miércoles, 5 de diciembre de 2018

Allá donde las casitas bajas











A principios de los setenta, llamar barrio a Los Robledales era un eufemismo que sólo utilizaba el señor Paco cuando vendía cacerolas de latón en el mercadillo de los miércoles. La mayoría de sus habitantes se refería al mismo como allá donde las casitas bajas. El barrio era, por aquellos años, una yuxtaposición de chabolas de chapa y cartón que compartían terreno con unas cuantas casonas medio derruidas por los años y la miseria; mansiones, que, a finales del siglo anterior, pertenecieron a ilusos que, con la misma facilidad que se hicieron ricos especulando en la minas de sal, perdieron su fortuna gastándola sin tino. Estas viejas mansiones habían sido ocupadas por familias que dejaron atrás pueblos paupérrimos en busca de una vida mejor acudiendo a la llamada de parientes que las engolosinaban con la promesa de dinero fácil, si es que puede considerarse fácil el trabajo de sol a sol construyendo la autopista a la frontera. Por aquellos años, no era extraño que en una misma casa viviesen veinte o treinta criaturas de Dios entre abuelos, tíos, padres, hermanos, perros y hasta gallinas ponedoras. Donde en otro tiempo lució una rosaleda y un cupido coronando una fuente, crecieron tomates y patatas que ayudaban a matar el hambre de los mocosos que se diría que las mujeres echaban al mundo de tres en tres, tanta era la chiquillería que correteaba descalza por las calles del barrio.

El ensanche de la parte alta de la ciudad transformó la albañilería en un oficio próspero y cambió el aspecto de allá donde las casitas bajas. Se elevaron bloques de pisos donde en otro tiempo se veían chabolas y decrépitas mansiones; y los hijos de los obreros se convirtieron en oficinistas, dependientes de grandes almacenes y camareros del Hotel Real. Tanta fortuna atrajo a comerciantes y, en pocos años proliferaron las más diversas tiendas: zapaterías, boutiques, mercerías, papelerías… Pero, pese a tal cambio, Los Robledales siguió siendo para sus habitantes allá donde las casitas bajas.

Se desconoce la razón por la que en los ochenta José Santos se decidió a abrir una academia de baile allá donde las casitas bajas. El antiguo dueño de una licorería en el centro de la ciudad no tenía ningún vínculo de parentesco ni de amistad con el barrio, al menos que se supiera. Claro que tampoco se le conocía relación alguna con la danza y, sin embargo, allí estaba él ofreciendo clases de sevillanas, tango, samba y hasta de chotis a quien pagase doscientas pesetas la hora. Dispuso a tal efecto de un local en los bajos de un edificio de oficinas que alquiló por un precio irrisorio. Su mujer, Guillermina, decoró las paredes con cuadros bordados a punto de cruz por ella misma y colocó en cada esquina veladores adornados con flores de trapo que hacían parecer la academia más el cuarto de estar de una casa de los años cincuenta que un lugar donde aprender a bailar. 

José Santos contrató a dos profesoras que se hicieran cargo de las clases. No podía haber elegido a mujeres más dispares para tal menester. Cristina era joven y hermosa. Debía de rondar los treinta o treinta y cinco años pero vestía como una quinceañera: minúsculos pantalones cortos, blusas sin mangas anudadas por encima del ombligo y sandalias de tacón fino por las que asomaban unas uñas lacadas en rojo bermellón. Los lunes solía causar sensación en la vecindad su llegada. Cada semana se bajaba de un coche distinto que conducían tres jóvenes diferentes. El del descapotable verde lima era pelirrojo y tenía un tic nervioso que le alzaba la comisura izquierda sin cesar y le dibujaba una extraña sonrisa. El conductor del todoterreno azul fumaba en una pipa de alabastro labrado y era el único que saludaba con un movimiento de cabeza a los curiosos que espiaban indiscretos la aparición de la joven. El que más simpatía despertaba allá donde las casitas bajas era un muchacho de unos veinticinco años que conducía un viejo Renault cinco pintado de amarillo. Aunque no tenía para su público ni una mirada, sus admiradores no se perdían el paseo que daba a un buldog cascarrabias que tiraba de su dueño a gran velocidad. Ante tal espectáculo, se jugaban sumas nada desdeñables entre quienes aseguraban que el muchacho no aguantaría los bríos del chucho y los que apostaban por el joven, que, ajeno a la competición, siempre llegaba a su destino sin aliento pero a salvo.

La otra profesora se llamaba Valentina: un nombre heredado de una pariente lejana de su abuela. Era casi tan joven como Cristina pero aparentaba más de cuarenta años. De baja estatura y entradita en kilos, como decía Guillermina, causaba admiración cuando se movía por la pista de baile con la ligereza de una libélula al ritmo del tintineo de sus pulseras de hueso. Su talante, siempre alegre, la hacía ser la favorita de la academia. Los aspirantes a danzarines se disputaban sus clases; ello a pesar de que, en un primer vistazo, pocos adivinaban sus dotes como bailarina. Pero su fama de acogedora pronto se extendió allá por las casitas bajas y muchos se apuntaban a sus clases sólo por verla moverse al son de la música y recibir sus indulgentes regañinas. Se decía que ponía tanto empeño en que aprendieran sus alumnos que no le importaba quedarse una o dos horas más y ayudar a los rezagados. José Santos hacía la vista gorda ante aquellas clases extras y gratuitas pese a las broncas con que le regalaba después Guillermina por dejar escapar unos duros que no vendrían mal al negocio.

Allá por donde las casitas bajas se acostumbraron a ver a las dos mujeres paseando del brazo por sus calles. Pese al atractivo de una y el aspecto estrafalario de la otra, pese a la popularidad de una y a la fama de casquivana de la otra, nadie apreció entre ellas ninguna señal de rivalidad. Por el contrario, no era extraño verlas después de comer sentadas al sol a la puerta de la academia y reírse por cualquier nadería mientras compartían una tableta de chocolate.

A Cristina nada le gustaba más que tener un atento oyente, atenta en este caso, que escuchara sus aventuras de los fines de semana y a Valentina nada le causaba mayor placer que la fragancia que exhalaban las historias de la atractiva profesora. Con la boca entreabierta y los párpados entornados, se dejaba seducir por imágenes de una Cristina danzando a la luz de la luna con atractivos caballeros que le susurraban al oído versos de Bécquer. Poco le importaba que tales historias sonasen la mayoría de las veces a fabulaciones ni que en ellas dejase claro la bella profesora, con algo más que una pizca de malicia, que sus encantos femeninos estaban muy por encima de los de su amiga. A Valentina le bastaba unas pocas frases para encender la lamparilla de la imaginación y ensanchar su alma.

Cuando Ramiro se matriculó en el curso de quickstep no imaginó que iba a ser la causa de la ruptura entre las dos profesoras. Era éste un próspero comerciante que regentaba una tienda de Todo a cien pesetas en la que lo mismo vendía una bobina de hilo, sartenes y fregonas que un traje de noche por algo más de las cien pesetas que anunciaba su cartel y por mucho menos de lo que podía costar en la boutique que abría sus puertas cada día al otro lado de la calle. 

Era Ramiro un señor que, de tan delgado, no se le veía cuando se ponía de perfil. Lucía con mucho orgullo bigote fino, como una línea trazada con rotulador, pelo hacia atrás alisado con gomina y pico de viuda sobre la frente. Cristina se refería a él como «Rodolfo Valentino», quién sabe si confundiendo al  actor italiano con Douglas Fairbanks o por hacer un juego de palabras con el nombre de su amiga. Cuando Ramiro se decidió a matricularse en la escuela de José Santos, hacía un año que lo había dejado su mujer por un camionero que transportaba naranjas a Lyon. Cansado de llorarla, se presentó en la academia de baile una mañana de principios de septiembre, donde lo recibió Guillermina, la esposa de José, que lo abrumó con la variada oferta de cursos a los que se podía apuntar. Casi le da un vahído ante tanta palabra extranjera: swing, foxtrot, quickstep, lindy hop, boogie-woogie… A nadie de allá donde las casitas bajas podía extrañar que no fuera capaz de decidirse por ninguno. Mientras Guillermina tambororileaba con la punta de un lapicero sobre el mostrador, Ramiro se preguntaba si no hubiese sido más acertado caminar unos metros más calle abajo y matricularse en el curso de inglés para ignorantes. La mujer de José Santos estaba a punto de perder la paciencia ante aquel lelo que la mirada con el belfo caído y sin decir una palabra. Lo dejó con sus indecisiones y  atravesó la recepción para poner un vídeo en el gigantesco televisor que dominaba una de las paredes. En menos de un segundo, la pantalla se llenó con la presencia de Rita Haiworth bailando con Fred Astaire So near and yet so far




—¡Eso! —exclamó muy ufano Ramiro mientras apuntaba con el dedo el televisor—. ¡Eso es lo que quiero yo bailar!

Sacó del bolsillo interior de su chaqueta un fajo de billetes de mil pesetas y lo dejó sobre la mesa dando un golpe seco: con aquella cantidad, pretendía sufragar las clases de todo el curso. Guillermina se lo quedó mirando fijamente sin ocultar su escéptico desprecio pero no dijo nada: valía tanto el dinero del mejor bailarín como el de un ganso que no sabía dónde tenía los pies. Con un gruñido, le indicó que la siguiera y lo condujo hasta la clase de Cristina.

—Cris —la llamó tras empujar al desconcertado aspirante a bailarín hacia el centro de la clase—, aquí te traigo a tu Fred Astaire.

