lunes, 23 de noviembre de 2015

Rosas Rojas para Odetette






I Monsieur Lombard

En los años que duró la guerra contra los alemanes fui testigo de espantosas crueldades por parte del ejército nazi que helarían la sangre del hombre más insensible. También nuestros hombres se dejaron llevar a menudo por los instintos más bajos olvidando que debajo del pecho del enemigo latía un corazón humano. Yo mismo tomé parte en acciones que, si no hubiese estado protegido por mi uniforme de jefe de escuadrón del ejército francés, me hubieran conducido al cadalso. Durante esta terrible contienda y más adelante como miembro de la Resistencia, vi cuerpos desmembrados, mujeres mancilladas, niños que actuaban como alimañas... Pero nada me causó tanta impresión como las represalias contra una mujer colaboracionista de la que fui testigo en un pueblo de Bretaña después de la Liberación.

Ocurrió en la primavera de mil novecientos cuarenta y seis. No recuerdo muy bien cuando: en la memoria se me confunden las fechas. Pero sí puedo casi asegurar que fue un día más cercano a junio que a marzo.

Hacía poco tiempo que habíamos disuelto nuestro grupo de milicianos y aún no me sentía con fuerzas para enfundarme la toga de abogado, tras tantos años de lucha. No tenía familia ni ningún lazo que me uniera a ninguna ciudad. Mi esposa había fallecido de consunción antes de que estallara la locura de la guerra; tal vez Dios quiso evitarle el dolor que trajo al mundo la desmesurada ambición de Hitler. En los años que disfrutamos del amor y la compañía del uno y el otro, sólo una desgracia vino a oscurecer nuestra felicidad: no tuvimos hijos, pese a haberlos deseado desde que contrajimos matrimonio veinte años antes de su partida. Así que, cuando los aliados nos ayudaron a liberarnos de la bota germánica, preferí retrasar mi regreso a Nimes, la ciudad en la que fuimos tan dichosos. Casi ocho meses después de su liberación, dejé París agobiado por el bullicio que se respiraba en nuestra capital. Quería descansar de tanto ruido que me había perseguido en los años anteriores y comprobar que el hombre que fui aún seguía vivo en mi interior. Compré un pasaje de tren sin apenas reparar por dónde me llevaban los raíles de la larga vía y me dispuse a emprender un viaje del que no conocía ni su destino ni su duración.

Me apeé muchas horas después en la estación de un pueblo bretón. Era noche cerrada y mis huesos se resentían después de tanto tiempo de forzada inmovilidad. Las calles estaban desiertas sin apenas más iluminación que la que me brindaban la luna y las estrellas del firmamento. Durante un rato, anduve vagando por empedradas calzadas sin más compañía que la de algún gato que se cruzaba en mi camino. Mi vista buscaba algún lugar donde protegerme del frío de la noche, pero según avanzaban los minutos, me iba convenciendo de que la única almohada que recogería mis sueños sería una piedra del sendero y la única manta que me arroparía sería el cielo raso. A punto estaba de desesperar cuando encontré a un lugareño al que pude preguntar por un lugar donde hospedarme. Me indicó una casa donde daban comida y habitación por unos pocos francos, no muy lejos de la calle en la que me encontraba. Se ofreció a acompañarme, para que la que sería mi casera en los siguientes meses no desconfiase de las intempestivas horas a las que llamaba a su puerta.

Madame Gullon era la viuda de un suboficial muerto en Verdún durante la Gran Guerra. Me ofreció una habitación en la que no había más que una cama desvencijada y un armario de tres cuerpos de caoba oscura, pero con el lujo de una ropa limpísima. ¡Ah! También me regaló con la cena más sabrosa que he disfrutado en mi vida. Se trataba de una mujer de unos sesenta años envejecida por los avatares de la vida que transitaba por este mundo sin más compañía que la de un periquito que ponía música con su canto al monótono transcurrir del tiempo. Tal vez la falta de un oyente hizo que la viuda del suboficial acogiera mi estancia con tanta alegría. En pocos días supe a través de su amena conversación de las aventuras y desventuras de los vecinos del pueblo. No había nacimiento, boda o funeral del que no me diese cuenta con su pronunciado acento bretón y su conversación sazonada de palabras lugareñas y chispeantes. No crean que para mí era un fastidio escuchar su charla; por el contrario aliviaba la soledad que me embargaba entonces y amenizaba mis comidas.

