lunes, 28 de septiembre de 2015

La joven de la ventana





A pesar de que no quiera reconocerlo ante mi marido, fui yo la que insistí en comprar la casa de la colina. Me enamoré nada más verla. Y sé, aunque ahora diga lo contrario, que a él también le encantó. Estaba situada a catorce kilómetros de la ciudad y se accedía a ella a través de un camino de tierra sin asfaltar escondido tras unos robles que impedían su vista desde la carretera. Se trataba de una casa revestida de piedra y estuco que se alzaba sobre un altozano desde donde se divisaba el valle de los cerezos. No era muy grande pero, bastaba para una familia como la nuestra, con un solo hijo de siete años. Estaba coronada la casa por una especie de torre que le otorgaba cierto aire medieval; y en lo más alto de la atalaya, una amplia habitación con dos grandes ventanales que, al asomarse a ellos, parecía como si se flotase en el cielo. El agente inmobiliario nos contó que el dueño anterior tenía la biblioteca en aquella estancia, pero a mí me pareció ideal para nuestro dormitorio. 

Toda la casa parecía un sueño. Sólo cuando nos dijeron su precio, Diego, mi marido, pareció dudar. Una casa tan fabulosa no podía costar tan poco. Algún defecto importante debía de esconder para que nos las vendiesen por menos de la mitad de lo que costaban en el mercado otras mucho peores que aquélla. Pero para mí su precio era un acicate más. Logré persuadirlo y, un mes después de la primera visita, la casa de la colina ya era nuestra. 

Como era de reciente construcción, no tuvimos que hacer otro arreglo que pintar las paredes de los dormitorios: más para cambiar los horribles colores que a causa de inexistentes desconchones. He vivido en otras casas antes y después, pero en ninguna otra puse tanta ilusión como en aquélla. En cuanto salía de la oficina, me recorría todas las tiendas de decoración y de muebles que encontraba a mi paso. Con frecuencia me acompañaba Diego o me llevaba conmigo a Edu, mi hijo, que bostezaba sin disimulo mientras yo hablaba con hábiles vendedores. Pero la mayoría de las veces me iba sola. Durante tres meses, me embriagué entre exquisitas cortinas de encaje, sofás tapizados de terciopelos, cabeceros de madera con lirios tallados; y me perdí entre delicados objetos que ni tan siquiera sabía antes de su existencia. Durante tres meses, subí a las más elevadas cimas del entusiasmo cuando las piezas del puzzle que estaba formando dejaban entrever su primoroso dibujo y caí en el más profundo desaliento cuando, al llevar a la realidad lo que mi imaginación forjaba, mi fantasía quedaba desmentida por el resultado.

Si vuelvo la vista atrás y recuerdo nuestro primer año en la casa de la colina, no puedo por menos que admitir que fue, si no la mejor, una de las mejores épocas de mi vida. No me importaba tener que madrugar cada mañana para recorrer la distancia que me separaba de la oficina, ni siquiera cuando me tocaba a mí llevar a Edu al colegio y tenía que levantarme media hora más temprano para llegar a tiempo a mi destino. Por aquel entonces, Diego viajaba muy a menudo y me dejaba durante días sola en la casa con el niño. Pero, pese a estar mi hogar apartado de la ciudad, nunca me sentí invadida por la soledad ni temí que nos pudiese ocurrir nada malo en tanto mi marido estaba ausente.

Me sentía tan dichosa en mi casa nueva que me deleitaba con cada momento que pasaba en ella. En invierno, buscábamos cobijo junto a la chimenea del salón. A Edu le encantaba que, en las frías noches, le contase historias misteriosas mientras asábamos castañas en el hogar. Al florecer los cerezos, el tiempo nos invitaba a pasar casi todo el día en el jardín regalándonos con la belleza que revestía el renacimiento de la primavera. Y los fines de semana, Diego ya con nosotros, organizábamos comidas y meriendas en la barbacoa bajo el acogedor abrigo de los robles que circundaban nuestro hogar.

Como te digo, aquel año fuimos muy felices y todo se lo debíamos a la casa de la colina. Sin embargo, cuando el pelirrojo otoño volvió, todo empezó a cambiar. No fue desgracia alguna que irrumpiera en nuestras vidas de forma repentina; más bien debería decir que el desasosiego se fue colando poco a poco por las rendijas de las paredes.

