viernes, 4 de agosto de 2017

Al pie del limonero






I. Cinco mujeres de blanco y una de negro

La iglesia estaba abarrotada de fieles cuando hicieron su entrada en fila por la nave central. Decenas de cabezas se volvieron para verlas. Encabezaba la procesión Virtudes, la única que no iba vestida de blanco. Era la más alta de las seis y el luto de su traje la hacía parecer aún más esbelta. Detrás iban sus cinco hijas: Ofelia, Isolda, Aida, Violeta y Lucía. Tenían todas el nombre de la protagonista de una ópera y, como el personaje que inspiró a sus padres para bautizarlas, cargaban sobre sus espaldas una tragedia. Mas nadie lo hubiese sospechado viéndolas desfilar con la cabeza erguida y sus vestidos blancos; caminando indiferentes a los murmullos que se oían a su paso.

El marido de Virtudes había sido un mediocre profesor de latín que desapareció una mañana de primavera cuando se dirigía al colegio en el que impartía clases. Ella lo vio marchar con la misma parsimonia de cada día. Ni triste ni contento: resignado con su vida gris. Nada le hizo sospechar cuando le dijo adiós con la mano antes de doblar la calle que sería la última vez que lo hacía. Al mediodía no regresó para comer ni la llamó para decirle que no lo esperase. Pero Virtudes no se inquietó. Aunque no era habitual, alguna vez se quedaba en el colegio para atender a algún alumno rezagado. Tampoco se inquietó cuando el reloj de cuco anunció las siete de la tarde y su marido seguía sin dar señales de vida. ¿Acaso no era época de exámenes? Podía ser que, huyendo del alboroto de sus hijas juguetonas, se hubiese quedado en el colegio preparando el texto que habrían de traducir sus pupilos. Mas, al llegar la noche, su ausencia se hizo más difícil de explicar. Delante de las niñas trató de esconder su preocupación, que crecía al compás de las estrellas en el firmamento. Retrasó la cena hasta que las vio caerse de sueño. Como una autómata les sirvió unas tortillas. Y como una autómata las mandó a la cama mientras ella se comía las uñas para calmar su desasosiego. Se sentó en una silla baja junto a la chimenea y estuvo toda la noche en vela con una labor de ganchillo entre las manos mientras musitaba una oración tras otra.

Eso fue lo que contó al día siguiente a la policía y lo que contó los días sucesivos, las semanas siguientes y los años venideros a todo aquel que la quería escuchar, sin cambiar una coma ni una tilde a su narración. Lo mantuvo sin inmutarse cuando los detectives la acosaron a preguntas más y más ofensivas. E impertérrita se mantuvo ella cuando los vecinos murmuraban a su paso difundiendo abominables rumores.

Cuando a los doce meses de su desaparición dieron por muerto a su marido, Virtudes se vistió de negro y se prometió volver a pronunciar su nombre ni para recrearse en el recuerdo de los buenos momentos ni para lamentarse de los malos.

Enseguida la pobreza se hizo dueña de su casa. Pero no quiso verla y siguió viviendo como si nada hubiese sucedido. Se negó a escuchar los consejos de quienes la animaban a dejar su casa, que era de gran tamaño y se encontraba en las afueras de la ciudad. Tampoco quiso oír nada cuando envió a sus hijas a uno de los colegios más exclusivos y caros del país. ¿De dónde sacaba el dinero para seguir con aquel tren de vida? Nadie lo sabía: Virtudes se guardaba bien de mostrar sus penas. Nadie sabía que se acostaba todas las noches a las tantas de la madrugada confeccionando tartas y pasteles para un café restaurante recién inaugurado en la calle Mayor. Ni una queja salió jamás de su boca ni sus vecinos vieron las privaciones que pasó para costear la educación de sus hijas.

El orgullo impuso la ley del silencio. Sus hijas no podían hablar sino de alegrías. Estaban prohibidas las quejas. La gente, les decía, se alegraba con las penas de sus vecinos y ella no quería ser alimento de tan malsano regocijo. Ni siquiera las dejaba hablar entre ellas de lo sucedido ni de las estrecheces que pasaban en casa. Nadie debía saber que, mientras Virtudes pasaba noches enteras creando exquisiteces en la cocina, sus hijas se iban a dormir sin haber probado en todo el día más que medio plato de patatas y un huevo cocido. Les exigía, además, ser las primeras en el colegio, las mejor vestidas, las más elegantes. Solo así podía hacer posible su única ambición, por la que estaba dispuesta a sacrificar su bienestar y el de sus hijas: verlas casadas con maridos de buenas familias.

En cuanto llegaban a edades casaderas, empezaba a azuzarlas para que desplegasen sus talentos adquiridos con tanto esfuerzo delante de los aspirantes a llevarlas al altar. No era extraño verlas pasear los domingos a la caída de la tarde y sentarse a merendar en el mismo café en el que trabajaba Virtudes: como si fuesen damas ociosas y no simplemente las hijas de la repostera. Bueno, merendar, merendar, no merendaban nunca. Pasaban horas con el mismo refresco de limón, pues el dinero no les daba para más, en tanto Virtudes se arrimaba a los jóvenes solteros con la esperanza de atraerlos a su mesa.

Pese a lo burdas que eran sus argucias, logró que Isolda encontrara su Tristán, Ofelia a su Hamlet, Aída su Radamés, Violeta su Alfredo y Lucía a Edgardo. A las cinco casó con hombres de carreras prometedoras y celebró bodas ostentosas que despertaban la envidia de sus vecinas. Años de sacrificios se veían al fin recompensados.

Pero poco duró la dicha de las hijas de Virtudes. Ninguna se libró de ver cómo se malograban sus vidas casi antes de empezar a degustar las mieles del amor conyugal. Como si una maldición las persiguiera, el matrimonio no llegaba más allá del primer aniversario. Al cumplirse un año de sus bodas, todas daban a luz un niño varón y, al día siguiente del alumbramiento, un extraño accidente provocaba la muerte del marido de cada una de las cinco hermanas.

Ninguna se atrevía a afrontar sola su viudedad con un recién nacido, de modo que a la semana de dar a luz, hacía el equipaje, abandonaba su hogar de casada y regresaba llorosa y afligida al de su madre.

Virtudes, que siempre se había negado a ser objeto de compasión de sus vecinos, no toleraba que derramaran una sola lágrima. Las hacía vestirse de blanco y les prohibía verter una lágrima por la pérdida del esposo. Pese a volver tan pobres como se fueron, debían lucir sus mejores trajes siempre que salieran a la calle y exhibir sus más rutilantes joyas, siendo la más preciada la sonrisa con la que escondían su dolor. En cuanto llegaban a la casa materna, les estaba vedada cualquier mención a su desgracia. Ni debían nombrar nunca más al marido fallecido, como Virtudes tampoco nombraba al suyo. A partir de ese momento, la felicidad dejaba de ser la promesa de un regalo del destino para convertirse en una penosa obligación impuesta por su madre. Las cinco hijas, por miedo a verse desamparadas con un niño pequeño, se sometían a la voluntad de su madre sin oponer más resistencia que algún que otro gemido de Isolda, la mayor de las hermanas.


II. Un extraño en el jardín

Ofelia no podía dormir. Era una noche en la que el calor sofocante del verano negaba el alivio del sueño. Estuvo buen rato dando vueltas y más vueltas en la cama buscando un poco de frescor en las sábanas. De pronto, el ruido de unos pasos la sobresaltaron. Al principio creyó que se trataba de algún animalillo: un gato de los muchos que callejeaban por la vecindad. Pero no. Eran los pasos de una persona. Se arrebujó entre las sábanas sin atreverse a respirar mientras escuchaba con aliviada atención cómo se alejaban. Pero, al cabo de un rato, los oyó de nuevo acercarse a la casa. Y oyó también cómo se abría la puerta de la cocina y alguien subía cansinamente la escalera que conducía a los dormitorios.  Ofelia no se atrevía a respirar: no parecía el modo de caminar de ninguno de los que vivían en la casa. Escuchó con mayor atención. Le pareció que el dueño de los pasos entraba en una de las habitaciones de sus hermanas. La joven se armó de valor y se levantó de la cama. Con la oreja pegada en la puerta, escuchó unos segundos. Se oían ruidos en el dormitorio contiguo, donde dormía Isolda con su hijo. Salió al pasillo de puntillas y fue a llamar a su madre. No tardaron sino unos segundos en volver al pasillo pero cuando llegaron a la habitación de donde procedían los ruidos, no vieron a nadie extraño, como afirmaba Ofelia. Ni encontraron nada fuera de su lugar. Cada uno en su cama, Isolda y el pequeño Miguel dormían profundamente ajenos al alboroto que armaba Virtudes mientras reprendía a su pusilánime hija.

La noche siguiente sucedió lo mismo y la otra también. Ofelia no se cansaba de preguntar a Isolda por el extraño que se colaba en su habitación para desaparecer al instante, pero la joven durmiente nunca veía ni oía nada. ¿Cómo era posible, preguntaba Isolda, que entrase un extraño en el dormitorio sin que ni ella ni su hijo se diesen cuenta? Debían de ser imaginaciones de su hermana, siempre temerosa de que sucediese algo espantoso en la familia.

Pero a Ofelia seguía despertándola cada noche el ruido de los pasos cansinos de un extraño que, tras recorrer el jardín, entraba en la casa y se escondía en la habitación de Isolda.

Virtudes no creía en el intruso que acechaba su casa. Solo eran histerismos de Ofelia, decía, que se asustaba con el ulular del viento entre las hojas de los árboles. No conocía mejor cura para la crisis nerviosa de su hija que un buen rapapolvo y la prohibición de la menor palabra sobre el desconocido. Y tampoco sus hermanas creían en el merodeador nocturno, que culpaban a los gatos vagabundos de los ruidos que se oían en el jardín.

III. Canción de cuna.

Fue Gustavo, el hijo de Aída y el mayor de los nietos de Virtudes, que contaba entonces nueve años, el que descubrió una noche la identidad del desconocido. Estaba despierto cuando oyó los pasos en el patio trasero de la casa. Mas no se dejó intimidar como Ofelia por el miedo sino que salió al jardín para dar caza al fantasma. Tal vez, pensó, se trataba del abuelo que volvía al fin a casa.

La luna llena formaba un círculo de luz lechosa sobre el limonero. Una sombra delataba la presencia de un extraño en el banco donde solían echarse la siesta los gatos. Gustavo se aproximó despacio. Mas, al llegar, no encontró ni intruso ni fantasma, sino a Isolda, su tía.

La llamó en voz baja para no asustarla:

—¡Tía Isolda!

Pero ella no contestó ni pareció oírlo. Con la mirada perdida en el infinito, estaba entonando en susurros una canción de cuna.

“A dormir va la rosa
de los rosales;
a dormir va mi niña
porque ya es tarde”.

Gustavo le tocó levemente un hombro e Isolda se puso de pie de un salto y, con los ojos desorbitados, salió corriendo hacia la casa. Cuando el niño le dio alcance, su tía estaba sentada en su cama llorando mientras intentaba decirle a su madre que no sabía cómo había llegado hasta el banco. Al principio, todas en la casa creyeron que la joven había querido burlarse de ellas, pero pronto se dieron cuenta de que sufría sonambulismo sin que tuviera consciencia de ello.

Los paseos nocturnos de Isolda comenzaron en primavera, aunque habían pasado inadvertidos hasta aquella noche, bien avanzado el mes de julio. Descalza, solo cubierta con un leve camisón que apenas le cubría por encima de la rodilla, salía al jardín por la puerta de la cocina y caminaba hasta el limonero que había junto al pozo desecado. Bañada por la claridad de la luna, parecía un espectro. Permanecía durante buena parte de la noche sentada en el banco con la vista extraviada en el infinito; unas veces inmóvil, otras, entonando en susurros la canción de cuna que le dedicaba su padre cuando era niña.

“A dormir va la rosa...
de los rosales;
a dormir va mi niña
porque ya es tarde”.

Después regresaba a la cama sin despertar en ningún momento. A la mañana siguiente, no recordaba nada pero conservaba un sentimiento de tristeza que no borraban los intentos de su hijo por hacerla reír. Tenía que hacer un enorme esfuerzo para llevar a cabo la tarea más nimia. Buscaba de continuo la soledad y, en cuanto podía, se sentaba escondida de los demás en la salita, resguardada en la penumbra de la habitación que su madre mantenía con las cortinas cerradas. De vez en cuando le llegaban las risas de su hijo y sus sobrinos que jugaban en el jardín o las voces de sus hermanas que entraban y salían de la casa en miles de quehaceres. Mas ella se sentía ajena a todo. Mientras para el resto de su familia la vida seguía su curso, Isolda tenía la sensación de que su reloj interior se había detenido. Era como estar muerta en tanto su cuerpo se sometía a la rutina de cada día; como si fuera un robot dirigido por una voluntad extraña.

