sábado, 7 de octubre de 2017

Apoyado en la baranda del malecón












   El domingo te volví a ver. De lejos. Desde la distancia. El domingo te volví a ver después de tantos años. Estabas apoyado con displicencia en la baranda del malecón. El pie derecho firme sobre el suelo empedrado y el izquierdo apenas posado sobre la punta, la cabeza ligeramente ladeada y un hilo de humo del cigarrillo ascendiendo al cielo mientras dibujaba ondas que se desleían en el aire. Supe que eras tú aunque me dabas la espalda. Sin necesidad de que te volvieras; sin necesidad de verla a ella, que recostaba la cabeza en tu hombro. Supe que eras tú y, por un momento, pensé en abandonarme al deseo de acercarme. Pero me reprimí a tiempo. Reprimí mis ganas de dejar descansar mi mejilla en tu espalda; de abrazarme a tu cintura y envolverme en tu aroma a madera quemada, tu olor de antes. Por un momento me vi rodeada por tus brazos en tanto se iba derritiendo la escarcha que cubre mi alma. Qué fácil hubiera sido tomarte de las manos y persuadirte de que olvidásemos el pasado; que borrásemos los momentos de amargura y nos quedásemos con los más dulces. Qué fácil hubiese sido alisar las arrugas que debían de surcar tu rostro con solo pasar el dorso de mi mano por ellas. Qué fácil hubiese sido, amor mío. Pero me reprimí a tiempo. Agaché la cabeza, metí los puños crispados en los bolsillos de la chaqueta y tragué la hiel que subía por mi garganta antes de darme la vuelta y alejarme presurosa de ti.

  Pasé la noche atormentada con el recuerdo de los años en los que estuvimos juntos y el arrepentimiento por no haber tenido el coraje de acercarme a ti. 

  ¿Fue cobardía o fue cordura lo que me impulsó a huir una vez más de ti? Aún no lo sé y aquella noche de horas eternas no me ayudó a decidirlo. Me levanté antes de la salida del sol y volví al malecón. Me incliné sobre la baranda en el mismo lugar en el que te vi el día anterior y esperé tu regreso durante horas dispuesta a no dejar pasar la ocasión. Mi corazón saltaba cada vez que atisbaba a lo lejos algún transeúnte cuyo caminar me recordara aunque fuese vagamente el tuyo. Mi corazón saltaba de alborozo, de miedo. Mi lado racional me alentaba a escapar, a continuar mi camino sin lamentar el pasado; a encarar el futuro, al fin, sin cuestionarme las decisiones adoptadas. Pero mi lado emocional me impelía a esperar. Y esperé. Pero no apareciste. Ni ella tampoco. Ni al día siguiente. Ni al otro. Ni al otro.

  Quizás nunca estuviste. Quizás nunca fuiste el hombre apoyado a la baranda del malecón mientras ella recostaba la cabeza en tu hombro. O sí. Quizás sí eras tú. Quizás también me vistes y te alejaste para no encontrarte conmigo, para evitar que se abrieran viejas heridas. O quizás ni siquiera te importase cruzarte de nuevo conmigo o te importase tan poco que me olvidaste tan pronto me viste y dejaste que tu vida sin mí te llevase por otros derroteros. Quizás solo la protegías a ella. La protegías para que no la hiriese. Quizás... Quizás… Quizás...

  Nos conocimos en primero de Económicas pero no nos fijamos el uno en el otro hasta el momento: en el último trimestre del último curso. Tú siempre dijiste que te gusté desde la primera vez que me viste en la clase del profesor Quintana pero yo sé que no era cierto. Pertenecíamos a mundos muy distintos. Tú eras del grupo de los rockeros y yo de la pandilla de los niños pijos. Tú llegabas a clase en moto, no te quitabas ni en verano ni en invierno los vaqueros desgastados y las camisetas de Tintín, que, al terminar la carrera, ya no se sabía de qué color eran. Los chicos con los que me relacionaba iban a clase en el Ford Fiesta que les había comprado su padre, vestían levis recién planchados, lacoste de tonalidades suaves y calzaban mocasines cepillados cada noche. Tú fumabas porros detrás de la tapia de la facultad, yo malboros mentolados. Tú escuchabas a Aerosmith, a mí me volvía loca Phill Collins. Tú. Yo. Tú. Yo.

  Fue a finales de abril cuando coincidimos en una fiesta. Por más que lo intentamos, nunca pudimos recordar quién fue nuestro anfitrión, a quién se le ocurrió unir a personas tan distintas. De aquella noche no me ha quedado otro recuerdo que el humo que me cegaba la vista, las canciones de Spandau Ballet y tú. Supongo que llegué acompañada de Piluca, su novio y de Ángel, el chico con el que salía entonces. Pero mi memoria lo ha borrado todo; todo menos a ti, amor mío. Puedo imaginarme apartada de la pista de baile con los pies doloridos después de haber pasado horas atendiendo a las clientas impertinentes de la boutique de mi madre. Imaginarme fumando un cigarrillo tras otro, aburrida, aturdida por el zumbido de las conversaciones de mi alrededor, sin decidirme a abandonar la fiesta pero sin querer quedarme tampoco. Hundida en un sillón de cuero que olía a viejo y que había perdido su relleno. Puedo imaginarme ajena a todo. Pero quizás no fue así: en mi recuerdo solo estás tú. Tú, renegando de aquellos niños de papá que hablaban con la nariz. Tú, haciéndome reír de las pintas de los que bailaban. Tú, invitándome a salir contigo, a subir en la moto. Y me recuerdo a mí también rodeando con mis brazos tu espalda mientras dejábamos atrás kilómetros y kilómetros, como si fuera lo más natural del mundo irme con un chico con el que no había cruzado tres palabras en cinco años. 

  Me llevaste a la casa que tenía un amigo tuyo en Somosierra y durante tres días olvidamos que existía el mundo más allá de sus cuatro paredes. Mientras mis padres, mi novio y mis amigos me buscaban más y más desesperados, nosotros explorábamos nuestros cuerpos. Mientras tus compañeros de habitación en el San Juan Evangelista organizaban un concierto de Stella Levitt Quartet que nunca llegó a celebrarse, nosotros nos quitábamos de la boca las palabras para hablar de esto y de aquello. Mientras mi padre recorría hospitales entre el miedo y la esperanza de encontrarme, nosotros vivíamos una eternidad en cada segundo.

  Cuando subimos de nuevo a la moto, lo hicimos convencidos de que ya no seríamos nunca los mismos. Que yo me llevaba un trocito de ti y tú un pedazo de mí.

  Capeamos como pudimos el aluvión de reproches que nos esperaba a nuestro regreso. Yo me enfrenté a la cólera de mi padre como si asistiese a una obra de teatro que no entendiera del todo. Mi cabeza y mi corazón estaba contigo y todo lo demás me era ajeno. Ni siquiera me importaron las dos semanas que hube de permanecer en casa simulando que aceptaba el castigo que me impusieron por el sufrimiento que había causado a mi familia. Pero ¿qué eran unos cuantos días si teníamos toda la vida para nosotros?

  Aquel verano no nos separamos. Yo rompí con Ángel y tú con Sofía, la chica con la que llevabas tonteando unos meses. Dejé de salir de copas con mis amigos de siempre porque cada minuto lejos de ti me parecía un tormento. Me negué a ir a Estepona con mis padres y pasé los meses de julio y agosto contigo en la misma casa donde nació nuestro amor. En ese tiempo, hablamos mucho de nuestro futuro. Tenía previsto viajar en septiembre a Manchester, donde me esperaba un contrato de prácticas de dos años en una empresa consultora. Yo quería anularlo y quedarme contigo pero tú me convenciste de que no lo hiciera. Si queríamos tener un futuro juntos, decías, debíamos construir unos cimientos sólidos. Ese sería un rasgo tuyo que me maravillaría siempre. Ni en los momentos más difíciles de nuestra vida juntos perdistes la capacidad para analizar las consecuencias de nuestras decisiones. En tanto yo me dejaba arrastrar por la angustia, tú te detenías a estudiar el problema desde todos los lados. Acallabas el dolor, repartías serenidad entre los que te rodeaban y terminabas encontrando una solución que causaba asombro por su simplicidad. Así fue siempre. Así fue siempre, sí. Hasta que dejó de serlo.

  De manera que en septiembre me fui a Manchester, para alivio de mis padres que ya veían cómo echaba a perder mi futuro por lo que ellos llamaban un encaprichamiento pasajero de niña mimada. 

  Los dos años se convirtieron en siete. Era la primera vez vivía por mi cuenta y me encantaba esa libertad recién descubierta. Hasta entonces, me había visto obligada a dar cuenta a todo el mundo de cada uno de mis movimientos. A mis padres, a los profesores del colegio, a los novios que había tenido… Pero en Manchester a nadie parecía importarle si entraba o salía. Conocí mucha gente que no tenía nada que ver con quienes me había relacionado antes. Ni siquiera se parecían a ti. Trasnochadores que vivían de noche y dormían durante el día; trotamundos que se detenían unas semanas en la ciudad y desaparecían de repente sin decir adiós; músicos ambulantes que encandilaban a los transeúntes con una flauta confeccionada con una caña de bambú… Conocí a un tipo que apostó toda su fortuna a la ruleta y en una sola tarde pasó de millonario a indigente sin despeinarse siquiera ni abandonar su sonrisa. ¿Cómo podía volverme a España y perderme todo aquello? ¡Había tantísimo que ver, oír, gustar, tocar y oler! En el momento más insospechado se me podía presentar una melodía nunca oída que me transportase a China o a Costa de Marfil. Ni siquiera las horas más tediosas en el trabajo me hacían dudar de que tenía que quedarme en aquella ciudad. Ni el recuerdo de tus besos y tus caricias; ni la añoranza que me infundían tus cartas casi diarias; ni cuando oía tu voz al otro lado del teléfono; ni siquiera entonces, amor mío, deseé estar en otro sitio que no fuera aquella ciudad.

  Pero, a los siete años, la vieja urbe británica perdió todo el atractivo para mí. Sus calles dejaron de tener el encanto de lo novedoso y sus gentes se volvieron vulgares. Ya nadie podía contarme ninguna historia cuyo desenlace no conociera de antemano. Me volví sorda a la música que sonaba en las esquinas y mi paladar se tornó insensible al delicioso lacchchi con que me regalaba los domingos Mr. Radhav, un tejedor hindú que vivía en el mismo edificio que yo y que me había adoptado como hija después de que la suya huyese a Australia detrás de una bailarina sueca. 

  Decidida a dejar Manchester antes de que se volviera aborrecible para mí, tomé un avión de regreso a Madrid un veinticinco de abril, el día en que tú cumplías treinta años.

  No sé cómo te las arreglastes para convencer a mis padres para que te permitiesen ir tú solo a recogerme al aeropuerto. Entonces todavía no te habías ganado su simpatía como harías después. No debió de ser fácil sortear los argumentos de mi madre, que siempre quiso ser la actriz principal, si no la única, de las comedias que suelen ser nuestra vida de familia. Ni debió ser grato para ti enfrentarte al ceño fruncido de mi padre, que aún no te había perdonado los tres días de angustia cuando me hiciste desaparecer. Lo único que sé es que estabas tú solo en el aeropuerto esperándome con un ramo de prímulas amarillas y tu sonrisa, que hacía juego con el brillo de tus pupilas.

  No puedo ocultarte que sentí cierta decepción al verte. Te habías cortado la melena y tu atuendo no difería mucho del que llevaban los pijos con los que solía salir antes de conocerte. Pantalones chinos color gabardina, camisa azul celeste impecablemente planchada, las mangas remangadas hasta los codos y jersey de pico color burdeos anudado al cuello.

  ─¿Dónde has dejado tu aire rockero? ─te pregunté después de colgarme a tu cuello.

  Echaste la cabeza hacia atrás y dejaste escapar una carcajada que resonó por todo el aeropuerto.

  ─Es que me he escapado de la oficina y no he tenido tiempo de arreglarme para tí.

  Me llevaste en volandas hasta el coche y resististe mis ruegos de perdernos en algún sitio antes de encontrarme de nuevo en casa de mis padres. Me obligaste a soportar los besuqueos y las lágrimas de mi madre, las preguntas de mi padre sobre mi futuro.

