lunes, 23 de enero de 2017

Una caléndula y dos billetes de cincuenta euros






   Hacía más de media hora que él se había ido y Teresa permanecía quieta, sin moverse. Tumbada en la cama, tenía los ojos fijos en una mancha amarillenta del techo sobre la que se había posado una mosca. Su mente estaba vacía. Ningún pensamiento venía a importunarla. Era como si una potente anestesia hubiera adormecido sus sentidos. No experimentaba culpa alguna por lo sucedido. Tampoco se encontraba satisfecha. Nada. Solo un leve zumbido en los oídos le recordaba que estaba viva.

   Una brisa helada entró por la ventana y la hizo tiritar. Se volvió a un lado, hundió la cara en la almohada. Su nariz se llenó del olor agrio del hombre y fue como si despertara. Recorrió con la mirada las paredes desnudas. Todo a su alrededor le hablaba de desolación, todo era sórdido: la cómoda con los cajones desvencijados, el armario con la puerta entreabierta, sus ropas esparcidas por el suelo, las cortinas medio desprendidas del raíl del que colgaban, las sábanas tatuadas de manchas antiguas.. Cerró los ojos para huír de la repulsión que le subía por la garganta. ¿Qué hacía allí? Pensó en Agustín, su marido. Se había despedido de él a las ocho de aquella misma mañana y, sin embargo, parecía que había pasado una eternidad desde entonces. Ninguno de los dos podía sospechar nada de aquello cuando él cogió el abrigo y el iPad antes de marcharse a la oficina. Intentó incorporarse pero le pesaba todo el cuerpo. Volvió a acurrucarse cubriéndose con las sábanas e intentó sin lograrlo volver a la inconsciencia del sueño. 

   Imaginó a su marido asomado a la ventana. Aquella mañana se había despedido de ella con un gruñido, como hacía siempre. Sin una palabra. Desde la cocina, Teresa lo había oído alejarse en el coche por la vereda. La casa había quedado en silencio. Un silencio atronador. Estaba sola. No había nadie más con ella. Como casi siempre. Sus hijos adolescentes, entre el instituto, el fútbol, los amigos…apenas paraban en casa. Dejó escapar un suspiro que dolía. Sus hijos. Hacía tiempo que no la necesitaban ni buscaban su compañía. Ni su marido tampoco. Se había convertido para su familia en un elemento más del mobiliario. Una cosa de la que se podía prescindir sin apenas notarlo.  






    Sintió una opresión en el pecho que le cortó la respiración. Se dio la vuelta en la cama hasta quedar de cara a la pared. Tenía que levantarse y regresar con su marido, a su vida, pero le faltaban las fuerzas. Una laxitud más y más intensa se había hecho dueña de sus miembros y su voluntad parecía muerta.




   Aquello no era lo que buscaba cuando aquella mañana, al dirigirse al estudio de arquitectos en el que trabajaba como secretaria, pasó de largo y siguió conduciendo por la larga avenida principal. Aunque había pensado muchas veces dejarlo todo, nunca había se creido con suficientes agallas para hacerlo. Ni siquiera lo creyó cuando el cuentakilómetros empezó a dejar caer los dígitos a toda velocidad. No quería más que hacer una pausa en el vacío de su vida, sentirse por unas horas la Teresa que fue de soltera. Una mujer sin preocupaciones que gustaba a los demás tanto como se gustaba a sí misma. Por eso entró en el salón de belleza y pidió que le dieran unas mechas rubias. Por eso quiso que le alisaran la melena. Que le hicieran el peinado que llevaba cuando era joven. Por eso pidió que la maquillaran. Que borraran las ojeras y las arrugas que afeaban su rostro. Que le devolvieran los años que le habían robado su marido, sus hijos, su trabajo anodino contestando llamadas de gente que no conocía. Que no la conocían.

   Cuando salió del salón de belleza, contempló su imagen en el cristal de un escaparate. Y se vio atractiva otra vez después de muchos años. Frunció los labios para besarse a sí misma. Una amplia sonrisa iluminó su rostro. Hasta que su mirada cayó sobre la falda de tweed, la blusa gris perla y los zapatos de bajo tacón anudados con cordones: “La imagen de una mujer madura, invisible y sin futuro”, pensó. Subió de nuevo al coche, que la llevó a la boutique más exclusiva de la ciudad. 

   No le importó malgastar su tiempo en probarse y desechar vestidos, faldas y pantalones que, en otro momento, ni siquiera hubiera mirado debido a lo elevado de su precio. Tampoco le dolió cuando pagó con la Visa de Agustín un vestido de crepé de seda negra y unos zapatos de charol negros de alto y fino tacón que se llevó puestos al salir de la tienda sin importarle el frío de la mañana.