“A dormir va la rosa
de los rosales;
a dormir va mi niña
porque ya es tarde”.


Virtudes tardó tiempo en percatarse del estado de su hija. Ni siquiera cuando descubrió que se levantaba sonámbula por las noches se dio por enterada. Se convenció a sí misma de que los paseos nocturnos se debían a una mala digestión de la cena y le hacía beber una infusión de tomillo antes de irse a dormir. Pero el remedio de Virtudes no sólo no le aliviaba su mal sino que parecía agravarlo. Los paseos se hicieron más persistentes e iban seguidos de fuertes dolores en las sienes durante la mañana.

Sus hermanas estaban más y más preocupadas. Una a una habló con su madre para que la convenciera de que fuera al médico pero Virtudes no quería escucharlas. A Isolda no le sucedía nada, decía. Viendo que no sacarían nada de su madre, las cuatro jóvenes se turnaban por las noches para cuidarla. Dormían junto a ella y, en cuanto la oían levantarse, la conducían con suavidad de nuevo a la cama. Así consiguieron que durmiera un poco más tranquila aunque no lograron que cesaran los paseos nocturnos.


IV. Traducciones

Aida fue la primera que desafió la autoridad materna y buscó un trabajo fuera de casa. Compró todos los periódicos y revistas que se vendían en el quiosco de la esquina, seleccionó las ofertas que le parecían más atractivas y acudió a la primera entrevista vestida con el mejor traje que guardaba en su armario: un dos piezas de falda y chaqueta blanco y luminoso como su sonrisa.

Muy de buena mañana, dejó a su hijo Gustavo en el colegio y enfiló la acera de la calle Norte taconeando al ritmo de la canción que iba tarareando bajito. Al pasar por las clarisas, se santiguó. Más adelante, se detuvo ante el escaparate de una tienda de juguetes y se contempló unos instantes con aire satisfecho. Llegó a su destino poco antes de las nueve y media: aún faltaba un cuarto de hora para su cita. Se sentó en un banco del parque a esperar y engañó a la impaciencia dejando caer su mirada sobre dos gorriones que bebían de un charco dejado por la lluvia durante la noche.

La recibió un sesentón calvo, con mofletes redondos, un chaleco de cuadros escoceses y gafas con el filo dorado. Desde el otro lado de la mesa, le estrechó la mano envolviéndola en las suyas. Unas manos gordezuelas, pecosas y acogedoras. Cuando Aida se sentó frente a él, se sintió invadida por una sensación de paz que tenía olvidada desde que desapareciera su padre.

El señor Valle, que así se llamaba, estuvo una hora explicando la finalidad de su empresa: la confección de manuales de uso de máquinas de coser. Tenía dos ingenieros a su cargo y quería contratar a alguien que tradujera los textos al francés y al alemán. A pesar de lo arduo de la materia, la joven se sintió cautivada por la voz melodiosa del señor Valle. Le parecía haber vuelto a su infancia cuando dibujaba mariposas en la mesa del cuarto de jugar mientras su padre le contaba cuentos que inventaba para ella. Nunca se había sentido tan segura ni tan dichosa. El señor Valle no tenía ningún parecido con su padre pero le transmitía el mismo sosiego. ¡Qué diferencia con su madre, siempre tensa y con el ceño fruncido!

Aida bajó la cabeza y musitó una oración rogando conseguir el trabajo, que el señor Valle le dio en cuanto ella le dijo el nombre del colegio al que había asistido de niña.

Cuando llegó a casa, estaba tan contenta por tener un empleo que soltó la noticia sin pensar que a su madre pudiera molestarla. Ante la mirada asustadiza de sus hermanas, Aida se enfrentó a los gritos de Virtudes por primera vez desde que desapareciera su padre. Pasó por encima de sus palabras airadas, que le reprochaban su ingratitud. Su madre creía que solo las mujeres sin educación debían trabajar; que hacerlo era rebajarse y humillar a la familia. Pero Aida no se dio por vencida ni se dejó convencer con argumentos tan anticuados. Estaba decidida a  comenzar una vida fuera de casa.

Con tal determinación, empezó a trabajar una semana más tarde. El señor Valle le mostró la oficina y la mesa que le había preparado frente a su despacho en una especie de recibidor que iba a compartir con la secretaria de la empresa. Era tal la emoción por su trabajo, que aquella mañana apenas pudo leer los manuales que le entregó uno de los ingenieros. Las letras se daban la mano y jugaban al corro burlándose de ella. Pero enseguida se acostumbró a la rutina y apaciguó un poco la alegría de las primeras semanas.

Lo que no se apaciguó sino que creció más y más con el transcurso de los días fue la admiración por el señor Valle. Cada mañana esperaba con impaciencia su llegada a la oficina. El sonido de sus pasos encendía la luz de su apagado corazón. ¡Qué bien los conocía y qué distintos eran de los pasos de los ingenieros! Tres pasos cortos y uno largo. Como si escondieran un mensaje escrito en un lenguaje cifrado. Tres pasos cortos y uno largo. Pasos que precedían su voz melodiosa cuando daba los buenos días. Se asomaba por la puerta y le hacía una señal a su secretaria con la cabeza para que entrase con él en su despacho, donde pasaba media mañana dictándole cartas. Aida la envidiaba. ¿Quién pudiera estar así con él aunque solo fuera para oírlo hablar de asuntos comerciales? A ella no solía llamarla a menudo: ¿Qué podía decirle de su trabajo, por muy jefe que fuera, si no entendía ni una palabra de francés o alemán?

Pero a veces se acercaba a su mesa para preguntarle cómo se encontraba.

—¿Estás contenta con nosotros? —le preguntaba como un padre preocupado por el bienestar de su hijo—. Si necesitas algo, no te dé reparo en decírmelo.


Luego, cariñoso, le daba dos toquecitos en la mejilla con el dorso de los dedos índice y corazón.

Ella le contestaba que las horas que pasaba en la oficina eran las más felices del día. Y era cierto. Allí perdía no había que temer disgustar a su madre con indiscreciones, desaparecía el miedo a no saber cuidar a Gustavo y se sentía útil. En casa era la más impetuosa. Llevada por sus impulsos, decía lo primero que se le pasaba por la cabeza olvidando las prohibiciones de su madre. Siempre era la primera en irritarla con contestaciones extemporáneas; la única que hablaba de su padre para lamentar su pérdida; la única que se atrevía a decir que, con su desaparición se abrieron las puertas a de las desgracias. Su mente había idealizado a su padre borrando de la memoria los sinsabores de los últimos tiempos. Sus hermanas le censuraban que no recordase los accesos de cólera con los que atemorizaba a sus hijas, las faltas de respeto contra su esposa. Pero Aida no quería escuchar tales reproches. Para ella, su padre encarnaba la dulzura y la bondad; todo lo bueno de su niñez. Y el señor Valle había entrado en su vida para traerle un poco de aquella dulzura y bondad que había perdido el día que desapareció.

Muchas noches, mientras esperaba que le llegase el sueño, se imaginaba viviendo en la misma casa que su jefe. Al principio, se veía como una niña que recibía las caricias del señor Valle, cuyo rostro se confundía en su mente con el de su padre. Mas, con el paso de los meses, las fantasías fueron tomando otro cariz. Volvía a la memoria el año vivido con su esposo e inventaba escenas similares con el dueño de su empresa. Asustada de su atrevimiento, se levantaba de la cama con el camisón empapado de sudor y el rostro ardiendo de vergüenza. Iba a la cocina y pasaba la noche en vela dando vueltas alrededor de la enorme mesa de granito e intentando convencerse de que tales imágenes habían salido de una pesadilla y no las había creado ella voluntariamente.

Luego, durante el día, olvidaba tales imágenes. Pasaba la mañana esmerándose en sus traducciones disfrutando de cada palabra como si su trabajo consistiera en verter los más bellos poemas y no áridas instrucciones para zurcir, bordar y festonear. Cuando el señor Valle pasaba por su mesa, Aida levantaba los ojos de sus traducciones y le dedicaba una sonrisa que llenaba de luz toda la estancia. Bastaba con que él le correspondiese con otra sonrisa para que la joven estuviera contenta en lo que quedaba del día.

A la hora de comer, Aida solía quedarse sola en la oficina. Llevaba una tartera con un huevo cocido y una chocolatina que saboreaba mientras veía las fotografías de una revista. En una ocasión el señor Valle salió el último de la oficina y, al verla degustar tan exiguo almuerzo, la invitó a comer con él.

—He visto que apenas te alimentas, hija mía. Comes como un pajarito. ¿Me permites invitarte?

Aida no supo qué contestarle. ¿Sería correcto salir sola con su jefe?

—Anda. No te dé apuro y di que sí. Me harías un gran favor. Estoy solo y me vendría bien un poco de compañía.

La joven todavía dudó solo un instante antes de aceptar. ¿Qué podía haber de malo en comer con él si se trataba de un hombre que podría ser su padre?

El señor Valle la llevó a un pequeño restaurante tirolés. Aida quedó prendada con los manteles a cuadros blancos y rojos; el aroma del camembert o de sus strudel de manzanas; las camareras vestidas de los mismos colores y peinadas con largas trenzas que les llegaban hasta la cintura, el músico que tocaba el acordeón. Durante la comida, Aida apenas habló pero al señor Valle no pareció importarle entretenido en ponerla al día de su vida.

El señor Valle era viudo desde hacía doce años. Sus hijos, ya mayores, hacía tiempo que se habían ido de casa dejándolo con la única compañía de una cacatúa llamada Pepa. No tenía nada de extraño que se sintiera solo. Había muchos días en los que no hablaba con nadie que no fuera de la oficina; que la única voz que oía era la del pájaro.

Aida dibujó en su mente una tragedia y puso en medio a su jefe. ¡Ojalá le permitiese ayudarlo!

Aquellas comidas se convirtieron en costumbre. Siempre ocurría lo mismo. El señor Valle se demoraba en su despacho como si lo mantuviese ocupado algún asunto importante. Cuando se iban los ingenieros y la secretaria, se acercaba a la mesa de Aida y, como quien pide un enorme favor, la invitaba a comer con él. Cada día la llevaba a un sitio distinto; restaurantes diminutos situados en recónditas callejuelas del centro de la ciudad. Y alargaba la sobremesa con historias de su juventud.

Las comidas constituían lo mejor del día para Aida, a quien ni siquiera su hijo Gustavo lograba sacarla de su ensimismamiento cuando estaba lejos de su señor Valle, como le seguía llamando.

Un día el señor Valle la llevó a su casa. Pepa, la cacatúa, la recibió silbando La Marsellesa mientras revoloteaba en círculos por encima de su cabeza. Él cerró la puerta de la calle y le quitó el abrigo antes de hacerla pasar al comedor. Las persianas estaban a medio bajar. Por un momento permanecieron uno frente a otro, cohibidos, sin saber qué decir. El señor Valle le pasó el dorso de la mano por su rostro y dejó un beso delicado en sus labios.

Aquella tarde ninguno de los dos regresó a la oficina. Después de comer el señor del Valle se sentó en el sofá y ella, sobre sus rodillas, se acurrucó y escondió el rostro en el hombro de su amado.      

V. Una pareja bajo la luz de una farola

Violeta no se atrevía a hablar de Aida delante de su madre para no despertar su enojo. Hacía un mes que se había ido a vivir con su jefe dejando a su hijo Gustavo al cuidado de su madre. Una noche llamó desde su nueva casa y dijo que no volvería sino a recoger sus cosas; pero no lo hizo hasta una semana más tarde. La llevó en su coche su amante, que la esperó en la calle en tanto ella hacía el equipaje. Aida apenas miró a su madre antes de partir. Besó a sus hermanas en la mejilla y a su hijo lo pellizcó en un carrillo. Esa fue su despedida. Unos días más tardes telefoneó diciendo que estaba bien y habló unos minutos con Gustavo. Después no había vuelto a llamar.

Virtudes no se había tomado nada bien la marcha de Aida para irse a vivir de mala manera con un hombre. En vez de permanecer con la familia, lo había abandonado todo por un extraño que, además, le doblaba la edad: un viejo sin cultura ni modales; que ni siquiera se había dignado a casarse con ella. Desde el día que Aida se despidió, Virtudes estaba más irritable que nunca. Cualquier cosa la enfadaba.

Violeta no podía soportar la tensión y envidiaba a su hermana su osadía.

