lunes, 12 de septiembre de 2016

El buen samaritano














Podía haber sido un déjà vu; podía haber sido una jugarreta de mi imaginación o podía haber sido ella, que venía a saldar las deudas del pasado. Pero no fue más que el azar, que unió unos cuantos elementos para traerme a la memoria el ayer. ¿Qué era sino aquella calle en la que un tímido sol reflejaba dos o tres rayos en los charcos que había dejado la lluvia el día anterior?, ¿qué era sino aquella calle abarrotada de gente que iba y venía sin orden ni concierto, donde unos y otros se empujaban afanosos por ser los primeros en llegar a su destino mientras una joven con un bastón blanco y un golden color canela intentaba cruzar de una acera a otra? Como doce años antes, parecía que yo era el único que se daba cuenta de la situación en la que se encontraba la pobre muchacha ciega. Desde los cristales de la cafetería donde cada mañana me detenía a tomarme el primer café del día de camino al trabajo, la veía titubear, tirar de la correa del perro guía y darle órdenes mientras los viandantes pasaban indiferentes a su lado. Como doce años antes, parecía que yo era el único que se daba cuenta de su desvalimiento, el único que podía prestarle ayuda. Pero, ¿estaba dispuesto a repetir el pasado?, ¿a rectificar mis errores?, ¿a enmendar el ayer?


Conocí a Rocío una mañana de noviembre. No llevaba mucho tiempo en aquella ciudad donde había ido a parar después de casi quince años vagando por distintas centrales nucleares de Alemania. Estaba cansado de pelear con desconocidos en un idioma que no era el mío y cantar las alabanzas de una energía en la que no creía mientras la vida pasaba a mi lado sin apenas darme cuenta de que la estaba perdiendo. Así que, cuando venció el plazo de mi contrato, cancelé todas las cuentas pendientes y regresé a España. Por mediación de un antiguo compañero de estudios, conseguí un empleo como profesor de “Tecnología eléctrica y energética” en la Escuela de Industriales de una ciudad de provincias y, a pocas calles de ella, alquilé un estudio donde poder descansar cada noche. No tenía más contacto con la gente que las superficiales relaciones que mantenía con los profesores y los alumnos de la escuela o los esporádicos encuentros con mi casero. Pero no me pesaba la soledad; por el contrario me gustaba disfrutar de esos momentos al final del día que tenía para mí solo. Acababa de dejar atrás una tormentosa relación amorosa y mi único anhelo entonces era poner un poco de sosiego a mi vida. 

Así estaban las cosas cuando conocí a Rocío. 


Si cierro los ojos, aún puedo sentir el aroma a tierra húmeda por la lluvia de los días anteriores mezclado con el olor agrio de la goma quemada de las ruedas de los coches que derrapaban en el asfalto. Me veo entrando en la cafetería donde cada mañana me deleitaba con el mejor café con leche que he tomado en mi vida y dos porras recién salidas de la sartén, en tanto las voces de los clientes que se agolpan en la barra se confunden con la de Luis del Olmo que nos da los buenos días desde la radio que, a todo volumen, suena en su estante de la pared. Aquellos quince o veinte minutos que pasaba leyendo los titulares de El País mientras degustaba el desayuno eran para mí los más placenteros del día. A mis oídos llegaban frases sueltas que, unidas, formaban la historia de las gentes de la ciudad: la boda de la hija del farmacéutico con el guitarrista de un desconocido grupo de rock, el Audi nuevo del profesor de latín del instituto, que a saber de dónde había sacado el dinero para comprar un coche de lujo, la euforia o la desesperación, que de todo había, por la victoria del Real Madrid gracias al gol de Roberto Carlos... 


Aquella mañana, la suerte estaba de mi parte. Nada más pedir mi consumición, un viejo parroquiano se levantó de su mesa, un pequeño velador junto a la ventana. Desplegué sobre el mármol el periódico y, mientras revolvía el azúcar, me distraje con el panorama que transcurría tras el cristal. Como doce años después en una ciudad distinta, las aceras estaban llena de gente que, ensimismada, iba y venía sin preocuparse de lo que sucedía a su alrededor. En el paso de cebra, una joven con un golden color canela y un bastón blanco intentaba cruzar la calle. Un adolescente en patinete la esquivó con un arriesgado viraje. La maniobra me cortó la respiración. Dejé mi desayuno sin tocar y salí casi corriendo al encuentro de la joven ciega que, titubeante, se balanceaba al borde de la calzada. 


