lunes, 16 de noviembre de 2015

Balada para Coral



I. Jaime.

Cuando crucé la puerta de cristal con Luis y Charo, apenas podía entrar una persona más en el café. El ruido de las tazas y los vasos se confundía con el murmullo de las conversaciones, ahogando al piano que dejaba escapar las notas de una música que a mis oídos nada entendidos, les pareció jazz. Intentando escuchar la historia que estaba contando Charo, me vi sorprendido por una voz desgarrada y sensual que, de repente, sobrevoló todo el local apagando los sonidos que, hasta entonces, pululaban a mi alrededor. Las palabras de Charo se perdieron entre el humo de los cigarrillos y mis sentidos quedaron prendidos en una canción que me acompañaría toda la semana siguiente. “Lie to me”.

Fue en ese momento cuando la vi. Me conmovió su aspecto entre desvalido y distante, que me empujaba a acercarme con afán de protegerla al tiempo que temía ese mismo acercamiento. Llevaba un vestido negro corto que se ajustaba a su silueta como si fuese una prolongación de ella misma y unos zapatos de tacón bajo que la hacían parecer una niña. Casi no se la distinguía, subida a la tarima del pequeño escenario, sin más compañía que un pianista y el foco de luz que la rodeaba. Sus movimientos, suaves y delicados, se dirían animados por una brisa imperceptible. No llevaba más adorno que su melena rubia, que apenas le rozaba los hombros, y unos pendientes de coral: los únicos objetos de valor que le conocería. Y, a pesar de su aspecto desvalido y algo infantil, le bastó empezar a cantar para que todo el local se llenase de su voz. No puedo saber lo que sintió el público al oírla. Para mí fue como si me transportara a un lugar donde no estuviéramos más que ella, yo y el dolor que se enredaba en su voz. A lo largo de mi vida he oído voces mucho más dulces que la de Coral, su nombre según me dijo un camarero; voces mejor afinadas que la suya, más graves o agudas y con más matices. Y he disfrutado con cantantes que calificarlos de ángeles dejaba de ser un tópico para convertirse en una certera descripción. Pero ninguna de esas voces me hicieron sentir aquella unión de sentimientos: como si cada canción fuera destinada nada más que a mí.

Esa noche, entre copa y copa, la estuve escuchando cantar una tras otras versiones de viejos temas de Sting a ritmo de jazz y en cada una de ellas creí oír un mensaje que sólo ella y yo entendíamos. Pese a llevar meses ilusionado planeando un reencuentro con mis antiguos amigos de la universidad, la atención se me escapaba hacia el escenario y mi mente, distraída, volaba hasta posarse en el hombro desnudo de Coral. En más de una ocasión, Luis quiso arrastrarme hasta un pub que había no muy lejos de allí, pero supe resistirme y no me dejé convencer hasta pasada la medianoche, cuando Coral terminó su actuación.

La noche siguiente, atravesé la ciudad y, antes de que abrieran el café, ya andaba rondando su puerta acristalada. Sentí su llegada antes de verla bajar por la empinada acera que venía de La Calle Mayor. No me costó reconocerla a pesar de venir vestida con unos tejanos y una camisa blanca, a pesar de llevar su rubia melena recogida en una coleta baja. Su aspecto desvalido que impelía a protegerla era inconfundible. Pasó a mi lado sin verme. Su mirada voló por encima de mí como si fuese parte del mobiliario urbano. No me atreví a decirle nada por temor a descubrir mi invisibilidad.

Ya dentro del café, me senté en la misma mesa en la que me iba a instalar cada noche en los dos meses siguientes con la esperanza siempre frustrada de que me dirigiese una sola mirada. Me hice conocido de los camareros, que me llamaban por mi nombre. Me dejé envolver por la fragancia de los densos perfumes de las mujeres que cada velada entraban en el café a tomar una o dos copas; mujeres acompañadas de parejas tan elegantes como ellas o solas en busca de aventura. Mujeres muchas de ellas más bellas y distinguidas que Coral y que, si hubiese querido, las hubiera atraído con un simple gesto. Pero que dejaban de existir tan pronto como la cantante hacía oír su sensual voz.

Me hice amigo de Charly, el pianista, que, al término de cada velada, se bebía uno o dos gin tónics conmigo. Entre sorbo y sorbo, evocaba la imagen de otros hombres que habían intentado acercarse a la bella cantante sin lograr de ella apenas un par de noches de gélida pasión: tal pasión sólo era posible en Coral. No sabía nada de su vida sino que a veces salía de su garganta la estrofa de una canción convertida en un grito desgarrado. Y el misterio que la rodeaba alimentaba las leyendas más disparatadas.

Detrás de las palabras del pianista creía entrever la rabia del amor despechado. Cuanto más me hablaba, más atraído me sentía hacia Coral y estaba convencido de que conmigo sería diferente, de que acabaría siendo mía.

Una vez me atreví a comprarle dos capullos de rosa a medio abrir, uno blanco y otro rojo, que le hice llegar por medio de un camarero con una tarjeta en la que se sólo escribí tres palabras: “Lie to me”, miénteme, en alusión a la canción que me la desveló. Esperé con impaciencia toda la noche una respuesta, convencido del poder de los dos capullos. Cualquier gesto me hubiese hecho feliz. Una palabra, una mirada, tal vez un beso enviado por el aire... No sé muy bien lo que esperaba. Pero lo que sí sé es que, olvidando las historias del pianista, no creía que me contestase con su silencio. Y aun así, no me sorprendió tanto su callada respuesta como la tristeza que me causó la decepción.

Lejos de sentirme vencido por el desaliento, seguí acudiendo cada noche a mi cita no concertada, precedido por los dos capullos de rosa y una tarjeta con el título de alguna de sus canciones. Se convirtió en una costumbre aguardar hasta la medianoche paladeando un gin tónic mientras Coral desgranaba con su voz sensual historias que me parecían anticipaban nuestro futuro. Delante de mí pasaba la vida de los que entraban y salían en el café mientras tejía ilusas fantasíaa en mi imaginación. Antes de apagarse las luces tomaba la última copa con el pianista. A esas horas tardías, la nostalgia se confundía con la tristeza que infunde el alcohol y las palabras del músico me llenaban de melancolía.

Ya había renunciado a toda esperanza de conmoverla cuando una noche la vi subir al escenario con el capullo de rosa de color blanco. Más sensual que nunca, estuvo cantando temas de Sade, la voz de ébano. Su cuerpo se movía suavemente al ritmo de la música, mientras la rosa recién nacida iba abriendo sus pétalos acariciada por su voz. “Smooth operator...” Mi corazón se llenó de esperanza más y más convencido de que al finalizar su actuación sería mía. Pero cuando cesó la música, Coral se me escabulló por la puerta trasera del local, dejándome una vez más solo con mi decepción.

Aquel juego de ignorarme e incitarme se repitió durante varias noches hasta que unas semanas más tarde, se subió a la tarima con el capullo rojo en el escote del vestido negro ajustado con el que la vi por primera vez. El capullo escarlata anunciaba algo más que la promesa de un acercamiento. Aunque no quería hacerme ilusiones que, una vez más, se podían ver agostadas, no pude evitar que la esperanza anidase en mi corazón. Y aquella noche mi paciencia se vería recompensada.

Al término de su actuación, se paseó entre las mesas sonriendo a los clientes entre provocativa e ingenua. Sin mirarme siquiera, fue aproximándose a mi mesa hasta sentarse en la silla que había junto a la mía. Como si continuáramos una conversación inconclusa, me preguntó:

—¿No te parece que hoy he desafinado en “Have you ever seen the rain”?

Me sobrepuse como pude a la sorpresa y negué con la cabeza mientras le ofrecía un cigarrillo para esconder mi turbación.

—¿Dónde quieres cenar? —le pregunté dando por sentado que pasaría la noche conmigo.

Sin contestarme, se levantó de su asiento y, sin volver la vista atrás, cruzó la puerta que había junto a la barra. La seguí hasta el cuartucho que hacía de camerino donde recogió su bolso. Con una mirada, me preguntó dónde tenía el coche y sin llegar a responderla, caminé ocultando mi nervioso asombro hacia el aparcamiento. A aquellas horas, casi de madrugada, no había ningún restaurante abierto, de manera que, sin decirle una palabra, conduje el coche hasta mi apartamento.

Improvisé una cena fría con unos tomates, queso roquefort y unos cuantas cosas más, que acompañé con una botella de Sauvignion. Coral apenas picoteaba la ensalada. Solo de vez en cuando se humedecía los labios en el líquido dorado. Pasó la noche contándome la última película que había visto, que ni siquiera recuerdo cuál era, más atento al brillo de su voz que a sus palabras. Ella no dejaba de hablar, como si, de ese modo, quisiera llenar los huecos de silencio que nacían de nuestro mutuo desconocimiento. Yo no desviaba la mirada de sus ojos buscando en ellos la suya, que siempre me rehuía. La veía mover las manos, cual gaviotas en el cielo, hablando como quien recita una lección bien aprendida, ignorando las preguntas que, sobre ella, le hacía. Y al despuntar el amanecer, como si obedeciese a algún desconocido rito, se desprendió del vestido negro, de las medias de cristal y simuló amarme con gélida pasión.

En los meses siguientes, a pesar de no separarme de su lado, Coral no llegó a ser para mí sino una desconocida que representaba el papel de amante para que yo aplaudiese la función. Jamás hablaba de sí misma más allá de algún comentario sobre sus canciones. Nunca la vi abandonarse a la risa ni logré arrancarle una lágrima de emoción con mi confesión más y más reiterada de amor. Nada la conmovía. Me daba los buenos días con la misma dulce sonrisa con la que agradecía los aplausos del público durante su actuación. Yo le hablaba de mi infancia, de mi galería de arte, de mis esperanzas en un largo futuro junto a ella. Pero eran inútiles todos mis esfuerzos por hacer brotar en Coral una chispa de emoción.

Y, no obstante, cuanto más inaccesible se mostraba, más enajenado me mostraba yo.

En mitad de la noche, me asaltaba el más pertinaz insomnio. Permanecía durante horas contemplándola mientras algo parecido a la compasión se diluía en mi interior ante su aspecto indefenso. La veía tan desvalida que me preguntaba si no era más poderoso mi afán de protegerla que mi amor por ella. Dentro de mí iba creciendo como una mala hierba la obsesión por conocer su pasado, donde, pensaba, podían estar las raíces de su enigmática gelidez; pero todo intento por indagar en su infancia y primera juventud se estrellaba con la pared de hielo de su silencio. Alguna de esas noches de insomnio en las que me torturaba intentando desentrañar el camino que tal vez me condujera a su corazón, Coral despertaba de su sueño de repente y, al verme contemplarla con tanta avidez, me colmaba de dulces besos que me quemaban los labios, tal era su frialdad.

