lunes, 11 de enero de 2016

El destino se llama Natalia








I

¿Vds. no se han atormentado nunca preguntándose qué hubiera pasado si hubiesen tomado un camino diferente cuando tuvieron la oportunidad de hacerlo?, ¿no se han reprochado en alguna ocasión por haber adoptado la decisión equivocada?, ¿no han deseado con todas sus fuerzas retrasar el reloj para retroceder hasta ese momento en el que eligieron o dejaron que otros eligieran por ustedes una senda dejando tras de sí un sueño, un deseo apenas expresado? A mí me ocurre a menudo que me despierto en medio de la noche acuciada por un gran desasosiego. Mi marido duerme a mi lado tan profundamente que no se percata de mi inquietud y esa indiferencia inocente, pero no por ello menos lacerante para mí, aumenta mi malestar. En esto nos hemos convertido: en dos extraños que duermen juntos, comen juntos y hablan de cosas que a ninguno de los dos interesa mientras nos acucian las preguntas. 

Esta noche el insomnio se ha hecho presa una vez más de mí. Miro la hora en la pantalla de mi móvil. La una y veintitrés. Ante mí tengo toda la noche por delante hasta que a las ocho suene el despertador. Retiro despacio las mantas y me levanto procurando no hacer ruido para no perturbar el sueño de mi marido, que, como si sintiese mi ausencia, se revuelve en el lecho. Abro la puerta acristalada de la terraza y me encuentro con un cielo estrellado que parece estar esperándome para interpelarme con nuevos interrogantes. Me siento en una de las butacas de teca antes de encender un cigarrillo y, con la primera calada dejo que me invada la nostalgia de lo que pudo haber sido mi vida si no me hubiese dejado llevar por este carácter tan pusilánime que siempre me hizo retroceder ante la posibilidad de contrariar a mis mayores.



Con la segunda calada retrocedo a mi infancia, al día en que nací, al momento en que se decidió mi destino, cuando mi padre se empeñó en llamarme Natalia, como su hermana. Fue esta figura, siempre presente en mi niñez, la que marcó mi destino. Desde que tuve uso de razón, no oí más que alabanzas a su bondad por pensar antes en su familia que en su felicidad. Renunció a su sueño de marcharse a la capital para convertirse en pintora y se casó con un hombre gris del agrado de sus padres; un hombre muy parecido a Félix, mi marido. No tuvo hijos, por lo que dedicó su vida a sacar adelante la mercería de mis abuelos. Oía, anonadada por tanta generosidad, como, a pesar de su belleza y de su elegancia, había renunciado a su sus anhelos sólo por hacer dichosos a sus padres y acabó conformándose con una vida vulgar. Se enterró en una ciudad de provincias, dejando de lado sus sueños de conocer el mundo. Y, ahora, con la escasa sabiduría que da haber vivido cuarenta y dos años, me preguntó si ella, la otra Natalia, también se despertaría en medio de la noche lamentándose por haber desperdiciado su juventud para vivir una vida que no era la que le tenía reservada la sabia Fortuna.

Así no es de extrañar que yo estuviera abocada a confundir mis pasos como mi tía Natalia.

Soy hija única de un abogado para el que el trabajo es lo único que dignifica a las personas y de un ama de casa sin imaginación. Todavía me pregunto qué extraños vericuetos siguieron las leyes de la genética para dotarme de tanta fantasía. Desde muy niña, me ha gustado inventarme historias que luego he interpretado sola ante el espejo. Con ocho, nueve, diez años, aprovechaba la mañana de los sábados, cuando mi madre salía a hacer la compra, para colarme a hurtadillas en su habitación y disfrazarme con sus chales, sombreros y collares con el propósito de parecer un personaje de “Mujercitas”. Repetía los diálogos que me sabía de memoria y que, para no aburrirme, cambiaba a mi antojo; lo mismo que la trama, que según el día tenía uno u otro desenlace. En mi carta a los Reyes Magos nunca faltaba el traje de una princesa o de un pirata o de Peter Pan o de Wendy que hacían brillar mis ojos como ni tan siquiera la muñeca Lucinda consiguió hacerlos relucir. Y mis noches de entonces no estaban llenas de preguntas sino de arriesgadas aventuras de las que siempre salía victoriosa.

A mis padres no les importaba que cultivase mi vena teatral siempre que no descuidase mis estudios. Tenían muy clara la misión que había de dirigir mi vida: mi meta era llegar a ser abogada para que me hiciese cargo del bufete de mi padre. Así que permitían que me ocupara en todo lo que se me antojaba siempre que los recompensase siendo, según el ejemplo de mi tía Natalia, una niña buena y los obsequiase con unas altas calificaciones en el colegio.