Al principio, fue una extraña cefalea la que se apoderó de mí. Me atacaba cuando llevaba un rato en la casa, después de una hora o dos de regresar del trabajo. No se trataba de un dolor continuo, ni tampoco del pulsátil latido que acompaña a las migrañas que tan a menudo sufría mi madre cuando yo era niña. Era como si alguien me golpease con un objeto contundente una y otra vez. Los dolores iban precedidos de una sensación de pánico, como si temiese el advenimiento de alguna tragedia. Un frío intenso me hacía estremecer pese a la cálida temperatura que reinaba en la casa. Otras veces, cuando me quedaba sola en mi habitación, creía oír a mis espaldas los pasos de una persona; tenía la extraña sensación de que alguien me acechaba por detrás, pero, al volverme, no veía a nadie. Mi percepción de la realidad se alteraba cual si lo viese todo a través de un cristal esmerilado hasta que, de repente, todo volvía a la normalidad. El dolor desaparecía con la misma premura con la que había surgido sin dejar rastro y, con él, se desvanecían las inquietantes sensaciones que lo acompañaban. 

Pensé que los dolores eran debidos a la tensión que estaba viviendo en el trabajo. Coincidieron los primeros con el anuncio de una reducción de personal en mi empresa; cuando todos en la oficina andábamos temerosos de que nos llamasen del departamento de personal para informarnos del despido. Reforzaban mi sospecha los resultados negativos de las pruebas médicas a las que me sometí. Con cada uno de los exámenes que me hicieron se iba descartando una causa física. Pero, cuando la tensión en el trabajo se redujo y me confirmaron en mi puesto, los síntomas no sólo no desaparecieron sino que se hicieron más y más persistentes.

Tardé mucho tiempo en percatarme de que el dolor no se hacía dueño de mí más que cuando me encontraba sola en la casa. Bastaba con que traspasase el umbral de la puerta y saliera al jardín, para que se despejara mi cabeza y desapareciera la desazón que me atormentaba. Temía la llegada del atardecer, que era cuando con mayor frecuencia me atacaban mis fantasmas, pero pensaba que la causa de mis males era el cansancio o la llegada del frío o la persistente lluvia que durante semanas nos asedió aquel otoño o las comidas rápidas que hacía al mediodía. Pero ni la llegada del buen tiempo ni las escapadas a la casa de mi madre, que me esperaba a la hora de comer con mis platos favoritos, hicieron desaparecer los dolores y el pánico que fue haciéndose dueño de mi persona.

Pasamos las fiestas de Navidad con los padres de Diego, que vivían en una pequeña localidad costera. Durante diez días, me abandonó el malestar y me olvidé de lo que mi marido llamaba aprensiones. Creí que había dejado atrás mis problemas de salud, si es que se pueden llamar de ese modo; pero a mí regreso a la casa de la colina, me estaban esperando para acecharme con mayor intensidad.

A los pocos días de nuestra llegada, empecé a sentir una presencia extraña en la casa. A veces no era más que un leve toque en la mejilla, como la suave caricia de una pluma, o cosquillas en el dorso de la mano que me hacían estremecer. Otras veces creía oír un sollozo, como si alguien quisiera reprimir el llanto. Tan breve que yo misma dudaba si no había sido todo una broma de mi imaginación. Ocurría esto, como te he dicho, en los momentos en que me encontraba sola en la casa: cuando Diego jugaba en el jardín con el niño o los domingos cuando se lo llevaba al estadio a presenciar algún partido de fútbol. En ocasiones, creía oír un susurro a mis espaldas y me volvía lentamente esperando encontrar a Edu detrás de mí con su sonrisa picarona ufano de haberme asustado: ya sabes cómo le gustan a los niños despertar el miedo de los demás. Pero, en la casa no había nadie: sólo estaba yo con mis temores. Más y más asustada, no me atrevía a contárselo a Diego no fuera a creer que me estaba volviendo loca, como yo misma empezaba a sospechar. ¿Qué si no podía ser que sintiera la presencia de alguien a mi lado cuando la casa estaba vacía? Nunca he creído en fantasmas ni en aparecidos pero entonces empecé a tener dudas acerca de su existencia. Procuraba no quedarme sola mucho tiempo y, cuando no tenía alternativa, intentaba distraerme con alguna novela mientras encendía el televisor con el volumen al máximo. Entonces, sentía que un extraño se sentaba junto a mí y toda la habitación se teñía de angustia.

