martes, 26 de enero de 2016

¿Vuela el alma al cielo?







¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es vil materia
podredumbre y cieno?
No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
que al par nos infunde
repugnancia y duelo,
al dejar tan tristes,
tan solos, los muertos

Gustavo Adolfo Bécquer







I


Diego Canales y Blanca, su esposa, llegaron a la Villa de*** procedentes de Madrid una semana después de que él recibiera la comunicación de su cese en un ministerio cualquiera cuando, en octubre de mil ochocientos ochenta y tres, Sagasta cedió su puesto a Cánovas del Castillo. Cruzaron la verja de la casa del llano una noche en la que parecía que el invierno se había abierto paso con dos meses de antelación. Blanca yacía medio desmayada en una esquina del carruaje tras horas y horas de transitar por las carreteras que venían de Madrid. El avanzado estado de gestación la había tornado enfermiza y caprichosa por lo que, a pesar de haber sido idea suya el traslado a la villa, apenas había dado tregua a Diego durante el largo viaje con sus quejas por tener que dejar la capital. 


El polvo del camino se había aliado con el cansancio para cegar la vista del paciente esposo y, cuando los caballos se detuvieron en la rotonda frente a la puerta de la que iba a ser su casa hasta que Dios lo llamase a su lado, no prestó atención más que al aspecto de muñeca rota que presentaba su querida Blanca, en tanto le pasaban inadvertidos el estanque medio vacío en el que sobrevivía una pareja de patos, el parterre donde agonizaba la rosaleda y el muro de piedra medio derruido que separaba lo que quedaba del jardín del campo de cebada.


Los días que siguieron a su llegada, Diego apenas se apartó unos instantes de Blanca. La joven no se había levantado del lecho aquejada de terribles dolores de espalda. El médico de la villa la visitaba cada mañana y no ocultaba su preocupación por su delicado estado. En algún lugar del camino de Madrid a la Villa de***, Blanca había dejado olvidado su apetito y no había manjar, por exquisito que fuera, capaz de tentar su paladar. Diego, agobiado por la preocupación, estuvo en más de una ocasión a punto de hacer enloquecer a la cocinera que se habían traído de la capital apremiéndola para que cocinase nuevos platos. Mas, de nada servían los esfuerzos por complacer a Blanca. Cuando Diego la tentaba con algún guiso especial, desviaba la cabeza con un gesto de repugnancia y horror, cual si se tratase del más espantoso veneno. De nada le valía al paciente esposo partirle la carne en pedazos diminutos y acercarle el tenedor a los labios como si fuera una niña pequeña. Ella fruncía los morros y se cubría el rostro con sus blancas manos incapaz de probar un sólo bocado. Él, entre enfadado y asustado, le recordaba el hijo que estaba en camino y sólo entonces conseguía que probase un trocito y picotease una o dos migas de pan.


Únicamente a la caída de la noche encontraban los esposos algo de paz. Ocurría esto cuando Blanca se quedaba dormida abrazada a su esposo y el rostro de la joven recobraba la dulzura que tuvo antes de caer enferma. Entonces, el corazón de Diego se colmaba de ternura y, tras besarla en los labios muy suavemente para no turbar su sueño, elevaba al cielo una plegaria suplicando por el regreso de los días dichosos de los primeros meses de su matrimonio.


Los dolores del alumbramiento hicieron su aparición tres semanas antes de lo previsto. Un grito en medio de la noche despertó a Diego que, desorientado, creyó que se había desencadenado la cuarta guerra carlista y los partidarios del pretendiente habían tomado la casa. Pero el grito no procedía de ningún grupo facineroso, sino de Blanca, que traspasada por un intenso dolor, llamaba a su esposo para que la aliviase. 


