jueves, 24 de noviembre de 2016

Il Castrato. Primera Parte










I

  El dieciséis de marzo de mil setecientos treinta y seis moría Giovanni Battista Pergolesi. Los monjes capuchinos del monasterio de Pozzuoli que recogieron su último aliento encontraron entre sus pertenencias la partitura de su Salve Regina, en cuya primera página figuraba la siguiente dedicatoria: “A Luigi Burllecchi, que, con su voz, hace llorar a las musas”. A pocas leguas de allí, en Nápoles, unas horas más tarde, el destinatario de tal dedicatoria era apresado y conducido al calabozo. La noticia del apresamiento arrasó toda Europa como si de un huracán se tratase. 

Visto el escándalo que suscitaba tal acontecimiento, uno de los monjes copió la primera página de la luego célebre partitura, obviando la dedicatoria, y quemó el pliego original en un brasero que servía a los religiosos para entrar en calor en la capilla las gélidas madrugadas invernales. Esa y no otra fue la razón de que nadie tuviera constancia de los postreros deseos del músico.

Pero volvamos al dieciséis de marzo. Esa noche sólo el criado al servicio de Burllecchi supo del apresamiento de su amo. El alguacil, acompañado de tres hombres más, se presentó en la casa del cantante poco antes de que las campanadas de la catedral anunciaran las once y cuarto. Luigi Burllecchi, de costumbres casi monacales, llevaba horas durmiendo cuando su criado llamó a la puerta de su dormitorio infringiendo sus estrictas órdenes de no molestarlo. Peruso, que así se llamaba el sirviente, se había llevado más de un coscorrón de su señor cuando, siendo un muchacho, entró a su servicio hasta que comprendió que tan sagradas como la sangre de San Genaro eran las horas de sueño del castrati. Entre sus obligaciones estaba conocer los grandes perjuicios que la falta de sueño tenía en la voz de su amo, más delicada que las alas de una libélula. Perusio, de mala memoria para otros menesteres, era raro que olvidase hasta donde podía llevar a Luigi su temperamento, pese a ser de común un dechado de templanza, cuando se lo importunaba con visitas tardías que acababan por desvelarlo hasta la llegada de la mañana. Mas aquella noche, la visión de la autoridad en la puerta de la casa hizo que desapareciesen al punto todos los temores de tan diligente criado.

La irrupción de los cuatro servidores de la ley en su dormitorio despertó de golpe a Luigi, que en aquel momento soñaba que daba un paseo con Lucrecia a los pies del Vesubio. Por un instante pensó que aquel brusco despertar no era sino caer en otro sueño, pesadilla más bien, que le robaba la imagen de su amada trocándola por la de aquellos groseros rufianes. Mas cuando le hicieron salir de la cama a empujones sin tener consideración alguna sobre su persona, Luigi intuyó que de aquel sueño le costaría despertar, si es que lo hacía alguna vez.

Sin darle razón alguna, registraron la casa desde el altillo hasta el sótano. Entraban y salían de cada una de las estancias. Abrían y cerraban cajones, armarios, baúles. Subían y bajaban escaleras: la principal, la de servicio, la condenada. No hubo rincón de la casa en el que no husmearan aquellos sabuesos. Sus botas embarradas restregaban las mullidas alfombras traídas de Oriente. Sus correrías por los pasillos dejaban desconchones en las paredes. Sus voces llenaban de palabras malsonantes las habitaciones. Durante dos horas destrozaron la armonía que, con tanto mimo, había llevado Luigi a aquella casa sin que le valieran de mucho las protestas desgarradoras para detener aquel escarnio. Y, cuando su corazón estaba a punto de estallar ante la visión de las porcelanas de Sèvres hecha añicos y la colección de músicos autómatas mutilada en el suelo, una mano gigantesca lo cogió del brazo y lo empujó a la calle sin darle apenas tiempo a coger un viejo paletó y echárselo por encima de las magras ropas de dormir.