En aquel pueblo era poco lo que podía hacer. Si el tiempo era propicio, cogía un bastón, que más me servía de compañero que para facilitarme mi caminar, y salía a recorrer sus calles o me adentraba en su campiña y subía por una colina hasta llegar hasta una ermita de traza normanda desde donde se divisaba todo el valle. Sólo si nos visitaba la lluvia, me quedaba en casa de Madame Gullon escuchando las noticias de la radio. Pero, como digo, aprovechaba cualquier débil rayo de sol para estirar mis piernas y explorar los parajes de la región. Alguna vez encontraba en mis andanzas a una joven que transitaba desde su bicicleta los mismos caminos que yo y, que según se acercaba el verano, alegraba mis ojos con vistosos vestidos floreados. Aún me parece verla. Tendría entre veinticinco y treinta años. El cabello castaño con reflejos dorados le caía como una cascada de miel añeja sobre sus jóvenes hombros y una melancólica sonrisa apenas asomaba a los labios. Las idas y venidas por aquellos senderos se convirtieron en costumbre y, a las pocas semanas, la presencia de la joven era el acontecimiento del día más esperado por mí. En cuanto la divisaba pedaleando en sentido contrario a mi caminar, la saludaba tocando el ala del sombrero con la empuñadura del bastón. Una sonrisa iluminaba su bello rostro y, al pasar a mi lado, un delicioso “Bonjour” me endulzaba la mañana. Durante nuestros paseos, no llegamos a intercambiar más que tales breves cortesías, pero yo ya me sentía como si fuese un viejo conocido suyo y el día que no disfrutaba de tan fugaz encuentro, un vago sentimiento de inquietud inundaba mi pecho.

Supe por Madame Gullon que su nombre era Odette. No diré su apellido porque su padre fue un oficial de alta graduación muy conocido en toda Francia. Hasta el final de la guerra, se le dio por muerto después de estar prisionero en el campo de concentración de Struthof-Natzweiler, mas tras la liberación, fue hallado en Dachau por los americanos medio enloquecido y sin saber muy bien quién era. Pero dejemos a su padre. Como decía, la joven se llamaba Odette y había sido la maestra del pueblo hasta unos meses antes del desembarco aliado en Normandía. Al inició de la contienda, se había quedado sola con su madre cuando su padre y su hermano partieron al frente. Para matar las largas horas de hastío y, por qué no decirlo también, para ayudar a su madre en la casa, se había ofrecido, junto con una amiga, a reabrir la pequeña escuela que se había quedado sin maestros por la guerra. Allí enseñaban las primeras letras y los rudimentos de las cuatro reglas de los números a niños y niñas harapientos, que más acudían a la escuela por el vaso de leche que les esperaba que por afán de saber. Fue una maestra querida hasta que los alemanes ocuparon el pueblo...

Madame Gullon no quiso contarme más. Nada de lo ocurrido después de la llegada del ejército germánico escapó de sus labios. Mas su mirada lo dijo todo y yo tampoco quise preguntar por no empañar la imagen de la joven Odette.

Llevaba casi dos meses en la casa de Madame Gullon cuando comenzaron las depuraciones de los colaboracionistas. En los más de cuatro años que habían permanecido los alemanes en el norte de Francia, quien más y quien menos había tenido alguna relación con los nazis. Con la misma rapidez que el pueblo se había tornado en amigo complaciente de los invasores, se volvió después un justiciero hambriento de venganza. He de decir que no me siento capaz de juzgar a mis compatriotas ni en uno ni en otro caso. El miedo a ser señalados, a convertirse en parias, o a perder el pan de la boca de sus hijos hambrientos puede convertir en verdugos a bondadosos ciudadanos que, en tiempos de bonanza, jamás hubieran hecho daño a un gorrión. Me consta que en toda nuestra Francia hubo muchos hombres y mujeres que se acostaron entonando el grito de “¡Heil Hitler!” y se levantaron con el de “¡Viva De Gaulle!” en sus labios. Tal vez les agobiase el peso de la conciencia. No lo sé. Lo cierto es que tales ciudadanos fueron, pondría la mano en el fuego por ello, los que con mayor celo persiguieron a sus hermanos los colaboracionistas. No crean que olvido a aquellos que perdieron familia, bienes y dignidad bajo la bota germánica. También los hubo y muchos. Y, en los meses que siguieron se extendieron como la pólvora por nuestro amado país las delaciones, los saqueos de las casas de los que caía la sospecha, el ultraje de sus mujeres y otras innumerables atrocidades de las que supe por las historias que me contaba mi hermana en sus cartas.