Tenía catorce años cuando abrieron una escuela de arte dramático a pocos metros de mi casa: Escuela de Teatro “Sigue tu Estrella”. Después de ver el cartel que anunciaba su apertura, no conseguí conciliar el sueño hasta que me armé de valor y les pedí a mis padres que me matriculasen en uno de sus cursos. Elegí para hacer mi petición una tarde en la que nos vino a visitar mi abuela materna. Era ésta una mujer dulce y bondadosa que apenas se atrevía a hacer oír su voz cuando se encontraba con gente desconocida, pero que ponía en marcha toda su energía cuando se trataba de concedernos un deseo, incapaz de negar a sus nietos un capricho por extravagante que éste fuera. De manera que no podía haber otro momento más propicio para dar a conocer mi anhelo. Al principio mi padre se negó en rotundo con el pretexto de que entorpecería mis estudios, pero mi abuela intercedió por mí y se ofreció a pagarme las clases ella misma. Hubo una acalorada discusión en la que mi padre parecía que iba a salir victorioso, mas finalmente llegaron a un acuerdo: matricularme en uno de los cursos de la escuela de teatro con la condición de abandonarlo tan pronto como perjudicase mi rendimiento en el colegio.

Los cuatro años siguientes fueron los más felices de mi vida. Y deben creer que no exagero. A pesar de que me sentí como si tocara el cielo con la punta de los dedos el día que me casé, nunca me he sentido tan plena como aquellas tardes de los miércoles cuando subía al pequeño escenario de la escuela y me transformaba en Morgana o declamaba los versos que Zorrilla escribió para doña Inés. Ni nunca estudié con tanto afán como aquellos años, temerosa de que un descenso en mis calificaciones pusiese fin a mi carrera como actriz.

El último año que estuve en la escuela de teatro contrataron a un profesor nuevo. Era mucho más joven y dinámico que el resto de docentes que formaban parte de la plantilla de la escuela. Había estado cinco años recorriendo el mundo en pequeñas compañías de teatro de Italia y Escocia, lo que le había dado una visión muy distinta de lo que debían ser las artes escénicas. Era alegre y entusiasta capaz de hacernos creer que la simple recitación de un verso tenía el poder de cambiar el mundo. Y no sólo eso. Nos contagiaba su alegría y entusiasmo sugestionándonos hasta el punto de creernos como él. No le gustaba dar las clases entre las cuatro paredes de las aulas. Nos hacía levantar antes de la salida del sol para tomar un autobús que nos llevaba a la ladera de la montaña y, allí, en medio de la naturaleza, nos hacía hablar de los más íntimos sentimientos sacando de nuestro interior emociones que ni nosotros sospechábamos que tuviéramos. Sólo a él le confesábamos las esperanzas que nos hacían vivir y los miedos que nos cortaban el aliento atreviéndonos a contarle todo aquello que nos ocultábamos a nosotros mismos. Y, luego de alentarnos en los anhelos y consolarnos de las tristeza, nos hacía sacarlo de muy dentro cuando interpretábamos un papel. Los personajes, decía, vivían en nosotros, sólo había que darles una oportunidad para que salieran a la luz.

Pronto, Ignacio, que así se llamaba el joven profesor, se convirtió en el centro de nuestra existencia. Éramos seis o siete chicos de dieciocho y diecinueve años con la ilusión de la juventud; unas ansias irreprimibles por cambiar el mundo que él, que era el guía que había de llevarnos hacia la Tierra Prometida, nos alentaba a creer posible. Así que pasábamos más y más tiempo en su compañía. Como estábamos cursando los primeros cursos de la universidad y sólo teníamos que asistir a clase por las mañanas, dedicábamos las tardes a acondicionar un local que había alquilado en las afueras de la ciudad y que quería transformar en un taller de artes escénicas. 

Como si tuviéramos un acuerdo tácito entre nosotros a nadie le hablábamos de esos momentos fuera de la escuela de teatro en los que nos dejábamos llevar por la arrolladora presencia de Ignacio. Era como si temiéramos que, si hablábamos de ello, se fuera a romper el hechizo para encontrarnos de nuevo en un mundo gris sin mucho futuro para nosotros. Lo cierto es que íbamos dejando atrás a nuestros amigos de la infancia y primera juventud, que no nos relacionábamos más que entre nosotros ignorando lo que sucedía fuera de aquel círculo de privilegiados: Los elegidos por Ignacio.

Poco después de Navidad nos propuso dejar las clases en “Sigue tu Estrella” y asistir únicamente a las clases que daba él en su local. Su plan, dijo, era montar una pequeña compañía de teatro para salir al año siguiente a representar obras clásicas por los pueblos. Algo me decía que mis padres no iban a estar de acuerdo con el cambio, que de nada me iba a servir decirles que lo que aprendíamos con Ignacio era infinitamente superior que lo que nos enseñaban los profesores de la escuela. De manera que no les dije nada y abandoné las aulas de la escuela de teatro para seguir la estela de Ignacio. A él le daba el dinero que me entregaban mis padres para pagar las clases además del que ganaba enseñando lengua a unos alumnos que busqué poniendo un anuncio en un tablón de anuncios de la universidad.