Por entonces Lucía, la más pequeña de las hermanas, empezó a salir por las tardes, arreglada como quien va a asistir a una boda. Sin decir a nadie adónde iba, se marchaba tras darle la merienda a su hijo Daniel y no regresaba hasta cerca de la medianoche.

Aquellas salidas repentinas no ayudaban mucho a mejorar el humor de Virtudes, que veía como poco a poco sus hijas escapaban de su férrea autoridad.

Violeta, que se había sentido siempre muy unida Lucía, se creyó traicionada. De nada le valieron las miles de preguntas con las que la asedió. ¿Dónde iba? ¿Tenía un amigo? ¿Un amante? ¿O solo iba al cine? Violeta le prometía no desvelar su secreto a nadie si le contaba el objeto de tanta salida; pero Lucía se limitaba a ofrecerle una enigmática sonrisa y a responderla con evasivas.

Una tarde la siguió de lejos. La vio caminar con paso rápido por las calles que llevaban a la parte vieja de la ciudad. Lucía subió por un pasadizo y entró en una casa medio derruida. La esperó fuera escondida tras los coches aparcados enfrente. Al cabo de un cuarto de hora, una pareja salió de la casa. La calle estaba tan oscura que casi no se distinguían sino bultos y sombras. La mujer era alta y fornida. A pesar de la poca luz, Violeta reconoció la indumentaria de las prostitutas del puerto: falda muy corta, blusa abierta que dejaba ver algo más que el escote, medias de rejilla y zapatos de tacón de aguja. El hombre parecía más joven: un muchacho, tal vez. Era de baja estatura y parecía muy delgado, aunque podía ser el efecto del abrigo largo que llevaba; un abrigo que, en la penumbra, le daba un aire anticuado.

De vez en cuando Violeta desviaba la mirada hacia el portón de la casa esperando ver salir a Lucía. Pero se sentía tan atraída por la pareja que su atención se escapaba rebelde hacia ella. Los amantes recorrieron la acera abrazados y se detuvieron bajo una farola. Estuvieron besándose sin ningún pudor ante la mirada fascinada de Violeta. La luz de la farola iluminó las caras radiantes de la pareja: en el rostro del hombre se dibujaron las facciones de Lucía.

El grito de Violeta rebotó en las paredes de las casas. Lucía volvió la cabeza y, al ver una sombra moverse al otro lado de la calle, echó a correr hasta la casa.

Violeta no se quedó a esperarla pero, al día siguiente, volvió a seguirla hasta la parte vieja de la ciudad. La escena de la noche anterior se repitió pero la mujer era otra. Más baja y mucho más delgada, su vestimenta delataba la misma antigua profesión.
 
En el mes siguiente, Violeta asistió hechizada cómo su hermana, tan dulce en casa, se convertía en un hombre agresivo y dominante. Empujaba a las mujeres que iban con ella, las gritaba y las insultaba antes de hacerlas entrar en la vieja casa donde permanecían dos horas. Poco antes de la medianoche, salía de nuevo con su abrigo blanco impecable y sus zapatos Chanel.

Durante el día, Lucía volvía a ser la de siempre. Nada hacía sospechar la doble vida que llevaba. Se ocupaba de cuidar a sus sobrinos, ayudar a su madre en las tareas domésticas, poner paz en las discusiones que se suscitaban entre sus hermanas y hacer compañía a Isolda para aliviarla de sus melancolías. No se borraba en todo el día la sonrisa de su rostro, encontrando siempre una justificación a las faltas de los demás. Lucía, por ser la más dócil de las tres, era la favorita de su madre. Virtudes no había oído jamás un improperio de su boca; jamás la contradecía y no había momento en el día en el que no estuviese dispuesta a hacerle un favor. Por tal razón no se atrevía a preguntarle adónde iba cada tarde, quién la entretenía hasta tan tarde.

Pero Violeta sí lo hizo. Trató de que le contara las razones de su extraño comportamiento. Pero nada sacó de sus preguntas porque no se atrevió a decirle que la había seguido; que la había visto con aquellas mujeres.

Violeta no sabía qué hacer. Ni qué pensar tampoco. Asistía cada tarde fascinada y horrorizada a un tiempo a la transformación de Lucía sin atreverse a decirle nada ni a delatarla. ¿Qué significaban aquellas extrañas salidas? ¿Qué guardaba su hermana en su interior? ¿Era posible que tanta desgracia en la familia la hubiera trastornado? ¿O eran todas las hermanas quienes estaban trastornadas? ¿Qué eran sino los paseos nocturnos de Isolda, los temores desproporcionados de Ofelia, la fuga de Aida o su propia fascinación por la transformación de Lucía?

Una noche en la que las cavilaciones por el destino de su familia no la dejaban conciliar el sueño, fue a la habitación de Ofelia y le contó las andanzas de Lucía en la parte vieja de la ciudad. Ofelia se echó a llorar asustada. Al día siguiente, Violeta la convenció para que fuera con ella y viera con sus propios ojos adónde iba Lucía cada tarde. Durante tres días, asistieron sobrecogidas al espectáculo de la transformación de su hermana pequeña. Recorrían la ciudad de punta a punta y regresaban a casa pasada la medianoche, después de que Lucía ya se hubiera acostado, para que no se diese cuenta de que la estaban siguiendo.


De regreso de una de estas salidas, encontraron la puerta de casa abierta y a Virtudes que las estaba esperando en el vestíbulo. Tardaron en verla pues había apagado las luces pero su voz rompió el silencio de la noche. Cuando encendió la lámpara del techo, los ojos de Violeta tropezaron con Lucía, que, como una muñeca de trapo rota, yacía desmadejada sobre la alfombra. Su cara mostraba restos de maquillaje: una línea negra simulaba un bigote y las cejas pintadas de negro le daban un aspecto grotesco.  Pero lo que más impresionó a Violeta fue el traje príncipe de Gales que recordaba llevaba su padre la última vez que lo vio.

—Ahora me contáis lo que está pasando aquí —fue todo lo que dijo Virtudes.

VI. El regreso del marido de Virtudes

Eran las cinco de la mañana. En el salón no se oían más que el tic tac del reloj de cuco que había asistido imperturbable al desvelamiento de un secreto. Virtudes estaba de pie en el centro de la estancia. Parecía un soldado derrotado en su última batalla. La cabeza le caía sobre el hombro derecho y el cabello alborotado le ocultaba el ojo izquierdo. Un hilo de saliva se le había anudado al alfiler prendido en su pecho. No miraba a ninguna de sus hijas, que, sentadas en torno a ella, la acababan de juzgar y condenar. La más cruel había sido Aida, que Isolda había hecho venir cuando su madre empezó a acusarlas de haberle amargado la vida. Pero había sido Lucía quien la había vencido.

— ¡Maldigo el día que os parí! —Había gritado Virtudes cuando se vio ante sus cinco hijas—. ¿Este es el fruto por el gran sacrificio que hice para que tuvieras lo mejor? Isolda, loca; Ofelia y Violeta callejeando por la noche sabe Dios haciendo qué; Aida acostándose con un viejo y Lucía buscando prostitutas vestida de hombre. ¿Por qué no me llevaría vuestro padre con él, Dios mío?

Tal vez si Virtudes no hubiese nombrado a su marido, las cinco hermanas hubieran bajado la cabeza y hubieran pedido perdón a su madre arrepentidas. Pero la mujer había roto el pacto de silencio que las mantenía unidas desde hacía veinticinco años atrás.

— ¿Papá llevarte con él? —Gritó Aida—. ¿Adónde quieres que te llevara? ¿Al infierno donde le mandaste tú?

— ¿Qué atrocidad estás diciendo, hija mía?

—Aida, cálmate —le pidió Isolda—. No digas esas cosas que disgustas a mamá.


La joven se plantó en jarras y con las piernas abiertas frente a todas.

—No, no me voy a callar. ¿O es que soy la única que se acuerda de esa noche? ¿La única que aún oye los pasos y los gritos de papá por el pasillo? ¿La única que se acuerda de la muerte de su marido? Una a una nos quedamos viudas como castigo por lo que ocurrió la noche aquella. ¿No es verdad, mamá? Y ni siquiera nos ha permitido llorar nuestra desgracia. ¿O no es verdad?

— ¡Cállate! —Suplicó Ofelia al borde del llanto—. Dijimos que no hablaríamos nunca de eso; lo prometimos.

— ¿Pero qué dices? —Gritó Virtudes—. ¿De qué noche hablas?

—La noche en que mataste a papá. La noche en que lo apuñalaste mientras dormía. Porque te guardaste la rabia y esperaste a que se durmiera. Sí, la noche en la que nos pediste a nosotras, unas niñas, que te ayudáramos a arrastrarlo hasta el limonero. La noche en la que le enterramos entre todas, al pie del limonero; que da frutos tan amargos como nosotras. Junto al pozo; que desde entonces está seco. Seco, sí. Seco como todas nosotras. Y luego dirás que hemos sido nosotras las que te hemos defraudado; que estamos desquiciadas. Pero, mamá, si lo raro hubiera sido no estar trastornadas.

—¿Pero qué dices, insensata? —repitió Virtudes—. Tu padre nos abandonó. O le pasó una desgracia y la policía no pudo encontrarlo. Tal vez yazca en alguna cuneta, lo asaltaran unos malhechores. Tal vez…

—¡Venga, mamá! ¡No nos vengas con historias! ¡Que todas estuvimos allí!

El gesto de agresiva impaciencia asustó a Ofelia, que se hizo un ovillo en el sillón más alejado.

—¡Eres tú la que inventas cosas! —gritó Virtudes que empezaba a perder el dominio de sus nervios—. ¡Es tu mente enferma la que inventa esa abominación! Yo quería a tu padre, que fue un buen hombre hasta que se fue.

—Yo también me acuerdo, mamá —exclamó sollozando Ofelia—. Papá hacía tiempo que no era bueno con nosotras. Nos pegaba y nos hacía cosas malas. Temblaba de miedo cuando lo oía acercarse a nuestro cuarto por el pasillo. Pero Mamá solo quería protegernos y tú lo sabes, Aida.

—¡No es cierto! —gritó Aida mientras se frotaba las manos—. Papá no tuvo ninguna culpa. Fue mamá. Ella es la culpable de todas nuestras desgracias.

Acusó con el dedo a su madre, que echó la cabeza hacia atrás como si temiese un ataque. Isolda abrazó a Virtudes y le susurró al oído:

—Yo no me acuerdo de nada, mamá.

Aida, furiosa, volvió a gritar.

—¡No, si tú nunca te acuerdas de nada! Sepultas en el olvido todo lo desagradable; lo que no te gusta. Haces como que no lo ves. Pero por la noche te conviertes en una sonámbula y cantas canciones de cuna sobre la tumba de papá.

—¡Callaos de una vez! —gritó Virtudes en un último intento de restablecer el precario equilibrio que había reinado en su casa durante tantos años—. Vayámonos a dormir y olvidemos esta noche demencial.


Ofelia hizo un ademán de obedecerla. Se puso en pie y se dirigió a la puerta.

—¡Noooo! ¡No te irás! ¡Ya basta de huir y hacer como si no ocurriera nada! —gritó de nuevo Aida y la sostuvo por un brazo—. Mamá nos ha acusado a nosotras de destrozarle la vida y fue ella la que nos convirtió en mujeres malditas. Somos como juguetes rotos. ¿De qué servía sonreír como tú nos pedías, mamá, si estábamos desgarradas de dolor?

Lucía y Violeta permanecían en silencio y abrazadas en un rincón del sofá. De pronto, se oyó un sollozo y la voz de Lucía, casi un susurro.

—Éramos solo unas niñas, mamá. Nos pediste mucho pero éramos solo unas niñas. Ofelia tenía doce años, Isolda, once Aida, nueve, Violeta siete y yo seis. Éramos solo unas niñas, mamá. Unas niñas pequeñas.

El corazón de Virtudes se resquebrajó y rompió a llorar.

—Lo hice por vosotras, hijas mías. Yo solo quería protegeros. Os quería tanto... Os quiero tanto… ¿Cómo iba a consentir que abusara de vosotras? Lo sorprendí una noche con Isolda y otra con Ofelia. ¿Cómo creéis que me sentí? Por mí habría soportado los insultos y hasta los golpes. Pero que os hiciera daño a vosotras… ¿A mis niñas…? No. Eso no. No me arrepiento de lo que hice. Lo volvería hacer para protegeros.

Ninguna volvió a hablar en toda la noche ni se atrevió a moverse. Sobrecogidas, contemplaban a su madre derrumbada. La vejez se había apoderado de ella de golpe despojándola de su porte altivo. Las sacó del estupor el ruido del camión de la basura que se detuvo bajo la ventana del salón.