Cuando Ramiro se encontró con su Rita Haiworth, estuvo en un tris de desmayarse. Recorrió con los ojos la figura que se insinuaba bajo un escueto vestido minifalda con el escote más generoso que jamás había visto y hubo de tragar tres veces saliva para que se le pasara el hipo que le atacó cuando Guillermina los dejó solos. Cristina, acostumbrada a causar sensación entre sus alumnos, puso un disco de chachachá, le tendió las manos y lo arrastró por la pista sin darle tiempo a decir ¡ay! El pobre Ramiro se vio zarandeado de un lado a otro de la clase con tal brío, que creyó que se le habían descoyuntado los huesos. Un instante que se despistó se vio en el suelo con los brazos y las piernas entrelazados en un nudo marinero que, ni con la ayuda de Cristina, conseguía deshacer. Hubieron de pedir auxilio a José Santos, que con una simple sacudida, dejó al pobre Ramiro sentado en un banco junto al espejo todo desmadejado como una marioneta a la que le hubiesen cortado los hilos.

Tres días dedicó Cristina al ingente esfuerzo de meter en la cabeza, y en los pies, de Ramiro, los primeros pasos del quickstep. Tres días vio cómo se deslizaban por la frente de su alumno goterones de sudor hasta formarse charcos en el suelo. Tres días batalló con su orgullo que le decía que, si alguien era capaz de hacer de Ramiro un consumado bailarín, ese alguien era ella. Mas, al cuarto día, se rindió al abatimiento y le cedió el obtuso danzarín a Valentina. 

Para entonces, Ramiro había perdido la poca prestancia que poseía y ni siquiera la gomina podía mantener en su sitio su cabello crespo. Ya no guardaba parecido ni con el cocinero de Rodolfo Valentino y la v que coronaba su frente le llegaba a la nariz. Aun así, no cejaba en su empeño de aprender a bailar. No en vano había pagado por las clases lo que ganaba con su tienda durante cinco meses. Pese a todo, sintió como si perdiera pie cuando Guillermina le anunció que las siguientes clases se las daría Valentina. ¿Cambiar de profesora justo cuando empezaba a entender las instrucciones de Cristina? ¡Qué horror! Y no obstante, no emitió queja alguna por el traspaso ante el temor de que la esposa de José Santos lo expulsara de la academia sin devolverle el dinero pagado.

Después de los tres días de clases intensivas con la bella profesora, Ramiro no sólo era una nulidad para el baile: se había convertido en un disléxico que confundía su pie derecho con su brazo izquierdo. El día que entró por primera vez en la clase de Valentina era tal su temblor, que la profesora creyó que había caído enfermo. Con la intención de tranquilizarlo, lo invitó a un granizado de limón en una heladería cercana. Sentados ante un velador, le preguntó si, además del baile, disfrutaba de algún otro pasatiempo. La cara de Ramiro se iluminó y de sus labios salió un torrente de palabras con las que ponderaba su afición a construir maquetas de barcos. Ramiro se fue animando más y más a medida que iba nombrando sus obras de arte: el Mayflower, el Holandés errante, el Queen Mary, el Argos, el Santísima Trinidad, el HMS Bounty… Sacó de su bolsillo una cartera y desplegó una ristra de fotografías de sus maquetas que le fue mostrando con la misma presunción de un abuelo por sus nietos. Era tal su entusiasmo, que olvidó su torpeza en el baile y, cuando al fin la recordó, ya había pasado su hora de clase.

Tres días, los mismos que Cristina invirtió en asustarle, tres días tardó Valentina en devolverle la seguridad en sí mismo y los pedazos de apostura que había perdido en cada una de las vueltas que dio con la bella profesora por la clase. Tres días en los que le hacía cerrar los ojos para que pudiese escuchar la música; para que disfrutase de ella y se dejase llevar sin preocuparse por equivocar los pasos. Así fue quitándole el miedo a hacerlo todo mal. Pasaron semanas antes de que aprendiese una sola figura del quickstep pero a Ramiro no le importaba. Desde que se levantaba a las cinco de la mañana, se le pasaba el tiempo contando las horas que le faltaban hasta el inicio de la clase y era tal su impaciencia que se distraía cuando tenía que vender algún artículo de su tienda. Se cuenta allá donde las casitas bajas que a una clienta muy empingorotada que quería cintas de raso para el pelo le dio un destornillador y a un joven rockero que buscaba un cinturón con tachuelas plateadas le entregó un estuche de manicura.

¿Qué le sucedía a Ramiro, siempre tan meticuloso en su negocio, que tan atolondrado se mostraba? Allá donde las casitas bajas no se hablaba de otra cosa que del cambio operado en el dueño de la tienda de Todo a cien pesetas. No eran pocos los que se apostaban a la puerta del bar de la señora María para verlo salir de su casa todo atildado y dirigirse muy tieso a la academia de José Santos con un ramillete de nomeolvides del mismo azul intenso que el pañuelo que asomaba del bolsillo de su chaqueta. Valentina lo esperaba en la puerta de la academia con una sonrisa tan luminosa que los curiosos del barrio habían de ponerse gafas de sol si no querían deslumbrarse. Las tardes en las que ella no tenía clase, la esperaba con una caja de bombones en un banco junto a un roble a que finalizase su jornada y se la llevaba, dando un paseo, hasta la cafetería del Hotel Real. Desde el otro lado de la cristalera que daba a la calle de La Alegría, los veían conversar y reír mientras se deleitaban con una o dos tazas de café acompañadas de tarta de manzana. Nada suscitaba tantas miradas de asombro como aquella pareja tan singular: ella, bajita y regordeta como una peonza; él, alto y delgadísimo como un lapicero.




Muy pronto se corrió la voz, allá donde las casitas bajas, de la prodigiosa transformación que se estaba produciendo en la profesora y el discípulo. A medida que pasaban los días, la silueta de Valentina se iba espigando en tanto que la de Ramiro se engrosaba. Sus sombras proyectadas en la pared bailaban el quickstep con la gracia de una pluma mecida por el viento y sus pupilas quedaban prendidas ajenas a lo que sucedía a su alrededor. Julita, la del portal quince de la calle Pensamiento, aseguraba muy convencida que Valentina había conquistado el corazón de Ramiro.

—No hay más que verlo —declaraba con voz doctoral—.  Sus ojos son como centellas que titilan en el cielo.

En cambio para Sebastián, el charcutero del Mercado Central, era Valentina la que se había enamorado del dueño de la tienda de Todo a cien pesetas.

—Se ha vuelto la más bella del barrio —sostenía  no sin cierto pesar, como si lamentase no haberse fijado antes en ella.

Tanto se hablaba de los amores de Valentina y Ramiro allá donde las casitas bajas que los rumores llegaron a oídos de Cristina, que jamás prestaba atención a lo que sucedía en el barrio. Al principio, no creyó una palabra. ¿Cómo iba a enamorarse la buena Valentina y no decirle nada?, ¿cómo iba a prendarse nadie de ella, tan regordeta y poco agraciada? Ni siquiera el pánfilo de «Rodolfo Valentino» se fijaría en tal mujer después de haber gozado del privilegio de conocer a la bella Cristina. Pero, cuando dejó de mirarse a sí misma y puso sus ojos en su amiga, descubrió que ésta ya no era la misma que, meses antes, escuchaba con ilimitado embeleso sus historias. Por el contrario, la contemplaba con una enigmática sonrisa con la que parecía querer decirle: «¡ay, ay, si yo te contara!». Cristina hacía acopio de todos sus encantos para sonsacarla pero Valentina permanecía en silencio mientras se sonrojaban sus redondeados mofletes o exhalaba un profundo suspiro y se llevaba la mano al corazón como si de una colegiala se tratase.   

—¿No me vas a contar nada? —le preguntaba con una intensidad muy parecida a la furia.

Valentina, que temía que, si hablaba de sus amores con Ramiro, se rompería el encantamiento, no pronunciaba palabra o cambiaba de conversación sin sutileza alguna. Tanto sigilo no servía sino para azuzar la cólera de Cristina, a quien le dio por espiar a su amiga. Cada tarde, al término de las clases, se ocultaba tras el kiosko de revistas del señor Faustino a esperar que Valentina saliese de la academia de baile. A los pocos minutos, la veía atravesar la puerta con la misma pinta estrafalaria de siempre: falda hasta los tobillos confeccionada con trozos de telas de distintos colores y texturas, jersey de lana gruesa y cuello vuelto color borgoña, chal de ganchillo con largos flecos y botitas atadas con aire ortopédico. Cristina no podía reprimir una sarcástica sonrisa ante la facha de su amiga. ¿Cómo iba a pretender conquistar ni al más tontorrón con aquel atuendo tan poco sexi? Pero antes de poder saborear las mieles de tal pensamiento, asomaba la cabeza de Ramiro, quien sin poder ocultar su contento por encontrarse con su amada, le tendía las manos y le regalaba con un prolongado beso en los labios.

Cristina no podía soportar los éxitos de su amiga, aunque fuesen con un lechuguino como Ramiro. Para ella era incomprensible la alegría con la que acogían en la academia la dicha de Valentina y se enfurruñaba cuando estrenaba un modelito y nadie la piropeaba. Sin ser del todo consciente, comenzó a llevar la contraria a su amiga. Ante el asombro de Valentina, no le importaba dejarla en ridículo delante de otras personas.

—¿Qué sabrás tú de lo que es danzar con gracia por la pista? —solía preguntarle mientras la miraba de arriba abajo con displicencia—. Si ni siquiera tienes la figura de una bailarina.

Era tal la cólera que despertaba Valentina en Cristina, que aquélla empezó a rehuirla. Ya no se las volvió a ver juntas a la puerta de la academia compartiendo confidencias y una tableta de chocolate. Entre los vecinos de allá donde las casitas bajas, no se hablaba sino de la envidia suscitada por los amores de Ramiro y Valentina en Cristina. Por primera vez en mucho tiempo el barrio no estaba dividido en dos facciones. Todos salían por los amantes y no fueron pocos los que negaban el saludo a la más bella de las profesoras cuando se cruzaban con ella.

