lunes, 18 de enero de 2016

Cumbres nevadas














—No hay grandeza donde faltan la sencillez, la bondad y la verdad.

Las palabras de “Guerra y Paz”, tan familiares para mí, cobraban un nuevo significado en la voz de Luis. El joven de veintinueve años encarnaba las virtudes que elogiaba el gran escritor ruso: grandeza, sencillez, bondad y verdad. La novela, que me había acompañado a lo largo de tantos años y de la que puedo repetir pasajes enteros, de repente sonaba a algo nuevo y hablaba un lenguaje distinto que sólo yo parecía comprender. Era como si cada una de sus frases se hiciera eco de los sentimientos a duras penas escondidos en mi viejo corazón durante meses. Hacía un buen rato que mi atención se había perdido en la contemplación de su perfecto perfil apenas vislumbrado por mis ojos cansados. Su frente despejada albergaba nobles sentimientos; su cabeza tenía la elegancia de las águilas que surcan límpidos cielos; y sus labios jóvenes parecían besar las palabras que daban vida su voz varonil.

—No hay grandeza donde faltan la sencillez, la bondad y la verdad.

Palabras sabias aquellas que resonaban en mi mente como si el joven hubiera leído en mi corazón; palabras sabias que me trajeron del ensimismamiento en el que me encontraba. Aquella tarde me encontraba inquieta. No. Inquieta no es la palabra. Indignada con el destino que había puesto en mi camino a Luis con cincuenta y ocho años de retraso. Cincuenta y ocho años de diferencia, ¡válgame Dios!, se dice pronto. ¡Si podría ser, no ya su madre, sino su abuela! Y sin embargo, mi corazón y mi alma nunca se habían sentido tan jóvenes. Atrapados en un cuerpo maltratado por los años, florecían cuando hacía tiempo que los daba por muertos. Pero acabarían muriendo por ese anhelo extemporáneo; lo presentía, pese a no sospechar lo que sucedería tan sólo una semana después. Aquella tarde, yo sólo lo contemplaba, con el corazón asomándose a mis ojos, mientras su voz daba vida a las palabras de Tolstoi; lo contemplaba, escuchaba su voz, y todo mi ser se estremecía de agonía por ese deseo imposible que, como la mala hierba, había brotado en mis entrañas. Intentaba rebelarme, pero mi lucha interior no era sino una guerra perdida antes de dar la batalla. Si el sentimiento que me inspiraba sólo me conducía a un estéril dolor, ¿por qué había perturbado mi tranquila existencia con su presencia?

Y sin embargo, fui yo la que dos años antes había convocado al destino con un anuncio en un periódico.

O, tal vez, debería decir que sembré la semilla de esta pasión sin sentido veinte años atrás, cuando descubrí el poder de la literatura sobre el espíritu. Esa parte de nuestra esencia que, hasta entonces, me había negado a reconocer su existencia. Y es que, desde mi jubilación como directora del instituto, mi mayor compañía habían sido los libros. Yo que hasta los setenta años, racionalista hasta la médula, llenaba mi hambre de lectura con Nietzsche, Freud, Marx y Einstein, descubrí la belleza serena de los versos de Garcilaso y la pasión de Quevedo. Ironías del caprichoso hado, ahora, que de rosa y azucena ya no se muestra mi gesto, marchita ya la rosa por el viento helado, me he convertido en polvo enamorado. Pues, como digo, tras la jubilación, dejé atrás mis lecturas filosóficas para adentrarme en la literatura, devorando libros y libros a la luz de la tarde, dejándome seducir por los sentimientos que en ellos descubría.