Diego, no atreviéndose a apartarse de la parturienta por temor a que, en su ausencia, le ocurriese alguna desgracia, envió al cochero en busca del médico que, conociendo la fragilidad de Blanca, acudió presto a la llamada. Tres días con sus tres noches anduvo la joven debatiéndose entre la fiebre y el dolor mientras su hijo, remolón, se negaba a nacer. Para Diego, el mundo desapareció. No había más realidad que la habitación en la que luchaba por vivir su Blanca y el gabinete, donde esperaba cual un león enjaulado a que todo terminase. 


El cuarto día, con el canto de la alondra, le sorprendió el llanto de una criatura. Salió corriendo hacia el dormitorio matrimonial y, sin reparar en la niña recién nacida que arrullaba en sus brazos la comadrona, se arrodilló junto al lecho de Blanca. Viéndola con los ojos cerrados, creyó por un instante que había muerto. Pero una mano se posó en su brazo y, entre susurros, pronunció su nombre. Diego la besó en la frente. Fue en ese momento cuando vio las profundas ojeras y la palidez de su rostro. Tomó las manos entre las suyas y se negó a moverse de su lado durante horas y horas.


El manto de la noche cubría el cielo cuando Blanca pidió que le trajeran a la niña. Sin apenas fuerzas se incorporó y puso a la recién nacida sobre su regazo y, dirigiéndole una sonrisa a su esposo, le dijo:


—Prométeme que nunca le darás una madrastra; que, mientras viva mi niña no te casarás con otra mujer.


Diego prometió sin saber lo que hacía y repitió sin comprenderlas una a una las palabras que le iba diciendo Blanca.







II

Diego desvió la mirada de la mujer que tenía en frente para concentrarse de nuevo en una de las cartas de presentación. Genoveva Torres, decía la misiva, había desempeñado labores como institutriz en tres familias. El pliego de papel estaba repleto de palabras elogiosas. Diego levantó la vista y se enfrentó a una mirada firme pero serena. En ella no había rastro de turbación ni la desmedida timidez que mostrara su difunta esposa. Y, sin embargo, ¿podía confiar en ella? Ya no sabía a cuántas aspirantes había entrevistado en el último mes y, hasta entonces, ninguna lo había complacido. Una, porque parecía demasiado severa, otra, porque mostraba un elevado tono de voz; ésta, porque era muy joven y no tenía suficiente experiencia; y aquélla, porque era casi una anciana y asustaría a la pequeña Blanca.


—Además de francés —estaba diciendo Genoveva Torres—, estoy capacitada para enseñar a tocar el piano y a pintar acuarelas, y ninguna de mis pupilas ha dejado de sobresalir por sus buenos modales.


Diego no apartaba sus ojos de la mujer que respondía a sus preguntas. Debía de rondar los treinta y cinco años; sin embargo, su aspecto era el de una niña, tan menuda era. Su altura no sobresalía mucho más del metro y medio. Un vestido de percal celeste lleno de volantes era insuficiente para ocultar la excesiva delgadez. Mas, no daba sensación de fragilidad. Muy al contrario. Una mandíbula cuadrada le confería una expresión de fortaleza y no había rastro de rubor alguno cuando Diego le dirigía sus miradas directas, casi indiscretas.


—A mi cargo han estado cinco niñas de edades y temperamentos dispares —decía como si estuviese recitando una lección aprendida—. Y le puedo asegurar que todas lloraron amargamente de pena cuando me despedí de ellas.


Eso habría que verlo, pensó Diego. Desde luego, para él una palabra cariñosa, una caricia, valía infinitamente más que toda la sabiduría del universo. Y bien podía decir él que era cariño lo que necesitaba la pequeña Blanca. 


Después de haber permanecido casi todo el tiempo en silencio escuchando a la mujer, Diego se decidió a hablar. Si lo hubiese oído alguien que le conociera bien, se hubiese dado cuenta por la rigidez de su postura que estaba a punto de despedir a la mujer, pero para una extraña como la señorita Torres, se trataba probablemente de un padre más que se explayaba hablando de su hija. 