—¿No tiene ella a los tres muchachos que la traen en coche? —preguntaban unos y otros—. Pues que deje en paz a Valentina, que bien se merece ser feliz.

La impopularidad de Cristina llegó a su punto más álgido cuando puso en marcha un plan para quitarle el novio a Valentina. Se arregló el cabello con ondas al agua a lo Rita Haiworth y se compró un vestido color cereza tan escaso que hasta en pleno mes de agosto cualquiera que no fuese ella hubiese cogido una pulmonía con él. Ataviada cual femme fatale, enfiló la avenida ancha y se presentó en la casa de Ramiro dispuesta a seducirlo. El susto que se llevó el pobre hombre cuando, al abrir la puerta de su casa para sacar el cubo de la basura, se dio de bruces con la atractiva profesora de baile fue morrocotudo. Pasaban de las nueve y media de la noche y, tras cenar una sopa de ajo, se había preparado ya para ver una película en la televisión que despertase las ganas de irse a dormir. A Cristina casi le da un soponcio al ver la facha que se gastaba su galán en casa: pijama con la cara de Mickey Mouse en el pecho y pantuflas de peluche azul marino. A punto estuvo de desbaratar su plan y darse media vuelta. ¿Para aquel fantoche se había pasado tres horas en la peluquería moldeándose la melena a lo Gilda y maquillándose los labios para que pareciesen más jugosos? Pero estaba en juego su pundonor. No podía permitir que Ramiro, por muy poco apetecible que fuese, prefiriese a Valentina. De manera que se arrojó al cuello del pasmado dueño de la tienda de Todo a cien pesetas y, con el mismo brío que semanas antes lo arrastraba por la pista de baile, lo empujó al interior de la casa mientras cerraba la puerta tras de sí con una linda patada. 

Tres días había dedicado Cristina al vano intento de enseñar a bailar a Ramiro y tres días empleó en tratar de sacar de la cabeza de Ramiro el nombre de Valentina. El mismo empeño puso en uno y otro fin y el mismo éxito obtuvo en la primera tarea que en la segunda. Cuando el cuarto día la bella profesora de baile abandonó la casa, su alumno tenía la apariencia de un cadáver recién salido del congelador: la piel macilenta y azulada, los ojos sanguinolentos, los brazos y las piernas rígidos como si fuesen de alambre y los pelos tiesos sobre la cabeza. Sólo el espasmo que le hacía alzar de forma compulsiva el hombro derecho indicaba que seguía vivo.

Cristina se hizo acompañar hasta la academia por Ramiro el lunes siguiente por la mañana. Él la llevó en un viejo citroën que en otro tiempo fue blanco pero que el uso había pintado de gris, decorado con manchas oscuras allí donde asomaba la chapa. Aparcaron al otro lado de la calle, justo frente a la puerta del bar de María donde se congregaban los curiosos de allá donde las casitas bajas para asistir a las llegada semanal de la bella profesora con alguno de sus pretendientes. Petrificados se quedaron todos cuando la vieron bajar del coche de Ramiro con el alegre revoloteo de una bailarina de quickstep. Más su asombro llegó al clímax cuando, antes de cruzar el umbral de la puerta, se volvió de nuevo y arrojándose al cuello de su aterrado amante, le estampó un apasionado beso en los labios.

No esperó mucho Guillermina, que lo vio todo desde la ventana del vestíbulo, en contárselo a Valentina. Orgullosa de ser la primera en darle la noticia, ni siquiera reparó en el daño que le infligía. Un minuto más tarde, Cristina hacía su entrada en la academia. Les dio un beso a cada una en la mejilla y entró en su clase taconeando fuerte mientras tatareaba Cheek to cheek.

 

Nunca como la semana que siguió al encuentro entre Ramiro y la bella profesora estuvo ésta tan cariñosa con Valentina. Una vez hubo demostrado, o creyó haber demostrado, que era la favorita del dueño de la tienda de Todo a cien pesetas, se desvaneció el resentimiento que había sentido contra su amiga. Como si quisiera compensarla de la decepción, le regaló un pañuelo de seda para el cuello color rosa pálido y un frasco de perfume francés que le costaron todos sus ahorros. Cada mañana, a las once y media, la iba a buscar a la clase para invitarla a un capuchino en el bar de María. Valentina recibía con tal apatía tantas atenciones que se diría que su alma la había abandonado y su cuerpo no se movía sino porque una mano misteriosa le daba cuerda al despertar el día. Sus pupilas se tornaron opacas y sólo hablaba cuando le hacían una pregunta. Allá donde las casitas bajas estaban muy preocupados por ella y temían que tanta tristeza acabase matándola.

—Después de todo —explicaba muy sabia Rosa, la de la mercería—, debe de haber pocas cosas tan difíciles de sobrellevar como que tu mejor amiga te quite el novio.

Mientras tanto Ramiro penaba por su Valentina. Se sentía culpable ante ella y no osaba acercarse. Desde detrás de los cristales de su tienda de Todo a cien pesetas, la veía caminar por la acera cabizbaja, arrastrando los pies, y unas ganas apenas resistibles de correr tras su amada se apoderaban de él; mas, en el último momento, el miedo a ser rechazado lo aplastaba contra el anaquel de las golosinas y, así, inmóvil, no le quedaba otro consuelo que las lágrimas que rodaban por sus mejillas. Alguna vez la profesora de baile hacía un amago de alzar la vista hacia el escaparate de la tienda de Todo a cien pesetas y, por un brevísimo instante, se cruzaban sus miradas. Pero no tenían tiempo de reconocerse pues Ramiro desviaba sus ojos al momento no fuese ella a pensar que la espiaba. Valentina, que se creía despreciada, bajaba de nuevo la cabeza y enfilaba la calle hasta la parada del autobús que la llevaba a su casa con el corazón arrugado y el alma empequeñecida. 

Después de aquel otoño, nunca se los volvió a ver pasear juntos; ni tan siquiera darse los buenos días. Antes de Navidad, Ramiro dejó sus clases de quickstep. Según contaba Guillermina, el atolondrado aspirante a Fred Astaire se había marchado sin despedirse ni reclamar el dinero que había pagado por adelantado. Valentina esperó a finalizar el curso antes de cerrar tras de sí para siempre la puerta de la academia. Cristina, en cambio, se quedó; no obstante, no volvió a comportarse con la alegría de una frívola casquivana. Allá donde las casitas bajas perdieron una de sus fuentes de diversión: nunca más se la vio llegar los lunes en un coche distinto conducido por un joven diferente. Fue Luciana, la pollera del Mercado Central, la que contó a las catequistas de San Andrés dispuestas a escucharla que tales caballeros no eran sino los hermanos de la bella profesora de baile La noticia causó una enorme decepción entre los que espiaban la llegada a la academia de la bella profesora los lunes. Poco a poco, fueron desapareciendo los curiosos, que buscaron en otro lugar, a quien dirigir sus ansias de conocimiento.

Con el paso del tiempo, los vecinos de allá donde las casitas bajas se olvidaron de las penas de amor de Valentina y Ramiro. Quienes los conocieron, vieron cómo sus hijos abandonaban el barrio en busca de fortuna al otro lado de la ciudad. Se derribaron las antiguas Escuelas Pías y, en el solar donde se encontraba, se construyó un centro comercial tan gigantesco que se veía desde los cuatro puntos cardinales de allá donde las casitas bajas. El día que abrió sus puertas, dejó sin palabras al público, que contemplaba fascinado las relumbrantes arañas del techo, las imponentes columnas de mármol del color del jade y las tiendas que exponían en sus escaparates artículos de ensueño que sólo habían visto en las películas. Pronto se llenaron sus pasillos de señoras que se probaban un modelito de París, parejas de novios que tomaban un helado en una elegante cafetería, ancianos que buscaban un lugar fresco en verano, un lugar cálido en invierno. Poco a poco fueron cerrando las tiendas pequeñas del barrio que, a medida que cobraba fama el centro comercial, iban perdiendo clientes. En unos años, se transformó la fisonomía del barrio. Los videoclubs dieron paso a concesionarios de coches y la panadería de la señora Felisa se convirtió por arte del progreso en una tienda de delicatessen. Cuando Ramiro cerró las puertas la tienda de Todo a cien pesetas, abrieron dos más regentadas por una familia de chinos que se llenaban de chiquillos, a la salida de la escuela, cuando, sin perder un minuto, corrían en busca de la más dulce golosina. En unos años, dejó de verse a Julita, la del portal quince de la calle Pensamiento, a Sebastián el charcutero, a Rosa, la de la mercería... El barrio ya no era conocido como allá donde las casitas bajas. Ni siquiera como Los Robledales. Todo el mundo se refería a él como La Ciudad Residencial.      