A medida que pasaban los meses, iba alejándose más y más de mí, si es que alguna vez estuvo cerca. No era un alejamiento físico, pues apenas le permitía un minuto de soledad en cuanto dejaba la galería. Cuando estaba con ella, la asediaba con mis preguntas en un inútil empeño de aproximarme aunque no fuera más que un poco a lo que tan celosamente guardaba en su corazón: ¿de dónde era?, ¿cómo se sentía cuando estaba conmigo?, ¿me amaba?, ¿me odiaba?, ¿qué le hacía reír?, ¿qué llorar?... Pero mis preguntas sólo encontraban el muro de su silencio. En alguna ocasión, logró exasperarme tanto que tuve que salir de la casa con un portazo antes de golpearla para hacerla reaccionar.

Y, sin embargo, cada instante la amaba más y más. El miedo a perderla me causaba una angustia tal que me dolía físicamente.

Una noche, a la salida del café, tuvimos una de nuestras frecuentes discusiones en las que intentaba zarandear su ánimo con mis apremiantes preguntas mientras que ella se encerraba en su mutismo. Cada vez más enfadado acabé guardando también silencio. Las manos me temblaban en el volante mientras la llama de mi cigarro bailaba en la oscuridad. Sin darme cuenta, pisaba más y más el acelerador. La aguja del velocímetro sobrepasaba los ciento noventa kilómetros por hora y el Seat Ibiza parecía que fuese a partirse en dos. De pronto, oí un grito desgarrador y un golpe seco en los bajos del coche.

Miré a Coral, que, histérica, me gritaba para que detuviese el coche.

—¡Para de una vez!, ¡para, por favor!

Yo no era capaz de reaccionar. Ante el histerismo de Coral, creí que estaba herida.

—¿Qué te duele? ¡Te llevo al hospital!

—¡No, no, no! ¡Para el coche!

Me detuve en la primera bocacalle que encontré. Coral salió corriendo hacia donde había ocurrido el golpe. La seguí como pude pero apenas podía alcanzarla, tal era su velocidad. Cuando llegué a su lado, la encontré arrodillada en medio de la carretera llorando desconsoladamente mientras acunaba en sus brazos el perro ensangrentado que había atropellado en mi loca carrera por huir del dolor que me causaba el alejamiento de Coral. Posé una mano en su hombro, pero ella se retiró con brusquedad mientras sus ojos me lanzaban destellos cargados de odio.

II. Coral.
No quiero verlo. Que se vaya; que no me llame; que me deje tranquila;  que me olvide de una vez y se busque a otra. Y, con él, que se vayan todos los demás.

He cerrado la puerta del apartamento con el cerrojo para que nadie pueda abrirla desde fuera y he desconectado el móvil para no oír sus insistentes llamadas, sus verborreicos mensajes. Ni las quejosas llamadas de Charly, el pianista. Ni las maternales de Pepa, la dueña del café “Futuro perfecto” en el que cada noche me gano la vida que pierdo cada día. No quiero oír sus palabras almibaradas, que a saber qué esconden. Ni quiero leer sus mensajes zalameros con los que quieren hacerme creer que se preocupan por mí. No quiero sino que me dejen sola; sola con mis recuerdos.

Creí que habían desaparecido entre los pliegues de la memoria, muertos en el pasado. Pero sólo estaban dormidos. Hace nueve noches, despertaron con todo su vigor para atormentarme. Cuando tomé en mis brazos al pobre perro atropellado fue a mi pobre fiel Pip al que acaricié entre las orejas. Junto a mí, de nuevo el hombre que me apartaba de lo que más quería hiriéndome donde más dolía, mientras los coches que pasaban a mi lado me esquivaban en una extraña danza.

De nuevo me vi niña desvalida y sin posibilidad de consuelo; a merced de la crueldad del hombre. La niña que vivía con su madre en una aspirante a casa de sólo una habitación. Ante mí volvieron los míseros días en los que engañábamos el hambre con un huevo frito y un mendrugo de pan; las frías noches en las que hombres desconocidos acudían a desahogar sus soledades en la cama de mi madre por unas cuantas monedas. Pero también volví a ver a Pip, mi compañero de juego, la alegría de mis días, la compañía de mis noches.

Fue Pip el que me encontró y me adoptó. Camino de la escuela, se cruzó conmigo cuando pasaba por el río. Corrió alrededor de mis pies tropezando mi caminar. Era de color pardo con una mancha negra en el ojo como si de un parche de pirata se tratase. En su sangre convivían amistosas miles de razas de otros perros vagabundos. Cojeaba levemente, aunque eso no le impedía correr y saltar a mi lado, seguir mis perezosos pasos. Aquella mañana, hizo conmigo el trayecto hasta la escuela, donde me dejó. Para mi gozosa alegría, a la salida de clase, lo vi bajo un árbol esperándome para hacer el camino de regreso a casa y al día siguiente, volvió a custodiarme en mi trayecto de ida y vuelta a la escuela. Y al otro día, y al otro, y al otro, también. A la semana ya se llamaba Pip y a la siguiente, hizo su cama en el rincón del callejón al que daba la ventana de la salita donde yo dormía, como si quisiera velar mi sueño, como si quisiera espantar los horribles monstruos que, de tanto en tanto, me atormentaban.

Pronto su compañía se me hizo imprescindible. Si le perdía de vista aunque sólo fueran unos instantes, me parecía que el fin del mundo estaba cerca. Con él compartía juegos, trozos de pan y mortadela, confidencias a la luz de la luna. A él le hablaba del miedo que me causaban los desconocidos que visitaban a mi madre: los hombres de torva mirada que parecían ocultar oscuros pensamientos. Y le cantaba en voz baja las canciones que oía en la radio que mi madre siempre tenía encendida en la cocina.

A los once años, pese a tener aún la apariencia de una niña, empecé a sorprender en los visitantes de mi madre miradas extrañas que me llenaban de inquietud. Por aquel entonces, se hizo asiduo uno de ellos: un gigante, me parecía a mí, de manos fuertes y sarmentosas como garras. Llegaba cada día a media tarde y se quedaba a cenar con nosotras. Nos traía dulces e intentaba convencernos de sus buenas intenciones con almibaradas palabras. Y, a pesar de sus cariñosos gestos, no me gustaba encontrarlo cuando volvía del colegio repantigado en el sofá de la salita. Mi sofá, mi cama.

Poco a poco el hombre se fue apoderando de nuestra casa hasta hacerse dueño de nuestras vidas. Mientras mi madre se entretenía en la cocina preparando los platos que le gustaban, él me daba conversación distrayéndome de las tareas escolares. A pesar de sus intentos de ser amable conmigo, su presencia me producía una repulsión que, a duras penas, podía disimular. Me contaba chistes e historias que acompañaba de grandes risotadas que yo no sólo no comprendía sino que me causaban pavor. De manera que aprovechaba cualquier momento de distracción del hombre y en cuanto desviaba la vista de mí, salía corriendo de la casa en busca de Pip.

En primavera, el hombre se vino a vivir definitivamente con nosotras. Con su llegada, desaparecieron los visitantes nocturnos de mi madre y los platos de nuestra mesa se llenaron de comida caliente. Pero también desaparecieron las palabras amables y las risas estridentes del nuevo huésped. Se volvió colérico e impaciente convirtiendo a mi madre en su esclava, siempre lista a obedecer sus órdenes. Como si algo la consumiera por dentro, mi madre perdió el resto de alegría que, tras tantos años de sufrimiento, aún le quedaba y se convirtió en un espectro silencioso. Yo tampoco me libré de su tiranía. Me controlaba sobre todo el horario de llegada del colegio. Bastaba con que me retrasase diez minutos para que me castigase sin salir a la calle. De manera que, temerosa del castigo, en cuanto terminaban las clases, emprendía una frenética carrera de regreso a casa seguida de mi fiel Pip.

Cuando empezaron las visitas nocturnas del hombre a mi cama, creí que se trataba de la más horrible pesadilla. Mi mente de niña no entendía lo que estaba ocurriendo ni por qué me hacía daño. Él trataba de convencerme de que “aquello” era un premio, un privilegio por ser una niña buena y especial, pero yo sabía que lo que me hacía no era bueno y me torturaba buscando el modo de librarme de tanto sufrimiento.

Sin tener palabras para explicarlo, intenté contárselo a mi madre, que recibió mis confidencias como si fuesen una invención mía. Me gritó acusándome de provocar al que se empeñaba en que lo llamase padre y me prohibió hablar de ello con nadie. A partir de aquel día, mi madre me miraba recelosa, como espiándome, como si temiese que le fuese a quitar a su hombre. Aunque eso lo comprendí más tarde.

Me volví huraña y asustadiza. En el colegio, andaba sola, sin amigas, mirando con envidia a las otras niñas, que parecían tener tantas razones para reír. Sólo en Pip encontraba el consuelo y la ternura que tanto necesitaba. Me abrazaba a él y escondía mi rostro en su cálido pecho ahogando, así, las lágrimas que me quemaban la garganta.

Hasta que este consuelo también me fue negado.

El hombre era cada vez más controlador. No me dejaba salir de casa más que para ir al colegio. Me prohibió hablar con nadie que no fueran él o mi madre. Fue contagiándome poco a poco su desconfianza y su odio por el mundo. Y, al cabo de unos meses, sus prohibiciones alcanzaron también los juegos con Pip, tal vez celoso de que le diese a mi fiel amigo el amor que a él le negaba. No soportaba verme con el pobre perro y, si me sorprendía en la calle con él, lo echaba con patadas que me partían el alma mientras a mí me cubría de improperios. Como amantes secretos, nos veíamos a la vera del río o en las cercanías de la escuela, lejos, lo más lejos posible de su colérica mirada. Siempre con temor de que descubriera nuestros juegos prohibidos.