Cuando comenzaron los ataques de pánico, Diego me llevó a la consulta de un psiquiatra. Y digo que me llevó porque ya hacía tiempo que yo sospechaba que mis males no los causaba mi estado mental y creía inútil cualquier prueba a la que me pudieran someter. He de decir que nunca le conté al doctor que me vio todo lo que estaba viviendo. ¿Cómo hacerlo sin que me creyera loca?, ¿cómo contarle que, cuando entraba en mi dormitorio me encontraba con una joven sentada en el alféizar de la ventana ocultando el rostro entre sus manos?, ¿que la primera vez que la vi la tomé por una intrusa pero al acercarme a ella la imagen se desvaneció cual si fuese humo? El psiquiatra me recetó unos antidepresivos que no probé y me recomendó un psicólogo conductista al que nunca llamé. Diego, preocupado, insistía una y otra vez en que me sometiese a los tratamientos indicados. Huyendo de su testaruda persistencia, guardé silencio sobre las visiones cada más y más frecuentes, soportando sin quejarme los terribles dolores de cabeza.

Me es imposible describir la angustia que sentía. Procuraba pasar el mayor tiempo posible fuera de la casa, pero una extraña fascinación apenas me permitía estar alejada del lugar de mis tormentos. Cuando traspasaba el umbral, sentía una gran desazón que no desaparecía hasta que no me encontraba de nuevo en la casa. Me volví negligente en el trabajo, esperando con impaciencia el momento del regreso; mis pensamientos volaban distraídos cuando le contaba cuentos a Edu antes de dormir y él me miraba asustado sin saber lo que sucedía. Buscaba pretextos para quedarme sola, enviando a Diego con el niño a mil inútiles recados. Vivía escindida entre el terror por ser asaltada por lo desconocido y el deseo de encontrarme con la joven de la ventana. La veía con su melena cobriza, sus vaqueros desgastados o un vestido vaporoso, sentada muy recta, tensa diría yo, con la mirada asustada mientras contemplaba la puerta del dormitorio como si temiese la entrada de alguien que le fuese a hacer daño. Alguna vez creí que me veía e intenté hablar con ella, pero pasaba junto a mí sin advertir mi presencia. Y si era yo la que me acercaba, desaparecía en el aire sin dejar rastro de su existencia.  

Cada vez más fascinada, esperaba con impaciencia el momento del encuentro. Leí, mejor diría devoré, cuanto cayó en mis manos sobre apariciones del más allá, me registré en los foros de Internet más extraños y me puse en contacto con médiums y videntes de todo el país. Un día que Diego tuvo que partir de viaje organicé una sesión de espiritismo. Llevé a Edu a casa de mi hermana por miedo a que algo no saliera bien y le pudiera causar algún daño. Pero poco mal podía salir de aquella velada pues los expertos en ciencias ocultas que se dieron cita en mi dormitorio estuvieron de acuerdo en que no había ninguna presencia de otros mundos en la casa. Pasaron toda la noche invocando a los espíritus mientras yo me sentía ridícula por los estrambóticos ritos que tenían lugar en mi dormitorio. No podía evitar mirar de soslayo de vez en cuando a la puerta temiendo la llegada repentina de Diego. ¿Qué podía decirle si encontraba la casa llena de gente tan extraña, el suelo de nuestro dormitorio cubierto de cirios y toda la estancia impregnada de la fragancia que desprendían los incensarios desperdigados entre los muebles? Pero mi marido, como cabía esperar, no apareció. Y la joven de la ventana tampoco. Sentados en el suelo, nos tomamos de las manos e invocamos su presencia. Pero no había ni rastro de ningún alma del mundo de ultratumba. A las tres de la mañana desistieron sin hacer caso de mi insistencia para que lo intentasen una vez más. Se despidieron de mí con fría cortesía y en más de uno sorprendí una mirada de desconfianza.

Entonces, ¿si no era un ser del otro mundo, quién era la joven de la ventana?, ¿después de todo, estaba siendo víctima de alucinaciones? Sabía que no era así, aunque no pudiese demostrarlo.

La joven se hacía presente cada vez con más frecuencia. Su tristeza se iba acrecentando a medida que pasaban los días. La veía llorando sin consuelo junto a la ventana de mi dormitorio; otras veces estaba absorta, con la mirada perdida, hasta que de pronto volvía sus ojos aterrorizados hacia la puerta sin verme. En alguna ocasión sentí una inmensa compasión por ella, pena por no poder ayudarla, por no saber lo que tanto la afligía, pero casi siempre era el terror el sentimiento que me dominaba. El temor que expresaba su mirada se fue adueñando de mi espíritu. Temía los pocos momentos en los que me encontraba sola en la casa. Dejé de entrar en mi maravilloso dormitorio salvo cuando estaba Diego conmigo. Los días que mi marido salía de viaje me iba con el niño a casa de mi madre. Me volví temerosa como nunca antes lo había sido. Un ruido, una ráfaga de aire lograban sobresaltarme y dejarme temblorosa.

