jueves, 22 de marzo de 2018

La despedida









  —María, ¿cómo estás? Me gustaría verte. 

  Fue lo único que dijo cuando ella respondió al teléfono. María, ¿cómo estás? Me gustaría verte. Diecisiete años de ausencia se resumían en esas seis palabras pronunciadas en un tono de voz neutro; como si en ese tiempo no hubiese transcurrido toda una vida; como si en ese tiempo María no lo hubiese enterrado en el recoveco más profundo de su memoria hasta convencerse de que lo había olvidado. María, ¿cómo estás? Me gustaría verte. Sólo seis palabras para reclamarla de nuevo, como entonces. Y, como entonces, bastaron seis palabras para que ella acudiese a su encuentro.

  Lo presintió antes de verlo. El movimiento de las ramas del roble de la esquina de la calle Camino Viejo con la del Carmen le anunció su presencia en la terraza de la cafetería donde se habían citado. Miró con impaciencia a un lado y a otro de la acera. La estaba esperando sentado en una mesa de la terraza ante una cerveza pero María no lo vio hasta que él no agitó una mano.

— ¿Nacho? Porque puedo llamarte Nacho, ¿verdad? —le preguntó con miedo.

  —Por favor. Para ti ya sabes que siempre seré Nacho —respondió él después de tomarla de las manos y besarla en las mejillas—. Estás aún más guapa que la última vez que te vi.

  María no pudo reprimir una sonrisa. Estaba acostumbrada a recibir con indiferencia las muestras de admiración de hombres y mujeres. Sin embargo, las palabras de Nacho la hicieron estremecer.

  —Tú estás igual.

  No era verdad. Los años habían sido severos con él. Miles de arrugas surcaban su rostro y los ojos mostraban una mirada opaca que no recordaba: como si fuera ciego o su mente estuviera muy lejos de allí. De su cabello negro no quedaban más que unas hebras extraviadas entre el pelo gris cortado a cepillo que endurecía los rasgos faciales: su rostro esculpido a cincel. Sólo la boca conservaba la ternura del pasado.

  Se sentaron el uno frente al otro y se escrutaron con la mirada como si buscasen a aquél que en otro tiempo fue. Un denso silencio se interpuso entre ellos. Ninguno sabía cómo salvar el abismo que los separaba. Hubo un tiempo en el que las horas se les quedaban cortas para contarse todo lo que tenían dentro. María acogió con alivio la llegada del camarero. Nacho, en un gesto del pasado, enarcó la ceja derecha cuando ella pidió un vermut. 

  —Costumbres que coge una después de casada —le dijo ella con una sonrisa pícara.

  —Es verdad. Me dijeron que te habías casado. 

  —Pronto va a hacer ocho años

  Tres años hasta convencerse de que él no volvería, otros tres en los que perdió la fe en sí misma y otros tres hasta que se decidió a aceptar a Gabriel, un compañero de trabajo que llevaba tiempo pidiéndole una oportunidad.

  —¿Tienes hijos?

  —Tengo dos niñas. 

  Extrajo su móvil del bolso y dejó pasar los minutos mientras le mostraba las fotografías de sus hijas.

  —¿Verdad que son preciosas?

 María sintió una punzada en el pecho. ¿Qué hacía hablando con él de su familia?, ¿no era aquella cita una especie de traición? Abrió el bolso de nuevo y revolvió en su interior como si lo más importante del mundo fuese encontrar un objeto que ni ella sabía qué era. Él pareció darse cuenta de su desasosiego porque cubrió su mano con la suya. Durante unos instantes ninguno se atrevió a moverse. Ni a decir nada, tampoco. Después, María se asustó de su consentimiento tácito y se puso en pie precipitadamente.

  —Esto no es buena idea —dijo nerviosa—. No comprendo por qué he venido. Será mejor que me vaya. Mi marido se estará preguntando dónde estoy. 

  Nacho le tomó de nuevo la mano y exclamó en un grito susurrado:

 —¡Quédate conmigo, por favor, María! Mañana regreso a mi aldea y puede que no nos volvamos a ver ya más. 

  María se sentó otra vez, asustada del tono suplicante de Nacho. ¿Qué le había sucedido? En otro tiempo la habría dejado marchar, herido en un orgullo al que el solo roce de la seda podía dañar.