En el pueblo donde me encontraba la persecución de los colaboracionistas comenzó, como digo, semanas después de mi llegada. Mi casera me informaba cada mañana durante el desayuno de detenciones de familias enteras. Al principio contaba con horror cómo las tropas gaullistas entraban en las casas de vecinos respetables después de que una denuncia anónima los señalara como amigos de los alemanes. Se los llevaban detenidos y días después aparecían en una cuneta con un disparo en la sien. Con el paso del tiempo, la postura de Madame Gullón se fue volviendo más comprensiva hacia los delatores. Hablaba de las atrocidades de los nazis como si éstas sólo hubiesen sido posible con la ayuda de franceses traidores; como si muchos de tales colaboracionistas no se hubiesen visto abocados a relacionarse con los alemanes para evitar males mayores. Perdone mis palabras. No justifico ni mucho menos a los traidores; sólo denuncio los excesos. ¿Acaso no habíamos combatido a los nazis, dejando por el camino tantas vidas, para acabar con la barbarie?

Una mañana poco antes de salir a dar mi paseo diario, el fuerte murmullo de un tumulto vino a turbar mi tranquilidad. Debía de ser domingo o algún día festivo porque recuerdo que, momentos antes, había visto desde la ventana de mi dormitorio a unos niños jugando con su aro y a unas muchachas paseando mientras lucían sus mejores galas. Movidos por la curiosidad, Madame Gullon y yo nos asomamos al balcón de la salita. Vimos un grupo ingente de lugareños que avanzaban con paso rápido hacia la plaza mientras dirigían gritos de ¡¡a ella, a ella!! a alguien que iba delante de la multitud. Incapaz de permanecer sin hacer nada, cogí el sombrero y, sin que los ruegos de Madame Gullon pudiera impedirlo, salí por el gran portalón para unirme a la muchedumbre. Pude ver cómo salía más y más gente de las casas vecinas; hombres, sobre todo, aunque también había mujeres y algún que otro niño. Éramos muchísimos. Nunca pensé que viviéramos tantos en el pueblo Los gritos se hicieron más elevados cuando llegamos a la plaza. Con mucho esfuerzo, logré acercarme al centro donde habían improvisado una especie de estrado que me recordó el cadalso de los tiempos de la guillotina.

Y entonces la ví. A Odette. La traían entre dos hombres, con los vestidos desgarrados y el pelo enmarañado. Cuando la multitud se percató de su presencia, elevó el tono de los gritos; los insultos se hicieron más y más ultrajantes. Le lanzaban piedras y objetos, algunos de los cuales lograron alcanzar su bello rostro. Uno de los acompañantes, extrajo de un portafolios un pliego de papel y, en un simulacro de juicio, leyó la lista de cargos que tenían contra la joven. Aunque la ristra de acusaciones era muy larga, todo se reducía a haber mantenido relaciones con un alto mando alemán y, como consecuencia, haber dado a luz un bastardo. Cuando terminó de leer el pliego de cargos, el otro hombre que venía con ella emitió su veredicto sin esperar a escuchar la palabra que Odette nunca pronunció. La condenó al escarnio público. Cortaron su abundante melena y rasuraron su cabeza a la vista de todos. El pueblo enardecido lanzaba insultos y se mofaban de ella con calificativos cada vez más groseros. Mientras tanto, yo asistía paralizado a tan cruento espectáculo. Incapaz de hacer nada, me aparté de aquella enfurecida multitud, buscando un rincón solitario donde desahogar mi corazón cuajado de lágrimas. Dirán que un hombre como yo, acostumbrado a presenciar las mayores brutalidades en el frente y en la Resistencia, no debería haberse impresionado por un suceso a todas luces menos cruel. Pero en él no vi sino la inocencia escarnecida e indefensa ante la sinrazón del odio descontrolado.