  ─¿Qué piensas hacer con tu vida ahora?

  Yo solo tenía claro que quería estar contigo. Aguanté media hora de pantomima y me subí de nuevo en tu coche con la firme determinación de no volver a la casa donde nací.

  Desde el momento en que entre en tu apartamento, borré de mi memoria todo mi pasado. Me entregué a ti por entero sin otro afán que el deseo de hacerte dichoso. 

  ¿Cómo recordar los siguientes tres años sin que se me rompa el corazón? ¿Cómo no evocar con dolor tus besos y caricias, tu mirada que me derretía las entrañas y hacía que el mundo desapareciera y solo quedases tú? ¿Cómo no añorar las tardes de domingo, en pleno invierno, cuando, acurrucada en el sofá, con la cabeza posada en tu hombro y arropada con una manta, arrullaba mis sueños el sonido de alguna película de vídeo? ¿Te acuerdas cuando recorríamos en moto la Cornisa Cantábrica? Aún puedo sentir el viento sobre mi rostro. Era tal la velocidad que cogías que parecía que fuésemos a echar a volar. ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas, di? Fue el último verano antes de que apareciera ella y nos robara la dicha.

  No queríamos hijos. Nos bastábamos nosotros mismos y un intruso podía romper la armonía de nuestras vidas. Fuiste tú el primero que lo planteaste:

  ─No tengo vocación de padre ─me dijiste a los pocos días de irme a vivir contigo─. No quiero que ningún mocoso me llene de babas cuando llegue a casa.

  Lo dejaste muy claro. Lo dejaste muy claro y yo no tuve nada que objetar.

 Nunca fui la típica chica que soñaba con tener un bebé en mis brazos. Mis amigas, desde muy pequeñas, barajaban nombres de niños y de niñas e imaginaban un futuro de biberones, patucos y sonajeros. Pero para mí el instinto maternal me quedaba muy lejos. Decirme que no querías hijos no tenía ningún significado para mí porque nunca me había visto en el papel de madre. 

  Pero la vida casi nunca te lleva por los caminos que trazan nuestros deseos.

  Unos días antes de cumplirse el tercer aniversario de mi regreso de Manchester descubrí que estaba embarazada. Mi primera reacción fue de sorpresa más que disgusto o alegría. ¡Era tan insólito! Luego me dispuse a ignorarlo, como si de ese modo pudiese hacerlo desaparecer. Pero las semanas pasaban y el embarazo seguía su curso. Cuando por fin fui consciente de lo que sucedía, ya no había tiempo para ponerle remedio. Entonces me derrumbé y me metí en la cama sin querer ver a nadie, ni siquiera a ti. No fue hasta ese momento, ya en el quinto mes de gestación, cuando me atreví a contártelo.

  Por primera vez desde que nos conocíamos tuve miedo de tu reacción. ¡Habías sido tan tajante en tu negativa a ser padre! Pero, pasada la sorpresa inicial, te lo tomaste con el mismo optimismo con que te tomabas todo. Te reías de mis miedos cuando te leía las historias de Internet sobre niños deformes, mujeres que morían desangradas durante el alumbramiento y maridos que se buscaban amantes ante los cuerpos desfigurados de sus esposas.

  ─¡Qué loca eres! ─decías y rompías a reír a carcajadas.

  Todos mis miedos se desvanecieron cuando nació Celia. 

  ¿Cómo es posible querer tanto a una personita tan pequeña? Me olvidé de todo. Aunque parezca un imposible, me olvidé hasta de ti. Nada me hacía más feliz que oír sus risas. Imposible contar las fotografías que le hice. Me compré una cámara réflex que tenía siempre lista para captar su último gesto, el primer diente, su primera sonrisa... Tú te reías de lo que llamabas “mi embrujamiento” pero te mostrabas tan encantado como yo con nuestra niñita. Te hiciste con una mochila para llevártela cada mañana cuando salías a correr. Si estabas en casa no dejabas que nadie más que tú la cogiera en brazos y la niña, picarona, no quería estar sino con su padre. A mí me obsequiaba con sus rabietas y contigo se carcajeaba con solo oír tu voz.

  Pero la vida es envidiosa de los dichosos y despliega sus argucias para robarles la llave de la felicidad.

 Tenía seis meses cuando una tarde de domingo la encontré en la cuna estremeciéndose como si la atormentase la peor de las pesadillas. Una mueca torcía su boca hacia la derecha y un hilo de espuma mojaba la almohada. La sacudí con dulzura creyendo que despertaría, pero las convulsiones se hicieron más agresivas. La cabecita se le cayó a un lado sobre mi hombro y, al levantársela, me asustaron sus ojos en blanco. Salí corriendo al pasillo con ella en brazos en tu búsqueda. Te encontré sentado en el sillón junto a la ventana del salón leyendo el periódico.

  ─Nuestra niña se muere ─te dije mientras la dejaba sobre tu regazo.

  Corriste hacia el vestíbulo y yo te seguí. Si no hubiera sido porque necesitaba coger las llaves del coche, me hubiese ido sin el bolso. 

  Cuando llegamos al hospital, las convulsiones habían cesado. Celia se había quedado dormida con la cabeza sobre mi hombro. Su cara había recobrado la paz y su respiración se había vuelto regular. Aun así, esperamos a que la viese un médico. Aquel día no nos fuimos muy contentos.

  ─Fiebre ─nos dijo el pediatra que la vio─. A los bebés les sube mucho la fiebre pero luego resucitan como si tal cosa.

  Me molestó la sorna de su voz. Yo sabía que no se trataba de unas simples fiebres.

  Aquella noche, Celia tuvo otra crisis. Esta vez las convulsiones se prolongaron durante media hora. Alarmado, llamaste a una ambulancia. El médico que acudió en nuestro auxilio me asustó cuando la tomó en sus brazos. Era grandote como un oso, sus manos parecían zarpas y su mentón prominente le daba un aspecto feroz. Estuve a punto de quitársela para proteger a mi niña. Y sin embargo, con qué ternura le acarició la frente. La acostó de lado en su cunita y permaneció junto a ella hasta que remitió la crisis y se quedó dormida.

  ─Tiene toda la pinta de un ataque epiléptico ─oí sin entender lo que me estaba diciendo. El cansancio había nublado mi mente y no me dejaba ver más que la oscuridad.

  ─¿Ya está bien? ¿Ya ha pasado?

  ─No se lo puedo decir, señora. Habría que hacerle pruebas para ver qué es lo que le ha causado la crisis. Puede ser un episodio ocasional o… ─se detuvo unos instantes como si sopesase las palabras─. Llévela a su pediatra. Él sabrá lo que hay que hacer.

  Empezó así un calvario para todos nosotros que ya no tendría fin.

  En mi memoria se confunden los días y las noches que siguieron a aquel tres de octubre en el que nuestro pequeño mundo se puso del revés. El pediatra nos mandaba de un médico a otro y nos llenaban la bolsa de medicinas y preocupaciones. Pero todavía creíamos que la enfermedad de nuestra niña sería cosa de unos días. De semanas, tal vez. Que luego, la vida volvería a ser como antes. ¡Qué ilusos éramos! La vida nunca es como antes.

  Las crisis epilépticas se hicieron más frecuentes. Compramos una cama plegable y cada noche, nos turnábamos para dormir con Celia. Mi sueño, que desde que había nacido nuestra hija era muy ligero, se volvió casi inexistente. No era vigilia pero tampoco me permitía descansar. Bastaba con que la niña cambiase de postura para que me despertase sobresaltada. El cansancio y las preocupaciones me impedían concentrarme en el trabajo y un día, mientras conducía de regreso a casa, me quedé dormida al detener el coche en un paso de cebra. No puedo describirte mi terror cuando desperté desorientada por el estridente sonido de los cláxones de otros coches, sin saber dónde estaba ni qué hacía en aquel cruce de calles.

  Tú, sin embargo, seguías fiel a tu optimismo de siempre. Desesperándome con tu ceguera.

  ─No pasa nada─decías en los pocos momentos en los que estábamos juntos─. Será cosa de unos días. Después Celia volverá a ser nuestra niña de siempre.

  Sin embargo yo supe desde el principio que mi bebé alegre y juguetón se había ido para no regresar más. En su lugar, no teníamos sino un simulacro de niña que quería parecerse a nuestra Celia sin conseguirlo. Cuando contemplaba su carita, ya no veía su sonrisa sino la horrible mueca que anticipaba las crisis. Su llanto se hizo persistente. Era como un ronroneo que taladraba mis oídos y atormentaba mi cerebro persiguiéndome incluso cuando estaba lejos. Puede que, por tu manía de apartar lo que no te gusta, hayas olvidado el suplicio que suponía darle de comer. Una hora para que tragase tres cucharadas de papilla. Y al final, ¿de qué servía mi paciencia, querido? De nada. La dichosa niña me recompensaba salpicando mi ropa y poniendo perdidas las paredes de la habitación con su vomitona.

  Pero tú te negabas a ver cómo se había ido a pique nuestra vida. Te negabas a ver cómo habíamos dejado de reírnos juntos; cómo ya no nos acariciábamos. ¿Cuántas veces fuimos a cenar a un restaurante los dos solos después de la primera crisis epiléptica? ¿Cuántas veces cogimos la moto para dar siquiera una vuelta por los alrededores de Madrid? ¿Cuántas veces me llevaste a bailar, al cine o al teatro? ¿Cuántas veces pudimos hablar de otra cosa que no fuera lo que le sucedía a la niña? ¿Cuántas veces? Di. Dejamos de hacer tantas cosas que olvidamos cómo se hacían.

  Te limitabas a construir quimeras, castillos en el aire. Seguías haciendo planes para cuando la niña anduviera, para cuando dijese sus primeras palabras. Negándote a ver que los hijos de nuestros amigos la iban dejando atrás; negándote a escuchar a la cuidadora de la guardería, que nos decía de forma cada vez menos velada que Celia no era como los otros. Como te negaste a ver mi agotamiento, mi miedo a lo que nos pudiera pasar después. Las veces que intenté compartir contigo mi sufrimiento, te limitaste a abrazarme y a decirme:

  ─Ya verás como pronto pasa esta mala racha y podemos viajar los tres a Chipre.

  ─¡Nooo! ─te gritaba desesperada─. No es ninguna mala racha. ¿Es que no ves que nada va ser igual nunca más? ¿No ves que nuestra niña no será nunca como las otras niñas? ¿No ves que ya no puedo más?

  Pero tú querías arreglarlo todo con besos sin querer ver que tus caricias, en lugar de aliviar mi sufrimiento, me traía el recuerdo de quienes fuimos, de quienes nunca más volveríamos a ser.

  Con tres años, Celia apenas caminaba. Sus palabras eran balbuceos que solo tú y yo entendíamos. En la escuela del barrio no quisieron admitirla porque, decían, no estaban preparados para hacerse cargo de una niña tan peculiar. Buscamos un centro especial que atendiera sus necesidades. Supongo que no lo habrás olvidado, como yo tampoco lo he borrado de mi memoria. Aún me estremezco cuando recuerdo el día que fuimos a visitar aquel que te recomendaron como el mejor de Madrid. Vuelvo a sentir el horror que sentí al ver a aquellos niños que parecían ancianos abandonados a su suerte. Niños tumbados sobre una moqueta verde cubierta de manchas de un color indefinido. Niños que sollozaban sin que nadie arrullase su llanto. Y aquel olor a orines y a desinfectante, tan intenso que creí desmayarme.

  ─¡Vámonos! ─me susurraste al oído─. Aquí no se queda Celia. Nuestra niña no es como esos.

  Y te negaste a llevarla a ningún otro centro especializado en niños diferentes. 

  Llenaste nuestra casa de fisioterapeutas, de logopedas, de psicólogos... Me cargaste de más y más trabajo sin consideración a mi cansancio, a mi depresión que crecía cada día más. Tuve que abandonar mi trabajo para ocuparme de Celia. Ya no era sino una máquina que tenía que quitar pañales, limpiar mocos, asistir a las sesiones de psicomotricidad o estimular su cerebro con cuentos que no entendía. ¿No comprendes que aquel ritmo de vida era demasiado para mí? ¿No veías mi agotamiento? Tú, tan sensible para la niña, no te dabas cuenta de que me estaba perdiendo a mí misma.