  —Solo serán unas horas; luego podrás volver con tus niñas.

  —¿Qué quieres de mí, Nacho?, ¿para qué me has llamado?

  —Ya te lo he dicho. Sólo te pido que me concedas unas horas. Nada más.

 María jugueteó con el móvil antes de decidirse a llamar a Gabriel. 

 Se arrepintió nada más colgar. Se arrepintió de decirle que no la esperase, que se quedaba a comer en el centro con una amiga. ¿Por qué no le había dicho la verdad? ¿Por qué? Por la misma razón por la que nunca le había hablado de Nacho. 

  No se atrevió a mirarlo. No sólo había mentido a su marido, sino que lo había hecho delante de él, como si pensara que aquella cita, además de clandestina, contaba con su complicidad. Pero Nacho no debió de darse cuenta de su mentira o, al menos, eso le pareció. Mientras ella hablaba con su marido, él estaba pidiendo la cuenta. 

 Subieron al coche que él había alquilado. Ella se dejó conducir sin preguntar adónde la llevaba. Cerró los ojos para borrar de su mente el pasado y el futuro. Nada importaba sino el presente. Nacho tomó la autopista del Norte y dejó atrás la ciudad antes de coger un desvío. Cuando María abrió de nuevo los ojos, el coche discurría por una carretera estrecha que dibujaba curvas zigzagueantes en el paisaje. No precisó mucho tiempo para reconocer los campos de trigo a la derecha del camino. Al otro lado, crecía el acebo entre hayas y abedules. María, como en otro tiempo, sacó la mano por la ventanilla del coche. La brisa de octubre despeinaba sus cabellos. Sus ojos buscaron los de Nacho, que le dedicó una sonrisa cómplice.

  Mientras el automóvil sumaba kilómetros, se reducía la distancia entre ellos. Nacho le habló de los niños que atendía más allá del mar, de las duras condiciones del páramo, de los cestos de mimbre que hacían las mujeres, de los jóvenes que abandonaban la aldea en busca de un futuro desconocido... Ella le habló de los veranos en un pueblecito costero, de los inviernos en la casa de la sierra, de sus dos niñas, aún demasiado pequeñas para saber de los sinsabores de la vida... De cuando en cuando, se quedaban atrapados en algún recuerdo: Te acuerdas....

  Llegaron pasadas las tres de la tarde. María se bajó del coche y miró a su alrededor sorprendida de que todo siguiese igual. La misma tienda de suvenires, el mismo bar, el mismo gato que dormitaba a la sombra de un soportal.

  Como si representaran un papel sobradamente sabido, se tomaron de la mano y se dirigieron a paso lento a la casa de la infancia de Nacho. Al cruzar el umbral, una bocanada de humedad y olor a cerrado la hizo retroceder. La oscuridad ocultaba el lento trabajo que el tiempo se había tomado sobre las cosas. Cuando él descorrió las pesadas cortinas, un rayo de luz iluminó la escalera que ascendía a los dormitorios. Por un momento creyó ver a la madre de Nacho bajando con un cesto de ropa blanca, pero doña Sagrario hacía muchos años que había muerto.

 Comieron casi sin hablar un guiso que se hicieron traer del mesón. El fuego de la chimenea les hizo entrar en calor y el Concierto para violín y orquesta de Tchaikovski que sonaba en un viejo tocadiscos se llevó los últimos resquicios del presente. Una caricia robada y un beso respondido encendieron la pasión. 

  —¿Por qué has tardado tanto en volver? Te esperé día tras día. Me desesperaba pensar que me habías olvidado.

  —Nunca te olvidé, María; deberías saberlo —dijo Nacho antes de dejar un beso en los labios de María.

  —Me abandonaste apenas unas semanas antes de nuestra boda. Me dejaste por una fantasía de juventud. Creías que podías cambiar el mundo con unas cuantas palabras. Pero el mundo nunca cambia, Nacho. Es él el que cambia a las personas.

  —No fue ninguna fantasía caprichosa y tú lo sabes. Todo fue más complejo. ¿Te crees que fue fácil para mí?, No te imaginas cuánto me costó dejarte. ¡Yo te quería! Aún te quiero.

