lunes, 19 de octubre de 2015

Dona mihi pacem







Yo, Bartolomé Escudero de la Vega, maestro organista de San Jerónimo el Real, dejo escritas estas que serán mis últimas palabras para dar testimonio de los extraños acontecimientos que me han venido sucediendo desde hace tres semanas, aun sabiendo que los que lo lean pueden tomarme por un lunático o, lo que es peor, por un hijo del Señor de las Tinieblas. Mas el tiempo apremia y es menester que haga un esfuerzo antes de que se me agoten las fuerzas; es preciso que lleve a término la obligación que yo mismo me he impuesto; que lo cuente todo esta misma noche, en la que sé que volverá Frau Schatten (1) para reclamar la deuda que hace diez años contrajera con ella. 

Pero no me demoraré en largos preámbulos y paso a relatar los hechos que me han acaecido.

La noche del cinco de noviembre se desató una fuerte tormenta que hizo temblar los cimientos de mi humilde morada. Las fugaces luces de los relámpagos iluminaban el techo de mi habitación dibujando figuras monstruosas que movíanse entre los escasos muebles que poseo; el rugido del trueno hacía huir despavoridos a los ratones que corrían por la estancia en busca de unas cuantas migajas de mi paupérrima cena. La furia celeste era tal que yo, que andaba perdido en ese estado difuso entre el sueño y la vigilia, creí navegar en un barco a la deriva abatido por olas gigantescas. Unos golpes enérgicos acabaron de despertarme. Al principio no sabía muy bien de dónde venían. A tientas, cogí la palmatoria de la mesa que hay junto a mi lecho. Había olvidado apagar la vela que, a medio consumir, dibujaba un haz de luz sobre las partituras que horas antes había estado repasando. Acerqué la lamparilla al reloj de pared y pude cerciorarme de que marcaba las doce y cinco. Los golpes eran más y más insistentes. ¿Quién podía molestar a un buen cristiano a esas horas?

—¡Ya va! —grité casi con enojo.

Al abrir la puerta, un viento helado apagó la llama de la vela. A la escasa luz del farol de la calle, vi recortarse la silueta de una persona ataviada con largas vestiduras. Las sombras que la envolvían no me permitían distinguir si se trataba de un hombre o de una mujer; si el visitante era joven o viejo.

—¿Quién anda ahí? —pregunté.

—Vengo en busca del señor Escudero de la Vega —me respondió una voz femenina que parecía salida de las profundidades de una caverna y que mostraba un marcado acento extranjero —. ¿Podríais decirme dónde puedo encontrarlo? 

—Soy yo a quien buscáis. ¿Quién sois y qué queréis de mí?

—Mi nombre es Frau Schatten y vengo de muy lejos para haceros un encargo.

—¿Qué clase de encargo?

—Dejadme pasar y lo sabréis.

Tras unos segundos de vacilación, me hice a un lado para cederle el paso y, después de disculparme, la hice aguardar apenas unos minutos en el zaguán mientras iba en busca de fuego para encender la vela y a adecentar un poco mi apariencia. Cuando volví, me encontré con una dama que tenía toda la traza de tratarse de una señora de alta alcurnia. Pasaba largamente la treintena, aunque aún apreciábase en su semblante vestigios de la belleza de su juventud. No obstante, había cierto destello maligno en su verde mirada que me hizo retroceder cuando sus ojos se cruzaron con los míos. La invité a sentarse en el sillón frente al hogar apagado, el único lugar de la casa digno de recibir visitas, y permanecí en pie junto a ella aguardando a que me diese noticia de la embajada que la había traído a mi casa. 

—Decidme qué puedo hacer por vos, os lo ruego —Le pregunté lo más cortésmente que pude teniendo en cuenta lo intempestivo de la hora.

La dama no me respondió sino hasta después de un embarazoso silencio.

—Como os dije hace un instante, mi nombre es Frau Shatten. Mi esposo es el segundón de una importante familia de Baviera que, desde su infancia, ha dedicado su vida al servicio de las armas. Las campañas en las que ha tomado parte lo han favorecido con una gran fortuna. No os digo esto con ánimo de vanagloriarme de ello, sino para haceros saber que dispongo de medios sobrados para recompensaros por la premura del encargo que os voy a hacer.

