lunes, 12 de octubre de 2015

Viaje por tierras extrañas





I
Cuando Clarisa le propuso aquel viaje, no creyó que Raúl se lo fuese a tomar en serio. De niña, le gustaba dejar volar su fantasía e imaginar historias repletas de peligrosas aventuras con príncipes en apuros y princesas valientes que vencían a terribles monstruos. Y ya de adulta siguió inventando aventuras muy parecidas a las que llenaron su infancia. Cuando empezaba a soñar, se exaltaba tanto que parecía creerse sus propias historias. Lo que nunca imaginó es que Raúl, en su afán de complacerla o tal vez impresionarla, se tomase al pie de la letra su descabellada proposición.

Era una tarde de mediados de octubre. El sol había estado calentando el jardín con sus débiles rayos otoñales sin haber conseguido barrer del todo la humedad que la fuerte tormenta de la mañana había traído desde las montañas. El viento soplaba cargado con el aroma a tierra mojada mientras hacía temblar las margaritas que, a la vera del sendero, se acurrucaban unas junto a otras para darse calor. Clarisa y Raúl se habían resguardado del frescor vespertino en la galería acristalada donde ella solía retocar sus acuarelas. Mantenían una de sus muchas animadas conversaciones sobre el amor. Como siempre, era Raúl el que juraba amor eterno mientras Clarisa se dejaba querer y simulaba no creerlo del todo.

—Es muy fácil decir que harías esto y aquello por amor cuando no te juegas nada —estaba diciendo Clarisa mientras limpiaba en un vaso de agua el pincel embadurnado de pintura color magenta —. A mí también me gusta imaginarme dando la vida por la persona amada. Pero, si se presentase la ocasión, ¿hasta dónde estaría dispuesta a llegar?, ¿a donar un riñón?, ¿a ponerme delante de un asesino para que no la matase?, ¿o sólo a perderme la última película de Bradley Cooper? ¿Y tú? Siempre tan caballeroso y considerado, que pareces venido de otros tiempos cuando le ofreces tu abrigo a la primera chica que ves encogida de frío; a la hora de la verdad, ¿qué es lo más grande que harías para demostrar tu amor?

—Eres mala, Clarisa, y lo sabes. Quieres que te regale el oído y te diga que moriría por ti para burlarte luego. Pues sí. Te lo digo aunque suene cursi y desfasado: daría todo lo que tengo por un beso tuyo, toda mi vida por oírte una palabra de amor que fuese sincera, claro.

—”Por una mirada, un mundo; / por una sonrisa, un cielo...” Eso ya lo dijo Bécquer y mucho mejor que tú.

Clarisa frunció los labios en una mueca de desagrado: no podía evitar sentir rechazo hacia Raúl cuando sacaba su vena romántica. ¿Cómo podía ser tan relamido? Como amigo era la persona más divertida que conocía, pero desde que se había empeñado en que hubiese algo más que una simple amistad entre ellos, había veces que sentía deseos de retirarle la palabra para siempre. ¡Era tan pesado! ¿Por qué no podía dejar las cosas como estaban? Lo miraba y se preguntaba qué tenía el joven para que a ella no le atrajera. Era guapo, o al menos eso decían sus amigas, inteligente, tenía un buen trabajo y, además, era la persona más bondadosa que conocía. Y, sin embargo, la irritaba cuando le decía aquellas frases tan almibaradas.

—Está bien —acabó diciendo Clarisa —. Te reto a que me pruebes tu amor. Ya sabes, como esas pruebas que salen en los cuentos de hadas antiguos para conseguir la mano de la princesa.

—Y tú, imagino, serás la princesa —dijo entre carcajadas Raúl.

—Pues claro. No querrás ser tú, ¿verdad? Si quieres, te cedo el puesto. Vamos, fanfarrón. ¿A que no te atreves a dejar ese trabajo que tanto te gusta para irte andando hasta Estambul con sólo veinte euros en el bolsillo?

La emoción de Clarisa fue creciendo más y más a medida que se le iba ocurriendo su plan.