  Un día creí volverme loca. Creí haber llegado al límite de mis fuerzas. Te dejé en el hospital que habías montado en nuestra casa y salí a vagar por las calles. Durante horas me dejé llevar por mis pasos. Sin ver nada. Sin oír nada. Sin pensar en nada. Anduve sin ningún rumbo, sin ningún destino. Caía la tarde cuando me senté en un banco de un parque. Ya no quedaba casi gente. Mediaba octubre y, pese a haber sido un día caluroso, empezaba a refrescar. Dejé que la brisa que llegaba de la sierra jugara con mis cabellos. Por un momento me creí la joven despreocupada que bailaba descalza en las fiestas de sus amigos: la joven que fui antes de conocerte. Me quité los zapatos y caminé con los ojos cerrados por la hierba húmeda. Dejé que las gotas de agua salpicaran los bajos del pantalón. Una sensación de euforia desbordó mi pecho. De pronto, oí una carcajada. Abrí los ojos y vi a una niña que me tendía las manos.

  ─¿Puedo jugar contigo?

  Tendría cuatro años, poco más que nuestra hija. Por un momento creí que se había producido un milagro, que se trataba de Celia. Le cogí las puntas de los dedos y bailamos juntas al son de una cancioncilla infantil que cantaba con su dulce voz. ¡Qué felices fuimos! Se había acabado la horrible pesadilla que nos había estado atormentando y me habían devuelto a mi niña. De pronto, oí la voz de una mujer.

  ─¡Inés! ¡Haz el favor de venir aquí!

  Mi niña se soltó de mis manos y salió corriendo dejándome en compañía de mi soledad. Con la cabeza gacha y los hombros hundidos, me puse en camino a casa. Pero cuando, atisbé el portal de nuestro apartamento, supe que no podía retomar mi vida con aquel ser extraño que nos había arrrebatado a nuestra niña. Me olvidé de ti. Solo quería escapar de la angustia que me embargaba. Di media vuelta y tomé el Paseo de las Delicias hasta la estación de Atocha, donde tomé un tren que me llevó muy lejos de allí.

  En estos doce años que han pasado desde entonces, no ha transcurrido un día en el que no me haya arrepentido de mi huída. No ha habido noche en la que no haya permanecido desvelada durante horas añorando tus caricias y tus besos; preguntándome cómo sería nuestra niña, si notaría mi ausencia o la colmaría toda tu capacidad de amar; consumiéndome la culpa por haberte dejado solo ante una carga que a mí me pareció y me sigue pareciendo inconmensurable. Me es imposible decirte cuántas veces descolgué el teléfono con el anhelo de oír tu voz, la de mi niña. Cuantas veces descolgué el teléfono para pedirte perdón con la esperanza de que me dejaras volver. Pero siempre me vencía el miedo a tu rechazo y colgaba antes de que contestaras mi llamada. Solo una vez me atreví a esperar. Fue hace unos días Al otro lado del teléfono, una voz vacilante que ceceaba me entretuvo hablándome de ti. Estuve a punto de revelarle mi nombre, de desahogar mi amor y mi dolor en su cándido corazón pero tuve miedo de herir su inocencia. Le dije que era un hada buena que velaba sus sueños. Y ella, nuestra Celia, mi niña querida, me confío su secreto, vuestro secreto. 

  ─El sábado papi me lleva a la playa. El sábado nos vamos a Vera. Papi me lleva en tren ─me decía emocionada entre risas. 

  Y yo escuchaba embelesada esas risas que eran las tuyas. Durante casi una hora, me habló con ternura del abuelo Sergio, mi padre, y de la abuela Lucía, mi madre, a los que no he vuelto a ver desde que me escapé de casa. Me habló de Pipo, su perro de largos cabellos negros, y de Micaela, su muñeca favorita. No podía dejar de escucharla y todo me sabía a poco. Cuanto más la oía, mayor era la herida que se abría en mi alma. Cuando al fin se despidió de mí, caí de rodillas. Oculté el rostro en mis manos y me abandoné al llanto.

  El sábado, yo también cogí un tren que me trajo a Vera. Yo también estaba emocionada.

  El domingo te volví a ver. De lejos. Desde la distancia. El domingo te volví a ver después de tantos años. Estabas apoyado con displicencia en la baranda del malecón. El pie derecho firme sobre el suelo empedrado y el izquierdo apenas posado sobre la punta, la cabeza ligeramente ladeada y un hilo de humo del cigarrillo ascendiendo al cielo mientras dibujaba ondas que se desleían en el aire. Supe que eras tú aunque me dabas la espalda. Sin necesidad de que te volvieras; sin necesidad de verla a ella, que recostaba la cabeza en tu hombro.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Belle de jour, belle de nuit





   Había sido un día muy duro. No me apetece entrar en detalles. Todo se podría resumir en nueve horas de feroces negociaciones que terminaron en el más absoluto fracaso. Cuando a la una de la madrugada entré por fin en la habitación del hotel, mi cabeza era como un cuadrilátero salvaje en el que una multitud de gritones se disputase el campeonato mundial de los pesos pesados. Me serví un vaso de whisky del minibar después de un inútil intento de mandar al cansancio por el sumidero de la ducha. La enorme cama me miraba con cara de pocos amigos. Di varias vueltas por la habitación, me senté en un sillón, removí el hielo que flotaba sobre el líquido acaramelado y acabé encendiendo el televisor. En la pantalla se sucedían imágenes que no tenían ningún sentido para mí. Apretaba frenético el botón del mando a distancia sin detenerme en ningún canal hasta que me quedé prendido a una cabellera ondulada y a la voz más sensual que jamás había oído.

   ─Tu nombre no es Cristal, ¿verdad? ─le preguntó el presentador del programa.

   ─Digamos que ese el único nombre al que respondo en este momento.

  La mujer daba la espalda a la cámara y su silueta se recortaba en la pantalla ligeramente difuminada.

  ─No quieres que te reconozcan.

  ─No.

  ─¿Tus clientes?

  ─La gente con la que me relaciono durante el día. Mi familia. Mi marido, mis hijos, mis amigos. Las personas que no saben que existe Cristal; que no se les pasa por la cabeza que pueda existir Cristal.

  La mujer elevó la voz como si olvidase por un momento el papel que estaba interpretando. Carraspeó y bebió un sorbo de agua ladeando un poco la cabeza, en un gesto que me recordó a Blanca, mi mujer. 

  ─Porque tú llevas una vida muy distinta durante el día, ¿no es así? ─preguntó el presentador en un tono de intimidad que me hizo crujir los nudillos.

  ─Exacto. Cuando no me dedico a esto, llevo una vida muy convencional. Soy una mujer casada, tengo dos niños pequeños y, después de siete años, me he ganado el respeto y la consideración en mi trabajo.

  Su voz delataba cierto orgullo. Alargué la mano hacia la chaqueta para coger la cajetilla de tabaco y el mechero del bolsillo. Saboreé despacio la primera calada y me recosté sobre el respaldo intrigado por la historia de aquella mujer.

  ─Deduzco por tus palabras que no haces esto porque necesites el dinero. 

  ─No, no. Pertenezco a una familia acomodada y nunca me ha faltado nada. No busques en mí el perfil típico de mujer de la calle. Tengo un doctorado en literatura medieval y ganó mucho en la editorial en la que trabajo. Mi marido también es un profesional de éxito y vivimos en una casa frente al Retiro que ha sido fotografiada para varias revistas de decoración. Mis dos hijos estudian en un colegio de élite y en unos años, los mandaremos a Suiza. Dinero no es precisamente lo que me falta.
Las similitudes con mi vida y la de Blanca la hacían fascinante. Mi mujer también tenía un doctorado en literatura, aunque fuera contemporánea, y desempeñaba un puesto importante en un medio de comunicación. Teníamos un ático en la calle Velázquez a pocos pasos del Parque del Retiro. Y nuestros hijas, tres no dos, asistían a uno de los colegios privados más exclusivos de Madrid.
Aquella mujer podía haber sido mi esposa o la esposa de alguno de mis amigos, de Guillermo, mi socio, o de mi hermano Javier.

  ─¿Qué buscas, entonces? ¿Qué te lleva a convertirte en una...? ¿Como diría?¿Belle de jour?
La mujer soltó una carcajada que me hizo estremecer.

  ─Me parezco muy poco a Catherine Deneuve, me temo. Yo no soy tan bella.

  El presentador insinuó una sonrisa seductora.

  ─Puedo dar fe que eres aún más bella que la francesa.

  ─Gracias ─dijo ella inclinando la cabeza y cruzando las piernas a lo Sharon Stone, supuse. Su cambio de postura así lo sugería aunque no pudiera verla bien.
Aquel coqueteo barato estuvo a punto de hacerme cambiar de canal. Pero la mujer ejercía sobre mí una atracción que hacía mucho que no sentía.

  ─ En todo caso, a mí no me falta nada. Y cuando digo nada quiero decir que no tengo que hacer ningún reproche a mi marido. 
Un cosquilleo en el vientre me hizo remover en el asiento.

  ─Entonces, ¿por qué lo haces?

  ─¿Acaso nunca has deseado convertirte en otra persona? ¿Nunca te has preguntado qué se siente no siendo tú? ¿Cómo se vive fuera de tu mundo?

  ─Pero tú no te has alejado tanto de tu mundo, Cristal. Tus clientes son altos ejecutivos, como tu marido.

  La mujer no contestó enseguida. Jugueteó con su collar y luego dijo:

 ─Tienes razón. No soy tan valiente como me gustaría.

  ─¿Por qué no me cuentas cómo empezaste en esto? Y no me digas que fue casualidad.

  La mujer se retiró la melena del rostro. Todos sus gestos eran sensuales y elegantes al mismo tiempo. Empecé a fantasear que la llamaba por teléfono. ¿Por qué no? Una noche fingiendo ser otro, como ella decía. Belle de jour, belle de nuit. El calor enrojecía mi rostro.

  ─Fue a través de una antigua amiga del colegio. Al terminar la carrera se casó con un escocés y se fue a vivir a Chesterfield. Durante muchos años le perdí la pista pero hace unos meses la encontré en Facebook. Se había divorciado y había vuelto a España. Me contó que había estado mucho tiempo sin encontrar trabajo hasta que dio con una agencia de modelos que la contrató como relaciones públicas. Pronto descubrió que la agencia hacía mucho más que proporcionar desfiles a sus chicas. Al principio se escandalizó pero luego se convenció de que no era peor vender su cuerpo que su talento como relaciones públicas. Ahora es ella la que organiza los encuentros.

  ─Supongo que tú también te escandalizarías cuando te lo contó. Que estarías horrorizada. Ya sabes, en tu mundo vender el cuerpo no es precisamente una conducta ejemplar.

  ─¿Horrorizada? Fascinada, más bien. Fascinada. ¡Me pareció tan audaz…!

  ─Y ¿cómo te convenció para trabajar en ello?

  ─No me convenció. Fui yo la que le pedí que me dejase probar. Iba a ser solo una vez aprovechando el tiempo libre entre dos citas con dos escritores. Mi trabajo en la editorial me permite moverme mucho. No tengo horarios fijos ni tengo que estar ocho horas sentada ante un escritorio. ¿Entiendes lo que quiero decir? Necesitaba saber qué se siente exponiendo tanto. Lo entiendes, ¿verdad? 
El presentador se pasó la punta de la lengua por el labio superior antes de responder. Y yo no pude evitar pensar en Blanca, siempre de aquí para allá hablando con éste y aquél en busca de entrevistas exclusivas.

  ─Claro que sí. Entiendo perfectamente lo que quieres decir. Pero, dime: Te resultaría violento la primera vez, ¿no?

  ─Eso creía yo. Pero no. Me lo tomé como un juego y me divertí. Me divertí mucho.

  ─Tanto que repetiste. 

  ─Tanto que repetí. Y debo de ser muy buena porque tengo una excelente cartera de clientes. La mejor.

