a nosotros surferos que acercaban unas sillas y se saludaban con choques de manos. Hablaban todos a la vez, a gritos y sin escucharse, como si tuvieran urgencia por soltar lo que tenían dentro. Yo me esforzaba por seguirlos, pero sólo me llegaban palabras sueltas sin sentido para mí: kite surf, paddle surf, stand up, wipe out, off the lip… Aun así, pocas veces me he sentido tan dichosa.

  A eso de la medianoche, alguien propuso que nos moviéramos hasta El Balneario, donde se celebraba una fiesta. Yo creí que se trataba de algún pub o discoteca pero me llevaron a una playa. No recuerdo mucho de aquella noche, tan similar a las que siguieron: mucha cerveza y alcohol, barbacoa en la playa y las canciones de los Beach Boys y The Trashmen hasta el amanecer. Noche tras noche repitiendo el mismo ritual hasta el momento en el que un hang ten acabó en un wipe off.

  Tampoco había mucha variación durante el día. Nos levantábamos a eso de las doce para ir a alguna de las playas donde se congregaban los surferos: El Búnker, El lugar secreto... Pasaba el día observándolos mientras se subían a lo alto de las olas encaramados en sus tablas e improvisaban lo que a mí me parecían piruetas y que ellos nombraban con su extraña jerga. Debo decir que mi entusiasmo se fue desvaneciendo a medida que Fernando parecía perder su interés por mí. El primer día de playa trató de enseñarme los rudimentos del surf pero, al ponerme de pie sobre la tabla, una ola me golpeó por delante y me tiró de espaldas. Yo, que nunca he sido muy buena nadadora, hice por salir a la superficie pero me dejé llevar por el pánico y, si no me llega a salvar mi novio, ahora no lo estaría contando. Después de tan triste experiencia, no me atreví a acercarme a una tabla y prefería permanecer sentada bajo una sombrilla mientras contemplaba los vaivenes de unos y otros. 

  No era raro que me sorprendiera de repente una especie de melancolía. Solía ocurrir a media tarde, cuando empezaba a vencerme el cansancio después de tantas horas de sol. Miraba a mi alrededor y era como si no reconociera el lugar ni a la gente que me rodeaba. Y eso que era siempre la misma, los amigos de Fernando: tan amables conmigo pese a ser cada vez más evidente que no era uno de ellos. Se apoderaba de mí un ansia por huir y solo encontraba alivio si dejaba vagar la vista en la lejanía y perderse en las costas africanas.

  No me atrevía apenas a confesármelo a mí misma pero hubiera preferido quedarme en la playa que se extendía detrás de nuestra casa; una playa alejada del bullicio surfero a la que apenas acudían unas cuantas familias con sus niños pequeños. Pero me tenía que conformar con un paseo al atardecer, descalza sobre la arena y arrullada por el sonido de las olas, que me procuraba descanso. 

  Pronto descubrí que no era la única rara de la playa del Bunker. Alejado de la orilla, se sentaba un joven que no parecía tener mucho que ver con los surferos. Solía estar ya allí cuando llegábamos al mediodía y marcharse un poco antes de que la playa se llenase de gente. Pero a veces se quedaba más tiempo, absorto en la lectura de un libro. Yo lo observaba siempre que tenía ocasión, intrigada de que alguien tan ajeno al surf no buscase otra playa más tranquila. Era, como digo, joven aunque unos años mayor que Fernando y sus amigos; más cerca de los treinta que de los veinte. De andares torpes y con más de un kilo de sobra, su cuerpo proclamaba desde lejos que estaba poco hecho para la práctica del deporte. La primera vez que lo vi me molestó su insolencia por querer invadir un terreno pensado para los adonis del surf pero, con el paso de los días, su incongruencia se convirtió en la justificación de la mía y en el alivio de mi soledad. Él también debía de ser consciente de mi desubicación entre aquellos locos por las olas porque era a la única en toda la playa a la que saludaba a mi llegada y de la que se despedía, apenas musitando un hasta la vista, cuando se marchaba.

  Pero mis vacaciones surferas no estaban llamadas a durar.

  Ya he contado algo de la afición Fernando por los retos estrambóticos.

  Una noche estábamos aburridos tirados en el sofá de la casa con la tele encendida sin que nadie le prestara atención. No puedo recordar por qué no estábamos disfrutando de una de las muchas fiestas surferas en alguna playa o escuchando a los chicos tocar en Barbate las canciones de Midnight Oil. El malhumor planeaba por la casa mientras yo me pintaba de escarlata las uñas de los pies. Alguien preparó unas cocacolas con J&B que los chicos bebían como si fuesen vasos de leche. Era cerca de la medianoche y estaba cansada. Soplé para que se secara el esmalte con mayor rapidez y me levanté de la alfombra de esparto donde estaba sentada.

  —¿Te vas a acostar ya? —me preguntó Fernando con la voz llena de alcohol—. ¡Si ahora es cuando empieza lo más divertido de la noche!

  —Estoy muy cansada —respondí en medio de un bostezo.

  Le di un beso en los labios y, con las sandalias en la mano, me fui a nuestro dormitorio. Estaba tan cansada que era incapaz de dormirme. El sonido de las olas que entraba por el ventanal se entrelazaba con las voces cada vez más acaloradas que llegaban del salón. Miles de imágenes cruzaban mi cerebro: Fernando sobre la tabla de surf, la sombra de un niño sobre la arena, el desconocido de los libros caminando a trompicones hacia la carretera... Entre el sueño y la vigilia, sentí una caricia en la frente. Nunca supe si había sido un beso de Fernando o fruto de mi imaginación. Lo siguiente que recuerdo es que me desperté de repente sobrecogida por el silencio que retumbaba en las paredes. Faltaba poco para las seis de la madrugada. Recorrí la casa pero no había nadie. Al salir a la calle, vi que se habían llevado los coches. Caminé hasta la playa para sacudirme del miedo que se había apoderado de mí. No sé de dónde me venía; nunca había sido asustadiza. Me senté en la arena abrazada a mis rodillas a esperarlos. En el cielo se insinuaba una luz anaranjada, preludio de la aurora. Una luz que se fue llevando mis temores. 

  Pero la mañana llegó y yo seguía sola. En mi móvil no había ningún mensaje. A las diez volvió la angustia para atormentarme. No recuerdo las llamadas que hice al teléfono de Fernando; los mensajes que le dejé. Había visto una bicicleta en el garaje. La cogí y recorrí las playas donde se celebraban fiestas nocturnas: la de Bolonia, Valdevaqueros, Río Jara, Playa Chica... Pero no había rastro de Fernando y sus amigos. Fui hasta el Búnker, donde les gustaba surfear pese a ser todavía temprano para ellos. 

  Al principio no vi nada extraño: los surferos de todas las mañanas. Pero los jóvenes que se cruzaban conmigo me miraban cariacontecidos. Cerca de la orilla, se arremolinaba un grupo. Había dos hombres de la Cruz Roja y una camilla en la arena. Pero no me asusté hasta que no vi salir del corrillo y correr hacia mí al joven de los libros. Me pasó el brazo por encima de los hombros y trató de alejarme. Pero mi corazón ya sabía lo ocurrido y eché a correr hacia ellos.

  A partir de ese momento, se me confunden los recuerdos con lo que me contaron después. La primera imagen que me viene a la memoria es la cara de Fernando, tendido sobre una camilla, con la boca torcida y una expresión de perplejidad en los ojos abiertos. Luego, el llanto de sus amigos, el horror de los curiosos, un policía dispersando a la gente y el grito tan extraño que salió de mi garganta. Hasta dos días después, no pude volver a Madrid con mis padres. Me hubiera quedado sola en la casa hecha un ovillo en un rincón mientras los chicos respondían las preguntas de la policía en la comisaría. Pero el joven desconocido de los libros no se separaba de mi lado. Me obligaba a comer, a dormir, a pasear por la playa y a hablar. A mí me parecía que Fernando iba a aparecer en cualquier momento para decirme que todo era una broma. ¿Acaso no decían los periódicos locales que el accidente había sido consecuencia de una apuesta? Aquello era muy propio de él: retar a sus amigos a surfear en medio de la noche. ¿Por qué esta vez había acabado todo en tragedia?, ¿acaso Fernando no ganaba siempre sus apuestas? 

  Pero no regresaba a buscarme. Mi única compañía era la de un extraño que se empeñaba en hacerme volver a una vida en la que ya no estaba Fernando. Se me quedó una imagen borrosa de su cara. En mi memoria siempre lleva un libro encuadernado en piel, del que me leía algún fragmento para distraer mi dolor:

  Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y también de la locura, la época de las creencias y de la incredulidad, la era de la luz y de las tinieblas, la primavera de la esperanza y el invierno de la desolación.

  Yo dejaba volar la imaginación y me imaginaba que Fernando era Charles Darnay y yo, Lucía Manette. ¿Acaso mi nombre no es Lucía?


  Mis padres llegaron un domingo por la tarde. El joven de los libros, que se había acomodado en la terraza con un saco de dormir, recogió sus escasas pertenencias y se fue despidiendo de los amigos de Fernando, todavía conmocionados por lo ocurrido. Lo acompañé hasta su coche. No sabía cómo agradecerle el apoyo de aquellos días. Él debió de darse cuenta porque sacó de su mochila su libro y me lo entregó con una sonrisa torpe. Antes de subirse al coche, me acarició la mejilla y dejó un suave beso en mis labios.





II.