Hizo una pausa mientras paseaba sus ojos por toda mi persona, como para calibrar el efecto de sus palabras. Su mirada descansó en mi pupila y una imagen surgió de lo más lejano de mi memoria: una diligencia subiendo por una ladera mientras levantaba el polvo del camino. Pero, antes de poder capturarlo, el recuerdo se desvaneció como la bruma después de la salida del sol. Movido por la curiosidad, le pregunté si no nos habíamos visto antes, mas ella hizo caso omiso de mis palabras y prosiguió con su discurso.

—Al año de mis esponsales, nació nuestro hijo Fabián. Desde que abrió los ojos al mundo, llenó la vida a su alrededor de dicha. Durante cinco años colmó de orgullo mi corazón de madre. Jamás salió de sus labios una palabra que no fuese espejo de su alma bondadosa ni lo sorprendí en acción alguna que se inclinase hacia la maldad —hizo otra pausa para recobrar el aliento, como si necesitase cierto reposo para no dejarse llevar por las emociones que albergaba en su interior —.Hará cosa de tres meses mi hijo querido contrajo unas extrañas fiebres. Durante días y días, la vida de su pequeño cuerpecito luchó contra la muerte con la misma bravura con la que su padre se enfrentaba al enemigo en el campo de batalla. Mas sus debilitadas fuerzas no lograron vencer en aquella guerra cruel y murió en mis brazos hoy hace diez días. 

Una lágrima se deslizó por su mejilla. Sentí el dolor de la afligida madre, más, antes de que mi corazón se colmase de piedad por ella, pareciome sorprender en sus labios un rictus de burla. Tras un parpadeo, su rostro recuperó la tristeza. Entonces creí que era el reflejo de la llama de la vela el que me hacía vislumbrar de vez en cuando un gesto maléfico en el bello semblante de la dama; un gesto que me hacía estremecer. Ella no pareció percatarse de mi turbación. Siguió hablando de su hijo con la misma premura. Cuando terminó la narración del triste final del niño, su voz cambió la tristeza por un tono tan duro como el acero, tan frío como la nieve ardiente y, mirándome fijamente, dijo:

—Estoy dispuesta a pagaros cien escudos de oro si en tres semanas componéis un réquiem en memoria de mi hijo.

Con un ademán enérgico, casi varonil me atrevería a decir, puso sobre la mesa una bolsa de cuero que, al sacudirla, sonaba como si estuviera repleta de monedas de oro.

—Me honráis con vuestra confianza, pero eso que me pedís es imposible —le repliqué —.  No sé quién os ha hablado de mí. Sólo soy un humilde maestro organista que nunca ha compuesto más que pequeñas piezas de divertimento sin ninguna importancia. Además, no hay tiempo en apenas tres semanas para crear una obra de tal envergadura. 

—Lo haréis —contestó cortándome la palabra. Y, sin decir más, se levantó y salió de la casa dejando tras de sí una fragancia a magnolias que tardó en desvanecerse. 

En ese momento, mis oídos se percataron del devenir del péndulo. Acerqué la palmatoria y con asombro vi que las agujas indicaban las doce y cinco: la misma hora que marcaban en el momento de la llegada de Frau Schatten. La frente se me perló de un sudor gélido. No sabría decir la razón pero un extraño temor habíase apoderado de mi alma. Sin darme cuenta de lo que hacía, me senté en el mismo sillón en el que había descansado mi desconocida visita y dejé vagar la mirada por la estancia. Al posarlos en la vela, me pareció ver bailar en su llama imágenes extrañas: una diligencia, un camino angosto y polvoriento, unos caballos desbocados, unos ojos verdes de inusitada belleza, un rostro ensangrentado… Un escalofrío recorrió mi espalda. Y a pesar del mal presagio que nacía en mi pecho, la piedad por el dolor de una madre hízome decidir aceptar el encargo.

Aquella noche ya no pude conciliar el sueño, tal era mi excitación. Anduve casi media hora dando vueltas por la casa como si buscase algún objeto valioso que hubiese perdido y tuviese urgencia en encontrarlo. No recuerdo más de las horas que transcurrieron hasta el alba: me sorprendió la mañana sentado a la mesa de la alcoba componiendo los primeros acordes del Introitus del réquiem.