  En aquel momento, estaba ya tan excitado que me serví un whisky doble. Las coincidencias con Blanca eran tantas que me hacían sentir incómodo. Me temblaba la mano y un hilo de sudor bajaba desde la sien derecha hasta la barbilla. No podía ser ella. Mi esposa era una mujer dulce, enamorada de mí y con una idea de la fidelidad que rayaba el fanatismo. Pero y si… ¿Acaso conocía yo sus más íntimos pensamientos? ¿Cómo estaba tan seguro que no escondía nada? ¿Acaso no me ocultó que volvía a trabajar cuando Nuria cumplió tres años hasta que no firmó el contrato? ¿No había vivido muchos años en Dublín su amiga..? ¿cómo se llamaba? ¿Almudena? Almudena, SÍ. Una tipeja que nunca me gustó. ¿Acaso no era cristal la palabra favorita Blanca? ¿O era zafiro? Zafiro. Sí. No. Zafiro o amatista o cristal, ¿quién podría acordarse?

  Fui hasta el minibar a servirme otro whisky y, cuando regresé, el presentador estaba entrevistando a otro tipo. Apagué el televisor y cogí el móvil para llamar a mi mujer pero no llegué a hacerlo. Era absurdo. Blanca nunca dejaría solos a nuestros hijas, de seis, ocho y diez años, para acudir a una entrevista de un programa siniestro de la televisión. Ella era una persona sensata que no se enredaría en un asunto tan turbio. Después de todo, las coincidencias entre esa mujer y la mía eran vaguedades que compartían muchas chicas de nuestra generación criadas en un ambiente burgués. 
Me quedé dormido con el propósitó de olvidar la silueta de voz sensual que ladeaba la cabeza como lo hacía Blanca. Pero, a las dos horas, me desperté creyendo oírla a mi lado y permanecí desvelado hasta la hora en que había de salir para el aeropuerto. En mi mente iban y venían la duda y la certeza. Tan pronto me torturaba creyendo que Blanca y la prostituta eran la misma persona, como me parecía absurdo hasta jugar con tal posibilidad. Conocía a mi esposa desde los diecisiete años. La había visto convertirse en una persona adulta. Sabía cómo enfadarla y cómo hacerla reír. Bastaba una mirada para saber lo que pensaba y nadie más que yo conocía su cuerpo, lo que le hacía feliz.

  ¿O no?

  Llegué a casa a las doce de la mañana y, como era de esperar, no había nadie para darme la bienvenida. Las niñas estaban en el colegio, mi mujer estaría entrevistando a algún crítico de arte, ¿o con algún cliente?, y era el día libre de Gladys, la filipina encargada de las tareas domésticas de casa. Me dirigí derecho a nuestro dormitorio y abrí el armario. Uno a uno fui sacando sus vestidos y zapatos, buscando en ellos el olor de otros hombres; Registré bolsos y carteras, vacié su joyero… Me volví loco cazando un fantasma que se me escabullía. Y, cuando estaba a punto de abrir un bote de crema sin saber muy bien qué esperaba encontrar dentro, oí detrás de mí a Blanca:

  ─¿Pero qué ha pasado aquí?

  Me volví. Estaba de pie en medio de nuestro dormitorio contemplando alucinada el destrozo que había armado. Su cara reflejaba la confusión de quien no sabe si lo que ve es real o fruto de su imaginación. 

  ─¿Han entrado ladrones? ¿Has llamado a la policía?

  Me miró asustada y se asió a mi brazo. Su perfume a limón me dio de lleno. En ese momento me pareció absurda mi sospecha. La inocencia de su rostro acabó de desarmarme y no supe qué decirle. Balbucí algo sobre la pérdida del reloj de mi padre que, puedo asegurar, no sonaba muy convincente y la ayudé con toda mi torpeza a guardar las cosas en el armario en tanto oía sin escuchar su regañina por desordenar su armario.

  ¡Ah! Pero cuando la desconfianza entra en una casa no hay manera de expulsarla.

  En las semanas que siguieron, me mantuve al acecho de cualquier indicio que confirmase mis sospechas. Espiaba sus horas de salida, las de su llegada a casa; analizaba su tono de voz en busca de una grieta que dejase de manifiesto su falsedad; la vigilaba cuando jugaba con los niños; me presentaba de improviso en su oficina; escuchaba detrás de la puerta sus conversaciones telefónicas; y anulé varios viajes de negocios para no alejarme de ella. Nunca encontraba nada contra su inocencia, pero la falta de pruebas avivaba mis recelos.  Cada noche la asediaba con mis preguntas:

  ─¿A quién has visto hoy? ¿Quién es? ¿Cómo es? ¿De qué le conoces? ¿Dónde lo has visto? ¿Por qué has llegado tan tarde? ¿Dónde estabas?

  Mi repertorio de preguntas crecía de día en día hasta el infinito.

  A veces, me embargaba la pena cuando veía el dolor y la angustia agazapados en los ojos de Blanca.

  ─¿Pero qué buscas? ─me preguntaba desesperada unas veces─. ¿Qué nos está pasando? ─lloraba otras. 

  Entonces, roto de arrepentimiento, la cogía en mis brazos y la amaba como si solo tuviéramos una noche para vivir toda una vida.

  Al cabo de unos meses, decidí cambiar de táctica. Llamé al canal de televisión en el que había tenido lugar la entrevista y, tras mucho insistir, conseguí que me dieran el teléfono de Cristal. Como era de esperar, el número era distinto que el de mi esposa pero eso, en vez de tranquilizarme, aumentó mi suspicacia. Una mujer inteligente como Blanca no se arriesgaría a dar su móvil privado a un extraño. Con el número en mi poder, me debatí entre el deseo de llamar y el temor a confirmar mis sospechas. Durante dos semanas, no me decidía a acabar con mi tormento y, mientras tanto, mi relación con mi mujer se deterioraba más y más. Incluso mis hijas, que hasta entonces me adoraban, huían de su padre por miedo a despertar su cólera.

  Finalmente, mientras bebíamos unas cervezas en un bar, le hablé de Cristal a Enrique, un compañero de trabajo. Confieso que maquillé un poco la historia y le hice creer que era cliente habitual de la meretriz. Entre caña y caña, traté de convencerlo para que pidiese una cita. Mi intención era espiarlos de lejos y comprobar de una vez que se trataba de Blanca.

  ─Cuando quedes con ella, dímelo ─le insistía una y otra vez.

  Pero mi señuelo no estaba por la labor.

  ─Pero, tío ─me decía─, que estoy recién casado y no quiero meterme en líos.

  Lo único que conseguí fue que anotara mi teléfono y el de Cristal… Por si acaso.

  Al llegar a casa, me dijo Gladys que Blanca había tenido que ir a urgencias porque nuestra hija Magdalena se había caído de las gradas de atletismo en el colegio. Acudí presuroso al hospital donde me dijo la asistenta y me abracé a mi mujer como un náufrago que llega a una costa. Estaba pálida y ojerosa pero tranquila. Escondí mi rostro en su melena castaña y me dejé envolver por su fragancia. Toda ella olía a mi casa, a los momentos felices que habíamos vivido juntos y a los tristes también; al nacimiento de nuestros hijas y a la muerte de mi padre. La estreché con fuerza y me sumergí en su ternura. 

  ─Solo es una brecha  ─me dijo mientras acariciaba mi mejilla─. Le están dando puntos.

  Ya de vuelta a casa, decidí enterrar en el olvido a Cristal. Aquella historia no tenía ni pies ni cabeza. No había más que ver a Blanca en casa, con nuestras hijas, conmigo. No se podía fingir de esa manera. Quise llamar a mi señuelo y pedirle que se olvidase él también de la prostituta de altos vuelos pero pensé que aquél ya no era asunto mío. 

  En los tres meses siguientes, recuperé a mi esposa y a mis hijas. Coincidiendo con las vacaciones de verano, alquilamos una casa en la Costa Azul, muy cerca del Club Náutico de Niza. Cada mañana, recorríamos el litoral en un velero sin otra preocupación que la caprichosa dirección que tomaba el viento. Tal vez debido a la zozobra vivida durante el invierno, mi dicha era más intensa. Me sentía más unido que nunca a mi esposa y a mis niñas convencido de que aquellos meses de incertidumbre no habían servido sino para fortalecer los lazos de amor con mi familia.

  Pero mi felicidad se vino abajo a la vuelta de septiembre. 

  Unas semanas después de nuestro regreso a la rutina, recibí una llamada de Enrique. Estaba eufórico y me invitaba a comer en Horcher. En esta ocasión no me recibió con una caña de cerveza sino con el más exquisito Dom Pérignon.

  ─Te debo mi viaje al Paraíso ─repetía una y otra vez mientras levantaba la copa─. Esa mujer es un ángel y un demonio a un tiempo.

  ─¿Esa mujer? 

  Un sudor frío recorrió mi columna vertebral.

  ─¡Vamos! No te irás a hacer ahora el tonto, ¿verdad? ¿Qué mujer va a ser? Cristal. Belle de jour, belle de nuit.

  Y soltó tal carcajada que se le cayó al suelo la copa de champán.

  ─Nunca te agradeceré lo suficiente el regalo que me hiciste ─Seguía diciendo mientras yo me iba poniendo enfermo.

  ─¿Cuándo estuviste con ella?

  Elevé tanto la voz que los comensales de las otras mesas volvieron sus cabezas hacia nosotros.

  ─No te pongas celoso, que solo la he visto una vez y fue antes del verano. Ya sé que te prometí avisarte pero soy un poco anticuado y los ménage à trois no me van.

  No puedo decir si me irritaron más sus palabras o su risita de conejo lividinoso. Ciego de ira, le enseñé las fotos de Blanca de aquel verano.

  ─¿Era ésta? ¿Era ésta Cristal? ─le gritaba.

  ─Chico, ¿qué te pasa? Fuiste tú el que insistió en que la llamara.

  Pero yo no lo escuchaba.

  ─¿Era ésta? ¿Era ésta Cristal?

  ─No sé. Podría ser. Pero parece distinta. No sé. Como estaba arreglada de otra manera… Y hace ya casi tres meses...

  ─¡Mírala bien! ¡Mira esta otra foto!

  ─Sí. No. No sé. Podría ser. Pero no. No es ella, no es Cristal. ¿Pero tú no la conoces? ¿Cómo me vienes con éstas?

  Incapaz de soportarlo, me levanté de la mesa en el mismo momento en el que el camarero nos traía la ensalada de bogavante dejando al pobre Enrique sin saber adónde mirar.

  Aquella noche Blanca no vino a cenar. Tenía un compromiso de trabajo, dijo. Así empezó de nuevo mi calvario. Unos días me parecían despropósitos mis sospechas. Otros veía la culpabilidad de Blanca tan clara que rechinaba los dientes si me cruzaba con ella. ¿Qué significaban las dudas de Enrique cuando vio las fotos? ¿Era o no era Blanca la mujer de la televisión? Volví a acechar sus movimientos, no sabía si con el deseo de desmentir mis suposiciones o para confirmarlas de una vez y terminar con mi tortura. Raro era el día en el que no discutíamos. Las riñas eran cada vez más virulentas y a menudo acababan con el llanto de mi esposa.

  Un día  que no me podía quitar la angustia del corazón, marqué el número de Cristal desde un teléfono público. Al otro lado de la línea me hablaba una voz sensual que tenía mucho de impostada. 

  ¿Era Blanca? No parecía. Pero no estaba seguro.

  ─Desde que te oí en la televisión no hago otra cosa que pensar en ti ─le dije. Y no le mentí.

  ─¿Quieres que nos veamos y tomemos una copa? Así podemos charlar un rato.

  Me propuso un pub en Guzmán El Bueno que conocía por haber ido una vez con mis compañeros de la universidad. Que yo supiera, Blanca no lo conocía. 

  ─¿Cómo te reconoceré? ─le pregunté.

  ─Llevaré una camelia roja en la solapa de la chaqueta.

  Con la excitación, olvidé llamarla: a ella, a mi mujer. Avisarla de que llegaría tarde a casa. Y cuando me acordé, pensé que quizás no iba a ser yo quien tuviera que dar explicaciones.