Yo hacía hasta lo imposible por impedir que Pip se aproximase a nuestra casa, pero no pude evitar que rondase los alrededores a la caída de la tarde. Mi corazón se encabritaba cuando lo veía a través de la ventana de la salita y no podía hacer nada para que se alejase de allí. Con todo el disimulo del que era capaz, espiaba los movimientos del hombre y buscaba el modo de distraer su atención para que no se percatase de la presencia del fiel vagabundo. A un ritmo más y más acelerado, le contaba los pequeños acontecimientos del día y, cuando se me agotaban estas historias, le abrumaba desgranando el argumento de películas que veía en la televisión que nos había regalado él. Fue entonces cuando aprendí el arte de hablar y hablar sin decir nada, como tantas veces sigo haciendo. Pero mis tretas la mayoría de las veces no servían sino para enfurecerlo.

La última imagen que tengo de Pip, juguetón, fue una tarde de febrero en la que el sol nos regaló con su luz, como si hubiese querido, de ese modo, iluminar los postreros momentos del pobre perro. Estaba sola en la salita coloreando los ríos en un mapa de España cuando lo oí corretear bajo la ventana. El hombre no estaba en casa ni mi madre tampoco. Habían salido a hacer no sé qué recado. Aproveché sus ausencias para reunirme con Pip. Durante una hora que pareció un minuto o tal vez un minuto que pareció una hora, jugamos con una vieja pelota que encontramos olvidada en un callejón. Por un tiempo, desaparecieron las penas, las preocupaciones, los temores y dejó de existir el hombre que nos envenenaba la vida.

Hasta que un grito detuvo el mundo.

—¡Coral!

Nunca supe si quien me llamó con tanto apremio fue mi madre o el hombre. El terror me empujó a huir corriendo hacia la casa y a encerrarme en el cuarto de baño. Tampoco sé cuánto tiempo permanecí en el mísero cubículo. El hombre golpeó la puerta con ruda insistencia para que abriese la puerta y, cuando lo hice, me empujó hasta la calle. Allí, junto al felpudo, yacía Pip ensangrentado después de haber sido degollado por el hombre.

Todavía no puedo decir cómo sobreviví hasta que cumplí dieciocho años y abandoné el infierno que llamábamos casa; cómo no me rompí de dolor ni me perdí en los brumosos parajes de la locura. El mismo día que entré en la mayoría de edad metí en una bolsa un par de camisetas y unos vaqueros. No me llevé nada más. Cogí un autobús que me llevó a la ciudad y me despedí para siempre de mi infancia.

III. Charly
Esta noche el café está casi vacío. Los cálidos días de agosto se han llevado a la gente a las playas. Un camarero se esconde en una esquina para liarse un cigarrillo sin que lo vea Pepa, la dueña de este maldito antro en el que me consumo resignado a no ser más que un mero acompañante de cantantes con aún menos talento que yo. Hace tiempo que Coral se niega a cantar conmigo y tengo que conformarme con una patulea de principiantes que se creen alguien por tener a su lado un piano.

Desde mi taburete observo el trasiego de clientes que, cada vez menos numerosos, entran y salen del café. Nadie se atreve a decirlo por miedo a que llegue a oídos de Coral, pero todos sabemos que la decadencia empezó cuando ella dejó de venir sin darnos razón alguna de su ausencia. Casi tres meses y medio buscando una cantante cuya voz se acercase aunque sólo fuera una pizca a la sensualidad de Coral o estuviera tan alejada de ella que nos la hiciera olvidar.

La noche que regresó me costó reconocerla en la joven pálida y delgada que subió al escenario como si nunca se hubiese ido. Vestida de negro sin más adorno que los pendientes de coral que sabe Dios quién le regaló, parecía una niña recién estrenada la adolescencia. Con una mirada heladora, me hizo bajar la tarima y dejarla sola tras el micrófono. No acompañó su voz de otro instrumento que el frotar de su dedo índice con el pulgar. Y, así, a cappella, nos deleitó con “Lie to me”. Con la mirada fija en la lejanía, su cuerpo describía insinuantes ondulaciones en el aire dejándose llevar por la melodía. Entre el público nadie se atrevía a respirar como si estuviera asistiendo a la inmolación de una sacerdotisa en alguna ceremonia sagrada. Nunca su voz fue tan sensual ni tan desgarrada: sólo en Coral se pueden dar juntas tales cualidades de ese modo tan peculiar.

No puedo recordar cuántas canciones más salieron de su garganta prodigiosa. Poco antes de la medianoche se bajó del escenario y desapareció con el mismo sigilo con el que había hecho su aparición.

Al día siguiente, llegó al atardecer y se encerró en el despacho de Pepa durante más de una hora. Quería seguir cantando en el café, le dijo, pero sin que le acompañase ningún hombre al piano, ni siquiera yo, que durante tres años he sido el simple eco de su voz. Desde entonces, acompañó a cantantes mediocres a primera hora de la velada. Después, esplendorosa y frágil a la vez, entra en escena Coral, que nos regala con su voz eclipsando con su belleza a la mujer que toca mi piano.

Pepa aún tiene dudas, pero yo tengo el convencimiento de que el reclamo de su voz volverá a atraer al público como en la época mejor del café. De momento, nos tenemos que conformar con un puñado de clientes, la mayoría despistados que entran casi por casualidad. El que nunca falta es el hombre de los dos capullos de rosas: uno blanco y otro rojo. Cada noche elige la misma mesa a la izquierda del escenario y, paladeando un par de gin tonic, bebe cada canción que sale de la garganta de Coral. Con una paciencia que me asombra, me irrita y me admira, espera de la cantante una palabra, un gesto, una mirada que le devuelva los días y las noches en que estuvieron juntos. A veces me siento tentado a dejarme llevar por la compasión y a punto estoy de contarle que los dos capullos de rosa que le entrega cada noche a José, el camarero, acaban en la mesa del despacho de Pepa que, compadecida, los rescata del cubo de la basura donde, sin mirarlos, los arroja Coral.  





Nota: Este relato está inspirado en la voz de Karen Souza. Les dejo las canciones que aparecen en esta historia.




Lie to me



Have you ever seen the rain








miércoles, 11 de noviembre de 2015

El crujir de la escarcha








I
Se hacía llamar Gala Cernuda y todos estábamos algo enamorados de ella. Pero nosotros, los chicos de la prensa, no éramos para esta hermosa mujer más que sus colegas. Como mucho alguno logró una o dos noches de pasión entre vasos de whiskys y bolitas de queso en una habitación del hotel de tercera en el que nos alojábamos. En los años en los que supe de ella, dejó tras de sí muchos corazones rotos cuyos pedazos no se veían ni bajo el más potente microscopio. Entre ellos, el mío, claro. Su inaccesibilidad contribuía a aumentar el halo de misterio que la rodeaba. Corría sobre Gala las más variopintas historias: algunas tan fantásticas que parecían salidas de una mente delirante. Pero ella no respondía sino con una sonrisa desdeñosa cuando le preguntaban sobre tales rumores. Entre todos los que circulaban, a mí el que más me gustaba la hacía hija de una princesa polaca arruinada y un rico terrateniente sevillano pariente lejano del poeta del veintisiete. Poco importaba que casi nunca tuviera dinero: el rumor seguía circulando y todos lo dábamos por posible. Aunque, como digo, nada se sabía de cierto sobre su origen; ni siquiera su nombre parecía ser sino una mera invención.

La primera vez que la vi fue en Berlín, una helada noche de mediados de diciembre del cuarenta y ocho. Se bajó de un sedán negro con el techo y el capó de color crema: uno de esos Packard Clipper de los muchos que circulaban entonces por la zona occidental de la antigua capital del III Reich. Era alta, con el cabello castaño y ondulado que le caía sobre unos hombros apenas cubiertos por una estola de piel que, aquella noche, tomé por auténtica. Su vestido era negro, de un tejido que emitía destellos a la luz de la farola: podía ser raso o terciopelo, no lo sé. El vestido se ajustaba perfectamente a su piel, llegándole hasta la punta de unos zapatos de alto tacón. El frío de la noche no parecía ir con ella. Caminaba sobre la acera con andares más propios de una reina absoluta que de una joven sin un marco en el pequeño bolso que llevaba en la mano. Así la vi yo aquella noche: haciendo crujir la escarcha con sus stillettos rojos.

Fue una sorpresa para mí que aquella elegante mujer cruzase el umbral de nuestro hotelucho; mas tres años después de finalizada la guerra, Berlín estaba poblada de gente de todo pelaje; las espías vestidas de cortesanas eran especie tan común como las cortesanas vestidas de espías.

No la reconocí al día siguiente, cuando la vi sentada en un taburete de la barra del bar. Iba vestida con unos pantalones de tweed grises y un grueso jersey de lana azul, con el pelo recogido en una coleta a medio deshacer. Aun así no pude sustraerme de su magnético atractivo. Estaba tomándose un café solo, tan negro como aquellos días de incertidumbre tras el bloqueo soviético, y leía un montón de periódicos: cada uno en un idioma diferente. La debí de observar con demasiado descaro porque me devolvió una mirada retadora.

—Gala Cernuda, de France—Presse —se presentó en inglés con un fuerte apretón de manos.

—Guillermo Soriano, del ABC, España —fue mi saludo, tan escueto como el suyo.

Bebió un sorbo de su taza y dirigió su atención a la ristra de periódicos que tenía sobre la barra. Parecía que nuestra conversación iba a terminar antes de haberse iniciado cuando me disparó una pregunta, ya en español:

—¿Cree que los americanos y los rusos nos meterán en otra guerra?

A aquella hora de la mañana, sin estar del todo despierto, no esperaba una pregunta de ese tipo. La resaca producida por las incontables copas de la noche anterior me nublaba la mente y no me dejaba juntar dos palabras de manera coherente. Aun así balbucí, más que dije, que no creía que se atrevieran ninguna de las dos potencias, que aún estaban presentes en la memoria del mundo los estragos de las dos guerras anteriores, que el miedo a los efectos de la bomba atómica, que... ¡Qué sé yo cuántas banalidades dije! Me recorrió de arriba abajo con una mirada cargada de desprecio y exclamó para un público inexistente:

—¡Otro estúpido que no se ha enterado de que la guerra ya ha empezado!

Recogió las cosas que tenían en la barra y salió del bar sin dirigirme ni una palabra de despedida.