  Tardé años en llevar una vida normal. Me negaba a salir de casa; a ver a mis amigos de siempre. No era capaz de estudiar y pasé por tres universidades como un fantasma. Sin conocer a nadie. Sin enterarme de lo que decían los profesores. Era un autómata sin vida. Hubiera querido acallar las voces de mi interior que me recordaban que ya no había esperanza para mí. De nada me sirvieron las sesiones con psicólogos y psiquiatras a las que se empeñaban en llevarme mis padres. Me parecían charlatanes; ignorantes de lo que albergaba un corazón sufriente. Y, ni qué decir tiene, no volví a acercarme a ninguna playa.

  Sólo encontraba consuelo entre las páginas de Dickens. Por una extraña asociación de mi mente, creía que las vidas de los personajes de Historia de dos ciudades se relacionaban con Fernando; que lo hacía revivir cada vez que leía algún párrafo. Poco importaba la distancia entre mi antiguo novio y los protagonistas de la novela victoriana. Yo sentía que había un vínculo entre ellos y no me separaba del libro que me entregó el joven de la playa.

  Me matriculé en una academia de dibujo y pintura cerca de casa. Nunca había mostrado especial inclinación hacia las artes plásticas pero me permitía tener durante unas horas la mente vacía. Mi espíritu encontraba la paz entre aquellas salas en las que siempre hacía un frío húmedo como el de las bodegas. Mi profesora parecía tan irreal como los personajes de Dickens. Debía de rondar los sesenta años y lucía una larga cabellera blanca recogida en una coleta que llevaba recogida con un pasador de cristales en forma de mariposa. Me fascinaban sus manos, de dedos largos y finos, cuya piel blanca salpicaban miles de pecas y unas manchas color arena semejantes a las que hacía en el lienzo cuando comenzaba una pintura. Su voz, seca y grave, no era dada a prodigar halagos y ternuras. Sus exabruptos cuando criticaba mis intentos por trazar una línea recta me confundían pero, al mismo tiempo, espoleaban mi orgullo y me apremiaban a esforzarme por mejorar. Las dos horas que pasaba en la academia cada mañana constituían una bendición para mí. Era como si Fernando, que siempre me acompañaba en mi soledad, no se atreviera a traspasar el umbral y me liberara, así, del dolor.

  Los miércoles María, la bella profesora, ponía sobre nuestros caballetes un lienzo en blanco, depositaba en el suelo un cestillo de mimbre lleno hasta el borde de tubos de pintura al óleo y se plantaba en medio de la sala para zaherirnos con su tono de voz desabrido.

  —¡Olvidad todo lo que os he enseñado y dejad hablar a vuestro corazón! —exclamaba con las manos en la cintura y en actitud desafiante.

  Al principio me sentía perdida en esa clase. Manchaba la tela con el pincel chorreando rojo o azul y permanecía mirando por encima del caballete hacia la lejanía. Pero un día la mancha de azul se extendió por la superficie. Festoneé el contorno con blanco y amarillo, y apareció un mar embravecido. Mi corazón empezó a latir aprisa; me costaba respirar. Dejé todo en el suelo y salí huyendo de la sala. Corrí por el pasillo sin saber adónde iba. Al llegar al final me topé con la pared. Me apoyé en ella y dejé caer la cabeza sobre el pecho con los ojos cerrados. No puedo decir cuánto tiempo estuve tratando de apaciguar mis latidos. Me parecía que me ahogaba y llegué a creer que iba a morirme. Alguien me cogió por los hombros y me levantó la barbilla. Intenté serenarme pero no podía detener los temblores que sacudían mi cuerpo.

  —Respira despacio —me ordenó María.

  Su voz seca calmó mis temblores. Pasó su brazo por encima de mis hombres y me condujo hasta su despacho. Cuando cerró la puerta rompí a llorar. María permaneció a mi lado en un sofá bajo la ventana hasta que cesaron los sollozos. Me apartó un mechón que caía sobre la frente y me animó a contarle lo sucedido. Pero no pude hablar. ¿Cómo exponer mi corazón herido ante una extraña? Negué con la cabeza y quise salir del despacho, alejarme de aquella mujer que, como los psicólogos y psiquiatras, se empeñaban en hacerme recordar lo que con tanto esfuerzo intentaba olvidar.

  —No hables si no puedes —me pidió cuando me disponía a abrir la puerta—. Pero no dejes de pintar. Pinta lo que te pida el corazón, Lucía. Pinta.

  Durante dos semanas, me negué a volver a la academia. La pintura había perdido su poder de adormecer mi dolor y la mujer de la larga cabellera blanca ya no me parecía ajena a mi desdicha. Volví a encerrarme en mi habitación con el libro de Dickens. Pero una mañana me sorprendí con un lápiz en la mano dibujando a una chica que paseaba descalza sobre la arena de la playa. No era más que un esbozo. Pero aquel dibujo me dejó una sensación de paz que llevaba mucho tiempo sin experimentar. Pasé horas retocándolo, añadiendo un detalle aquí, otro allá. Y, al día siguiente, retomé las clases de la academia.

  Mentiría si dijera que la pintura se llevó mis desdichas pero también sería una falsedad afirmar que todo siguió igual. María me acogió en su clase como si no hubiera pasado nada, aunque a menudo notaba su mirada sobre mi espalda. No me costó reintegrarme a las clases de dibujo, donde se incidía en los aspectos de la técnica. Las reglas tan precisas mantenían a raya mis emociones, siempre listas para saltar. 

  Más difícil me resultaba mantenerme serena en la clase de pintura libre. Comenzaba con la intención de llenar el lienzo de flores y niños pero, con la primera pincelada, aparecían playas bañadas por un mar encrespado en el que se peleaban olas altísimas coronadas de espuma. Me recuerdo rasgando la tela para escapar de la terrible visión; por allí por donde se rompía el lienzo me parecía que iba a surgir el fantasma de Fernando para atormentarme. No puedo decir las veces que estuve tentada a huir. Me detenía la vigilancia que María ejercía sobre mí. De vez en cuando, se colocaba detrás de mí. Permanecía unos minutos en silencio, mirando la tela hecha jirones y asentía con la cabeza antes de dirigirse a otro alumno. Al término de la clase colgaba mi cuadro junto a los de los demás sin hacer nada por disimular la grieta que lo atravesaba. Allí, en medio de la pared, me parecía que era mi alma menoscabada la que se exponía a la vista de todos. Acababa la clase llena de vergüenza, no tanto por mi falta de ejecución como por creer que mis compañeros estaban al corriente de mis secretos que con tan poco pudor mostraban aquellas manchas. Sólo por dejar de verlas, empecé a obligarme a terminar las pinturas reprimiendo mis ganas de acabar con ellas. Así fueron surgiendo mares más calmados bajo cielos azules por donde planeaban elegantes gaviotas y cometas de alegres colores. 

  No me daba cuenta pero, a medida que surgían mares sosegados y paisajes más risueños, mi ánimo también iba recobrando la paz.




III.

  Hacía once años que una ola furiosa se había llevado mi juventud. Había dejado la casa de mis padres para mudarme a los bajos de un edificio en un barrio no muy alejado, donde además tenía mi estudio de pintora. Por medio de María, conocí a un galerista que, de vez en cuando, exponía mis cuadros. No ganaba mucho pero, con la ayuda de unas cuantas clases particulares, lograba ir tirando.

  Desde hacía tiempo me consideraba curada. De mi pasión por Historia de dos ciudades no me quedaba más que una serie de cinco pinturas que dos años antes había dedicado a la novela inglesa y que colgaban de las paredes de la academia de María. He dicho que me consideraba curada pero todavía no me había atrevido a ir a ninguna playa, pese a ser el motivo más frecuente que aparecía en mis cuadros. Tampoco había superado mi soledad. Había tenido varias relaciones con jóvenes que conocí también a través de María pero de los que no recuerdo ni sus nombres ni sus caras pues el más duradero de los romances no pasó de tres meses. Y, pese a todo, como digo, hacía tiempo que me consideraba curada.

  Pero, a principios de la primavera se tambaleó el frágil equilibrio. Acababa de inaugurar mi última exposición. Llegué a casa pasadas las doce, agotada después de una noche en la que hablé con decenas de desconocidos. Me acosté sobre la cama sin deshacer. No me detuve siquiera a quitarme el maquillaje y la ropa. Caí en un sopor profundo vacío de imágenes y emociones hasta que me despertó el sonido de una canción surfera y la fragancia a sal y a arena que se colaron en mi sueño. Sin todavía estar espabilada del todo, me sacudieron unos sollozos: primero, leves, más fuertes, después. Casi media hora estuve desdoblada en dos Lucías: la que se deshacía en llanto y la que contemplaba a la otra con estupor. El llanto se llevó el sueño y me dejó desvelada hasta que apuntó la luz del amanecer, cuando, cansada de esperar y, tras tomarme un café solo, abandoné Madrid en mi Mini.

  Era principios de marzo y Tarifa dormía envuelta en la niebla. Las playas se dirían desiertas de no ser por algún que otro surfero que se peleaba con las olas. Por un instante creí que se me iba a parar el corazón y, al momento, tomó tanta velocidad que me llevé la mano al pecho para que no se escapara. 