—Tienes que salir de Oviedo el día de mi cumpleaños, que ya sabes que es el veintiuno de este mes, y llegar a Estambul el siete de mayo. No, el trece, que era el cumpleaños de mi madre. Allí te estaré esperando en la puerta de la Mezquita Azul a las seis de la tarde. El viaje lo tendrás que hacer andando. ¡No!, espera, espera. Podrás ir en cualquier medio de transporte siempre y cuando no te gastes más de cinco euros.

—¿Cómo puede ser eso?

—No sé. En autoestop, por ejemplo.

—¡Genial! Y ¿dónde se supone que me voy alojar? Te recuerdo que vamos hacia el invierno. ¿No querrás que duerma en la calle en medio de la nieve?

—Siempre puedes pedir a alguien que te deje un rincón de su casa o dormir en un albergue o llevar esas tiendas de campaña que parecen un iglú. No sé. Seguro que se te ocurre algo. Además, sólo he dicho que salgas de aquí con veinte euros. Con lo listo que eres seguro que te las ingenias para conseguir más por el camino. 

Clarisa fue desgranando su plan mientras el sol hacía su camino de regreso hacia el ocaso. En su imaginación veía las ciudades por las que transcurría el periplo hacia la antigua Constantinopla.

—Cuando llegues a una ciudad importante, me tienes que mandar una postal para que vaya viendo por donde pasas.

—¿Por qué no un whatsapp?

—No, no. Nada de whatsapp ni ningún medio moderno. Una carta o una postal. Con su matasellos, eso sí. Puedes llevarte el móvil pero sólo lo debes usar en caso de emergencia. La condición que te pongo es que vivas como si no tuvieras nada.

—¿Y qué gano si lo consigo?

—A mí, por supuesto.

—De acuerdo —se apresuró a decir Raúl con otra de sus carcajadas—. Acepto el reto.

No volvieron a hablar de aquel estrafalario plan aquella tarde y Clarisa no se hubiera acordado más de él sino fuera porque el día veintiuno recibió la primera postal:

“Querida Clarisa:

¡Feliz cumpleaños! Te escribo desde Pamplona, como puedes ver en esta preciosa postal de su catedral. Me ha traído hasta aquí mi primo Julio, sin cobrarme ni un céntimo. Tomo el Camino que marcan los peregrinos que se dirigen a Santiago para empezar mi viaje hacia Estambul con compañía. Aunque mis pasos van en sentido inverso. Cuando llegue a algún albergue, haré que me sellen mi credencial de peregrino que te enviaré desde Roncesvalles. Ante mí tengo más de seis meses de días inciertos, pero no tengo miedo pues me espera la mejor de las recompensas en la Mezquita Azul. 
Te ama,
Raúl
PD: no te rías de mi declaración de amor, que te veo”.

Clarisa casi se muere cuando recibió la primera postal del viaje ideado por su imaginación. Una corriente de cólera le subió por la médula ¿Cómo podía ser tan tonto para tomarse en serio lo que no había sido sino el pasatiempo de una tarde? Después, la conciencia le empezó a roer las entrañas al pensar en los peligros que esperaban al osado Raúl. Le llamó al móvil para disuadirlo de tal locura pero nadie le respondió. Llamó a Gema, la hermana del joven, para preguntarle por su paradero confiando en que aquello no fuera sino una broma pesada, pero no encontró más que el llanto de su antigua compañera de clase. Cogió el coche y se dirigió a Pamplona, donde no llegó hasta bien entrada la noche. 