   Ya en la acera, giró varias veces sobre sí misma al tiempo que su corazón se iba llenando de euforia. Una ráfaga de viento jugó con el ruedo de la falda. ¿Y ahora qué? ¿Qué hacía con su nuevo yo? Levantó la vista y se quedó prendada de un edificio de mármol blanco estilo colonial: El Casino. Vio como entraba y salía gente elegantemente vestida. Una joven se bajó de un Mercedes descapotable color plateado; una mujer, anciana ya, relucía con los brillantes que exhibía en un broche en forma de margarita; un señor de mediana edad llevaba un portafolios de piel labrada... ¿Qué pasaría si entraba a tomarse algo en su terraza? ¿Se atrevería a mezclarse con aquella gente tan distinta a ella? Vaciló unos instantes. Luego dejó que sus tacones cantarines se hundieran en la alfombra verde mar de la imponente escalinata y, como si fuese algo que hiciera todos los días, eligió una mesa junto a la fuente de Minerva. Por unos segundos volvieron las dudas: ¿qué estaba haciendo?, ¿qué buscaba con aquella huida a ninguna parte? Ahuyentó la voz de su conciencia que venía a azuzarla y, cuando pasó un camarero por su lado, pidió un vermut. 

   Pronto se dio cuenta de que alguien la estaba observando. En una mesa cercana, un hombre no le quitaba la vista de encima. Estaba solo tomándose un aperitivo. Iba ataviado con un traje color crema, camisa de seda azul celeste y corbata burdeos, también de seda, pensó. Un dandy de otros tiempos. Podía ser más joven que ella. O tal vez no. Aparentemente, se deleitaba con la lectura de un libro pero de cuando en cuando levantaba la vista y la dejaba descansar sobre Teresa. Ella no sabía cómo interpretar aquella observación. Unas veces veía reflexión en su mirada. Otras, insolencia. Como si con los ojos pudiera traspasar la tela de su vestido recién estrenado. Teresa fingía no verlo pero estaba disfrutando con un juego que hacía muchos años tenía olvidado. 

   Ladeó la cabeza dejando caer la melena sobre el hombro derecho mientras le dirigía una mirada de soslayo. El hombre tomó un sorbo de una bebida color caramelo y se pasó la punta de lengua por el labio superior. Ante aquel gesto, que no tuvo claro si constituía una ofensa, Teresa no pudo evitar ruborizarse. Pese a haber pasado los cuarenta años, no había estado con más hombres que con su marido, al que conoció siendo muy joven. Hizo como si se distrajera contemplando a una pareja que estaba sentada en otra mesa próxima a la suya pero seguía observando al hombre por el rabillo del ojo. De tanto en tanto, no podía evitar una sonrisa traviesa con vocación de carcajada aun sabiendo que aquel era casi un gesto de asentimiento.

   No obstante, la sonrisa que cosquilleaba sus labios murió al instante cuando lo vio levantarse y acercarse a su mesa. Por un segundo, pensó en marcharse. Escapar como una niña cogida en falta. Luego, se burló de su miedo mojigato. ¿Qué tenía de malo divertirse un rato? ¿A quién hacía daño con su día de vacaciones? Echó hacia atrás la cabeza y lo miró provocadora cuando el hombre llegó a su mesa. 

   —¿Puedo? —preguntó entre irónico y cortés.

   Por toda respuesta, ella le mostró la silla vacía frente a la suya invitándolo a acompañarla.




   Una ola de calor le subió por el rostro. La mosca había abandonado el techo para revolotear por la habitación. Se posó en la rodilla derecha de Teresa, aleteó su capa transparente, se elevó para hacerle cosquillas en la comisura de la boca, emprendió el vuelo hasta el brazo izquierdo que colgaba en un lado de la cama. Ella la espantó con la mano, se incorporó y se sentó en la cama pero la mosca no dejó de jugar con ella. Se posaba sobre su pelo enmarañado, sobre el brazo, la espalda, el pie… Ningún movimiento de Teresa era capaz de detener el revoloteo de la mosca. Parecía como si el bicho quisiera retarla con el mismo juego con el que la había desafiado el hombre. Estiró los brazos tras la nuca. Tenía que irse ya. Regresar a casa. Pero no encontraba las fuerzas para marcharse. Volvió a tumbarse y se giró hacia la pared como si así pudiera borrar la realidad. 



