lunes, 4 de abril de 2016

Nuestro silencio








Ayer te vi, Clelia. Estaba comprando unas revistas en el quiosco cuando pasaste a mi lado. Ibas alegrando la acera de la calle del Pensamiento con el taconeo de tus esbeltos stilettos. Llevabas un abrigo del color de la arena del desierto que apenas dejaba ver un trozo de tu pierna y del encaje del vestido que llevabas debajo. Supuse que tendrías una cita con alguien a quien querías impresionar: a menos que hayas cambiado desde que estábamos juntos, no te hubieses arreglado tanto para una simple tarde de merienda con tu amiga Isabel.



Al verte, se removió todo mi interior. Pagué mis revistas sin siquiera fijarme en las monedas que entregaba al quiosquero y fui tras de ti ignorando cuál era mi intención al hacerlo. Enseguida mis pies recobraron la memoria y te siguieron al ritmo rápido de tus pasos. Iba unos cuantos metros detrás como hipnotizado por el juego de tus cabellos cobrizos con el viento. Quería llamarte pero el miedo atenazaba mi garganta. Al pasar por el portón del cementerio, volviste la cabeza y todo tu cuerpo se estremeció como las cuerdas de un arpa acariciadas por tus manos. Entonces recordé la última vez que visitamos un cementerio muy parecido a aquél y tuve miedo de que me descubrieras. Tragué la bola de amargura que se había aposentado en mi garganta y me di la vuelta camino de la soledad de mi casa.



Pasé la noche envuelto en tu recuerdo acompañado de una botella de whisky y las fotografías que no quisiste llevarte. Ya ves, amada Clelia: tú te empeñaste en romper con todo mientras yo no conseguí nunca desprenderme del aroma a violetas que me anunciaba tu presencia. Ahora me recreo en tu imagen como buscando resucitar mi alma muerta en tu sonrisa de papel. Contemplo la fotografía que me diste cuando empezamos a salir juntos, en esa que estás con Pizca, tu gato, y me parece verte la primera vez que te llevó Elena a casa de mis padres, con tu cola de caballo y tu minifalda negra con potos de colores. Veníais del Conservatorio, donde mi hermana estudiaba canto y tú, arpa. No te hubiera hecho caso de no ser porque Milord, nuestro dogo, quién sabe si impulsado por el rastro de olor a Pizca que traías contigo, se abalanzó sobre ti. Tú, que no esperabas tal recibimiento, perdiste el equilibrio y acabaste tendida en la alfombra del vestíbulo con todos tus libros, partituras y cuadernos desperdigados por el suelo. Elena y yo nos precipitamos a ayudarte a levantarte del suelo temiendo que te hubieras lastimado, pero te pusiste de pie tan rápido que apenas tuve tiempo de tenderte la mano. Después te perdiste en la habitación de Elena y no volví a verte hasta semanas después.



Estabas sentada en la terraza de una heladería leyendo un libro mientras saboreabas un granizado de limón. Los rayos del sol besaban tus hombros desnudos. Así, tan concentrada en la lectura, nadie diría que ya tenías veinte años. Te silbé pues no recordaba tu nombre y me miraste como si no me reconocieses. No esperé a que me dieras permiso para sentarme frente a ti. Durante unos instantes, permanecimos en silencio. No nos conocíamos y no teníamos de qué hablar. Sin saber cómo comportarme, cogí el libro que estabas leyendo: “La Cartuja de Parma”. Entonces, como inspirado, te empecé a llamar Clelia. Tuve suerte. En aquella época no era yo un gran aficionado a la lectura pero sí que había leído la novela de Stendhal y te impresioné hablándote de las desventuras de Fabrizio del Dongo. Después fuiste tú la que me embelesaste con tu charla. No puedo recordar lo que me estabas contando. Confieso que estaba más atento al sonido de tu voz, al aleteo de tus manos blancas y al baile de tu sonrisa sobre tus labios de mandarina que a tus palabras. Mientras el mundo seguía girando, el tiempo se detuvo para nosotros. Cuando la noche cayó, te tomé de la mano para llevarte a la casa donde vivió mi abuelo hasta que le llevamos a la residencia y, como si tuviéramos un acuerdo tácito, olvidamos el pudor y nos amamos hasta que el nuevo amanecer dio paso al mediodía.