  Llegué a mi cita con un cuarto de hora de adelanto. Pedí en la barra un whisky doble para engañar la espera. El ambiente era agradable. Música country, no muy alta, sofás de terciopelo gris marengo, luces bajas y tenues. Por un momento olvidé por qué estaba allí y apunté en mi mente la dirección de aquel lugar para llevar una noche a Blanca.

  La sentí antes de verla. Sentí su presencia femenina a mi espalda antes de volverme. Estaba imponente. No era de extrañar que Enrique se prendara de ella. Un traje pantalón negro casi masculino; la chaqueta cerrada sin blusa debajo y sin otro adorno que la camelia roja en el ojal de la solapa. El cabello, rubio, casi blanco a la luz de las lámparas, lo llevaba recogido en un moño bajo. Sus tacones de aguja la hacían parecer más alta que yo, que no soy bajo.

  ─¡Eres bellísima! ─le dije sin poder contener mi admiración.

  Una carcajada resonó en todo el local mientras ella echaba la cabeza hacia atrás. Y el alivio que me embargó hizo que me uniera a su alborozo.

  Cristal no era Blanca. Ni siquiera se le parecía. Ya podía respirar tranquilo.

  No puedo decir cuánto tiempo estuve con ella disfrutando del juego de la seducción. Era un placer tanto más exquisito por saber que solo era eso: un juego sin ninguna consecuencia. 

  Era ya de madrugada cuando me despedí de ella con un apasionado beso en los labios y apuntaba el nuevo día cuando llegué a casa. La luz del salón estaba encendida como si me esperase. Con el alma rebosante de alegría, entré a apagarla.

  ─¿Dónde has estado? ─me preguntó casi en susurros.

  Estaba sentada en el sofá inclinada hacia delante y con un cigarrillo en los labios.

  ─Llevo toda la noche intentando hablar contigo pero tu teléfono no estaba operativo. Creí que te había ocurrido algo malo. Un accidente, un atraco, ¿qué sé yo?

  ─Lo siento, cielo, se me olvidó decirte que tenía una cena con unos clientes.

  Mi euforia contrastaba con el humor sombrío de Blanca. De pronto, rompió a llorar.

  ─Ya no puedo más, Ignacio. Ya no puedo más.

  La rodeé con mis brazos y la cubrí de besos.

  ─Ya pasó. Ya verás como volvemos a ser felices. 

  Pero Blanca no me escuchaba. Con la misma rapidez que había roto en llanto, de desasió de mi abrazo. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y me dijo con una voz dura que no le había oído antes:

  ─No, Ignacio, no. Ya es tarde para eso. Llevo meses aguantando tu acoso, tus cambios de humor, tus gritos y esta noche esto. No. Ya no puedo más. Mañana me marcho a casa de mis padres hasta que encuentre un sitio donde vivir. Lo nuestro se acabó.

  Intenté detenerla mientras se dirigía al cuarto de huéspedes. Le supliqué, lloré, la abrumé con mis promesas, pero no sirvió de nada. Blanca me dejó al día siguiente y no ha querido volver a verme desde entonces.

  Hace un año me hice con una copia del programa de televisión en el que entrevistaron a Cristal. Lo vi cientos de veces y cuanto más lo veía, menos se me parecía a mi esposa. Ahora, cuando todo lo que sé de Blanca es lo que me cuentan mis hijos, me pregunto cómo pude creer que pudiera ser Cristal: Belle de jour, belle de nuit.






Imagen: Fotograma de la película  Belle de jour, de Luis Buñuel (1967)

martes, 12 de septiembre de 2017

El faro

 






   Se han apoyado en la baranda del faro. Han llegado hasta aquí sin miedo, sin aliento. Ella echa la cabeza hacia atrás, cierra los ojos. Deja que la brisa marina inunde sus pulmones, la llene de vida, la haga creerse joven. El viento revuelve sus cabellos y un mechón le cosquillea la nariz. Pasa la lengua por sus labios, los siente salados. Abre los párpados: la luz del atardecer la deslumbra. Mira hacia abajo, y la zarandea el vértigo. Él, temiendo que emprenda el vuelo, la sostiene por la muñeca. Ella lo mira burlona, con una sonrisa entre tierna e irónica, que se transforma en carcajada de gozo cuando él deja un leve beso en la punta de su dedo corazón.

   A lo lejos, dos veleros rivalizan por alcanzar el horizonte. Uno remolonea cabizbajo; el otro coge velocidad como si quisiera darle ánimos. Ellos los contemplan; se miran; asienten.

   Una gaviota planea sobre la playa como si quisiera descifrar el mensaje que dejaron sus pisadas en la arena. Ellos sí conocen el significado de cada huella.

   Unos meses antes contemplaban el faro desde la casa en la que viven. El ojo del cíclope los atraía como un sueño imposible. Durante meses, se esforzaron por reafirmar sus pasos vacilantes. Había días que sólo lograban caminar unos metros por la playa. Otros, les fallaban las fuerzas antes de ponerse en pie.

   Siempre bajo la vigilancia del faro.

  Él sentía cada retroceso como una derrota. Ella vivía cada avance como una victoria. Él perdía la esperanza de alcanzar algún día su destino. Ella estaba segura de que lo conseguirían.

  Hoy han llegado hasta aquí, hasta lo alto del faro. Sin miedo, sin aliento. Él pasa de los noventa años. Ella pronto cumplirá ochenta y seis.
 
 
 
 
 
 
Ejercicio realizado para el grupo "Nosotras escribimos" a partir de las frases Se han apoyado en la baranda del faro. Han llegado hasta aquí sin miedo de La Extranjera: Nuria Amat.







 


viernes, 4 de agosto de 2017

Al pie del limonero






I. Cinco mujeres de blanco y una de negro

La iglesia estaba abarrotada de fieles cuando hicieron su entrada en fila por la nave central. Decenas de cabezas se volvieron para verlas. Encabezaba la procesión Virtudes, la única que no iba vestida de blanco. Era la más alta de las seis y el luto de su traje la hacía parecer aún más esbelta. Detrás iban sus cinco hijas: Ofelia, Isolda, Aida, Violeta y Lucía. Tenían todas el nombre de la protagonista de una ópera y, como el personaje que inspiró a sus padres para bautizarlas, cargaban sobre sus espaldas una tragedia. Mas nadie lo hubiese sospechado viéndolas desfilar con la cabeza erguida y sus vestidos blancos; caminando indiferentes a los murmullos que se oían a su paso.

El marido de Virtudes había sido un mediocre profesor de latín que desapareció una mañana de primavera cuando se dirigía al colegio en el que impartía clases. Ella lo vio marchar con la misma parsimonia de cada día. Ni triste ni contento: resignado con su vida gris. Nada le hizo sospechar cuando le dijo adiós con la mano antes de doblar la calle que sería la última vez que lo hacía. Al mediodía no regresó para comer ni la llamó para decirle que no lo esperase. Pero Virtudes no se inquietó. Aunque no era habitual, alguna vez se quedaba en el colegio para atender a algún alumno rezagado. Tampoco se inquietó cuando el reloj de cuco anunció las siete de la tarde y su marido seguía sin dar señales de vida. ¿Acaso no era época de exámenes? Podía ser que, huyendo del alboroto de sus hijas juguetonas, se hubiese quedado en el colegio preparando el texto que habrían de traducir sus pupilos. Mas, al llegar la noche, su ausencia se hizo más difícil de explicar. Delante de las niñas trató de esconder su preocupación, que crecía al compás de las estrellas en el firmamento. Retrasó la cena hasta que las vio caerse de sueño. Como una autómata les sirvió unas tortillas. Y como una autómata las mandó a la cama mientras ella se comía las uñas para calmar su desasosiego. Se sentó en una silla baja junto a la chimenea y estuvo toda la noche en vela con una labor de ganchillo entre las manos mientras musitaba una oración tras otra.

Eso fue lo que contó al día siguiente a la policía y lo que contó los días sucesivos, las semanas siguientes y los años venideros a todo aquel que la quería escuchar, sin cambiar una coma ni una tilde a su narración. Lo mantuvo sin inmutarse cuando los detectives la acosaron a preguntas más y más ofensivas. E impertérrita se mantuvo ella cuando los vecinos murmuraban a su paso difundiendo abominables rumores.

Cuando a los doce meses de su desaparición dieron por muerto a su marido, Virtudes se vistió de negro y se prometió volver a pronunciar su nombre ni para recrearse en el recuerdo de los buenos momentos ni para lamentarse de los malos.

Enseguida la pobreza se hizo dueña de su casa. Pero no quiso verla y siguió viviendo como si nada hubiese sucedido. Se negó a escuchar los consejos de quienes la animaban a dejar su casa, que era de gran tamaño y se encontraba en las afueras de la ciudad. Tampoco quiso oír nada cuando envió a sus hijas a uno de los colegios más exclusivos y caros del país. ¿De dónde sacaba el dinero para seguir con aquel tren de vida? Nadie lo sabía: Virtudes se guardaba bien de mostrar sus penas. Nadie sabía que se acostaba todas las noches a las tantas de la madrugada confeccionando tartas y pasteles para un café restaurante recién inaugurado en la calle Mayor. Ni una queja salió jamás de su boca ni sus vecinos vieron las privaciones que pasó para costear la educación de sus hijas.

El orgullo impuso la ley del silencio. Sus hijas no podían hablar sino de alegrías. Estaban prohibidas las quejas. La gente, les decía, se alegraba con las penas de sus vecinos y ella no quería ser alimento de tan malsano regocijo. Ni siquiera las dejaba hablar entre ellas de lo sucedido ni de las estrecheces que pasaban en casa. Nadie debía saber que, mientras Virtudes pasaba noches enteras creando exquisiteces en la cocina, sus hijas se iban a dormir sin haber probado en todo el día más que medio plato de patatas y un huevo cocido. Les exigía, además, ser las primeras en el colegio, las mejor vestidas, las más elegantes. Solo así podía hacer posible su única ambición, por la que estaba dispuesta a sacrificar su bienestar y el de sus hijas: verlas casadas con maridos de buenas familias.

En cuanto llegaban a edades casaderas, empezaba a azuzarlas para que desplegasen sus talentos adquiridos con tanto esfuerzo delante de los aspirantes a llevarlas al altar. No era extraño verlas pasear los domingos a la caída de la tarde y sentarse a merendar en el mismo café en el que trabajaba Virtudes: como si fuesen damas ociosas y no simplemente las hijas de la repostera. Bueno, merendar, merendar, no merendaban nunca. Pasaban horas con el mismo refresco de limón, pues el dinero no les daba para más, en tanto Virtudes se arrimaba a los jóvenes solteros con la esperanza de atraerlos a su mesa.

Pese a lo burdas que eran sus argucias, logró que Isolda encontrara su Tristán, Ofelia a su Hamlet, Aída su Radamés, Violeta su Alfredo y Lucía a Edgardo. A las cinco casó con hombres de carreras prometedoras y celebró bodas ostentosas que despertaban la envidia de sus vecinas. Años de sacrificios se veían al fin recompensados.

Pero poco duró la dicha de las hijas de Virtudes. Ninguna se libró de ver cómo se malograban sus vidas casi antes de empezar a degustar las mieles del amor conyugal. Como si una maldición las persiguiera, el matrimonio no llegaba más allá del primer aniversario. Al cumplirse un año de sus bodas, todas daban a luz un niño varón y, al día siguiente del alumbramiento, un extraño accidente provocaba la muerte del marido de cada una de las cinco hermanas.

Ninguna se atrevía a afrontar sola su viudedad con un recién nacido, de modo que a la semana de dar a luz, hacía el equipaje, abandonaba su hogar de casada y regresaba llorosa y afligida al de su madre.

Virtudes, que siempre se había negado a ser objeto de compasión de sus vecinos, no toleraba que derramaran una sola lágrima. Las hacía vestirse de blanco y les prohibía verter una lágrima por la pérdida del esposo. Pese a volver tan pobres como se fueron, debían lucir sus mejores trajes siempre que salieran a la calle y exhibir sus más rutilantes joyas, siendo la más preciada la sonrisa con la que escondían su dolor. En cuanto llegaban a la casa materna, les estaba vedada cualquier mención a su desgracia. Ni debían nombrar nunca más al marido fallecido, como Virtudes tampoco nombraba al suyo. A partir de ese momento, la felicidad dejaba de ser la promesa de un regalo del destino para convertirse en una penosa obligación impuesta por su madre. Las cinco hijas, por miedo a verse desamparadas con un niño pequeño, se sometían a la voluntad de su madre sin oponer más resistencia que algún que otro gemido de Isolda, la mayor de las hermanas.