—¿Me permites que te ayude a cruzar la calle? —le pregunté.


Una amplia sonrisa iluminó su rostro no dejando sin luz más que sus pupilas de color violeta.


—¡Oh!, sí, por favor. Se lo agradecería mucho.


De cerca, me pareció mucho más joven. Supuse que no habría cumplido los veinte años. Su estatura menuda y el color del bronce envejecido de su cabello recogido en una cola de caballo contribuían a acentuar su apariencia aniñada. Llevaba un cartapacio que abultaba más que ella colgado al hombro en bandolera aunque no parecía pesarle mucho, tal era la soltura con la que caminaba antes de que se lo cogiese para que se asiese a mi brazo izquierdo. Le pregunté adónde iba y le mentí cuando le dije que su destino me caía de camino sólo por poder acompañarla y asegurarme de que llegaba sana y salva. Se la veía tan frágil e indefensa...


 —¿Y adónde vas tan temprano? —le pregunté un poco por curiosidad y otro poco por llenar el silencio hasta llegar a la casa que me había indicado.


—A mi primera clase del día.


—¿Y qué estudias?


La joven me dedicó otra acogedora sonrisa. 


  —¡Oh! Yo no soy la que estudio. Martirizo a unos cuantos adolescentes con escalas de piano. Tengo varios alumnos a los que doy clases particulares. 


  —¿Que das tú las clases? Pues si eres una niña...


La joven volvió a reírse. A medida que hablábamos me iba pareciendo más encantadora.


—Me halaga pero ya no soy ninguna niña. ¿Cuántos años cree que tengo?


—No sé. Soy muy malo para adivinar esas cosas.


—¿Cuántos? Diga lo primero que se le ocurra.


—¿Dieciocho, diecinueve?


—Tengo veintiséis años.


Y volvió a reírse.


—¿Y por qué no les das clases en tu casa, si no es una indiscreción mi pregunta?


—Tengo una habitación muy pequeña en una residencia y no me cabe un piano. Además, me gusta mucho recorrer la ciudad para ir a la casa de mis alumnos.


—¿Pero no te da miedo ir tú sola por las calles a hora tan temprana?


—No voy sola. Me acompaña Col —y señaló al perro guía—. Además, casi todos los días encuentro a alguien tan simpático como usted que hace un trozo del camino conmigo.


No me quedé muy tranquilo y, al despedirme de ella, prometí esperarla al día siguiente en el mismo paso de cebra donde la había encontrado aquella mañana. No me atreví a pedirle su número de teléfono: después de todo, yo no era más que un extraño para ella. Tampoco le di el mío. ¿Dónde se lo iba a anotar si la pobre ciega no podía leer el papel? Entonces no sabía todavía que con Rocío era imposible plantearse lo que podía o no podía hacer: ella siempre rompería mis esquemas. 


A partir de aquel día, me tomaba deprisa mi café y la esperaba cada mañana en el paso de cebra para acompañarla hasta la casa de su primer alumno. La mayoría de las veces, no teníamos que recorrer sino unas cuantas calles, pero otras debíamos atravesar la ciudad. Cambié el turno de mi clase con el profesor de física para, así, disponer de una hora más sin los agobios que siempre me produce llegar tarde a una cita y me convertí en su acompañante habitual.


Hoy me pregunto por qué puse tanto empeño en una tarea que nadie me había encomendado y aún no puedo decir si fue la ternura que me inspiraba la joven o si se trató de una forma de ahuyentar la soledad de la que tanto me enorgullecía pero que ya empezaba a pesarme. O tal vez no fuera sino el placer de sentirme necesitado, mi propia necesidad de saberme importante para otra persona. Lo cierto es que, durante meses, me deleité con su risa cantarina, sus divertidas anécdotas acerca de sus alumnos o sobre las gracias del bueno de Col mientras la acompañaba por la ciudad.


El que las clases en la Escuela de Industriales me dejaran mucho tiempo libre que no sabía muy bien cómo llenar ayudó a afianzar mi amistad con Rocío. Empecé a citarme con ella alguna tarde para ir al cine o al teatro. Nos sentábamos en la última fila del patio de butacas donde le susurraba al oído contándole lo que sucedía en la pantalla, en el escenario, sin hacer caso de los espectadores cercanos que nos reprendían por nuestras risas ruidosas y nos mandaban guardar silencio con escasa amabilidad. Era Rocío una oyente exigente; no quería perderse ningún detalle y me obligaba a agudizar el ingenio buscando las palabras con el poder de llevar la luz al rincón oscuro de su mente.