Isolda pasó el brazo por los hombros de su madre y la acompañó a su habitación, de donde no salió hasta una semana después convertida en una anciana. Perdió el habla y, con ella, las ganas de comer. No era capaz de tragar la comida que, con suma delicadeza, le ofrecía Ofelia. Era ella la que se ocupaban de sacarla de paseo, la vestía y la peinaba como si fuese una niña; la que la colmaba de caricias. Pues como una niña se volvió Virtudes después de aquella noche.

VIII. Epílogo.

Poco a poco, las hijas de Virtudes fueron abandonando la casa. Únicamente Ofelia permaneció al cuidado de su madre.

Isolda, que, como quien se libera de pronto de un encantamiento, dejó de pasearse por las noches, fue la que marcó el camino. Una mañana apareció en la cocina cargada de equipaje y anunció que iba a hacer un largo viaje con su hijo. Llamó a un taxi y salió por la puerta de atrás sin volver la cabeza. Todas creyeron que solo estaría ausente unas semanas, pero pasaban los días sin que diera noticias de su regreso. Nadie en la casa sabía dónde estaba por más que Violeta y Lucía la asediasen a preguntas cuando las llamaba por teléfono. De vez en cuando llegaba una postal de algún país lejano con unas cuantas palabras cariñosas firmadas por ella pero, por una extraña casualidad, en ninguna de ellas se podía leer en el matasellos el lugar de procedencia. Ofelia, que guardaba en una caja de latón las postales, tenía la sospecha de que su hermana y su sobrino no andaban muy lejos de casa y, en más de una ocasión, creyó verlos entre los viandantes que transitaban por la calle Mayor.

Las otras hermanas tampoco se fueron lejos aunque ninguna volvió a la casa materna en mucho tiempo. Violeta, al verse libre de la vigilancia de su madre buscó un trabajo en una almoneda al otro lado de la ciudad. En un primer momento pensó en quedarse en la casa y ayudar a Ofelia en el cuidado de su madre y de los niños, pese a tener que levantarse muy de buena mañana y recorrer toda la ciudad para poder llegar a tiempo de abrir la tienda de antigüedades. Pero le seducía demasiado su libertad recién conquistada de manera que se trasladó con su hijo a un apartamento con vistas a los Jardines del Príncipe que alquiló no muy lejos de la almoneda.

Aida, como era de esperar, volvió con el señor Valle. Y Lucía, que fue la última que dejó la casa materna, desapareció con su hijo sin hacer ruido una mañana de domingo mientras Ofelia y su madre oían misa en los carmelitas. No dejó más que unas palabras garabateadas en una nota que su hermana encontró sobre la mesa de la cocina. Ofelia, creyendo que volvería a los pocos días, no le contó a nadie nada de la nota de despedida. La estuvo esperando dos semanas y, al ver que no volvía, se sintió traicionada. ¿Cómo la dejaba sola con su madre cortándole toda esperanza de recobrar la libertad perdida? Demasiado enfadada para ir en su búsqueda, llamó a Aida que, acompañada del señor Valle, recorrió las calles de la ciudad vieja hasta la casa donde acudía cada tarde Lucía. Aporrearon el portón y les abrió una mujer de edad muy avanzada que no parecía muy dispuesta a responder las preguntas de la joven. Medio refunfuñando, les dijo que hacía meses que no veía a Lucía ni tenía noticias de dónde estaba. Pero no la creyeron y se prometieron volver a menudo hasta dar con la joven. Mas de nada les sirvieron tales visitas, que cesaron por cansancio semanas después. Fue Ofelia la que no se rindió y se dejaba caer muchas veces por la casa y dejaba pequeñas notas con la esperanza de que su hermana las leyese algún día.

La última vez que se vio a las cinco hermanas juntas fue en el funeral de Virtudes, que falleció tres años después. Organizaron un funeral tan solemne que si su madre lo hubiera visto hubiera saltado de gozo. Contrataron a una soprano y un cuarteto de cuerda para que interpretasen algunas arias del Réquiem de Brahms. Trajeron de la capital a un predicador famoso por unos sermones que enardecían a los fieles, que  concelebró el funeral con el deán de la catedral. Y adornaron la iglesia con lirios blancos, la flor favorita de Virtudes. Todo el mundo en la ciudad quiso estar presente en la ceremonia: más por curiosidad que porque sintieran su pérdida. La iglesia de los jesuitas se quedó pequeña pese a que el sacristán dispuso dos filas de sillas en el atrio. Hasta el tiempo parecía querer ofrecerle su último homenaje. Había estado todo el día lloviendo pero, poco antes de que llegasen los primeros fieles a la iglesia, salió el sol. A las ocho en punto de la tarde hicieron su entrada las hijas de Virtudes: Isolda, Ofelia, Aida, Violeta y Lucía. En fila, todas vestidas de blanco, con la mirada en el sagrario e indiferentes a los murmullos que se oían a su paso, caminaron por el pasillo de la nave central hasta el banco que les habían reservado. Detrás, en fila también, sus respectivos hijos: Miguel, Raúl, Gustavo, Alfredo y Daniel. Vestidos todos de negro, la única nota de color la ponían sus cabellos: dorados con tintes rojizos, parecían los de su abuelo.





martes, 20 de junio de 2017

Levanta el manto de niebla












BLANCA 

  Se sentó en la silla que le trajo la enfermera, con las piernas y los tobillos muy juntos, la espalda erguida; en una postura que a ella misma le pareció demasiado envarada. Luego, puso el bolso sobre las rodillas y entrelazó los dedos alrededor del asa pero, al verse reflejada en el cristal de la ventana, cruzó las piernas y dejó el bolso rápidamente en el suelo: su imagen le había recordado a su madre, cuando, siendo niña, la llevaba de visita a casa de los abuelos paternos y quería demostrarles que tenía más clase que ellos. 


  —Háblele —le había dicho la enfermera antes de salir de la habitación y cerrar la puerta —. Cuéntele algo bonito, con cariño. Le hará bien oír su voz.

  Pero Blanca no sabía qué decir y permaneció en silencio.

 El hombre parecía dormido. Su respiración era irregular, como si lo atormentase una pesadilla. ¿Quién podía saber si su alma le suscitaba sueños evocadores de su vida anterior? 

 Blanca lo contemplaba con curiosa atención. No era lo que consideraba un hombre bien parecido: la nariz recta pero demasiado larga, la frente ancha sugería una incipiente calvicie oculta bajo los vendajes que le cubrían la cabeza; los labios muy finos parecían mostrar una media sonrisa sarcástica. Y, sin embargo, a Blanca le gustaba. Sin que interviniese su voluntad, siguió con el dedo índice la línea de su perfil. Por el rabillo del ojo creyó ver el aleteo de sus párpados y, asustada, escondió la mano bajo su pierna como una niña cogida en falta. Respiró hondo cuando se percató de que el hombre seguía durmiendo riéndose de su absurdo miedo. ¿Cómo iba a despertar? Echó un vistazo al reloj. Se le estaba haciendo tarde y aún tenía que ir a casa de su madre. No esperó mucho tiempo. Se levantó de la silla y se fue con la intención de no regresar más.











LUIS 

  Tu nombre es Luis y nos conocimos hace tres años, en el mes de agosto. 

  Nueve meses antes mi madre había sufrido un ictus y en ese tiempo se podían contar con los dedos de la mano las noches que había logrado dormir más de tres horas seguidas. Primero fue el miedo a que no lo superara, luego, contemplarla tan débil e indefensa en el hospital. Se me rompía el corazón verla convertida en una niña, necesitaba de ayuda para las tareas más sencillas. Ella, siempre tan orgullosa e independiente, estaba a merced de los demás exponiendo su intimidad sin que de nada le valiera su alto sentido del decoro y del pudor. Pero, si difícil fue mientras estuvo en el hospital, nos pareció imposible enfrentarnos a la vida juntas cuando la dieron de alta. Por un tiempo, me trasladé a su casa y me hice cargo de su cuidado. No fue nada agradable para ninguna. Las dos somos duras de carácter y poco dadas a mostrarnos indulgentes con las faltas de la otra. Así que nos zarandeábamos la una a la otra con palabras más y más despiadadas.

  No pienses que me sentía orgullosa con mi modo de proceder. Pasaba de la cólera a la culpa sin transición alguna. Me carcomía la conciencia reprochándome mi crueldad y rebuscando en la memoria todos los momentos en los que había sido injusta con mi madre. Me remontaba a mi primera infancia, después de que falleciera mi padre, del que no guardo recuerdo sino el de una tarde que montamos juntos en un caballito de mar de un tiovivo. Después, era tal el dolor que me causaba mi falta de compasión que acababa arrodillándome a sus pies suplicándole su perdón. Así terminamos las dos con los nervios en tensión y agotadas de cuerpo y espíritu.

  Mi querida madre, mucho más lista que yo al fin y al cabo, se dio cuenta de que, por aquel camino, solo nos esperaba la locura, si es que no estábamos ya algo trastornadas. Así que me envió a una casita que teníamos en la playa con la excusa de buscar un comprador. Ella, decía, ya no iba a poder disfrutar de los baños de mar y, en cuanto a mí, estaba claro que tampoco tenía intención de encerrarme en aquel cuchitril por muy bellas vistas al malecón que tuviera. De modo que imagínate. Sin dejar de lado su malhumor habitual, me ordenó que hiciera las maletas, que me fuera sin demora y no regresase en tanto no hubiera vendido la casa.

  Es curioso cómo, sin ella quererlo, mi madre me puso en camino de encontrarte.

  Recuerdo muy bien mi llegada al pueblecito costero donde teníamos la casa. Era a principios de agosto pero el otoño parecía haberse adelantado. Al bajar del tren, me dio la bienvenida una lluvia muy fina que teñía de gris el paisaje. Los jazmines agachaban la cabeza buscando resguardarse del agua que nos regalaba el cielo y, sin embargo, nunca desprendieron una fragancia más dulce, como si quisieran anunciarme tu presencia. Las calles estaban desiertas y el silencio de la siesta solo lo rompía de cuando en cuando el paso de algún coche despistado. 

  Mientras caminaba bajo los soportales para protegerme del aguacero que enseguida se desencadenó, me parecía ver a lo lejos a la niña que en otro tiempo fui jugando a la comba junto al quiosco de música donde el tío Manel solía tocar canciones de los Beatles con su trompeta. Mi ánimo se fue impregnando de tristeza. Me acordé de mi madre, sola en la ciudad, y por primera vez desde que sufrió el ictus, comprendí el esfuerzo que debía de estar haciendo para despedirse de la mujer que había sido hasta entonces; que la venta de la casa suponía para ella mucho más que desprenderse de un lugar donde pasar los días más calurosos del verano: era despojarse de un trozo más de sí misma.

  Los días que siguieron, no mejoró el tiempo ni tampoco se disipó la sensación de soledad y añoranza que me embargaba. Pasaba las horas muertas en casa esperando a los posibles vendedores que la agencia inmobiliaria se había comprometido en enviarme. Encontré un viejo álbum de fotos de la época en que aún vivía mi padre; cuando aún éramos una familia y creíamos que la felicidad era algo que nos correspondía por ser nosotros. Ahora que lo pienso aquellas fueron las últimas fotografías que me hice con mi madre. Después, estuvimos demasiado ocupadas para retratarnos juntas.




BLANCA 

  Era lunes y Blanca apenas podía concentrarse en el trabajo. Estuvo toda la mañana pendiente del reloj, tratando de olvidar al hombre que yacía en la cama del hospital. Su madre la llamó cinco veces pero no solo no atendió las llamadas sino que acabó apagando el móvil. Ya se le ocurriría alguna excusa cuando la viera. No se sentía con fuerzas para oír sus continuas quejas acerca de la mujer que la cuidaba. Como de costumbre, comió sola en el parque a dos manzanas del bufete de abogados en el que trabajaba. No fue capaz de masticar el primer bocado del sándwich vegetal por lo que bebió un sorbo de zumo de naranja que, ya tibio, le pareció amarga medicina. No comió más que un trozo o dos. Metió las sobras en una bolsa de plástico que tiró a la papelera con una mueca de repugnancia. Un perro vagabundo estuvo husmeando y sacó el paquete del cesto. La joven sintió asco. Hizo un amago de aproximarse para impedírselo pero lo pensó mejor y se dio media vuelta como si no tuviera nada que ver con ella. Después se dirigió a la entrada del parque y enfiló la calle que llevaba al hospital.

  Cuando llegó, eludió a la recepcionista, temiendo que, como cada tarde, la acosase para que rellenase la ficha del hombre. Se tapó la cara con un mechón de su cabello con la esperanza de pasar inadvertida y cruzó el vestíbulo hacia el pasillo que conducía a las habitaciones. Pero antes de llegar a su destino, la abordó la médico de planta.