***

Era una mañana de abril. El sol había sacado su paleta para pintar con los más vistosos colores las lilas, los narcisos, las peonías y los tulipanes, que llenaron con su fragancia el aire. Por la acera donde diez años antes estuvo la academia de baile de José Santos, un caballero paseaba a dos galgos de porte majestuoso. Impresionaba su figura distinguida: alto y delgado en grado sumo, apenas se le veía si se ponía de perfil. Llevaba el pelo blanco peinado con cuidado hacia atrás y sus ojos, de mirada bondadosa, suavizaban la dureza que el pico de viuda daba a su rostro. Se detuvo un instante ante la que fuera antaño la puerta de la academia. Los galgos levantaron el hocico y husmearon el aire. El más delgado tiró de su amo para que siguiera caminando pero el distinguido paseante se había perdido en sus pensamientos y no se percató de la impaciencia de los perros. Por la misma acera, bajaba una señora cargada con un capacho. Era de baja estatura y algo más que regordeta. Vestía falda de flores con amplios vuelos y encajes que le llegaba a los tobillos y mantón de Manila bordado con margaritas. Sobre los hombros le caía una melena rizada en la que se entremezclaban mechones blancos, grises y rojizos. Antes de verla, el dueño de los galgos oyó el tintineo de sus pulseras de hueso; antes de verla, el elegante caballero quedó prendado del perfume a primavera que la envolvía. Sus sombras proyectadas en la pared se reconocieron nada más rozarse y fue tal su contento, que se marcaron unos pasos de quickstep. Ellos se miraron con timidez, como si ninguno se atreviera a pronunciar el nombre del otro. La seriedad de sus rostros apenas ocultaba el nerviosismo que los embargaba. De pronto una sonrisa asomó a los labios de ella y revoloteó por los ojos de él.

—¿Qué tal un café acompañado de tarta de manzana en el Hotel Real? —preguntaron al unísono.

Una sonora carcajada asustó a los galgos, que se revolvieron alrededor de su amo. El elegante dueño de los galgos y la alegre señora se cogieron del brazo y enfilaron calle abajo hacia el viejo Hotel Real.

Ya no quedaba allá donde las casitas bajas quien espiase sus miradas desde la calle de la Alegría. Nadie le fue a contar a Rosa la de la mercería cómo pasaron la tarde entera robándose la palabra. Julita, la del portal quince de la calle Pensamiento, no se enteró de la rosa roja que él le regaló y que ella se puso con coquetería en el pelo. Ni hubo ningún charcutero del Mercado Central llamado Sebastián que se alegrase al ver cómo se desvanecía la distancia de los años. Nadie supo cómo aquella pareja ya entrada en años reanudaba su historia de amor. Nadie sino dos galgos. Y todo el mundo sabe que los perros no hablan.

¿O sí?





miércoles, 21 de noviembre de 2018

El capricho inglés





Mi querida Alicia. En los jardines de la memoria, en el palacio de los sueños.
Allí es donde tú y yo nos volveremos a ver.
Alicia en el País de las  Maravillas (Lewis Carroll, 1865) 





Todo comenzó una mañana de principios de noviembre. Una de esas mañanas en las que me encontraba sola en casa porque mi marido había salido a alguno de sus viajes de negocios. En los últimos tiempos se habían hecho tan habituales que ni siquiera me daba cuenta de dónde iba ni de cuánto tiempo iba a estar ausente. O tal vez era yo la que no prestaba atención y me sonase del mismo modo Atenas que París. Aquella mañana me encontraba más fatigada que de costumbre. Había pasado mala noche en liza con el insomnio y las pocas horas de sueño no me habían dejado sino una mayor sensación de cansancio. De nada me sirvió permanecer media hora bajo la ducha ni el suculento desayuno que encargué a la cafetería que hay al otro lado de la calle. El solo pensamiento de tener que sacar el coche del aparcamiento para ir a trabajar me suponía un esfuerzo muy por encima de mis capacidades. Acallé, pues, mi conciencia y, por primera vez en mi vida, llamé a Mariló, mi socia en la sombrerería de la calle del Olvido, y me inventé una enfermedad que me sirviera de pretexto para permanecer en casa un par de días.

—Tómate todo el tiempo que necesites, querida —me repetía una y otra vez con esa risa falsa tan suya que se le escapa siempre que trama alguna fechoría—. Yo me las arreglo bien con los Charlys —añadió haciendo referencia a Carlos Núñez y Carlos Grande, unos proveedores a los que debíamos una cantidad nada desdeñable de dinero.

Por un momento se me encendió una lucecita roja en el cerebro. Aunque no podía probarlo, estaba segura de que Mariló quería pegármela y andaba con tratos con tan siniestra pareja para quedarse con la tienda a cambio de perdonarle parte de la deuda. A punto estuve de salir corriendo a su encuentro y olvidarme de mis locos deseos de libertad, pero la perspectiva de disfrutar de aunque no fuesen más que de unas horas del placer de la gandulería me tentaba demasiado. Opté, pues, por moderme la lengua y colgué el teléfono después de simular que la escuchaba mientras me regalaba el oído con un discurso sobre la conveniencia de cuidarme que me sonaba demasiado meloso para creerlo sincero.

Así me encontré con mi primer día de ociosidad sin saber muy bien en qué emplear las largas horas que tenía por delante.

Salí a la azotea y me dejé caer en una tumbona que aún no había estrenado. Cuando me casé, convencí a mi marido de que comprásemos la casa precísamente por la amplitud de la terraza y por las vistas a la sierra que podían contemplarse desde ella; pero lo cierto es que el único uso que le habíamos dado desde entonces era como medio para impresionar a las visitas. Aquella mañana la tenía para mí sola y nada ni nadie me impedirían disfrutar de sus encantos. Era uno de esos días de noviembre en los que el otoño se viste de primavera y apetece tomarse un zumo mientras el sol juguetea con unas nubes blanquísimas. Me preparé un combinado de frutas y puse un viejo disco de Barbra Streisand, la que fuera cantante favorita de mi madre. Mientras tatareaba All in love is fair, me iba invadiendo una alegría pueril. Eché un vistazo a los libros cuidadosamente encuadernados de la librería y cogí uno al azar. Se trataba de una novelita romántica de Rosamunde Pilcher o alguien similar; ya se sabe, una de esas tan intranscendentes que te limpian el cerebro de pensamientos tristones. De modo que pertrechada con mi zumo, la novela y una manta de suave moaré me dispuse a pasar la mañana en la azotea. Pero poco pude disfrutar de mi ratito de asueto pues antes de terminar de leer el primer párrafo me quedé profundamente dormida.



He de decir que no soy de esas personas que cansan a sus allegados con sus sueños. No suelo recordar de ellos sino imágenes desperdigadas o sensaciones sin conexión alguna que olvido tan pronto como bebo el primer sorbo de café. Pero el sueño que tuve aquella mañana se ha quedado grabado en mi memoria con tanta nitidez que más me parece que lo viví que lo soñé. Iba conduciendo un coche negro por una carretera sinuosa. No puedo decir si era muy de mañana o al caer la tarde: el sol estaba fijo sobre la línea del horizonte y despedía una luz tenue anaranjada. A ambos lado de la carretera crecían unos cipreses de tres en tres. Aunque no lo podía divisar desde donde me encontraba, sabía que a pocos kilómetros había un gran lago al que tenía prisa por llegar aunque no puedo decir por qué era tan importante para mí tal cosa. El cielo se estaba oscureciendo y una suave brisa se colaba por la ventanilla. A medida que me iba adentrando en una extraña noche sin luna ni estrellas, se iba apoderando de mí la angustia. El coche perdía velocidad; en lugar de aproximarme a mi destino, la distancia que me separaba del lago se iba acrecentando cada vez más y el miedo a extraviarme me hacía cambiar las marchas con brusquedad. De pronto se cruzó en mi camino un ciervo y, al tratar de esquivarlo, me empotré en uno de los cipreses. Salí como pude del coche. El paisaje había cambiado de repente merced a uno de esos caprichos que con tanta frecuencia nos regalan los sueños. A mi alrededor había una llanura cubierta de dalias color púrpura. Me arrodillé para contemplarlas mejor y, al ir a arrancar una de ellas, se convirtió en una niña diminuta que echó a correr por un sendero de pequeños guijarros. No había adelantado unos metros cuando se volvió hacia mí y me hizo una seña con el dedo índice para que la siguiera. Mas, en cuanto comencé a andar hacia ella, soltó una carcajada y volvió a coger carrerilla a tal velocidad que me era imposible alcanzarla. Durante un rato me entretuvo con su juego. Corría un trecho del camino y, cuando se percataba de que me había dejado atrás, se detenía a esperarme. Así me condujo hasta una verja de hierro forjado cubierta de rosas trepadoras. La niña me pidió por señas que entrara en la propiedad y, tras lanzarme un beso por el aire, volvió a convertirse en una dalia color púrpura. Maravillada por tal fenómeno, tardé unos minutos en obedecer su mandato. La herrumbre de la puerta me impidió abrirla al primer intento y hube de empujarla con el hombro para que cediera el pestillo. De nuevo el sueño tomó un giro asombroso. Me vi en medio de un jardín de estilo inglés. Aquí y allá se veían parterres de tulipanes, amapolas, nomeolvides, pensamientos y margaritas cercados por setos de arbustos que formaban figuras geométricas. Un camino de grava me condujo a un pabellón chino cercado por diversas plantas aromáticas que crecían como si nunca hubiesen conocido la mano del hombre: tomillo, lavanda, romero, salvia, albahaca… La fragancia que expelían era tan intensa que hube de sentarme en los escalones del pabellón para no caer desmayada. Detrás de mí, alguien agitó las ramas de un rododendro. Me volví asustada y me tropecé con una mirada intensa que me hizo estremecer.


—¿Por qué has tardado tanto? —me preguntó el dueño de la mirada.

Era un hombre de unos cuarenta años del que no recuerdo sino la sonrisa más acogedora que he visto jamás, su pelo rebelde cortado de manera desigual y las pecas que salpicaban su nariz. Llevaba en la mano derecha unas tijeras de podar y en la izquierda un cesto rebosante de plantas que no reconocí.

—Llevo esperándote toda la vida —me dijo tras dejarlos en el suelo.

Permaneció un instante contemplándome con embeleso y me tendió las manos.

—Ven —me pidió—. Aún tenemos unas horas hasta que llegue la noche.

