jueves, 23 de julio de 2015

Amor no correspondido








La caída de la noche había refrescado el ambiente del cálido agosto. Las luces de las farolas iluminaban el jardín mientras la luna contemplaba su rostro en el estanque de los nenúfares. Los asistentes a la fiesta se deslizaban por la pista improvisada junto a los pinos al ritmo de "Blank Space" de Tylor Swift: ellas, engalanadas con alegres colores y luciendo sus brillantes alhajas, semejaban sirenas; ellos parecían príncipes con sus trajes de etiqueta.

Atraída por la música, Amanda salió a la terraza. Llevaba un taje de noche rosa que apenas disimulaba sus formas regordetas. Permaneció junto a la balaustrada, desde donde se divisaba la pista de baile. En el centro de la misma vio a su hermano Ricky, que le estaba susurrando al oído a una joven a saber qué palabras. Amanda no pudo evitar fruncir el ceño al recordar que ella no estaba invitada a la fiesta. Bajó la vista y, al pie de la escalera, lo vio. No podía ser: llevaba todo el día rehuyéndole, mas él no se daba por vencido. Una farola iluminaba su elegante figura. Esbelto, con su esmoquin negro que hacía resaltar su blanca pechera, no le quitaba la vista de encima. Ella le dirigió una mirada cargada de enfado que hizo retroceder a Rodolfo unos pasos hasta quedar fuera del círculo de luz. Aprovechó la oscuridad para subir el primer escalón y aproximarse más a su adorada Amanda. Ella rechazó el acercamiento agitando la mano hacia delante, pero él no quiso percatarse del impertinente gesto y subió otros dos escalones. Amanda no podía tolerar que la contrariaran. Con los labios aún más fruncidos que su ceño le mostró su disgusto. Cual si una mayor repulsa fuese para Rodolfo el mayor de los acicates, salvó la pequeña distancia que le separaba de ella y, haciendo caso omiso de sus enfurecidas protestas, posó su noble cabeza en el hombro de su amada.

Los gritos de Amanda llamaron la atención de su madre.

—Amanda, ¿qué haces que no estás en la cama?

La niña se puso el chupete y alzó los brazos para que la cogiese. Su madre se la puso a la cadera y depositó un tierno beso en su pelo negro antes de dirigirse a la puerta acristalada del salón, mientras, Rodolfo, el fiel labrador, las seguía hasta el dormitorio de la pequeña Amanda moviendo la cola de gozo.