  Estuve recorriendo las calles solitarias. Una lluvia fina, más propia del norte que de las costas gaditanas, me empañaba la vista y humedecía mi vestido pero no me dejé amedrentar. Estuve merodeando por los alrededores del pueblo sin atreverme a llegarme hasta sus playas. Costaba reconocer la carretera que conducía a la casa donde nos habíamos alojado Fernando y yo con sus amigos. Habían construido unos bungalows a lo largo del camino. Tuve que hacerme a un lado en la carretera para dejar paso a una carrera de bicicletas. No había apenas público animando a los corredores, lo que me permitió alejarme sin mucha dificultad. Cuando llegué, creí que me había confundido porque en lugar de nuestra antigua casa, se elevaba el edificio de un club deportivo. La playa en la que once años antes apenas unos niños volaban sus cometas había sido colonizada por un grupo de surferos. Hasta mí llegaba su jerga: kite surf, padle surf, stand up, wipe out, off the lip; de la que comprendía tan poco como entonces. Me sorprendía no sentir ninguna emoción. Regresé al pueblo y seguí hasta la playa del Búnker. Delante de mí iban cuatro jóvenes de edades parecidas a las que tenían Fernando y sus amigos aquel verano. Alargué el brazo y a punto estuve de rozar a uno de ellos con la punta de los dedos. Era como si estuviese viendo una película de la que conocía el argumento. No sentía ninguna tristeza. Ni alegría tampoco. Una extraña indiferencia me empujaba por la carretera. Uno de los jóvenes volvió la cabeza, como si presintiera que los estaba siguiendo. Me agaché fingiendo atarme los cordones de las zapatillas y esperé que se alejaran con sus tablas. Cuando llegué a la playa, me senté en la arena, como solía hacer once años atrás, y saqué mi cuaderno de dibujo. La mano me temblaba. No había tanta gente como entonces pero a mí me parecía que eran los mismos chicos con los que Fernando y sus amigos solían bromear. Había dejado de llover y, a lo lejos, se divisaban las costas africanas.

  De pronto, me invadió la añoranza por la joven que había sido; aquella que creía que todo era posible. Hacía mucho tiempo que no se abría ninguna ventana a un cielo azul; que Fernando me había arrebatado mi mochila repleta de planes e ilusiones. Oculté la cara entre las manos y lloré. Lloré por haberle permitido llevarse mi juventud, mis ganas de vivir. Lloré por haberme negado a mí misma la felicidad; como si, al ser dichosa, lo estuviese traicionando. Apreté los dientes y los puños. Dejé que la pena diese paso a la rabia y ésta a la determinación: nunca más me dejaría abatir por la desesperanza. Sólo entonces abrí los ojos y, al alzar la vista, me tropecé con una tierna sonrisa: la del desconocido que, como once años antes, me miraba desde un rincón de la playa con un libro entre las manos.


viernes, 15 de junio de 2018

Con la mirada hacia atrás








La gota se deslizaba con lentitud por el cristal. Gertrudis seguía su recorrido medio distraída mientras sus pensamientos giraban como un molinillo al compás del traqueteo del tren. Fuera se sucedían campos de trigo que apenas se vislumbraban tras el velo de lluvia. Parecía mentira que sólo hubieran transcurrido unas horas desde que salieran de la estación de*** con un sol radiante. Estrujó en su puño el telegrama que la había puesto en camino y trató de concentrarse en la gota de agua. En su travesía, se había unido a otra gota y, juntas, descendían por la gélida y lisa superficie de cristal dejando tras de sí una estela sinuosa. A su lado, dormitaba Clarisa, su nieta, ajena a su desvelo. Por encima de los labios entreabiertos, sobrevolaba una tenue sonrisa: con diecinueve años, la vida es una promesa, un capullo a punto de abrirse. Mas, a veces, la rosa se marchita antes de florecer. Le acarició con el dorso del índice la mejilla fresca y sonrosada. Los párpados de la joven aletearon un instante antes de volver a la calma. ¡Cuánto sosiego, Dios mío! Pero la vida es implacable y no tardaría en robarle su inocente serenidad. 

Gertrudis sabía mucho de eso. Sin ir más lejos, la noche anterior un simple cuadrado de papel se había entrometido en su vida sencilla, llevándose consigo la paz que le había costado alcanzar años y años. Un simple cuadradito de papel había abierto la puerta al pasado cuando la creía cerrada para siempre. Habían bastado cuatro palabras para que se presentasen a una cita no concertada todos los fantasmas del ayer. Y, con la misma insistencia de entonces, torturasen su corazón anciano, cansado. Uno a uno le habían puesto a sus pies escenas que creía olvidadas: con dedos alargados, habían abierto la herida que tanto tardó en sanar.

Clarisa se revolvió en su asiento sin llegar a despertar. Todavía no entendía Gertrudis cómo se había avenido a seguirla en un viaje preparado con tanta precipitación; sin tiempo siquiera de dar aviso a Juan, que había partido unos días antes a la capital para resolver no sabía qué negocio.

—Se muere mi primo Rafael y me ha llamado a su lado —había sido lo único que le desveló a su nieta tratando de disimular la emoción que le causaba la noticia—. He enviado a Paca a comprar los billetes de tren y, en cuanto los tengamos, nos vamos.

Clarisa ni siquiera le había hecho ninguna pregunta, como si fuese algo de todas los días dejar la casa de la noche a la mañana. Se había limitado a ayudarla con el liviano equipaje. Cuando terminó de guardar las escasas pertenencias en una bolsa, la joven había pedido a Paca recado de escribir y había pasado un buen rato garabateando unas letras para Pedro, su prometido. Mientras tanto, Gertrudis hacía todo lo posible por apaciguar su corazón inquieto por la perspectiva de tan largo viaje. La anciana, al ver a su nieta mordisquear la punta de la pluma, había sentido como si le pellizcasen el alma: el primer amor te lleva al cielo pero, por lo mismo, su pérdida te precipita a lo más profundo del infierno. ¡Ojalá pudiera protegerla de las penas del desengaño!

Gertrudis apenas había dormido aquella noche. Los recuerdos ahuyentaban el sueño. Tres veces se levantó de la cama, tres veces se sentó ante el escritorio decidida a esquivar el mensaje de Rafael. Tres veces desplegó sobre el tablero el telegrama con la esperanza de haber equivocado su sentido y tres veces regresó al lecho y, envuelta en una confusión de mantas y sábanas, convencida de la imposibilidad de ignorar la llamada.

Y ahí estaba ella, en el compartimento de un tren, siguiendo el rastro de una gota de lluvia en el cristal de la ventanilla mientras trataba en vano de apartar el pasado de su pensamiento. Volvía a verse con diecisiete años, luciendo un vestido color lila que dejaba al descubierto los hombros y el escote; el collar de perlas negras que había pertenecido a su abuela; y el cabello, peinado con artificio por la doncella, que caía en cientos de bucles y tirabuzones según la moda de entonces. Se recordaba apeándose de un tíburi y pasear por el Jardín de las Delicias del brazo de su padre. ¡Qué orgulloso iba a su lado! Acaso hiciera como si no se diese cuenta de ello, pero no podía evitar envanecerse cuando caían sobre su hija miradas de admiración de los jóvenes con los que se cruzaban en su caminar. Gertrudis adivinaba la emoción de su padre por el modo en que erguía la espalda y apretaba el paso, de habitual calmo. ¡Era tan hermosa! Más de cuarenta años después, no quedaba ni un ápice de vanidad en ella. Las penas y las arrugas que estragaban su rostro se habían llevado la poca que le quedó cuando su marido la repudió. Aun así, podía verse como la veían entonces: bella y rodeada de un halo de exótico misterio que agrandaba su atractivo a los ojos de los demás. ¿No la hacía apetecible a las familias bien de la ciudad saberla hija de don José, un próspero indiano que había hecho fortuna en Cuba? Se decía que era propietario de un ingenio azucarero cuya extensión superaba la de la provincia de Salamanca. ¿Y no la hacía deseable a los jóvenes pretendientes saberla hija de una criolla que se decía que había sido la más hermosa de la isla? Todo el mundo ponderaba su belleza pese a que en España nadie la había conocido por haber fallecido al dar a luz a Gertrudis. ¿No la hacía envidiable a los ojos de las jóvenes románticas saber que había pasado dos años conociendo Europa de la mano de su padre y un apuesto preceptor? 

Espantó una polilla que revoloteaba alrededor del rostro de Clarisa, pero el gracioso insecto se escabulló y se posó en la mejilla de la joven.

—¿Hemos llegado ya, abuelita? Me he quedado dormida.

Clarisa se frotó los ojos con los puños cerrados como hacía cuando era una niña. Gertrudis le rodeó los hombros con el brazo y la besó en la frente. Su nieta era la única familia que le quedaba, si no contaba a Juan. No se habían separado desde que su nuera y su hijo fallecieran con muy poco tiempo de diferencia cuando Clarisa sólo tenía tres años. 

—¿Cómo es tu primo, abuelita?

—¡Oh!, hace tanto que no lo veo...

A su padre nunca le gustó Rafael. Le parecía arrogante y pagado de sí mismo; un petimetre al que le gustaban los espejos más que a una damisela vanidosa. Pero el joven era su sobrino y no podía evitar encontrárselo en las comidas de los domingos que daba su prima. En cambio a Gertrudis le encantaba. Era el chico más chisposo, más guapo y apuesto que conocía. Contaba como nadie historias divertidas sobre sus años de estudiante de Derecho en Santiago y, cuando se retorcía las guías del bigote, la muchacha que era entonces no podía reprimir una carcajada que le recorría el cuerpo entero. Y, sobre todas las cosas, a Gertrudis le encantaban las cartas de amor que, a resguardo de la vigilancia de su padre, le dejaba en los escondites más insospechados: debajo de un tiesto en el patio, entre las páginas de un libro del que hablaba como de pasada durante la sobremesa, en el manguito de piel, regalo su padre por su decimosexto cumpleaños... De lunes a sábado, a la hija del indiano se le iban los minutos tratando de adivinar con qué nueva ocurrencia la sorprendería.

