miércoles, 22 de febrero de 2017

La marca de Caín





   Conocí a Abel en el Club de alterne “El Edén”. Hacía tres meses que me había contratado Miss Lilith para servir copas y algo más, tras varios años de andar dando tumbos de trabajo en trabajo mientras añoraba mi Rumanía natal. 

   Llegó montado en una Harley. Nada más cruzar el umbral, se vio rodeado de un enjambre de polillas que se disputaban sus favores. Pero él me eligió a mí, Rebeca, la chica de la barra que no se había dignado a mirarlo. 

   Nadie me ha causado tanta impresión. Era alto. Muy alto. Debía inclinar la cabeza cuando entraba en una habitación para no darse con el dintel de la puerta. Su cuerpo anunciaba a gritos las muchas horas que pasaba en el gimnasio modelando sus músculos. Llevaba una cazadora negra de cuero con una enorme serpiente roja en la espalda. Pero, a pesar de su aspecto imponente, su espeso cabello negro, sus ojos rasgados, negros e incisivos, sus labios sensuales, lo que acabó enamorándome fue su ingenio para contar unas historias que no me creía del todo pero que me fascinaban.

   —Yo me llamo Abel y mi hermano gemelo Caín. Mi padre nos bautizó así para burlarse de mi madre que se llamaba Eva. Pero le salió mal la jugada —decía riéndose a carcajadas—. Caín siempre fue el bueno de la casa y yo el malo. Mi hermano traía sus brillantes calificaciones del colegio que mi padre, “miraba con agrado”, como si fuese Yahvé recibiendo una ofrenda. En cambio yo no traía más que notas airadas de mis profesores quejándose por mi mal comportamiento que mi padre acogía con el ceño fruncido. Me expulsaron de no sé cuántos colegios hasta que, mi querido padre, cansado de tantas peleas, me puso a trabajar en una fábrica harinera mientras el bueno de Caín triunfaba en la universidad. 

   Abel venía todas las noches a verme. Pagaba tres horas y me descargaba del cansancio de la barra con caricias que parecían zarpazos y zarpazos que parecían caricias. Llegaba pasadas las once, se tomaba unos whiskys sin mirarme siquiera mientras derrochaba imaginación ante el primero, la primera más bien, que se sentaba a su lado. A la una de la madrugada, levantaba la cabeza como si hubiera recordado algo importante, me guiñaba el ojo y dejaba plantado a su estupefacto interlocutor mientras enfilaba hacia la habitación donde nos esperaban unas sábanas de raso moradas que él mismo había traído.

   Corrían sobre él tantos rumores como días tiene un año bisiesto. Se decía que había pertenecido a una banda dedicada a traficar con hachís. Que el cabecilla de la banda se la tenía jurada por haberse quedado con parte del botín de un importante golpe. Que había formado su propia banda. Que no, que sólo era un pistolero a sueldo... Nadie sabía cuánto había de verdad en tales rumores. Lo único cierto era que había veces que derrochaba grandes sumas de dinero en invitar a beber a todo el club mientras otras sólo tenía para pagar a duras penas nuestras horas de amor.

   A mí no me contaba nada de sí mismo. Sólo me hablaba de Caín, su gemelo. Me mostraba fotografías en las que aparecía un hombre que podía ser el propio Abel si no fuera por su cabello bien cortado, su traje de Armani y sus relucientes zapatos Givenchy.

   —¡Sois iguales! —le decía yo llena de asombro— ¿No serás tú disfrazado?

   Él me respondía con una de sus carcajadas que hacían temblar las paredes de la habitación de tan ruidosas.

  —En realidad, no somos iguales. ¿Has oído hablar de la marca de Caín? 

  Yo negaba con la cabeza sin atreverme a hablar por no interrumpir la historia que Abel estaba a punto de contar.

  —Cuando Caín asesinó a Abel, Yavhé lo maldijo: “Errante y extranjero serás en la tierra” —decía modulando la voz como si fuera el mismo Yavhé—. El bueno de Caín le contestó: “Grande es mi castigo. Cualquiera que me hallare querrá matarme”. Pero el Señor le respondió: “Si alguien osa matarte será vengado siete veces”. Y marcó a Caín, para que sirviera de advertencia a los osados.

