jueves, 16 de julio de 2015

Una mañana de domingo






Una mañana de domingo, poco antes del mediodía, él sale de su casa. Bajo el brazo izquierdo, asoma un libro con las tapas verdes y el lomo negro: "Veinte poemas de amor y una canción desesperada". En la mano derecha, hace bailar un paraguas que lleva por si le sorprende la lluvia. Sus pasos se dirigen a la Plaza de Gregorio Marañón. Cuando llega, se detiene en el kiosco de la esquina, donde Juanjo lo aguarda con el periódico y una bolsa de caramelos. El kiosquero lo entretiene, comentando las noticias del día: el resultado del partido Madrid-Barça, el último caso de corrupción, la visita de Angelina Jolie a un campo de refugiados en Yemen... A unos metros, una joven ofrece flores a los viandantes. Su sonrisa hace que asome la belleza a sus enormes ojos verdes. Un rayo de sol se enreda en su cabello. Él también le dirige una sonrisa tras comprarle dos camelias rojas. Prosigue su camino por la Castellana. Una nube surca perezosa el cielo, ocultando el sol; el viento arremolina las hojas secas de los árboles que, momentos antes, dormían en el suelo. Él las contempla gozoso, mientras juegan a perseguirse hasta llegar a la Glorieta de Emilio Castelar. Allí las deja mientras insisten en su carrera y, luego, él tuerce por Martínez Campos. Apresura el paso, feliz por llegar a su destino: El Museo Sorolla. 

Se sienta en el banco del jardín. Mira la hora en su reloj de pulsera: las doce y veinte. Sonríe. Ha llegado temprano. Deja sobre el banco las camelias, el periódico; abre el libro y se dispone a esperar a su amada. De cuando en cuando, interrumpe su lectura para pasear la mirada entre la gente que entra y sale por la puerta del museo: Una mujer con un sombrero de paja, un señor con aspecto de extranjero, dos adolescentes que se beben con la mirada... Dirige otro vistazo al reloj y, luego, otro; más y más impaciente, como si no creyese lo que le anuncian las agujas: la una menos cuarto, la una, la una y veinte. 

Sin que se percate de ello, una joven le está observando con atención desde la ventana de una de las salas del museo. Su rostro refleja una enorme tristeza, muy diferente de la alegría esperanzada que expresa el semblante de él. Ella también mira el reloj; también se muestra impaciente. A veces parece que va a abandonar aquel lugar junto a la ventana. Rebusca en su gran bolso, mira hacia la puerta que conduce a la entrada. El autorretrato del pintor le dirige una mirada entre interrogativa y severa, como apremiándola a actuar. Ella duda y vuelve sus bellos ojos hacia el jardín, donde lo ve esperando. Un suspiro se escapa de su pecho y el vaho que sale de sus labios empaña el cristal de la ventana.

Ella se llama Clara. Él, Pablo.

Clara hace tres días que llegó a Madrid. Mas, hasta ayer, no reunió el valor suficiente para llamarlo. Y, cuando al fin consiguió decidirse, las fuerzas emprendieron la huída hasta abandonarla. Ahora no se siente capaz de decírselo. Pablo la espera en el banco de azulejos del Museo Sorolla, donde ella lo había citado. Clara lo contempla, presintiendo su alegría; la alegría que anticipa el reencuentro. Y sufre al pensar en el dolor que le causará lo que tiene que contarle.

El móvil suena varias veces. Clara se sobresalta. Conoce el tono. La segunda Gymnopedie le anuncia que es él quien llama. Aun así, mira en la pantalla y se cerciora de que el nombre que figura en ella es el de Pablo. La melodía de Erik Satie resuena por toda la sala, que va quedándose vacía de turistas. Clara deja que se desvanezca la llamada. Más y más inquieta, más y más angustiada, su mirada queda prendida en una niña, apenas un bebé, que va dormida en su silita. Pablo insiste varias veces sin que Clara pulse la tecla de escucha. Un joven ataviado con pantalón militar y camiseta negra la mira con extrañeza al ver que sostiene el móvil en la mano y no responde la llamada. Ella le devuelve la mirada y una débil sonrisa asoma a sus labios, como si fuese una disculpa.

A las dos de la tarde, lo ve levantarse del banco; lo ve recoger el libro, el periódico; lo ve partir cabizbajo, abatido. Clara deja escapar otro suspiro, no sabe si de alivio o de decepción. Guarda el móvil en el bolso y extrae de él un espejito. Se contempla sin verse. No se ha atrevido a acercarse a él para decirle que lo deja por un antiguo amor que encontró en su  viaje.