lunes, 10 de agosto de 2015

Luz de Noviembre I





I. Salvador
El nueve de marzo de mil ochocientos sesenta y tres la Sociedad de Escritores y Poetas de la ciudad decidió fundar la Revista Literaria “El Búho Avizor”. La decisión se tomó en la tertulia del café del mismo nombre, que era también la sede de la sociedad. Allí acudían cada tarde sus miembros: Don Mario Nigromante, hacedor de poemas luctuosos que no se leían sino entre aquellas paredes; Don Agapito de la Vera, novelista, y Don Federico Sagardía, que veinte años antes había escrito un drama en cinco actos ambientado en los tiempos de Martín I de Aragón, llamado también Martín el Humano y Martín el Viejo, y que tiempo incontable atrás se había representado en un teatro de la capital. Presidía la Sociedad de Escritores y Poetas Don Agapito de la Vera, que, desde su juventud, amenazaba a medio mundo con una novela sobre las peripecias de un miembro de la logia “Doce hombres de corazón”: logia a la que, según insinuaba, había pertenecido él mismo y donde, dejaba entrever, había confraternizado con Don Ángel Fernández de los Ríos.

El último miembro de la sociedad era yo, Salvador Reina. O más bien he de decir aspirante a miembro de la susodicha sociedad y a poeta lírico. Tenía entonces catorce años, muy lejos de los treinta y ocho de Don Agapito, el más bisoño de los socios. Cuando se fundó la Revista Literaria, tenía yo por costumbre aparecer cada tarde en el café y agazaparme detrás de una taza del oscuro brebaje en la mesa que había junto a la de la ellos mientras los oía platicar sobre literatura y, cuando los vasos de aguardiente hacían efecto, discutir hasta llegar casi a las manos sobre los discursos de O´Donell que aparecían en “El Diario Español”. Don Federico, apasionado defensor del político canario, no soportaba las chanzas socarronas de Don Mario, quien ponía todas sus esperanzas en el genio de Narváez. Y los deseos de paz del bueno de Don Agapito no bastaban para declarar una tregua entre los dos contendientes.

Yo admiraba entonces el verbo de los tres próceres de las letras y anhelaba convertirme algún día en uno de ellos. He de decir que ninguno de los tres insignes maestros advertía mi presencia, a no ser que cuente los mandados que me encomendaba Don Agapito para que me acercase a su casa y diese aviso a su esposa de su tardanza. Aun así, no me dejaba vencer por el abatimiento y cada noche dejaba correr la pluma sobre el papel componiendo sonetos, coplillas y romances con las que esperaba impresionar algún día a mis apreciados tertulianos, especialmente a Don Agapito, al que yo más admiraba. Pero nunca me armé del valor suficiente para mostrarles mis escritos a ninguno de los tres.  

La Sociedad de Escritores y Poetas duró lo que duraron las ganas de disputar de Don Federico y Don Mario, apenas un lustro, feneciendo unos días antes del estallido de nuestra Gloriosa Revolución. La revista continuó su andadura tras ser adquirida por un aprendiz de magnate que regentaba una imprenta conocida por la impresión de folletos de pócimas de botica. Por mediación de un hermano de mi madre que compartía aficiones cinegéticas con el nuevo dueño y gustaba correr con él tras perdices y faisanes, conseguí entrar en la revista después de cansar a amigos, vecinos y familiares para que me consiguiesen un empleo en su redacción. Mis primeros años, como imaginarán, fueron poco brillantes, limitándome a barrer entre las mesas de sus periodistas la ceniza de sus cigarros, si es que podían llamarse así la bazofia que fumaban. Mas antes de celebrar mi vigésimo cuarto cumpleaños, ya me permitían escribir algún que otro suelto sobre obras sin importancia.

Coincidieron aquellos primeros años de mi carrera de plumilla con el inesperado éxito de Don Agapito. Una novela en la que se narraban las andanzas de un soldado carlista puso su nombre en boca de todos cuando el faro de mi primera juventud estaba a punto de conquistar la quinta década de su vida. En nueve años, nos regaló con tres novelas más y cuatro dramas que yo devoraba una y otra vez hasta poder recitar párrafos enteros que guardaba con celo en mi memoria. Su rostro aparecía en la primera plana de la prensa especializada y en la otra también, junto a nombres tan ilustres como el de Don Juan Varela, siendo el protagonista de casi todos los números de "El Búho Avizor". Durante aquellos nueve años, raro era el día en el que algún periódico no se hiciese eco de sus palabras o publicase un comentario de su último libro. Y nuestra revista no dejaba escapar la ocasión de recordar a sus lectores que Don Agapito de la Vera había sido uno de los fundadores de “El Búho Avizor” y su primer director.

Mas nueve años después de la publicación de la novela que le condujo a la cima de la fama, Don Agapito desapareció del mundo de las letras. Se le dejó de ver en los grandes acontecimientos culturales y sociales que se organizaban en la capital y no volvió mostrarse ninguna obra suya en los escaparates de las librerías ni a estrenarse en los teatros. Cuando la prensa de Madrid se percató de su desaparición, mandó a nuestra ciudad una caterva de periodistas seguida de otra de curiosos, que asaltó las calles aledañas a la placita en la que se encontraba la morada de Don Agapito. Mas no pudieron dar con él sencillamente porque la casa en la que vivía llevaba meses cerrada. Durante semanas, se quebró el sosiego de la ciudad con este enjambre de moscas en busca del panal de rica miel de Don Agapito. Hasta que, cansados de su infructuosa búsqueda, se fueron por donde vinieron y el nombre de mi admirado escritor se desvaneció en el olvido de todos durante meses y meses.