No le dijimos a nadie que nos amábamos, ni siquiera a Elena. Temíamos que, si lo sabían los demás, se rompería la burbuja de dicha que nos aislaba del mundo. Te esperaba a la salida del Conservatorio, al otro lado de la calle, oculto tras un quiosco muy parecido al que ayer me descubrió tu presencia. Llegabas a paso lento, como si quisieras hacerme rabiar con tu demora. Luego, de pronto, echabas a correr y me rodeabas el cuello con tus brazos. De camino a la casa del abuelo, cogidos de la mano, nos quitábamos la palabra mientras relatábamos los pequeños acontecimientos del día: tus clases, las mías, las discusiones que tenías con tu madre por pequeñas cosas que a ti te parecían una enormidad...



Llevábamos seis meses robándole tiempo al día para encontrar un momento para nosotros cuando te propuse que nos fuéramos a vivir juntos. Había encontrado un trabajo de administrativo en una empresa de exportación de corbatas de fantasía y con mi sueldo, aunque precario, podíamos alquilar un apartamento pequeño. Fue una sorpresa para nuestras familias, sobre todo para Elena, que nos reprochó que no le hubiésemos contado lo nuestro. Tus padres y los míos intentaron disuadirnos del plan temiendo que, si vivíamos juntos, abandonásemos los estudios. Pero no hicimos caso de nadie y una semana después de proponértelo, dormimos en nuestra cama.



Nuestro hogar tenía dos habitaciones: una para nosotros y otra para el arpa. Me parece que estoy oyéndote ensayar tu parte del Concierto de Häendel al llegar a casa de mi trabajo. Permanecía en la puerta de la habitación sin moverme para no molestarte hasta que me descubrías. Entonces lo dejabas todo para venir a mis brazos y abandonarte a la pasión tantas horas contenida.



Para ayudarme con los gastos de la casa, te buscaste un empleo de camarera en un bar de copas. El día se encogió tanto que, entre los estudios y el trabajo, apenas teníamos tiempo para nosotros. Vivíamos arañando minutos a las horas hasta encontrar un momento en que disfrutar el uno del otro. Cuando terminaba mi jornada laboral, iba al bar y me tomaba un vaso de whisky mientras esperaba que terminases tu turno. Después, recorríamos los locales de moda en la noche madrileña en busca de una gota de alcohol que nos limpiase de la fatiga del día y acabábamos rendidos de pasión en nuestra cama cuando el alba despuntaba.



No fue sino este frenesí el culpable de nuestra desgracia. Un sábado, ya de mañana, de regreso de una de nuestras noches locas. Conducía el Renault Megane mientras tú, adormilada, descansabas la cabeza en mi hombro. El cansancio de tantas horas en vela volvió torpes mis reflejos. Los ojos se me cerraban llamando al sueño mientras un CD dejaba escapar los acordes del Concierto para flauta y arpa de Mozart interpretado por ti. Debí de quedarme dormido. No sé. No recuerdo más que el grito de un animal herido, que luego resultó haber salido de tu garganta, y un golpe en los bajos del coche. Detuve el Megane en seco y bajé aprisa. La confusión de mi mente no me dejaba entender lo que veían mis ojos: un amasijo de hierro, carne y sangre. Detrás de mí, te agarrabas a mi jersey. No te permití mirar, querida Clelia. Te tomé las manos y te forcé a regresar al coche. Pero antes de que pudiera dar la vuelta a la llave de arranque, abriste la portezuela y corriste hacia el lugar del accidente.



Cuando regresaste, traías el rostro demudado, la misma máscara de dolor que ya no te abandonaría hasta el día en que te fuiste, Clelia. Querías que llamásemos a la policía, no hacías más que gritarme y golpearme el pecho con los puños, pero yo sólo oía una voz dentro de mí que me decía que huyéramos. Te zarandeé y te obligué a meterte en el coche. Luego, guardamos silencio hasta llegar a casa: un silencio preludio del que acabaría destruyéndonos.