Después de nuestro primer desafortunado encuentro, al día siguiente coincidimos en una rueda de prensa que, si mal no recuerdo, daba un alto mando del ejército norteamericano. La pude ver actuar en el medio en el que era más ella misma. No obstante de hacer no más de dos preguntas, consiguió con sus incisivas palabras arrancar al militar información suficiente para llenar varias crónicas y alguna noticia que rozaba el secreto de estado. En ocasiones posteriores la vería entablar duelos dialécticos con avezados políticos en los que no era precisamente ella la que salía perdedora. Y es que he conocido poca gente que conociese tan bien los complicados entresijos políticos de aquellos convulsos años ni con tanta intuición para adivinar el futuro. Tampoco había muchas personas que disfrutasen como ella de su trabajo. Cuando su olfato olía el rastro de una noticia era capaz de dejar plantado al mismísimo Sha de Persia tomando un té inglés para correr detrás de la exclusiva. Nada ni nadie era más importante que su trabajo.

Para romper la pared de indiferencia que nos separaba, la invité a comer una semana después, no sin antes empaparme de los periódicos que encontré en el comedor olvidados por las aves de paso que pululaban por el hotel. Durante la comida fui más afortunado que cuando la conocí. No la deslumbré con mis conocimientos ni con mi perspicacia, pero tampoco hice el ridículo. 

Bastaron unos pocos días para que nos hiciéramos inseparables. No, no conseguí, pese a intentarlo una y mil veces, hacerla mía hasta mucho después; pero se instaló entre nosotros una camaradería como no he tenido con nadie. Juntos íbamos a ruedas de prensa; juntos a entrevistas; a cualquier parte en donde se congregaba la prensa o sospechara que se cocía algún sabroso guiso para su paladar de sabueso periodista. Y luego intercambiábamos pareceres en algún restaurante que apenas podía recibir ese nombre. Yo me quedé más de una vez embelesado escuchándola contar sus aventuras por el mundo. Conocía la Indochina francesa, Japón, Argentina… Y eso en unos años en el que las mujeres no viajaban solas; menos si eran jóvenes, como Gala, que no había cumplido los treinta años.

Supongo que no fue hasta más adelante cuando me habló de las fiestas en la casa del agregado comercial francés. Jacques Dubois, el diplomático galo, era un solterón que rondaba los cincuenta años. Tenía alquilada una casa señorial cercana a la embajada donde una vez al mes daba fiestas en las que se cerraban suculentos negocios. A falta de una esposa que supiese atender a sus invitados, solía llamar a Gala para que hiciese de anfitriona. Ella, con su porte distinguido y su don de lenguas, conseguía que los hombres se rindiesen a sus pies y accedieran a sus deseos que no eran otros que los del viejo Dubois. Ignoro si acudía a estas veladas a cambio de dinero o era para ella reclamo suficiente encontrarse entre quienes movían los hilos invisibles de aquella ciudad. Sí sé, porque ella me lo contó, que el diplomático le compraba los trajes que lucía en las cenas.

Tuve la fortuna de asistir a algunas de estas fiestas invitado por Dubois al que le divertían mis chistes. Fue en una de estas cenas donde Gala conoció a Robert Newman y yo fui testigo del encuentro. Aquella noche fuimos juntos desde el hotel: Gala quería hacer el trayecto hasta la casa de Dubois en taxi para no estropearse el vestido pero no podía permitirse pagar uno. En el momento de entrar en el salón, lo vio. Estaba de pie junto a la chimenea con su elegante esmoquin, una copa de champagne en una mano y un cigarro en la otra: la imagen del éxito personificada. Sus miradas chocaron con el mismo estruendo que una colisión de trenes; no llegó al segundo, pero bastó ese lapso de tiempo para que se tomaran la medidas el uno y la otra. Hasta bien entrada la noche, Dubois no hizo las presentaciones, pero durante toda la velada sus ojos no dejaron de jugar al escondite: unas veces los ojos de él la buscaban entre los invitados y, al encontrarla, ella lo castigaba retirando la mirada; otras veces, era Gala quien iniciaba la búsqueda, pero si sus ojos acariciaba los de Newman, después le enviaba una mirada que era todo hielo.

Asombrado por aquel juego de seducción del que fui sólo un testigo, le pregunté a Dubois por el tipo que me había robado la chica antes de conseguirla.

—¿Newman? —preguntó con una sonrisa irónica —. Todavía no sé si se trata de un generoso filántropo o es un simple buscavidas. Durante la guerra se introdujo muchas veces en Alemania y consiguió sacar del país familias enteras de judíos y comunistas. Pero, también me han contado alguna vez que tuvo negocios con un alto funcionario nazi al que compraba por un puñado de marcos obras de arte requisadas a los judíos ricos y luego las vendía en Estados Unidos a precios desorbitados. Así logró amasar la fortuna que tiene.

Durante las semanas que siguieron hasta mi regreso a España, no vi a Gala ni un instante. Dejó de acudir a las ruedas de prensa, no se la veía por los sitios en los que nos movíamos los periodistas: ni siquiera pasaba la noche en el hotel. Parecía que se hubiera evaporado entre la espesa bruma que aquellos días ocultaba la ciudad.

Hasta que la volví a ver años después, llegaron a mí mil y una noticias sobre ella. Era la comidilla de la alta sociedad europea. Se hablaba de su romance con el millonario americano que no sólo no ocultaba, sino que hacía exhibición del mismo, para escándalo de las señoras de bien. Se contaban sus viajes a Capri, a Niza, a Montecarlo y a Saint Tropez donde Newman derramaba a chorros su fortuna en hoteles de lujo, casinos y trajes alta costura de Chanel y de las hermanas Fontana. Se decía que Gala lucía un aderezo de brillantes cuyo precio superaba el del yate de Onassis. No sé. Supongo que se exageró mucho. Sí que es cierto que las fiestas que daban hasta el amanecer en las casas compradas por Newman a quienes lo perdieron todo en la guerra eran la envidia de la aristocracia europea, entre cuyos miembros hubo quien llegó a pagar por una invitación para asistir a una de ellas por una cantidad de dólares de varios ceros.

Hasta que una mañana de abril de mil novecientos cincuenta y tres toda Europa leyó con sobresalto los titulares de la prensa: "Ayer contrajo matrimonio Robert Newman con Alice Tucker, hija única de Wallace Tucker, el magnate americano del ferrocarril".


II
Hacía tiempo que estaba escribiendo una novela que no lograba darle fin. En abril del cincuenta y cinco, dejé el periódico y me instalé en París, en un estudio situado en un quinto piso sin ascensor que tuve la fortuna de encontrar en la rue du Cardinal Lemoine, no lejos de donde vivió Hemingway. Cada día recorría el Barrio Latino convencido de encontrarme con algún miembro de la Generación Perdida, pese a que los años los había alejado de la Ciudad de la Luz. Incluso alguna vez creí ver a Fitzgerald cruzando el umbral de la biblioteca de Santa Genoveva aun sabiendo que llevaba quince años durmiendo el sueño de los justos. Muy de mañana, solía sentarme en un café cerca de la Sorbona y cumplía el ritual de tomarme un croissant con el desayuno mientras pasaba las páginas de Le Monde. Después regresaba a mi estudio y escribía hasta la caída del sol. A esa hora, salía de nuevo de mi confinamiento. Sin dejar el Barrio Latino, cenaba una comida caliente regada con buen vino en alguno de los bistrot de los que me hice asiduo.

Llevaba un mes en París cuando la vi. Iba caminando arrastrando los pies por la acera de una calle de esas que nadie conoce su nombre. Nada que ver con el porte majestuoso que encandiló a medio Berlín ni con la gran dama que acompañó a Newman por toda la Costa Azul. Y, pese a todo, la reconocí al instante.

—¡Gala! —la llamé desde el otro lado de la calle.

Pude ver el esfuerzo que hacía para encontrarme entre los velos de su memoria. Me acerqué desde el portal de mi casa dejando a mi casera rabiando de curiosidad por saber quién era la hermosa mujer que había llamado mi atención. La tomé las manos y, sin atreverme a besarla, me di a conocer.

La invité a comer en un restaurante que estaba muy por encima de mis posibilidades. Quería impresionarla aun a sabiendas de no poder estar a la altura de los lujosos lugares que había conocido con Newman antes de que éste la dejase plantada por una millonaria que no la llegaba a la altura de sus zapatos. La hice subir antes a mi estudio, con el pretexto de querer enseñárselo, para coger los últimos francos que me quedaban para pasar la semana antes de finalizar el mes. Le pedí a la casera que llamase a un taxi y terminé aquel alarde de una fortuna que estaba muy lejos de poseer, comprándole un soberbio ramo de rosas rojas a una vendedora ambulante apostada a pocos metros del restaurante.

No obstante, dudo mucho de que se percatase de mis dotes de seducción. Apenas probó los deliciosos manjares que elegí para ella, ocupada en vaciar una tras otra las copas de vino que un gentil camarero le iba llenando. No paró de hablar de los "viejos tiempos", como ella decía, de la política internacional de posguerra, los sagaces aciertos de Truman frente a la torpeza de Ike, como denominaba a Eisenhower. Yo la dejaba hablar pese a no compartir sus opiniones. Y a pesar de su verborrea, le faltaba el entusiasmo de otros tiempos. En ningún momento nombró a Newman ni los años de loco amor y desenfreno que vivió con él.

Después de comer, la llevé de nuevo a mi estudio donde la amé durante horas. Y digo la amé porque, desde el primer beso que posé en sus labios, supe que estaba muy lejos de mí; que sus desesperadas caricias eran para el otro: el que siempre estaría a los pies de mi cama al acecho para quitarme a la única mujer que he amado.

La acompañé al día siguiente a la pensión en la que se alojaba para que recogiera su equipaje y la colme de ternura mientras la tuve conmigo. Gala recuperó la sonrisa y las ganas de vivir. Por las mañanas, antes de que abriese los ojos, bajaba a comprarle croissants recién horneados y, al despertar, le llevaba la bandeja del desayuno a la cama con un ramillete de lilas blancas que traía de algún puesto de flores. Hasta el mediodía trabajaba en mi libro y, luego, le leía en alta voz los capítulos que iba concluyendo. Por las noches, la llevaba a algún espectáculo de Music Hall, para emborracharla con sus coloridos bailes antes de colmarla de amor en mi lecho. Y, mientras, yo me engañaba creyendo en una felicidad compartida. Con frecuencia la sorprendía con la mirada perdida, lejos de mí, o buscando con sus tristes ojos entre la multitud que caminaba por el Bois de Boulogne a quien se interponía entre nosotros; no obstante, cerraba los ojos a todo cuanto no fuera la dicha de tenerla conmigo.

Y dos meses después, cuando bajé la guardia, él la reclamó.