Vagué por las calles del pueblo sin fijarme adónde me llevaban mis pasos. No sé cuánto tiempo estuve en aquel deambular sin rumbo en el que la rabia y el dolor pugnaban por hacerse con mi alma. Un sentimiento de odio se iba apoderando de mí. Odio contra aquella muchedumbre ciega y sorda a la compasión; odio contra mí mismo por no haber sido capaz de parar aquella barbarie. Los gritos de la muchedumbre se oían cada vez más lejanos. Acabé en la ermita que había en lo alto de la colina y, arrodillado ante el Cristo yacente que albergaba una urna, no sé si pedí para todos nosotros clemencia o venganza; misericordia o fuego eterno.

Hasta el día siguiente no le conté nada a Madame Gullon. No me sentía con fuerzas. Debo decir que la pobre mujer se deshizo en lágrimas silenciosas cuando oyó mi relato. Por ella supe después que Odette había buscado refugio en casa de una amiga donde yacía semiinconsciente. Una semana después, mi casera se animó a hacerle una visita. Con la excusa de protegerla de posibles agresiones por mantener trato con una colaboracionista, me ofrecí a acompañarla.

En aquella visita apenas la pude ver. Me causó una gran impresión contemplar su actitud humillada: los ojos bajos y la cabeza oculta bajo un pañuelo para no dejar a la vista su vergüenza. Estuvo un momento ayudando a la dueña de la casa a servir el chocolate con bizcochos con el que nos agasajaron y después se retiró a su habitación. La amiga de Odette no quería hablar mucho de ella pero sí que nos contó que llevaba varios días sin pronunciar más palabras que algunos monosílabos y ocupándose de su hijo. Aunque el médico no había encontrado ningún daño apreciable en su cuerpo, las heridas de su alma eran muy profundas y tardarían aún mucho tiempo en cicatrizar. Permanecimos en aquella casa algo más de una hora y salimos con la promesa de volver al día siguiente. A partir de entonces las visitas vespertinas se repitieron no diré que todas las tardes pero sí casi todas. Con el transcurso de los días, Odette iba acostumbrándose más y más a nuestra compañía. Se sentaba en silencio en un rincón de la habitación con una labor de punto entre las manos, escuchando atentamente nuestra sencilla conversación. De vez en cuando levantaba la vista de las agujas y nos dirigía una melancólica sonrisa. Alguna vez se oía el llanto de un niño de pocos meses, me parecía a mí. Cuando esto ocurría, se levantaba de su silla y entraba en la habitación que había junto a la salita, donde permanecía hasta que se apaciguaba el bebé.

No volví a verla durante mis paseos de la mañana: Odette dejó de coger la bicicleta y salir a la calle. Pero, el día antes de mi partida, la encontré en las inmediaciones de la ermita. Me acerqué a ella y, después de caminar media hora junto a ella, conseguí que me contase su historia, mientras fumaba un cigarrillo tras otro.

II Odette

Hasta la firma del armisticio, en el pueblo nadie parecía haberse enterado de que había habido una guerra. Es cierto que los hombres habían marchado al frente y algunas familias sufrimos la pérdida de nuestros seres queridos; pero la vida en la pequeña población siguió con su parsimonia de siempre. A veces nos sorprendía el fragor de la batalla que se oía a lo lejos, al otro lado del valle. Pero nos parecía el sonido de otro mundo: un mundo que no tenía nada que ver con nuestras dichas y desdichas cotidianas. Nada cambió para los habitantes de este pueblo hasta que el ejército germano se convirtió en un vecino más.

Cuando los alemanes llegaron al pueblo por primera vez hacía pocos días de mi vigésimo cuarto cumpleaños. Lo recuerdo bien porque llevaba un vestido color caramelo que había confeccionado mi amiga Madeleine para regalármelo. Llegaron en sus jeep, sus KDF Wagen, sus camiones imponentes, sus motocicletas, y se quedaron una o dos semanas. Después tomaron la carretera que lleva a Sant-Mitchel-en-Greve dejando tras de sí una nube de polvo. Unos días más tarde llegó otro destacamento militar que tampoco permaneció mucho tiempo en el pueblo; luego vino otro y después otro. Finalmente, un destacamento hizo del viejo castillo del marqués Duvais su cuartel permanente. Nos acostumbramos a las idas y venidas por nuestras calles de aquellos hombres altos y fuertes que apenas se relacionaban con nosotros. La mayoría eran soldados rudos que atemorizaban con sus voces atronadoras y sus palabras en una lengua que a mí me sonaba tan dura.