Quise decirle algo mas sólo conseguí mover los labios. Había enmudecido y la voluntad me había abandonado. Me dejé conducir por un sendero de tierra arcillosa hasta una cabaña de troncos con un tejado de brezo puntiagudo. En el interior no había más que una cama enorme con un dosel dorado del que colgaban unas cortinas de tul. No esperó a que saliera de mi asombro. Me despojó del vestido y me cubrió la piel con sus besos y sus caricias mientras me susurraba al oído palabras de amor que apenas entendía. Por un momento el recuerdo de mi marido azuzó la culpa pero el apremio del abrazo del desconocido me hizo olvidar hasta de quién era. Pronto fui yo la que, arrebatada por la pasión, iba detrás de sus labios. Mi mente estaba vacía y no respondía sino a aquel placer hasta entonces ignorado. No obstante, cuanto mayor era mi delirio, más frío se mostraba mi amante. 

Desperté en mitad de un grito de sufrimiento. Por unos momentos, no reconocí mi azotea. En el reproductor de CD seguía cantando Barbra Streisand All in love is fair, lo que significaba que el sueño no había durado sino unos minutos. Y, no obstante, a mí me parecía que había estado ausente durante años. Al pie de la tumbona se había caído el libro, que quedó abierto por una página que comenzaba con una pregunta: «¿Por qué has tardado tanto?». A mi memoria volvieron los últimos minutos del sueño. Me estremecí. A pesar de la vergüenza que me suscitaba el recuerdo del desconocido, su imagen era tan vívida que volví a sentir en mi piel la ternura de sus caricias. Abochornada, fui corriendo a darme una ducha que se llevara el sueño por el sumidero, mas las imágenes regresaban a mi mente una y otra vez. No podía quitarme de la cabeza la mirada intensa de mi amante soñado y me consumía el anhelo por sus caricias. Ni el agua helada ni el café negro y amargo que me preparé después lograban serenarme. Mi marido me contemplaba desde una fotografía en la estantería del salón. Sus ojos confiados acabaron con la poca serenidad que me quedaba. Pese a no tener responsabilidad en aquel sueño, me sentía como si le hubiese sido desleal. Incapaz de resistir su mirada, cogí el llavero y salí de casa con la esperanza de dejar atrás aquel sueño que se había convertido en pesadilla.



A pesar de ser un día laborable, las calles de la ciudad estaban abarrotadas de gente. Mi casa estaba en el barrio comercial donde se encuentran las mejores tiendas, cafeterías y restaurantes del país. Me dejé llevar por la corriente de transeúntes. Hasta mí llegaban cientos de voces en distintos idiomas, retazos de frases, fragmentos de canciones que salían de las boutiques. Conmigo se cruzaron un joven ataviado a la perfección con traje y corbata que llevaba un turbante hindú color carmesí, una pareja en patines que recorría la acera de la mano, tres ancianas que se relamían mientras saboreaban un helado de cucurucho de fresa... Mas la mayoría de los viandantes eran elegantes mujeres cargadas de bolsas con los logotipos de tiendas de lujo. Me metí por una callejuela en la que apenas se podía dar un paso sin tropezarse con los que salían de las tiendas. Alguien me empujó por detrás y, al volverme, me topé con una mirada intensa que me hizo estremecer. Poco más pude ver porque enseguida me vi envuelta por la muchedumbre. Retrocedí sobre mis pasos con la esperanza de verlo de nuevo pero había tanta gente que era imposible encontrar a nadie. Desolada tomé el camino de regreso a casa. Antes de doblar la esquina, noté que me tocaban la mamo. Fue una caricia tan leve que bien hubiera podido tratarse del roce de una pluma llevada por el viento. Pero yo conocía aquella caricia. Me detuve en medio de la acera y lo busqué entre los cientos de viandantes que subían y bajaban por la avenida Central mas apenas podía distinguir sus facciones. Me enfadé conmigo misma por aquella locura. Lo mejor era irme a mi tienda de sombreros y olvidarme del desconocido del sueño. Saqué el móvil del bolsillo del chaquetón para llamar a Mariló pero, de tan nerviosa, no acertaba a dar con su número. 

Me dirigí apresurada al Parque de la Alameda, que estaba situado a pocos metros de donde me encontraba, y me senté junto a la estatua de Dante con la esperanza de hallar un poco de sosiego. A los pies del monumento, una pareja de gorriones bebía de un charco. Me entretuve contemplando cómo sorbían el agua con la punta del pico, cómo se acicalaban las plumas. Poco a poco fui recuperando la cordura y pude reírme de mis absurdos pensamientos. Dejé vagar la vista entre las copas de los álamos mecidas por el viento y mi respiración volvió a su ritmo regular. Al otro lado del parque, un hombre daba de comer a las palomas. Iba cubierto con un abrigo de cachemir color camel que le hacía parecer un gigante, a pesar de no ser muy alto. Llevaba un periódico bajo el brazo y un sombrero de ala ancha le ocultaba el rostro. Algo en él que no podía precisar me resultaba familiar. Tal vez la forma de apoyar su peso sobre una pierna, cómo ladeaba la cabeza hacia la izquierda o su cabello rebelde cortado de forma desigual que apenas se insinuaba por debajo del sombrero. Mi mirada se quedó prendida en la mano con la que echaba de comer a las palomas las migas de pan. Debió de darse cuenta de mi escrutinio porque se volvió de repente y fijó su vista en mí. Durante un tiempo que me es imposible determinar si fue breve o largo, nos sostuvimos la mirada. Un escalofrío recorrió mi columna al sentir sus ojos sobre mí. Dejó el periódico y el mendrugo de pan sobre el pretil de la fuente y se acercó con paso indolente hacia mí.

—¿Nos conocemos? —me preguntó.

Su voz, tan extraña y familiar a un tiempo, acabó de turbarme. 

—Sí. No —respondí confundida—. Perdone, creí que era otra persona.

Me levanté del banco y, sin mirarle, me dirigí al portón de la entrada del parque. Detrás de mí resonaban sus pasos sobre el empedrado.

—¡Espere! —exclamó a mi espalda con la voz alterada—. ¡Espere se lo ruego!

Su premura me asustó. Apreté el paso pero antes de llegar a la garita del vigilante, ya me había dado alcance y caminaba a mi lado. Sus ojos expresaban una honda preocupación.

—Debe usted perdonarme —me pidió más sosegado—. No tengo costumbre de abordar a desconocidas, se lo aseguro, pero me gustaría hablar con usted.

No supe que responder. Por un momento me sentí tentada a seguirle donde quisiera llevarme pero enseguida recobré la cordura y le puse dos o tres excusas que se contradecían entre sí.

—Comprendo —replicó con seriedad—. No era mi intención molestarla.

Se llevó el dedo índice al ala de su sombrero y enfiló hacia la puerta sur del parque.

Me volví a casa con los nervios destrozados. No podía ser cierto lo que me estaba sucediendo. Había estado a punto de irme con un desconocido solo porque me recordaba al que aparecía en mi sueño. Pero, ¿de verdad existía tal semejanza?, ¿no había sido aquella aventura sino un divertimento de mi imaginación? Me preparé una comida rápida y salí de nuevo dispuesta a retomar mi vida de siempre. Entre mis sombreros de fantasía y la conversación banal de Mariló me sentiría segura. Pero no llegué a mi tienda. Cogí el coche del aparcamiento y, al doblar la esquina de la calle Cordelería, subí por la carretera que llevaba a la playa.

Durante más de una hora, me dejé llevar por mi instinto y tomé una carretera secundaria que no conocía, más allá del cruce que conduce al Castillo de los Infantes. A pesar de que el cielo amenazaba lluvia y se había levantado el viento, abrí la ventanilla para que el aire fresco despejase mi mente. Pronto me vi en una carretera sinuosa a cuyos lados crecían cipreses de tres en tres. Las manos me resbalaban por el volante a causa del sudor. Un cartel anunciaba un lago a cinco kilómetros. Asustada por la semejanza con mi sueño, busqué un claro donde dar la vuelta para regresar a la ciudad pero la carretera era demasiado estrecha. Tal vez si llegaba al lago podía maniobrar mejor. Unos nubarrones grises dieron paso a una noche prematura. Encendí los faros para iluminar el camino. ¿Por qué no confesarlo? Temía que saliera de repente un ciervo y no pudiera esquivarlo. En el asiento del copiloto, el móvil emitía un pitido a intervalos regulares para indicarme que se estaba agotando la batería. ¿Qué sería de mí si me perdía?, ¿dónde me buscaría mi marido? Me maldije por aquel día de despropósitos. ¿Quién me mandaba a mí cogerme un día libre?, ¿a quién se le ocurría obsesionarse con un sueño? Me aparté a un lado de la carretera con la intención de serenarme antes de emprender el camino de regreso. En ese momento se abrió el cielo y los rayos del sol se llevaron mis aprensiones. Me bajé del coche para estirar las piernas. El olor a tierra mojada me trajo el recuerdo de mi infancia, cuando iba con mi padre a recoger setas en un bosque muy parecido a aquel. Me dejé envolver por la nostalgia mientras tomaba un camino de grava. El viento se había serenado y sólo una leve brisa jugaba con un mechón de mi cabello. Hacía rato que había olvidado la locura de mi sueño cuando alguien me adelantó en una vieja bicicleta. No lo presté atención no obstante a pasar tan cerca de mí que hube de hacerme a un lado del camino. Tan pronto como lo perdí de vista, lo olvidé, absorta en el recuerdo de mi padre, y no me hubiese acordado más de él de no ser porque, unos metros más allá, se bajó de la bicicleta y vino hacia mí.

—Sé que le parecerá una locura pero esta noche he soñado con usted —declaró sin ningún preámbulo.