—Mi niña tiene ocho años. Es una niña que necesita ser tratada con especial consideración para que no note la falta de una madre. Sin ánimo de ofender a nadie, no creo que cualquiera esté capacitado para llevar a cabo esta tarea. Hasta ahora he sido yo personalmente el que me he ocupado de su educación y, aunque sea cierto que tiendo a mimarla en demasía, creo que he desempeñado esta labor mejor que muchas de sus compañeras de profesión.


Diego hizo un amago de levantarse de la mesa de su gabinete para acompañar a la institutriz hasta el vestíbulo pero, en ese momento se coló por la ventana la voz de una niña que entonaba una cancioncilla infantil: “Mambrú se fue a la guerra...”. Genoveva giró el rostro hacia donde venía la voz y, como si se le escapara de forma involuntaria, sus labios se desbordaron en una sonrisa cargada de ternura. No fue sino ese gesto el que decidió a Diego a contratarla. 


La labor de Genoveva no debía de ser sencilla, no tanto porque su pupila fuera rebelde, que no lo era, como por la estrecha vigilancia a la que la sometía Diego. Blanca era una niña dócil a la que bastaba una palabra afectuosa para que se mostrase complaciente. No sabía más que leer, sumar, restar y alguna que otra cosa, pero ponía tanto empeño en aprender que la institutriz disfrutaba enseñándola más que si hubiese sido la alumna más sabia del mundo. Los inicios de las clases de Genoveva coincidieron con la llegada del buen tiempo a mediados del mes de mayo. El sol del mediodía calentaba el jardín que, engalanado de primavera, regalaba a la vista con miles de colores. Diego mandó colocar unos sillones de mimbre y una mesa a la sombra de tres sauces donde cada mañana Genoveva sacaba los libros y los cuadernos para dar sus clases al aire libre. 


Desde la ventana del gabinete, Diego las veía compartir juegos y caricias. La pequeña Blanca se inclinaba sobre el hombro de Genoveva mientras ésta le leía la lección del día en un grueso libro con las cubiertas amarillas o se sentaba sobre el césped con un cuaderno en el regazo a hacer los ejercicios que le había encomendado. De vez en cuando, levantaba la vista hacia la institutriz y, con una sonrisa apenas esbozada, parecía buscar su aprobación, que la profesora le daba con gusto o, al menos, eso creía ver Diego desde su punto de observación. A media tarde, volvían al jardín aunque no para reanudar las clases. Se perdían entre los parterres y cortaban rosas de color carmesí poco antes de marchitarse, azucenas fucsias y blancas, lilas violáceas... que, con sumo mimo, cuidaba Bartolomé, el aldeano que se ocupaba del jardín, o se aproximaban al estanque a dar de comer a los patos.


El dueño de la casa del llano no perdía detalle y aprovechaba los instantes que le dejaban los negocios para observar los movimientos de Genoveva. Al principio, animado por la desconfianza, vigilaba cada uno de sus movimientos para evitar que le hiciese algún daño a Blanca. Espiaba su tono de voz, los ademanes cuando la niña cometía un error, su respuesta cuando la incordiaba merodeando a su alrededor como polilla que corteja la luz. Diego escudriñaba cada gesto con la oculta esperanza de encontrar una excusa para despedirla. Mas Genoveva siempre lo defraudaba y nunca sorprendió en ella una conducta que no fuera irreprochable. 


Con el paso de los meses, la institutriz fue despertando su interés por sí misma. Disimulando a duras penas su cada vez mayor inclinación hacia ella, se sentaba al caer la tarde entre los dos sauces llorones y dirigiéndose a Blanca, se iba introduciendo poco a poco en la charla de la niña y la institutriz. Genoveva perdía espontaneidad cuando Diego estaba presente. Su espalda se ponía rígida y sus frases tornábasen lacónicas. La conversación iba decayendo más y más hasta que sólo se oía el sonido de la voz de Blanca. Pero, con el paso de los días, Genoveva pareció ir recobrando su templanza habitual dejando atrás la reserva que mostraba ante Diego. 