  —¡No me digas eso! Si me dejaste unas semanas de buenas a primeras, por las buenas, sin previo aviso, sin prepararme. De repente una noche, me dices que no le encuentras sentido a la vida que íbamos a construir juntos; que te vas. No me das tiempo para comprender lo que sucedía. Y te vas. Y me dejas sola. Y yo me quedo aquí preguntándome qué había hecho mal para que te alejases de mí.

  —No fue culpa tuya y lo sabes. Ni mía tampoco.

—¿Entonces de quién? ¿Qué quieres que piense?

 María tuvo que hacer un esfuerzo para que no se le derramara el llanto que llevaba tanto tiempo escondido. Él le alzó la barbilla con el dedo.

  —De nadie. Las cosas salieron así.

  María lo abrumó a preguntas. Sin que interviniese su voluntad, salió de su boca un torrente de palabras, un torrente de reproches que Nacho puso fin con un beso en los labios.

  —Olvídate del pasado. Lo importante es que ahora estamos juntos.

  —¿Y mañana?

  —Mañana aún no ha llegado.

  Pasaron la tarde amándose. Las horas se transformaron en una eternidad en la que no tenían cabida ni Gabriel ni sus tres hijas, ni la aldea donde corrían descalzos unos niños.

 El frío del atardecer la despertó. El salón se había llenado de sombras. Debía de haber alguna ventana abierta porque una hoja de un viejo periódico revoloteaba en el suelo. María no oía más que su respiración acompasada, a su alrededor sólo la acompañaba el silencio. Se sintió sobrecogida por un miedo infantil. ¿Y si Nacho la había vuelto a abandonar? Luego se rio burlándose de sus absurdos temores. Se avergonzó cuando encendió la luz y su mirada tropezó con la imagen en el espejo de su cuerpo desnudo: el recuerdo de su marido la devolvió al presente.

  —¡Nacho! —lo llamó después de vestirse apresuradamente.

  Lo oyó bajar las escaleras. Una sonrisa asomó a sus labios mientras peinaba sus cabellos.


***


  Un año más tarde, María recibió una carta de un país lejano. Examinó durante unos minutos la extraña caligrafia antes de decidirse a rasgar el sobre. 

  Estimada señora Blanco:

  Mi nombre es Julio y soy el sacristán de la parroquia de Ntra. Señora de la Salud en R***. Me dirijo a usted siguiendo los últimos deseos del padre Ignacio Zavalta (q.e.p.d.), que dejó escritos en una carta para mí antes de fallecer. Él quería que usted supiera que murió en paz con Dios y consigo mismo, recordándola con afecto. Debo decirle que nunca lo oí quejarse a pesar de que hacía dos años que sabía que su final estaba cerca. 

  Quedo a su disposición y le envío mis respetos,

  Julio Cifuentes

  Sintió como si le desgarrasen el pecho. Pero no pudo abandonarse a su dolor. En la cunita, su hijo Nacho, recién nacido, la reclamaba con su llanto.



*NOTA: Relato participante en el III TORNEO DE ESCRITORES de TusRelatos.es

martes, 6 de marzo de 2018

Ya en papel Despierte el alma dormida







     Querid@s amig@s de El crujir de la escarcha:

    Como soy una novata en esto de publicar en Amazon y lo estoy haciendo todo yo sola, ha salido la versión en papel de mi primera novela Despierte el alma dormida antes que la electrónica. Ya veis que la portada también es distinta pero os prometo que la novela es la misma. Al menos si los duendes no me han jugado una faena, que todo puede ser en el mundo virtual, mucho más fantástico que el de la literatura. Si os interesa, podéis adquirirlo aquí. Yo ya tengo un ejemplar y ha quedado muy bonito. La portada y el papel, ya sabéis, que la historia la tenéis que juzgar vosotr@s.

   Os recuerdo que soy yo la que hace la promoción, bueno esto que pongo aquí. Así que, si queréis echarme una mano, contadlo.

Muchas gracias y miles de besos,

Ana









Recordad:

Versión electrónica. Sale este viernes 9 de marzo pero lo podéis reservar.