Durante días y días, trabajé como un poseso. Perdí la noción del tiempo: no sabía si era de día o de noche, si el cielo lo presidía el sol o la lluvia. Mi memoria se cubre de tinieblas cuando intento recordar cómo transcurrieron las horas o se confunden en mi cabeza reminiscencias sin ningún orden. Si comí y dormí fue gracias al buen hacer de mi hermana Micaela, que venía cada día a traerme el alimento que me sustentaba. 

Aunque no pueda dar cuenta de todo lo sucedido en esos días, han quedado grabados en mi memoria extraños recuerdos. Sí puedo evocar que al final de la jornada, me sentaba en busca de descanso en el sillón junto al hogar apagado. Mis ojos se sentían atraídos por la llama de la candela y acababan prendidos en su fulgor. Nada más posarlos en ella, acudían a mí una sucesión de imágenes, más y más nítidas, siempre las mismas: una diligencia, un camino angosto y polvoriento, unos caballos desbocados, unos ojos verdes de inusitada belleza, un rostro ensangrentado… Y, al desvanecerse estas reminiscencias, me invadía un estremecimiento que hacía temblar todo mi cuerpo. Cuando salía de aquel estado, que más parecía encantamiento que un sueño, me metía tembloroso en el lecho y, antes de quedarme dormido, creía oír al viento susurrarme con la misma voz que Frau Shatten: ¡Tenéis una deuda conmigo! Al alba, olvidábalo todo y retomaba mi tarea con más y más tesón y esmero cada día.

Una noche, quedeme dormido en mi mesa mientras trazaba sobre el pentagrama las notas y cifras del bajo continuo del Dies irae. El sueño llevome diez años atrás, cuando regresaba de una gira por distintas ciudades de nuestra vieja Europa. La diligencia había dejado tras de sí la ciudad vascongada de Vitoria, después de horas de viaje por caminos polvorientos; y la fatiga se dibujaba en los rostros de los viajeros: una joven dama acompañada de una respetable matrona, un monje dominico y una campesina que había subido al carruaje cuando nos detuvimos en uno de los pueblos a almorzar y a cambiar los caballos por otros de refresco. Debía ser mediado el mes de mayo, pero el calor de aquella tarde y la sequía que nos precedía hacía pensar en un día de pleno verano. Durante el camino había intentado en varias ocasiones entablar conversación con la bella joven, mas la campesina acababa interponiéndose en nuestra plática con inoportunas interrupciones. Aquellas intervenciones iban encendiendo más y más mi cólera. Cada vez que pronunciaba una palabra, yo la respondía con expresiones destempladas o mostrábale mi indiferencia dirigiéndome a la joven dama con galanura e ignorando su presencia. Quise aprovechar la oportunidad que se me presentaba cuando el monje dominico bajose de la diligencia en un pueblo unas leguas antes de llegar a Miranda de Ebro y adueñarme del asiento del clérigo para, así, estar frente a la bella joven; mas la inoportuna mujeruca se apoderó del lugar con más premura que yo, cogió un gran cesto que tenía en su regazo, lo dejó en el asiento que quedaba vacío entre nosotros, arrinconándome contra la portezuela y alejándome aún más de la joven. Mi bella dama, lejos de percatarse de mi engorrosa situación, parecía regocijarse con la insulsa charla de la campesina. Y aquello hacía crecer más y más mi fastidio.

Poco antes de la puesta de sol, la diligencia hizo una parada en una fonda donde nos dieron la cena y una habitación. Pasada la medianoche, desatose una fuerte tormenta. Durante horas y horas, los truenos y los relámpagos daban un aire tenebroso a la habitación que me tocó en suerte. Aún así, no me impidió conciliar el sueño. Yo que, apenas rozaba los veinticinco años, no era fácil de atemorizar, pero supongo que las mujeres, de naturaleza más asustadiza, no pasarían buena noche.