La tía Pilar alentaba los amores entre los primos sin hacer caso de las reticencias del padre de Gertrudis. Con la excusa de una mantelería de encaje que quería terminar antes de la boda de su hija, la hacía llamar muchas tardes para que la ayudase con la aguja. A eso de las seis, solía aparecer Rafael después de su jornada en el bufete donde trabajaba y su aparición siempre avivaba la memoria de la tía Pilar, que dejaba sola a la pareja de enamorados para atender algún quehacer urgente hasta entonces olvidado.

Así se fue fraguando un noviazgo entre los dos jóvenes. Durante el banquete de bodas de Begoña, Pilar le anunció a su primo que Rafael quería pedir la mano de Gertrudis. La mujer, que tenía fama de obstinada, no se dejó amilanar cuando el indiano trató de persuadirla de que su hija aún era muy joven; cuando insistió en lo poco que le gustaba la cercanía del parentesco. La buena señora, que ya había hablado con el obispo y tenía medio concedida la dispensa, acalló las protestas de don José con un vaso de jerez aderezado con palabras mimosas, y, antes de que partieran los novios de viaje, ya había concertado otra boda.

El tren cruzó Despeñaperros a las doce y media. Gertrudis guio a Clarisa hasta el vagón restaurante y la dejó elegir en la carta sin sermonearla, como hacía a menudo, con las virtudes de una vida austera. Y eso que sólo llevaba lo justo para el viaje y poco más. Sabía que su nieta la tenía por tacaña. La anciana exhaló un suspiro. ¿Qué sabría la joven de lo que era pasar necesidades? A pesar del tiempo transcurrido, todavía se estremecía al recordar las penurias de su juventud. Cuando el dinero que le enviaba Rafael no le bastaba sino para malvivir con su hijo y hubo de colocarse de maestra en una pequeña escuela.

—¿Tomamos arroz con leche de postre, abuelita? —de nuevo la voz mimosa de Clarisa la trajo de su viaje al pasado—. Podemos pedir un platito para las dos.

Gertrudis llamó al camarero, que no se demoró en traerles un cuenco de barro con el dulce manjar. No probó más que dos cucharadas para dejar que su nieta se deleitara con aquel capricho tan poco habitual entre ellas. El sabor a canela la llevó de nuevo a su juventud y una vez más se rindió a los recuerdos. 

Rafael y Gertrudis contrajeron matrimonio en la Basílica del Patrocinio un veinticuatro de mayo. La novia llevaba el mismo velo con que se casó doña Matilde, su abuela paterna: un velo de blondas tan fino que no servía para ocultar las lágrimas que bañaban su rostro. Llegó al altar del brazo de su padre, quien hubo de sostenerla para evitar que cayera desvanecida en sus brazos: la luz temblorosa de las velas difuminaba el contorno de la Virgen niña y el perfume del incienso la mareaba. Mas, bastó con que Rafael posase levemente su mano en su brazo, para que su espíritu resucitase. Apenas tenía un vago recuerdo del banquete: los besos que le daba su esposo en la punta de los dedos, el ridículo sombrerito tirolés de su prima Begoña, las mejillas enrojecidas de su padre, poco acostumbrado a comidas tan copiosas y a licores tan fuertes, las palabras que le dijo poco antes de partir de viaje de novios a Granada.

—Hija mía, ya sé que el matrimonio es sacramento santo pero si te falta alguna vez el cariño y la felicidad de tu casa, no te dé reparo en venir a mí.

Gertrudis estuvo a punto de romper a llorar ante tales palabras, dictadas por la emoción. La joven desposada abrazó a su padre y lo besó hasta casi ahogarlo con la esperanza de disipar, así, la congoja del pobre señor y la suya también.

Pero, ¿cómo podía faltarle el cariño y la felicidad si tenía un marido que no vivía sino la veía sonreír? Un marido que la despertaba con besos cuando el primer rayo del sol se colaba entre los pliegues de la cortina. Un marido que dejó de acudir a la tertulia de san Ginés sólo por pasear con ella por el Jardín de las Delicias. Un marido que la echaba a perder con sus mimos. Pocas veces regresaba del bufete sin alguna chuchería con la que ilusionarla: un monito autómata que, cuando se le daba cuerda, tocaba los platillos, un juego de cepillos de plata para bruñir sus negros y rebeldes cabellos, un espejo de nácar para hacerla aún más presumida...

Los primeros meses de su matrimonio se le fueron a Gertrudis entre visitas a parientes y amigas. Todo el mundo la agasajaba y atendía a sus deseos con una deferencia muy alejada de la que le dispensaban antes de casarse. Ser la esposa de un prometedor abogado la situaba por encima de otras jóvenes, amigas suyas de soltería y casadas con meros comerciantes. En la sociedad de aquella ciudad de provincias, cada uno tenía su lugar y ser la mujer de quien había estudiado en la universidad otorgaba unos privilegios que ni siquiera estaban al alcance de la hija de un indiano que había hecho una gran fortuna en ultramar. De la noche a la mañana, señoras que antes ni la miraban le cedían el paso a la entrada de misa. Cuando iba de compras con su tía Pilar, los dueños de las boutiques se apresuraban a abrirle la puerta, le buscaban un coche de punto si llovía y ponían un muchacho a su disposición para que les llevase los paquetes a casa. Tanta consideración causaba a Gertrudis una mezcla de orgullo y vergüenza. Orgullo por pensar que distinguiéndola a ella, honraban el buen nombre Rafael. Vergüenza porque, cuando se oía llamar señora del Valle, le parecía que estaba muy lejos de merecer tal título.

El tren se detuvo media hora a cincuenta quilómetros de su destino. Clarisa y Gertrudis se apearon a refrescarse y pasear por el andén. La anciana se dirigió a la ventanilla de Correos a poner un telegrama a Juan. Cerró los ojos mientras esperaba que la atendiese el empleado, tratando de evocar su mirada tranquila. ¿Qué hubiese sido de ella de no haberlo encontrado? Lo conoció a los cinco años de su exilio. Era el padre viudo de una de sus alumnas. Lo veía a la salida de la escuela cuando iba a recoger a su hija. Tomó la costumbre de esperarla y acompañarla en su camino a casa. Al principio, Gertrudis se mostraba reservada. ¿Cómo contarle nada? Todavía conmocionada por lo ocurrido, huía de la gente para evitar que hiciesen daño a su hijo. Pero Juan fue paciente y ella acabó rindiéndose a su ternura. Escuchó sus desdichas, la convenció de que en ella no había culpa alguna y aceptó al hijo de Gertrudis como si no viese en él nada diferente a los demás. Solo la imposibilidad de hacerla su esposa había empañado la alegría de saberla suya.

—Ponle al abuelito un beso muy muy grande de mi parte.

Gertrudis se volvió sobresaltada. La voz de Clarisa se llevó al instante los recuerdos. Le tomó la mano y se la llevó a los labios. Su nieta le regaló una sonrisa y, por un momento, le pareció ver detrás de sus facciones juveniles el rostro sereno de Juan. La anciana sonrió. En la joven se daba cita lo mejor de la familia: de su padre, el hijo de Gertrudis, había heredado la comprensión de las debilidades ajenas; de su madre, la hija de Juan, esa bondad que la desarmaba. 

Aún quedaba un rato para que el tren reaunudara su viaje. Gertrudis tomó del brazo a su nieta y la condujo por la carretera hasta una callecita animada por una tienda de la que entraban y salían muchos de los pasajeros que se detenían en el pueblo. Llevadas por la curiosidad, entraron y se perdieron entre las chucherías que, con tanto éxito, se vendían. Les llamó la atención una estantería en la que se exponían abanicos a bajo precio. Clarisa los contemplaba encandilada por el despliegue de color, hasta que se decidió por uno amarillo que iba con su vestido. De pronto, un hombre corpulento se abalanzó sobre ella.

—Aparta tus zarpas de mis abanicos —le gritó con los ojos desorbitados mientras la empujaba hasta la puerta de salida—. Y, usted, haga el favor de sacar de mi tienda a este animal —añadió volviendo la cabeza a Gertrudis—. ¿Es que no sabe que en esta tienda sólo puede entrar gente como Dios manda?

La anciana empezó a dar voces en defensa de su nieta, pero ésta salió de la tienda con la mirada baja y sin pronunciar una palabra. El corazón de Gertrudis palpitaba acelerado. Cogió su sombrilla que se le había caído y alcanzó a la muchacha, que la esperaba junto a la carretera.  

—Lo siento mucho, hijita —se disculpó Gertrudis afligida y sintiéndose culpable por lo sucedido.

Clarisa la abrazó y apoyó la cabeza en su hombro.

Gertrudis no supo que estaba en encinta hasta avanzado el embarazo. Fue la tía Pilar la que la asedió a preguntas después de ver cómo había aumentado el volumen de su vientre. Cuarenta años después no podía evitar una sonrisa al recordar su rubor ante la crudeza de su suegra. Sin ningún miramiento hacia su recato, escarbaba en su vida íntima adivinando aquellos actos que la joven ni siquiera sabía nombrar. ¿Sería posible que Rafael, con la delicadeza con la que la introducía en sus deberes como esposa, le hubiese contado aquello a su madre?