Tal vez fuera porque le pesaran los muchos años de soledad; tal vez, la cercana presencia femenina. Diego no podía decir qué era lo que lo animaba a buscar la compañía de Genoveva cuando, al caer la noche, Blanca se despedía de él con un beso. A esa hora, cuando la casa se llenaba de silencio, Genoveva se sentaba en el gabinete a la luz de un candil con los ojos bajos, pendientes de un libro o la labor que tenía entre las manos, mientras él releía las noticias que traía “El Imparcial”. De vez en cuando, como quien necesita una excusa para iniciar una conversación, Diego levantaba la vista de las páginas del periódico y comentaba un suceso, una noticia, una frase que le había llamado la atención. Empezaba a hablar sin más intención que llenar el silencio que precede al momento de irse a dormir, pero a medida que morían las horas la charla banal íbase tornando más y más íntima. Él le hablaba del vacío en el alma que le había dejado la muerte de su esposa y ella, de los años de su infancia en un pueblecito de la costa donde su padre había sido maestro de escuela. Las horas iban agonizando y las voces se iban apagando hasta que, pasada la medianoche, no se oían sino susurros y el viento del norte golpeando los cristales de las ventanas. 


Una noche, cuando ya el invierno se había hecho dueño del llano, Diego invitó a la institutriz a acercar su sillón al fuego de la chimenea del gabinete para protegerse del frío. Él tomó asiento tan próximo a ella, que sus alientos se fundían al hablar. Apenas iluminados por el resplandor de las llamas que danzaban en el hogar, sus miradas se buscaban, sus manos se enlazaron sin ellos quererlo y antes de que se dieran cuenta de ello, se sorprendieron con un beso. 


A principios de junio, contrajeron matrimonio en la ermita del Arcángel. Hicieron el camino desde la casa en una carretela tirada por dos caballos estrenada para tan solemne ocasión. Pese a llevar abierta la capota del coche y los campos haberse engalanado de añil, azafrán y carmesí, Diego no tenía ojos sino para su futura esposa mientras parecía que la mirada de Genoveva se perdía en la lejanía como si temiese un porvenir que, de pronto, se le antojara incierto. Aún no habían llegado a la ermita, cuando los dos caballos se negaron a seguir su camino. Diego los azuzó con dulces palabras primero, con injuriosas, después. Más las bestias parecían haber olvidado lo que era obedecer. Bajaron del coche e hicieron a pie el camino hasta la ermita. Al pasar por el camposanto, Diego no pudo evitar estremecerse al recordar a Blanca, su primera esposa, que yacía sola bajo un sepulcro. Por su memoria se cruzó el recuerdo de sus últimos momentos: la promesa que le hiciera antes de morir casi le obliga a retroceder. Mas bastó la vista de Genoveva para que el pasado regresase al olvido.


Un mes antes de que naciera su hijo, Genoveva cayó enferma. Al principio, no eran más que unas leves molestias en la espalda. El médico de la Villa de*** dictaminó que el niño se había atravesado en el vientre de su madre y le ordenó que guardase reposo hasta el alumbramiento. Pero con el paso de los días, las molestias se hicieron tan persistentes que, a pesar de sus esfuerzos, Genoveva era incapaz de ocultarle a su marido los intensos dolores que la torturaban. Diego contemplaba, primero con incredulidad, después con más y más espanto, cómo se iban repitiendo los mismos males que diez años antes aquejaran a Blanca, su primera esposa: el cansancio, los dolores, la inapetencia. Su mente se llenó de ideas morbosas. Se negaba a escuchar al médico cuando le decía que el estado de Genoveva era la consecuencia de un embarazo difícil y, elevando la voz más y más, le insistía que no era otro sino él el culpable del sufrimiento de Genoveva por haber roto la promesa que le hizo a su primera esposa antes de su muerte de no volver a contraer matrimonio. Cada mañana, como animal que protege a sus crías, se sentaba junto al lecho de Genoveva y se negaba a apartarse ni tan siquiera un instante de su lado hasta bien entrada la noche. Ella le animaba en vano con palabras cariñosas y le pedía que saliese de la habitación; que entretuviese el paso del tiempo jugando con la pequeña Blanca. Mas Diego era tozudo y ni siquiera su esposa le persuadía a abandonar su puesto.