Al mediodía, los informativos de todos los canales de televisión abrieron con la noticia del atropello de una madre con su cochecito de bebé. Se desconocía quién era el conductor responsable, que se había dado a la fuga sin prestarles auxilio. La palidez de tu rostro delataba la impresión que te causaba la noticia. Entonces fui yo el que quiso llamar a la policía. Pero no me dejaste. ¿De qué servía ya si no les podíamos devolver la vida a la joven madre y a su bebé? Tenías miedo de lo que me pudiese ocurrir. Y, ahogada por el pánico, me hiciste prometer que no se lo contaría nunca a nadie.



Como si de un acuerdo tácito se tratase, no volvimos a hablar de ello, pero el recuerdo de la madre con el niño nos perseguía día y noche. Seguíamos saliendo en busca de diversión pero nuestras risas sonaban forzadas; seguíamos hablando de las mismas cosas pero nunca de lo que nos angustiaba; seguíamos amándonos pero en nuestras caricias no había ternura sino rabia y miedo. La culpa roía mis entrañas y me obligaba a rehuir tu mirada. Nuestra vida se tiñó de rojo y negro: el rojo de la sangre en la que se ahogaron nuestras víctimas, el negro de nuestro silencio. Sí, amor mío, porque, callándonos, ocultamos el dolor y la culpa que albergábamos en el corazón: preferimos hundirnos en la farsa de felicidad que nos iba matando poco a poco.



A veces, en mitad de la noche, me despertabas con un grito de angustia muy parecido al que precedió a la tragedia. Tu dolor, querida Clelia, me angustiaba, pero no podía hacer nada por aliviarlo. Cuando intentaba estrecharte en mis brazos, corrías hacia el baño y cerrabas la puerta por dentro. Me quedaba escuchando junto a la puerta cerrada sin atreverme a pronunciar tu nombre, Clelia, no fueras a rechazarme. Y me preguntaba si la llave que me impedía entrar, no me estaría cortando también el paso a tu corazón. Hoy me duele mi cobardía, nuestro silencio, que nos fue alejando más y más.



Al cumplirse el primer aniversario del accidente, te atreviste, por una vez, a hablar de ello. Me pediste que te llevara al cementerio: querías llevar unas flores, dijiste. Al principio, me negué. Te grité que se trataba de una idea morbosa que nos haría daño, que no era bueno hurgar en la herida. No podría decir ahora si temía agrandar tu sufrimiento o era el miedo a verme desbordado por la culpa lo que me impulsaba a negarme. Pero tú me suplicabas entre lágrimas y acabé accediendo para no ser testigo de tu dolor.



Compraste unos lirios blancos que depositaste a los pies de los dos sepulcros. Después permaneciste unos minutos en silencio, con la cabeza gacha, como musitando una oración a un Dios en el que no creías. Tu mano se asió a la mía y me apretaste con fuerza. No recuerdo, amada Clelia, cuánto tiempo permanecimos allí unidos en el silencio; lo que sí recuerdo es que en esos momentos creí que volvíamos a ser uno.



De regreso a casa, mi corazón se iba colmando de dicha. Estaba convencido de que, con la visita al cementerio, habíamos dejado atrás tu dolor y mi culpa. ¡Qué confundido estaba, amor mío! Al llegar del trabajo tres días después, te encontré con el abrigo puesto y rodeada de maletas. Me estabas esperando, dijiste, para despedirte. No aguantabas más; no podías vivir como si no pasase nada, como si no hubiéramos enterrado el amor en nuestro silencio. Mi corazón se detuvo al oírte y, con él, mi vida entera. No supe qué contestarte para retenerte y te dejé marchar.



En estos cinco años desde que te despediste de mí, amada Clelia, no ha pasado un instante sin que me haya prometido llamarte, enviarte un WhatsApp, un correo electrónico para rogarte que volvieras. Te he escrito miles de cartas que, luego, han terminado en la papelera y he ido a la puerta de la casa de tus padres sin atreverme a llamar no fueras a rechazar a quien destrozó tu vida.



Ayer te vi, Clelia. Estaba junto al quiosco cuando pasaste a mi lado. Lo dejé todo para seguirte pero el miedo me volvió a sumir en el silencio: nuestro maldito silencio.