lunes, 3 de agosto de 2015

Bifurcación del camino








Hace dos semanas que llegué a esta ciudad y todavía tengo el apartamento lleno de cajas sin abrir. Nunca creí que cambiar de casa, cambiar de vida, fuese tan trabajoso. Y no me refiero a los seres queridos que he dejado atrás, que es algo en lo que intento no pensar. Es la acumulación de tareas lo que me tiene abrumada: deshacer el equipaje, que no ha resultado tan ligero como esperaba; buscar una guardería para mi hijo; comprar los alimentos que he de tomar pese a haber perdido el apetito; elegir los muebles para guardar todas las cosas que he traído conmigo... No sé por dónde empezar y, sin darme cuenta, voy postergando los muchos quehaceres que tengo ante mí. 

Y, pese a a que el abatimiento se apodera de mí en muchas ocasiones, sé que he tomado el camino correcto.

Esta mañana he dejado a Carlitos en la guardería por primera vez. Me dijo la directora que, los primeros días, era conveniente que acudiera sólo un par de horas para que se fuese acostumbrando al nuevo ambiente en el que tendrá que pasar tanto tiempo los próximos meses. Se me partió el corazón cuando lo vi todo sonriente entre aquella gente extraña; tan confiado que ni siquiera tuvo tiempo de darse cuenta de mi partida; mandándome besos con su manita regordeta. ¡Y es que aún es tan pequeño...! Pensé aprovechar el tiempo libre en deshacer parte del equipaje. Creía que aquellas dos horas me darían para más: después de todo, mi nueva casa está a unos pasos apenas de la guardería y no tenía que perder el tiempo en el viaje. Mas, al llegar y ver tanta caja, me sentí invadida por el desaliento: no sabía por dónde empezar. Y, no obstante ser tantas, no pude evitar pensar que en apenas aquel montón de cartones se guardaba toda mi existencia. Cuarenta y tres años se reducían al espacio de un pequeño salón atiborrado de cajas a medio abrir.

Una llamada al móvil me sacó de mis reflexiones. No hizo falta ver el número en la pantalla para saber que era él. Y, pese a haber sido yo la que le había dicho que no llamase, mi corazón brincó de alegría cuando oí la sintonía del teléfono. Aún así, pude contener la emoción y casi con voz neutra le reproché su inoportuna llamada. No llegó el conato de conversación más que a unos minutos; tiempo más que suficiente para que me preguntara por el niño y poco más. Luego nos quedamos sin palabras los dos. Temerosa de abrir viejas heridas, inventé un pretexto para colgar y, al hacerlo, todos los recuerdos de los últimos tres años se concitaron para atormentarme.

Tres años antes, a punto de cumplir cuarenta años, mi vida transcurría por una carretera sin curvas sinuosas, en la que nada hacía vaticinar la bifurcación que me esperaba mediado el camino. Por aquel entonces, tenía un trabajo estable, mantenía desde hacía tiempo una cómoda relación sentimental, o casi sentimental, con un antiguo condiscípulo del colegio de mi hermano y disfrutaba de un amplio apartamento en el centro de mi ciudad natal. No es que pudiese decir que fuera feliz, pero al menos me sentía satisfecha con lo que tenía. En el trabajo era reconocida por mi competencia. Llevaba quince años en una consultora de estudios sociodemográficos en la que, como socióloga, me dedicaba a planificar y coordinar investigaciones cualitativas. Aunque había perdido la entusiasta ilusión de los primeros tiempos, todavía disfrutaba cuando lograba diseñar un buen proyecto. Mi jefa de los últimos cinco años dejó aquella primavera la empresa y se decía que el nuevo encargado del departamento venía de un campo laboral distinto al nuestro. En mi larga carrera no era la primera vez que me enfrentaba a un jefe desconocedor de lo que nos traíamos entre manos. Ante mí había pasado una ristra de ellos de toda condición. Los más temibles, aquellos que no sabían nada y creían saberlo todo; los mejores, aquellos que sabían escuchar a los que llevábamos más tiempo. En más de una ocasión, me había enfrentado a aquellos que se negaban a reconocer mi experiencia y discutían cualquier sugerencia que tenía a bien hacerles. Por ello recelaba tanto de la llegada de mi nuevo superior.

