lunes, 2 de mayo de 2016

Alas rotas







La primera vez que la vi fue el día que murió Eugenio, mi hermano. No sé si alguien le abrió la puerta de la casa o consiguió colarse aprovechando la entrada de algún amigo o pariente de la familia. La casa estaba abarrotada de gente y una más no iba a notarse, debió de pensar olvidando sus rasgos orientales. Se sentó en una silla cerca del féretro. Iba vestida sencillamente con una blusa blanca, unos pantalones vaqueros y unas zapatillas de jugar al tenis, blancas también. El pelo liso y negro recogido en una coleta baja con un lazo azul celeste le bailaba en la espalda. Desde el sofá donde me encontraba, no podía verle sus ojos almendrados, escondidos bajo sus párpados como si le diese vergüenza estar allí. Le pregunté quién era a María, la mujer que ayudaba a mi cuñada en las tareas domésticas, pero me dijo que no la había visto antes de aquella tarde. Pregunté a unos cuantos amigos, mas ninguno sabía decirme quién era. En varias ocasiones quise acercarme a ella, azuzada más y más por la curiosidad. Pero mis esfuerzos fueron en vano pues en cada intento me salía alguien al paso para darme el pésame.

Era muy joven. No parecía tener más allá de veinticinco años, pero, ¿quién puede saber la edad de una chica oriental? Ignoro si se daba cuenta de mi escrutinio. No levantaba la vista de sus manos, que descansaban sobre su regazo, y parecía ajena a lo que ocurría a su alrededor. Cada vez que miraba hacia el rincón donde estaba, la veía sola, en silencio, sin hablar con nadie. Debía de haberse confundido y estar llorando la muerte de otra persona. ¿De qué iba a conocer mi hermano a aquella jovencita oriental? Pero ella no parecía percatarse de su error, pues no se movió de su silla en toda la tarde.

A las siete de la tarde, empezaron a marcharse las visitas que habían querido dar su último homenaje a Eugenio. María había encendido las luces y cerrado las cortinas del salón para preservar nuestro duelo de la curiosidad ajena. Acompañé a mi cuñada a su dormitorio para que descansara después de la fatiga de un día tan doloroso. Los hombres de la funeraria iban a llevarse el féretro al tanatorio y yo pensaba quedarme a pasar la noche para no dejarla sola. Al pasar por el salón vi a la joven desconocida. Parecía que no se hubiese movido durante horas. Me prometí hablar con ella cuando se acostase Pilar; pero al volver al salón, ya se había marchado.

Al día siguiente la vi de nuevo en el cementerio, medio oculta tras un ciprés aunque lo suficiente cerca de la sepultura para oír la oración del sacerdote. No se separó del enhiesto árbol durante la breve ceremonia. Sólo cuando los sepultureros iban a cerrar el sepulcro, se acercó al féretro, depositó una rosa blanca y se marchó antes de que nadie se diera cuenta. Salí corriendo tras ella pero no llegué más que a ver cómo se subía a un coche azul.

Le pregunté a Pilar de qué conocían a la joven oriental Eugenio y ella. Me miró casi divertida antes de decirme, como burlándose de mí, que con la conmoción de la muerte repentina de mi hermano debía de haber sufrido un espejismo y haberme confundido con alguna de sus primas más jóvenes. Yo sabía que la joven no era nadie que conociera pero no quise insistir: ¡Bastante tenía ella con la pena por haber perdido a su marido para preocuparse también con una extraña que se colaba en los duelos ajenos!

Aquella misma tarde, llamé a la empresa que tenía Eugenio a medias con un socio. Les dije que quería recoger los objetos personales que aún tenía en su despacho. Estaba convencida de que, entre sus cosas encontraría alguna pista sobre la joven desconocida. Es cierto que su socio me había dicho que no figuraba entre sus clientes ni la había visto antes del entierro, pero no se me ocurría otro lugar donde buscarla. Permanecí toda la tarde rebuscando en los cajones, entre los libros de la biblioteca y hasta en el cesto de los papeles; mas todo fue en vano. No había rastro de la enigmática oriental.