Pasada la alegría inicial, su padre se dejó arrebatar por el pánico. Un miedo irracional a que le pudiese suceder a Gertrudis alguna desgracia se hizo presa del indiano. Muy de mañana, antes incluso de que Rafael partiera para el bufete, don José hacía su aparición con una bandeja de dulces de hojaldre que había comprado de camino. Con un desparpajo exagerado que no ocultaba sus temores, entraba en la casa dando órdenes a los criados pidiéndoles que le preparasen a su niña una taza de chocolate que, a su parecer, era lo más conveniente para su estado. De poco, por no decir de nada, le servía a Gertrudis protestar por el afán de su padre en hacerla engordar. Rafael acababa dándole la razón y ella había de soportar que la tildasen de remilgada cuando hacía ascos a las tres tazas del empalagoso brebaje. Después de tan copioso desayuno, el buen hombre la obligaba a reposar en el diván del gabinete y la entretenía con historias de su juventud hasta la hora del almuerzo.

Gertrudis disculpaba la exagerada solicitud de su padre por sospechar que su origen estaba en el recuerdo del fallecimiento de su esposa. Por no causarle disgusto, se avenía a sus caprichos, aunque la mayoría de las veces le pareciesen ridículos. Cuántas veces, aprovechando un descuido del solícito indiano, regaba el ficus de la salita con la taza de infusión de hojas de rosa que se empeñaba en que bebiera a media tarde porque una hechicera que conoció en Cuba allá por sus años jóvenes se la daba a las mujeres encinta para asegurar un buen parto. A medida que se acercaba el nacimiento de su nieto, iba creciendo la inquietud del indiano. Gertrudis dejó de preguntarle por su madre porque el pobre hombre se asustaba tanto que sus ojos se quedaban en blanco y se le cortaba la respiración.  

El tren llegó a la ciudad a la caída de la tarde. Gertrudis permaneció unos instantes contemplando por la ventanilla la pequeña estación antes de decidirse a apearse.

—¿Vamos, abuelita? 

Clarisa le ofreció la mano para ayudarla a levantarse del asiento. La anciana le dedicó una sonrisa.

—Vamos, querida.

Cuando pisó el andén, fue como adentrarse en una casita de muñecas largo tiempo olvidada. Todo estaba igual pero parecía haber empequeñecido. Le emocionó el reloj de la estación, cuyas agujas se habían detenido en las tres y diez, quién sabe si la misma hora en la que ella partió cuarenta años antes. Un mozo al que le apuntaba un bozo incipiente sobre el labio se ofreció a llevarles los escasos bultos y parar un landó. Gertrudis se escandalizó al calcular el precio del carruaje.

—Te daré unas monedas más si nos acompañas —trató de persuadirlo Gertrudis—. Apenas traemos unas bolsas y no tendrás que andar mucho. Nos esperan en casa de don Rafael del Valle.

Atravesaron la avenida del Paraíso y subieron por la calle del Comercio. Gertrudis y Clarisa caminaban a paso ligero sin hacer caso de las miradas de asombro que encontraban a su paso ni de los murmullos que sobrevolaban por encima de ellas. El muchacho, que ya las debía de considerar poco menos que de su familia, se creyó en la obligación de justificar a sus paisanos y declaró con firmeza:

—En esta ciudad no estamos acostumbrados a ver señoras tan hermosas y elegantes.

Y sí que debían parecer personalidades extraordinarias. Tan altas y esbeltas, con sus andares ligeros, la tez morena y lustrosa y sus vestidos modestos pero llevados con la gracia natural de las tierras del Caribe. Era Clarisa la que más expectación despertaba. Antes de llegar a la casa del ilustre abogado ya se había corrido la voz: «En el tren de la tarde ha llegado la nieta del rey Baltasar». 

Julio vino al mundo un veinticuatro de mayo. Los primeros dolores del parto la despertaron a las dos de la madrugada. Apenas unas molestias, que Gertrudis tomó por una indigestión. Pero el padre de la criatura no se lo tomó tan a la ligera. Rafael parecía un espectro recorriendo la casa con un candelabro de cuatro brazos en la mano con el que a punto estuvo de incendiar las cortinas del vestíbulo. Gertrudis, en medio de los dolores, lo oía llamar a gritos a los criados y pedir un coche para ir en busca de la comadrona, que no se presentó hasta las nueve de la mañana. Antes hizo su aparición el futuro abuelo, que se negó a apartarse del lado de su hija hasta que lo echaron del dormitorio. Tampoco lo tuvo fácil la comadrona con Rafael, al que expulsó de la casa con palabras groseras y sin ningún miramiento con su condición de persona ilustre de la ciudad.

Padre y esposo aguardaron en el jardín durante horas mientras trataban de ocultarse el miedo el uno al otro. Fumaron no menos de quince cigarrillos cada uno y hablaron de asuntos que, con  la mente en Gertrudis y su hijo, ninguno escuchaba.

A las dos de la tarde, fue en su búsqueda la comadrona: su rostro parecía la personificación de la consternación.

—No sé cómo ha entrado el diablo en esta casa y se ha llevado al niño para tomar su lugar.

La cara de don José se tornó azul. Rompió a sollozar sin consuelo mientras balbucía palabras apenas ininteligibles.

—¡Ay, Virgen de los Dolores!... ¡Hijo de mi vida! Me temo que yo sé lo que ocurre. ¡Ay, hijo mío!, toda la culpa es mía. ¡Ay, mi pobre Gertrudis! Dios quiera que me perdone.

La comadrona no paraba de gritar.

—Yo soy una hija temerosa de Dios y nunca había visto nada igual: negro, negro, como el carbón.

Rafael, entre la ira y el miedo, los miraba atónito a uno y a otra. Un grito procedente del final del pasillo lo hizo volver en sí. Se precipitó hasta el dormitorio donde encontró a su esposa deshecha en lágrimas. La estrechó entre sus brazos con la intención de consolarla y aliviado al asegurarse que estaba viva. 

Gertrudis lo agarró con fuerza por la pechera y escondió el rostro en su pecho. El olor a tabaco, tan familiar para ella desde la infancia, amainó un poco los sollozos que sacudían su cuerpo. Se dejó arrullar y el calor del abrazo la hizo sentirse segura. Por un momento quiso creer que todo había sido una pesadilla de la que él la había rescatado pero el dolor de su cuerpo la sumergió de nuevo en la realidad.

—¿Lo has visto?

Rafael no tuvo tiempo de responder. El indiano entró en la habitación dando alaridos. Detrás, la tía Pilar, abuela del recién nacido, tan pálida que se hubiese dicho que había visto un fantasma.

Durante tres días, ni su madre ni su abuela, ni su padre ni su abuelo se ocuparon del niño, que hubiera muerto de hambre y abandono de no haber sido por la piedad que inspiró a una de las sirvientas. La familia del recién nacido estaba demasiado conmocionada después de verlo y mucho más tras oír las explicaciones del abuelo. A Gertrudis le llenaba de turbación pensar que había llevado en su seno un bebé tan negro como el miedo. Su marido, creyéndola culpable del engaño, la había abandonado al día siguiente del nacimiento para irse a la casa de su madre. Le prohibió todo intento de hablar con él o la tía Pilar en tanto decidía qué determinaciones tomar. La acusaba de haberse valido de astucias para seducirlo y se negaba a escuchar a su suegro quien juraba haberle ocultado la verdad a su hija. 

Y la verdad dolía: Gertrudis tardó en entender la historia que le contó su padre. 

Don José emigró a Cuba siendo muy joven. A su hija no le contó cómo en sólo cinco años logró convertirse en el propietario de uno de los ingenios azucareros más importantes de la isla. Con más de cien esclavos en su plantación, era casi el rey de la comunidad. Su poder alcanzaba a las autoridades españolas, que no tomaban ninguna decisión sin antes consultarle. Las familias más poderosas hacían planes para atraerlo a sus negocios. Más de una jovencita soñaba convertirse en su esposa e incluso alguna que otra madre con fama de respetable se presentó a la puerta de su casa en medio de la noche para abrumarlo con las gracias de su hija casadera. Pero él no mostraba ningún deseo de contraer matrimonio. Tenía a su disposición a las mujeres de la plantación que no le exigían nada porque él era el amo. Entre los campos de su propiedad, correteaban niños con la piel más clara que la de sus madres que don José no consideraba de otro modo que a los cachorrillos de la vieja podenca que vivía en su cocina.

Así fue hasta que se encaprichó de Perla. Era ésta la hija de la cocinera y no tenía más que quince años. Debía de ser fruto de los amores de su madre con algún pobre obrero blanco de los que construyeron la carretera a La Habana pues su piel era clara y suave: una piel de color canela que se le metió con obstinación en la cabeza sin que la preparación de las elecciones municipales le librase de los ardores que le causaba el recuerdo de la muchacha. De nada le sirvió a la cocinera agobiar noche y día a su hija con cientos de quehaceres sólo por mantenerla apartada del fogoso amo. Don José, que entonces contaba treinta y dos años, siempre se las ingeniaba para encontrarla.