Versión papel. Ya está disponible en Amazon.







sábado, 3 de marzo de 2018

Despierte el alma dormida









   Queridos amig@s del Crujir de la escarcha:

  No sé si os habéis dado cuenta de que llevo un tiempo descuidando el blog. La razón es que al fin me he decidido a quitarme mis miedos, meterme en faenas más grandes y hacer caso a los que me animaban a dar el salto a la novela.

  Durante mucho tiempo me he mostrado reacia a adentrarme en semejante empresa. Me parecía que aún no estaba preparada, que se trataba de una labor demasiado grande para mí. Pero este verano llamaron a mi puerta unos personajes con su historia debajo del brazo exigiéndome que la trasladase al papel. Elvira, el doctor Carlos Miranda, la señorita Silvina, Roberto, Rosita y don Ildefonso son algunos de los que me insistía para que cogiera la pluma y dejase constancia de sus andanzas. Debo decir que no se conformaban con unos cuantos folios. Querían que me tomara mi tiempo y escribiera sin preocuparme por el número de palabras. Y tanto insistieron que, por quitármelos de encima, empecé a emborronar pliegos y más pliegos de papel.

   No creáis que entonces conseguí que me dejasen en paz. Cuanto más los conocía más se apoderaban de mi vida hasta el punto de no dejarme un momento de descanso para escribir otras cosas.

   En septiembre ya tenía medio hilvanada la novela. Mandé el primer borrador, corregido y más corregido, a un concurso organizado por la Editorial Tandaia y, entonces... No, no gané. Eso sí que hubiese sido «tocar la flauta por casualidad». Pero me sirvió para tomarme un descanso y distanciarme un poco de los personajes. Cuando vi que ni siquiera quedaba entre los finalistas, después de lloriquear un poco, volví a la carga. A leer y releer, a cambiar un capítulo aquí y otro allí, a pelearme con los personajes y mandar a alguno de ellos al rincón de los castigados. Os diré que esto de corregir crea adicción. Cuanto más corregía más defectos veía.

   No podía seguir así. Había llegado el momento de buscar una segunda opinión.

  Bueno, una primera, una segunda y una tercera. Porque se la dejé a tres amigas muy especiales que elegí por tres razones muy diferentes.

  La primera es la Elegante Leedora. Nos conocimos en la cafetería donde cada mañana me sacudo de las fatigas del trabajo. Es una lectora de libros fascinantes con la que he compartido sabrosas tertulias sobre historias fabulosas. Tiene, la Elegante Leedora, el don de desentrañar misterios ocultos entre las páginas de los libros y siempre hace comentarios certeros de las novelas que me sugiere. Si mi novela cojeaba o mostraba incongruencias, sería la primera en verlas.

  La segunda amiga es la Sanadora de Almas, una mujer sabia, la mar de perspicaz, experta en despertar espíritus dormidos. A la Sanadora de Almas le encanta aventurarse en los laberintos donde se esconden las almas que se empeñan en aislarse del mundo y pasar la vida durmiendo; almas como la de la señora Roldán que camina de puntillas por las páginas de mi novela. ¡Ah!, si esta señora o cualquier otro personaje eran unos impostores, la Sanadora de Almas sería la primera en verlo y hacérmelo saber.

  La tercera amiga a la que he sometido a la tortura de leer mi novela es el Hada de la Blogosfera, una mujer culta que escribe maravillas salpicadas de fina ironía y humanidad. Es una escritora prodigiosa que, además de seducir a sus lectores con sus cuentos, se gana el cariño de los habitantes de la Blogosfera y no son pocos los que se disputan su amistad. ¿No es magia tal cosa? ¿Quién mejor que una mujer con tanta sabiduría para mostrarme los defectos argumentales y literarios de mi novela?

  La Elegante Leedora, la Sanadora de Almas y el Hada de la Blogosfera son mujeres alimentadas de excelentes lecturas y tienen el don de discernir lo bueno de lo malo. Desde aquí les doy las gracias: cada palabra dicha por ella ha sido un regalo.

  He de decir que, mientras tanto, continuaba con mi labor de corrección, hasta hace unos días, en que la di por terminada. Al menos eso creo.