Ya iba a darme por vencida, cuando llamó la atención un velador medio oculto por las cortinas del ventanal. Ni el pequeño mueble, una antigüedad de estilo inglés, ni los adornos que descansaban sobre el velador parecían tener nada que hacer en aquel despacho de estilo funcional donde se deshacían hasta convertirse en polvo miles de viejos documentos: ¿qué hacían allí un cenicero de cristal tallado y una esbelta lámpara de Art Decó? Olvidándome de mis pesquisas, me acerqué al velador. Debajo del cenicero había un libro encuadernado en piel: “Alas rotas”, era su título. Lo abrí por una página al azar y me dejé llevar por el aroma a tabaco de pipa que me evocó las tardes de invierno que pasábamos de jóvenes Eugenio y yo en la casa de mis padres. Me extrañó encontrar en aquel despacho un libro de poemas y más aún que muchos de los versos estuvieran subrayados. Mi hermano, hasta donde yo sabía, no era aficionado a la poesía. Busqué en la cubierta el nombre del poeta y mi sobresalto fue inmenso cuando lo encontré: Toshiko Oshima.

—La chica del cementerio —pensé.

¿Por qué tenía mi hermano un libro de poemas de una jovencísima oriental? Pasé de prisa las hojas y leí el primer poema, nada más que dos versos octosílabos:

“Las alas se me quebraron
cuando volaba más alto”.

Quise leer más, pero el socio de mi hermano llamó a la puerta para recordarme que ya era la hora de cerrar. No cogí del despacho más que el libro y el cenicero de cristal tallado: el uno porque pensaba que guardaba la clave del misterio de la joven oriental, probablemente la autora de los poemas, y el otro, por parecerme tan ajeno a los gustos de Eugenio.

Al llegar a casa, anduve distraída, sin atender a la acalorada discusión entre mi marido y mis hijos que, como era habitual, amenizaba las cenas de mi familia. No sé cómo ninguno se daba cuenta de mi falta de interés. Debo decir que en aquellos debates sobre los temas más diversos, era yo la que más solía gritar, mientras que aquella noche permanecía en silencio. Estaba impaciente por quedarme a solas para poder sumergirme de nuevo en el poemario. En cuanto levantara el mantel, todos emprenderían el vuelo y me dejarían disfrutar de unas miajas de tranquilidad hasta el momento de irme a dormir. Mi marido acostumbraba a leer sus periódicos cuando terminaba de cenar y mis hijos se encerraban en sus habitaciones con la Playstation.

Pero de la lectura de los poemas no conseguí más que avivar la tristeza por la pérdida de mi hermano. En ellos se hablaba de amores frustrados, de abandono y de añoranza. Para sacudirme la pena, encendí mi iPad: quería buscar por Internet información sobre la autora. En el libro, sólo figuraba la fecha de impresión que me había dejado aún más intrigada: Año 2000. Quince años antes. La autora no podía ser la desconocida que se había colado en la casa de mi hermano y en el cementerio, pues aquéllos no eran versos escritos por una niña. La infiltrada no debía de tener más de veinticinco años, por lo que quince años antes sería apenas una niña.

Me sentía decepcionada. Lo más probable era que la joven no tuviera nada que ver con la autora del libro. Después de todo, ahora que Eugenio había muerto, ¿qué importaba quién fuera la joven desconocida de rasgos orientales? Estaba tejiendo en mi imaginación una fantasía para no enfrentarme a lo único que era real: el dolor por la repentina muerte de mi hermano después de un ictus. Pero no me sentí capaz de abandonar mis pesquisas y estuve navegando por Internet hasta entrada la madrugada.

Había miles de entradas en Google que respondían a la búsqueda de “Toshiko Oshima”. En cualquier parte del mundo había una. O uno, pues el nombre era femenino y también masculino. Las horas corrían unas tras otras y parecía que lo único que sacaba en claro era las miles de personas que poblaban el mundo con ese nombre.

Los días siguientes, seguí intentándolo. Una parte de mí me decía que era importante encontrar a la joven oriental; mientras que mi lado racional me azuzaba para que dejara aquella absurda investigación que no me estaba llevando a ninguna parte. Pero no me aparté de mi empeño hasta que encontré una página en la que se informaba sobre el fallecimiento en 2005 debido a una grave enfermedad de Toshiko Oshima, poeta japonesa afincada en Granada. No podía ser, pues, mi joven desconocida. Tal vez ésta no fuese más que una loca que se colaba en los duelos ajenos para dejar una rosa blanca y sólo una broma del azar había querido que Eugenio guardase en su despacho el libro de poemas de una japonesa. Decidí, pues, hacer caso a mi lado racional y regresar a la vida que, con mi obsesión, había descuidado.

Pero mi empeño en olvidar a la joven oriental se vio frustrado el día en el que nos llamó el notario para abrir el testamento de Eugenio. Allí estaba ella, con un discreto vestido azul marino, unas bailarinas del mismo color y la coleta baja impecablemente peinada. Quien fuera no se trataba de ninguna extraña, pues si la habían convocado a aquella reunión era porque mi hermano la nombraba en su testamento.