En febrero tuve mis primeros exámenes de Derecho y, por primera vez en mi vida, supe lo que era el fracaso. Estaba tan absorbida por el teatro que no tenía tiempo para estudiar. Sentí vergüenza cuando vi que no había aprobado más que la asignatura de Derecho Romano y eso porque en el último año del colegio había tenido un profesor de Latín que nos dio algunas nociones de la materia jurídica. ¿Qué había sucedido? Yo, que siempre había sido una alumna brillante, que estaba familiarizada con los asuntos del derecho porque, desde niña, mi padre comentaba conmigo sus casos, me había dejado superar por casi toda la clase.

Pasé unos días terribles sin atreverme a hablar con mis padres y mucho menos mostrarles mis calificaciones hasta que una mañana, en lugar de asistir a clase, fui en busca del consuelo de Ignacio.

No podría decir cuánto tiempo pasé en su apartamento. Sé que estuve llorando, que le hablé de mi tía Natalia, de cómo había sacrificado su vida para hacer lo que se esperaba de ella, de cómo, si no ponía remedio, estaba abocada a repetir la misma historia. Dije cosas de mi padre y de mi madre que luego me avergoncé haber dicho pero que, en aquel momento, aliviaron la amargura de mi corazón. Y, cuando el manantial de mis lágrimas parecían que iban a anegarlo todo, Ignacio me tomó en sus brazos y me acunó mientras me susurraba al oído promesas de amor y libertad.

Salí del apartamento con la certeza de que, al finalizar el curso, me llevaría con él para ser la primera actriz de la pequeña compañía de teatro que quería formar; que recorreríamos tierras y países extraños y nos abriríamos camino en el mundo del drama y la comedia. Y con tales promesas, ya no importaba si aprobaba o suspendía pues mi destino no era ser otra tía Natalia sino conquistar con mi talento las cumbres del éxito. Aun así, le oculté a mis padres las calificaciones de mis exámenes: ya habría tiempo de explicarles mis planes. Es cierto que en la noche me asaltaban los temores cuando imaginaba la reacción de mi padre al decirle que no iba a ser una abogada como él, sino que mi destino estaba sobre las tablas, mas, pensaba que, cuando llegase el momento, encontraría las fuerzas necesarias en la esperanza. 


¡Qué ilusa era, Dios mío! No podía estar más equivocada y ahora, mientras rememoro el ayer, me lamento una vez más por no haber tenido en su momento el coraje necesario para imponer mi voluntad y tomar entre mis manos el mundo que se me ofrecía. Pero no me atreví. Cuando hube de enfrentarme a mi destino, retrocedí y preferí la seguridad de la tía Natalia a romper con mi familia para seguir la incierta felicidad que me ofrecía Ignacio.

Mis calificaciones en junio no fueron mejores que en febrero y, esta vez, no podía ocultárselo a mis padres. Intenté posponer la noticia más y más con excusas cada vez más increíbles hasta que un domingo mi padre me llamó a su despacho.

Lo sabía todo. Mis engaños, las veces que había faltado a las clases de la universidad, cómo había dejado la escuela de teatro sin decirles nada y había destinado el dinero que me daban para las clases en sufragar las que me daba Ignacio; cómo, en fin, había defraudado su confianza. Y de nada supe defenderme ante sus argumentos. Mi padre me repetía una y otra vez que estaba malgastando mi vida en una absurda quimera, mientras yo callaba dejando deslizar las lágrimas por mis mejillas. Después de dos horas de gritos y llantos, me hizo prometer que regresaría al camino del que un año antes me había desviado, que no volvería a ver al joven profesor y, desde luego, no quiso oír una palabra cuando intenté decirle que quería ser actriz. Aquella tarde se decidió mi destino; aquella tarde pude haber levantado la voz para decir lo que yo quería y lo que no quería. Pero no me atreví y ahora lamento no poder hacer nada para retrasar el reloj y cambiar mi destino.

Prometí cuanto me pidió mi padre y el miedo a decepcionarlo y perderlo me hizo cumplir cada una de mis promesas.

Días después recibí una llamada de Ignacio. Estaba preparando una gira por los pueblos del país con “El alcalde de Zalamea” y se preguntaba a qué se debía mi desaparición. A punto estuve de hacer el equipaje y correr tras él, pero el miedo a perder a mi familia era mayor que el temor a decepcionarlo. El joven profesor intentó persuadirme sacando a relucir todo lo que a lo largo del año le había dicho de mis padres. Dibujó ante mí un futuro tan gris como el presente en el que ahora me hallo inmersa. Pero, aunque desgarró mi corazón, no logró infundirme el valor necesario para que me enfrentase a mi padre y tomase el camino deseado.