Carlos Galeón resultó ser una persona con ganas de aprender y con talento para reconocer los méritos de quienes trabajaban con él. Pese a ser demógrafo, no consideraba inferiores los estudios cualitativos a los cuantitativos y tampoco le avergonzaba reconocer su ignorancia sobre aquéllos. A los pocos días de su llegada ya me consultaba cada vez que le asaltaba alguna duda y, en breve tiempo, las tardes en las que me llamaba a su despacho para que le explicase algún aspecto de mi trabajo se convirtieron en una costumbre. Al principio, bastaban unos minutos, un cuarto de hora, media, como mucho, para resolver sus dudas; pero más adelante se fueron prolongando estas reuniones más y más hasta rebasar el horario de salida de la empresa. No crean que las conversaciones que teníamos se extendían más allá de otros temas que no estuviesen relacionados con la empresa. Al menos en los primeros meses, no hablamos sino de trabajo y, desde luego, nunca pisamos terreno de nuestra vida personal.  

Todo empezó a cambiar en diciembre coincidiendo con el cierre del año. En la oficina andábamos unos y otros saturados de trabajo, con los nervios tan a flor de piel que cualquier nimiedad nos hacía saltar. Las tardes en el despacho de Carlos se alargaban hasta entrada la noche y en más de una ocasión perdíamos la carrera contra el tiempo. Entonces, encargábamos unos bocadillos y unos cafés en el bar de la esquina que degustábamos mientras nos permitíamos hacer un descanso en las miles de tareas que teníamos por delante. No me fue fácil pasar de una situación más o menos jerarquizada a otra en la que se suponía que se suavizaban los límites que separan al jefe de su subordinada y, al principio, la situación se me hacía un poco embarazosa: ¿De qué podía hablar con alguien que, fuera del trabajo, no era para mí sino un desconocido? Mas él sabía salvar con habilidad aquel escollo, embarcándome en amenas charlas sobre los temas más diversos. Había viajado por medio mundo y conocía lugares remotos inaccesibles para la mayoría de los que, como yo, eran simples turistas. Bastaba que empezase a hablar para que me sintiese atrapada por sus palabras. Poseía el don de saber llevarme a los parajes más exóticos con su sola voz melodiosa. En lo que duraba una canción de su equipo de música, recorría las miles de millas que separan Shangai y Puerto Príncipe, pasando por Estambul y Nairobi. Yo, que apenas me había separado más de doscientos kilómetros de mi ciudad natal, lo escuchaba embelesada esperando codiciosa el siguiente episodio de aventuras tan bien narradas. Cuando acababa el ligero refrigerio, tenía que hacer un esfuerzo para retomar la vulgaridad de nuestra rutina laboral: era como si, al despertar, las imágenes de la ensoñación me impidiesen darme cuenta de la realidad que me circundaba.

Fue una de esas noches, en esos momentos en los que la fatiga de una jornada sin tregua empezaba a jugarnos malas pasadas, cuando se coló en medio de nosotros, sin que la aguardásemos, la pasión. Aunque he evocado una y mil veces el instante en el que nos vimos sorprendidos por un impetuoso beso, no consigo recordar quién dio el primer paso. Tal vez fue una fugaz mirada de Carlos o el roce involuntario de una de nuestras manos; tal vez el influjo de la luna llena el que se alió con el silencio de la noche lo que nos acercó. No lo sé. Sólo recuerdo encontrarme en sus brazos mientras todo mi ser se estremecía de dicha. 

Y, sin embargo, apenas fueron unos segundos.