Vi a mi cuñada Pilar observarla de soslayo en más de una ocasión, como si viera en ella a alguien peligroso. Debía de haberla puesto nerviosa pues se removía en su asiento como si no encontrase la postura. No había ninguna duda de que la joven no era ninguna de sus primas. ¿Quién sería? Mi curiosidad no tenía límites, pero la de Pilar tampoco parecía tenerlos.

La voz del notario interrumpió mis pensamientos. El testamento no iba a sorprender a nadie. Al menos no al principio. Le dejaba toda su fortuna a su esposa. A mis hijos les dejaba una cantidad de dinero para ayudarlos en sus estudios y a mí su colección de veleros en miniatura. Nada que no esperásemos. Nada. Al menos, eso creíamos. Cuando ya nos disponíamos a marcharnos, el notario carrapeó y prosiguió leyendo:

—A mi hija Natsuki Martínez Oshima, le dejo la casa que tengo en Granada.

Un estruendoso silencio recorrió la sala. ¿Su hija?, ¿la casa de Granada? Nadie se atrevía a moverse hasta que un grito ahogado nos hizo estremecer. Pilar se había puesto en pie y, si no la hubiera sostenido mi hijo Javier, se hubiese precipitado sobre la joven. Durante un tiempo que me es imposible determinar, reinó la confusión en la notaría. Mi cuñada había roto en llanto y todos los que estábamos en la sala hacíamos lo imposible por consolarla. Y en medio del revuelo, Natsuki, la hija de Eugenio, mi sobrina, volvió a escabullirse sin que me hubiese dado tiempo a hablar con ella.

Creí que la había perdido una vez más y hasta que no llegué a casa no me percaté de que nos habían entregado una copia del testamento en la que figuraba la dirección de Natsuki, de manera que, al día siguiente me presenté en su casa.

Vista de cerca, Natsuki era de más baja estatura de lo que me había parecido en las tres ocasiones anteriores en las que la había visto. Como el primer día, llevaba unos pantalones vaqueros y una sencilla blusa blanca. Fue ella misma la que me abrió la puerta y no tuve ninguna duda de que me reconoció nada más verme pues retrocedió como si le asustase encontrarme allí. Ninguna de las dos supo qué decir. Permanecimos en silencio unos instantes que a mí me parecieron una eternidad.

—Soy tu tía Susana, Natsuki —le dije intentando sonreír—. Te he traído un libro que tu padre guardaba en tu despacho.

Natsuki miraba de un lado a otro como si le pusiese nerviosa mi inesperada visita.

—Pensé que te gustaría tenerlo.

Le tendí el libro de poemas con una sonrisa miedosa. Natsuki lo cogió distraída y sólo cuando leyó el título de la portada me devolvió una sonrisa y me hizo pasar. Dejé vagar la vista por el apartamento. Me parecía encontrarme con mi hermano en cada esquina. Una fotografía con Natsuki de niña, un cuadro que años atrás había desaparecido de la casa de mis padres, su gorra azul… Por un momento me sentí incómoda al imaginar la vida que Eugenio nos había mantenido oculta. Todo me parecía extraño y familiar a la vez.

Mientras tanto, Natsuki no me lo estaba poniendo fácil. En ningún momento despegó los labios. De vez en cuando, sorprendía en ella una mirada furtiva, como si quisiera asegurarse de que estaba allí. Intenté ponerme en su lugar, comprender sus sentimientos. Yo no era para ella sino una desconocida que me había presentado de improviso en su casa. Recordé que había perdido a su padre y pensé que tal vez quería llorar su pérdida en soledad. Me compadecí de su pena, que era también la mía, y me dispuse a decirle adiós. Pero, cuando quise despedirme, Natsuki se aferró a mi brazo y me pidió que me quedara.

—Sólo quería conocerte —le dije—. Hasta ayer, no supe que tenía una sobrina.

—Nosotras nos enteramos de que mi padre tenía otra familia cuando yo tenía nueve años.

—¿Nosotras?

—Mi madre y yo.

—Tu madre escribió el libro de poemas, ¿verdad?

Asintió.

—Cuéntamelo todo, por favor —le pedí casi susurrando—. Quiero conocerte.