Hacía algo más de un año mi vista había empezado a declinar. Un manto de niebla parecía cubrir las cosas que me rodeaban difuminando sus contornos. Las letras de mis amados libros hiciéronse más y más ilegibles hasta que me fue imposible deleitarme con su lectura. Mi carácter indómito poco podía ayudarme para combatir los estragos del tiempo sobre mi visión. Tuve, pues, que resignarme a ello. Fue entonces cuando se me ocurrió poner un anuncio en el periódico local: “Señora de ochenta y seis años busca una persona de voz agradable y buena dicción para que pase las tardes leyendo buena literatura en voz alta”. Para mi sorpresa, al anuncio respondieron una veintena de personas. A Benita de nada le valieron las protestas por la invasión de nuestro pequeño mundo. Pasó varios días abriendo la puerta a un sin fin de jóvenes y no tan jóvenes que desfilaron ante mí mostrándome sus dotes como lectores. Debo decir que ninguno fue de mi agrado. La mayoría no sabía leer en alta voz aunque quisieran convencerme de lo contrario con su voz monótona y tediosa. Había quien daba la entonación adecuada, pero leía lentamente. Con frecuencia, por más que les indicase, los aspirantes a lectores no sabían hacer las pausas que marcan los signos de puntuación. Hubo quien reía a destiempo ante un párrafo de una tragedia de Shakespeare. Otros olvidaban tratarme con el respeto debido a mi nevada cabeza, tuteándome y hablándome cual si se dirigieran a una niña de diez años. No sé. Puede que mi temperamento fuese algo áspero y estuviera poco acostumbrada a tratar con paciencia a la gente. Era como si hubiese olvidado cómo comunicarme con los jóvenes, algo que, en mis casi cuarenta años dando clase de filosofía, hacía cada día. Se diría que hablaban un idioma para mí desconocido. Mi carencia de dotes diplomáticas tampoco ayudaba a tender puentes; entre mis hábitos no estaba disfrazar el disgusto con dulces palabras. Así que ya daba por perdida mi búsqueda cuando apareció Luis.

Admito que al principio creí que se trataba de un joven más: irrespetuoso e ignorante de las normas que rigen las relaciones humanas. Confundí su alegría natural con el descaro de quienes le precedieron. Mas decidí darle una oportunidad, cansada de entrevistar a tanta gente: después de todo leía muy bien y su voz era capaz de conmover a alguien tan poco complaciente como yo. Pronto me di cuenta de que, lejos de faltarme el respeto, sus modales eran exquisitos. Supo ganarse primero mi simpatía y la de Benita. Luego. No me atrevo a calificar lo que vino después. Llegaba con la puntualidad de un reloj suizo y no olvidaba saludarnos a Benita y a mí. Cuando la vieja sirvienta nos traía el café, le cogía la bandeja y él mismo me servía una taza. Siempre tenía una palabra amable en los labios, no olvidando preguntar por los achaques que sufríamos, tan frecuentes a edades avanzadas como las nuestras. Y, a veces, nos traía alguna chuchería para engolosinarnos la tarde: una caja de bombones, pastitas de té o dulces de leche.

Cuando leía para mí, su voz grave y llena de modulaciones me transportaban a otros mundos. Me hacía olvidar mi propia existencia, mientras vivíamos juntos otras vidas. A la semana de llegar, abandonó la lectura en voz alta convencional por una dramatización de los personajes. Sabía dotar a cada uno de ellos de una identidad propia con sólo cambiar el tono de la voz. Subía o bajaba el volumen y llenaba de misterio las frases, tocándome el corazón con la punta de los dedos de su talento. La curiosidad por tan especial don me hizo preguntarle una de las tardes mientras tomábamos el café antes de seguir las andanzas de Fabrizio del Dongo. Me contó que había estudiado Arte Dramático y estaba a la espera de conseguir un papel en una obra que iba a dirigir un amigo suyo. Hablaba de su vocación con tanto entusiasmo que me hizo envidiar las ilusiones de su juventud. Mucho disfruté de mi profesión de enseñante, pero jamás sentí por ella el amor que Luis mostraba por la suya. Llevado por la emoción, prometió llevarme el día del estreno para que disfrutase de la magnífica obra en la que iba a participar. Anoche cumplió su promesa y... No quiero recordar lo que sucedió anoche.

Las conversaciones ante una taza de café se convirtieron en una costumbre esperada por mí casi con más afán que la lectura posterior de los libros que aguardaban cobrar vida bajo el hechizo de su acariciante voz. Las horas de las mañanas se deslizaban con insoportable lentitud mientras me torturaba en una impaciente espera. Cuando llegaba, enseguida nos sumergíamos en un diálogo que era una delicia para mis oídos, logrando levantarme el ánimo. En estas charlas me hablaba de él, de su amor a los deportes de riesgo, de sus tres perros labradores, de sus padres, a los que retrataba con pinceladas de ternura... Mas, también se interesaba por mí, Doña Pura, como me llamó desde el primer día.