Un brusco empellón quebró súbitamente el momento. Desorientada miré a mi alrededor intentando encontrar una explicación a lo ocurrido. No hubo tiempo sino para verlo salir presto del despacho. Un sentimiento de abandono me invadió mientras los latidos del corazón martilleaban mi pecho. Hube de hacer un esfuerzo para recobrar la calma. Me senté en la silla que ocupaba cuando trabajaba con él y esperé que regresara, preguntándome, confusa, qué había sucedido. No podría decir el tiempo que estuvo ausente. Cuando Carlos volvió, ocupó su asiento y, sin dirigirme una palabra, se enfrascó en la lectura de un documento. Yo no entendía nada; no sabía qué hacer. Intenté hablar, más una mirada de acero me lo impidió. A duras penas retomé mi trabajo y menos de media hora más tarde inventé una excusa para despedirme hasta el día siguiente. No había alcanzado la puerta del despacho cuando su voz me detuvo.

—¡Espera! —casi me gritó —Quiero que olvides lo ocurrido. Debes saber que soy un hombre casado y no me van las aventuras de oficina.

Sus palabras me hirieron profundamente. El tono despectivo con el que se refirió a "las aventuras de oficina" hicieron que sintiera vergüenza de mí misma. Hasta que no pronunció aquella frase, no se me había ocurrido verme de aquella manera. Hice un último esfuerzo y me marché con un nudo en la garganta que cerraba el paso a las palabras.

Los días que siguieron no fueron fáciles para ninguno de los dos. Nos rehuíamos como criminales que temen ver la acusación en los ojos del otro y, si nos cruzábamos en el camino, murmurábamos un saludo sin levantar siquiera la cabeza. Pusimos fin a las reuniones en su despacho, a las jornadas laborales hasta altas horas de la noche. Cuando no tenía más remedio que entrar en él, dejaba entreabierta la puerta, asegurándome que nada quedase oculto para los que permanecían fuera. Mi orgullo herido me hizo adoptar ante Carlos una actitud fría y distante que estaba muy lejos de mi verdadero sentir. Permanecían muy presente en mi memoria las palabras que me dijo el día del fatídico beso y quería dejarle muy claro que yo no había tenido la intención de tenderle ninguna trampa. Y no obstante, las noches se me hacían eternas evocando cada instante en el que había sorprendido su mirada en la mía, torturándome al recordar que era un hombre casado.

La situación se mantuvo con toda su tensión durante varios meses. Él dejó de pedir mi opinión y, cuando lo precisaba, buscaba consejo entre los sociólogos masculinos. Y no es que tuviera fama autoritario, pero sus manera de relacionarse con los demás, poco dada a afables confianzas, le granjearon más de una animadversión entre superiores y subordinados. En cuanto a mí, ya no volví a quedarme en la oficina más allá de la hora en la que finalizaba mi jornada laboral. Para evitar un encuentro a solas con Carlos, me llevaba el trabajo a casa si la tarea apremiaba. Y con disciplina, mantuve ocultos mis sentimientos y logré que nadie se percatase de lo ocurrido.

En primavera, la empresa consiguió que el Ministerio de Trabajo le adjudicase un estudio sobre las necesidades de las familias que llegaban exiliadas de la guerra de Siria. Todos andábamos de cabeza por ser el trabajo de mayor envergadura que íbamos a acometer en muchos años. A mí me tocó en suerte el diseño de las entrevistas en profundidad y los grupos de discusión, que, más tarde, hube de coordinar también. Sin que ninguno de los dos lo buscásemos, nos vimos envueltos, mano a mano, en el trabajo de campo. Cada mañana, me recogía con su coche en mi casa y recorríamos kilómetros y kilómetros hasta llegar al domicilio de quien habíamos de entrevistar. Compartir tanto tiempo en el reducido espacio del automóvil de Carlos era un martirio para mí y supongo que para él tampoco fue fácil. Él simulaba ir concentrado en los hitos de la carretera mientras el humo de un cigarrillo tras otro dibujaba volutas en el aire. Yo llenaba los minutos de silencio repasando el plan del día en el iPad, en tanto intentaba olvidar quién conducía a mi lado.