Llevaba un año de amores cuando  Perla dio a luz una niña que parecía estar llamada a desaparecer entre los chiquillos que correteaban por los campos. Mas el dueño del ingenio cometió el error de cogerla en brazos y, al verla tan sonrosada, se prendó la pequeña. Ya no quiso separarse de ella. Preparó para la niña las mejores habitaciones de la casa y, cuando cumplió un año, la apartó de su madre. No contaba don José con el rechazo de la gente. Cuando quiso presentar a la niña como su hija, los mismos que lo adulaban años atrás le dieron la espalda. De manera que, para proteger a la niña, dejó sus propiedades en manos de su capataz y regresó con ella a España.

Gertrudis se detuvo ante el portón de la casa donde había vivido de recién casada. Movió la cabeza de un lado a otro para ahuyentar los recuerdos pero éstos eran pertinaces.  Por un momento le pareció ver salir por el portón el carruaje con el féretro de su padre seguido de otros dos con dos ataúdes vacíos: uno blanco y diminuto, otro de caoba y herrajes dorados. 

Desde la ventana del dormitorio de invitados, oculta por las cortinas adamascadas, la joven esposa contemplaba el cortejo de caballeros que consolaban a Rafael de la muerte de su esposa, su hijo y su suegro. Toda la ciudad estaba conmocionada ante sucesos tan trágicos. La comadrona había hablado de un parto difícil. El niño venía de nalgas y con el cordón umbilical enrollado al cuello. La madre había perdido mucha sangre. Estaba muy débil y apenas podía empujar. De nada sirvió el afán que pusieron la comadrona y el médico por salvar sus vidas: a las seis de la tarde murió el niño y, dos horas más tarde, la madre. El indiano, traspasado de dolor, había sufrido una apoplejía y tres días después que su hija y su nieto dejó este mundo. Ésa era la historia que corría por la ciudad. Desde la ventana, con su hijo en brazos, la joven Gertrudis contemplaba el cortejo fúnebre impasible, con la mirada vacía y el corazón aletargado. Después de las lágrimas del día del parto, se le habían secado los ojos. Todo había sucedido muy deprisa y la invadía una sensación de irrealidad. 

Su padre no había sobrevivido a su relato. El temor a ser juzgado por su hija y el dolor por el rechazo de su yerno, que se negaba a ver a su esposa y a su hijo, acabaron con él. Y su muerte fue tan inesperada, que Gertrudis aún no era consciente de ella. A veces, la sobresaltaba el ruido de una puerta que se abría en el pasillo y le parecía ver su silueta recortada en el umbral del dormitorio de invitados donde la había confinado su marido. 

Cuando Rafael descubrió que la fortuna de su suegro no bastaba para cubrir las deudas que había contraído desde su llegada a España, sufrió un arrebato de furia que hizo temer a Gertrudis por su vida. Los gritos e insultos llegaron hasta los cuartos de los criados, que creyeron que el señor del Valle había enloquecido. Gertrudis aún temblaba al recordarlo. La acusó de intrigante, de manipuladora; de esconder bajo sus dulces facciones la mayor de las vilezas. Entre su padre y ella, afirmaba, lo habían atraído con mentiras haciéndole creer que era un buen partido y no la hija de una esclava. Gertrudis se quedó paralizada, sin fuerzas para defenderse de las injustas acusaciones. Ni siquiera protestó cuando le comunicó que había dispuesto para ella y el niño una casa a doscientos quilómetros de la ciudad con una criada y una nodriza para que los atendieran.

Clarisa y el mozo de la estación la miraban entre incómodos y temerosos. Gertrudis permanecía como una escultura de mármol ante el portón de la casa. Con los ojos en blanco y muy abiertos, las manos que, como garras, se crispaban en la falda. Solo un leve temblor en el labio superior indicaba que había vida en ella.

—Abuelita, ¿estás bien?

Gertrudis volvió en sí. Se adelantó presurosa y llamó a la aldaba. En su cabeza resonaban las palabras del telegrama: «Me muero. Quisiera verte». Cuatro palabras tan sólo la habían puesto en camino hacia el pasado. Se llenó de aire los pulmones y lo soltó poco a poco. Sentía que le fallaba valor para enfrentarse a Rafael. No lo había visto desde que abandonase la casa. 

Se volvió a su nieta y le dijo con dulzura:

—En esta casa nació tu padre.

Le cogió la mano entre las suyas y se las llevó a los labios. El portón se abrió y un anciano asomó la cabeza por detrás.

—¡Señorita Gertrudis! —exclamó en medio de un sollozo.

—Matías, ¿pero todavía vives?

El viejo criado de su padre suspiró. 

—¡Ay, señorita! Dios me ha guardado para poderla ver antes de morir.

—¿Y mi marido? —preguntó en un susurro, como si no quisiera que la oyera Clarisa.

—Don Rafael está muy malito. Día y noche pregunta por la señorita.

Gertrudis sacó unas monedas del bolsito y pagó al mozo adolescente antes de entrar a la casa. Le cegó la oscuridad del vestíbulo. Cuando se habituó a la penumbra, sus ojos se posaron sobre las paredes desnudas. Donde antaño colgaban valiosas pinturas, no se veían más que manchas claras. Ordenó a Matías que las llevara al dormitorio de invitados para refrescarse de la fatiga del viaje. Como si se arreglase para una cita, se cambió el vestido por uno de seda que sólo se ponía en las grandes ocasiones. Luego se empolvó la nariz y se dio un poco de carmín en los labios. 

Con un paso más decidido que su ánimo, enfiló el pasillo hasta su antigua habitación. Al cruzar el umbral, la acogió un fuerte olor a medicinas y a cerrado. No había más luz que la que proyectaba la vela de una palmatoria que, desde la mesita de noche, apenas iluminaba la cama en la que yacía Rafael. Por un instante, le pareció un muñeco, tan consumido lo encontró. Permanecía con los ojos cerrados, medio destapado y respirando con dificultad. Gertrudis quiso decir algo para llamar la atención pero de sus labios no salieron sino sonidos ininteligibles. Se acercó despacio y se arrodilló junto a la cama. Rafael abrió los ojos y le dirigió una mirada vidriosa como si no la hubiese reconocido. Movió los labios resecos y agrietados por la fiebre. Gertrudis acercó la cabeza hacia él y sintió el ardiente hálito en su oreja. Rafael se esforzaba en hablar pero apenas se le oía. La anciana le tocó los labios con suavidad para calmar la agitación del enfermo. Sus miradas se encontraron y, como movidos por la misma emoción, una lágrima se deslizó por un ojo de cada uno.



lunes, 7 de mayo de 2018

La plus que lente





IUn cóctel margarita.

   El Folies es un local pequeño, con no más de siete mesas, una barra y un exuberante ficus que entorpece el paso a los pocos clientes que se detienen a tomar una copa. El dueño, un francés cincuentón que llegó a España hace veinte años, se empeña en dar al local un toque de distinción y adorna sus paredes con antiguos carteles del Folies Bergére que cambia cada semana. Dice que los bellos rostros de las divas retratadas le ayudan a combatir los momentos de añoranza que a veces le acomenten. A este enamorado de la elegancia, le hubiera gustado poder contar con música en directo, pero no tiene espacio ni ingresos suficientes y ha de contentarse con un equipo de alta fidelidad de los años setenta que durante horas obsequia a sus pocos clientes con melodías tan dispares como las canciones de Johny Hallyday o las Gymnopédies de Satie. El Folies abre por las noches, de ocho a doce, pero pocos se animan a traspasar el umbral a pesar de los precios de sus combinados, por debajo de otros locales menos distinguidos. No obstante, tiene unos clientes fijos que buscan un rato de conversación con Gerald, el francés: un matrimonio de maestros jubilados, un oficinista del ministerio, tres amigas que se conocieron en un club de divorciados y poco más.

   Los fines de semana el Folies disfruta de mayor concurrencia. Entre las nueve y las once se reúnen en su barra los que salen de la sesión de las siete del cine Guerrero y los que esperan que dé comienzo la película de las diez. Los viernes, pasadas las nueve, llega ella, distante y ajena a la expectación que suscita en el francés. Es alta, muy alta, tanto que su cabeza sobresale por encima de la de la mayoría de los hombres. Lleva siempre vestidos blancos o negros de seda, sin mangas y con cuello barco, haga frío o calor; vestidos que se ajustan a su cuerpo sin formar ni una sola arruga; el talle alto y un pequeño volante en el bajo a juego con el sombrero que cubre sus cabellos de color caoba. En verano protege sus hombros del aire acondicionado con un mantón de Manila adornado con pavos reales bordados en miles de colores y en invierno cubre su vestido con una capa de terciopelo color guinda. 

   Gerald sospecha que ronda la treintena aunque el cabello recogido bajo la nuca la hacen parecer mayor. Suele aparecer cuando el Folies ya está lleno, como si quisiera esconderse entre la multitud, y elige una mesa. Siempre la misma; apartada en un rincón desde donde contempla a los clientes que entran y salen. A veces, encuentra ocupado su sitio. Cuando esto sucede, asoma a su rostro un gesto de estupor. Mira en derredor y se dirige a la mesa que hay junto al ficus: un lugar poco atractivo por encontrarse en la esquina más oscura del Folies pero que le permite observar a la concurrencia. Pese a encontrarse en territorio casi francés, la mujer pide un margarita. A Gerald no le importa esta pequeña herejía a su espíritu galo y él mismo se encarga de mezclar el tequila con el licor de lima, el zumo de limón, el azúcar y el hielo picado con la misma devoción que si fuera descendiente directo de Danny Herrera. 