La gente del pueblo mostrábamos sentimientos encontrados hacia los ocupantes. El odio hacia quienes habían arrebatado las vidas de tantos seres queridos se manifestaba en una hostilidad sorda que no siempre el miedo al castigo lograba esconder. Pero, con el tiempo, la costumbre de encontrar nuestras calles repletas de aquellos militares hizo que los contempláramos como parte de la vecindad. Ni siquiera parecía molestarnos el toque de queda, que nos confinaba en casa al caer la tarde. Algunas veces Madeleine y yo espiábamos a los más jóvenes desde algún rincón oculto mientras comentábamos, entre risas apenas ahogadas, cuál nos parecía más guapo, cuál más feo. Pero, como le digo, Monsieur Lombard, con el paso de los días, nos fuimos haciendo más y más indiferentes a la presencia de aquellos militares que ocuparon nuestro pueblo.

Por aquel entonces mi madre y yo aún estábamos tratando de acostumbrarnos a vivir solas. A mi hermano Antoine lo habían matado al principio de la guerra en algún lugar del Sarre y a mi padre lo habían cogido prisionero y no sabíamos dónde se encontraba, si estaba vivo o muerto. En casa yo intentaba aliviar el desconsuelo de mi madre y mi madre trataba de apaciguar el mío, pero lo único que conseguíamos era acrecentar nuestro dolor. Así que, en cuanto podía, me escabullía y cogía la bicicleta para ir en busca de Madeleine. Tal vez le parezca que me mostraba insensible al sufrimiento de mi querida madre; nada más lejos. Pero sí es verdad que era joven y en mis venas, junto a la sangre, corrían las ganas de vivir.

Precisamente fue idea de mi amiga que nos ofreciéramos para reabrir la escuela que cerraron cuando Monsieur Albert, el maestro, se unió al ejército. Al principio no me convencía mucho el plan. Una cosa era salir un rato a dar un paseo y otra muy distinta dejar sola a mi madre casi todo el día. Pero fue precisamente ella, mi madre, la que acabó persuadiéndome con la excusa de que nos vendría bien un poco de dinero. Así que yo me hice cargo de los alumnos más pequeños, de seis y siete años, mientras Madeleine se ocupaba de los que eran mayores. Debo decir que no era mucho lo que enseñábamos. La mayoría de las veces pasábamos el día jugando con los niños y peinando las coletas de las niñas. Cuando el sol nos regalaba con su presencia, salíamos de excursión a recoger las flores del campo, las únicas joyas que en tiempos de penurias adornan nuestros cabellos. En los alrededores del pueblo la madre Naturaleza nos brindaba una paleta de colores sin igual: Los pasteles de la hortensia, el violeta de la flor del brezo, el amarillo de la de la retama o de la aulaga...

A las nueve de la mañana abríamos la escuela y a las cuatro de la tarde la cerrábamos. Entonces Madeleine y yo corríamos a mi casa donde mi madre nos esperaba con una taza de chocolate, que sabía a cualquier cosa menos a chocolate, y unos bizcochos rancios que, hambrientas tras pasar el día sólo con un mendrugo de pan negro, nos parecían delicias celestiales. En la salita se podían oír todo el día las alegres canciones con las que “Radio París” intentaba hacernos la vida más agradable a los franceses en aquellos tiempos de incertidumbre tras la firma del armisticio. A Madeleine le encantaba Maurice Chevalier. Siempre tenía en los labios la tonadilla de alguna de sus canciones: “On se rappelle toujours sa premier maîtresse / J´ai gardé d´la mienne un souvenir pleine d´ivresse...” Pero yo prefería a Mistinguett: Mon homme, Pour etre hereux, Tout ca c'est pour vous, Ca est Paris... Cuando la radio nos obsequiaba con su voz, mis pies se lanzaban solos a bailar las alegres melodías. Podría cantar una tras otra cada una de sus canciones sin confundir ni una sola palabra: “Quand on m´voit/ On trouve j´ai ce petit j´ne sais quoi...”. Se nos podía pasar la tarde sin sentirla escuchando y bailando las canciones de “Radio París”. Y mi madre, que nos contemplaba desde el sillón que había junto a la ventana con la labor entre las manos mientras susurraba bondadosamente “¡qué muchachas!, también disfrutaba en aquellas tardes en las que el sufrimiento no traspasaba la puerta de aquella pequeña habitación.