Un día tuvimos que trasladarnos a una población a doscientos kilómetros de nuestra ciudad para entrevistar a un antiguo funcionario sirio. Tenía previsto ir con nosotros en el mismo coche una traductora que nos habían recomendado en la ONG que nos prestaba apoyo pero que, en el último momento, le surgió un asunto urgente y no pudo acompañarnos. Hubimos, entonces, de contratar otro intérprete que vivía en la misma ciudad a la que nos dirigíamos. De nuevo no tuvimos más remedio que enfrentarnos a la soledad de la carretera sin posibilidad de huir el uno del otro. El viaje de ida lo hicimos sin más complicaciones que las del lento transitar de un tráfico atiborrado de pesados camiones; pero a la vuelta, cuando el silencio instalado entre nosotros se había convertido en una presencia densa y agobiante, Carlos detuvo el automóvil bruscamente en medio de la nada.   

Lo miré pensando que habíamos sufrido alguna avería, mas, al verlo con los brazos sobre el volante y la cabeza hundida entre ellos, me asusté. Lo rocé suavemente con la mano en el hombro buscando que me dijese si se encontraba indispuesto. Pero él no pronunció ninguna palabra. Volvió su rostro lentamente hacia mí y posó un leve beso en mi mano. Luego, giró la llave de contacto y prosiguió el viaje. Con un nudo en la garganta, quise hablar, mas no me lo permitió. Me pidió que esperásemos a que llegásemos al pueblo más cercano para que pudiese darme las explicaciones precisas. El trayecto hasta nuestro destino no era sino unos pocos kilómetros que a mí se me hicieron una eternidad. El silencio volvió a ser testigo de nuestra turbación; ninguno supo cómo llenar aquellos escasos minutos hasta que Carlos aparcó el coche en la plaza de un pueblo de apenas cuatro casas, una iglesia y un café. Entramos en este establecimiento y con una cerveza de la que no llegué a probar más que el primer sorbo, bebí sus palabras.

Empezó contándome sus nueve años de matrimonio. Se había casado con una mujer a la que creía conocer desde muy joven pero que, tan pronto empezaron a vivir juntos, se convirtió en una extraña. Carlos la había querido desde el principio, pero ella se alejaba más y más de él. Hacía una vida fuera de casa de la que no le daba cuenta, desapareciendo durante días sin decirle más que necesitaba disfrutar de momentos de soledad. Si Carlos le preguntaba lo que había hecho durante su ausencia, se encerraba en el silencio y sólo le decía que aquellos días le pertenecían a ella sola. Durante años, intentó atraerla con su ternura mientras su corazón se llenaba de dudas sobre los sentimientos que le inspiraba a su esposa. A veces se dejaba llevar por la cólera provocada por la frialdad con la que ella recibía sus besos y caricias, pero ni su ira ni su amor conseguían hacerla reaccionar. Intentó convencerla para que tuviesen un hijo, mas la sola idea de perder su libertad la asustaba tanto que iba retrasando el momento año tras año. En ocasiones parecía que se iba a producir la ruptura del matrimonio: ¿qué quedaba entre ellos más que el amor de él y la indiferencia de ella? Pero Carlos no se daba por vencido y acababa persuadiéndola para que lo intentasen una vez más. 

Cuando Carlos me conoció, estaba pasando por uno de esas crisis en las que tanto le costaba hacerle creer a su esposa que valía la pena darse una nueva oportunidad. Las conversaciones que mantenía conmigo en su despacho le ayudaban a mitigar el dolor que estaba sufriendo. Poco a poco se fue dejando envolver por la atmósfera de camaradería que se había creado a nuestro alrededor y su orgullo lastimado se curó al ver que me inspiraba tanta admiración. Logré que superara la soledad en la que vivía y le hice recuperar la esperanza de la felicidad. Pero aquella dicha convivía dentro de él con el amor que aún sentía por su esposa, sometiéndole a un conflicto constante de sentimientos opuestos. El beso que nos dimos le hizo reaccionar y, a la hora de tomar una decisión, la eligió a ella. Pero aquella elección no le había traído mas que amargura y soledad. Decía sentir una gran añoranza de las tardes que habíamos pasado juntos, de nuestras conversaciones, y no quería perder la amistad que había entre nosotros.