—¿De qué color es el vestido de la madre? —me podía preguntar en algún momento de la velada.



—Verde —le contestaba yo.


—¿Verde? Pero ¿qué verde? ¿El de la hierba después de la lluvia o el del mar embravecido?


Yo la contemplaba admirado y me preguntaba a mi vez cómo podía saber ella cuál era la apariencia del verde de la hierba después de la lluvia o el del mar embravecido si nunca sus ojos habían visto otra cosa que una oscuridad uniforme y sin color. Otras veces me sorprendía con su intuición o clarividencia, que no sé muy bien lo que era, cuando me decía que el azul de tal camisa iba mejor al tono oscuro de mi pelo que el blanco de la otra. Y me maravillaba de sus juicios, que parecían cosa de magia, fruto de algún embrujo, tan certeros eran siempre.


—Dime la verdad, Rocío —le decía medio en broma, medio en serio—. ¿A que me engañas y ves perfectamente?


Entonces ella, por toda respuesta, me regalaba con su risa cantarina como si, pícaramente, quisiera mantenerme en la duda.


Su intuición la convertía en una oyente excepcional. Con ella podía hablar tanto de los pequeños acontecimientos cotidianos que traían un poco de alegría a mi vida como de los pesares que afligían mi corazón. Nunca me enjuició cuando le conté algún episodio del pasado en el que no salía muy bien favorecido ni me obsequió con vanas alabanzas cuando le conté alguno en el que demostré alguna valía. Rocío se limitaba a escucharme en silencio, con la cabeza ligeramente ladeada hacia el hombro izquierdo y los labios entreabiertos. Lo que no me atrevía a confesar ni tan siquiera ante mí mismo lo desplegaba ante ella como un mercader expone ante su mejor cliente su más preciado tesoro y, cual si de verdad de un tesoro se tratase, así recogía yo sus tiernas palabras. Ya fuesen de consuelo, de aliento o, simplemente, de asentimiento, siempre sabía dar con las más acertadas. Y yo, mientras tanto, me sentía halagado por despertar tanta atención en otra persona.


Recuerdo, como si sólo hubieran transcurrido unos días, las tardes de primavera: sentados en una terraza cercana a la residencia en la que vivía con un granizado de limón que acababa derritiéndose porque la conversación nos hacía olvidar todo lo demás. A veces, me recorría el pecho una corriente de ternura. Le tomaba la mano, que descansaba con desganado abandono en el borde de la mesa, y dejaba un beso en su palma. Se hubiese dicho que la tierna caricia era tan leve que Rocío no se había dado cuenta de ella de no ser por el rubor que teñía sus mejillas. Un rubor rojo encendido, como el de las cerezas en junio, y para mí eran sus mejillas igual de apetitosas que el dulce fruto, tanto que me robaban otro beso. 


Pero no supe adónde fueron a parar aquellos besos míos nacidos de la ternura hasta muchos meses después.


Por aquel entonces ya no me consideraba un extraño en la ciudad. A menudo salía por las noches con otros profesores que, solteros como yo, no tenían obligación alguna que les impidiese regresar a sus casas los fines de semana después de las primeras luces del amanecer. Por ellos conocí una cara diferente de aquella pequeña ciudad que, durante el día, parecía dormir suspendida en un tiempo pasado; me hice asiduo de un garito donde un hombre con el rostro surcado de arrugas y de edad indefinida cantaba viejas canciones de Cole Porter acompañado al piano de una bella mujer nigeriana vestida como una bailarina de charlestón; y descubrí el sabor del vino tinto criado en tenebrosas bodegas a pocos quilómetros de allí que tomábamos a pequeños sorbos a las tres de la mañana. Por ellos conocí a Teresa, la mujer que, con una sola mirada, me hacía temblar como un niño que despierta de pronto una fría mañana de otoño.