Con su insistencia por saber cómo había sido mi vida, me hizo recordar retazos de mis primero años en una pequeña ciudad de provincias como hija de un profesor de latín. Volvieron a mi fatigada memoria pasajes olvidados de mi niñez y juventud: los juegos con mis primas durante la guerra, cuando mi madre, mis hermanos y yo tuvimos que trasladarnos a la casa de mis abuelos mientras mi padre luchaba en el frente; las almendras garrapiñadas que hacía Tomasa, la cocinera de los abuelos; las labores de costura de mi madre y sus hermanas junto a la lumbre; el dolor por los que nunca volvieron y la alegría por los que regresaron. Más adelante, los estudios de bachillerato en el mismo instituto en el que consiguió la cátedra mi padre y, al finalizarlos, el ingreso en la universidad de Santiago. Callé, por pudor, mis años de espera de un amor que nunca llegó. Las excusas que me ponía a mí misma y que ni siquiera yo creía: que si la necesidad de acabar los estudios con buenas calificaciones me robaban el tiempo que otras dedicaban a sí mismas; que si tenía que ganar las oposiciones antes de poder comprometerme con nadie; que si no me gustaba ninguno de los jóvenes que conocía. En fin, excusas, sólo excusas. Y, mientras tanto, veía pasar el tiempo bajo mi ventana. Un año daba paso a otro; mis amigas me invitaban a sus bodas, a los bautizos de sus hijos, a los esponsales de sus hijas. Año tras años, andaba enredada en mis clases del instituto; combatiendo a ilusos alumnos, batallando con rígidos profesores; primero como catedrática de filosofía, después dirigiendo el instituto. Y, de pronto, un día llegó la edad de jubilación: la vida había pasado ante mí sin que yo me percatase de ello.

Cuando la primavera vistió de colores alegres los campos, Luis cogió la costumbre de llevarme a los Jardines de las Infantas. Íbamos caminando, yo cogida de su brazo, y, al llegar, me ayudaba a sentarme en un banco junto al magnolio. Allí, embriagada por la fragancia de su blanca flor, que tanto me recordaba al perfume de los limones que adornaban la mesa del comedor de los abuelos, bebía, más que escuchaba, las palabras del libro que el joven me leía. Después, dábamos un paseo alrededor del estanque para que, según decía, pudiera ejercitar mis piernas cansadas. Y, mientras, me iba contando sus ambiciones e ilusiones.

En el mes de mayo, dieron comienzo los ensayos de la obra de la que tanto me hablaba: “Muerte de un viajante”. Luis estaba entusiasmado con su papel de Biff, casi tan importante como el de Willy Loman. Cuando llegaba a mi casa, interpretaba para Benita y para mí pasajes enteros de la magistral obra de Miller. Recuerdo que le presté varios libros de literatura que le ayudaron a desentrañar la crítica que el dramaturgo norteamericano hace de su época a través de los temas que tan magníficamente trata: la sociedad de consumo, el idealismo del sueño americano, el fracaso de la educación, la desintegración familiar... Y, a medida que iba descubriendo más y más matices de la obra, Luis enriquecía su personaje.

En los tres meses que duraron los ensayos creció entre nosotros una amistad que iba más allá de contarnos los acontecimientos del día unos momentos antes de la lectura. Yo seguía con gran interés los progresos que iba haciendo en su interpretación; vivía con la misma pasión que él la evolución del personaje. Desde el sillón de la salita, le veía desplegar su talento, mientras le apuntaba los errores y los olvidos, pues conocía su papel casi tan bien como él, si no mejor, me atrevería a decir; otras veces, le hacía sugerencias sobre la conveniencia de un gesto, una entonación. Y juntos analizábamos los comentarios que le hacía el director de la obra para mejorar la interpretación. Aquellas tardes, me sentí rejuvenecer: olvidé los dolores de mi artritis, mi vista cansada, mi desvalimiento cada vez mayor. Era como si formásemos parte de un plan que íbamos esbozando juntos, tan importante para mí como lo era para él.

Mi vida dejó de girar en torno a mí para poner toda mi atención en él, en su bienestar, en su dicha. Mis pensamientos se vaciaron de todo lo que no fuera él. Cuando no estaba conmigo, mi cabeza no tenía un minuto de descanso ideando uno y mil planes con los que sorprenderlo; pequeños detalles al alcance de la mano de una anciana como yo, que apenas se valía por sí misma: una merienda especial que nos preparaba Benita; o una poesía que recordaba de pronto y me hacía pensar en él y que la sobrina de la portera copiaba para mí con su bella caligrafía en un pliego de papel de arroz.