Pese a su petición de una simple amistad, aquella misma noche, cuando llegamos a mi apartamento, nos hicimos amantes. Empezó entonces una relación entre nosotros que me colmó con la mayor de las dichas y me inundó con la mayor de las desdichas. Creí todas las promesas de amor que me hizo y cerré los ojos a la evidencia de que no estaba conmigo sino en los momentos en los que ella, su esposa, lo dejaba libre. Aunque nunca me lo dijese claramente, quise creer que la acabaría dejando por mí. Después de todo, si él me quería y yo también, qué más podía desear. Pero él no parecía encontrar nunca el momento de romper con un pasado que decía hacerlo desgraciado para unirse a mí. Yo no comprendía aquellas demoras. ¿Por qué alargar la convivencia con una mujer que no sentía nada por él, si yo se lo daba todo sin siquiera pedírmelo? Mas Carlos era muy hábil para hacerme creer que el amor que sentía por mí era mucho más intenso que el que le inspiraba su esposa; o tal vez sólo era yo la que así lo creía.

Al principio, conseguí que nadie en la oficina se diera cuenta de nuestra relación, pero mis indiscretos sobresaltos sólo con oír su voz o sentir sus pasos me delataron. En más de una ocasión sorprendí el murmullo de algún corrillo acompañado de miradas de soslayo hacia mi mesa. Yo, que siempre he sido tan celosa de mi intimidad, tuve que soportar preguntas indirectas y, a veces, no tanto de gente con la que no había cruzado sino dos o tres palabras. Aquella situación, tan incómoda para mí como para Carlos, quebraron nuestra calma. El humor de él se oscureció y el mío se volvió más vivo. Se hicieron frecuentes las discusiones que cada vez aplacaba menos la pasión. Yo le apremiaba para que rompiese con una esposa, que, según sus palabras, no sentía nada por su marido, y él me pedía una discreción en el trabajo hacía tiempo innecesaria.

Sabiendo lo que deseaba un hijo, dejé de tomar precauciones para evitar un embarazo. Ningún ultimátum sería más efectivo que aquel. Nada de lo que le dijese o hiciese podía convencerlo de que dejase a su esposa por mí; nada sino la llegada de un hijo que la otra no estaba dispuesta a darle. 

La noticia de mi embarazo le cogió desprevenido. Durante días anduvo taciturno por la oficina con el pensamiento muy lejos de allí. Por un tiempo temí haber cometido un error que lo alejaría de mí aún más que su resistencia a romper un vínculo inexistente. No obstante, cuando logró hacerse a la idea de la buena nueva, se mostró feliz y volvió a ser el hombre tierno y considerado del que me había enamorado. Después del nacimiento de Carlitos, se podría decir que vivía más tiempo en mi casa que en la de su esposa. Nunca lo vi tan feliz como cuando tenía a nuestro hijo en sus brazos. Y nunca fui yo tan dichosa como aquellos meses en los que permanecí en casa de baja por mi maternidad disfrutando para mí sola de mi niño por las mañanas y del que consideraba mi marido desde el atardecer hasta bien entrada la noche. Me dejé engañar por la apariencia de felicidad que nos rodeaba y quise creer que, al fin, éramos una familia.

Pero, con el paso de los meses, la situación se fue deteriorando más y más. Se hicieron frecuentes las llamadas de Carlos para decirme que no podía acudir a vernos. Las excusas solían ser tan absurdas que parecía como si no le importase si las creía o no. Se podían contar con los dedos de la mano las noches que a lo largo de aquel invierno y aquella primavera compartió con nosotros, las tardes que estuvo con Carlitos. Y, cuando finalmente acudía a mi apartamento, su mente volaba a lejanos lugares dejándome un sentimiento de soledad más profundo que cuando únicamente me permitía escuchar su voz a través del teléfono.