No puedo recordar ni cómo ni cuándo apareció Teresa por primera vez. Imposible decir si llegó con alguno de los jóvenes profesores que hacían de Virgilio para mí por los locales nocturnos o la encontramos en alguno de los pubs que frecuentábamos: uno de esos pubs que tanto le gustaban a Teresa, según descubrí después. Era alta, muy alta. Su estatura debía de rozar el metro ochenta: casi los dos metros subida a unos esbeltos estilettos de color escarlata con cristalitos de Swarovski que formaban una margarita en el empeine y que hacían que todos volvieran la mirada a su paso cuando entrábamos en algún restaurante. Llevaba una melena rubia, del color de los girasoles, que le caía en ondas por debajo de los hombros y movía al compás de su palabras como si quisiera recalcar así la importancia de sus argumentos.


Aún no puedo decir qué la llevó a elegirme a mí entre los cuatro amigos que salíamos habitualmente a recorrer la noche de la ciudad. Todos estábamos fascinados con los vaivenes de su melena, sus manos enjoyadas con turquesas que parecían planear cuando las movía y sus labios perfectamente perfilados con un carmín del color de las mandarinas. A su lado, las demás mujeres se tornaban en fantasma: mujeres sin vida difuminadas en la nada. Como digo, todos intentaban arrancarle aunque no fuera sino la promesa de una noche y todos fracasaron; todos, menos yo. Ante mi sorpresa, he de decir, pues nunca he sido demasiado afortunado con quienes se han venido en llamar mujeres de bandera. 



Empezó para mí, que estaba a punto de cruzar la orilla de los cuarenta años, una etapa de locura y desenfreno que se llevó por delante toda mi vida ordenada y sin gracia. A la salida de las clases, sin detenerme siquiera a tomar un bocado, enfilaba la calle que llevaba a la tetería que regentaba Teresa y, al cruzar el umbral, me dejaba envolver por sus brazos que traían la fragancia de las manzanas asadas, de las hierbas aromáticas y el perfume a gardenias de sus cabellos. Sin darle apenas darle tiempo a avisar a los que trabajaban para ella, la tomaba de la mano y la llevaba hasta mi estudio donde nos esperaban horas de pasión. Si vuelvo la vista atrás hasta aquellos meses, se me confunden unos días con otros. Días en los que no tenía otro pensamiento que Teresa. Vivía inquieto hasta que mis labios se juntaban con los suyos y, al llegar la noche, le robaba las horas al sueño para contemplar su bello rostro dormido. Aún hoy me estremezco al recordar cómo me hacía temblar el simple roce de su mano o la caída de sus párpados cuando algo le gustaba. Después de aquellos meses, no he vuelto nunca a sentirme tan vivo.



Mientras tanto, cada mañana, seguía haciendo de guía para Rocío por las calles de la ciudad. Me es imposible explicar por qué le oculté la existencia de Teresa si a ésta le había hablado a menudo de mi amiga ciega. ¿Cómo iba a consentir mi bella amante que me ausentara unas cuantas tardes si no era diciéndole que iba a llevar al teatro a una joven que no podía ver el escenario? Alguna vez, como si se sintiese orgullosa de lo que llamaba mi corazón bondadoso y quisiera emularme, se ofreció a venir conmigo a conocer a quien era objeto de tantas alabanzas por mi parte. Pero mi intuición me decía que la arrolladora presencia de Teresa no sería bien acogida por la dulce Rocío si no la preparaba antes. De manera que le iba dando largas y recurría sin mucho convencimiento al “otra vez será”. Y mientras tanto mantenía en la ciega ignorancia a mi amiga invidente.



Dejé pasar el verano, las vacaciones en Marraquech con Teresa, los exámenes de septiembre y el inicio de las clases a principios de octubre. Cuando me volví a acomodar en la rutina escolar, pensé que mis temores rozaban el ridículo; me decidí, al fin, a invitar a merendar a Rocío y a Teresa en una cafetería que se estaba poniendo de moda para que se conocieran. Cuántas veces después me habré reprochado no haber dejado pasar el tiempo, como me aconsejaba mi instinto.



Llamé a Rocío a la residencia un domingo de mediados de octubre y le dije que la iba a recoger a las cinco de la tarde. No le di más explicaciones. Era la primera vez que quedaba con ella desde que finalizaran las clases en junio y debía de estar esperando con anhelo esas horas de asueto porque se había arreglado más de lo que era habitual en ella. Y, aun así, qué sencilla me pareció con su pantalón color café con leche, la camisa blanca y el blazer azul celeste. Nada que ver con la mujer sofisticada que cruzó el umbral de la cafetería y se dirigió a nuestra mesa. 