Tuvo que esperar a la mañana siguiente para encontrarle ya de camino hacia Zubiri. La carretera parecía una alegre manifestación de peregrinos que seguían la estela que siglos atrás iniciaron hombres que querían poner a los pies del Apóstol sus anhelos y sus pesares. La mayoría caminaba en sentido contrario al de Clarisa pero también los había que regresaban de Compostela con destino a sus lugares de origen. Poco antes de llegar al Puente de La Magdalena, se vio sorprendida por un grupo de peregrinos que salían del desvío que conducía al albergue Casa Paderborn que la obligaron a parar y aparcar unos minutos a un lado de la carretera para no entorpecerlos en su andadura. Se bajó del coche y caminó unos metros siguiendo los pasos de los peregrinos. El sol no hacía mucho que había salido y reflejaba tímidamente sus rayos sobre el Arga que corría alegremente a encontrarse con el Ebro. Un grupo de jóvenes que iban hablando en francés pasaron a su lado y le lanzaron piropos en un español apenas inteligible. La risa que le provocaron tales lindezas la hicieron casi olvidar su propósito hasta que se vio sorprendida por Raúl, que, tras verla, gritó su nombre.

Durante media hora, Clarisa sacó a relucir todas sus armas de seducción en un vano intento de convencer a su enamorado de que abandonase su absurdo viaje. Con dulzura le expuso los peligros de vivir a la intemperie a las puertas de la fresca temporada otoñal que daba paso al gélido invierno. Con sabios argumentos le habló de lo imposible que sería para él, acostumbrado a disfrutar de las mayores comodidades, vivir sin dinero. Por convencerlo, lloró, improvisó chistes que le hicieron reír y le hizo mil y una promesas que estaba dispuesta a cumplir. Pero Raúl, que parecía más y más fascinado con la idea del viaje, no consintió en volverse atrás. Le robó un apasionado beso en los labios y, tras echarse al hombro su mochila, reemprendió el camino que le llevaría a Estambul. 

Clarisa permaneció en Pamplona una semana antes de regresar a Oviedo a hacer compañía a su padre, que desde que había enviudado se dejaba llevar por la melancolía. Los días que pasó en la ciudad navarra transcurrieron muy lentamente. La joven se levantaba a las siete de la madrugada y tomaba la carretera que lleva a Zubiri con unas esperanzas más y más menguadas de ver llegar a Raúl entre los peregrinos que se dirigían a Santiago. Miraba con ansiedad una a una las caras de los que entraban en la ciudad; le hacía llamadas perdidas al móvil que no tenían respuesta y le enviaba un whatsapp tras otro.

II
Chemin des Révoires, 19 de noviembre  

Querida Clarisa: 
Hace dos días que llegué a Mónaco. Te escribo desde su punto más elevado, rodeado de unas vistas preciosas. Frente a mí se divisa la costa recortada que empieza y acaba en Francia. Este es un país de juguete que parece construido por unas manos tan delicadas como las tuyas. Es tan diminuto que me han bastado estos dos días para visitar todo aquello que atrae a los turistas que recalan en este lugar: su catedral neorrománica, deslumbrante con su piedra blanca de La Turbie, el Palacio Principesco, el Museo Oceanográfico... Te encantaría verlo. 

Hace casi un mes que me llevé una lágrima tuya, la perla más preciada de mi corazón, pero me parecen que hubiesen sido dos años, tanto he vivido en estas semanas. Hasta Saint Jean Pied de Port disfruté de la compañía de los peregrinos que, después de llegar a Santiago, querían continuar su viaje de regreso por el camino francés. Me uní a un grupo de cinco jóvenes de Astorga estudiantes en Salamanca. Encontrarme con estos cinco chicos fue una bendición para mí, no sólo porque aliviaron la soledad en los días cada vez más cortos de este otoño, sino porque, como buenos caminantes, me dieron estupendos consejos para no caer agotado al segundo día de mi largo periplo. Has de saber que, aunque estaba en buena forma por mi frecuente asistencia al gimnasio, lanzarse a andar kilómetros y kilómetros día tras día no es como darse un paseo los domingos por el campo. Así que la primera semana fue una tortura para mí. 

En Ventas del Puerto sufrí un tirón en la rodilla que me retrasó un día en mi viaje, pero, afortunadamente, mis nuevos amigos se compadecieron de mí y permanecieron a mi lado hasta que me recuperé; y en Roncesvalles a punto estuve de tirar la toalla y volverme a Oviedo, vencido como lo fue Roldán por los vascones, pero el pundonor acabó con el desaliento y seguí en mi empeño de encontrarte en Estambul. Después de todo, esto no es más que poner un pie detrás de otro.