Me lo dijo durante la cena. Le estaba contando alguna nadería. Enseguida me di cuenta de que no me estaba prestando atención, que su mente estaba muy lejos de mí. En medio de una de las frases, me interrumpió.

—Mañana me voy —dijo sin mirarme siquiera mientras jugaba con unas migas de pan sobre el mantel.

—¿Cómo que te vas?, ¿donde?

Ante mi cara de asombro me miró con la sonrisa burlona con la que nos solía regalar en Berlín.

—¿Cómo que dónde? Querrás decir ¿con quién?

Entonces lo entendí. La cólera y la humillación se apoderaron de mí.

—No puedes irte con él después de lo que te hizo. Te dejó tirada en la cuneta y yo...

No me dejó terminar.

—¿Vas a ser tan poco caballero como para echarme en cara tu "hospitalidad" o me vas a hablar de tu sincero amor? ¿Es que no sabías que sólo eras el sustituto? Ya vino el titular y tu trabajo ha terminado.

Se levantó con su taza y se dirigió al fregadero donde, por primera vez desde su llegada, empezó a fregar los cacharros sucios que se acumulaban en él. Luego, con su tono más despectivo, continuó dándome la espalda:

—¿Creías que después de amarle a él podía quererte a ti? Contigo arrastro la vida como si fuera una pesada cadena, con él, toco el cielo con las manos. Hasta que no le conocí no supe lo que era el amor, la pasión, la felicidad...

La ira, el orgullo pisoteado, el amor rechazado, no sé qué fue lo que estalló dentro de mí. Las palabras se atropellaban en mi garganta antes de salir.

—Te dejó por otra, por otra que es mejor que tú. Él no quiere a nadie y menos a ti —le grité con intención de herirla.

—¿Qué sabrás tú? —gritó volviéndose hacia mí —. Le conozco como nadie porque yo soy igual que él y él me conoce a mí. Se casó con Alice Tucker por el dinero, pero a la que quiere es a mí. En cuanto me vio, lo olvidó todo. Yo soy con la única que puede ser feliz.

—Claro. Por eso te abandonó —no pude evitar la ironía—. No te reconozco, Gala. ¿Dónde se quedó la mujer inteligente de Berlín que no se dejaba engañar por nadie? Él no se quiere más que a sí mismo.

Seguí gritando y gritando, con palabras más y más hirientes. La furia se apoderó de ella. Intentó golpearme con los puños, pero le agarré las muñecas con fuerza y le grité.

—No esperes a mañana. Coge tus cosas y vete ya.

Salí de casa para no cometer ninguna locura. Temblaba como las cuerdas de un arpa después de ser acariciadas. Vagué por las calles durante horas rumiando mi ira, mi dolor. Cuando regresé al apartamento, la soledad me dio la bienvenida.

Durante días, semanas, meses… sobreviví alimentándose de las noticias que traía la prensa sensacionalista. Leía con avidez cada palabra que hacía referencia a la pareja; palabras que me dejaban más y más amargado después de leerlas, pero que, si no las encontraba, andaba todo el día como loco, lleno de ansiedad. Era como el adicto al opio que, sabiendo que le hace daño, quiere más y más dosis. En ese tiempo, dejé de escribir, de afeitarme, contraje deudas sabiendo que no podría pagar e hice de amigos de siempre enemigos eternos con mi humor pendenciero.

Hasta que una heladora madrugada de finales enero recibí una llamada de Gala.

III

—¡Ven enseguida!, ¡no te demores!, Robert, Alice, yo, me iba a abandonar otra vez… 

Estaba muy nerviosa. Gritaba frases incoherentes sobre engaños y traiciones, lloraba, para volver a gritar. Finalmente, gritó:

—¡He matado a Robert y a Alice!

Apenas pude tomar nota de la dirección de la casa de Newman. La mano me temblaba al escribir en el trozo de papel de periódico que, si cierro los ojos, aún puedo ver: un anuncio de jabón perfumado Richelet en el que una hermosa mujer se miraba complacida en un espejito de mano mientras se tocaba su bello rostro. Es curioso que no recuerde lo que hice hasta que llegué a la casa del matrimonio y sea tan nítida la imagen de la rubia modelo.

Cuando llegué al apartamento de Newman, me abrió la puerta la propia Gala. Según me dijo mucho después, Alice había dado el día libre al servicio la noche anterior. Después de cenar iban a coger un taxi que los llevaría al aeropuerto de vuelta a Nueva York. Pero, poco antes de salir, Gala se presentó. 

Estaba en pleno ataque de nervios, incapaz de articular una sola palabra. La zarandeé para calmarla y me puse a dar vueltas por el apartamento sin saber qué buscaba. Mi angustia iba aumentando a medida que el reloj empujaba sus agujas. No era capaz de razonar; sentía, más que pensaba, que tenía que salvar a Gala por encima de cualquier cosa. El martilleo de mi corazón no me dejaba oírla. Hasta que media hora más tarde, se me ocurrió lo que, desde el principio, tenía que haber visto con claridad: debía simular que Newman se había suicidado tras matar a Alice, si quería alejar toda sospecha de Gala. 

El matrimonio yacía a uno y otro lado de la alfombra del salón empapado en su propia sangre. Cogí la pistola de Gala y la puse entre los dedos de Newman. Luego, revolví las cosas que había sobre la mesa y tiré al suelo algunos objetos para simular una fuerte pelea conyugal. Poco antes del mediodía, salíamos de la mano del apartamento de Newman; aparentemente serenos, hirviendo por dentro.

Mientras caminábamos, íbamos tejiendo nuestro plan de huída. Había que abandonar París antes de que la policía encontrase los cuerpos, no fuera que no se creyese la pelea conyugal que monté. Convenimos separarnos y encontrarnos en la Gare d'Austerlitz a las dos para coger un tren de camino a Madrid. Entre tanto, yo volvería a mi apartamento para coger dinero. Antes de salir comí un poco de pan y queso que tenía en la cocina. Pese a no haber tomado nada desde la noche anterior, no tenía hambre y el queso me supo a cemento.

Fue durante el viaje a Madrid cuando Gala me contó lo ocurrido. 

—Teníamos pensado irnos a Verona. Me había prometido que iba a pedir el divorcio. Decía que con Alice ya no tenía nada, que no se hablaban más que unas cuantas frases de cortesía cuando se encontraban. Ni siquiera le compensaba la fortuna de ella porque Robert había duplicado la suya en los últimos tres años. Alice es, perdón era, una mujer enfermiza y quejosa. Se lamentaba por todo: por el tiempo que hacía en París, por cómo la atendía el peluquero, por su delicada salud con más enfermedades imaginarias que reales… ¿Qué se yo? Siempre reclamando una atención que, tal vez, si Robert la hubiese querido, se la hubiera dado con gusto. Pero me quería sólo a mí y ella lo sacaba de quicio.

”Los últimos meses, Robert pasaba más tiempo conmigo que con ella; casi se podría decir que vivíamos juntos. Estuvimos recorriendo Italia tres meses y, cuando me dijo que tenía que volver a París, me lo jugué todo a una carta y le dije que eligiera entre Alice o yo. Y entonces me prometió que se divorciaría de ella para casarse conmigo. Habíamos visto una casa preciosa a las afueras de Verona que, me dijo, iba a comprar para mí. Y yo, le amo, le amaba tanto que le creí.

”Una semana después de su marcha, regresé yo también a París. Por medio de un amigo en común, le comunique mi llegada y ese mismo día, me llamó para citarse conmigo en mi apartamento por la tarde. Ayer tarde...

”Pero lo que venía a decirme no era lo que esperaba oír. No podía dejar a Alice porque, dijo, esperaba un hijo, que aquella noticia le había hecho recapacitar, que estaba muy feliz…

Gala hizo una pausa para encenderse un cigarrillo y dio varias caladas antes de continuar. Seguía nerviosa y jugaba con su encendedor mientras su mirada parecía seguir los postes del tendido eléctrico que se perseguían unos a otros por la ventana. Yo permanecía, entretanto, en silencio temeroso de que mi voz la sobresaltara y se negase a continuar con su relato.

—Tuvimos una fuerte discusión en la que nos dijimos de todo. Logré enfurecerle diciéndole que no creía que el hijo de Alice fuese suyo. Él me insultó como nunca lo había hecho hasta entonces y salió del apartamento dando un fuerte portazo. El resto, te lo puedes imaginar —terminó mirándome a los ojos, por primera vez desde que la encontré aquella madrugada.

En Madrid nos alojamos en el piso de un amigo que, para nuestra fortuna, tenía sin alquilar en aquellos momentos. Los primeros días apenas nos atrevíamos a bajar a la calle más que para comer en un mesón cercano y comprar los periódicos Le Monde y Le Figaro en un kiosco de la Gran Vía que vendía prensa extranjera. Así nos enteramos de que la policía francesa nos buscaba. Un pañuelito de batista con las iniciales de Gala bordadas fue el que nos delató. Estaba debajo de una silla; probablemente la misma en la que estuvo sentada mientras yo recomponía la escena del crimen. Luego encontraron el juego de pañuelos completo en la cómoda del dormitorio de Gala cuando registraron su apartamento. Alguien nos vio juntos. De ahí que también me buscaran a mí.

Gala no soportaba estar encerrada. La claustrofobia que le producían las paredes del piso era mucho mayor que el miedo a ser descubierta. Andaba por la casa dando una y mil vueltas; con un cigarrillo a medio terminar encendía el siguiente; discutía por cualquier nadería, una naranja, mi tono de voz... lloraba sin razón aparente. Y yo, nada paciente, la reñía por su comportamiento poco razonable. Aunque no quisiera hablar de ello, sospecho que mucho tenía que ver en su desasosiego el demonio de la culpa que le corroía las entrañas. Muchas veces espiaba su rostro sin que ella se diese cuenta y me parecía vislumbrar en el fondo de su gris pupila el terror por la magnitud del delito cometido entrelazado con el dolor por la pérdida. Pero, como digo, Gala jamás hizo alusión a sus sentimientos más recónditos; ni yo tampoco quise preguntar, temeroso de que el torrente de emociones que intuía la atormentaba se volviese contra mí y acabara arrollándome. Y el miedo a ser descubiertos me impedía pensar en lo ocurrido al matrimonio Newman.