No sé qué pensó mi joven amiga cuando oyó el beso sonoro que Teresa me dio en los labios ni cuando precipitadamente le presenté a la recién llegada como mi novia. Di gracias al cielo de que no pudiera ver la sonrisa maliciosa que me dedicó Teresa ni la patadita que me dio por debajo de la mesa cuando se sentó a mi lado. Desde el primer momento supe que había sido un error el encuentro entre las dos mujeres sin haberle dicho nada a Rocío acerca de mis intenciones. La joven se escondió detrás de una timidez que no le conocía resultando incluso arisca cuando yo intentaba sacar a la luz su rostro más radiante, la mujer inteligente y alegre a la que cada mañana acompañaba de camino a sus clases. Mientras tanto Teresa tampoco estuvo muy acertada. Cuando se dirigía a Rocío, parecía que estuviera hablando con una niña. Le hacía preguntas absurdas o la besaba en la mejilla sin venir a cuento. Yo sabía que lo hacía con su mejor intención, que sólo quería ser amable y mostrarse cariñosa, gustarle a quien tanto me gustaba a mí, pero Rocío no lo debía de ver de ese modo pues los intentos de Teresa por ganársela no servían sino para enfurruñarla más y más.



No hacía media hora desde que llegara Teresa cuando mi joven amiga pareció recordar otro compromiso. Se levantó de su asiento y quiso marcharse sola con su perro guía. Disgustado con su precipitación y su comportamiento de aquella tarde, me empeñé en ir con ella hasta la residencia después de hacerle una seña a Teresa para que me esperase en mi estudio. Durante el trayecto me quiso engañar y simuló la alegría que cada mañana pintaba de colores el camino. Pero sus palabras estaban humedecidas por las lágrimas. Hablaba con inusitada celeridad, sin terminar las frases, yéndose de un tema a otro sin transición alguna.



Yo la escuchaba entre triste y desconcertado, sin entender lo que le sucedía, por qué estaba tan excitada, al borde del llanto, y la dejaba hablar esperando que se sosegara para que me pudiera decir lo que la había disgustado. Así llegamos a la puerta de la residencia. Por primera vez desde el día en que la conocí, me pidió que entrase en su cuarto. A punto estuve de negarme recordando que Teresa me esperaba en mi estudio pero no me atreví a dejarla sola en aquel estado tan agitado. Me sorprendió el aspecto alegre de la pieza. Había imaginado que, al tratarse de la habitación de una muchacha ciega, tenía que ser oscura, en la que predominase los colores grises y apagados, y no aquel luminoso cuarto con una cama de hierro pintada de blanco, la colcha estampada con flores fucsias y azules al estilo de Liberty y una inmensa lámina que reproducía una de las pinturas de Monet con sus nenúfares.


—¿Qué te pasa, mi dulce Rocío? —le pregunté tan pronto como cerró la puerta de la habitación—¿Por qué has estado tan disgustada toda la tarde?, ¿es que no te ha gustado Teresa?


Por toda respuesta me enlazó el cuello con sus brazos y me besó en los labios con un apasionamiento del que nunca la creí capaz. Fue tal mi sorpresa, mi aturdimiento, que perdí toda capacidad de reaccionar y, desde luego, no la respondí. Entonces ella, como si se avergonzase, se apartó con la misma brusquedad con la que se había lanzado a mí y se sentó en el borde de la cama con el rostro oculto entre las manos mientras se deshacía en lágrimas. Me acerqué a ella y le acaricié el cabello pero, con ello, sólo conseguí que se retrajera sobre sí misma.



—Perdóname, por favor —me dijo cuando al fin pudo hablar —. Perdóname. La culpa es mía que creí ver lo que no existía.


—No tengo que perdonarte nada, mi niña.


Entonces, como movida por un resorte, levantó su rostro hacia mí y, con la voz llena de ira apenas contenida, me dijo:



—No soy ninguna niña. Ese es el problema. Te olvidaste de que no era una niña y me colmaste de una ternura que no te habías permitido con otra mujer. ¿No lo comprendes? Con tus besos y tus caricias me hiciste creer que significaba algo para ti pero tú no veías en mí más que a una niña indefensa que te hacía sentir bien cuando la ayudabas. Y, mientras tanto, tenías una novia aunque nunca me hablaste de ella. Venga a contarme esto o lo otro, como si fuera tu confidente, pero de Teresa nunca me dijiste nada. ¿Por qué, si yo no era nada para ti?, ¿qué tenías que ocultarme?