En Saint Jean Pied de Port finaliza, bueno debería decir que empieza, el Camino de Santiago francés y debía de ser el lugar donde me despidiese de mis compañeros de viaje, pero no fue así sino que sólo tuve que despedirme de dos de ellos, los otros han continuado conmigo hasta aquí.

Los tres días que tardan los peregrinos en recorrer la distancia que separa la localidad francesa de Pamplona se convertieron por mi culpa en una semana pero a mis jóvenes compañeros no parecía importarles el retraso. Son grandes aficionados a hacer senderismo y, a diferencia de tu pobre amigo, están acostumbrados a recorrer el mundo a pie. Al principio, no les hablé mucho de mí. ¿Cómo iba a contarles que me había lanzado a recorrer Europa a pie dejando mi trabajo en una consultoría para ganarme el caprichoso corazón de la mujer más bella del mundo? Así que me limitaba a deleitarme con sus historias: las novias que dejaron en Astorga, las veces que habían hecho el Camino y que siempre culminaban con una monumental borrachera, los deseos de Manuel, el más dicharachero de volar en parapente... Hasta que la segunda noche, embriagado del encanto del camino, les hablé de ti, Clarisa, mientras nos despachábamos con la más sabrosa cena que he probado en mi vida. Te diré que no sólo no me tomaron por loco, sino que quedaron cautivados con mi romántica aventura, como bautizaron a mi disparatado viaje, por lo que tres de ellos, los más osados, decidieron seguir el viaje conmigo hasta este minúsculo país en el que ahora me encuentro.

Hemos llegado hasta aquí bordeando la costa francesa, las más de las veces a pie, aunque también hemos tenido la suerte de que algún camionero nos recogiera por el camino, ahorrándonos kilómetros de fatiga con su caritativa acción. La fortuna nos ha acompañado porque sólo nos ha llovido unos días a principios de mes. Estas semanas me han servido para convertirme en un consumado andarín y para fraguar una amistad de esas que sólo la muerte puede romper. Perdona que ya sé que no te gustan las frases grandilocuentes. No te diré que no haya habido malos momentos en estos días. A veces el cansancio, tras toda una jornada de andar por parajes desconocidos, juega malas pasadas. La impaciencia hace que uno se torne en un ser colérico y un pequeño pedazo de pan puede encender la mecha de la ira.

Así, unos días recorriendo grandes distancias, otras a paso de caracol, recortamos la distancia que nos separaba de Mónaco.

Hace dos días que llegamos y ayer tarde partieron mis nuevos amigos de vuelta a Salamanca. Me dejaron de recuerdo una mochila mucho mejor que la mía, una tienda, que recuerda a la cúpula de Santa Sofía que me espera al final del viaje, una brújula y un botiquín. 

Mañana empieza mi verdadera aventura, yo solo rumbo a Estambul. Te seguiré contando.

Te ama,
Raúl

III
Hasta mediados de febrero, Clarisa tuvo noticias de Raúl cada tres días. Unas veces era una simple postal con sólo dos palabras: “Te quiero”. Otras veces recibía largas cartas en las que le hablaba de los lugares por donde iba pasando, la gente que encontraba a su paso, las estratagemas que ideaba para conseguir un puñado de euros para seguir viviendo. Le fue contando cómo había ayudado a descargar camiones, cómo se unió a un grupo de titiriteros italianos con los que atravesó el norte del país de Petrarca, cómo hizo de intérprete en Lubliana para unos turistas españoles que no sabían inglés... Algunas ciudades las cruzaba sin verlas; en otras permanecía varios días emborrachándose de la belleza de Europa: Verona, Venecia, Zagreb... Cada frase le traía frescos aires de otros mundos.