  —¿Y qué tiene que ver esa marca contigo?

  —Mi hermano Caín también está marcado. Pero no por Yavhé sino por mí. De niño le dejé mi señal arañándole detrás de la oreja izquierda. Así que no somos iguales. Él lleva la marca de Caín, una señal como una media luna, roja como tus deliciosos labios. 

  Y volvía a reírse con esas carcajadas contagiosas que me embrujaban.

  —Y tanto hablarme de tu hermano, ¿no será porque en el fondo le tienes envidia?

  —¿Envidia?, ¿yo?, ¿de Caín? ¿No conoces la historia? Era Caín el que envidiaba a Abel. Por eso lo mató. Mi hermano Caín quisiera ser yo porque soy más guapo, más simpático y siempre me llevo a la chica. Mataría por ello, te lo aseguro.

  —Ya, ya.

  Y volvíamos a nuestros juegos amatorios entre risas.

  Los lunes Miss Lilith me daba la noche libre. Esos días, despojada de mis escasos trajes de lentejuelas, me gustaba pasear por la ciudad y confundirme entre la gente corriente que no tenía que venderse por unos cuantos euros. Apagaba mi móvil unas horas y dejaba que mis pies vagasen sin rumbo por las calles más concurridas. En uno de estos paseos estuve a punto de ser atropellada. Fue al cruzar una calle. Un Mercedes Cabrio venía a gran velocidad. Pero yo no lo vi, distraída en contemplar una familia que iban delante de mí. Sólo oí el chirrido seco cuando el descapotable plateado frenó en seco a dos metros escasos de mí. 

  Sin tiempo para recuperarme del susto, mis ojos se clavaron en unos ojos en los que se desbordaba el deseo. Sólo fueron unos segundos, lo justo para hacer que todo mi cuerpo se derritiera. Luego arrancó el coche forzando el motor y se marchó por una calle lateral a la misma velocidad que había venido. 

  Esa fue la primera vez que vi a Caín.

  No sé por qué callé mi encuentro con Caín. No le conté nada a Abel, pero me obsesioné tanto con aquellos ojos llenos de deseo que empecé a darle la tabarra para que me presentara a su hermano.

  Debió de pagarle un buen puñado de euros a Miss Lilith para que me dejara pasar toda la noche de un sábado con él. Me llevó a cenar a un pequeño restaurante a las afueras de la ciudad donde se había citado con Caín. Cuando llegamos nos estaba esperando en la barra del bar. Desplegó toda la cortesía de un anfitrión y me ayudó a quitarme la estola de visón falso que me había regalado Abel. Una mirada bastó para darme cuenta de que me había reconocido. Sus ojos de acero recorrieron mi cuerpo como sabios dedos haciéndome estremecer. Pero la presencia de Abel cortó de golpe el nacimiento del deseo.

  Durante la cena, asistí a un duelo soterrado por ver quién era el mejor, quién se llevaba a la chica. Me deleitaban con las típicas anécdotas de gemelos, pero, tras la desenfadada conversación, discurría una feroz rivalidad y viejas rencillas no resueltas. Se lanzaban pullas cada vez más ofensivas y yo, confieso, me sentía halagada por creerme, ingenua de mí, el objeto del deseo. Alentaba la disputa y encendía los celos de uno y otro repartiendo por doquier guiños y palabras maliciosas sin percatarme que yo no importaba en la pugna: lo importante era vencer hasta destruir al contrario. 

  A los postres, cuando estábamos ya borrachos, yo de champán, ellos de sus lances, Caín propuso echar a suertes quién pasaría la noche conmigo. Lanzó una moneda al aire y, cuando salió vencedor, supe que su victoria era ver derrotado a Abel: yo no era más que un simple medio para lograrlo.