   La conversación fluyó entre ellos sin obstáculos desde las primeras frases. Como si se conociesen desde hacía mucho tiempo. Y, sin embargo, Teresa tenía la sensación de formar parte de una obra de teatro. Él le contó que era un hombre de negocios que estaba de paso en la ciudad. Llevaba dos años divorciado y, como no tenía hijos, había decidido vender la casa que le había tocado en el reparto y vivir como un nómada. Yendo allí donde le llamaba la oportunidad de una compra a bajo precio o una venta sustanciosa. Se presentó a sí mismo como un cruce entre Aladino y Marco Polo. Le habló de largas estancias en países que ni siquiera sabía que existieran, del embrujo del Templo del diente de Buda en Sri Lanka, de un chamán aborigen de Australia que moría en las noches de luna nueva y resucitaba con la luna nueva, del extenso desierto de Arabia, de los derviches de Turquía...

   Teresa no se atrevía a hablar mientras escuchaba hechizada las historias del hombre. No creyéndoselas del todo pero, aun así, dejándose encantar por la voz grave del hombre. El camarero les sirvió la comida sin que recordase haberla pedido. Ante ella pasaban platos exquisitos que apenas probaba, entretenida por las palabras del desconocido. Todo a su alrededor parecía flotar en una nube de irrealidad, como si estuviera transitando por un sueño. Se dejaba mimar por las atenciones del hombre como si estuviese acostumbrada a recibirlas. Una caricia apenas insinuada en la mano que descansaba sobre la mesa, un halago dicho como sin querer... 
  
   Al término de la comida, el hombre le entregó una caléndula que cogió de un parterre del jardín del Casino. Luego, la tomó de la mano y la guió por callejuelas estrechas sin decirle cuál era su destino. Teresa se asustó de la oscuridad de aquella zona de la ciudad para ella desconocida, del olor a verdura podrida, de los gatos famélicos que se cruzaban en su camino. Quiso retroceder. Acabar con aquel juego absurdo y volver a su vida insípida. Pero el propio miedo la espoleaba a seguir adelante. De manera que no protestó cuando la hizo subir los escalones carcomidos de miseria de la pensión donde yacía en aquel momento. Ni dijo nada cuando el hombre pidió una habitación. Solo abrió sus labios cuando entraron en aquel dormitorio que olía a sudores de extraños. Pero el hombre la calló con un beso en la boca que no supo si le había gustado o causado la misma repugnancia que la alfombra gastada por miles de pisadas que estaba tendida a los pies de la enorme cama.

   Teresa olvidó su miedo y la aversión que le produjo la entrada en aquel dormitorio cuando el hombre comenzó a desvestirla. Una extraña euforia la invadió al verse reflejada en el espejo en brazos del hombre, un extraño que no era su marido. Las manos de él debían haber despojado de sus ropas a muchas mujeres pues lo hacían despacio pero sin detenerse, sin mostrar vacilaciones inútiles. Por cada prenda que le quitaba, le besaba un trozo de piel. Cada caricia encendía sus sentidos más y más hasta olvidarse de sí misma. Y, cuando se deslizó por su cuerpo la última pieza de lencería, cayeron los dos sobre la cama confundidos entre las sábanas.

   Moría la tarde cuando la despertó el ruido de un portazo. Al abrir los ojos, no supo donde se encontraba. La penumbra deformaba con sus sombras los muebles. Insistentes latidos golpeaban sus sienes. Alargó la mano buscando al hombre pero no había nadie en la enorme cama. Lo llamó. Primero en susurros. Luego elevando la voz. Pero nadie la contestó. El hombre no estaba. La había dejado sola sin despedirse siquiera. 

   Extendió la mano hasta el interruptor de la luz. Quedó deslumbrada por su resplandor y no vio nada más que un trozo de su brazo desnudo. Poco a poco fue recuperando la visión de las cosas, impregnándose de la soledad que la rodeaba. A su mente llegaron imágenes de lo que había sucedido aquel día. Primero como fogonazos, sin ninguna ilación entre ellas, luego como quien rebobina una película hacia atrás. Ningún sentimiento brotaba de su corazón, solo un extraño vacío, como si estuviera muerta y su cuerpo se moviera sin la intervención de la voluntad. Pero, a medida que los recuerdos volvían a su memoria, el dolor de la pérdida y la añoranza por su vida anodina iban cobrando mayor protagonismo. 

   Por fin reunió las fuerzas necesarias para levantarse. Se vistió deprisa sin el placer que había experimentado un rato antes, cuando el hombre le fue quitando una a una las prendas que llevaba. El vestido negro yacía en el suelo como un trapo ajado y los zapatos de charol habían perdido su brillo. Al calzárselos sus ojos cayeron sobre la encimara de la cómoda. Creyó que su corazón se desintegraría en mil pedazos por la vergüenza y el asco de sí misma cuando vio la caléndula que el hombre le había dado ya marchita sobre dos billetes de cincuenta euros.