—Hasta los nueve años, creí que mi familia era igual que la de cualquier niña. Es cierto que mi madre era japonesa y yo había heredado de ella sus rasgos orientales, pero eso en el colegio constituía más bien una ventaja que un inconveniente. Vivíamos a las afueras de Granada. Mi padre viajaba mucho por razones de trabajo por lo que pasaban muchos días fuera de casa. Cuando llegaba el verano, mi madre le insistía en que nos dejase acompañarle, pero él siempre decía que los negocios no le dejaban tiempo para ocuparse de nosotras. Lo peor era en Navidad. Algunos viajes lo llevaban a Perú o Guatemala y no llegaba a tiempo para celebrarla con nosotras. O, al menos, eso nos decía.

Me acordé de que mi cuñada Pilar se quejaba a menudo de que apenas se veían por culpa de los viajes de trabajo, que cada vez se tomaba menos días de vacaciones. Ahora entendía los ejercicios de equilibrio que tendría que hacer para engañar a ambas mujeres.

—Recuerdo echarle de menos cada vez que emprendía un largo viaje. Me lo imaginaba surcando los mares en un barco velero como esas miniaturas que coleccionaba y guardaba en su despacho.

Su dulce voz se había vuelto pausada, como, si al volver a la infancia, se hubiera desvanecido su desdicha. Parecía hablar para sí misma, como si hubiese olvidado que estaba allí. Yo la escuchaba sin atreverme siquiera a respirar no fuera a arrepentirse de sus confidencias.

—Cuando mi padre volvía a casa, parecía un día de fiesta. Y no sólo para mí: mi madre parecía florecer cada vez que veía a mi padre. A mí me iba a recoger al colegio y me llevaba a tomar leche merengada a la heladería más elegante de Granada sin oír las protestas de mi madre, que no quería que rompiera el orden que presidía mi vida. No hay muchas niñas que no quieran a su padre pero para mí lo era todo. Sabía hacerme reír imitando a los personajes que salían en la tele, llorar cuando me contaba cuentos o ilusionarme cuando me hablaba de los lugares que visitaba en sus viajes. Ahora pienso en lo que tenía que inventar para que nos creyéramos sus historias.

»Mi madre por entonces había escrito su primer libro de poemas. Me dejó con una amiga y vino a Madrid para hablar con un editor. Cuando regresó, parecía haber envejecido. No me dijo sino que mi padre ya no viviría con nosotras. Pasaría algún tiempo hasta que me contó que había descubierto la doble vida que llevaba mi padre. Durante años se negó a nombrarlo. Sólo desahogó su corazón y habló de su felicidad truncada en su libro “Alas rotas”.

»No volví a ver a mi padre hasta que fue a buscarme cuando ella murió. Para entonces yo tenía quince años. Me dijo que había alquilado una casa en Madrid para que me fuera a vivir con una señora que había contratado para que cuidara de mí, que quería tenerme cerca pero que no podía vivir conmigo. Si no hubiese estado tan aturdida por el dolor, me hubiese resistido a sus deseos. Le hubiese reprochado el daño que le hizo a mi madre, que quisiera mantenerme escondida de su familia, de la mía. Pero cuando se presentó en casa, sólo vi a la persona que más había querido. Después, me habló muchas veces de vosotros, de su infancia, de su otra vida, pero cuando le pedía que me presentara a mis primos, siempre lo aplazaba al año siguiente. Hasta que me resigné y dejé de pedírselo.

Cuando Natsuki terminó su relato, guardó silencio. Su rostro reflejaba la tristeza por la infancia perdida. Yo tampoco me atrevía a hablar y así permanecimos con las manos entrelazadas hasta que cayó la noche y regresé a mi casa.


Después de aquella tarde, la vi en unas cuantas ocasiones más. Con motivo de alguna celebración familiar, la invitaba a pasar la tarde en nuestra casa de la sierra, procurando que no se encontrara con Pilar, mi cuñada, para no abrir heridas que aún tardarían en cicatrizar. Pero tales encuentros no eran fáciles ni para ella ni para nosotros. Una familia no se improvisa en un día ni el cariño nace súbitamente porque un papel decrete que es tu sobrina. Aunque todos nos esforzamos para que se sintiera una más entre nosotros, no podía ocultar cuánto la cohibíamos con nuestras ruidosas charlas y nuestras risas estruendosas. Al principio, aceptaba todas mis invitaciones, pero con el tiempo se hicieron más frecuentes las excusas hasta que un día dejó de asistir.




*Nota: Este relato se basa en el que escribí para la tercera ronda del Torneo de Escritores que se está desarrollando en la Web “Tus Relatos”. Una de las condiciones era el título, “Alas rotas”. La otra, no sobrepasar 2.099 palabras, pero mi tendencia a enrollarme me llevó a las 3.000 por lo que tuve que meter las tijeras. Ésta es la primera versión mejorada. O eso creo.