Clarisa se deleitaba con cada una de las palabras de Raúl. Compró un mapa de Europa y lo colgó en la pared de su estudio para ir señalando con chinchetas de colores los lugares por donde iba pasando el joven, mientras contaba los días que le separaban de él. En un corcho que puso junto al mapa iba prendiendo las postales que le enviaba el osado andarín. Leía y releía sus cartas por si se le había escapado una frase, una palabra, un matiz. En ocasiones, creía ver en mitad de una frase un atisbo de tristeza, que tal vez se hubiese colado entre la niebla que bajaba a la tierra para recordarle que estaba solo en tierras extrañas; otras frases desbordaban de alegría, como cuando le contó que se había cruzado con una pareja de liebres que se perseguían en un bosque. Era al caer la noche cuando los pensamientos de Clarisa volaban con mayor frecuencia hacia Raúl. ¿Dónde encontraría descanso?, ¿quién le cuidaría si caía enfermo?

La última carta que recibió tenía fecha de catorce de febrero. Raúl, romántico hasta sus últimas consecuencias, le escribía desde un villorrio croata a siete kilómetros de la frontera con Serbia una carta trufada de versos de amor de Garcilaso de la Vega y engalanada con un retrato de Clarisa esbozado con el bolígrafo. La carta apenas daba cuenta del viaje pero dejaba traslucir la melancolía y la añoranza que le producía recordar a la joven. 

Después de aquélla, Clarisa no volvió a recibir carta ni postal alguna. Preocupada, trató ponerse en contacto por medio de llamadas y whatsapp en el móvil, pero pasaban los días y ninguno de sus intentos se vio recompensado con una respuesta. Al principio, no se atrevió a preguntar a Gema, la hermana de Raúl, para no alarmarla, pero tanto creció su angustia, que fue un día a su casa en busca de noticias.

Aunque Clarisa y Gema nunca habían sido muy amigas, se conocían desde los primeros años del colegio. Clarisa sospechaba que la hermana de Raúl no la miraba con simpatía y la acusaba de jugar con los sentimientos del joven enamorado. Aun así se armó de valor y se acercó a su casa una tarde diez días después de la última carta. Como esperaba, ni Gema ni sus padres le dieron la bienvenida. La cubrieron de reproches acusándola de exponer al ingenuo Raúl a peligros insospechados. Ellos tampoco habían tenido noticias del joven desde hacía semanas. Habían denunciado la desaparición ante el Ministerio de Asuntos Exteriores, se habían puesto en contacto con la embajada de España en Serbia y un primo del joven había partido en su búsqueda dos días antes.

En las semanas siguientes creció la angustia de Clarisa ante la espera de unas noticias que no llegaban. Imaginaba terribles peligros en los que Raúl era atracado por feroces forajidos, se precipitaba por profundos precipicios o, desorientado, se perdía en medio de inmensos bosques que no tenían ni principio ni fin. Y se culpaba de todos los males que pudiesen acosar al joven. Con la ausencia, la figura de Raúl había crecido más y más en el corazón de Clarisa. Ya no era el chico cargante que la abrumaba con sus exigencias amorosas; era el joven valeroso que se había atrevido a cruzar Europa sin apenas nada para encontrarse con ella un trece de mayo en la puerta de la Mezquita Azul.


IV
Edirne, Turquía, 26 de abril

Mi querida Clarisa:
No me separan de ti sino dieciséis días. A la vuelta de la esquina me espera la ciudad fundada por Constantino para hacer de ella una segunda Roma tan gloriosa como la primera.

Hace mucho que no te doy noticias sobre mí y temo haberos preocupado a ti y a mi familia. Al día siguiente de mi última carta sufrí un accidente que me separó de mi camino durante varias semanas. Más no te asustes imaginándome al borde de la muerte, que conozco tu desaforada fantasía.

Hacía pocas horas que había cruzado la frontera serbia y había tomado una carretera secundaria que me llevaba hasta un albergue del que me habían hablado tres vagabundos con los que recorrí media Croacia. 