  Tras esa noche, mi vida se convirtió en un infierno. En mis encuentros con Abel ya no había dicha para ninguno. Nuestras noches estaban contaminadas con la presencia invisible de Caín. Abel ya no veía en mí a la chica que le gustaba sino alguien que podía medir y establecer la medida de cada uno. No eran celos. O, al menos, no sólo. Era la rivalidad entre ellos que se convertía en ataques de agresividad contra mí, preguntas sobre aquella noche y gritos de orgullo herido. Pero no podía negarme a verle, pese a temer más que nada esos encuentros, porque pagaba con generosidad esas tres horas en mi cama. 

  Y, de pronto, desapareció. Durante días, viví entre el alivio y la decepción. Temiendo su regreso, anhelando sus caricias. Pendiente de la puerta de “El Edén”. Un hilo de sudor me recorría la columna si entraba un cliente, que se convertía en temblor cuando veía que no era él. Así permanecí consumida en la ansiedad hasta que una madrugada lo encontré esperándome en la puerta de mi apartamento. 

  —He matado a mi hermano.

  Fue lo único que me dijo. 

  Sin darme tiempo a recuperarme, me empujó al interior del apartamento. Tenía espuma en los labios y los ojos se le salían de las órbitas. Me aterrorizó su semblante enajenado. Quise huir pero me cogió en sus brazos. Aferrado a mí, me cubrió de besos. Lloró y gritó.

  —¡Caín! ¡Caín!

  Con frases incoherentes me repetía una y otra vez que había matado a su hermano. Poco antes de que apuntase el alba, me pidió que huyera con él. Yo más enajenada que él, metí cuatro cosas en una bolsa y subí en la Harley hacia un futuro incierto. 

  No sé cuánto tiempo estuvimos huyendo de nuestro destino. Dormíamos durante el día en los campos templados por el sol de octubre y cuando oscurecía, emprendíamos una carrera loca por carreteras solitarias. Malcomíamos en sucios tugurios entre gente que sabíamos que podíamos fiarnos porque también tenía mucho que ocultar. 

 Alguna vez me hacía el amor con la misma furia con la que pisaba el acelerador de la Harley. Cada vez más taciturno, más colérico. Pronto me di cuenta de que me había convertido en una carga para él. No sólo sabía que había matado a su hermano sino que había perdido el atractivo que antaño encontraba en mí. No se atrevía a abandonarme no fuera a denunciarlo. Tampoco se molestaba a disimular su odio más y más implacable. 

 Un día me hizo el amor en un descampado. El amanecer asomaba tímidamente por el horizonte mientras yo rogaba al cielo para que terminase pronto. El sol paseaba sus dedos por la explanada haciendo renacer con su suave toque la desolación de ortigas y florecillas silvestres que nos rodeaba. Un rayo se columpió en su rostro malhumorado. Y entonces la vi. Detrás de la oreja izquierda: La marca de Caín.

  Mis miembros se paralizaron mientras los labios de Caín recorrían mi cuerpo. Un solo pensamiento me taladraba la mente: ¡Tengo que huir! Sabía que acabaría matándome. 

  Esperé que se durmiera y luego permanecí horas sin atreverme a moverme mientras urdía un plan. Pensé en matarlo antes de que me matase él a mí, pero tenía miedo de fallar y despertar su cólera. El día iba creciendo en tanto el sol ascendía a lo alto del cielo. Al mediodía, cuando Caín estaba en lo más profundo del sueño, me deslicé entre sus brazos. Sólo cogí mis zapatos de suela desgastada. Sin atreverme a volver la vista atrás, tomé la carretera que llevaba a una ciudad.

  Llevo tres año huyendo. Escondiéndome en lugares cada vez más oscuros y, hasta el momento, no me ha encontrado. A veces me engaño y creo que me he librado de Caín, que se ha cansado de buscarme. Pero sé que no es cierto. Vivo de vender mi cuerpo en locales más y más sórdidos. Estoy unos días, unas semanas, unos meses, y luego me voy.

 A veces, me despierto en brazos de un extraño y, al alzar la vista, aterrorizada mientras, creo ver detrás de una oreja una media luna, roja como mis labios: “La marca de Caín”.





*Este relato quedó entre los 25 finalista del I Concurso de relatos Yarning


**Imagen: Caín mata a Abel. Anónimo del siglo XII. Catedral de Monreale. Sicilia