Levanté los ojos hacia él. Para mi asombro, me tranquilizó reconocerlo: su intensa mirada me llenó de contento.

—Sí que es una locura —repuse—, pero le creo. A mí me ha sucedido lo mismo. Le reconocí esta mañana en la calle y luego en el parque.

Él asintió. Pareció sentir alivio tras haberle confirmado su historia. Caminamos un trecho en silencio. Él me tomó de la mano y yo no retiré la mía. Era como si se hubiesen disuelto todas mis incertidumbres. La angustia que me había acompañado desde la mañana había desaparecido. Iba andando con un extraño por un paraje desconocido pero nunca me había sentido tan confiada. A lo lejos se divisaba una cabaña de madera con el techo de brezo puntiagudo. Antes de llegar a la verja de hierro forjado supe lo que iba a suceder. Me dejé guiar por el jardín inglés. ¿Cómo describir mi emoción al reconocer los parterres de flores, los setos de arbustos, el pabellón chino rodeado de plantas aromáticas, el rododendro? Mi corazón saltaba de alborozo al anticipar lo que me esperaba en la cabaña. El hombre también debía de estar conmovido porque me oprimía la mano con fuerzas. Cuando llegamos al pie de la escalera de la cabaña, se detuvo.

—¿Estás segura de que quieres entrar?

Asentí con la cabeza y lo besé con ternura en los labios.

Me guardo para mí las tres horas que pasé en la cabaña. Aunque quisiera, no podría contar cómo transcurrieron. La pasión que se desbordó fue mucho más intensa que la que experimenté en el sueño y sobrepasó cualquier momento de amor vivido antes y después. Nunca me he sentido tan amada ni he querido a nadie tanto como quise a mi amante desconocido. Ahora me parece mentira que fuese yo aquella mujer, tan alejada de la sensata y, ¿por qué no confesarlo?, más bien fría en sus relaciones. La misma que le susurró al oído a un extraño:

—¿Por qué has tardado tanto? 

La misma que oyó cómo le musitaba su amante sin que le sonase extraño ni falso:

—Llevo esperándote toda la vida.

Cuando salí de la cabaña, ya había anochecido. Él quiso acompañarme hasta el coche pero le pedí que me dejase ir sola. Temía que si permanecía un minuto más con él, no pudiese abandonarle nunca más. 

Ignoro cómo llegué a mi casa ni lo que hice hasta el día siguiente, cuando volví muy de mañana a la cabaña y me dejé envolver por la ternura de sus caricias. Durante tres días viví en un estado muy parecido al sueño. No tenía más voluntad que para buscar su compañía. Si hablaba por teléfono con mi marido o con Mariló, respondía a sus preguntas como un autómata y apenas entendía lo que me decían pues mi mente estaba llena de otras palabras. Mi socia me creía muy enferma y dudo mucho que estuviese equivocada. Sólo cuando mi marido anunció su regreso supe que tenía que poner fin a mi aventura.

Mi último día llegué más temprano que de costumbre. Él ya me estaba esperando junto a la verja con una rosa en la mano. Le bastó una de sus intensas miradas para saber que aquél era el final. No me dijo nada ni dejó entrever su disgusto como si desde el principio hubiese aceptado que lo nuestro no iba a durar. Y como si quisiera regalarme con lo mejor de sí mismo, puso toda su pasión en amarme. Sólo en el momento de la despedida me dijo su nombre.

Los meses que siguieron fueron un tormento para mí. Me había hecho la promesa de no volver a ver a mi amante pero cada mañana me despertaba con un doloroso anhelo en el alma y había de violentarme a mí misma para no correr a sus brazos. Mi marido, que creía que mi abatimiento era fruto de la supuesta enfermedad que había sufrido en su ausencia, se mostraba más tierno y considerado que nunca. Por estar conmigo, abandonó sus viajes a pesar de que eso le suponía soportar mis repentinos cambios de humor. Permanecía a mi lado todo el tiempo que le permitían sus negocios y, si no podía sustraerse de una cita con un cliente, me llamaba cientos de veces para averiguar cómo me encontraba. A mí tanta solicitud me suscitaba sentimientos opuestos. Saberme querida por él aumentaba mi culpa mas, en lugar de compensarle con mi cariño, espoleaba mi mal humor y me volvía arisca. Su presencia avivaba el recuerdo del otro y, pese a mis esfuerzos, no podía evitar compararlos. Finalmente le surgió un viaje que no pudo eludir. Después de abrumarme con sus promesas de llamarme cada vez que se lo permitieran los negocios y hacerme prometer que me pondría en contacto con él si me atrapaba la tristeza, partió con el tiempo justo para coger el avión. 

En cuanto me vi sola, desapareció mi depresión. Una alegría salvaje acompañada de una actividad febril se apoderó de mí. Ni siquiera me detuve a telefonear a Mariló, que, para entonces, era ya la dueña de facto de la sombrerería de fantasía.

Perdí un tiempo precioso en arreglarme para mi amante. Nada en mi armario parecía demasiado bueno para él. El espejo parecía quererse burlar de mí mientras me probaba un vestido tras otro. Las manos me temblaban sólo de anticipar el reencuentro impidiéndome abrocharme los botones, un fino sudor abrillantaba mi frente. El reloj se había vuelto loco y corría más aprisa que de costumbre mientras me desesperaba porque no encontraba nada en mi abultado vestuario que me satisficiera. Finalmente, y después de desechar decenas de conjuntos, me decidí por un vestido negro muy veraniego para el día otoñal que se insinuaba por la ventana pero con el que siempre me había visto favorecida. Cogí el coche y tomé a toda velocidad la carretera secundaria que se había convertido en tan querida para mí. Un extraño presentimiento me oprimía el pecho. Me parecía que, si no me apresuraba, alguna desgracia me impediría reunirme con mi amado. Casi me salgo de la carretera al tomar una curva muy cerrada a más de ciento treinta kilómetros por hora y, poco antes de llegar a mi destino, hube de frenar en seco porque se me cruzó un ciervo, el ciervo de mi sueño, tal vez, que al fin hacía su aparición. Aparqué a un lado del camino y, sin esperar a la niña que me guiase, eché a correr hacia la verja.

¿Cómo explicar lo que encontré?, ¿cómo describirlo? Todavía hoy me cuesta creerlo y, pese al dolor que me causa, a menudo vuelvo allí para convencerme de que no lo soñé.

La verja estaba cerrada con una gruesa cadena y un candado oxidados como por el paso de los años. Intenté forzarlos pero sólo conseguí mancharme las manos de herrumbre y musgo. Me asomé por encima de la verja buscando algún indicio de mi amante. No puedo describir mi asombro ante lo que se presentó a mis ojos. Nada del jardín inglés ni los parterres de flores ni el pabellón chino ni el hermoso rododendro. La maleza había invadido todo el terreno borrando los senderos de tierra arcillosa y las figuras geométricas que formaban los setos de arbustos. ¿Y qué decir de la cabaña? No quedaba sino el armazón de madera que sustentaba el tejado de brezo y tres de las paredes de troncos. Incapaz de comprender lo que estaba viendo, intenté saltar la verja. Me raspé las rodillas con la alambrada pero no me importó. Ya estaba a punto de llegar al otro lado, cuando alguien gritó a mis espaldas:

—¡Eh!, ¿qué hace? No puede entrar en la finca: es una propiedad privada.

Al volverme, me encontré con un hombre con un sombrero de paja y un pantalón de peto cubierto de manchas que parecían de tierra. Era de edad indefinida: lo mismo podía tener cincuenta que ochenta años.

—¿Conoce al dueño? —le pregunté cuando me acerqué a él—. ¿Qué le ha pasado a la casa?

—Esa casa lleva más de cincuenta años cerrada, señora.

Lo miré con miedo. Detrás de él asomaba la cabeza de una niña de cuatro o cinco años que me contemplaba sin disimulo.

—No puede ser, debe de haber un error. Hace unos días estuve en esta casa con su dueño: Gonzalo Ortigosa. Había un precioso jardín inglés con parterres de flores, senderos de grava... Gonzalo me trajo aquí, a la cabaña, y estuve varios días con él.

El hombre se quitó el sombrero y se rascó la cabeza. Luego me miró de arriba abajo como si creyese que había perdido el juicio.

—Sí, el dueño de El Capricho Inglés era Don Gonzalo Ortigosa —aseguró con la condescendencia que se emplea cuando se quiere explicar alguna verdad incontestable a un niño—. Pero usted no pudo estar con él hace unos días, señora. Alguien se la ha querido dar a usted con queso. Don Gonzalo hace muchos años que murió. Se volvió loco, ¿sabe? Decía que lo visitaba una mujer del bosque, que había soñado con ella una noche y se le había aparecido de carne y hueso en la carretera. Ya le digo que se volvió loco. Nadie vio a la mujer aunque él juraba que lo visitaba todas las mañanas. Dicen que tenía visiones y yo me lo creo. Mi padre era entonces guarda forestal. Un día don Gonzalo apareció en nuestra casa gritando disparates. Yo era muy niño entonces pero me acuerdo como si fuese ayer. Andaba buscando a la mujer y quería que mi padre lo ayudase a encontrarla. Estaba fuera de sí. Tenía miedo de que se hubiese caído al lago. Para apaciguarlo, fingimos ayudarlo en la búsqueda de la mujer. Pero, aunque recorriamos todo el bosque, ya puede imaginar que nunca apareció. ¿Cómo íba a aparecer si no existía? A partir de entonces, su locura fue a más. Vagaba por los bosques gritando un nombre de mujer: ¡Alicia, Alicia! Los de la aldea anduvieron con tratos con los del manicomio pero, antes de llegar a nada concreto, don Gonzalo se colgó de una lámpara. 