  Mi novela se titula Despierte el alma dormida. ¿Verdad que os suena? Sí. Hace referencia a los dos primeros versos de Las coplas a la muerte de mi padre, de Jorge Manrique: «Recuerde el alma dormida / avive el seso y despierte». ¿Queréis saber por qué le he robado los versos a las Coplas a la muerte de su padre? Solo os puedo decir que mi novela es la historia de un alma que quedó atrapada en un sueño. Una pesadilla, más bien.

  Os dejo el primer capítulo y, si queréis saber cómo sigue, podéis conseguirla en Amazon el próximo viernes 9 de marzo, por el precio de un café, si la adquirís en formato electrónico, o por el de una merienda, si preferís leerla en papel. Podéis reservarla ya aquí. Como la promoción la voy a hacer yo desde mi casa, os pediría que hicierais correr la voz si os gusta y que pongáis las estrellitas que penséis que se merece.


  Muchas gracias, amig@s.

  Un montón de besos,
  Ana







ELVIRA 1873

Nunca me gustó la casa del pantano. Nunca me gustó. Supongo que las pésimas condiciones en las que llegué la primera vez influyeron en la horrible impresión que me causó. La casa estaba en medio de un pinar que la aislaba del mundo, celoso incluso de la luz del sol; un pinar que apenas dejaba pasar unos rayos entre las copas de los árboles. Al verla pensé en lo difícil que sería escapar de allí si se desencadenaba un incendio. Aquel pensamiento se me debió de quedar grabado en el alma pues durante muchos años aparecía en mis sueños convertido en la más horrible de las pesadillas. Imagínate, hijo mío, mi terror al ver avanzar llamas tan altas; llamas que consumían a su paso cada pino y matorral del bosque; que acababan con la vida de las liebres, de los jabalíes y los cervatillos. Brazos que se extendían y envolvían nuestra casa; y yo dentro, contigo asido a mis faldas, sin poder huir, sin que ningún grito saliera de mi boca, tal era el pánico que me devoraba, sola, sin que tu padre viniera en nuestro auxilio... Pero no quiero hablar de eso, corazón mío.

Nunca me gustó. Nunca me gustó la casa del pantano. Nunca me gustó. Ni me acostumbraría nunca aunque acabara resignándome a vivir en ella, como me resigné a tantas otras cosas. Mi casa estaba en Madrid; era Madrid. En Madrid había nacido y en Madrid había crecido. Mi colegio estaba en Madrid y en Madrid había conocido a tu padre en el baile de la presentación en sociedad de Lucita, la hija de los señores de Mendoza. En Madrid me hizo la corte Eladio, un petimetre presumido, pomposo y presuntuoso, así con todas esas pes, que me miraba sin verme a través de un ridículo monóculo. En Madrid me casé. Entré en San Ginés del brazo de mi padre y salí del brazo del tuyo, mi marido. Y en Madrid hubieras nacido tú si mi marido, tu padre, hubiera rechazado el puesto que nos llevó a la infausta casa del pantano.

Tu amado padre debió de intuir que no me iba a gustar nada dejar Madrid. Que no me iba a gustar dejar a mis padres, a mis hermanas y a todos nuestros amigos para encerrarme en una casa perdida en la nada. Debió de intuirlo, debió de saberlo porque no me dijo nada. No me dijo que dejábamos nuestra maravillosa vida en la capital hasta dos semanas antes de nuestra partida; como si no quisiera darme tiempo para asimilar la desventurada noticia. Sin percatarse de que solo me dejaba unos cuantos días para levantar la casa y hacer el equipaje. Sin percatarse tampoco de que un viaje de esa naturaleza no era precisamente lo más conveniente para una mujer en mi estado.

Sí. Porque, por entonces, me encontraba ya contando los minutos que faltaban para verte. Mi embarazo, quién sabe si por ser primeriza, no había sido fácil. Desde el principio había sufrido desvanecimientos y vómitos acompañados de largos períodos de melancolía de los cuales solo me sacaban las caricias de mi madre, que día sí y día también me iba a visitar con alguna de mis hermanas, Dorotea y Fuencisla, a las horas en las que tu padre desaparecía para ir a la tertulia del Suizo. El resto del tiempo ni yo misma me soportaba. ¿No iba a nacer nunca el dichoso niño, por Dios? Eran escasos los momentos en los que no estaba irritable, nerviosa; y cualquier nadería bastaba para despertar mi cólera o hacerme derramar amargas lágrimas.