La primera vez que le hable a Diego de la joven de la ventana rompió a llorar. Intentó persuadirme de que volviera a ver al psiquiatra convencido de que sufría alguna grave enfermedad mental. Gritó, lloró, me amenazó... ¿Cómo iba a creer que lo que yo veía no era fruto de un trastorno si no se manifestaba más que cuando estaba sola en la casa? Ni ante Edu, afortunadamente, ni ante mi marido había hecho acto de presencia aquel ser sufriente. Intenté en vano explicarle que todos los síntomas que me aquejaban desaparecían tan pronto me alejaba de la casa. Durante meses entablamos una férrea lucha: él combatía para que acudiera a la consulta de un especialista y yo trataba de convencerlo de que abandonásemos la casa de mis tormentos. Fui yo la que gané la contienda y casi tres años después de la primera vez que cruzamos su umbral, cerramos la puerta y nos fuimos de la casa de la colina para no volver más.

Hace cinco años que recuperé mi vida. Ningún fantasma me ha asediado desde entonces  ni he vuelto a sentir los terribles dolores de cabeza que me partían el alma. Ya no tengo miedo de las sombras ni de las ventanas que recortan la belleza tornadiza del cielo. Mi hijo Edu tiene una madre alegre y cariñosa que no huye asustada de los fantasmas y Diego, una esposa cuerda y serena que lo colma de dicha. Así ha sido durante cinco años y así es mi vida hoy; aunque debería decir mejor que así ha sido hasta hace una semana.

Llegué del trabajo pasado el mediodía a la casa en la que vivo ahora con mi familia, a una hora más temprana que de costumbre. En la cocina me serví una copa de vino y, mientras preparaba un plato especial para Diego y para mí, encendí el televisor para ver las noticias de las dos. Como viene siendo habitual en los últimos tiempos, el informativo abrió con la noticia de un caso de violencia doméstica. El presentador estuvo hablando de una joven pareja que unos años atrás se había trasladado a una bella casa situada a las afueras de la ciudad. Ella se llamaba Gabriela y pasaba el tiempo pintando cuadros naïf donde mariposas de colores revoloteaban entre las margaritas mientras el sol tomaba su pincel para esbozar el arco iris; cuadros de vistosos colores que, con el tiempo, se fueron tiñendo de gris y violeta.

Te imagino Gabriela como las jóvenes alegres que pasan bajo mi balcón camino de la universidad. Lo dejaste todo: padres, hermanos, estudios, amigas de la niñez y de la primera juventud. Lo dejaste todo para seguir a un chico que te conquistó con una guitarra eléctrica que llevaba de un sitio a otro colgada al hombro. Él escribía versos que rimaban con tu nombre, Gabriela, y les ponía música que te arrancaban lágrimas de emoción. Te llevó con él por medio mundo. Pero el miedo a que alguien le arrebatara tan delicada flor lo volvió irascible. No te dejaba salir de casa si no ibas acompañada por él. Era él el que debía dar el visto bueno a la ropa que te ponías, a los libros que leías, a la música que escuchabas... Un día te sorprendió con una casa de ensueño: la casa de la colina. Nos la compró sin enseñártela, Gabriela, y, sin decirte nada, creó para ti un estudio de pintura en el que fuera nuestro dormitorio de la torre. Te colmó de ternura, de soledad y de terror. No te dejaba traspasar los confines del jardín. Golpes y gritos te esperaban por infringir su mandato. Tú, Gabriela, te ibas marchitando más y más. Veías cómo se alejaba tu alegría, tu juventud, mientras contemplabas el valle de los cerezos sentada en el alféizar de la ventana. Nada te hacía sospechar que cinco años antes, cuando ni siquiera conocías a tu torturador, yo ya te había visto cómo intentabas apagar tu dolor en la ventana de tu estudio, en la ventana de mi dormitorio: aterrorizada por no saber quién eras, qué querías, entristecida por no saber cómo aliviar tu tristeza.  

Ahora te recuperas en un hospital de tus hondas heridas físicas: las del alma tal vez tarden más en sanar. Mientras aquel que te juró amarte hasta la muerte yace en una sepultura después de quitarse la vida por creer que había acabado con la tuya.