Día a día iba brotando en mi corazón un sentimiento que no me atrevo a llamar amor, tan impropio de mi provecta edad. ¿Cómo iba a decir que me había enamorado por vez primera en el invierno de mi vida, cuando se serenan los sentimientos? Amor apasionado no podía ser; pero era mucho más que el afecto que se tiene a un íntimo amigo, más que el cariño que nos inspira una madre, más dulce que la emoción que nos suscita la cara sonrosada de un bebé. Ese sentimiento mío estaba teñido de la tristeza de saberse no correspondido, de cierto bochorno que hacía que me mostrase, en ocasiones, arisca para ocultarlo ante Luis; mas tal sentimiento no estaba desprovisto de momentos de dicha. Una palabra pronunciada con cariño, una caricia en mi mejilla con el dorso de sus finos dedos o el casto beso que se da a una abuela podían llenar las horas de las noches en las que se negaba a visitarme Morfeo. Mas, a veces, mi alma indómita se rebelaba ante esta dicha nacida de la resignación. Mis ojos cansados tropezaban con la joven sonriente que me miraba desde la fotografía que tenía en la cómoda del dormitorio y me sublevaba contra el destino que me había mostrado el fruto del árbol prohibido cuando la juventud y la belleza hacía tiempo que me habían abandonado. No supe o no quise ponerle coto a este sinsentido cuando aún no era sino un cosquilleo, tan feliz me hacía aquel sentimiento en el que se iban trenzando el gozo, la melancolía y la vergüenza.

Anoche se estrenó “Muerte de un viajante” en un pequeño teatro que se encuentra frente la dársena del puerto. Pasé la mañana en la peluquería donde dejaron mis cabellos de un blanco reluciente. Me puse el vestido color lavanda: el mismo que llevé a la boda de María José, la nieta de mi prima Carmen. Mis zapatos forrados con la misma tela del vestido se habían quedado estrechos para mis pies agrandados por la vejez, pero, con la ayuda de Benita, logré ponérmelos. Oculté las arrugas de mi cuello con un collar de perlas de dos vueltas y adorné mis orejas con los pendientes haciendo juego. Aún no eran las seis y media cuando me puse el último toque a mi arreglo: unas gotas del perfume que compré en el único viaje a París que hice tiempo atrás.

Puntual como siempre, Luis me recogió a las siete de la tarde y, media hora después, me dejó sentada en primera fila, para que pudiera ver el escenario sin dificultad. Seguí la obra con la emoción de una joven que acude por vez primera a un acto social. Disfruté de la representación como si fuera una obra mía; participé de los nervios de los actores; cada aplauso era recibido en mi corazón con el gozo del triunfo y cada silbido, con la pesadumbre del propio fracaso. El tiempo voló en un suspiro mientras contenía el aliento siguiendo el devenir de los personajes en la escena. Y, cuando cayó el telón, mis manos ajadas rompieron en un estruendoso aplauso.

Esperé a que el público abandonase la sala antes de iniciar la marcha hasta la salida. Mi paso vacilante me llevaba por uno de los pasillos mientras la luz blanca encima de la puerta me marcaba el camino. No había andado la mitad del trayecto cuando una mano se posó en mi hombro con la suavidad de una caricia.

-Doña Pura, permítame que le presente a Raquel, mi novia.

Una joven me tomó las manos y me dio un beso en cada mejilla; una joven bellísima, de largos cabellos dorados y tez anacarada. Vislumbré la sonrisa en sus ojos antes de verla en sus labios y en sus ojos adiviné la bondad de la que era tan merecedor mi joven lector. En aquel momento, mi corazón, cual frágil cristal, se rompió en mil pedazos y con él, se quebraron las ilusiones que en los últimos tiempos habían anidado en mi alma, los sueños se desvanecieron y volvieron sobre mí uno a uno los años vividos.

Hoy ha amanecido el día nublado. Las calles que se ven desde mi ventana se han teñido de gris. Apenas distingo los tejados de las casas cercanas y la torre del ayuntamiento con el reloj que, hace tantos años, se paró en las siete y veinte, muestra unos colores desvaídos. A lo lejos, las cumbres nevadas perforan el algodón de una nube y recortan en el cielo blanquecino los perfiles de sus siluetas. El silencio del callejón se rompe con el ladrido enloquecido de un perro y la sirena no sé si de una ambulancia o del coche de bomberos anuncia una emergencia. Los paseantes caminan apresurados hacia su destino mientras yo veo cómo el mío se evapora y se confunde con la bruma.