Me convertí en lo que ellos querían que fuera. Terminé la carrera con las más brillantes calificaciones y entré en el bufete de abogados de mi padre. Dos años después creí enamorarme de Félix, el hijo de uno de los socios y también abogado: el yerno perfecto. Amable, bondadoso, culto y educado. Al que no le iban las extravagancias ni se dejaba llevar por quimeras de la imaginación. No tuvimos hijos: dejamos transcurrir el tiempo esperando que llegase el momento apropiado y luego lo olvidamos, sumergidos en una vida presidida por la rutina: la rutina del trabajo, de las cenas de los sábados con amigos, de la asistencia a los últimos estrenos de cine y de teatro, del viaje en otoño a alguna ciudad europea... A los ojos del mundo, somos un matrimonio dichoso. Y tal vez lo seamos. Mi marido y yo ya no necesitamos hablar para saber lo que el otro siente; lo que el otro piensa. O quizá creamos que lo sabemos y esa creencia no sea sino una coartada para ocultarnos lo que de verdad sentimos y pensamos. Como esta noche en la que miro a las estrellas y me pregunto por qué no puedo retrasar el reloj y volver al momento en el que se truncó mi destino.


II 

Unos golpes suaves se colaron en el sueño de Natalia, pero ella se resistía a abandonar el bienestar que la envolvía.

—Natalia, querida, ¿te encuentras mejor? —le preguntó una voz femenina.

Debía de estar aún soñando porque la voz le recordó la de su tía, fallecida hacía varios años. Alargó la mano como si quisiese aferrarse a la seguridad del cuerpo de su marido, pero alguien la había llevado a una cama pequeña y a su lado no había más que vacío. Las ensoñaciones no la abandonaban pese a que el desconcierto la animaban a despertarse. De lejos oía dos voces femeninas, la de su madre y su tía, que susurraban como si temiesen despertarla.

—Déjala dormir —decía su madre con una voz insólitamente juvenil —. Cuando se despierte se le habrá pasado el disgusto y se mostrará más razonable. Vámonos.

Oyó alejarse el taconeo que tan familiar le era en la infancia mientras sus sentidos parecían animarse para hacerla creer que estaba despierta acostada en la cama del dormitorio de su niñez. El sueño la había hecho retroceder a una época en la que su madre aún caminaba con la elegancia de Lauren Bacall y su tía Natalia velaba para que fuese feliz. Con la certeza de que despertaría en cualquier momento, posó los pies descalzos en el suelo y el frío de las baldosas la hizo estremecer. Se acercó a la cómoda para encender la luz de la lámpara pues la persiana estaba bajada. Sus ojos se encontraron con su imagen en el espejo; o más bien habría que decir que la joven que le devolvía la mirada desde el otro lado del cristal no era la mujer que veía cada mañana al despertar sino la muchacha de dieciocho años que en otro tiempo fue. Se miró los brazos que asomaban de un camisón hacía décadas desechado. Su piel estaba tersa como la de una niña. Se levantó la ropa en busca de la cicatriz de cuando le extirparon el mioma, pero en su lugar encontró un vientre plano sin estrías ni marca alguna. Más abajo, sus pies, finos, con las uñas pintadas, no mostraban las huellas del maltrato de los años. ¿Qué sueño era aquél? Tanto desear retrasar el reloj la había llevado a soñar que volvía a tener dieciocho años.

—Natalia, hija mía, ¿ya te has despertado? 

Su tía otra vez. Debía de haber oído los ruidos que había hecho al levantarse.

—Tu madre me lo ha contado todo. ¡Menudo disgusto debes de haberte llevado! Pero no te preocupes, querida, seguro que encontramos la manera de que tu padre y tú os entendáis. Anda, vístete y vamos a dar una vuelta.

Natalia se dejó llevar animada por una creciente curiosidad: quería saber en qué terminaría aquel sueño tan nítido que parecía real. Se puso el vestido que descansaba desmañado en la butaca que había junto a la ventana y las sandalias doradas que asomaban debajo de la cama. Por un momento se sintió embriagada de gozo al comprobar cómo lucían sus pies calzados con ellas sin que ninguna imperfección la obligasen a esconderlos. 

Se dejó conducir por su tía hasta una heladería que tiempo atrás hubo a tres calles de la casa de sus padres. Su asombro iba en aumento al comprobar que su cerebro hubiese guardado en su subconsciente recuerdo de detalles insignificantes que, en su momento, hubiera creído que le pasaban inadvertidos, pero que reconoció al instante cuando los vio: una grieta en el techo de la heladería, una silla que cojeaba ligeramente, el joven camarero que contrataron aquel año y que sólo estuvo unas semanas porque una mañana desapareció sin despedirse de nadie, el aroma a vainilla y caramelo... Natalia lo contemplaba todo entre admirada y temerosa. Era todo tan real que, por un momento, un extraño pensamiento cruzó su cerebro como un relámpago:

—”¿Y si todo lo vivido con Félix hubiese sido un sueño?”