A Helmut lo conocí a mediados de abril. Bueno, aún tardaría en ser Helmut pues a quien conocí aquel día fue al Comandante Branhauer. La manera en que tropecé con él parecería sacada de una de esas novelillas sentimentales y nuestra historia podía haber sido igual de almibarada que las que en ellas se cuentan de no ser porque el dolor que vino después fue real y sin posibilidades de que un final feliz pueda borrar tanto sufrimiento.

Era una tarde de domingo. El cielo lucía sus mejores galas. El azul intenso no era empañado más que por unas pocas nubes algodonosas. Después de comer mi madre dio unas cabezaditas acomodada en su sillón con Mizzi, el gato, enroscado como un ovillo sobre su regazo y el rosario resbalándole de las manos. Como no quería turbar su descanso, salí a dar un paseo con la bicicleta. Al dejar atrás el pueblo, la brisa perfumada del aroma de la retama me fue marcando el camino. Una sensación de gozosa libertad inundó mi corazón. Pedaleando alegremente, fui ascendiendo por la colina hasta llegar a la Ermita de Cristo Yacente. Luego bajé por la ladera que lleva al otro lado hasta el valle. Bajaba por la cuesta con la alegría de la juventud, disfrutando de un paisaje vestido de primavera mientras tarareaba una canción. Tomé una curva a velocidad excesiva, se desequilibró la bicicleta e, incapaz de recobrar la postura, me caí sobre el tobillo mientras un KDF Wagen negro y reluciente venía hacia mí en sentido contrario. Sin que me diese tiempo a asustarme ante el peligro de ser atropellada, el vehículo se detuvo al otro lado de la calzada y, después de abrirse la portezuela, se bajó un oficial alemán que se dirigió hacia donde yo me encontraba. Me habló en un francés mucho más correcto que el de muchos de nuestros compatriotas y con palabras tranquilizadoras se interesó por lo que había ocurrido. Tras comprobar que no me había lastimado más que el tobillo, regresó al coche para volver enseguida con un maletín. Con mucha delicadeza, casi con mimo, me vendó el pie y, al terminar, me ayudó a subir al vehículo y se dirigió al conductor en alemán para que guardase la bicicleta en el maletero y nos condujera a mi casa, a la dirección que yo le había dado.

Al día siguiente apareció en nuestra casa al atardecer. Me trajo el ramo de rosas rojas más bello que he visto en mi vida. Quería, dijo, saber por él mismo cómo me encontraba. Mi madre y yo intentamos agradecerle su ayuda del día anterior, pero él rechazó toda palabra de reconocimiento. Pese a no permanecer en casa más de diez minutos, a mí me bastó para observarlo con detenimiento. El Comandante Branhauer tendría unos treinta y cinco años. Era tan alto que había de inclinar un poco la cabeza para poder traspasar las puertas de nuestro humilde hogar. Y guapo, muy guapo; con los ojos de un azul oscuro, como zafiros pulidos, y la mirada más dulce que se pueda uno imaginar. Bastaron esos diez minutos para que me abandonase el sosiego y no lo volví a recuperar hasta el día siguiente, cuando repitió la visita.

Mientras la torcedura del tobillo me impidió salir de casa, no hubo día en la que no se acercase a nuestra casa al atardecer para interesarse por mí. Al principio, apenas cruzaba el umbral y nos dirigía unas corteses palabras; mas, a la semana, ya se sentaba en la salita y se enfrascaba en una amena conversación con mi madre. Cuando mi pie recuperó casi su estado normal, vino una tarde a recogerme en su flamante automóvil conducido por su ordenanza que nos llevó a un llano al otro lado de la ladera para que pudiese dar un pequeño paseo. Debió ser el nerviosismo, no lo sé. Lo cierto es que, cuando me di cuenta de que estaba sola con él, mi lengua se desató y, como si tuviera vida propia, no dejó de hablar hasta que emprendimos el camino de regreso a casa. Yo le contaba los recuerdos de mi infancia, mis esperanzas, mis ilusiones; cómo alguna vez dejaría el pueblo para irme a París donde pondría una tienda de ropa. Mi padre nos había llevado a la capital a mi hermano y a mí cuando éramos niños y aquel viaje había dejado en mi alma una huella muy profunda. El nombre de París me sugería palabras como luz, sueños o felicidad. Sólo el estallido de la guerra impidió, no, retrasó mi partida a la capital.