Lo condujeron hasta el calabozo por calles oscuras; apenas iluminadas por una o dos antorchas a la entrada y a la salida. Estaba helando y la escarcha lo hacía resbalar cuando alguno de sus guardianes lo conminaba para que se diese prisa. En vano preguntó la causa del arresto. Ni el alguacil ni sus acompañantes le dirigían la palabra si no era para ordenarle que apresurase la marcha. Sólo en el momento en que lo iban a encerrar en la pestilente celda le leyeron los cargos de los que se le acusaban.



II


Tenía nueve años cuando entré en casa de Nicola Priamo. Ignoro quién le había hablado a mi padre, un rudo campesino sin letras, del más afamado maestro de castrati de Nápoles en los primeros años de este decimoctavo siglo. La noche que me dejó al cuidado de la sirvienta de la gran casa fue la última que lo vi. Supongo que las muchas bocas que alimentar y el poco alimento que entraba en nuestra paupérrima morada influyó en la decisión de mi progenitor de abandonarme a mi suerte. En el momento en que me arrancaron de los brazos de la infancia yo era el quinto de un rebaño de once hermanos y mi puesto en la familia sólo se hacía notar a la hora de sentarse a la mesa. Así que no es de extrañar que mis padres me buscasen acomodo lejos de la casa familiar y me dejasen al cuidado del destino.

Mas mi historia nada tiene de extraordinario. En aquellos años, no eran raras las familias que, acuciadas por la miseria, procurasen para sus hijos un futuro mejor convirtiéndolos en castrati, esto es, ni hombres ni mujeres.

Pero, como digo, la noche que llegué a casa de Nicola Priamo no vi al que sería mi maestro, mi padre, mi tormento en los años siguientes.

La criada a la que fui confiado por mi padre, sin darme tiempo a despedirme, me condujo hasta un maloliente cuchitril donde dormían dos bultos o personas, de las que no se distinguía más que la coronilla, arropados por una especie de saco de tela basta. Esto no lo supe por mi gran entendimiento sino porque la dicha criada me tendió uno de tales sacos y me ordenó que me tumbase en el suelo para reparar las fuerzas del viaje.

No recuerdo cómo transcurrió el tiempo hasta la llegada del nuevo día; si caí rendido de la fatiga o si, como sucedió en las noches venideras, pasé las horas en vela añorando a mis hermanos mientras a mi lado se oían el dulce respirar de los durmientes y, de tanto en tanto, sus suspiros cuando eran atemorizados por alguna pesadilla.

Con las primeras luces del día, la criada nos despertó con caricias que poco o nada tenían de maternales. Pude ver, entonces, las caras, aún somnolientas de mis compañeros de habitación. Eran dos muchachos muy dispares entre sí. Uno de ellos, el que se hacía llamar Pippo, debía de ser tres o cuatro años mayor que yo. Era gordo, con esa gordura blanda y blanquecina del que no tiene otra preocupación que llenar la panza. Su rostro pudiera haber sido el de un estúpido sin entendederas de no ser por la expresión que asomaba a sus ojos, llena de malignidad. Mi otro compañero, Marco era su nombre, parecía ser de mi edad y hubiese pasado por mi hermano gemelo si no hubiera sido porque su pelo era negro como el plumaje de los estorninos que imitaban el canto de los pastores en mi pueblo; mientras que mi cabello siempre ha sido bermellón como las amapolas que crecían en el campo. Como digo, era de traza pareja a la mía: el mismo tipo enclenque, la misma nariz roma, el mismo modo de sorber los mocos, que aparecían con los primeros vientos de octubre y que no nos abandonaban hasta bien entrado el verano, como supe después. 

Aquel día no hablé con ellos más que lo justo para que me indicasen dónde hacer mis necesidades en el patio trasero de la casa y poco más. La criada me llevó por un largo pasillo a los aposentos del maestro Priamo y no los volví a ver hasta la noche. 