   Y es que el francés siente predilección por la joven. En más de una ocasión ha sentido la tentación de dejar por una hora o dos su escrupulosa vigilancia del negocio y sentarse a su lado para entablar conversación. Pero en el último momento desiste intimidado por el aspecto distante y algo altanero de la joven. Hace nueve meses que se limita a contemplarla desde la barra, tras la caja registradora. Le fascina verla beber a sorbitos el cóctel. Sus manos son tan blancas y delicadas que parece como si apenas tocasen el cristal. Cuando más le gusta es en los momentos en que la sorprende mirando ensoñadora por encima de la copa y poco a poco, como si fuese el sol naciente, va asomando a sus labios una sonrisa. Entonces cambia el disco que esté sonando y pone para ella La plus que lente, de Debussy, que, piensa, le puede gustar. Y a las once, ni un minuto antes ni un minuto después, la ve partir con su andar candecioso. Sin despedirse de nadie, como si el Folies fuese un lugar encontrado al azar y no donde pasa dos horas las noches de los viernes.

   La joven no sólo despierta fascinación en Gerald. A menudo se acerca algún cliente solitario a su mesa. Ella se deja invitar mientras lo seduce con su mirada atenta. No hay nada que halague tanto a un solitario que ser escuchado por una bella mujer sabiéndose envidiado por otros solitarios y por más de un descontento con su pareja. Ella no suele hablar mucho y, como bien puede decir Gerald, todavía no ha llegado quien le haya podido arrancar una palabra de su vida. Nadie conoce dónde vive, ni qué hace. Si está sola o las noches de los viernes le sirven de excusa para escapar de una existencia anodina. 

   El francés, que presume de romántico, está convencido de que la joven sufre mal de amores; que por esos mundos vive un desaprensivo que le arrancó el corazón para luego abandonarla. Cuántas noches permanece en vela imaginando que se convierte en el galán que le hace olvidar sus desdichas. Gerald no se tiene por un seductor. Le molesta su nariz larga, gruesa y colorada. Le molesta su barriga que, en los últimos años, ha crecido tanto que a veces duda que sea suya. Le molesta sus manos grandes y gordezuelas, tan poco propicias para acariciar la fina piel de la joven. Y, sin embargo, ¿quién mejor que él para hacerla feliz? Se le van las horas imaginando largas conversaciones en el Folies mientras los clientes se van marchando al compás de las notas de Debussy. Pero no puede evitar tener miedo; miedo a que llegue otro más atractivo que él y se la lleve.

  Y una noche ocurre lo que más teme.

  A las ocho, antes de que haga su aparición la joven, entra en el Folies un hombre ataviado con un traje color crema. Va directo a la barra, escala un taburete y pide una copa de vino blanco que, tras un sorbo, deja sin tocar sobre una mesa. Parece absorto en sus pensamientos, alejado de la concurrencia que cada viernes llena el local. Inclina la cabeza a un lado y permanece escuchando la voz interior que parece martirizarlo. 

  A las nueve y cuarto la silueta de la joven se recorta en el umbral de la puerta. Camina con lentitud hacia su rincón favorito. A medio camino se detiene. Una pareja departe alegremente en la mesa donde suele pasar la noche de los viernes. Mira hacia la otra esquina pero también allí le han arrebatado el sitio. Gerald, que no le quita ojo, sale a su encuentro y le ofrece otra mesa junto a la del desconocido del traje color crema. Para compensarla de las molestias, la invita a un cóctel, que le deja con una rosa roja. Ella lo obsequia con una sonrisa que el francés, con la emoción, olvida devolver. Luego regresa a su puesto, detrás de la caja registradora, a contemplar cómo la joven degusta con deleite su margarita.

  A las diez menos cuarto, entra en el Folies un grupo de siete japoneses. Gerald los mira con extrañeza. ¿Qué hacen esos turistas tan lejos del centro de la ciudad? Les busca acomodo como puede junto al ventanal del pequeño local. Ha de unir dos mesas para que puedan sentarse todos juntos. Durante unos minutos se arma un revuelo. Le ruega a una pareja que se levante un momentito y mueve hacia la puerta las sillas y el velador. El escritor frustrado lo ayuda en su tarea y un señor maduro coge un vaso de otra mesa vacía un instante antes de que se pueda caer al suelo. Cuando al fin termina de colocar a los japoneses y de servirles una cocacola, se acuerda de Debussy. Se aproxima al viejo tocadiscos y hace sonar La plus que lente. Sólo entonces se vuelve y la ve conversando animadamente con el desconocido del traje color crema.

  No puede evitar sentir un pellizco en el corazón. No sabe por qué. El hombre del traje color crema no es el primero que la entretiene con su charla. Pero éste le parece distinto. Le habla en susurros sin que parezca que haya jactancia en sus palabras. El francés está demasiado alejado para oírlo pero intuye que lo que dice el hombre del traje color crema no resbala sobre la joven, como ocurre otras veces. Ella inclina la cabeza hacia delante para escuchar mejor y, de tanto en tanto, le dice algo al oído. 

  El reloj anuncia las once y la joven no se levanta. Ni se despide con displicencia de su admirador ocasional. El hombre del traje color crema pide la tercera copa de vino; la tercera margarita. Se acomoda en su asiento dispuesto a escuchar a la joven. Ella, por primera vez desde que la conoce Gerald, lanza a rodar su lengua; comienza a hablar con avidez como queriendo recuperar todos los meses que ha permanecido callada. Gerald la ve reír con ganas; la ve gesticular; la ve colocarse con coquetería un mechón rebelde por detrás de la oreja. La ve a pocos metros y nunca tan alejada. El reloj anuncia las once y media, las doce, las doce y media. Y ella no se marcha. El reloj anuncia la una, las una y media, las dos. Y ella no se mueve, absorta en las palabras del hombre del traje de color crema. El reloj anuncia las dos y media, las tres. Y ella no se va y los clientes se despiden del francés con la voz dormida. Y Gerald no se atreve a cerrar el Folies.

  A las cuatro de la mañana, ya no quedan más que ellos y el francés en el Folies. La joven mira su reloj de pulsera, se ruboriza y se levanta de su asiento visiblemente alarmada. Da una vuelta alrededor de la mesa hasta que encuentra su bolso y el mantón de Manila adornado con pavos reales bordados en miles de colores. Le dice algo en voz baja al hombre del traje de color crema y enfila hacia la puerta. Él la coge del brazo y sale con ella a la calle. Gerald siente una opresión en el pecho que no sabe si es debida al cansancio o al presentimiento de que aquélla es la última noche que verá a la mujer.


II. Artemisa.

  Ángela llevaba tres años trabajando para Artemisa. Había aceptado el trabajo por desesperación, después de meses sin encontrar un empleo. Iba a ser una situación provisional. Ella era peluquera y cuidar a una nonagenaria no era lo que más le apetecía. Pero en aquel momento la salvó de la indigencia o quién sabe si de algo peor. Era un trabajo que le ahorraba gastar sus míseros dineros en alojamientos aún más míseros que, en la mayoría de los casos, debía compartir con otras chicas, no muy amistosas, por cierto. Allí tenía una habitación con su cuarto de baño para ella sola, por no decir la casa entera, que nadie más que ella disfrutaba.

  Al principio, sus funciones se limitaban a hacer compañía a Artemisa, escuchar las miles de historias de sus años como actriz figurante en el teatro Apolo. A la anciana se le iban las horas ante tres álbumes de fotos en los que posaba con los galanes de los años cincuenta y sesenta: Alberto Closas,  Paco Rabal, Arturo Fernández…

  —Ésta me la hice en el estreno de Historia de una escalera  —decía—. Aquí estoy con Gabriel Llopart y don Antonio. Mira, mira, ¿no te parece guapísimo Gabrielillo?

   Antes de que Ángela tuviese tiempo de responder, Artermisa se incorporaba ligeramente de su sillón y señalaba con el dedo el armario.

  —Anda, rebusca por ahí, que tengo un vestido de seda blanco que termina en un volantito color melocotón. Busca, busca.

  En medio de un caos de boas de plumas, zapatos de tacón fino, sandalias plateadas y lentejuelas, aparecía el vestido envuelto en una funda de la tintorería. Artemisa lo sacaba con cuidado del plástico y se acariciaba con él la mejilla.

  —¡Ayúdame a ponérmelo! —ordenaba como una niña caprichosa—. Seguro que todavía me vale. No he engordado ni un gramo desde los veinte años.

  Ángela la miraba no sin cierta piedad. La bella actriz de las fotografías se había convertido en una anciana pequeñita y consumida. Pero, para no decepcionarla, ponía todo el empeño en su arreglo. Como había visto ver a su madre, que era modista, le ajustaba el vestido con imperdibles, con cuidado para que no perdiese el equilibrio.

   —Ahora hazme un moño italiano con esas manos prodigiosas que tienes, hija.

   Ante el espejo del tocador, Ángela moldeaba los cabellos que ella misma había teñido de blanco azulado. Después, le maquillaba los ojos y le daba carmín en los labios con un pincel fino.

  —Ha quedado bellísima —le decía con verdadera admiración—. Lista para acudir al último estreno de Almodóvar.

  —¡Puff! —bufaba la anciana con desprecio—. Ése tan vulgar no merece un vestido tan especial.

  Acababan las dos riéndose como traviesas adolescentes. Y daban un paseo alrededor de la manzana.