II. Un extraño en el jardín

Ofelia no podía dormir. Era una noche en la que el calor sofocante del verano negaba el alivio del sueño. Estuvo buen rato dando vueltas y más vueltas en la cama buscando un poco de frescor en las sábanas. De pronto, el ruido de unos pasos la sobresaltaron. Al principio creyó que se trataba de algún animalillo: un gato de los muchos que callejeaban por la vecindad. Pero no. Eran los pasos de una persona. Se arrebujó entre las sábanas sin atreverse a respirar mientras escuchaba con aliviada atención cómo se alejaban. Pero, al cabo de un rato, los oyó de nuevo acercarse a la casa. Y oyó también cómo se abría la puerta de la cocina y alguien subía cansinamente la escalera que conducía a los dormitorios.  Ofelia no se atrevía a respirar: no parecía el modo de caminar de ninguno de los que vivían en la casa. Escuchó con mayor atención. Le pareció que el dueño de los pasos entraba en una de las habitaciones de sus hermanas. La joven se armó de valor y se levantó de la cama. Con la oreja pegada en la puerta, escuchó unos segundos. Se oían ruidos en el dormitorio contiguo, donde dormía Isolda con su hijo. Salió al pasillo de puntillas y fue a llamar a su madre. No tardaron sino unos segundos en volver al pasillo pero cuando llegaron a la habitación de donde procedían los ruidos, no vieron a nadie extraño, como afirmaba Ofelia. Ni encontraron nada fuera de su lugar. Cada uno en su cama, Isolda y el pequeño Miguel dormían profundamente ajenos al alboroto que armaba Virtudes mientras reprendía a su pusilánime hija.

La noche siguiente sucedió lo mismo y la otra también. Ofelia no se cansaba de preguntar a Isolda por el extraño que se colaba en su habitación para desaparecer al instante, pero la joven durmiente nunca veía ni oía nada. ¿Cómo era posible, preguntaba Isolda, que entrase un extraño en el dormitorio sin que ni ella ni su hijo se diesen cuenta? Debían de ser imaginaciones de su hermana, siempre temerosa de que sucediese algo espantoso en la familia.

Pero a Ofelia seguía despertándola cada noche el ruido de los pasos cansinos de un extraño que, tras recorrer el jardín, entraba en la casa y se escondía en la habitación de Isolda.

Virtudes no creía en el intruso que acechaba su casa. Solo eran histerismos de Ofelia, decía, que se asustaba con el ulular del viento entre las hojas de los árboles. No conocía mejor cura para la crisis nerviosa de su hija que un buen rapapolvo y la prohibición de la menor palabra sobre el desconocido. Y tampoco sus hermanas creían en el merodeador nocturno, que culpaban a los gatos vagabundos de los ruidos que se oían en el jardín.

III. Canción de cuna.

Fue Gustavo, el hijo de Aída y el mayor de los nietos de Virtudes, que contaba entonces nueve años, el que descubrió una noche la identidad del desconocido. Estaba despierto cuando oyó los pasos en el patio trasero de la casa. Mas no se dejó intimidar como Ofelia por el miedo sino que salió al jardín para dar caza al fantasma. Tal vez, pensó, se trataba del abuelo que volvía al fin a casa.

La luna llena formaba un círculo de luz lechosa sobre el limonero. Una sombra delataba la presencia de un extraño en el banco donde solían echarse la siesta los gatos. Gustavo se aproximó despacio. Mas, al llegar, no encontró ni intruso ni fantasma, sino a Isolda, su tía.

La llamó en voz baja para no asustarla:

—¡Tía Isolda!

Pero ella no contestó ni pareció oírlo. Con la mirada perdida en el infinito, estaba entonando en susurros una canción de cuna.

“A dormir va la rosa
de los rosales;
a dormir va mi niña
porque ya es tarde”.

Gustavo le tocó levemente un hombro e Isolda se puso de pie de un salto y, con los ojos desorbitados, salió corriendo hacia la casa. Cuando el niño le dio alcance, su tía estaba sentada en su cama llorando mientras intentaba decirle a su madre que no sabía cómo había llegado hasta el banco. Al principio, todas en la casa creyeron que la joven había querido burlarse de ellas, pero pronto se dieron cuenta de que sufría sonambulismo sin que tuviera consciencia de ello.

Los paseos nocturnos de Isolda comenzaron en primavera, aunque habían pasado inadvertidos hasta aquella noche, bien avanzado el mes de julio. Descalza, solo cubierta con un leve camisón que apenas le cubría por encima de la rodilla, salía al jardín por la puerta de la cocina y caminaba hasta el limonero que había junto al pozo desecado. Bañada por la claridad de la luna, parecía un espectro. Permanecía durante buena parte de la noche sentada en el banco con la vista extraviada en el infinito; unas veces inmóvil, otras, entonando en susurros la canción de cuna que le dedicaba su padre cuando era niña.

“A dormir va la rosa...
de los rosales;
a dormir va mi niña
porque ya es tarde”.

Después regresaba a la cama sin despertar en ningún momento. A la mañana siguiente, no recordaba nada pero conservaba un sentimiento de tristeza que no borraban los intentos de su hijo por hacerla reír. Tenía que hacer un enorme esfuerzo para llevar a cabo la tarea más nimia. Buscaba de continuo la soledad y, en cuanto podía, se sentaba escondida de los demás en la salita, resguardada en la penumbra de la habitación que su madre mantenía con las cortinas cerradas. De vez en cuando le llegaban las risas de su hijo y sus sobrinos que jugaban en el jardín o las voces de sus hermanas que entraban y salían de la casa en miles de quehaceres. Mas ella se sentía ajena a todo. Mientras para el resto de su familia la vida seguía su curso, Isolda tenía la sensación de que su reloj interior se había detenido. Era como estar muerta en tanto su cuerpo se sometía a la rutina de cada día; como si fuera un robot dirigido por una voluntad extraña.

“A dormir va la rosa
de los rosales;
a dormir va mi niña
porque ya es tarde”.


Virtudes tardó tiempo en percatarse del estado de su hija. Ni siquiera cuando descubrió que se levantaba sonámbula por las noches se dio por enterada. Se convenció a sí misma de que los paseos nocturnos se debían a una mala digestión de la cena y le hacía beber una infusión de tomillo antes de irse a dormir. Pero el remedio de Virtudes no sólo no le aliviaba su mal sino que parecía agravarlo. Los paseos se hicieron más persistentes e iban seguidos de fuertes dolores en las sienes durante la mañana.

Sus hermanas estaban más y más preocupadas. Una a una habló con su madre para que la convenciera de que fuera al médico pero Virtudes no quería escucharlas. A Isolda no le sucedía nada, decía. Viendo que no sacarían nada de su madre, las cuatro jóvenes se turnaban por las noches para cuidarla. Dormían junto a ella y, en cuanto la oían levantarse, la conducían con suavidad de nuevo a la cama. Así consiguieron que durmiera un poco más tranquila aunque no lograron que cesaran los paseos nocturnos.


IV. Traducciones

Aida fue la primera que desafió la autoridad materna y buscó un trabajo fuera de casa. Compró todos los periódicos y revistas que se vendían en el quiosco de la esquina, seleccionó las ofertas que le parecían más atractivas y acudió a la primera entrevista vestida con el mejor traje que guardaba en su armario: un dos piezas de falda y chaqueta blanco y luminoso como su sonrisa.

Muy de buena mañana, dejó a su hijo Gustavo en el colegio y enfiló la acera de la calle Norte taconeando al ritmo de la canción que iba tarareando bajito. Al pasar por las clarisas, se santiguó. Más adelante, se detuvo ante el escaparate de una tienda de juguetes y se contempló unos instantes con aire satisfecho. Llegó a su destino poco antes de las nueve y media: aún faltaba un cuarto de hora para su cita. Se sentó en un banco del parque a esperar y engañó a la impaciencia dejando caer su mirada sobre dos gorriones que bebían de un charco dejado por la lluvia durante la noche.

La recibió un sesentón calvo, con mofletes redondos, un chaleco de cuadros escoceses y gafas con el filo dorado. Desde el otro lado de la mesa, le estrechó la mano envolviéndola en las suyas. Unas manos gordezuelas, pecosas y acogedoras. Cuando Aida se sentó frente a él, se sintió invadida por una sensación de paz que tenía olvidada desde que desapareciera su padre.

El señor Valle, que así se llamaba, estuvo una hora explicando la finalidad de su empresa: la confección de manuales de uso de máquinas de coser. Tenía dos ingenieros a su cargo y quería contratar a alguien que tradujera los textos al francés y al alemán. A pesar de lo arduo de la materia, la joven se sintió cautivada por la voz melodiosa del señor Valle. Le parecía haber vuelto a su infancia cuando dibujaba mariposas en la mesa del cuarto de jugar mientras su padre le contaba cuentos que inventaba para ella. Nunca se había sentido tan segura ni tan dichosa. El señor Valle no tenía ningún parecido con su padre pero le transmitía el mismo sosiego. ¡Qué diferencia con su madre, siempre tensa y con el ceño fruncido!

Aida bajó la cabeza y musitó una oración rogando conseguir el trabajo, que el señor Valle le dio en cuanto ella le dijo el nombre del colegio al que había asistido de niña.

Cuando llegó a casa, estaba tan contenta por tener un empleo que soltó la noticia sin pensar que a su madre pudiera molestarla. Ante la mirada asustadiza de sus hermanas, Aida se enfrentó a los gritos de Virtudes por primera vez desde que desapareciera su padre. Pasó por encima de sus palabras airadas, que le reprochaban su ingratitud. Su madre creía que solo las mujeres sin educación debían trabajar; que hacerlo era rebajarse y humillar a la familia. Pero Aida no se dio por vencida ni se dejó convencer con argumentos tan anticuados. Estaba decidida a  comenzar una vida fuera de casa.

Con tal determinación, empezó a trabajar una semana más tarde. El señor Valle le mostró la oficina y la mesa que le había preparado frente a su despacho en una especie de recibidor que iba a compartir con la secretaria de la empresa. Era tal la emoción por su trabajo, que aquella mañana apenas pudo leer los manuales que le entregó uno de los ingenieros. Las letras se daban la mano y jugaban al corro burlándose de ella. Pero enseguida se acostumbró a la rutina y apaciguó un poco la alegría de las primeras semanas.

Lo que no se apaciguó sino que creció más y más con el transcurso de los días fue la admiración por el señor Valle. Cada mañana esperaba con impaciencia su llegada a la oficina. El sonido de sus pasos encendía la luz de su apagado corazón. ¡Qué bien los conocía y qué distintos eran de los pasos de los ingenieros! Tres pasos cortos y uno largo. Como si escondieran un mensaje escrito en un lenguaje cifrado. Tres pasos cortos y uno largo. Pasos que precedían su voz melodiosa cuando daba los buenos días. Se asomaba por la puerta y le hacía una señal a su secretaria con la cabeza para que entrase con él en su despacho, donde pasaba media mañana dictándole cartas. Aida la envidiaba. ¿Quién pudiera estar así con él aunque solo fuera para oírlo hablar de asuntos comerciales? A ella no solía llamarla a menudo: ¿Qué podía decirle de su trabajo, por muy jefe que fuera, si no entendía ni una palabra de francés o alemán?

Pero a veces se acercaba a su mesa para preguntarle cómo se encontraba.

—¿Estás contenta con nosotros? —le preguntaba como un padre preocupado por el bienestar de su hijo—. Si necesitas algo, no te dé reparo en decírmelo.


Luego, cariñoso, le daba dos toquecitos en la mejilla con el dorso de los dedos índice y corazón.