Al día siguiente, reemprendimos nuestro viaje hacia las nueve de la mañana. Acordándome del molesto proceder de la campesina, me las ingenié para trocar los asientos, apoderándome del que la mujer ocupara el día anterior y dejándole a ella el del rincón junto a la portezuela. No pareció de su agrado el trueque, pues me lanzó una fiera mirada. Entonces me percaté de la singular belleza de sus ojos verdes, que hicieron saltar mi corazón. 

Después de la tormenta de la noche anterior, el lodo del camino hacía más lento el paso de los caballos que tiraban de la diligencia. El sol y la humedad llenaban de bochorno el coche. Aun así yo intentaba despertar el interés de la joven dama por mi persona. 

No pude darme cuenta de cómo sucedió. Una curva del camino, el relincho de los caballos que, espantados nunca sabré por qué, emprenden una loca carrera, el vuelco de la diligencia, unos ojos verdes que me miran asomando el terror por la mirada y un reguero de sangre por el rostro de la campesina. Las imágenes se suceden apresuradamente mientras el viento trae de lejos fragancia de magnolias.

Al principio creímos que todos habíamos salidos indemnes del funesto accidente, más, cuando el cochero fue preguntándonos uno a uno por nuestro estado, púdose percatar del mortal golpe que había abatido a la campesina. He de confesar que, en ese momento un sentimiento de alivio recorríó mi alma al pensar que hubiera podido ser yo quien ocupase el lugar de la campesina. 

Unos golpes en la ventana despertáronme del sueño. Aún aturdido, creí que unos dedos me acariciaban la mejilla y después pareciome oír la voz de Frau Schatten que decía: ¡Tenéis una deuda conmigo! Sobresaltado, acabé espabilándome o, al menos, eso pensé. Me asomé a la ventana para ver de dónde procedían los golpes, mas fuera todo estaba en calma. Ya achacaba los golpes a una ráfaga de viento cuando de oí unos ruidos semejantes a pasos sigilosos que venían de la sala. Me dirigí por el corredor hacia allí, no sin cierto temor debo decir, y me encontré un gran fuego en la chimenea que llenaba de luz toda la estancia. Sentada en el sillón, Frau Schatten me dirigía una mirada burlona.

—Os estaba esperando—dijo.

—¿Cómo habéis entrado en mi casa? —le pregunté —Recuerdo haber cerrado los postigos del portón antes de retirarme a descansar.

Hizo como si no me hubiese oído y se levantó del sillón para pasearse por la estancia. Al caminar, dejaba a su paso el aroma a magnolias que ya me era tan familiar. Permaneció junto a mi biblioteca unos instantes, como si estuviese leyendo los títulos de los pocos libros que en ella guardaba. De pronto, volviose bruscamente hacia mí y, mirándome con fijeza, me espetó la siguiente pregunta:

—¿Aún no habéis adivinado quién soy?

Su mirada me hizo estremecer. Por un momento, creí ver en su rostro los ojos inquisitivos de la campesina que momentos antes me había visitado en mi sueño. Frau Schatten me dedicó una cautivadora sonrisa y, antes de poder contestarla, volvióme a interpelar.

—¿Cómo lleváis el réquiem? Habéis de saber que la otra noche os mentí. Nunca estuve casada ni tuve ningún hijo. ¿Suponéis para quién es el réquiem?

Una carcajada se extendió por toda la estancia haciendo vibrar los cristales de la ventana. Me dio la espalda y, cuando se volvió de nuevo hacia mí exclamó:

—Regresaré el día que debéis entregarme el requiém y os daré el pago que merecéis por haber cumplido el trato.

Un sobresalto hízome despertar. Me levanté de la silla tan precipitadamente, que las partituras que estaban sobre la mesa se cayeron al suelo. Al ir a recogerlas, me llené de asombro cuando vi que el Dies Irae estaba finalizado.

Desde esa noche, Frau Schatten no ha vuelto a visitarme, no obstante, cada noche, cuando las agujas del reloj de pared señalan las doce y cinco, me despierto con el sonido de unos golpes en la puerta de la calle. Cuando salgo a abrirla, a nadie encuentro y, al regresar a mi alcoba, una fragancia a magnolias me acompaña por el corredor.  