Una noche en la que parecía haber agotado sus fuerzas, la llevé a cenar a un pequeño restaurante situado en una de las calles por detrás de la Puerta del Sol. Debo decir que no la dejé disfrutar de la noche: el temor a ser sorprendidos me mantenía en un estado continuo de alerta. Pasé toda la velada mirando de soslayo a todo el que entraba y salía por la puerta del comedor. El miedo me hacía ver un policía en cada comensal. Harta de mis recelos, Gala no quiso esperar a los postres. Pidió la cuenta y me dejó pagando mientras salía marcando el paso con sus altos zapatos de alto tacón.

Tal vez si no hubiéramos dejado el restaurante tan apresuradamente nos hubiéramos ahorrado el tremendo susto que nos llevamos al llegar a casa. Había un gran revuelo frente al portal de nuestro edificio. Se oían gritos; vimos gente corriendo hacia el otro lado de la calle, gente mirando. Un coche de policía impedía el paso a otros vehículos, tan estrecha era la calzada. El pánico se apoderó de nosotros. Nos escondimos en el hueco que dejaban dos casas, entre mondaduras de manzanas y patatas. El olor a podredumbre de la basura se confundía con el de nuestro miedo. El maullido de unos gatos peleándose desgarró el silencio del callejón deteniendo bruscamente la cansada marcha de nuestros corazones. Vi pintado en la cara de Gala el grito de terror que quería salir de su garganta: el mismo grito que contenía en la mía. Estuvimos varias horas desfalleciendo de terror. 

Hasta pasadas las dos de la madrugada, no despejaron la calle y, entonces, subimos a nuestro piso. Por las escaleras, encontramos hombres y mujeres a medio vestir. Así nos enteramos que en la tercera planta había una casa de citas y que, aquella noche, había habido una redada policial que iban buscando inquilinos para sus calabozos de acuerdo con la ley de vagos y maleantes. A nuestro piso no llegaron. Alguien dijo a los agentes que en él vivía un matrimonio respetable.

Al día siguiente, buscamos un apartamento que alquilamos con un nombre supuesto.

El miedo a ser encontrados nos hacía permanecer casi todo el tiempo en el apartamento. Yo entretenía el paso de las horas leyendo novelas del oeste que encontré en la librería del casero, pero Gala se aburría más y más sin hacer otra cosa que vagar por la casa y contemplar el vaivén de la gente de la calle entre los visillos del salón. Un día no pudo más. Se arregló como si fuera a asistir a un cóctel en algún hotel de Montecarlo, pidió un taxi por teléfono y dijo que salía a ver Madrid. Cuando llegó la medianoche y vi que no volvía, me empecé a preocupar. Salí a la calle, pero no sabía dónde hallarla.

Tardé tres días en enterarme de lo sucedido. Mi angustia mientras tanto se había convertido en histérica locura. No sabía qué pensar. ¿Me había dejado?, ¿la habían cogido? No podía acudir a la policía a denunciar su desaparición. Recorría las calles en su búsqueda, sin rumbo; volvía al piso con la esperanza de un regreso que nunca se produjo; vivía con el corazón atrapado en mi garganta. Y el cuarto día, mis ojos se posaron en la portada del ABC, mi periódico, el periódico que había sido mi casa durante trece años:

“Sigue sin conocerse la identidad de la hermosa joven que se precipitó a las ruedas de un coche frente al Ritz”.

La foto de su rostro amado llenaba la portada: La muerte no había mancillado su belleza. En el interior, se contaba lo sucedido. Había estado tomando un martini seco en la barra del famoso hotel. Un hombre entrado en años se había sentado a su lado y la había invitado a varias copas. Ella debió de disfrutar de aquella tarde de asueto porque la vieron charlar animosamente; la vieron reír; vieron como sus ojos brillaban de felicidad.

La muerte de Gala fue mi muerte. Dejé de vigilar el camino que pisaban mis pasos para entregarme a la desesperación. Vagaba sin rumbo por las calles de Madrid buscando el rostro amado tras doblar cada esquina. Mis ojos no veían el mundo que me circundaba; mi mente se perdía en lugares lejanos. Me olvidé de comer, de dormir. En pocos días me quedé sin dinero. Mucho de lo que aún tenía guardado me lo bebí en tascas de mala muerte. El resto, lo perdí en sabe Dios qué banco de qué parque. Harto de reclamarme el alquiler, el casero terminó echándome del apartamento. Detrás del dinero se me habían terminado las excusas. Hice de las heladas aceras mi hogar.

Una noche, los faros de un automóvil iluminaron el callejón en el que buscaba el sueño y sus luces se abrieron paso entre las telarañas de mi mente turbada. Se trataba de un sedán. Un Packard Clipper negro con el techo y el capó color crema. Una bella mujer se bajó del coche. Lucía su melena castaña cayéndole en cascada sobre los hombros, apenas cubiertos por una estola de piel. Era alta y esbelta, un largo vestido de raso negro delineaba su perfecta silueta. Y unos zapatos rojos de alto tacón hacían crujir la escarcha...


IV


Cuando terminó de hablar, su boca estaba seca, pastosa. Llevaba tres horas hurgando en sus recuerdos y le dolía la cabeza. La mirada de sus ojos vidriosos quedó un rato perdida en algún lugar de la pared que tenía frente a sí, como si no supiera dónde se encontraba, hasta que una voz lo sacó de su ensimismamiento.

—Por favor, lea su declaración y, si está conforme, fírmela.

Uno de los inspectores de policía le tendió los folios mecanografiados y Guillermo Soriano, sin detenerse a leerlos, puso su rúbrica en ellos.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Entre riscos y pedregales









No había vuelto al pueblo desde hacía más de quince años y le costaba reconocer los lugares por donde habían transcurrido su niñez y primera juventud. Treinta años antes, Don Melquiades, el padre de Diego, se había enriquecido convirtiendo un villorrio que ni tan siquiera aparecía en los mapas en el lugar preferido de los turistas que cada verano cruzaban la frontera de Francia. En poco tiempo, la ladera que subía hasta el Pico del Halcón se tornó en una alfombra salpicada de las casas de veraneantes que nada tenían que ver con las chozas de paja y adobe que antaño sirvieron de refugio al ganado. Donde antes estuvo el abrevadero Don Melquiades había improvisado un estanque con cisnes negros que debía reponer cada año pues ninguno de los lugareños sabía cómo cuidar tan bellas aves. Derribó la antigua escuela en la que los hijos de los campesinos aprendían las primeras letras y, en su lugar, levantó la fábrica de paños que daba trabajo a toda la comarca. Una carretera flamantemente asfaltada sustituyó el camino de tierra prensada que conducía hasta Villamediano, el pueblo más importante de la provincia. Y la vieja iglesia cuyo campanario parecía siempre a punto de precipitarse al suelo, tal era su inclinación, fue restaurada hasta parecer recién salida de un cromo de chocolate suizo. 

Pero años después no quedaba nada de aquella prosperidad que soñara el hacendado. Las casas de veraneo envejecían olvidadas de sus dueños; los cisnes negros habían volado hacia parajes lejanos; la fábrica daba sus últimos estertores mientras las malas hierbas se enseñoreaban del jardín; la carretera que llevaba a Villamediano cada día mostraba una grieta más y la aldea agonizaba al tiempo que sus habitantes abandonaban sus casuchas para ir en busca de un futuro en la ciudad. El hombre más rico del lugar, el más temido, el que no se conmovía con los sufrimientos de sus trabajadores, sucumbió ante la desgracia que abatió a su familia y dejó que se viniera abajo todo por lo que había luchado.

Ramón subía con paso indolente por la ladera mientras saboreaba un cigarrillo sin boquilla. La brisa procedente del Pico del Halcón jugaba con el humo dibujando arabescos en el cielo. Una vez más se reprochó haber regresado a su aldea natal. Después de tantos años, ya no quedaba nada ni nadie que lo retuviese en aquel lugar. Su madre hacía tiempo que había fallecido y eran muy pocos los que en la aldea aún le recordaban. 

Por un momento, se vio con once, doce y trece años corriendo detrás de Diego, medio desnudos los dos, camino de la charca dispuestos a darse un baño o a pescar ranas que luego dejaban sobre la cama de Marianela, la hermana pequeña de su amigo. Ellos, ocultos tras las cortinas, espiaban a la niña, cuyos alaridos al ver el batracio despertaban de su siesta a toda la aldea. 

Ramón, pese a saber que era necesario enfrentarse a ellos, quiso alejar de sí los recuerdos que se amontonaban pugnando por imponerse en la memoria, pero éstos, más fuertes que su voluntad, no desistieron en su asedio.

A Don Melquiades nunca le gustó la afición que Diego mostraba por él, que sólo era el hijo bastardo de la cocinera; pero, cuando los veía juntos, hacía como que no se daba cuenta para evitar las discusiones con Doña Araceli, su mujer, que jamás contrariaba la voluntad de su niño. Aun así, el hombre más rico de la aldea se las ingeniaba para apartar a Diego de Ramón de mil maneras distintas: cada una más inútil, por cierto. Organizaba cacerías con los regantes de la provincia invitándolos a que fueran acompañados de sus hijos para que hiciesen de compañeros de juegos del suyo; se llevaba a Diego con él a la ciudad y le hacía pasar el día viendo películas de indios y vaqueros en el único cine que había en la provincia; almorzaban en restaurantes donde se deleitaban con platos de nombres impronunciables; o entraban y salían de tiendas en las que Don Melquiades sobornaba a su hijo con los más inverosímiles regalos. Otras veces le obligaba a permanecer en casa entretenido en tareas sin sentido: sacarle punta a los lápices de su despacho, recoger la ceniza de la chimenea, ayudar a su hermana Marianela a hacer los deberes de la escuela... Pero ninguna de estas tretas le daba resultado. Diego, en cuanto le dejaban libres sus obligaciones, corría al encuentro de su amigo que lo esperaba con estoica paciencia en la cocina mientras su madre envolvía con huevo y pan rallado unas croquetas.

En la escuela compartieron pupitre. Cada día, Diego repartía entre los dos los lápices de colores, los cuadernos y los libros, que había comprado Don Melquiades para uso exclusivo de su hijo. Era tal el entendimiento entre los dos niños, que el maestro y algún que otro alumno los confundían e intercambiaban sus nombres al dirigirse a uno u otro.

Pero aquello no estaba destinado a durar para siempre. Poco antes de que Ramón estrenara sus trece años, los dos niños se separaron y pasaría mucho tiempo antes de que se volviesen a ver.