Tu padre no sabía qué hacer para contentarme. Como hombre práctico, no entendía los vaivenes de mi corazón ni la flojera de mi naturaleza: después de todo, su madre, tu abuela, había pasado por doce embarazos y en sus casi sesenta años no se la había visto pasar un día en la cama si no era en el momento de alumbrar a sus retoños. Pero yo nunca he sido así.

Nunca he sido así. Tú ya lo sabes.

De manera que, en consideración a mi estado o, tal vez, para ahorrarse el fastidio de una discusión segura, no me dijo nada. Esperó hasta que no tuvo más remedio por aproximarse el día de la partida. Aunque hacía tres meses que sabía que lo habían destinado al pantano de Madariaga como ingeniero jefe, no me dijo una palabra para no soliviantar mi ánimo. Y unas semanas antes de emprender el viaje, como cuando quería contentarme, me llevó a comer al Café de Fornos. ¡Menudo pillo! Sabía que nada me gustaba tanto como sumergirme en la sociedad de buen tono madrileña, codearme con lo más granado de la capital. Y pensó que, en medio de un ambiente tan distinguido, me podía decir cualquier cosa, que sería acogida por mí con la mejor de las sonrisas.

Me puse un vestido verde botella algo descocado para una comida y nada adecuado para un gélido día de invierno pero que iba con el color de mis ojos y disimulaba mi voluminoso vientre. Tu padre, siempre tan estricto con la etiqueta, me hizo cubrir los hombros con un chal. Mas, si llegaba el momento, ya sabría yo dejarlo caer para no parecer la madre superiora de un convento. Ahora me río al recordarlo, pero entonces tuve más de una riña con él a cuenta de mi frívola interpretación de la moda y de los convencionalismos. ¡Tu padre era tan...! ¿Cómo diría yo? ¿Serio? Sí, bastante. ¿Correcto? También. ¿Exasperante? A veces. Más de las que yo podía soportar.

Alquiló un simón que nos dejó en el Café de Fornos poco antes de la una. Un corrillo de curiosos se arremolinaba en la acera de enfrente.

─Van a venir los reyes ─decía una anciana que llevaba dos niños pequeños de la mano.

─No, no ─le replicaba un hortera desde la puerta de una sombrerería─. La reina no come en el Fornos en días de diario. Seguro que aparece el rey solo.

─O con alguno de sus menistros ─terció una mujer entrada en carnes a quien conocía por haberla visto vender requesón por las calles al grito «¡De Miraflores, la nata!».

Mientras unos y otros discutían sobre los posibles acompañantes de don Amadeo, tu padre enrojecía de ira por la falta de respeto del pueblo hacia su majestad. En aquellos días en los que muchos levantaban su voz para pedir la abdicación del rey, él creía que el de Saboya, con su temperamento mesurado, era el único capaz de contener los furores revolucionarios de quienes querían otro golpe de timón.

Aún hubimos de esperar un rato antes de que llegase don Amadeo, que lo hizo acompañado de Ruiz Zorrilla. El maître los hizo pasar al restaurante del piso superior y solo después de acomodarlos en la mejor mesa junto a uno de los ventanales que daban a la calle de Alcalá, fue en nuestra búsqueda.

No puedes imaginar la alegría que recorrió mi espíritu al cruzar el umbral del restaurante. Quién me iba a decir entonces que pasarían años antes de verme de nuevo en medio de aquel mundo tan distinguido. Me dejé envolver por el cálido ambiente que se llevó en un suspiro todo el frío del invierno. A mi alrededor no había rastro del pesimismo reinante al otro lado de la calle en las agoreras tertulias del Café Suizo. El ambiente festivo del restaurante contradecía las lúgubres noticias de La Ilustración. El tintineo del fino cristal de las copas acallaba el ruido lejano de los tiros carlistas y el aroma a rosas de las elegantes damas que entraban y salían del salón eclipsaba el tufo a pólvora de las calles. Mis ojos no sabían adónde mirar, si extasiarse con las pinturas de Guerrero o contemplar el aleteo de los abanicos que, aunque en la calle el gélido aire invernal cortaba el aliento, en el cálido comedor no estaban de más. Aquí y allá, conocidos nuestros levantaban la cabeza para saludarnos y, para disgusto de tu padre, algún ceño fruncido por desaprobar mi atuendo demasiado atrevido.