Ella le contestaba que las horas que pasaba en la oficina eran las más felices del día. Y era cierto. Allí perdía no había que temer disgustar a su madre con indiscreciones, desaparecía el miedo a no saber cuidar a Gustavo y se sentía útil. En casa era la más impetuosa. Llevada por sus impulsos, decía lo primero que se le pasaba por la cabeza olvidando las prohibiciones de su madre. Siempre era la primera en irritarla con contestaciones extemporáneas; la única que hablaba de su padre para lamentar su pérdida; la única que se atrevía a decir que, con su desaparición se abrieron las puertas a de las desgracias. Su mente había idealizado a su padre borrando de la memoria los sinsabores de los últimos tiempos. Sus hermanas le censuraban que no recordase los accesos de cólera con los que atemorizaba a sus hijas, las faltas de respeto contra su esposa. Pero Aida no quería escuchar tales reproches. Para ella, su padre encarnaba la dulzura y la bondad; todo lo bueno de su niñez. Y el señor Valle había entrado en su vida para traerle un poco de aquella dulzura y bondad que había perdido el día que desapareció.

Muchas noches, mientras esperaba que le llegase el sueño, se imaginaba viviendo en la misma casa que su jefe. Al principio, se veía como una niña que recibía las caricias del señor Valle, cuyo rostro se confundía en su mente con el de su padre. Mas, con el paso de los meses, las fantasías fueron tomando otro cariz. Volvía a la memoria el año vivido con su esposo e inventaba escenas similares con el dueño de su empresa. Asustada de su atrevimiento, se levantaba de la cama con el camisón empapado de sudor y el rostro ardiendo de vergüenza. Iba a la cocina y pasaba la noche en vela dando vueltas alrededor de la enorme mesa de granito e intentando convencerse de que tales imágenes habían salido de una pesadilla y no las había creado ella voluntariamente.

Luego, durante el día, olvidaba tales imágenes. Pasaba la mañana esmerándose en sus traducciones disfrutando de cada palabra como si su trabajo consistiera en verter los más bellos poemas y no áridas instrucciones para zurcir, bordar y festonear. Cuando el señor Valle pasaba por su mesa, Aida levantaba los ojos de sus traducciones y le dedicaba una sonrisa que llenaba de luz toda la estancia. Bastaba con que él le correspondiese con otra sonrisa para que la joven estuviera contenta en lo que quedaba del día.

A la hora de comer, Aida solía quedarse sola en la oficina. Llevaba una tartera con un huevo cocido y una chocolatina que saboreaba mientras veía las fotografías de una revista. En una ocasión el señor Valle salió el último de la oficina y, al verla degustar tan exiguo almuerzo, la invitó a comer con él.

—He visto que apenas te alimentas, hija mía. Comes como un pajarito. ¿Me permites invitarte?

Aida no supo qué contestarle. ¿Sería correcto salir sola con su jefe?

—Anda. No te dé apuro y di que sí. Me harías un gran favor. Estoy solo y me vendría bien un poco de compañía.

La joven todavía dudó solo un instante antes de aceptar. ¿Qué podía haber de malo en comer con él si se trataba de un hombre que podría ser su padre?

El señor Valle la llevó a un pequeño restaurante tirolés. Aida quedó prendada con los manteles a cuadros blancos y rojos; el aroma del camembert o de sus strudel de manzanas; las camareras vestidas de los mismos colores y peinadas con largas trenzas que les llegaban hasta la cintura, el músico que tocaba el acordeón. Durante la comida, Aida apenas habló pero al señor Valle no pareció importarle entretenido en ponerla al día de su vida.

El señor Valle era viudo desde hacía doce años. Sus hijos, ya mayores, hacía tiempo que se habían ido de casa dejándolo con la única compañía de una cacatúa llamada Pepa. No tenía nada de extraño que se sintiera solo. Había muchos días en los que no hablaba con nadie que no fuera de la oficina; que la única voz que oía era la del pájaro.

Aida dibujó en su mente una tragedia y puso en medio a su jefe. ¡Ojalá le permitiese ayudarlo!

Aquellas comidas se convirtieron en costumbre. Siempre ocurría lo mismo. El señor Valle se demoraba en su despacho como si lo mantuviese ocupado algún asunto importante. Cuando se iban los ingenieros y la secretaria, se acercaba a la mesa de Aida y, como quien pide un enorme favor, la invitaba a comer con él. Cada día la llevaba a un sitio distinto; restaurantes diminutos situados en recónditas callejuelas del centro de la ciudad. Y alargaba la sobremesa con historias de su juventud.

Las comidas constituían lo mejor del día para Aida, a quien ni siquiera su hijo Gustavo lograba sacarla de su ensimismamiento cuando estaba lejos de su señor Valle, como le seguía llamando.

Un día el señor Valle la llevó a su casa. Pepa, la cacatúa, la recibió silbando La Marsellesa mientras revoloteaba en círculos por encima de su cabeza. Él cerró la puerta de la calle y le quitó el abrigo antes de hacerla pasar al comedor. Las persianas estaban a medio bajar. Por un momento permanecieron uno frente a otro, cohibidos, sin saber qué decir. El señor Valle le pasó el dorso de la mano por su rostro y dejó un beso delicado en sus labios.

Aquella tarde ninguno de los dos regresó a la oficina. Después de comer el señor del Valle se sentó en el sofá y ella, sobre sus rodillas, se acurrucó y escondió el rostro en el hombro de su amado.      

V. Una pareja bajo la luz de una farola

Violeta no se atrevía a hablar de Aida delante de su madre para no despertar su enojo. Hacía un mes que se había ido a vivir con su jefe dejando a su hijo Gustavo al cuidado de su madre. Una noche llamó desde su nueva casa y dijo que no volvería sino a recoger sus cosas; pero no lo hizo hasta una semana más tarde. La llevó en su coche su amante, que la esperó en la calle en tanto ella hacía el equipaje. Aida apenas miró a su madre antes de partir. Besó a sus hermanas en la mejilla y a su hijo lo pellizcó en un carrillo. Esa fue su despedida. Unos días más tardes telefoneó diciendo que estaba bien y habló unos minutos con Gustavo. Después no había vuelto a llamar.

Virtudes no se había tomado nada bien la marcha de Aida para irse a vivir de mala manera con un hombre. En vez de permanecer con la familia, lo había abandonado todo por un extraño que, además, le doblaba la edad: un viejo sin cultura ni modales; que ni siquiera se había dignado a casarse con ella. Desde el día que Aida se despidió, Virtudes estaba más irritable que nunca. Cualquier cosa la enfadaba.

Violeta no podía soportar la tensión y envidiaba a su hermana su osadía.

Por entonces Lucía, la más pequeña de las hermanas, empezó a salir por las tardes, arreglada como quien va a asistir a una boda. Sin decir a nadie adónde iba, se marchaba tras darle la merienda a su hijo Daniel y no regresaba hasta cerca de la medianoche.

Aquellas salidas repentinas no ayudaban mucho a mejorar el humor de Virtudes, que veía como poco a poco sus hijas escapaban de su férrea autoridad.

Violeta, que se había sentido siempre muy unida Lucía, se creyó traicionada. De nada le valieron las miles de preguntas con las que la asedió. ¿Dónde iba? ¿Tenía un amigo? ¿Un amante? ¿O solo iba al cine? Violeta le prometía no desvelar su secreto a nadie si le contaba el objeto de tanta salida; pero Lucía se limitaba a ofrecerle una enigmática sonrisa y a responderla con evasivas.

Una tarde la siguió de lejos. La vio caminar con paso rápido por las calles que llevaban a la parte vieja de la ciudad. Lucía subió por un pasadizo y entró en una casa medio derruida. La esperó fuera escondida tras los coches aparcados enfrente. Al cabo de un cuarto de hora, una pareja salió de la casa. La calle estaba tan oscura que casi no se distinguían sino bultos y sombras. La mujer era alta y fornida. A pesar de la poca luz, Violeta reconoció la indumentaria de las prostitutas del puerto: falda muy corta, blusa abierta que dejaba ver algo más que el escote, medias de rejilla y zapatos de tacón de aguja. El hombre parecía más joven: un muchacho, tal vez. Era de baja estatura y parecía muy delgado, aunque podía ser el efecto del abrigo largo que llevaba; un abrigo que, en la penumbra, le daba un aire anticuado.

De vez en cuando Violeta desviaba la mirada hacia el portón de la casa esperando ver salir a Lucía. Pero se sentía tan atraída por la pareja que su atención se escapaba rebelde hacia ella. Los amantes recorrieron la acera abrazados y se detuvieron bajo una farola. Estuvieron besándose sin ningún pudor ante la mirada fascinada de Violeta. La luz de la farola iluminó las caras radiantes de la pareja: en el rostro del hombre se dibujaron las facciones de Lucía.

El grito de Violeta rebotó en las paredes de las casas. Lucía volvió la cabeza y, al ver una sombra moverse al otro lado de la calle, echó a correr hasta la casa.

Violeta no se quedó a esperarla pero, al día siguiente, volvió a seguirla hasta la parte vieja de la ciudad. La escena de la noche anterior se repitió pero la mujer era otra. Más baja y mucho más delgada, su vestimenta delataba la misma antigua profesión.
 
En el mes siguiente, Violeta asistió hechizada cómo su hermana, tan dulce en casa, se convertía en un hombre agresivo y dominante. Empujaba a las mujeres que iban con ella, las gritaba y las insultaba antes de hacerlas entrar en la vieja casa donde permanecían dos horas. Poco antes de la medianoche, salía de nuevo con su abrigo blanco impecable y sus zapatos Chanel.

Durante el día, Lucía volvía a ser la de siempre. Nada hacía sospechar la doble vida que llevaba. Se ocupaba de cuidar a sus sobrinos, ayudar a su madre en las tareas domésticas, poner paz en las discusiones que se suscitaban entre sus hermanas y hacer compañía a Isolda para aliviarla de sus melancolías. No se borraba en todo el día la sonrisa de su rostro, encontrando siempre una justificación a las faltas de los demás. Lucía, por ser la más dócil de las tres, era la favorita de su madre. Virtudes no había oído jamás un improperio de su boca; jamás la contradecía y no había momento en el día en el que no estuviese dispuesta a hacerle un favor. Por tal razón no se atrevía a preguntarle adónde iba cada tarde, quién la entretenía hasta tan tarde.

Pero Violeta sí lo hizo. Trató de que le contara las razones de su extraño comportamiento. Pero nada sacó de sus preguntas porque no se atrevió a decirle que la había seguido; que la había visto con aquellas mujeres.

Violeta no sabía qué hacer. Ni qué pensar tampoco. Asistía cada tarde fascinada y horrorizada a un tiempo a la transformación de Lucía sin atreverse a decirle nada ni a delatarla. ¿Qué significaban aquellas extrañas salidas? ¿Qué guardaba su hermana en su interior? ¿Era posible que tanta desgracia en la familia la hubiera trastornado? ¿O eran todas las hermanas quienes estaban trastornadas? ¿Qué eran sino los paseos nocturnos de Isolda, los temores desproporcionados de Ofelia, la fuga de Aida o su propia fascinación por la transformación de Lucía?

Una noche en la que las cavilaciones por el destino de su familia no la dejaban conciliar el sueño, fue a la habitación de Ofelia y le contó las andanzas de Lucía en la parte vieja de la ciudad. Ofelia se echó a llorar asustada. Al día siguiente, Violeta la convenció para que fuera con ella y viera con sus propios ojos adónde iba Lucía cada tarde. Durante tres días, asistieron sobrecogidas al espectáculo de la transformación de su hermana pequeña. Recorrían la ciudad de punta a punta y regresaban a casa pasada la medianoche, después de que Lucía ya se hubiera acostado, para que no se diese cuenta de que la estaban siguiendo.


De regreso de una de estas salidas, encontraron la puerta de casa abierta y a Virtudes que las estaba esperando en el vestíbulo. Tardaron en verla pues había apagado las luces pero su voz rompió el silencio de la noche. Cuando encendió la lámpara del techo, los ojos de Violeta tropezaron con Lucía, que, como una muñeca de trapo rota, yacía desmadejada sobre la alfombra. Su cara mostraba restos de maquillaje: una línea negra simulaba un bigote y las cejas pintadas de negro le daban un aspecto grotesco.  Pero lo que más impresionó a Violeta fue el traje príncipe de Gales que recordaba llevaba su padre la última vez que lo vio.