Como quien ve a un ser celestial así me quedé yo cuando vi al maestro. En mi corta vida no había contemplado a nadie tan bello y brillante. Todo él parecía resplandecer: sus vestiduras, su rostro, blanco y luminoso como la luna, sus manos, que semejaban pajarillos a punto de emprender el vuelo. Y la habitación en la que me recibió, un trocito del Paraíso me pareció. Me sentí cohibido entre tanto terciopelo carmesí y objetos de cristal, que entonces ignoraba qué eran y para qué servían. Jarrones, candelabros, tapices y cortinas: todo era nuevo para mí.

─¡Anda, malandrín!, cierra esa boca de bobo y acércate para que te vea ─me dijo con una sonrisa bondadosa que se apoderó de mi corazón hasta el resto de mis días.

Me aproximé muy despacio con ese temor que nos suscitan los seres venerables. Me hechizaba su voz. Con el tiempo descubriría que no era el único al que encandilaba el tono cristalino de su hablar, la nitidez con la que separaba unas y otras palabras, el énfasis que ponía en algunas, no por su relevancia en la conversación sino por su musicalidad. Como si quisiera disipar mi miedo, me tendió la mano y me hizo sentar en un escabel a sus pies. A su lado me tuvo toda la mañana escuchándolo, primero, con verdadero arrobo cantar pasajes de Wachet auf, ruft uns die Stimme y, después, tratando de imitarlo en tan difícil composición de Bach.

Lo que para mí era un juego, un divertimento, para el maestro Priamo era el camino que le llevaba a la fortuna. Para él, formar a un niño cantor y convertirlo en un castrato era la base de un negocio muy lucrativo. Es cierto que, como un orfebre, cincelaba sus voces con sumo cuidado, que no admitía bajo su pupilaje más que a tres muchachos a un tiempo. Pero precisamente por ello, conseguía grandes sumas y era llamado por la aristocracia y hasta por cabezas coronadas para que sus muchachos, como él nos llamaba, cantasen en veladas privadas. Solía decir, no obstante, que su oficio era una obra de arte. Como Micheangelo, que de un tosco trozo de mármol, extrajo la bella figura de David, él tomaba nuestras voces y las moldeaba hasta extraer de ellas el canto de un serafín.

Pero me estoy adelantando mucho. Estaba en los aposentos del maestro Priamo el día que lo conocí.

Pasé la prueba a la que me sometió sin saber que estaba siendo probado; sin conocer el privilegio que era ser elegido en tan selecto círculo. Vinieron después meses de duro trabajo en los que practicar con la voz ya no era un juego sino una dura disciplina. En meses y meses, nos hacía levantar con el alba y, sin tiempo siquiera para mojarnos la cara en el pilón del patio trasero, ya estábamos cantando piezas de difícil ejecución, practicando trinos. Solos ante el espejo, acompañados los tres para corregirnos unos a otros los errores o en presencia del maestro que, con sus dulces maneras, imponía su autoridad con mayor provecho que el más duro ejecutor del látigo. Desde el amanecer al crepúsculo apenas se nos concedía un poco de descanso para el almuerzo y, luego, vuelta a empezar. Gorgoritos, trinos y falsetes, sin descuidar las clases de escritura, literatura, composición y qué sé yo más. Mas todo lo hacíamos con gusto sólo por complacer al maestro Priamo, al que adorábamos por su bondad.

Enseguida congenié con Marco, que era de temperamento dulce y sosegado. No así con Pippo, que era taimado y dado a la mezquindad. Por ser mayor que nosotros, nos tiranizaba abusando de su corpulencia. Nos tenía a su servicio como si sus criados fuéramos, obligándonos a hacerle cualquier menester que a él pudiese suponerle el menor esfuerzo. No engañaba a nadie ni tan siquiera lo pretendía. Pero su voz era tan prodigiosa que se hacía perdonar todas sus faltas. Incluso el maestro, que tan escrupuloso se mostraba con el cumplimiento del deber, era indulgente con él. 