Se revolvió en su asiento y respiró hondo para despertar de aquel sueño que la estaba empezando a causar tanta desazón. Su tía le estaba hablando pero ella apenas prestaba atención a sus palabras pues andaba intentando resolver el enigma que la envolvía.

—... Sé cómo te sientes, Natalia —estaba diciendo su tía —, pero no creas que te voy a decir que has obrado bien. Deberías haber hablado con tus padres antes y haberles contado que habías dejado la Escuela de Teatro para seguir las clases de ese profesor. Estoy segura de que a tu padre le han dolido más tus mentiras que tus suspensos.

Como si respondiera a un extraño resorte, Natalia respondió sin pensar:

—Quiero ser actriz, tía. No quiero ser abogada, no quiero acabar haciendo lo que no me gusta por agradar a mis padres, no quiero terminar como tú.

Se hizo un incómodo silencio que la llegada del camarero con los sorbetes de limón que habían encargado no pudo aliviar.

—Perdona, tía, no quise ofenderte. Es sólo que me gustaría ser yo la que elige el camino que voy a seguir en la vida. No quiero levantarme un día en medio de la noche lamentándome por la vida que llevo y preguntándome lo que hubiera ocurrido si hubiese seguido mi instinto.

—Eso no sabes si ocurrirá. Créeme, los sueños de juventud se desvanecen con el tiempo.

—Yo sé que siempre lamentaré no haberlo intentado. Parece que me estoy viendo: con cuarenta años casada con un hombre aburrido, abogado, por supuesto, para que le guste a mi padre, pero aburrido.

La tía Natalia no pudo reprimir una carcajada ante la ocurrencia de su sobrina, pero temiendo que su sobrina pudiera sentirse ofendida, le dijo: 

—De acuerdo. Inténtalo. Pero date un tiempo, por ejemplo, un año, y si no te sale bien, siempre puedes retomar tus estudios.

—Pero, ¿cómo voy a convencer a mi padre? Él no será tan comprensivo como tú.

—Yo no soy tan comprensiva como piensas. No me gusta nada la idea de que te vayas a recorrer esos caminos de Dios en plan titiritero, pero no creo que la solución sea prohibírtelo. Eres tú la que debes convencerte de que se trata de un error.

—No lo es. Lo sé. 

—Yo no lo sé, pero tampoco es mi intención discutir contigo. Así que te apoyaré ante tu padre con la condición de que, si algo sale mal, me lo harás saber.

Cuando regresaron a casa, su padre permanecía encerrado en su despacho. Desde el pasillo se le oía ir y venir por la habitación como si quisiera desembarazarse de la cólera que le había producido la riña con su hija. Con cada zancada Natalia creía sentir como afirmaba su voluntad inapelable. Aquel no era pues el momento oportuno para decirle nada pero no dejaría pasar dos días sin hablar antes con él.

Ya por la noche noche, se ofreció a ayudar a su madre a preparar la cena. Mientras pelaba las patatas para una tortilla, trataba de ganársela con palabras zalameras. Le pidió perdón por sus engaños antes de contarle la emoción que sentía cuando ponía un pie en las tablas. Le explicó cómo Ignacio era capaz de hacer desaparecer sus inseguridades y lo infeliz que se sentiría si no intentaba ser actriz. Su madre no le respondía sino con profundos suspiros y Natalia acogía inquieta su silencio temiendo que escondiera una desaprobación a sus palabras.

Hubo de esperar varios días hasta que encontró la ocasión para hablar con su padre. La espera iba acompañada de la certeza de estar viviendo en medio de un extraño sueño. Cada minuto esperaba despertar junto a su esposo, pero el tiempo seguía transcurriendo sin que se rompiera aquel extraño encantamiento. Por las noches le venía a la memoria el rostro de su marido, sus caricias y el aroma del magnolio que crecía en el jardín. Entonces la invadía la nostalgia, un sentimiento de vaga tristeza, y daba vueltas en la cama esperando despertar junto a Félix en cualquier momento, pero cuando llegaba la mañana, se veía de nuevo inmersa en la vida de su juventud. 