A pesar del contento que en cada momento me traía mi niño, no podía evitar que la tristeza me asaltara cuando más desprevenida estaba. Muchas noches el sueño me abandonaba y mis pensamientos buscaban con avidez a la otra, a su esposa. Intentaba imaginar su aspecto, su manera de moverse, su estilo en el vestir. Todo aquello que Carlos no me había contado y que la mantenía unido a él; aquello que me faltaba a mí, aquello que yo no le podía dar. A veces renegaba del día en el que me había dejado llevar por mis sentimientos arruinando mi futuro e interponiéndome en un matrimonio. Mi conciencia se rebelaba, entonces, contra el papel que me había tocado interpretar en esta historia. Mas, en otras ocasiones, mi amor por Carlos y mi hijo se alzaban con una espada en alto. ¿Por qué tenía que ser yo la que cediera si la otra no mostraba hacia su esposo sino indiferencia y frialdad?

Fue una tarde de domingo cuando la tormenta estalló y se llevó por delante todas mis esperanzas. Carlos había aprovechado que su esposa había quedado con unas amigas para pasar el día con nosotros. Ya durante la comida, pude observar su aire ausente. Mis esfuerzos por arrancarle una sonrisa contándole las mil gracias de nuestro hijo fueron todos en vano. Su mente vagaba muy lejos de allí y mi corazón se iba colmando más y más de ansiedad. Un mal presentimiento se sentó a mi lado para susurrarme al oído. Esperé a que finalizásemos el café para plantearle la pregunta que me rondaba la cabeza desde hacia tiempo y de la que tanto miedo me daba oír la respuesta:

—¿La vas a dejar o no?

Empezó a balbucir una excusa tras otra, a darme largas, a no responder sino con vaguedades. Entonces no pude contener la cólera tanto tiempo escondida en mi interior. Iniciamos una discusión en el que cada uno dijo lo que más daño le podía hacer al otro, perdimos el respeto que nos debíamos a nosotros mismos y dejamos que la ira eclipsara el amor que nos teníamos. Y, aunque al día siguiente lloramos suplicándonos perdón por lo que habíamos dicho y lo que habíamos callado, ya nada volvió a ser lo mismo.  

Hará unos meses acabé de despertar del sueño en el que creía estar viviendo. Un día, al contemplar unas viejas fotografías, no me reconocí en la joven sonriente de mirada limpia que le guiñaba un ojo a la cámara. Recordé sus grandes ilusiones, su alegría de vivir, su forma orgullosa de encarar el mundo, caminando con la cabeza bien alta. Y sentí que la había decepcionado. Por un momento, creí irremediable mi hundimiento en el pozo de tristeza en el que había empezado a deslizarme. Mas, al contemplar a Carlitos durmiendo apaciblemente en su cuna, supe que, por él, podía remontar y encaminar de nuevo mi vida. Tardaría aún semanas en decidir lo que tenía que hacer y unas semanas más en ponerme en marcha; pero lo hice.

En estos tiempos en los que tan difícil es encontrar un empleo, no me permití caer en el desaliento y rastreé cada página de Internet hasta dar con un puesto de secretaria de dirección en un banco situado en una ciudad muy lejos de la que me vio nacer: un trabajo muy distinto al que venía desempeñando, mas que me haría olvidar todo lo que dejaba atrás. Me despedí de la empresa que me lo había enseñado todo y de los pocos amigos que aún me quedaban. Y me armé de valor para decir adiós a Carlos, al que rogué que me olvidase; que no se pusiese en contacto conmigo sino era para ver al niño los fines de semana, cuando le prometí dejarlo en sus manos.  

Hace dos semanas que llegué a esta ciudad y todavía tengo el apartamento lleno de cajas sin abrir. Nunca creí que cambiar de casa, cambiar de vida, fuese tan trabajoso. Y no me refiero a los seres queridos que he dejado atrás, que es algo en lo que intento no pensar. Es la acumulación de tareas lo que me tiene abrumada: deshacer el equipaje, que no ha resultado tan ligero como esperaba; buscar una guardería para mi hijo; comprar los alimentos que he de tomar pese a haber perdido el apetito; elegir los muebles para guardar todas las cosas que he traído conmigo... No sé por dónde empezar y, sin darme cuenta, voy postergando los muchos quehaceres que tengo ante mí. 

Y, pese a que el abatimiento se apodera de mí en muchas ocasiones, sé que he tomado el camino correcto.