Cuando llegaba la noche y la criada cerraba la puerta de nuestro triste dormitorio, Pippo nos atemorizaba con historias terribles acerca de la operación que nos convertiría en eunucos para siempre con el fin de preservar la pureza de nuestras voces. Nos hablaba de carnes putrefactas, de gritos que atemorizaban al mismo cielo, de dolores tan difíciles de soportar que provocaban el desmayo de los niños sometidos a la dudosa pericia del barbero. Marco y yo escuchábamos tales tormentos abrazados, temblorosos por el terror que nos suscitaban aquellas historias, hasta que una carcajada de Pippo nos traía de nuevo al presente. Él bien podía reír. Hacía dos años que había pasado por tan temible trance. Mas nosotros, según nos decía el maestro Priamo, teníamos cita con la cuchilla sajadora unos meses después.

No obstante el miedo que nos provocaba la espera de la visita del barbero, nunca nuestra infantil imaginación concibió tan espantoso acontecido.

Fue la criada, trasmutada en Caronte, la que nos condujo a través de malolientes callejuelas hasta la casa del barbero. O carnicero, sería más apropiado decir. Era una agobiante tarde de un mes de agosto, si no me falla la memoria. La mujer nos llevaba con paso apresurado mientras la fina suela de mis zapatos se quedaba pegada al suelo enlodado sin pavimentar. De tanto en tanto, habíamos de apartarnos para evitar las aguas menores, y las mayores también, que tiraban por las ventanas vecinos con poco celo. Viramos por un callejón medio oculto por una cuadra y una taberna con no muy buena pinta y a unos cuantos pasos de la entrada de un pasadizo, encontramos la barbería.

El barbero, aún más gordo que Pippo mas de baja estatura, nos hizo pasar a un cuchitril sin ventanas ni más mobiliario que un banco corrido de madera apoyado a la pared. Con el acento de los florentinos, nos conminó que aguardásemos unos instantes, que a mí me parecieron eternos. La espera atormentaba nuestra paciencia y colmaba de negros augurios nuestros corazones.

Tuve el honor de ser el primero en ser llamado a la presencia del que haría posible que mi voz se mantuviera cristalina como la de un muchacho hasta el fin de mis días. Aún recuerdo, a mi entrada a la sala de los milagros, la impresión que me causó la peluda verruga que adornaba el mentón del ayudante del cirujano. Mi potro de tortura no era otro que el sillón donde el barbero rasuraba barbas y rapaba cabezas. Nunca podré olvidar el tufo agrio a sudores humanos que desprendía el respaldo en el que descansaba mi cabeza. Me hicieron beber un extraño brebaje que desagradó a mi paladar y que luego supe que se trataba del fruto de la vid ya avinagrado al que le habían añadido algo más que unas gotas de láudano. Mas era tal mi agitación que el sueño se negaba a acudir. Así pues, el diligente ayudante del barbero apretó mi garganta con sus enormes manos y me dejó sin sentido hasta muchas horas después.

Me despertó un fuerte dolor en mis partes pudendas. Todo a mi alrededor lo veía borroso, como en medio de una nube. En torno a mi lecho, caras de seres grotescos hablaban entre sí. El sufrimiento de mi cuerpo paralizaba mi miedo. Después, volví a sumergirme en la inconsciencia. Sé, porque me lo contaron más tarde, que estuve muchos días ardiendo en calentura mientras mi alma vacilaba entre la vida y la muerte.

Cuando al fin regresé al mundo de los vivos, supe que mi querido amigo, mi amado hermano Marco, ya dormía para siempre el sueño de los justos.






III


     En la sala no quedaba hueco ni para un jilguero. Una multitud empujaba desde la puerta que daba acceso a la Sala de las Audiencias sin hacer caso de los guardias que trataban de mantener el orden. Los que permanecían de pie estiraban el cuello con la vana esperanza de atisbar, aunque sólo fuera de lejos, al reo, al juez o al fiscal. Pero era tan numeroso el gentío que el más afortunado sólo podía ver el artesonado del techo. Entre los que aguardaban el inicio del juicio, los había que se sentían intimidados por la magnificencia del Castel Capuano y contemplaban con fervor religioso los frescos de Biagio Molinari di Trani; embelesados con la belleza de las figuras femeninas que representan las doce provincias del reino; sin osar ni tan siquiera a hablar en susurros. Mas otros, asiduos a las celebraciones de la justicia, dejaban oír sus voces estridentes mientras relataban al público lo que iba aconteciendo. El más lenguaraz de estos últimos era un sastre que solía acudir al menos dos veces por semana tras dejar su negocio en manos de dos aprendices. Este cuarentón de fácil carcajada se ufanaba de conocer todos los secretos del Palacio de Justicia.