A escondidas de sus padres, fue caminando una tarde hasta el taller de teatro Ignacio. Casi se detiene su corazón cuando divisó de lejos su camisa vaquera desgastada y sus rebeldes cabellos de color cobrizo. Por ser domingo, no había ningún otro alumno con el joven profesor, que parecía estar esperándola sentado en el poyete a la entrada del taller con un cigarrillo en la comisura de los labios. Natalia tuvo que pararse un instante para apaciguar los latidos de su corazón. La opresión en el pecho le impedía respirar. ¡Cuánto lo había echado de menos a lo largo de los años! Agitó la mano a modo de saludo y toda ella se llenó de gozo cuando se dejó envolver por su abrazo. Pasó la tarde bajo el hechizo de su voz. Tal era su emoción que apenas fijaba su atención en el significado de las palabras. Para ella no hubo más que el timbre cálido de su voz y los sentimientos que transmitía. Y cuando, al caer la noche, tomó el camino de regreso a casa, la acompañaba la convicción de que esta vez nada ni nadie la persuadiría a adoptar la decisión equivocada.

La conversación con su padre discurrió aún con más acritud que la que mantuvo cuando se descubrieron sus engaños, pero esta vez Natalia se mantuvo firme. Contaba con la ilusión de los dieciocho años, mas también con la serenidad de la experiencia de una mujer madura. Así que, a pesar del tono elevado de la discusión, pudo dar los argumentos que durante más de veinte años se había dado a sí misma y logró que la permitiera intentarlo por un tiempo.

Dos meses después ya estaba en camino. La compañía de teatro de la que tanto había hablado Ignacio durante el curso resultó ser finalmente un grupo de apenas tres actores que representaban fragmentos de las obras de Calderón de la Barca en las plazas de pueblos. Del grupo que durante el curso había asistido a las clases de Ignacio, sólo se había unido Natalia, el resto retomó su vida de estudiante donde la había dejado olvidando que un día albergaron deseos de volar. Por ello tuvieron que buscar otros dos actores, que se sumaron a la compañía tras responder a un anuncio en la prensa: un joven actor principiante y una actriz ya madura olvidada del público que se negaba a darse por vencida. 

Trabajar con extraños no fue fácil para Natalia, que echaba de menos la camaradería que presidía el grupo de estudiantes de teatro. Como contrapartida, se estrechó su relación con Ignacio. Pasaban la mayor parte del día juntos en los ensayos, buscando las autorizaciones municipales para actuar o confeccionando el vestuario y el atrezzo. La responsabilidad de mantener la compañía de teatro puso ante Natalia un nuevo Ignacio. Aunque no sucedía muy a menudo, de vez en cuando perdía la paciencia cuando las cosas no salían como él quería. Sus explosiones de ira no duraban mucho tiempo pero sacaban a la luz tanta furia que Natalia empezó a temerlas. Una palabra equivocada, un vestido arrugado o la cuenta de un restaurante le hacían perder los estribos y decir las frases más crueles. Tenía gran habilidad para descubrir los puntos débiles de los demás, aquello que más daño hacía, y lo sacaba a relucir en los momentos en los que los otros estaban desprevenidos. El fuego de la cólera se extinguía con la misma celeridad con la que había aparecido. Entonces, arrepentido y avergonzado, suplicaba el perdón del que apenas unos instantes antes había ofendido y, luego, parecía olvidarlo como si nunca hubiese ocurrido nada.

Natalia, por ser quien se encontraba más cerca de él, era víctima del temperamento de Ignacio con mayor frecuencia. Conseguía asustarla cuando, pese a esmerarse en los trabajos que le encomendaba, la acusaba de descuidada y de falta pulcritud. Acrecentaba su inseguridad en el escenario ridiculizando sus errores y resaltando sus defectos, consiguiendo, entonces, aturdirla. Aterrorizada, se quedaba en blanco incapaz de pronunciar una palabra inteligible y, al finalizar el ensayo, la atormentaba la culpa por provocar su enfado. Mas, pasado un tiempo, Ignacio se acercaba a ella y, con lágrimas en los ojos, le rogaba que fuera clemente con él. Acababan en brazos el uno del otro, consumiendo en el fuego de la pasión la culpa que a ambos devoraba.

Llevaba dos años en la pequeña compañía de teatro cuando Ignacio empezó a pedirle dinero. Desde el principio, le había dejado claro que pasaría algún tiempo antes de que le pudiese ofrecer un sueldo por su trabajo: lo que conseguían en las representaciones apenas le daba para hacer frente al importe del transporte y el alojamiento de la compañía y para pagar, poco pero algo, a los otros dos actores. A ella no le importaba demasiado este acuerdo pues disponía de un dinero en una cuenta corriente donde su tía Natalia le ingresaba cada mes una cantidad que, aunque no era muy elevada, le bastaba para sus gastos. Pero, cuando Ignacio empezó a pedirle dinero, se asustó. Primero no eran más que pequeñas sumas: apenas un puñado de billetes para hacer frente a un gasto urgente, la cuenta de un hotel, el pago de los tiques del tren... Pero estas sumas fueron haciéndose más y más elevadas a medida que pasaba el tiempo. Para entonces él tenía un dominio absoluto sobre su voluntad. El miedo a provocar su ira la paralizaba y prefería acceder a sus deseos que a enfrentarse a una de sus miradas enfurecidas. Así que le entregaba todo lo que le exigía: no sólo sus ahorros, sino que le iba dando trocitos de sí misma hasta no ser más que la sombra de Natalia.