Aquel día mi ánimo no me había levantado muy alegre. De buena mañana, la soledad se había puesto a caminar a mi lado siendo mi única compañía hasta bien entrada la tarde. Me preguntaba por lo absurdo de mi viaje. Después de todo, ¿por qué iban a cambiar tus sentimientos tras tantos años de intentar atraerte a mi lado? Pensaba en mis padres, que ya van para mayores. En mi despedida no comprendieron que su hijo, siempre tan sensato, quisiera echar por la borda su trabajo en una gestoría por una aventura sin ningún sentido. 

A un lado de la carretera la vista se perdía en un bosque de robles altos y robustos. Una pareja de ciervos atravesó corriendo entre la maleza. Me detuve a contemplar su esbelta belleza: él, fornido, hacía alarde de su poder con su impresionante cornamenta; ella, más fina y grácil, dirigía aterciopeladas miradas a su compañero. Detrás de la pareja, un lince estaba al acecho vigilando los movimientos de los ciervos. Sin perder un detalle de la escena, no sabía si debía moverme para alertar a los dos venados de la presencia del perseguidor. Todos mis sentidos estaban puestos en lo que sucedía en el bosque. Por ello, no lo vi venir.

Imagínatelo, Clarisa, tú que tienes tanta fantasía: un Seat Ibiza pintado con los colores del arco iris de cuyo techo salía un megáfono. Sus ocupantes, según me contaron después, seguían con sus voces la letra de “Knockin' on Heaven's door” que se oía del casette en una versión de Eric Clapton. Aunque ellos digan que no, estoy casi seguro de que un poco de marihuana ayudó a que su concentración en la carretera no fuera la más deseable. El caso fue que tomaron una curva muy cerrada a mayor velocidad de la debida y yo, que no tenía puesta mi atención sino en los ciervos y el lince a punto estuve de llamar a las puertas del cielo. Por fortuna, logré tirarme a un lado de la carretera antes de que me arrollaran, pero caí en una mala postura y al instante sentí como si me arrancasen el brazo izquierdo.

Joan y John, que así se hacían llamar la pareja de hippies cuarentones que habían estado a punto de mandarme a desafinar ante los coros celestiales, pararon en seco el coche y salieron veloces a socorrerme. Al principio, el susto nos impedía entendernos a pesar de que todos hablábamos en inglés. Ella se empeñaba en registrarme, creía yo, para robarme lo poco que llevaba encima y yo no paraba de dar alaridos más de indignación que de dolor. Finalmente, él, más tranquilo, pudo hacerme entender que no querían más que averiguar si tenía alguna herida grave. Cuando me convencí de que no eran peligrosos ladrones, les mostré mi brazo dolorido y ellos se ofrecieron a llevarme al pueblo más cercano en busca de un médico. Con delicadeza, Joan, que ya se había presentado, me cedió el asiento del copiloto y se hizo un hueco entre el montón de trastos que llenaban la parte trasera del vehículo.

Alguna vez te tengo que hablar de Joan y John con calma, pues su pintoresca vida daría para más de un libro. De camino al pueblo más próximo, estos visionarios me entretuvieron contándome que habían dejado su Macedonia natal para recorrer el mundo predicando las bondades de la dieta vegetariana y el amor libre cuarenta años después de que el movimiento hippie escandalizara a nuestros abuelos. No se separaron de mí ni un instante mientras un viejo médico rural vendaba mi hombro dislocado, haciendo caso omiso de las miradas de desconfianza que lanzaba el galeno a las largas y canosas greñas de John. Y, al término de la cura, me invitaron a comer una extraña ensalada en la que nada era lo que parecía.

No sé que extravagante locura me llevó a aceptar su propuesta de acompañarlos en su periplo por los pueblos de Serbia en el que intentaban vender a los campesinos, como te figurarás, sin éxito un libro que era como el evangelio de la dieta vegetariana. Decían que con mi brazo en tan mal estado no estaba en condiciones de vagar yo solo por el mundo. Me convencieron, pues, tras prometerme que me dejarían cerca de Turquía al acabar el viaje. Y debo decir que no me arrepiento de haberme unido a tan estrafalaria pareja. Eso sí, en cuanto llegue a España lo primero que haré será comerme un chuletón de Ávila para resarcirme de las bondades de la dieta vegetariana.