     ─Me ha dicho el ujier que el tribunal lo va a presidir el juez Gordini ─le estaba diciendo a una mujer que llevaba un niño en sus brazos y otros dos prendidos a sus faldas─. No le arriendo la ganancia al señorito cantante. Usía tiene fama de severo y ha mandado a más gente al patíbulo que puntadas tiene une robe á la française.

     Un murmullo corrió entre la multitud. Como si Moisés y el pueblo hebreo fuesen a atravesar el Mar Rojo, el gentío se dividió en dos para dejar paso a una dama vestida de negro que llevaba el rostro oculto tras un velo.

    ─Es la Signora Bernacci ─se oía entre susurros a lo largo del corredor que conducía a la Sala de las Audiencias.

    ─Dicen que es muy bella y que Burllecchi enloqueció de amor por ella.

    ─A saber si no fue ella quien lo indujo a matar al marido. ¿Acaso no ha oído vuestra merced lo que se dice de ellos? Que cuando se descuidaba el marido...

   ─¿Qué dice vuesa merced?, ¡si es casi una niña!

   ─Ya, ya. De todas formas, el que lo tiene mal es el pájaro éste.

   ─Dicen que ayer se puso a gritar como un energúmeno que era inocente y que el juez tuvo que echarlo de la sala porque no había quien lo hiciese callar.

   ─¿Quién le ha dicho semejante disparate?

   ─Mi cuñado, que viene mucho por aquí. Es carnicero, ¿sabe?, y entiende de estas cosas.

   ─Será carnicero o el sursum corda pero no le contó a vuecencia bien lo sucedido ayer. No gritó. No. Lloró como una mujerzuela. Claro, que no me extraña. Esta gente... Ya se sabe.

    Un caballero ataviado con vestiduras negras se abrió paso a codazos entre la multitud. Su ostensible cojera no le impedía caminar con rapidez. Llevaba bajo el brazo derecho unos legajos atados con un cordel.

    ─¡Abran paso!, ¡abran paso! No entorpezcan la acción de la justicia.

   ─¡Jesús, qué modos! ─exclamó una mujer de buen ver pese a su avanzada edad. Con sus más de cinco pies de altura y casi doscientas libras de peso, imponía como si de la propia Juno se tratase.

   ─¡Schuss!, que te oye ─la reconvino encolerizado su marido, un hombre que no llegaba a los cinco pies─. ¿No sabes que es el señor fiscal?

    ─Sí señora ─dijo el sastre, atento a todo lo que sucedía a su alrededor─. El señor Da Murotti es como un mago. Dicen que guarda para el último día una prueba que condenará al reo sin remedio. Como buen parmesano, no da puntadas sin hilo. Hay que echarse a temblar si pone el ojo sobre uno.

   ─Pues a mí me da mucha pena el muchacho ─dijo la mujer de los tres niños─. Tiene cara de ángel.

  ─¡Ay, qué bobas son las mujeres! ─exclamó el sastre con una sonrisa de condescendencia─ Enseguida se dejan embaucar por una boquita linda. Pero a mí no me la da. Ése lo mató para quedarse con la mujer. Si no conoceré yo a estos tipos.

   ─Y aquel viejecillo ridículo vestido con ropa de mozo ¿quién es? ─preguntó un jovenzuelo pelirrojo y pecoso que vendía verdura en el puesto que tenía su padre en el mercado.

   ─¿Ése? Es el maestro Priamo, el que enseñó a cantar al pipiolo. Dicen que es el único que cree en su inocencia. Ya ven vuesas mercedes para lo que le ha servido la fama al canario.

   ─¡Un poco de respeto, hombre, que estamos ante la justicia que es ciega, pero no sorda!

   ─Ya me callo, señor guardia.