Ramón fijó la vista en el paisaje para escapar del pasado. El camino de la ladera lo condujo hasta la vieja ermita. Del templo donde años antes se alojaba la Virgen del Valle, la patrona del pueblo, no quedaban más que unas piedras y un arco de medio punto del antiguo atrio que daba entrada a ninguna parte. Se sentó en un sillar desprendido de alguno de los muros y se dio permiso para que la fatiga de todos aquellos años cayera sobre sus hombros. Después de tanto tiempo de tenerlos aprisionados en su interior, los recuerdos se le escapaban rebeldes. Las imágenes de su adolescencia desfilaban nítidas ante él.

Ramón dejó de ver a Diego cuando terminaron segundo de Bachillerato. Los dos primeros cursos volvieron a compartir pupitre en el instituto de Villamediano. Arturo, el maestro que les había dado clases en la escuela de primaria, conociendo la valía del niño, puso todo su empeño en convencer a la madre de Ramón de que le permitiese hacer el ingreso y continuar estudiando, por lo que todo parecía indicar que los dos amigos seguirían juntos hasta el final del Bachillerato. Para Ramón, criado entre cuatro casuchas, Villamediano era poco más o menos que el Moscú del que se hablaba en el “Miguel Strogoff” que le dejó leer su amigo; y recorrer la carretera que separaba la aldea del pueblo, inaugurada unos años antes, tan aventurado como fuera para el correo del Zar atravesar la estepa.

Pero los planes de Don Melquiades vinieron a desbaratar las ilusiones de los jóvenes adolescentes. A finales de septiembre, unos días antes de comenzar el tercer curso en el instituto, Diego partió hacia Barcelona donde le esperaban cinco años de internado en un colegio de la Compañía de Jesús.

Los años de Bachillerato apenas dejaron huella en la memoria de Ramón. Muchas horas de estudio para lograr un expediente brillante que le permitieran seguir estudiando y una sucesión de compañeros con los que apenas intimó y cuyas caras se fundían en su recuerdo formando una imagen difusa de rasgos indefinidos. Eso fueron para él, nada más, los cursos que pasó en el instituto.

A medida que transcurrían los meses entre los muros del edificio con pretensiones modernistas donde tenía su sede el instituto, fue tomando conciencia de la importancia de adquirir una buena educación para dejar de ser simplemente “el hijo bastardo de la cocinera de Don Melquiades” y ser respetado por sí mismo. Casi olvidó a Diego, enfrascado como estaba en conseguir unas calificaciones más y más elevadas que le abrieran las puertas a una vida mejor por medio de una beca tras otras. Dejó de ir a la Casa Grande, donde su madre seguía envolviendo croquetas, y su única distracción era tirar unos cuantos disparos de escopeta a las perdices con Juan, el pastor, los domingos en los que el sol se dignaba a hacer acto de presencia en el Pico del Halcón.

Un avefría emprendió el vuelo ahuyentando el ayer. El viento aún gélido de marzo arrastró una nube cargada de lluvia oscureciendo la tarde hasta parecer que anochecía. Ramón se subió el cuello del chaquetón de paño para resguardarse del frío que de repente se había aposentado en la cumbre del Pico del Halcón. Más aprisa de lo que había subido una hora antes, tomó el camino de vuelta al llano donde había dejado el coche. Unas gotas de lluvia repiquetearon sobre sus hombros haciéndole acelerar el paso. Ya dentro, introdujo la llave para arrancar pero el motor parecía haberse acatarrado y sólo salía de su interior el carraspeo de sus toses. Abandonó las manos sobre sus piernas y cedió de nuevo el paso a los recuerdos mientras la lluvia caía ya con ímpetu sobre el parabrisas entorpeciéndole la vista de la dehesa.

Ramón no volvió a ver a Diego hasta muchos años después. Mientras su amigo terminaba la carrera de Derecho en la Universidad de Salamanca, él se enterró en el ayuntamiento de Villamediano ocupando el lugar del viejo escribiente, que se jubiló cuando sus manos artríticas le impidieron coger la pluma. Ramón dejó atrás su niñez y se transformó en un hombre que hubo de hacerse cargo de su madre cuando ésta se retiró de sus labores en la casa de Don Melquiades. A medida que envejecía, la antigua cocinera emprendía presta el camino de regreso a la infancia. Se tornó caprichosa y exigente. No toleraba separarse mucho tiempo de su hijo, quien, para no contrariarla, apenas se permitía otra diversión que un corto paseo los domingos después de misa con Ascensión, la joven maestra de la escuela de la aldea.

Tal vez debido a la vida que llevaba tan escasa de alicientes, acogió con tanto entusiasmo la llegada de Diego. A diferencia de lo que a él le había ocurrido, su amigo de la infancia no se había desprendido aún de su mirada de adolescente. Con las mismas ansias de cuando no contaba más de doce años, quería renovar la vieja amistad desafiando los deseos de Don Melquiades, al que los años no habían logrado aplacar la aversión que siempre sintió por el hijo de la cocinera. Así que, a la caída de la tarde, Diego enfilaba el camino que llevaba a la casa de Ramón y permanecía hasta bien entrada la noche jugando a las cartas alrededor de la mesa camilla mientras con aire de chanza dirigía a la madre de su amigo frases y miradas galantes. En ocasiones más y más frecuentes, arrastraba al escribano a la taberna de Villamediano y le hacía beber un vaso tras otro de vino de garrafón mientras lo deleitaba contándole batallitas de los años que habían estado separados.

Ramón le escuchaba extasiado esas historias sobre los lugares que había visitado en cientos de viajes, la gente que había conocido, las aventuras que había vivido y en las que siempre representaba el papel de un héroe victorioso. Historias que adornaba más y más cada vez que las contaba y que Ramón, pese a intuir la mucha inventiva que su amigo gastaba, no podía evitar sentir admiración teñida de cierta envidia.

El día que Diego le propuso participar en aquel negocio, Ramón no durmió en toda la noche. Desde niño no había buscado otra cosa que la seguridad y la certeza de un futuro apacible. Y, a pesar de todo, la tentación de embarcarse en aquella aventura le seducía como si le abriera la puerta al mejor de los mundos. Aquella tarde, durante casi tres horas, no se había atrevido a interrumpir a Diego mientras le exponía sin apenas aliento en qué consistía un plan que les haría ganar millones de pesetas, decía, con sólo poner en juego un poco de audacia. Ramón no comprendía, y así se lo hizo saber, por qué quería su amigo embarcarse en aventura tan peligrosa si con apenas abrir la boca su padre le concedía todo aquello que quería. Aún tendría que pasar mucho tiempo para que se diese cuenta de que no le movía el dinero ni el riesgo de la aventura ni el atractivo de lo prohibido, sino el desafío a las reglas que veneraba Don Melquiades, su padre. Y quién sabe, pensaba ahora tantos años después, si no era en este desafío en el que se había sustentado siempre la amistad con el hijo bastardo de la cocinera.

Aquella tarde Diego le habló de una partida de contrabandistas que traía de Francia artículos que en esos años de principios de los cincuenta no eran en España sino un sueño que sólo unos pocos se atrevían a evocar: cigarros habanos, perfumes, pieles, alhajas de oro... Las mulas, como llamaba a los hombres que pasaban los artículos por la frontera, llevaban los cargamentos camuflados en alforjas, en una caravana de burros que transportaba tinajas de aceite, y pasaban a Francia por un antiguo camino de cabras que, por alguna extraña razón, andaba olvidado de los agentes de aduanas. El plan de Diego era comprarles la mercancía al bajo precio que pedía la partida de contrabandistas y ofrecerla después por más del doble en a familias de la burguesía de Barcelona, ansiosas por disfrutar del mismo lujo que los parisinos. 

Durante meses, acompañó a Diego hasta el Altozano de las Matas donde los esperaba el jefe de los contrabandistas con un cargamento más y más voluminoso. Lo escondía todo en la parte trasera de una de las furgonetas de la fábrica de Don Melquiades y, al día siguiente, con el pretexto de tener que solucionar algún asunto del negocio paterno, Diego lo llevaba a Barcelona, donde él mismo se encargaba de venderlo a las familias ricas sin la intervención de ningún intermediario. Con la llegada del buen tiempo, Diego quiso tomar parte de la partida y en más de una ocasión, pese a la oposición del jefe de los contrabandistas, arrastró a su amigo por riscos y pedregales mientras seguían a las mulas sin otra luz que la de la luna llena velada por las nubes. Eran noches cargadas de misterio. Habían de caminar con sigilo para no avisar de su presencia a los agentes de aduanas que, aunque tenían el puesto fronterizo a cuatro kilómetros, de vez en cuando organizaban batidas para capturar a quienes querían llegar a Francia de manera clandestina. El silencio de la noche se quebraba de vez en cuando con el grito de una lechuza o el disparo de una escopeta, haciendo saltar el corazón en el pecho de Ramón. Y cada vez que emprendían el camino hacia Francia, se prometía a sí mismo que no volvería, sabiendo que le faltaría valor para romper con su amigo.

Ramón veía con creciente asombro cómo llegaban a sus manos fajos de billetes de cinco mil pesetas. En poco tiempo, abandonó la aldea y compró una casa señorial en Villamediano donde instaló a su madre en una galería acristalada con vistas a la plaza. En un pueblo donde el único que tenía coche era Don Matías, el médico, pues Don Melquiades vivía en la aldea, los vecinos contemplaban con estupor cómo un simple escribiente se paseaba por el pueblo con un citroen dos caballos; cómo invitaba a merendar a Ascensión a pasar la tarde de los domingos en la ciudad mientras su madre se entretenía con la hermana del alcalde, amistad recientemente adquirida.

Y en tanto Ramón empezaba a trazar planes de boda, Diego quiso dar un paso más en su aventura. 

Cuando Diego aceptó ayudar a pasar la frontera a dos activistas políticos perseguidos por la policía, no le movía ninguna razón ideológica ni el afán de salvarlos de un futuro incierto. Tampoco lo hizo por dinero, pues apenas cobró un puñado de duros a los fugitivos. No se trataba sino de su empeño por aumentar el riesgo de la aventura y transgredir las reglas que Don Melquiades le inculcase desde niño. Faltar al respeto debido a la autoridad y a las leyes era faltar a su padre. Ramón quiso persuadirlo para que abandonase su intención de perpetrar tal desatino pero, cuanto más argumentos en su contra esgrimía, más convencido estaba Diego de su hazaña.