El comandante Branhauer me escuchaba con mucha atención, como si las tonterías que le contaba no fueran cosas sin importancia; como si de mis labios no salieran sino estrategias militares de vital importancia para el futuro de su país. Aquel día, él habló poco, pero en las tardes que se sucedieron, pude saber más sobre el comandante alemán que me estaba robando el corazón. Como si fuese fundamental para él, lo primero que me dejó claro es que no era ni nunca había sido miembro del partido nazi. Su familia, procedente de la Alta Sajonia, era de una larga tradición militar. Su padre y sus tíos habían combatido con honores en la Gran Guerra y tanto su hermano mayor como él habían ingresado en el ejército tras terminar los años de colegio. Apenas me dijo más de sí mismo sino que tenía dos hermanas mayores. No las veía con frecuencia; sólo en celebraciones familiares pues vivían con sus respectivos maridos e hijos en ciudades muy alejadas de la casa paterna. Me hablaba con ternura de su familia, con entusiasmo de sus amigos; más nunca hizo mención a la guerra, que seguía asolando pueblos al otro lado de la frontera de Francia, ni se refirió a Hitler o a la política de su país.

Muchas mañanas de domingo, el ordenanza me traía una carta suya en la que me invitaba a pasar el día en los pueblos de los alrededores. Al principio me invadía el temor a que mi madre no me permitiera salir sola con él para no atentar contra el decoro. Me demoraba entonces casi hasta el último momento y no le decía nada hasta unos minutos antes de partir. Pero, para mi sorpresa, no sólo no ponía ninguna objeción, sino que me alentaba a estrechar más y más mis lazos con el que ya era para mí Helmut, con la esperanza de que me hiciese algún día su esposa. ¡Qué mayor orgullo para ella que su hija se casara con el que tenía todo el poder de la región! No sabía mi querida madre que yo no necesitaba que me animasen mucho para aceptar la dulce compañía del comandante alemán. Cada día que pasaba me sentía más hechizada con sus modales corteses cuando me abría la portezuela del coche o cuando me tocaba levemente el codo para ayudarme a cruzar la calle de alguna pequeña ciudad; y me asombraba con su delicadeza cuando, al irme a recoger a mi casa, me regalaba un ramo de rosas rojas que había cogido del jardín del castillo donde se alojaba su destacamento. Y sé, porque una mujer siempre lo sabe, que él sentía lo mismo por mí. Más de una vez sorprendía en él una mirada de soslayo que más parecía la de un sediento viajero que, después de atravesar el desierto durante días y días, encuentra un oasis al final del camino. Con el paso del tiempo se fue instalando entre nosotros la tensión de la pasión insatisfecha, hasta que una tarde nuestros labios se buscaron y se fundieron en un beso.

Un día me sorprendió con una invitación a pasar el fin de semana en París. En esta ocasión sabía que mi madre no iba a transigir tan fácilmente. En el pueblo ya se murmuraba de nosotros y, aunque hubo más de un vecino que acudió a mí en busca de favores del poderoso comandante, sabía que, si cometía algún desliz, no tendrían piedad conmigo. Sé de sobra que había muchas jóvenes deseosas de ocupar mi lugar y que las madres de muchas de ellas estaban dispuestas a sacrificar la honra de sus hijas por deleitarse con un trozo del pastel de los que detentaban el poder. Es curioso, ahora lo pienso, lo pronto que habíamos olvidado que aquellos alemanes eran los mismos que mataban a nuestros padres, hermanos, maridos o novios antes del armisticio; cómo no queríamos ver que todavía quedaban muchos prisioneros, desaparecidos, y hombres y mujeres que, en la clandestinidad, seguían luchando contra el invasor.

Pero, como le estaba diciendo, a mediados de septiembre Helmut me sorprendió con la invitación a un viaje a París, la ciudad de mis sueños. Angustiada por tener que decírselo a mi madre, pasaba las noches en vela dándole una y mil vueltas. Hasta que mi querida Madeleine se ofreció a acompañarnos y a contar a mi madre que su prima, que vivía en la capital, nos había invitado a pasar los dos días en su casa. ¡Qué ingenuas éramos entonces! No nos dábamos cuenta de que en aquellos tiempos de tantas incertidumbres y aflicciones las jóvenes como nosotras no viajaban solas para ir a visitar a sus alegres primas de la gran ciudad. Pero si mi madre o la suya dudaron en algún momento de nuestra historia, ni lo dijeron ni dieron muestra alguna de ello.