Los que lean estas líneas dirán que lo que en ellas cuento no fue sino un sueño o producto de una mente calenturienta, más yo no lo creo. Tengo el convencimiento de que Frau Schatten no es sino un heraldo de la Muerte. La Parca no me ha perdonado que la burlase la primera vez que vino en mi busca, cuando cambié mi destino con la infortunada campesina, relegándola al asiento del rincón de la diligencia.

Ante estos sucesos que acabo de relatar, no vivo sino arrebatado de terror. Aún soy joven, no tengo más que treinta y cinco años, y no quiero morir. Por unos días pensé que, si dejaba inacabado el réquiem, podría librarme de mi aciago destino. Mas sé que esta vez no me será posible burlar a la astuta Frau Shatten.

Esta noche se cumple el tiempo que me dio para llevar a término la que será mi obra magistral. En ninguna pieza por mí compuesta hasta hoy he puesto el alma como la que me dará muerte. Cada nota del pentagrama esconde gotas de sangre y han sido testigos de toda la angustia que sentí al escribirlas. Y, aun sabiendo que su término será mi fin, todos mis sentidos trabajan como si mi alma estuviese poseída por algún espíritu que me impele a seguir hasta que ponga la última nota. Sólo me queda para ello una estrofa del canto de la comunión y no he hecho ningún alto en el camino sino éste que hago ahora para dejar por escrito las palabras que servirán de testimonio si la muerte viene a reclamar mi vida esta noche.

Madrid, a cuatro de diciembre del año de Nuestro Señor de mil seiscientos noventa y uno.

***

Como cada mañana, Micaela preparó la cesta del almuerzo para llevársela a su hermano soltero Bartolomé que vivía a tres manzanas de su casa. Aquel día se demoró más que otras veces porque su hija Engracia, una doncella de dieciséis años, dejó caer el puchero de cocer la leche. De nada le sirvió a Micaela rezongar y hubo de ir a comprar dos cuartillos en la vaquería. Llegó a la casa de su hermano casi corriendo; sabía que Bartolomé no consentía que se le hiciese esperar. Cuando entró en la casa, un inusitado silencio le dio la bienvenida. Un aire frío la envolvió de abajo arriba y un extraño temor se apoderó de ella. Llamó a gritos a Bartolmé, mas no le respondió sino el eco de su voz. Con paso sigiloso, abrió la alcoba y entonces lo vio tendido sobre la mesa con la pluma junto a su mano. Bajo la cabeza, una partitura. Micaela, temerosa, se acercó a su hermano. Lo sacudió suavemente y, al volverle el rostro, pudo ver en él una mueca de espanto: el rictus de la muerte. En la partitura destacaba con gruesos trazos el último verso del canto de la comunión: “Dona mihi pacem, Domine”, Concédeme la paz, Señor.  

Cuando Micaela acabó de leer la misiva de su hermano, la invadió un gran pavor. Temerosa de que pudiese caer en manos del Tribunal de la Santa Inquisición, encendió el fuego del hogar y quemó el documento junto a las partituras de lo que podía haber sido la obra cumbre de la música barroca española. Tal vez fuese el temor que la embargaba, mas, al salir de la casa, le pareció exhalar un aroma a magnolias.

Horas más tarde, Don Justo Alcántara, médico de la Villa y Corte de Madrid, dictaminó que la muerte del músico se había debido a una apoplejía.

El cinco de diciembre de mil setecientos noventa y uno, exactamente un siglo después que Bartolomé, W. A. Mozart encontró la muerte a las doce y cinco de la madrugada. En aquellos momentos, estaba escribiendo su célebre Requiem. Esta obra fue un encargo anónimo para el Conde Walseg, que quería hacerla pasar como suya. Esta encomienda le vino de la mano de un misterioso caballero que muchos creen que era Franz Anton Leitgeb, un músico que estaba al servicio del conde. Mas nada cierto se sabe de este encargo y hay quien dice que el misterioso mensajero no era sino el Heraldo de la Muerte. A Mozart aún le quedaban unas semanas para cumplir treinta y seis años: tenía la misma edad que Bartolomé Escudero de la Vega, maestro organista de San Jerónimo del Real.



(1) Schatten: Sombra en alemán