A veces, en mitad de la noche, se levantaba desvelada. Se asomaba al cielo y preguntaba a las estrellas si alguna vez existió la otra Natalia: una mujer gris, casada con un hombre gis, que soñaba con una existencia rutilante entre bambalinas, pero a la que no la asediaba el miedo a fallar a nadie. Y se preguntaba si fue el reloj el que retrocedió o todo lo vivido antes no fue sino un sueño. Pero, cuando cantaba la alondra por la mañana, la abandonaba la angustia con el solo sonido de la voz de su amado y la embargaba el deseo de hacerle dichoso.

Era primavera cuando contrataron a Eva, una actriz principiante que traía la inconsciente alegría de la juventud. Al compararse con ella, Natalia se sintió envejecida, pese a no hacer unos meses que había cumplido sólo veintiún años, apenas dos más que la debutante. Fuera donde fuera oía su risa cantarina y veía a Ignacio rondándola con las galantes palabras que en otro tiempo le dedicara a ella. Cuanto más amable era con la joven recién llegada, más irritable se mostraba con Natalia, que veía con miedo como se iba alejando de ella. Y cuanto más alegría mostraba Eva más taciturna se volvía Natalia. Su semblante se tornó huraño y con sus tristezas le parecía que Ignacio la rehuía más y más. Con el tiempo, no sólo le hurtaba los momentos de intimidad por pasar un rato divertido con Eva, también le quitaba los papeles de protagonista y se los ofrecía a la nueva actriz. Al principio engatusaba a la pobre Natalia con carantoñas y la embaucaba con palabras mimosas y engañosas, pero con el tiempo dejó de lado los disimulos y la apartaba sin darle explicación alguna, como si no mereciera la pena calmar sus arranques de mal humor y de tristeza.

Llegada la noche, Natalia ponía a sus pies todos sus encantos de seducción, pero Ignacio respondía con desgana a sus caricias o se apartaba de su lado pretextando cansancio. Ella replicaba con acalorados reproches que no conseguían sino alejarlo más y más. 

Un día se despertó sobresaltada muy de mañana. A través de la ventana abierta se colaba un viento furioso que hacía huir despavoridas a las cortinas. Sobre la mesita de noche, revoloteaba una hojas del guión de la obra que estaban representando y en el suelo yacía su ropa con desdeñoso descuido pese a que recordaba haberla dejado doblada con cuidado encima de la silla. A esa hora tan temprana no se oían más que los pasos sigilosos de algún que otro huésped trasnochador del hostal. Una extraña inquietud se apoderó de Natalia, un vago temor, la sensación de que algo había cambiado irremediablemente pero que no sabía lo que era. Miró a su alrededor buscando indicios que explicaran su aprensión. Entonces se dio cuenta de que en la habitación habían desaparecido las cosas de Ignacio. Abrió su armario y no encontró sino las perchas desnudas y los cajones vacíos. Abrió el suyo y allí estaban sus vestidos y sus faldas, sus pantalones y sus jerséis. En la balda superior yacía su bolso abierto como una boca desvergonzada. Un presentimiento cruzó su mente apenas un instante. Rebuscó en el bolsillo interior del bolso donde guardaba el dinero. Estaba vacío. Fue hacia la cómoda y encontró todos los compartimentos del joyero abiertos. No quedaba más que un broche de bisutería que le compró Ignacio en una feria. Habían desaparecido la medalla de la primera comunión, el collar de perlas que le regaló su padre al cumplir dieciocho años y hasta un anillo que apenas era un hilo de oro que había sido de su abuela. 

Más y más aturdida, anduvo dando vueltas por la habitación sin saber qué hacer. A las nueve de la mañana llamó a Ignacio al móvil pero no le respondió más que una voz impersonal que decía una y otra vez que ese número de teléfono no existía. Bajó a recepción y la señorita que había estado en el turno de noche le dijo que lo había visto salir con Eva en mitad de la noche cargado de equipaje. Pero hasta mediodía no fue consciente de lo que se le venía encima.