De mi París soñado sólo traje un amargo recuerdo que borró todos los momentos de dicha que viví con Helmut. Huyeron de mi memoria los besos a la luz de la luna, el recorrido por el Sena mecidos por el vaivén de sus aguas, los libros de segunda mano que compró Helmut a unos bouquinistas o las rosas rojas del mercado de las flores en la plaza Louis Lepine. De aquellas horas de libertad sólo me quedó la vergüenza y la humillación que sentí cuando me llevó a cenar a Maxim's. Era éste el restaurante favorito de los oficiales alemanes desde que en junio de mil novecientos cuarenta cenara el mariscal Goring. Antes de entrar por su magnífica puerta, ya me sentí fascinada por el vigilante de la puerta tan elegantemente engalanado. Luego, las vidrieras del techo, las paredes con aquellas pinturas de mujeres exquisitas, los espejos de formas maravillosas, las lámparas de coloridos cristales... Toda aquella decoración tan diferente a lo que había visto hasta entonces y que, me contó Helmut, no era otra cosa que la armonía del art nouveau. Y cuando mayor emoción sentía por estar en tan bello lugar, vi cómo un oficial alemán sentado a una mesa me recorría de arriba abajo con una mirada que desbordaba lujuria. Sólo entonces pude contemplar la imagen que otros veían en mí: la imagen que el velo del amor me había ocultado. En uno de sus maravillosos espejos vi a una joven a la que la ropa que le había prestado la prima de su mejor amiga para lucir elegante le hacía parecer una mujer que se vendía por unos francos, por un fin de semana en París, por una cena en Maxim's. A ese precio había vendido a la muchacha ingenua e inocente que había sido sólo unos meses antes. Tuve que hacer un gran esfuerzo para que las lágrimas no asomasen a mis ojos; para que mi atento acompañante no se percatase de mi estado. Y, desde aquel instante, mi sueño de princesa enamorada se quebró en mil pedazos.

Desde junio del cuarenta y cuatro, el avance de los aliados por nuestras tierras francesas fue tan rápido como la retirada de los alemanes. Después de cuatro años volvíamos a oír el ruido de las bombas, de los obuses, de las metralletas... Renació la esperanza de recuperar nuestra Francia y en mi corazón brotó el miedo a perder a Helmut. Un día se despidió de mí prometiéndome regresar cuando todo acabase. En medio de mis lágrimas no pude decirle que esperaba un hijo suyo.

Otro día empezaron a volver los desaparecidos: el alcalde, el maestro, mi tío. Mi padre.

Mi padre nunca me perdonó. Su mirada de hielo resbalaba sobre mí hiriéndome con su odio, con su desprecio. A mi hijo nunca le hizo daño, pero jamás puso sus ojos sobre él ni le dirigió una palabra ya no digo afectuosa, ni siquiera un gruñido que le hiciera saber que su abuelo se hacía cargo de su presencia. Cuando comenzaron las depuraciones, fue él el que con más empeño denunció a los colaboracionistas. Bastaba una leve sospecha para que pusiera todo su fervor en acción. Nadie escapó a su venganza justiciera. Nadie. Ni siquiera yo. Su hija. No crea que le culpo. ¿Cómo iba a comprender lo que hubo entre Helmut y yo? Después de todo lo que había sufrido él primero en el frente, luego en Struthof-Natzweiler, después en Dachau, ¿cómo no iba a ver en mí a una traidora y en mi hijo el fruto de la traición? Pero comprendiéndolo, no deja de dolerme.

A veces pienso que debería coger a mi hijo y marcharme a París. Empezar una nueva vida; darle la oportunidad de dejar atrás el estigma de ser hijo bastardo de un alemán. Pero luego recuerdo la promesa de Helmut y pienso que debo esperarlo para que, cuando regrese, nos encuentre.


***

Al día siguiente, tomé el tren de las cinco de la mañana que me llevó de regreso a París. Atrás se quedó un trozo de mi corazón que no lo he recuperado nunca más. A Odette no volví a verla antes de mi partida, ni he vuelto a saber de ella en todos estos años que han pasado desde que me despedí de ella junto a la ermita. Pero quiero creer que consiguió dejar tras de sí todo el odio que la rodearon; que alcanzó la dicha merecida junto a su hijo