Durante semanas, recorrimos pueblos y aldeas intentando ganar adeptos a la causa. No sé con qué palabras intentaban disuadir a los campesinos de comer carne, el serbio no es mi fuerte, pero sí que me hubiera gustado que hubieses visto la cara con la que estos hombres y mujeres recibían su perorata. Algunos torcían el hocico como si no comprendiesen el discurso que les dirigía aquella extraña pareja, otros nos obsequiaban con su incredulidad y las más de las veces nos recibían con indiferencia. Nos echaron de alguna que otra granja con algo más que malas maneras. ¿Qué cabía esperar de quienes vivían de lo que le daban las vacas, las gallinas, los conejos y demás animales? Pero John y Jean no se desanimaban con facilidad y en cuanto dejaban atrás la granja, ya habían olvidado el desafortunado suceso para planear un nuevo asalto.

Cuando se acercaba la noche, buscaban un lugar donde acampar. Montábamos nuestras tiendas y hacíamos una gran hoguera. Hacía mucho frío y sufrimos el rigor de más de una helada, pero en las semanas que estuve con ellos sólo nos llovió cinco noches, bueno, y seis días, en los que se compadeció de nosotros un viejo campesino que nos dejó pernoctar en varias ocasiones en un granero que parecía salido de una película de los años cincuenta. El resto de las noches, como te decía, acampábamos donde bien podíamos. Nos sentábamos alrededor del fuego y John nos deleitaba con canciones de Dylan y Clapton, que eran los únicos cantantes que debía de conocer pues su repertorio no iba más allá de los temas de estos dos.

Después de un día repleto de entretenimiento, mi ánimo decaía cuando al final de la noche los veía irse a su tienda cogidos de la mano mientras yo me quedaba solo invocando tu recuerdo. 

No sé cuánto tiempo estuve recorriendo Serbia con John y Jean. A veces creo que no fue más que un sueño; otras me parece que pasé años y años junto a ellos. Sólo sé que lo sentí mucho cuando me despedí de esta pareja que compartió conmigo su pan y sus canciones. Como prometieron, un día cruzaron la frontera de Turquía y me trajeron hasta aquí, a Edirne, desde donde una vez más emprendo el viaje que me conduce a ti sin más compañía que mis pensamientos. Pero ya no me quedan sino doscientos cuarenta kilómetros y llegaré a Estambul. ¡Me parece mentira! Espero llegar unos días antes que tú para descansar para desprenderme del polvo del camino.

Espérame, amor mío. Tenemos toda la vida por delante.

Raúl

V
Clarisa descendió por las escalerillas del avión de Turkish Airlines poco antes del mediodía del mismo trece de mayo. El aeropuerto de Ataturk parecía un hormiguero destruido, tantos eran los turistas que procedentes de todo el mundo iban y venían por la Terminal A. La joven se demoró en encontrar un taxi porque tanta gente a su alrededor le produjo un leve desvanecimiento. Una señora de unos setenta años se dio cuenta de su estado y, en un inglés con fuerte acento alemán, se ofreció a ayudarla. Ya en el hotel, se dio una ducha fría para sacudirse de la fatiga del viaje y después salió a dar una vuelta por su ciudad preferida. Era la cuarta vez que la visitaba y la encontraba más bella que nunca.

Su hotel estaba a pocos pasos del Palacio Topkapi por lo que decidió hacerle una visita. Cruzó La Puerta Imperial hasta la iglesia de Santa Irene. No había en su interior más que un pope ortodoxo encendiendo unos cirios. Clarisa se sentó en uno de sus bancos e intentó dejar la mente en blanco. Estaba nerviosa y el corazón se le aceleraba cuando pensaba en el encuentro que iba a tener lugar unas horas después. Permaneció en el templo bizantino casi veinte minutos; luego, regresó al hotel para comer. Se demoró en arreglarse con esmero como si no tuviera una cita con el que había sido su amigo desde hacía años. A punto estuvo de retrasarse por culpa de los zapatos beige de tacón, pues se había dejado en Oviedo uno de la pareja de stilettos, por lo que hubo de llevar las sencillas bailarinas que traía en el avión.