Pero tu padre no quería que nada me indispusiera contra él. Aunque te cueste creerlo, en los primeros años de nuestro matrimonio, podía ser encantador si se lo proponía. Así me conquistó a mí dos años antes hasta hacerme perder el juicio por una mirada suya.

─¿Qué tal está hoy el lenguado? ─le preguntó al camarero que atendía nuestra mesa.

El mozo fue a la cocina como si quisiera enterarse del estado del pescado y volvió para responder en tono confidencial:

─Tan fresco como si lo acabasen de pescar, señor. Sale un aroma del horno que abre el apetito. Ya le he dicho al cocinero que le guarde el bocado más exquisito a la señora.

Y yo, ingenua de mí, me lo creía. Estaba convencida de que, por ser yo, había un trozo especial para mí, a pesar de haberle oído pronunciar las mismas palabras ante damas más distinguidas. Fue probar el primer trozo y parecerme que me habían regalado con el alimento de los ángeles.

─¿Ves aquel señor tan orondo con bigote y una cadena del reloj tan gruesa como mi dedo? ─cuchicheaba tu padre para hacerme reír.

─¿Aquél tan ordinario?

─Aquél, sí ─Acercó la cabeza a la mía─. Tiene una amante.

Yo me ruboricé ante la escandalosa revelación. ¡Era tan inconveniente hablar de eso a una dama...! Sentí un cosquilleo en el estómago al imaginar la cara de papá si se llegaba a enterar que mi marido me contaba esas cosas. Debí de fijar la vista sobre el pobre hombre durante más tiempo del que se considera apropiado porque me devolvió una mirada iracunda que daba miedo.

─¿Y ves ese joven con cara de lechuguino? Le quita la crema de almendras a su madre para lucir un cutis más lindo.

─¡Nooo! ─exclamaba yo al borde de un ataque de risa ─. Te burlas de mí.

─No, no. Es verdad. Le quita las tenacillas y se riza el cabello como una damisela.

Así tu padre, haciéndome reír, fue ganándome, atrapándome como una araña que hila con paciencia su tela, sin importarle las miradas desaprobadoras de los demás comensales ante nuestro escandaloso proceder. Olvidando al mismísimo rey. Yo, en vano, me tapaba la boca con la servilleta para ocultar mis inoportunas carcajadas. Tu padre me llenaba el vaso de vino y mi hilaridad crecía más y más. A los postres, me engolosinó con unos felipes. En el momento en que más entusiasmada estaba con los hojaldres, me soltó la noticia:

─El once del próximo mes nos trasladamos al pantano de Madariaga.

─¿Nos vamos de vacaciones? ─pregunté entusiasmada mientras imaginaba un segundo viaje de novios.

─Nos vamos a vivir a Madariaga.

Achispada por el vino, no fui consciente del alcance de la noticia y solo al llegar a casa reflexioné sobre la magnitud de la tarea que me esperaba hasta nuestra partida.

Recuerdo con espanto los días que precedieron a nuestro viaje. Si con una vida serena y sin altibajos el embarazo me había convertido en una inútil, levantar la casa y guardar en baúles año y medio de vida como recién casada me agobiaba de tal manera que no acertaba a dar un paso sin detenerme a tomar aliento. La casa parecía un mercado de baratillo. En el vestíbulo, la cocina, en el lugar más inoportuno me tropezaba con un balde, una mesita de caoba, el perchero de mi habitación o el sillón frailuno que a mí me horrorizaba pero que a tu padre le parecía el colmo del confort. Ya te puedes imaginar cómo mi amado marido, en vez de ponerse manos a la obra y ayudar, hacía a cada momento méritos para irritarme. Sin poder contener mi impaciencia, lo echaba de casa. Pasaba, entonces, tu hacendoso padre todo el día de aquí para acá, mientras contrataba menestrales que cargaran los muebles y el ajuar en dos carros; rellenaba papeles incomprensibles para mí, o iba y venía de casa al ministerio para ultimar su nombramiento.