No pude controlar el temblor que sacudía mi cuerpo. El hombre seguía dándome detalles de una historia que para él sólo debía de ser una curiosidad de la zona. La niña no me quitaba ojo. Por un momento creí que se iba a transformar en una dalia color púrpura.

—Abuelo, la señora se está poniendo malucha.

Balbucí una excusa enrevesada y corrí hacia mi coche. El móvil estaba sonando en el asiento del copiloto. Lo cogí para escapar de la angustia que oprimía mi pecho. La voz de Mariló logró calmarme.

—Alicia, ¿dónde te has metido? Llevo toda la mañana buscándote.




























sábado, 27 de octubre de 2018

The Bloggers Recognition Awards












Mi querida amiga Manoli Vicente me ha nominado para el premio Blogger Recognition Award 2018. Manoli es una escritora a la que admiro mucho. La conocí en Falsaria y me conquistó con la sensibilidad de sus poemas, sus micros y relatos. Y no lo digo a la ligera. Ha sido reconocida en distintos certámenes y me consta que son muchos los que aprecian su valía. Si no la conoces, te recomiendo que te pases por su blog Lascosasqueescribo.
Desde aquí quiero agradecerle todo lo que he aprendido de ella y que se haya acordado de mí para esta nominación. Espero estar algún día a su altura.



Miles de besos, querida Manoli.

Como podréis imaginar, la nominación de este premio implica cumplir una serie de reglas. Por suerte sus condiciones no son muy complicadas. Mirad:


REGLAS PARA LA RECOGIDA DEL PREMIO:


I. Publicar un agradecimiento al blog que te ha nominado e insertar un enlace a su blog.
II: Escribir un post para dar a conocer el reconocimiento recibido.
III: Contar el nacimiento del blog propio.
III. Dar consejos a los nuevos blogueros.
IV. Nominar a 15 blogueros.
V. Comentar en cada blog y hazles saber que los has nombrado y proporcionar el enlace a la publicación que creaste.

Como las dos primeras ya están, paso a la tercera.

Contar el nacimiento del Blog propio.

El crujir de la escarcha nació en 2014. Debo decir que a mí no se me hubiera ocurrido escribir un blog debido a mi desconocimiento de este mundo. Por entonces publicaba mis cuentos en Falsaria y Tus Relatos, a quienes me siento muy agradecida por la oportunidad que me dieron de aprender de escritores y escritoras estupendos. Fue precisamente uno de ellos, Carlos Caro, el que me animó a abrir el blog y me prestó su ayuda para dar los primeros pasos. Aprovecho para darle las gracias también. El blog lleva el nombre de uno de mis relatos. 
Así nació El crujir de las escarcha.

Los consejos a los nuevos Blogueros.

No soy muy dada a dar consejos porque no me veo ejemplo para nadie y creo que cada uno debe encontrar su camino. Pero como las reglas son las reglas, allá voy.

Lo primero es obvio. Hay que escribir. Escribir mucho y lo más a menudo posible. No importa que el resultado no se pueda publicar. Escribir y escribir para que, al menos, de cada cien frases, una merezca la pena. Cada uno tiene su propio nivel de exigencia y pondrá el listón más arriba o más abajo. A mí me ocurre que cuanto más escribo, más exigente me vuelvo. O tal vez sea que con los años lo hago peor. No sé. Lo que sí que he aprendido es que no pasa nada si no tengo nada que publicar. Mejor poco y más o menos bueno que mucho y mal.

El segundo consejo ayuda a seguir el primero. Leer. Leer mucho y a ser posible buena literatura. ¿Qué mejor maestro que uno de los grandes? Casi todos los que escriben suelen disfrutar de la lectura y cada uno tiene en mente algún libro o escritor que le ha inspirado en algún momento, alguien a quien le gustaría parecerse. Yo tengo muchos y algunos los he conocido en la red.

La lectura es uno de los mejores placeres que ha inventado el hombre. No lo despreciéis.

Os diría que acudierais a cursos y talleres de escritura pero yo no lo he hecho. Lo que sí hago es tener muy en cuenta los comentarios que me dejan en el blog. Los buenos y los malos. Sobre todo éstos, que, aunque escuezan un poco, son de los que más aprendo.

Nominar a 15 blog.

Esta es la regla que más me cuesta porque no quiero poner en compromiso a nadie. Por favor, queridos quince, tomaros esta nominación como una muestra de admiración, que eso es. Para mí sois ganadores aceptéis o no seguir esta cadena. Muchas gracias y enhorabuena a todos.

Mis nominados son:
  1. Raúl Ariel: Hasta que el esplendor se marchite
  2. Conxita Casamitjana:Enredando con las letras
  3. Jorge Valín: Entre las brumas de Galicia
  4. Ricardo Zamorano: Palabras Narradas
  5. José R. Capel PURPLE:  Relatos en Re Menor
  6. Isidoro Varcálcer: Cuentos Nawed
  7. Tara: Locabajo
  8. Gerardo Vázquez: Varado en la llanura
  9. Patxi Hinojosa Luján: Mis cosas
  10. Bruno Aguilar: Mensaje de Arecibo
  11. Rafa Ricote: Mis relato
  12. Paco Castelao:Castro Argui
  13. Marina Córdoba:  Mis lecturas
  14. David Rubio:  Relatos en su tinta
  15. Mª Jesús Fernández:  Reinvenciones 




¡Enhorabuena a todos!



lunes, 30 de julio de 2018

Sonata para piano






  Ahora que nos hemos quedado solos en esta casa tan grande, permitidme que ejerza de abuelo y os cuente una historia que me sucedió cuando tenía más o menos vuestra edad. Tuvo lugar unos meses antes de que contrajese matrimonio con la abuela. Tras cuatro años de intenso trabajo, había logrado finalizar mi sonata para piano. Estaba exhausto. El vacío y un inmenso desasosiego me invadían a causa de tanta ociosidad después de un trabajo tan intenso. Mi entonces novia, vuestra abuela, que daba clases de violonchelo en una academia, me habló de un compañero suyo, profesor de armonía, que pensaba tomarse un año sabático para viajar por Europa. En este periplo, tenía previsto visitar durante unas semanas a un compositor amigo suyo que se había retirado a un pueblecito en plenos Alpes suizos. El profesor, de nombre Antón, estaba dispuesto a llevarme con él siempre y cuando lo dejara en libertad para hacer su vida. 

  Imposible describir la emoción que sentí cuando mi prometida me dijo quién era el compositor. Se trataba del autor de sonatas y conciertos para violín que gozaba del mayor reconocimiento en la Europa de aquellos años de mi juventud. Disculpad si no os doy a conocer su nombre; hace muchos años que murió y pronto comprenderéis que quiera ocultar su identidad con el fin de salvaguardar su honra. Conformémonos, pues, con llamarlo Mihail.

  Salimos de la Estación del Norte a mediados de mayo, pero no llegamos a nuestro destino hasta el cinco de agosto. En aquellos años los trenes no eran muy veloces y había que hacer noche en las poblaciones que salpicaban el camino si se quería recorrer grandes distancias. Antón tenía elegidas algunas ciudades en las que permanecimos varios días: Narbona, Montpellier, Niza, Génova y Milán, entre otras. Pronto supe que la elección de tales ciudades tenía poco que ver con sus bellezas arquitectónicas. Mi compañero de viaje formaba parte de una sociedad semiclandestina que organizaba partidas de póquer por el sur de Europa. No os voy a contar mucho más del bueno de Antón; esa sería otra historia no menos interesante, pero que me desviaría de la que os quiero contar. Sólo os diré que, en las ciudades en las que pernoctábamos, solía desaparecer después de cenar conmigo en algún restaurante y no regresaba al hotel hasta bien entrada la madrugada. A la mañana siguiente de sus andanzas, no daba señales de vida hasta el mediodía, dejándome solo en mis visitas a los lugares que él mismo me había recomendado. Después he regresado muchas veces esas mismas ciudades, pero nunca me han parecido tan bellas como en aquel viaje, cuando las vi por vez primera.

  Como os digo, llegamos a nuestro destino el cinco de agosto: lo recuerdo muy bien, porque era mi vigésimo noveno cumpleaños. Pero no fue hasta unos días más tarde cuando conocí a Mihail. No consigo recordar cómo se produjo nuestro primer encuentro: si nosotros le hicimos una visita de cortesía o fue él mismo el que se acercó a la pensión en la que nos habíamos alojado al saber que Antón se encontraba en el pueblo. Los días en aquellos parajes suizo se sucedían tan iguales, que se confunden en mi memoria. Desde el primer momento, me impresionó la calidez de su trato; que no guardara distancias conmigo, pese a ser un desconocido para él, que era un hombre afamado buscado por muchos más importantes que yo.

  Mihail llevaba una vida regular de la que enseguida formamos parte Antón y yo. Aunque, tal vez, deba excluir a mi compañero de viaje, que siempre fue por libre. Dedicaba, Mihail, las mañanas a su música. Cuando lo conocí, estaba componiendo su quinto concierto para violín y orquesta. Después de comer, le gustaba dar un largo paseo por los alrededores del pueblo y llegaba hasta nuestra pensión con una invitación para que nos uniéramos a él. Al principio, Antón venía con nosotros, pero, como os digo, después de algunas semanas, no era raro que se ausentara durante varios días y acudiera a la llamada de una partida de cartas. 