Antes de las cinco de la tarde ya estaba ante la fachada principal de la Mezquita Azul. Faltaba más de una hora para que apareciera Raúl, pero no quería moverse de allí no fuera a presentarse de improviso. En su impaciencia, estuvo paseando por el patio deteniéndose una y otra vez ante la fuente para consultar la hora. Pero aquella tarde los minutos parecían haberse vuelto perezosos y las manecillas del reloj se negaban a andar. Para engañar a las horas, salió del patio y fue a paso lento a Santa Sofía. Los turistas entraban y salían de la antigua basílica ortodoxa sin hacer caso de Clarisa, más y más impaciente. Un viento revoltosos se levantó de repente para jugar con el ruedo de su falda dejando al descubierto sus piernas bronceadas. Temerosa de escandalizar a los turcos que pasaban a su lado, se alejó para regresar a la Mezquita, que le pareció más azul que nunca.

Faltaban diez minutos para las seis cuando lo vio llegar. Una sonrisa entre pícara y vergonzosa asomaba a sus labios. A Clarisa le impresionó su extremada delgadez. Raúl pasaba el metro ochenta y cinco pero parecía haber añadido una cuarta a su altura. Se acercó a ella y le cogió entre las suyas las manos temblorosas. Por unos instantes, ninguno parecía saber qué decir.

—¡Lo has conseguido! —exclamó, por fin, Clarisa atrapada aún por la emoción.

—Pues claro que sí. ¿Qué te creías?

La carcajada de Raúl se llevó consigo la turbación que se había instalado entre los jóvenes.

—Supongo que habrás venido a recoger tu premio.

—Otra cosa no me ha movido a embarcarme en esta aventura, querida Clarisa.

Y con otra carcajada regresó la complicidad que siempre había habido entre ellos.

Pasaron la tarde recorriendo las calles de la antigua Constantinopla: Clarisa, bebiendo las palabras de él, que le iba narrando las distintas etapas de su viaje; Raúl contemplándola sin cesar para cerciorarse de que era real y no un sueño; ambos anticipando, sin querer reconocerlo, la noche que les esperaba.

Cenaron en un restaurante repleto de extranjeros próximo a la plaza Taskim. Mientras daban cuenta de un testi kebab, Clarisa le estaba explicando sus planes antes de regresar a Madrid. Había pedido una semana de vacaciones en la galería de arte en la que trabajaba que pensaba pasar en Estambul con él. Raúl asentía en silencio y encantado a todo que decía la joven. Ella le enseñaría la ciudad conocida por los turistas y la más desconocida; la más romántica, la más cosmopolita; la bizantina y la turca. Sólo cuando le dijo que regresarían juntos a Oviedo, Raúl replicó:

—¡Un momento! Ahora te toca a ti demostrarme que harías cualquier cosa por amor y no sólo perderte la última película de Bradley Cooper.

—De acuerdo. Si has sido capaz de llegar hasta aquí desafiando el frío y la lluvia, yo también haré algo especial. Veamos...

—No, no. Esta vez soy yo el que impondrá las condiciones.

—Venga, sí. A ver qué se te ocurre.

Conociendo al que ya consideraba su novio, Clarisa estaba convencida de que el reto de Raúl sería una nadería, algo sencillo para halagarla. Por eso se sorprendió tanto cuando el joven expuso su plan:

—Saldrás de Estambul el veintiuno de este mes para llegar a Oviedo el quince de noviembre, día de mi cumpleaños. Yo te estaré esperando en la puerta de la Catedral a las seis de la tarde. No podrás llevar más de veinte euros y mi equipo de supervivencia, que te lo cedo.