  —Tengo buenas noticias para usted —le dijo—. Su novio ha despertado.

  Blanca se sobresaltó. 

  —¡Oh! No se entusiasme, que no lo va a encontrar dicharachero ni nada por el estilo. Está confuso y no recuerda casi nada. Pero que haya despertado ya es un gran avance.

  —¿Qué quiere decir con que no recuerda casi nada?

  —Verá. Como le digo, todavía está muy confuso. No se acuerda de lo que sucedió y tiene una idea vaga de quién es. Pero se ha puesto muy contento cuando le hemos dicho que venía usted. ¿Cómo no? —la médico, una mujer que rondaba los sesenta, sonrió—. Aunque le cueste recordarla, le vendrá bien recibir un poco del amor de su novia.

  Blanca estaba demasiado aturdida para responderla. 

 —¿No recuerda nada? —repitió entre perpleja y aturdida.

 La doctora puso cara de circunstancias y asintió.

 —Pero será algo pasajero, ¿no?

 —No se sabe. Su cerebro no está dañado por lo que la amnesia es debida al trauma psicológico que le produjo el atraco. Es lo que se llama una amnesia disociativa. No es muy frecuente. Puede desaparecer de manera espontánea o tras recibir psicoterapia. O no. No me atrevo a decirle más con seguridad. 

 —Entonces ¿no se va a curar pronto?

 —Ya le digo que no puedo decírselo. Puede que tarde semanas, meses, años...

 —¿O nunca?

 —No lo creo, pero podría ser.

 Blanca la miró fijamente y volvió a preguntar.

 —¿Podría ser entonces? Quiero decir que no recuerde nunca quién es.

 —No lo creo. Sería muy raro, ya le digo.

 —¿Pero podría ser? —insistió nerviosa.

 —Podría ser, claro, pero no puedo asegurarlo; ni precisar cuándo ni cómo recuperará la memoria, si es que lo hace. Es como si un manto de niebla cubriese su mente. Háblele, cuéntele cosas, sea usted quien lo ayude a levantar el manto de niebla.

 Como si quisiera dejar zanjada la cuestión, la médico echó a andar a paso rápido por el pasillo. Blanca la siguió hasta la habitación sin decir nada. El hombre se veía más pálido que cuando estaba inconsciente. A la joven ya no le pareció tan atractivo. 


 —Mire a quien le traigo —le anunció la médico con el tono festivo del que quiere dar una sorpresa a un niño.


  El hombre las miró entrecerrando los ojos sin que nada en su gesto delatara que la hubiera reconocido.

 —Los dejo solos, que tendrán mucho de qué hablar —sin abandonar el tono desenfadado, la médico le guiñó un ojo antes de salir —. No lo fatigue mucho, Blanca.









LUIS 

  A la caída de la tarde, las nubes se disipaban y dejaban a un sol en declive el privilegio de despedir el día. Aprovechaba la tregua que nos concedía la lluvia para dar una vuelta por el paseo marítimo como una turista más. Creía que, si me confundía entre la gente, se disolvería mi tristeza y me contagiaría de su regocijo. Pero cuanto mayor era la alegría que me rodeaba más grande era la desdicha que sentía.

  Una de estas tardes, abrumada por cientos de pensamientos morbosos, rompí a llorar en mitad de la gente que, por ser domingo, abarrotaba el paseo. Avergonzada, salí corriendo y me oculté tras la tapia del cementerio. Debajo de un roble había un banco que estaba aún muy mojado con la lluvia caída durante la mañana. Me derrumbé sobre él abrumada de autocompasión sin importarme estropear mi vestido. Escondí el rostro entre las manos y me dejé llevar por el llanto. No puedo decirte si lloraba por mí o por mi madre; por la niña que fui o por la mujer que era; por quien quise ser un día o por quien me había convertido. Ignoro también cuánto tiempo estuve en aquel banco lamentándome de la vida que me había tocado en suerte, de las ilusiones perdidas.

  Una mano se posó en mi hombro. Levanté la cabeza sobresaltada y me encontré con tu mirada tierna y compasiva. La vergüenza por ver expuesto mi dolor ante un extraño, cortó mi llanto aunque de cuando en cuando se me escapaba del pecho algún sollozo. Pensaste, me contaste más tarde, que lloraba por algún ser querido recientemente fallecido. ¿Qué tenía de extraño tal pensamiento si me habías encontrado tras la tapia del cementerio? Acababas de acompañar a un amigo en el entierro de su padre y traías la impresión del misterio de la muerte prendido en la punta de las pestañas. Te pusiste de cuclillas delante de mí y me tendiste un pañuelo de hilo blanco con una L y una C bordadas en color gris perla y entrelazadas. ¿Cuándo había sido la última que alguien me había ofrecido un pañuelo de tela para secar mis lágrimas? Ni lo supe entonces ni lo sé ahora, amor mío. Lo que sí sé es que me emocioné tanto que no me atreví a cogerlo, de manera que fuiste tú mismo el que enjugaste mis ojos mientras tratabas de tranquilizarme con palabras de consuelo. Me dejé envolver por el aroma que desprendía el pañuelo, un aroma a vainilla, tu aroma que luego conocería tan bien, y que me trajo la paz que necesitaba mi espíritu. 

  La noche empezaba a caer y una brisa fresca venida del mar me hizo estremecer. Desenlazaste las mangas del jersey que llevabas anudado al cuello y cubriste mis hombros desnudos. Ningún abrazo recibido antes me consoló tanto como la suave caricia del algodón sobre mi piel. Volví a estremecerme. Esta vez no de frío sino de placer.

  Me invitaste a buscar un lugar a resguardo de la noche donde poder entrar en calor. Te seguí confiada por unas calles que no conocía pero, yo, que de habitual soy asustadiza, no tuve miedo, como si no fueras un desconocido. Y eso que no sabía que me estabas reservado. Entramos en un bar de pescadores donde todos te llamaban por tu nombre. A punto estuve de retroceder y marcharme al percatarme de las miradas recelosas que suscitó mi llegada. El fuerte olor a pescado tampoco invitaba a quedarse. Pero recordé que iba contigo y deseché al momento todas mis suspicacias.

  El dueño del bar nos condujo hasta una mesa apartada de los demás parroquianos. Mientras saboreábamos un café amargo y espeso, me contaste que habías sido pintor pero que, hacía tiempo que habías perdido la inspiración. El otoño anterior habías expuesto una colección de quince pinturas de pequeño tamaño sobre La Odisea de Homero. Me contaste que habías invertido en ella siete años de tu vida. Siete años en los que no habías salido de tu estudio más que para ir a la biblioteca para documentarte. Eres muy perfeccionista y, por cada pincelada que te dejaban satisfecho, había dieciséis que te descorazonaban. Aun así, y a pesar de tu enorme autoexigencia, cuando al fin terminaste tu obra, creíste que habías creado algo grande. Todavía te costaron casi tres años persuadir a un galerista de que organizara una exposición. Ofrecías hacerte cargo de los gastos, a ceder buena parte de tus derechos pero no encontrabas a nadie dispuesto a creer en ti. A pesar de todo, nunca caías en el desaliento.

  Fueron las críticas despiadadas de un reputado experto en arte al que admirabas las que hicieron añicos tus ilusiones, me dijiste. Te tachó de banal, de poco original, de querer imitar a Delacroix cuando hacía dos siglos que había muerto su pintura. 

  No supiste asimilar las críticas y te derrumbaste. Un colapso nervioso te paralizó. Tantos años sin vivir más que para tu obra y en un momento el hombre que mejor podía apreciarla proclamaba en la revista de arte más influyente que no valía nada. El esfuerzo realizado en los siete años que dedicaste a culminar tu sueño te había dejado exhausto. No habías vivido para nada más y, cuando llegaste a la meta, con las fuerzas agotadas, la apartaban como si no fuese sino basura. Te sentiste con las manos vacías y no supiste cómo retomar tu vida. 

  Volviste a encerrarte en tu estudio con tus cuadros pero esta vez no para pintar. Te sentabas ante ellos y te parecía que cobraban vida. Mantenías conversaciones disparatadas con Ulises y Telémaco culpándolos de tu fracaso. De día en día ibas enloqueciendo. Y una noche, de la que no conservas recuerdo, te levantaste de la cama y destruiste con un cuchillo una a una las pinturas a las que habías sacrificado tu juventud.

  Al día siguiente, cuando viste lo que habías hecho, te asustaste. Dejaste la ciudad y te fuiste al pueblecito en el que te encontré con la esperanza de recomponer los pedazos de ti mismo.

  Puedes imaginar lo mucho que me impresionó tu historia y lo trivial que me parecieron mis miserias. Te miraba y no veía a un hombre fracasado, como te empeñabas en calificarte, sino a un genio incomprendido. Intuía tu grandeza tras aquel acto tan rotundo y definitivo: la destrucción de tu obra. ¿Qué importancia tenía que me sintiera frustrada por tener que atender a una madre de carácter insoportable que dependía de mí? ¿Qué importancia tenían mis desdichas si existían hombres como tú? ¿Si existías tú? 

  No creas que me enamoré de ti aquella noche. No. Pero faltó poco.

  Pasamos lo que quedaba de noche hablando junto al acantilado. Y, poco antes de romper el alba, me acompañaste a mi casa. No quisiste entrar, como un caballero de otros tiempos que guarda la virtud de su dama. Dejaste un leve beso en mis labios y yo te devolví el jersey que aún llevaba sobre mis hombros. Me sentía como si estuviera en un sueño y se me olvidó darte el pañuelo de hilo blanco con tus iniciales. Después dormí con él bajo mi almohada arrullada con el aroma a vainilla que desprendía, tu aroma.





BLANCA 

  El lunes no pudo ir a visitarlo. Por enésima vez, hubo de mediar entre su madre y Juanita, la mujer colombiana que la atendía desde hacía tres meses. Ya era la quinta que Blanca contrataba en cuatro años. 

  Nunca había sido fácil relacionarse con la anciana. A la joven la había atormentado desde muy niña con sus accesos de cólera cuando las cosas no salían como ella quería. Poco importaba que su hija no tuviera culpa; que sus acusaciones fueran injustas: cualquier nadería soliviantaba su ira. Se plantaba frente a ella apretando los dientes y los puños. Su rostro pasaba en unos minutos del rojo al morado y del morado al blanco antes de estallar en gritos e improperios que contradecían su afán por mostrar su exquisita educación a todo el mundo. Pero, en los últimos años, su temperamento se había agriado aún más. 

  Aquella tarde no fue muy distinta de otras en las que había tenido que aplacar a su madre y sobornar a Juanita con aumentos de sueldos y tardes libres. La anciana había acusado a la cuidadora de robarle un aderezo de pendientes, collar y sortija que, decía, le había regalado su marido en un aniversario de bodas. De poco le servía a Blanca recordarle que el conjunto de joyas había terminado en el Monte de Piedad hacía muchos años.

  —Harías cualquier cosa por molestar a tu madre —le había reprochado—. Hasta ponerte de parte de una ladrona e inventar mentiras.

  —¡No tengo por qué aguantar los insultos de su madre, señorita Blanca! —gritó Juanita—. Me quedo un mes mientras encuentra a una boba que no le importe que la traten como a un felpudo. Pero yo me voy. Ni siquiera por usted me quedo un día más en esta casa.

  Blanca trató en vano poner un poco de paz entre las mujeres. Juanita elevaba más y más la voz en tanto su madre gimoteaba como una niña. De vez en cuando volvía la cabeza y sacaba una larga lista de antiguos agravios contra su hija.

  —Toda la culpa es tuya —gritaba la anciana también—. Si tuvieras un poco de corazón, hace mucho tiempo que me habrías llevado contigo, a vivir a tu casa; no me habrías dejado aquí sola, con extrañas desalmadas. Si al menos te hubieras casado… Pero ni siquiera para eso vales.

  Blanca abrió la boca para replicar pero lo pensó mejor. Si se defendía, lo único que iba a conseguir era enfurecerla más

  Ya casi anochecido, Blanca logró que hicieran las paces. Acabaron llorando las tres y pidiéndose perdón entre besos y abrazos.









LUIS 

  Habíamos quedado en vernos al día siguiente pero no pudo ser. La inmobiliaria, empeñada en fastidiar mis planes, me mandó a tres posibles compradores que me mantuvieron ocupada hasta bien entrada la tarde. Te diré que estuve todo el día nerviosa temiendo que, después de mi plantón, no quisieras a volverme a ver. Pero, por la noche, me llamaste a mi móvil y estuvimos hablando hasta la madrugada.