Una mañana le despertó una idea que al principio le pareció absurda pero que, según avanzaban las horas, le fue enamorando más y más. Pensaba que, si abandonaba la casa, quedarían libres de la maldición que los acechaba, que lejos de los dominios de su primera esposa, Genoveva recuperaría la salud. En contra del parecer del buen doctor, puso en marcha al cochero, a la nueva institutriz y a la cocinera para preparar el viaje a Madrid. La casa se llenó de su voz, que daba órdenes a unos y a otros señalando lo que debían y no debían empaquetar. A veces, se enredaba tanto, que un mandato desdecía a otro. Hasta Blanca se contagió de la febril actividad de su padre. En pocos días desaparecieron sus libros de cuentos y sus muñecas del cuarto de jugar en tanto su habitación se fue llenando de paquetes listos para emprender el viaje. 


Pero nunca llegaron a ponerse en camino. La noche antes de la partida, Genoveva rompió aguas y otra niña asomó la cabeza sin darle apenas tiempo a Diego a avisar al médico y a la comadrona. El temeroso padre no hacía otra cosa que ir y venir por el dormitorio de la parturienta mientras sus labios encadenaban unas plegarias con otras. En vano el médico le insistía con palabras más y más enérgicas que abandonase la habitación; en vano la comadrona le decía que Genoveva necesitaba tranquilidad. Se negaba a dejar sola a su esposa por miedo a que se la arrebatasen. Sus nervios en tensión después de semanas de poco sueño le hacían creer que, si se alejaba de ella, Blanca, la primera, volvería a satisfacer su venganza por no haber mantenido su palabra. 


Como ya dije, la niña no se hizo esperar mucho tiempo y, antes de llegar la noche, ya dormía acurrucada en su cuna. Pero la madre no encontró sosiego después del alumbramiento: quedó sumida en la inconsciencia mientras la fiebre bañaba su rostro de sudor. Diego, arrodillado junto al lecho, intentaba despertarla mientras musitaba palabras de amor. En su mente extraviada se confundía el presente con el ayer y sus labios unas veces pronunciaban el nombre de Genoveva y otras el de Blanca. El reloj del vestíbulo desgranaba las campanadas de la medianoche cuando ella abrió los ojos. De sus labios escapaban palabras inconexas que Diego no pudo entender y, sólo unos minutos después, recogió su último aliento.


El médico de la Villa de*** insistía una y otra vez en que Genoveva había muerto de un mal parto, pero Diego sabía que no había sido así. De nada le sirvieron las explicaciones científicas del buen doctor. Él sabía que, de no haber contraído matrimonio, Genoveva estaría viva.


Su hermana pequeña se fue a vivir con él tan pronto como supo del fallecimiento de Genoveva. Al menos eso dijo, porque Diego no se dejó engañar por sus dulces palabras. Él sabía que le tenía por loco, que había sido el doctor el que la había persuadido para que abandonase su vida en Madrid y se hiciese cargo de su hermano y sus sobrinas. Desde su llegada, apenas lo dejaba solo un instante. Tal vez temiese que desbordado de dolor, se hiciese daño a sí mismo o lastimase a las niñas. Como si él hubiera podido causarle algún mal a sus hijas.


Lo que no sabía ni su hermana ni el médico de la Villa de** es que Diego nunca estaba solo. Le bastaba mirar a la ventana para ver recortada en el cristal la silueta de su primera esposa; que cada noche, oía susurrar su nombre al viento entre las hojas de los árboles y reconocía la voz de Blanca, que se hacía presente para que no olvidase lo que ocurría si rompía su promesa.