  Con el transcurso de los meses, Artemisas se fue volviendo más frágil. Por las mañanas le costaba levantarse y había que cogerla del brazo en sus paseos vespertinos. Llegó un día en el que no se sintió con fuerzas para jugar a ser una diva pero el miedo a perder la ilusión le hizo inventar un nuevo divertimento:

  —Busca el vestido negro con pedrería, hija, y póntelo para que vea cómo te queda.

  Ángela lo tomó en sus manos como si fuese un paño sagrado. No se atrevía a desdoblarlo. Una cosa era vestir a Artemisa y otra llevar ella semejantes joyas.

  —¡Venga, venga! ¿A qué esperas? Quiero verte con él.

  Un acceso de tos le cortó la palabra. Ángela, asustada, se arrodilló junto a ella con el vestido todavía sobre el brazo. Artemisa negó con la cabeza y le pidió un vaso de agua, que bebió a pequeños sorbos. Cuando se repuso, volvió a insistir en que se pusiera el vestido. La joven accedió temiendo que, si la contradecía, la anciana sufriera algún ataque más grave.

  —Recógete el pelo en un moño bajo, que a ti no te pueden quedar bien los italianos.

  La joven se dejó guiar. La suavidad de la seda al deslizarse por su piel la hizo estremecer. Descalza sobre la alfombra dio tres vueltas sobre sí misma. Se contempló en el espejo y se sobrecogió al verse vestida para un cóctel que nunca iba a asistir.

  —Estás bellísimas, lista para que un apuesto caballero te invite a un margarita.

  Las palabras de Artemisa la devolvieron del mundo de los sueños. Se quitó con apresuramiento el vestido y se arrodilló junto a la anciana escondiendo el rostro en su regazo.

  Aquel nuevo juego, que se repitió las tardes siguientes, siempre acababa con unas horas en las que Artemisa se dejaba llevar por la melancolía. Por su memoria pasaban los amores perdidos, las amigas que murieron, la madre que sólo conoció en fotografías... Ángela la escuchaba embelesada añorando unos tiempos que nunca había vivido ni viviría jamás. La escuchaba hasta que el cansancio vencía a la anciana y había de llevarla a la cama en brazos.

  La fragilidad de Artemisa se iba acentuando con los días. Ángela dejó de consultar los anuncios por palabras en busca de otro empleo. El miedo a que pudiese sucederle alguna desgracia a la anciana era más fuerte que sus deseos de retomar su vida de peluquera, de sus sueños de encontrar un amor como los que le contaba la anciana.

 —Una vez conocí al Marahá de Kapurthala que quería convertirme en su esposa —le contaba a Ángela, que no sospechaba que aquélla era la historia de otra—. Pero yo preferí a un trompetista que conocí en una verbena y que hacía el amor como nadie.

  Las historias de la anciana eran una miscelánea de realidad y fantasía con las que Ángela construía luego sus sueños. Se asomaba al balcón y escrutaba los rostros de los viandantes en busca del príncipe que la convirtiese en una nueva Artemisa.

 Un viernes la anciana se fue a dormir a las siete de la tarde. Su respiración más y más débil la obligaban a hacer uso de un aparato que entorpecía su descanso. La noche cayó temprano y la casa se llenó de ruidos extraños. Ángela se contagió de la soledad que aquejaba a su señora y, para sacudirse de ella, se coló en la habitación de los recuerdos. Fue sacando uno a uno los vestidos hasta que dio con el que más le gustaba. Cuando se lo probó ante el espejo, no pensaba sino en matar el hastío; mas, al verse transformada en otra, cogió el mantón de Manila bordado con pavos reales de miles de colores y, presa de una renovada euforia, salió de la casa.

III. Ángela

   La noche, con sus luces artificiales, parece haber vestido de gala las calles. Ángela deja que sus pies la lleven sin decirle adónde. Será sólo un momentito, piensa. Artemisa no tendrá tiempo de echarla de menos. A medida que se aleja de la casa, crece su euforia. Se cruza con una pareja de enamorados. Van tan absortos en su abrazo que están a punto de tropezar con ella. Apenas susurran una disculpa que más parece un reproche. Pero Ángela no se siente ofendida. La alegría se va haciendo dueña de la joven.

  Su caminar azaroso la lleva a una puerta verde. Damas elegantes acompañadas de caballeros apuestos cruzan el umbral. Ángela eleva los ojos hasta el cartel: Folies. Suena como los sitios que aparecen en las historias de Artemisa y ello la decide a entrar. Avanza entre la gente hasta un rincón donde parece esperarla una mesa solitaria. El hombre que está detrás de la barra se acerca a ella y le da la bienvenida. Ángela se acuerda de los cócteles margaritas de los que tanto habla Artemisa y pide uno convencida de que le ha de gustar. Cuando se lo trae, lo degusta poco a poco mientras recorre con su mirada las mesas imaginando las historias de quienes pasan la noche en el Folies.

  De pronto, se acuerda de Artemisa y el miedo a que le haya pasado algo en su ausencia atenaza su garganta. Llama al camarero y pide la cuenta. Mira el ticket con extrañeza. Creía que le iba a costar más caro su cóctel margarita. Paga y deja una propina casi tan elevada como el precio de su consumición. Sale con apresuramiento y se promete no volver. Cuando llega a casa, Artemisa duerme como un bebé. Ángela comprueba el funcionamiento del respirador y la besa en la mejilla.

  Pero no es capaz de cumplir su promesa. A partir de entonces, la semana se le pasa contando los minutos que la separan del Folies. Le gustaría poder hablar de ello con Artemisa, describirle la música que vuela entre las mesas hasta acariciarle el corazón; los caballeros elegantes que se acercan a ella con halagos e historias seductoras. Le gustaría poder hablar de ello con Artemisa pero no se atreve. ¿Cómo decirle que le coge los trajes que guarda con tanto mimo?, ¿su mantón de Manila bordado con pavos reales de colores?, ¿sus zapatos de charol? Le gustaría hablar de ello con Artemisa pero no se atreve. Teme que la anciana se enfade, que se sienta decepcionada con ella y la expulse de su casa. Por eso permanece en silencio a pesar de que le gustaría contárselo todo.

  A veces, azuzada por la culpa, se promete no volver. Pero siempre rompe su promesa. Cuando llega el viernes, su corazón salta de dicha. Las horas se enlentecen y alargan la impaciencia. A las siete deja a Artemisa en su cama y se despide de ella con un beso en la frente. Se arregla con esmero como le ha enseñado la anciana y sale con el paso contento hasta el Folies. Es cierto, que en ocasiones, mientras la agasaja algún caballero, la asalta la angustia. ¿Estará bien Artemisa? Por eso nunca se permite permanecer en el Folies más allá de las once.

  Pero una noche conoce al hombre del traje color crema, su marahá de Kapurthala, que la envuelve con seductoras palabras. Ángela hace suyos los recuerdos de Artemisa y le cuenta que es una actriz figurante del Apolo; que estuvo enamorada de un tompetista que conoció en una verbena y murió llevándose con él su dicha. La noche camina  rauda y ella olvida mirar el reloj. Se bebe un margarita tras otro embriagada con sus propias historias: las historias de Artemisa. Por un instante la sensación de irrealidad le hace creer que está soñando.

  De pronto, se acuerda. Mira el reloj. Son las cuatro de la mañana. El corazón le da un vuelco. Deja caer la mirada por el local. Ya no queda en el Folies sino el dueño, un francés gordo y pelirrojo que siempre se muestra atento con ella. Una gota de sudor se desliza por la espalda. Mira a su alrededor en busca del bolso, el mantón de Manila bordado con pavos reales de colores. Se acerca al hombre del traje color crema, le susurra al oído una apresurada despedida. Y enfila hacia la puerta. Alguien la toma del codo y ella se sobresalta. Se vuelve. El hombre del traje color crema se ofrece a llevarla en su coche y Ángela, tras un instante de duda, acepta.

  No son aún las cuatro y media cuando Ángela abre la puerta de la casa de Artemisa. Los latidos del corazón le golpean el pecho con saña tras subir las escaleras en una acelerada carrera. El vestíbulo está a oscuras y un silencio nada acogedor le da la bienvenida. Todavía resuena en sus oídos la melodía al piano del Folies. Ángela se descalza para que los tacones sobre la tarima no delaten su salida clandestina y se dirige de puntillas a la habitación de la vieja actriz. 

  Artemisa parece dormir. Ángela se acerca a la cama para colocarle sobre la almohada la cabeza, que le cae a un lado; pero, antes de llegar, la luz de la luna que entra por la ventana le señala con un dedo la extraña mueca de la anciana. Un escalofrío le recorre la columna cuando ve la boca torcida y los ojos abiertos con espanto.

  Unos meses más tarde, se abre el testamento de la antigua actriz de reparto del Apolo. A falta de familia, amantes y amigos vivos, le deja sus bienes a Ángela, que le devolvió la alegría en los últimos años. No es una gran fortuna pero acaba con los problemas de la joven. Ya no le urge encontrar un empleo que dejó de buscar por cuidar a Artemisa. Tiene para ella la casa, los trajes, las joyas y los álbumes de fotos. Pero es incapaz de verlos. Ante sus ojos solo se le presenta el gesto de espanto de Artemisa y la culpa. Si aquella noche no hubiera salido, la vieja actriz no hubiese muerto en soledad. Nadie la persuade de que abandone su encierro. Nadie la persuade porque a nadie conoce. Y deja pasar los días, los meses, los años. Solo en sueños le parece oír una melodía al piano. Ella no lo sabe. Es La plus que lente de Debussy.