  Las dos semanas siguientes no nos separamos apenas unos instantes. Alquilamos un Escarabajo descapotable color amarillo con el que recorríamos la comarca. Contigo descubrí lugares que no sabía que existieran pese a conocer la región desde niña. Una pequeña iglesia del siglo XI que hacía mucho que nadie visitaba por estar a medio derruir pero que aún conservaba unos frescos maravillosos representando la Asunción de María a los cielos; un caserío en la falda de la montaña con apenas cuatro casas en pie; una alquería a la que fuimos a parar después de quedarnos sin gasolina y cuyo dueño nos obsequió con el más exquisito vaso de leche, delicia de manjar…

  Cada momento a tu lado, era distinto. Me hacías creer que era diferente a las demás mujeres pero no en el sentido en el que me había visto a mí misma siempre, alguien anodino que no merecía ser querida por un hombre tan brillante como tú. ¿Qué viste en mí? ¿Me lo puedes decir? 





BLANCA

   Hacía una semana desde que el hombre había despertado de su sueño cuando una tarde le preguntó:

  —¿Te trataba mal?

  Blanca no comprendió.

  —Te sientas ahí todas las tardes, nunca faltas. Pero, luego, no dices nada. Te quedas callada, como si fuéramos extraños, como si tú tampoco supieras quién soy. ¿Qué clase de novios éramos? ¿Cómo era yo contigo? ¿Cómo era?

  Blanca permaneció un momento pensativa dudando; luego le sonrió.

  —¿Qué quieres saber? —le preguntó—. ¿Qué quieres que te cuente?

  —Todo. Cuéntame quién era para ti.

  Blanca acercó la silla a la cama y, tras unos segundos de silencio, empezó a hablar entre susurros.

  —A ver. Tu nombre es Luis y nos conocimos hace tres años, en el mes de agosto...





LUIS 

  A finales de agosto, hice mi equipaje para regresar a casa. Llevaba mucho tiempo fuera y mi madre no hacía más que reprocharme su soledad. La mujer que entonces la atendía, como todas las que vinieron después, no sabía hacer las cosas como ella quería o, decía, querían aprovecharse de su desvalimiento. Me llamaba a su lado recriminándome su abandono sin recordar que había sido ella la que me había alejado de su lado.

  La noche anterior a mi partida me invitaste a cenar a un pequeño restaurante a cincuenta quilómetros del pueblo. Hicimos el viaje acompañados de un denso silencio que se interpuso entre nosotros para impedirnos disfrutar de los últimos momentos que nos quedaban para estar juntos. Tampoco nos fue mejor durante la cena. Un tercer comensal se sentó a nuestra mesa amargándonos la velada: la tristeza. La tristeza, que creía haber dado esquinazo, consiguió que me supiera a arena la exquisita lubina a la sal que elegiste para mí y a tiza el helado de albaricoque con caramelo y virutas de chocolate que pedí de postre. En vano te esforzabas por hacerme reír contándome historias que inventabas para mí. 

  Viendo que no se disipaba mi aflicción, me llevaste de vuelta a mi casa. Pero antes de llegar al pueblo, detuviste el coche y te bajaste para hablar por teléfono. Luego, cuando arrancaste de nuevo, giraste por una carretera local y condujiste con esa seguridad que tanto me gusta. Te pregunté adónde íbamos y no quisiste contestarme. Tu única respuesta fue un beso en el aire, que hiciste volar mientras me guiñabas un ojo. Mi sorpresa fue inmensa cuando llegamos a nuestro destino: la alquería donde un día nos ofrecieron el vaso de leche más exquisito que he degustado jamás.

  No me preguntes cómo convenciste al granjero para que te alquilase una habitación. Su mujer nos guio por un largo pasillo franqueado por paredes cubiertas de platos de cerámica de Sargadelos hasta un dormitorio que olía a madera recién encerada. Una enorme cama cubierta con una colcha adamascada en añil impedía apreciar la belleza de la cómoda de caoba, el único mueble que cabía junto al gran lecho. La habitación parecía tener dos siglos, tan anticuada se veía, y desde hacía dos siglos parecía que nadie había entrado en ella pese al cuidado con que se conservaba. Estaba tan absorta contemplando los bordados geométricos de la tela que me asusté cuando me besaste la nuca y me bajaste los tirantes del vestido. Tu segundo beso me hizo olvidar la belleza de la habitación y el tercero, quién era yo.

  Era casi mediodía cuando desperté en tus brazos. La luz anaranjada del sol se filtraba entre las cortinas de encaje. No sé cuánto tiempo estuve contemplándote dormir, conteniendo el deseo de seguir con mi dedo la línea de tu perfil. Enseguida despertaste y volvimos a amarnos hasta que te apremié que me llevaras a casa. Me diste el último beso y prometiste reunirte conmigo en la ciudad unos días más tarde.









BLANCA 

  Cada tarde le contaba un trocito de la historia de amor entre Luis y Blanca. Se dejaba llevar por la emoción al ver cómo se encendían las pupilas del hombre que la escuchaba y adornaba las frases para hacer crecer su interés. Pronto descubrió que, cuando se retrasaba en sus visitas, lo encontraba irritable. Se encolerizaba porque le molestaban las heridas del cuello, se quejaba de la comida, del trato que le dispensaban las enfermeras o la apremiaba para que lo ayudase a incorporarse en la cama. Pero bastaba con que Blanca empezase a contar su historia, para que cambiase su semblante. Una sonrisa asomaba a sus labios, alargaba el brazo, le tomaba la mano y se la llevaba al pecho, junto al corazón.

  Algunas veces, la interrumpía para contarle los planes que había trazado durante las largas horas de la mañana.

  —Cuando me dejen salir de este antro —empezaba siempre—, quiero que me lleves directo a mi estudio y descubramos juntos lo que escondía en él.

  Al principio, Blanca participaba en los planes con el mismo del hombre. Se quitaban la palabra en cientos de proyectos.

  —Tenemos que volver al pueblo y me tienes que enseñar la tapia del cementerio, el bar de pescadores...

  —Estoy deseando enseñarte la alquería. 

  —Antes de Navidad, nos casamos.


  Pero, a medida que pasaban los días y se veía acercar el momento del alta, decaía el ánimo de Blanca.

 Un día faltó al trabajo y pasó toda la mañana recorriendo tiendas de muebles. No se dio un minuto de descanso hasta que no encontró una cama de matrimonio que pagó a precio de oro para que la llevasen al apartamento en el que vivía.

 Otro día lo dedicó a comprar ropa y artículos de perfumería. Volvió loco a un dependiente empeñada en comprar una colonia masculina con olor a vainilla. 

 Y otra mañana, la pasó entrando y saliendo de edificios donde alquilaban buhardillas y estudios.

 Tanta actividad la dejaba exhausta. Aún así, conseguía recomponer su ánimo cuando cruzaba el umbral del hospital y hacía brotar una sonrisa cuando se encontraba ante el hombre.









BLANCA Y LUIS

  El domingo, al llegar al hospital, lo encontró sentado en un sillón en el balcón de la habitación.

  —¡Vaya! —exclamó Blanca—. Veo que por fin te has levantado. Estarás contento.

  Pero el hombre no contestó. 

  —¿No estás contento? ¿Qué te ocurre, Luis?

  —Pedro.

  Blanca se sentó en el suelo y apoyó la cabeza en sus rodillas.

 —Pedro —repitió el hombre.

 —¿Pedro?, ¿quién es Pedro?

 —Yo soy Pedro, a-mor-mí-o —le dijo recalcando las sílabas con sarcasmo —. Pero ¿cómo se te ocurrió que no acabaría enterándome?

 El hombre subió tanto la voz que Blanca temió que entrara alguien en el dormitorio y la expulsara de la habitación. La joven balbució unas palabras ininteligibles buscando una explicación que ni ella misma conocía. Le contó que, al principio, había dicho que era su novia para que le permitieran ir con él en la ambulancia; que luego en el hospital no lo había desmentido para poder visitarlo. Finalmente se había enredado en una historia que no sabía cómo ponerle fin. Un día había ido a la policía para saber si alguien había denunciado la desaparición de un hombre con sus características físicas y le dijeron que no. Tampoco la radio ni la televisión ni los periódicos traían ninguna noticia sobre él ni nadie parecía echarlo de menos. Nadie lo visitaba ni preguntaba por él. ¿Por qué no podíamos iniciar una vida juntos?

 —Has estado jugando conmigo con esa historia tan absurda... ¿Es que no pensaste que podía recuperar la memoria y descubrir que todo lo que me habías contado era mentira? Hoy a la hora de comer he puesto las noticias de la televisión y allí estaba mi mujer, la verdadera, buscándome. En cuanto la he visto, lo he recordado todo. Nunca he sido pintor ni nada parecido. Ni me he sentido frustrado por ningún fracaso. Soy un hombre feliz, con mi familia; con mis dos hijos, que ya son adolescentes. Un hombre que viaja mucho por trabajo, ¿sabes? Represento a una compañía farmacéutico. Vivo en Barcelona y estoy aquí por trabajo. Ya ves que lo único cierto que me has contado es que me encontraste inconsciente después de que me atracaran. ¿O eso también es mentira?

 Blanca no dijo nada. No se defendió ni trató de justificarse. ¿Qué podía decir en su defensa? Su imaginación se llenó con la cara de su madre, enfadada por no saber complacerla, su vida anodina, sin sentido, sus días vacíos, su soledad. Pero, ¿cómo hacérselo entender? ¿Cómo decirle que nunca creyó llegar tan lejos? ¿Cómo decirle...?

 —Te agradecería que te fueras. Está a punto de llegar mi mujer.
























martes, 6 de junio de 2017

Hay manos que acarician





  Hay manos que acarician, hay manos que envuelven. Hay manos suaves. Hay manos que consuelan. Hay manos cuyo leve roce basta para ahuyentar la desdicha. Hay manos que se llevan el dolor del abandono. Hay manos que acaban con el desaliento. Hay manos que devuelven la esperanza. Hay manos que sanan, manos que apagan la fiebre. Hay manos que se confunden con los lirios; manos de dedos alargados que se pasean por las teclas de un piano y nos regalan con un Nocturno de Chopin. Hay manos que hablan, manos que escuchan. Hay manos que gritan, manos que interrogan, que ríen, que gimen, que lloran; manos que encierran una frase entre signos de admiración; manos que llenan silencios, manos que acallan la voz. Hay manos sensuales que seducen con su danza y manos que cierran el paso al amor. Hay manos que acercan y manos que alejan. Hay manos ásperas acostumbradas a trabajar la tierra, que arrancan las malas hierbas, que hacen crecer la vida. 

  Hay manos y manos. Hay manos y tus manos. Tus manos: manos que me enamoran, manos que me matan.

  Manos blancas son tus manos. Manos que despiertan mis sentidos. Manos que saben a canela. Manos que traen la fragancia del tomillo y, con ella, cientos de promesas. Manos que me riegan de ternura y hacen nacer una rosa carmesí.

  Manos blancas son tus manos. Manos que me mienten. Manos que me golpean. Manos que me hieren. Manos que me golpean. Manos que me duelen. Manos que me golpean. Manos que me piden perdón. Manos que me golpean. Manos que alientan mi miedo. Manos que me golpean.

  Manos blancas no son tus manos. Manos manchadas de sangre. Manos manchadas con mi sangre. Manos que matan nuestro amor. Manos que hacen crecer mi odio. 

  Hay manos y manos. Hay manos y tus manos. Tus manos: manos que me enamoran, manos que me matan.




*Ejercicio elaborado en el grupo “Nosotras que escribimos”.


Imagen: Support. Lorenzo Quinn

lunes, 29 de mayo de 2017

Solo quiero que me dejen tranquila







   He venido a este rincón del jardín y estoy de cara al muro de cemento que me separa del huerto huyendo de papá, de mamá, de Jaime. No sé por qué no me dejan tranquila. ¿Acaso les molesto yo a ellos? Me atosigan con besos y abrazos. Se acercan tanto a mí que sus caras parecen globos gigantes. Respiro muy de prisa. Sudo. Me asusto. Me ahogo. Grito. Me acurruco en una esquina y me balanceo hasta que se me pasa el miedo.


   Ellos no entienden nada. No entienden que me guste jugar sola. Guardarme en los bolsillos piedrecitas del camino; ponerlas una al lado de otra en la alfombra del salón y formar una estrella. Pero ellos no entienden nada. No entienden que, cuando mi hermano Jaime desbarata de una patada mi dibujo, todo se vuelve negro. Respiro muy de prisa. Sudo. Me asusto. Me ahogo. Grito. Me acurruco en una esquina y me balanceo hasta que se me pasa el miedo.