Hasta el último momento Diego no le dijo que en esa empresa estaban solos, que no se fiaba de la lealtad de los contrabandistas. Si por unos billetes podía comprar su silencio, por unos pocos billetes más alguien podría comprar sus palabras. A punto estuvo estuvo Ramón de volverse atrás. Era cierto que conocían el camino por haberlo recorrido ya muchas veces con los contrabandistas, pero no se veía capaz de cruzar la frontera sin contar con ayuda. Y aun así no se atrevió a dejar solo a su amigo. 

Durante diez días se reunió con Diego y, en la galería acristalada de la casa de la plaza, fueron trazando el plan. 

Eligieron una noche sin luna para ocultarse entre las sombras. Cargaron las mochilas con linternas y se vistieron de negro para confundirse con la oscuridad. Después recogieron a los fugitivos en el almacén de la fábrica, donde Diego los había dejado escondidos unos días antes. Asustados de la aventura que iban a emprender, asomaron las cabezas entre los fardos de paño: un hombre de unos cincuenta años y un muchacho que debía de frisar los veinte, pese a no aparentar más de quince o dieciséis. El viaje se le hizo más largo que otras veces. Avanzaban con lentitud. Sin costumbre de andar entre riscos y pedregales, aquellos hombres de la gran ciudad tropezaban a cada momento con sus propios pasos. Ramón veía cómo la torpeza de los fugitivos atentaba contra la paciencia de Diego y, temiendo una explosión de su carácter irascible, le mandó por delante mientras él ayudaba a la pareja a cruzar un arroyo.

En el horizonte asomaban los primeros rayos del sol cuando dejaron a los fugitivos en manos de tres españoles que, al otro lado de la frontera, los estaban aguardando. No quisieron esperar a fumarse un cigarrillo. Diego estaba impaciente por iniciar el camino de regreso tal vez temeroso de ser envuelto por el manto del cansancio si se detenía unos instantes. El trayecto de vuelta al Pico del Halcón donde Ramón había dejado la furgoneta de la fábrica lo hicieron en silencio. La fatiga guiaba sus pasos sin que fuesen apenas conscientes de adónde los dirigía. Y cuando las campanas de la torre de la iglesia de Villamediano llamaba para la misa dominical de las doce, Ramón subía la cuesta de la Calle Mayor del pueblo.

A Diego, aquella hazaña debió de gustarle porque en menos de un mes después, organizó una huída similar, esta vez con una familia de antiguos republicanos y unas semanas más tarde, otra con un grupo más numeroso. 

Ramón no comprendía el empeño de su compañero de la infancia por embarcarse en aventuras más y más arriesgadas. Relegó el trato con los contrabandistas a ocasiones esporádicas y concentró todos sus esfuerzos en ayudar a salir de España a perseguidos por la justicia sin detenerse a mirar las causas que motivaban la huida. Unas veces cobraba por el viaje hacia la libertad cifras desorbitadas que sólo unos pocos podían permitirse, mientras que en otras ocasiones lo hacía de balde, dependiendo más de su caprichoso deseo que de humanitarias razones.

En Villamediano, aunque nada se sabía de las actividades de Ramón y Diego, corrían mil y una historias sobre las partidas que un grupo de románticos emprendía por el camino de Francia. A Ramón cada vez le gustaban menos aquellas correrías entre riscos y pedregales el las que se arriesgaban más y más a ser vistos por los agentes fronterizos. A él, no le había movido en ningún momento el dinero que conseguían en cada viaje ni la atracción por el peligro que entrañaban. Si había aceptado acompañar a su amigo en aquella empresa había sido por la fascinación que, desde niño, le inspiraba Diego. Mas, en aquellos momentos en los que su deseo era iniciar una nueva vida con Ascension, sus razones para continuar en aquella aventura iban perdiendo peso. A medida que pasaba el tiempo, esa fascinación se diluía dejando en su lugar la sensación de estar arriesgando su futuro por una persona inmadura que, en el mejor de los casos, no lo conduciría sino a una parodia de los juegos de la niñez. Y, aunque le costase reconocerlo, la imagen de hombre ingenioso, valiente e inteligente que siempre tuvo de Diego se tornó en su mente en otra muy dispar: la de una persona infantil que necesitaba oponerse a los deseos de su padre para no sentirse arrollado por su fuerte voluntad; que necesitaba la admiración de Ramón para sentirse alguien.

Y, así, la idea de abandonar aquella vida tan ajena a su manera de ser fue tomando forma más y más definida. Y así, fue imponiéndose su deseo de volver a ser él mismo.

La lluvia amainaba mientras Ramón, insensible al chaparrón, intentaba contener la riada de recuerdos que le asediaban. Los años pasados no habían conseguido atenuar el dolor ni tampoco los sentimientos que entonces se colaron en su alma. Pasaba la tarde y a lo lejos una nube dejaba ver entre sus jirones los últimos rayos del sol. Las gotas de lluvia caían mansas acariciando el verdor de los campos. Ramón no se decidía a tomar la carretera de regreso a la ciudad. Ascensión lo estaría esperando en casa preocupada por su tardanza. Y, sin embargo, había sido ella la que le había animado a levantar el velo del pasado para exorcizar la culpa. Puso la radio del coche para distraer los tristes pensamientos que le rondaban pero no consiguió ahuyentar los recuerdos.

El día que se decidió a comunicarle a Diego su determinación de no seguir en aquella locura se sintió invadido por una gran serenidad. Tuvo la sensación de haber recobrado su vida, de haber regresado a su ser. Hasta entonces el temor a decepcionar a su amigo había paralizado en él todo atisbo de iniciativa. Se percató en aquel momento de que afirmarse a sí mismo no era negar al otro y vio, con sorpresa, que pasada la desilusión inicial, Diego, lejos de despreciarle por su supuesta cobardía, empezaba a respetarlo por saber imponerse a sus caprichosos deseos.

Pero la dicha recuperada no iría más allá de unos días.

Cuando sobrevino la tragedia, Ramón estaba celebrando su compromiso con Ascension. Su madre, evocando su glorioso pasado como cocinera, había confeccionado para la ocasión unos dulces hojaldrados de almendras y miel. Hubo de contar, sin embargo, con la ayuda de su hijo para que no se escaparan los ingredientes por los descosidos de su maltrecha memoria. Acompañaron la golosa merienda con café de puchero y, al término de la misma, se humedecieron los labios con una copita de anís. Estaban desgranando el futuro, cuando los sobresaltó unos golpes enérgicos, que estuvieron a punto de derribar la casa. Fue Ramón el que abrió la puerta, en tanto dejaba a las mujeres asustadas por tan intempestiva llamada. La alarma se hizo mayor cuando traspasó el umbral la corpulenta figura del teniente de la Guardia Civil.

No iba éste en busca de Ramón por sus actividades delictivas, como temió Ascensión, que estaba al corriente de las aventuras en las que había participado su novio. El teniente, sabiendo de la amistad que le unía a Diego, había querido comunicarle su muerte, ocurrida durante una batida de los agentes fronterizos. 


Ramón no dejaría de atormentarse cada día con el recuerdo de las palabras del Guardia Civil. Diego, en su afán por exponerse a hazañas más y más arriesgadas, había partido con un grupo de nueve personas en una noche clara de luna llena, cuando la luz del satélite era más delatadora. Pese a encontrarse solo, no había querido pedir ayuda a los contrabandistas para pasar a Francia a grupo tan numeroso y se había conformado con llevarse consigo al nieto del porquero, un muchacho de diecisiete años que decía conocer el terreno y que luego resultó ser una rémora más que un apoyo. La fatalidad, la precipitación de uno, la inconsciencia de otro unido al pánico de los fugitivos precipitó la tragedia. Quiso la fatalidad que los agentes fronterizos aquella noche organizaran una batida para capturar contrabandistas acompañados de una pareja de la Guardia Civil. Los agentes de uno y otro cuerpo se desperdigaron con perros, que olisquearon cada rincón de la zona. Antes de la medianoche, dieron con el rastro del grupo de fugitivo, que pese a las advertencias de Diego, no conseguían mantenerse en silencio. Cuando les dieron el alto, el miedo los empujó en una loca carrera por los riscos sin que las voces del joven pudiese detenerlos. Diego, entonces, debió de hacer un movimiento extraño, pues los agentes aseguraron que creyeron ver cómo sacaba una pistola del pantalón. Uno de los guardia civiles contó después que disparó la suya para evitar que Diego matase a alguien con su arma y la mala fortuna hizo que, tras ser herido en el estómago, se cayera hacia atrás y se golpease mortalmente en la cabeza. Tan sólo media hora después, ya habían capturado al resto de la partida.


Ramón nunca se perdonó haber abandonado a su amigo aquella noche. Una y otra vez se hacía reproches diciéndose que, si hubiese ido con él, las cosas hubieran ocurrido de otra manera y Diego aún estaría vivo. En la investigación policial que se abrió después de la tragedia, no pudo demostrarse su complicidad con Diego, por lo que, tras declarar ante el juez dos veces, se olvidaron de él. Unos meses más tarde, cuando ya nadie hablaba de lo sucedido, Ramón se sumió en un estado de tristeza y apatía del que ni siquiera Ascensión lograba sacarlo. Por un tiempo deseó más que temió que lo volvieran a acusar de contrabandismo y de colaborar en la huida de perseguidos por la justicia, pero nadie supo ni quiso relacionarlo con las actividades delictivas de Diego. Ni siquiera Don Melquiades, que perdió la razón y, al verlo, lo confundía con su hijo, lo relacionó con aquella muerte. Sólo la insistencia de su novia, que apelaba una y otra vez a la crueldad que supondría dejar a su suerte a su madre, logró que Ramón no se entregase a la justicia. Y un año después, cuando Ascensión y él se casaron en una ceremonia casi tan clandestina como las partidas de contrabando, la muerte de su amigo de la infancia fue uno de los principales testigos de la boda.


Quince años más tarde, su cuerpo había envejecido de manera prematura pero sus recuerdos permanecían tan jóvenes como si no hubiese transcurrido el tiempo. 


Un relámpago apartó el pasado sobresaltandole. Fuera la noche había caído ya. Debia regresar a casa. Al tercer intento, logró poner en marcha el automóvil y se dirigió a la autopista que le conducía a la ciudad. Cuando llegó a casa, no encontró las llaves de la puerta por más que las buscó revolviendo entre los fondos de los bolsillos del pantalón. Impaciente, pulsó el botón del timbre y, a los dos minutos, se le colgó al cuello su hijo de nueve años: el pequeño Diego.