 En la época estival, era un placer recorrer el cantón del Valais. Los campos se habían teñido de verdes y constituían una deliciosa tentación para los rebaños de ovejas que pastaban en ellos. A los lados de las veredas, las flores asomaban entre la hierba como si fuera un tapiz bordado con manos primorosas. Nunca he sido un entendido en flora, pero sí recuerdo las blancas edelweis y las gancianas de color violeta, azul y amarillo con las que las niñas del pueblo componían ramilletes y guirnaldas. En los rincones a los que no llegaban los rayos de sol, Mihail me descubría montículos de nieve del invierno anterior y, en las rocas humedecidas, el musgo de suave tercipelo. Recuerdo con ternura un cervatillo que andaba perdido en busca de su madre. ¡Cómo habríais disfrutado de haber estado allí!  

  ¿Qué os puedo contar de Mihail? Cuando lo conocí, era un sexagenario de larga cabellera plateada que no perdía su porte elegante ni cuando iba vestido de manera informal dispuesto a emprender una caminata de varias horas. Durante aquellos paseos, era una delicia dejarse hechizar por su conversación. A lo largo de mi larga vida, pocas veces he tenido la oportunidad de departir con personas tan amenas y profundas a un tiempo. Lo mismo hablaba de arte, filosofía o literatura que contaba divertidas anécdotas de la gente que había conocido. Tenía un fino sentido del humor que le permitía retratar de forma certera a las personas haciendo uso de la ironía, mas sin llegar a la crueldad, tan frecuente en otros. Generoso, no se limitaba a hablar sino que era un oyente atento y considerado. Se interesaba por mi carrera; por los profesores que me habían formado y los planes para el futuro. Yo no me atrevía a hablarle de mi sonata para piano; a su lado, me sentía muy poca cosa y me avergonzaba de la pequeñez de mi obra: tal era mi admiración por el venerable compositor. 

  El tiempo avanzaba despacio animado por los paseos en los que recorríamos aquellos parajes tan bellos. Las mañanas transcurrían plácidamente gracias a los libros que me había prestado Mihail y que yo leía también con lentitud deteniéndome en los pasajes que llamaban la atención, admirado de la precisa elección de las palabras por parte del autor. Aquellas lecturas me abrieron las puertas a mundos para mí desconocidos.  Recuerdo la honda impresión que me causó La Montaña Mágica de Thomas Mann, que releí en más de una ocasión. Desde la ventana de mi habitación, disfrutaba de la vista de las cara norte del Monte Cervino, con sus afiladas aristas. Aquella impresionante pirámide de la naturaleza me imponía y atraía a un tiempo. Mi casero, viendo mi interés, arregló una excursión con un guía del pueblo que organizaba visitas en grupos pequeños. Hube de coger el tren de Gornegrat a las cinco de la mañana porque nuestra intención era disfrutar de la luz del día; mas una tormenta nos impidió llegar a nuestro destino y tuvimos que dar la vuelta a medio camino. Después, ya no tuve oportunidad de repetir el intento hasta que, años más tarde, quise enseñarle aquellos bellos parajes a vuestra abuela.

 Un día, Mihail me invitó a comer a su casa. Era propietario de un pequeño chalet a unos tres kilómetros del pueblo, donde vivía con una mujer que algunos decían que era su esposa, otros, su amante, mientras que para los aldeanos, se trataba de su ama de llaves. Antón no supo aclararme el misterio y cada día me daba una versión distinta. Cuando llegué a la casa del compositor, la mujer estaba en el jardín arreglando un parterre de rosas a la entrada al jardín y ya no volví a verla en todo aquel día, pues ni siquiera comió con nosotros.

 He de deciros, queridos nietos, que aquel fue uno de los días más felices de mi vida. La comida estuvo regada por un Burgeland exquisito y amenizada por la inteligente conversación a la que Mihail me tenía acostumbrado. Al terminar los postres, tomamos el café en la sala de música en la que solía trabajar. En ella, además de un piano y distintos instrumentos, había en un confortable rincón dos sillones tapizados de terciopelo del color de las ciruelas maduras y una mesa de cristal, donde pasé horas hablando con mi amigo. Las paredes estaban cubiertas de anaqueles con miles de libros. ¿Cómo expresaros, queridos nietos míos, la emoción que sentía por encontrarme en aquella sala a la que estaba vedada la entrada a tanta gente? 

  Mihail me estuvo hablando del concierto para violín que estaba componiendo, el quinto que pensaba estrenar. Tuve el privilegio de escuchar posiblemente antes que ninguna otra persona su primer y tercer movimiento. Me contó cuán difícil le estaba resultando la composición del segundo, que había tenido que reescribir varias veces sin haber encontrado aún el motivo central que hiciese de hilo de unión de la melodía.

  Conmovido por ser el destinatario de sus confidencias y quién sabe si también víctima de los efectos del vino austriaco, me armé de coraje y le hablé de mi sonata para piano. Después de haber escuchado los dos movimientos de su inconcluso concierto, no pude negarme a complacerlo y toqué para él algunos fragmentos de mi sonata. Me hizo sentar en su piano, el mejor que han acariciado las yemas de mis dedos, y me sumergí en el adagio. Me parece que lo estoy viendo, concentrado mientras escuchaba mi ejecución; con los ojos cerrados, las manos entrelazadas bajo el mentón. Cuando terminé, la emoción velaba sus ojos. También yo estaba conmovido; tanto que no fui capaz de pronunciar palabra alguna de agradecimiento tras recibir su efusiva felicitación. Mihail fue el primero en recobrar la serenidad. Tomó asiento de nuevo y me invitó a tocar desde el principio la sonata completa.

 Salí de su casa cuando se ponía el sol. Me sentía tan feliz y exultante que no me apetecía recluirme en la habitación de la pensión. Poco antes de llegar, tome la vereda que llevaba a la dehesa y estuve caminando hasta bien entrada la noche. Los pensamientos entraban y salían de mi mente a una velocidad que me impedía aprehenderlos. Se abría ante mí un futuro de amistad con el hombre que más admiraba; el que me guiaría en la larga senda hacia la Gloria. Mas no sabía que aquél sería el último día que lo vería en mi vida.

 Al día siguiente, el viejo Mihail mandó recado por medio de la mujer que vivía con él para comunicarme que estaba en pleno trabajo de composición y que no podría verme en unos días. Su ausencia llenó de hastío las horas. Ni siquiera la lectura de Thomas Mann se podía comparar con la brillante conversación del compositor. En más de una ocasión, dejé que mis pasos me guiaran hasta los aledaños de su propiedad con la esperanza de avistarlo aunque no fuera más que de lejos, pero nunca acerté a verlo y sólo una vez tuve la suerte de cruzarme con la mujer, que venía de hacer unas compras del pueblo y quien me advirtió de que Mihail seguía imbuido en su proceso de creación, sin querer que nadie lo molestase. 

 Semanas después de nuestro último encuentro, supe por mi casera que había partido a París sin dejar dicho si regresaría en breve.

 En octubre, cuando las nieves volvieron a hacer acto de presencia en el distrito de Visp, tomé el camino de regreso a casa. Nadie me acompañaba. Antón seguía con su periplo de juego y me había invitado a seguirlo, pero yo ya estaba cansado y quería retomar mi vida. En diciembre, me casé con Elsa, vuestra abuela, y empecé a buscar la manera de estrenar mi concierto:  sin éxito, debo decir.

 Cinco años después de mi gira europea, recibí dos entradas para asistir al estreno del Concierto para violín y orquesta número cinco de Mihail. Acudí lleno de emoción acompañado de Elsa y de unos amigos con los que habíamos ido a cenar en un restaurante próximo al Teatro Real. Elsa estaba bellísima, con un vestido de noche negro drapeado que dejaba sus hombros al descubierto. 

 Al oír los primeros acordes retrocedí a mi verano suizo. Las notas del violín me traían el balido de las ovejas y me hacían evocar el vuelo majestuoso del águila real. ¿Cómo describiros la emoción al oír los acordes de aquella música que había escuchado años antes en una pequeña sala antes que ninguna otra persona?

 Cuando comenzó el segundo movimiento, aquel adagio que tanto había costado componer, creí morir de la intensa emoción. El sudor perlaba mi frente y, en palabras de vuestra abuela, me quedé pálido como la muerte. Los amigos que disfrutaban con nosotros de la velada, creyéndome indispuesto porque me hubiera hecho daño la cena, trataron de convencerme de que abandonase el palco para que el aire de la noche se llevara mi malestar. Sólo Elsa conocía la causa de mi desazón. Aquellas notas, aquellos acordes que encantaban al público no eran otros que los que formaban la melodía principal de mi sonata para piano; unos acordes mucho mejor matizados al haber desaparecido las notas menos armoniosas. La orquesta le prestaba mayor grandiosidad y el violín la dotaba de una dulzura que yo nunca pude ni podré lograr; mas allí estaba mi música, aquella que había salido de mi alma y de mi corazón, aquella que nunca más volvería a ser mía.

 Después de aquella noche, traté de ver a Mihail con el fin de que me diese alguna explicación. Me presenté en su casa en numerosas ocasiones y siempre se negó a recibirme. Un conocido de ambos me persuadió de que abandonase mis tentativas de concertar una entrevista con él: el célebre compositor decía no acordarse de mí, mucho menos conocerme. Nuestro amigo Antón tampoco pudo hacer nada. Dejó entrever que Mihail lo había amenazado con sacar a la luz su devaneos los naipes. Tampoco me fue posible acudir a los tribunales. Ningún abogado quiso representarme en una querella contra quién entonces gozaba de toda la credibilidad: ¿quién iba a creer a un músico desconocido como yo?, ¿qué pruebas podía aportar más que mi palabra, la palabra de un don nadie?

 Nunca pude estrenar mi sonata ni quise componer nada más después de aquella decepción. Durante años, ni siquiera pude abrir la tapa del piano. Pero la música es para mí tan necesaria como la luz del sol y acabé siendo el profesor de solfeo que todos conocéis.