   Mis padres se empeñan en llevarme a sitios extraños. Señores y señoras con batas blancas me miran por arriba, por abajo. Me dicen: “Haz esto, haz lo otro, date la vuelta, levántate, siéntate, vuelve a levantarte”. Me hacen mil preguntas. Me quedo muda. No los entiendo. Escriben sin parar, fruncen el ceño, discuten en voz alta. Vuela en el aire una palabra extraña: “Asperger, Asperger”. Papá se enfada. Mamá llora. Respiro muy de prisa. Sudo. Me asusto. Me ahogo. Grito. Me acurruco en una esquina y me balanceo hasta que se me pasa el miedo. 

  He venido a este rincón del jardín y estoy de cara al muro de cemento que me separa del huerto huyendo de papá, de mamá, de Jaime. Ya no estoy asustada. Estoy sola, tranquila, feliz. Un petirrojo llega volando. Se posa en mis trenzas y me susurra al oído palabras que solo yo puedo oír.








*Ejercicio elaborado en el grupo “Nosotras que escribimos”.

Imagen: Robin de Truls Espedal.

viernes, 19 de mayo de 2017

El aroma de la tierra después de la luvia. Fin









  Dejamos la ciudad una gélida noche de enero, la noche anterior a mi boda. Escapamos como malhechores que huyen de su destino. Yo no llevaba más que un par de vestidos y la firme promesa de que me haría su esposa. Nos esperaba un coche a las afueras conducido por un labriego que apenas conocía. He de decir que, cuando me vi entre aquel hombre de fieros bigotes y Ricardo, que con el ceño fruncido me parecía un extraño, estuve a punto de volverme al calor de la casa de mis tíos. Mas superé el miedo cuando mi galán me dedicó una de sus luminosas sonrisas.

  La capital supuso para mí una decepción. Creía que iba a encontrar un lugar luminoso, lleno de gente culta y distinguida pero lo que pude ver no se parecía nada al cuadro de vistosos colores que había pintado para mí Ricardo. Entonces no sabía que pasaría mucho tiempo antes de salir de aquel barrio sucio y maloliente en el que sobrevivían las familias de los obreros de una fábrica de tejidos de algodón. ¿Dónde estaban las amplias avenidas por las que transitaban coches elegantes? Ricardo solo me mostraba estrechas callejuelas pavimentadas de lodo, cáscaras de fruta y excrementos. 

  Llegamos a un caserón que no tenía más que una ventana que daba a una calle más ancha que las que habíamos dejado atrás aunque no más limpia. En ella vivía una viuda respetable, me dijo Ricardo, que me daría alojamiento hasta que nos casáramos. No pude evitar estremecerme cuando nos abrió la puerta una mujer entrada en años, con el negro cabello desgreñado y unas zapatillas desparejadas que asomaban por debajo de una falda negra demasiado corta. Como una ráfaga de aire, me vino el recuerdo de mi tía, siempre tan pulcra, tan atildada, y el deseo de volver a su lado fue tan intenso, que por unos instantes mi corazón parecía que se iba a detener. Saltaba a la legua que conocía a Ricardo. En su trato con él se mezclaban la familiaridad con la adulación. No me gustó. Su llaneza me ofendía y el tono empalagoso con el que se valía al hablar me causaba repulsión. El solo pensamiento de quedarme en aquella casa con tal mujer me llenaba de pavor. Me aferré al brazo de Ricardo y le supliqué al oído que nos marchásemos de allí; mas no pareció oírme atareado en reírse de un comentario subido de tono de la señora Medina, que tal era el nombre de la viuda.

  La mujer nos condujo a la que dijo era la mejor habitación de la casa, que a mí me pareció la celda de Segismundo. No tenía ventana y olía a orines como si nunca se hubiera ventilado. Una cama enorme con una colcha de ganchillo color verde, una silla a la que le faltaba una pata de atrás arrimada a la pared y un arcón era todo el mobiliario de aquel cuartucho, la mejor habitación de la casa. Se me escapó un sollozo pero, cuando me volví buscando su comprensión, Ricardo se había marchado dejándome sola en aquel agujero.

  Los meses que siguieron fueron un tormento. Las noches se me hacían eternas intentando conciliar el sueño y los días se me hacían interminables sin nada que hacer que esperar a mi amado que cada tarde me hacía una breve visita. Decía que no podía ocuparse más de mí porque estaba buscando un trabajo. Yo, creyéndolo doctor en leyes, confiaba en que su búsqueda diera frutos pronto. Pero no fue así. Los días pasaban y, cuando le preguntaba si había encontrado un bufete que reconociera su valía me respondía con evasivas o simulaba no haberme oído.

  Con el transcurso de las semanas, su trato conmigo se fue volviendo más hosco. Prefería a mi compañía las bromas procaces de la señora Medina o la cháchara grosera de la criada. Me causaba no poco desconcierto verlo reír hasta las lágrimas con frases a medio terminar que yo no comprendía del todo mientras que a mí me miraba con el ceño fruncido, como si le fastidiase tener que hacerse cargo de mi cuidado. Llegué a cogerle miedo pues podía despertar su cólera si me atrevía a interpelarlo sobre nuestro porvenir.

  Me invadió un sentimiento de abandono. Añoraba los mimos de mis tíos y de mis primos, las caricias de la anciana Naná, que, casi ciega, suplía la falta de vista con la sensible visión de las yemas de los dedos. La ociosidad no me ayudaba a superar la enfermiza melancolía en la que me iba sumiendo. Me ahogaba en aquella casa. No sabía cómo hablar con la señora Medina y la criada, no mucho mayor que yo, me daba miedo con sus descaradas maneras. 

  Martirizada por aquel ambiente tan opresivo, me ofrecía a hacerle a la señora Medina toda clase de recados que me mantuvieran alejada de la casa y, pese a no haber pisado nunca antes una frutería ni una lechería, me convertí en entendida en estos menesteres. En más de una ocasión mi patrona me encomendaba la compra de láudano, con el que aliviaba las fuertes jaquecas que la torturaban por las mañanas. De ese modo conocí a don Teófilo, el boticario. 

  Era éste un hombre que me traía el recuerdo de mi tío. Siempre me acogía con una sonrisa que parecía augurar un venturoso porvenir. Mezclaba su habla entre andaluza y extremeña con graciosas palabras que inventaba. Me gustaba ir a su botica y entretenerme con su discreta conversación. Siempre tenía una palabra amable para sus clientes y era cariñoso conmigo cual si sospechase que me faltaba el calor de mis seres más queridos. Es cierto que mi pudor me impedía abrirle mi corazón pero, con la clarividente intuición de quien está acostumbrado a tratar con gente de muy diversa condición, adivinó mis penas, con sus delicadezas, supo darles alivio y confortarme con su consuelo. No era raro, pues, que me escapase de la casa de la señora Medina solo para oírle hablar de sus pequeños nietos o del poder de los remedios que preparaba en la trastienda. Esos momentos en su compañía hacían mucho bien a mi corazón que, con tanta pena, comenzaba a fallar de nuevo.

  Fue don Teófilo quien me dijo que uno de sus clientes andaba buscando un abogado para su bufete. No es difícil imaginar el contento que me produjo esta noticia. Aquel día miré el cansado reloj de la señora Medina lo menos diez millones de veces esperando impaciente llegase la hora en que me visitaba Ricardo. Me volví sorda a las irónicas lindezas con las que me solía regalar la criada y los gruñidos de la señora Medina pasaron inadvertidos ante mí. Era tal mi alegría que me sorprendí mil veces a mí misma canturreando tonadas de mi niñez. En un momento de debilidad, les conté la buena nueva pero mis palabras no fueron recibidas sino con fuertes risotadas. 

  A pesar de la inoportuna hilaridad de la patrona y la criada, nada me hizo sospechar lo que me esperaba aquella noche. Cuando le conté a Ricardo que había encontrado un trabajo para él que nos abriría las puertas de un futuro juntos, no batió palmas de alegría, como esperaba que hiciese. Salió dando un portazo de la salita donde cada tarde le recibía y me dejó asustada en medio de una frase sin saber lo que había sucedido.

  Durante tres semanas esperé su regreso entre el deseo de volverme con mis tíos y el anhelo de verlo de nuevo. La señora Medina me miraba de soslayo sin decirme palabra alguna hasta que un día, ignoro si compadecida de mi desdicha o cansada de verme vagar por la casa como alma en pena, me lo contó todo. 

  Ricardo era el hijo de un pariente lejano de su difunto marido. Su padre había sido funcionario del ministerio ultramar en el primer gobierno de Cánovas del Castillo, donde había medrado siguiendo la estela de un conocido del ministro. Desde su elevada posición, había ayudado a mucha gente, entre quienes se encontraba el marido de la señora Medina. Le consiguió un puesto en un economato que le permitió vivir con holgura hasta su muerte. El hombre siempre estuvo agradecido a su pariente y, cuando se descubrió que Ricardo había abandonado sus estudios de Leyes, prometió mediar entre padre e hijo para evitar una ruptura. 

  Ricardo encontró en casa del señor Medina un lugar donde refugiarse de la cólera de su padre. El buen hombre había salido más de una vez en su rescate pagando, antes de que tuviera conocimiento el progenitor del joven, las deudas que contraía en negocios estrambóticos o en su trato con mujeres de malvivir. El difunto señor Medina nunca pensó que, con su proceder, había pagado con creces la deuda que pudiera tener con su pariente. Con una bonhomía que exasperaba a su mujer, perdonaba al díscolo muchacho su incapacidad para entrar en el mundo de los adultos. Le disculpaba cada vez que dejaba un empleo y creía a pies juntillas las promesas de regeneración siempre incumplidas.

  Poco antes de morir, el señor Medina hizo jurar a su esposa que nunca abandonaría a su joven pariente y solo en atención a tal juramento había accedido a acogerme en su casa.

  No quise creerla. Hacerlo sería admitir que Ricardo me había engañado, que todo él era un engaño. A la señora Medina le causaba risa mi pretensión de convertirme en la esposa de su pariente y se burlaba de mi ingenuidad por dar crédito a las historias con las que me encandilaba. Ricardo, decía, nunca había salido del país y sus fabulosos viajes no habían tenido lugar sino en su fantasía.

  Las revelaciones de la señora Medina fueron el origen de miles de cavilaciones hasta que pude ver a Ricardo una semana después. 

  Llegó con la sonrisa puesta en los labios y me colmó de tanto mimo que casi me hizo olvidar mis pesares. Era tanta mi alegría por tenerlo conmigo que no me atreví a contarle nada, no fuera a romperse el hechizo y volviera a abandonarme. Dejé pasar los días mientras vivía la dulzura del reencuentro.

  Pero mi Ricardo era de temperamento veleidoso y pronto se cansó de hacer de enamorado. Volvió su ceño fruncido, sus malhumores, y, por probar un plato nuevo, dirigió su atención hacia Petra, la criada.

  Mas esta vez abandoné mi talante sumiso.

  Lo llamé a mi habitación y le espeté no pocas lindezas. Hubo de oír de mis labios la historia que me había contado la señora Medina y hacer frente a una furia que ni yo misma sabía que guardaba dentro de mí. Fue tal su asombro que no negó nada, pero me apaciguó con caricias y besos más y más ardientes y por vez primera recibí el nuevo día en sus brazos.

  Los días que siguieron renovó sus promesas de hacerme su esposa. Se reconciliaría con su padre, dijo, y se sometería a sus deseos de hacer de él un hombre de bien. Yo le creí. ¿Cómo no iba a regenerarse por mí después de haber sacrificado mi virtud por él? Pero la gente no cambia solo porque deba hacerlo.

  Hacía tres meses que compartía las noches con él cuando sus visitas volvieron a escasear. Pero esta vez no me importó tanto. Mis primas Trinidad y Macarena habían dado conmigo y, sin hacer caso de la prohibición impuesta por el resto de la familia, me enviaron una larga carta que borró toda tentación de tristeza. La epístola me trajo el aroma de la tierra mojada que se colaba por las ventanas de la casa de mis tíos, el calor de un cariño desinteresado y la calma de un hogar donde no me tenía que preocupar más que por el color del vestido que me ponía para pasear.

  Las contesté tras releer tres veces sus cariñosas palabras. Durante días repetí en voz baja fragmentos enteros de la carta hasta que una nueva la arrumbó al fondo del arcón. 

  Ricardo no pareció importarle ni mucho ni poco que reanudase mi trato con Macarena y Trinidad. En sus vaivenes, a los que ya me estaba acostumbrando, le tocaba el turno a la indiferencia hacia mí y apenas me escuchaba cuando le hablaba. Ni siquiera prestaba atención a las bromas procaces de la señora Medina ni a las miradas seductoras de la descarada Petra.