No sé qué hubiera sido de mí si mi madre y mis hermanas, las tías Dorotea y Fuencisla, no hubieran venido en mi ayuda. Vestidas con el traje de faena, entraban en una estancia y no salían de ella hasta que no habían empaquetado todo sin olvidar el más insignificante bibelot. Desnudaban los suelos de las alfombras orientales, regalos de mi boda; las paredes de acuarelas, cortinas y tapices. Despojaban los veladores de figuritas de Murano, de los relojes de porcelana de Sèvres. O humedecían mi frente con una compresa que apenas aliviaba mis inoportunos dolores de cabeza.

Al fin, el once de febrero, el mismo día que don Amadeo y doña María Victoria partieron hacia Portugal, tu padre y yo cogimos la diligencia que habría de llevarnos a un exilio más penoso para mí que el que aguardaba a sus majestades.

No quiero aburrirte con las peripecias del camino. Una y mil veces me reproché no haber tenido el valor de enfrentarme a tu padre y haberme quedado en Madrid hasta tu alumbramiento. Pero no me sentía con fuerzas para enredarme en una discusión que sabía perdida de antemano. Tampoco me mantuve firme cuando le pedí que hiciéramos el viaje en tren por ser más confortable que la diligencia. A decir de tu padre, el ferrocarril nos haría dar un largo rodeo hasta Huesca y perder un tiempo precioso. ¿Precioso para qué? Aún recuerdo las lágrimas derramadas a escondidas mientras imaginaba con horror que pudieras nacer en el camino. ¿Qué sería de mí de hallarme en semejante trance? ¿Qué sería de mi niño? Solos, con tu padre y tres operarios, en el corazón del invierno, sin nadie que pudiera socorrernos.

Pero llegamos a nuestro destino sanos y salvos. Gracias a Dios, no se cumplieron mis terribles vaticinios. Aunque maltrechos por lo sinuoso de los senderos, no sufrimos más daños que la pérdida de una sortija con un rubí, regalo de mis padrinos por mi Primera Comunión, y dos tazas rotas del juego de café de porcelana china de mi ajuar.

A las cinco de la tarde atravesamos la verja de la casa del pantano y un sol moribundo se eclipsó entre las ramas de los pinos que flanqueaban el camino de grava. Tu padre había alquilado un coche desvencijado en la fonda donde se detuvo la diligencia: una calesa que traqueteaba y parecía que fuese a partirse en dos. Apenas podía mantenerme erguida con tanto vaivén, que no entiendo, cariño, cómo no viniste al mundo entonces. Al fin se detuvo el coche y la casa se alzó ante mí como un severo preceptor que me amenazara con un castigo por mi mala conducta.

Me sobrecogió el silencio. Acostumbrada al bullicio de las calles de Madrid, sentí cómo me ahogaba un vacío aplastante. La casa era enorme y destartalada, una antigualla para mí que, por ser tan joven, solo gustaba de lo nuevo y lo moderno. Era un edificio cuadrado de dos plantas con un balcón de hierro forjado en el piso superior. Toda la magnificencia que debió de tener la casa cuando la construyeron se había perdido a lo largo de casi un siglo hasta conseguir la apariencia de ruina severa que me causó tanta repulsión. A nuestro alrededor, la oscuridad nos iba cercando más y más. El día llegaba a su fin y los pinos estaban tan próximos a la casa que parecían querer entrar en su interior. Un pensamiento cruzó mi mente. Si se desencadenaba un incendio, quedaríamos atrapados sin posibilidad de escapar de la muerte. Aquel pensamiento se me debió de quedar grabado en el alma pues durante muchos años aparecía en mis sueños convertido en la más horrible de las pesadillas. Imagínate, hijo mío, mi terror al ver avanzar llamas tan altas; llamas que consumían a su paso cada pino y matorral del bosque; que acababan con la vida de las liebres, de los jabalíes y los cervatillos. Brazos que se extendían y envolvían nuestra casa; y yo dentro, contigo asido a mis faldas, sin poder huir, sin que ningún grito saliera de mi boca, tal era el pánico que me devoraba, sola, sin que tu padre viniera en nuestro auxilio... Pero no quiero hablar de eso, corazón mío.