—Ahora me contáis lo que está pasando aquí —fue todo lo que dijo Virtudes.

VI. El regreso del marido de Virtudes

Eran las cinco de la mañana. En el salón no se oían más que el tic tac del reloj de cuco que había asistido imperturbable al desvelamiento de un secreto. Virtudes estaba de pie en el centro de la estancia. Parecía un soldado derrotado en su última batalla. La cabeza le caía sobre el hombro derecho y el cabello alborotado le ocultaba el ojo izquierdo. Un hilo de saliva se le había anudado al alfiler prendido en su pecho. No miraba a ninguna de sus hijas, que, sentadas en torno a ella, la acababan de juzgar y condenar. La más cruel había sido Aida, que Isolda había hecho venir cuando su madre empezó a acusarlas de haberle amargado la vida. Pero había sido Lucía quien la había vencido.

— ¡Maldigo el día que os parí! —Había gritado Virtudes cuando se vio ante sus cinco hijas—. ¿Este es el fruto por el gran sacrificio que hice para que tuvieras lo mejor? Isolda, loca; Ofelia y Violeta callejeando por la noche sabe Dios haciendo qué; Aida acostándose con un viejo y Lucía buscando prostitutas vestida de hombre. ¿Por qué no me llevaría vuestro padre con él, Dios mío?

Tal vez si Virtudes no hubiese nombrado a su marido, las cinco hermanas hubieran bajado la cabeza y hubieran pedido perdón a su madre arrepentidas. Pero la mujer había roto el pacto de silencio que las mantenía unidas desde hacía veinticinco años atrás.

— ¿Papá llevarte con él? —Gritó Aida—. ¿Adónde quieres que te llevara? ¿Al infierno donde le mandaste tú?

— ¿Qué atrocidad estás diciendo, hija mía?

—Aida, cálmate —le pidió Isolda—. No digas esas cosas que disgustas a mamá.


La joven se plantó en jarras y con las piernas abiertas frente a todas.

—No, no me voy a callar. ¿O es que soy la única que se acuerda de esa noche? ¿La única que aún oye los pasos y los gritos de papá por el pasillo? ¿La única que se acuerda de la muerte de su marido? Una a una nos quedamos viudas como castigo por lo que ocurrió la noche aquella. ¿No es verdad, mamá? Y ni siquiera nos ha permitido llorar nuestra desgracia. ¿O no es verdad?

— ¡Cállate! —Suplicó Ofelia al borde del llanto—. Dijimos que no hablaríamos nunca de eso; lo prometimos.

— ¿Pero qué dices? —Gritó Virtudes—. ¿De qué noche hablas?

—La noche en que mataste a papá. La noche en que lo apuñalaste mientras dormía. Porque te guardaste la rabia y esperaste a que se durmiera. Sí, la noche en la que nos pediste a nosotras, unas niñas, que te ayudáramos a arrastrarlo hasta el limonero. La noche en la que le enterramos entre todas, al pie del limonero; que da frutos tan amargos como nosotras. Junto al pozo; que desde entonces está seco. Seco, sí. Seco como todas nosotras. Y luego dirás que hemos sido nosotras las que te hemos defraudado; que estamos desquiciadas. Pero, mamá, si lo raro hubiera sido no estar trastornadas.

—¿Pero qué dices, insensata? —repitió Virtudes—. Tu padre nos abandonó. O le pasó una desgracia y la policía no pudo encontrarlo. Tal vez yazca en alguna cuneta, lo asaltaran unos malhechores. Tal vez…

—¡Venga, mamá! ¡No nos vengas con historias! ¡Que todas estuvimos allí!

El gesto de agresiva impaciencia asustó a Ofelia, que se hizo un ovillo en el sillón más alejado.

—¡Eres tú la que inventas cosas! —gritó Virtudes que empezaba a perder el dominio de sus nervios—. ¡Es tu mente enferma la que inventa esa abominación! Yo quería a tu padre, que fue un buen hombre hasta que se fue.

—Yo también me acuerdo, mamá —exclamó sollozando Ofelia—. Papá hacía tiempo que no era bueno con nosotras. Nos pegaba y nos hacía cosas malas. Temblaba de miedo cuando lo oía acercarse a nuestro cuarto por el pasillo. Pero Mamá solo quería protegernos y tú lo sabes, Aida.

—¡No es cierto! —gritó Aida mientras se frotaba las manos—. Papá no tuvo ninguna culpa. Fue mamá. Ella es la culpable de todas nuestras desgracias.

Acusó con el dedo a su madre, que echó la cabeza hacia atrás como si temiese un ataque. Isolda abrazó a Virtudes y le susurró al oído:

—Yo no me acuerdo de nada, mamá.

Aida, furiosa, volvió a gritar.

—¡No, si tú nunca te acuerdas de nada! Sepultas en el olvido todo lo desagradable; lo que no te gusta. Haces como que no lo ves. Pero por la noche te conviertes en una sonámbula y cantas canciones de cuna sobre la tumba de papá.

—¡Callaos de una vez! —gritó Virtudes en un último intento de restablecer el precario equilibrio que había reinado en su casa durante tantos años—. Vayámonos a dormir y olvidemos esta noche demencial.


Ofelia hizo un ademán de obedecerla. Se puso en pie y se dirigió a la puerta.

—¡Noooo! ¡No te irás! ¡Ya basta de huir y hacer como si no ocurriera nada! —gritó de nuevo Aida y la sostuvo por un brazo—. Mamá nos ha acusado a nosotras de destrozarle la vida y fue ella la que nos convirtió en mujeres malditas. Somos como juguetes rotos. ¿De qué servía sonreír como tú nos pedías, mamá, si estábamos desgarradas de dolor?

Lucía y Violeta permanecían en silencio y abrazadas en un rincón del sofá. De pronto, se oyó un sollozo y la voz de Lucía, casi un susurro.

—Éramos solo unas niñas, mamá. Nos pediste mucho pero éramos solo unas niñas. Ofelia tenía doce años, Isolda, once Aida, nueve, Violeta siete y yo seis. Éramos solo unas niñas, mamá. Unas niñas pequeñas.

El corazón de Virtudes se resquebrajó y rompió a llorar.

—Lo hice por vosotras, hijas mías. Yo solo quería protegeros. Os quería tanto... Os quiero tanto… ¿Cómo iba a consentir que abusara de vosotras? Lo sorprendí una noche con Isolda y otra con Ofelia. ¿Cómo creéis que me sentí? Por mí habría soportado los insultos y hasta los golpes. Pero que os hiciera daño a vosotras… ¿A mis niñas…? No. Eso no. No me arrepiento de lo que hice. Lo volvería hacer para protegeros.

Ninguna volvió a hablar en toda la noche ni se atrevió a moverse. Sobrecogidas, contemplaban a su madre derrumbada. La vejez se había apoderado de ella de golpe despojándola de su porte altivo. Las sacó del estupor el ruido del camión de la basura que se detuvo bajo la ventana del salón.

Isolda pasó el brazo por los hombros de su madre y la acompañó a su habitación, de donde no salió hasta una semana después convertida en una anciana. Perdió el habla y, con ella, las ganas de comer. No era capaz de tragar la comida que, con suma delicadeza, le ofrecía Ofelia. Era ella la que se ocupaban de sacarla de paseo, la vestía y la peinaba como si fuese una niña; la que la colmaba de caricias. Pues como una niña se volvió Virtudes después de aquella noche.

VIII. Epílogo.

Poco a poco, las hijas de Virtudes fueron abandonando la casa. Únicamente Ofelia permaneció al cuidado de su madre.

Isolda, que, como quien se libera de pronto de un encantamiento, dejó de pasearse por las noches, fue la que marcó el camino. Una mañana apareció en la cocina cargada de equipaje y anunció que iba a hacer un largo viaje con su hijo. Llamó a un taxi y salió por la puerta de atrás sin volver la cabeza. Todas creyeron que solo estaría ausente unas semanas, pero pasaban los días sin que diera noticias de su regreso. Nadie en la casa sabía dónde estaba por más que Violeta y Lucía la asediasen a preguntas cuando las llamaba por teléfono. De vez en cuando llegaba una postal de algún país lejano con unas cuantas palabras cariñosas firmadas por ella pero, por una extraña casualidad, en ninguna de ellas se podía leer en el matasellos el lugar de procedencia. Ofelia, que guardaba en una caja de latón las postales, tenía la sospecha de que su hermana y su sobrino no andaban muy lejos de casa y, en más de una ocasión, creyó verlos entre los viandantes que transitaban por la calle Mayor.

Las otras hermanas tampoco se fueron lejos aunque ninguna volvió a la casa materna en mucho tiempo. Violeta, al verse libre de la vigilancia de su madre buscó un trabajo en una almoneda al otro lado de la ciudad. En un primer momento pensó en quedarse en la casa y ayudar a Ofelia en el cuidado de su madre y de los niños, pese a tener que levantarse muy de buena mañana y recorrer toda la ciudad para poder llegar a tiempo de abrir la tienda de antigüedades. Pero le seducía demasiado su libertad recién conquistada de manera que se trasladó con su hijo a un apartamento con vistas a los Jardines del Príncipe que alquiló no muy lejos de la almoneda.

Aida, como era de esperar, volvió con el señor Valle. Y Lucía, que fue la última que dejó la casa materna, desapareció con su hijo sin hacer ruido una mañana de domingo mientras Ofelia y su madre oían misa en los carmelitas. No dejó más que unas palabras garabateadas en una nota que su hermana encontró sobre la mesa de la cocina. Ofelia, creyendo que volvería a los pocos días, no le contó a nadie nada de la nota de despedida. La estuvo esperando dos semanas y, al ver que no volvía, se sintió traicionada. ¿Cómo la dejaba sola con su madre cortándole toda esperanza de recobrar la libertad perdida? Demasiado enfadada para ir en su búsqueda, llamó a Aida que, acompañada del señor Valle, recorrió las calles de la ciudad vieja hasta la casa donde acudía cada tarde Lucía. Aporrearon el portón y les abrió una mujer de edad muy avanzada que no parecía muy dispuesta a responder las preguntas de la joven. Medio refunfuñando, les dijo que hacía meses que no veía a Lucía ni tenía noticias de dónde estaba. Pero no la creyeron y se prometieron volver a menudo hasta dar con la joven. Mas de nada les sirvieron tales visitas, que cesaron por cansancio semanas después. Fue Ofelia la que no se rindió y se dejaba caer muchas veces por la casa y dejaba pequeñas notas con la esperanza de que su hermana las leyese algún día.

La última vez que se vio a las cinco hermanas juntas fue en el funeral de Virtudes, que falleció tres años después. Organizaron un funeral tan solemne que si su madre lo hubiera visto hubiera saltado de gozo. Contrataron a una soprano y un cuarteto de cuerda para que interpretasen algunas arias del Réquiem de Brahms. Trajeron de la capital a un predicador famoso por unos sermones que enardecían a los fieles, que  concelebró el funeral con el deán de la catedral. Y adornaron la iglesia con lirios blancos, la flor favorita de Virtudes. Todo el mundo en la ciudad quiso estar presente en la ceremonia: más por curiosidad que porque sintieran su pérdida. La iglesia de los jesuitas se quedó pequeña pese a que el sacristán dispuso dos filas de sillas en el atrio. Hasta el tiempo parecía querer ofrecerle su último homenaje. Había estado todo el día lloviendo pero, poco antes de que llegasen los primeros fieles a la iglesia, salió el sol. A las ocho en punto de la tarde hicieron su entrada las hijas de Virtudes: Isolda, Ofelia, Aida, Violeta y Lucía. En fila, todas vestidas de blanco, con la mirada en el sagrario e indiferentes a los murmullos que se oían a su paso, caminaron por el pasillo de la nave central hasta el banco que les habían reservado. Detrás, en fila también, sus respectivos hijos: Miguel, Raúl, Gustavo, Alfredo y Daniel. Vestidos todos de negro, la única nota de color la ponían sus cabellos: dorados con tintes rojizos, parecían los de su abuelo.