  La dicha que me causaba la correspondencia con mis primas se vio empañada por unos mareos que empezaron a rondarme al levantarme cada mañana. Me daba vueltas la habitación, mi estómago, que siempre había sido dócil, se unía a la danza y la sola visión del desayuno me provocaba arcadas. Creí que era cosa de tanta emoción vivida en los últimos tiempos pero el paso de los días no me traía alivio alguno. El pudor me hacía esconderme de mi patrona y la criada pero, si las negras ojeras no me delataban, fue la perspicacia de la señora Medina la que adivinó mis cuitas.

  Una mañana, entró en mi dormitorio antes de que me hubiese levantado. Me traía, dijo, una taza de caldo que calmaría la rebeldía de mi estómago. Con una ternura que no la había creído capaz, retiró un mechón de mi cabello de la frente y depositó en ella un beso tan suave que apenas sentí. Luego me pidió que permaneciese en la cama un rato más. Aquella dulzura me causó más espanto que las bromas procaces, las risotadas o las brusquedades con las que solía obsequiarme. 

  Cuando me levanté, me estaba esperando en la cocina. Había mandado a Petra al mercado y estábamos solas. Me hizo sentar en la mesa frente a ella y me dio un puñado de judías verdes para que la ayudase a limpiarlas. Durante un rato, permanecimos en silencio, abstraídas en la tarea. Luego, como si continuara una conversación nunca iniciada, la señora Medina se puso a hablar de cosas sin importancia, el precio de la fruta, el frío de las calles... Cosas así. Yo la escuchaba no sin poca inquietud ignorando adónde quería llegar; pero poco a poco, me dejé conquistar por la suave calma que desprendía. De repente, levantó la voz y me hizo una pregunta que al principio no comprendí. Sus palabras descarnadas me causaron tanta turbación que se me cayó el balde de las judías. ¿Cómo sabía que no sufría las molestias propias de una mujer? No me dio tiempo a contestar. Detrás de esta pregunta vino otra y otra y otra. Más y más aturdida, me eché a llorar. La señora Medina me abrazó y prometió ayudarme.

  Aquella tarde, cuando vino Ricardo, no me encontró a mí en la salita donde solíamos vernos sino a la señora Medina, que lo esperaba erguida con gesto adusto junto a la ventana. Mi patrona no me contó gran cosa de la charla que mantuvieron. Supongo que, como solía hacer cuando estaba enfadada, el chorreo de sus palabras no dejó mucho hueco para las de Ricardo. Yo no le llegué a ver más que un instante en el momento en que cruzaba la puerta del vestíbulo para marcharse. No podía imaginar entonces que aquella iba a ser la última vez que lo tendría ante mis ojos.

  En tres semanas, no tuve noticias de Ricardo. Ni una breve visita ni unas letras para decirme que pensaba en mí. Transcurrido ese tiempo, me llegó una carta larga y ceremoniosa que no sirvió sino para llenarme de desamparo y desolación. En ella me decía que hacía unas semanas que se había reconciliado con su familia. La concesión del perdón de su padre, escribía, había llegado después de que su madre derramase amargas lágrimas. Su padre, hombre implacable, no se plegaba fácilmente a los deseos de los demás; nunca daba nada sin pedir algo en contrapartida. Había tenido que hacer un montón de promesas y sacrificios a expensas de un inmenso dolor. Tanta palabrería no era más que el preludio del anuncio de su matrimonio con otra mujer. Me abandonaba a mi suerte sin ninguna consideración. Ni una palabra del niño que estaba en camino. Ni una palabra de disculpa. Un montón de lamentos y lloros por la pérdida de libertad y nada más.

  Hube de leer la carta varias veces antes de comprenderla. Mi estupor era tal que ni lloraba ni reía. Salí al encuentro de la señora Medina y le tendí la carta entre balbuceos. La patrona no permaneció callada como yo. Sus imprecaciones debieron de oírse en los confines del país. Cuando se calmó, me cogió del brazo y me hizo sentarme junto a ella. Para entonces yo ya había tomado conciencia de lo delicada de mi situación. Había arrastrado por los suelos mi virtud y me encontraba lejos de mi familia. ¿Cómo iba a cuidar a mi hijo si no sabía cuidar de mí? Mi primer impulso fue escribir a mi tía y confiar en su bondadoso corazón, pero la señora Medina me persuadió con grandes aspavientos. Había que ir poco a poco, dijo, urdir un plan que mantuviese limpio mi nombre.

  Sentada en su escritorio y sin hacer caso de mis protestas, me dictó una carta dirigida a mis primas en la que les comunicaba mi boda con Ricardo. Con gran entusiasmo, narraba mi entrada en la iglesia de San Esteban del brazo del padre de Ricardo, la elegancia de los trajes de los invitados, los brindis después de un suculento banquete. Me revolvía al pensar en las mentiras que ensartaba en el papel pero seguía adelante confiando en el buen sentido de la señora Medina. Cuando terminé de escribirla, guardé la carta en mi dormitorio y durante una semana me debatí entre el deseo de romperla y el impulso de enviarla hasta que, en un rapto de inconsciencia, la llevé a la oficina de Correos.

  Tras aquella primera carta, vino la segunda, luego la tercera y luego la cuarta. En ellas contaba las lindezas sobre mi matrimonio que me dictaba la señora Medina. En más de una ocasión tuve que enfriar su entusiasmo y suavizar su fabulosa narración con tintes de realidad. Así les anuncié la alegría por la espera de un hijo. En mis cartas, me cuidaba mucho de dejar traslucir el anhelo de verlas no fueran a presentarse en casa de la señora Medina y descubrieran el engaño.

  Dos días antes de Navidad, nació mi hija y el día de Reyes la bauticé con el nombre de Aurora, como mi madre. La señora Medina fue su madrina y don Teófilo, su padrino. 

  En cuanto me vi madre de una niña, dejé atrás mis miedos, que me convertían en un ser sumiso y pusilánime. No podía seguir viviendo de la caridad de la señora Medina ni volver deshonrada a la casa de mi infancia. Mi buena patrona insistía en que escribiera a mi tía y le dijese que me había quedado viuda para salvaguardar la respetabilidad de mi nombre pero yo no quería valerme de más engaños. Con mis pocos conocimientos de piano, busqué tres niñas a las que daba clases en sus casas. Parte del dinero que ganaba se lo daba a la señora Medina por la habitación y la comida; el resto lo guardaba para la educación de mi Aurora. 

  Cuando ahorré un poco de dinero, alquilé un apartamento en un barrio más alegre de la ciudad y más saludable para mi pequeña Aurora. Atrás dejé mi sensibilidad exaltada y mi temperamento se volvió reservado y cauteloso. Encerré en el arcón del olvido el recuerdo de Ricardo, como si realmente hubiese muerto, como si fuese realmente su viuda, y derramé todo mi amor en Aurora.

  De cuando en cuando, como para reavivar los sueños de otro tiempo, enviaba un poema a alguna revista literaria. Firmaba con el seudónimo de Aurora Quevedo para que nadie me reconociese. Aurora por mi hija; Quevedo por quien me mostró la belleza de las palabras. Con estos poemas recordaba quien fui un día; me anudaban a mi juventud perdida.

  Solo la añoranza de mi familia perdida empañaba el cielo de mi felicidad. En otoño, la llegada de las lluvias me traía el recuerdo de la tierra mojada de mi ciudad. Me inundaba la tristeza al evocar el rostro de mi tía, madre de mi corazón, la voz grave de mi tío, las sonoras carcajadas de mi primo Santiago o las manos ásperas de Naná. La señora Medina, que nos visitaba con frecuencia, me animaba a escribirlos, a tomar el tren para ir a visitarlos pero yo no me decidía. En mi espíritu seguía viva la vergüenza por haberlos traicionados. Y, mientras tanto, las cartas de Macarena y Trinidad traían noticias cumplidas de cada uno de ellos: la úlcera de mi tío, la boda de Santiago, el fallecimiento de la anciana Naná, los nacimientos de los hijos de mis primos, bautizos, primeras comuniones... La vida en la ciudad seguía su curso sin mí.

 Cada vez que llegaba una carta me demoraba al abrirla. Imaginaba que contenían una llamada, un beso, una palabra de mi tía, de mi tío, de mis primos. Pero parecía que, a excepción de mis queridas Trinidad y Macarena, todos me habían borrado de su recuerdo.

 Una tarde de domingo estaba leyéndole un capítulo de David Copperfield a Aurora, cuando sonó el timbre de la puerta. La niña, que entonces contaba doce años, echó una carrera hasta el vestíbulo para abrir esperando encontrarse a la señora Medina o a don Teófilo, que la había adoptado como una nieta más. Un minuto más tarde, volvía sola. Que un señor preguntaba por mí. Por un momento, mi corazón, como si quisiera jugarme una de sus antiguas pasadas, se detuvo un instante y me hizo creer que se trataba de Ricardo pero me equivoqué.

  Delante del espejo del vestíbulo estaba Fernando. Me impresionó su porte distinguido que le hacía parecer más alto. Su elegancia me recordó lo que había perdido. Traía un abrigo negro que no se quitó hasta que no le invité a hacerlo. Estuvimos unos segundos sin atrevernos a movernos, esperando que el otro diese el primer paso. Aurora nos miraba curiosa hasta que Fernando abrió los brazos y me envolvió en ellos. Su calor me hizo temblar.

  —La tía se muere —dijo—. La tía se muere y quiere verte. He venido a buscaros a la niña y a ti.

  No había tiempo que perder. Metí cuatro cosas en una maleta pequeña y salí con él. 

  Llegamos a mi querida ciudad de madrugada. Las primeras luces del alba me mostraban los lugares por donde había transcurrido mi niñez: el colegio de las ursulinas, la torre del ayuntamiento, los jardines de las Escuelas Pías, la casa de la tía Fuensanta, nuestra casa... Todo parecía más pequeño. Cuando se detuvo el coche en la entrada, la luz de la ventana del dormitorio de mis tíos me arrancó una lágrima. Traspasé el umbral asiendo con fuerza la mano de Aurora, a quien el sueño la hacía andar a trompicones. Al pie de la escalera estaba mi tío que debía de habernos oído llegar. Me besó en la frente, como solía hacer cuando era niña y luego abrazó a mi pequeña Aurora. 

  Mi tía parecía dormitar cuando entré en su dormitorio. Abrió los ojos en cuanto me senté junto a la cama y me sonrió. Luego volvió a dormirse. Pasé la noche sin moverme de su lado rememorando los momentos que había vivido en aquella casa, mi casa, con aquella familia, mi familia. En tanto en tanto, mi tía despertaba y, al verme, me dedicaba una media sonrisa que quería ser la acogedora sonrisa de otros tiempos. Así, entre el sueño y la vigilia, entre la vida y la muerte, estuvo tres días. El cuarto, pareció despertar del todo. La fiebre desapareció y sus mejillas se sonrosaron. 

  Me pidió un vaso de agua, pero solo se humedeció los labios agrietados. Descansó la cabeza en la almohada antes de hablarme. Apenas la oía, tan queda era su voz. Sus palabras evocaban los años de mi niñez, mi corazón delicado, mi alocada fantasía llena de versos. Pero también hablaban del dolor de la separación, de los años de espera, de las noticias que le llevaban Trinidad y Macarena y que ella escuchaba ilusionada. 

  —Te conozco tan bien —dijo—, que leía entre líneas los pesares que nos ocultabas.

  Yo apenas la oía, ahogada en el llanto. Su dulzura me dolía más que si me hubiera cubierto con sus reproches. En sus palabras no había rencor por mi alejamiento pero sí mucha tristeza. Finalmente, fatigada, volvió a cerrar los párpados y se durmió con un sueño agitado. Aquella noche, nos llamó a todos a su lado. Repartió un beso a cada uno y cerró los ojos para siempre.

  Me quedé en la ciudad dos semanas más, hasta que finalizaron las exequias por mi tía. Me reconcilié con mi tío, la tía Fuensanta, el primo Santiago, el primo Fernando, Macarena, Trinidad. Me reconcilié conmigo. Con la niña asustada que llegó a aquella ciudad con siete años. Con la adolescente soñadora fascinada con la poesía. Con la joven enamorada de una ilusión. Con la madre de Aurora, que había desterado de su corazón falsas quimeras.

 Han pasado muchos años desde entonces. He vivido mucho. He tenido alegrías, tristezas. Mi hija me ha hecho abuela. La mayoría de la gente que quise de niña y de joven ha muerto pero, si cierro los ojos, me viene muy vivo el aroma aroma del magnolio florecido y de la tierra mojada por la lluvia que se colaba por la ventana de mi dormitorio en la casa de mis tíos. Entonces mis labios cobran vida y brotan de ellos unos versos:


“Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida, que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado”.