Bueno, de todos no; que yo no lo olvidé.

Casi la misma edad tenía yo que la que tenía Don Agapito al fundar “El Búho Avizor” cuando di con él. Bueno, a fuer de ser sincero he de decir que no le encontré yo, sino mi hermana y su marido, que tenían la mala costumbre todos los veranos de dejar con mi madre y conmigo a sus cinco mocosos mientras iban a darse los baños en un balneario lo más alejado posible de su familia. A la vuelta de uno de estos viajes, me contaron, como si se tratase de una anécdota más de su insípido periplo, que Don Agapito vivía retirado con su hija en una casa apartada, muy próxima a un acantilado al que iban a romper las olas furiosas.

Ya se pueden imaginar cómo aquella noticia removió mis entrañas. Imaginaba a mi admirado maestro en una gran mansión concitando a las Musas mientras jugaba con las palabras. E imaginaba también lo que supondría para mi mediocre carrera ser yo el afortunado que hablase con él después de su misteriosa desaparición. Así que, sin dar explicaciones a nadie de las razones que me movían a ello, pedí al director de la revista que me concediese unas semanas de permiso para disfrutar de unas vacaciones que hacía años que no me tomaba.

Llegué a la población de*** casi anochecido. Me dio la bienvenida la luz ambarina en el momento en el que el sol agonizante busca refugio en el horizonte para bien morir. Me alojé en la única posada, oculta entre dos frondosos robles en una de las calles adyacentes a la plaza. A pesar de la hora tardía y de estar mediado el mes de noviembre, aproveché la temperatura benigna de aquel atardecer para dar un paseo antes de recogerme a descansar del largo viaje que me había llevado hasta allí. No hubiera sido la población de*** más que un villorrio de no ser por el balneario que se alzaba majestuoso a los pies de una colina y llenaba de visitantes sus alrededores. El pueblo lo componían unas cuantas casas sin ninguna belleza y una iglesia que no tenía nada de valor sino su campanario, que, a semejanza de los campaniles románicos que había visto en mi viaje por tierras italianas, se elevaba hacia el cielo como un dedo acusador. ¡Sólo Dios sabrá cómo habían construido semejante campanario en un lugar tan apartado del mundo!

Cuando las sombras de la noche se apoderaron del pueblo y sólo la luz plateada de una luna en cuarto creciente se atrevía a rasgar las tinieblas que van en pos del ocaso, me volví a la posada dejando mi visita a Don Agapito para el día siguiente. De buena mañana, después de dar cuenta de un suculento desayuno, me acerqué a la morada de mi admirado escritor siguiendo las indicaciones del hijo de la patrona. Pensé encontrar una suntuosa mansión y no hallé sino una casa de pequeño tamaño con un jardín cuajado de rosas blancas. Asomado a la herrumbrosa verja, pude ver cómo la yedra trepadora abrigaba la piedra oscura que revestía la casa y una vereda de grava se abría camino hasta una puerta de madera carcomida por el tiempo. Por la parte trasera del jardín, me costó reconocer en el anciano que arrastraba sus muchos años caminando a la sombra de unas hayas a Don Agapito, del que no quedaba de su juventud más que su cabello, increíblemente negro y espeso para su provecta edad. Pensé hacerle una seña para que advirtiera mi presencia; mas antes de que tuviese tiempo de pensarlo, él aceleró el paso y, empuñando el bastón, corrió hacia mí profiriendo auténticos alaridos.    

—¡Fuera!, ¡fuera de aquí, sanguijuela!

Abrió la puerta de la verja y la emprendió a bastonazos conmigo sin atender a mis desaforadas quejas. Yo procuraba no defenderme sino con leves manotazos y llamadas a la cordura recordándome a mí mismo la avanzada edad de mi adversario. Sólo Dios sabe cómo hubiera terminado aquella embestida de no haber acudido en mi ayuda, atraída sin duda por nuestras voces Camila, la hija de Don Agapito. La joven debió hacerse cargo de lo sucedido pues, con una fuerza que desmentía su frágil apariencia, logró hacer retroceder a su padre y evitar que un golpe certero me causara una desgracia.

Cuando recuperé la presencia de ánimo, me di a conocer como hombre de paz. Fue entonces cuando Don Agapito debió de ver en mí al muchacho que casi veinte años antes le llevaba y traía recados de su casa al café “El Búho Avizor” porque, tras una estridente carcajada, hizo el amago de darme un abrazo, que yo rechacé temiendo un nuevo asalto. Deshechos los malentendidos que provocaron el lance, me hicieron entrar en la casa, donde Camila, su hija, restañó las heridas que me habían causado los acertados golpes de Don Agapito. Tras la cura, fui invitado con ruegos del padre y la hija a pasar el día con ellos y, para mi fortuna, antes de que muriese la tarde, la invitación se había extendido a la quincena que pensaba disfrutar en aquellos parajes. Imposible describir mi gozo al anticipar los días que tenía por delante junto a la persona que casi desde mi tierna infancia más admiraba.