Intenté explicarme, pero ni yo encontraba los argumentos ni Rocío me escuchaba. Se enredó en frases sin sentido en las que unas veces me reprochaba mi engaño y otras se culpaba a sí misma por haberse dejado seducir por una ilusión. Yo intentaba defenderme, hacerle ver lo importante que era para mí su amistad, el cariño que la tenía. Pero a medida que hablaba, me daba cuenta de lo inútiles que eran mis palabras. De pronto pareció tranquilizarse. Volvió sus ojos hacia mí, como si pudiese verme, como si me mirase, y me pidió casi suplicante que olvidase lo sucedido aquella tarde y la dejase sola.



Aquella noche apenas pude dormir. A mi memoria acudían una y otra vez las palabras de Rocío confundidas con el recuerdo de los momentos que habíamos pasado juntos. La veía ruborizarse ante mis caricias, ante mis besos, y me avergonzaba al recordar cómo me había dejado llevar por la ternura olvidando que estaban en juego sus sentimientos.


Los días que siguieron, quise hablar con ella, explicarme, disculparme. Pero Rocío me había pedido que la olvidara por un tiempo; que esperase a que me llamara. Mas, ¿cómo olvidarla? Cada mañana, desde la cristalera de la cafetería donde me detenía a tomarme mi primer café, la veía cruzar el paso de cebra. Unas veces acompañada de algún buen samaritano; la mayoría sola, con su golden color canela y su bastón blanco. Tenía entonces que hacer un esfuerzo para no salir a su encuentro. Mas, cuando la veía alejarse hasta perderla de vista, no podía evitar un sentimiento de alivio que venía a reconfortarme. ¿Qué podía decirle yo en mi descargo?, ¿acaso estaba en mi mano recomponer su corazón quebrantado? 


Las semanas pasaron sin que Rocío me llamase. Tampoco yo me acerqué a ella ocultando mi cobardía con el pretexto de no querer molestarla. Así dejé transcurrir el tiempo, haciendo más y más difícil un encuentro.


Antes de la llegada de Navidad Teresa me dejó por otro y el dolor que me causó eclipsó cualquier otro sentimiento. Le tomé aborrecimiento a la ciudad. En primavera, metí mis cuatro cosas en una maleta y me marché a otra parte. Durante mucho tiempo, enterré a Rocío en el rincón más oscuro de mi memoria. No podía consentir que su recuerdo perturbase mi conciencia. Sólo a veces fantaseaba con la idea de pedirle perdón a sabiendas de que el momento de obtenerlo hacía mucho tiempo que había pasado. 


Pero una mañana, doce años después, el ayer vino a mi encuentro.


Podía haber sido un déjà vu; podía haber sido una jugarreta de mi imaginación o podía haber sido ella, que venía a saldar las deudas. Pero no fue más que el azar, que unió unos cuantos elementos para traerme a la memoria el ayer. ¿Qué era sino aquella calle en la que un tímido sol reflejaba dos o tres rayos en los charcos que había dejado la lluvia el día anterior?, ¿qué era sino aquella calle abarrotada de gente que iba y venía sin orden ni concierto, donde unos y otros se empujaban afanosos por ser los primeros en llegar a su destino mientras una joven con un bastón blanco y un golden color canela intentaba cruzar de una acera a otra? Como doce años antes, parecía que yo era el único que se daba cuenta de la situación en la que se encontraba la pobre muchacha ciega. Desde los cristales de la cafetería donde cada mañana me detenía a tomarme el primer café del día de camino al trabajo, la veía titubear, tirar de la correa del perro guía y darle órdenes mientras los viandantes pasaban indiferentes a su lado. Como doce años antes, parecía que yo era el único que se daba cuenta de su desvalimiento, el único que podía prestarle ayuda. Pero, ¿estaba dispuesto a repetir el pasado?, ¿a rectificar mis errores?, ¿a enmendar el ayer?




Me armé de valor. Dejé sobre la mesa unas cuantas monedas y salí a la calle hasta el paso de cebra.




—¿Me permites que te ayude a cruzar la calle? —le pregunté a la joven en el momento en el que la luz del semáforo cambiaba de color.