Ignacio la había abandonado dejando sin pagar las habitaciones del hostal que ocupaba la compañía. Tampoco había abonado el precio de la sala donde habían estado representando una adaptación de “La dama duende”, ni el salario del actor que los acompañaba y al que ya debía ocho meses. Aturdida, intentaba atender las quejas de unos y otros que, al enterarse de la huida de Ignacio acudían a ella como si fuese la culpable de que no se les hiciese efectivos los pagos. Mas Natalia sólo entendía que la había abandonado dejándola sola y sin dinero en mitad de la nada. Se acercó a una sucursal del banco pero lo que le quedaba en la cuenta no le daba más que para alojarse unos cuantos días en el hostal. Entonces recordó que una semana antes Ignacio le había pedido una gran cantidad dejando la cuenta medio vacía. ¿Cómo era posible que hubiera permitido que la engañara de esa manera?, ¿cómo no lo había visto venir? Su mente no hacía más que ir y volver sobre estas preguntas.

Estuvo tres días sin atreverse a salir de su habitación, donde el desorden se estaba haciendo dueño de cada rincón. Natalia esperaba acurrucada junto a la cama que algo sucediese, que Ignacio volviese para decirle que todo había sido fruto de un malentendido. Pero el tiempo pasaba y la situación iba a peor. De vez en cuando, alguien aporreaba la puerta exigiendo su dinero. Entonces ella se encogía más y más. Hasta que el cuarto día se levantó furiosa consigo misma por haber puesto su vida en manos de un embaucador que la dominaba. Se dio cuenta que durante años, mientras creía huir de la mediocridad del mundo, había estado amando a un hombre que no existía: un ser vulgar que no tenía otro talento que saber construir castillos en el aire. Entonces se duchó, encargó un suculento desayuno y telefoneó a su tía Natalia. 

Fue su padre quien acudió en su rescate. Estuvo tres horas hablando con ella. No le ahorró ni una lágrima mientras escuchaba toda la historia sin dejar que omitiese ni el detalle más ínfimo. Tampoco dejó de hacerle saber todo lo que había sufrido su madre con su marcha, con su silencio en casi tres años, ni la decepción que había sentido él al ver defraudadas todas las esperanzas que puso en ella. Pero también le hizo la promesa, que nunca dejó de cumplir, de no volverle a hablarle más de esos años de sufrimiento. Después, se hizo cargo de todo, incluso de poner una demanda a Ignacio por estafador, aunque nunca lo llegaran a encontrar. 

A su regreso, Natalia retomó sus estudios. La ciudad donde siempre había vivido le pareció más pequeña que nunca y en ella se sentía como una extraña. Por segunda vez volvía a la casa de sus padres después de vivir otra vida. Pero en esta ocasión se sentía rota y sin fuerzas. Después de tres años, nadie la conocía en la universidad ni ella tenía interés por intimar con sus nuevos compañeros de clase. Dedicó todos sus esfuerzos en terminar cuanto antes la carrera y, luego, se incorporó al bufete de abogados de su padre donde, entre caso y caso, hacía todo lo que estaba en su mano por olvidar los años desperdiciados con Ignacio.

Cuando se encontró a Félix casi no pudo contener las lágrimas de la emoción. Se propuso conquistarlo aunque temía que esta vez no fuera tan sencillo. Ella no era la Natalia ingenua que suspiraba por no haber conseguido su sueño de ser actriz, sino una mujer con mucha vida por detrás, con muchas cicatrices en el alma y la desconfianza de quien ha sido engañada. Pero contaba con la ventaja de conocer mejor que él mismo el corazón del hijo del socio de su padre y, en menos de ocho meses, se casó con él. Y al recibir el primer abrazo de su marido sintió que de verdad había vuelto a su casa.

En poco tiempo se vio inmersa en la monotonía de un matrimonio corriente. Nunca esperaba que ocurriese otro suceso extraordinario que una tarde de lluvia en agosto después de un día de sofocante calor. No tuvieron hijos. Cada año iban postergando su llegada hasta que los olvidaron. El tiempo pasaba y un día seguía a otro entre la rutina del trabajo, las cenas de los sábados con amigos, la asistencia a los últimos estrenos de cine y de teatro, el viaje en otoño a alguna ciudad europea... Y atrás dejó los años pasados con Ignacio como si nunca hubiesen existido. 


Hoy la gente la tiene por dichosa y ella también cree que lo es. Con cuarenta y dos años, siente que ha conseguido todo lo que cualquiera puede desear en la vida. Pero, a veces, se despierta en medio de la noche con un extraño desasosiego. Su marido duerme a su lado ajeno a la inquietud que la embarga. Se levanta con sigilo para no perturbar su sueño y sale a la terraza. Las estrellas parecen estar esperándola para recordarle sus anhelos de juventud y no puede evitar preguntarse de qué extrañas argucias se vale el destino para que tomemos el camino que tomemos acabe llevándonos adonde él quiere. Como ni siquiera cuando creemos rectificar en nuestras decisiones nos libramos de nuestro sino. El suyo vino marcado cuando, al nacer, su padre se empeñó en ponerle el nombre de su hermana: Natalia.